Roberto Zurbano: ¡No vamos a parar!


Las organizaciones antirracistas, en contextos de pandemia, limitan su alcance público, pero siguen generando conciencia, activando saberes antirracistas y aguzando, en un contexto más hostil, la capacidad de identificar y denunciar cualquier discrimen. Si normalmente trabajamos en contextos y con recursos precarios, ahora no queda otra opción que reducir la movilidad, sin desmovilizar la agenda crítica, olvidar la base social ni a quienes despliegan las acciones concretas que definen nuestra misión social. Es paradójico que un núcleo de activismo evite incidir en espacios comunitarios; allí donde esa labor no tiene un impacto mediático, pero sí una incidencia en la vida de tres o diez personas o familias necesitadas.

Si alguna de esta gente se enferma en Cuba, serán tratados sin menoscabo de su condición racial, quizás por hábiles profesionales de su mismo color de piel, merecedores de aplausos y honores. Antes y después del hospital está la vida difícil en solares, barrios insalubres y albergues temporales donde se hacina la esperanza, quinquenio tras quinquenio. Y allí se debe ofrecer alivio, respuestas y políticas públicas que completen la ingente labor de la medicina preventiva o el empeño intensivista. En Brasil, Estados Unidos y Colombia habrían muerto y llenado estadísticas menos descuidadas, pero inmerecidas. Es aquí y ahora donde el activismo antirracista debe sumarse: la post-pandemia no augura mejoras materiales y hay que trabajar por una equidad social más puntual que la igualdad conocida y conquistada. Algunas organizaciones nuestras tienen ese camino adelantado, solo bastaría unir esfuerzos y conocimientos, asumir nuevas y buenas prácticas en labores comunitarias donde es insuficiente el trabajo de una sola institución. Las pocas excepciones que lo hacen, indican su factibilidad y éxito comunitario.

Activismo es también responsabilidad asumida a tiempo, solidaridad compartida y ejercicio de preocupación consciente por gente que conocemos o debemos conocer mejor. Es momento de mirar hacia adentro y hacia otros colectivos antidiscriminatorios que quizás, comparten la misma preocupación dentro de la isla. Es romper los límites impuestos a nuestra labor e insertar nuestro trabajo donde más se necesite. Ahora solo pensamos en aquello que depende de nosotros y en lo poco que podemos ayudar, evitando desgastarnos inútilmente, siendo discretos en un contexto de emergencia, identificando cualquier ruido que lleve a confrontarnos, confundir o desmovilizar por algún tiempo nuestra agenda social.

Sobre otros colegas activistas, preguntarnos: ¿Dónde están, cuáles son sus condiciones, cómo ayudarles, cuáles son nuestros recursos, y estos, cuánto pueden durar? Preocuparnos por las condiciones de salud de nuestros colaboradores y su familia: niños, ancianos y discapacitados ¿Cuán distantes vivimos unos de otros? ¿Por cuáles razones nos moveríamos ahora, sin transporte público? ¿Somos capaces de cuidarnos entre nosotros mismos? ¿Quiénes son los más frágiles, temerarios o descuidados que debemos proteger? ¿Cómo nos comunicamos, qué tipo de mensajes y acciones priorizamos? ¿Cuales iniciativas de autocuidado diseñamos ante la pandemia? Ignorar estas preguntas es un modo de abandonar nuestros sueños y a nuestra gente.

Hoy es clave saber adónde pertenecemos y con quien podemos contar. Las organizaciones antirracistas surgen de una urgencia, crecen en la insurgencia y reivindican necesidades legítimas. Su cohesión nace del ejercicio colectivo, de propuestas transformadoras que se prueban en el camino, de prácticas exitosas o sonados fracasos, y del respeto común entre compañeros de viaje. No somos, ni pensamos como institución caritativa, empresa o partido político, sino desde un potencial justiciero que nos junta y empina sin cuotas obligatorias de fe, moneda o consigna. Sin idealizar nuestro itinerario y asumiendo la necesaria autocrítica, este activismo genera reflexiones profundas y produce un conocimiento que luego compartimos y convertimos en acciones puntuales. Nuestra libre pertenencia es orgánica en la medida que movemos un ideal emancipatorio, desde la historia de opresión común que, una vez reconocida, decidimos deconstruir juntos. Así convertimos experiencia e historias de vida en herramientas de trabajo, superación y sanación, para alcanzar una condición humana consciente y digna, gestionada por nosotros mismos.

La gestión más urgente del activismo hoy es la equidad en todas sus emergencias posibles, ante la creciente desigualdad social. Ya sabemos por qué el “Quédate en tu casa” no sirve a tanta gente impactada, otra vez, en su difícil cotidianidad y vemos cómo pierden paciencia, modales y esperanzas en la cola para comprar alimentos. Ese proceso de devaluación es anterior a la pandemia y la trascenderá, si perdemos la perspectiva crítica y ponemos nuestra misión en cuarentena. El mejor activismo nace en el diálogo cotidiano y responsable con la gente de a pie y enseña que no se deben aplazar las necesidades ni se puede bajar la guardia nunca, ni siquiera ante la pandemia. Y que las formas de lucha cambian según el contexto, pero no desaparecen porque las opresiones funcionan en permanente lógica de reproducción y no se detienen. Los sexistas, neo-racistas, elitistas, censores, depredadores y otros discriminadores son peores que los virus, mutan y reciclan viejas tácticas. Urge replantear la batalla, unir fuerzas, crear espacios, alianzas y estrategias sin perder el horizonte; sin parar nuestras luchas. No vamos a parar. Mañana será tarde.

Roberto Zurbano Torres, el Primero de mayo y 2020, en Cayo Hueso, Centro Habana, Cuba

  1. Este es un escrito oportuno e iluminador. El hermano Zurbano realiza un lúcido análisis acerca de requerimientos actuales del activismo antirracista cubano, en el que él es protagonista de primera línea.

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