Del juego para el trabajo y del trabajo para el juego


El gusto de Orly por las computadoras, y todo lo que con ellas tenga ver, fue perceptible cuando aún no levantaba una cuarta del piso.

En aquel entonces, la actividad más novedosa en el barrio era irse al Joven Club a jugar en las máquinas recien llegadas a Cuba, aquellas chinas muy lindas que se encontraban por doquier. Pues bien, esa fue su escuela, su recinto, lugar donde aprendió, con solo tres años, como encender y apagar la compu y a perderse en el laberinto de carteles y avisos que aún no podía leer.

Y también cacharreaba y coleccionada partes en desuso, solo con la intención de ver cómo podía armarlas nuevamente. En el aquel momento desconocía la utilidad de cada una, me dice, solo le bastaba con dejar cada pieza perfectamente unida con la otra. Qué funcionará era otra cosa.

Llegó la etapa escolar, todas y cada una de las tardes cuando regresaba del colegio, merendaba rápido lo que su madre le había dejado encima de la mesa y se iba corriendo al Joven Club, con la excepción de los fines de semana, durante los cuales se pasaba unas 8 horas diarias, sentado en una silla frente a aquel aparato.

La madre y el padre fueron cómplices, aunque estaban lejos de saber la complejidad de lo que se avecinaba en la vida de su hijo más pequeño. Ciertamente Roly tenía demasiada energía y “tenerlo tranquilo era una odisea”, justifica ella; por lo que sí se podía pasar horas fuera de la casa era mejor, “así yo tenía tiempo para hacer algo”. Por aquel entonces ya el padre comenzaba a notarlo medio raro: “este niño es hiperactivo”, así decía y al mismo tiempo se preguntaba cómo puede pasar tantas horas sentado jugando en una computadora. “Eso es descaro”, era su respuesta más socorrida.

Creció y lo de las computadoras se volvió casi adicción, a pesar de estar becado. El voleibol, por suerte, lo sacó de la casa y lo enfrentó al hecho de no tener máquina alguna. La escuela de deporte se convirtió entonces en una terapia por sí sola. Solo las 48 horas que tenía de pase, se jugaba en el Joven Club, hasta que en la casa compraron una computadora.

Fue cuando logró conectarse con los otros chiquillos que jugaban en el barrio. Con ellos aprendió a hacer las antenas inalámbricas caseras, las reparaban, conseguían las piezas y las armaban. También era una fuente para ganarse un dinerito.

En temporada ciclónica -confiesa- aumentaba su adrenalina. Cada vez que pronosticaban la entrada de un evento tropical, aunque fuera de un vientecito platanero, él comenzaba a sufrir ante la posibilidad de no poder jugar en red. Entrado el evento esperaba hasta el último segundo para bajar la antena, la cual debía ser desmantelada obligatoriamente, “había costado mucho hacerla para que se rompiera así no más”.

La vida continuó, comenzó a trabajar en lo que encontró, pues aunque era un joven extremadamente inteligente, su adicción al juego no le dió tiempo para dedicarse a los estudios.

Tampoco para cuidar al hijo que tuvo con Rosi, cuatro años después, pues le costaba mucho, y aún le cuesta,  hacer otra cosa que no sea jugar de madrugada, el horario predilecto para la mayoría de sus amigos, “porque jugar en solitario no tiene la misma magia que en grupo”, confiesa el joven de 23 años.

Parecemos sombis, aunque mis amigos no tienen hijos y además son mantenidos por sus padres”. A mí no me queda más remedio que levantarme al otro día e ir a matar mosquitos”.

Yo voy del juego paral trabajo y del trabajo para el juego”.

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