Lidiando con mi «pasa» (I)


Por Yusimí Rodríguez

Era a inicios de la década del setenta del pasado siglo y mi padre caminaba por Quinta Avenida en Miramar con sus pantalones campanas, una camisa ajustada, su afro y una barbita corta. Me cuenta que un carro con chapa diplomática se detuvo junto a él. Por la ventanilla sacó la cabeza una mujer negra que también usaba un afro bien grande. Saludó a mi padre con la mano y le dijo algo en inglés. El le devolvió el saludo. La había visto muchas veces en la televisión y supuso que ella le agradecía su solidaridad con los afro-americanos en su lucha contra la discriminación racial en Estados Unidos. Aquella mujer era Angela Davis.

Tengo una amiga que se convirtió en modelo a principios de los setenta. Es una mujer negra que llevaba su pelo desrizado, pero le pidieron que se lo cortara y se lo dejara crecer crudo. «Hacía falta una modelo negra que llevara el afro», me explica. Ella aceptó, claro, le fascinaba la idea de ser modelo; era entonces una muchacha de dieciocho años en su último curso del pre. Por aquella época también empezó a reunirse con un grupo de amigos para escuchar música; eran casi todos negros y los hombres llevaban afro y barba. La música era americana y tenían que oírla bajito, haciendo inventos con el radio y unos alambritos para coger las emisoras, porque la música en inglés estaba prohibida en el país. Esto fue mucho antes de que tuviéramos una estatua de John Lennon en un parque. Aunque ellos no escuchaban a los Beatles, sino a los Jackson Five, Aretha Franklin, Temptation, The Supreme, Ike y Tina Turner, todos músicos negros. Nuestro gobierno apoyaba la lucha de las personas negras por los derechos civiles en Estados Unidos; la prensa de la época reflejaba los abusos a los que eran sometidos, las violaciones de sus derechos y la forma en que respondían. De hecho, algunos miembros de los Panteras Negras [Black Panthers] se encontraban aquí como refugiados políticos. Los medios de comunicación cubanos siguieron el proceso penal contra Angela Davis por un crimen que no había cometido y el país se sumó a la campaña internacional para exigir su inmediata liberación. Cuando fue puesta en libertad, vino a vivir a Cuba. Pero la música negra norteamericana venía de Estados Unidos, así que también estaba prohibida.

En una fiesta mi amiga conoció a unos norteamericanos que pertenecían a los Panteras Negras. Por supuesto, todos llevaban el afro, para los Black Panthers y Black Power, el afro era una forma de expresar orgullo de ser personas negras, una forma de protesta y desafío al poder. «Black is beautiful», era el mensaje de aquella forma de llevar el cabello.

Aunque para algunos sectores de nuestro país, tan solidarios con la lucha de los afro-norteamericanos, black no era tan beautiful. A mi padre, que era miembro de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), le cuestionaron su forma de llevar el pelo en su comité de base. El pelo largo, e incluso la barba, se consideraban sucios, antihigiénicos, indecentes, indignos de un miembro de la juventud comunista que debía ser la vanguardia del país.

A mi amiga modelo la llamaron de la dirección del pre para preguntarle por qué llevaba el afro: «Los negros en Estados Unidos lo llevan para protestar, tienen motivos. ¿Pero usted contra qué está protestando?».

No se concebía que las personas negras tuvieran algo contra qué protestar, en un país donde la Revolución había establecido la igualdad de derechos y oportunidades para blancos y negros. Se suponía que el racismo era una lacra inherente al sistema capitalista y que el socialismo lo había extirpado por completo de nuestra sociedad. La dirección de la escuela no pudo ver el afro como un simple peinado.

A los que lo cuestionaban en su comité de base, mi padre respondió que era una vergüenza criticar a los hombres por tener barba y pelo largo, y calificarlos de indecentes y antihigiénicos, cuando así habían bajado los rebeldes de las montañas. Camilo Cienfuegos había conservado ambas después del triunfo de la Revolución y el máximo líder del país también llevaba barba.

Mi amiga se deslumbró con uno de aquellos miembros de los Panteras Negras. «Tenía un swing», me dice todavía, cuando ya han transcurrido casi cuarenta años. Ella y sus amigos empezaron a andar con aquellos norteamericanos que habían recibido refugio político de nuestro gobierno, pero por algún motivo, la andanza con ellos no era bien vista. A mi amiga y sus socios cubanos los investigó la Seguridad del Estado. De todas formas ella se hizo novia de aquel negro norteamericano y terminó casándose con él.

A mi papá le dejaron su afro tranquilo. Pero lo cierto era que no lo llevaba por solidaridad con nadie. Era un hombre elegante al que le gustaba estar a la moda y ponerse «lo último». Por aquella época viajaba; era marino mercante y llegaba «de afuera» muy actualizado con lo que se llevaba en el momento. Lo que se llevaba era el afro. «Todos los marineros estábamos en esa onda, teníamos el afro bien grande y las patillas. Pero en tierra era otra cosa». No fueron muchas las personas negras en el país las que se dejaron el pelo de esa forma. De sus hermanos, mi padre fue el único. Mi amiga me cuenta que en las paradas de guaguas otras personas negras hacían comentarios en voz baja cuando ella llegaba, y que en una ocasión unos muchachos empezaron a cantar algo que decía: «Por Angela…», comparándola con Angela Davis.

Mi madre también llevó el afro en esos años y alguien le dijo una vez que parecía un crisantemo. La he visto en fotos y le quedaba muy lindo, aunque la lucha de los negros norteamericanos le parecía muy lejana y no la afectaba. Lo que comenzó en Estados Unidos como una forma de protesta contra la discriminación, de contracultura, de desafío al poder, fue simplemente absorbido por la moda y se convirtió en un peinado más. Afuera, e incluso aquí, hasta las personas blancas empezaron a peinarse a lo afro. Y el afro, como todo lo que es moda en algún momento, pasó.

Para mediados de los ochenta, la amiga que se había casado con el Pantera Negra estaba divorciada. Había perdido la inocencia de los veinte años y era una bellísima mujer que aparecía en la televisión y revistas de modas de nuestro país, ahora con su pasa estirada, peinada elegantemente hacia atrás y recogida en la nuca. Con menos frecuencia lucía su cabello suelto (pero desrizado). Mi padre conservaba su afro aún, más pequeño, pero lo conservaba. El crisantemo de mi madre se había marchitado y ahora ella también se desrizaba el pelo.

Sí, para mí el afro fue cosa de fotos. Incluso aparezco en algunas. Era la bolita de carne de dos o tres meses jugando con un leoncito al lado de mi padre, o junto a mi hermana, que llevaba motonetas en aquella época. Pero cuando ya tenía uso de razón, todas las mujeres a mi alrededor se desrizaban. Las que veía en la televisión tenían el pelo largo y lacio, mis muñecas también. Yo debo haber sido como una de esas niñas que aparece en el libro Cartas al cielo, de Teresa Cárdenas, amarrándose trapos y toallas en la cabeza para fingir que ese era el pelo y se podía mover. Estaba loca porque me hicieran el desriz o, por lo menos, me pasaran el peine caliente como a mi hermana mayor. Yo también quería tener el pelo lacio. Creo que nadie va a reprochármelo. Incluso Malcom X, cuando era un delincuente y sentía odio por los blancos, se hacía el desriz. Recuerdo de su autobiografía el momento en que está robando en una casa y se le ocurre aprovechar para desrizarse el pelo. La policía llega y todavía tiene el producto en la cabeza que le está quemando el cráneo. No le queda más remedio que meter la cabeza dentro del inodoro.

Clarissa Precious Jones, en la película Precious, se mira al espejo ¿y qué desea ver? Una muchacha blanca, rubia y delgada. Todo lo contrario de ella que es una negra gorda. Lo único que ha podido «enmendar» de su físico es el pelo que lleva desrizado.

A mí no me tocaba hacerme el desriz porque tengo el pelo muy finito. Es «pasa», por supuesto. Eso me lo aclaró una amiguita cuando estaba en primer o segundo grado y dije algo sobre mi pelo. Ella se encargó de aclararme que lo que yo tenía era «pasa».

Debido a mi pelo o pasa finita, me tocaría pasarme el peine caliente al crecer, porque maltrata menos el pelo que el desriz de potasa. Sí, incluso cuando sabemos que esos procedimientos nos dañan el cabello, sentimos que son imprescindibles.

De todas formas tenía que esperar e irme conformando con las motoneticas y las trencitas. Por lo general, las madres empiezan a hacerles desriz a sus niñas negras o a pasarles el peine al llegar a la adolescencia, o sea, «la edad de presumir». Mientras eres niña, la pasa cruda todavía no es un gran problema, como tampoco estar un poquito gordita; es la edad de la inocencia, en la que una no sabe aún lo que es el mundo. Hasta que va acercándose la edad de lucir bien, la preparación para las fotos de los quince, que es el momento cumbre. Las madres pasan años reuniendo dinero para alquilar los trajes, pagar las fotos, hacer la fiesta; no importa la escasez que pueda existir en el país y los sacrificios que deba hacer la familia. Todo sacrificio es poco en aras de cumplir con lo que dicta la tradición, una tradición burguesa que hemos mantenido en nuestra sociedad socialista, desde las familias de trabajadores más humildes hasta los dirigentes sindicales, partidistas y de organizaciones de masa más comprometidos con la construcción del socialismo. Para ese importante momento no se debe estar gorda y, menos, tener la pasa cruda.

Creo que fue a partir de la secundaria, o quizás un poquito antes, que empecé a pasarme el peine caliente; y así durante toda mi adolescencia. El proceso comenzaba con el lavado de cabeza, luego el secado del pelo para ir, por último, a la casa de una vecina que nos pasaba el peine a mi madre, a mi hermana y a mí. Debíamos ponernos de acuerdo con ella uno o dos días antes; de ese acuerdo dependía el momento de lavarnos la cabeza, porque una vez que el agua nos tocara el pelo, los restos del peine caliente anterior, o sea, el pelo que todavía estaba un poco estirado, desaparecían por completo y la pasa salía a relucir. Así que es fácil imaginarse lo que sentía cuando el cielo se nublaba un poquito. Después de pasarnos el peine y de que el pelo se refrescara, nos poníamos los rolos para amoldarlo. Mientras hacía esto frente al espejo, pensaba con ilusión en el momento de quitármelos. Siempre era una decepción: parecía tener menos pelo, quedaba tieso sin movilidad natural y con la marca de los rolos. Todo eso después de haber dormido con los rolos puestos y el pañuelo para que no se me cayeran durante la noche.

Lo más ridículo de todo aquello era, precisamente, repetir todo el ritual cada quince días, incluso la parte de ilusionarme, sabiendo que al final estaría inconforme. En la televisión veía a las negras norteamericanas que tenían el cabello largo, lacio, que les caía en la cara cuando bailaban o movían la cabeza; y entonces ellas se lo quitaban con un gesto de la mano, como si les molestara. Pero en realidad eso es lo mejor del pelo, sentir que se mueve, se te mete en la cara y tú te lo apartas con la mano, porque eso es lo que hacen en las pantallas de cine y televisión todas las mujeres bellas y de éxito, esas a las que debemos desear parecernos. ¿Qué producto usarían aquellas negras para el pelo?

Otra cosa que aprendí gradualmente en la adolescencia es que la «calidad» del cabello es un arma eficiente cuando quieres herir a alguien. Las que tienen el pelo «bueno» le recuerdan a las otras «que tienen pasa, aunque se la estiren», y tienes que escuchar eso después de haber soportado el calor del peine en el cráneo, cerca de la oreja y el olor de cabello chamuscado. Las que se hacen desriz o se pasan peine caliente, pero tienen bastante pelo, se regocijan en decirle a las que tienen poco «negra cocotimba», «negra calva», «negra sin pelo», «negra mona». Cuando digo las de «pelo bueno» no me refiero a las muchachas blancas, eso sería redundante, porque ellas vienen siendo el patrón. En realidad la frase «pelo bueno», también es redundante, porque la pasa no es pelo, según la lección que aprendí desde pequeña. Así que si voy a referirme a una muchacha negra o mestiza, mora, india, que tiene los cabellos casi lacios, ondeados o un poco rizados, digo que tiene «pelo».

He criticado a las mujeres negras que emplean la frase «hay que adelantar», refiriéndose al hecho de tener sus hijos con un hombre blanco o que por lo menos tenga «pelo». Puede ser chino, por ejemplo, los chinos tienen «pelo». Cuando las oigo me parece que es imposible que lleguemos a sentir orgullo y respeto por nuestra raza mientras haya gente que piense de esa forma. ¿Pero qué las ha llevado a pensar así, a sentir que nuestro pelo es feo y, sobre todo, «malo»? Una madre siempre quiere lo mejor para sus hijas y sus hijos, y lo mejor no es que a tu hija (las hembras son las que más sufren a causa del pelo, porque el problema de los varones se resuelve pelándolos bien bajito, que además es considerado más masculino) le digan «pasúa», «negra mona» o «cocotimba»; lo mejor no es que pase la vida dependiendo del desriz o del peine caliente, con riesgo de que se le caiga el pelo por un producto de mala calidad o de quemarse. La que ha pasado por eso no lo desea para su hija. A una madre su hija siempre le parece linda, pero sabe que su criterio no es suficiente; hay un mundo con patrones de belleza establecidos y una no quiere que su hija quede del todo excluida de ellos. «Adelantar» es librar a tu hija del desriz, del peine caliente, de los rolos, los implantes de pelo postizo, las trencitas.

Yo me libré de esa agonía a los diecisiete años. Me atrevo a usar la palabra agonía ahora, pero no creo que en aquella época yo pensara en esos términos. De hecho, cuando la vecina dejó de pasarme el peine le rogaba a mi madre que lo hiciera ella, aun sabiendo que iba a quedar inconforme; pero era lo que me tocaba. Quiero decir, la idea de dejar mi pelo sin estirar ni me pasaba por la cabeza. De todas formas nunca estaba feliz, así es que eliminé radicalmente la raíz del problema, o sea, el pelo.

Tomado de Cubaliteraria

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