Máscaras en el proscenio


Roxana Rojo. Foto cortesía del entrevistado.
Roxana Rojo. Foto cortesía del entrevistado.

 

En dos días se realizará la premiere de Máscara, el documental que el joven realizador y periodista Lázaro J. González González dedicara al tema del transformismo en Cuba.

La cita es en la sala Che Guevara del Pabellón Cuba, el próximo viernes 17 de octubre a las 5:00 pm, pero antes me apresuro a concluir la presente entrevista, que pretendemos sirva como preámbulo de la proyección.

¿Cómo supones que sea recibido Máscaras?

Tal predicción puede ser muy difícil. Creo que uno como creador no debe preocuparse demasiado por algo que puede resultar tan impredecible como la recepción, sobre todo en los tiempos que vivimos, donde las maneras de consumos y los gustos son tan diversos. De todos modos, creo que Máscaras puede ser un documental incómodo para algunas mentes retrógradas que lamentablemente todavía pululan en nuestra sociedad, y al mismo tiempo quizá llegue a ser muy revelador para otras personas que desconocen este fenómeno o al menos no estaban sensibilizadas con él, como fue mi caso. No obstante, tengo la certeza de que llega en un momento donde hay más espacios para el debate sobre este tipo de temáticas que difieren de lo más tratado en nuestros medios de comunicación. A lo mejor, a no pocos les parece “demasiado gay” –como si eso fuera un defecto–, como le comentó un amigo a mi director de fotografía al ver un primer corte del material.

Para mí lo fundamental es que la audiencia logre sensibilizarse con las problemáticas de mis personajes –incluso por muy homofóbica que sea–, que logre entender al transformismo como una representación más, que no tiene que estar directamente relacionada con una orientación sexual o identidad de género; aunque, por supuesto, tampoco quiero que lo queer sea un ruido para nadie, pues Máscaras como producto cultural también debe contribuir al respeto a la diversidad, ya que el transformismo ha florecido, fundamentalmente, por la resistencia de gays, travestis, transexuales… tanto desde el escenario como desde la platea. Aunque no es un documental sobre represiones, persecuciones, desdichas de sujetos gays, pues como te decía ese no era mi foco de atención. Nunca pregunté a mis personajes su orientación sexual, porque no me parecía importante, ni me interesó algún transformista que se definiera heterosexual, algo que, noté, despertaba la curiosidad de mucha gente.

Lo que sí, si esa es la intención de la pregunta, no quiero que la película cree guetos ni cualquier tipo de exclusividad “solo para gays” o algo por el estilo. Para mí los personajes son singulares por la poca atención mediática que han tenido a consecuencia de tantos estigmas y discriminaciones de todo tipo que los aquejan, pero no son víctimas, ni personas insatisfechas, ni yo como realizador les doy ningún tipo de mirada lastimera o “pornomiserienta”. De ambos protagonistas me sedujo la sinceridad con que exponen sus conflictos, sin ánimos de culpar a nadie, sino, simplemente, contando sus verdades, sus distintas concepciones de quiénes son y qué hacen.  Claro está que ambos arremeten contra el machismo, la homofobia, la transfobia y muchas otras inequidades, y reconocen que su trabajo es también una suerte de homenaje a la imagen femenina.

En la nota de prensa se aclara que el arte del transformismo es: “expresión de resistencia de la cultura gay en Cuba”. ¿Cuáles son las ideas o argumentos que sustentan tal afirmación? ¿No crees que el transformismo también está ligado a un elemento puramente comercial?

Lázaro J. González González. Foto cortesía del entrevistado.

El realizador del documental “Máscaras”, Lázaro González González

En efecto, comprendí al fenómeno también como expresión de una cultura de resistencia o contracultura gay, porque, en primer lugar, el performance de un transformista, al asumir elementos de una identidad de género que no es la suya, siempre tendrá intrínseco cierto deseo de oposición a las normas culturales, sobre todo a la heteronormatividad que penaliza a quienes difieran de los atributos del “macho”; y, desde esa óptica, no es difícil entender que, cualquier hombre que se vista con los atuendos atribuidos culturalmente a las mujeres, con el fin que sea, tendrá que resistir a no pocos asedios. Eso no es un secreto para nadie. Aunque en Cuba sea difícil hablar aún de una cultura gay consolidada, como pudo haberla, no sé, en Nueva York desde los 60 con espacios de socialización más legitimados, y hasta medios de difusión masiva, tiendas especializadas…, sí creo que se ha desarrollado sobre todo en espacios como las llamadas fiestas gays, que existían de manera clandestina desde hace varias décadas, en disímiles zonas de La Habana, donde mayormente asistía un público homosexual, buscando otras representaciones que no tendrían sitio fuera de esas zonas de reclusión o por algo tan sencillo como puede ser la posibilidad de estar en un lugar donde, mientras consumes un espectáculo de cualquier tipo, puedas abrazar a tu pareja sin temor a que nadie tenga una reacción homofóbica.

Por otra parte, mi investigación se fundamentó también en textos sobre la performatividad de género que sostienen teóricas como Judith Butler y Beatriz Preciado, que me permitieron percibir como una de las primeras resistencias, el propio hecho de crear una corporalidad que no es la suya, mediante una performance, no como una estratagema del camuflaje –o una simulación como manifestaba Severo Sarduy en su ensayo antológico sobre el travestismo–, sino como una representación con fines lúdicos y bajo la convención de la mirada del otro, del espectador que sabe que asiste a un espectáculo.

La resistencia está también en construir esa imagen otra sin temer al cerco de la intolerancia y, a partir de esta, trabajar una serie de códigos que se entienden por todos los que compartan situaciones similares, y que deconstruyen el dualismo de los géneros y de los sexos, como oposiciones ideológicas destinadas a establecer y mantener la opresión de uno sobre otro. Así se producen nuevas subjetividades que devienen otros modos de hacer política, como explica Beatriz Preciado en varios de sus textos.

Asimismo, aterrizando ya en el contexto cubano fue vital para Máscaras la asesoría de la periodista Marta María Ramírez, que realizó TransCuba, la única investigación que existe hasta ahora sobre la historia del transformismo cubano y que fue, sin dudas, mi punto de partida. Desde su perspectiva, esta manifestación cultural podía considerarse también como una especie de teatro de resistencia, porque, ante la escasez de recursos para producirse, sus ejecutores propiciaron soluciones de vestuario, maquillaje y escenografía muy creativas.

De igual manera (y este parecer sí salió totalmente del testimonio de los entrevistados), desde la propia construcción de las psicologías de los personajes puede haber una actitud de resistencia como puede ser en Pedro Manuel González Reinoso la creación de Roxana Rojo, según la intención de no armar un presupuesto teatral sobre la base de la masculinidad, era una resistencia al machismo que despreciaba la imagen de la mujer; y en Riubel Alarcón, la construcción de Margot que “no diera risa por cómo se veía, sino por lo que decía”, como habían hecho muchos humoristas ridiculizaciones ofensivas de la figura femenina o de los travestis.

¿Cómo será distribuido el mediometraje? ¿En qué otros lugares se verá? ¿Sueñas con exhibirlo en algún sitio específico?

Hasta el momento no tengo prevista ninguna red oficial de distribución porque, en buena medida, es una producción independiente, aunque haya contado con varios apoyos institucionales. Supongo que encuentre más espacios en muestras y festivales, en la próxima Jornada Cubana contra la Homofobia, y en cuanto lugar me pidan que esté. Más adelante, recurriré al siempre eficaz método de las memorias flash y, si encontrara la vía de insertarlo en el famoso Paquete de la semana, también lo haría sin titubear.

Me encantaría “elevar la bola” como se dice en buen cubano para que lograse llegar a los decisores culturales que planteé desde el principio como parte del público meta de mi investigación, un sector de audiencia que sería esencial para contribuir a la legitimación del transformismo como una manifestación artística per se en nuestro país. Me gustaría muchísimo que se llegue a respetar (no a tolerar) desde las más altas instancias del país esta forma de expresión, pues esa fue, en definitiva, una de las razones que me motivó a realizar este documental. Desde mi percepción, como lo fue para Santiago Álvarez y muchos otros de mis referentes dentro del cine de no ficción, el documental debe ser siempre una herramienta para el cambio social, un arma de lucha ideológica que sirva para defender a los más desposeídos.

Máscaras no es una obra que realicé para mí en una crisis de autofagia, no pretendo que termine confinada a la sala de un museo, sino que llegue a la mayor cantidad de público posible, que sea capaz de generar polémicas, de mover la opinión pública, de acompañar un cambio social.

La próxima presentación será seguramente en El Mejunje, el otro espacio con el cual tengo una gran deuda moral, no solo por ser la meca del transformismo en Cuba, sino también por todo el apoyo que me brindaron Ramón Silverio y el resto de sus trabajadores durante la preproducción y la producción del material. Además, estoy seguro de que será uno de los espacios donde mayor retroalimentación tendrá mi producto comunicativo. ¡Ojalá toda Cuba fuera como El Mejunje!

Mi sueño es que llegue a la televisión cubana en un espacio estelar como puede ser la Mesa Redonda, programa que por el prestigio de que goza y su alcance mediático, pudiera ser muy eficaz para contribuir a la creación de una categoría de evaluación artística para los transformistas. Pero mientras tanto, no me quedaré abrazando la utopía, trataré de llevarlo a la mayor cantidad de público, con las posibilidades que estén a mi alcance.

¿Por qué le has llamado Máscaras?

Pensé en el título fundamentalmente por la noción de la máscara que tiene la antropología teatral al concebirla como el todo orgánico del actor. Quería una palabra que tuviera una gran carga de teatralidad y, además, sugiriera la dualidad que caracteriza a estos personajes. Al principio, cuando estaba aún en fase de preproducción se llamaba Máscaras al borde del proscenio, pero más adelante decidí dejar solo la primera palabra porque logra una mayor efectividad comunicativa.

Además, me interesaba sugerir desde el propio título un juego con la cuestión de la identidad o de las identidades que pudieran considerarse nómadas, mutables entre el actor y el personaje que encarna. Como en otras representaciones, en el transformismo puede que exista una relación de igualdades y semejanzas entre unos y otros: deseos comunes, motivaciones similares… Quizá en algún momento el personaje se apodere de la persona a través de actos que pudieran considerarse rituales como ponerse las pestañas (que para Pedry es la manera de entrar en el personaje, pues para él la transformación comienza por la mirada) o ponerse los tacones (para Riubel, por ejemplo, es el momento en que Margot se apodera de él). Tanto Pedro Manuel como Riubel saben que Roxy y Margot no son más que creaciones suyas y logran establecer una distancia de esa imagen escénica; aunque para ambos la realización profesional haya llegado por mediación de estos caracteres ficticios.

Lo que sí puede que ocurra con los transformistas es que las fronteras entre el actor y su creación se hagan más difusas que en cualquier otro histrión porque al construir exclusivamente estos caracteres pueden quedar en la persona rezagos de la gestualidad, el timbre, el modo de caminar, entre otras características psíquicas o físicas.

Puede haber una segunda connotación de la palabra, por la idea del ocultamiento y de las personalidades duales que todos podemos tener, pero esa lectura les corresponde más a los críticos.

Publicado en Cuba contemporánea

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