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Las cosas según su color: sobre una polémica acerca de ballet y “raza”


Por Norge Espinosa Mendoza

Apenas oí la frase me quedé atónito. Y me comuniqué con amigos preocupados por el asunto de la raza en Cuba, a fin de saber si también a ellas y ellos les había parecido, como a mí, un comentario fuera de lugar. No tuve que esperar mucho por la respuesta. En la entrevista que concediera a Amaury Pérez para su programa Con dos que se quieran, en su nueva temporada, Miguel Cabrera, el historiador del Ballet Nacional de Cuba y su anfitrión intercambiaron palabras sobre el delicado tema, particularmente sensible dentro de la historia de la importante compañía, que parecían, cuando menos, tirar a broma, y pasar a la ligera, sobre un aspecto que aún espera su discusión más franca entre nosotros. De un recordado bailarín, Andrés Williams, Cabrera dijo: “no es negro, es azul”, y parecía un chiste. Luego, para mayor resbalón, habló de la “mulatocracia” que parece imponerse hoy en las filas del BNC. Y citó a Carlos Acosta, “es negro”, sin reparar en la extraordinaria trayectoria que, tras su salida de dicha agrupación, consiguió el hoy dueño de su propia compañía. Las redes se han ocupado de subrayar el descalabro, con reclamaciones directas al conductor del programa, en el que, particularmente durante las últimas emisiones, han aparecido invitados de todo tipo: desde aquellos que poseen una obra hecha y atendible, hasta figuras que todavía tendrían mucho que demostrar. Pero ya se sabe, son los amigos de Amaury, que insiste siempre, hacia el final de cada emisión, es recordarnos cuánto les quiere, cuán cerca estuvieron de Consuelo Vidal, su inimitable madre, y todo queda en abrazos y mimos de subido tono azucarado. Esta vez no fue la excepción. Miguel Cabrera, por esas razones (que no solo por sus conocimientos de ballet y danza) es uno de sus héroes personales: el amaurismo en toda la regla. Pero el programa ha variado tanto desde sus primeras apariciones y ahora parece grabado no en el ámbito más íntimo de aquellas primeros diálogos, sino en la recepción de una inmobiliaria donde los invitados parecen responder a un cuestionario que más presentarlos a quienes no les conocen, los deja ver como quienes aspiran a un puesto de trabajo y tiene que pasar por esa suerte de interrogatorio mucho menos cálido y en ese entorno tan frío y formal, bonsái incluido. Y les recuerdo que en el marasmo de nuestra televisión, pese a todo lo que pueda y deba señalársele, esta es una de las “ofertas de excelencia”.
Conozco sobradamente a Miguel Cabrera, y confieso que no me ha sido fácil leer las frases que lo tildan de racista, escritas desde diversos tonos y también por quienes han optado por descalificar su obra investigativa. Y no, Miguel Cabrera sí es un entendido del mundo de la danza, y ha sido un celoso guardián de la historia del BNC, uno de nuestros patrimonios: empecemos por respetar eso. Que su visión conservadora lo haya puesto en evidencia con esas frases ante las cámaras de la televisión nacional, en un espacio privilegiado, es quizá otra cosa. Y que esto haya ocurrido a pocas jornadas del fallecimiento de quien fuera la máxima figura de esa compañía, quien rigió con mano dura a su ejército de bailarines, decidiendo quién podía o no asumir ciertos roles, es un ejemplo extraordinario de mal timing. La muerte de Alicia Alonso desencadenó una oleada de elogios y homenajes en todo el mundo, pero también reavivó las heridas, dolores, ausencias y resentimientos que sus dictados causaron a varias figuras. Y entre esas anécdotas no faltan las que demuestran de qué manera el color de la piel resultaba determinante para salir o no escena a bailar papeles clásicos o románticos. Yuli, la película que narra la vida de Carlos Acosta, eludió el mencionar a la gran bailarina, capaz de suspender la presentación del libro de este bailarín en Cuba, para ahorrarnos pasajes donde no salía bien parada. Todo eso está en el ambiente, y las frases de Miguel Cabrera y las sonrisas de Amaury acabaron por encender la chispa.
La discusión de la raza en Cuba no avanza aún por la senda en que otros países han organizado un discurso de activismo tan sólido sobre el tema. Las fuerzas que se ocupan del asunto aún luchan por ganar voz y un terreno más amplio de reconocimientos y rehabilitaciones, en el pasado y en nuestro presente, que además atraviesan cuestiones de moral, política, y sensibilidades en lidia con abundantes estereotipos. Junto a otros comentarios de un sexismo ramplón, como cuando se alude al famoso tabú de la homosexualidad entre bailarines, respondido con las cartas de virilidad de este o aquel nombre de heterosexualidad indudable, entrar a esos territorios debió haber sido labor más cuidadosa en ese diálogo en el que ni asesores ni editores parecieron descubrir nada lesivo. Lo mismo han dicho algunos en las redes, asegurando no haber descubierto en la conversación cosas que ellos no hayan oído decir todos los días, o que no consideran insultantes. El hecho de que no pocos de esos comentaristas sean blancos, me exime de ahondar en tales opiniones.
Cuando Rodner Figueroa, en la plenitud de su carrera televisiva, cometió el tamaño desliz de comparar a Michelle Obama con alguien salido del elenco de El planeta de los simios, su fama se le vino abajo. Y no ha podido recuperarse nunca del todo. El color de la piel no es un tema que quede simplemente en la superficie. De eso, aunque la comparación entre los dos casos pueda parecer extrema, debería sacarse una lección. Todo lo que la cámara capta y transmite gana alcances no siempre calculados, lo amplifica y lo hace llegar a los hogares de gente muy diversa. En ese ambiente de inmobiliaria de lujo, Amaury y Miguel Cabrera no estaban en conversación de soirée, estaban ante las cámaras de un medio tan legitimador como la televisión. Y no faltaría quien, al verles decir esas cosas, pensará que contaban con la aprobación de todos los filtros que hay que atravesar para dejarse ver en posición tan marcada y en horario tan estelar. La mención de varios nombres de bailarines de piel negra o mestizos no abundó en cómo varios de ellos tuvieron que elegir otros destinos y países para no perder del todo sus carreras, a la espera de roles que tanto se demoraban en serles concedidos. Si un programa como este, amén de los cariños personales de su presentador, aspira a mostrar a la población cubana (y aún más allá) personas que son modelos de comportamiento, sabiduría, buen obrar, etcétera, un desaguisado como este parece ignorar que esa población se compone de muchas historias, tensiones, debates irresueltos, y conciencias. Puede que Miguel Cabrera no repare en el grado de racismo que preferiría creer inconsciente de sus frases, como tantas cubanas y cubanos, incluso afrodescendientes ellos mismos. Pero eso no lo disculpa, ni a él ni a su anfitrión. La cuestión es mucho más honda, incluso sobrepasa una cuestión de simple moralina. Ahora que nuevos aires soplan sobre el Ballet Nacional de Cuba, comienza también el instante en que todas sus historias podrán ser contadas, fallecidas las tres figuras esenciales que le dieron vida: Alicia y Fernando y Alberto Alonso. En esa historia tendrán que repasarse los aportes de quienes les acompañaron, y los que, con salidas a veces intempestivas, tuvieron que labrarse otro recomienzo para sus trayectorias. Los aportes de Miguel Cabrera en ese sentido serán consultados, pero también habrá que eludir, de una vez, tibiezas y esa manera de contar a medias algo que, por lo demás, no pocas veces fue un secreto a voces. Y saltar sobre la persistente versión de algunos hechos que hace aparecer a numerosas figuras del ballet cubano como los Billy Elliots del socialismo. Porque esa película nos cuenta que, justamente, en algún lugar del mundo, en una familia no siempre privilegiada, puede surgir un talento que de luchar contra todas las contingencias, podrá ganarse un lugar bajo los cenitales. Búsquense los orígenes de una compañía como Danza Contemporánea de Cuba: su fundador, Ramiro Guerra, organizó desde el principio su cuerpo de baile en atención a la condición de mestizaje de nuestro país, con personas de muy distinta procedencia, gracias a su extraordinario sentido común.
El programa servirá para evidenciar de qué modo silencioso y al mismo tiempo innegable perviven, incluso en quienes se creen a salvo de tal cosa, esas y otras nociones racistas entre nosotros. Habrá que ver si los responsables de esta transmisión ofrecen las disculpas que ahora se le reclaman: nuestra TV es poco pródiga en excusas. Imagino que el propio Miguel se sienta apenado ante la repercusión de esas frases suyas, de esas sonrisas que le deparó su anfitrión: ambos deberán tener más cuidado en sus próximas apariciones. La broma que se vuelve insulto, el chiste que desde un posicionamiento denota cómo, quienes tienen el lujo de historiar, reducen ciertos dolores a bromas ligeras… Coincidimos con todo eso en el día a día de la Isla. La televisión cubana, en uno de sus programas más celebrados, nos lo acaba de recordar. Que al menos haya servido para eso, me digo. Para recordarnos que, para ciertas cosas, aún se ve, se siente, se duele, se celebra y se recuerda según el color de la piel con que se vive.

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