Malecón: el sofá de La Habana


Por Carlos Ferrera Torres

“María Teresa comió jamón
Con queso blanco y tomó bebida.
Quiso bañarse en el Malecón,
Por atrevida perdió la vida”.
Farah M. García
(Cantante y Oceanógrafa)

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En estos días tengo posado al gorrión, y me mata la nostalgia. Soy habanero de casta y cayohuesero de nacimiento. Cayo Hueso fue mi guardería infantil, el Parque Maceo mi patio de recreo, y el Malecón mi sitio de pensar y mi última frontera con el mundo libre.
Mientras viví en La Habana, alimenté a mis gorriones con la brisa salada del Malecón y el ruido de las olas batiendo a mis pies contra el diente de perro de la costa. El Malecón fue el escenario permanente de todas mis pasiones, de mis perversiones más inconfesables y también de mis más sonadas cuitas de amor.
Porque no hay ni habrá para un cubano nada más bonito que sufrir por amor bajo una puesta de sol habanera, sentado en ese muro centenario con una botella de ron al lado. Por eso siempre digo que el Malecón es y será nuestro monumento más útil y el que más y mejores servicios ha prestado a los cubanos que lo frecuentamos.
No hay en Cuba otro muro que sirva para casi todo, desde fornicar hasta llorar la muerte de un amigo, pasando por pescar, tomar el sol, el fresco, o simplemente cumplir con el cometido para el que fue construido: proteger a la ciudad de la furia del mar Caribe en tiempos de tormenta. El Malecón es también asiento de las angustias y de las despedidas de los que partimos, y el tórrido banco de espera de los que se quedan. Nuestro sofá deluxe al aire libre.
Me recuerdo con apenas tres años, –quizás es el recuerdo más añejo que guardo de mi paso por la vida–, sentado en ese muro zigzagueante, pescando con un sedal junto a mi padre. Mi viejo me regaló una colección de anzuelos y un carrete de nylon del 12, para ejercitarme en el noble y masculino arte de la pesca con carrete, “porque las varas son para los maricones”, decía él. Aun no sabíamos ni él ni yo, que con vara o sin ella, yo ya llevaba a La Bayamesa en mi alma y la cantaría a todo pulmón el resto de mi vida.
Cuando cumplí 10 años, ya mi padre había volado (literalmente, en Iberia rumbo a España), y mi madre me dejaba bajar a pescar en la costa rocosa con mis amigos del barrio. Con 12 años me bañé por primera vez en las pocetas de Águila, y con 15 ya me aventuraba a salir a mar abierto en un neumático de camión con mi vecino Joseíto, “para pescar tiburones”, decíamos a nuestras aterradas familias.
Jamás pescamos nada mayor que un pargo, porque en cuanto nos alejábamos 500 metros del muro, nos poníamos a apretar sobre la llanta inflada, hasta que se ponía el sol. Pero siempre volvíamos a tierra con algún pescadito, con tal de que nuestros padres no sospecharan que aquellas salidas marineras, eran sólo una excusa para dar rienda suelta a nuestras calenturas de adolescentes.
Joseíto finalmente se fue por Boca Ciega en una llanta como aquella, rumbo a la libertad, el mismo día que cumplió 18 años, y yo me quedé sin amante, sin llanta y sin compañero de pesca. Joseíto es el único cubano que conozco en persona que consiguió llegar solo y sin ningún problema a Cayo Hueso, montado en una goma y a golpe de remo. Hoy regenta un negocio floreciente de yates de recreo en California, pero no ha olvidado nunca que el Malecón fue su laboratorio de pruebas, y yo, su primer amante marinero.
Con el paso del tiempo El Malecón me reservó otras diversiones menos poéticas; me lo recorrí completo y en ambos sentidos bailando en los Carnavales varias veces mientras formé parte de la Comparsa de la FEU Marina, Jose,y Julio César, no me dejen mentir).
Ya de mayor como arquitecto, participé profesionalmente en múltiples proyectos de “lavados de cara” con que se intervinieron algunos edificios del litoral que flanquean la avenida, básicamente repellarlos un poco y darles una mano de pintura, que al año siguiente ya era arqueología, porque se la comía el salitre.
Tuve el gusto incluso de hacer el primer intento de proyecto de hotel para la primera manzana de la vía, en Malecón y Prado. ¿Se acuerdan, Maria de Parra y Alain Hernandez?. Fue una vaina con reminiscencias neoclásica que me llevó meses proyectar, de la que estoy muy orgulloso, y que por supuesto, jamás se construyó. Me encantaría recuperar esos planos algún día. (Quizás Galia Labrada pueda echarme una mano).
Aun la esquina de Malecón y Prado espera por un proyecto que la merezca, y que por cierto, no quisiera que fuera ese que han aprobado ya a cargo de los arquitectos José Antonio Choy e Hijas. Aquí aprovecho y dejo constancia de mi desacuerdo con ese bodrio, y de paso doy un poco de carnaza para los arquitectos que me leen: No me gusta nada el proyecto de Choy.
Conservo en cambio, un valioso tratado de arquitectura cubana escrito por mi amiga y profesora, la arquitecta Lohania Aruca, “Un Malecón para una ciudad nueva”, donde explica de forma brillante la construcción de nuestro paseo marítimo, y su impacto social en el urbanismo habanero de entonces.
Lo he utilizado para entrar en materia en esta crónica, pero antes me he dado una vuelta por la red, para husmear lo que se ha publicado sobre esto. En casi todas partes encuentro el mismo texto remasticado y regurgitado para tibias y nostálgicas páginas cubanas, con datos erróneos o imprecisos, y escasa o nula chicha literaria. Pero no importa, porque entre Lohania y mi endeble memoria selectiva, creo que podré dejar aquí algunas perlitas de nuestro monumento arquitectónico más funcional.
Hablemos pues, del Malecón de La Habana:
Nuestro Malecón compite como obra de ingeniería con los más sofisticados malecones del planeta, (no se parece tanto al de Cádiz como dice esa leyenda urbana, echada a rodar seguramente por un gaditano envidioso), y es el único del mundo de trazado irregular con esas dimensiones; casi 7,5 kilómetros de hormigón armado bordeando el litoral norte de la ciudad, desde La Punta hasta la Chorrera.
También es el único en el mundo ubicado en una capital importante sin interrupciones físicas de otras obras arquitectónicas a lo largo de su trazado. Por suerte durante más de un siglo, ni la especulación de la seudo república, ni el absurdo urbanismo socialista, ni siquiera la desidia destructiva revolucionaria, han deformado esta obra magnífica de nuestro patrimonio, y espero que eso nunca llegue a suceder.
El prolífico ingeniero Francisco de Albear y Lara –al que ya le debíamos el Acueducto, Medalla de Oro en la Expo Universal de París–, había propuesto a finales del XIX una idea preliminar para una vía costanera que bordeara el litoral norte de la capital cubana.
Su propuesta fue rechazada por las autoridades españolas, que la consideraron cara e innecesaria entonces. Incluía aquel proyecto, una alameda arbolada paralela al paseo, que siempre eché a faltar cada vez que caminaba por el Malecón bajo aquel sol de justicia.
Un Malecón con árboles nos hubiera catapultado directamente al estrellato de las capitales americanas. Pero Paco Albear cayó en desgracia por un desagradable incidente con una prostituta del barrio de Belén, que destruyó su familia y que casi le cuesta su cargo de Vicepresidente de la Real Academia de Ciencias. No vivió para ver el Malecón sin árboles. Pero eso ya es otra historia.
PASEOS Y POCETAS DE LA HABANA
Hasta 1900, además de sus plazas y parques, La Habana contaba con tres ramblas arboladas en su trazado urbano.
Después de la inauguración de La Alameda de Paula en el siglo XVIII, –nuestro paseo más antiguo–, se había construido el Paseo de Extramuros, llamado después Paseo Real de Isabel II, Paseo de los Reales Aires del Prado, Paseo de Martí, y hoy simplemente Prado. También se construyó el Camino Real de San Antonio Chiquito, conocido más tarde como Paseo Militar, Paseo de Tacón, Paseo de Carlos III y ya en los tiempos de la Revolución, Avenida Salvador Allende. La Revolución se cargó todos los nombres bellos de nuestros sitios históricos para endosarles otros contemporáneos sin gota de glamour, una cuestión que urge solucionar cuando aquello vuelva a ser lo que fue.
Pero demos un brinquito atrás, para ver qué había en la costa norte de La Habana en el siglo XIX, justo antes de que apareciera el Malecón.
Si nos guiamos por el arquitecto e ingeniero cubano Eduardo Tella, ducho en la materia, hay que recoger sus palabras para la “Revista de la Sociedad Cubana de Ingenieros”. Dice Tella:
“Era una costa rocosa y llena de inmundicias, con un sinnúmero de zanjas abiertas en las rocas que, partiendo de los fondos destartalados de las casas de la calle San Lázaro, vertían sus excretas al mar, y cloacas abiertas que desembocaban por el centro de las calles transversales; añádanse depósitos de materiales, barracones de madera pomposamente llamados baños, charcos de agua, etc., eso era en los benditos tiempos coloniales lo que es hoy la magnífica Avenida de Antonio Maceo, mundialmente conocida como el Malecón de La Habana”.
Si bien Tella no iba desencaminado en su descripción, porque el último cuarto del siglo XIX nuestra ciudad estaba muy dejada por los efectos de las guerras sucesivas, y por la falta de presupuesto de la Corona Española, ya a punto de perder la Isla, para obras públicas de envergadura, la cosa ya no era tan asquerosa en los últimos años de la centuria, sobre todo en el primer segmento de lo que es hoy el Malecón, pegado a La Punta. A ese tramo se le dio un trato preferente, porque allí se instalaron los primeros balnearios para ricos de La Habana y posteriormente las residencias más opulentas de la ciudad. Y donde hay ricos, por fuerza las cosas tienen que ir mejor.
Haciendo caso omiso al calor tropical implacable, los habaneros de abolengo hicieron de las visitas a esos balnearios todo un acontecimiento social. Las damas aparecían allí con sus criadas y perros, enfundadas en largos trajes de organza oscura, profusos cuellos abotonados hasta arriba, guantes de gasa y amplias mangas abullonadas. Al contrario que en nuestros días, ponerse moreno era un signo claro de vulgaridad y mal gusto, de modo que la moda era estar blanco como la leche, así que había que taparse todo lo posible. No podían faltar las pamelas espectaculares, dignas de una tarde de Ashcott, y algún libro para pasar el tiempo leyendo bajo sus no menos espectaculares sombrillas de crepé y raso de Bruselas.
Todo aquel atuendo desaparecía cuando tocaba entrar en el agua. Entonces aparecía el traje de baño; un vestido casi siempre negro y a media pierna sobre unos calzones de algodón fruncido, medias de seda y gorro de baño de tela impermeable.
Los hombres iban también arreglados como para un baile: traje a la moda francesa, corbata con agujas de oro, sombrero de chistera o copa alta, bastón y reloj con leontina, que cambiaban cuando se metían en el mar por una camiseta de tirantes y un calzón largo similar al de las féminas. Todo en negro o marrón oscuro para evitar las marcas impúdicas que deja la tela clara mojada. Era más apropiado pasar calor que mostrar el contorno de tu pene o tus pechos a los padres de tu prometida o prometido. Porque todo el mundo iba bañarse a las Pocetas de La Habana, o como poco, a pasar la tarde.
El buen recato exigía evitar las miradas indiscretas, y por eso empezaron a proliferar los grandes chalets de madera de deriva de opulencia notable, construidos a partir del siglo XVIII desde La Punta hasta el río Almendares.
Los primeros baños en edificarse fueron Los Campos Elíseos, cerca de la actual calle Genios. Su existencia se debió a la casualidad: Era ésta una antigua zona de canteras llena de oquedades que se inundaban con la penetración del mar durante los meses de invierno y en temporada ciclónica. Los habaneros aprovechaban la acumulación del agua y se bañaban ahí, e incluso lavaban a sus perros y a sus caballos.
Fue Tirso Ribagorda, español pudiente e ingenioso gentilhombre que poseía uno de los chalets cercanos a La Punta, el que hizo horadar las piscinas en el diente de perro costero, para utilizarlas como pocetas de baño, tal y como aún se conservan hoy.
También fue de Ribagorda la idea de colocar tabloncillos de madera sobre un lecho de arena en el fondo de esas cavidades, para que los bañistas pudieran ponerse de pie sin lastimarse con las rocas afiladas como cuchillos. Se colocaban mallas o redes de protección en las bocas de entrada de mar, porque en aquella época frente al Morro se tiraban los desperdicios del Matadero de La Habana y los tiburones eran frecuentes invitados indeseables.
Olimpia Tieles de Farnaz, una actriz de carácter de segunda línea que llegó a actuar en el Teatro Tacón, famosa por sus gigantescos pechos y sus devaneos con varios herederos ricos de la nobleza criolla, fue devorada por un tiburón cuando el oleaje desprendió la malla protectora de la poceta en la que tomaba un baño. Cuentan que lo dantesco del espectáculo convenció al público que frecuentaba el lugar, de abstenerse de ir allí durante una larga temporada.
En la última década del siglo XIX, las pocetas se cubrían con delicados techos artesonados de maderas preciosas torneadas, caoba, ébano y júcaro mayormente, llegando a construirse portales muy sofisticados de ese tipo. Tenían escaleras con barandas para que los bañistas pudiesen bajar, y colgando del techo se colocaban unos cabos de cuerda para que se sujetaran a ellos los que no sabían nadar. Sobre las pocetas se construían los chalets, que poseían amplios salones donde la alta sociedad de La Habana celebraba retretas, cenas y bailes a cualquier hora del día o de la noche.
Después de los Baños de Los Campos Elíseos, se construyeron los Baños de San Rafael o del Recreo en el principio de la calle Águila, y los de La Tropa o de Los Soldados, pegados a la calle Galeano, donde siempre había militares de juerga.
Fueron los militares quienes años después adoptaron la costumbre francesa de bañarse semi desnudos, sólo con un pantalón corto. Fue la primera vez que socialmente los habaneros aceptaron ver o mostrar el torso masculino al aire fuera de casa. Para las mujeres (y varones de la otra acera), supongo que fue como abrir de pronto una revista porno en nuestros días.
Fueron estos baños los tres principales y más selectos, pero se hicieron también los de La Isleña y La Beneficencia, (frente a esa institución ubicada en la calle San Lázaro) para el personal menos adinerado, y ya en El Vedado, El Progreso, Los Baños de la Calle Baño —hoy calle E—, Las Playas que se ubicaban al inicio de la Calle D, y El Encanto, que nada tuvo que ver con Fe del Valle, la empleada ejemplar que cogió candela en el siglo XX en la tienda de igual nombre, ni con César Rodríguez, el dueño de ese establecimiento comercial. Pero sí con Don José y Don Bernardo Solís, los dos hermanos asturianos emigrados a Cuba en 1888, por entonces dueños de la sedería del mismo nombre, ubicada en la esquina de la calle Galiano entre San Rafael y San Miguel. Los Solís se hicieron millonarios y fueron los mecenas de los Baños de El Encanto.
“Hasta 1895 hubo un desarrollo notable en el caserío de El Vedado. –Cuenta la historiadora de arquitectura cubana Lohania Aruca–. La cercanía del mar hizo que el barrio cobrara relevancia. En la línea de la costa, desde G hasta 6, se establecieron, a partir de 1864, varios balnearios y constituyeron una opción más asequible para las familias de menos recursos, sobre todo en su modalidad de baños públicos. La gente se bañaba entonces en lo que se llamaban “pocetas de ahogado”, que se aprovechaban de la disposición de las rocas o se cavaban artificialmente en ellas. Las había pequeñas, con locales reservados para la familia, y otras muy amplias, en las que se bañaban, por separado, hombres y mujeres.
El Progreso es el segundo de los baños que se construye tras los de Campos Elíseos. A fines de siglo se construyeron además, los baños de mar Las Playas frente a la calle D y posteriormente El Carneado, en Paseo, y El Océano en la actual calle F. Eran mar abierto, pero tenían unas divisiones para que no pudiera pasar los tiburones.
El dueño de El Progreso lo convirtió en un gran negocio. Sobre la gran nave que cubría sus pocetas construyó 14 apartamentos dotados de sala-comedor, dos habitaciones y servicios, que alquilaba por cien pesos mensuales, y en 3ra, entre B y C, edificó varias casas de madera, pequeñas, destinadas también al alquiler durante la temporada veraniega. Sin contar que por el derecho al baño de mar cobraba 50 centavos.
Los baños de Carneado, en Malecón y Paseo, llegaron a ser la mejor diversión habanera para el domingo. Eran propiedad del llamado “Hombre-Grito”, por la promoción que hacía de su peletería en la Manzana de Gómez. Carneado presumía de riqueza, fortaleza física y varonía. Su riqueza la hacía evidente con tres brillantes gigantescos que formaban parte invariable de su atuendo. Para exhibir su fuerza, colocó una estatua suya, completamente desnudo y con los músculos en tensión, en las afueras de su residencia situada también en las cercanías del litoral. Presumía de sus cualidades masculinas, y exhibía con orgullo sus más de 20 hijos de todos los colores, que daban fe de su calidad de Don Juan. Carneado era el vigoréxico de la época.

OTROS CAMINOS AL MAR
En 1860 se construyó una calzada para unir al pueblo de Marianao con las playas del oeste; en 1884 se inauguró el ferrocarril, que amplió la comunicación hacia esa zona, y en 1910 se hizo el Puente de Hierro sobre el río Almendares, que aumentó el tránsito hacia el otro lado de la ribera y trajo consigo un cambio de ruta de los bañistas hacia las playas del oeste.
Aun no existía 16 como playa, ni había homosexuales merodeando por la zona, para los que seguro están elucubrando a estas alturas de mi relato.
En la década del 20, la burguesía enriquecida con los altos precios del azúcar, construyó las primeras residencias a orillas del mar, y se crearon clubes privados que fueron relegando a un segundo plano las acostumbradas “piscinas con techo” del litoral. La aparición del Malecón, terminó expropiando a los ricos ese espacio de costa, y tuvieron que conformarse con construirse casas de mampostería en lo que es hoy el lado interior de la avenida Malecón.
Entre los ricos que fueron obligados a dar ese “paso atrás” estaba la familia Núñez Feijóo, que se negó a abandonar la zona y se hizo construir el Palacio de las Cariátides, un discreto pero correcto intento de Art Decó que hoy se cae a pedazos, aun después de una restauración reciente de 4 millones de dólares. El palacio de los Núñez Feijóo alberga en la actualidad el Centro Hispanoamericano de Cultura.
El desarrollo urbano de la ciudad impuso otro sendero hacia el mar. Luego de la construcción del túnel de la bahía y la urbanización creciente hacia el este de La Habana, una buena parte de los capitalinos prefirió bañarse en las playas de Santa María, El Mégano, Bacuranao, Boca Ciega y Guanabo, que tenían litoral de arena.
EL MALECÓN, UNA OBRA POR PARTES
A partir de la ocupación militar norteamericana en 1899, la población capitalina creció exponencialmente y la ciudad pedía a gritos una expansión hacia el oeste. El Malecón llegó para cubrir esa urgencia como el cuarto paseo de la ciudad, dando inicio a lo que se dio en llamar la modernidad urbanística del siglo XX en La Habana.
Se hicieron cargo los americanos, que para darle calor al asunto trajeron a un grupo de ingenieros y arquitectos notables, entre ellos al francés Olivier Viollet LeDuc, hijo del también arquitecto Eugène Viollet LeDuc, coautor de la Estatua de la Libertad, para que diseñaran el colosal muro serpenteante que un siglo después nos serviría a los habaneros para tantas cosas, y a mí en particular, como muelle de partida para gozar con Joseíto.
El Malecón se construyó de este a oeste (de La Punta al Almendares) en siete etapas y durante 60 años, y fue la primera obra realizada de hormigón armado en nuestro país.
En 1898 empezó a ejecutarse su construcción bajo la asesoría de los ingenieros Mr.Mead y su ayudante Mr.Whitney, durante el Gobierno Interventor Norteamericano del General Wood.
Se construyó también una glorieta para la Banda Municipal Frente al Castillo de la Punta, en la esquina del Malecón y el Paseo del Prado, para amenizar con música las retretas, pero en 1926 tuvo que demolerse por obstaculizar el tránsito al continuarse el Malecón hacia el puerto.
En esa esquina se alzó a principios de siglo, un hotel exclusivo llamado Miramar, donde por primera vez los camareros vistieron de smoking, chaleco con abotonadura dorada, e iban sin bigotes. Fue proyectado por el arquitecto José Toraya, y según el arquitecto e historiador Luis Bay Sevilla, estuvo muy de moda en los primeros quince años de la República.
El proyecto norteamericano contemplaba el arbolado que había imaginado Paco Albear y además grandes candelabros sobre el muro. Ambos detalles se eliminaron al llegar la temporada invernal y arribar el primer frente frío.
Pero en 1902, al terminar la intervención norteamericana, sólo se había construido el primer tramo, apenas medio kilómetro desde La Punta hasta la calle Crespo, de los más de 7 kilómetros previstos. Casi sin haberse terminado aún, los cubanos más adinerados se apresuran a comprar terrenos frente al nuevo paseo, huyendo de la superpoblada Habana Vieja, y construyendo sus mansiones en estos parajes bañados por la brisa del mar.
El tramo siguiente se inauguró en 1909, llegaba hasta la calle Gervasio, y se tardaron siete años en avanzar otro kilómetro.
En 1916 se termina el tercer tramo, durante el primer Gobierno del General Menocal (1913-1917), con grandes contratiempos, pues hubo que solucionar el problema que suponía atravesar la llamada caleta de San Lázaro, una depresión que hubo que robar al mar, y que medía en su desembocadura 93 metros de ancho y 5,5 metros de profundidad. La obra llegó hasta más allá de la Casa de Beneficencia, en San Lázaro y Belascoaín, y se utilizó durante todo el período republicano para celebrar las fiestas del Carnaval habanero.
Era en ese segmento aledaño al Torreón de San Lázaro, donde se bañaban los caballos de los establos de la ciudad. En ese tramo se construyó además, el Parque Antonio Maceo, el más grande y bello homenaje arquitectónico que existe en Cuba al hijo de Mariana. En la zona se construyó también el famoso bar Vista Alegre, que ocupaba la cuña comprendida en esa calle, entre San Lázaro y el Malecón. En ese tramo se alzaron otras construcciones importantes, como el Union Club y el Club de Automovilistas.
Allí medio siglo después, quien escribe le hizo la media mil veces a Camilo Hernandez mientras él esperaba la confronta de la 132. Un servidor también aprendió a montar en bicicleta, patines, chivichana y otros artefactos de transporte infantil. Y como Santa Teresa, también se fracturó varios huesos y se abrió tres veces la cabeza.
Quedó claro que lo mío era navegar en llanta con Joseíto.
En 1921 se construyó el tramo que va desde el Torreón de San Lázaro, antiguo vigía de la caleta, hasta el comienzo de lo que es hoy la céntrica calle 23, promontorio donde estaba emplazada la antigua Batería de Santa Clara primero, y después el Hotel Nacional de Cuba, construido en 1930.
Desde la zona del litoral habanero donde hoy está el Parque Maceo y hasta el Río Almendares, lo que existía entonces era una costa de agudos arrecifes y un monte firme e impenetrable, que las autoridades españolas consideraban como una muralla natural ante los ataques y lo llamaban “Monte Vedado”. De aquí el nombre de lo que sería posteriormente lo que conocemos como el municipio Vedado.
En 1929 el director norteamericano William Fox, filma en la isla, “La chica de La Habana”, con actores norteamericanos y utiliza ese tramo para algunas escenas exteriores. En 1930, abre sus puertas el más famoso de los hoteles cubanos, el Hotel Nacional de Cuba, en una privilegiada posición frente al nuevo paseo, e inmediatamente se convierte en un referente turístico internacional.
También allí se supone que tuvo lugar la primera gran estratagema publicitaria del cine cubano en ciernes, mudo aun.
Cuentan que por entonces Rodolfo Valentino ya era miembro de pleno derecho del Star System hollywoodense, el ídolo indiscutible de las mujeres del mundo entero, y por extensión, de las mujeres cubanas. Sus películas estaban siendo distribuidas en Cuba por la Compañía Santos y Artigas, y ambos socios decidieron echar a rodar la voz de que Valentino estaba en Cuba y frecuentaba el Malecón recién inaugurado, con la intención de potenciar el estreno de su próximo estreno en La Habana. Para ello utilizaron a un doble, el actor cubano Antonio Perdices, que, como tantos galanes de la época, intentaba entonces parecerse a la estrella italiana.
A Valentino ya le habían dedicado en Cuba un sainete bufo en el Teatro Alhambra, “Las viudas de Valentino”, y Antonio María Romeu le había compuesto un danzón muy chulo.
La película que Santos y Artigas pretendían publicitar se llamaba “El Veneno de un Beso” y cómo no, Antonio Perdices era el protagonista junto a la actriz en boga, Mercedes Mariño, ambos dirigidos por Ramón Peón, pionero del cine mudo cubano.
El montaje funcionó al milímetro, y “El Veneno de un Beso” fue un éxito taquillero absoluto.
El quinto tramo se construyó en 1923, que aunque parece muy breve (desde la calle 23 al comienzo de la calle O), requirió también mucho trabajo, ya que se rellenaron 104,500 metros cuadrados y se separó el muro 30 metros del litoral para erigir el monumento a los caídos en la explosión del buque norteamericano Maine en 1898.
Durante el mandato del General Gerardo Machado en 1930, se construyó el sexto y penúltimo segmento, que llegó hasta la calle G o Avenida de los Presidentes. Se pudo concluir gracias casi por entero a la gestión personal del entonces Ministro de Obras Públicas, Carlos Miguel de Céspedes, también responsable de la construcción del Capitolio y de la Carretera Central, en eterno conflicto con el Presidente Machado, empeñado en desviar el dinero destinado a las obras públicas, a intereses militares. En esa zona se erigió durante la década de 1950 la nueva embajada de los Estados Unidos, hasta hace poco conocida como la SINA u Oficina de Intereses y probablemente muy pronto otra vez la embajada de USA en La Habana.
El séptimo y último tramo del Malecón se construyó entre 1954 y 1958 bajo el mandato de Fulgencio Batista, prolongándolo primero hasta la calle Paseo, donde estaba el antiguo Palacio de los Deportes y después hasta la desembocadura del Río Almendares. El antiguo Puente de Pote, una hermosa estructura de hierro que comunicaba ambas orillas del río, fue sustituido por un nuevo túnel que aún hoy comunica directamente al Malecón con la lujosa 5ta Avenida de Miramar, un barrio construido por y parta la alta burguesía cubana.
Al final de su recorrido, el Malecón de La Habana pasa por importantes monumentos que se alzan a lo largo de la avenida, además del dedicado a Maceo. El paseo marítimo habanero recorre los monumentos al Generalísimo Máximo Gómez, a Calixto García, el Castillo de la Real Fuerza de La Habana, el Castillo de San Salvador de la Punta, el Torreón de San Lázaro, la entrada al Túnel de La Habana, el Hotel Nacional de Cuba y el Torreón de la Chorrera.
Asimismo, su peculiar trazado urbano sirvió de escenario a diversos acontecimientos históricos y sociales, incluyendo carreras de autos, filmaciones de películas, desfiles y conciertos.
“Hubo otros proyectos, -cuenta Aruca- cuando el río Almendares era la frontera natural entre las ciudades de La Habana y Marianao. La Habana absorbió a Marianao y formó la región metropolitana. En aquellos momentos se proyectaba continuar el Malecón a lo largo de la Avenida 1ra de Miramar, hasta Monte Barreto, pues desde ese punto en adelante era la ampliación del reparto Querejeta. Incluso en algún momento se pensó llevar el Malecón hasta la misma playa de Marianao.
Hubiéramos tenido hoy un malecón más largo, desde la playa de Marianao hasta la Alameda de Paula, pero nunca se concretó la idea en la realidad. Se pensó también construir pocetas a lo largo del nuevo Malecón en el tramo de Centro Habana, pues hubo un momento en que existieron balnearios en la zona del Malecón tradicional, no tanto en la zona del Vedado porque ya es mar abierto y la fuerza de las olas es mayor. Esta carencia propició el proyecto de recuperar las pocetas, pero la Revolución lo ralentizó hasta pararlo del todo, alegando que “era difícil, porque el diente de perro está muy vivo allí”.
Como en tantos otros casos, el proceso revolucionario paralizó el crecimiento urbano de la ciudad, y con él su desarrollo como capital importante de América Latina.
El 6 de julio de 1958 se termina el Malecón, “El Sofá de La Habana”, tal y como lo conocemos hoy; sólo unos meses antes de la entrada a la capital cubana del Monstruo Verde Olivo. Fidel utilizó su espléndida avenida de seis carriles como alfombra roja para mostrar su poderío, e iniciar la peor y más vergonzante era de la Historia de Cuba.
Pero a pesar del estigma comunista y el congelamiento de su crecimiento y esplendor por la ineficacia de la Revolución, El Malecón habanero sigue teniendo la majestuosidad que soñó Francisco Albear, e hicieron realidad todos los gobiernos posteriores excepto el de los Castro.
Si las cosas hubieran sido de otra manera, quizás mi amado Joseíto hubiera podido plantar su marina de yates de lujo frente a mi casa. Y yo hubiera podido escribir esta crónica en la cubierta de alguno de ellos, y hubiera seguido apretando con él, pero no sobre una llanta de camión.
Fidel me debe muchas cosas. Y él o sus secuaces seguidores tendrán que pagar algún día lo que me quitaron a mí y a todos los cubanos.
Me cago en su puta madre.

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