“Nosotras paramos, no nos felicites”. Activismo y privilegios en torno al 8 de marzo


Por Lissette Gutiérrez
¿Cómo podría el feminismo convocar formas más inclusivas de acción y conmemoración por el 8 de marzo? Esa pregunta me la estoy haciendo hace varios años, cada vez que mi Facebook se inunda de lecciones gráficas, con cierta dosis de autoridad discursiva, donde se dicta qué es legítimo hacer y qué no este día. Se prohíbe regalar flores, felicitar y celebrar. Se invita, en cambio, al paro y la abstinencia en el consumo.

Cuando pienso en las prohibiciones, me viene a la mente una foto, que recibí hace unos años cuando vivía en México, de las viejas de mi familia, sentadas en el portal de mi casa en Güines “celebrando el día de la mujer”, sonrientes y con un vaso de refresco en la mano. Ellas no estudiaron género, ni teoría crítica, ni estudios postcoloniales. Pero, como muchas otras mujeres, se han apropiado de esa efeméride como un pretexto para juntarse, disfrutarse, pasar un buen rato, y celebrar algo que -aunque no conozcan los detalles fundacionales de su significado- saben que tiene que ver con ellas, que las incluye y las nombra. ¿Qué autoridad tengo yo, o cualquier otra feminista ilustrada, para venir a decirles que su conducta no es apropiada, y educarlas en la forma correcta de portarse el día de la mujer?

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No quiero ser malinterpretada: por supuesto que entiendo la importancia de reflexionar, recuperar el sentido histórico de los días señalados, politizar la cotidianidad, y hacer outreach en los grupos más expuestos a absorber y reproducir los estereotipos machistas. Pero entre esto y actuar como policías ideológicas con el derecho y el deber de guardar la corrección política, hay una gran diferencia. Tengamos siempre presente que el vocabulario que manejamos, las teorías que citamos, los hechos históricos que conocemos, y los argumentos que podemos tejer en una discusión, son en gran parte el resultado del acceso privilegiado que hemos tenido a cursos, a información, a bibliografía y a espacios de discusión que no han estado al alcance de muchas de esas personas que ven el 8 de marzo como un día para intercambiar flores, poemas y felicidades. Debatamos y cuestionemos, sí, pero con respeto y humildad. Y sobre todo aceptemos que los sentidos y las vivencias conmemorables relacionadas con el ser mujer son múltiples y diversas, y las feministas con postgrado no tenemos un monopolio sobre las formas de expresión de esos sentidos y vivencias en todas las mujeres que nos rodean.

Venir a vivir a Miami, y recorrer el camino de una migrante regular, que tiene que abrirse paso y encontrar espacios profesionales en un mercado laboral extranjero, sin garantías de ningún tipo, sin trayectoria previa en el país, en un momento donde las oportunidades de trabajos estables y protegidos son cada vez más escasas y están cada vez más concentradas en sectores específicos, me ha permitido confirmar algo que ya venía sospechando desde mis años en la universidad: lo sesgada que está nuestra visión, cuando nos movemos en un entorno académico, de las realidades fuera de la torre de marfil. En esta comunidad migratoria miamense me he reencontrado con amigas, ex colegas, parientas y conocidas, que me ayudaron a navegar el mercado laboral de esta ciudad. Me mostraron mis posibles oportunidades, me enseñaron a escribir un resume, me pusieron en contacto con empleadoras/es, me recomendaron, y me dieron ánimo y confianza porque “tú has estudiado mucho, eres muy inteligente y ya verás que te va a ir muy bien”. La mayoría de ellas vinieron directamente de Cuba, o pasaron antes por otro país, pero no tuvieron una beca que les permitiera dedicarse a leer y estudiar. O estudiaron ciencias exactas y son parte de esa estadística aún minúscula que tanto nos enorgullece y que tanto quisiéramos ver aumentar, pero no han sido iniciadas en el lenguaje de los estudios de género y las políticas de identidad. Son precisamente muchas de esas mujeres quienes hoy me mandan flores, GIFs con estrellitas, y mensajes de felicidades. Y aunque la lectura de esos mensajes me haga imaginar a mis ídolas feministas revolviéndose en sus tumbas, no puedo responderles otra cosa que “gracias” e “igualmente”.

En cuanto a las invitaciones oficiales sobre lo que sí se debe hacer este día, desde el año pasado estoy sintiendo que la campaña de “Un día sin mujeres” tiene también muchas cosas para matizar y cuestionar. La opción de preferencia que esta campaña ofrecepara conmemorar el 8 de marzo es no realizar ningún tipo de trabajo -remunerado o no- durante este día. Otras formas de participación consisten en abstenerse de comprar en los grandes mercados o corporaciones, y vestirse de rojo en solidaridad con la marcha.  En algún lugar leí también que las que no pudieran parar colgaran un delantal en el balcón en señal de apoyo.

En el sitio web de la campaña aparece una lista de preguntas frecuentes, donde una de ellas es: “¿Qué hay de las mujeres que no pueden permitirse tomar el día libre del trabajo o las que temen ser despedidas?” Se responde enseguida: “que muestren su apoyo vistiendo rojo en solidaridad el 8 de marzo”. Más adelante se dice que algunas del 82% de mujeres que se convierten en madres, especialmente las madres solteras, pueden no tener la opción de negarse a realizar un trabajo remunerado o cuidado infantil no remunerado el 8 de marzo. Y sentencian: “nosotras paramos por ellas”. La respuesta continúa en otro párrafo, admitiendo que muchas mujeres en nuestras comunidades más vulnerables no tendrán la capacidad de unirse a la huelga, debido a la inseguridad económica. Y vuelve: “nosotras paramos por ellas”. Se menciona también que muchas otras realizan trabajos que brindan servicios esenciales, incluidos servicios de salud reproductiva, y la interrupción de ese trabajo tendría un gran costo social. Sobre estas mujeres, las organizadoras de la campaña afirman: “reconocemos el valor de su contribución”.

¿En serio? ¿Ustedes “paran por ellas” y “reconocen el valor de su contribución”? El ligero escalofrío que pudieran darme las flores y las estrellitas es insignificante al lado del corto circuito que me genera, a estas alturas del partido, que unas feministas se autoproclamen representantes de otras en algún tipo de acción pública, y se atribuyan la autoridad de determinar el valor de las contribuciones ajenas. Me viene ahora a la mente GC Spivak con su eterna pregunta sobre si pueden hablar los subalternos, como el dejavu de un escollo recurrente que el feminismo parece no acabar de superar.

Y al parecer, mucha gente antes de mí ha mencionado ese corto circuito, porque la siguiente pregunta frecuente en la lista de “Un día sin mujeres” es si la participación en el paro es una cuestión de privilegios. La respuesta comienza señalando que, a lo largo de la historia, la resistencia económica ha sido más efectiva cuando la realizan directamente las personas afectadas, y enumera algunos ejemplos. Luego se acepta que las identidades que se cruzan entre las mujeres significan una amplia diferencia de privilegios. Esto lleva a las voceras de la campaña a emitir un enunciado aparentemente inclusivo: “Todos tienen un papel para jugar”. Por un lado, “las mujeres y los aliados con mayor privilegio están llamados a aprovechar ese recurso para el bien social el 8 de marzo”, y por otro “la participación de todos significa un compromiso igual con el día, especialmente aquellos que experimentan una mayor vulnerabilidad a la discriminación y la exclusión”. Más adelante, se subraya la posibilidad de que algunas mujeres sean despedidas, y se nos recuerda que “nada viene sin un sacrificio”. A pesar de esto, se reconoce que “las mujeres de color, las mujeres con discapacidad, LGBTQIA y las personas no conformes con el género, los musulmanes y otros grupos vulnerables corren un riesgo mucho mayor de represalias del empleador”. A continuación, se plantea que “debemos ser diligentes y velar el uno por el otro, utilizando nuestro privilegio en nombre de los demás cuando sea necesario”. Y el análisis se cierra con el planteamiento de que “el activismo social no es un privilegio. Es una necesidad nacida de un imperativo moral y una amenaza inminente”.

Esta reflexión en torno a la relación entre activismo y privilegios en una convocatoria de acción política me ha dejado con un mal sabor de boca. Me recuerda demasiado a las formas de neorracismo y micromachismos que, en lugar de desmantelar discriminaciones, las rearticulan de maneras más sutiles y eficientes, que puedan cumplir los requisitos de lo políticamente correcto, y continuar distribuyendo jerarquías a partir de formas y métodos que resulten menos evidentes y amenazantes. “Un día sin mujeres” reconoce el privilegio, sí, pero en lugar de interrogarlo lo normaliza, y lo utiliza como criterio válido para crear un espectro de formas posibles y jerarquizadas de participación, donde para algunos grupos de mujeres y aliados se genera el espacio de “aprovechar  sus recursos para el bien social”, “ser diligentes” y “usar el privilegio en nombre de los demás”; mientras que a otros grupos se les genera el espacio de “hacer un sacrificio”, “exponerse al riesgo de represalias por parte del empleador”, o de lo contrario, “ser representadas” y recibir la garantía de que su ausencia estará justificada, como la del estudiante que el siguiente día de clases lleva a la escuela el papel del médico.

Como parte de su afán por presentar un lenguaje de inclusión, “Un día sin mujeres” lista ese rosario tan familiar de categorías sociales que representan el cliché de la vulnerabilidad en el mundo contemporáneo: las mujeres de color, las mujeres con discapacidad, LGBTQIA, las personas no conformes con el género y las musulmanas. Me viene ahora a la mente S Mohanty, con su crítica al discurso humanista de las feministas occidentales, que presenta una noción homogénea de la opresión de las mujeres como grupo, bajo la idea de “mujer promedio del Tercer mundo”. Esa mujer promedio lleva una vida sexualmente constreñida, es ignorante, pobre, sin educación, limitada por las tradiciones, doméstica, restringida a la familia y víctima del patriarcado, todo lo cual la distingue, implícita y sustancialmente, de la mujer occidental educada, moderna, que controla su cuerpo y su sexualidad y tiene la libertad de tomar sus propias decisiones. En un tono similar, para “Un día sin mujeres”, la opresión y vulnerabilidad femeninas son encarnadas por las mujeres de color, con discapacidad, LGBTQIA, no conformes con el género y/o musulmanas.

Más que esta lista de arquetipos interpelando de forma superficial a los distintos grupos de mujeres desde sus dispares condiciones de vida y las dispares posiciones que ocupan en la sociedad, transmitiendo implícitamente el mensaje de que “las cosas son así, vengan a marchar si pueden, y si no, no pasa nada, nosotras vamos por ustedes”, a mí me hubiese gustado encontrar oportunidades más explícitas, comprometidas y responsables para nombrar, describir y analizar esas disparidades y las diferentes formas en que nos afectan. Yo, en particular, no puedo parar porque ahora mismo no tengo trabajo. Mi proyecto profesional actual depende de múltiples autorizaciones y procesos burocráticos, y ahora me encuentro en espera del -ojalá- último papel. Como mujer profesional migrante luchando por orientarme en los laberintos del empleo calificado en Estados Unidos, me gustaría no ser reducida a un estereotipo condescendiente de migrante oprimida; y me gustaría también que la simpatía y solidaridad de otras mujeres no esté teñida por ese estereotipo ni por la idea de que pueden y deben parar hoy en nombre mío.

Otra vez pido que no me malinterpreten: a mí me encanta que quienes puedan y quieran parar, paren. Pero más que ver a todas las paradas repitiendo y reposteando los mismos eslóganes, y a algunas asumiendo que están representando a las ausentes, me gustaría leer testimonios sobre qué implicó exactamente para ellas parar. ¿Qué arreglos y planificaciones tuvieron que hacer en sus trabajos y en sus familias? ¿Qué resistencias y qué apoyos encontraron? ¿Cómo negociaron la interrupción de sus actividades? ¿Qué consecuencias esperan enfrentar por haber parado? ¿Va a tener algún impacto en sus ingresos y/o en su situación laboral ese día que dejaron de trabajar? ¿De qué otras formas enfatizaron el significado del 8 de marzo? ¿De qué otras formas les gustaría enfatizarlo el año próximo? Para mí, es legítima la opción del paro, así como el orgullo de participar en él, pero la transparencia y la honestidad acerca de las posibilidades e implicaciones concretas de esa participación lo hace más legítimo aún, porque visibiliza el privilegio, lo acepta, lo ubica, y ayuda a cerrar las brechas de identificación entre quienes paran y quienes no.

Esta preocupación por el vínculo entre activismo y privilegio no es exclusiva del paro del 8 de marzo. Ha estado presente también en las discusiones sobre otros movimientos recientes, como #Metoo y #Neveragain. Mucha gente ha resaltado la situación extraordinaria de las actrices de Hollywood al contar con una plataforma tan poderosa para propagar su denuncia al acoso sexual, a diferencia de otras mujeres que han vivido experiencias similares y también han intentado exponer a sus agresores. Igualmente, se ha llamado la atención sobre cuán condicionada ha estado la actuación de los chicos y chicas de Parkland después del tiroteo en su escuela, a los recursos educativos y materiales a los que han tenido acceso. Incluso se ha comparado el impacto del Never Again con el Black Lives Matter, resaltando los diferentes efectos que han tenido ambos movimientos al generar simpatías y alianzas por la protección de las vidas de los jóvenes en los Estados Unidos.

Aunque tales debates siguen vigentes, movimientos como el Me too y el Never Again tienen una fuerza de convocatoria que, en mi opinión, no depende únicamente de la posición social aventajada de sus iniciadoras/es, y que a “Un día sin mujeres” le falta. Estos otros movimientos se han centrado en problemas muy específicos y han generado estrategias discursivas para definirlos de manera clara y precisa. Sus expresiones públicas han favorecido la horizontalidad al crear posibilidades de identificación. Las acciones de convocatoria masiva se han agendado en fines de semana, y -hasta donde conozco- no se ha solicitado ningún tipo de participación que implique evidentemente poner en riesgo la situación económica y laboral de las/os participantes. No se han hecho llamados al sacrificio, ni se han repartido roles asimétricos de representantes y representadas/os. Tampoco se han sugerido vínculos esquemáticos entre vulnerabilidades y categorías identitarias. Y es que la convocatoria al activismo pierde parte de su legitimidad cuando invita a formas de participación que amenazan la seguridad y el bienestar de quienes participen, especialmente cuando de antemano se sabe que no todas/os las/os activistas corren los mismos riesgos ni enfrentan los mismos obstáculos al participar, y cuando estas diferencias sólo se mencionan de pasada, sin generar una discusión al respecto y sin plantearse la posibilidad de concebir alternativas de acción que neutralicen esas disparidades, al menos en las formas simbólicas del protagonismo.

Por lo tanto, mi modesta sugerencia para un día como este, que toca tantas sensibilidades y entrecruza tantos significados, es que antes de inundar las redes sociales con memes aleccionadores y hashtags, mostrando cuánto sabemos de feminismo y de la verdadera historia del 8 de marzo, cuán dispuestas estamos a sumarnos al paro, o cuánto lamentamos no podernos sumar, hagamos una pausa para cuestionarnos las formas en que el activismo está ligado al privilegio en la experiencia inmediata de cada una, sin que esto implique desestimar que además -y ante todo-, está ligado al valor y al compromiso de pronunciarnos a favor de una causa social e involucrarnos lo suficiente en ella como para buscar información, cambiar el vocabulario, y hacer esfuerzos para acomodar la vida personal y profesional en torno a ella. De esta forma estaremos contribuyendo a que el 8 de marzo, y el feminismo en general, sean una sombrilla gigante que cubra por igual y sin jerarquías a quienes denuncian violencias y reivindican derechos, a quienes reciben flores y hacen fiesta, a quienes paran, y a quienes no pueden o no quieren parar.

#feminismohorizontal

#8demarzoinclusivo

Lisett Gutierrez

8 de marzo 2018

Tomado de La cuchareta.

Foto de portada: Eric Parker

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