Diego y Elpidio, representación de las masculinidades en el cine cubano de los 90


vida es silbar
Luis Alberto García en el rol de Elpidio en La vida es silbar

Las bondades de Internet son disímiles, y yo me aprovecho de las redes sociales para acceder a información de mi interés. Así conocí a Reinier Barrios Mesa. Cuando nos detuvimos a conversar un momento en el chat, supimos que tenemos amiga y pasión comunes: la primera, Danae C. Diéguez, y la segunda, el cine.

Periodista de formación, Reinier se desempeña actualmente como profesor de la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la Universidad Técnica de Ambato. Antes había cursado la maestría en Ciencias Sociales en Flacso-Ecuador, y como tesis investigó la representación de la masculinidad en el cine cubano de los años 90. Acá están las preguntas que el tema me provoca.

¿Por qué presupones que la representación que se hizo de los hombres cubanos durante los años 90 es distinguible de la del cine nacional realizado en otros momentos?

-Hay que recordar que la década de 1990 es la época en que se vienen abajo la URSS y todo el bloque socialista de Europa del Este. Eso supone un tiempo de crisis para la Isla, que tiene repercusiones en la economía, en el nivel de vida, pero que también es un duro golpe a los paradigmas, a los pilares ideológicos que hasta entonces habían sostenido la construcción de un modelo político, económico y social. El cine, en ese doble juego de representar la realidad y a su vez llevar responsabilidad en su construcción como tal, no estuvo ajeno a lo que sucedía en el contexto cubano. En los 90 los cineastas cubanos luchan por mantener un cine nacional, auténtico, representante digno de un país en crisis, pero la voluntad de hacer pervivir el proyecto cultural consigue resultados verdaderamente impresionantes en materia de tratamiento estético, nuevas representaciones, recurrencia a temas hasta entonces impensados.

Para los hombres este es un tiempo de enormes retos. Es la época del abandono de los trabajos profesionales hacia otros oficios, de la precariedad del salario, de la introducción en la economía nacional de tres tipos de monedas con valores diferentes, y eso presupone para el varón un escenario distinto en el cual cumplir el rol de proveedor tradicionalmente impuesto en el ordenamiento de género. En los 90 salen las balsas, mayoritariamente cargadas de hombres jóvenes, urgidos por esas propias exigencias, mientras que sitios como la familia, el espacio laboral o la comunidad se transforman al calor de las nuevas condiciones.

Es un tiempo distinto para Cuba, para los hombres y para el cine, y eso tendrá implicaciones directas en las representaciones que sobre los varones y lo masculino hará el cine cubano. Debo apuntar que he centrado mis investigaciones en el cine producido por el ICAIC, pero este es un tiempo en el que aparecen algunas películas y documentales independientes o producidos fuera de la institución que hasta entonces había tenido la hegemonía y el control absoluto en la producción y distribución del séptimo arte en la Isla.

Este contexto de crisis, la necesidad de que las películas cubanas entraran en un mercado de consumo de productos culturales más allá de las fronteras nacionales, imponen a las representaciones una riqueza que las eleva a la categoría de lo universal, y eso pasa entonces con los hombres. Por primera vez encontramos en el cine un personaje homosexual sin que su presencia invitara a la burla o el agravio, como pasa con el Diego de Fresa y Chocolate (1993), o tenemos a un Elpidio en La vida es silbar(1998) que encarna el descontento desde una escena donde lo marginal, la tristeza, el desaliento reflejan un tiempo y una época diferente también para los hombres.

Otros hombres como Miguel -también de Fresa y chococolate-, Amancio en Hacerse el sueco y Adolfo en Guantanamera son puestos en pantalla como alusión a un viejo orden. Ellos encarnan siempre el sitio de los funcionarios del Estado, de los viejos combatientes en las filas del Ministerio del Interior y, por tanto, “soldado en la batalla contra el enemigo imperialista”, o el dirigente de organización política de mentalidad ortodoxa. El montaje se encarga de ridiculizar lo dogmático de sus planteamientos, cuestionando así la representación de ese “hombre nuevo” no logrado, y haciendo sujetos de la acción dramática a nuevos hombres más reales, más fieles, más comunes al espectador cubano.

¿Cómo escogiste los filmes que serían parte de tu investigación?

-Los filmes fueron escogidos según criterios muy diversos. No es la década de 1990 la más pródiga en nuestra cinematografía; sin embargo, sí es un tiempo de experimentación y cambios trascendentales. Traté de mirar aquellas películas que me interesaban a la luz de las representaciones de los hombres, las masculinidades, los cuestionamientos al ordenamiento de género y a cómo eso enlaza con el proyecto nacional de construcción del sistema político, económico y social.

Por eso no podía faltar Fresa y chocolate, que es casi un poema de este tiempo, un grito, una denuncia. Es el texto último de Tomás Gutiérrez Alea, que usa el género y la sexualidad como metáfora para indicar un cuestionamiento a la intolerancia como un canon fundamental dentro del proyecto nacional. Después debía estas GuantanameraLa vida es silbar Hacerse el sueco, porque suponen del mismo modo una crítica a viejas formas de masculinidad, a la par que enuncian otras nuevas más flexibles con algunos patrones. Amor vertical, en cambio, propone ese encuentro de lo masculino con la sexualidad, con lo que se espera de los hombres en materia sexual, y eso me pareció fascinante. De modo que es un corpus pequeño, pero de una riqueza impresionante para analizar cómo el género es consustancial al discurso fílmico y cómo en este caso las representaciones de lo masculino y lo femenino pueden ser un terreno muy movedizo desde el cual los directores, actores, editores y hasta quienes iluminan una escena pueden experimentar.

A groso modo, ¿cuáles serían aquellos aspectos recurrentes de representación social de los hombres en la producción cinematográfica cubana de los años 90 del siglo XX?

-Hay descontento, tristeza, frustración. Hay hombres que subvierten mitos en torno a la protección de la familia, al papel de proveedor, para permitir que las mujeres desarrollen otras formas de agencia que contribuyan a la economía y el sustento. Hay una crisis en los valores, en los paradigmas, hay una recurrencia constante a un pasado que no fue, y no se menciona el futuro pues no se cree en él. Los hombres del cine cubano de los años 90 dudan todo el tiempo, cuestionan a cada minuto. También es el tiempo de un Diego sobrecogedor, que remite a otras formas de masculinidad que no son las hegemónicas, lo que nos está diciendo que este tiempo es definitivamente distinto. Predomina el culto a la sexualidad exacerbada, como atributo de las masculinidades heterosexuales.

Todo eso me hace pensar en la tesis de que, en efecto, este tiempo de crisis hace que se subviertan algunos elementos de la representación cinematográfica de los hombres en el cine, pero que otros elementos son repetidos en estereotipos y clichés, en un afán de validar lo que parece estremecerse desde una realidad social compleja y estremecedora.

Fresa y chocolate
¿Qué personajes masculinos sería necesario mencionar para caracterizar la producción cinematográfica de los 90? Alguno que consideres un modelo…

-No sé… Tendría que decirte dos. Uno es Diego, por supuesto. Ese es uno de los grandes personajes del cine cubano de todos los tiempos. Por primera vez nuestro cine pone el protagónico en un varón que no comulga con la práctica de la masculinidad heterosexual, y le da una belleza extraordinaria. El cine cubano pone en una pared de su casa objetos, imágenes, atributos que resumen la cultura nacional. Diego es un hombre que clama por un espacio en el proyecto nacional, el cual le ha sido negado hasta entonces debido a su orientación sexual. Indica cómo la intolerancia había roído la esencia misma de un proyecto en su origen liberador. El otro tiene que ser el Elpidio de La vida es silbar, en la que un hombre es puesto a prueba a partir del abandono de su madre, curiosamente llamada Cuba, y tentado a irse, a dejarlo todo por una extranjera de nombre Crisis. Elpidio es un tipo triste, frustrado, ajeno. Elpidio quiere estar, pero no sabe cómo, y ese es justamente el dilema de los hombres cubanos de ese tiempo. Ambos personajes, conducidos en su puesta en escena por dos de los más grandes realizadores de la historia del séptimo arte en la Isla, consiguen el retrato perfecto de los derroteros de la masculinidad en ese tiempo.

Me interesa mucho la masculinidad en las mujeres, pues tengo una visión algo más queer del asunto. Me arriesgo a preguntarte: ¿creerías válido examinar algún segmento del cine cubano en la búsqueda de la representación de “mujeres masculinizadas”?

-Yo no encuentro… Pienso tal vez en Madagascar y este personaje tan mimético que nos regala allí Laura de la Uz, otra vez bajo la mágica conducción de Fernando Pérez. Esa es una chica extraña, que a veces encarna algunos atributos masculinos. Pero no puedo decir que recuerde en todo nuestro cine una mujer masculinizada, como me propones. De cualquier manera, es un tópico muy interesante, que me inquieta desde ya. Recuerda que me interesa el cine del ICAIC. Aunque, efectivamente, hay visiones del asunto que ubican a la masculinidad no como el atributo de un cuerpo, sino en un sistema de prácticas, representaciones e ideas que pueden ser encarnadas por los cuerpos más allá de la marca biológica, el asunto con la feminidad es un tanto distinto, y de esos estereotipos y representaciones tradicionales en torno a la mujer y, por ende lo femenino, aún no se despoja nuestro cine.

Tengo mucha fe en los nuevos realizadores. Cada una de las muestras de cine joven que se organizan en La Habana indica que, efectivamente, el género y sus representaciones desde lo cinematográfico están siendo muy centrales en las inquietudes de esta gente. El documental está siendo un terreno fuertemente explotado y eso me anima bastante. No hay dudas del enorme poder socializador del cine. Apunto entonces a un séptimo arte mucho más plural, donde todas las identidades tengan un espacio de representación que permita avanzar en el terreno de la participación, la equidad, el respeto múltiple.

Especial para Cuba contemporánea

2 comentarios en “Diego y Elpidio, representación de las masculinidades en el cine cubano de los 90

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s