Zaida Capote: “Creo que habría que promover crítica televisiva sobre la televisión”


Por: Zaida Capote Cruz

Veo bastante televisión, sobre todo cine en televisión. Ahora me está costando porque uno de los programas que solía ver, La séptima puerta, nos llega cada vez más tarde. Para colmo, el traslado de Pasaje a lo desconocido para la noche del viernes retarda una hora la película.

Hace unos días el programa de Reinaldo Taladrid estuvo dedicado a la llamada “viagra femenina”, un medicamento de moderada efectividad en el tratamiento de la disminución del deseo sexual femenino durante la menopausia, cuya necesidad no ha sido ampliamente aceptada. Si bien el diálogo introductorio —entre el anfitrión y el doctor Pérez Peña, conocido por su programa La dosis exacta— transcurrió en un permanente tono socarrón que me puso en guardia, la cosa empeoraría.

Taladrid llamaba “princesa” (ahora yo tampoco puedo recordar su nombre) a la corresponsal en Camagüey, que entrevistó a varias mujeres; en La Habana, por el contrario, una joven estudiante de periodismo interrogaba a algunos transeúntes —varones, claro— si aceptarían que sus parejas tomaran la pastillita. Apenas lo podía creer, pero la televisión cubana parece atestiguar aquel dictum casi panglosiano de que tenemos los medios que nos merecemos; será por eso que el desvarío ideológico es tan evidente. Al final, el supuesto documental era una especie de promoción del uso de la flibanserina donde se incluía (si no lo hubiera visto no lo hubiera creído) una declaración sorprendente: algo así como que las mujeres son reacias al sexo sin amor, pero los hombres, ¡ah, los hombres solo de ver ropa interior en una tendedera ya están dispuestos!!!

A veces me parece que estoy en otro país. No me lo explico; creo que habría que promover crítica televisiva sobre la televisión, porque de lo contrario estar frente a las cámaras se convierte en una suerte de patente de corso y la desinformación puede echar raíces, incluso fuera de la pantalla.

Hace unos días, en el comentario del NTV del mediodía, la periodista Maray Suárez dedicó su intervención a cierto “sexismo lingüístico” que la molestaba mucho. Me entusiasmé, pensando que se referiría al sexismo; pero cuál no sería mi sorpresa al ver que se refería como “sexismo lingüístico” al lenguaje inclusivo que pretende combatirlo. Increíble. El comentario de marras citaba como la verdad revelada (sin mencionar a su autor) el muy difundido informe de Ignacio Bosque. Mientras ignoraba otros puntos de vista menos gramaticales, digámoslo así, como el enjundioso estudio  De mujeres y diccionarios,caricaturizaba la búsqueda del lenguaje inclusivo (creo incluso que hay por ahí un manual de comunicación editado por el Instituto Internacional de Periodismo y la Editorial de la Mujer, que la periodista se saltaba olímpicamente) y cerraba apelando a la autoridad suprema de Martí, de quien abusamos todos los días. Si él dijo “los niños son la esperanza del mundo”, no hay por qué decir “las niñas y los niños son la esperanza del mundo” (sic). Me dio risa, pero luego me dio pena. ¿Alguien se da cuenta de lo importante que pueden ser los medios en la (de)formación cultural? Aquellos animadores de la Universidad del Aire, que leían sus conferencias frente a los micrófonos de la radio en los años cuarenta, o la idea de Fidel de hacer una Universidad para todos en televisión parecen cosas de la prehistoria.

He comentado mi desazón con algunas personas y muchas me han contestado, simplemente, que no vieron esos programas; puede que estuvieran viendo otro canal o se dejaran arropar por la seductora oferta del paquete semanal, que brinda más libertad de elección y nos permite ver una buena película antes de caernos de sueño.

Esta semana, por cierto, una amiga me pasó Reversing Roe, un documental estadounidense del año pasado que bien pudiera llamarse en español Contra el aborto. Allí se aborda la batalla por la legalización del aborto, desde el señero caso Roe vs. Wade, que permitió la legalización del aborto en los Estados Unidos en 1973. Además de la reconstrucción histórica y la entrevista a participantes en aquel hito para la historia del movimiento feminista norteamericano, el documental aborda casos específicos de discusión de la ley en varios estados y nos muestra las campañas contrarias, resultantes incluso en el asesinato de médicos abortistas. A mí me pareció que la doctora que va de un estado a otro ofreciendo servicios médicos a quienes deseen abortar queda demasiado expuesta. El asunto del odio a las libertades en el país de la libertad es peliagudo, y hay armas en la calle. Como para asustarse.

Puesto que en los Estados Unidos la escena legal es tan influyente en política, y viceversa, el documental testimonia el ascenso de los grupos evangélicos antiaborto y su invención de un término crucial: el aborto del niño vivo o algo así. Pues bien, con una campaña muy bien montada y el entusiasmo bravucón de sus fieles, los miembros de esas iglesias o grupos de presión se plantan frente a las clínicas que hacen abortos o frente a los edificios de gobierno donde deben aprobarse las leyes para exponer su desacuerdo. Portando imágenes de fetos despedazados, centran su campaña en los abortos tardíos (que, según la doctora, no pasan del 1%) para calificar la práctica de asesinato sin más.

Ahora bien, una de las lecciones más interesantes del documental proviene de la declaración de cómo se organizan las batallas políticas en aquel país. Hay prácticas ciertamente anticuadas, como esa de la legislación de Texas que impide a quien esté en uso de la palabra beber agua o ir al baño, utilizada por una congresista para demorar la votación del congreso estadual; una victoria momentánea, porque finalmente la ley se aprobó. Y lo más curioso, el análisis que hace el documental acerca de la importancia de la correlación de fuerzas en el Tribunal Supremo, decisivo cuando el caso Roe vs. Wade y decisivo siempre. Importante, porque en estos días se estuvo discutiendo el acceso al máximo órgano de justicia de un juez conservador que, aunque acusado de abuso sexual, fue aceptado. Vale ver este documental para entender cómo la manipulación de la política en los Estados Unidos es congénita.

La batalla de los exaltados evangélicos que combaten el aborto en las calles o frente a las clínicas se resuelve entre los elegantes por la postulación de jueces antiaborto al TS; pero no solo. Uno de los líderes de esos grupos declaró que pusieron todo su empeño en apoyar a Trump porque se declaró antiaborto (a su modo grandilocuente, declaró que no aceptaría asesinatos de bebés, frente a una desconcertada Hillary Clinton) y podía ser la vía para cambiar la correlación de fuerzas en la máxima instancia judicial del país, al tiempo que varias entrevistas discuten e ilustran el proceso sufrido por el partido republicano hasta su conversión en uno ultraconservador (muy ilustrativos, los ejemplos de Ronald Reagan y George W. Bush, cuya actitud frente al aborto cambió para conquistar apoyos del poderoso lobby evangélico).

En Cuba, recientemente algunas instituciones religiosas se han pronunciado contra la posibilidad del matrimonio igualitario provista por el artículo 68 del proyecto para la nueva constitución. Es solo el comienzo de una larga batalla que hoy puede parecerle ajena a unos cuantos, pero terminará involucrándonos a todos. Sobre todo, por la carencia de espacios públicos accesibles e informados para la discusión política de temas que hoy pueden parecernos banales, pero no lo son. No digo más, vean Reversing Roe y luego hablamos.

Texto tomado de Asamblea Feminista. Publicado allá con el título Frente al televisor

Foto tomada de Trabajadores.

Un comentario en “Zaida Capote: “Creo que habría que promover crítica televisiva sobre la televisión”

  1. Pues no coincido con la opinión de Zaida Capote, el programa Pasaje a lo Desconocido es uno de los mejores programas que se pueden ver, e incluso es uno de los pocos donde se dan debates entre especialistas que discrepan en torno a un tema, respecto al famoso paquete semanal, si bien es cierto que trae materiales de alta calidad también es cierto que viene cargado con verdaderos bodrios de mal gusto que dan pena, cargados de banalidad y superficialidad; hay de todo. Por otra parte, estoy de acuerdo con que la mujer se equipare al hombre en derechos, es una aspiración legítima y justa, pero por favor, no exageremos, en los últimos tiempos el asunto ha llegado hasta a la parte semántica al extremo de caer en verdaderas ridiculeces, solo expongo fragmentos de un material relacionado con la gramática que hace unos días recibí:

    *En castellano* existen los participios activos como derivado de los tiempos verbales.
    El participio activo del verbo atacar es “atacante”; el de salir es “saliente”; el de cantar es “cantante” y el de existir, “existente”.
    ¿Cuál es el del verbo ser? Es “ente”, que significa “el que tiene identidad”, en definitiva “el que es”. Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a éste la terminación “ente”.
    Así, al que preside, se le llama “presidente” y nunca “presidenta”, independientemente del género (masculino o femenino) del que realiza la acción.
    De manera análoga, se dice “capilla ardiente”, no “ardienta”; se dice “estudiante”, no “estudianta”; se dice “independiente” y no “independienta”; “paciente”, no “pacienta”; “dirigente”, no dirigenta”; “residente”, no “residenta”.
    Lamento haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habían asociado en defensa del género y que habían firmado un manifiesto.
    Algunos de los firmantes eran: el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el golfisto, el arreglisto, el funambulisto, el proyectisto, el turisto, el contratisto, el paisajisto, el taxisto, el artisto, el periodisto, el taxidermisto, el telefonisto, el masajisto,
    el gasisto, el trompetisto, el violinisto, el maquinisto, el electricisto, el oculisto, el policío del esquino y, sobre todo, ¡el machisto!

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