Cuba: entre la fresa y el chocolate


Por Leonardo Padura Fuentes

De la marinación a la norma: el doloroso camino de la diversidad sexual
Sólo se puede ver como uno de los sarcasmos más vengativos del destino el hecho de que la película cubana Fresa y chocolate, centrada en la historia de un gay que se ve empujado a huir del país por la intolerancia y marginación que ha sufrido por sus preferencias sexuales, se haya convertido en la obra más internacional y reconocida del cine cubano, una especie de seña de identidad cultural y nacional de una isla caribeña donde, durante tantos años, se han practicado, con verdadero fervor y hasta con orgullo el machismo y su hijo dilecto, la homofobia.
Por eso, que este 17 de mayo Cuba haya celebrado a bombo y platillo su jornada por el Día Internacional contra la Homofobia («La diversidad es la norma») es una clara señal de que algo ha cambiado o quiere cambiar en la sociedad cubana. Y aunque a algunos les pueda parecer que son transformaciones superficiales, la verdad es que se trata de un movimiento profundo para un país donde, más que la diversidad, se cultivó la uniformidad en todos los sentidos y en el que las preferencias sexuales «invertidas» se condenaron, castigaron, persiguieron y estigmatizaron con saña especial.
En el contexto del mundo occidental judeo-cristiano, el caso de Cuba no ha sido, para nada, la excepción en cuanto a la visión moral de la homosexualidad. Pero el hecho histórico de que la ortodoxia socialista instaurada en el país, luego del triunfo de la revolución de 1959, convirtiera las preferencias homosexuales esencialmente las masculinas en un problema también político, llevó a un grado de tensión particular el fenómeno de la homosexualidad, su práctica y actitudes.
Si la tradición ética cubana es profunda y lógicamente machista, como la española y la occidental, de las que se desprende, no ha resultado extraño que las relaciones entre personas de un mismo sexo se hayan considerado siempre una desviación moral, e, incluso, una enfermedad del cuerpo y del alma, que se trataba de curar con hormonas y sicoterapias. Pero cuando al machismo ancestral se unió la homofobia institucional, signada por consideraciones político-ideológicas que estimaban la homosexualidad como una actitud deplorable y condenable en una sociedad socialista, el rechazo a las preferencias sexuales homo alcanzó el punto álgido que se vivió en la década del setenta del pasado siglo no hace tanto tiempo como para que parezcan cosas del pasado remoto, cuando se produjeron marginaciones en centros de trabajo (maestros, artistas) y hasta drásticas expulsiones (universidades, organizaciones políticas) de individuos de uno y otro géneros, acusados de practicar el homosexualismo.
Como muchas veces ocurre, el arte fue el terreno donde se dio la primera clarinada pública sobre la necesidad de admitir, con tolerancia y nueva perspectiva ética, el fenómeno de la homosexualidad entre la población cubana. Varios relatos publicados a principios de la década del noventa de uno de ellos saldría Fresa y chocolate , estrenada en 1993 se acercaban a la dramática realidad social y humana del homosexual cubano y a los momentos más arduos de su marginación política. De modo más silencioso, otras esferas de la sociedad cubana, incluidas las políticas, comenzaron en esos años a flexibilizar su perspectiva del problema y se avanzó en la aceptación social del homosexual, despojándolo, cuando menos, de la carga de condena política que lo había acompañado durante dos largas décadas. A pesar de ello, todavía existían reservas y nada lo ejemplifica mejor que el caso de la multipremiada y famosa Fresa y chocolate , que sólo llegó a las pantallas de la televisión cubana hace un año, a raíz de las exigencias de los artistas nacionales en los debates generados alrededor del Quinquenio gris y sus consecuencias.
Pero más que en el arte y en la política, los cambios que hoy se advierten en una sociedad donde se trata de establecer que «la diversidad es la norma» vinieron del mismo entramado humano que la conforma, en especial de sus homosexuales, dispuestos, por primera vez, a luchar abiertamente por un espacio para su vida y su dignidad. Pero nada de esto hubiera ocurrido si, además del influjo de la realidad universal y la flexibilización nacional (liderada en lo institucional por el CENESEX, de muy trascendente actuación en este y otros terrenos), no hubiera actuado sobre la sociedad cubana su propio cansancio respecto a cánones ideológicos y éticos cada vez más desfasados, su necesidad de cambios y no sólo respecto a la aceptación de la diversidad de preferencias sexuales y de ruptura de la pesada uniformidad bajo la que ha vivido por cinco décadas.
De los espacios marginales, y muchas veces policialmente perseguidos en los que homosexuales y transformistas expresaban públicamente su forma de ver la vida, se ha dado el paso al establecimiento silencioso, paulatino, pero ya evidente, de un número creciente de parejas de homosexuales. Pero la sociedad cubana ahora pretende dar lo que, para el ámbito nacional, es casi un doble salto mortal: la posibilidad de aceptar legalmente el matrimonio gay y, más aún, de ser posible, la de adoptar niños por parejas homosexuales.
La celebración de eventos como la jornada cubana por el Día Internacional contra la Homofobia sin duda sirve para acelerar lo que parece un proceso indetenible, pero todavía difícil. Si luego de 50 años de existencia de un proceso revolucionario como el cubano todavía sobreviven actitudes y comportamientos machistas en el ámbito de los derechos de la mujer, conseguir la plena aceptación de los homosexuales y reconocerles derechos legales y humanos como los antes mencionados, resultará, sin duda, complejo y dramático, sobre todo hacia el interior de la propia sociedad en que viven esos homosexuales. Curiosamente, a estas alturas de la vida política nacional, quizás llegue a ser más fácil acceder a los éxitos legales y constitucionales que se plasman en un papel, que vencer las barreras de una mentalidad acendrada que proveyó de sus mejores argumentos a la pasada marginación política e institucional.
Proclamar que la diversidad es la norma sigue resultando retador y atrevido para el ambiente cubano. Conseguir que esa diversidad sea aceptada en un mundo como el de la sexualidad, sería y será un éxito, pues ya se sabe que nada es más difícil de cambiar que un concepto metido en el cerebro y la sangre de un país.

Tomado de La Ceiba

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