Roberto Zurbano: Desde mi balcón. Doce párrafos de memoria contra la pandemia del olvido (Quinto round)


Por Roberto Zurbano

El confinamiento hogareño nos incomunica un poco, pero no anula la memoria en tiempos donde los contenidos son tratados con tal velocidad y simpleza que olvidamos de donde llegaron y adónde irán a parar. Cuando se habla de discriminación racial suele ocultarse la afro-religiosidad, tan cercana que obviamos su significado social; que va mas allá del universo ritual y configura maneras de pensar y vivir muy caras a la sobrevivencia y a la experiencia negras en la Historia y en la vida diaria de la nación.

En pleno siglo XXI sobra explicar que las religiones de matrices africanas sintetizan avatares históricos, diálogos y transgresiones sin los cuales no se puede explicar la resistencia y espiritualidad de nuestro pueblo. Pero antes, fue difícil y solitaria tarea. Si hablar de racismo era someterse a burlas de amigos o familiares, exclusiones institucionales y castigos políticos; practicar estas religiones también fue mal visto por organizaciones políticas, instituciones, medios de difusión y la mentalidad social.

Durante décadas, las iniciaciones religiosas se realizaban secretamente en casa-templos, patios y otras plazas ocultas, donde nacían orgullosos de su fé y adquirían conciencia racial, no solo para los de piel negra, pues también la blanca es una “raza” que busca y encuentra su ancestralidad y tareas en este mundo.

En ese proceso África no era sólo noticia de desastres, sino la base del mundo espiritual que trajeron abuelos ancestros, cuyos nombres aún se moyubban.

África en Cuba somos quienes la llevamos en la piel, en la cultura y en sus religiosidades; sus variantes y renovaciones verifican una identidad afrocubana, o sea, afrodiaspórica en su versión local. Lo controversial del término afrocubano tiene larga data y no se agota en las fuerzas que se le resisten. África es el mundo de crianza y educación comunitaria que no distingue entre hijos, primos, sobrinos y ahijados, es familia interracial junto a la extendida familia religiosa, sus códigos solidarios, sus bailes, comidas, músicas y una amplia tradición ética y filosófica que se resumen en un patakín, una firma palera o abakuá o un canto conocido desde andilanga. Vive en medio de celebraciones que mezclan lo ritual y lo pagano, lo útil con lo bello, lo privado y lo colectivo, el consejo con el regaño, lo de aquí con lo de allá, lo íntimo y lo político, el patio, la patria y el universo.

Recién llegada la Revolución, en el momento en que las Sociedades de Color se esfuman de la vida cubana, estas religiones profundizaron su rol en medio de las transformaciones y afianzan complicidad y ayuda mutua allí donde las leyes revolucionarias nunca llegaron.

Es cierto que en 1960 se crea el Departamento de Folklore del Teatro Nacional de Cuba, con el brillante etnógrafo y musicólogo Argeliers León a la cabeza y más tarde, en 1962, el Conjunto Folklórico Nacional, integrado por mujeres y hombres en su mayoría religiosos practicantes que, a partir de ese momento, suben al escenario para ofrecer sus cantos y bailes como Arte, ganando aplausos dentro y fuera de Cuba. Muchos de ellos alcanzan el estrellato como Nieves Fresneda, Jesús Pérez (Obbá Illú), Lázaro Ross, Zenaida Armenteros o El Goyo Hernández.

Fue un gran paso, pero si contemplamos sólo las ganancias escénicas, quedan fuera de foco conflictos y contradicciones que, en la vida cotidiana, sufrían tales prácticas religiosas, tornándose en impedimentas para el acceso a universidades y militancias políticas.

Más allá de los éxitos internacionales de bailes y cantos afros, al correspondiente universo religioso real se le cierran libertades, devaluándole como expresión de atraso e ignorancia.

En la novela más popular del momento, Cuando la sangre se parece al fuego, su autor, Manuel Cofiño, uno de los pocos escritores cubanos identificados con el realismo socialista, refleja el proceso de disolución de las religiones negras arrastrada por las aguas claras del futuro socialista. Estas afroreligiones sufrieron el mismo dogma y represión que aquellas que guardaron armas y conspiraban contra la revolución, aun así, sus practicantes, inmersos en el cambio revolucionario, por no abandonar su religiosidad fueron marginados de importantes responsabilidades políticas y administrativas. Gracias a su horizontalidad, espiritualidad acreditada por siglos y estrategia cimarrona, conservaron los saberes transmitidos oralmente, rituales secretos y viejas prácticas de solidaridad y resistencia. Las afroreligiones fueron espacio creciente para un conflicto ideológico sustancial que aún marca la subjetividad de un amplio sector social dentro de Cuba: conciencia religiosa versus conciencia política, expresado en libros y discursos como una pelea dicotómica que suele resolverse a favor de lo político, ocultando la complejidad del universo religioso.

Aunque este no fuera el debate esencial entre quienes practican afroreligiones, donde hay sujetos de todas las “razas” , dicho conflicto no ha dejado de estar latente en el campo religioso cubano de las últimas seis décadas.

Las religiones negras en Cuba siempre han vivido el peligro de fragmentación y cooptación. Su jerarquía, autoridad, popularidad, exitosas practicas rituales y comerciales, cohesión grupal, diversidad de su membresía, más el alcance de sus valores intra y extraordinarios, constituyen un modelo social, cuya relativa autonomía debe ser objeto de políticas más comprensivas. Por eso me resultó curioso que en el libro de entrevistas que en 1985 hizo el dominico brasileño Frei Beto a Fidel Castro, no aparecen las afroreligiones, siendo ambos interlocutores de países marcados por la esclavitud, el colonialismo y el cimarronaje. Esta curiosidad la comenté a Frei Beto hace unos años y su evasiva me dejó más curioso aun.

Lo cierto es que ese mismo año, aunque no con el cuidado que son tratadas las religiones antes colonizadoras, las afroreligiones también comienzan a ser reconocidas políticamente al crearse la Oficina de Asuntos Religiosos del PCC en 1985.

Escuché a Filiberto O’Farrill, en su casita de Poey, hablar de una soñada Asociación de Babalawos, a cuyos organizadores, que ofrecieron palomas y un tambor en los jardines del Movimiento Cubano por la Paz, no se las aprobaron. Supe de la preparación del I Encuentro de Estudios Afrocubanos, preparado por la Sociedad homónima que intentaron restaurar Fernández Robaina, Tato Quiñones y Lázaro Buría, con apoyo de Natalia de Bolívar y grandes figuras religiosas, abortado por la UNEAC. Conversé con nigerianos residentes en Nueva York que durante años soñaron abrir una Academia de Lengua Yoruba en Cuba que también fuera negada.

Estos y otros empeños son parte de una historia no escrita ¿Cuántos fuimos testigos o cómplices de sucesos subterráneos que fueron el magma de la explosión de los temas raciales en la próxima década? ¿Cómo fue que los temas de la religiosidad fueron dando mayor margen a la problemática socio-racial? Y por qué ambos temas tomaron tanta distancia el uno del otro, al punto que las religiones afro apenas se involucran en el debate racial y, por otro lado, la mayoría de los analistas y análisis sobre las problemáticas raciales en la nación, suelen desentenderse de los temas religiosos, de los creyentes y de las viejas estrategias de solidaridad y resiliencia de estas afroreligiones?

Ambas miradas adolecen de la necesaria articulación e intercambios sistemáticos, donde enriquezcan y renueven prácticas propias. Aunque vale mencionar el valor que alcanzan las obras y espacios donde ambas visiones convergen como lo han hecho Tato Quiñones, Jesús Fuentes, Lázara Menéndez, Víctor Betancourt, Jesús Hernández El Goyo, Gloria Rolando, Tomas Fernández Robaina, Manuel Mendive y otros pocos que intentan sostener tan difícil diálogo en Cuba.

Luego, los noventa irrumpen con varios sucesos editoriales. Justo en 1990 aparece la primera reedición de El Monte de Lidia Cabrera después de 1959, cinco mil ejemplares agotados durante la primera semana en la Feria del Libro, celebrada en PABEXPO, Los orishas en Cuba de Natalia de Bolívar, se convierte velozmente en un best-seller, El negro en Cuba, de Tomas Fernández Robaina, aparece tras un forzado sueño editorial de diez años y los tres tomos de Estudios afrocubanos, de Lázara Menéndez, extraordinario libro de texto para la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de la Habana, removió los anaqueles del elitismo eurocéntrico de tan rancioso –para no decir racista y blanqueado- lugar. Así comienza el boom de temas afroreligiosos en Cuba, a las puertas del Periodo Especial.

El Congreso del Partido se pospone para 1991 y entre los temas centrales está la promoción de negros, jóvenes y mujeres, junto a la noticia de que los religiosos podrán ser miembros de Partido Comunista. Es fácil pensarlo hoy; pero entonces fue una noticia escandalosa que generó grandes discusiones, resistencias e incomprensiones dentro y fuera del partido; tanto pesaban los dogmas y prejuicios.

El discurso de los estudiosos es una cosa y el discurso de autoridades religiosas, reconocidas por su jerarquía y sabiduría es otro. Estos últimos no tienen presencia en la esfera pública, no poseen revistas o boletines que sean órganos difusores de doctrinas, reflexiones y modos de conocer su alcance social. Nunca he podido leer aquella queja porque no fueron invitados a saludar al primer Papa de visita en Cuba, ni la poca presencia de los jerarcas de otras religiones durante la recepción ofrecida al Oní de Ifé de visita en Cuba. No hay entrevistas sobre figuras ni artículos sobre eventos importantes o sobre el trabajo que hacen en comunidades y cárceles, ni convocatorias a cursos y conferencias. Ni siquiera promueven los encuentros entre médicos, científicos y Babalawos, muy provechosos para las tres partes según estas confiesan a los pocos curiosos que llega la noticia. Difícil saber cómo estas religiones establecen alianzas con musulmanes o iglesias cristianas donde la presencia negra crece. Ni sabemos cómo se dirimen sus debates epistemológicos, de género, de asimilación de nuevas prácticas o de sus propias ortodoxias. Ergo, difícil es saber su opinión en el debate antirracista cubano y las causas del repliegue de su potencial fuerza emancipatoria en esta lucha.

También hay batallas exitosas y logros sociales a lo largo de seis décadas, que no por menos publicadas han dejado de celebrarse.

Es un resultado de esas batallas que un babalawo de 34 años en Ifá como Lázaro F. Cuesta (Iwori Bofun) haya sido el Gran Soberano del Supremo Consejo del grado 33 para la República de Cuba, Gran Maestro de la Gran logia de Cuba y Presidente del Patronato del Asilo Nacional Masónico Llanso entre 2011 y 2018, que Ramón (Mongui) Torres Zayas, haya alcanzado su doctorado con una tesis sobre los Abakuá, sociedad a la cual pertenece y estudia su renovado campo; que los libros de Lázara Menéndez, Jesús Fuentes y Natalia de Bolívar sean cada vez más aclamados y leídos por masas lectoras, que lideresas de varias casa-templos hayan logrado reivindicar sus prácticas de género dentro de la religión, que se legitimen en laboratorios farmacéuticos y repertorios clínicos las formulas de brebajes, emplastos y cocimientos con que nuestras ancestros hicieron de la naturaleza la mejor medicina a los males del cuerpo y el alma, que una pastora cristiana como Isset Samá haya hecho tan hermosa declaración antirracista ante su iglesia en días recientes…

Aunque sean lamentables las recientes declaraciones sexistas de la Sociedad Cultural Yoruba sobre las Iyanifá, un conflicto que parecía resuelto a finales de siglo pasado y ahora resucita en un contexto poco saludable para el feminismo en la región. Insulta saber que grandes marcas de la moda internacional se apropian del diseño de las sayas multicolores de nuestras santeras, en una otra forma de extorsión de nuestras identidades. Y que siguen las acusaciones reales e infundadas sobre el comercialismo dentro de estas religiones: no debe resultar raro que en este rincón de la sociedad también proliferen conductas mercantilistas, corruptas y criminales; otra cosa es la acusación de comercialistas a las religiones negras de la región (santería, candomblé, vudú), lo cual parece una trampa nacida de la competencia con otras religiones, justo en un proceso de internacionalización de estas religiones negras, que les permite instaurar legalmente sus instituciones, profesionalizar sus figuras jerárquicas y aumentar el reconocimiento de sus valores de solidaridad, resistencia cultural y saberes, no solo para afrodescendientes. No olvidemos que todo ello era, hasta hace poco, marginalizado, a pesar de ser practicadas por todas las clases sociales.

Dichas acusaciones, curiosamente, no suelen compararlas con otras religiones financieramente poderosas, de jerarquía mundial, dueñas de diversas propiedades e instituciones bancarias, mediáticas, educativas, etc.

¿Cómo, entre las miles de fotografías de Fidel Castro, se olvida aquella, en medio de una larga gira que hizo por varios países africanos en los años setenta, donde aparece vestido de blanco, con ciertos atributos rituales? Jamás la he vuelto a ver, ni siquiera en asociaciones afroreligiosas que constantemente renuevan su compromiso revolucionario.

Se han promovido poco excelentes biografías y testimonios de personalidades como Nisia Agüero, Freddy Ilanga (traductor de swahili del Che en el Congo) y Natalia de Bolívar por solo mencionar tres, que incluyen reveladores pasajes del universo religioso negro en sus vidas o las conversiones religiosas y en la conciencia racial de altos oficiales y diplomáticos cubanos en África como Omar Izquierdo, Heriberto Feraudy o Juan F. Benemelis, entre otros, cuya capacidad más o menos crítica articula puentes entre las visiones africanas y cubanas de conciencia racial, religiosa o afrodiaspórica, revelando políticas africanistas, diásporicas y raciales apenas abordadas con profundidad por estudiosos cubanos de la religiosidad, la afrodiáspora y la geopolítica.

Lamento mi poquita fe, mi modo intermitente y, a veces irrespetuoso de acercarme a estas religiones, pues tendría algunas respuestas, desde sus códigos, a preguntas que no necesitaría escribir.

Lo cierto es que apenas se conocen sus figuras jerárquicas, algunas legendarias, otras de más reconocimiento fuera que dentro de la isla, otros dejando su impronta en el mundo de la internet, otros recuperando sus contactos con tierras y autoridades religiosas de África, otras más vinculadas a la farándula, otras al boyante mercado afroreligioso, algunos veteranos reconocidos por su sabiduría ancestral, otros por su memoria descarnada de cuando hacían religión en el underground socialista. Apenas se conoce el espacio de ritualidad, pedagogía, goce y hermandad comunitaria que signa los encuentros del Cabildo Ifá Iranlówo, liderados por Víctor Betancourt Omolóafaoró Estrada, uno de los sacerdotes y autores más osados y controversiales del campo afroreligioso cubano. Tampoco son públicos los debates epistemológicos, de género, de asimilación de nuevas prácticas o de sus propias ortodoxias que están teniendo lugar y que la transmisión oral a veces distorsiona o confunde. Así, parece ser un mundo que no se mira al espejo, ni a la televisión ni al futuro, sino que se repliega o calla sus propuestas ante los seguidores que, dentro y fuera de Cuba, siguen apostando por el camino de los orishas.

Viernes 19 de Junio del 2020, en Cayo Hueso, Centro Habana.

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