Roberto Zurbano: Desde mi balcón. Doce párrafos de memoria contra la pandemia del olvido (Quinto round)

Por Roberto Zurbano

El confinamiento hogareño nos incomunica un poco, pero no anula la memoria en tiempos donde los contenidos son tratados con tal velocidad y simpleza que olvidamos de donde llegaron y adónde irán a parar. Cuando se habla de discriminación racial suele ocultarse la afro-religiosidad, tan cercana que obviamos su significado social; que va mas allá del universo ritual y configura maneras de pensar y vivir muy caras a la sobrevivencia y a la experiencia negras en la Historia y en la vida diaria de la nación.

En pleno siglo XXI sobra explicar que las religiones de matrices africanas sintetizan avatares históricos, diálogos y transgresiones sin los cuales no se puede explicar la resistencia y espiritualidad de nuestro pueblo. Pero antes, fue difícil y solitaria tarea. Si hablar de racismo era someterse a burlas de amigos o familiares, exclusiones institucionales y castigos políticos; practicar estas religiones también fue mal visto por organizaciones políticas, instituciones, medios de difusión y la mentalidad social.

Durante décadas, las iniciaciones religiosas se realizaban secretamente en casa-templos, patios y otras plazas ocultas, donde nacían orgullosos de su fé y adquirían conciencia racial, no solo para los de piel negra, pues también la blanca es una «raza» que busca y encuentra su ancestralidad y tareas en este mundo.

En ese proceso África no era sólo noticia de desastres, sino la base del mundo espiritual que trajeron abuelos ancestros, cuyos nombres aún se moyubban.

África en Cuba somos quienes la llevamos en la piel, en la cultura y en sus religiosidades; sus variantes y renovaciones verifican una identidad afrocubana, o sea, afrodiaspórica en su versión local. Lo controversial del término afrocubano tiene larga data y no se agota en las fuerzas que se le resisten. África es el mundo de crianza y educación comunitaria que no distingue entre hijos, primos, sobrinos y ahijados, es familia interracial junto a la extendida familia religiosa, sus códigos solidarios, sus bailes, comidas, músicas y una amplia tradición ética y filosófica que se resumen en un patakín, una firma palera o abakuá o un canto conocido desde andilanga. Vive en medio de celebraciones que mezclan lo ritual y lo pagano, lo útil con lo bello, lo privado y lo colectivo, el consejo con el regaño, lo de aquí con lo de allá, lo íntimo y lo político, el patio, la patria y el universo.

Recién llegada la Revolución, en el momento en que las Sociedades de Color se esfuman de la vida cubana, estas religiones profundizaron su rol en medio de las transformaciones y afianzan complicidad y ayuda mutua allí donde las leyes revolucionarias nunca llegaron.

Es cierto que en 1960 se crea el Departamento de Folklore del Teatro Nacional de Cuba, con el brillante etnógrafo y musicólogo Argeliers León a la cabeza y más tarde, en 1962, el Conjunto Folklórico Nacional, integrado por mujeres y hombres en su mayoría religiosos practicantes que, a partir de ese momento, suben al escenario para ofrecer sus cantos y bailes como Arte, ganando aplausos dentro y fuera de Cuba. Muchos de ellos alcanzan el estrellato como Nieves Fresneda, Jesús Pérez (Obbá Illú), Lázaro Ross, Zenaida Armenteros o El Goyo Hernández.

Fue un gran paso, pero si contemplamos sólo las ganancias escénicas, quedan fuera de foco conflictos y contradicciones que, en la vida cotidiana, sufrían tales prácticas religiosas, tornándose en impedimentas para el acceso a universidades y militancias políticas.

Más allá de los éxitos internacionales de bailes y cantos afros, al correspondiente universo religioso real se le cierran libertades, devaluándole como expresión de atraso e ignorancia.

En la novela más popular del momento, Cuando la sangre se parece al fuego, su autor, Manuel Cofiño, uno de los pocos escritores cubanos identificados con el realismo socialista, refleja el proceso de disolución de las religiones negras arrastrada por las aguas claras del futuro socialista. Estas afroreligiones sufrieron el mismo dogma y represión que aquellas que guardaron armas y conspiraban contra la revolución, aun así, sus practicantes, inmersos en el cambio revolucionario, por no abandonar su religiosidad fueron marginados de importantes responsabilidades políticas y administrativas. Gracias a su horizontalidad, espiritualidad acreditada por siglos y estrategia cimarrona, conservaron los saberes transmitidos oralmente, rituales secretos y viejas prácticas de solidaridad y resistencia. Las afroreligiones fueron espacio creciente para un conflicto ideológico sustancial que aún marca la subjetividad de un amplio sector social dentro de Cuba: conciencia religiosa versus conciencia política, expresado en libros y discursos como una pelea dicotómica que suele resolverse a favor de lo político, ocultando la complejidad del universo religioso.

Aunque este no fuera el debate esencial entre quienes practican afroreligiones, donde hay sujetos de todas las «razas» , dicho conflicto no ha dejado de estar latente en el campo religioso cubano de las últimas seis décadas.

Las religiones negras en Cuba siempre han vivido el peligro de fragmentación y cooptación. Su jerarquía, autoridad, popularidad, exitosas practicas rituales y comerciales, cohesión grupal, diversidad de su membresía, más el alcance de sus valores intra y extraordinarios, constituyen un modelo social, cuya relativa autonomía debe ser objeto de políticas más comprensivas. Por eso me resultó curioso que en el libro de entrevistas que en 1985 hizo el dominico brasileño Frei Beto a Fidel Castro, no aparecen las afroreligiones, siendo ambos interlocutores de países marcados por la esclavitud, el colonialismo y el cimarronaje. Esta curiosidad la comenté a Frei Beto hace unos años y su evasiva me dejó más curioso aun.

Lo cierto es que ese mismo año, aunque no con el cuidado que son tratadas las religiones antes colonizadoras, las afroreligiones también comienzan a ser reconocidas políticamente al crearse la Oficina de Asuntos Religiosos del PCC en 1985.

Escuché a Filiberto O’Farrill, en su casita de Poey, hablar de una soñada Asociación de Babalawos, a cuyos organizadores, que ofrecieron palomas y un tambor en los jardines del Movimiento Cubano por la Paz, no se las aprobaron. Supe de la preparación del I Encuentro de Estudios Afrocubanos, preparado por la Sociedad homónima que intentaron restaurar Fernández Robaina, Tato Quiñones y Lázaro Buría, con apoyo de Natalia de Bolívar y grandes figuras religiosas, abortado por la UNEAC. Conversé con nigerianos residentes en Nueva York que durante años soñaron abrir una Academia de Lengua Yoruba en Cuba que también fuera negada.

Estos y otros empeños son parte de una historia no escrita ¿Cuántos fuimos testigos o cómplices de sucesos subterráneos que fueron el magma de la explosión de los temas raciales en la próxima década? ¿Cómo fue que los temas de la religiosidad fueron dando mayor margen a la problemática socio-racial? Y por qué ambos temas tomaron tanta distancia el uno del otro, al punto que las religiones afro apenas se involucran en el debate racial y, por otro lado, la mayoría de los analistas y análisis sobre las problemáticas raciales en la nación, suelen desentenderse de los temas religiosos, de los creyentes y de las viejas estrategias de solidaridad y resiliencia de estas afroreligiones?

Ambas miradas adolecen de la necesaria articulación e intercambios sistemáticos, donde enriquezcan y renueven prácticas propias. Aunque vale mencionar el valor que alcanzan las obras y espacios donde ambas visiones convergen como lo han hecho Tato Quiñones, Jesús Fuentes, Lázara Menéndez, Víctor Betancourt, Jesús Hernández El Goyo, Gloria Rolando, Tomas Fernández Robaina, Manuel Mendive y otros pocos que intentan sostener tan difícil diálogo en Cuba.

Luego, los noventa irrumpen con varios sucesos editoriales. Justo en 1990 aparece la primera reedición de El Monte de Lidia Cabrera después de 1959, cinco mil ejemplares agotados durante la primera semana en la Feria del Libro, celebrada en PABEXPO, Los orishas en Cuba de Natalia de Bolívar, se convierte velozmente en un best-seller, El negro en Cuba, de Tomas Fernández Robaina, aparece tras un forzado sueño editorial de diez años y los tres tomos de Estudios afrocubanos, de Lázara Menéndez, extraordinario libro de texto para la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de la Habana, removió los anaqueles del elitismo eurocéntrico de tan rancioso –para no decir racista y blanqueado- lugar. Así comienza el boom de temas afroreligiosos en Cuba, a las puertas del Periodo Especial.

El Congreso del Partido se pospone para 1991 y entre los temas centrales está la promoción de negros, jóvenes y mujeres, junto a la noticia de que los religiosos podrán ser miembros de Partido Comunista. Es fácil pensarlo hoy; pero entonces fue una noticia escandalosa que generó grandes discusiones, resistencias e incomprensiones dentro y fuera del partido; tanto pesaban los dogmas y prejuicios.

El discurso de los estudiosos es una cosa y el discurso de autoridades religiosas, reconocidas por su jerarquía y sabiduría es otro. Estos últimos no tienen presencia en la esfera pública, no poseen revistas o boletines que sean órganos difusores de doctrinas, reflexiones y modos de conocer su alcance social. Nunca he podido leer aquella queja porque no fueron invitados a saludar al primer Papa de visita en Cuba, ni la poca presencia de los jerarcas de otras religiones durante la recepción ofrecida al Oní de Ifé de visita en Cuba. No hay entrevistas sobre figuras ni artículos sobre eventos importantes o sobre el trabajo que hacen en comunidades y cárceles, ni convocatorias a cursos y conferencias. Ni siquiera promueven los encuentros entre médicos, científicos y Babalawos, muy provechosos para las tres partes según estas confiesan a los pocos curiosos que llega la noticia. Difícil saber cómo estas religiones establecen alianzas con musulmanes o iglesias cristianas donde la presencia negra crece. Ni sabemos cómo se dirimen sus debates epistemológicos, de género, de asimilación de nuevas prácticas o de sus propias ortodoxias. Ergo, difícil es saber su opinión en el debate antirracista cubano y las causas del repliegue de su potencial fuerza emancipatoria en esta lucha.

También hay batallas exitosas y logros sociales a lo largo de seis décadas, que no por menos publicadas han dejado de celebrarse.

Es un resultado de esas batallas que un babalawo de 34 años en Ifá como Lázaro F. Cuesta (Iwori Bofun) haya sido el Gran Soberano del Supremo Consejo del grado 33 para la República de Cuba, Gran Maestro de la Gran logia de Cuba y Presidente del Patronato del Asilo Nacional Masónico Llanso entre 2011 y 2018, que Ramón (Mongui) Torres Zayas, haya alcanzado su doctorado con una tesis sobre los Abakuá, sociedad a la cual pertenece y estudia su renovado campo; que los libros de Lázara Menéndez, Jesús Fuentes y Natalia de Bolívar sean cada vez más aclamados y leídos por masas lectoras, que lideresas de varias casa-templos hayan logrado reivindicar sus prácticas de género dentro de la religión, que se legitimen en laboratorios farmacéuticos y repertorios clínicos las formulas de brebajes, emplastos y cocimientos con que nuestras ancestros hicieron de la naturaleza la mejor medicina a los males del cuerpo y el alma, que una pastora cristiana como Isset Samá haya hecho tan hermosa declaración antirracista ante su iglesia en días recientes…

Aunque sean lamentables las recientes declaraciones sexistas de la Sociedad Cultural Yoruba sobre las Iyanifá, un conflicto que parecía resuelto a finales de siglo pasado y ahora resucita en un contexto poco saludable para el feminismo en la región. Insulta saber que grandes marcas de la moda internacional se apropian del diseño de las sayas multicolores de nuestras santeras, en una otra forma de extorsión de nuestras identidades. Y que siguen las acusaciones reales e infundadas sobre el comercialismo dentro de estas religiones: no debe resultar raro que en este rincón de la sociedad también proliferen conductas mercantilistas, corruptas y criminales; otra cosa es la acusación de comercialistas a las religiones negras de la región (santería, candomblé, vudú), lo cual parece una trampa nacida de la competencia con otras religiones, justo en un proceso de internacionalización de estas religiones negras, que les permite instaurar legalmente sus instituciones, profesionalizar sus figuras jerárquicas y aumentar el reconocimiento de sus valores de solidaridad, resistencia cultural y saberes, no solo para afrodescendientes. No olvidemos que todo ello era, hasta hace poco, marginalizado, a pesar de ser practicadas por todas las clases sociales.

Dichas acusaciones, curiosamente, no suelen compararlas con otras religiones financieramente poderosas, de jerarquía mundial, dueñas de diversas propiedades e instituciones bancarias, mediáticas, educativas, etc.

¿Cómo, entre las miles de fotografías de Fidel Castro, se olvida aquella, en medio de una larga gira que hizo por varios países africanos en los años setenta, donde aparece vestido de blanco, con ciertos atributos rituales? Jamás la he vuelto a ver, ni siquiera en asociaciones afroreligiosas que constantemente renuevan su compromiso revolucionario.

Se han promovido poco excelentes biografías y testimonios de personalidades como Nisia Agüero, Freddy Ilanga (traductor de swahili del Che en el Congo) y Natalia de Bolívar por solo mencionar tres, que incluyen reveladores pasajes del universo religioso negro en sus vidas o las conversiones religiosas y en la conciencia racial de altos oficiales y diplomáticos cubanos en África como Omar Izquierdo, Heriberto Feraudy o Juan F. Benemelis, entre otros, cuya capacidad más o menos crítica articula puentes entre las visiones africanas y cubanas de conciencia racial, religiosa o afrodiaspórica, revelando políticas africanistas, diásporicas y raciales apenas abordadas con profundidad por estudiosos cubanos de la religiosidad, la afrodiáspora y la geopolítica.

Lamento mi poquita fe, mi modo intermitente y, a veces irrespetuoso de acercarme a estas religiones, pues tendría algunas respuestas, desde sus códigos, a preguntas que no necesitaría escribir.

Lo cierto es que apenas se conocen sus figuras jerárquicas, algunas legendarias, otras de más reconocimiento fuera que dentro de la isla, otros dejando su impronta en el mundo de la internet, otros recuperando sus contactos con tierras y autoridades religiosas de África, otras más vinculadas a la farándula, otras al boyante mercado afroreligioso, algunos veteranos reconocidos por su sabiduría ancestral, otros por su memoria descarnada de cuando hacían religión en el underground socialista. Apenas se conoce el espacio de ritualidad, pedagogía, goce y hermandad comunitaria que signa los encuentros del Cabildo Ifá Iranlówo, liderados por Víctor Betancourt Omolóafaoró Estrada, uno de los sacerdotes y autores más osados y controversiales del campo afroreligioso cubano. Tampoco son públicos los debates epistemológicos, de género, de asimilación de nuevas prácticas o de sus propias ortodoxias que están teniendo lugar y que la transmisión oral a veces distorsiona o confunde. Así, parece ser un mundo que no se mira al espejo, ni a la televisión ni al futuro, sino que se repliega o calla sus propuestas ante los seguidores que, dentro y fuera de Cuba, siguen apostando por el camino de los orishas.

Viernes 19 de Junio del 2020, en Cayo Hueso, Centro Habana.

Daysi Rubiera: otra reina coronada por el Club del Espendrú

Por Club del Espendrú

Cuando se crea un compromiso con la historia social de la persona negra en Cuba y se asume una misión para dignificar a nuestra gente en el ejercicio ciudadano de nuestros días, no puede olvidarse el papel de los creadores, pensadores y activistas que han marcado con su labor ejemplar, el camino emancipatorio que aún falta por recorrer.

Una de estas figuras destacadas es Daysi Rubiera Castillo. A pesar de su modestia, y de su rotunda labor en la defensa de los valores afrodescendientes, más su énfasis en la tradición emancipatoria de la mujer negra, ella no necesita mucha presentación ni fanfarria. Ella suele rechazar cualquier estrellato o afán de protagonismo entre la gente más activa de la lucha antirracista en Cuba.

El Club del Espendrú recordó su labor de sistematización en el tema y le agradeció su rol imprescindible en la lucha antidiscriminatoria, su labor como directora fundadora del Centro Cultural Fernando Ortiz en Santiago de Cuba, su trabajo de activista social con los presos de cárceles santiagueras en las décadas del 70 y el 80, su extraordinario libro Reyita, donde cuenta la historia de su madre, más su labor fundacional en la divulgación de la historia del Feminismo Negro en Cuba.

Daysi y Reyita

La tarde del pasado jueves, 22 de marzo del 2018, estuvo marcada por regalos materiales y espirituales, de sinceros agradecimientos y abrazos. En la celebración participaron también sus compañeras de MAGIN, esa organización feminista de corta duración, que tuvo un gran impacto en el pensamiento feminista cubano del siglo XX.

Ante amistades y admiradores, Daysi respondió preguntas, escucho elogios y comentarios, canciones, poemas y, finalmente, entregó su sabiduría, cada vez más clara y efectiva, más dedicada abrir las puertas a nuevas generaciones de una Cuba con menos prejuicios y discriminaciones.

Gracias, Daysi Rubiera, por tu entrega, modestia y sabiduría. Por tu respeto a los jóvenes, tu cariño a la verdad y tu pasión por una historia de nosotros mismos mejor contada. El Club del Espendrú te agradece y te abraza. Amor y respeto. Siempre.

Daysi Rubiera y Roberto Zurbano durante el homenaje.

 

Las canciones y poemas vinieron de: 

Ruth Escobero Almeida
Alexey ..el tipo este ..
Magia
Dúo Roca Azul
Dulce María, “la Dama del Cabello Blanco” 

Regalos de:
 ZULU  y Naima  Alena Torres Guillard.

Homenaje a Norma, la maestra

EL CLUB DEL ESPENDRÚ invita agradecer a una excelente profesional y activista, ejemplo de firmeza, sensibilidad e inteligencia para manejar temas tan silenciados e imprescindibles como racialidad, sexualidad, homofobia, lesbofobia, y diversidad social. Se trata de Norma R Guillard Limonta, hermana mayor, siempre dispuesta a enseñar, aprender y crecer colectivamente.

La vocación es un don personal que se legitima en el rigor profesional y cuando se socializa nos enriquece. Así es la vocación de Norma por la enseñanza: servir y mirar adentro de los demás y de las necesidades de su grupo social y su tiempo. La mirada de Norma la maestra, la psicóloga, la activista, la madre, la colega y la caminante, no observa el mundo pasivamente, sino que incita a transformarlo, a saber que podemos ser mejores y que, juntas, juntos, lo logremos.

Cualquier espacio al cual llega Norma se convierte en un aula. Su pasión por enseñar nació en la legendaria Campaña de Alfabetización, adonde se fue, adolescente, a mostrar las primeras letras a quienes lo necesitaban. Desde entonces, no ha dejado de enseñar, aprender y mirar intensamente hacia el futuro. Norma ha desafiado grandes obstáculos y los ha vencido, uno tras otro, con su vida de maestra y maestría en la vida. Por eso EL CLUB DEL ESPENDRÚ la considera necesaria y quiere darle las gracias por el ejemplo, el aliento y la vida que nos sigue regalando.

MAESTRA es un documental de nuestra gran amiga Catherine Murphy, dedicado al rol de la mujer durante la campaña de Alfabetización de 1961, en el cual Norma es una de sus protagonistas. Cada rostro, anécdota e imágenes de archivo que Catherine comparte con sus entrevistadas deja en nosotros una lección ejemplar de compromiso y entusiasmo colectivos. Volveremos a ver MAESTRA, esta vez, tendremos el placer de disfrutarla en compañía de su directora para celebrar la pasión y el rigor con que ella fija en la gran pantalla uno de los capítulos más hermosos de la mujer en la Revolución cubana y escucharla, otra vez, junto a Norma, nuestra ejemplar maestra y hermana mayor.

Día:18 de enero 2018.
Hora: 4:30 pm
Lugar: Espacio de CUBAPOESÍA, Calle 25 y Hospital, Cayo Hueso, municipio Centro Habana.
Referencia: La Fragua Martiana.

Letra del Año 2018 (completa)

PREDICCIONES DE IFA PARA CUBA Y EL MUNDO

A los sacerdotes de Ifá, a los hermanos Oriaté, Babaloshas, Iyaloshas e Iworos.
Pueblo religioso en general y a quien pueda interesar.

El día 31 de Diciembre del 2017 se reúnen en la sede social de la ¨Institución Religiosa¨ Asociación Cultural Yoruba de Cuba (ACYC) los miembros de la Comisión Organizadora de la Letra del Año, para realizar la Ceremonia de Apertura del Año 2018. Presidida por el Sacerdote de Ifá Lucas abellasturis, “Awo Ogbeyono”. y el respaldo de los Sacerdotes de IFA de todas las familias de Cuba y sus descendientes en el Mundo, sacó La Letra el Sacerdote más pequeño.

Signo Regente: OSA SHE
Primer Testigo OGBE SA
Segundo Testigo OTURA TIYU

Oración Profética: iré ariku Yale Tesi timbelaye Lese Orunmila. (Un bien de salud completa, siguiendo los patrones de Orunmila).
Onishe. Aladimu (Rogativa a Orunmila con 16 frutas en una canasta, y sus velas).

Divinidad que Gobierna: YEMAYA

Deidad Acompañante: ELEGUA

Bandera del Año: Mitad Blanca, Mitad Azul, Con Ribetes Negros.

Ebbo: Un Chivo Mamon a Elegua, 7 Machetes, 7 Banderas, Tierra 4 Esquinas, Ropa Sudada, maíz, jutia, pescado ahumado, miel de abejas, cascarilla y demás Ingredientes.

Refranes del Signo:
 Toda persona es digna de respeto.
 Los padres no piden bendición a los hijos.
 Si no sabes con la Ley que se vive en este mundo, tienes que ir a vivir al otro.
 El hijo sigue la tradición del padre.

Atender el mensaje que brinda el caracol de osha. (Respetar los tabúes que han sido prohibidos a través de este oráculo).

Plantas del Signo: Flor de agua, Pico de Pato, Sargazo, y Tibisí.

Foto: Byron Howes

ENFERMEDADES QUE AUMENTAN SU ÍNDICE.

 Enfermedades neurológicas.
 Enfermedades del tractus digestivo-intestinal.
 Impotencia a temprana edad, como consecuencia de la promiscuidad.
 Incremento del índice de enfermedades de trasmisión sexual.

 

Acontecimientos de Interés Social

 Problemas en el sector agrícola fundamentalmente en la producción de viandas, granos y hortalizas, como consecuencia de la poca fertilización de los suelos, y la poca convocatoria de recursos humanos a este sector.
 Movimientos telúricos, que pueden conducir a derrumbes.
 Incremento de violaciones a menores de edad.
 Catástrofes naturales.

Recomendaciones:

 No debemos guardar rencor por cosas pasadas, hay que aprender a perdonar, el perdón no libera a la persona que nos daño de su culpa, pero si a nosotros de un sufrimiento.
 Hay que mantener buena conducta social y moral.
 Controlar el exceso de la ingestión de bebidas alcohólicas.
 No debemos revelar secretos confiados a nosotros
 Cuidar, y proteger el eco sistema y medio ambiente.
 Los padres deben mantener control y vigilancia sobre la conducta de sus hijos.
 Evitar la violencia doméstica en todas sus manifestaciones.
 Hay que ser organizado en las proyecciones tanto sociales, como religiosas.
 Afectación en los miembros inferiores producto de accidentes.
 Los Padres deben ser ejemplo de las buenas costumbres en su actuar en beneficio de sus hijos.
 Recomendamos que las personas acudan a casa de sus padrinos en busca de orientaciones.
 Revisar el sistema educacional.

Agradecemos a los Órganos Masivos de Comunicación que hacen posible que estas Predicciones lleguen a todos los rincones del Mundo.
Feliz y Próspero Año 2018

ESTA HOJA ES GRATUITA.

Foto de portada: Nicole Lasher Sheloya Mystical

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Figuras ocultas del feminismo en Cuba

Por Maikel Colón Pichardo

En cuanto a nuestras mujeres, ellas convierten el erial del mundo en vergel,
ellas se ve que luchan por sostener nuestra revista, porque saben que,
premian el esfuerzo, el mérito y por eso tratan de colocar alto nuestro pendón
para que se sepa, que en ningún tiempo ni circunstancia,
dejó de ser la primera en acudir a todas las manifestaciones altas del pensamiento”.

Úrsula Coimbra de Valverde
(Revista Minerva, Sección “Páginas Feministas”, Octubre de 1911)

 

Traer a debate las historias del ayer siempre conlleva un cuestionamiento tácito a muchos aspectos que desde la perspectiva contemporánea son reconocidos y valorados con mayor coherencia y sensatez; o al menos eso esperamos. Algunas de esas historias, confinadas en algunos de nuestros libros de historia de manera recurrente, no siempre han sido reveladas en consecuencia con la relevancia y el aporte de sus protagonistas, desmarcando en ese sentido, una suerte de interpretaciones que desafortunadamente han dejado fuera de escena a personas que, de un modo u otro, han jugado un papel crucial en los episodios y acontecimientos que marcaron el devenir histórico de la sociedad cubana.

Entre estos acontecimientos queremos hacer referencia al movimiento feminista cubano, un fenómeno que comenzó a fraguarse a partir de la segunda mitad del siglo XIX, pero que de manera ostensible su grado de concreción y madurez se consolidó en las cuatro primeras décadas del siglo XX. Dentro de la efervescencia de este movimiento, hubo un número considerable de actores –mayoritariamente mujeres–, que pensaron y diseñaron activamente las plataformas que dieron coherencia a cada uno de los frentes abiertos por este movimiento ideológico. Y aunque por diversas razones el reconocimiento a la labor e impronta de algunas de las mujeres involucradas en esta magna contienda, ha tenido diferentes niveles de visualización –dos importantes aportaciones historiográficas como: De la casa a la calle: el movimiento cubano de la mujer a favor de la reforma legal (1898-1940), de la autora K. Lynn Stoner, y En busca de un espacio. Historia de mujeres en Cuba, de Julio César González Pagés, dan cuenta de ello–, entendemos que aun quedan figuras por revisitar, que no gozan del reconocimiento que merecen.

A partir de entonces, queremos en estas notas, destacar el papel y la relevancia de una figura muy particular, que desde los orígenes del feminismo en Cuba, abordó y dignificó el papel de las mujeres negras y mulatas dentro de este movimiento, como parte de un activismo consecuente y de una actividad periodística representativa.

Nuestra protagonista en cuestión es Úrsula Coimbra de Valverde, una mujer excepcional, una de las representantes de este movimiento, que desde su propia génesis ejemplificó el protagonismo de las mujeres negras y mulatas dentro del mismo, reflexionando a fondo a partir de nociones de participación e igualdad respecto al “progreso racial”, apoyándose fundamentalmente en el papel y la relevancia que jugó la “raza” en cada uno de los procesos que acontecieron en la redefinición de la historia de Cuba.

Nació en Cienfuegos, aunque la mayor parte de su vida como profesional y activista tuvo lugar en Santiago de Cuba. Fue una excelente compositora e intérprete, con una carrera musical destacada. Además, tuvo una distinción meritoria como escritora, apareciendo sus primeros escritos en la década del 80 del siglo XIX. A partir de esta impronta fue una de las asiduas colaboradoras de la revista Minerva (1888-1889), una publicación sui generis de carácter quincenal dedicada a la mujer de color. Existió durante un año y se estructuraba en tres grandes apartados: la poesía, la defensa de la educación y la instrucción, y las notas referidas a la moralidad.

Dentro de esta estela Valverde interaccionó con sus dos profesiones. Desarrolló su carrera musical con bastante regularidad, ocupando un espacio importante su función docente en la enseñanza del piano y fue miembro activa de algunas de las instituciones y círculos sociales más prominentes en la época en la que desplegó su labor. En estas últimas se anunciaban sus conciertos y su participación en otros eventos sociales.

En su otra faceta, publicó un número considerable de artículos que abordaron diferentes tópicos (política, sociedad, feminismo). Y en otro orden de sensibilidad, el tema de la discriminación racial ocupó un espacio importante en su retórica. Desde esa impronta desarrolló un activismo importante en los primeros compases del siglo XX. Fue así como en una publicación como El Nuevo Criollo (1906-1908), un semanario publicado y editado por Rafael Serra, destacado ideólogo del pensamiento antirracista cubano, publicó un conjunto de ensayos acerca de “La Mujer en la Poesía Cubana”.

En esta serie donde escribió con el seudónimo de “Cecilia”, dinamizó un debate transgresor en toda regla que abrió un diapasón considerable a los temas que desde el feminismo comenzaban a tomar cuerpo y forma. Consecuentemente, Coimbra de Valverde interpeló la estructura patriarcal de la superioridad intelectual de los hombres dentro de la sociedad cubana, haciendo hincapié en  las aptitudes y la relevancia de las mujeres dentro del mundo de las artes, salvaguardando el legado de las mujeres poetas del período decimonónico, una iniciativa que reconocía el protagonismo en el amplio espectro cultural y artístico en la tradición académica e intelectual de un amplio sector de mujeres en la historia de Cuba.

Es cierto que la mayoría de las valoraciones en las que enfatizó mantuvieron una perspectiva generalizada, en cuanto a la contribución de las mujeres a nuestro acerbo cultural y artístico. Sin embargo, en su comprensión de la sociedad cubana, era consciente de su papel como representante de un sector social marginado y vilipendiado, con lo cual, los acontecimientos que le otorgaron cierto protagonismo a las mujeres negras y mulatas fueron un punto de referencia que tenía que velar celosamente por el cuestionamiento social y cultural al que podía ser sometido este sector de mujeres, que tenía que lidiar constantemente con su condición racial y de género. De ahí la importancia de hacer hincapié en la infinidad de sus capacidades intelectuales, un derecho que les era negado sistemáticamente.

En ese orden, en la segunda etapa de la revista Minerva (1910-1915) –revista universal ilustrada en la que fungió como una de sus redactoras y más asiduas colaboradoras– elogiaba con bastante constancia los logros y distinciones de mujeres negras y mulatas prominentes, que cambiaron de un modo significativo las nociones estereotipadas que circulaban con bastante constancia en todos los espacios de la sociedad. Cada uno de los alegatos abordados por Coimbra de Valverde en ese sentido sentaron las bases fundamentales para la redefinición del movimiento feminista cubano, dándole una mayor dimensión a las valoraciones sobre el sujeto mujer. Tengamos presente que las reflexiones que propuso acapararon dos frentes de confrontación, atendiendo a las implicaciones de la condición racial y de género, propiciando un mayor entendimiento a las desigualdades sociales que padecía este sector de mujeres.

A partir de entonces, podemos apuntalar un paradigma en el estudio del feminismo cubano que se estableció como punto de referencia a la hora de destacar el papel de los diferentes sectores de mujeres dentro de esta batalla ideológica. Por eso la relevancia de su labor periodística a la hora de destacar el talento de las mujeres negras y mulatas en el conjunto de la actividad intelectual, académica y artística, resaltando de manera muy especial el valor de la educación como vehículo de superación, abriendo oportunidades que permitirían romper el estrecho cerco que se establecía en torno a la participación de las mujeres en el espacio público y privado. De ese modo, nuestra homenajeada perfiló un paradigma de mujer moderna que tenía que hacer valer sus responsabilidades cívicas, desafiando en cualquier caso la normativa patriarcal imperante que declaraba abiertamente algunos supuestos que convertían a las mujeres en seres intelectualmente inferiores.

Úrsula Coimbra Valverde ejemplificó, sin lugar a dudas, una mujer transgresora en toda regla. Representó, además, un modelo de mujer intelectual que abordó en profundidad algunos de los problemas más complejos de su tiempo, proyectando desde una perspectiva feminista nuevos matices a la visión de la mujer moderna. Reconoció también el desarrollo intelectual de las mujeres negras y mulatas, invocando con constancia su papel relevante en los anales de nuestra historia, desafiando desde su postura el modelo patriarcal hegemónico y la supremacía racial imperante; incentivando un nuevo discurso político a favor de un sector de mujeres que tenían que lidiar cotidianamente con las implicaciones sociales y culturales de su condición racial y de género.

Se conoce que, en 1946, varias mujeres afiliadas a la sociedad elitista “Casino Cubano”, en Santiago de Cuba, le rindieron homenaje para realzar y destacar sus contribuciones en el campo de las artes y las letras. Hoy, además de reivindicar esa faceta de su vida, también queremos rendir homenaje a la feminista, un ejemplo representativo de este movimiento ideológico en nuestro país. Aunque aparentemente ha quedado oculta en las sombras del debate historiográfico, su legado y su obra contribuyeron significativamente a redimensionar la visión de la mujer moderna cubana desde una perspectiva racial.

Publicado en Cuba Posible.

Una vez más: Rotundamente Negra

Rotundamente negra es el poema de la poeta afrocostarricense Shirley Campbell que se ha convertido en un himno de las mujeres afrodescendientes de la región. Al menos yo lo he visto declamado, no solo por su autora, sino tambien por otras mujere,s quienes se apropian de su texto que propone vivir la negritud en todo su esplendor. Quizás Shirley nunca imaginó que aquellas letras que salieron de su vida, sería el estandarte de la conciencia de muchas de nosotras.

La versión que les traigo en esta ocasión, ha sido publicada por la página Pelo Bueno, y en ella 7 mujeres le dan voz a dicho texto poético.

Gracias hermana (s).

Foto: Tomada de Internet

El Directorio de Afrocubanas será presentado en La Habana

Esta bitácora está cumpliendo su décimo aniversario y vamos a celebrarlo como se merece en la isla amada, con la presentación del Directorio de Afrocubanas, un proyecto que nació en este espacio hace casi 5 años pero que ya ha tomado su propio destino. El mismo tiene como intención visibilizar y reconocer los aportes de las mujeres afrocubanas a la cultura e historia nacionales.

El Directorio de Afrocubanas está online desde enero del 2016 y su realización ha contado con el apoyo de quienes participaron como mecenas en este proyecto. El mismo se presentará el martes 21 de junio, a las 11:00 am, en la Librería Alma Mater, en Infanta esquina a San Lázaro, La Habana.

 

Poster: Abelo

Ibeyi: re-nacen dos estrellas en el cielo de La Tropical

Por Roberto Zurbano

Para Iddia, Mónica, Zuleica y Ulises, que se lo perdieron…

El país que viene sonará, también, a Ibeyi, estas muchachas franco-cubanas cuya propuesta musical es un arbusto fertilizado por las culturas del Caribe y Europa, junto al dominio de las posibilidades tecnológicas del siglo XXI y las futuridades de un mundo que ya no puede vivir sin los dioses de la música del maltratado continente africano. Lisa-Kaindé Díaz y su hermana Naomí Díaz se están erigiendo en diosas de una música que no tiene nada de post y mucho de viejas esencias. Ellas son esa línea, invisible para muchos, que va de Merceditas Valdés a Bjork. Revitalizan el África negra repartida en puertos como Bahía, Matanzas, Nueva Orleans, Cádiz o Amberes y ahora cruzan los siete mares con suficiente tecnología y respeto, para rendir homenaje a los abuelos esclavizados o a los padres, como hicieran las Ibeyi en La Habana al dedicar su primer concierto en Cuba a su padre, Angá, (Miguel Aurelio Díaz Zayas, 1961-2006), extraordinario percusionista pinareño, creador de los cinco toques en la tumbadora, a quien vimos tocar como un dios, primero en Opus 13 y luego en Irakere, bajo la batuta de Joaquín Betancourt y Chucho Valdés, respectivamente, pero también con Buena Vista Social Club y otras celebridades del jazz.

Para quienes no creen en los muertos, cuando escuchen a esas niñas sepan que están moyubbando a su padre de quien escucharon muchos de los temas con que hoy atrapan multitudes en París, Toronto o durante las pasarelas de Chanel en El Prado habanero.

En cada concierto o video de Ibeyi asistimos a un poderoso ritual donde se redefinen tramas identitarias a partir de fragmentos musicales, visuales, danzarios u objetuales, como los propios collares de santo que usan en la mayoría de sus presentaciones grabadas o en vivo. Ellas sostienen el fuego de su creación musical con rigor, femeneidad y una globalización que no oculta la raíz de religiones y saberes populares. El entramado de sus vidas transculturales se desborda en el escenario a través de voces y toques afros que crean nuevos espacios a través de dispositivos y habilidades tecnológicas al servicio del corazón y el talento, no al revés. Son disciplina y pasión, ancestralidad y postmodernidad, homenaje y desafío. No necesitan explicar de dónde vienen, solo invitan a compartir la sangre musical de sus performances fluyendo sobre las piedras ancestrales, tratando de iluminar algún futuro entre la selva urbana global, martillando sobre oídos sordos y abriendo las cárceles de esas identidades cerradas que aun padece el mundo.

La noche del 5 de mayo del 2016, durante el festival MUSICABANA tuvo lugar su concierto de retorno al país natal, parafraseando a Aimee Cesaire, pues buena parte de su estética se debe a una maternidad afrocubana. No es curioso que la música de Ibeyi resulte un disfrute comprensible para generaciones y públicos tan diversos, porque ellas proponen una estructura musical sencilla y compleja a la misma vez: la afrocubanidad como condición ideo-estética, que se mueve hacia adentro y hacia afuera; como cualquier isla caribeña, propia y diversa, que navega aprehendiendo el mundo. Ibeyi sella su sonoridad a través de loops y beats del rock más europeo, el trip hop, el R&B, los tambores batá, el cajón afroperuano y el piano acústico, entremezclando cantos yorubas y pequeños poemas armónicos, casi renacentistas, que redefinen la matriz de un hecho estético insuperable: el universo coral y percutivo afrodescendiente, en una definición minimalista y proyección electrónica perfectibles aun. Sus cantos y toques no se desbordan porque saben cuidar nuestro río de sufrimientos y experiencias africanas en el mundo global y tecnologizado del siglo XXI, para que los demás puedan entender y sacar lo mejor de todos, despejar culpas e incomprensiones y producir sonoridades dulces y rotundas, prestas a la comunión universal.

Los Ibeyis, en la religión yoruba, son santos menores, hijos gemelos de Shangó y Oshun, que fueron criados por Yemayá. Son patrones de todos los niños y reciben varios nombres, según sean dos hembras, dos varones o hembra y varón. Nunca se posesionan y les encantan las fiestas y travesuras. Lisa-Kaindé y Naomí resemantizan la tradición yoruba mucho más allá de la cuestión religiosa. Cantan en yoruba e inglés, curiosamente no en español ni francés… Como árboles que llevan sus raíces por fuera estas Ibeyi son, ahora, dos jóvenes que recuperan las grandes manos de Chano Pozo o las pequeñas de Ernesto Lecuona, endulzan a Celia Cruz y celebran a Fela Kuti, a Lázaro Ross, a Miriam Makiba y a Papa Wemba, porque son todo esto y algo más… Para lo que algunos eurocentricos resulta marginal, étnico, lejano o folklórico, para otros, como Ibeyi, ha de resultar canónico, es decir, se convierte en la estructura básica más cercana y convencional desde la cual elaboran su creación artística. Ese núcleo de música afrocubana, particularmente yoruba, es su otá o piedra de fundamento: punto de partida para pensar y asimilar el rock, el jazz, el son, la samba, el reggae y otros géneros afrodiaspóricos y seguir adelante, hacia esos paisajes más inter que multiculturales que hoy se encuentran en cualquier espacio postcolonial del siglo XXI.

Su trabajo musical, escénico y audiovisual construye paisajes sonoros que el mercado y la tecnología ponen a dialogar en un espacio libre de aduanas, olvidando, a veces, que la música no tiene fronteras, pero sí tiene raíces propias. Ibeyi nace en ese espacio transnacional, en medio del tráfico de identidades que se han despenalizado e incorporado a un canon internacional desde los grandes espacios de la industria cultural como fenómenos de rápido consumo y ese puede ser un camino hacia el éxito, pero también hacia el fracaso o la pérdida de sustancia en este tipo de proyecto artístico, que ha de buscar su crecimiento también por otras vías menos estándarizadas.

Por tal razón, creo importante que Ibeyi re-naciera en Cuba y lo lograra, por encima de la moda de ser ahora La Habana la ciudad que hay que visitar, invadir finamente y colocar en las guías del negocio mundial. Fueron invitadas por el artista alemán Karl Lagerfeld a hacer la música del lanzamiento de la colección Crucero 2016 de la exclusiva casa de modas Chanell, en un controversial desfile habanero. Elegidas por el octogenario modisto precisamente por su habilidad en vestir y desvestir, con gracia y sofisticación, las esencias afrocubanas que aprendieran de su padre, pero también ganaron esta oportunidad por su mitad cubana y por ser uno de los productos más frescos y atractivos del cutting edge; una modalidad que ha encontrado el maridaje perfecto entre la tecnología y el mercado y desde los años noventa viene atravesando la industria musical y audiovisual con propuestas realmente atrevidas y talentosas.

Ibeyi re-nació en La Habana más allá de los catálogos de música étnica o electrónica, porque lograron insertarse limpiamente en la tradición que va de Síntesis a Omar Sosa, de Free Hole negro a Carlinhos Brown, de Nina Simone a Erika Badhu, pasando por Zap Mama, de Gotan Project a Jame Blake, pasando por Fugees. Todo mezclado, en apenas tres años de vida profesional que anuncian algo más rotundo. Esa noche las sentí muy cerca de otras muchachas que arman su sonoridad más allá de la fidelidad a géneros típicamente cubanos, como Diana Fuentes, Las Krudas o Daymé Arocena. En ese concierto disfruté a Ibeyi pariendo una noche espectacular que, a su vez, las parió a ellas de otra manera, mientras cantaban junto a Síntesis, Telmary, X Alfonso y Aldo López Gavilán. Regalaron espiritualidad, respeto y goce en el Salón Rosado de La Tropical, lugar desprestigiado en las últimas décadas por funcionarios de la cultura, racistas de turno y excluyentes guías de turismo, solo porque es uno de los pocos sitios históricos de la cultura popular bailable en Cuba. Por eso los rumberos de Osaín del monte abrieron la noche antes que los DJ cubanos y foráneos hicieran lo suyo con acierto, construyendo el ambiente inclusivo que este espacio pide con más frecuencia.

Cuando salieron a la pista, crecieron y convencieron. Aplaudí en medio de un par de interrogantes: ¿Así sonará el país que viene? Ellas anuncian las nuevas africanías y globalidades de las próximas décadas? Quién sabe, pero antes, la buena música salvará al mundo de tanto ruido parecido a la nada, que hoy inunda. Al fin sabemos que no es para siempre y que Ibeyi regresará a la isla de músicas múltiples, sabiamente mezcladas, dotada de lo único que necesitamos para reconstruir el mundo: las esencias que se intercambian de la raíz a la flor y viceversa; del pasado al futuro y tambien del sonido local a la nota global que define a La Habana, ciudad-puerto, desde el principio de los tiempos.

Luego, antes de ponernos muy filosóficos, llegó El Tosco y NG La Banda y nos hizo bailar en varios idiomas. Gocé de lo lindo, pregúntenle a Ned Sublette, Juan Pin Vilar, Sue Herrod, René Arencibia o a Barbarita Oliveira, ya recuperada de su accidente y también a Juanito Delgado. Sudado y fascinado, escapé antes que terminara el concierto para llegar a casa y escribir esta crónica, pero la paz y el sueño me vencieron. He asistido a una noche entrañable, llena de aplausos y estrellas que no desaparecen al despertar. No ha sido un sueño, estuve allí, frente a ellas, en el cielo de La Tropical. En La Habana, sin necesidad de diamantes. Solo con las Ibeyi.

Escrito en Centro Habana, con aguardiente y luces de viernes, mayo 6 y 2016.


Roberto Zurbano Torres (San Nicolás de Bari, 1965) es ensayista y crítico cultural. Miembro de la UNEAC, de LASA, de la Articulación Regional Afrodescendiente de América Latina y el Caribe y de El Club del Espendrú. Autor de los libros Elogio del lector (1990), Los estados nacientes: Literatura cubana y postmodernidad (1995) y La poética de los noventa (1997) y de textos como El triángulo invisible del siglo xx cubano: Raza, literatura y nación, El rap cubano: Discursos hambrientos de realidad y Cuba: Doce dificultades para enfrentar los (neo) racismos. Ha prologado libros de Frantz Fanon, Georgina Herrera y Simone Schwarz-Bart. Trabaja en la Casa de las Américas, La Habana, Cuba.

Foto tomada de Cachivache Media

Carmen Fiol

Carmen Fiol: haute couture cubana

Por: Milena Recio

Cualquier mérito en Carmen Fiol está ya retocado por el hecho drástico de que es una artista vigorosa a los 92 años.

Hoy se prepara para asistir al desfile de Chanel en La Habana. Lleva semanas preparando el vestido que usará. Nos lo enseña puesto sobre el maniquí. Una pieza lisa, sobria, cubanísima. En el torso, encajes, alforzas, el deshilado tan suyo, tan copyright. Y todo eso sobre una organza que, para quien no lo sepa, es una tela con carácter y transparente. Le digo que ella es muy atrevida al diseñar y se sonríe: “Yo he hecho ropa muy sexy”.

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Carmen está considerada una de las más grandes diseñadoras y modistas cubanas de siempre. Con su arte ha convertido la costura tradicional cubana en alta costura. Prefiere el blanco y el beige como colores, y las telas crudas, especiales para este calor que a veces agobia.

Adornos, los precisos. Recurrencias del vestir en el siglo XIX, cuando la elegancia se tropicalizó en la Isla: pasacintas, barretas, entredoses…

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Carmen lleva más de 70 años cosiendo. Pero nada en ella lo demuestra. Tiene unas manos de alas de mariposa. Un solo callo que, aclara, no salió de la tanta costura, sino de una etapa dura de su juventud, cuando debió ayudar a su padre a hacer alpargatas. “Doce docenas diarias”, apunta.

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Sus dedos terminan en unas uñas finas muy bien cuidadas. Todavía no necesita espejuelos para ver el mundo. Solo algunos detalles se le escapan.

A Carmen no le pesa la vida en la espalda, ni las tantas horas mirando la dejaron encorvada. Al contrario, es una mujer firme y elegante que habla con una suave cadencia guantanamera a pesar de que La Habana la recibió hace más de 50 años.

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Las rutinas de una mujer de hilo y aguja

Carmen tuvo hijos, nietos, bisnietos. Algunos la rodean en su casa del Vedado, donde ha construido su palacio a veces vivienda, a veces galería, a veces taller, y donde es ella la jerarca. Otros miembros del clan fueron a hacer sus destinos fuera de Cuba. Pero están cerca. Son proveedores de amor y de los muchos enseres, tiras, encajes, hilos, bordados, pasamanería, galones. ¿Cuánto no habrán tocado esas manos?

Yo nací sin nada

 Carmen nunca ha repetido una pieza. Cose siguiendo su Método Anatómico, que desplegó en su libro Vestir a la medida, en el que quedaron descritos de la A a la Z los secretos de tantos años de tomar buenas medidas, cortar y empatar.

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Alta costura, sobre el maniquí, siguiendo la máxima de que ningún cuerpo es igual al otro. En Cuba hay que coser teniendo en cuenta las “espaldas quebradas” de las mujeres: esa es la forma profesional de referirse a los fondillos olímpicos.

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El que estudie por mi Método puede hacer maravillas, dice Carmen.

“Me propongo sensibilizar y exhortar a quienes les interese este tema, a no dejarse derrocar por los tropiezos que tengan en el andar por este arte, pues yo los tuve, pero con voluntad, tesón y sacrificio los he sabido sortear y continuar en esta labor cosechando logros. Cada día, cada momento de nuestro andar, aprendemos, pero observar, mirar, escudriñar cada detalle nos permite lcanzar la visión y la memoria fotográfica necesarias para enfrentar las tareas de este arte”. Así dejó escrito en su libro esta maestra.

Este 3 de mayo verá presentarse por primera vez en Cuba, en Latinoamérica, la colección de Chanel que se caracteriza por dialogar con lo local allí donde se presenta.

Algunos de los diseños de la casa de moda parisina quizás tengan de Carmen un guiño, al menos una leve referencia. Cuba toda, al fin, es la inspiración.

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Fotos: Ismario Rodríguez

Videos: Claudio Peláez Sordo

Tomado de Oncuba.

Zelda

Zelda Valdés: la cubana que vistió a Hollywood

Por Carlos Ferrera Torres

Hace un par de navidades, en medio de la peor situación de salud física y mental de mi vida, conocí en Barcelona a Nancy Deihl, una mujer brillante que imparte Historia del Traje en la Universidad de Nueva York. Nancy en sí misma merece una crónica que le debo aun. Es un personaje delicioso, como lo es esa parte de la historia de lo que somos, que ella se conoce al dedillo; la de la ropa que nos ponemos.

Nancy es una conversadora exquisita y una oyente atenta, así que aquella única noche que nos vimos, hablamos todo el rato y me levantó el ánimo del suelo, apartándome por unas horas de mis ideas catastrofistas.

Nancy me regaló un montón de sus propias experiencias y anécdotas sobre la ropa, la moda y la gente que la ha hecho, llevado o comprado desde que el mundo se viste, y también dejó cosas en mi cabeza acerca de la naturaleza humana, sobre las que aun reflexiono y de las que todos los días aprendo un poquito más.

Hace unas semanas semanas me reencontré en la red con Zelda Wynn Valdés, una de las mujeres que me descubrió Nancy Deihl, a quien he de agradecer públicamente una impagable edición de “History of American Dress”, su regalo por mi 50 cumpleaños, una colección de volúmenes que recomiendo, donde se le dedica a Zelda Wynn un capítulo sustancioso y muy completo sobre su vida privada y su paso por el backstage de las grandes estrellas.

Zelda viene al hilo de una foto de conejitas Playboy que publiqué hace unos días mientras buscaba la crónica que escribí entonces, y que gracias a mi amigo Carlos Tasse, he decidido desempolvar para él y para el que la quiera leer.

Hay escasas, repetidas y muy breves biografías disponibles de Zelda Wynn, con poca información personal y enfocadas más a su trabajo profesional como estilista que a su casi inescrutable vida privada. La causa es que Zelda fue una mujer muy celosa de su intimidad, y hermética en cuanto a revelar detalles sobre su origen o sobre cualquier otra cosa sobre sus primeros años de vida. Se consideró siempre tan afroamericana como su madre, aunque no hubiera nacido en Norteamérica. Fue también una hija ejemplar, y una incondicional amiga, con un férreo sentido del deber, de la dignidad y del honor que a su entender, debían distinguir la mujer negra moderna. Lo que ella sentía ser.

Estrellas de todos los colores se pelearon por las creaciones de Zelda Wynn, “la escultora de sirenas” como la conocían sus clientas, por sus provocadores vestidos ceñidos al cuerpo, “la moda negra que abraza”, como la definió un crítico del Times. Con ellas vistió a buena parte del star system femenino del cine norteamericano a lo largo cuarenta años, y se convirtió en un modelo a seguir por las mujeres de todas las razas, y un espejo en que mirarse para la afroamericana independiente y exitosa, gracias y a pesar de la segregación.

Zelda fue la encarnación de una élite discreta de “personajes de color” que abogaron por la “normalidad” con el mundo blanco aceptando el reto de brillar por sí mismos junto a ellos, por sus cualidades y su educación, sin que el color tuviera mucho que ver.

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Quizás Zelda no iba errada, porque todas las estrellas y personalidades públicas que vistió, conocían sus orígenes a pesar de su empeño en no revelarlo, y terminaron siendo sus amigas íntimas, y ella, la albacea de sus secretos mejor guardados.

Zelda era Wynn, pero no de apellido, sino de segundo nombre, uno muy común entre las mujeres afroamericanas de Pensilvania a principios del siglo XX. Era la tierra de origen de su familia materna, que fue la única que tuvo, porque de su padre habanero apenas supo el nombre y poco más cuando se hizo mayor.

Aborreció desde niña su apellido paterno tan castellano y tan castizo, que añadía al estigma de su color, el de un origen hispano, al que no sentía pertenecer, y que también aprendió a olvidar, como a su padre mismo. Pero Zelda Wynn nunca se quitó su apellido español de pila pudiendo hacerlo, ni adoptó uno distinto por vía matrimonial porque nunca se casó. Sí tuvo varias parejas de hombres “corrientes”, otro desafío más a los convencionalismos de la época que la hizo aún más notable.

Siempre quiso que se le llamara sólo Zelda Wynn, y ese fue el nombre que la puso en boca de leyendas como Mae West, Josephine Baker o Dorothy Dandridge, que dejaron que Zelda vistiera sus cuerpos y guardara el secreto de sus pecados.

Sus padres José Valdés y Ann Barbour se habían conocido en La Habana a mediados de 1902, el año en que el hermano mayor de su madre quiso lanzarse a la conquista del naciente comercio de ropa “al detalle”, en una Cuba que inauguraba una paz futuriblemente duradera. Una atractiva y exuberante república tropical acababa de nacer al amparo de la Unión, y allí comenzaban a posicionarse las marcas comerciales más importantes de los Estados Unidos.

A la familia matriarcal de Ann Barbour le fue bien después de la guerra, a pesar de ser un clan de mujeres solas con numerosos hijos, sobrinos y nietos, cuyos padres murieron dignamente en combate, indignamente de cirrosis, o simplemente desaparecieron de sus vidas y de las de sus hijos. Era el panorama que enfrentaban miles de mujeres afroamericanas en Pensilvania inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, apenas comenzado el siglo XX.

Pero aun en ese entorno económicamente precario y especialmente hostil con los negros, la madre de Ann Barbour pudo sacar a flote a toda la familia incluyendo a Zelda y a su hermana Mary Barbour a base de trabajar duro. La abuela había sido una costurera avezada, curtida en la guerra, que había diseñado y cosido uniformes para el Ejército Confederado, y que luego se labró un prestigio entre las mejores modistas negras de Chambersburg, donde llegó a tener la tienda de modas para mujeres negras más próspera de todo el estado de Pensilvania.

Comenzaban a ponerse entonces de moda en Cuba los ateliers, y las llamadas “Casas de Vestir” que brindaban un servicio exclusivo de ropa a medida a mujeres cubanas de clase media alta. El hermano mayor de Ann Barbour, integrado al negocio familiar, se lanzó a expandir la empresa junto a un socio, abriendo un pequeño atelier en la Habana en la calle Mercaderes, a donde se llevó a su hermana Ann como modista y vendedora.

Pero las cosas debieron torcerse cuando Ann conoció al padre de Zelda, de cuya vida se sabe tan poco como de ese encuentro y de su breve presencia física junto a su hija.

En primer lugar, su nombre exacto no está claro, pues aparece en la inscripción de nacimiento de Zelda Wynn como José E. Valdés Capetillo, mientras en su acta de defunción en La Habana es José Valdés y Valdés. Se sabe que era unos veinte años mayor que Ann, y que vivía en la barriada periférica habanera de El Cerro. Por su apellido se intuye que fue con muchas probabilidades un hijo de la Beneficencia, al no tener tampoco familiares vivos, pero llegó a ser uno de los choferes del Presidente de la República. José conoció a Ann en alguna de las recepciones que brindaba el Presidente a los inversores extranjeros, y Ann se enamoró y contrajo matrimonio civil con él en La Habana, en noviembre de 1904. Lo hizo en una discreta ceremonia en un bufete de la calle Lamparilla contra los deseos de su tío y la negativa inútil de su abuela en la lejana Pensilvania, a donde las cartas tardaban tanto en llegar que siempre brindaban la información caducada.

Hay una partida de nacimiento de Zelda en el censo del estado de Pensilvania con una nota al margen especificando: “Already born, checked by verbal transcription from her mother”, aunque Ann Barbour siempre consideró a su hija mayor, tan norteamericana como lo fue Mary Barbour, su hija siguiente nacida ya en territorio de los Estados Unidos.

Ann reinscribió a Zelda en el censo de Chambersburg a su regreso a casa, pero no pudo retirarle el apellido del padre ausente y hubo de conformarse con ubicar su nacimiento el día que tramitó el expediente y en el lugar en que los hizo: el 28 de junio de 1905 en la iglesia de Chambersburg, Pensilvania, más de un año después de la fecha natal verdadera de su hija primogénita. Zelda no tendría que añadirle al color de su piel, el haber nacido en una república latinoamericana bananera, aunque tuviera que arrastrar siempre consigo el apellido infausto de un padre indolente y desprovisto de amor filial.

En cambio es posible aun encontrar en el Registro Civil de La Habana, una partida de nacimiento a nombre de Zelda Wynn Valdes, “ne. 6 de marzo de 1904 en la Clínica La Covadonga de La Habana, Cuba, hija de Dn. José E. Valdés Capetillo y Dña. Ana Barbour, naturales él de La Habana Cuba y ella de Chambersburg, Pensilvania, Estados Unidos”.

La Covadonga era a la sazón la joya médica insignia de los asturianos residentes en la Isla, y había sido inaugurada sólo escasos años antes, en 1897. A pesar de la exclusividad de sus servicios, sólo para naturales blancos o sus descendientes, abrió sus puertas a una mujer norteamericana de raza negra para practicarle un parto asistido con las técnicas más modernas de la época en un país latino.

El promotor y primer director de La Covadonga, Don Manuel del Valle, presidente de la asociación de asturianos de Cuba, había conocido en Pittsburg a una admirable costurera negra que consiguió reiventarse tras la guerra y echar a andar un negocio próspero en Pensilvania que convirtió en una gran marca. Con frecuencia, aquella modista negra hacía generosas donaciones caritativas a instituciones que apadrinaba Don Manuel, y él quedó impresionado por la integridad y la valentía de esa afroamericana ejemplar. Don Manuel y su esposa cuidaron de su hija Ann en La Habana, y también a Zelda Wynn, aun nonata en el vientre de su madre, hasta que Zelda vino al mundo. La mano invisible de abuela parecía proteger la supervivencia de su nieta, desde la lejana Pensilvania.

A partir de la llegada de Zelda a Estados Unidos, hay muy pocas referencias acerca de los años siguientes en su vida junto a su madre y su abuela. Le gustaba bailar desde muy pequeña y estudió un año de clásico en la Chambersburg Ballet Company, pero tuvo algún problema con las madres de sus compañeras blancas y tuvo que abandonar las clases.

Pero no importaba, porque su vocación verdadera pasaba por su exquisito gusto para crear magníficos trajes de novia y atrevidos vestidos de gala, muchos de los cuales se han hecho icónicos con el paso del tiempo junto a sus mediáticas dueñas, aunque pocas veces hemos puesto cara a la mujer que los creó.

Zelda Wynn ya diseñaba con ocho años vestidos de papel de periódico para sus muñecas, junto a la máquina de coser de su abuela, de la que recibió las técnicas de alta costura más tempranas. Demostró estar tan dotada para el negocio familiar, siendo apenas una adolescente, que comenzó a trabajar en la nueva sastrería de su tío, ya recuperado de la incursión a Cuba.
En 1948, con 38 años, Zelda abrió su primera boutique, “Chez Zelda”, en Nueva York, la primera en su tipo propiedad de una mujer afroamericana en toda la ciudad. Estaba enclavada en los terrenos que ahora ocupa Washington Heights, en Broadway con la calle 158 Oeste. La acompañó en la aventura empresarial su hermana menor María Barbour, que se encargaba de supervisar cada día personalmente la tienda. Inmediatamente la boutique de Zelda Wynn atrajo a las más elegantes celebridades elegantes y a mujeres ricas de todos los ámbitos de la vida.

Zelda terminaría 40 años después en un local diez veces mayor en el centro de Manhattan, en West 57th Street. Aun entonces, ya con 65 años, una edad a la que la mayoría de los diseñadores ya se han retirado, Zelda respondió al reclamo del Maestro Arthur Mitchell, creador de la primera compañía negra de ballet, para diseñar la ropa de la “puesta de largo” del naciente Teatro de Danza de Harlem.

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Gracias a una de sus primeras clientas, la esposa de un líder de una banda negra de swing de los 40, Zelda entró de lleno en el mundo de la farándula. Después vinieron a su atelier Josephine Baker, Marian Anderson, Ella Fitzgerald, Dorothy Dandridge, Joyce Bryant, María Cole, la esposa de Nat, Edna Robinson, la de Sugar Ray, y superestrellas posteriores como Gladys Knight y la diva de la ópera Jessye Norman. También diseñó vestidos para Marlene Dietrich y Mae West, que la consideraba la mejor diseñadora de Hollywood.

Zelda fue cofundadora y presidenta de la NAFAD, la Asociación Nacional de Moda y Complementos, un proyecto de la educadora negra Mary McLeod Bethune. Era un grupo industrial destinado a la promoción de los profesionales negros del diseño, en un momento en que la industria de la moda padecía la misma segregación racial que la sociedad misma.

Zelda se movía en un entorno empresarial blanco, racista, masculino y elitista muy reticente a reconocer sus logros y proclive a ponerle dificultades en el camino. Pero decía de sí misma: “Dios me ha dado un talento especial para hacer a la gente hermosa y mi obligación es no parar de hacerlo hasta que él me lo permita». Y porque celebraba la vida, amortajó a su abuela con el primer vestido en tela que había hecho para ella cuando era sólo una niña de 15 años, y que la anciana usó y cuidó con esmero hasta el mismo día de su muerte.

A principios de la década de 1950, la cantante negra Joyce Bryant era una gran estrella en la comunidad negra, y una de las primeras mujeres de color en aparecer en la revista Life. Se le conocía como «La Marilyn Monroe Negra». Pero a pesar de ser una soprano espectacular, Joyce fue conocida por su atractiva imagen, y esa imagen se la “fabricó” Zelda Wynn. Hay notas de la prensa del momento, en que se dice que «los vestidos de Zelda cambiaron la carrera de Joyce Bryant que antes de vestir sus trajes, llevaba vestiditos bouffant, de corte «dulce» y casi religioso». Sin embargo, Zelda convenció a Joyce de no seguir ocultando sus curvas, y en cuanto Bryant comenzó a usar sus vestidos ceñidos y escotados, su carrera despegó hacia el estrellato.

El espaldarazo definitivo a su carrera se lo dio Hugh Hefner, que la contrató para diseñar los primeros trajes de conejito de Playboy en la década de 1950, porque en sus palabras, Zelda era “la reina de todo lo descarado elegante y sexy en ropa de mujer”. Todavía se puede ver la influencia de Zelda en la actualidad de la moda del espectáculo, en la ropa del diseñador Zac Posen.

Zelda nunca se tomó unas vacaciones, era una trabajadora incansable. Después de 82 producciones de ballet, 38 películas y más de 100 espectáculos musicales en 22 países, se había convertido en la matriarca de las diseñadoras de vestuario para las estrellas norteamericanas.

Zelda, la modista cubana de las estrellas, siguió siendo una leyenda viva aun después de sus 83 años, edad con que se retiró, hasta los 93 que cumplió en 2001, la fecha en que se fue para siempre. A sus exequias asistieron lo que más valía y brillaba del espectáculo norteamericano, y Hugh Hefner le dedicó un sentido discurso de despedida, agradeciéndole haber vestido a sus conejitas, y dotar a Playboy de una imagen imperecedera y glamurosa.

Esa es la historia de Zelda Wynn Valdés, la negra habanera que vistió a las grandes estrellas de Hollywood.

Todas las fotos fueron tomadas del perfil del autor en FB.