Alto Riesgo

No levantaba una cuarta del piso cuando ya pensaba en parir. No recuerdo con exactitud la edad que tenía por ese entonces, pero jugar con muñecas para mí era ensayar a ser madre. Siempre. Muchos años después me daría cuenta que esa fue mi estrategia inconsciente de sentirme menos sola. Estaba rodeada de gente en casa y aún así la soledad no me era ajena: todo empezaba porque mi madre me tuvo a los cuarenta y yo era la menor de sus cinco hijes.

***

A mis quince años, una de mis mejores amigas me hizo prometerle que mi primer hijo (porque yo quería un macho) sería su ahijado: Alejandro. Nuestra relación, fraguada en un internado, nos comprometía a querer un futuro donde algo más que nuestras propias vidas de estudiante nos uniese.

***

Mi único embarazo real -tuve un par de sospechas que no pasaron a más- llegó cuando tenía escasos 18 años, mientras planeaba seguir estudiando y disfrutar de la vida universitaria. Quien mejor puede contarlo es mi amiga Celita, que me apoyó cercanamente en aquella fase, dada nuestra estrecha amistad en esos instantes.

Nosotras estábamos en un grupo de dos para dos: nuestros novios, también muy amigos, eran compañeros en la preselección nacional de Fútbol. Ambos pertenecían al equipo sub 23 que competiría en los entonces venideros juegos Panamericanos del 91.

Un día en casa de Bernardo, el novio de Celita, me encontré a Wilfredo. Disfrutando de la mejor timba cubana conocí a uno de los mejores bailadores que ha tenido y tendrá Cuba (risas).

Comenzamos al tiempo una relación e hicimos la vida de jóvenes que pudimos, sin responsabilidades ni grandes tropiezos. Nos íbamos de guerrilla, o sea, acampábamos en cualquier sitio, las costas con playa era casi siempre el destino final. Los cubos de espaguetis, preparados en la pizzería de Regla, acompañaban aquellas jornadas. ¡Qué rica es la vida sin grandes responsabilidades!

***

Recuerdo aquel agosto de 1992 por los cambios de mi cuerpo, que hasta ese momento no había dado muestra alguna de gravidez. En dos oportunidades Lary me llevó con su mamá, quien trabajaba en la sala de gineco-obstetricia de un hospital habanero. Allí fui examinada y ningún especialista pudo ver que Lisandra se estaba bien formando dentro de mí. El personal médico justificó la amenorrea con la adolescencia por la que transitaba.

La sensación de estar embarazada se redujo a una sola parte de mi cuerpo: tetas turgentes que crecían por segundos. Para minimizar el calor que me producían, ponía pañitos medianamente húmedos debajo de cada una. Cuando ya mi cuerpo, acompañado por mis preocupaciones, no pudo más, busqué a Celita.

Ella y su mamá, Minerva, me acompañaron a la consulta donde una médico confirmó mis sospechas.

Minerva me dió todo el amor que una joven desesperada puede necesitar. Los embarazos de jovencitas a veces se dirimen con las amigas y las madres de estas, más que con nuestras propias madres.

Yo le tenía un cariño especial pues representaba la madre que yo quería llegar a ser y que mi mamá por la diferencia de edad no pudo ser. Minerva era joven, desprejuiciada, apoyaba en todo a sus dos hijas, Celia y Gerda, no se perdía nada de lo acontecía en la beca. Cada 5 de abril, iba cake en mano y nos tocaba la puerta del aula, en el pasillo H de la unidad 4, para celebrar el cumpleaños de Celita. Aún recuerdo los pedazos de tarta aventados en nuestros rostros. ¡Qué manera de celebrar teníamos en aquella época!

Ella fue entonces mi confidente aunque no preguntó mucho. Solo se dispuso a apoyarme y me acompañó a aquella consulta. En esos días, Minerva fue para mí un poquito madre.

El miedo a perder mi carrera universitaria me llevó a buscar a mi amiga Idelys, cuya mamá era la ginecóloga que tenía más cerca. Con ella pensé que podría solucionar mi “problema”.

Me atormentaba la idea de no poder continuar la universidad. Provengo de una familia encabezada por una costurera, que nos preparó lo mejor que pudo para que nosotres estudiaramos en la uni. “Serás menos negra m’ija cuando te gradúes en la universidad”. Mi madre era una “discriminadora positiva”, mi compromiso con bajar la Escalinata era estrictamente con ella.

Con ese embarazo la defraudaba. Yo, Sandra, la niña que tuvo a sus cuarenta, la única que estudió en La Lenin, el preuniversitario con mayor prestigio de La Habana, podría retardarse o no culminar sus estudios. Esa posibilidad me retorcía la vida. Una canción de Pablo Milanés me torturaba, el estigma y el rechazo me oprimían:

Lo que sentí, fue como un rayo en mi interior
Que me sorprende el corazón
Todo se rompe, todo estalla
Y algo acaba de morir
Para sentir otra manera de ser feliz
Otra de manera de sufrir
Otra manera de vivir
Lo que hasta ayer era reír
Qué pasara, adónde irán mis juegos a parar
Y mi inocencia a terminar
Qué nuevo amor será
Qué tal si me querrá
Qué voy a hacer si dice no
Ya yo no mando al corazón
Qué confusión, qué dicha, qué dolor

Llegué a la consulta de la madre de Idelys, la Dra. Crespo. La galena me confirmó que efectivamente mi embarazo era tan real como la nula posibilidad de que no diera a luz. Esas 16 semanas -y su negativa de practicar un procedimiento reservado para casos extremos, no para una interrupción voluntaria- me pusieron delante de mi madre, mi principal preocupación.

Hildelisa, que se observaba tranquila, escuchó la historia que le conté. No pronunció palabra alguna. Nunca llegué a saber cómo se tomó mi embarazo. Jamás lo compartió.

***

Regresé a mi casa, a mi barrio, al consultorio que me correspondía. A partir de ese momento comencé a ser la “captación tardía”. Así se referían a mí los médicos, para indicar que habían descubierto y registrado mi embarazo tardíamente. También fuí “la madre adolescente”.

Captación-tardía-madre-adolescente-embarazo-no-deseado= Embarazo-de-riesgo. Esa era la etiqueta que “resumía” mi vida.

En Cuba suele suceder, como es de esperar en la cultura patriarcal, que una mujer es tal hasta que se embaraza. A partir de ahí comienza a ser el recipiente, el envoltorio. En referencia a mí, todo el universo médico, de ahí en adelante y hasta que salió la criatura, olvidó mi nombre. Me convertí en “La Gestante”.

***

En septiembre, días antes de cumplir los 19, ingresé nuevamente a la universidad. Entraba en mi segundo año, con la noticia de mi embarazo y las correspondientes miradas de sorpresa. Mi gestación creo que además constituyó un récord: mi criatura inauguró, como tal, la llegada de las crías a aquella promoción de profesionales de la psicología.

***

Pasaban los días y yo seguía campante con mi creciente pipa esférica como luna llena. Mi doctora extendió todo lo que pudo mi estancia en la casa, “para no tener que ingresarte en el hospital innecesariamente”, me dijo. Cada día que pasaba sin ponerme de parto contaba para mí como si fueran meses. Estaba ansiosa.

Llegada la semana 42, no quedó otro remedio que internarme en el hospital. Consultas, exámenes, anamnesis. Seis días después llegó la hora.

Era como media mañana cuando me empecé a sentir rara. Una pesadez exagerada en la panza, más unas contracciones que se iban agudizando, me quitaban el aire. Los días anteriores me habían llevado cada vez a ponerme el monitor, un aparato indeseable -por incómodo- con el cual se amplifican los latidos del corazón del feto, a partir de lo cual se puede conocer cómo está reaccionando el bebé al estrés que produce el parto. Recordemos que, aunque parezca lo contrario, el feto es el verdadero protagonista del nacimiento.

Luego de la visita breve que me había hecho Wilfredo ese día, el malestar se incrementó. Horas pasé viendo entrar y salir embarazadas de la sala donde me encontraba, en la cual se atendía a quienes aún con síntomas de parto demorarían unas horas en el proceso.

Con un “dieci” encabezando mi edad, era y me sentía una beba, inexperiente del mundo, de la vida. De mi propia existencia sabía muy poco. No sé qué me producía más pánico, si el parto en sí o lo que vendría después, a partir de la responsabilidad que implica la parentalidad.

Entre todas aquellas batas blancas y gorros verdes a mi alrededor, recuerdo solo a dos personas: la doctora que me aplicó el “torniquete” y la enfermera que me preparó para la cesárea.

“Torniquete” es el nombre popular de una maniobra que, insertando y abriendo el índice y el del medio dentro de la cérvix y girándolos frenéticamente hacia la izquierda, se realiza para dilatar el cuello del útero. Ese dolor, al rememorarlo, me eriza aún la piel cinco lustros después. Me imagino que tenga otro nombre, sin embargo éste le queda perfecto; efectivamente se te retuerce la vida, no solo el cérvix, cuando el médico o la doctora de turno intenta apresurar el parto con su utilización.

Luego de eso vinieron dolores y contracciones un poco más fuertes pero tampoco nada del otro mundo. Seguí viendo mujeres que entraban y salían, a quienes ya en ese momento envidié profundamente. Quería meterles la cabeza en sus entrepiernas para saber qué tanta dilatación tenía que alcanzar luego de aquellos ejercicios de respiración, la caminata por el salón de parto, las cuclillas y no sé qué más. Simplemente la noche más larga de mi vida.

Con el arribo del sol, también llegó el personal médico de relevo. Se decidió que había pasado ya muchas horas en “eso”. Decidieron, sin prepararme, sin consultarme, sin informarme adecuadamente que me abrirían la panza. ¿Me van a hacer cesárea?

Recuerdo a aquella enfermera negra de cabello canoso que me afeitó la vulva, me puso las sondas, el suero y me explicó paso a paso lo que ella me estaba haciendo, mientras me pasaba la mano compasivamente por el pelo.

Lo que no me pudo explicar fue por qué que no podía continuar con el trabajo de parto. Una razón contundente no parecía existir: no había tenido ningún contratiempo durante el embarazo; no era ni diabética ni hipertensa; el feto estaba bien; no tenía sufrimiento fetal; no hubo meconio.

“Los médicos son los médicos. Ellos deciden. Y hay que confiar”, me dijo.

Cuando desperté de la anestesia, no reconocí dónde estaba, ni el resultado de la operación. Tampoco recordaba quien era. Mucho menos pude reconocer el rostro que tenía frente a mí, y que me miraba con unos ojos bien abiertos y brillosos de la emoción. Segundos después supe que era Karina, aquella amiga que seguía con la intención, 4 años después, de ser la madrina de mi criatura, que no se llamaría Alejandro. Su ahijada Lisandra había nacido a las 11:05, el 30 de enero de 1993.

Foto de portada: Julia Ardón

Rosita

La historia de la blogosfera cubana no se puede contar sin pasar necesariamente por una de sus figuras más visibles: Rosa, Rosita, La Polillosa, La Polilla,  albergó muchos más nombres que el de la flor.

Rosita es un ejemplo de que la división que nos quieren imponer entre “mundo virtual” y “mundo presencial”, no es más que una falacia. Nosotras desarrollamos una amistad fecunda por muchos años y nos vinimos a abrazar mucho tiempo de iniciada esa relación, justo cuando el universo lo quiso.

Mientras tanto, yo le mandaba palomas mensajeras en plena angustia pidiéndole que llamara a mi hija. Cualquier motivo me bastaba. De manera que en mi casa su voz era muy conocida. Amó a mi nieto a partir de las fotos que puse de él en mi muro y nunca le pudo morder el cachete pues el tiempo pasó y ella ya no está.

Me preguntó entonces: ¿Me vas a llorar?

En algunas cosas Rosita tenía un tino especial. Como dice mi amigo Enzo, probablemente ella haya sido la única persona que jamás desacreditó sus ideas por el hecho de ser italiano. Ella era un ser muy justo.

En otros momentos podía levantar las polémicas más absurdas y era donde discutíamos. Nos decíamos la misa completa hasta que se nos quedaba la adrenalina en cero. Porque todo pasa y de eso ya teníamos constancia; varios periodos de silencio entre nosotras nos acercaron cada vez más. Pregúntenle a Mildred, quien se propuso interceder en nuestra última riña. No hizo falta. Yo le di un toque cuando me enteré que me había retirado la amistad. “Dale mija que nuestro amor es verdadero”, le dije. Entonces me confesó que se había arrepentido de sacarme de su muro. “Cojones no me hagas más nunca eso, que no sé vivir sintigaaaaaaaaa”. La última palabra es sin dudas un neologismo.

Lo que nunca hice fue leer uno de sus post. Y Rosita lo sabía. También creo que no leía mi bitácora. Había temas y posturas mías que la hacían rabiar.

Eso sí, nadie puede dudar que Rosita ponía amor en todo lo que hacía, lo mismo para verter un criterio, como para juzgar a alguien. Daba lo mismo que fuera uno de sus tuitazos que yo presumía inútiles, para lo cual ponía en disposición su banda-estrecha-conexión.

Con un “me quedan tres o cuatro afeitadas” me dijo que estaba preparada para irse de este mundo. Se rió y luego afirmó: “estoy como la hiena, no sé de qué me río”. Planifiqué infructuosamente llevarle un andador, pregúntenle a Leticia. Para ese entonces, ya René, “el de los 5”, como ella lo denominaba, se me había adelantado.

Me preguntó entonces: “¿Me vas a llorar?” El día de su muerte no fue uno cualquiera: SE MURIÓ NUESTRA ROSITA. No me dio tiempo a llegar a La Habana.

Lloré.

Tuve entonces que conformarme con leer los obituarios de sus amistades, alguna de ellas participaron de sus sueños más bellos, como el de la tropa cósmica.

Es 26 de julio. En el momento, en que casi termino este texto, vuelvo a entrar a su muro. Noto que la gente sigue publicando por allá y etiquetándola a los eventos que consideran importantes. Prefiero pensar que son personas que la sienten aún presente, aunque también podría suponerse que no se han enterado de su muerte. Tal vez no les haga falta saberlo.

Mirar a Obama desde la barrera

La periodista cubana Leslie Salgado actualizaba hoy su perfil en Cuba: “Había que estar en Cuba”. Vinieron entonces a mi estómago todas las revolturas de la ausencia, igual que cuando a Zurbano intentaron acribillarlo y yo tampoco estaba.
No estoy en La Habana, recontra, para ver las caras de la que gente recibe a EL Presidente, porque de que es EL y no el no hay duda alguna. Ya la gente venía eufórica desde el 17D cuando se rompió el corojo, cuando el malecón empezó a secarse o hacerse más corto…
Tampoco para ver la puesta en escena de un recibimiento a los señores imperialistas y gente que decide no saltar bajo ninguna circunstancia, no vaya a ser que cambie el concepto de disidente y ahora los vilipendiados sean los ante confesados antiimperialistas. Porque la política también tiene su teatralidad y sus marionetas.
Ahora sí llegaron los americanos, me dice Esme, y ya no es la frase que me hacía esconder debajo de la cama y repetir cientos de veces que mi refugio estaba en Manicaragua.
Y para colmo de bienes también llega la wifi a Santa Cruz del Norte y yo puedo hoy 18M16 ver a mi familia. Dice mi sobrino que ha sido la obra y gracias de Obama.
Pisará entonces ÉL la tierra de mis amores y yo no estaré para contarlo. Y no me pregunten por expectativas ni consecuencias. Yo solo quiero estar ahí.

Imagen de portada: Garrincha

Cincuenta

Cincuenta es la suma vilipendiada hoy en la realidad cubana.

I
Cincuenta es el costo de la entrada a Fábrica de Arte Cubano, el proyecto cultural más interesante que ahora mismo tiene la capital de la Isla (o la isla entera). Qué si es muy caro, solo accesible a las ya existente élites pequeño-burguesas cubanas. Pues yo que siempre estoy velando por el bolsillo de “la gente de pie”, no lo creo, porque ante las reales ofertas de sitios con música estridente y textos misóginos, es un lujo poder acceder a un sitio confortable donde nadie te acosa y en mi caso que soy vegetariana pues el primer lugar que encuentro en Cuba donde hay propuestas culinarias más allá de la consabida ensalada de vegetales. Por 50 miseros guayacanes se puede acceder a todo: conciertos, obras de teatro, descargas, fiesta, exposiciones y hasta etc. Y por demás la gente que manichea el lugar se sienta junto a ti en el concierto, ahí en la misma butaca confeccionada a base de padles (o como se escriba). Cincuenta pesos no son nada para todo lo que una puede gozar allí. Qué es mucho dinero. Tal vez. Si estuviera en Cuba con mi salario de redactora me pusiera mi dosis de FAC quizás una sola vez al mes… y esperaría ansiosamente la próxima. Al final creo que me alimentaría más yendo a la otrora fábrica de aceite que con una libra y pico de leche. Porque no solo de pan vive el hombre (y la mujer).

II
Cincuenta es el costo de la conexión a las wifis en Cuba. Más bien su equivalente en “moneda dura”, o sea dos CUC. Quizás este sea el experimento más importante de todo lo que sucede actualmente en la finca. Antropológicamente invaluable, como dice una amiga, ver a todos esos jóvenes, móviles, ipad, y laptops en mano, sentados en el medio del Vedado con cara de quien le han regalado un juguete nuevo. Y también en Santiago y en Pinar y en Santa Clara… Son 50 durísimos guayacanes que les tocará pagar por cada hora de conexión. ¡Y el mes tiene no sé cuántas! Sumamente caro para un servicio básico que indudablemente dinamiza hasta el infinito la sociedad por entero. Ni siquiera pienso en Facebook o Yahoo, aunque presumo que son ahora los sitios más visitados. Pienso en acceso a servicios bancarios, a información que nos puede hacer la vida cotidiana más ligera. Imagino los estudiantes conectados a los archivos y bibliotecas; a Rosa Elena escudriñando desde su ipad los blog que eligió como muestra de su investigación. Yo, que continúo pensando en el bolsillo de “la gente de a pie”, me pregunto con qué cuenta un ingeniero en informática en su bolsillo para bajar la última actualización de un software. Una hora, dos hora y cabrón icono redondo, que indica que está bajando el fichero, aun no para. Y la leche a 35 pesos la libra en el mercado ya no tan subterráneo.

III
Todo es cuestión de los ojos conque se mire y de prioridades.

 

Imagen de portada tomada de http://www.bc.gob.cu/

No conozco otra Cuba que la bloqueada

fidelelche
Meme circulado por Facebook

De todas las medidas de Barack Obama, no hay ninguna, para mí que posea mayor revelancia que la referida al bloqueo/embargo de Estados Unidos contra Cuba y la restauración de las relaciones diplomáticas entre los dos países americanos.

Nací en Cuba y viví allí los primeros 39 años de mi vida, antes de mudarme a Europa en el 2013. No conozco otra Cuba que la bloqueada (aunque el término esté mal usado, así fue como lo aprendí) y la que se construyó en contraposición a los “señores imperialistas del norte”. Crecí escuchando que todos los males de la sociedad cubana, tangibles e ideales, tenían como una excusa el cartapacio de medidas reestrictivas que, nacidas en 1961, nos hacían la vida miserable a la gente de la isla.

Pude palparlo vívidamente cuando hace un par de años en una visita a Londres se me negó la posibilidad de cobrar una plata en una oficina de la Western Union, la única razón: “el país desde el cual Ud. proviene (comprobado por la presentación de mi pasaporte) no aparece en la lista”. Igual me pasó en San José de Costa RIca.

Por eso, cuando el 17 de diciembre de 2014, me di cuenta que Obama no solo estaba hablando del cambios de prisioneros, sino también de la futura aplicación de un grupo importante de medidas, entre ellas algunas concernientes al bloqueo o embargo, y a la normalización de las relaciones entre los dos países. Me dije entonces: pellízcame que estoy soñando. Parecía tan irreal como que pueda ir a Cuba el 30 de diciembre. Lo de los agentes cubanos y el contratista estadounidense había pasado entonces a un segundo plano.

Habría que decir que el 17 de diciembre, es una fecha muy importante en Cuba pues se celebra al milagroso San Lázaro, que en la Santería cubana es Babalú Ayé, santo y orisha que vela por las personas enfermas o en situaciones difíciles, como lo han sido hasta el momento las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

El día en cuestión, sentada aun delante del televisor, comencé a enviar información para Cuba, porque ya sabemos que las maneras de comunicarse en la isla son las más arcaicas posibles y quería que como yo todos supieran la envergadura de lo que estaba sucediendo.

La comparecencia de Raúl Castro se centró casi exclusivamente en la liberación y canje de prisioneros, algo que ya sabía de antemano. Pero la de Obama, con su “TODOS SOMOS AMERICANOS”, me puso los pelos de punta, no podía imaginar que este hombre propiciaría un cambio tan rotundo e histórico.

En nuestra casa en Alemania, mi compañera Esmeralda y yo pasamos por todos los estados posibles: la ansiedad de la espera, la expectación, la alegría, la incertidumbre, el llanto, la euforia. Nuestros vecinos alemanes tuvieron que aguantar nuestros aplausos, gritos y celebraciones. Para ella, crecida en Alemania Federal durante la guerra fría, esta nueva circunstancia significaba, creo, una legitimación de su identidad cubana en el exilio, aquella que desde niña le fue expropiada y la convirtió en una “comunista”, aun cuando ella había salido de Cuba antes de 1959.

Al mismo tiempo que escuchaba a los presidentes (Raúl primero y luego Obama), se me agolparon entonces muchas ideas o peticiones: Internet universal en Cuba, pasaportes y trámites migratorios baratos, dejar se ser un “posible emigrante” para los consulados estadounidenses, término de la cacería de brujas en la isla, diálogos respetuosos entre un disidente y un revolucionario, etc.

Sé que hay cosas dentro del embargo que el presidente de los Estados Unidos de América no puede cambiar. Conozco también que todo dependerá de lo que el Congreso defina. Pero de que el hombre “lanzó la pelota”, estoy convencida.

Días después del anuncio sigo con este manojo de sentimientos y reflexiones que presumo llevaré encima por un tiempo. Y aparecerán otras preocupaciones, aquellas que he intentado mantener a raya y que tienen que ver el discurso colonialista que aun transmiten las palabras del presidente de Estados Unidos:

Hoy vamos a renovar nuestro liderazgo en el continente americano. Vamos a levar las anclas del pasado porque es necesario alcanzar un futuro mejor: para nuestros intereses nacionales, para las personas que viven en Estados Unidos y para el pueblo cubano.

Fragmento del mensaje de Barack Obama: Un nuevo rumbo para Cuba

Publicado en Global Voices

MICROPOST: Juan de los Tiburones

JuanAlvarez
Juan Alvarez, destacado buzo y arqueólogo cubano

En mi familia tenemos seis Juanes y todos están en mi rama paterna. Mi abuelo J., mi dos hermanos J. José y J. Carlos, mi tío J. Antonio y mi primo J. C. Y también mi padre Juan José o tan solo Juan como siempre lo conocí, aunque su esposa actual jure que mi abuela quería ponerle JJ.

Pero a este Juan, supuestamente el más importante en mi vida, siempre le interesaron más los tiburones y vivir en el y del mar que sus hijas e hijos. De manera que mientras escribía sus memorias, de tanto remar estuvo tanto en la construcción del Túnel de la Bahía de La Habana como en el rescate de los cuerpos de la voladura del Maine y quería dejarlo por escrito, decidió que no hablaría de sus descendientes. Sencillamente no quería enrredarse en “detalles menores”. Y no se equivocó.

En fin, que  había aprendido muy poco del abandono de su padre y de haberlo conocido con 19 años. Juan de los Tiburones anda por un lugar de La Habana, o San Juan y Martínez, pero sus hijos y hijas estamos para él como en otro planeta. Y para mis hermanos y hermanas también. Me incluyo.

Mi pie izquierdo con LASA

Cartel de LASA
Cartel de LASA

Especial para Cuba Contempóranea

Dicen que a la tercera va la vencida, pero lo mío con LASA es, si no un récord, al menos un buen average.

Para buena parte de la comunidad de intelectuales e investigadores cubanos, LASA es un evento recurrente en sus vidas. Quienes nunca hayan visto esas siglas, se trata de la Asociación de Estudios Latinoamericanos con sede en Estados Unidos, que organiza un evento internacional desde 1968 (las últimas tres emisiones han sido anuales), donde participan muchos profesionales de Cuba, quienes en cada oportunidad vencen el reto de presentar una nueva ponencia dentro del ámbito de estudio que les ocupa.

Aunque tengo la sensación de que a veces participar en dicho congreso es como correr una carrera de relevo interminable –no has terminado los últimos detalles de tu ponencia y ya tienes que comenzar a pensar qué enviarás para la emisión del próximo año–, es cierto que LASA reúne fuera del país a un grupo importante de especialistas procedentes de la Isla y los reencuentra con cubanos que viven en otras latitudes. A todos los sitúa en un mismo espacio y les da la palabra para que expongan, discrepen, debatan, concilien…

En mi opinión, lo verdaderamente trascendente es quiénes son las personas que logran poner su pie en la sede de LASA. Más allá de la cifra de participantes cubanos, que para ser justos habría que reconocer como un logro de los organizadores, se trata de intelectuales de lo más selecto de la Isla que participan activamente, desde diferentes saberes, del pensamiento cubano contemporáneo.

Es en ese sentido que me convoca dicho congreso, pues además de colegas de otras naciones, es una buenísima oportunidad para reunirse, charlar y actualizarse con quienes lograron: incluirse en el programa, la visa estadounidense, la beca que otorga el evento u otra financiación, y una atractiva ponencia.

En mi caso, luego de tres intentos y de haber conocido de la existencia de la Asociación y del evento por mi amiga y colega Norma Guillard Limonta, quien quizás encabece la lista de haber participado en un número considerable de LASA, aún no he podido estar presente.

Recuerdo con emoción la primera vez que lo intenté. Se trataba de un panel con un tema no muy trillado en aquel 2011: redes sociales, blogs y otras variantes digitales. En esa oportunidad, luego de pasar el curso “Cómo-concebir-un-panel-para-LASA”, logré motivar a mis colegas de Bloggers Cuba: Yudivian Almeida, Elaine Díaz, profesores de la Universidad de La Habana; Karel Pérez Alejo, en ese momento profesor de la CUJAE, y al periodista Francisco Rodríguez.

Como coordinadora del panel, me tocó alistar todos los documentos, los envié a tiempo, lo que es todo un reto con la “lenternet”. Nos hicimos miembros de la Asociación, como se requiere. Sin embargo, la propuesta no pasó el filtro. Inexperiencia quizás, y novedad del tema, tal vez.

La segunda experiencia vino de la mano de mis colegas Helen Hernández, Yasmín Silvia Portales Machado, Zaida Capote, Lirians Gordillo y Danae Diéguez. Por supuesto, el feminismo en Cuba sería el plato fuerte de nuestro panel. Me tocaría hablar entonces del ciberfeminismo isleño.

Lo logramos todo, incluidas algunas becas para las integrantes del panel. Por gracia divina fui una de las escogidas, había aplicado a un fondo para afrodescendientes que tiene el evento, y que como parte de las acciones afirmativas resultan ser una acción loable que propicia la participación de muchas personas. Respiré hondo y preparé la ponencia que merecían el tema, mis compañeras y el congreso.

La vida, el amor y la propia internet me hicieron viajar hasta más allá de la isla. Hasta ahí llegaron mis posibilidades reales de participar en LASA 2013. Al no estar en mi país, me tocó solicitar la visa en el consulado de Estados Unidos en Berlín. Para no angustiarles solo les diré el resultado: “Posible emigrante”.

A pesar el sinsabor que me produjo haber sido “no visada”, de no poder usar la beca que tenía en mis manos y del tiempo invertido en tener todos los documentos listos, como creo que las cosas pasan cuando tienen que pasar me tomé el asunto con calma, publiqué un post terapéutico en mi bitácora y envié mi trabajo a Yasmín Silvia Portales, quien se encargó de leer mi ponencia, aunque para LASA consta que no participé.

Sin embargo, no desistí. Con menos impulso pero con la misma intención –cuando ya no me acordaba que había gastado infructuosamente 200 euros–, preparé un resumen sobre mi nueva investigación y lo colgué en el tablón de anuncio de la organización. Efectivamente, el colega Eduardo L. Espinosa, de la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco, se interesó en mi propuesta, la que fue incluida en un panel felizmente aprobado por el comité científico de LASA 2014.

Me emocionaba en esta ocasión ser parte de un panel internacional y poder hablar del tema prioritario de mi agenda como investigadora y activista. Pero sucedió que LASA no me dio beca a pesar de que entregué la que me otorgaron en 2013 en tiempo y me aseguré en preguntar: ¿soy nuevamente elegible para que me sea otorgada una beca ya que no utilicé esta porque la visa me fue negada? La respuesta en aquel momento fue positiva. Unos meses después me tocaría recordarle al Comité organizador este incidente, pero aun así no me fue otorgada.

Intenté infructuosamente lograr otros financiamientos hasta que me convencí de que nuevamente me tocaría ver “los toros desde la barrera” o, mejor, desde la conexión de banda ancha que tengo en casa. Eso sí, disfrutando al ver cómo mis amigas, compañeros y colegas se hacen ciberpresentes en mi Facebook, y a más de uno puedo verlos “por camarita”. A falta de LASA, Skype.

Soy hija de una máquina de coser

mamasday

Hildelisa Ramírez Oviedo, fue la madre que las circunstancias le permitieron ser.

Entre la máquina de coser y la deslealtad de mi padre solo le quedo tiempo para enseñarnos que de la condición de pobreza se salía con mucho esfuerzo y aprendizaje.

Todo lo que hoy tengo y soy se lo debo a la salud que se le fue en aquella Singer, donde surgieron nuestras ropas y también nuestros principios. Todo lo que hago, y lo que no, es en su nombre.

Imagen tomada de Mamasday.com

SOLILOQUIOS: La mayor de mis ignorancias

Antes, yo creía que por “negros cubanos” querían decir hombres negros cubanos y mujeres negras cubanas…
Ahora se que se refieren solo a ellos mismos. Como bien me dijo uno : no, no, la cuestión ahora no es de género, eso es para después!!!
Me pregunto, ¿cómo se puede ser anti-racista y sexista a la vez?

Los cojones de Chávez

boina_roja_2Estaba frente al televisor aquel sábado que Chávez nos hizo saber de la recidiva del cáncer. Eran más de las 10 de la noche y ponían en la TV cubana la película del sábado, espacio habitual que buena parte de la población espera. Por la interrupción del filme supuse que se trataba de una noticia demasiado importante como para limitar momentáneamente el disfrute de quienes consumen dicho espacio.
Ahí estaba Chávez, cojones en mano (no encuentro otro modo de decirlo), explicándonos sobre su estado de salud. Pero lo que ahorita mismo me hace erizar, es la transparencia y valentía con que este hombre declaró, sin hacerlo, que se iba a morir. Aún en vida, entregó el mando del país a Nicolás Maduro. Por eso, no tengo duda, Chávez sabía que iba a morir.
Ibbaé  Comandante!