Papucho

Cubaniches en Europa: Cuba vive dentro de mí

Papucho es un nombre sonoro, tanto que huele a Cuba. Le viene entonces muy bien al habanero Jorge Lázaro Pérez Fraga, para firmar sus obras, esas que comercializa en la ciudad de Bremen (Alemania) a no-sé-cuántos kilómetros de su natal municipio Playa.

Papucho se dedica a las artes plásticas (acrílico y óleo) y también a su comercialización; porque por “acá arriba, quien no trabaja no mama”. “Pintar ha sido mi pasión”, me espeta cuando intento hacerle pensar en la carrera que habría desarrollado de haberse quedado en Cuba, “pero uno puede vivir su pasión donde sea que esté”. Papucho pinta para despejar su propia existencia.

Es hijo de una formación autodidacta, pues de lo que alcanzó a graduarse fue de contador en un tecnológico (Playa Girón) en La Habana. Hasta de policía trabajó en las calles de esa ciudad; pero estudiar-estudiar, en una academia de arte… al parecer no le hacía falta.

Su carrera inicia al terminar su trabajo como agente del orden público, mientras pasaba el servicio militar en la isla. Allá nunca firmó sus cuadros, puesto que jamás pudo conseguir el permiso correspondiente para ello. No le quedó otro camino que dar sus obras para que fueran vendidas signadas por otros.

Sin embargo, se dedicó a pintar y pintar. Aprendió, además, a ser el principal promotor de su obra, destrezas que le han servido de mucho en Alemania, donde ha tenido que llegarle al público tratando  con él personalmente, sin intermediarios, siendo él mismo su propia publicidad, trabajando duro. Desde que llegó acá reprodujo su obra y la ofreció como copias sobre lienzos. Ha expuesto en lugares muy pobres y también muy ricos, ha llegado a combinar a clientes con amigos hasta lograr multiplicarlos.

Su admiración por Monet, Cezanne y Van Gogh está en la base de su propia obra. Lleva 13 años en Alemania y su carrera artística ha sido ascendente, a pesar de los escollos y la necesidad de trabajar, ya sea limpiando habitaciones de hoteles, recortando salchichas en una fábrica, cargando contenedores con paquetes del correo o como jardinero hasta en el estadio de fútbol de Bremen, porque “acá en Europa, regalao se murió”.

“Trabajen todo lo que puedan y lo mejor posible; participen en todo tipo de exposiciones o muestras dentro de su alcance, y si van a vender su obra, es mejor hacer que valga la pena lo que obtienen por ella”, son los tres tips que elabora rápidamente, para artistas plásticos que piensen en emigrar.

Elenco, acrílico sobre lienzo.Papucho ha exhibido su obra en exposiciones privadas en Cuba, aunque le gustaría presentarse en su tierra natal con todas las de la ley, precisamente ahora, que comienza a tener mayores vínculos profesionales con La Habana. Allá le quedaron, además, artistas no reconocidos pero que son de su “vieja escuela” y gozan de su admiración.

“Cuba está viva dentro de mí”, asegura, y es la explicación que encuentra ante la pregunta de por qué una obra tan colorida en un lugar donde durante siete u ocho meses del año hay un cielo tan gris. Explora con avidez el entorno que le circunda y que disfruta a la vez. “El mundo del arte es demasiado grande y lo importante es poner atención a tus pasos, para ver las oportunidades que te puedes crear con un trabajo constante.”

Publicado en El Caimán Barbudo

Malecón: el sofá de La Habana

Por Carlos Ferrera Torres

“María Teresa comió jamón
Con queso blanco y tomó bebida.
Quiso bañarse en el Malecón,
Por atrevida perdió la vida”.
Farah M. García
(Cantante y Oceanógrafa)

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En estos días tengo posado al gorrión, y me mata la nostalgia. Soy habanero de casta y cayohuesero de nacimiento. Cayo Hueso fue mi guardería infantil, el Parque Maceo mi patio de recreo, y el Malecón mi sitio de pensar y mi última frontera con el mundo libre.
Mientras viví en La Habana, alimenté a mis gorriones con la brisa salada del Malecón y el ruido de las olas batiendo a mis pies contra el diente de perro de la costa. El Malecón fue el escenario permanente de todas mis pasiones, de mis perversiones más inconfesables y también de mis más sonadas cuitas de amor.
Porque no hay ni habrá para un cubano nada más bonito que sufrir por amor bajo una puesta de sol habanera, sentado en ese muro centenario con una botella de ron al lado. Por eso siempre digo que el Malecón es y será nuestro monumento más útil y el que más y mejores servicios ha prestado a los cubanos que lo frecuentamos.
No hay en Cuba otro muro que sirva para casi todo, desde fornicar hasta llorar la muerte de un amigo, pasando por pescar, tomar el sol, el fresco, o simplemente cumplir con el cometido para el que fue construido: proteger a la ciudad de la furia del mar Caribe en tiempos de tormenta. El Malecón es también asiento de las angustias y de las despedidas de los que partimos, y el tórrido banco de espera de los que se quedan. Nuestro sofá deluxe al aire libre.
Me recuerdo con apenas tres años, –quizás es el recuerdo más añejo que guardo de mi paso por la vida–, sentado en ese muro zigzagueante, pescando con un sedal junto a mi padre. Mi viejo me regaló una colección de anzuelos y un carrete de nylon del 12, para ejercitarme en el noble y masculino arte de la pesca con carrete, “porque las varas son para los maricones”, decía él. Aun no sabíamos ni él ni yo, que con vara o sin ella, yo ya llevaba a La Bayamesa en mi alma y la cantaría a todo pulmón el resto de mi vida.
Cuando cumplí 10 años, ya mi padre había volado (literalmente, en Iberia rumbo a España), y mi madre me dejaba bajar a pescar en la costa rocosa con mis amigos del barrio. Con 12 años me bañé por primera vez en las pocetas de Águila, y con 15 ya me aventuraba a salir a mar abierto en un neumático de camión con mi vecino Joseíto, “para pescar tiburones”, decíamos a nuestras aterradas familias.
Jamás pescamos nada mayor que un pargo, porque en cuanto nos alejábamos 500 metros del muro, nos poníamos a apretar sobre la llanta inflada, hasta que se ponía el sol. Pero siempre volvíamos a tierra con algún pescadito, con tal de que nuestros padres no sospecharan que aquellas salidas marineras, eran sólo una excusa para dar rienda suelta a nuestras calenturas de adolescentes.
Joseíto finalmente se fue por Boca Ciega en una llanta como aquella, rumbo a la libertad, el mismo día que cumplió 18 años, y yo me quedé sin amante, sin llanta y sin compañero de pesca. Joseíto es el único cubano que conozco en persona que consiguió llegar solo y sin ningún problema a Cayo Hueso, montado en una goma y a golpe de remo. Hoy regenta un negocio floreciente de yates de recreo en California, pero no ha olvidado nunca que el Malecón fue su laboratorio de pruebas, y yo, su primer amante marinero.
Con el paso del tiempo El Malecón me reservó otras diversiones menos poéticas; me lo recorrí completo y en ambos sentidos bailando en los Carnavales varias veces mientras formé parte de la Comparsa de la FEU Marina, Jose,y Julio César, no me dejen mentir).
Ya de mayor como arquitecto, participé profesionalmente en múltiples proyectos de “lavados de cara” con que se intervinieron algunos edificios del litoral que flanquean la avenida, básicamente repellarlos un poco y darles una mano de pintura, que al año siguiente ya era arqueología, porque se la comía el salitre.
Tuve el gusto incluso de hacer el primer intento de proyecto de hotel para la primera manzana de la vía, en Malecón y Prado. ¿Se acuerdan, Maria de Parra y Alain Hernandez?. Fue una vaina con reminiscencias neoclásica que me llevó meses proyectar, de la que estoy muy orgulloso, y que por supuesto, jamás se construyó. Me encantaría recuperar esos planos algún día. (Quizás Galia Labrada pueda echarme una mano).
Aun la esquina de Malecón y Prado espera por un proyecto que la merezca, y que por cierto, no quisiera que fuera ese que han aprobado ya a cargo de los arquitectos José Antonio Choy e Hijas. Aquí aprovecho y dejo constancia de mi desacuerdo con ese bodrio, y de paso doy un poco de carnaza para los arquitectos que me leen: No me gusta nada el proyecto de Choy.
Conservo en cambio, un valioso tratado de arquitectura cubana escrito por mi amiga y profesora, la arquitecta Lohania Aruca, “Un Malecón para una ciudad nueva”, donde explica de forma brillante la construcción de nuestro paseo marítimo, y su impacto social en el urbanismo habanero de entonces.
Lo he utilizado para entrar en materia en esta crónica, pero antes me he dado una vuelta por la red, para husmear lo que se ha publicado sobre esto. En casi todas partes encuentro el mismo texto remasticado y regurgitado para tibias y nostálgicas páginas cubanas, con datos erróneos o imprecisos, y escasa o nula chicha literaria. Pero no importa, porque entre Lohania y mi endeble memoria selectiva, creo que podré dejar aquí algunas perlitas de nuestro monumento arquitectónico más funcional.
Hablemos pues, del Malecón de La Habana:
Nuestro Malecón compite como obra de ingeniería con los más sofisticados malecones del planeta, (no se parece tanto al de Cádiz como dice esa leyenda urbana, echada a rodar seguramente por un gaditano envidioso), y es el único del mundo de trazado irregular con esas dimensiones; casi 7,5 kilómetros de hormigón armado bordeando el litoral norte de la ciudad, desde La Punta hasta la Chorrera.
También es el único en el mundo ubicado en una capital importante sin interrupciones físicas de otras obras arquitectónicas a lo largo de su trazado. Por suerte durante más de un siglo, ni la especulación de la seudo república, ni el absurdo urbanismo socialista, ni siquiera la desidia destructiva revolucionaria, han deformado esta obra magnífica de nuestro patrimonio, y espero que eso nunca llegue a suceder.
El prolífico ingeniero Francisco de Albear y Lara –al que ya le debíamos el Acueducto, Medalla de Oro en la Expo Universal de París–, había propuesto a finales del XIX una idea preliminar para una vía costanera que bordeara el litoral norte de la capital cubana.
Su propuesta fue rechazada por las autoridades españolas, que la consideraron cara e innecesaria entonces. Incluía aquel proyecto, una alameda arbolada paralela al paseo, que siempre eché a faltar cada vez que caminaba por el Malecón bajo aquel sol de justicia.
Un Malecón con árboles nos hubiera catapultado directamente al estrellato de las capitales americanas. Pero Paco Albear cayó en desgracia por un desagradable incidente con una prostituta del barrio de Belén, que destruyó su familia y que casi le cuesta su cargo de Vicepresidente de la Real Academia de Ciencias. No vivió para ver el Malecón sin árboles. Pero eso ya es otra historia.
PASEOS Y POCETAS DE LA HABANA
Hasta 1900, además de sus plazas y parques, La Habana contaba con tres ramblas arboladas en su trazado urbano.
Después de la inauguración de La Alameda de Paula en el siglo XVIII, –nuestro paseo más antiguo–, se había construido el Paseo de Extramuros, llamado después Paseo Real de Isabel II, Paseo de los Reales Aires del Prado, Paseo de Martí, y hoy simplemente Prado. También se construyó el Camino Real de San Antonio Chiquito, conocido más tarde como Paseo Militar, Paseo de Tacón, Paseo de Carlos III y ya en los tiempos de la Revolución, Avenida Salvador Allende. La Revolución se cargó todos los nombres bellos de nuestros sitios históricos para endosarles otros contemporáneos sin gota de glamour, una cuestión que urge solucionar cuando aquello vuelva a ser lo que fue.
Pero demos un brinquito atrás, para ver qué había en la costa norte de La Habana en el siglo XIX, justo antes de que apareciera el Malecón.
Si nos guiamos por el arquitecto e ingeniero cubano Eduardo Tella, ducho en la materia, hay que recoger sus palabras para la “Revista de la Sociedad Cubana de Ingenieros”. Dice Tella:
“Era una costa rocosa y llena de inmundicias, con un sinnúmero de zanjas abiertas en las rocas que, partiendo de los fondos destartalados de las casas de la calle San Lázaro, vertían sus excretas al mar, y cloacas abiertas que desembocaban por el centro de las calles transversales; añádanse depósitos de materiales, barracones de madera pomposamente llamados baños, charcos de agua, etc., eso era en los benditos tiempos coloniales lo que es hoy la magnífica Avenida de Antonio Maceo, mundialmente conocida como el Malecón de La Habana”.
Si bien Tella no iba desencaminado en su descripción, porque el último cuarto del siglo XIX nuestra ciudad estaba muy dejada por los efectos de las guerras sucesivas, y por la falta de presupuesto de la Corona Española, ya a punto de perder la Isla, para obras públicas de envergadura, la cosa ya no era tan asquerosa en los últimos años de la centuria, sobre todo en el primer segmento de lo que es hoy el Malecón, pegado a La Punta. A ese tramo se le dio un trato preferente, porque allí se instalaron los primeros balnearios para ricos de La Habana y posteriormente las residencias más opulentas de la ciudad. Y donde hay ricos, por fuerza las cosas tienen que ir mejor.
Haciendo caso omiso al calor tropical implacable, los habaneros de abolengo hicieron de las visitas a esos balnearios todo un acontecimiento social. Las damas aparecían allí con sus criadas y perros, enfundadas en largos trajes de organza oscura, profusos cuellos abotonados hasta arriba, guantes de gasa y amplias mangas abullonadas. Al contrario que en nuestros días, ponerse moreno era un signo claro de vulgaridad y mal gusto, de modo que la moda era estar blanco como la leche, así que había que taparse todo lo posible. No podían faltar las pamelas espectaculares, dignas de una tarde de Ashcott, y algún libro para pasar el tiempo leyendo bajo sus no menos espectaculares sombrillas de crepé y raso de Bruselas.
Todo aquel atuendo desaparecía cuando tocaba entrar en el agua. Entonces aparecía el traje de baño; un vestido casi siempre negro y a media pierna sobre unos calzones de algodón fruncido, medias de seda y gorro de baño de tela impermeable.
Los hombres iban también arreglados como para un baile: traje a la moda francesa, corbata con agujas de oro, sombrero de chistera o copa alta, bastón y reloj con leontina, que cambiaban cuando se metían en el mar por una camiseta de tirantes y un calzón largo similar al de las féminas. Todo en negro o marrón oscuro para evitar las marcas impúdicas que deja la tela clara mojada. Era más apropiado pasar calor que mostrar el contorno de tu pene o tus pechos a los padres de tu prometida o prometido. Porque todo el mundo iba bañarse a las Pocetas de La Habana, o como poco, a pasar la tarde.
El buen recato exigía evitar las miradas indiscretas, y por eso empezaron a proliferar los grandes chalets de madera de deriva de opulencia notable, construidos a partir del siglo XVIII desde La Punta hasta el río Almendares.
Los primeros baños en edificarse fueron Los Campos Elíseos, cerca de la actual calle Genios. Su existencia se debió a la casualidad: Era ésta una antigua zona de canteras llena de oquedades que se inundaban con la penetración del mar durante los meses de invierno y en temporada ciclónica. Los habaneros aprovechaban la acumulación del agua y se bañaban ahí, e incluso lavaban a sus perros y a sus caballos.
Fue Tirso Ribagorda, español pudiente e ingenioso gentilhombre que poseía uno de los chalets cercanos a La Punta, el que hizo horadar las piscinas en el diente de perro costero, para utilizarlas como pocetas de baño, tal y como aún se conservan hoy.
También fue de Ribagorda la idea de colocar tabloncillos de madera sobre un lecho de arena en el fondo de esas cavidades, para que los bañistas pudieran ponerse de pie sin lastimarse con las rocas afiladas como cuchillos. Se colocaban mallas o redes de protección en las bocas de entrada de mar, porque en aquella época frente al Morro se tiraban los desperdicios del Matadero de La Habana y los tiburones eran frecuentes invitados indeseables.
Olimpia Tieles de Farnaz, una actriz de carácter de segunda línea que llegó a actuar en el Teatro Tacón, famosa por sus gigantescos pechos y sus devaneos con varios herederos ricos de la nobleza criolla, fue devorada por un tiburón cuando el oleaje desprendió la malla protectora de la poceta en la que tomaba un baño. Cuentan que lo dantesco del espectáculo convenció al público que frecuentaba el lugar, de abstenerse de ir allí durante una larga temporada.
En la última década del siglo XIX, las pocetas se cubrían con delicados techos artesonados de maderas preciosas torneadas, caoba, ébano y júcaro mayormente, llegando a construirse portales muy sofisticados de ese tipo. Tenían escaleras con barandas para que los bañistas pudiesen bajar, y colgando del techo se colocaban unos cabos de cuerda para que se sujetaran a ellos los que no sabían nadar. Sobre las pocetas se construían los chalets, que poseían amplios salones donde la alta sociedad de La Habana celebraba retretas, cenas y bailes a cualquier hora del día o de la noche.
Después de los Baños de Los Campos Elíseos, se construyeron los Baños de San Rafael o del Recreo en el principio de la calle Águila, y los de La Tropa o de Los Soldados, pegados a la calle Galeano, donde siempre había militares de juerga.
Fueron los militares quienes años después adoptaron la costumbre francesa de bañarse semi desnudos, sólo con un pantalón corto. Fue la primera vez que socialmente los habaneros aceptaron ver o mostrar el torso masculino al aire fuera de casa. Para las mujeres (y varones de la otra acera), supongo que fue como abrir de pronto una revista porno en nuestros días.
Fueron estos baños los tres principales y más selectos, pero se hicieron también los de La Isleña y La Beneficencia, (frente a esa institución ubicada en la calle San Lázaro) para el personal menos adinerado, y ya en El Vedado, El Progreso, Los Baños de la Calle Baño —hoy calle E—, Las Playas que se ubicaban al inicio de la Calle D, y El Encanto, que nada tuvo que ver con Fe del Valle, la empleada ejemplar que cogió candela en el siglo XX en la tienda de igual nombre, ni con César Rodríguez, el dueño de ese establecimiento comercial. Pero sí con Don José y Don Bernardo Solís, los dos hermanos asturianos emigrados a Cuba en 1888, por entonces dueños de la sedería del mismo nombre, ubicada en la esquina de la calle Galiano entre San Rafael y San Miguel. Los Solís se hicieron millonarios y fueron los mecenas de los Baños de El Encanto.
“Hasta 1895 hubo un desarrollo notable en el caserío de El Vedado. –Cuenta la historiadora de arquitectura cubana Lohania Aruca–. La cercanía del mar hizo que el barrio cobrara relevancia. En la línea de la costa, desde G hasta 6, se establecieron, a partir de 1864, varios balnearios y constituyeron una opción más asequible para las familias de menos recursos, sobre todo en su modalidad de baños públicos. La gente se bañaba entonces en lo que se llamaban “pocetas de ahogado”, que se aprovechaban de la disposición de las rocas o se cavaban artificialmente en ellas. Las había pequeñas, con locales reservados para la familia, y otras muy amplias, en las que se bañaban, por separado, hombres y mujeres.
El Progreso es el segundo de los baños que se construye tras los de Campos Elíseos. A fines de siglo se construyeron además, los baños de mar Las Playas frente a la calle D y posteriormente El Carneado, en Paseo, y El Océano en la actual calle F. Eran mar abierto, pero tenían unas divisiones para que no pudiera pasar los tiburones.
El dueño de El Progreso lo convirtió en un gran negocio. Sobre la gran nave que cubría sus pocetas construyó 14 apartamentos dotados de sala-comedor, dos habitaciones y servicios, que alquilaba por cien pesos mensuales, y en 3ra, entre B y C, edificó varias casas de madera, pequeñas, destinadas también al alquiler durante la temporada veraniega. Sin contar que por el derecho al baño de mar cobraba 50 centavos.
Los baños de Carneado, en Malecón y Paseo, llegaron a ser la mejor diversión habanera para el domingo. Eran propiedad del llamado “Hombre-Grito”, por la promoción que hacía de su peletería en la Manzana de Gómez. Carneado presumía de riqueza, fortaleza física y varonía. Su riqueza la hacía evidente con tres brillantes gigantescos que formaban parte invariable de su atuendo. Para exhibir su fuerza, colocó una estatua suya, completamente desnudo y con los músculos en tensión, en las afueras de su residencia situada también en las cercanías del litoral. Presumía de sus cualidades masculinas, y exhibía con orgullo sus más de 20 hijos de todos los colores, que daban fe de su calidad de Don Juan. Carneado era el vigoréxico de la época.

OTROS CAMINOS AL MAR
En 1860 se construyó una calzada para unir al pueblo de Marianao con las playas del oeste; en 1884 se inauguró el ferrocarril, que amplió la comunicación hacia esa zona, y en 1910 se hizo el Puente de Hierro sobre el río Almendares, que aumentó el tránsito hacia el otro lado de la ribera y trajo consigo un cambio de ruta de los bañistas hacia las playas del oeste.
Aun no existía 16 como playa, ni había homosexuales merodeando por la zona, para los que seguro están elucubrando a estas alturas de mi relato.
En la década del 20, la burguesía enriquecida con los altos precios del azúcar, construyó las primeras residencias a orillas del mar, y se crearon clubes privados que fueron relegando a un segundo plano las acostumbradas “piscinas con techo” del litoral. La aparición del Malecón, terminó expropiando a los ricos ese espacio de costa, y tuvieron que conformarse con construirse casas de mampostería en lo que es hoy el lado interior de la avenida Malecón.
Entre los ricos que fueron obligados a dar ese “paso atrás” estaba la familia Núñez Feijóo, que se negó a abandonar la zona y se hizo construir el Palacio de las Cariátides, un discreto pero correcto intento de Art Decó que hoy se cae a pedazos, aun después de una restauración reciente de 4 millones de dólares. El palacio de los Núñez Feijóo alberga en la actualidad el Centro Hispanoamericano de Cultura.
El desarrollo urbano de la ciudad impuso otro sendero hacia el mar. Luego de la construcción del túnel de la bahía y la urbanización creciente hacia el este de La Habana, una buena parte de los capitalinos prefirió bañarse en las playas de Santa María, El Mégano, Bacuranao, Boca Ciega y Guanabo, que tenían litoral de arena.
EL MALECÓN, UNA OBRA POR PARTES
A partir de la ocupación militar norteamericana en 1899, la población capitalina creció exponencialmente y la ciudad pedía a gritos una expansión hacia el oeste. El Malecón llegó para cubrir esa urgencia como el cuarto paseo de la ciudad, dando inicio a lo que se dio en llamar la modernidad urbanística del siglo XX en La Habana.
Se hicieron cargo los americanos, que para darle calor al asunto trajeron a un grupo de ingenieros y arquitectos notables, entre ellos al francés Olivier Viollet LeDuc, hijo del también arquitecto Eugène Viollet LeDuc, coautor de la Estatua de la Libertad, para que diseñaran el colosal muro serpenteante que un siglo después nos serviría a los habaneros para tantas cosas, y a mí en particular, como muelle de partida para gozar con Joseíto.
El Malecón se construyó de este a oeste (de La Punta al Almendares) en siete etapas y durante 60 años, y fue la primera obra realizada de hormigón armado en nuestro país.
En 1898 empezó a ejecutarse su construcción bajo la asesoría de los ingenieros Mr.Mead y su ayudante Mr.Whitney, durante el Gobierno Interventor Norteamericano del General Wood.
Se construyó también una glorieta para la Banda Municipal Frente al Castillo de la Punta, en la esquina del Malecón y el Paseo del Prado, para amenizar con música las retretas, pero en 1926 tuvo que demolerse por obstaculizar el tránsito al continuarse el Malecón hacia el puerto.
En esa esquina se alzó a principios de siglo, un hotel exclusivo llamado Miramar, donde por primera vez los camareros vistieron de smoking, chaleco con abotonadura dorada, e iban sin bigotes. Fue proyectado por el arquitecto José Toraya, y según el arquitecto e historiador Luis Bay Sevilla, estuvo muy de moda en los primeros quince años de la República.
El proyecto norteamericano contemplaba el arbolado que había imaginado Paco Albear y además grandes candelabros sobre el muro. Ambos detalles se eliminaron al llegar la temporada invernal y arribar el primer frente frío.
Pero en 1902, al terminar la intervención norteamericana, sólo se había construido el primer tramo, apenas medio kilómetro desde La Punta hasta la calle Crespo, de los más de 7 kilómetros previstos. Casi sin haberse terminado aún, los cubanos más adinerados se apresuran a comprar terrenos frente al nuevo paseo, huyendo de la superpoblada Habana Vieja, y construyendo sus mansiones en estos parajes bañados por la brisa del mar.
El tramo siguiente se inauguró en 1909, llegaba hasta la calle Gervasio, y se tardaron siete años en avanzar otro kilómetro.
En 1916 se termina el tercer tramo, durante el primer Gobierno del General Menocal (1913-1917), con grandes contratiempos, pues hubo que solucionar el problema que suponía atravesar la llamada caleta de San Lázaro, una depresión que hubo que robar al mar, y que medía en su desembocadura 93 metros de ancho y 5,5 metros de profundidad. La obra llegó hasta más allá de la Casa de Beneficencia, en San Lázaro y Belascoaín, y se utilizó durante todo el período republicano para celebrar las fiestas del Carnaval habanero.
Era en ese segmento aledaño al Torreón de San Lázaro, donde se bañaban los caballos de los establos de la ciudad. En ese tramo se construyó además, el Parque Antonio Maceo, el más grande y bello homenaje arquitectónico que existe en Cuba al hijo de Mariana. En la zona se construyó también el famoso bar Vista Alegre, que ocupaba la cuña comprendida en esa calle, entre San Lázaro y el Malecón. En ese tramo se alzaron otras construcciones importantes, como el Union Club y el Club de Automovilistas.
Allí medio siglo después, quien escribe le hizo la media mil veces a Camilo Hernandez mientras él esperaba la confronta de la 132. Un servidor también aprendió a montar en bicicleta, patines, chivichana y otros artefactos de transporte infantil. Y como Santa Teresa, también se fracturó varios huesos y se abrió tres veces la cabeza.
Quedó claro que lo mío era navegar en llanta con Joseíto.
En 1921 se construyó el tramo que va desde el Torreón de San Lázaro, antiguo vigía de la caleta, hasta el comienzo de lo que es hoy la céntrica calle 23, promontorio donde estaba emplazada la antigua Batería de Santa Clara primero, y después el Hotel Nacional de Cuba, construido en 1930.
Desde la zona del litoral habanero donde hoy está el Parque Maceo y hasta el Río Almendares, lo que existía entonces era una costa de agudos arrecifes y un monte firme e impenetrable, que las autoridades españolas consideraban como una muralla natural ante los ataques y lo llamaban “Monte Vedado”. De aquí el nombre de lo que sería posteriormente lo que conocemos como el municipio Vedado.
En 1929 el director norteamericano William Fox, filma en la isla, “La chica de La Habana”, con actores norteamericanos y utiliza ese tramo para algunas escenas exteriores. En 1930, abre sus puertas el más famoso de los hoteles cubanos, el Hotel Nacional de Cuba, en una privilegiada posición frente al nuevo paseo, e inmediatamente se convierte en un referente turístico internacional.
También allí se supone que tuvo lugar la primera gran estratagema publicitaria del cine cubano en ciernes, mudo aun.
Cuentan que por entonces Rodolfo Valentino ya era miembro de pleno derecho del Star System hollywoodense, el ídolo indiscutible de las mujeres del mundo entero, y por extensión, de las mujeres cubanas. Sus películas estaban siendo distribuidas en Cuba por la Compañía Santos y Artigas, y ambos socios decidieron echar a rodar la voz de que Valentino estaba en Cuba y frecuentaba el Malecón recién inaugurado, con la intención de potenciar el estreno de su próximo estreno en La Habana. Para ello utilizaron a un doble, el actor cubano Antonio Perdices, que, como tantos galanes de la época, intentaba entonces parecerse a la estrella italiana.
A Valentino ya le habían dedicado en Cuba un sainete bufo en el Teatro Alhambra, “Las viudas de Valentino”, y Antonio María Romeu le había compuesto un danzón muy chulo.
La película que Santos y Artigas pretendían publicitar se llamaba “El Veneno de un Beso” y cómo no, Antonio Perdices era el protagonista junto a la actriz en boga, Mercedes Mariño, ambos dirigidos por Ramón Peón, pionero del cine mudo cubano.
El montaje funcionó al milímetro, y “El Veneno de un Beso” fue un éxito taquillero absoluto.
El quinto tramo se construyó en 1923, que aunque parece muy breve (desde la calle 23 al comienzo de la calle O), requirió también mucho trabajo, ya que se rellenaron 104,500 metros cuadrados y se separó el muro 30 metros del litoral para erigir el monumento a los caídos en la explosión del buque norteamericano Maine en 1898.
Durante el mandato del General Gerardo Machado en 1930, se construyó el sexto y penúltimo segmento, que llegó hasta la calle G o Avenida de los Presidentes. Se pudo concluir gracias casi por entero a la gestión personal del entonces Ministro de Obras Públicas, Carlos Miguel de Céspedes, también responsable de la construcción del Capitolio y de la Carretera Central, en eterno conflicto con el Presidente Machado, empeñado en desviar el dinero destinado a las obras públicas, a intereses militares. En esa zona se erigió durante la década de 1950 la nueva embajada de los Estados Unidos, hasta hace poco conocida como la SINA u Oficina de Intereses y probablemente muy pronto otra vez la embajada de USA en La Habana.
El séptimo y último tramo del Malecón se construyó entre 1954 y 1958 bajo el mandato de Fulgencio Batista, prolongándolo primero hasta la calle Paseo, donde estaba el antiguo Palacio de los Deportes y después hasta la desembocadura del Río Almendares. El antiguo Puente de Pote, una hermosa estructura de hierro que comunicaba ambas orillas del río, fue sustituido por un nuevo túnel que aún hoy comunica directamente al Malecón con la lujosa 5ta Avenida de Miramar, un barrio construido por y parta la alta burguesía cubana.
Al final de su recorrido, el Malecón de La Habana pasa por importantes monumentos que se alzan a lo largo de la avenida, además del dedicado a Maceo. El paseo marítimo habanero recorre los monumentos al Generalísimo Máximo Gómez, a Calixto García, el Castillo de la Real Fuerza de La Habana, el Castillo de San Salvador de la Punta, el Torreón de San Lázaro, la entrada al Túnel de La Habana, el Hotel Nacional de Cuba y el Torreón de la Chorrera.
Asimismo, su peculiar trazado urbano sirvió de escenario a diversos acontecimientos históricos y sociales, incluyendo carreras de autos, filmaciones de películas, desfiles y conciertos.
“Hubo otros proyectos, -cuenta Aruca- cuando el río Almendares era la frontera natural entre las ciudades de La Habana y Marianao. La Habana absorbió a Marianao y formó la región metropolitana. En aquellos momentos se proyectaba continuar el Malecón a lo largo de la Avenida 1ra de Miramar, hasta Monte Barreto, pues desde ese punto en adelante era la ampliación del reparto Querejeta. Incluso en algún momento se pensó llevar el Malecón hasta la misma playa de Marianao.
Hubiéramos tenido hoy un malecón más largo, desde la playa de Marianao hasta la Alameda de Paula, pero nunca se concretó la idea en la realidad. Se pensó también construir pocetas a lo largo del nuevo Malecón en el tramo de Centro Habana, pues hubo un momento en que existieron balnearios en la zona del Malecón tradicional, no tanto en la zona del Vedado porque ya es mar abierto y la fuerza de las olas es mayor. Esta carencia propició el proyecto de recuperar las pocetas, pero la Revolución lo ralentizó hasta pararlo del todo, alegando que “era difícil, porque el diente de perro está muy vivo allí”.
Como en tantos otros casos, el proceso revolucionario paralizó el crecimiento urbano de la ciudad, y con él su desarrollo como capital importante de América Latina.
El 6 de julio de 1958 se termina el Malecón, “El Sofá de La Habana”, tal y como lo conocemos hoy; sólo unos meses antes de la entrada a la capital cubana del Monstruo Verde Olivo. Fidel utilizó su espléndida avenida de seis carriles como alfombra roja para mostrar su poderío, e iniciar la peor y más vergonzante era de la Historia de Cuba.
Pero a pesar del estigma comunista y el congelamiento de su crecimiento y esplendor por la ineficacia de la Revolución, El Malecón habanero sigue teniendo la majestuosidad que soñó Francisco Albear, e hicieron realidad todos los gobiernos posteriores excepto el de los Castro.
Si las cosas hubieran sido de otra manera, quizás mi amado Joseíto hubiera podido plantar su marina de yates de lujo frente a mi casa. Y yo hubiera podido escribir esta crónica en la cubierta de alguno de ellos, y hubiera seguido apretando con él, pero no sobre una llanta de camión.
Fidel me debe muchas cosas. Y él o sus secuaces seguidores tendrán que pagar algún día lo que me quitaron a mí y a todos los cubanos.
Me cago en su puta madre.

Cubano él, checa ella

Hedel es un joven cubano. Mónica es una joven checa. Hace unos cuantos años viven una relación amorosa que se inició con un chat de internet. Hoy él accede a decirnos cuáles son  los pilares sobre los que pudieron construir esta relación en la distancia física y cultural.

¿Qué significa para ti, tener una relación de pareja con una persona que no es cubana?

No puedo negar que en un comienzo era algo extraño, era como un sueño, no porque fuese algo anhelado, simplemente porque me parecía bastante surreal, sobre todo por el hecho de que ella es checa, y lo menos que imaginé en mi vida es que tendría una relación, y menos, que me casaría con una checa. De su lado también fue un choque fuerte. Cuba es una isla tropical exótica, y salir de la fría Europa y verse envuelta en una relación sentimental en medio del Caribe le parecía toda una novela romántica.

Luego las cosas tomaron su nivel, ya a nivel de familia ella dejó de ser ‘la checa’ y yo ‘el cubano’, ahora somos simplemente los primos, yerno, nuera, cuñados, etc.

¿Cuáles son los principales obstáculos en una relación de este tipo?

Hay muchos obstáculos, pero quizás es lo que más ayuda a fortalecer la relación. Nosotros pasamos por muchos, los dos, ahora miramos hacia atrás y nos reímos, a veces comentamos que ya lo peor quedó atrás y que si logramos sortear todos esos problemas, ya no queda nada que atente con nuestra relación.

El primer obstáculo fue el idioma: ella no hablaba español, ni yo checo, así que durante meses toda nuestra comunicación fue en inglés. A la par, nos enseñamos mutuamente nuestros idiomas maternos, así que hoy hablamos los 3 idiomas en casa.

Hay un proceso inicial de estudio, yo leí mucho de la cultura checa, de su historia. Nuestro primer año lo vivimos en Cuba, y un juego de dominó no le decía mucho a ella al principio, ni nuestros programas humorísticos, ni los dichos en la calle, pero ella comenzó a vivir en Alamar, a buscar el pan, a coger la guagua, hasta que un día le pregunté algo y me respondió: “ma’ o meno'” y ahí supe que se había “aplatana’o”. Al llegar a Europa yo viví un proceso similar, y luego de un tiempo comencé a entender los chistes checos, sus problemas sociales, interpretar sus gestos.

Las relaciones binacionales pasan comunmente por relaciones a distancia en un momento del desarrollo de la misma. ¿Es este tu caso? ¿Cómo crees que la distancia obstaculice o favorezca a una relación intercultural?Primero nos conocimos por internet, y no me imaginaba en ese momento que en unos meses ella sería mi esposa. Queríamos conocernos, aunque parecía un sueño, pero quizás esa distancia inicial propició que nos conociéramos mejor, pues ninguno de los dos tenía motivos para esconder algo o pena para hablar, así que nos contábamos todo. Éramos una válvula de escape mutua de la vida real.

Ella realizó dos viajes a Cuba, con 3 meses de diferencia entre ellos: los peores 3 meses de mi vida. No sé si obstaculice o favorezca, pero lo que sí aseguro es que me sirvieron para terminar de convencerme que ella era la mujer que yo quería. Hasta ese momento yo había creído en Sabina en eso de que ‘el amor eterno dura 3 días, pero ella me rompió la regla. 3 meses que fueron 3 años y desde su regreso en el segundo viaje no nos hemos separado nunca por más de 48 horas y eso cuando ha sido un motivo de fuerza mayor. Ella es mi esposa, pero es también mi mejor amiga.

Sobre el erotismo, porque existen códigos culturales que se ponen en juego cuando se tiene una relación sexo-erótica con otra persona: ¿qué pudieras decir sobre esto? ¿alguna experiencia que quisieras contar?

Los latinos, y especialmente los cubanos, crecemos con la (falsa) idea de que somos el ombligo del mundo y los más sexys del planeta. Nos hemos creado una imagen (falsa) de que los europeos son fríos. Sin embargo, la experiencia me demostró que nosotros no somos lo mejor de lo mejor, ni los europeos son plásticos. Los europeos son mucho más abiertos que nosotros al tema sexual, y lo toman con muchísima naturalidad. Ejemplos claros en las playas nudistas, o la naturalidad de la homosexualidad.

Me atrevo a asegurar que una relación binacional, en la intimidad puede funcionar igual que cualquier relación de personas de una misma cultura. En nuestro caso, las pocas diferencias que podían existir, nos sirvieron para explorar nuevas experiencias y aprender uno del otro, aunque creo que eso depende más de la persona en sí que de la cultura.

Imahgen de portada: Oleg Zaytsev

Publicado en Hablemos de sexo a amor.

Krudas Cubensi: “en posesión del secreto de la alegría”

Por Rosa Muñoz

Surgidas en Cuba y residentes en EE. UU., las Krudas “exploran” Europa con su “artivismo” afro-feminista, vegano y queer. DW conversó con ellas en la pausa entre un concierto berlinés y un taller barcelonés.

No me dejaron entrar en España/ dicen que Cuba tiene mala maña./ Ey , no me dejaron entrar en España/ porque como soy negra pa' esa gente soy extraña/ y con este pelo asi dijeron tiene la cabeza en las musaraña'/ y por mis tatuajes pensaron esa negra no se baña, cantaba Krudas Cubensi hace unos años.

 

“No me dejaron entrar en España/ dicen que Cuba tiene mala maña./ Ey , no me dejaron entrar en España/ porque como soy negra pa’ esa gente soy extraña/ … y por mis tatuajes pensaron esa negra no se baña”, cantaban hace unos años.

Olivia Prendes y Odaymara Cuesta, Pelusa y Pasita, las dos mitades, voces e idiomas, cuerpos y cerebros, identidades y sensibilidades, ritmos y melodías, militancias e historias de Krudas Cubensi, son una y muchas. Todo y partes. Origen y camino. Análisis y síntesis. Como el spanglish en el que riman, hablan, viven.

Odaymara (Pasita): “Traducir nuestras experiencias corpóreas al mundo, en esencia eso es nuestra música”.Odaymara (Pasita): “Traducir nuestras experiencias corpóreas al mundo, en esencia eso es nuestra música”.

Afro-feministas, “cubanas, negras, de origen humilde, de madres divorciadas y barrios marginales”, no solo “lesbianas” sino“genderqueer, non-binary conforming” (resistentes a las estrictas clasificaciones del “binarismo heteropatriarcal”). “Fashionistas de nosotras mismas, diseñamos lo que nos ponemos, hacemos los statements de moda”, detalla Odaymara. Veganas, “en equilibrio y conexión con los otros seres vivos de este mundo”, desde hace 20 años, agrega. “Inmigrantes, diaspóricas”, sigue Olivia, “protegidas” por las orishas de las religiones afrocubanas.

“Artivistas”, artistas callejeras, creadoras de un rap rebelde, crítico, musicalmente diverso: “afrocaribbean, futurista, fusion”, improvisa Pelusa y se ríe a carcajadas. Activistas auténticas, inconformes, “abiertas a los otros, a aprender todo el tiempo”, anticapitalistas, antisistema, porque “estamos siendo como pensamos que debemos ser. Y si, de alguna manera, expresarnos y existir va contra la norma, contra los sistemas, contra lo que está establecido”, obviamente, “con el tiempo, se hace intencional, pero en un comienzo es existir”, precisa Pasita.

Del krudo reflejo a la kruda paradoja

En 2006, aprovechando los “privilegios” migratorios que EE. UU. ofrece a los cubanos, las Krudas se establecieron en Austin, Tejas.En 2006, aprovechando los “privilegios” migratorios que EE. UU. ofrece a los cubanos, las Krudas se establecieron en Austin, Tejas.

Krudas Cubensi surgió a finales del año 1999, en La Habana, Cuba, como un trío que en 2004 se convirtió en dúo, “como una necesidad espiritual, filosófica, emocional, cultural de nosotras, como seres diferentes”, reflexiona Odaymara. “Para canalizar nuestras experiencias vividas en nuestros cuerpos, a través de todas estas identidades; todo lo que estábamos sintiendo en esos momentos, por todo lo que está atravesando el país, las juventudes negras del país, la gente pobre. Por eso surgió Krudas”, dice y Olivia completa la frase: “de la kruda realidad”.

“Nacer y crecer en Cuba me hizo espiritual, socialista, comunitaria, humilde. Pero tronchó mi sentido crítico porque como, supuestamente, somos el país que ha burlado al capitalismo despiadado, hay una idea de que Cuba y su sistema y su Gobierno son perfectos. Y nada bajo este cielo es perfecto. Todo lo contrario. Todos tenemos mucho que cambiar, que criticar y autocriticarnos. Y, como artistas de hip-hop, un arte crítico de la sociedad, fue muy difícil para nosotras continuar con ese sentido crítico que necesitábamos”, repasa Olivia.

“Al mudarnos a los Estados Unidos –hace ocho años−, paradójicamente, como ellos son ‘los malos de los malos’, criticarles, estar todo el tiempo haciendo activismo anticapitalista, hacer nuestro trabajo, ha sido absolutamente posible”, reconoce Pelusa, “si bien allí hay también censura y es una falacia que sea la tierra de la libertad”.

Yo experimento un profundo placer en un mundo lleno de muchas formas de mujer a la alegría de la vida tenemos derecho las de mas de 40 de cintura y 52 de pecho.“Yo experimento un profundo placer en un mundo lleno de muchas formas de mujer a la alegría de la vida tenemos derecho las de mas de 40 de cintura y 52 de pecho.”

“Para mí personalmente, Estados Unidos ha tenido una historia de un fuerte black power. Las luchas de los negros y las negras afroamericanas han inspirado a los negros y las negras de todo el mundo. So, yo creo que sí es la meca del super-capitalismo, pero al mismo tiempo es la meca de la resistencia de las poblaciones afroamericanas”, agrega Pasita y evoca las luchas por los derechos civiles del siglo pasado o la actual resistencia de las comunidades inmigrantes.

De la kruda inocencia a la kruda militancia sanadora

Venir de Cuba y vivir como inmigrante fuera de Cuba, “me ha dado la capacidad de sentirme parte y, al mismo tiempo, distanciarme de Cuba y decir: soy eso pero no soy eso, soy cubane pero al mismo tiempo soy mí misme”, dice Odaymara y subraya la supresión de la marca de género. “Haber nacido y crecido en Cuba te pone en un escalón diferente. Cuando sales al mundo no entiendes cómo funcionan muchas cosas”, agrega.

Cuba “te dio la inocencia”, completa Olivia y Odaymara asiente: “Me dio la inocencia de pensar que el mundo era diferente, pero al mismo tiempo me dio la agudeza de saber que es diferente, la fuerza, la entereza y la convicción de que tengo que aprender lo que no sé y seguir pa’ lante”. Mientras emigrar “nos ha dado esa visión de que puedes ser lo que quieras, doesn´t matter what”.

“Cuba me dio la naturaleza, la vida, mi identidad, un cordón umbilical difícil de cortar, la humildad, la paciencia, la compasión hacia quienes creen que pueden abusarnos. En Cuba aprendí a perdonar, a amarme a mí misma y a quienes no saben amarme porque no se saben amar a sí mismos tampoco”, dice entonces Olivia, volteando los ojos húmedos, recomponiendo la voz, y añade: “Salir de Cuba me dio alas. Cuba es mi país. Pero el planeta es mi mundo y, entonces, la nostalgia de Cuba…”, “se equilibra”, completa Odaymara y Olivia asiente: “se equilibra con la presencia del mundo en mí”.

Krudas Cubensi: estamos en posesión del secreto de la alegría, aunque nos pase el tren por arriba.Krudas Cubensi: “estamos en posesión del secreto de la alegría, aunque nos pase el tren por arriba”.

A Europa, han llegado después de muchos años intentando obtener una visa Schengen, en una corta “gira exploratoria” de conciertos y talleres de rap, que pasan por Barcelona, Madrid, Hannover, Berlín y Toulouse. En un momento de su carrera en el que consideran “sobrepasada” la etapa de la crítica catártica. “Seguimos concientizando”, ahora además “dando soluciones” y, al mismo tiempo, “haciendo hincapié en gozar, disfrutar, bailar”, en que no somos (solo) “inmigrantes oscuras y enojadas”, sino que “estamos en posesión del secreto de la alegría, aunque nos pase el tren por arriba”.

Foto de portada Elena Martínez

Tomado de Deutsche Welle

 

Ocho cosas que caracterizan a un cubano que lleva mucho tiempo en Europa

 1. Todas las frutas te parecen insípidas y hasta dejas de comerlas.

En Cuba escogías las frutas por su olor y su color. Luego de un tiempo en Europa ya dejas de hacerlo porque todas huelen a plástico y, por lo general, nunca cambian su color verde, aunque estén maduras.

 

2. Te molesta el llanto de los nenes.

En realidad a mi me sigue pareciendo natural y posible pero he sabido de cubanos que no lo soportan ya luego de vivir un tiempo en tierras de Europa. Tal cual las personas nacidas por estos lares, ellos se crispan ante el llanto de un bebé.

 

3. No te importa el qué dirán.

Gozas de una libertad absoluta. Nadie te va a dar cuero en la calle por cómo vas vestido, ni te van a decir “qué gorda estás”. Sencillamente la gente no te ve pasar.

 

4. Ya no gritas ni hablas alto.

Cuando llegas, todo el mundo te manda a callar o a bajar la voz. Aprendes rápido que la gente por acá tiene hipersensibilidad a los sonidos. Y te acostumbras…

 

5. Ya no haces preguntas incómodas.

En Europa no puedes preguntar mucho más allá de lo que te dicen. Si alguien te dice que está enfermo, no se te ocurra preguntar de qué. Seguramente te llevarás una no-respuesta. ¡Con lo curiosos que somos los cubanos!

 

6. Ya te olvidaste de que una vez la calle era para conversar y hacer sociales.

La calle en Europa es eso que tenemos que atravesar para llegar a un destino. Nada de sentarte en la esquina a charlar, ni de encontrarte a alguien y quedarse una hora parados hablando de los chismes del barrio. Por acá la gente siempre tiene prisa y, además, sacan cita para conversar.

 

7. Los aguacates te importan un comino.

Si ya llevas un tiempo en Europa pasas por una estante con aguacates y ni los miras. Tu indiferencia es total, pues ya pasaron las ansias jamás satisfechas de comer aguacates. Sencillamente, acá ni siquiera se maduran.

 

8. Aprendes a disfrutar tu existencia sin tener miradas que te hacen sentir un búcaro.

Cuando pasas por entre de un grupo de hombres bebiendo y no te dicen ni una grosería ni tampoco se dan cuenta de que existes, aunque vayas prácticamente desnuda, ahí mismo, de manera inmediata te dices: ¡Qué diferencia! Y, solo por esto, te alegras de no estar en Cuba.

Foto de portada: “Cuba Libre” de Daniele Febei.

Me dicen Cuba: Tanto nadar pa vivir en la (otra) orilla

Cuando Daniela le dijo a su hija Lía que la acompañaría en el viaje y se quedaría junto a ella el tiempo que hiciera falta, a la joven se le aguaron los ojos. Quince años atrás, Daniela de veintitantos, había hecho el recorrido desde Cuba hacia Italia convencida de que podría darle un mejor futuro a su hija. En aquel entonces era una guajirita, recién llegada a La Habana y vio en la capital cubana la única oportunidad de encontrar una mejoría económica. Sin embargo, terminó para su asombro en una urbe italiana; luego de aquel casamiento con el hombre de las flores rojas que ella fue regalando a sus vecinas cuando iba camino al solar.

Aprendió la lengua, trabajó, cotizó y se naturalizó italiana. Se divorció, se volvió a casar, parió, construyó una vida.

Pero ahora se trataba increíblemente del viaje inverso: regresar a tierras americanas para ayudar a su hija en el destino que había elegido para ambas. Hacer realidad el sueño. Y hacerlo pronto porque quién sabe si peligraba el “pan de piquito” que para los cubanos es poner un pie seco en territorio de los Estados Unidos.

La decisión ya había sido tomada y Daniela lo sabía. En un principio se le dobló la vida. Insistió la muchacha: “Me voy al único lugar donde tengo las puertas abiertas”. Era hora de estudiar, ganar en estabilidad, no tener que estar casi clandestina en Suiza, donde su residencia italiana no le servía para nada. Era el momento también para pensar en el bienestar futuro de la familia. Aceptó.

Daniela se convirtió entonces en un astro en esto de tejer historias, hilvanar hechos y anticipar diálogos. Todo fue planificado al dedillo: partida, dinero, documentos, razones incuestionables -por si la Migra nos para en Tijuana- y también una carta a un rector de no sé cuál universidad, por si las moscas. Cada paso fue milimétricamente concebido. Se la aprendieron letra por letra.

La despedida con Albertico, su hijo menor, fue contundente. Cómo es posible que con tan solo nueve años de vida se pueda pensar como diablo. “Vete mami, yo estaré con mi papá, mi hermana te necesita más que yo, cuando ella esté bien puedes regresar”. Un problema menos para Daniela, sencillamente.

En la travesía recorrieron una parte de Europa como quien se despide: Berna, Milán, París, hasta llegar al Distrito Federal en México. Luego Tijuana donde Roly, su amigo de Facebook les esperaba.

Sumando segundos y minutos contaron 33 horas de viaje, aeropuertos, carreteras, espera e incertidumbre. “Somos cubanas y queremos acogernos a la ley de ajuste cubano”, dijo la madre tomando fuertemente a la chiquilla de la mano, ante las autoridades migratorias en la frontera con México.

Entonces sobrevinieron las horas más lentas que recuerdan haber vivido, en aquel lugar con puerta de hotel cinco estrellas -siempre abierta- separación entre las dos naciones del norte continental y que supone un mar de oportunidades para la gente de la isla.

Tanto nadar pa vivir en la (otra) orilla.

Publicado en El Toque

Foto de portada Hédel Nuñez

Yanet Alegría Cubana, nuevo medicamento pa´la nostalgia

Portada de la página de Yanet en FB
Portada de la página de Yanet en FB

Cada día, desde hace cuatro, me receto mi pastillita antinostalgia bien temprano en la mañana. No hay noticiario, periódico o canal de internet que me impida escuchar a Yanet, la artemiseña que desde su página de FB nos llena la vida de cubanadas.

Jóven y inteligente esta cubanísima que sin pláticas altisonante relata experiencias personales a partir de su vida en la isla y en Europa.

Comencé por aquel vídeo sobre la vida de las mujeres y los personajes femeninos de Disney que aplican para cada segmento de ese complicado proceso que es tener una relación con un macho-varón´masculino. Luego he visto cada uno de los tantos minutos que ella ha grabado y confieso que la parte que más me gusta es cuando, luego del obligado “HOLA”, suelta Yanet la primera carcajada. Tan solo verla reír me hace desternillarme.

De todos las grabaciones que esta mujeranga ha subido, solo me ha hecho palidecer el dedicado a los cubanos que estamos fuera de la Isla: todos compartimos los mismos problemas que supone vivir lejos de la tierra y la gente amada. Saberlo duele, sin embargo constatar el crecimiento personal resultante de tal empresa fortalece.

Te la receto, recomiendo y sugiero: ¡Yanet Alegría Cubana, nuevo medicamento pa la nostalgia!

 

 

Maykel Eduardo: “somos cubanos y tenemos alma de campeones (+vídeo)

Nacido y criado en Lawton, en la diminuta calle 18, aquella que tiene una sola acera porque la otra es la línea del tren, Maykel Eduardo lleva aproximadamente 2 años en la ciudad de Praga, en la República Checa. De los 35 años de vida ha pasado las tres cuartas partes entre gimnasios y escenarios. Su pasión es la expresión y los movimientos corporales, ya sea desde la danza o el deporte.

Un día habitual en su vida comienza con lo que él llama su autopreparación. En ese momento, tanto su cuerpo como su espiritualidad pasan a un primer plano. Luego de un par de horas de entrenamiento, se incorpora a dar clases en clubes y personas privadas, para en la noche irse al trabajo por el cual está en Europa: la animación del Club “La Bodeguita del Medio de Praga”. Como el mismo dice es un “día largo y fuerte pero disfrutable”.

Su ley de la vida es: “prepararse mucho en todos los ámbitos posibles, mientras más preparado estas, más oportunidades tendrás. Es por ello que luego de licenciarse en cultura física, Maykel Eduardo se desempeñó como profesor en una escuela secundaria, donde puso en práctica el trabajo grupal. Luego, en el año 2003, y movido por su amor a la danza, llegó a la Compañía Tony Menéndez donde fue profesor y ensayista. Más adelante trabajaría en otras agrupaciones como PMM, Havana Dance Show y Okandance.

Y llegó el 2013, año que sería definitorio en su vida profesional pues se le presentó la oportunidad de trabajar en el restaurante club antes mencionado. Allá, es como un “tres en uno” pues labora como bailarín, animador y responsable de crear la atmósfera cubana y latina en el Club, para decirlo en otras palabras es el encargado de que las personas, no importa cuál sea su procedencia, se sientan por un par de horas como si estuvieran en Latinoamérica.

Acerca de las condiciones de trabajo plantea: “entre trabajar en Europa y trabajar en Cuba hay muchas diferencias ventajosas y otras no tanto. Eso depende de la situación laboral específica en la que te encuentres. En mi caso las condiciones son las mejores, sin embargo conozco a otros cubanos que prefieren los trabajos que tenían en sus antiguos trabajos en Cuba”.

Maykel Eduardo confiesa que se ha traído de la isla su larga formación estricta y su propia autoexigencia: “He tenido la oportunidad de estudiar y aprender de grandes maestros tanto en el plano artístico como en el deportivo. Tengo un buen recorrido profesional, valorable por las compañías en las cuales trabajé, y eso me ha nutrido de un gran conocimiento, el cual aplico todo el tiempo en mi vida no solo profesional, sino también privada. Creo que al final esa formación en Cuba es lo que me ha permitido tener en el día de hoy resultados importantes en mi vida cotidiana en general.

Sus recomendaciones que le puedas dar a las cubanos que están pensando venir a Europa, específicamente para quienes podrían desempeñarse como él en el sector del ocio y el entretenimiento: “Trabajar duro y dar el esfuerzo máximo y recordar siempre que somos cubanos y tenemos alma de campeones”. Ha dicho.

Hédel Nuñez: mentes y software libre para Cuba

Foto cortesía Hédel Nuñez
Foto cortesía Hédel Nuñez

El amor lo situó hace 4 años en un pequeño pueblo checo en los campos de Pilsen, pero Hédel Nuñez Bolívar se declara “cubano, habanero de nacimiento y de carnet de identidad, y con el corazón en cualquier rincón de Cuba”. Hédel, informático de profesión, se crió entre los barrios capitalinos de Lawton, Alamar, Playa, Vedado y el Reparto Eléctrico.

Aunque alejado de su Cuba natal, Hédel pone su granito de arena para dar a conocer su país en este rincón de Europa: “Hacemos conversatorios sobre Cuba cada vez que podemos pues mi esposa es maestra y llevamos a su escuela el tema. No tocamos la política, hablamos de la naturaleza, la cultura, la cocina, la música, etc. El año pasado el propio embajador vino a acompañarnos en una de esas actividades”.

Es inevitable para los cubanos hablar de política y sobre eso nos dice: “No estoy a favor ni en contra del sistema político en Cuba. Me opongo a lo que me parece mal, aplaudo lo que considero correcto. Creo que nuestro país necesita cambios en todos los aspectos, pero antes que nada, conservar los valores sociales que se han alcanzado. No digo que sea comunismo o capitalismo la sociedad que se necesita, me importa poco cual sea el nombre, lo que me importa es que sea un sistema que satisfaga las necesidades del cubano. Como cualquier cubano medio, tengo familiares y amigos militantes del PCC y en Miami. Lo mismo me puedes encontrar criticando el periódico Granma que con un lazo amarillo puesto por la causa de los 5 agentes cubanos”.

Soñando con hacer algo más por Cuba
Como desarrollador de software sueña con poder hacer algo desde Cuba: “Sería necesario que en Cuba, en vez de existir una lista con las actividades permitidas para los cuentapropistas o pequeños empresarios, lo hicieran al revés: una lista con lo NO permitido”.

“Dejar al cubano desarrollar su imaginación, emprender negocios, mientras no viole los principios elementales. Ahora mismo hay muchos colegas míos trabajando encubiertamente para empresas extranjeras. No tienen protección legal, andan inventando para poder conectarse a Internet y además, por hacerlo de forma sumergida, no pagan impuestos. Si el Estado cubano pusiera los pies en la tierra, diera oportunidades a esos profesionales para que tuvieran un respaldo legal, recaudaría los respectivos impuestos. Quisiera también que se le diera más respaldo a los proyectos de software libre. En Cuba se habla mucho de software libre, su importancia, su necesidad, pero se materializa muy poco. Como ejemplo puedo citar el proyecto Nova. Se trata de una distribución de Linux creada en la UCI para, supuestamente, satisfacer las necesidades del país. Sin embargo, no tiene una página en Internet, no se puede descargar de ningún lado… y en el siglo XXI, ¿cómo es posible tener un producto de software que no tenga presencia en Internet? Y en este caso de software libre ¿sin una comunidad que lo respalde?”.

“Creo que se ha cometido un gran error al permitir fundar el negocio propio con una lista limitada de actividades y dejar fuera al sector de los profesionales. Esto que yo hago aquí lo podría hacer perfectamente desde la Isla si las leyes allí me lo permitieran, pagaría mis impuestos en Cuba y tendría mi cuenta bancaria en un banco cubano, recibiendo allí todas mis ganancias, que al final, sería dinero que entraría al país. Sé del embargo, de las limitaciones de transacciones financieras desde y hacia Cuba, pero creo que en el país se pueden dar pasos muy grandes que no dependen de agentes externos. Estos potenciarían el desarrollo de muchos profesionales cubanos y resultaría en una aportación económica de importantes dimensiones para el país”.

Consejos a los emigrantes cubanos
Entre los consejos para gente de la Isla que está pensando emprender fuera de Cuba, Hédel considera que primero estaría: ¡Estudiar el capitalismo! para evitarse sorpresas indeseables. Segundo, dominar el idioma del país donde se vive. Y el tercero está dirigido a las autoridades cubanas: “que faciliten el desarrollo de los profesionales en Cuba para que no tengan la necesidad montar un negocio fuera de nuestras fronteras”.

Después de haber estudiado y trabajado en la Universidad de Ciencias Informáticas, entre otros centros en Cuba, este ingeniero se lanzó a crear su propia empresa en Europa con todos los riesgos que eso supone: “Cuando comencé a trabajar el tema del desarrollo de software fuera de Cuba, me di cuenta que el mundo tecnológico, en cuanto a software y servicios, está en una dimensión muy distinta a lo que tenemos en la Isla.

En esto influye mucho, no sólo el acceso a nuevas tecnologías e Internet, sino la falta de tantos servicios telemáticos que no se utilizan o que tienen muy baja penetración en Cuba. El mundo del desarrollo de software, real, es muchísimo más rico de lo que me imaginaba”, precisa Hédel, quien también es videasta, fotógrafo, buzo y amante de la naturaleza.

HEDMON es el nombre de la empresa familiar que creó y es el resultado de la combinación de su nombre y el de Monika, la mujer que le hizo torcer el rumbo de su vida hacia la fría Europa. Entre los dos se distribuyen las funciones. Ella, más apegada a las relaciones públicas, en especial con los clientes checos; él, en el ambiente más técnico.

Cuando le pregunto por qué debo contratar sus servicios y no otros habiendo tanta competencia en ese sector, me espeta: “En nuestro caso, ofrecemos precios realmente competitivos. Gracias al teletrabajo tengo contactos con otros colegas y nos ayudamos mutuamente. Funcionamos algo así como una cooperativa: a veces un diseñador de España me pide que lo ayude con una web, otras veces trabajo con un programador de Rusia, y así … Cuando uno se inserta en las comunidades de software libre conoce a muchas personas buenas, tanto en lo profesional como en lo humano, y de esa manera puede abaratarse el producto”.

Publicado en elToque.com

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Martha Duarte, una cubana siempre enredada en la música

La música cubana Martha Duarte procede de la escuela cubana que ha formado a virtuosos instrumentistas. A lo largo de su vida fundó y participó en varios proyectos. El más importante de ellos, Sarabanda, el cual reconoce como la columna vertebral de su proyecto individual.

En estos momentos la violinista y compositora está residiendo en Suiza, país al cual viajó por primera vez en el 2007: “Al final fueron casi 5 años de ir y venir. Empezamos a sacar cuenta en el plano personal y profesional, la balanza empezó a inclinarse en esta parte del mundo. Yo siempre ando enredada en la música, ha sido la consagración de mi vida, siempre, todo lo que haga siempre, tendrá que ver con eso, ahora con escalas y arpegios un poco diferentes, diríamos que europeos. Feliz de tener esa oportunidad”, reconoce.

Pero vivir fuera de la Isla ha supuesto sacar a luz la versatilidad de la profesión. Sobre las actividades que desarrolla ahora precisa también la de arreglista: “En estos momentos estoy envuelta en una propuesta que llamo “Concierto de cámara”, un vuelo musical que parte de África, pasando por los países de América Latina que tienen una fuerte presencia africana hasta llegar a Cuba, donde termina el recorrido.

“Por primera vez participaré como actriz en una obra teatral. Se trata de un empresario suizo que va a Cuba buscando músicos para traerlos. Al final era un napolitano que intentaba inventarse la vida. Yo soy la música que cae en su trampa. Será un espectáculo precioso, porque hay mucho de nuestras culturas, de la italiana, la cubana; se llamará San Genaro de Santería. Además tengo un proyecto que me acompaña, un quinteto formado por músicos de diferentes lugares, una riqueza, porque es una mezcla de naciones. Aquí en Suiza también imparto clases de violín y de piano a nivel elemental, clases a un coro y participo en el proyecto para niños y adultos “La música en el cuerpo”, donde hacemos música sin necesidad de tener instrumentos musicales. Al mismo tiempo, colaboro con una escuela de teatro musical preparando a los cantantes para las audiciones y el repertorio”.

Martha Duarte
Foto cortesía Martha Duarte

Ante la publicación de un artículo llamado “Pasar el cepillo”, Martha Duarte expresó su opinión sobre la posibilidad de que un músico, luego de años de estudio y ejercicio profesional, tuviera que vivir de lo que la gente le quiera dar. Consultada sobre este asunto nos dice:

“No es que esté inconforme, es que a mí como artista me da un poco de tristeza que un músico esté en esa situación. A lo mejor es por mi formación clásica que me cuesta trabajo asumir otra actitud que no sea la de estar en un escenario tocando frente a la gente que te atiende, escucha y aplaude y por eso ganas y no tienes la necesidad de “pasar un cepillo” para vivir”.

“Yo acá veo músicos espectaculares graduados de los mejores conservatorios del mundo que tocan con un sombrero delante. Es como la limosna, pero cuando sacan la cuenta de lo que allí tienen seguramente les da para vivir, pero no deja de entristecerme. Una vez en Colonia, en medio de un frío que partía el alma y los dedos, vi un violinista que tocaba a la intemperie en una de las estaciones del metro, y yo me decía: ¿cómo puede tocar con este frio? Y lo hacía como los dioses. Mientras se me saltaban las lágrimas, yo sé el esfuerzo, los años, el sacrificio, las horas de escalas, de arpergios, de tu vida, que vienen consagras para lograr tocar una frase de Vivaldi, bien tocada, y ver a un músico que haya tenido esa realización tocando en la calle, donde alguna gente se para a escuchar, pero otra ni siquiera se detiene”.

Al mismo tiempo, estar en contacto con la música fuera de Cuba le ha permitido tener un aprendizaje valioso acerca del hecho de proceder de la isla musical: “Nosotros que somos isleños, aunque en realidad somos un archipiélago, somos más chovinistas, pensamos que más allá del mar que nos circunda no existe nada y no es así. Después de ese mar hay tanta gente, tanto talento también. Aquí en los conciertos he tenido la oportunidad de ver a Tierra, viento y fuego, Alicia Keys, Sting, Santana, o sea, a los músicos más famosos del mundo y también a músicos que nadie conoce y que también son maravillosos. Entonces en Cuba pensamos que los mejores pianistas o percusionistas son cubanos. Y no es así. El mundo está lleno de gente con talento y esa es la parte que me duele, que nosotros no somos capaces de tener una mentalidad un poco más abierta y darnos cuenta de que hay que hacer más”.

https://soundcloud.com/radionetherlands/escuche-a-martha-duarte-sobre

Publicado en El Toque

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