Cuando salí de La Habana


Estoy sentada en un tren de Hannover a Bonn. Voy con la intención de presentar toda la documentación que se exige para obtener un nuevo pasaporte cubano. Ayer en la noche he llenado la “planilla” correspondiente, revisado por última vez la carpeta de documentos y me he preparado para la pregunta que siempre aparece cuando realizo trámites oficiales en instituciones cubanas: ¿estado civil?

No tengo idea de cuánta gente cubana ha salido de Isla con la única de intención de reunirse con su pareja. Tampoco sé cuántas de esas personas viven una relación queer, lésbica o gay. Sin embargo, cada día conozco más personas decididas a establecer relaciones sexo-eróticas-amorosas con persona de su mismo sexo o género.

Yo, personalmente, soy una de las migradas cuya única razón para ir más allá de El Morro, de manera definitiva, fue el amor. Mis viajes anteriores me hicieron pensar que yo sería la última que apagaría el faro símbolo. No fue así. El 15 febrero de 2013 salí de la Isla legalmente para irme a residir a un lugar completamente desconocido e insospechado. No tenía fecha de vuelta, aunque en algún momento tuve que indicar que solo pasaría 30 días en mi destino.

Una mujer me esperaba del otro lado, una cubana “de afuera” (desde 1957) y a quien la migración siempre le ha dolido demasiado, al punto de querer y lograr regresar, 60 años después, a su San Miguel de Padrón natal.

El llenado de planillas y formularios —donde se decreta de la peor manera posible que ha sido de la vida sentimental de una—, y los trámites requeridos en aquel 2013 para salir del país por “razones personales”, implicó sortear determinados, e impredecibles, obstáculos, algunos muy relacionados con el hecho de que ser mujer quiere unirse a otra.

Recorrí el tortuoso camino de la institucionalidad cubana, gente con cuño y estampando firmas, a la usanza de la más anticuada cadena de producción; mientras intentaba eludir decir “me voy a ir a casar con una mujer” para que no funcionara como un cierre de puertas. Filas desde la madrugada para los 20 turnos del día, sellos timbres comprados en las ineficientes oficinas bancarias; la Z en el nombre de mi madre a subsanar, la inscripción de nacimiento, la certificación de divorcio, pedir copias de todos los documentos, y también pagar lo suficiente para que estuvieran lo más pronto posible.

La experiencia en la embajada de Alemania fue bien otra, aunque también con contratiempos. Por aquel entonces, en el medianamente lejano 2012, una persona con estudios universitarios no tenía que demostrar dominio de idioma alemán; sin embargo, al parecer los funcionarios no lo sabían. Gracias a mi compañera, quien escudriña de oficio cuanto papel le ponen delante, descubrimos aquella ventaja que yo poseía. Además de dar gracias a mi madre, artífice exclusiva de mi paso por las escalinatas habaneras, nos dispusimos a hacer uso de aquella prebenda. Luego de consultas, telefonemas, “ires y venires”, me concedieron la excepción de la regla.

Pero ese no fue el único incidente interesante en aquella oficina. Sucedió que la persona que en Hannover se ocupaba de tramitar nuestra unión civil, se le ocurrió que debía presentar un documento donde se confirmara que yo tenía capacidad para volver a casarme.

¿Cómo era posible que me pidieran un documento emitido por un Estado que no reconoce como derecho la unión legal de dos personas independientemente de su sexo/género?

A la hora de legalizar cada certificación en el consulado, presenté aquel papelito con cuños y traducido. A pesar de que la funcionaria de turno me dijera, en varias ocasiones, que aquello era más que un disparate, que no me podían pedir algo así ya que en Cuba no existía el derecho a unirse a una persona del mismo sexo, pagué la suma que implicaba su legalización.

Entonces salí de Cuba, habiendo previamente enviado un documento que me confería la capacidad legal para el matrimonio con otra mujer, en un país donde la homofobia estructural ha impedido logros sustanciales en los derechos de las personas LGTBIQ.

Ese documento me prometí guardarlo hasta poder contar esta historia; tal vez sea el único antecedente donde una institución como el registro civil en Cuba, reconoce mi derecho a escoger con quien casarme más allá de mis propios genitales. Nuestra unión tuvo profundo sentido político, quizás estemos entre las primeras mujeres afrocubanas en unirnos legalmente y lo realizamos un 8 de marzo.

Tuvimos entonces una vida tan natural y ordinaria como la de cualquier pareja hetero. Se trataba de convivir, pagar impuestos, divertirnos, hacer activismo, ser respetadas como pareja, ocuparnos de la familia, viajar, tomar decisiones conjuntamente, tener nuestras propias vidas privadas, etc. En esa Alemania del 2013, donde aún no existía el matrimonio igualitario, podíamos hacer casi todo, menos adoptar; tampoco era de nuestro interés. Cinco años después, en Alemania se disfruta del matrimonio igualitario para todas las personas, independientemente de su orientación sexual, su identidad de género.

En Cuba, uno de los países con leyes más progresistas del mundo (como la de Maternidad, por ejemplo), luego de 10 “Jornadas contra la Homofobia”, continúa sin presentarse el anteproyecto del nuevo “Código de Familia” para que sea discutido en el Parlamento cubano.

Se dice fácil, pero no lo es: a una parte de la población cubana, me niego a llamarle “minoría”, se les está impidiendo el ejercicio de sus derechos sexuales y reproductivos, y no solo estos, también patrimoniales, familiares, etc. Tal es el caso cuando se limita el acceso a la reproducción asistida solo a parejas heterosexuales, en el contexto de un país donde la salud es garantizada por el Estado de manera gratuita y universal, y donde la Constitución prohíbe la discriminación de cualquier índole, en su artículo 42.

Mientras tanto, hay quienes dicen que aún no se puede hablar de matrimonio, que es más conveniente hablar de unión civil o consensual. Yo, como la radical que soy, pienso que tenemos que ir “a por todas”, para luego de conquistado ese derecho, comencemos a tramar cómo deshacernos de una institución que nació para oprimir.

Publicado en Cubaposible.

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