“El libro de mi vida”: Negra cubana tenía que ser

Por Alina Herrera Fuentes

Hace pocos días salió a la luz el tan esperado libro Negra cubana tenía que ser, de Sandra Abd´Allah-Álvarez Ramírez, la primera ciberfeminista negra de Cuba. Con trece años en el activismo feminista y antirracista en redes, pero una historia de vida que contar, la autora es también investigadora, periodista y ensayista. Sus textos han sido publicados en revistas académicas como Cuban Studies, medios de prensa como El Toque y OnCuba, y revistas digitales como Píkara Magazine y Afroféminas. Homónimo de su blog, el libro arranca desbordándonos lo más íntimo de Sandra: su madre, sus padres, Gema (a quien está dedicado el libro), sus abuelas. 

En “Yo, negra cubana”, trenza con su historia de vida las narrativas sociales de la Cuba de la década de los setenta y ochenta, momento de un socialismo lozano, aun con las precariedades y las no zanjadas brechas de género y raciales. En esta primera parte se nos presenta una Sandra, además de radical, cimarrona e irreverente, con una capacidad infinita de amar. Un amor que profesa hacia quienes conoce y quienes no: Celia Cruz, Isabel Moya, Georgina Herrera, Inés María Martiatu. Pocas veces se le señala esa imbricación de sensibilidad y determinación. Siempre moldeada por el impacto de sus letras contestatarias, incómodas y cuestionadoras, nos olvidamos de señalar que Sandra también desborda un amor rotundo hacia el mundo humano y no humano, ese compromiso que se instala por la búsqueda de la justicia social, y este libro así lo demuestra.

La lectura va desdoblando su creencia Yoruba, no solo como marca espiritual sino como predestinación de sus relaciones sexo-eróticas-afectivas desde el lesbianismo; su vínculo con otras mujeres afrocubanas desde el activismo entre La Habana y Hannover; y su condición de migrante, hondamente atravesada por la nostalgia y el descubrimiento. La migración se presenta como análisis de su propia existencia y la de todo un país, no solo por los que se van de Cuba, también por los que regresan. 

Sandra, además, nos describe el país que sueña, su “Otra Cuba posible” que sería la de todes, con todes, para todes. Con pluma afilada disecciona su pensamiento crítico en torno a las mujeres en Cuba, a los derroteros de la única organización política que las agrupa (la FMC) imbuida en feroces dinámicas patriarcales, al persistente racismo, al colonialismo que aún hoy edifica al socialismo cubano del siglo XXI.

Narrativas relacionadas con el hip-hop, el reguetón, la prostitución, el punitivismo carcelario, nos siguen develando una visión desde los oprimidos, esos que habitan las sombras y las esquinas, los ausentes en los discursos triunfalistas, los que viven en el límite, en los bordes de un país. Estas son páginas escritas con el doloroso desenfado de la inconformidad, con el aliento vehemente de no claudicar jamás en la lucha social.

En la tercera parte, titulada “Elles”, nos llena de fascinación mediante entrevistas que ha hecho a diferentes personas con relevancia mundial, nacional, afrodiaspórica y también personal. Así nos encontramos con la(s) visita(s) de Audre Lorde a La Habana y sus impresiones sobre Cuba, con la afrofeminista queer Logbona Olukonee (actualmente Tito Mitjans), con la feminista marxista Yasmín Silvia Portales, con el chef y promotor comunitario Fernando Calderón, con la profesora Carolina de la Torre y las profundas heridas sociales de la Revolución en sus primeras décadas (aún sin la debida reparación), con la reconocida periodista Lucía Mbomío y muchas más. Es un capítulo del libro que deja reflexiones irresolubles y determinaciones irreversibles. Además, es una vitrina del potente ejercicio del periodismo de Sandra, ese que busca el pedazo de la foto en la que el ojo blanco, macho, colonial y hegemónico no ha reparado ni la acción de una sociedad heteropatriarcal se ha molestado en reivindicar.

“Negritudes” cierra el viaje de la Negra cubana. En esta última sección el racismo y la discriminación racial ocupa el vértice rector. ¿Qué es ser hombre negro en Cuba? ¿Qué es ser mujer negra en Cuba? ¿Cuáles son los retos del movimiento antirracista cubano? ¿Existe el neorracismo? Son algunas de las preguntas que nos develan estos textos finales, imprescindibles.

Sin embargo, en uno de sus textos ella misma se hace una pregunta que resuena como faro de lucidez: “¿qué es lo que queremos quienes soñamos con la equidad racial, quienes trabajamos para que las poblaciones negras disfruten de sus derechos humanos?”. Y se responde en otra especie de pregunta retórica: “¿Acceder al pedazo que nos corresponde en esta gran torta que es el patriarcado sexista-misógino-racista-xenofóbico y neoliberal, o virar patas arriba este mundo comprendiendo que su mejoramiento es posible?”.

Apartándome de los “tecnicismos” de una reseña, confieso que me leí el libro en una tarde, de un tirón (a pesar de las pausas emocionales necesarias). Las tonalidades y musicalidad de su escritura ayudaron. Lloré más de una vez. Me arrancó suspiros, rumié enojos, me regaló asombros, me maravilló las pupilas y, sobre todo, me iluminó el corazón. 

Negra cubana tenía que ser no es solo la vida de Sandra. Es la vida de un país y su diáspora. Es la historia de la Cuba periférica, la de las fronteras. La historia de aquelles que, como ella, no vencidos, aún están por vencer.

Tomado de Afroféminas.

Las cubanas somos herederas de siglos de lucha feminista

La presente entrevista fue ofrecida a la corresponsalía en La Habana de la agencia IPS. Aquí se incluyen las respuestas originales a las preguntas.

¿Se puede hablar de la existencia de un feminismo en Cuba? ¿Cuáles han sido algunos de sus principales hitos y tropiezos? 

En mi opinión, se puede hablar de muchos feminismos en Cuba, desde los más radicales hasta los más light; desde los más inclusivos hasta los hegemónicos; desde los más naifs hasta los más estudiados. Hay de todo, gracias al Universo. Yo estoy construyendo en estos momentos una especie de sistematización o hitos del feminismo y de la lucha de las mujeres por sus derechos en Cuba. 

Las cubanas somos herederas de siglos de lucha feminista y, si bien el feminismo como corriente de pensamiento fue vilipendiado en algún momento posterior a 1959, pues se le identificaba con corrientes burguesas, lo cierto es que cada vez hay más personas interesadas por el mismo, especialmente gente muy joven, no conforme con el mundo que hemos construído para elles. Al mismo tiempo, es probable que desde fuera de Cuba se note que en el archipiélago prevalecen algunos acercamientos al feminismo que siguen disponiendo de las mujeres para lo que el patriarcado decida ​—​recordaremos que hasta hace relativamente poco el logotipo de la Federación de Mujeres Cubanas contenía un bebé en brazos de una mujer sin rostro que en el hombro llevaba (y aún porta) un fusil​—, guardándolas para algunos espacios de “empoderamiento” pero no para todos, manteniéndolas además en relaciones amorosas monogámicas, tóxicas, pensándolas heterosexuales, prescribiéndoles la maternidad. 

Tomado de Granma

En otras palabras, noto muy pocos debates acerca de temas que hoy constituyen prioridades en las agendas de cualquier tendencia feminista, como son la interseccionalidad, la decolonialidad, el antirracismo, el capacitismo, el antiespecismo, el cambio climático, la economía solidaria, el veganismo, etc. Es como que en el archipiélago andamos aún, como para otros tantos temas, treinta años atrás. Un ejemplo sencillo: ya muy poca gente se cuestiona la radicalidad del feminismo, dado que ciertamente querer subvertir las relaciones entre los géneros, entre niñes y adultes, entre las identidades raciales, entre las especies animales, etc, es algo que solo haciéndose de raíz es que podría lograrse. En Cuba, ahora, “feminista radical” ha pasado a ser insulto, cuando hace ya muchos años que las propias activistas de otros países han revindicado el término. 

Otro ejemplo: el ciberfeminismo existe desde finales del siglo pasado. La publicación de Cyborg Manifesto (1985), de la docente universitaria Donna Haraway (Denver, Colorado, 1944), ha sido considerada trascendental en su origen. Personalmente me reconocí ciberfeminista desde el primer día de salida de mi blog ​Negra cubana tenía que ser, en el ya lejano junio de 2006. En ese entonces, ya participaba en colectivos ciberfeministas internacionales, fundamentalmente europeos. En las redes sociales cubanas se ha intentado criminalizar esta vertiente del feminismo, lo cual evidencia el desconocimiento de los movimientos de mujeres/feministas y los usos que ellas han hecho de las tecnologías, que ya dejaron de ser nuevas, para la consecución de su derechos, para su bienestar, para su desarrollo profesional, etc. 

Existe un viejo debate sobre la presencia en Cuba de un movimiento feminista, ¿cuál es su criterio? 

No estoy muy clara acerca de lo que se necesita para que una tendencia, preocupación o modo de sentipensar y actuar se convierta en un movimiento. Claro que se precisa de un grupo de personas más o menos numeroso. Sin embargo, quizás lo trascendental no está en el número sino en los intereses, metas, propósitos comunes, los vasos comunicantes entre unas y otras tendencias o ramas que permiten trabajar con una misma finalidad o al menos establecer puntos de encuentro y trabajo. A partir de ahí, no creo que en Cuba exista, en la actualidad, un movimiento feminista pues, entre otras cuestiones, el activismo, tal cual se le conoce en el siglo XXI, es relativamente nuevo en el país. Razones para ello son, por solo citar algunas: cómo se organiza nuestra sociedad y la centralidad del poder en ella, la estructura vertical que prevalece, una frágil sociedad civil, así como el paternalismo con el que somos vistas las mujeres y el rol salvador que aún se le adjudica a los hombres. Por demás, un “movimiento” no es ni un grupo, ni varios proyectos, ni una comunidad, sino que constituye un “algo” mucho más no solo términos cuantitativos, sino sobre todo en los contenidos, las estructuras, las sinergias entre sus diferentes componentes, las alianzas, las metas, etc. Personalmente, lo que noto, luego de tantos años de activismo y ejercicio intelectual son feministas (no todas son activistas) que trabajan de manera individual, que eventualmente se reúnen para llevar a cabo una iniciativa, un proyecto, un “algo” y entrecomillo porque no se pueden fundar organizaciones de ningún tipo en el país; eso ya lo sabemos. 

Otro asunto es que parte de las inquietudes feministas en Cuba han sido “implantadas” por la cooperación internacional y ya sabemos que donde llega la cooperación llegan las agendas que se entrometen en procesos que deberían ser espontáneos y deciden a cuál de ellos apoyar, qué duración han de tener, etc. Como también conocemos que los circuitos en los que se mueven la información y los recursos económicos constituyen también círculos de poder. Me pregunto entonces: ¿de qué movimiento podríamos hablar en un país donde les activistas no pueden crear asociaciones, tener personalidad jurídica, autogestionarse, unirse a redes internacionales, realizar demostraciones, etc., sin ser vistas como contrarias a lo que el gobierno hace o prefiere? Es un contexto muy complejo donde no se propicia el debate, la argumentación y mucho menos el establecimiento de alianzas. El descrédito y la sospecha imperan. Lamentablemente, en Cuba unas feministas legitiman el patriarcado, como en todos los países, y otras lo quieren deconstruir, derribar. Las primeras son llamadas “revolucionarias”, “verde olivo”, las otras son vendepatrias, mercenarias, radicales, etc. Al final, el debate entre nosotras no tiene lugar porque el patriarcado (que aquí estaría representado por el gobierno) determina cuál feminismo le sirve y cuál no. Es más, se atreve a decir qué es feminismo y qué no lo es, dado que las mujeres en Cuba le servimos, en primer lugar, a la Revolución, no a nosotras mismas ni a nuestra especie, sino a un proyecto masculino y hegemónico. 

Si me permitieran construir una pequeña (reduccionista) clasificación del feminismo cubano, esta sería: “feministas verde olivo” (las que hablan de Fidel como el fundador del feminismo cubano y a Vilma como su seguidora); “feministas de a pulmón” (las negras, las trans, las pobres, las artivistas, que están en los barrios haciendo lo que se puede, sobreviviendo a todo tipo de problemática); “feministas onegistas y académicas” (cuyos proyectos existen porque existen oenegés, las universidades y los fondos de la cooperación), “feministas garrapatillas” (las que se sitúan desde la oposición frontal al gobierno) y las “jíbaras o cimarronas” (quienes trabajan de manera independiente, crean, gestionan sus propios emprendimientos, etc). 

Otra cuestión es que no todo el feminismo cubano se hace en el archipiélago. Por razones harto conocidas, la migración ha supuesto también la residencia fuera del país de activistas, pensadoras y artivistas feministas, lo cual no es una novedad; por ejemplo, Inocencia Valdés, líder de las despalilladoras y quien participara en el Segundo Congreso de Mujeres (La Habana, 1929), realizó una buena parte de su activismo desde Cayo Hueso, Florida, Estados Unidos, en el marco de los clubs de mujeres que se fundaron en el exilio. La artista de la plástica Ana Mendietta (​La Habana​, ​18 de noviembre de ​1948 – ​Nueva York​, ​8 de septiembre de ​1985​), una de las voces más irreverentes de las artes cubano-estadounidenses, vivió la mayor parte de su corta vida en Estados Unidos. Por otra parte, Cuba también se ha enriquecido con mujeres extranjeras, como la dominicana Camila Henriquez Ureña (Santo Domingo, 9 de abril de 1894-La Habana, 12 de septiembre de 1973). 

Cuba vive momentos de cambios económicos y sociales que repercuten de diversas formas sobre la ciudadanía, ¿cuáles serían los impactos que el contexto actual dejaría para el feminismo? 

Ya no estamos en la Cuba (casi) uniforme de los 70 y 80. Ahora existe un país más segmentado que enfrenta problemáticas como la gentrificación, la extrema pobreza, la violencia machista, las clases sociales, la feminización del empleo precario, el establecimiento de una élite del emprendimiento y el negocio privado. En ese contexto, a los feminismos les toca ajustarse a lo que se vive, al menos a aquel que se hace en los barrios o con su gente, y también para quienes toman decisiones. 

El feminismo es una filosofía que reivindica los derechos de las mujeres para insertarse y participar en la vida política, social, económica y laboral. En el caso cubano, ¿considera que esos derechos ya obtenidos se han visto lesionados en los últimos años? ¿Por qué? 

Para mí el feminismo no es una filosofía aunque sí existe filosofía feminista. El feminismo en el cual milito no quiere más derechos: quieren que no nos maten, porque aún teniendo derechos nos matan, y quiere que el patriarcado racista binario misógino capacitista y homotransfóbico no exista. O más bien, quiere el derecho a una vida digna, a la educación, al bienestar. Efectivamente, en el feminismo la reivindicación de los derechos de las mujeres constituyó la principal de las preocupaciones. Con los años se ha complicado, de manera que ya hay muchas otras problemáticas en dependencia del lugar donde se viva, en algunos sitios todavía se pelea el derecho a recibir instrucción, en otros por abortar y en algunos por un parto humanizado. Es conocido que la crisis económica de los 90 hizo retornar a muchas cubanas al hogar, mujeres que luego se reincorporaron o que jamás volvieron al trabajo remunerado. A mí me preocupa el tema del acceso al aborto, porque he sabido de primera mano casos de pacientes a las cuales se les ha intentado convencer de no abortar. Eso es muy peligroso en un país donde no existe una norma jurídica que legalice el aborto, sino que solo describe cómo es que tiene que acontecer. 

Tanto para mujeres como para hombres y personas con otras identidades, declararse feminista ha sido un conflicto. ¿A su juicio, cuáles siguen siendo los estigmas que sufren esas personas y cómo podrían ser cambiados? 

El “objeto de estudio” de los feminismos son las relaciones que establecemos entre nosotres los seres humanos, sin distinción de ningún tipo y también con los otros seres, la naturaleza, las cosas, etc. Si partimos de que declararse vegana o antiespecista también es un conflicto, podremos entender por qué asumir el feminismo como posición política y actitud ante la vida despierta por lo general suspicacias y críticas. Además, el feminismo es tan variado, tan diverso que en muchas ocasiones en su interior se generan contradicciones. Tanto las abolicionistas como las reformistas, como quienes creen que los hombres pueden ser feministas, como quienes creen que pueden ser profeministas, incluso quienes consideran que ellos deben renunciar primero a ser hombres para poder, como quienes creen en la igualdad y quienes no. Todes encuentran su espacio en el feminismo. Poner el “feministómetro”, algo que todes hemos hecho alguna vez, no sirve para nada. No existe una manera de ser feminista. Esa es una realidad. 

Ser feminista en mi opinión es estar en contra de la opresión de todos los seres que han estado subordinados al homo sapiens (fijate que ya homo es masculino), por eso ser feminista también incluye no participar en circuitos de opresión de los animales, por ejemplo, o de les niñes. Rechazar el capacitismo también podría ser un ejemplo de lo anterior. 

Sobre los estigmas, las mujeres feministas son “frígidas”, “están mal folladas”, no han encontrado un tipo que le “dé bien”, son lesbianas. Si un hombre se declara “feminista” es cool, ​progresista, buena gente, en fin, un amor. O sea, hasta en eso las mujeres llevamos las de perder. Por otra parte, los hombres que he conocido en mi vida cerca del activismo, que ya están comprometidos con el feminismo hasta la médula, quienes no luchan al lado de las mujeres, sino detrás, a veces desde el anonimato, ninguno ha declarado ser “feminista”. Precisamente de ellos aprendí aquello de ser “profeminista”, en absoluto respeto con lo que las mujeres hacen cada día, especialmente cómo son tratadas por ello y también porque saben que su rol en la lucha por los derechos y el bienestar de las mujeres no puede ser el tradicional. Una manera fácil de entenderlo es considerarse “pronaturaleza” (como es mi caso) sin ser ecologista. 

Foto: Kristen Reynolds

Artículo tomado de afrocubanas.com

Soy la Negra cubana que tenía que ser

Llevaba cierto tiempo sin escribir en este, mi espacio. Desde que creé Negra cubana tenía que ser, en el año 2006, nunca había tenido un periodo tan largo, durante cual no publicase algún texto propio. Es más, en algún momento de lo que va de 2020, pensé que, quizás, debería darle prioridad a otros proyectos por encima de continuar con este blog. Idea festinada la mía. Hoy estoy plenamente convencida de espacios como este han de mantenerse.

Abrí entonces la compu y le escribo estas letras al gobierno de Cuba, específicamente a la Seguridad del Estado, al pueblo cubano, a mis amistades y también a la gente que no me conoce. A Karlito Marx no le escribo porque él no existe. Es un perfil falso. Eso lo saben hasta los cientos de personas y cuentas falsas que le siguen. Sin embargo, quienes están detrás de ese perfil sí existen, podrían ser funcionarios, agentes de la seguridad del estado, personas corrientes, nadie sabe. Tampoco importa mucho. El texto posteado ayer desde aquel usuario de Facebook se inscribe en la ola de descrédito donde «ciberclarias» y «garrapatillas» llevan la voz cantante. Yo no pertenezco a ninguno de esos dos bandos.

Quien(es) quiera que sea(n), se aprovecha (n) de que mucha gente «scrollea» a la velocidad de la luz, saltándose toda confirmación posible. El resultado es toda una sarta de comentarios risibles, desproporcionados, llenos de odio, que parecen emitidos durante los años 80 del siglo pasado, cuando una parte de les cubanes se prestaron para tirarle güevos a los «gusanos». Se aprovechan también de los huecos legales que existen en Cuba, de manera que no es posible denunciar este tipo de acciones con consecuencias para el delincuente —porque eso son: delincuentes—, la injuria, la difamación son, en cualquier parte del mundo, delitos.

Aquí va lo que tengo que decir sobre este incidente, uno de los tantos que he vivido en las redes sociales desde que las tomé para llevar adelante mi activismo:

A la gente que no me conoce: Googlee antes de opinar. Entre a la Wikipedia. Lea. Cultívese. Jamás he dado una entrevista a Radio Martí, ni dicha emisora se ha interesado por tener mi voz. La entrevista que se cita en el post de marras data del año 2013 y la ofrecí a la corresponsalía en Cuba de la agencia Rusia Today. A partir de ella, Radio Martí escribió una nota. Aquí les dejo los dos enlaces para que se documenten: Entrevista ofrecida a Rusia Today y Nota de Radio Martí. Por cierto, lamentablemente, lo que expresé en aquel año sigue conservando su validez y me apena que así sea. Ya no estoy tan segura que mis nietes vivirán en una Cuba más justa. Tampoco gano dinero por mi activismo. En más, en varias oportunidades me han comentado que es posible tener ingresos con un blog, a través de la publicidad —como hacen muchos medios para poder sustentarse—, y si revisan con detenimiento, notarán que en mi bitácora no existe anuncio alguno, tampoco en el Directorio de Afrocubanas, pues pago para ello. Me interesa que mis mensajes sean leídos sin distracciones. He ejercido el periodismo, desde mis principios y no desde agendas impuestas. Lo ejercí por diez años en Cuba y durante los siete que llevo residiendo fuera. También he dejado de colaborar con medios y rechazado publicaciones en libros y revistas —por razones obvias me reservo los nombres—, cuando he considerado que hacerlo atentará contra mi integridad, mis valores y, sobre todo, contra las causas que defiendo. En mis 20 años de activismo he recibido tres becas o financiamientos para participar en dos eventos: la Cumbre Mundial de Juventud Afrodescendiente, celebrada en Costa Rica en 2011, y el Congreso de LASA que me ha dado, en dos oportunidades, fondos para asistir al mismo, en 2013 y 2019. En la primera oportunidad, no me dieron la visa para entrar a Estados Unidos de América, así que no pude disfrutar de la beca que cubriría mis gastos. Acerca del bloqueo, hace poco hablaba con un amigo sobre ello. No considerar las consecuencias que esto tiene, tanto para el desarrollo del país como para el pueblo, es querer obviar una parte importante del cotidiano de la gente de a pie que tiene que luchar cada día para sobrevivir. Sí, porque en Cuba, en muchos barrios, en muchas familias, se sobrevive. Yo sentí en mi propia piel lo que era el bloqueo la primera vez que salí de Cuba, en el año 2009, cuando no pude usar mi pasaporte cubano —que por entonces no se encontraba en el programa informático usado por Western Union para hacer las transferencias—, para recibir un dinero que mi compañera me había enviado desde Europa. Y así tengo innumerables ejemplos de cómo la vida se nos hace más difícil en todos los ámbitos posibles, desde el económico hasta el más privado, el acceso a medicamentos, terapias, etc. De esta manera, convencida de que el bloqueo existe, he participado de acciones concretas en contra del mismo y cada vez que ofrezco una conferencia, taller o formación me refiero a este. Suena patético que yo tenga que reiterar que estoy en contra del bloqueo y que no conozco una Cuba que no sea la bloqueada. No obstante, esta vez lo creo necesario, dado que por momentos pareciera que les cubanes nos dividimos (únicamente) en quienes están a favor y quienes están en contra de las sanciones contra Cuba.

A la Seguridad del Estado: todo lo que hago está en este en blog, en mis redes sociales, en mis artículos, en mis textos, en mis columnas, en mi activismo, en mi propia vida. Soy una activistamujerfeministanegralesbianaantirracistaantiespecistaveganasocialista. Soy la Negra cubana que tenía que ser. Una de las primeras cosas que hice cuando llegué a Alemania, fue ir a registrarme en el consulado de Cuba en Bonn, precisamente porque quería que se supiera que yo estaba aquí, que esa negra que escribía en ese blog «conflictivo» era yo; aún cuando en ese entonces, dada mi residencia temporal, no tenía que inscribirme. Si en algún otro momento de mi vida —recuerden que ya me han entrevistado en tres oportunidades mientras vivía únicamente en Cuba—, se toman el derecho que les asiste de interrogarme, solo les pido que me busquen para dialogar a una oficial que tenga, como mínimo, un máster en estudios de género, como yo lo tengo, y que haya investigado sobre racialidad y racismo tanto como yo lo he hecho. Suena altisonante pero no es mi intención. Solo quiero prevenirles de lo que pasará: hablaré de feminismo, de violencia machista, de antirracismo, de veganismo… hasta por los codos, hasta el cansancio; me tendrán que dar merienda porque soy diabética… y además vegana, así que nada de pan con jamón. Algo más sobre aquel texto injurioso firmado por aquel perfil falso, pero que (ustedes y todes) sabemos que es de vuestra autoría. Lisandra, mi hija, tiene 27 años, es médica, trabaja en el Policlínico Mantilla y ahora se encuentra en su casa, en cuarentena, luego de haber trabajado por casi tres semanas en el centro de aislamiento de La Lenin. Ella se alistó porque quiso. Es asmática. Tener un hijo pequeño le hubiese permitido no considerar a ir a trabajar allí, por el riesgo que supone para ella y para el niño. Sin embargo, fue, dejó a su peque con otra familia y cumplió con su país. Para mí, ella es mi heroína. También lo es para les pacientes de un barrio marginalizado de La Habana. Mi nieto, Adrián, tiene 6 años e iba a la escuela Manuel Saíz de la barriada de Lawton cuando llegó la COVID 19 a Cuba. Ustedes saben cuál es la dirección de mi (nuestra) casa. Yo les encargo a Lisandra y Adrián, les pido públicamente que la cuiden, que lo protejan. Qué nada les pase, que nadie la llame de madrugada para molestarla, que su trabajo  y sus estudios continúen tan bien como iban, que nadie le ponga un traspié a ese negrito cubano, que no se raspe la rodilla montando bicicleta, que nadie me le grite «negro mono»… Les dejo a mis dos seres queridos en vuestras manos con la petición de que velen por su seguridad.

Al pueblo de Cuba: Tenemos una larga tradición revolucionaria que no nació precisamente en 1959, sino mucho antes. Hemos de agradecer a nuestres ancestres por la fortaleza que hemos heredado, la misma que nos permite, a pesar de las UMAPs, de la Zafra de los 10 Millones, del Cordón de La Habana, de la Central Electronuclear de Cienfuegos, de la Zona del Mariel, del bloqueo arranca vidas, permanecer dignamente sobre la Tierra y continuar soñando una Cuba mejor: inclusiva, progresista, revolucionaria, donde quienes tomen las decisiones tengan en cuenta los criterios todes y no solo las ideas enquistadas, obsoletas y discriminatorias de unes cuantes. Yo soy una ciudadana cubana porque mi madre me parió en ese archipiélago, porque mis ancestres fueron arrancades de sus tierras y fueron esclavizades en Cuba. Yo no escogí nacer en aquel pedazo de Caribe, como sí escogí irme. Por amor. Soy activista porque en el año 2000, luego de la muerte de mi madre y cansada del racismo y del clasismo del Polo Científico. Me fui a luchar por la vida, la mía propia y la de personas infectadas con VIH. Ese fue el inicio de mi trayectoria activista, cuando tan solo se le llamaba «voluntariado» o «promoción de salud». Así, progresivamente, se le han ido adicionando causas a mi labor social, porque es también mi labor individual, como ya he dicho, es mi propia vida: activistamujerfeministanegralesbianaantirracistaantiespecistaveganasocialista. Nadie me ha regalado nada, ni la Revolución cubana, ni Alemania —el país donde resido y del cual también soy ciudadana—, ni el Universo. Todo lo que pueda tener —virtudes, actitudes, bienes materiales, espiritualidad, conocimientos, defectos, etc.—, se gestó en la máquina de coser de mi madre. El cuerpo que tengo me lo dieron esa Singer e Hildelisa Ramirez Oviedo. En Alemania trabajo con refugiados menores de edad que están solos en el país. Mi niños, son todos varones, me llaman «Mama Sandra». He visto crecer a cerca de 60 adolescentes de varias naciones: Eritrea, Ghana, Iran, Nigeria, Iraq, Siria, Guinea, Etiopía, Afganistán, entre otras. Así me gano la vida, cuidando a los hijos de otras mujeres. Desde donde les escribo, una ciudad del norte alemán, también hago activismo, milito y, sobre todo, he expandido mis horizontes, tanto emocionales como cognitivos. Todo a costa de mi propia piel, de mi nostalgia, de no tener al Malecón a 30 minutos de mi casa, de haber aprendido otra lengua, de haber sentido que La Habana puede estar en todas partes, de haber conocido otros cielos tan azules como aquel.

A mis profesores, colegas, amistades, amigues, amantes, amadas: Gracias por las enseñanzas, por tantos mensajes de amor, por la lealtad, por el camino recorrido. Gracias por el codo a codo, por las preguntas, por los debates. Si para algo sirvió este lamentable episodio ha sido para poder agradecerles públicamente por vuestra compañía. Como han visto nos queda mucho por recorrer; el racismo, la misoginia, el clasismo, —también presentes en post del tal Karl Marx que no es Karl Marx—, cada día toman nuevas formas.

Alemania, 18 de Julio del 2020.

Racismo en Cuba: La culpa es de las totí

Aracely Rodríguez Malagón

¡¡¡Las colas están llenas de NEGRAS!!!. Así contestó mi vecino a grito y a viva voz a ante la pregunta de otro de cómo estaba el ambiente. Creo que no hace falta describir a mis vecinos pero lo haré: uno es blanco, de clase media, profesional, cuenta propista. El otro blanco también, profesional, militante y militar. Quedé estupefacta no a lo que escuche eso lo sé y lo veo a diario, sino el tono despectivo y lacerante con el cual acentuó y vociferó «NEGRAS», encerrando en sus palabras todo el desprecio visceral acumulado resultado de un colonialismo transformado y un racismo latente vivo, trasmutado, nunca acabado. Mientras el otro contestó con una sonrisa de satisfacción afirmativa.

Y es que desde sus puntos de vista las negras somos las culpables de la escasez que hay en el país y, por la entonación, yo diría que hasta del Corona-Virus. Lo peor es, que aquel grito en plena calle y a la luz del día sonó como un eco a pesar del nasobuco. Nadie salió (excepto yo) a rebatirlo o al menos a decirle «fulano no es de esa manera». Fue como si toda mi cuadra estuviese reafirmando su ofensivo insulto ante el silencio otorgado. Me levanté como un resorte y antes que pasara por el frente de mi casa me vino una ráfaga retrospectiva en mi memoria de opresiones, esclavización, resistencia, cimarronajes y luchas…… y hubiese querido vociferar de la misma manera (lo cual no me cuesta mucho trabajo), pero esperé que se acercara y muy calmadamente en un tono casi silente, le expliqué las múltiples razones por las cuales las colas también tienen raza, sexo, territorio y clase; y que además son una medida de las desigualdades. En ellas es donde nos mezclamos y concentramos toda/os, sólo que las negras somos el último eslabón de la cadena alimenticia y el eslabón más gordo de esa cadena y por tanto las más visibles, es cierto que la escasez es general, pero no a todas/os nos llega con la misma intensidad. Adquirir alimentos es una necesidad existencial y va más allá del ¨QUEDATE EN CASA¨ que es atravesado por el privilegio y como resultado tiene dos bandos: los favorecido/as, que pagan por que les traigan los productos y los necesitado/as, que hacen colas para poder adquirirlos e incluso como un modo de sustento llegando a convertirse en un trabajo informal.

Las colas integran la vida cotidiana de las cubanas/os como resultado del bloqueo al cual ha estado sometido la isla por décadas, y que trae como consecuencia la escasez sobre todo en los productos de primera necesidad. Así hacer colas o las ¨colera/os¨ (como trabajo informal) es una práctica ejercida fundamentalmente por mujeres, generalmente negras o mestizas, de barrios marginalizados y/o de la zona oriental de país.

Estos actos son de conocimiento público, han estado presente en todo momento, pero en épocas de crisis se agudizan y se acentúa el color de las mismas coincidiendo con la visión de mi vecino, pero también con las estadísticas de los informes de desarrollo humano. Aunque para el caso de Cuba se hace complicado la veracidad de los índices de desigualdad, no obstante, se plantea que las mujeres en Cuba más pobres son precisamente las de este grupo distinguiéndose en época de Pandemia

Discriminar a las personas verbalmente es un acto que ocurre a diario como ejercicio permanente de la «colonialidad». El lenguaje es una herramienta de poder que en este caso mi vecino la utilizó como expresión despectiva «LAS NEGRAS», que enfatiza e indica de manera punitiva quienes son las responsables de las colas.

Es imposible deconstruir un racismo visceral, genético sino vamos al fondo del asunto y sólo lo dejamos en el plano cultural cuando en realidad es una problemática que pasa por lo histórico, económico, político, social, etcétera. Mientras se hace uso del derecho de gritar improperios como este, sin ningún tipo de impunidad.

Y no me puedo ofender según mi vecino: «no soy ese tipo de negras» (o sea tengo que sentirme halagada), peor, «no lo dice por mí «, (no sé a qué clase yo pertenezco), evidentemente tiene daltonismo racial. Su incapacidad no le da para comprender que mi condición de mujer y NEGRA no me separa de aquellas a las cuales él desprecia, lo que me reafirma una vez más el desconocimiento en nuestra sociedad del significado de ser NEGRA. No entienden que entre esas NEGRAS de las colas y yo existe una conexión histórica que no lo borra un espacio físico, ni las condiciones de vida, nos une un pasado, que a la vez es un presente y que tenemos que luchar para que en un futuro, no se nos siga discriminando.

Lo mejor de esta conversa sosegada es que la cosmovisión socio-racial de las colas de mis vecinos, no procede desde sus experiencias ya que ninguno de los dos hace cola, ni de la bodega. Es sólo una visión subjetiva de LAS NEGRAS y de las colas en tiempos de Coronavirus desde los carros con aires acondicionados…

Náutico 2020

Totí o Zanate: especie de ave de color negro endémica de la isla de Cuba. Conocida por un refrán para indicar cuando se le echa las culpas de una acción sólo a las personas negras ¨Todos los pájaros comen del nido y el totí carga las culpas¨

Descréditos, falsos elogios, revictimización y punición son alimento para la estructura racista

Por Yarlenis Mestre Malfran

Años´90, Escuela Vocacional de Santiago de Cuba (más conocida por IPVCE “Antonio Maceo”). En plena adolescencia me veo en la zona de la escuela donde la gente “apretaba” (lo que consigo recordar porque mi sabio inconsciente no me permite recuperar estas memorias en su totalidad). No sé cómo llegué allí, la cosa es que llegué. Era de noche. El muchacho blanco de la escuela que más se reía de todos, y de mí, estaba allí. Curiosamente en ese momento no me llamó de fea como acostumbraba a hacerlo a la luz pública en los pasillos de la escuela. Allí, me convidó sin ninguna amabilidad a estar con él. Claro, hoy, después de muchas lecturas feministas antirracistas y decoloniales, solo hoy puedo entender que en su cabeza de hombre y blanco yo, un cuerpo desvalorizado, debía sentirme “elogiada” con su invitación. Miren lo perverso que es el racismo, que se reviste de elogio en la cabeza del racista. Una fetichización supuestamente positiva que es en verdad una expresión de la persistencia de lógicas coloniales. En la cabeza de los colonizadores “civilizar a los pueblos salvajes” era algo que lxs colonizadxs debían agradecer, una ofrenda que ellos “seres superiores” estarían dando. En la cabeza de los racistas, la apropiación de nuestros cuerpos sería un favor que tendríamos que agradecer. Las lógicas coloniales tienen como sello distintivo el posicionarse y pensarse como autorreferencia del mundo mundial. Inmunda colonización. Este cuerpo negro que era/soy yo, podía hasta ser deseado en la oscuridad de aquel lugar recóndito de la escuela, pero ese deseo no podía ser admitido a la luz pública. El tipo me dio una cañona. Años después, en sesión de psicoanálisis conseguí llamar las cosas por su nombre. No fue cañona, fue violación. Peor que eso (si es que puede haber algo peor que semejante vejación). Recuerdo que tuve el coraje de contarle a la psicopedagoga de la escuela lo que había sucedido. La psicopedagoga convocó a mi mejor amiga a una sesión, y entre otras cosas le preguntó: ¿cómo era yo? No basta no ser racista, es preciso ser antirracista, antisexista, practicar la sororidad y no sé cuántas cosas más. O sea, al parecer, desde su entendimiento, habría alguna “característica de mi personalidad” que precisaba ser verificada a través de terceras personas, para darle legitimidad o no, a mi relato. Hasta hoy estoy aguardando un retorno de la psicopedagoga. Al parecer concluyó, por alguna razón que (des)conozco, que lo que me pasó estaba justificado o yo lo merecía. No me llamó más a consulta. El racismo se alimenta del descrédito. Y el descrédito desgasta. Todas las veces que intenté apuntar a otrxs actitudes racistas, se instauró la duda, el descrédito, la revictimización (¡¡¡¡tú también discriminas!!!! una tentativa de simetría de opresiones que es ilógica y perversa) y hasta la punición. Y no es que yo haya lidiado siempre tranquilamente con el racismo. No es que yo no haya querido imponer “mi verdad”, de tan obvia que es para mí. Si la trato de imponer es porque ella es continuamente sometida a descrédito, sospecha y a la contra-argumentación de “voces autorizadas”: ya sabemos, voces blancas y hasta feministas. Y no es que yo misma no haya desvalorizado ciertos cuerpos, pero de ahí a tener poder estructural para revertir posiciones de privilegio hay un abismo. Tampoco me sustraigo del ejercicio crítico y honesto de repensarme, pedir disculpas cuando sea necesario y avanzar. Ninguna de mis agresiones y discriminaciones (sí, yo también he discriminado, a veces para sentirme menos mal con quien me dejó en la mierda, a veces no) cambia situaciones estructurales de privilegios blancos y de clase, por citar apenas algunos de ellos. Piensen si por yo decirle a alguien que tiene menos culo que yo, (si esa alguien es blanca) eso la coloca en una situación estructural desventajosa. Qué hombre me va a preferir a mi antes que, a ella, inclusive ella sin culo y/o con celulitis. Eso tampoco hace menos peores a mis discriminaciones, así que me toca reverlas. Al final, la maldita comparación es un vicio colonial también. Comparar para imponer a unos sobre un montón de otres.

No dejen de leer, si pueden, un texto de Djamila Ribeiro, filósofa y feminista brasileña, en el que ella aborda el asunto. El título del texto es: Hablar de racismo reverso es como creer en unicornios y aparece en su libro Quem tem medo do Feminismo Negro? Eso me lo enseñan a diario las feministas negras, tan lúcidas ellas. Hoy admito que el camino del debate en las redes o a nivel individual es muchas veces desgastante psíquicamente. Lo que menos hay es debate. Nadie gana absolutamente nada. No pretendo una tentativa hipócrita de justificación, pues como dijo Fanon en Piel negra, máscaras blancas, la descolonización es un proceso violento. No tiene como ocurrir en el confort. ¿No es confortable para lxs que son apuntadxs como racistas? Entonces imagine por un solo instante para quienes tenemos que lidiar con el racismo que nos estructuró, que se actualiza en forma de fetichización “positiva” y con los egos lastimados de quien no se quiere ver en ese lugar. El colonizador que habita en muchxs no quiere (re)conocerse. Reconocer su racismo es demasiado pedir para sus egos coloniales, para sus múltiples posiciones de privilegio. Es mejor, mucho mejor proyectar la culpa en (nos)otras y punir, siempre punir. Construir a la feminista negra como conflictiva es fácil, muy fácil. Esta es una manera óptima de seguir alimentando esa estructura racista, sexista, machista. Y todavía hay quien duda de la necesidad de una Ley contra la Violencia de Género en Cuba. Yo no deposito todas mis esperanzas en una Ley, porque creo que, junto con ella, cada unx de nosotres tiene que tener el coraje suficiente de hacer el ejercicio de (re)conocerse: yo misma, el tipo que me violó, la psicopedagoga, las mujeres blancas que se colocan como voces autorizadas de lo que ellas mismas no han vivido y no consiguen ni de lejos imaginar, los machos punitivistas, las feministas que antes de practicar la sororidad, optan por los pactos narcisistas con los machos y otras privilegiadas. Nada de eso lo va a cubrir una Ley. Cada unx tiene que hacer su trabajo.

Foto: Daria Shevtsova

 

Pensando un Feminismo negro en diálogo con el Estado cubano

Por Lic. Alina Herrera Fuentes (Licenciatura en Derecho, Universidad de La Habana)

Introducción

Para imaginar un diálogo entre un feminismo negro propio y el estado cubano, habría que preguntarse qué tiene para decirle nuestro afrofeminismo a un estado que ha determinado la erradicación del racismo, de la discriminación racial y de la discriminación por género, qué tiene para decirle a un estado que sostiene que las mujeres cubanas no viven la violencia de género como otras mujeres en el mundo, no sufren el machismo y el patriarcado como otras mujeres en el mundo.

Y además del diálogo, qué tendría para proponerle, qué caminos viene diseñando, creando.

A su vez, para hablar de un feminismo negro cubano, se hace necesario abordarlo desde la interseccionalidad de categorías como género, raza e historia, atravesado por el enofque de la epistemología afrofeminista: ¿qué entiendo por feminismo negro en Cuba? ¿desde cuándo podemos hablar del mismo? ¿cómo fueron sus orígenes y cuáles las barreras que enfrentó? Lo anterior con el propósito de entender dónde estamos paradas hoy.

Y además cabe preguntarse cuál es la salud de los programas y políticas públicas vigentes, cuestionarse la suficiencia del respaldo legal, para estos ejes de investigación. En buena medida las respuestas nos darán indicios de cuánto puede proporcionarle al Estado cubano, y a la sociedad misma, una agenda afrofeminista.


Mujeres fundacionales del feminismo negro en Cuba


Minerva

Desde el siglo XIX tuvo lugar un incipiente feminismo negro ilustrado, previo al movimiento de sufragistas cubanas, en tanto las propias mujeres racializadas se colocaron en el centro de sus reflexiones y debates como sujetos de conocimiento. Para entonces, ya estas mujeres negras y mestizas habían identificado que su condición racial, de clase y su condición sexo-genérica las posicionaba jerárquicamente en lo más bajo de la escala económico-social, y a su vez, identificaron la inequidad que sufrían como sujetas de derechos no reconocidas, en comparación tanto con mujeres no racializadas aunque fueran pobres, como con hombres aunque fueran negros y mestizos.

Es decir, nombraron aquello que las oprimía y a partir de ahí lo politizaron mediante “Minerva, Revista quincenal para mujeres de color”, fundada en 1888 y primera evidencia escrita que demuestra la capacidad de agruparse de estas mujeres negras y mestizas, a partir de las identidades y memorias que compartían, y de establecer determinadas demandas en contra del orden racista y patriarcal establecido, a pesar de las desventajas en cuanto a acceso a la educación que sufrían.

Debido a lo descrito anteriormente, y como resultado de mi investigación, Minerva será el hecho fundacional del feminismo negro cubano, entendiendo por este la capacidad de reconocer, nombrar y politizar aquellas opresiones que sufren las mujeres negras y mestizas, dadas por la propia condición interseccional de raza, clase y sexo-genérica, convirtiendo estas acciones en demandas colectivas antecedidas y nucleadas por la identidad y la memoria, con el propósito de su propia reivindicación y la de sus derechos. Este feminismo negro, además de dar cuenta de la opresión diferenciada, enfrenta el patriarcado, el racismo y el clasismo mediante su cuestionamiento y su análisis, pero también mediante la organización de diferentes frentes de lucha por la transformación de ese orden de cosas, como una forma de estar, como una forma de vida.

Este singular cuerpo literario marca un antes y un después en la historia y en la literatura cubanas, pues por primera vez se crea un proyecto donde mujeres negras y mestizas son protagonistas, redactoras y ejecutoras del mismo, superando la doble barrera de discriminación por sexo y raza. Además, sus contenidos iban dirigidos también a mujeres no blancas, lo que implicaba la incipiente generación de una conciencia colectiva de género y racialidad, asimismo de un reforzamiento en la identidad racial. (Barcia 2011, 1725)

Lo confirma claramente la poeta África de Céspedes en las siguientes líneas de su texto Reflexiones en la propia revista:

La mujer negra, sañudamente tratada por sus viles explotadores viene hoy a ser el blanco más saliente a donde dirigen sus saetas envenenadas aquellos mismos que traficaron con su noble sangre en los luctuosos días de la esclavitud. (…) y tal haremos hasta que se nos considere tal como somos y no tal como cada artista pirata le ha parecido o convenido a sus medrosos fines (…) nos invitan a luchar, pues luchemos. (Céspedes 1889, 2-5)

La revista se componía de diferentes secciones: noticias, críticas, poesía y crónicas, ya fueran sociales, artísticas o deportivas. Sin embargo, las demandas sobre la emancipación jurídica y social de las exesclavas y de las mujeres racializadas, el derecho a la educación y a la instrucción cobraron especial atención y reiteración en sus números.

América Font, Lucrecia González Consuegra y Natividad González fueron voces que también se alzaron en pos del derecho a la educación y a la enseñanza. La primera de ellas advirtió que “la instrucción debe ser para la mujer lo que es la sabia para el árbol (…) pues donde no hay instrucción no hay libertad”, y además con temprana lucidez expresó “que las tareas domésticas habían sido encomendadas a la mujer por una costumbre que se había hecho ley” (Font, 1888, 2-3)

Aunque Minerva como revista, y sus redactoras como grupo, no lograron el activismo organizado más allá de la redacción, o simplemente no generaron un movimiento cívico por sus derechos, sí tuvieron el ímpetu y convocatoria de establecer sus luchas en contra del orden y de las instituciones establecidas, ese reconocimiento del color y género de sus demandas, y la desafiante transgresión de una sociedad que no las consideraba personas, ni pensantes. Al decir Lucrecia González Consuegra, otra de sus redactoras, “No podemos vivir en la inacción. Seamos las heroínas de nuestro sexo, libertándole del férreo yugo de la ignorancia y nuestro esfuerzo nos cubrirá de verdadera gloria.”(Colón 2016, 183) podemos asegurar que se germinaba la concepción de un temprano feminismo negro en Cuba

La “suerte” de las sufragistas negras

Relevante importancia, como organizaciones políticas, tomaron los “Clubes femeninos” fundados entorno al Partido Revolucionario Cubano (PRC), órgano político encargado de la preparación de la Guerra de 1895, y donde además se forjó un espontáneo e incipiente movimiento feminista que reclamaba la igualdad de derechos frente al sufragio.

De estos clubes hubo tres en los cuales las juntas directivas las conformaban mayoritariamente mujeres negras y mestizas: Club Céspedes y Martí (Nueva York), Club José Maceo (Nueva York) y Club Mariana Grajales de Maceo (Cayo Hueso). Esta relación sugiere que también las mujeres negras formaron parte del movimiento sufragista inicial por la igualdad de derechos de las mujeres cubanas desde la emigración. (Rubiera 2011, 179)

El advenimiento de la República en 1902 trajo consigo el sufragio universal masculino bajo el principio de la igualdad racial, que más que un postulado, quedó meramente instaurado como enunciado y mito. Frente a este derecho reconocido para los hombres, el movimiento sufragista de mujeres cubanas, con alguna presencia negra entre sus voces, creció en número y ganó en organización, sin embargo, y a pesar de los precedentes descritos, desplazó el conjunto de demandas de las mujeres racializadas dentro de su programa, y levantó una barrera más para las mismas relegando la posibilidad de diálogo.

“El prototipo de mujer cubana feminista o sufragista procedía de la burguesía cubana, había aprobado estudios medios o superiores y era de la “raza” blanca” (Colón 2016, 182) Esto dio al traste con que el movimiento no reclamara por el antirracismo con el mismo fervor que por los derechos ciudadanos.
Mientras el movimiento feminista cubano, dentro del cual se destacó el Partido Nacional Sufragista al cual se afiliaron también las mujeres negras, engrosaba su lista de incuestionables conquistas como la Ley de Patria Potestad de 1917 y la Ley del Divorcio en 1918, también se organizaron y celebraron los llamados Congresos Nacionales de Mujeres en los años 1923, 1925 y 1939. La relación entre estos Congresos y, no solo la presencia de la mujer negra, sino la inclusión en sus debates sobre las problemáticas de las mujeres racializadas, puede resumirse en que tuvieron un reconocimiento paulatino aunque partiendo de una categórica exclusión. (Rubiera 2011, 180)

Para el primero de los Congresos no hubo presencia de ninguna mujer negra. En el segundo se tiene registro de la participación como delegada de una mujer negra: Inocencia Valdés, referente de la lucha feminista y sindical, Secretaria General del Gremio de las Despalilladoras de La Habana, organización de obreros y obreras del sector tabacalero, por lo que se puede afirmar que algunas de las preocupaciones más importantes para las mujeres negras y obreras pudieron, al menos, ser presentadas.

El tercer Congreso Nacional de Mujeres celebrado en 1939, cinco años después de haberse logrado el sufragio universal femenino asumió otros compromisos. Se abrió una mesa de discusión llamada “La mujer y los prejuicios raciales”, por lo que el tratamiento al tema fue más riguroso y profundo. Allí mismo abordaron la desigualdad entre mujeres racializadas y mujeres blancas en la sociedad cubana en general, y en el mercado laboral en específico.

La historia de la llamada interseccionalidad del feminismo negro también se cuenta a través de la génesis de Minerva y de la genealogía del feminismo cubano. La raza y el género como ejes de opresión y la intersección de los movimientos abolicionistas y sufragistas desplazaron a las mujeres negras y mestizas cubanas a pesar de su presencia indiscutible, cuya brecha tuvieron que remontar, como verdadero movimiento contrahegemónico. Estas mujeres fundacionales del feminismo negro en cubano no son ajenas al afrofeminismo antológico, a ese feminismo negro de Soujourner Truth de 1852 en “¿Acaso no soy una mujer?”.

Los claroscuros del proceso revolucionario, Estado cubano vs. Organizaciones civiles

La Revolución cubana de 1959 sin duda alguna determinó un viraje estructural en el sistema de cosas establecido, rompiendo de manera drástica y determinada con el pasado de la sociedad y economía cubanas. Significó para los sectores más vulnerables una vindicación de sus derechos y al mismo tiempo un movimiento de esperanza.

La discriminación por sexo y la racial fueron embestidas constitucionalmente al prescribirse la igualdad de todos frente a la ley sin distinción de raza y sexo, y se eliminaron todas las políticas institucionales de carácter segregacionista. Sin embargo, la idealización positivista de la ley como único recurso para el enfrentamiento del racismo y de la discriminación en el país, provocó el desplazamiento de los debates y del activismo para combatir esta problemática social ante la inminencia de una intervención militar extranjera y la apremiante necesidad de la unidad nacional. (Morales 2017, 123)

En aquellos momentos de ebullición se crea el Movimiento de Orientación e Integración Nacional (MOIN), que en su Declaración de principios exponía como objetivo fundamental “constituir el núcleo central de un nuevo movimiento popular por la derrota de las discriminaciones, por la eliminación de la desigualdad opresiva que padece la población negra en nuestro país” (Romay 2014, 96). Tuvo núcleos de acción en centros de trabajo y docentes, en diferentes provincias y municipios del país.

Además, en su reglamento señalaba los fines como movimiento cívico, por ejemplo, trabajar en todas las etapas necesarias para la puesta en práctica del principio de igualdad frente a la ley, hasta crear un organismo paraestatal que garantizara la aplicación de las disposiciones del artículo 74 de la Ley Fundamental—sobre la prohibición de prácticas discriminatorias en el ámbito laboral—y que el mismo estuviera representado desde el Estado hasta los municipios, fuera en centros de trabajo públicos o privados, y en cualquier frente que se hiciera necesario, también movilizar hasta lograr la verdadera integración nacional.

Apenas un año después, causas y condiciones totalmente diferentes a las que prevalecieron en los primeros meses del triunfo revolucionario, acallaron la prédica antirracista de la dirigencia revolucionaria, y la labor de masas contra el racismo y la discriminación racial comenzó a languidecer. (Romay 2014, 98)

Tan pronto como en 1962 “la partida quedó sellada (…) y el asunto quedó resuelto” (Morales 2017, 121). A fuerza de un idealismo y voluntarismo desmedido se declararon la discriminación racial y el racismo como problemas superados en la nueva sociedad, lo que provocó un fenómeno de doble dimensión: que se convirtieran en un tema tabú y que la idea de que “aquí no hay racismo”, diera lugar al mito de la igualdad.

Para mediados de los años sesenta el rechazo a un activismo antirracial, tanto en el ámbito cultural como político y social se hizo agudo. Mientras que en la década del setenta y principios de los ochenta el puritanismo ideológico consecuente con la manera intolerante y acrítica de interpretar las contradicciones que tenían lugar entre la sociedad y el discurso oficial, configuró la penalización de aquellas manifestaciones que reprodujeran el conflicto social, o sencillamente que mostrara aquellas zonas de la vida social que no alimentaban la consigna de lo logrado por los proyectos revolucionarios, sino que marcaban los sitios donde aún había mucho por hacer. (Romay 2014, 106)

Entrando los años noventa, luego de que el país y su dirección tuvieron como prioridad política lo que se conoció como “proceso de subsanación de errores y tendencias negativas”, se constató cierta apertura a la crítica y reflexión en torno a temas desoídos como la racialidad y la orientación sexual, y sobre sectores marginados como las mujeres.

Sin embargo, el estado cubano se mantiene reticente a reconocer organizaciones o entes afines con la defensa de los derechos de personas negras y mestizas—Cofradía de la Negritud es un ejemplo de ello. Y además, su carácter centralizado y vertical legitiman la apropiación de proyectos germinados por iniciativas ajenas al gobierno y su administración—Proyecto Color Cubano, liderado por Gisela Arandia, es muestra de ello.

Por su parte, aunque fue más notorio que las mujeres encontraran representación mediante la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) como parte del proceso revolucionario, se hace obligatorio analizar la esencia y génesis de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), fundada en agosto de 1960.

Lamentablemente y a partir de entonces, comenzó a abrirse una brecha, cada vez más distante, entre los términos revolución y feminismo. A este último se le impregnó de una significación sine qua non burguesa, es decir, que el feminismo tenía solo razón de ser en sociedades burguesas de bases capitalistas; y es con este presupuesto que nace la FMC como única organización legitimada por el Estado para agrupar a todas las mujeres de manera universal, bajo la sombra de un “feminismo revolucionario” en función de la dirección de la Revolución. Así es que las mujeres encontraron los beneficios paternalistas del estado socialista, y a su vez este, la incondicionalidad de las mujeres cubanas. (Díaz 2016, 422)

Tal es así que en 1993, en medio del llamado “período especial”, nace la Asociación de Mujeres Comunicadoras “Magín”, a raíz del Primer Encuentro Latinoamericano de Mujeres Comunicadoras que tuvo lugar en La Habana en el mismo año, y donde las mujeres cubanas participantes evidenciaron un distanciamiento de su discurso con el feminismo, y con otros retos que sobre género presentaron las representantes de otras naciones.

“Magín” la componían principalmente mujeres profesionales de los medios de comunicación, pero también artistas, escritoras, profesionales de la salud, delegadas y diputadas del Poder Popular, que se avocaron en la profundización, trabajo y difusión de temas de géneros. Crearon aproximadamente 50 talleres de temas como violencia sobre las mujeres, salud, sexismo en el lenguaje, género y derecho entre otros, que sobrepasaron las fronteras habaneras y se llevaron a cabo también en provincias como Santiago de Cuba, Isla de la Juventud y Santi Spíritus.

 

Sin embargo, “de 1993 a 1996 pudo funcionar, este último año fue desactivada la organización, porque según cuentan algunas de sus participantes, la Federación (FMC) envió una orden “aquí solo puede existir una organización de mujeres” (Díaz 2016, 437)

Quedaron sin concretarse varios proyectos como revistas, colecciones, multimedias, investigaciones, entre las que se encontraba estudiar la ruta de la esclava.

Además de ponerse de manifiesto la subordinación de la FMC al gobierno, prácticamente como una extensión del Partido Comunista, también clarifica los procedimientos de control estatales, la necesaria patentización del estado sobre cualquier iniciativa proveniente de la sociedad civil. Lo que delimita de manera muy definida los espacios entre las mujeres y la organización que las representan, la mayoría de las veces como cuerpos separados, ya que la FMC es más un brazo del estado, que la propia garganta de las mujeres cubanas.

El mito de la igualdad (racial y de género) en combinación con el racismo como tema tabú, ambos fenómenos favorecidos por el discurso revolucionario estatal y patriarcal, derivó en un retroceso para el movimiento feminista cubano en general, y en particular para la consolidación de un feminismo negro propio.

Diseñar caminos: Breve agenda afrofeminista.

La nueva Constitución cubana abrió el abanico de derechos reconocidos para todas las personas y fortaleció el principio de igualdad ante la ley, en comparación con la derogada Constitución de 1976. Se ampliaron las modalidades que por actos de discriminación serán castigadas por ley—aunque es más evidente el desarrollo del articulado en cuanto a la discriminación por género que por la racial—, y el Estado se regula como sujeto obligado a implementar políticas públicas y leyes que garanticen el cumplimiento del derecho a la igualdad. Esta remisión a leyes y políticas públicas que aún no están redactadas ni implementadas es un terreno fértil para sembrar demandas provenientes de una agenda afrofeminista.

Actualmente, el único cuerpo legal que sanciona actos por discriminación es el Código Penal en su artículo 295.1 bajo el título de “Delitos contra el derecho de igualdad”. Es decir, la única vía de ejecución pública contra actos por discriminación es la penal, cuando esta rama del derecho se basa en el principio de ultima ratio. En este sentido, la ausencia de disposiciones complementarias para enfrentar la discriminación en general, y el rezago en cuanto a políticas estatales que desfavorezcan la desigualdad racial, son notorios. (Katerí 2016, 297-298)

Los programas sociales y económicos que se han puesto en práctica en los últimos quince años no tienen como centro, ni como arista, de las problemáticas la brecha de género y la discriminación racial, todo lo contrario, en buena medida han incrementado estas diferencias, o al menos las han acentuado.

Simplificando, y solo con propósitos ilustrativos, podría afirmarse que las políticas sociales, equitativa y sistemáticamente aplicadas por el gobierno cubano, han logrado fijar las líneas de color, en los campos educacional y cultural, a distancias desiguales pero socialmente manejables para blancos, negros y mestizos. Pero en el terreno de la economía la distancia real no solo sigue siendo apreciable, sino que se ha ampliado, a la par que diferencias expresadas en la sobrerrepresentación de negros y mestizos en determinados segmentos del espectro sociolaboral evidencian inequidades cuyas consecuencias más importantes afectan la economía familiar y personal, generando una especie de círculo vicioso. (Romay 2016, 272)

Es por ello que el feminismo negro cubano, tiene un gran reto y una oportunidad histórica única dentro del proceso revolucionario iniciado en 1959: visibilizar la feminización de la pobreza en Cuba y que esta, además, presenta color; demostrar la persistencia del racismo, de la discriminación racial y de género y la violencia de género; organizarse como movimiento e interponerle al estado y sus instituciones una agenda con demandas y propuestas atravesadas por la mirada afrofeminista.

Si bien no podemos referir la existencia de un movimiento feminista negro en Cuba, sí encontramos organizaciones, proyectos, pensadoras y literatura que evocan y hacen presente un afrofeminismo propio.

Uno de los proyectos más relevantes es Grupo Afrocubanas—de muy reciente conclusión—, fundado por Daysi Rubiera Castillo e Inés María Martiatu Terry*, cuyo propósito fundamental, al decir de sus propias fundadoras, fue visibilizar los aportes de las mujeres negras y mestizas a la historia y cultura nacionales, abordar la discriminación racial y de género, grupo que también funciona al estilo de círculo político.

Afrocubanas
Afrocubanas en la presentación del libro Afrocubanas.

La afrofeminista cubana Sandra Abd´Allah-Álvarez Ramírez es la creadora de su propio blog “Negra cubana tenía que ser”, de imprescindible visita y lectura, además investigadora y activista incansable por los derechos de las mujeres negras y mestizas. Una de sus obras más loables ha sido el Directorio de Afrocubanas, herramienta digital que recopila fichas de mujeres cubanas afrodescendientes, quienes han contribuido de manera significativa a la cultura e historia nacionales.

A su vez encontramos la Alianza Unidad Racial, creada y dirigida por Deyni Terry Abreu, un proyecto socio-jurídico que desde 2011 defiende a víctimas de discriminación en general, y con más especificidad orienta a las víctimas por discriminación racial, con el propósito de proponer modelos legales que permitan informar y defender personas afrodescendientes portadoras de alguna queja o preocupación.

El Club del Espendrú, fundado por Magia López y Alexei Rodríguez, integrantes del grupo de hip-hop Obsesión, es un proyecto que busca la vindicación social de las personas afrodescendientes mediante eventos, como “Trenzando Identidades” y los Festivales de la Muñeca Negra, espacios para la reflexión y el fortalecimiento de nuestra identidad negra.

Investigadoras que han recuperado la memoria de las mujeres negras y mestizas de nuestra historia, y que también reflexionan, visibilizan e interpelan las problemáticas raciales son muchísimas y solo mencionaré algunas: Leyda Oquendo Barrios, Norma Guillard Limonta, Digna Castañeda Fuentes, Tito Mitjans Alayón, Maydi Bayona, Yulexis Almeida Junco, Oilda Hevia Lanier, Yanelys Abreu Babi, Zuleica Romay Guerra, y las ya mencionadas Daysi Rubiera Castillo, Inés María Martiatu y Sandra Abd´Allah-Álvarez Ramírez.

En la esfera de las artes y la cultura es imprescindible nombrar a la poeta Georgina Herrera, a la dramaturga y directora de teatro Fátima Patterson, a la artista plástica Belkis Ayón, en el cine a Gloria Rolando y la obra de Sara Gómez que a pesar de no ser reciente su contenido es tremendamente actual.

Diseñando caminos, escribiendo una agenda

La pretensión de este epígrafe consiste en hacer el ejercicio de proponer, más que cambios, posibles caminos para lograrlos, no pretendo encapsular una lista de soluciones propias, sino que esta breve agenda responde al estudio colectivo de varias agrupaciones, aunque agrego consideraciones personales.

Entre las primeras propuestas que me figuran, precisamente porque fueron un obstáculo para la presente investigación, se encuentran exigir una adecuada redacción de los patrones de medición en los formularios de censos poblaciones, que los datos demográficos y las estadísticas estén desagregados por raza y género, y que los datos oficiales que arrojen respondan a una ley de transparencia de manera tal que todas las personas podamos acceder a los mismos. Por supuesto, que se tomen en cuenta para dimensionar estas diferencias sociales y, en su base, trazar estrategias, crear programas y articular leyes que respondan agudamente a las mismas.

Consideré la necesidad de una política de cuotas de manera reglada y sistemática, no como acciones afirmativas para determinados espacios de la vida pública y política del país, sino insertada desde el acceso a los estudios superiores hasta en porcentajes de empleados para el sector estatal del turismo y el nuevo sector privado de la economía. Las primeras garantías para los derechos de mujeres negras y mestizas solo podrán verse realizados tras estos primeros pasos.

Por supuesto, la corrección de la injusticia histórica no puede lograrse con la inversión de la pirámide, resultado históricamente imposible, sino “infiltrando” paulatina pero incesantemente, sus secciones media y superior con colores que atenúen los contrastes (Romay 2016, 254)

Asimismo se hace imprescindible la emisión de una Ley contra la Discriminación, a propósito de la nueva Constitución y de la obligatoriedad competente al estado de garantizar el principio de igualdad. Esta Ley deberá obligar a cada Organismo de la Administración Central del Estado, a cada Organismo Superior de Dirección Empresarial, y sus respectivas dependencias, a crear sus propias regulaciones y reglamentos contra la discriminación, incluida la racial y la sexo-genérica. Así como obligarlos a la creación de órganos, ya estos a niveles superiores, donde se puedan denunciar hechos por discriminación. Vinculado indisolublemente a la capacitación y preparación de sus miembros.

Lo anterior no significa el deslinde de la necesaria posibilidad de demandas en los procedimientos judiciales contencioso-administrativos, que al día de hoy no se amparan, y que también de manera puntual agrego a las propuestas.

De esta forma la emisión de normas reguladoras y sancionadoras por actos de discriminación abarcaría varias instancias y desconcentrarían la insuficiente vía penal. Garantizando la protección de estos derechos, no importa el carácter estatal o privado del lugar o la instancia donde se cometan.
Sin embargo ninguna política sancionadora es eficiente por sí sola. No dejo de perder de vista que tendrán que ser leyes aplicables, que contemplen la viabilidad de la denuncia o de la queja, que se tase objetivamente la carga de la prueba pero teniendo en cuenta el impulso subjetivo de cualquier acto de discriminación.

Crear, dentro de la organización de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), una comisión de trabajo permanente contra el racismo y la discriminación racial hacia las mujeres negras y mestizas, que la misma sea receptora de quejas y preocupaciones, que tenga líneas de investigación y encuestas, que proponga y desarrolle programas para el enfrentamiento de estas problemáticas, desde su dirección hasta la base. También que se permita el diálogo con otras organizaciones y proyectos de la sociedad civil afines con estos objetivos.

Considero de suma importancia recuperar la pluralidad y la perspectiva feminista que caracterizaron los Congresos Nacionales de Mujeres de inicios del siglo pasado, que los Congresos de la FMC dejen de serlo exclusivamente para esta institución, y puedan ser partícipes otras organizaciones y entes feministas, o que tengan como líneas de trabajo o investigación a las mujeres cubanas y la violencia de género. A su vez abrir una mesa de debate permanente en estos Congresos sobre antirracismo, mujeres negras y mestizas, prácticas discriminatorias, con el enfoque afrofeminista que requiere.

Rescatar la iniciativa del Movimiento de Orientación e Integración Nacional (MOIN) sobre crear un organismo paraestatal que garantice la aplicación del principio de igualdad y de la proscripción de los actos por discriminación de la nueva Constitución. Este ente político puede coordinar y dialogar entre las distintas organizaciones y proyectos que luchan en contra de la discriminación racial o de género, con el Estado, y que supervise y fiscalice las acciones a acometer por el mismo para la erradicación de estas problemáticas, asimismo que rinda cuentas a las diferentes organizaciones.

El estado debe legitimar el reconocimiento de asociaciones, proyectos u organizaciones que defiendan los derechos de las personas negras y mestizas y de las mujeres, bajo presupuestos que garanticen la integración nacional.

La urgencia de nueva literatura histórica, decolonizada, que rescate la visión nuestra-americana de la historia, alejada del eurocentrismo que caracteriza los libros de textos en las escuelas y los programas de estudios, tiene que incorporar y visibilizar la participación de las personas negras en la conformación de nuestra nación e identidad, y en especial, el indispensable aporte de las mujeres negras y mestizas a lo largo de la historia y hasta la actualidad.

Diseñar y difundir campañas mediante los medios de comunicación que rescaten nuestra memoria, que aborden la discriminación, la violencia de género, y que manifiesten las prácticas más comunes de racismo y sexismo que aún persiste en nuestra sociedad con el propósito de educar y hacer una conciencia respecto a estos fenómenos.

Introducir el enfoque de género y antirracista como práctica, además de la literatura escolar, en todos los niveles de enseñanza.

Que las recientes investigaciones sobre raza, género, feminismo, racialidad, discriminación racial, mujeres negras y mestizas, afrodescendientes en Cuba, que se han editado no se queden en la impresión de unos pocos números dispuestos a la venta en selectas bibliotecas especializadas en el país, de forma tal que salga a la luz en otros espacios y puedan llegar a las manos de cualquier persona.

La investigadora Sandra Abd´Allah-Álvarez Ramírez ha escrito también sobre la creación de Observatorios contra la discriminación, como un sistema que permita el enfrentamiento a prácticas discriminatorias de cualquier índole, que incluya tanto acciones educativas como la canalización de críticas, preocupaciones y demandas.

Tampoco puede lograrse una transformación cualitativa en nuestra cultura y nuestras leyes, sin un cambio cualitativo y cuantitativo de la economía.

Crear programas de fomento para las economías locales, especialmente en aquellos territorios urbanos, suburbanos y rurales discriminados geográficamente frente a las nuevas políticas para el cuentapropismo y las pequeñas empresas, donde existe una sobrerrepresentación de personas negras, y en la misma medida, de mujeres negras y mestizas en total desventaja ante estas nuevas oportunidades. Permitir y estimular la creación de cooperativas en estos espacios, y que a su vez, puedan ser sujetas crediticias por los Bancos nacionales para el comienzo de sus emprendimientos, no sería una idea desbocada. Con ventajas también impositivas y fiscales.

Reestructurar la política de cuidados que ofrece el estado cubano mediante los círculos infantiles se hace urgente. Rediseñar las estrategias de prioridad para la matrícula en las guarderías, y que incluyan también a aquellas madres que han perdido el empleo o que anhelan acceder al mercado laboral. Incentivar las cooperativas de cuidados, donde el estado pueda figurar como aliado, y a su vez establecerles una cuota mínima para madres en desventaja social, según sus ingresos, pudiera ser una propuesta fértil.

Bibliografía:
Barcia, María del C. “Mujeres entorno a Minerva”, en Afrocubanas: historia, pensamiento y prácticas culturales. La Habana: Ciencias Sociales, 2011. En: https://leer.amazon.com.mx/?asin=B07G5KTTVW [11.09.2018].
Céspedes, África de. “Reflexiones”. Minerva, num. 10 (Febrero 1889): 2-5.
Colón, Michel. “Racismo y feminismo en Cuba: ¿Dos mitades y una misma naranja? Claves históricas para su estudio. Boletín Americanista, num. 72 (2016): 179-198. En: https://dialnet.unirioja.es/ejemplar/433999 [20.10.2018].
Constitución de la República de Cuba, Gaceta Oficial de la República, La Habana, 24 de febrero de 1976
Constitución de la República de Cuba, Gaceta Oficial de la República, La Habana, 11 de abril de 2019.
Díaz, Teresa. “Palabras que definen: Cuba y el feminismo nuestroamericano”. Movimientos de mujeres y lucha feminista en América Latina y el Caribe. Buenos Aires: CLACSO, 2016.
Font, América. “Mis opiniones”. Minerva, num. 3 (Noviembre 1888): 2-3.
Hill, Patricia. “Rasgos distintivos del pensamiento feminista negro”, en: Feminismos Negros. Una antología. Madrid: Traficantes de sueños, 2012.
Katerí, Tanya. La subordinación racial en Latinoamérica. El papel del Estado, el derecho consuetudinario y la nueva respuesta de los derechos civiles. La Habana: Fondo Editorial Casa de las Américas, 2016.
Ley Fundamental. Gaceta Oficial de la República, La Habana, 7 de febrero de 1959
Ley 62 “Código Penal Cubano”. Gaceta Oficial de la República, La Habana, 30 de abril de 1988.
Morales, Esteban. “Desafíos de la problemática racial en Cuba”, en Raza y Racismo. La Habana: Editorial Caminos, 2017.
Romay, Zuleica. Elogio de la altea o las paradojas de la racialidad. La Habana: Fondo Editorial Casa de las Américas, 2014.
Rubiera, Daysi. “Apuntes sobre la mujer negra cubana”, Cuban Studies, num. 42 (2011): 176-185. En: https://www.jstor.org/stable/24487509?read-now=1&seq=1#page_scan_tab_contents [10.11.2018]
Truth, Soujourner. “Sufragio femenino”, en: Feminismos Negros. Una antología. Madrid: Traficantes de sueños, 2012.

Publicado en la revista De este lado, edición Número 4, Enero-Junio de 2019.

*El grupo Afrocubanas fue fundado por Paulina Márquez, Carmen González, Sandra Abd´Allah-Alvarez Ramírez, Inés María Martiatu y Daysi Rubiera.

Foto de portada: Sandra Abd´Allah-Alvarez Ramírez

Notas sobre en un taller antirracista acontecido en La Habana

Andando por las redes, especialmente por los grupos de personas identificadas con la negritud vi algo que llamó la atención: parte de la publicidad que sobre productos afrocubanos se realiza, tienen como protagonistas a personas afrodescendientes de pieles más claras. Ante esta observación y conversando con un amigo, me propuse facilitar el acceso de las activistas afrocubanes a conceptos actualizados de racismo, discriminación racial, colorismo, discriminación positiva, entre otros.

Con esas preocupaciones armamos con Annia Liz y Julié Arianne, gestoras e integrantes de «Lo Llevamos Rizo«, proyecto pionero de afrobelleza en Cuba, el taller «Críticas contemporáneas al Racismo y a la Discriminación Racial», desarrollado el 4 y 5 de diciembre en la Casa de África de La Habana Vieja.

Los objetivos del encuentro fueron los siguientes: propiciar el acceso a los principales hallazgos científicos e información actualizada sobre el tema; conocer de proyectos exitosos nacionales y regionales de activismo afrodescendiente y propiciar el trabajo en conjunto con proyectos e iniciativas cubanas en el campo del antirracismo y el afroemprendimiento.

El evento tuvo dos tipos de sesiones; en las mañanas las exclusivas para activistas antirracistas, donde alrededor de 25 personas trabajamos las temáticas antes mencionadas.

Las tardes acogieron las sesiones fueron abiertas. El día 4 desarrollamos el Panel de Iniciativas Antirracista con el objetivo de presentarlas público y en día 5 tuvo lugar la Expo «Rizos en el Aire», donde más de diez afroemprendimientos cubanos compartieron conjuntamente con la población.

Los participantes en las sesiones de la mañana procedían no solo de La Habana, sino también de Cárdenas y Matanzas pues nos propusimos que no fuera un taller meramente habanero.

Fueron dos días de trabajo intenso, sin contar todas las sesiones previas de preparación. El equipo de «Lo llevamos Rizos» organizó uno de los eventos más suigeneris que han tenido lugar en La Habana, sobre antirracismo, entre otras cosas, por la cantidad personas que asistieron entre los dos días a las sesiones vespertinas, yo juraría que más de 150 personas sin contar a les organizadores. También el hecho de que tuviera una salida directa a la comunidad fue uno de los valores de este taller. Varias personas se nos acercaron para hacernos notar que no tenían idea que, por ejemplo, desde hace muchos años existe la Cofradía de la Negritud. Solo por lo anterior valió la pena el esfuerzo.

Además, durante el evento fue lanzado el playlist «Afrosekuela» curado por la reconocida Dj cubana Ained Cala,  quien pertenece a la única productora cubana de música afrourbana Guámpara Producciones.

Constamos además con la profesionalidad de Mercedes Prendes y el desfile de peinados infantiles.

Sinceramente, de todas las actividades que yo he podido organizar/participar en Cuba, este Taller ha sido el más bello, ese contacto con personas procedentes de las diferentes esquinas de la sociedad cubana, poder tomarle el pulso al afroemprendimiento cubano y a las novedosísimas iniciativas que sobre negritud, orgullo negro y afrodescendencia tienen lugar ahora mismo en La Habana, son oportunidades invaluables.

Yo personalmente he salido muy crecida y siento, con honestidad absoluta, que el Taller me trajo más a mí que lo que yo pude haberle aportado al mismo. Confirmé además que ya no somos los 44 gatos antirracistas que participábamos de todos los espacios hace unos años atrás, repitiéndonos una y otra vez. Existen ya al menos dos generaciones más de gente joven luchando contra el racismo y la discriminación racial, ya sea directa o indirectamente, algunas llevando un afro, otres reflexionando sobre la exclusión. De esta manera, me emocioné mucho cuando entre las expositoras encontré a Rusy, la hija de mi colega y compinche Yulexis, niña a quien vi crecer y que ahora participa del proyecto Turban Queen Cuba.

La gente joven además usa sin peros ni temores las redes sociales. En ese sentido, elles están a diez años luz del antirracismo tradicional que aún continua casi exclusivamente sumido en la retórica del libro y el artículo científico, como si ambos escenarios no fueran negociables o compatibles, o sea, antagónicos.

Quedo agradecidísima a quienes participaron en su concepción, logística, estuvieron allí presentes, participaron el taller, expusieron sus productos. También a la Casa de África por su acogida, especialmente a Ana Morales, médica de profesión y quien otrora fuera dueña del restaurante África Mía, que sepamos el primero en Cuba de su tipo. A Nancy Cepero por su catering vegano, delicioso y nutritivo.

¡Cuba cambia mi gente!

Foto de portada: Argelia Fellove del proyecto Afrodiverso.

Violencia machista en Cuba: Sobre una Solicitud a la Asamblea Nacional

He dicho muy poco, aunque he trabajado mucho para eso) sobre la Solicitud de una Ley Integral de Género contra la Violencia de Género en Cuba que tuve a bien firmar, que firmaría nuevamente a pesar de mis MIEDOS (el mayor es que no nos respondan o no tengan en cuenta nuestra solicitud); y que rubriqué, además, porque soy ciudadana cubana, con residencia permanente en Cuba, con carnet de identidad y si fuera un carro tuviera chapa cubana.

Después de haber leído algunos comentarios, reportes, noticias, etc., donde he encontrado pifias, tergiversaciones, críticas, sugerencias y algunas buenas intenciones de esas que nos llevan al infierno, me decido a precisar algunos aspectos.

Lo que se entregó a la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP) es una SOLICITUD que contiene tres puntos muy claros:

1) Incluir en el cronograma legislativo previsto la elaboración de una Ley Integral contra la Violencia de Género;

2) Constituir un grupo asesor cuya composición sea de conocimiento público, integrado por personas con trabajo en el tema, que acompañe el proceso de redacción del proyecto de Ley. Solicitamos que en el grupo haya representación de distintas regiones del país y sectores sociales;

3)Recibir y procesar propuestas de la ciudadanía en el proceso de elaboración de la Ley Integral contra la Violencia de Género.

Repito, es una SOLICITUD no es un proyecto de ley ni es una agenda. Por lo tanto, hacerle peticiones a ese documento es completamente desatinado. Para ello está el momento de redacción de la Ley, proceso ante el cual tenemos que ser proactives: proponer, sugerir, criticar, etc. Además se nos tiene que conceder esa posibilidad, la cual es uno de los objetivos antes mencionados: QUE NOS DEJEN PARTICIPAR.

Las 40 personas firmantes de la Solicitud son todas ciudadanas cubanas con residencia permanente en Cuba, aun cuando algunas se encuentren (por una u otra razón) también viviendo fuera de territorio nacional. Nosotres tenemos los mismos derechos y obligaciones que quien vive en Cuba los 12 meses del año, entre ellos la posibilidad de presentar una solicitud a la ANPP. Quien considere lo contrario está arbitrariamente violando la ley de migración de Cuba que se actualizó en el 2013. A quién le incomode, al menos ha de reconocer que su cabecita funciona con el binomio «cubanos de adentro-cubanos de afuera», a pesar de que existimos otres que residimos tanto afuera como adentro.

Tanto esas 40 personas firmantes como las 800 que apoyan la Solicitud, como también entre quienes no han firmado el documento (su derecho y su izquierdo) hay gente muy valiosa con un recorrido en el tema, ya sea desde el activismo, la academia, las investigaciones, las ciencias jurídicas, las artes, etc. Ojalá se nos permita poder acompañar ese proceso que sabemos ya fue iniciado, porque es un secreto a voces que se está escribiendo «algo». Lo que sucede es que, como falta transparencia, no sabemos qué, cómo ni por quién .

Por otra parte, esa Solicitud no tiene que describir todas las formas de violencia de género que existen. Son muchas; algunas más visibles como el acoso callejero, otras menos como la violencia simbólica y otras tan aparatosas como el actuar de la policía no solo con las mujeres disidentes sino también por ejemplo, cuando hombres policías vestidos de uniforme piropean a una mujer, lo cual es mucho más que acoso callejero.

Entonces, afilen sus plumas, para escribir, proponer, participar. Si algo bueno tiene esta Solicitud es que sienta las bases para que personas naturales cubanas decidan pedir públicamente, y por los canales correspondientes, la inclusión de una norma para un asunto en específico. Sin duda alguna, es un paso de avance. Si tiene preguntas al respecto vaya al artículo de El Toque, allá se explica muy bien este punto.

Del mismo modo, la Solicitud presentada a la ANPP está reconociendo que NECESITAMOS UNA LEY INTEGRAL, no únicamente la transversalización de las normas ya existentes (o por crear) con una perspectiva de género. Las razones son muchas, en mi opinión, la posibilidad que brindaría de poder trabajar de manera integral y al mismo tiempo individualizada e incisiva en la educación, prevención, apoyo a las víctimas, mujeres policías en las estaciones que reciban a las víctimas, rehabilitación de los victimarios, el establecimiento de refugios, etc. Lo anterior solo lo podría facilitar la existencia de una LEY INTEGRAL.

Como quiera que sea la existencia de la una LEY INTEGRAL también implica transversalizar las ya existentes, para que estas respondan de manera coherente a aquella otra y no existan ni contradicciones ni vacío legales.

El 13 de febrero próximo se vence el plazo, fijado en 60 días hábiles, para recibir una respuesta de la Asamblea Nacional de Poder Popular. Queda tiempo aún para seguir divulgando esta iniciativa y sobre todo para continuar movilizando a todos en contra de la violencia machistas.

Si quieres apoyar la Solicitud de Ley Integral contra la Violencia de Género en Cuba, envía un mensaje a cubaleyviolenciadegenero@gmail.com con tu nombre y apellidos.

¡Será Ley!

#YoSíteCreo
#YoSíteCreoenCuba
#MeToo
#NoalaViolenciadeGénero
#NiUnaMenos
#LeyIntegralContralaViolenciadeGénero
#SeráLeyenCuba

Argelia Fellove es una dura

Por Abraham Jiménez Enoa

Alberto está a medio vestir. Tiene aún los labios pintados con un creyón carmesí, el cinto desabrochado, la camisa por fuera, el rostro sin maquillar. Olvidó en casa el espejo de mano y eso lo ha retrasado. No le queda de otra que ir del baño de los hombres al de las mujeres para terminar de alistarse. Porque en el baño de los hombres hay un solo espejo y ya está América maquillándose. Y porque en el Club Tikoa no hay camerinos, los artistas se acicalan en los lavabos.

Mientras espera que el baño de mujeres esté desocupado, Alberto va adelantando, a ciegas, lo que puede. Parado en el pasillo, que separa los dos lavabos, saca una carterita pequeña donde guarda su kit de maquillaje. Primero se echa base en el rostro, después se pone un reloj con manilla de cuero en la muñeca derecha y luego se cuelga una cadena de oro falso.

Al baño de mujeres han entrado dos señoras. Hasta que no salgan, Alberto no acabará de vestirse. Debajo de la camisa tiene puesto una faja. «Ayer la lavé tarde y hoy me la he tenido que poner húmeda», dice con molestia. Gotas de sudor le empiezan a correr por la piel. No hay ventanas. Sacude una toalla pequeña para echarse aire y refrescar.

Cuando las señoras salen, Alberto entra de inmediato, cierra la puerta. El baño está en penumbras. El fuerte olor a orine repugna. El espejo, colgado en una de las paredes, es ancho, con un marco de madera recién pintado. Alberto observa su cuerpo del abdomen hacia arriba. En silencio, mientras se maquilla, mientras delinea y pinta sus cejas, mientras riega en su cara las tortas de base que antes se había untado sin mirar, mientras se estira el pelo y se hace un moño corto, Alberto entierra una vida anterior para emprender un nuevo viaje.

Cada trazo de maquillaje cura un poco y cicatriza las heridas del pasado, son un grito de desahogo. Con el polvo, la mascarilla, las cremas, no solo se transfigura, sino que encuentra la puerta de salida hacia la libertad. Finalmente sale de la oscuridad y camina bajo el sol.

Alberto tiene rapada la cabeza de la mitad hacia abajo. Esos pelos no han ido a parar al cesto de basura, los guarda en un recipiente plástico, y luego, poco a poco, los va colocando en la barbilla con una especie de pegamento. Más tarde toma una cuchilla y define los contornos de su barba postiza. «Un día tuve que hacerme los cortes con el carnet de identidad porque la cuchilla se me cayó en la taza del baño», cuenta.

El público entra mientras Alberto y América terminan de prepararse para salir al escenario. Se supone que a las tres de la tarde comience la peña «Sabadazo» en el Tikoa, uno de los clubes subterráneos de la céntrica calle 23 del barrio del Vedado en La Habana.

El Tikoa es un antro. Oscuro, casi tremebundo, un refugio de la ciudad. Detrás de la barra está de pie la única muchacha joven de la tarde. Viste de negro, es negra. La joven tiene los pómulos muertos, parece una mujer marchita, como mismo la nevera del lugar es un cadáver en descomposición: no congela del todo, guarda apenas un par de refrescos enlatados de sabor naranja y solo se puede cerrar con un candado oxidado. De más está decir que no hay cerveza ni hielo, ron es lo que hay.

La entrada cuesta diez pesos cubanos –cincuenta centavos dólar– y la velada dura hasta las siete de la noche. A las tres de la tarde el sol de agosto en La Habana es inclemente, la temperatura puede sobrepasar los 35 grados Celsius, pero dentro del Tikoa hace frío. Un enorme aire acondicionado, que gotea y ronronea, hace que la mayoría de las personas tirite sentados en sus mesas y sillas. Luces fluorescentes, figuritas indescifrables. Todos, sin excepción, pasan los cincuenta años.

El director artístico de la peña entra al baño para ver qué falta. Alberto ya está listo y toma un trago de vino tinto. Luce como un señor de la década del cuarenta: camisa y sombrero blanco, saco beige de rayas finas, cinto y zapatos puntiagudos de color carmelita. América, un señor de más de sesenta años, aún está en blúmer y medias pantis. Estirándose las cejas, frente al espejo del baño de los hombres, hace un chiste: «El mundo está al revés, las mujeres andan de hombre y los hombres de mujeres. ¿Verdad Argelia?», le pregunta a Alberto.

***

Argelia en su casa / Foto: Abraham Jiménez Enoa

A sus 52 años, Argelia Fellove Hernández no sabe de dónde ni cómo sacó fuerzas para no quebrarse en el camino. Piensa que pudo haberse quitado la vida. Si no lo hizo fue porque, sin darse cuenta, los acontecimientos en contra la volvieron una coraza a prueba de balas, y ahora no hace más que a avanzar.

Para 2005, no la estaba pasando bien, vivía en un estado de represión interna, deprimida, sin ganas de nada, ni siquiera quería hablar. Sin esperarlo, de pronto, la vida le dio un vuelco. Hacía unos pocos años que se había declarado lesbiana, pero aún no encontraba la manera de asumirse como tal en una sociedad ampliamente homofóbica.

La Cuba de 2005 era todavía el país de Fidel Castro, una isla sin internet, sin que sus ciudadanos pudieran viajar al extranjero o se pudieran comprar una casa o un carro o pudieran pasar unas vacaciones en hoteles. La propiedad privada apenas existía, y era aún más demonizada que hoy.

Con el traspaso de poderes ocurrido entre 2006 y 2008, y ya con Raúl Castro como presidente, la sexóloga Mariela Castro, una de sus hijas, logró impulsar la agenda del Centro Nacional de Educación Sexual(CENESEX), una institución que aún dirige en la actualidad y que desde su fundación, en 1989, aboga por defender los derechos de las minorías sexuales.

En ese entonces, una amiga le recomendó a Argelia Fellove acudir al CENESEX. Le comentó que había un grupo de mujeres lesbianas y bisexuales, casi todas intelectuales, que se reunían para intercambiar experiencias personales y ayudarse unas a otras. El espacio no solo comprendía el trabajo en grupo, sino que también, allí, recibían talleres, cursos y conferencias magistrales que las ayudaban a afrontar, con dignidad y mayores herramientas, el juicio de la sociedad en la que vivían. El grupo se nombra Oremi, que significa «amiga de confianza» en una lengua religiosa nigeriana.

«Luego de mi primer día, de escuchar a aquellas mujeres hablar de sus vidas y de ver que estaban pasando por lo mismo que yo, me fortalecí y comencé a desprejuiciarme», cuenta catorce años después. Cuando salió de ese encuentro, caminó por primera vez al lado de una mujer masculinizada en apariencia sin sentirse apenada por ello.

Argelia se hizo fija en Oremi, los talleres y charlas que recibió le fortalecieron el alma. Comenzó a crecer dentro de ella una necesidad de vomitar en seco y expulsar el pasado que tenía atorado en la garganta. «Me ayudaron a empoderarme y a romper mi silencio», asevera. Se volvió una líder, hizo de su propia vida un espejo público, donde cualquier mujer pudiera venir a mirarse, a tomar fuerza con su imagen.

Argelia / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Negra, de un metro y ochenta centímetros de estatura, sin haber cursado estudios universitarios, Argelia Fellove se volvió la coordinadora en La Habana de la Red de mujeres lesbianas y bisexuales.

«El objetivo de la red es visibilizarnos, promover la salud sexual integral y la prevención de las enfermedades de transmisión sexual y el VIH Sida, darles a las muchachas las herramientas y recursos para conocer nuestros derechos sexuales dentro de la Carta de los Derechos Humanos. Reconocernos como mujeres íntegras en la sociedad e insertarnos en ella. Nosotras luchamos contra la violencia hacia las mujeres y niñas», declara como un mantra.

La red tiene una sede en cada provincia de Cuba, y Argelia es la coordinadora en La Habana desde hace catorce años. Una vez al mes se reúnen para charlar y auparse. Al encuentro, Argelia lo llamó «la caldosa diversa», una especie de ajiaco donde lo mezclan todo y le sacan provecho, dice. Cada quien un poco de sazón.

Oremi fue un alumbramiento para Argelia Fellove. Una revelación que, quizás, sea la más importante en sus 52 años. Todo lo que es Argelia hoy se lo debe al hallazgo de Oremi. Pero se trata, a la vez, de un proyecto institucional que se rige por políticas estatales, de ahí que en 2016 Argelia sintiera la necesidad de tener algo propio, algo con su desenfado, sus intenciones, sus maneras de proyectarse.

Desde 2007, sin percatarse, dio los primeros pasos hacia ese terreno suyo, cuando comenzó a amenizar los encuentros de Oremi con presentaciones mínimas. Le añadió a las charlas, las tertulias, las conferencias y las mesas redondas, una dosis de relajación para liberar las tensiones que se generaban al interior de los encuentros. Argelia comenzó a declamar y a leer poemas disfrazada de hombre.

«Antes yo era más cómica, ya no me sale esa veta, debe ser que tengo muchas cosas en la cabeza ahora», recuerda. Por aquellos años, Argelia Fellove imitaba a Luis Carbonell, a Alden Knight, todo era un hobbypara ella. «Me aprendía más rápido una canción que un poema, entonces empecé a montarlas».

Argelia cantando en Rompiendo la rutina
Argelia cantando en Rompiendo la rutina / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Memorizó las letras de cinco baladas románticas pop del momento: Es por amor de Alexander Pires, Amiga mía de Alejandro Sanz, Me dediqué a perderte de Alejandro Fernández, y A puro dolor de DLG en versión balada y en versión salsa. Le pidió prestada una muda de ropa a uno de sus cuñados. El hombre pertenecía a la Sociedad Secreta Abakuá, una secta religiosa exclusivamente de hombres que se fraguó en Cuba en el siglo XIX. Primero, como es de suponer, se negó, pero luego Argelia lo convenció con plegarias. Con ese juego de camisa y pantalón se presentó las primeras veces en Oremi y en las peñas culturales del CENESEX.

Argelia llevaba las canciones en un CD y las doblaba mientras se desplegaba en el escenario. Era tan contagiosa y potente la imagen que Argelia ofrecía, que la gente, en cada presentación, se olvidaba que detrás de aquel personaje había una mujer. Sin su consentimiento, le empezaron a llamar Alberto. Se le quedó acuñado.

«En esa época había tanta discriminación y había tan pocos transformistas en el país, que por falta de espacios donde presentarme y por exclusión, decidí abandonar aquella idea de empezar una carrera artística en serio en el transformismo», rememora Argelia.

Casi diez años después volvió al ruedo. El contexto cívico cubano había cambiado un tanto y las personas de la comunidad LGBTI, autorización gubernamental mediante, comenzaron a tener espacios de legitimación. La coyuntura favorable posibilitó que, a través del proyecto Oremi, el CENESEX diera luz verde a una idea de Argelia Fellove: una peña educativa cultural desde el transformismo masculino.

Una vez al mes, en el cine Acapulco de La Habana, Argelia abrió un espacio que aún hoy sigue vivo. Con la peña en sus hombros, el retorno de Alberto no se hizo esperar. «El cuerpo me lo pedía, regresé hasta con un repertorio nuevo de canciones», dice. En poco tiempo, la peña sirvió para incentivar el transformismo masculino en la capital de la isla. En un abrir y cerrar de ojos, a Alberto lo acompañaron también siete transformistas. Así surgió el movimiento de transformismo masculino en Cuba.

La nueva versión de Alberto estaba pensada para hacer bailar. Sin desechar las baladas románticas de antaño, su nuevo repertorio intentaba generar empatía e interacción, que todos se pararan de sus sillas. La rumba y la salsa cubana se convirtieron su carta de presentación. El público no tardó en apodarlo «El Salsero».

Argelia Fellove modificó esta vez el apodo: «El Salcero». Sin cambiarlo del todo, le añadió un mensaje: cero discriminación, cero violencia, cero todas las segregaciones.

***

Para el pasado 11 de mayo de 2019 se había programado la acostumbrada Conga contra la homofobia, el evento cumbre dentro de la jornada nacional que realiza el CENESEX para celebrar el día internacional del orgullo gay. Pero, a diferencia de los doce años anteriores, esta vez la conga fue suspendida por el gobierno. Los miembros de la comunidad LGBTI, que decidieron salir a la calle a reclamar sus derechos, terminaron sometidos a una brutal represión policial.

Marcha comunidad LGTBIQ en La Habana, Cuba / Foto: Alba Graciela

El CENESEX, en un comunicado de prensa cargado de ambigüedad, dijo que la cancelación se debía a «la actual coyuntura que está viviendo el país» y «determinadas circunstancias que no ayudan a su desarrollo exitoso». De esta manera, la comunidad LGBTI se quedaba sin su día de fiesta. Pero esta vez decidieron no acatar la orden central y celebrar a cualquier precio.

Rostros ensangrentados, policías vestidos de civiles estrangulando a manifestantes, personas cargadas en peso entre tres o cuatros represores, gente encarcelada. Esas fueron algunas de las postales que dejó la pacífica marcha de reclamo.

«Es un evento que sucede una sola vez al año, por eso todas las coordinadoras provinciales de la red nos habíamos puesto de acuerdo para aglutinar a los miembros y participar. Era una marcha pacífica. Si pasó lo que pasó es porque estaba premeditado», opina Fellove, a quien, un día antes de la manifestación, una miembro de Oremi le notificó que habían llamado del CENESEX para advertirles que no acudieran.

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«Ahora no hay UMAP, pero la sociedad cubana es homofóbica, patriarcal, machista, heterosexista, misógina y racista». Argelia se refiere a las llamadas Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP), especies de campo de trabajo forzado que entre 1965 y 1968 Fidel Castro instauró en la provincia de Camagüey para supuestamente reeducar a homosexuales, prostitutas, religiosos, proxenetas, delincuentes y desafectos del régimen.

No hay consenso alrededor de las cifras de cubanos que padecieron esa experiencia, aunque la mayoría de los datos refieren a 25 000 personas en tres años. Raúl Castro, en ese entonces ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), declaró en un discurso de abril de 1966: «Se incluyeron a algunos jóvenes que no habían tenido la mejor conducta ante la vida, jóvenes que por la mala formación e influencia del medio habían tomado una senda equivocada ante la sociedad y han sido incorporados con el fin de ayudarlos para que puedan encontrar un camino acertado que les permita incorporarse a la sociedad plenamente».

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Argelia y su proyecto Afrodiverso / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Argelia quiso desarrollar también un proyecto independiente a Oremi y al CENESEX, flexible e itinerante, más inclusivo. Así nació Afrodiverso, «dirigido a mujeres lesbianas, negras y afrodescendientes. Un proyecto para empoderarlas desde su propia historia y su origen. Reidentificando sus esencias como mujer desde el arte inclusivo del transformismo masculino», afirma.

El último censo de población y viviendas se realizó en Cuba en 2012. La composición racial de los 11.2 millones de habitantes fue identificada de la siguiente manera: 64,1% blancos, 26,6% mestizos, 9,3% negros. Incluso los expertos de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONEI) apuntan que estos resultados son poco fiables, pues provienen de valoraciones de los propios ciudadanos, quienes, en su mayoría, no se reconocen como afrodescendientes.

En cambio, en 2018, el Centro Nacional de Genética Médica desarrolló un estudio que determinó que todos los cubanos son mestizos, independientemente del color de la piel. El estudio declaró los orígenes de la población cubana y los identificó de esta forma: 2% chinos, 8% aborígenes de las poblaciones mesoamericanas y sudamericanas, 20% africanos (principalmente de Benín, Nigeria, Camerún, Gabón y Angola) y 70% europeos (predominantemente España y algunas zonas de Italia).

El politólogo Esteban Morales dice: «La masa poblacional cubana es tratada de manera homogénea. Lo cual es un error de magnitud incalculable. Dado que blancos, mestizos y negros, no han tenido, históricamente, un punto de partida común: los blancos llegaron como colonizadores, los negros como esclavos y los mestizos son el resultado de la paulatina mezcla, principalmente, de ambos grupos».

Argelia Fellove pensó Afrodiverso no solamente como una punta de lanza para combatir la discriminación racial de las mujeres lesbianas y bisexuales en Cuba. El proyecto va más allá, es un saco donde ella va echando todo lo que, desde al arte del transformismo masculino, le parezca que puede mejorar la vida de las personas en comunidades más vulnerables.

Por eso se fue hasta Barrio Azul en Santa Amalia, un suburbio intrincado en la periferia de La Habana, y fundó un grupo de baile para niñas que nombró Las oremisas del futuro. Y por eso, también, el día de la infancia viajó hasta el municipio Melena del Sur de la provincia de Mayabeque y realizó un concurso infantil de cuentos que terminó en una gran fiesta con regalos para todos los participantes.

Argelia saluda a niños en la calle / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Argelia no cobra un solo peso por todo lo que hace. «Mi ganancia es sencillamente espiritual», dice. Con sus propios medios mantiene Afrodiverso en pie, gracias sobre todo al apoyo de amigos que donan materiales con bastante frecuencia. Las donaciones van desde lápices de colores, crayolas, juguetes, pedazos de tela, galleticas, hasta ropa y zapatos usados que Argelia vende y, con el dinero recaudado, adquiere lo que necesita.

Sandra Álvarez es la autora de Negra cubana tenía que ser, el primer blog cubano sobre racismo, racialidad y feminismo negro. Sobre la labor de Argelia Fellove opina: «Es una luchadora, Argelia significa resistencia, aprendizaje, paz, flexibilidad y también convicciones».

***

Durante las primeras décadas del siglo XX, la abuela materna de Argelia Fellove, Matilde Hernández, fue por años una de las criadas de José Arrechea, patrón de una de las familias más acaudaladas de la ciudad de Trinidad, Sancti Spíritus. Arrechea mantenía en secreto una relación con aquella criolla hermosa, la tenía como su complaciente.

Matilde quedó embarazada una de esas tardes en que Arrechea se escapaba de su familia y se metía a algún cañaveral o a algún cuartucho dentro de su propia finca y la obligaba a tener sexo con él. Ahí nació Trinidad Margarita Hernández, madre de Argelia.

Trinidad creció en los cuartos de criados, la cocina y los patios de la finca de los Arrechea. Su padre, José, nunca la reconoció y lo único que hizo por su hija, de vez en cuando, fue dejarla entrar a la sala de la casa para que jugase con sus desconocidas hermanas blancas. Trinidad aún está viva, padece de alzhéimer a sus 86 años y tiene una paraplejia en la parte izquierda de su cuerpo. Matilde falleció en 1974.

El apellido Fellove le viene a Argelia de su padre, un habanero descendiente de una familia del Congo que había emigrado a Francia y desde allí a Cuba. El padre de Argelia conoció a Trinidad Margarita y vinieron juntos a La Habana. Tuvieron ocho hijos, tres hembras y cinco varones. Argelia nació en 1967, pero no la inscribieron en el registro civil hasta 1970, año en que su padre murió de un infarto.

El padre de Argelia era un obrero soldador y solo pudo dejar como herencia una pensión de 180 pesos cubanos. Trinidad Margarita, que no podía trabajar por su discapacidad, tuvo que criar a sus ocho hijos con ese dinero. La familia vivía en el reparto La construcción en el municipio de Boyeros. Lo que le llaman un barrio “caliente”: broncas, robos, ron y mesa de dominó en las esquinas, música y ruido hasta altas horas de la noche. En esa cotidianeidad crecieron los niños.

«Mi mamá en casa nos daba mucho golpe, mucho golpe, mucho golpe», dice Argelia hasta la saciedad. Reconstruir su pasado es un viaje tenebroso a lo peor de su vida. El rostro se le contrae, la voz sale como un látigo.

La crianza de ocho hijos con tan poco dinero, con tanta carestía y viviendo casi en la miseria, una casucha hecha añicos, sobrepasó a Trinidad Margarita, que perdió los estribos y no encontró otro método de crianza que no fuera la brutalidad desmedida como escarmiento.

Si los niños la molestaban con algún ruido, por hambre o con alguna pregunta cualquiera, Trinidad buscaba un cable de electricidad, les decía que se pusieran todos, los ocho, con las manos y las rodillas en el suelo, en cuatro, con las nalgas para ella, y los azotaba hasta verlos llorar. A las tres hembras, a veces, les pellizcaba los senos.

Crecer entre golpes generó que los muchachos se volvieran unas pequeñas bestias agresivas. Toda la infancia transcurrió en casa de los Fellove como si estuvieran en una batalla campal. A diario, unos a otros se lanzaban cazuelas de cocina, piedras, se perseguían con palos o bates. Todo ocurría delante de los ojos de la madre, a quien aquello le parecía un comportamiento normal y observaba tranquila semejantes escenas. Trinidad Margarita, mientras uno de sus hijos le rompía la cabeza a otro de un mazazo, bien podía quedarse sentada en un butacón arreglándose las uñas o salir a la calle a caminar sin más.

Argelia en su cuarto / Foto: Abraham Jiménez Enoa

«Uno de mis hermanos tenía una esquizofrenia adictiva al golpe. Cuando estaba aburrido, bajaba y le escupía la cara a un policía para fajarse. Después que la policía lo molía a golpes, regresaba al otro día tranquilito a casa», recuerda Argelia.

Todos los días Argelia Fellove iba a la escuela primaria con el uniforme escolar sucio y estrujado. Alternaba con uno de sus hermanos unas botas de hombre, un día él, un día ella. Cuando no le tocaba el turno de las botas, llegaba a clases con unas chancletas rotas amarradas con una cuerda de saltar. Como en casa no podía estudiar, sus notas académicas eran malas.

Según ella, ser negra, pobre y con bajo rendimiento escolar la condenó. «Los niños de la escuela y del barrio me hacían mucho bullying, no paraban de darme golpes», dice y repasa un pasaje que le viene a la cabeza: «Una vez cuatro o cinco niños me llevaron para la parte de atrás de la escuela y me manosearon a la fuerza, por detrás y por delante, con ropa».

Los profesores de las escuelas del reparto La construcción también estaban marcados por la violencia. Probablemente habían nacido en esa zona y padecieron las mismas complicaciones intrafamiliares de Argelia, o similares. De lo contrario, uno no se explica cómo, para imponer la disciplina en clases, le pegaban con reglas metálicas a los estudiantes o los mandaban a una esquina del aula y los ponían de rodillas por portarse mal. Antes de poner las rodillas en el piso, les colocaban debajo chícharos o tapitas de botellas de los refrescos de la merienda.

Los ocho niños estaban anémicos. La pensión del padre fallecido no alcanzaba para ponerle todos los días a cada uno un plato en la mesa. Una bondadosa vecina intentaba ayudar a la familia, en algunas ocasiones, ofreciéndoles un poco de comida. Argelia iba con una cantina metálica, pero muchas veces regresaba con la cantina vacía. «El hijo de ella me esperaba en la escalera de su casa para masturbarse y yo no subía», confiesa.

Pero lo más traumático de la infancia de Argelia Fellove no fue eso. En las noches, los hermanos dormían en un colchón relleno con paja del que salían pulgas y otros insectos. Para que cupiesen la mayor cantidad de niños, la madre les ordenaba acostarse de forma transversal. De todas maneras, el espacio era demasiado pequeño para que cupiesen los ocho. Siempre alguno quedaba fuera. Ese era el más perjudicado.

«Mi hermano mayor lo sacaba y se lo llevaba al baño para hacer sus fechorías», cuenta Argelia. Dámaso Fellove, el mayor de todos, ya con 14 años medía cerca de dos metros de estatura. En las madrugadas, despertaba no solo al hermano que quedaba esa noche fuera del colchón, sino a otro más, hembra o varón, no importaba el género. Iba con ambos al baño y llevaba también una silla y una soga. Allí preparaba su diabólica violación.

Al hermano que escogía primero, lo subía en la silla y luego le ponía la soga al cuello como para ahorcarlo. Al otro, le daba una punta de la soga y le indicaba que, cuando penetrara al hermano escogido, si este gritaba, inmediatamente tirara de la soga para estrangularlo hasta que dejase de chirriar. Así no se despertaban los demás. Después los cambiaba uno por otro y repetía las mismas macabras indicaciones.

«Nos obligaba a tener sexo oral, nos teníamos que tragar su semen y su orine», asevera Argelia Fellove con los ojos aguados y la voz entrecortada. Regresar a esas imágenes la laceran, la hacen temblar.

Argelia y su madre / Foto: Cortesía de la entrevistada

Mientras, Trinidad Margarita dormía a pierna suelta en el cuarto contiguo. No era que no supiera del abuso y la violación que su hijo mayor cometía en las noches, era que se hacía la desentendida por miedo. Dámaso la tenía amenazada, era capaz de demolerla a golpes si tomaba partido en el asunto. Las noches de infancia de los Fellove eran el infierno.

«Estuve ingresada gravísima en el hospital con gastroenteritis, por poco me muero», dice de tajo Argelia, después de tomar aire. Su cuerpo de niña pequeña –tenía entre cuatro y siete años cuando esto ocurrió– no pudo soportar tanto abuso y estuvo a punto de quebrarse.

La situación de abuso y violación era tan extrema que un día Argelia y los hermanos más pequeños jugaban a los escondites cuando, por puro azar, la niña entró corriendo al cuarto de su abuela para esconderse allí y la imagen que encontró la marcó para siempre: la abuela Matilde estaba boca abajo, desnuda, casi desmayada, sobre unas sábanas embarradas de heces, y encima Dámaso abusaba de ella.

Gertrudis, la mayor de las hermanas hembras, era la única que se le enfrentaba a Dámaso y denunciaba ante su madre los atropellos de su hermano. «Mi madre le daba golpes cuando le reclamaba algo. Estábamos indefensos», sentencia Argelia. A Gertrudis le llegó el preuniversitario, que era un internado, y se fue de la casa. «Nos jodimos. Mi otra hermana, Griselda, tuvo que hacerse novia de Dámaso para quitárnoslo de encima por un tiempo».

Con el noviazgo de los hermanos, los abusos de Dámaso menguaron, aunque, a cada rato, hacía de las suyas. «Un día pasé por delante de él en la sala de la casa y quiso forzarme, salí corriendo, pero fue tras de mí y me tiró un poco de alcohol y fósforo en las piernas, logré escapar», cuenta Argelia, que volvió a ingresar en el hospital por las quemaduras que le provocó aquel incidente.

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Carolina de la Torre, profesora titular de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, es autora del libro Benjamín: cuando morir es más sensato que esperar, testimonio de un joven que se suicidó después de haber sido encerrado en la UMAP.

Sobre los traumas que puede haber generado Dámaso Fellove en su familia, de la Torre opina: «Es un daño enorme, sobre todo por los sentimientos encontrados, por la represión que mete el inconsciente, algo que, como el vapor de una olla de presión tupida, un día puede explotar. El tipo de persona que hace eso es un psicótico. Un retrasado mental por primitivo. O un psicópata disimulado, pero sí culpable, porque sabe la diferencia entre el bien y el mal».

Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), «la mayoría de los niños y las familias no denuncian los casos de abuso y explotación a causa del estigma, el miedo y la falta de confianza en las autoridades. La tolerancia social y la falta de conciencia también contribuyen a que no se denuncien muchos de los casos. Las pruebas indican que la violencia sexual puede tener consecuencias físicas, psicológicas y sociales graves a corto y largo plazo».

Desde 2013, en el país los casos de abuso sexual contra menores de edad quedan registrados en el Informe de Cuba sobre la prevención y enfrentamiento a la trata de personas y la protección a las víctimas, documento que se publica cada año.

Los últimos números son de 2017 y recogen 2019 víctimas. De ellas, 985 sufrieron abusos lascivos; 455, corrupción de menores; 293, violación; 206, ultraje sexual; 52 pederastia; 18 estupro y nueve incesto.

El Código Penal de Cuba, vigente desde 1987, condena estos delitos con agravantes como el grado de parentesco o responsabilidad del victimario con el menor. Las penas van desde multas hasta 30 años de privación de libertad o incluso la pena de muerte, aunque en el país no se ejecuta a nadie desde 2003.

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Al entrar a la secundaria básica, Argelia Fellove escapó de casa. Vio la posibilidad de internarse en una escuela y lo hizo. Eso le garantizaba independencia, alejarse del caos familiar y, muy importante, un plato de comida diario.

Su intención, una vez pasado el preuniversitario, era estudiar Cultura Física, ya que no había podido convertirse en atleta. La habían captado para una escuela de deportes por sus condiciones físicas y su madre nunca aprobó el permiso de matrícula, no se presentó a firmar.

Cuando se graduó de bachiller, sus notas no le alcanzaron para entrar a la universidad. Tuvo que conformarse con un curso de técnico-medio de Estadísticas de Salud. Aprendió a llevar los índices y los indicadores que inciden en las tasas de mortalidad infantil, nacidos-vivos y enfermedades. Trabajó en varios policlínicos del barrio Lawton.

En 1988, un hombre de apellido Santos la detuvo en la calle. Le dijo que estaba captando muchachas jóvenes para que pasaran un curso de arbitraje de atletismo, que, si ella estaba interesada, podía inscribirse. Suerte divina la de encontrarse a aquel señor. Pudo cumplir su sueño y vincularse al deporte.

Argelia Fellove se convirtió en árbitro. Comenzó a participar en eventos nacionales. Sus resultados fueron tan buenos que quedó entre los jueces seleccionados para fungir en los Juegos Panamericanos de 1991 y en la Copa del Mundo de Atletismo de 1992, ambos eventos celebrados en La Habana. Hoy guarda en casa con celo un recorte añejo y amarillo de la revista Bohemia donde se le ve como jueza de meta en una de las carreras por la medalla de oro de los Panamericanos.

Argelia en la revista Bohemia / Foto: Cortesía de la entrevistada

Por su buen desempeño, para estimularla, los directivos políticos del deporte en La Habana le hicieron un regalo: podía matricular en la carrera de Cultura Física. Argelia no lo pensó dos veces. Pero a la altura del cuarto año tuvo que abandonar los estudios. Los problemas familiares continuaban.

Varios de sus hermanos estaban presos, unos por robos con violencia y otros por disturbios públicos. En la casa, la convivencia empeoró aún más. Con el tiempo llegaron a vivir también las novias y novios de sus hermanos y hermanas, y nacieron sobrinos. Tres habitaciones no bastaban para ocho parejas con sus respectivas familias. Las peleas y agresiones físicas sobrepasaron todos los límites en casa de los Fellove.

«No podía concentrarme, tenía problemas de memoria, no me presenté a las pruebas de cuarto año y perdí la carrera», dice Argelia.

La única persona de la familia que iba cada mes a llevarles algo de comida a los hermanos presos era Argelia. Lo hacía porque Trinidad Margarita se lo imploraba. Gertrudis estaba en contra de la actitud de su hermana. Le recriminaba que fuera tan buena con su madre. El 10 de febrero del cumpleaños 33 de Argelia Fellove, Gertrudis, entre cervezas, le contó el porqué de su recriminación.

«Eras muy pequeña para acordarte, pero cuando Dámaso cayó preso la primera vez, mamá nos llevaba a la prisión para que abusara allí de nosotros», dijo la hermana. Argelia asegura que su hermana le contó cómo Trinidad Margarita vigilaba a los instructores de la prisión, en las visitas, para que su hijo violentara a sus hermanos.

Después de la confesión, Gertrudis le pidió un abrazo a su hermana. «Fue la primera vez que la abracé. Nosotros no tenemos educación afectiva, lo de nosotros es caernos a piñazos».

Argelia Fellove dejó de hablarle a su madre durante cinco meses. Luego, una noticia intempestiva hizo que volviera a buscarla: Dámaso había fallecido.

El hermano mayor fue uno de los 125 000 cubanos que se largaron de la isla en 1980. Ante una inminente crisis migratoria, luego de que un autobús cargado de personas rompiera previamente el cerco de la embajada del Perú en La Habana, Fidel Castro decretó ese año la apertura del puerto del Mariel para los ciudadanos que quisieran emigrar por mar hacia Estados Unidos, permitiendo la entrada de las embarcaciones norteamericanas que venían a recoger a sus familiares. Pero Castro añadió a las embarcaciones un peso extra obligatorio: homosexuales, pacientes psiquiátricos y parte de la población carcelaria de la isla.

Dámaso Fellove viajó por esa vía junto a un novio de la prisión. Estuvo libre solo cinco años. En 1985 fue condenado a 48 años de cárcel por delitos de drogas. Allí, pese a su pasado, se hizo pastor de una iglesia cristiana y rompió con su pareja que estaba en libertad para casarse con la pastora que predicaba en su prisión.

«Ese súper abusador, ese hombre podrido, nos mandó las fotos de su boda con la biblia en la mano», rememora una Argelia enfadada.

Unas semanas antes de su muerte, Dámaso Fellove llamó por teléfono a casa. Un cáncer de pulmón lo estaba consumiendo y quería dejarle una herencia a su madre, más allá de todo lo que ya había dejado: había ahorrado 5000 dólares que pensaba mandar a Cuba. El dinero lo enviaría con su antigua pareja gay, pues se había divorciado de la pastora.

Dámaso falleció a los 63 años. Antes de morir, decidió que lo enterraran en Cuba. Incinerar su cuerpo costaba 5000 dólares. «Tocaron a la puerta, era su pareja, me entregó 100 dólares y sus cenizas», cuenta Argelia.

La ex pareja de Dámaso entregó el encargo y se largó. Antes de despedirse dijo: «Denle una cristiana sepultura».

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Argelia Fellove le agarró odio a los hombres. El drama familiar la traumatizó y, sin percatarse, comenzó a exteriorizar toda aquella catástrofe vivida.

Si iba en bicicleta y un hombre al volante de un auto le pitaba, Argelia le gritaba hijo de puta. Si sentía el llanto de un niño a lo lejos, no podía quedarse tranquila, tenía que saber de dónde venía. Se asomaba en las ventanas de las casas ajenas, en los portales. Si un hombre caminaba solo con un niño de manos, ella lo seguía, escondida, la distancia que fuese, hasta cerciorarse de que la criatura no corría peligro. No comprendía cómo una madre podía dejar a un hijo solo en casa con un padrastro, ni a los padres que sentaban a los niños en sus piernas, ni a los que los besaban en la boca o les daban nalgaditas. Todo eso le provocaba un salto en el pecho, la estrujaba.

«Me quedó un trauma que ya se me ha ido quitando, aunque me incomoda saber que hay un montón de depredadores sueltos y que las condenas son muy pasivas», dice Argelia, para después reflexionar: «Te portas bien y te sueltan, te portas bien porque quieres salir a hacer lo mismo, en Cuba no hay un seguimiento psiquiátrico ni psicológico para esa gente, el padre que violó, regresa a la misma casa después de su sanción».

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Hace unos años atrás, por fin, Argelia Fellove logró independizarse de su familia. Se fue a vivir a Párraga, un barrio del municipio Arroyo Naranjo, a nueve kilómetros al sur de La Habana. La zona es un asentamiento rural que se caracteriza por la práctica de las religiones afrocubanas: Santería, Palo Monte, Sociedad Secreta Abakuá.

Allí, levantó un cuartucho en ruinas. Ella misma fundió la meseta de la cocina, le puso azulejos al baño y cableó la electricidad de la que hoy es su casa. Colocó banderas del orgullo gay por todas partes, pegó en la puerta montones de CD usados, encima del refrigerador puso una botella embarrada en cera como si fuera nieve, colgó en la pared una linterna y en el marco de la ventana, que da a la calle, ubicó una plancha que pintó de rojo.

«Cuando llegué, vi mucha violencia, sonaban tiros en las noches, la gente vivía tomando ron en los contenes», afirma. Argelia cambió de hogar, pero no de contexto. No hay diferencias entre La construccióny Párraga, para nada la nueva comunidad le resultó extraña. El jolgorio a toda hora, las peleas callejeras y los rostros descompuestos se repetían. Solo notó un detalle distinto: había demasiados niños con las caras largas, deambulando por las calles desbordadas de basura, sin nada que hacer. Niños a la deriva el día entero, en el abismo de la marginalidad.

No fue una apreciación errada la de Argelia Fellove. Según el Atlas de la Infancia y la Adolescencia en Cuba, a cargo de UNICEF, en Arroyo Naranjo hay 12 651 niños y adolescentes. Es el cuarto municipio del país con un índice (30.53%) más bajo de niños y adolescentes que viven con sus padres y el tercer municipio con índice más alto (19.98%) de los que viven sin ellos.

Ahí regresaron los recuerdos traumáticos de su infancia. Era como si se contemplara a sí misma caminando por el polvo de las calles sin asfaltar, sucia, desgreñada, huyendo de los gritos y los golpes de casa. No pudo más.

A media cuadra de su cuartucho, había un parquecillo abandonado. Tomó un machete y comenzó a chapear la mala hierba que lo inundaba. Recopiló latas de refrescos botadas en la calle, las picó por la mitad, las abrió para hacerles unos cortes a la boquilla y las entrelazó con cintas de casetes de video o de audio. Luego colgó esas latas al flamboyán que se levanta en el medio del parque, quería que simularan unas pequeñas arecas. Pintó y levantó de nuevo la cerca que estaba oxidada en el suelo. Puso un farol. En la entrada afincó una piedra enorme y le escribió a relieve: Afrodiverso. Pintó con cal parte del tronco del flamboyán, y entre sus ramas colgó una tapa metálica de un tanque de agua. Con letras a colores, grabó una versión de la estrofa de una de las canciones para niños de Teresita Fernández: «Vamos Amiguitxs a cantar / Porque tenemos el corazón Feliz».

Argelia Fellove se propuso cambiarles el rostro a los niños del barrio. Su proyecto Afrodiverso lo llevó también a Párraga. Comenzó a impartir talleres donde los niños aprenden a trabajar el papel maché, la cerámica, el dibujo, el corte y costura, el canto. Además, los fines de semana pone música en las tardes con una bocina portátil para que bailen y luego, en las noches, llega el turno de Alberto, quien, desde el transformismo, ofrece un espectáculo cultural con invitados.

«Todo esto tiene que ver con la niñez, la adolescencia y la juventud, que no tuve, con mi silenciada y limitada infancia. Estos niños están necesitados de amor, Afrodiverso es lo único que tienen, no hay más opción en sus vidas. Sin eso, no les queda de otra que correr de aquí para allá y de allá para acá, tirar piedras, recoger cosas de la basura, jugar bolas al dinero, ir a las fincas cercanas a trabajar como hombres para ganarse unos quilos», dice Argelia.

La iniciativa tuvo tanto impacto en la comunidad que el núcleo zonal número 107 del Partido Comunista de Arroyo Naranjo fue a ver a Argelia. Le agradecieron por su labor y le brindaron apoyo. Así, aportaron dos cestos de basura, tres bancos, un columpio, una escalerilla, un tiovivo y una militante retirada para que fungiese de guardaparque.

Nancy Fuentes es la militante enviada. Tiene 58 años, el pelo veteado de canas, la piel quemada. Cuando Argelia decidió reformar el parque, ella fue la única que ofreció ayuda junto a otros dos vecinos. El resto del barrio siguió en lo suyo: tomando ron bajo la sombra, vendiendo aguacates en los portales, escuchando reguetón a todo volumen. Absolutamente nadie les tendió una mano.

Nancy, la guardaparque / Foto: Abraham Jiménez Enoa

«Cuando estábamos trabajando, la gente nos pasaba por al lado y ni nos miraba», cuenta Nancy. La indiferencia no era casual. En un barrio como Párraga, la gente se tomó como un atrevimiento que una lesbiana decidiera interactuar de esa forma no ya con la comunidad, sino con los niños.

Nancy intenta explicarlo: «Aquí la gente es muy inculta, eso yo lo he oído toda la vida por el televisor, por la radio, cada cual es como quiera ser. Ninguno de nosotros está facultado para criticar a nadie, cada cual que elija la vida que quiera. Yo me llevo con todas las personas, aunque tengan las desviaciones que tengan. Hay padres que rechazan a los hijos por esas cosas, esos padres no son padres, porque los hijos se aceptan como quieran que sean».

Ella nació y creció en Párraga: «No tengo problemas con que la gente me vea saludando y dándole un beso a Argelia, aunque me vean trabajando al lado de ella, en su casa y ella en la mía».

Echar adelante un proyecto de este tipo ha sido en extremo difícil para Argelia. Al inicio, los políticos de la zona le decían: «¡Mire a ver usted y ese transformismo y los niños! » Ella respondía: «¿Cuál es el problema con el transformismo, si en las escuelas disfrazan a los niños de soldaditos y de Fidel y el Che?»

***

Un rayo de sol pega con potencia en el filo de la tijera y le rebota directo a los ojos. Argelia Fellove mueve la cabeza, molesta. Siempre llega media hora antes de la acordada para que, cuando arriben los niños, todo esté preparado. Hoy toca clase de costura. Está sentada en un banco de madera. A sus pies, sobre cartones, los utensilios para el taller: tijeras, trozos de tela, rollos de hilo, papel y lápices. Luce cómoda: zapatillas deportivas, short, una camiseta que lleva un letrero, «escuelas sin homofobia y transfobia», una gorra con la bandera del orgullo gay, un chalequito y un canguro abrochado a la cintura. En una bocina portátil suena un reguetón suave.

En una esquina del parque, Argelia puso sobre la tierra unos cartones que recogió en las bodegas del barrio. Luego, a una altura prudencial, ubicó unos sacos de nailon zurcidos con hilo de coser para que sirvieran de techo. En ese pequeño campamento improvisado imparte sus talleres.

Las primeras clases fueron una locura. Mientras Argelia daba instrucciones, los niños hacían cualquier cosa menos atender: cazaban lagartijas y se las tiraban unos a los otros, no paraban de conversar, jugaban a darse golpes y a lanzarse tierra.

«Lo primero que tuve que hacer fue inculcarles modales, que dijeran buenos días, gracias, que se respetaran, enseñarles lo que es el colectivismo porque eran muy individualistas. Si alguien traía un pan o un pomo de agua, no le brindaba a los demás», recuerda.

Argelia y los niños en el taller de corte y costura / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Argelia Fellove perdió su nombre. Ahora todos los niños le llaman «profe», estén en el taller o en la calle. Lazarito, diez años, llega y dice «buenos días, profe». Flavia, ocho años, «¿cómo durmió, profe?». Alejandrito, cinco años, «¿hoy qué toca, profe?». Y así, también asisten Eddiel, de tres años, y Luisito, Barbarito y Yankiel, todos de 10.

–¿Te gusta lo que haces? –le pregunto a Luisito.

– No –me responde con sequedad.

–¿Y por qué estás aquí?

–Porque estoy aburrido.

–¿Qué te gusta hacer entonces?

–Nada.

Lazarito (pulóver gris), Luisito (pulóver azul) y Eddiel al centro / Foto: Abraham Jiménez Enoa

A media mañana ya Luisito está cansado. A su corta edad, y de vacaciones, el niño ha madrugado. Dice Argelia que, de vez en cuando, su tío se lo lleva consigo a una finca cercana para que lo ayude a recoger hojas de maíz. En esa finca hacen tamales para vender. Le pregunto a Luisito si eso es cierto, me confiesa que sí, pero que no le gusta que su tío le pague, que él va siempre porque le gusta el campo y, a veces, hay caballos sueltos y lo dejan montar.

Lazarito, que está escuchando la conversación, dice: «A mí sí me gusta coser, aunque lo que más me gusta es dibujar». Le pregunto si es bueno dibujando. «Pregúntale a la profe para que veas, mis dibujos son los mejores: el de la mujer barriendo la calle llena de basura y el del basurero de la esquina de mi casa», responde con emoción.

«¿Profe, para qué sirve esto?», pregunta Barbarito, que tiene puesto un arete en cada oreja, lleva una gorra de camuflaje, una manilla y una cadena de oro falso. Las instrucciones son las siguientes: sobre un pedazo de tela hay que hacer una cruz a lápiz, luego, con puntadas, colocar tiras de otras telas por encima de lo marcado. «Eso es un tapiz, lo pueden poner delante del refrigerador o del baño o de la cama para que apoyen los pies», le contesta Argelia.

Flavia es la primera en terminar. Se pone de gorro su tapiz y me dice: «A mí lo que me gusta es el reguetón, mi abuela oye La guantanamera en el radio y yo le digo que quite eso, que eso no se usa porque es viejo».

A media cuadra del parque hay un mulato sentado en el portón de su casa. No lleva camisa, el torso lleno de tatuajes, y dos de sus colmillos son de oro. El hombre dice: «Mira este barrio, esto es el submundo, aquí los padres tienen que darles las gracias a Argelia por alegrarles a los niños».

Un día que Argelia Fellove no está en Párraga es un día de imágenes tristes. La mayoría de los niños varones del barrio se amontonan a jugar a las bolas a pocos metros de un basurero. Las canicas ruedan por encima de alimentos descompuestos, culeros con estiércol, escombros de obras, ratas muertas. Las moscas no dejan de revolotear.

«Aquí se juega a la verdad, no a las mentiritas», me dice Luisito. Tiene un billete de cinco pesos cubanos que acaba de ganar vendiendo bolas. «La verdad» significa que el que pierda tiene que entregar su canica. Cinco de ellas valen un peso.

El juego les dura poco. Después de media hora ya se han aburrido. Se despiden de mí. Dicen que se van «a robar aguacates para vender en la esquina». Les digo que mañana le voy a contar a Argelia. «No, no, no, ya, vamos a jugar fútbol al frente de la escuela, no le digas nada a la profe, porque si se entera nos regaña», dice Lazarito, que habla por todos.

A unas cuadras del basurero está la escuela. Se llama República Socialista de Vietnam.

***

Argelia Fellove arrastra con una mano una mochila de ruedas por toda la acera. En la otra mano lleva un porrón con cinco litros de té frío. En la espalda carga una bolsa con paquetes de palomitas y chicharrones de viento. Está sudada, caminó cinco cuadras bajo un sol abrasador. Es su primer día en el espacio Rompiendo la rutina de la Casa Comunitaria de Párraga.

Pasa la puerta, hay seis mujeres, la convocatoria falló. «Las tropas están diezmadas, pero no importa, así mismo vamos a empezar», dice en alta voz.

Rompiendo la rutina era un sueño de Argelia. Cuando se mudó a Párraga no solo la perturbó la situación de los niños, el machismo que oprimía a las mujeres del barrio también le movió el piso. Verlas solo en roles de ama de casa, de sirvientas, «le encendió la sangre». Por eso se presentó con sus ideas a la dirección de la Casa Comunitaria, una institución que pocos conocen en Párraga y que se dedica a la promoción de la cultura barrial. En conjunto lanzaron la convocatoria.

«Este espacio va a ser para que dejen de planchar, de lavar, de cocinar, para que salgan de la esclavitud de la casa y sus familias aprendan a compartir las responsabilidades», es la primera frase que les expresa Argelia, con una dosis de solemnidad, a las señoras que se inscribieron. La convocatoria del taller es para mujeres mayores de cincuenta años, aunque eso no impide que interesadas menores puedan participar. El espacio es una rama más de Afrodiverso.

Mujeres de Rompiendo la Rutina / Foto: Abraham Jiménez Enoa

«Con poco se puede hacer mucho. La celebración y la alegría ayuda a la calidad de vida. Este espacio es para eso, para sonreír, podemos hablar de cualquier cosa, cantar, bailar, chismear», les declara Argelia a las señoras.

Su idea es sacar a estas mujeres de sus casas a la hora en que supuestamente «tienen que hacer las cosas», de ahí que la hora de comienzo sea a media mañana. «Vístanse y díganle a sus maridos e hijos que ustedes tienen cosas que hacer igualmente que ellos, que se las arreglen mientras ustedes no están», les aconseja. De vuelta recibe rostros de asombro.

Luego, se pone de ejemplo. Argelia les cuenta que ella es su propio sostén, que esas maripositas y esos chicharrones de viento y ese té frío que les ha traído gratis para amenizar el encuentro es su verdadero trabajo, con lo que vive. Que todos los días se levanta a las seis de la mañana y sale a venderlos a la calle. Son su única entrada, pero que ella misma se la lucha. No tiene que esperar que alguien la mantenga.

El testimonio genera el debate. Es lo que buscaba Argelia. Las seis señoras están sentadas y comienzan a hablar.

«A mí edad necesito sentirme motivada, ya no puedo más, por eso vine», comenta Beatriz, de 53 años. Miriam, absorta con lo que acaba de escuchar, pide la palabra y plantea: «Me siento muy impactada, no salgo del asombro, es una maravilla que esto ocurra en esta etapa de la vida en la que estamos, porque mientras haya vida, hay esperanzas». Por su parte, Lázara, 58 años, dice: «Llevo años enclaustrada en una burbuja, cuando las mujeres nos jubilamos quedamos para servir y no puede ser, la familia es muy egoísta, no podemos dejarnos aislar».

Argelia vuelve a tomar la palabra. Les advierte que «el espacio tiene el fin último de empoderarlas, de desarrollar un discurso en contra de la violencia de la mujer porque hay muchas cosas que no se canalizan, ya están asumidas, pero que todo el taller se hará desde el transformismo masculino». La respuesta ahora es el silencio. Las señoras se miran entre ellas, algunas ríen de nerviosismo.

Argelia cantando en Rompiendo la rutina
Argelia cantando en Rompiendo la rutina / Foto: Abraham Jiménez Enoa

«Alberto empodera más a Argelia, le da más valía. Demuestra que un hombre puede pasar por la vida de una mujer sin lacerarla, sin bajarle la autoestima. Hay que cultivar a estas mujeres porque, cuando Alberto me conoció a mí, ya yo sabía carpintería, plomería y electricidad», dirá en otro momento Argelia Fellove.

«Permítanme un segundo para ir al baño», les dice Argelia a las señoras y sale del salón. Unos minutos después, sin avisar, llega un señor. Viste un blue jeans ajustado, zapatillas altas, camisa en colores, gorra y cadena al cuello. Dice llamarse Alberto. Anuncia que va a cantar el tema preferido de Argelia: Tengo ganas de ti, de Alejandro Fernández. En un momento la letra reza: «No hay nada más triste que el silencio y el dolor».

Tomado de El Estornudo

Damarys es la ganadora de la Batalla de Gallos

En el ambiente machorro naturalizado que es el hip hop en Cuba, que una afrocubana haya llegado a la Final de la Batalla de Gallos, ya la convierte en ganadora, campeona de dos contiendas previas, una por mujer —por las razones que ya conocemos— y otra por negra, dado que el rap cubano es cada vez más blanco.

Ella se llama Damarys y ha continuado abriendo la puerta a que otras mujeres lleguen a la final de este evento; el cual sin duda alguna reproduce la macharranada en la que se ha convertido un movimiento que un día fue revolucionario. Con anterioridad, en el 2008 exactamente, otra rapera, La Nena, participó también en la final de la competencia.

La Batalla de Gallos es por sí un evento agresivo, demasiada testosterona concentrada en «aniquilar» a versos al contrario. Las rimas caen unas sobre otras y no da tiempo a pensar demasiado lo que se dice. Afloran el exceso de rivalidad, prejuicios, envalentonamientos.

Quien conoce a Damarys sabe que ella es un ser de paz, una artivista, una maestra. Celebro su valentía de ir a un terreno tan contrario a ella, tan agreste para su espiritualidad y su vida, a demostrar que no hay que ser un macho na´pa´ poner las palabras una sobre otra de una bonita manera.

Desgraciadamente las mujeres continuamos en la ardua tarea de insertarnos en los espacios que nos han sido históricamente vedados, pensados por y para hombres, en los cuales se reproducen el sexismo y la misoginia. Es lamentable que solo se legitime una manera de hacer, la de ellos; por eso una mujer como Damarys no puede ganar.

Llegará el día en que nosotras nos vanagloriemos por no tener que exponernos a tales ambientes. No hay hip hop revolucionario sin mujeres.

Foto tomada del perfil de FB de Damarys Benavides.