Roberto Zurbano: Desde mi balcón. Doce párrafos de memoria contra la pandemia del olvido (Quinto round)

Por Roberto Zurbano

El confinamiento hogareño nos incomunica un poco, pero no anula la memoria en tiempos donde los contenidos son tratados con tal velocidad y simpleza que olvidamos de donde llegaron y adónde irán a parar. Cuando se habla de discriminación racial suele ocultarse la afro-religiosidad, tan cercana que obviamos su significado social; que va mas allá del universo ritual y configura maneras de pensar y vivir muy caras a la sobrevivencia y a la experiencia negras en la Historia y en la vida diaria de la nación.

En pleno siglo XXI sobra explicar que las religiones de matrices africanas sintetizan avatares históricos, diálogos y transgresiones sin los cuales no se puede explicar la resistencia y espiritualidad de nuestro pueblo. Pero antes, fue difícil y solitaria tarea. Si hablar de racismo era someterse a burlas de amigos o familiares, exclusiones institucionales y castigos políticos; practicar estas religiones también fue mal visto por organizaciones políticas, instituciones, medios de difusión y la mentalidad social.

Durante décadas, las iniciaciones religiosas se realizaban secretamente en casa-templos, patios y otras plazas ocultas, donde nacían orgullosos de su fé y adquirían conciencia racial, no solo para los de piel negra, pues también la blanca es una «raza» que busca y encuentra su ancestralidad y tareas en este mundo.

En ese proceso África no era sólo noticia de desastres, sino la base del mundo espiritual que trajeron abuelos ancestros, cuyos nombres aún se moyubban.

África en Cuba somos quienes la llevamos en la piel, en la cultura y en sus religiosidades; sus variantes y renovaciones verifican una identidad afrocubana, o sea, afrodiaspórica en su versión local. Lo controversial del término afrocubano tiene larga data y no se agota en las fuerzas que se le resisten. África es el mundo de crianza y educación comunitaria que no distingue entre hijos, primos, sobrinos y ahijados, es familia interracial junto a la extendida familia religiosa, sus códigos solidarios, sus bailes, comidas, músicas y una amplia tradición ética y filosófica que se resumen en un patakín, una firma palera o abakuá o un canto conocido desde andilanga. Vive en medio de celebraciones que mezclan lo ritual y lo pagano, lo útil con lo bello, lo privado y lo colectivo, el consejo con el regaño, lo de aquí con lo de allá, lo íntimo y lo político, el patio, la patria y el universo.

Recién llegada la Revolución, en el momento en que las Sociedades de Color se esfuman de la vida cubana, estas religiones profundizaron su rol en medio de las transformaciones y afianzan complicidad y ayuda mutua allí donde las leyes revolucionarias nunca llegaron.

Es cierto que en 1960 se crea el Departamento de Folklore del Teatro Nacional de Cuba, con el brillante etnógrafo y musicólogo Argeliers León a la cabeza y más tarde, en 1962, el Conjunto Folklórico Nacional, integrado por mujeres y hombres en su mayoría religiosos practicantes que, a partir de ese momento, suben al escenario para ofrecer sus cantos y bailes como Arte, ganando aplausos dentro y fuera de Cuba. Muchos de ellos alcanzan el estrellato como Nieves Fresneda, Jesús Pérez (Obbá Illú), Lázaro Ross, Zenaida Armenteros o El Goyo Hernández.

Fue un gran paso, pero si contemplamos sólo las ganancias escénicas, quedan fuera de foco conflictos y contradicciones que, en la vida cotidiana, sufrían tales prácticas religiosas, tornándose en impedimentas para el acceso a universidades y militancias políticas.

Más allá de los éxitos internacionales de bailes y cantos afros, al correspondiente universo religioso real se le cierran libertades, devaluándole como expresión de atraso e ignorancia.

En la novela más popular del momento, Cuando la sangre se parece al fuego, su autor, Manuel Cofiño, uno de los pocos escritores cubanos identificados con el realismo socialista, refleja el proceso de disolución de las religiones negras arrastrada por las aguas claras del futuro socialista. Estas afroreligiones sufrieron el mismo dogma y represión que aquellas que guardaron armas y conspiraban contra la revolución, aun así, sus practicantes, inmersos en el cambio revolucionario, por no abandonar su religiosidad fueron marginados de importantes responsabilidades políticas y administrativas. Gracias a su horizontalidad, espiritualidad acreditada por siglos y estrategia cimarrona, conservaron los saberes transmitidos oralmente, rituales secretos y viejas prácticas de solidaridad y resistencia. Las afroreligiones fueron espacio creciente para un conflicto ideológico sustancial que aún marca la subjetividad de un amplio sector social dentro de Cuba: conciencia religiosa versus conciencia política, expresado en libros y discursos como una pelea dicotómica que suele resolverse a favor de lo político, ocultando la complejidad del universo religioso.

Aunque este no fuera el debate esencial entre quienes practican afroreligiones, donde hay sujetos de todas las «razas» , dicho conflicto no ha dejado de estar latente en el campo religioso cubano de las últimas seis décadas.

Las religiones negras en Cuba siempre han vivido el peligro de fragmentación y cooptación. Su jerarquía, autoridad, popularidad, exitosas practicas rituales y comerciales, cohesión grupal, diversidad de su membresía, más el alcance de sus valores intra y extraordinarios, constituyen un modelo social, cuya relativa autonomía debe ser objeto de políticas más comprensivas. Por eso me resultó curioso que en el libro de entrevistas que en 1985 hizo el dominico brasileño Frei Beto a Fidel Castro, no aparecen las afroreligiones, siendo ambos interlocutores de países marcados por la esclavitud, el colonialismo y el cimarronaje. Esta curiosidad la comenté a Frei Beto hace unos años y su evasiva me dejó más curioso aun.

Lo cierto es que ese mismo año, aunque no con el cuidado que son tratadas las religiones antes colonizadoras, las afroreligiones también comienzan a ser reconocidas políticamente al crearse la Oficina de Asuntos Religiosos del PCC en 1985.

Escuché a Filiberto O’Farrill, en su casita de Poey, hablar de una soñada Asociación de Babalawos, a cuyos organizadores, que ofrecieron palomas y un tambor en los jardines del Movimiento Cubano por la Paz, no se las aprobaron. Supe de la preparación del I Encuentro de Estudios Afrocubanos, preparado por la Sociedad homónima que intentaron restaurar Fernández Robaina, Tato Quiñones y Lázaro Buría, con apoyo de Natalia de Bolívar y grandes figuras religiosas, abortado por la UNEAC. Conversé con nigerianos residentes en Nueva York que durante años soñaron abrir una Academia de Lengua Yoruba en Cuba que también fuera negada.

Estos y otros empeños son parte de una historia no escrita ¿Cuántos fuimos testigos o cómplices de sucesos subterráneos que fueron el magma de la explosión de los temas raciales en la próxima década? ¿Cómo fue que los temas de la religiosidad fueron dando mayor margen a la problemática socio-racial? Y por qué ambos temas tomaron tanta distancia el uno del otro, al punto que las religiones afro apenas se involucran en el debate racial y, por otro lado, la mayoría de los analistas y análisis sobre las problemáticas raciales en la nación, suelen desentenderse de los temas religiosos, de los creyentes y de las viejas estrategias de solidaridad y resiliencia de estas afroreligiones?

Ambas miradas adolecen de la necesaria articulación e intercambios sistemáticos, donde enriquezcan y renueven prácticas propias. Aunque vale mencionar el valor que alcanzan las obras y espacios donde ambas visiones convergen como lo han hecho Tato Quiñones, Jesús Fuentes, Lázara Menéndez, Víctor Betancourt, Jesús Hernández El Goyo, Gloria Rolando, Tomas Fernández Robaina, Manuel Mendive y otros pocos que intentan sostener tan difícil diálogo en Cuba.

Luego, los noventa irrumpen con varios sucesos editoriales. Justo en 1990 aparece la primera reedición de El Monte de Lidia Cabrera después de 1959, cinco mil ejemplares agotados durante la primera semana en la Feria del Libro, celebrada en PABEXPO, Los orishas en Cuba de Natalia de Bolívar, se convierte velozmente en un best-seller, El negro en Cuba, de Tomas Fernández Robaina, aparece tras un forzado sueño editorial de diez años y los tres tomos de Estudios afrocubanos, de Lázara Menéndez, extraordinario libro de texto para la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de la Habana, removió los anaqueles del elitismo eurocéntrico de tan rancioso –para no decir racista y blanqueado- lugar. Así comienza el boom de temas afroreligiosos en Cuba, a las puertas del Periodo Especial.

El Congreso del Partido se pospone para 1991 y entre los temas centrales está la promoción de negros, jóvenes y mujeres, junto a la noticia de que los religiosos podrán ser miembros de Partido Comunista. Es fácil pensarlo hoy; pero entonces fue una noticia escandalosa que generó grandes discusiones, resistencias e incomprensiones dentro y fuera del partido; tanto pesaban los dogmas y prejuicios.

El discurso de los estudiosos es una cosa y el discurso de autoridades religiosas, reconocidas por su jerarquía y sabiduría es otro. Estos últimos no tienen presencia en la esfera pública, no poseen revistas o boletines que sean órganos difusores de doctrinas, reflexiones y modos de conocer su alcance social. Nunca he podido leer aquella queja porque no fueron invitados a saludar al primer Papa de visita en Cuba, ni la poca presencia de los jerarcas de otras religiones durante la recepción ofrecida al Oní de Ifé de visita en Cuba. No hay entrevistas sobre figuras ni artículos sobre eventos importantes o sobre el trabajo que hacen en comunidades y cárceles, ni convocatorias a cursos y conferencias. Ni siquiera promueven los encuentros entre médicos, científicos y Babalawos, muy provechosos para las tres partes según estas confiesan a los pocos curiosos que llega la noticia. Difícil saber cómo estas religiones establecen alianzas con musulmanes o iglesias cristianas donde la presencia negra crece. Ni sabemos cómo se dirimen sus debates epistemológicos, de género, de asimilación de nuevas prácticas o de sus propias ortodoxias. Ergo, difícil es saber su opinión en el debate antirracista cubano y las causas del repliegue de su potencial fuerza emancipatoria en esta lucha.

También hay batallas exitosas y logros sociales a lo largo de seis décadas, que no por menos publicadas han dejado de celebrarse.

Es un resultado de esas batallas que un babalawo de 34 años en Ifá como Lázaro F. Cuesta (Iwori Bofun) haya sido el Gran Soberano del Supremo Consejo del grado 33 para la República de Cuba, Gran Maestro de la Gran logia de Cuba y Presidente del Patronato del Asilo Nacional Masónico Llanso entre 2011 y 2018, que Ramón (Mongui) Torres Zayas, haya alcanzado su doctorado con una tesis sobre los Abakuá, sociedad a la cual pertenece y estudia su renovado campo; que los libros de Lázara Menéndez, Jesús Fuentes y Natalia de Bolívar sean cada vez más aclamados y leídos por masas lectoras, que lideresas de varias casa-templos hayan logrado reivindicar sus prácticas de género dentro de la religión, que se legitimen en laboratorios farmacéuticos y repertorios clínicos las formulas de brebajes, emplastos y cocimientos con que nuestras ancestros hicieron de la naturaleza la mejor medicina a los males del cuerpo y el alma, que una pastora cristiana como Isset Samá haya hecho tan hermosa declaración antirracista ante su iglesia en días recientes…

Aunque sean lamentables las recientes declaraciones sexistas de la Sociedad Cultural Yoruba sobre las Iyanifá, un conflicto que parecía resuelto a finales de siglo pasado y ahora resucita en un contexto poco saludable para el feminismo en la región. Insulta saber que grandes marcas de la moda internacional se apropian del diseño de las sayas multicolores de nuestras santeras, en una otra forma de extorsión de nuestras identidades. Y que siguen las acusaciones reales e infundadas sobre el comercialismo dentro de estas religiones: no debe resultar raro que en este rincón de la sociedad también proliferen conductas mercantilistas, corruptas y criminales; otra cosa es la acusación de comercialistas a las religiones negras de la región (santería, candomblé, vudú), lo cual parece una trampa nacida de la competencia con otras religiones, justo en un proceso de internacionalización de estas religiones negras, que les permite instaurar legalmente sus instituciones, profesionalizar sus figuras jerárquicas y aumentar el reconocimiento de sus valores de solidaridad, resistencia cultural y saberes, no solo para afrodescendientes. No olvidemos que todo ello era, hasta hace poco, marginalizado, a pesar de ser practicadas por todas las clases sociales.

Dichas acusaciones, curiosamente, no suelen compararlas con otras religiones financieramente poderosas, de jerarquía mundial, dueñas de diversas propiedades e instituciones bancarias, mediáticas, educativas, etc.

¿Cómo, entre las miles de fotografías de Fidel Castro, se olvida aquella, en medio de una larga gira que hizo por varios países africanos en los años setenta, donde aparece vestido de blanco, con ciertos atributos rituales? Jamás la he vuelto a ver, ni siquiera en asociaciones afroreligiosas que constantemente renuevan su compromiso revolucionario.

Se han promovido poco excelentes biografías y testimonios de personalidades como Nisia Agüero, Freddy Ilanga (traductor de swahili del Che en el Congo) y Natalia de Bolívar por solo mencionar tres, que incluyen reveladores pasajes del universo religioso negro en sus vidas o las conversiones religiosas y en la conciencia racial de altos oficiales y diplomáticos cubanos en África como Omar Izquierdo, Heriberto Feraudy o Juan F. Benemelis, entre otros, cuya capacidad más o menos crítica articula puentes entre las visiones africanas y cubanas de conciencia racial, religiosa o afrodiaspórica, revelando políticas africanistas, diásporicas y raciales apenas abordadas con profundidad por estudiosos cubanos de la religiosidad, la afrodiáspora y la geopolítica.

Lamento mi poquita fe, mi modo intermitente y, a veces irrespetuoso de acercarme a estas religiones, pues tendría algunas respuestas, desde sus códigos, a preguntas que no necesitaría escribir.

Lo cierto es que apenas se conocen sus figuras jerárquicas, algunas legendarias, otras de más reconocimiento fuera que dentro de la isla, otros dejando su impronta en el mundo de la internet, otros recuperando sus contactos con tierras y autoridades religiosas de África, otras más vinculadas a la farándula, otras al boyante mercado afroreligioso, algunos veteranos reconocidos por su sabiduría ancestral, otros por su memoria descarnada de cuando hacían religión en el underground socialista. Apenas se conoce el espacio de ritualidad, pedagogía, goce y hermandad comunitaria que signa los encuentros del Cabildo Ifá Iranlówo, liderados por Víctor Betancourt Omolóafaoró Estrada, uno de los sacerdotes y autores más osados y controversiales del campo afroreligioso cubano. Tampoco son públicos los debates epistemológicos, de género, de asimilación de nuevas prácticas o de sus propias ortodoxias que están teniendo lugar y que la transmisión oral a veces distorsiona o confunde. Así, parece ser un mundo que no se mira al espejo, ni a la televisión ni al futuro, sino que se repliega o calla sus propuestas ante los seguidores que, dentro y fuera de Cuba, siguen apostando por el camino de los orishas.

Viernes 19 de Junio del 2020, en Cayo Hueso, Centro Habana.

¿Qué ha pasado con el Challenge Africano en Cuba?

Por Alina Herrera Fuentes

Todo comenzó en el mes de abril, cuando la embajadora cubana en Senegal inició un reto en las redes sociales de camino al 25 de mayo “Día de África”. La iniciativa consistía en demostrar, mediante fotos, la unidad de los cubanos y de las cubanas a partir de la herencia africana, “continente lindo, pero poco conocido y lamentablemente estereotipado, que tiene muchísimas cosas que mostrar”.

La primera foto fue la de la propia diplomática, quien llevaba puesto un turbante, y se acompañaba del hashtag #ChallengeAfricano. A pesar de su intención y sus declaraciones, fue inevitable que el reto se convirtiera en un reforzamiento de los estereotipos, en una banalización de la identidad e historia africanas.

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Si a esta iniciativa no le antecede un conocimiento acerca de prácticas racistas, de apropiación cultural y un respeto por la cultura de todo un continente y la diáspora, termina en lo que resultó, una pasarela maniqueísta de la africanidad, un irrespeto por las personas negras, no solamente por las fotos en sí, sino también por las alianzas que se crearon en menoscabo de la población racializada.

Por ejemplo, una presentadora de televisión, además de lucir una exageración ridícula de “atributos” africanos en sus atuendos, se hizo un grotesco black face a propósito del #ChallengeAfricano. Las personas activistas denunciaron sus fotos— sobre todo por la historia de dolor y menosprecio que representa el black face— pero, en lugar de despertar la reflexión acerca del racismo que se estaba denunciando, funcionarias de alto rango y otras personalidades de la cultura le tendieron una alianza encubridora, mostrándose más solidarias con la burla y el mal actuar de la presentadora de televisión que con la población negra cubana que había sido humillada.

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Si África es un continente que históricamente ha sido vaciado, oprimido y explotado, entonces es evidente que sus poblaciones siguen siendo vulnerables y, si es así ¿por qué exponerlas? Una fotografía en nombre de la unidad para contrarrestar los estereotipos es un objetivo fallido desde el inicio. Una foto que busque mostrar las raíces africanas es una provocación directa a una caricatura en este mundo estructuralmente colonial, racista y eurocéntrico.

El racismo simbólico es un subproducto del racismo estructural, institucional y cultural, y es de los que pasan más desapercibidos. Tiene su fundamento principalmente en los prejuicios estereotipados y culturales que históricamente les han sido atribuidos a determinados grupos étnicos. Los valores y las tradiciones de estos exogrupos no son asimilados con respeto, ni tomados en cuenta como iguales a la cultura dominante. Más bien a estas costumbres culturales se les deshumaniza y se les exotiza, por lo que pueden llegar a ser cosificadas con facilidad, convirtiéndolas en un juego, en un divertimento, en una ridiculización y en un irrespeto total. Pero estos fenómenos no suceden si no preexiste una noción de inferioridad, de desvalor o de utilitarismo.

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En el caso de este tipo moderno de racismo, la experiencia de quien lo comete no pasa por la discriminación explícita atravesada por discursos de odio. De ahí que la expresión del prejuicio y del desvalor sea subyacente y difícil de reconocer. De hecho, son personas que abiertamente se manifiestan a favor de la igualdad, sin embargo, perciben un símbolo en la persona negra, y ese símbolo está, en mayor o menor medida, cargado de prejuicios negativos. 

Este nuevo racismo se refiere a aquellas actitudes, comportamientos y creencias encubiertas que colocan al exogrupo en una categoría menor. O viceversa, y de esto se habla menos, cuando el grupo dominante culturalmente se coloca en una posición superior de manera tal que se permite a sí mismo tomar los elementos culturales de las poblaciones racializadas, con fines utilitarios y en su beneficio, sin importar la dignidad y el criterio de los exogrupos.

Otro ejemplo, la negación rotunda de tales comportamientos racistas con la justificación de que tienen personas negras que aman a su alrededor, y esto es, a partir de lo explicado anteriormente y de manera indiscutible, una derivación del racismo simbólico. 

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Con la tolerancia a este tipo de racismo y con las alianzas entre quienes se sienten más ofendidos por las denuncias de los activistas que los propios grupos humillados, solo contribuimos a su perduración. Con la argumentación facilista de que era solo un chiste, antes que revisar todo lo racista que hay en ese “chiste”, solo naturalizamos ese racismo simbólico.

Las imágenes editadas de las personas negras en internet están cargadas de bullying, de estereotipos, deforman las identidades negras, distorsionan las culturas africanas y de la diáspora para causar risa a propósito de nuestros cuerpos negros. Todavía la prensa escrita y digital tienen el enorme reto de no incluir imágenes y narraciones racistas en sus artículos. Todavía los medios masivos de difusión transitan el largo camino de desestereotipar a las personas afrodescendientes en sus contenidos. Las novelas, los teleteatros, los programas de humor, las películas, etc. lastran, al día de hoy, la folclorización y la vulgarización de los personajes negros.

En eso se convirtió el #ChallengeAfricano, en un espacio para el reforzamiento del racismo simbólico.

Usar un atuendo tradicional (cuando nunca se emplea) y tomarse una foto para celebrar el Día de África es utilitario. Si queremos homenajear al continente saqueado y demostrar que tenemos en común una herencia negra, investiguemos sobre ese legado, respetemos las culturas y aprendamos más. Mejor aún, hablemos de racismo, de sus nuevas formas disimuladas en que se manifiesta. Busquemos lecturas que hablen de la historia que hicieron también las personas negras. Tengamos en cuenta las investigaciones sobre estos temas y a la comunidad de activistas antirracistas que incansablemente nos enseñan cómo podemos hacerle tributo al continente madre.

Lo digo, porque así lo hice. Además de esta reivindicación.

Tomado de Afroféminas.

Roberto Zurbano: ¡No vamos a parar!

Las organizaciones antirracistas, en contextos de pandemia, limitan su alcance público, pero siguen generando conciencia, activando saberes antirracistas y aguzando, en un contexto más hostil, la capacidad de identificar y denunciar cualquier discrimen. Si normalmente trabajamos en contextos y con recursos precarios, ahora no queda otra opción que reducir la movilidad, sin desmovilizar la agenda crítica, olvidar la base social ni a quienes despliegan las acciones concretas que definen nuestra misión social. Es paradójico que un núcleo de activismo evite incidir en espacios comunitarios; allí donde esa labor no tiene un impacto mediático, pero sí una incidencia en la vida de tres o diez personas o familias necesitadas.

Si alguna de esta gente se enferma en Cuba, serán tratados sin menoscabo de su condición racial, quizás por hábiles profesionales de su mismo color de piel, merecedores de aplausos y honores. Antes y después del hospital está la vida difícil en solares, barrios insalubres y albergues temporales donde se hacina la esperanza, quinquenio tras quinquenio. Y allí se debe ofrecer alivio, respuestas y políticas públicas que completen la ingente labor de la medicina preventiva o el empeño intensivista. En Brasil, Estados Unidos y Colombia habrían muerto y llenado estadísticas menos descuidadas, pero inmerecidas. Es aquí y ahora donde el activismo antirracista debe sumarse: la post-pandemia no augura mejoras materiales y hay que trabajar por una equidad social más puntual que la igualdad conocida y conquistada. Algunas organizaciones nuestras tienen ese camino adelantado, solo bastaría unir esfuerzos y conocimientos, asumir nuevas y buenas prácticas en labores comunitarias donde es insuficiente el trabajo de una sola institución. Las pocas excepciones que lo hacen, indican su factibilidad y éxito comunitario.

Activismo es también responsabilidad asumida a tiempo, solidaridad compartida y ejercicio de preocupación consciente por gente que conocemos o debemos conocer mejor. Es momento de mirar hacia adentro y hacia otros colectivos antidiscriminatorios que quizás, comparten la misma preocupación dentro de la isla. Es romper los límites impuestos a nuestra labor e insertar nuestro trabajo donde más se necesite. Ahora solo pensamos en aquello que depende de nosotros y en lo poco que podemos ayudar, evitando desgastarnos inútilmente, siendo discretos en un contexto de emergencia, identificando cualquier ruido que lleve a confrontarnos, confundir o desmovilizar por algún tiempo nuestra agenda social.

Sobre otros colegas activistas, preguntarnos: ¿Dónde están, cuáles son sus condiciones, cómo ayudarles, cuáles son nuestros recursos, y estos, cuánto pueden durar? Preocuparnos por las condiciones de salud de nuestros colaboradores y su familia: niños, ancianos y discapacitados ¿Cuán distantes vivimos unos de otros? ¿Por cuáles razones nos moveríamos ahora, sin transporte público? ¿Somos capaces de cuidarnos entre nosotros mismos? ¿Quiénes son los más frágiles, temerarios o descuidados que debemos proteger? ¿Cómo nos comunicamos, qué tipo de mensajes y acciones priorizamos? ¿Cuales iniciativas de autocuidado diseñamos ante la pandemia? Ignorar estas preguntas es un modo de abandonar nuestros sueños y a nuestra gente.

Hoy es clave saber adónde pertenecemos y con quien podemos contar. Las organizaciones antirracistas surgen de una urgencia, crecen en la insurgencia y reivindican necesidades legítimas. Su cohesión nace del ejercicio colectivo, de propuestas transformadoras que se prueban en el camino, de prácticas exitosas o sonados fracasos, y del respeto común entre compañeros de viaje. No somos, ni pensamos como institución caritativa, empresa o partido político, sino desde un potencial justiciero que nos junta y empina sin cuotas obligatorias de fe, moneda o consigna. Sin idealizar nuestro itinerario y asumiendo la necesaria autocrítica, este activismo genera reflexiones profundas y produce un conocimiento que luego compartimos y convertimos en acciones puntuales. Nuestra libre pertenencia es orgánica en la medida que movemos un ideal emancipatorio, desde la historia de opresión común que, una vez reconocida, decidimos deconstruir juntos. Así convertimos experiencia e historias de vida en herramientas de trabajo, superación y sanación, para alcanzar una condición humana consciente y digna, gestionada por nosotros mismos.

La gestión más urgente del activismo hoy es la equidad en todas sus emergencias posibles, ante la creciente desigualdad social. Ya sabemos por qué el “Quédate en tu casa” no sirve a tanta gente impactada, otra vez, en su difícil cotidianidad y vemos cómo pierden paciencia, modales y esperanzas en la cola para comprar alimentos. Ese proceso de devaluación es anterior a la pandemia y la trascenderá, si perdemos la perspectiva crítica y ponemos nuestra misión en cuarentena. El mejor activismo nace en el diálogo cotidiano y responsable con la gente de a pie y enseña que no se deben aplazar las necesidades ni se puede bajar la guardia nunca, ni siquiera ante la pandemia. Y que las formas de lucha cambian según el contexto, pero no desaparecen porque las opresiones funcionan en permanente lógica de reproducción y no se detienen. Los sexistas, neo-racistas, elitistas, censores, depredadores y otros discriminadores son peores que los virus, mutan y reciclan viejas tácticas. Urge replantear la batalla, unir fuerzas, crear espacios, alianzas y estrategias sin perder el horizonte; sin parar nuestras luchas. No vamos a parar. Mañana será tarde.

Roberto Zurbano Torres, el Primero de mayo y 2020, en Cayo Hueso, Centro Habana, Cuba

¿Qué fue del Movimiento Afrocubano en el 2017 luego del Coloquio de Harvard?

Por Alberto Abreu Arcia

Dos eventos pautaron las expectativas, estrategias y accionar de lo que fue el tránsito del Movimiento Afrocubano por el 2017. Me refiero al II Coloquio “La nación que estamos imaginando: nuevas geografías de la racialidad negra en Cuba” efectuado los días 3 y 4 de noviembre del 2016 en el Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo de Cárdenas-Cuba y el Simposio “El Movimiento Afrocubano: activismo e investigación. Logros y desafíos” convocado los días 14 y 15 de abril del 2017 por el Instituto de Investigaciones Afrolatinoamericanas y el Centro Hutchins de Estudios Africanos y Afroamericanos de la Universidad de Harvard.

Esta segunda edición del coloquio “La nación que estamos imaginando…” inicialmente fue concebida como una Asamblea Nacional de Reflexión sobre el Racismo, con participación de observadores y expertos internacionales. Según reza en una de las actas preparatorias, el mismo contaría con “la presencia de representantes de todas las provincias con un trabajo sistemático y consolidado sobre la temática en cuestión”. Además, “se sugirió potenciar las provincias de Camagüey y Santiago de Cuba”. Un hecho sin precedente. Por primera vez el Movimiento rompía la estructura colonial y/o colonialista del habanocentrismo en pos de un alcance nacional.

Sin embargo, a última hora sus patrocinadores realizaron severos recortes en la cuota de participantes. A pesar de esto el II Coloquio devino en un discreto, pero  estimulante encuentro entre académicos, representantes del CENESEX y líderes y liderezas religiosos y de diferentes proyectos-grupos que luchan por la justicia racial.

Según explicaron sus auspiciadores, dicho cambios respondían a razones de presupuesto. (Hecho comprensible si tenemos en cuenta que hablamos de un evento que sesionaría tres días, con cerca de sesenta invitados de todo el país, incluyendo prensa y algunos observadores internacionales). También, sobran motivos para conjeturar que en los mismos influyeron temores, cautelas y suspicacias de todo tipo ante un Movimiento que está redimensionando los modos tradicionales de pensar la justicia social, la historia, las identidades y la movilización social dentro de la Revolución. Al tiempo que ha devenido en un fecundo productor de conocimiento. Lo que nos hace pensar en lo utópico que todavía resulta la celebración de un evento de esta magnitud desde la sociedad civil cubana.

El hecho que el II Coloquio apelara a un alcance nacional y que, de una u otra manera, tuviera su continuidad en Harvard desató perspectivas encontradas. Por un lado, estimuló la competencia de muchos investigadores y activistas -sobre todo de los proyectos grupos emergentes- por asistir. (Es sintomático como algunos invitados fueron declinando su asistencia tras anunciarse los cambios en el mismo o que algunos de los invitados extranjeros ya no asistirían). Por otra parte, la invitación cursada a muchas instituciones y actores posicionados en los espacios oficiales fue recepcionada con excesiva cautela y evasivas.

Los agotadores encuentros y discusiones preparatorios del II Coloquio permitieron: 1) trazar un diagnóstico del estado del activismo antirracista cubano, 2) confeccionar una cartografía de las personalidades del campo intelectual y los proyecto-grupos que, en otras provincias, trabajan contra el racismo y la discriminación racial en condiciones de aislamiento, sin ningún tipo de diálogo o apoyo metodológico. 3) diseñar un grupo de acciones en las que, de una u otra manera, se vería enrolado un segmento bastante influyente del Movimiento Antirracista Afrocubano durante el año 2017.

No por azar, los asistentes a la cita de noviembre en Cárdenas acordaron que el II Coloquio en el cual estaban participando sesionaría de manera permanente (es decir se extendería su trabajo) hasta el primer trimestre del 2017, cuando tuviera lugar esta Asamblea Nacional de Reflexión sobre el Racismo.

Entre los ejes trasversales propuestos para el debate en los espacios de trabajo figuraban tópicos medulares como: 1) Desigualdad económica vs empoderamiento en la lucha contra el racismo. 2) Nuevos actores en la lucha antirracista.3) Activismo: Prácticas y saberes (legitimidad, institucionalidad). 4) Comunicación en la lucha antirracista. 5) Géneros, religiones, geografías y discriminaciones.

Una demanda que se reiteró tanto en los encuentros preparatorios como de las sesiones de trabajo en Cárdenas, a finales de noviembre, fue la de: “Construir una plataforma común, avanzando hacia una unidad de acción; con el propósito de forjar un movimiento contra la discriminación racial.”. Dicho tópico vuelve a reiterarse en la convocatoria final a la tronchada Asamblea Nacional en cuyos párrafos finales se lee: Proponemos la construcción de una plataforma común que genere diálogos, alianzas y soluciones a conflictos no siempre vistos como raciales, a pesar del dolor físico y moral que producen en personas y comunidades, así como en los grupos y organizaciones que le acompañan. Unir voces críticas y propositivas dispuestas a encontrar razones y soluciones más allá del discurso,  nos impulsa acompañar el activismo más responsable y reclamar políticas públicas. Convocamos el Coloquio en el Decenio Internacional Afrodescendiente de la ONU, seguros de que el pensamiento antidiscriminatorio cubano y sus prácticas emancipatorias e inclusivas enriquecerán la nación más allá de sus fronteras.

Tres aspectos se me antojan como significativos de este II Coloquio “La Nación que estamos imaginando…” que estuvo precedido por el I Coloquio celebrado también en el Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo Cárdenas-Cuba (28 y 29 de mayo del 2015), así como de un grupo de conversaciones, reuniones y discusiones previas sostenidas en La Habana con la Comisión Organizadora y con otr@s actores sociales vinculados de una u otra forma al Movimiento tanto dentro como fuera de Cuba.

Primero: La heterogeneidad de tendencias políticas, ideológicas, regionales, religiosas, generacionales, intelectuales, de género e identidades sexuales que en la actualidad confluyen al interior mismo y la multiplicidad de campos hacia los que el activismo antirracista cubano explaya su quehacer. En este sentido llama poderosamente la atención el surgimiento de nuevos grupos-proyectos con una agenda propia y un trabajo sostenido entre los que se encuentran el Proyecto de Creación Colectiva Trance, mirArtedíaDía, Mujeres líderes de religiones de origen africano, Barrio La Marina, de Matanzas y Afroatenas.

Segundo: Los obstáculos que debe vencer el Movimiento Afrocubano para lograr la construcción de una Plataforma Común y Consensuada entre los diversos actores y sujetos que desde diferentes lugares de enunciación y programas luchan contra la discriminación racial en Cuba. Dichos impedimentos van desde la falta de voluntad y anuencia al respecto, pasando por tensiones ideológicas y políticas hasta las luchas por el monopolio y control de quien puede hablar desde y por la problemática racial cubana. Por ejemplo: a la cita en Cárdenas de finales de noviembre del 2016 fueron invitados representantes de muchos de proyectos oficiales como la Comisión Aponte y la Fundación Nicolás Guillén, los cuales por un motivo u otro no asistieron ni enviaron representantes.

Por otra parte, las diferencias ideológicas y políticas entre agendas que politizan la problemática racial cubana es otra problemática que entorpece la elaboración de un programa o de una plataforma común y consensuada. Hasta el punto, que sin ser maniqueos, deben reconocerse dentro del Movimiento Afrocubano la existencia de dos vertientes políticas. Uno a favor y/o que reconoce los avances de la Revolución en política racial, sin dejar de tener una postura crítica frente al lugar problemático y subalterno que todavía negros y negras, mulatas y mulatos siguen teniendo en el  proceso revolucionario. Y otra, que disiente del proyecto revolucionario y de tales avances. A pesar de esto, sería un acto de deshonestidad negar o restarle protagonismo al activismo que, amén de compartir o no sus respectivas agendas políticas, viene realizando una u otra tendencia en pos de empoderar y reivindicar socialmente a este sector tenido como uno de los más vulnerables y marginales de la población cubana, y por buscar una solución al racismo y la discriminación racial en Cuba.

Por eso, en este artículo cuando me refiero al Movimiento Afrocubano y su activismo antirracista, se trata quizás de un rótulo demasiado excesivo o pretensioso para un escrito como este que, por una razón u otra, no contempla la labor de los inscritos en la  segunda de estas vertientes ni a los de la diáspora.

Por otro lado, los intentos por lograr una articulación y alianza hacia afuera del Movimiento con instituciones, proyectos, grupos independientes, líderes y liderezas representantes de aquellos sectores de la sociedad con quienes compartimos la misma vulnerabilidad social y una agenda emancipatoria y de justicia social afín, se ve frenada por la carencia de una sensibilidad y dinámica política que propicie este proceso. Por ejemplo, el CENESEX, que sí participó del conclave en Cárdenas, no tenía incluido el tema racial en su agenda. Lo que demostró que no basta con tener entre nosotr@s la voluntad de establecer alianzas estratégicas con otros Movimientos Sociales, sino que dicha disposición debe ser recíproca.

Estos movimientos sociales en Cuba se han ubicado como grupos aislados buscando desarrollar por su propia agenda, sin tener en cuenta cuáles son los desafíos actuales de la sociedad, ni aspirar a miradas o agendas políticas más transversales y/o globales que los dote de mayor de movilización sociopolítica. Un paradigma a seguir en este sentido lo constituye el Movimiento Social dentro de las iglesias evangélicas cubanas. Ellos han logrado readecuar al contexto cubano un grupo de herramientas y metodologías de trabajos provenientes de la Educación Popular y de la Teología de la Liberación que le han permitido algunos avances en este aspecto.

Tercero: Otros de los correlatos del Coloquio fue establecer un consenso sobre algunas cuestiones relativas a la eficacia de nuestros discursos y a lo que ha sido la razón de ser y nuestro devenir como movimiento social, que debían fortalecerse para no restar prestancia a la cita Harvard.

La reunión de Harvard, como su pormenorizada declaración final reconoce, marcó un hito para el Movimiento Afrocubano. Y significó un reconocimiento internacional y en el plano de la producción de un saber otro:

La presencia de los activistas en una casa de altos estudios como la Universidad de Harvard obedece a una lógica muy simple: los movimientos sociales y culturales son productores de conocimientos que deben ser incluidos en los planes de enseñanza y los espacios académicos[…]Estos encuentros forman parte de una agenda más general para implementar el primer objetivo del Decenio Internacional para los Afrodescendientes (2015-2024) decretado por la Organización de Naciones Unidas: el reconocimiento. El re-conocimiento está indisolublemente ligado a una agenda educativa que propicia la articulación entre activismo afrodescendiente y las academias.

Panel de Afroemprendedores en el encuentro de Harvard. Foto: Alberto Abreu

Dicho documento, más que una declaración final, es todo un programa de trabajo sobre el que deberíamos volver una, y otra vez junto con las relatorías, acuerdos, actas finales y grabaciones del I y II coloquio “La nación que estamos imaginando…” Es imprescindible que estos textos tengan más visibilidad, circulación y sean de consulta pública.

Sin embargo, después del evento en Harvard el escenario de luchas se caracterizó por un silencio del Movimiento Afrocubano y la emergencia de nuevos enclaves dentro la academia, sin quedar claro cuál es su acompañamiento o compromiso con el activismo antirracista cubano, más allá del puro interés por la inserción en un mercado teórico que proporciona becas, participación eventos y fórum internacionales, reconocimiento y legitimidad intelectual. Lo que no me parece mal, sólo que todavía sigue sin respuesta aquella pregunta que muchos les hacíamos en Harvard: “¿cuáles serán los parámetros para que realmente se produzcan acciones colaborativas más puntuales entre académicos y el Movimiento Afrocubano sin que esto implique un canibalismo, manipulación política o secuestro de aquellos temas, problemáticas y saberes que los activistas vienen produciendo y colocando en la esfera pública desde hace décadas?”

Justamente, hace algunos días discutía con un académico sobre los diferentes motivos que subyacen detrás del boom que vive la problemática racial cubana entre los académicos del patio. Al sentirse interpelado me respondió que no es posible hablar de Academia, sino de academia(s). Tal aseveración, desde luego, no pasa de ser un juego de palabras. La Academia es una sola. Ya lo aclaraba Stuart Hall: “Vuelvo sobre la discusión entre trabajo intelectual y trabajo académico: coinciden en parte… pero no son lo mismo”

Lo que sería mejor hablar de diferentes posicionamientos académicos con respecto al tema, pero el lugar de enunciación es el mismo: la academia cubana asediada por pactos y mediaciones políticas, desactualizaciones, amén de los estragos que todavía arrastra del Decenio Gris. Pero ocurre que estamos ante prácticas, imaginarios, epistemologías que crecieron de espaldas o ninguneados por la centralidad académica. Por lo que el encuentro con ellas demanda de dispositivos cognitivos y de teorización de una mayor libertad para entrar y salir de ese mapa académico o moverse en sus bordes.

Lo cierto es que el Movimiento Afrocubano tras su regreso de Harvard, dejó a un lado aquellas empecinadas búsquedas de articulación, alianzas estratégicas y de una plataforma común y consensuada que tantos debates, viajes, horas de trabajos y reuniones dilapidaron a todo lo largo del 2016 y el primer trimestre del 2017. Las cuales consideramos imprescindibles para obtener nuevos consensos y las trasformaciones sociales que estos tiempos están exigiendo. Porque si algo quedó claro en nuestro transitar del II Coloquio a Harvard es que las articulaciones necesitan tener un sentido claro del contexto y su proyecto histórico si de verdad aspiramos a que nuestras agendas logren mayores espacios de visibilidad, dinamismo y sean protagónicas. Se trata de un desafío tanto político como organizativo.

Desde luego, que los problemas estratégicos de la articulación de raza, género e identidades sexuales disidentes resultan centrales para el Movimiento Afrocubano. Pero, no se deben quedar allí. Hay otros temas en las agendas globales que son muy relevantes (la cuestión ambiental, el cambio climático, etc.), frente a los cuales no podemos permanecer indiferentes porque también somos actores de esas mismas problemáticas.

A esto hay que sumarle la urgente necesidad de una re-estructuración del capítulo cubano de la Articulación Regional Afro descendiente de América Latina y el Caribe (ARAC) dilatado, una y otra vez, por quienes contrajeron, tanto a nivel nacional como internacional, la responsabilidad de este proyecto. Cierto que la corta vida de ARAC se ha visto afectada por liderazgos, la inexistencia de fondos y apoyo institucional. Esta situación, entre otras, generó la disolución de algunas de sus principales redes y creó dinámicas negativas.

Pienso que en un futuro ARAC debe apostar por estructuras organizativas y de dirección más creativas, transversales y democráticas, que frenen la voluntad de liderazgo que tanto daño le ha causado. Pienso en modelo organizativo donde los roles de dirección cada cierto tiempo se roten entre los diferentes grupos y líder@s que integran esta organización. Lo cual nos permita explorar nuevas tácticas de fortalecimiento de las capacidades ciudadanas en la población afrocubana, escuchar sus demandas y problemáticas locales. Las cuales no son las mismas ni se manifiestan del mismo modo en Guantánamo, Santiago de Cuba, Matanzas, Santa Clara como en La Habana.

Y es que las atípicas condiciones políticas, sociales, históricas y económicas de Cuba han generado un modelo de activismo antirracista también atípico. De liderazgos y acciones des-localizadas, centradas o visibles solamente en la capital del país. Fundamentalmente en los ámbitos intelectuales, académicos y en esfera pública de la blogosfera donde este ha sido más fuerte y sostenido. Esto último constituye una verdadera ironía en un país que, como se ha reconocido por estudios internacionales, tiene uno de los índices más bajos de conectividad a internet en el mundo.

También dentro de la primera de las vertientes políticas que mencionaba unos párrafos arriba existe un activismo enfocado en una voluntad de un diálogo con el Estado y entidades internacionales. Se trata de una demanda que ha encontrado oídos sordos y consumido muchas energías. Al tiempo que ha suscitado tensiones entre los activistas que todavía aspiran a realizar su labor con el respaldo y reconocimiento oficial del Estado y el Partido (heterónomos) y los que cansando de esperar por ese momento continúan adelante (autónomos). La confluencia de estas dos lugares de enunciación autónomos (sociedad civil) y heterónomos (activismo oficialista) dentro del Movimiento Afrocubano no cesa de  generar tensiones y disensos en un país donde hace apenas quince años el término sociedad civil sonaba a herejía política.

Todas estas problemática se dirimen al interior de organización como ARAC y ha generado una desconexión entre los lider@s  del Movimiento y la gente de a pie.

A pesar de todo esto el Movimiento Antirracista Afrocubano no ha retrocedido: sus principales ganancias entre las que figuran sus narrativas de justica social y sus decisivas contribuciones a los procesos de configuración de identidad racial que han sido la razón de ser  movimiento: están ahí, no se han perdido.

Dos cosas me llaman poderosamente la atención en este Movimiento. Una, la rapidez con que sus integrantes han evolucionado y refinado su discurso emancipatorio. Y su capacidad para reorganizarse y movilizarse. A veces basta un evento, una denuncia para salir a la esfera pública con nuevos bríos.

Cuba en la actualidad vive procesos de cambios sociales, políticos y económicos muy fuertes. (La transición política prevista para el 19 de abril, la emergencia de un neocapitalismo, la anunciada reforma constitucional, etc.). En esta coyuntura la población afrodescendiente continúa relegada a espacios de desventajas y vulnerabilidad. Estamos obligados a un análisis del nuevo contexto (¿cuál es?, ¿cuál será nuestro proyecto?) Lo que precisa de un diagnóstico lucido.

Pero no se debe ser negligente como cuando se nos convoca a la búsqueda de un consenso, la aprobación o firma de un documento, una estrategia que nos extraviamos en discusiones bizantinas, tautologías o esperar el momento oportuno que nunca llega. Esa cautela excesiva (con que disfrazamos nuestro miedo a lo “políticamente incorrecto” o a cualquier torpeza que pueda desatar las furias de los “arriba” y causar la muerte del Movimiento) ha sido uno de los talones de Aquiles en el liderazgo del activismo cubano ejercido desde los espacios de relativa y cuestionada autonomía de la sociedad civil. Tales temores no son infundados. Tienen sus orígenes en nuestra vulnerable investidura, que nos ha obligado siempre a cabalgar sobre el filo de una navaja, asediado por tempestuosas sospechas y suspicacias políticas sobre nuestra labor.

Por último, me pregunto: ¿Cuánto podrían aportar el liderazgo de los jóvenes que desde la cultura hip hop, la poesía hablada y otros ámbitos trabajan por la justicia racial? El revelo generacional es algo que se impone. Y hay que empezar a trabajar con ellos, dotarlo de visibilidad y legitimidad tanto nacional como internacional dentro del Movimiento.

Como dice en mi barrio: hay que darle agua al dominó.

Tomado de Afromodernidades

Foto de portada: Amilcar Ortiz