Otros Feminismos: Colorismo, el inquilino incómodo de la lucha contra el racismo


Por La Vaga

El colorismo es uno de los tantos demonios del activismo pronegro, que junto al patriarcado, el elitismo y el intelectualismo, atraviesan de forma visceral la lucha contra el racismo; es el ruido sordo y fastidioso que nadie quisiera escuchar mientras descansa cómodo en su zona de confort, es la astilla en la silla, la piedra en el zapato, el fantasma que amenaza la “armonía” y la “unidad” dentro de los ideales utópicos antirracistas de la afrodiáspora.

Para ponernos en contexto sobre colorismo comience leyendo “Cuando la apropiación cultural no es blanca”, en donde explico de forma breve, por qué no se debe usar la racialidad como excusa para tomar y explotar elementos de un contexto geográficamente menos privilegiado y culturalmente diferente al nuestro.

¿Por qué es necesario hablar de contextos? Porque la opresión no se vive de manera homogénea entre uno y otro cuerpo, tanto así que el racismo —que afecta a todas las personas negras— no se vive de la misma forma si se tiene un tono de piel más claro o más oscuro, es entonces cuando nos encontramos con un compañero indeseable: El Colorismo.

Para hablar de colorismo hay que superar el “No veo colores, veo personas” y ser conscientes de que en el mundo real, ignorar el tono de la piel invisibiliza las opresiones que se originan desde ahí, y al no existir un problema “importante”, no es necesaria una solución (no es necesario hablar de colorismo). También hay que tener claro que reconocernos diversos no es el problema, el problema es que se cree un sistema de valoración social que priorice unos rasgos raciales sobre otros.

A diferencia del racismo —cuyo concepto se refiere puntualmente al sistema socioeconómico que se sustenta en la supremacía racial blanco-occidental—, el colorismo, que habita como problema social exclusivo de espacios no blancos, en palabras de Alice Walker “da un tratamiento perjudicial o preferencial a personas de la misma raza, basado únicamente en el tono de piel”. En pocas palabras, el colorismo es el privilegio de la piel clara sobre la piel oscura en un contexto racializado. Ese privilegio no solo viene dado por el color, también por la preferencia a ciertos rasgos tradicionalmente caucásicos o asociados al fototipo blancoide —también llamados “exóticos”, es decir, no deberían estar ahí, pero están, una cosa extraña pero tolerable—, que si bien nacen del hibridismo racial o son propios de la diversidad negra, en un contexto donde estar cerca de la blanquitud —racialmente hablando— te otorga privilegios, no dejan de ser delimitantes a la hora de ubicarnos en el mapa de la vida, o mejor, en el mapa del racismo.

Racismo y colorismo son dos problemas distintos y los esfuerzos casi infrahumanos que hacemos al tratar de meterlos al mismo saco demuestran que, o estamos tan acostumbrados el cuestionamiento blanco que autocuestionarnos ya es de por sí una tarea titánica, o tenemos un miedo terrible a darnos cuenta de que el lugar que ocupamos tal vez no nos lo merecíamos y más si como personas negras nos lo han negado todo (algo parecido a lo que sucede con los hombres negros, cuya cosa más cercana a la propiedad privada, siendo que no han tenido derecho a esta, es el cuerpo de las mujeres negras, por eso pareciera que quitarles ese “derecho” va en contra vía del antirracismo, pero ese asunto lo trataremos en otra ocasión).

Ahora bien, uno de los mitos más sonados sobre esta discusión es el de la medición de la negritud de quienes tienen el privilegio de la piel clara, o existen más osados que hablan de “negrómetros” como si hablar sobre el fenómeno fuera una especie de conspiración o invento sin fundamento contra las personas negras de piel mas clara.

Aparte, mi favorito personal, el argumento decolonial, que desconoce la diversidad negra porque no existe (o no debería existir), pues en primer lugar —según la decolonialidad—, la “raza” y sus tonalidades son construcciones sociales blancas que han sido impuestas a través de la colonización para dividirnos (una forma más “fina” de decir “no veo colores, veo personas”), es decir, confunde la raza como realidad biológica tangible, con el prejuicio social asociada a esta (una novatada épica). Pero el peor de todos es el que se describe en este post “El colorismo en el feminismo negro”, en donde la autora muy atrevidamente resignifica el concepto amasándolo a su gusto; si ella y los que piensan así me están leyendo, se los repito, colorismo no es que la gente negra te niegue la negritud, colorismo es que el sistema racial te ponga arriba de personas mas oscuras que tú.

Todos estos mitos han sido creados para borrar la necesidad de abordar las relaciones de poder que se originan dentro de las dinámicas del privilegio. Y sobra decir que no son ciertos. El pajazo mental debe ser bien grave como para no entender que hablar de los privilegios que trae la piel clara en absoluto interrumpen los procesos de conscientización respecto al racismo y mucho menos niega que lo sufras, solo te recuerda que hay personas que lo viven peor y que esas personas tienen derecho a definir sus propios espacios y a plantear soluciones desde ahí (separatismo).

Los estudios sociales toman fuerza en diversos escenarios mientras más populares y conocidos se tornan los activismos. Esto es especialmente importante para entender por qué a la afrodiáspora le cuesta tanto hablar de colorismo; contrario a lo que se cree, nada tiene que ver con temer a la división, siendo esta una consecuencia natural de la misma diversidad; se trata más bien de cómo personas con notables ventajas sociales se benefician de ciertos —no— espacios a nivel económico, emocional y académico, valiéndose de la necesidad de pertenecer a un lugar, cosa que afecta de forma especial a la gente negra, a los sin tierra.

La homogenización social está más lejos del orden y maás cerca del control, si bien tener objetivos claros y comunes es la piedra angular de la lucha antirracista, las realidades negras son distintas, y olvidar ese hecho fue lo que permitió en el pasado, que bajo una misma lengua, una misma religión, un mismo paradigma y una misma cosmovisión, fuéramos potencialmente susceptibles a vivir bajo mandatos hegemónicos. No tiene sentido hablar sobre hegemonías si las reforzamos cuando vemos que nos podemos beneficiar de ellas, y es que si te estas lucrando de un -no- espacio en particular es entendible tratar de que no se desmorone.

Las consecuencias de negar —o justificar— el colorismo son bastante conocidas. Sin minimizar los derechos, talentos o tránsitos de alguien; podemos verlas en la industria musical negra, en la selección de pareja, en el cine y la televisión, en la academia (actualmente hay muy pocas referentes oscuras) y por supuesto, a la hora de buscar trabajo. Las personas que controlan estos medios (quienes ponen y quitan los lugares), tienen una extraña concepción sobre diversidad e inclusión, siendo así el diverso y el epítome de lo negro, la persona de racialidad mixta.

La discusión está lejos de negar los méritos de las personas negras más claras de piel, lo que sí recalco y rescato cada vez que puedo es la necesidad de mirar hacia dentro y preguntarnos ¿Por qué todas nos vemos igual? ¿Será que las mas oscuras no hicieron méritos o no se esforzaron lo suficiente para estar aquí, conmigo?

Ni siquiera vivimos el colorismo de la misma manera ¿Por qué parece ser que las más susceptibles a sufrirlo son las mujeres negras, pero con los hombres negros, pareciera que el problema no existiera? Eso, se los dejo de tarea.

Tomado de Otros Feminismos.

Foto: nappy tomado de Pexels

 

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