¿A qué nos referimos cuando hablamos de “identidad de género”?


Foto: Kaloian Santos
Foto: Kaloian Santos

En estos días se ha hecho recurrente en Cuba el uso de la frase “identidad de género”, especialmente en los debates asociados con la omisión de la discriminación por ese motivo en el recién aprobado Código del Trabajo. La realización de una maestría en Estudios de género me ha hecho valorar la pertinencia de esclarecer sucintamente a qué nos estamos refiriendo, pues a veces tengo la sensación de que la no inclusión de este argumento en la nueva ley pudiera deberse a que muchos de nuestros diputadas y diputados no saben a ciencia cierta de qué hablamos cuando decimos “identidad de género”, y por eso no ven la necesidad de nombrarla como motivo de discriminación en el ambiente laboral.

En este texto brindaré algunas nociones de la Teoría de Género que espero aclaren tal concepto, y algunos otros que tienen relación con él. Vamos allá.

Sexo y género: no es lo mismo ni es igual

Cuántas veces tenemos que rellenar formularios, encuestas, planillas donde se nos hace indicar si somos mujeres o hombres. Por lo general, dicho items es intitulado como “sexo”, y usted tiene que escoger si es masculino o femenino. En realidad, se trata de un error, pues el sexo se refiere a si somos hembras o machos. Lo otro, hombre/ mujer o femenino/masculino es el género.

Y es que la teoría de género reconoce que los conceptos sexo y género no son lo mismo. Sexo está ligado a la esfera biológica, a aquello que traemos cuando nacemos, y la noción de género tiene más bien un carácter sociocultural, es construida dentro de la sociedad en particular en la que vivimos, y es aquí donde se vuelve o no efectiva, intentando regular el orden de las cosas y el comportamiento de las personas. (Lo masculino y lo femenino existen no solo para los cuerpos humanos sino también para las cosas, la naturaleza, etc.).

La distinción entre sexo y género, entre lo natural y lo cultural, fue, en su momento, tremendamente liberadora para la lucha feminista y las mujeres en particular.

¿Qué es la identidad sexual?

Otro concepto muy ligado a los anteriores es el de identidad sexual, que hace énfasis en los atributos biológicos que nos hacen a unas ser hembras y a otros, machos. Describe una realidad a partir de atributos físicos, pero no cualquier tipo de atributos, sino aquellos que están relacionados con la diferenciación sexual, fundamentalmente con los genitales.

En la diferenciación sexual hay tres momentos especialmente significativos a lo largo del ciclo vital: el período prenatal (en el que tienen lugar los grandes procesos de sexuación corporal: las gónadas, los órganos genitales y el cerebro se diferencian en hembras o machos), la pubertad (el cuerpo se diferencia de forma más evidente, los órganos sexuales maduran haciendo posible la reproducción, y empieza el funcionamiento cíclico en la hembra) y el climaterio (con una pérdida progresiva de vigor físico y la aparición de la menopausia en la mujer).

La diferenciación sexual ocurre antes del nacimiento; sin embargo, mucho antes de que esta tenga lugar ya se crean expectativas con relación al sexo del bebé. Con el alumbramiento se confirmará lo que ha dicho la ecografía, en la mayoría de los casos.

Es a partir de la identidad sexual que se construyen los llamados roles sexuales, que son menos vilipendiados que los de género (creo que también menos comprendidos). Por ejemplo: dentro del rol sexual de la hembra está el parir y el amamantar. Ahora bien, la interpretación que se haga de estos hechos va a depender de contenidos precisos relacionados con la identidad de género.

Que el dar de mamar por largo tiempo pensamos que nos recluya en la casa, haciendo más dependiente al bebé de nosotras, o que la felicidad de cualquier mujer vaya indisolublemente ligada al hecho de ser madre, podrían ser ejemplos de reelaboración que hacemos del rol sexual de la hembra.

Por otra parte, también lo es la tendencia a que “naturalicemos” comportamientos ligados a los roles no sexuales. Tal es el caso del supuesto buen desempeño sexual de las personas negras, pues se asume que están más ligadas a la naturaleza, o la afirmación de que los hombres son infieles porque tienen mayores necesidades sexuales, su libido es mayor.

La identidad sexual –en particular el conocimiento del proceso de diferenciación sexual– nos pone cierto traspié pues existen personas con genitales ambiguos, intersexuales, etc., en los cuales no existe armonía con el sexo genético. La existencia de estas personas cuestiona al sexo como bipolar y, de hecho, existen países donde al nacer la persona se puede escoger un tercer sexo.

Ahora entiendo menos: ¿qué cosa es entonces la identidad de género?

Aparejado a esta diferenciación sexual en hembras y machos u otras variantes se erigen construcciones identitarias masculinas para algunos y femeninas para otras.

Además, en la vida cotidiana y para las personas comunes, identidad de género e identidad sexual suelen solaparse, confundirse, lo que encuentra su explicación, quizás, por la concurrencia de las mismas. Con el simple hecho de conocerse –después de la semana 20– el sexo del feto, ya se comienzan a adjudicar una suerte de contenidos culturales con relación a la persona que nacerá.

Generalmente los padres, incluso antes del nacimiento de sus hijos, especulan sobre el futuro de sus vidas, elaborando planes y creándose expectativas en dependencia de la especificidad del sexo del bebé o de la nena. Así, si piensan que será macho es probable que imaginen a un amante de los deportes, independiente, dinámico, con confianza en sí mismo, con cierta competitividad y “despierto” en cuestiones amorosas. En cambio, si creen que será hembra, tal vez la conciban hermosa, sensible, emocional, cariñosa, casera y más bien dependiente.

En ese momento ocurre la asignación de género (ver M. del C. García A.: “La crisis de identidad de los géneros”), y, como ya sabemos, sucede mucho antes del alumbramiento, aunque hay quienes lo restringen al mismo instante del nacimiento.

Dichos contenidos asignados dependerán en gran medida del momento histórico-social particular que viva la persona en cuestión. Dicha asignación no tiene un carácter estático, sino que es un proceso dinámico donde unos contenidos son renovados por otros (J. Fernández: Nuevas perspectivas en el desarrollo del sexo y el género, Ediciones Pirámide, S.A., 1988).

De la reflexión anterior se desprende que esta asignación se da en el marco de las relaciones sociales de dominación entre hombres y mujeres (también entre blancxs y mestizxs-negrxs, entre pobres y ricxs, entre occidentales y orientales, etc), y tales contenidos serán los que conformarán los roles de género para cada uno de los individuos, o sea, el papel preciso que le toca desempeñar en dependencia de su posición social, en consonancia con una serie de valores y normas creadas socialmente, y que de alguna manera validan o ilegitimizan la conducta de las personas.

Imágenes estereotipadas recurrentes: madre cariñosa, entregada y habilidosa en las actividades domesticas, educa con delicado esmero a sus hijos e hijas, mientras que su esposo, un hombre vencedor en los negocios, viaja con frecuencia al exterior con su amante.

No se trata solamente de una cuestión de atributos para unos y otras, sino también –y sobre todas las cosas– de jerarquía, expresada en valores que se otorgan-asumen por cada una de las personas y por la sociedad en general.

El reforzamiento de los patrones para cada género tiene lugar en el seno familiar, conformándose en el/la infante la identidad de género, lo cual sucede entre el segundo y tercer año de vida.

En un inicio el niño o la niña puede reconocerse como tal, pero sin la observancia de las diferencias sexuales. A partir de los tres años comienzan a rechazar o aceptar objetos, juegos, actividades, remitiéndose a su propia identidad. Es entonces cuando se establece para toda la vida –y para casi todas las personas– nuestra identidad de género.

Lo que no se sabe, se pregunta

La excepción de la regla anterior son las personas transexuales o transgéneros, cuya peculiaridad es una disonancia entre su identidad de género y su identidad sexual, lo cual quiere decir que pueden portar genitales de uno u otro sexo pero su identidad de género, aquello que les hace sentirse hombres o mujeres, no corresponde con esa genitalidad.

Y es precisamente a estas personas que nuestro nuevo Código del trabajo deja fuera de toda protección jurídica ante hechos discriminatorios, cuya máxima expresión es el bullying, actos que suelen presentarse de manera muy recurrente en sociedades machistas como las nuestras, y que se agudizan con la poca de información sobre el asunto.

Solo espero que este texto haya ayudado a aclarar algunas de las preguntas al respecto, y ojalá las personas que deciden sobre aspectos tan importantes para nuestra sociedad cuando no conozcan sobre un tema, pregunten.

Publicado en Cuba contemporánea

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