¿Qué fue del Movimiento Afrocubano en el 2017 luego del Coloquio de Harvard?


Por Alberto Abreu Arcia

Dos eventos pautaron las expectativas, estrategias y accionar de lo que fue el tránsito del Movimiento Afrocubano por el 2017. Me refiero al II Coloquio “La nación que estamos imaginando: nuevas geografías de la racialidad negra en Cuba” efectuado los días 3 y 4 de noviembre del 2016 en el Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo de Cárdenas-Cuba y el Simposio “El Movimiento Afrocubano: activismo e investigación. Logros y desafíos” convocado los días 14 y 15 de abril del 2017 por el Instituto de Investigaciones Afrolatinoamericanas y el Centro Hutchins de Estudios Africanos y Afroamericanos de la Universidad de Harvard.

Esta segunda edición del coloquio “La nación que estamos imaginando…” inicialmente fue concebida como una Asamblea Nacional de Reflexión sobre el Racismo, con participación de observadores y expertos internacionales. Según reza en una de las actas preparatorias, el mismo contaría con “la presencia de representantes de todas las provincias con un trabajo sistemático y consolidado sobre la temática en cuestión”. Además, “se sugirió potenciar las provincias de Camagüey y Santiago de Cuba”. Un hecho sin precedente. Por primera vez el Movimiento rompía la estructura colonial y/o colonialista del habanocentrismo en pos de un alcance nacional.

Sin embargo, a última hora sus patrocinadores realizaron severos recortes en la cuota de participantes. A pesar de esto el II Coloquio devino en un discreto, pero  estimulante encuentro entre académicos, representantes del CENESEX y líderes y liderezas religiosos y de diferentes proyectos-grupos que luchan por la justicia racial.

Según explicaron sus auspiciadores, dicho cambios respondían a razones de presupuesto. (Hecho comprensible si tenemos en cuenta que hablamos de un evento que sesionaría tres días, con cerca de sesenta invitados de todo el país, incluyendo prensa y algunos observadores internacionales). También, sobran motivos para conjeturar que en los mismos influyeron temores, cautelas y suspicacias de todo tipo ante un Movimiento que está redimensionando los modos tradicionales de pensar la justicia social, la historia, las identidades y la movilización social dentro de la Revolución. Al tiempo que ha devenido en un fecundo productor de conocimiento. Lo que nos hace pensar en lo utópico que todavía resulta la celebración de un evento de esta magnitud desde la sociedad civil cubana.

El hecho que el II Coloquio apelara a un alcance nacional y que, de una u otra manera, tuviera su continuidad en Harvard desató perspectivas encontradas. Por un lado, estimuló la competencia de muchos investigadores y activistas -sobre todo de los proyectos grupos emergentes- por asistir. (Es sintomático como algunos invitados fueron declinando su asistencia tras anunciarse los cambios en el mismo o que algunos de los invitados extranjeros ya no asistirían). Por otra parte, la invitación cursada a muchas instituciones y actores posicionados en los espacios oficiales fue recepcionada con excesiva cautela y evasivas.

Los agotadores encuentros y discusiones preparatorios del II Coloquio permitieron: 1) trazar un diagnóstico del estado del activismo antirracista cubano, 2) confeccionar una cartografía de las personalidades del campo intelectual y los proyecto-grupos que, en otras provincias, trabajan contra el racismo y la discriminación racial en condiciones de aislamiento, sin ningún tipo de diálogo o apoyo metodológico. 3) diseñar un grupo de acciones en las que, de una u otra manera, se vería enrolado un segmento bastante influyente del Movimiento Antirracista Afrocubano durante el año 2017.

No por azar, los asistentes a la cita de noviembre en Cárdenas acordaron que el II Coloquio en el cual estaban participando sesionaría de manera permanente (es decir se extendería su trabajo) hasta el primer trimestre del 2017, cuando tuviera lugar esta Asamblea Nacional de Reflexión sobre el Racismo.

Entre los ejes trasversales propuestos para el debate en los espacios de trabajo figuraban tópicos medulares como: 1) Desigualdad económica vs empoderamiento en la lucha contra el racismo. 2) Nuevos actores en la lucha antirracista.3) Activismo: Prácticas y saberes (legitimidad, institucionalidad). 4) Comunicación en la lucha antirracista. 5) Géneros, religiones, geografías y discriminaciones.

Una demanda que se reiteró tanto en los encuentros preparatorios como de las sesiones de trabajo en Cárdenas, a finales de noviembre, fue la de: “Construir una plataforma común, avanzando hacia una unidad de acción; con el propósito de forjar un movimiento contra la discriminación racial.”. Dicho tópico vuelve a reiterarse en la convocatoria final a la tronchada Asamblea Nacional en cuyos párrafos finales se lee: Proponemos la construcción de una plataforma común que genere diálogos, alianzas y soluciones a conflictos no siempre vistos como raciales, a pesar del dolor físico y moral que producen en personas y comunidades, así como en los grupos y organizaciones que le acompañan. Unir voces críticas y propositivas dispuestas a encontrar razones y soluciones más allá del discurso,  nos impulsa acompañar el activismo más responsable y reclamar políticas públicas. Convocamos el Coloquio en el Decenio Internacional Afrodescendiente de la ONU, seguros de que el pensamiento antidiscriminatorio cubano y sus prácticas emancipatorias e inclusivas enriquecerán la nación más allá de sus fronteras.

Tres aspectos se me antojan como significativos de este II Coloquio “La Nación que estamos imaginando…” que estuvo precedido por el I Coloquio celebrado también en el Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo Cárdenas-Cuba (28 y 29 de mayo del 2015), así como de un grupo de conversaciones, reuniones y discusiones previas sostenidas en La Habana con la Comisión Organizadora y con otr@s actores sociales vinculados de una u otra forma al Movimiento tanto dentro como fuera de Cuba.

Primero: La heterogeneidad de tendencias políticas, ideológicas, regionales, religiosas, generacionales, intelectuales, de género e identidades sexuales que en la actualidad confluyen al interior mismo y la multiplicidad de campos hacia los que el activismo antirracista cubano explaya su quehacer. En este sentido llama poderosamente la atención el surgimiento de nuevos grupos-proyectos con una agenda propia y un trabajo sostenido entre los que se encuentran el Proyecto de Creación Colectiva Trance, mirArtedíaDía, Mujeres líderes de religiones de origen africano, Barrio La Marina, de Matanzas y Afroatenas.

Segundo: Los obstáculos que debe vencer el Movimiento Afrocubano para lograr la construcción de una Plataforma Común y Consensuada entre los diversos actores y sujetos que desde diferentes lugares de enunciación y programas luchan contra la discriminación racial en Cuba. Dichos impedimentos van desde la falta de voluntad y anuencia al respecto, pasando por tensiones ideológicas y políticas hasta las luchas por el monopolio y control de quien puede hablar desde y por la problemática racial cubana. Por ejemplo: a la cita en Cárdenas de finales de noviembre del 2016 fueron invitados representantes de muchos de proyectos oficiales como la Comisión Aponte y la Fundación Nicolás Guillén, los cuales por un motivo u otro no asistieron ni enviaron representantes.

Por otra parte, las diferencias ideológicas y políticas entre agendas que politizan la problemática racial cubana es otra problemática que entorpece la elaboración de un programa o de una plataforma común y consensuada. Hasta el punto, que sin ser maniqueos, deben reconocerse dentro del Movimiento Afrocubano la existencia de dos vertientes políticas. Uno a favor y/o que reconoce los avances de la Revolución en política racial, sin dejar de tener una postura crítica frente al lugar problemático y subalterno que todavía negros y negras, mulatas y mulatos siguen teniendo en el  proceso revolucionario. Y otra, que disiente del proyecto revolucionario y de tales avances. A pesar de esto, sería un acto de deshonestidad negar o restarle protagonismo al activismo que, amén de compartir o no sus respectivas agendas políticas, viene realizando una u otra tendencia en pos de empoderar y reivindicar socialmente a este sector tenido como uno de los más vulnerables y marginales de la población cubana, y por buscar una solución al racismo y la discriminación racial en Cuba.

Por eso, en este artículo cuando me refiero al Movimiento Afrocubano y su activismo antirracista, se trata quizás de un rótulo demasiado excesivo o pretensioso para un escrito como este que, por una razón u otra, no contempla la labor de los inscritos en la  segunda de estas vertientes ni a los de la diáspora.

Por otro lado, los intentos por lograr una articulación y alianza hacia afuera del Movimiento con instituciones, proyectos, grupos independientes, líderes y liderezas representantes de aquellos sectores de la sociedad con quienes compartimos la misma vulnerabilidad social y una agenda emancipatoria y de justicia social afín, se ve frenada por la carencia de una sensibilidad y dinámica política que propicie este proceso. Por ejemplo, el CENESEX, que sí participó del conclave en Cárdenas, no tenía incluido el tema racial en su agenda. Lo que demostró que no basta con tener entre nosotr@s la voluntad de establecer alianzas estratégicas con otros Movimientos Sociales, sino que dicha disposición debe ser recíproca.

Estos movimientos sociales en Cuba se han ubicado como grupos aislados buscando desarrollar por su propia agenda, sin tener en cuenta cuáles son los desafíos actuales de la sociedad, ni aspirar a miradas o agendas políticas más transversales y/o globales que los dote de mayor de movilización sociopolítica. Un paradigma a seguir en este sentido lo constituye el Movimiento Social dentro de las iglesias evangélicas cubanas. Ellos han logrado readecuar al contexto cubano un grupo de herramientas y metodologías de trabajos provenientes de la Educación Popular y de la Teología de la Liberación que le han permitido algunos avances en este aspecto.

Tercero: Otros de los correlatos del Coloquio fue establecer un consenso sobre algunas cuestiones relativas a la eficacia de nuestros discursos y a lo que ha sido la razón de ser y nuestro devenir como movimiento social, que debían fortalecerse para no restar prestancia a la cita Harvard.

La reunión de Harvard, como su pormenorizada declaración final reconoce, marcó un hito para el Movimiento Afrocubano. Y significó un reconocimiento internacional y en el plano de la producción de un saber otro:

La presencia de los activistas en una casa de altos estudios como la Universidad de Harvard obedece a una lógica muy simple: los movimientos sociales y culturales son productores de conocimientos que deben ser incluidos en los planes de enseñanza y los espacios académicos[…]Estos encuentros forman parte de una agenda más general para implementar el primer objetivo del Decenio Internacional para los Afrodescendientes (2015-2024) decretado por la Organización de Naciones Unidas: el reconocimiento. El re-conocimiento está indisolublemente ligado a una agenda educativa que propicia la articulación entre activismo afrodescendiente y las academias.

Panel de Afroemprendedores en el encuentro de Harvard. Foto: Alberto Abreu

Dicho documento, más que una declaración final, es todo un programa de trabajo sobre el que deberíamos volver una, y otra vez junto con las relatorías, acuerdos, actas finales y grabaciones del I y II coloquio “La nación que estamos imaginando…” Es imprescindible que estos textos tengan más visibilidad, circulación y sean de consulta pública.

Sin embargo, después del evento en Harvard el escenario de luchas se caracterizó por un silencio del Movimiento Afrocubano y la emergencia de nuevos enclaves dentro la academia, sin quedar claro cuál es su acompañamiento o compromiso con el activismo antirracista cubano, más allá del puro interés por la inserción en un mercado teórico que proporciona becas, participación eventos y fórum internacionales, reconocimiento y legitimidad intelectual. Lo que no me parece mal, sólo que todavía sigue sin respuesta aquella pregunta que muchos les hacíamos en Harvard: “¿cuáles serán los parámetros para que realmente se produzcan acciones colaborativas más puntuales entre académicos y el Movimiento Afrocubano sin que esto implique un canibalismo, manipulación política o secuestro de aquellos temas, problemáticas y saberes que los activistas vienen produciendo y colocando en la esfera pública desde hace décadas?”

Justamente, hace algunos días discutía con un académico sobre los diferentes motivos que subyacen detrás del boom que vive la problemática racial cubana entre los académicos del patio. Al sentirse interpelado me respondió que no es posible hablar de Academia, sino de academia(s). Tal aseveración, desde luego, no pasa de ser un juego de palabras. La Academia es una sola. Ya lo aclaraba Stuart Hall: “Vuelvo sobre la discusión entre trabajo intelectual y trabajo académico: coinciden en parte… pero no son lo mismo”

Lo que sería mejor hablar de diferentes posicionamientos académicos con respecto al tema, pero el lugar de enunciación es el mismo: la academia cubana asediada por pactos y mediaciones políticas, desactualizaciones, amén de los estragos que todavía arrastra del Decenio Gris. Pero ocurre que estamos ante prácticas, imaginarios, epistemologías que crecieron de espaldas o ninguneados por la centralidad académica. Por lo que el encuentro con ellas demanda de dispositivos cognitivos y de teorización de una mayor libertad para entrar y salir de ese mapa académico o moverse en sus bordes.

Lo cierto es que el Movimiento Afrocubano tras su regreso de Harvard, dejó a un lado aquellas empecinadas búsquedas de articulación, alianzas estratégicas y de una plataforma común y consensuada que tantos debates, viajes, horas de trabajos y reuniones dilapidaron a todo lo largo del 2016 y el primer trimestre del 2017. Las cuales consideramos imprescindibles para obtener nuevos consensos y las trasformaciones sociales que estos tiempos están exigiendo. Porque si algo quedó claro en nuestro transitar del II Coloquio a Harvard es que las articulaciones necesitan tener un sentido claro del contexto y su proyecto histórico si de verdad aspiramos a que nuestras agendas logren mayores espacios de visibilidad, dinamismo y sean protagónicas. Se trata de un desafío tanto político como organizativo.

Desde luego, que los problemas estratégicos de la articulación de raza, género e identidades sexuales disidentes resultan centrales para el Movimiento Afrocubano. Pero, no se deben quedar allí. Hay otros temas en las agendas globales que son muy relevantes (la cuestión ambiental, el cambio climático, etc.), frente a los cuales no podemos permanecer indiferentes porque también somos actores de esas mismas problemáticas.

A esto hay que sumarle la urgente necesidad de una re-estructuración del capítulo cubano de la Articulación Regional Afro descendiente de América Latina y el Caribe (ARAC) dilatado, una y otra vez, por quienes contrajeron, tanto a nivel nacional como internacional, la responsabilidad de este proyecto. Cierto que la corta vida de ARAC se ha visto afectada por liderazgos, la inexistencia de fondos y apoyo institucional. Esta situación, entre otras, generó la disolución de algunas de sus principales redes y creó dinámicas negativas.

Pienso que en un futuro ARAC debe apostar por estructuras organizativas y de dirección más creativas, transversales y democráticas, que frenen la voluntad de liderazgo que tanto daño le ha causado. Pienso en modelo organizativo donde los roles de dirección cada cierto tiempo se roten entre los diferentes grupos y líder@s que integran esta organización. Lo cual nos permita explorar nuevas tácticas de fortalecimiento de las capacidades ciudadanas en la población afrocubana, escuchar sus demandas y problemáticas locales. Las cuales no son las mismas ni se manifiestan del mismo modo en Guantánamo, Santiago de Cuba, Matanzas, Santa Clara como en La Habana.

Y es que las atípicas condiciones políticas, sociales, históricas y económicas de Cuba han generado un modelo de activismo antirracista también atípico. De liderazgos y acciones des-localizadas, centradas o visibles solamente en la capital del país. Fundamentalmente en los ámbitos intelectuales, académicos y en esfera pública de la blogosfera donde este ha sido más fuerte y sostenido. Esto último constituye una verdadera ironía en un país que, como se ha reconocido por estudios internacionales, tiene uno de los índices más bajos de conectividad a internet en el mundo.

También dentro de la primera de las vertientes políticas que mencionaba unos párrafos arriba existe un activismo enfocado en una voluntad de un diálogo con el Estado y entidades internacionales. Se trata de una demanda que ha encontrado oídos sordos y consumido muchas energías. Al tiempo que ha suscitado tensiones entre los activistas que todavía aspiran a realizar su labor con el respaldo y reconocimiento oficial del Estado y el Partido (heterónomos) y los que cansando de esperar por ese momento continúan adelante (autónomos). La confluencia de estas dos lugares de enunciación autónomos (sociedad civil) y heterónomos (activismo oficialista) dentro del Movimiento Afrocubano no cesa de  generar tensiones y disensos en un país donde hace apenas quince años el término sociedad civil sonaba a herejía política.

Todas estas problemática se dirimen al interior de organización como ARAC y ha generado una desconexión entre los lider@s  del Movimiento y la gente de a pie.

A pesar de todo esto el Movimiento Antirracista Afrocubano no ha retrocedido: sus principales ganancias entre las que figuran sus narrativas de justica social y sus decisivas contribuciones a los procesos de configuración de identidad racial que han sido la razón de ser  movimiento: están ahí, no se han perdido.

Dos cosas me llaman poderosamente la atención en este Movimiento. Una, la rapidez con que sus integrantes han evolucionado y refinado su discurso emancipatorio. Y su capacidad para reorganizarse y movilizarse. A veces basta un evento, una denuncia para salir a la esfera pública con nuevos bríos.

Cuba en la actualidad vive procesos de cambios sociales, políticos y económicos muy fuertes. (La transición política prevista para el 19 de abril, la emergencia de un neocapitalismo, la anunciada reforma constitucional, etc.). En esta coyuntura la población afrodescendiente continúa relegada a espacios de desventajas y vulnerabilidad. Estamos obligados a un análisis del nuevo contexto (¿cuál es?, ¿cuál será nuestro proyecto?) Lo que precisa de un diagnóstico lucido.

Pero no se debe ser negligente como cuando se nos convoca a la búsqueda de un consenso, la aprobación o firma de un documento, una estrategia que nos extraviamos en discusiones bizantinas, tautologías o esperar el momento oportuno que nunca llega. Esa cautela excesiva (con que disfrazamos nuestro miedo a lo “políticamente incorrecto” o a cualquier torpeza que pueda desatar las furias de los “arriba” y causar la muerte del Movimiento) ha sido uno de los talones de Aquiles en el liderazgo del activismo cubano ejercido desde los espacios de relativa y cuestionada autonomía de la sociedad civil. Tales temores no son infundados. Tienen sus orígenes en nuestra vulnerable investidura, que nos ha obligado siempre a cabalgar sobre el filo de una navaja, asediado por tempestuosas sospechas y suspicacias políticas sobre nuestra labor.

Por último, me pregunto: ¿Cuánto podrían aportar el liderazgo de los jóvenes que desde la cultura hip hop, la poesía hablada y otros ámbitos trabajan por la justicia racial? El revelo generacional es algo que se impone. Y hay que empezar a trabajar con ellos, dotarlo de visibilidad y legitimidad tanto nacional como internacional dentro del Movimiento.

Como dice en mi barrio: hay que darle agua al dominó.

Tomado de Afromodernidades

Foto de portada: Amilcar Ortiz

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