Por mi grandísima culpa (de ser vegetariana)


Hace ya tres años decidí dejar de comer carne roja y mariscos. Hace 9 meses que tampoco pruebo el pescado. Hace mes y medio que no ingiero producto lácteo alguno.

Cada viaje a la isla se vuelve entonces una doble travesía, la inherente de volver a la tierra y la de poderme llevar algo a la boca, en el tan cotidiano acto de alimentarse. Sin embargo, ser vegetariana en Cuba es un reto inmenso y no siempre económico. Más bien tiene que ver con las costumbres que hemos convertido en tradiciones y a las cuales le buscamos unas explicaciones casi filosóficas.

En mi más reciente visita me fui a conocer algunos de los más famosos restaurantes habaneros, para lo cual me ayudó sobremanera haber comprado Alamesa, la guía con la cual Yon y su equipo nos hacen la vida más fácil cuando de salir a comer se trata.

No obstante, fue una reverenda odisea lograr no alimentarme exclusivamente a base de entrantes o platos acompañantes. Entiéndase tostadas con aceite, croqueticas de vegetales o puré de malanga, sino uno “normal” y suficiente cuyos ingredientes fuesen vegetales. Por lo general me tocó comer muchaaaaaaaas pastas y pizzas, además darle las gracias a Dios por haber podido llevarme algo a la boca. Lo peor: en varias oportunidades me ofrecieron sacarle el gordito al congris, la carnita al tamal. Así de difícil fue la historia.

Además cada viaje que hago a la isla, supone una etapa previa de preparación, pues mentalmente tengo que ensayar la tolerancia a desarrollar ante comentarios como:

“negra no te hagassss”

“¿qué tu no comes carne?, no te hagas la europea”

“¿chica y desde cuándo?

“¿y ahora te ha dado por eso”.

Es entonces que me sale como una metralleta el siguiente parlamento:

pero-si-yo-soy-barata.-Tú-me-das-arroz-frijoles-y-yerba-y-yo-soy-feliz. 

con-lo-difícil-que-es-comprar-carne-en-Cuba-y-lo-cara-que-es.

Ya sabrán que la razón por la que no como carne de ningún tipo no es esa. Sencillamente tiene que ver con el hecho de ser feminista, antiespecista y respetar la vida de todas las especies animales. También hay algo espiritual: no quiero que el sufrimiento de los animales al ser matados para el consumo humano, entre en mi cuerpo. Como va el mundo, ya tengo bastante. No quiero que sufra un animal más por mi.

Pero el caso de mi tía Yeya si fue especial. Imagínense: una guajira de San Juan Martínez, la más noble y buena cocinera que existe. Está acostumbradísima a darme de comer cuando la visito en su cuartel general frente a la funeraria del pueblo; y con el antecedente de que en mi familia paterna invitar a comer constituye el mayor de los disfrutes. Sentarse y hacerlo, la mayor de las obligaciones.

Sin embargo, esta vez fue diferente: “Escúchame tía, si los frijoles tienen gordito, no me los como y si la tortillita la haces con grasa de puerco tampoco”. Su respuesta: “qué dolor me da verte comer así hija. Dime una cosa mija: ¿es por religión que no estás comiendo carne”?

Sin saberlo, Yeya me dio la excusa perfecta. Porque en Cuba las decisiones de los dioses y diosas se respetan, acatan y no se discuten, las personales no. A partir de ahora ya pueden imaginar cuál es el discurso que tengo preparado para cuando desembarque nuevamente en la isla de mis amores.

Foto de portada: Stephanie

Publicado en eltoque.com

 

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