La libertad de expresión no es tal cuando desconoce nuestros derechos

Por Lirians Gordillo Piña

Creo en las palabras, en su fuerza, en su impacto en nuestras vidas. Sobre todo creo en la responsabilidad social y los sentidos que implica usarlas, callarlas, cambiarlas. La distancia entre las opiniones y los derechos es corta. Miremos la historia y el presente.

En el caso de las mujeres, históricamente se han violado nuestros derechos en función de creencias patriarcales —opiniones fundamentadas desde la religión, la economía, la cultura, la política e, incluso, la psicología y la biología—.

Hoy sobran ejemplos lamentables:

  • El presidente Donald Trump está contra el abortoy tres días después de tomar posesión del cargo firmó un decreto que impide financiar con fondos federales a ONGs que asesoren o informen a las mujeres sobre el aborto. No importa que, según un reporte de 2016, “220 millones de mujeres en todo el mundo carecen de acceso a métodos anticonceptivos eficaces, a pesar de querer evitar el embarazo” y que “solo en América Latina y el Caribe se dan más de cuatro millones de abortos inseguros al año”.
  • Un criterio homofóbico, sin sustento científico, limita el derecho de adopción a parejas homosexuales. En menos de una veintena de países existe el derecho pleno a adoptar.
  • En Cuba quienes hacen publicidad —estatal y privada— parecen coincidir en la idea de que la belleza “más comercial” es blanca, heterosexual y joven. Mientras que en el Noticiero Nacional de Televisión, el pasado 6 de marzo, pudo escucharse la ternura como una de las “cualidades propias” del sexo femenino.

Por eso, no creo en la libertad de expresión de la misoginia, la homofobia, el racismo, la explotación capitalista, el fundamentalismo religioso, la depredación ambiental y la discriminación religiosa.

Cuando la discriminación se expresa libremente, de manera sutil o despampanante, resta terreno a nuestros derechos y debe ser analizada, criticada y sancionada.

Pero a veces es fácil caer en el relativismo de la tolerancia y el “debate democrático” si: el machismo y la homofobia revelan desde un cuerpo de mujer u homosexual; se entremezclan con un discurso “revolucionario” o  “de crecimiento espiritual” o porque definitivamente se entiende como un tema menor y la altura del arte, del discurso público, de la ciencia y la política no disminuye aunque sea misógina, machista, homofóbica.

Pero fuera de toda ideología y más allá de decisiones personales, está la humanista cualidad de la empatía y la responsabilidad social que me aconseja callar antes que vulnerar el derecho de quien no está en mis zapatos.

No soy una de las 47,000 mujeres que mueren en el mundo por abortos inseguros. A diferencia de las cubanas ellas no tienen un acceso gratuito, especializado y en instalaciones hospitalarias. Muchas niñas, adolescentes y mujeres no tienen una segunda oportunidad porque decidir sobre su cuerpo les costó la vida o más de 20 años de prisión.

Por eso no creo en la libre expresión inconsciente de que un NO al aborto entroniza con el control de nuestros cuerpos y nuestra sexualidad.

Tener otro rostro, ponerme otro nombre, pisar otra tierra, amar a otra persona, oscurecer mi piel, profesar una fe, puede hacerme protagonista de los relatos de este siglo XXI donde posesión demoníaca sigue siendo sinónimo de hoguera para mujeres locas y promiscuas.

Por eso la libertad de expresión no es tal cuando desconoce nuestros derechos.

 

Foto de portada: Ailynn Torres Santana
Tomado de Asamblea Feminista.

 

¿Madres de la nación? Notas sobre el derecho al aborto, la natalidad y los cambios en Cuba

Por Ailynn Torres Santana

Este año morirán aproximadamente 80 mil mujeres no debido a guerras, hambrunas, accidentes o desastres ambientales; morirán a causa de abortos clandestinos. Otros cinco millones de ellas ―entre las cuales estarán 800 mil latinoamericanas― tendrán hospitalización como consecuencia de interrupciones de embarazos, quedarán estériles o sufrirán alteraciones reproductivas o de otro orden de salud biológica durante el resto de su vida, causadas por abortos en condiciones inseguras. En efecto, 20 millones de abortos ―cerca de la mitad de la cifra anual― son practicados en todo el mundo en escenarios inadecuados o son auto-inducidos. De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 12 por ciento de las muertes maternas en América Latina y el Caribe, se debieron a ese tipo de abortos. A pesar de esas cifras, que podrían reducirse drásticamente a través de políticas públicas, el aborto legal y seguro es sumamente escaso.

El asunto se ha analizado desde perspectivas disímiles, que involucran contenidos políticos, socioeconómicos, sanitarios, demográficos y religiosos. A la fecha, el cariz del debate se enfoca, en parte importante, en términos de derechos. En el 2016, por primera vez el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas consignó explícitamente que el aborto es un derecho. En ese orden de cosas, se ha argumentado que cuando las mujeres se ven limitadas a tomar decisiones autónomas con respecto a su reproducción, se restringe un catálogo importante de derechos humanos relacionados con la autodeterminación, la libertad, la salud, la reproducción de situaciones de mayor desventaja social a las cuales arriban algunas mujeres que afrontan una maternidad no planificada o deseada, las potenciales desventajas laborales en contextos de franca mercantilización del trabajo, o, incluso derechos a la libertad religiosa: “no se puede obligar a que las mujeres cumplan con leyes basadas en doctrinas de fe”. Si usted no quiere abortar, no aborte; es una de las tesis de movimientos pro-legalización del aborto, pero de ello no puede derivarse regulación alguna del conjunto social.

La politización del debate sobre el aborto desde los Estados se ha relanzado con el anuncio del gobierno boliviano de la discusión, en el Congreso, de nuevas causales para la práctica legal del aborto en ese país; entre ellas, la pobreza extrema. El hecho es inédito. Hasta el momento, en los países donde el aborto no es legal en cualquier caso, las causales de despenalización suelen ser alguna(s) de las siguientes: violación, peligro para la vida de la madre y/o del feto, inviabilidad fetal, incapacidad mental. Pero Bolivia pone el dedo sobre una de las llagas: las mujeres pobres tienen más posibilidades de morir durante abortos clandestinos y las mujeres pobres tienen menos posibilidad de afrontar la maternidad. La investigación feminista ha documentado este particular. Como ha señalado la académica y militante feminista Silvia Federici, en Estados Unidos, mujeres negras y pobres corren el riesgo específico de ser despedidas por estar embarazadas; en Italia, las madres solteras que solicitan algún tipo de ayuda a los servicios sociales se arriesgan a perder a sus hijos y que éstos sean dados en adopción. En América Latina, las mujeres con hijos, las mujeres negras o indígenas, tienen muchas menos posibilidades de ser contratadas o mantener sus empleos. En realidad, podrían listarse muchos ejemplos.

La lucha por los derechos reproductivos ha sido central en las agendas feministas, sobre todo desde mitad del siglo XX. Sin embargo, el asunto no se localiza “solo” en las agendas de los movimientos feministas ni ha encontrado oposición histórica solo en los movimientos religiosos calificados como “pro-vida”. Los Estados han intervenido sistemáticamente en los cuerpos de las mujeres, bajo el argumento de las “necesidades de la nación”. Desde finales del siglo XVII se registra una preocupación estatal, refrendada por las burguesías nacionales europeas, por regular la reproducción social y biológica del cuerpo nacional. En lo adelante, ello alcanzaría todas las geografías estatales y se asentaría en la convicción ad hoc de que somos las mujeres las reproductoras de las naciones, biológica, cultural y simbólicamente. Ese rol se ha naturalizado hasta tal punto, que la responsabilidad del Estado con sus ciudadanos se ha trasmutado en derecho del Estado de intervenir en el cuerpo de las mujeres y su reproducción biológica. A las mujeres se nos ha instado a parir los soldados de la patria, la mano de obra para el desarrollo, y hemos debido, también, dejar de parir cuando el crecimiento demográfico se ha entendido como causa del estrangulamiento de las economías nacionales y como perjuicio para la nación.

Tal como argumenta Nira Yuval-Davis, en circunstancias históricas específicas, algunas o todas las mujeres en edad reproductiva “serán exhortadas, a veces sobornadas, y otras veces obligadas, a tener más o menos niños”. En efecto, así ha sucedido. A inicios de los 2000, por ejemplo, en Japón el gobierno recompensó monetariamente a las familias por hijo que tuvieran en edad escolar, y se exhortó a la natalidad a través de la publicidad televisiva, alegando el bienestar de la nación, en un contexto de temor por el decrecimiento poblacional. En otras geografías, como Australia, el llamado ha sido “poblar o perecer”. En otros lugares se ha hablado de “madres heroínas”, de las responsabilidades de las mujeres en la “carrera demográfica”, o de que las mujeres no tienen derecho a abortar a los “defensores de la nación”. La cuestión ha estado indexada a argumentos “raciales” que han promovido la reproducción de ciertos grupos y no de otros. A inicios del siglo XX, Theodore Roosevelt alegó que la esterilización voluntaria de las mujeres blancas de “buenas familias” era “un pecado cuya pena es la muerte nacional, el suicidio de la raza”. Planteos y políticas en esa línea tuvieron lugar en la Bulgaria de los 1990, o en la Alemania nazi. En sentido contrario, en 1927 la Corte Suprema de Estados Unidos sostuvo la constitucionalidad de una ley de esterilización involuntaria en Virginia, y en numerosas ocasiones se han descrito prácticas contemporáneas no oficiales dirigidas a la esterilización de personas con necesidades especiales. En países de elevado crecimiento demográfico, el control de la población ha tomado la forma de esterilizaciones masivas sin consentimiento a mujeres que se someten a cesáreas, etc. (Yuval-Davis 2004).[i]

De otro lado, parte de las reivindicaciones de las mujeres y del incipiente movimiento feminista a inicio del siglo XX se amparó en su “maternización”; las mujeres requirieron, desde sus roles como madres, sus derechos de ciudadanía. Las madres de la nación con responsabilidad biológica y cultural frente a la patria, constituyeron un sujeto político importante en la historia de los feminismos y desde ese lugar construyeron agendas sobre la protección social, su participación política y su participación económica. En sentido contrario, durante la segunda post-guerra, se produjo una desafección de las mujeres hacia la cuestión de la reproducción sobre todo en Europa, y la maternidad tuvo un proceso de des-idealización frente a la masacre y el horror de la guerra.

Con las referencias anteriores he querido llamar la atención sobre el hecho de que cualquier discusión sobre los derechos reproductivos de las mujeres necesita tomar en consideración los discursos y prácticas de las políticas nacionales. El aborto está estrechamente relacionado con el control de la reproducción en sus diferentes formatos.

Cuba, el aborto y las madres de la nación

En las últimas semanas, se ha relanzado en Cuba un debate sobre la natalidad y el aborto en diversos espacios y a propósito de diversas razones. El tema cantado por la cubana Danay Suarez en el Festival de Viña del Mar en 2017, que incluyó una referencia de desacuerdo con el aborto basada en su fe religiosa, capitalizó la discusión sobre su polémica participación en el certamen. Ello se debió, entre otras razones, a que el suceso tuvo lugar en el contexto chileno, donde se libra una prolija y aguda lucha en torno a la legalización del aborto como derecho, y donde los colectivos feministas cuentan con la furibunda oposición de sectores conservadores de la política y la moral. A propósito del evento, se registraron en las redes sociales debates sobre el derecho al aborto en Cuba.

Asimismo, intelectuales y militantes feministas se han pronunciado sobre lo que consideran indicios polémicos en torno a un tema ―el aborto― consignado como un derecho para las mujeres cubanas. Esas voces esperan contener cualquier posibilidad de cambio al respecto, y desnaturalizar lo que reconocen como una verdadera conquista.

Por otra parte, la prensa estatal cubana anunció recientemente la aprobación de una serie de Decretos Leyes y Resoluciones ―publicadas en la Gaceta Oficial― que aspiran a estimular la natalidad en el país. Entre ellos, la extensión de los derechos de licencia de maternidad y paternidad a los abuelos y abuelas, la disminución de los pagos en las guarderías estatales, la disminución de los impuestos por ingresos personales a las mujeres que trabajan en el sector privado y sean madres, etc.

Ciertamente, como es conocido, el escenario demográfico cubano es preocupante, de cara a la economía nacional y para las políticas públicas en sus diferentes despliegues. Sin recambio poblacional desde hace décadas, con las tasas de natalidad más bajas de la región y altas tasas de emigración, con una elevada esperanza de vida y un acelerado envejecimiento poblacional, es inminente el estímulo a la natalidad ―junto a otras medidas― que garantice, a mediano y largo plazo, la fuerza de trabajo necesaria en los campos económicos del país. Sin embargo, y frente a las alertas recogidas por diferentes voces de la sociedad civil cubana, considero relevante mirar el asunto desde la complejidad que él informa y, también, como requerimiento de análisis feministas en el espacio público de la Isla. A continuación, punteo algunas de las alertas que pueden tenerse en cuenta para encarar esos desafíos:

1. En primer lugar, es necesario que el pensamiento feminista cubano ―el que existe y el que pueda construirse― acompañe la formulación e implementación de las políticas estatales de estímulo a la natalidad. Ello es necesario para que las mismas sean igualitariamente aplicadas y no deriven en una farsa que eventualmente excluya, por ejemplo, a las mujeres que trabajan en el sector privado de la economía y que muchas veces quedan sujetas a políticas “privadas” de regulación de los mundos del trabajo, en desmedro de sus derechos de maternidad o sus derechos laborales en general. No basta con que se disminuyan los impuestos personales; es necesario que se hagan cumplir y se amplíen las normativas laborales garantes de derechos especialmente para quienes trabajan en el sector privado, y también para todas las trabajadoras.

2. En segundo lugar, y sin negar lo bienintencionadas y bien-pensadas nuevas medidas de estímulo a la natalidad, es necesario un pensamiento feminista que desde la sociedad civil observe lúcidamente las derivas de estas y otras políticas ―esto es, sabiendo que ellas encarnan una línea histórica de intervención de los Estados en los derechos reproductivos de las mujeres― y que, al mismo tiempo, construyan agendas sociales y políticas que integren otras áreas de demandas por la equidad de género, como las débiles infraestructuras del cuidado, por ejemplo.

3. En tercer lugar, entiendo que la observación de las políticas de estímulo a la natalidad es imprescindible para asegurarnos que, en ningún caso, ellas deriven hacia la restricción del derecho al aborto consignado en Cuba, y hasta el presente acompañado de exitosas campañas de educación sexual. A la fecha, el derecho al aborto es innegociable.

4. Por último, considero que lo dicho antes conduce hacia una pregunta relevante sobre cómo las mujeres “entramos” en el proceso de “actualización” de la economía y la política social cubana. ¿Cómo madres de la nación? ¿Cómo reproductoras de la fuerza de trabajo? La respuesta puede ser positiva, sin que ello suponga, al menos como está planteado en este momento, restricción de derechos. Sin embargo, la política se trata de repensar, todo el tiempo, el balance de fuerzas, las rutas de inclusión y de exclusión. Por tanto, el derecho de las mujeres a decidir si queremos ser madres o no, cuántos hijos tener, y cuándo, es solo uno de los asuntos de una potencial agenda feminista en Cuba. Las demandas que la integren ―algunas cumplidas, algunas ausentes, y algunas por construir― darán fe sobre nuestros roles ejercidos y deseados en la comunidad nacional realmente existente y en la que podamos continuar construyendo en lo adelante.

Tomado de Cubaposible.

Aborto

Sandra

Nunca he abortado. Cuando supe que era demasiado fértil comencé a usar un anticonceptivo. Pero no fue así de sencillo. Al comenzar mi vida sexual, creo que sobre mis 16 años, aparecieron rápidamente las sospechas de embarazo. Tengo que reconocer además que lo de ser muy fértil me viene, si fuera posible, de familia.

Por otra parte, siempre he “sufrido” de desarreglos menstruales. De manera que, cuando me saltaba el bichito de la duda, debido al retraso, me iba sin reparo alguno al médico y me hacía examinar. En una ocasión hasta me tuve que bajar de la camilla, en la cual supuestamente me harían una regulación menstrual, pues el ginecólogo dictaminó que ya comenzaba a tener mi regla.

Me embaracé, con certeza, solo una vez. En aquel entonces yo tenía 18 años y cuando me dijeron que tenía 16 semanas de embarazo intenté hacerme lo que por aquel momento se llamaba “Rivanol”, pero la médica a quien acudí, madre de una amiga del preuniversitario, me dijo rotundamente que no. Yo no cumplía los requisitos clínicos para una intervención de ese tipo. Ahora mi hija tiene 24 años y mi nieto, 3.

Danay

Lo ha dicho por lo claro: ha abortado dos veces y se arrepiente de ello. Intenta subsanar su error pero cae en otro: olvida el contexto. Olvida un Chile que es uno de los pocos países en el continente donde no existe ningún tipo de aborto, no importa si has sido violada, tampoco si puedes morir en el parto. Dos leyes, una sanitaria y otra penal, impiden la práctica.

Aprovecha entonces los cinco minutos de su gloria para llevar un mensaje diferente al que se esperaba. Su canto pasaría de ser contestatario a conservador, lo cual parece una sutileza pero no lo es.

Media Latinoamérica la escucha con estupor, la otra mitad con vítores. Ejerce su libre albedrío y recibe también las consecuencias. Se le impide esclarecer, para la gente de su tierra natal, qué quiso decir con “tiene que ver con muchas cosas, entre ellas… el aborto”. No obstante, el día que quiera abortar otra vez lo podrá hacer sin que nadie se lo impida; en Cuba es un derecho que cada mujer gana en el momento de su nacimiento. Qué suerte la suya.

Verónica

Trabaja como médica aunque desde adentro del sistema lo dinamita todo el tiempo. Asiste, apoya y acompaña a mujeres que quieren abortar en su casa y con las amigas. Porque para eso estudió tantos años, para poner todos sus conocimientos del lado de la desigualdad e intentar, no obstante los obstáculos, que la soga no siempre se rompa por donde están quienes menos tienen.

Todo está rigurosamente calculado: tiempo, procederes, vías de contacto, mimos para quienes han escogido su compañía. Vive en Chile y un error les podría conducir a la cárcel.

Foto de portada: Carolina Tarré

Hablando del aborto

Por Zaida Capote Cruz

Estábamos en un panel sobre el discurso político en uno de los “Último jueves” de la revista Temas y, en medio del intercambio final con el público, mencioné el aborto y la posición de vulnerabilidad de ese derecho conquistado hace tanto por las mujeres cubanas. Por un lado me preocupa la insistencia en la necesidad de estimular la maternidad como la clave del dilema poblacional que enfrenta Cuba, haciendo a un lado o considerando menos decisivos otros factores como la ingente emigración a los Estados Unidos —que debe haberse contenido un poco tras la revocación de la llamada ley de pies secos, pies mojados— o la inflación creciente y la reducción de los servicios sociales y prestaciones que, aunque existentes, en la práctica no están funcionando como se necesita.[1]

Mencioné además mi sorpresa ante un anuncio en la revista Palabra Nueva, de la arquidiócesis de La Habana, donde se desplegaba un llamado contrario a ese derecho constituido. “La nueva persona que se ha formado EXISTE Y ESTÁ VIVA desde el mismo momento de la fecundación”, rezaba, para proseguir con tres lemas más: “El aborto: destruye la vida”, “Él tiene derecho a vivir” y “no arranques de ti la vida que brota de tus mismas entrañas…”.[2] Tras la discusión se me acercó uno de los presentes para aclararme que no debía yo hablar del aborto como un “derecho”, sino como una “elección”. Cualquiera pensaría tal corrección razonable; sin embargo, ya sabemos cuánta capacidad de elección tienen las mujeres que deciden acudir a un aborto contra la voluntad de la sociedad, la familia o la pareja. En Cuba el acceso al aborto legal, gratuito y seguro es un derecho de toda mujer fértil, sea cual sea su situación social. Pensarlo como un derecho de las mujeres suma contexto, pues la elección es previa a la decisión, y es individual. Y en cada caso proviene de circunstancias distintas. Cuando una mujer decide abortar, ya hizo su elección. El derecho es, por el contrario, un bien colectivo, para todas por igual; nos iguala a todas en el acceso a la salud.

La disminución de la calidad de los servicios médicos y la morosidad en la atención primaria parecen complicar el proceso. No estoy muy al tanto de los datos. Pero la percepción de que un derecho conquistado corre peligro se confirma con el reciente premio a una cantante cubana, en Viña del Mar, por una canción de tintes evangélicos, contraria al aborto, coherente con lo más retrógrado del contexto político chileno.[3] La débil regulación del espacio público, la poca atención a los mensajes flotantes en el ambiente común, la lentitud en discutir con claridad los temas pendientes sobre cómo organizar nuestras vidas en sociedad (da lo mismo si se trata del Código de Familia o de la Ley de Cine), traen aparejados el afianzamiento de discursos sumamente conservadores y hasta contrarios a lo promulgado por nuestras leyes y nuestras prácticas culturales.

En el contexto latinoamericano, el caso de Cuba es casi excepcional. Salvo en Ciudad de México y en Uruguay, creo, donde el derecho al aborto fue legislado hace poco tiempo, en el resto de América Latina y el Caribe aún es ilegal y en muchos países incluso está sujeto a penalización. En algunos se lucha apenas porque se autorice el aborto terapéutico —no libre, seguro y gratuito—, y ni siquiera así han podido avanzar. Nuestros cuerpos son el territorio donde se dilucida el destino nacional, su apropiación por el Estado forma parte de la razón política del patriarcado y es difícil renunciar a ese poder, entender que las únicas derechohabientes sobre su cuerpo son (somos) las mujeres mismas. Un hecho como la revolución cubana consiguió horadar esa telaraña viciosa de sujeción de las mujeres a la biología y lo corporal, y en su apelación a la incorporación al trabajo regularizó la práctica del aborto libre, seguro y gratuito como parte del sistema de salud pública y contribuyó a la vivencia íntima del placer sin culpa, con la disponibilidad, además, de métodos anticonceptivos. La situación hoy es, cuando menos, preocupante.

Hace poco pasó por La Habana Mabel Bellucci y nos dejó su libro Historia de una desobediencia. Aborto y feminismo, sobre la larga lucha por la legalización del acceso al aborto seguro, libre y gratuito en Argentina. Es un libro magnífico en su multiplicidad porque integra las voces de quienes protagonizaron esas luchas, compilando materiales de difícil localización, rebuscando en los recuerdos y los archivos de las participantes, reuniendo testimonios diversos y ofreciendo, asimismo, rutas para la solidaridad con el ejemplo de grupos de trabajo, apoyo y activismo que acompañan a mujeres que abortan fuera de la ley. El libro, que se lee como el relato múltiple de una experiencia común, compartida y sostenida a lo largo de varias décadas, comienza su registro en los años 70 del siglo pasado y funciona también como un manual de instrucciones que cada quien puede aprovechar para aprender o decidir cómo actuar en casos semejantes. A mí me alegró mucho saber que gente que quiero y con la que sin embargo nunca hablé del tema ha estado muy metida en esa lucha. Estoy segura de que cuando vuelva a Buenos Aires veré la ciudad con otros ojos, pensando en esa historia antes ignorada que el libro de Mabel nos pone ante los ojos.

Me hizo recordar un par de novelas de los años 20 en que aparecían sendas escenas de aborto ilegal, con toda su sordidez y, por supuesto, sus mortíferas consecuencias. En La gozadora del dolor (1922), de Graziella Garbalosa, y La gallega (1927), de Jesús Masdeu puede hallarse ese testimonio de época, porque el tema se discute desde hace mucho, desde que el primer aborto inseguro cobró su primera víctima. La legalización y el libre acceso al aborto seguro en el sistema de salud pública cubana es otra de las conquistas cuya permanencia depende de cómo gestionemos el espacio público y las intervenciones en él. Es preciso no olvidarlo.

[1] Véanse, a propósito, las recientes “Disposiciones jurídicas para proteger la maternidad de la mujer trabajadora”, publicada en la Gaceta Oficial de Cuba, número 7, extraordinario, el 10 de febrero de 2017.

[2] La imagen adjunta proviene de la página 17del número 265, correspondiente a diciembre de 2016, de esa publicación.

[3] No conozco la canción de marras. Escribo a partir de la discusión del premio en https://paquitoeldecuba.com/2017/03/01/rapera-cubana-contra-un-derecho-de-la-mujer-chilena-y-con-el-aplauso-de-granma/

Tomado de Asamblea Feminista

Foto de portada: Kenny Rivas

El aborto y los hombres

exclaPor José Ángel Lozoya Gómez*

Los motivos para abortar se pueden resumir en dos: hay mujeres que no quieren culminar su embarazo y mujeres que no pueden hacerlo. Las primeras necesitan una ley que les permita interrumpirlo sin riesgo para su salud, su dignidad o su libertad; las segundas —salvo cuando su imposibilidad se deba a problemas de salud— una política de apoyo a la natalidad que elimine los obstáculos materiales que les impiden satisfacer sus deseos de maternidad.

La ley reconoce el derecho de la mujer a interrumpir su embarazo en las primeras catorce semanas de gestación; una parte del movimiento feminista consideró insuficiente este plazo, al tiempo que denunciaba la desaparición del derecho a abortar sin plazo en caso de grave peligro para la vida o la salud de la embarazada, reconocido en la ley de 1985.

Que el Estado nunca haya garantizado el aborto en los centros del Sistema Público de Salud ha provocado diferencias importantes en las condiciones de acceso y cobertura a este servicio entre Comunidades Autónomas. Mientras que en algunas, como Andalucía, los conciertos con algunas clínicas privadas casi permiten hablar de aborto libre y gratuito, en otrasabundan las mujeres que han de pagarse la intervención en las clínicas privadas acreditadas.

Hoy los planes del Gobierno del PP convierten las limitaciones de la ley de 2010 en algo secundario, porque amenazan el derecho mismo al aborto. Los hombres por la igualdad debemos apoyar cuantas iniciativas impulse el movimiento de mujeres para defender la legalidad vigente, sin dejar por ello de discutir el lugar que ocupamos y podemos ocupar en esta batalla.

El derecho al aborto nos concierne a los hombres porque nos plantea algunos problemas:

De libertades: Se trata de defender una conquista democrática que garantiza la libertad de las mujeres al tiempo que la nuestra, porque la pérdida de este derecho puede forzar a muchos hombres a asumir paternidades que ni sus parejas desean, incluso cuando la causa del embarazo sea un fallo anticonceptivo.

De responsabilidades: Los hombres no parimos pero si embarazamos; de hecho somos responsables o corresponsables de todos los embarazos no artificiales. Siempre que eyaculamos en la vagina de una mujer fértil sin usar preservativo o sin tener hecha la vasectomía, asumimos la posibilidad de provocar un embarazo. Podríamos decir que lo estamos buscando —aunque no lo deseemos— al delegar en ellas el control de nuestro futuro.

De relaciones sexuales: El ámbito de las relaciones entre los sexos es el más resistente a la igualdad. Apenas si se ha cuestionado el modelo masculino heterosexual que se identifica con el coito vaginal, y la mayoría de los embarazos no deseados tienen su origen en la resistencia masculina al uso del condón, porque la educación sexual es una de las grandes asignaturas pendientes.

De equidad de género y respeto a su autonomía: Las mujeres no necesitan el consentimiento de su pareja para abortar, pero cuando la gestante requiere la opinión del fecundador, esta suele ser determinante en la toma de decisión. Anteponer el criterio del fecundador cuando no existe acuerdo equivaldría a imponérselo a la embarazada.

Resumiendo: ir algo más allá de la defensa de los derechos de las mujeres pasa por usar y promover el uso del condón, cuestionar el predominio de la penetración, reivindicar una educación sexual igualitaria y recordar que todo recorte al derecho de las mujeres sobre su capacidad reproductiva es violencia machista.

Sevilla, julio 2014

*Miembro del Foro y de la Red de Hombres por la Igualdad

Carta al Noticiero Nacional de Televisión ante análisis sexista del tema de baja natalidad en Cuba

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Por qué necesito el feminismo?

Por Lirians Gordillo Piña

A equipo de realización de la sección Cuba dice

Saludos, mi nombre es Lirians Gordillo Piña soy periodista y activista feminista. Les escribo porque me preocupó mucho la última emisión de la sección.

El reclamo de un periodismo cubano abocado a la crítica, al contraste de fuentes, a la investigación profunda resulta cada vez más frecuente. Sin embargo, ese interés por superar los prejuicios y vicios en los que ha caído nuestra profesión no fecunda en temas relacionados con las mujeres, el feminismo, el machismo, la homofobia, el racismo y otras expresiones de discriminación. La sagrada sociedad patriarcal continua impoluta y se legitima a todo color.

Recientemente altos directivos del ICRT han hecho público su compromiso de no permitir que se denigre la imagen de la mujer cubana en productos televisivos; congresos, lineamientos políticos, legislaciones, investigaciones, espacios académicos y sociales dan fe de las contradicciones que persisten mientras diversas voces reclaman una sociedad libre de exclusiones. Sin embargo, algo sucede, pues aún en nuestros medios se reproduce y naturaliza la discriminación.

El 29 de abril la emisión estelar del Noticiero Nacional de Televisión transmitió un capítulo de la sección Cuba dice sobre la baja natalidad en el país, el mismo programa fue transmitido al día siguiente en la Revista de la Mañana.

La periodista e investigadora Helen Hernández Hormilla escribió un excelente comentario sobre esa emisión. Mi cuerpo me pertenece. Reflexiones en torno al tratamiento mediático de la baja natalidad en Cuba es el título del texto que hoy circula en la web.

Me sumo a la denuncia de mi colega y amiga. Aunque el título que da nombre al espacio compromete al equipo de realización a visibilizar la pluralidad y la complejidad que nos caracteriza como nación, en el programa dedicado a la natalidad Cuba dice distó de acercarse al país que hoy somos todas y todos.

Como comentó Helen, las palabras importan, a través de ellas—y aún sin quererlo—se reafirman estereotipos y prejuicios que han justificado la dominación y la violencia hacia las mujeres durante siglos.

“Tener un hijo ha de ser la mayor aspiración de una pareja”, fue la primera sentencia del programa. Esa afirmación tajante, desconoce y por consiguiente discrimina a un buen grupo de personas, impone en un medio público un punto de vista que por demás reproduce preceptos religiosos y tradicionales que conciben la reproducción de la especie como principal fin de las relaciones sexuales.

Las sociedades patriarcales y heterosexistas han utilizado ese argumento para sostener la homofobia, aun hoy cuando se habla de PAREJA muchos erróneamente se refieren únicamente a las heterosexuales. ¿Dónde quedan las parejas de gays y lesbianas cuando se habla de natalidad? ¿Qué opinan aquellas parejas de mujeres que aun deseando tener descendencia no pueden acceder a los servicios de reproducción asistida que hoy existen en el país?

La mencionada frase tampoco reconoce el derecho de una persona soltera a tener descendencia y también “condena” aquellas parejas heterosexuales y homosexuales cuya aspiración máxima no es la procreación.

Por ejemplo yo, que “cumplo” con los cánones establecidos—mujer casada con dos hijos (una niña y un niño)—me siento ofendida, discriminada. Mi esposo y yo no concebimos a nuestros hijos como la principal aspiración de nuestra relación. Ellos forman parte de un proyecto de familia que construimos, proyecto que incluye y reconoce nuestras aspiraciones personales y de pareja.

Para mi compañero lo más preocupante era que según parecía este no sería el comienzo de una serie que pudiera profundizar en las dudas, problemáticas e ideas que quedaban en el aire pues el fenómeno de la natalidad resulta multifactorial y complejo. (Les envío algunos artículos y reportajes disponibles en la web, ojalá pudieran motivar la continuación de esta zaga)

“¿Dónde estamos los hombres en esta historia, los que participamos en el cuidado de nuestros hijos y los que no. Por qué aparecen solo dos papás que por demás reproducen los clichés de siempre?”, me preguntó mi esposo también molesto.

Responsabilizar a las mujeres por la baja natalidad fue un error en el que incurrió, lamentablemente, el diseño del espacio.

Según el espacio nosotras somos las principales interesadas en el tema, quizá por ellos solo aparecen en pantalla tres hombres (dos papás y el especialista del Programa Materno Infantil). Las opiniones seleccionadas refuerzan la sublimación de la maternidad como principal preocupación, proyecto, deber para las cubanas y se desconoció el machismo y la organización patriarcal de la sociedad como base de los fenómenos económicos, políticos y culturales asociados al tema.

Me preocupó sobremanera la siguiente afirmación: “el creciente desarrollo de la mujer es otra de las causas de la baja natalidad”. Entonces, ¿menos desarrollo de la mujer hará crecer la natalidad y así frenamos el envejecimiento poblacional? Por una parte la dirección del país estimula y reconoce la participación pública de las cubanas y por otra un medio estatal define esas reivindicaciones como un freno. ¿Cómo resolvemos semejante contradicción?

En mi opinión, no es el desarrollo de la mujer lo que frena la natalidad, sino el diseño de una sociedad pensada para y por el dominio patriarcal.

Hernández Hormilla ilustra la raíz sistémica del fenómeno cuando reclama en su artículo “Si el asunto de la fecundidad hace tornar la vista hacia las mujeres: ¿Por qué no preguntar sobre la participación de los hombres cubanos en la manutención y la crianza de sus hijos e hijas? ¿Por qué no insistir en la irrisible cantidad de hombres que optaron por la licencia de paternidad en casi una década de ley? ¿Por qué no mencionar las débiles garantías legales para las madres divorciadas, que muchas veces ven partir al esposo “para siempre”? ¿Por qué no hablar de la baja calidad de la educación y el déficit de círculos infantiles? ¿Por qué no mencionar la sobrecarga del cuidado familiar que pesa sobre las mujeres, sobre todo en la edad mediana? ¿Por qué no cuestionar aquellos directivos o dueños de negocio que no emplean a mujeres gestantes o con hijos pequeños? ¿Por qué no exigir a las instituciones sus propias estrategias para garantizar el cuidado de las familias de sus trabajadoras y trabajadores, por ejemplo: guarderías dentro de las empresas? ¿Por qué no se menciona que las mujeres con hijos tienen más dificultades para estudiar, acceder a postgrados, ocupar cargos de dirección, superarse?”

Ese diseño patriarcal se resiste a los nuevos modelos sociales, productivos y familiares que hacen posible la igualdad de derechos, oportunidades y responsabilidad entre mujeres y hombres.

¿Cómo se desconocen esas propuestas, cómo se perpetúa la desigualdad que genera la injusticia? Cuba dice apostó por una selección de testimonios que enaltecen como un valor el sacrificio de las mujeres a favor de la maternidad; no se menciona la responsabilidad y participación de los hombres incluso de aquellos que hoy construyen una paternidad responsable y activa. Por último, quizá sin proponérselo, el material justifica en cierta medida el control patriarcal sobre el cuerpo y la sexualidad de las mujeres.

“Conspira contra la natalidad el incremento de abortos como medio anticonceptivo”, concluye una de las periodistas y seguidamente aparece el fragmento de la entrevista a una joven que recomienda “Si ya decidieron arriesgarse y no protegerse y ya lo tienen allí que lo tengan”. Ambas afirmaciones desconocen las realidades de cada mujer ante un embarazo no planificado o no deseado. Y más aún, condena entre líneas el derecho al aborto.

A mi juicio lo que conspira contra la natalidad no es el incremento de los abortos, sino la deficiente educación sexual y planificación familiar cuyo efectos se reflejan, por ejemplo, en el incremento de los embarazos adolescentes y no deseados. De lo que se trata es de hacer más cercana y efectiva la educación sexual y no condenar el aborto, mucho menos frenarlo pues así se violaría el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo.

Para reforzar la tesis de la responsabilidad femenina ante la natalidad y el cuidado de niñas y niños se reserva para el final de la sección la frase “La mujer cubana se prepara responsablemente para el cuidado de sus hijos”.

Los procesos y temas de población, entre los cuales se encuentra la natalidad, ¿no son acaso cuestiones que atañen a toda la nación, a familias, parejas, instituciones y gobierno?

Ojalá y el debate que ha generado el programa sea un incentivo para continuar con nuevos acercamientos al tema, desde diversas aristas y voces.  Es tiempo de que la televisión también de respuesta a estos reclamos y consolide en actos su compromiso de promover una imagen más apegada a la realidad, un acercamiento más consciente.

Saludos

Lirians Gordillo Piña

La Habana, 1ro de mayo de 2014

PD: Existen varias/os especialistas que han polemizados sobre el tema. El libro De lo individual a lo social: Cambios en la fecundidad cubana de la Dra. en Ciencias Económicas y Demógrafa Grisell Rodríguez Gómez, quien es además Profesora Titular del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana (CEDEM) resulta un texto de consulta muy valioso y puede contribuir a nuevas ideas para próximos programas.

Les paso también títulos y enlaces de algunos textos disponibles en la red nacional, todos de la autoría de la periodista Dixie Edith, quien ha investigado sistemáticamente sobre el tema.

Para no bailar como el buey cansa’o

Bajo el peso de las canas

Comenzó la cuenta atrás

La fecundidad ausente

Fecundidad en Cuba: tras las huellas de un bebé 

Comunicación sobre fecundidad: “Parecerse a la vida”

Saber para producir saberes

 

Mi cuerpo me pertenece. Reflexiones en torno al tratamiento mediático de la baja natalidad en Cuba

Mi cuerpo es mio

Por Helen Hernández Hormilla
Estoy harta de escuchar por los medios cubanos, en boca de periodistas, especialistas y hasta de altos dirigentes de la nación, que las mujeres somos responsables por la baja fecundidad del país. Durante años demógrafos y estadistas estuvieron advirtiendo sobre la tendencia poblacional cubana hacia el envejecimiento, que cada vez eran menos los alumbramientos y la de una emigración mayoritariamente joven, en edad fértil y femenina. Cuando el asunto fue inminente, se precisó, por lógica, un llamado de atención hacia la sociedad toda, como parece estar sucediendo hace un par de años. Sin embargo, más que juicios alarmistas “para crear conciencia del problema”, empezamos a requerir políticas públicas coherentes con el escenario real y un enfoque mediático menos reduccionista.

No pretendo aquí explicar el fenómeno de marras. Junto a las excelentes investigaciones desarrolladas por el Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana y la Oficina Nacional de Estadísticas e Información, existen colegas que desde las revistas Bohemia y Mujeres, entre otros medios, han descrito a profundidad el asunto desde hace más de una década. Especialmente, mi colega y amiga Dixie Edith reúne decenas de reportajes y comentarios al respecto, además de una investigación sobre el tratamiento de este tema en la prensa cubana, con la que recibió su título de Máster en Demografía y cuyos resultados ha mostrado en eventos y pueden rastrearse en internet.

Sin embargo, el conocimiento acumulado en temas de población en Cuba parece invisible para la prensa cubana, en especial la televisiva. Aunque no me agrada cuestionar el trabajo de colegas a quienes estoy segura les resulta complejo el acceso a las fuentes, la lucha por derribar los límites de las políticas editoriales y unas rutinas productivas asfixiantes, lo sucedido con la sección “Cuba dice” del noticiero estelar televisivo el 29 de abril, dedicada al tema de la baja fecundidad, me parece agraviante y ofensivo del desarrollo de las cubanas en el último medio siglo.

Como en otros materiales de este tipo, se enfatiza en el tema de la natalidad como un asunto de mujeres, desde la entrada de las primeras reflexiones de las periodistas. Junto a más de 5 gestantes o madres entrevistadas como público, solo opina un padre joven (sobre asuntos meramente económicos), y un doctor del Programa Materno Infantil interviene como especialista. Ante cuestiones como la crisis económica, la situación de la vivienda, las múltiples generaciones precisadas a convivir, la emigración externa, entre otros factores que condicionan el que cada vez nazcan menos bebés en Cuba, se decide enfatizar en el lugar social alcanzado por las mujeres como causa del conflicto. Todo el tiempo se refieren a la mujer que decide tener hijos, la mujer embarazada, la madre que atiende a sus bebés y compra la canastilla, la bailarina que no temió tener un hijo aunque pospusiera su trabajo. En fin, si un marciano hubiese llegado a visitar el planeta en ese preciso instante y sintonizara Cubavisión, probablemente considerase que las humanas nos fecundamos por nosotras mismas.

Pero lo más desconcertante fue escuchar a aquella madre primeriza aconsejar a las otras mujeres que no aborten, porque ya verán lo bonito que es tener un hijo, y muy tiernamente evoca al suyo, pequeño y seguramente encantador. “Todo niño viene con un pan debajo del brazo”, declara, como si criar se tratara únicamente de alimentar una criatura, y no de educar, de brindar afecto, de compartir su vida y formar valores. Para todo ello la madurez y la seguridad son elementos determinantes.

El derecho al aborto es una de las primeras conquistas de las mujeres cubanas en el período revolucionario. Algo por lo que luchan muchas de nuestras hermanas feministas en todas partes del mundo, porque, lamentablemente, son varios los gobiernos negados a conceder el derecho de seres humanos autónomos a decidir sobre su cuerpo. Prohibir el aborto ha sido la causa de múltiples muertes debido a prácticas abortivas caseras o en condiciones de inseguridad. Me parece ofensivo que, con marcada intencionalidad, el material periodístico se detenga en este comentario de una ciudadana incuestionablemente feliz por su elección, pero ignorante de lo que la imposibilidad de esta puede costar a otras cuando son juzgadas o se les impide decidir lo contrario. En Cuba disfrutamos del derecho a abortar desde hace 5 décadas. DEFENDÁMOSLO.

Ese ideal de maternidad sublimada, absoluta, responsabilizante, puede ser una de las razones que motiva a muchas jóvenes cubanas a posponer la decisión de procrear, e incluso a negarla. Mientras tener hijos se convierta en un límite, no importa si se tiene dinero, o casa propia, o una sociedad segura, algunas seguiremos esperando. Así lo demuestran estadísticas de naciones desarrolladas con dinámicas poblaciones similares a la cubana.

Si el asunto de la fecundidad hace tornar la vista hacia las mujeres: ¿Por qué no preguntar sobre la participación de los hombres cubanos en la manutención y la crianza de sus hijos e hijas? ¿Por qué no insistir en la irrisible cantidad de hombres que optaron por la licencia de paternidad en casi una década de ley? ¿Por qué no mencionar las débiles garantías legales para las madres divorciadas, que muchas veces ven partir al esposo “para siempre”? ¿Por qué no hablar de la baja calidad de la educación y el déficit de círculos infantiles? ¿Por qué no mencionar la sobrecarga del cuidado familiar que pesa sobre las mujeres, sobre todo en la edad mediana? ¿Por qué no cuestionar aquellos directivos o dueños de negocio que no emplean a mujeres gestantes o con hijos pequeños? ¿Por qué no exigir a las instituciones sus propias estrategias para garantizar el cuidado de las familias de sus trabajadoras y trabajadores, por ejemplo: guarderías dentro de las empresas? ¿Por qué no se menciona que las mujeres con hijos tienen más dificultades para estudiar, acceder a postgrados, ocupar cargos de dirección, superarse?

Hay muchas otras preguntas que hacer cuando se trata un asunto tan complejo, con tantas aristas. Tal vez debamos pensar, como notaba una sabia amiga, en cómo hacer más productiva a la población económicamente activa y motivar a la juventud para fundar sus proyectos de vida en esta isla.

¿Hasta cuándo seguirán repitiéndose en la televisión cubana tantos clichés, sin profundizar, sin acudir a fuentes profundas y resultados de investigaciones sociales que nos gritan nuevas verdades desde cátedras universitarias y centros de investigación? Lo peor es que aunque desde la prensa digital, las revistas de corte investigativo, la academia, la blogosfera o los correos personales, se difundan otras versiones y el desconcierto que estas producen, ninguna tendrá tanto impacto como la del Noticiero Nacional de Televisión y otros programas informativos de la pequeña pantalla en los que se ha abordado este tema.

Creo que no basta ya con quejarse, debemos hacer algo que eleve la protesta por este tipo de abordaje sexista al tema de la baja natalidad y los dilemas demográficos cubanos. Si la televisión cubana atiende regularmente el pedido de personas escandalizadas con las relaciones afectivas entre el mismo sexo, espero que sea igual de receptiva para este tipo de llamados.

LA CULPABILIZACIÓN DE LAS MUJERES POR LOS ÍNDICES NEGATIVOS DEL CRECIMIENTO POBLACIONAL EN CUBA DESDE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN ES INACEPTABLE.

29 de abril de 2014

Imagen tomada de THF

Cuantas veces me subí al Tren de la Libertad (+fotos)

Un tiempo antes de que Las Comadres convocarán a El Tren de la Libertad, ya yo estaba preocupada por la reforma que a la Ley de Derechos Sexuales y Reproductivos que lideraba Gallardón.

Mi preocupación la expresé por primera vez en un post que escribí para la revista feminista Pikara Magazine, titulado “Que puedas abortar como yo”, cuyo punto de partida fue el drama que vivió aquella muchacha latinoamericana cuyo bebé moriría inmediatamente después del nacimiento, pero aun así pasó meses de angustia solicitando que la dejaran abortar.

Aquello me colocó además ante la situación de las mujeres españolas, quienes después de haber tenido una ley efectiva que garantizaba sus derechos sexuales y reproductivos, se enfrentarían nuevamente a la lucha por decidir sobre sus propios cuerpos, lo cual a todas luces es un retroceso.

Desde entonces me mantuve al tanto de los acontecimientos en España, así que no me costó ningún trabajo subirme a #El Tren de la Libertad. Escribi dos post sobre el tema, el primero para esta bitácora y el segundo para el sitio Global Voices.

No obstante, lamenté que desde mi tierra natal, la Cuba de mis amores (como dice la canción,) no haya habido ninguna repercusión (oficial o alternativa) sobre este asunto. Tal vez es que como para las cubanas realizarse un aborto no es un problema, y espero que sea así siempre, pues entonces el tema como que no convoca. Igual gran parte de la movida tuvo lugar a través de las redes sociales y ya sabemos que en ese capítulo la gente de la Isla está en el siglo XIX.

Sin embargo, como en estos momentos estoy en Hannover, y a Luis y Pablo, jóvenes españoles (interesante  que acá fueron dos hombres quienes lideraron la iniciativa) se les ocurrió hacer algo en la Plaza Ernst August, en el centro de la ciudad; pues hasta allá fui, con mi banderita cubana bajo el hombro, literalmente, y sobre todo con muchas ganas de apoyar la iniciativa de El Tren de la Libertad.

Fuimos 30 personas. Habrá quien piense que no fuimos muchas pero la rapidez conque  se organizó, y con lo peliagudo que puede ser el tema del aborto, quienes participamos nos sentimos de maravilla, apoyando desde Alemania a las mujeres españolas.

Como la policía alemana es tan correcta, por poco me tomo fotos con los agentes que vinieron a protegernos, también literalmente. Repartimos un flyer, bilingue por cierto, del cual no guardé una copia lamentablemente, e hicimos in situ nuestros carteles.

Esto, aunque no parezca, es un foto reportaje:

foto1218 Sigue leyendo “Cuantas veces me subí al Tren de la Libertad (+fotos)”

“El tren de la libertad”: Por los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en España

Especial para Global Voices

Tren de la Libertad

Alberto Ruiz-Gallardón, Ministro de Justicia en el gobierno de Mariano Rajoy, lidera un anteproyecto de ley que pretende derogar la norma vigente en el Estado español —Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) y Salud Sexual y Reproductiva (SSR) de 2010—, al promover una reforma que conllevará un retroceso, de más de 30 años, en el ejercicio pleno de los derechos sexuales y reproductivos en ese país.

Una movilización se ha organizado contra dicho proyecto, que no ha sido aprobado, desde el movimiento de mujeres feministas de Asturias, específicamente la Tertulia Feminista les Comadres, que lidera la florista Begoña Piñero Hevia. Titulada por sus creadoras como “El tren de la libertad“, la iniciativa fue lanzado por las redes el 2 de enero pasado:

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Por si quieres montarte en El Tren de la Libertad

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El Tren de la Libertad no pasará por La Habana; tampoco por Hannover. En esas dos ciudades, de nombres cercanos, no he escuchado voces que multipliquen lo que planean hacer las españolas, por la conservación de su derecho a decidir sobre sus vidas y sus cuerpos.

No es la primera vez que comprometo el activismo con el pleno ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, lo cual para mi incluye la posibilidad de abortar, cuando ellas decidan y por la causa que estimen convenientes.

El Tren de la Libertad, es una iniciativa de activismo feminista. El mismo partirá desde Asturias para llegar a Madrid el 1 de febrero, con el fin de exigir que se mantenga vigente la actual Ley de salud sexual y reproductiva y de interrupción voluntaria del embarazo en el Estado Español. Dicha norma jurídica pretende ser cambiada por un ser de apellido Gallardón, de cuyo nombre no quiero acordarme.

Pero si estás lejos y aun así quieres montarte en El Tren de La libertad, puedes visitar el sitio de la iniciativa y adherirte a ella.