Actrices negras entre el cepo y la cama


Por Juan Antonio Madrazo Luna

Todavía recordamos el estreno habanero, en 1964, de la versión de Romeo y Julieta, bajo la dirección del dramaturgo checo Otomar Kreija. La actriz que interpretó a la joven Capuleto, Bertina Acevedo, por ser negra, incomodó a mucha gente en el ámbito de nuestra cultura. Ha pasado el tiempo, pero la desigualdad racial sigue siendo un mal sin paliativos en los medios audiovisuales cubanos. Y nadie sufre este mal tan drásticamente como las actrices.

Ivana es una habanera descendiente de ruso. Tiene 29 años y trabaja en una oficina de la empresa Cubaexport. Ella testimonia: “No soy racista, pero cuando llego a casa después de una larga jornada de trabajo, mi único entretenimiento es la televisión, y quiero ver algo distinto, que recree mi espacio interior, quiero desconectar, por lo cual las historias de negros no me interesan, bastante tengo con mi realidad”.

Maridalia es una estudiante de teatro en el ISA. Ella comenta: “Ser actriz negra en Cuba implica un sufrimiento constante. Nunca he logrado clasificar para un casting de la televisión o del cine, pues no tengo la piel de melocotón, ni siquiera he tenido la oportunidad de ser una viuda amargada. Como negra, no me siento identificada con la representación que los medios hacen de nosotras, la mulata es siempre la puta y la negra es la bruja o la chancletera. La televisión cubana es muy racista y a la hora de hacer una selección nos toca el cepo o la cama, la humillación o la tabla de planchar”.

En Brasil, las cuotas de color suben a la pasarela. En Estados Unidos, la experta en marketing Cheryl Boone Isaacs es la primera afroamericana en convertirse en jefe de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood, que durante muchos años fue un club de hombres blancos peinando canas. Mientras, en Cuba, nos preguntamos: ¿Que han logrado las actrices negras y mestizas?

Elvira Cervera con Alina Rodríguez en la telenovela Cuando el agua regresa a la tierra. Foto tomada de Cubarte.

Las desapariciones físicas de las actrices afrocubanas Asennet Rodríguez y Elvira Cervera, quien supo enfrentarse al racismo, no solo en las instituciones que diseñan políticas de representación en los medios, sino también en el Instituto Superior de Arte (ISA), donde por muchos años ejerció la pedagogía, me hicieron reflexionar sobre cómo la mujer negra no ha dejado de ser una diversidad reprimida y estereotipada en los medios audiovisuales cubanos.

La baja representación de la mujer negra y mestiza en el cine y la televisión de nuestro país es una verdad que aplasta. En los últimos 50 años no han dejado de  ser atravesadas por el delgado equilibrio de la violencia y la subalternidad. Tanto los medios como la publicidad estereotipan su representación. Las lógicas coloniales no han dejado de reproducirse.

Aun cuando les sobrara rigor y talento, ellas no han tenido la oportunidad de ser reclamadas por los directores, ninguna ha sido actriz fetiche, como María de los Ángeles Santana, Verónica Lynn o Adria Santana. Las negras no la han tenido fácil para conseguir hacerse un hueco en una industria tan excluyente como el cine y la televisión. Su nicho está anclado a un “mercado de la alegría” que se traduce en música, baile, sexo y performance. Desde los tiempos del teatro bufo están marcadas por el peso del prejuicio.

El cine aun no dibuja la tensión social por la que atraviesan las actrices negras. Ese mérito solo lo tiene el cineasta Rolando Díaz, con su documental Si me comprendieras  (1998), que apenas se ha visto en Cuba, ni analizado con la atención que merece. Algunas actrices afrocubanas han tenido suerte de la mano del dramaturgo Eugenio Hernández Espinosa, o de la directora Xiomara Calderón, pero sólo interpretando historias de vidas de negras cimarronas, profesionales, rebeldes o insumisas.

Los filtros de selección que se tejen desde instituciones oficiales como el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), y el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), permiten la reproducción de estereotipos racistas que neutralizan e impiden su desarrollo profesional, pues tales instituciones legitiman relaciones de poder y dominación social a partir de sus imágenes. Las actrices negras y mestizas están sujetas a la erótica de poderes, y apenas logran cruzar ese filtro aquellas que intentan “pasar por blancas”.

Actriz Ileana Wilson. Foto cortesía de Ileana Wilson

Cine y televisión no son los únicos espacios de conflictos por prejuicios raciales. Giselle no ha dejado de ser blanca en el Ballet Nacional de Cuba. Y la estética audiovisual y sonora del reggaetón también contribuye a la devaluación social de la mujer negra. Incluso los propios hombres negros estimulan la humillación hacia ella. Basta con asomarse a los videos del intérprete de reggaetón conocido como Chocolate Nestlé.

La mujer negra es constantemente devaluada y relegada a la periferia, su propia belleza es desacreditada, es un cuerpo acosado, un  sujeto reprimido, pues los papeles siempre reservados para ellas justifican el abuso sexual y la violencia física. Sin embargo, esa realidad nunca ha sido motivo de inquietud para la oficialista Federación de Mujeres Cubanas (FMC).

Cuando uno se asoma a los catálogos de las agencias cubanas de representaciones artísticas ACTUAR y CARICATOS,  tropieza con los rostros de las actrices Alina Rodríguez (quien interpretó para el cine María Antonia, de Sergio Giral), Ileana Wilson, Gladys Zurbano, Monse Duany,  Miriam Socarrás, Tamara Castellanos, María Teresa Pina, Luisa María Jiménez, o las más jóvenes, como Camila Arteche, pero ninguna ha sido novia en el cine cubano. El narcisismo de la sociedad tampoco las aceptaría como protagonistas.

Tomado de Cubanet.

Foto de portada tomada de Cubahora.

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