Diosa, #YoSíteCreo


Desde hace unos días circula en redes sociales una denuncia pública de la cantante Danielis Alfonso Cartaya, la “Diosa de Cuba,” quien asegura haber sido víctima de golpes, maltratos y violencia psicológica a manos de José Luis Cortés “El Tosco”, Premio Nacional de Música 2017. Desde entonces, el tema ha tomado relevancia entre asiduos a las redes sociales de algunos canales sobre Cuba producidos en Miami y en las cuentas personales de Facebook de “La Diosa,” así como de otras personas que dicen haber conocido de cerca la relación de pareja. Activistas feministas en Cuba y fuera de la Isla también se han sumado a la denuncia del caso, señalando sobre todo la legitimidad que tiene toda mujer para revelar públicamente su historia, en los términos que ella decida y en el momento que estime conveniente.

Los hechos salieron a la luz durante una entrevista el pasado 14 de junio. Sorprendida por la pregunta de su entrevistador sobre si había sido agredida físicamente por su expareja y antiguo jefe en la orquesta NG-La Banda, La Diosa queda inmóvil, llora y asiente. El testimonio desvela episodios desgarradores de lo que habría sido una relación de violencia prolongada en el tiempo, desde que la cantante era muy joven (“una niña” según afirma) y habría comenzado una relación sentimental con “El Tosco”. En un video en vivo transmitido por Facebook el 15 de junio, “La Diosa” ofrece nuevos elementos y nombra presuntos testigos. Son 45 minutos de charla emotiva y desesperada, en los que Dianelis responde a quienes deslegitiman la veracidad de su relato. Más allá del conflicto desencadenado entre ambas mujeres a través de las redes sociales y el seudo-espectáculo que se ha generado a raíz del suceso, los argumentos de “La Diosa” ilustran las secuelas psicológicas de la violencia.  Recuerda, por ejemplo, que su denuncia pone en riesgo su carrera y su seguridad física, pues involucra a uno de los artistas de mayor prestigio y poder económico de la isla. Confirma, además, el efecto liberador del testimonio para aquellas mujeres que han sufrido de violencia: “A todas las personas que han pasado por esto, no que tengan un jefe que los maltrate, también que sea una pareja que los maltrate, no tengan miedo, no pasen por el miedo que pasé yo, salgan a la luz, griten, busquen ayuda… No aguanten eso, no lo aguanten, porque eso no se olvida… El daño psicológico que me ha hecho ese hombre a mí no tiene precio,” dice. Al final de la transmisión, La Diosa demuestra cuán importante resultan las redes de apoyo para las víctimas del maltrato. Una amiga que sustenta su versión en un comentario en Facebook le hace quebrarse y proclamar su victoria. “Ya no estoy sola,” solloza.

Las condiciones en que se publicó el caso, su utilización por cierta industria del entretenimiento, las agresiones entre mujeres que ha generado, la vulgaridad de algunos comentarios, así como el papel de las redes sociales en la difusión de la polémica valdrían un análisis aparte sobre las nuevas estrategias de comunicación pública a la que apelan ciertos sectores de la sociedad y la cultura cubanas. Sin embargo, el incidente saca a relucir asuntos mucho más complejos y raigales sobre la situación de las víctimas de la violencia de género en Cuba y, más ampliamente, en el mundo.

En la era #MeToo, la denuncia pública de la agresividad machista a través de las redes sociales e internet ya no es excepcional. Las mujeres han encontrado en los nuevos medios una estrategia para contar su historia, para denunciar, para solicitar apoyo u ofrecerlo. No olvidemos que el origen de la etiqueta es justamente un acto de solidaridad de una mujer, y luego de miles, para sostener la historia de otra(s) exponiendo la suya propia. El llamado “movimiento” surgió para gritar que la violencia machista no es exclusiva, sino que está dolorosamente generalizada, silenciada e invisible, y afecta tanto a las desconocidas como a las estrellas de Hollywood o las ídolas de la música popular. La violencia machista se naturaliza en los actos cotidianos, en los ritos sociales, en la estructura política y pública, en las industrias culturales. Como ya han aclarado tantas investigadoras feministas, sobre ella se cimienta una cultura global y una forma específica de poder: el patriarcado.

Por eso no extraña que “La Diosa” tenga que repetir una y otra vez su historia a fuerza de ganar credibilidad, que aparezcan mensajes para deslegitimarla recordando su relación romántica con el presunto maltratador, que la acusen de manipular el tema para su beneficio profesional y que, sobre todo, muchos cuestionen su comportamiento aduciendo que, a fin de cuentas, “ella lo aguantó” en su momento y pasados los años debería callar. La supuesta víctima vuelve a ser el objeto del escrutinio, y su harakiri público, su desnudez emocional, parece el único recurso para probar la verdad que aún duele y le martiriza, pero que también libera.

Como tantas otras mujeres que han declarado ser víctimas de violencia, los niveles de influencia y poder de la cantante y su presunto maltratador son abismalmente desiguales. El prestigio artístico de “El Tosco” y su lugar entre la nombradas “glorias de la cultura cubana” parecieran blindarlo frente a los comentarios de una joven reguetonera, abriéndose paso en una industria visiblemente masculinizada. Justamente, la diferencia de influencias y poder es lo que pudiera haber puesto en una condición vulnerable la muchacha hace más de 15 años, cuando era vocalista de la afamada orquesta.

El caso merecería, al menos, una investigación jurídica al supuesto maltratador y la revisión de las políticas institucionales del Ministerio de Cultura para los proyectos artísticos que involucran a menores de edad. No importa de quién se trate, si un artista famoso, un coronel del ejército o un disidente político; no importa el tiempo que haya pasado desde el episodio de maltrato; no importa la relación sentimental-afectiva entra la víctima y el maltratador: la violencia de género debe ser visibilizada, denunciada, castigada y reparada. Las víctimas de la violencia machista necesitan ser escuchadas, apoyadas y protegidas. Es su derecho. Contarlo cuesta mucho, pues por lo general implica cuestionamientos, amenazas, descrédito y revictimización.

“La Diosa” fue precisada a contar su historia en una entrevista en vivo, aparentemente sin haber sido advertida de lo que se le preguntaría. Su intimidad y derecho a decidir si hacer público o no un pasado de maltrato fueron, de este modo, vulnerados. Sin embargo, ella decidió confirmarlo y, desde entonces, emprender su propia batalla, desde los canales comunicativos que conoce y en los que confía. Su actitud merece respeto y protección para mitigar las posibles secuelas de lo que ha expuesto. Debe ser tomada en cuenta porque lo que confía es serio y sobrecogedor.

El caso recuerda la inexistencia de una Ley que tipifique los delitos de Violencia de Género en Cuba, de protocolos efectivos para ayudar a las mujeres víctimas en todos los sectores de la sociedad. Existen espacios de apoyo que gracias al esfuerzo de algunas instituciones, organizaciones y proyectos se han ido creando en la isla. Pero deberían multiplicarse, diversificarse y orientar a las víctimas sobre sus alternativas legales. Como reconoce el artículo 43 de la nueva Constitución de la República de Cuba, se trata de una responsabilidad estatal: “El Estado propicia el desarrollo integral de las mujeres y su plena participación social. Asegura el ejercicio de sus derechos sexuales y reproductivos, las protege de la violencia de género en cualquiera de sus manifestaciones y espacios, y crea los mecanismos institucionales y legales para ello”, versa el nombrado artículo.

Todas las mujeres merecen vivir sin miedo, sin violencia, y con derecho a la justicia. Lo más importante será siempre sanar su dolor y ayudarle a superar una experiencia traumática, garantizarle seguridad y sobrevivencia. Nadie sangra más que aquella persona cuya cicatriz está siendo reabierta y martirizada. El apoyo, la ayuda, debe partir de reconocer la autenticidad del grito o el sollozo, porque cada mujer sobreviviente a la violencia ha tenido que generar sus propias estrategias de superación en el camino.

#YoSíTeCreo es el hashtag que propuso en sus redes sociales la feminista Aylin Torres Santana para visibilizar la solidaridad con la cantante. A ella nos unimos al hacer público nuestro apoyo a esta mujer cuya veracidad está siendo cuestionada y cuyas revelaciones, de ser desestimadas, podrían acarrear represalias y afectar su carrera. Defendemos su entereza al denunciar lo que sostiene haber vivido, asumiendo los riesgos que le puede acarrear. Debe terminar de una vez la inmunidad de hombres que sacan partido de sus posiciones de poder para violentar y agredir a mujeres que les están subordinadas. Debe existir una Ley de Violencia de Género que incluya las agresiones de género en todas sus manifestaciones, penalice por su ejercicio y ofrezca las condiciones para una denuncia segura. Deben existir mecanismos y protocolos para atender a las víctimas y juzgar a los agresores. Las instituciones públicas no pueden seguir haciendo la vista gorda al maltrato machista, mientras los medios de prensa soslayan su rol activo al exponer las causas y consecuencia de la violencia, o la utilizan desde enfoques banales, como motivo de chisme, entretenimiento y espectáculo. Vale recordar que decir #MeToo #YoTambién es una decisión de las mujeres y debería ocurrir bajo sus términos. Y que este reclamo amerita seriedad, rigor y justicia.

Tomado de Asamblea Feminista.

3 comentarios en “Diosa, #YoSíteCreo

  1. Diosa, #YoSíTeCreo
    Ojalá desde Cuba pudiéramos hacer algo más que colocar un hashtag en las redes sociales!!

    Violencias como esas ocurren todos los días y las mujeres no tenemos sitio confiable donde quejarnos y ser atendidas. Confiable quiere decir que no te cuestionen a ti en lugar del agresor.

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