Que no valga la pena


Por Ailyn Torres Santana

“Ahora ya puedes tener novio”, me dijo una adolescente el día en que me cambiaron la pañoleta azul por la roja en el uniforme escolar. Yo tenía nueve años.

El anuncio de que estaba preparada para recorrer el camino del amor, integra mi memoria del tránsito de pionera Moncadista a pionera José Martí. Ahí está, además, la voz de Silvio Rodríguez cantando “El reparador de sueños”, un patio abarrotado de uniformes, ojos de madres (y algunos padres) brillosos de orgullo, y un ritual cultural seguido de un ritual político minuciosamente diseñado.

Aunque tomé muy en serio la autorización, ya había avanzado algo en ese sentido; y no solo yo. Antes de esa edad, ya se les pregunta a los niños cuántas novias tienen, y a las niñas si tienen novio (en su caso, solo uno). Para ese momento, una ha participado de incontables buzones de los 14 de febrero, donde se echan y recogen cartas encendidas con promesas de amor eterno. Al asomarse a la pubertad, una sabe –o cree que sabe– lo que es el amor.

Mucho de lo que se sabe sobre el amor cuando se tiene quince años, se mantiene intacto a lo largo de la vida. Algunas de esas convicciones escritas sobre piedra son las que siguen: el amor todo lo puede; el amor verdadero es para toda la vida; el amor hace tener celos –o sin celos no hay amor; no se puede ser feliz si no estás enamorada de alguien que te corresponda; cuando hay amor, todo se puede perdonar; existe la “media naranja” y hay que encontrarla; el amor es la entrega total a la pareja; cuando se ama, se puede hacer cualquier sacrificio; en el amor, lo importante es la pareja, todo lo externo es secundario; cuando se está enamorada, esa persona es lo único y fundamental de la existencia; el amor verdadero no espera nada a cambio…

Esas no son las claves del Amor, con mayúscula, genérico. Ese es un tipo de amor particular, aunque para muchas personas sea el único posible: el amor romántico.

Al comenzar la vida sexual-amorosa, se han visto suficientes telenovelas y / o suficientes películas infantiles donde princesas se enamoran de monstruos o esperan a príncipes encantados que las despierten de letargos o las liberen de hechizos. Se han escuchado las suficientes canciones de todo género donde el amor es el anhelo o del desamor el motivo de hondo sufrimiento. Se ha tenido noticia de número suficiente de historias más o menos cercanas donde el amor hizo milagros o desastres. En todo caso, al amor hay que buscarlo incansablemente.

Cualquier ojo mínimamente entrenado puede advertir que “la socialización en el amor” es diferente para hembras y varones. Desde muy jóvenes, tenemos familiaridad con los personajes femeninos de esas historias que nos enseñaron cómo se ama: encantadoras y puras adolescentes que se enamoran y se casan al final de la novela; esposas resignadas en virtud de su amor de madre o de su amor incondicional; casadas adúlteras que buscan el amor a hurtadillas bajo el constante peligro de la letra escarlata; solteronas que sufren hasta morir por no haber encontrado el amor; mujeres que venden su sexo hasta que encuentran el amor que salva… A todas las conocemos. Quizás alguna de ellas, somos nosotras.

A inicios del siglo XX, Alexandra Kollontai denunció, en plena Revolución Rusa, los peligros del amor romántico para la igualdad de la mujer en la sociedad. Ella, y otras muchas, han mostrado las formas en que el amor romántico se ha identificado con la feminidad.

Dentro del ideal de amor romántico, los hombres también se enamoran. Sin embargo, el interés romántico no es el central en su vida. El resultado, históricamente comprobable, ha sido la especialización de las mujeres en las emociones: a las mujeres corresponde perseguir, sobre todo y primero que todo, un interés romántico. Somos las mujeres las encargadas de dar amor. Pero no cualquier amor, uno específico: el amor romántico.

Los resultados son muchos y, hoy día, son claros. Mientras nosotras nos enamorábamos, ellos gobernaban, han dicho algunas feministas. La idea de que las mujeres somos las reproductoras y cuidadoras de los afectos, ha argumentado planteos tan inauditos como el que escuché hace varios años en una visita a la Asamblea Nacional de un país extranjero: “la mayor presencia de mujeres en la Asamblea ha sido favorable, porque hay un clima de mayor tranquilidad; ellas han traído pacifismo y ternura”.

Tenemos otras consecuencias. La media naranja, por ejemplo, supone una predestinación que puede llegar a justificar la tolerancia excesiva de violencias en la relación. En definitiva, no vamos a encontrar otra pareja ideal porque solo hay una “otra mitad”. La convicción de que los celos son signo de amor, puede usarse para justificar comportamientos egoístas, injustos, represivos y, en ocasiones, violentos. La idea del amor omnipotente, que se basta para solucionar o ignorar los problemas externos, puede ser excusa para no modificar comportamientos o actitudes que pueden afectar profundamente a uno de los miembros y terminar en su sujeción.

Una parte considerable de los feminicidios son a manos de hombres que las mujeres aman o han amado. En nombre de ese amor, ellas se han quedado en sus hogares, y terminado muertas física, espiritual y / o socialmente: el ideal del amor romántico es sacrificial. Los celos, la desconfianza, la soledad, la renuncia a la propia vida para adaptarse al ser amado, son algunas de las consecuencias de un ideal de amor que oprime más de lo que libera. Quienes asumen las ideas del amor romántico, tienen más probabilidades de reproducir situaciones de violencia; como ellas o ellos consideran que el amor (y la relación de pareja) es lo que da sentido a sus vidas, romper la relación se califica como fracaso absoluto.

Aún hay más, el amor romántico nos pone a competir entre nosotras. Y a ellos, entre ellos.

En nuestro siglo XXI, el ideal de amor romántico se ha transformado. Algunos de sus contenidos han cambiado, y otros se han sometido a críticas. Hoy, por ejemplo, en una parte de nuestro mundo la obligatoriedad de la monogamia indefinida de la mujer se ha sustituido por monogamias sucesivas. Con alucinantes excepciones, también ha desaparecido la valorización de la virginidad. Y hasta Disney estrena Moana, la primera protagonista que, según la compañía, no tiene interés romántico. Sin embargo, el concepto ha encontrado otros asideros. Se ha trasladado, en parte, a las maternidades; a la relación de la mujer con su hijo o hija.

Al interior de la maternidad, la clave del amor romántico se transforma ligeramente en algunos de sus contenidos, pero mantiene su esencia. El amor maternal se reafirma como amor-renuncia, como amor en sacrificio. Mientras más dura es la maternidad, más revela su contenido amoroso: que todo amor valga la pena. La idea de que sin un “fruto” las mujeres no están completas, teje la misma soga que ata la mujer a su condición de “mujer de”. Si no se está dispuesta a sufrir, parece que se ama menos. Si osamos rebelarnos a esa ética del sacrificio –aun cuando ello no implique descuido– las mujeres podemos ser fuertemente cuestionadas: malas madres, malas esposas, inconscientes de las buenas parejas que tenemos… Como resultado, las mujeres siguen siendo vinculadas y se vinculan a sí mismas con la autorrenuncia y la disponibilidad, no con la autonomía, necesaria para la realización de la equidad y para la educación en la libertad.

Pero el ideal romántico del amor materno no es el único que existe. El amor romántico en la pareja tampoco es el modo exclusivo de amar. Otras búsquedas son posibles, más allá de la reproducción de un tipo de afectos que impiden la autonomía y la autorrealización. Podemos empezar por aquí: el amor no es sacrificio. El amor supone negociaciones, acuerdos, renuncias y ganancias, pero su sentido no tiene por qué ser sacrificial. Es posible intentar construir – no sin tropiezos – un amor desentendido de medias naranjas, que integre los otros afectos y motivaciones de la vida de quienes están la relación, que no aspire a que uno de sus miembros sufra para que, solo así, pueda demostrar la legitimidad de su presencia, un amor que reconozca su lugar en el mundo.

Esas búsquedas no son introspectivas. No empiezan y terminan en uno. No son egoístas y tampoco sacrificiales. No desconocen a los demás ni a una misma. No son un camino cierto; tampoco son prescindibles si se aspira al bienestar y a la justicia en lo personal, que es también político. El amor, en definitiva, no tiene por qué valer la pena ni existir a pesar de una misma.

Texto tomado de Oncuba.

Un comentario en “Que no valga la pena

  1. El tema tiene mucha tela por donde cortar, tengo la opinión de que no hay una sola clase de amor, aun en la parte afectiva o de relaciones de pareja, y considero que cuando las cosas se hacen bajo este sentimiento la sensación de sacrificio no existe, no se acciona con pesar o tristeza sino con la alegría de que el ser amado reciba los beneficios o frutos del presunto sacrificio, esa es la visión que tengo.

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