Harriet Tubman

Tubman, Jackson y el billete de 20


Por Alfredo Prieto

Por oposición a lo que se piensa comúnmente, las imágenes de mujeres no siempre han estado ausentes en la historia del dólar norteamericano. En 1865, por ejemplo, circulaba un billete de 20 dólares con la batalla de Lexington y la estampa de Pocahontas, tan occidentalizada que parecía una dama de la corte de Luis XVI y no una joven powhatan de lo que después llamaron Virginia. En 1886 Martha Washington figuraba en un certificado de plata de un dólar. Y en 1896 fue impresa junto a su esposo en un billete de uno. Pero con el tiempo sobrevino una operación de lavado e invisibilidad que convirtió a los padres fundadores de la nación en los monarcas absolutos de los retratos monetarios.

Sin embargo, el pasado 20 de abril el secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Jack Lew, anunció una decisión a todas luces histórica: suprimir al presidente Andrew Jackson (1829-1837) del billete de 20 y poner en su lugar a Harriet Tubman, mujer, negra por más señas, ex esclava que antes de la Guerra Civil conspiró contra los poderes establecidos mediante un peculiar activismo que llevó a centenares de negros sureños a la libertad utilizando el “ferrocarril subterráneo”, y que después trabajó arduamente por el derecho de las mujeres al sufragio. Un cambio que, por razones técnicas, se implementará en 2020, año del centenario de la entrada en vigor de la Enmienda 19 a la Constitución, Sección 1, según la cual “el derecho de los ciudadanos de los Estados Unidos al voto no será negado o menoscabado por los Estados Unidos, ni por ningún estado, por motivos de sexo”.

La movida la precedió un intenso debate convocado desde la sociedad civil por Women on 20s (“A Woman´s Place is in the Money”), cuya misión consistió, básicamente, en hacer consultas sobre las mujeres que los ciudadanos proponían para aparecer en el papel moneda. Quedaron cuatro finalistas, dato que reúne en sí mismo las nociones de diversidad, derechos humanos y civiles, cambio, compromiso social y lucha: una blanca anglosajona (Eleanor Roosevelt, 1844-1962), dos afroamericanas (Rosa Parks, 1913-2005, y la propia Tubman, 1822-1913), así como una nativa americana (Wilma Mankiller, 1945-2010), la primera jefa en la historia de la nación cherokee.

La Tubman ganó por abrumadora mayoría. El presidente Obama y el Departamento del Tesoro avalaron sin la menor duda el dictamen popular. En un discurso de su campaña, Hillary Clinton le dio su visto bueno: “una mujer, una líder, una luchadora por la libertad”. Para no variar, Donald Trump sin embargo acotó: “ella es fantástica, pero la decisión de que reemplace a Jackson es corrección política pura. Andrew Jackson tuvo una gran historia, y creo que es muy rudo cuando sacas a alguien de un billete”.

Pero bajar de su pedestal al séptimo presidente de los Estados Unidos, que ha estado en el bill desde 1928, cuando desplazó a Cleveland, movido al billete de 100, supuso una revisión acerca de su lugar en la historia. Se trata nada más y nada menos que del demiurgo de la “democracia jacksoniana”, que expandió los poderes electorales de los ciudadanos, aunque por las limitaciones clásicas del imaginario político de entonces quedaran excluidos los negros, los americanos nativos y las mujeres. El defensor del hombre común. El héroe nacional de la guerra de 1812 contra Inglaterra, en la batalla de New Orleans, prácticamente a la usanza de George Washington. El que puso una nueva piedra para la expansión. Un pionero. En suma, la figura política más influyente en los Estados Unidos de 1820 a 1830, entre Thomas Jefferson y Abraham Lincoln. Y por último, pero no menos importante, el fundador del Partido Demócrata.

Esto es lo que suelen enseñar los libros de texto en las escuelas norteamericanas, que como norma soslayan los puntos oscuros de su administración, marcados sin embargo por la historiografía revisionista de los años 60. Para esta, Jackson, en efecto, fue todo eso, y más, pero también un especulador de bienes raíces, un mercader, un dueño de esclavos, un mayor general del ejército que en la batalla de Horseshoe Bend (1814) eliminó a punta de bayoneta a ochocientos guerreros creeks de los mil que componían la tropa. A la manera de Little Big Man, de Arthur Penn: al final contabilizaron los cuerpos de los muertos con una salvajada y un detalle: cortándoles la punta de la nariz y enviando sus ropas como souvenirs a las damas de Tennessee.

Mediante el Tratado de Fort Jackson (1814), los creeks “cedieron” 93 000 km2 de sus tierras al Gobierno Federal, una enorme extensión fértil y pletórica de recursos naturales entre Georgia y Alabama. “El más agresivo enemigo de los indios en la temprana historia de los Estados Unidos”, escribió Howard Zinn en A People´s History of the United States. Y no por capricho o antojo radical: correspondientemente con la ideología racista del momento, Jackson siempre los consideró “unos pocos cazadores salvajes”, como al resto de los americanos nativos. Bajo su mandato, el Indian Removal Act (1830) dispuso la relocalización forzosa de varias naciones–cherokees, seminoles, muscogees, choctaws, chickasaws– al oeste del río Mississippi, un auténtico genocidio por la cantidad de almas que murieron en el camino debido a  enfermedades y hambre. Los cherokees, en cuyos territorios se había descubierto oro en 1828, perdieron entre      2 000 y 6 000 miembros de los más de 16 000 relocalizados: la historia contada y escrita por los perdedores recoge esta infamia como “the Trail of Tears” (“el Camino de las Lágrimas”). Para esa élite blanca y anglosajona, forjar su nación no escatimó ni la exclusión, ni el despojo, ni la sangre después del conflicto armado contra el colonialismo británico, uno de los más cruentos de la historia moderna, según lo ilustra desde la ficción el director Mel Gibson en su filme El patriota. La violencia norteamericana tiene sus raíces histórico-culturales, y esta es solo una de ellas.

“Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos. Ni se debe exagerar sus faltas de propósito, por el prurito de negarles toda virtud, ni se ha de esconder sus faltas, o pregonarlas como virtudes”, escribió una vez ese José Martí que a los cubanos de hoy nos es más necesario que nunca para contrarrestar cualquier movida de péndulo, venga de los grupos o de los talibanes y sus propagandistas. Y es sin dudas una virtud y un acto revolucionario colocar la imagen de Harriet Tubman en ese billete de 20 –se dice el más usado por los norteamericanos cuando no median tarjetas de crédito/débito–, y reconocer/reivindicar de alguna manera la labor de mujeres, negros y nativos americanos por una sociedad mejor y más decente y vivible, lo cual se relaciona centralmente con el momento político-cultural que la Unión está viviendo: ni el racismo ni el machocentrismo constituyen agua pasada, de policías gatillo-alegres contra negros y latinos a populistas xenófobos y misóginos encaramados en la ola y los medios por desencantos y decepciones de la gente común con quienes hacen las leyes y dirigen el país.

Si Martí lleva la razón, uno se siente entonces tentado a preguntarse por qué en los nuevos billetes emitidos el año pasado por el Banco Central de Cuba no aparecen ni negros ni mujeres –solo está Antonio Maceo en el de 5 pesos, que viene de antes– como si a este país y a esta cultura y a esta historia no le sobraran razones más que suficientes para considerar y plantar ahí las imágenes de José Antonio Aponte, Guillermón Moncada, Quintín Bandera, Jesús Menéndez, Mariana Grajales…

Que sea o no una operación consciente no es lo más relevante: el racismo y el paternalismo funcionan así. Como el musguito en la hiedra.

La tradición, escribió una vez un judío alemán, merodea como un duende sobre las cabezas de las personas.

Ahí está justamente el detalle.

Imagen tomada de internet.

2 comentarios en “Tubman, Jackson y el billete de 20

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