Solidaridad con las comunidades afrodescendientes y/o negras en Estados Unidos, Cuba y el resto de América Latina y el Caribe

Con mezcla de profundo dolor e impotencia hemos sido testigos en los últimos días del asesinato del estadounidense George Floyd a manos de un miembro del cuerpo policial del estado de Minnesota y también de las subsiguientes manifestaciones de descontento y desobediencia civil protagonizadas por manifestantes en todo el país. Vaya nuestra mayor muestra de condolencia y amor para los familiares y amigos de Floyd y en general para aquell@s miembr@s de las comunidades afrodescendientes y/o negras que han perdido sus vidas en condiciones de abuso policial semejantes, perpetradas esas en diferentes países de las Américas.
Una vez expresados nuestro dolor y empatía, queremos hacer un llamado a tod@s l@s cuban@s que, tanto en Cuba como en la diáspora, nos identificamos como antirracistas para que mostremos nuestro apoyo incondicional a quienes por su visible herencia africana han estado y siguen estando sometidos a crímenes y demonizaciones simbólicas y deshumanizantes.Desmarcados de toda narrativa que intente relativizar la incontestable injusticia que el asesinato de Floyd supone, deseamos mostrar aquí nuestra voluntad para trabajar con l@s herman@s negr@s en la isla y más allá de sus fronteras para aprender con ell@s, de ell@s, cuáles serían las más efectivas vías para eliminar prejuicios, prácticas y estructuras que nos ayuden a conseguir espacios de convivencia definitivamente armónicos y equitativos.

Atendiendo con humildad y ojo avizor a lo que sucede en los Estados Unidos hoy, nos ponemos a total disposición de activistas y procuradores de afroconciencias que existen ahora mismo tanto en Cuba como en sus espacios transnacionales. Pensar al país en términos democráticos y diversos contiene la demanda inmediata de iniciar estas difíciles conversaciones con las comunidades negras, tan largamente marginadas y hasta hoy abusadas policial e institucionalmente.

Serán conversaciones difíciles porque les adeudamos empoderamientos factuales y la instauración definitiva de un imaginario que no l@s mire y represente desde cotos de jerarquía colonial. Difíciles también porque habría que asumir que nuestra labor sería la del escucha y nunca la del dictaminador. Usar nuestros privilegios en función de una reestructuración profunda de la sociedad es trabajo de tod@s. Para Cuba y sus actores en la sociedad civil esta no es tarea de futuro sino del presente.

Lejos estamos, tal y como ha quedado establecido en el debate público de estos días, de entender la complejidad de la herida que los procesos de colonización y esclavitud han dejado tras de sí en las Américas. Lejos de empatizar sin poner condicionantes previas y hacer denuncias frívolas, acaso falsas, sobre lo que sucede hoy en Estados Unidos. Hay un histórico y conveniente malentendido en el que asumimos que las narrativas de gloria de l@s afrodescendientes en las Américas solo pertenecen al ámbito de la cultura o los deportes y que corresponde al resto de sus conciudadanos consumirlas acríticamente; mientras que a la par sus actos de desobediencia pasan de inmediato al mundo de lo criminalizado y por ende punible.

La imagen de un grupo de mujeres caucásico-descendientes haciendo de sus cuerpos una barrera para que la policía en Louisville no pudiera reprimir a los manifestantes el pasado jueves 28 de mayo es lección aprendida en Selma cuando el nunca olvidado Martin Luther King Jr. en 1965, mientras marchaba a Montgomery, se dejó acompañar por activistas y periodistas blancos para que los primeros golpes que asestara la policía local cayeran sobre sus cuerpos.

Como Estados Unidos, Cuba es un país multiétnico y, de un modo u otro, nos reconocemos como hij@s del cañaveral, de una economía y un orden social que nos puso a algunos a cortar las cañas y a otros a dar los latigazos para que esas cañas fueran cortadas. Pero somos también hij@s de la mezcla entre ambos. Corre por nuestra sangre la del esclavo y la del mayoral. Toca entonces y ahora mismo definir, a cuál de nuestros ancestros queremos socorrer. Acaso a ambos; solo que a uno debemos pararle la mano para que no golpee más mientras que al otro urge, sin preguntas o condiciones, dejarle respirar.

Roberto Zurbano

Roberto Zurbano: Desde mi balcón. Siete párrafos de memoria contra la pandemia del olvido (Segundo round)

Por Roberto Zurbano

Un blackface cubano celebrando el día de África en redes sociales, el incendio provocado en un terreiro de San Salvador de Bahía, el asesinato poco difundido de un joven líder comunitario garífuna en Honduras y otro asesinato racial en Estados Unidos, en la misma semana, confirman que el racismo opera en un amplio espectro de negaciones y violencias presentes indistintamente en cada país. Las gradaciones del racismo comenzaron con la esclavización y crecen en visiones culturales excluyentes, ausencia de historias negras en aulas, difícil acceso a estudios universitarios y puestos laborales y se regodean recortando presupuestos escolares en barrios negros y en la brutalidad policiaca, con sus altas cuotas de impunidad, hasta ofrecer una saga interminable de asesinatos, segregación racial y económica, cárceles y nuevos apartheid. Son muchas las expresiones visibles e invisibles del racismo: culturales, institucionales, públicas, privadas, en países pobres y ricos, en gobiernos demócratas o autoritarios, capitalistas o socialistas…El racismo, como el dinosaurio de Monterroso, siempre ha estado ahí. Pero casi nunca lo vemos hasta que un hecho mediático dispara las alarmas en busca, más que de justicia, de compasión. Así falseamos las agendas antirracistas, corriendo detrás de la crónica roja del mundo negro y no enfrentando las causas del fenómeno, ni a las razones que evaden el compromiso cotidiano en una lucha tan agotadora, como sofisticada y brutal. De estas visiones mediáticas erradas se alimenta el racismo, tranquilizando a quienes se creen afortunados, pues el último crimen ocurrió a mil kilómetros de casa y creen imposible que este dolor les alcance. El racismo es un hecho local que es también global y nos exige asumir la responsabilidad que toca ante lo pequeños racismos que toleramos a diario.

Hace diez años durante el congreso Cultura y Desarrollo, celebrado en La Habana, varios participantes nos trasladábamos en un microbús y algunos académicos e intelectuales blancos, comentando un panel del día anterior dedicado al racismo en Cuba; afirmaban que era un exceso de los panelistas y argumentaron que era resultado de las visitas que estos hacían a Estados Unidos. Una cineasta afrocubana sentada a mi lado me impidió responder y escuchamos en silencio todos los argumentos.

Llegamos al Palacio de Convenciones y todavía discurrían sobre el asunto. Sé que muchos investigadores de la cuestión racial fuimos a Estados Unidos años después de publicar tales textos y otros, aun no han visitado ese país. Recordé el primer viaje de raperos cubanos a Estados Unidos, en 2001; se presentaron en el mítico teatro Apolo, en Harlem y allí confirmaron lo que tan bien hacían antes en el Anfiteatro de Alamar, no fue al revés. Mi compañera de congreso y yo, esa mañana tuvimos una larga conversa para sacarnos tanta idea tóxica, injusta e ignorante. Sin embargo, aquellos argumentos aun me sirven de termómetro para medir la labor antirracista en Cuba, pues comparto una de sus alarmas: No aplicar métodos y soluciones fuera de contexto. Todo lo demás es clásico del proceso de negación del racismo cubano y, curiosamente, quienes hacían una lectura norteamericana de nuestra situación racial eran ellos, esperando encontrar aquí sucesos que no corresponden a esta realidad e invisibilizando eventos discriminatorios que tienen lugar ante sus propias narices, esos que, a veces, ellos mismos protagonizan consciente o inconscientemente, da igual. No dijeron Brasil o Alemania, porque cuando se trata de Estados Unidos el análisis tiende al desborde comparativo, no a la historicidad ni al campo de relaciones que ocultan políticas raciales, muchas veces también ocultas en leyes, estructuras socio-económicas, pactos religiosos, mass media y programas políticos.

Comparar problemáticas raciales entre Cuba y Estados Unidos, no es asumir sólo historia reciente, obviando el tejido de sucesos, figuras e ideas que marcan siglos de interacción, aun subalternizados por una escritura donde nunca aparecen negros de aquí ni de allá. Son los sesenta, cuando suceden hechos claves para los afrodescendientes de ambos países: Los afrocubanos tuvimos la Revolución de 1959 y los negros de Estados Unidos el Civil Right Movement. Ambos sucesos marcan puntos de partida diferentes en nuestras respectivas historias sociales y políticas. ¿Cómo ambas poblaciones llegan a este momento? Los afroamericanos venían de una sociedad legalmente segregada, donde trataron construir un espacio propio, lejos del mundo blanco, para vivir con dignidad. Sus luchas raciales tenían lugar en una sociedad multirracial y multicultural donde distintas razas, etnias y culturas no se mezclaron como en Cuba y configuran un gran mosaico fragmentado por historias e identidades particulares. El Civil Right Movement fue resultado de la lucha de los negros en específico, sus liderazgos, grupos, ideologías y demandas. Con ayuda de algunos aliados, pero fue resultado de una lucha política altamente racializada que, finalmente, les convierte en verdaderos ciudadanos.

El significado político que tuvieron las iglesias negras en Estados Unidos, es similar al de los sindicatos en Cuba. Curiosamente las religiones afrocubanas han sido subestimadas en el trabajo político, a pesar de su nivel de convocatoria, cohesión, horizontalidad y solidaridad, activas desde la colonia hasta nuestros días. Las iglesias negras en USA y los sindicatos en Cuba fueron espacio de aprendizaje más allá de los clubes y sociedades de color, cuyo ejercicio político fue más cercano a la negociación de intereses económicos, aunque desarrollan valiosos proyectos cívicos en la educación, la salud y las artes, apoyados por las fuerzas dominantes de ambos países. Dichos clubes asumieron vías políticamente correctas en busca de una armonía racial, aunque sin mucho éxito en sus respectivos empeños. Para los negros cubanos la Revolución es un innegable acto emancipatorio, resultado de luchas sociales, no raciales. Un hecho que les abre el acceso a todos los derechos ciudadanos. Crea las condiciones objetivas para la dignificación de una población negra inferiorizada y explotada durante siglos que, junto a otros preteridos, disfrutan derechos antes negados. (Aunque no sucedió en igualdad de condiciones, detalle entonces pasado por alto, que convierte igualdad de oportunidades en un ejercicio desigual). No se olvide que la población negra venía de una sociedad que no legalizó la segregación, pero la sufría en algunas ciudades y que la Constitución de 1940 coloca, por primera vez, el racismo como un delito.

Por su parte, el Civil Right Movement emancipó a los afroamericanos, tras manifestaciones y asesinatos. Lograron grandes victorias políticas y fuerte movilidad social apoyada en la Affirmative Action. Ganan el derecho al voto, mejoran las condiciones de trabajo de la clase obrera negra; aumentan las escuelas públicas y cede la resistencia a las escuelas racialmente integradas. Nacen programas educativos que favorecen a millones de niños y adolescentes. Se fortalece el modelo universitario negro, fundado en el siglo XIX, más allá de los Black Historical Colleges. Hay un crecimiento inusitado de clase media, empresariado y elite negras que comienzan a ocupar altos puestos en el stablishment. Fue el resultado más visible de aquel triunfo de los derechos civiles, pero no los únicos. Al mismo tiempo, surgen nuevas organizaciones como el Partido Panteras Negras y su filosofía Black Power, entre otras que estimularon movimientos de artistas, estudiantes, sindicatos y mujeres, a quienes le resulta insuficiente lo logrado y proponen, desde otras visiones críticas, continuar la lucha, intuyendo que las ganancias del Civil Right Movement no llegaron para quedarse, en los años ochenta, tras la ola conservadora que inicia Reagan y continua Bush padre, sobreviven pocas de sus ganancias jurídicas, afirmativas y laborales.

La conciencia racial en la historia afroamericana es un importante factor de cohesión para la lucha y movilidad socio-política. El ejercicio crítico y público de dicha conciencia guió comunidades, instituciones y clases sociales; generó la creación de organizativas propias (religiosas, sociales, políticas, económicas, etc.), desde aspiraciones comunitarias hasta las que incorporan otros intereses (clase, género, ideología, profesión).En Cuba, es baja la estima y conciencia racial entre la población negra, heredera de cimarrones, pero lenta en denunciar y desmontar agresiones racistas. Demasiada resignación en las personas negras que defienden sus derechos y valores en un contexto discriminatorio creciente. Acudir a las leyes, los medios y autoridades ha de ser común; amén de ese activismo antirracista cuyo esfuerzo retórico es mayor que su diálogo en las comunidades y la urgencia crítica de su misión social.

Sí, las respectivas historias de nuestros pueblos negros difieren en cuanto a integración social y racial: en Estados Unidos ha sido una imposibilidad histórica frente a la supremacía blanca, por eso también pensaron en la emigración (África) y en negociar con la hegemonía blanca, a través de las leyes y la democracia, otras sociedad y ciudadanía. Dicha estrategia aun no ha triunfado. En Cuba la integración de negros y blancos es una aspiración martiana que llena páginas enteras del ideario de Antonio Maceo y Juan Gualberto Gómez, aunque también hubo familias negras que regresaron a África. La idea de integración racial alcanza un fuerte consenso social, que se renueva con la Revolución. La aspiración social de cubanos negros no está separada de las demandas de cubanos blancos ni de los presupuestos libertarios del grupo vencedor; (aunque el Movimiento 26 de Julio era un espacio con poca conciencia crítica sobre la cuestión racial, ver la ausencia del tema en La historia me absolverá).

Las demandas de instituciones y líderes cubanos negros siempre desbordaron las exigencias raciales en busca de una ciudadanía plena y ellos aportan esa visión integradora a la lucha sindical, partidista y cultural donde nunca faltó el tema racial, como uno más entre las necesidades de la nación. Así, las luchas antirracistas cubanas no tuvieron una visión tan radical ni solitaria como en Estados Unidos. En la historia del antirracismo cubano concurren personas blancas con una visión antidiscriminatoria más allá del paternalismo y politiquería al uso; y se suman otras implicaciones clasistas y religiosas de peso en la integración de los grupos étnicos y raciales que arman la nación cubana. Eso explica una dinámica diferente a la norteña en nuestra experiencia social y tradición antirracista.

Es difícil constatar el conocimiento de la tradición antirracista cubana entre ciertos académicos y activistas entusiastas, pero desnudos de herramientas histórico-conceptuales para su trabajo de denuncia y propuestas que podrían verificar en el registro de una tradición que les sirva, sobre todo, para no repetir errores ni retrasar su necesaria labor. En esta tradición lo mismo cuenta un ensayo, un patakin o un poema. Cuando la televisión mostraba cómo asesinaron a George Floyd, recordé muchas otras víctimas, en especial a Emmett Till, de catorce años, mutilado y tirado al rio por sus asesinos blancos en 1955. Al recuperar el cuerpo, su madre dispuso que durante el funeral el ataúd quedara abierto, exponiendo el tamaño del ultraje. La imagen impactó al mundo y la tradición antirracista cubana lo fijó en Elegia a Emmett Till de Nicolás Guillen, donde el poeta llora “este mínimo muerto sin venganza”.

¿Eso también será el menos joven George Floyd? ¿Tenemos una conciencia mínima para la solidaridad racial? ¿Miramos atentamente nuestro entorno, donde no vemos crímenes así, pero sufrimos chistes, discriminación y pequeños maltratos que alguien calla, se traga y no sabe qué hacer con tanta humillación? No respondas hoy. ¡Sólo intenta hacer la tarea!”

En Centro Habana, a viernes 29 demayo.

Racismo en Cuba: La culpa es de las totí

Aracely Rodríguez Malagón

¡¡¡Las colas están llenas de NEGRAS!!!. Así contestó mi vecino a grito y a viva voz a ante la pregunta de otro de cómo estaba el ambiente. Creo que no hace falta describir a mis vecinos pero lo haré: uno es blanco, de clase media, profesional, cuenta propista. El otro blanco también, profesional, militante y militar. Quedé estupefacta no a lo que escuche eso lo sé y lo veo a diario, sino el tono despectivo y lacerante con el cual acentuó y vociferó “NEGRAS”, encerrando en sus palabras todo el desprecio visceral acumulado resultado de un colonialismo transformado y un racismo latente vivo, trasmutado, nunca acabado. Mientras el otro contestó con una sonrisa de satisfacción afirmativa.

Y es que desde sus puntos de vista las negras somos las culpables de la escasez que hay en el país y, por la entonación, yo diría que hasta del Corona-Virus. Lo peor es, que aquel grito en plena calle y a la luz del día sonó como un eco a pesar del nasobuco. Nadie salió (excepto yo) a rebatirlo o al menos a decirle “fulano no es de esa manera”. Fue como si toda mi cuadra estuviese reafirmando su ofensivo insulto ante el silencio otorgado. Me levanté como un resorte y antes que pasara por el frente de mi casa me vino una ráfaga retrospectiva en mi memoria de opresiones, esclavización, resistencia, cimarronajes y luchas…… y hubiese querido vociferar de la misma manera (lo cual no me cuesta mucho trabajo), pero esperé que se acercara y muy calmadamente en un tono casi silente, le expliqué las múltiples razones por las cuales las colas también tienen raza, sexo, territorio y clase; y que además son una medida de las desigualdades. En ellas es donde nos mezclamos y concentramos toda/os, sólo que las negras somos el último eslabón de la cadena alimenticia y el eslabón más gordo de esa cadena y por tanto las más visibles, es cierto que la escasez es general, pero no a todas/os nos llega con la misma intensidad. Adquirir alimentos es una necesidad existencial y va más allá del ¨QUEDATE EN CASA¨ que es atravesado por el privilegio y como resultado tiene dos bandos: los favorecido/as, que pagan por que les traigan los productos y los necesitado/as, que hacen colas para poder adquirirlos e incluso como un modo de sustento llegando a convertirse en un trabajo informal.

Las colas integran la vida cotidiana de las cubanas/os como resultado del bloqueo al cual ha estado sometido la isla por décadas, y que trae como consecuencia la escasez sobre todo en los productos de primera necesidad. Así hacer colas o las ¨colera/os¨ (como trabajo informal) es una práctica ejercida fundamentalmente por mujeres, generalmente negras o mestizas, de barrios marginalizados y/o de la zona oriental de país.

Estos actos son de conocimiento público, han estado presente en todo momento, pero en épocas de crisis se agudizan y se acentúa el color de las mismas coincidiendo con la visión de mi vecino, pero también con las estadísticas de los informes de desarrollo humano. Aunque para el caso de Cuba se hace complicado la veracidad de los índices de desigualdad, no obstante, se plantea que las mujeres en Cuba más pobres son precisamente las de este grupo distinguiéndose en época de Pandemia

Discriminar a las personas verbalmente es un acto que ocurre a diario como ejercicio permanente de la “colonialidad”. El lenguaje es una herramienta de poder que en este caso mi vecino la utilizó como expresión despectiva “LAS NEGRAS”, que enfatiza e indica de manera punitiva quienes son las responsables de las colas.

Es imposible deconstruir un racismo visceral, genético sino vamos al fondo del asunto y sólo lo dejamos en el plano cultural cuando en realidad es una problemática que pasa por lo histórico, económico, político, social, etcétera. Mientras se hace uso del derecho de gritar improperios como este, sin ningún tipo de impunidad.

Y no me puedo ofender según mi vecino: “no soy ese tipo de negras” (o sea tengo que sentirme halagada), peor, “no lo dice por mí “, (no sé a qué clase yo pertenezco), evidentemente tiene daltonismo racial. Su incapacidad no le da para comprender que mi condición de mujer y NEGRA no me separa de aquellas a las cuales él desprecia, lo que me reafirma una vez más el desconocimiento en nuestra sociedad del significado de ser NEGRA. No entienden que entre esas NEGRAS de las colas y yo existe una conexión histórica que no lo borra un espacio físico, ni las condiciones de vida, nos une un pasado, que a la vez es un presente y que tenemos que luchar para que en un futuro, no se nos siga discriminando.

Lo mejor de esta conversa sosegada es que la cosmovisión socio-racial de las colas de mis vecinos, no procede desde sus experiencias ya que ninguno de los dos hace cola, ni de la bodega. Es sólo una visión subjetiva de LAS NEGRAS y de las colas en tiempos de Coronavirus desde los carros con aires acondicionados…

Náutico 2020

Totí o Zanate: especie de ave de color negro endémica de la isla de Cuba. Conocida por un refrán para indicar cuando se le echa las culpas de una acción sólo a las personas negras ¨Todos los pájaros comen del nido y el totí carga las culpas¨

Soliloquios: Ayer me mandaron de regreso a África

Por primera vez en mi vida de activista, que ya suman 20, me han mandado para África. Una mujer cubana, feminista cubana, feminista cubana blanca cree que el lugar desde el cual tengo que luchar contra el racismo y la discriminación racial es África. Europa, donde vivo, es solo para la gente blanca. Así piensa alguien que se autotitula militante, que participó de la construcción de la revolución cubana, no un nazi alemán de los que vilipendia con quién le pase por delante y no tenga ni ojos ni pestañas rubias. Repito: ayer me han devuelto a África. Me montaron en un barco y me dejaron en una de sus costas. He de sobrevivir a toda costa. Me han hecho un favor, me han trasladado sin tener que pagar. Bueno, ha sido el premio por ser tan bocona, por incendiar los puentes rotos que tira el feminismo blanco. Para esa mujer solo es legítimo hablar de racismo si he pisado África. Ella, que ha producido parte de su obra cinematográfica en aquellas tierras, se ve como una heroína: una blanca que ha filmado historias de gente negra. Por demás, esa mujer me silenció, me taponó la boca. Gente blanca que no puede lidiar con una negra que hable, que cuestione, que construya, que sueñe. Nos quieren complacientes, sumisos, solícitas. Ese es el deseo blanco. Te devuelven al barracón y al barco negrero.  Eso lo hizo ayer una feminista blanca.

COVID -19, la telenovela cubana y la lucha antirracista que no para…

Por Yarlenis M. Malfrán

En este contexto de pandemia posiblemente la programación de la televisión cubana gane más audiencia (o tal vez no), de cualquier manera, sabemos que el espacio de la telenovela es una de las marcas distintas de la identidad nacional, si se quiere. Sabemos, por lo que nos han legado los estudios de comunicación, que las tecnologías de comunicación no son neutras, muy por el contrario, su uso está asociado a determinados valores e ideologías que se promueven, diseminan, como también pueden ser soportes problematizadores del orden social, en función de principios como la igualdad entre otros.

De la mano de Teresa de Lauretis (1987) y partir de sus estudios sobre el cine, también aprendimos que tales tecnologías son, sobre todo, tecnologías de género, o sea, modelan y refuerzan ciertos ideales de ser mujer, hombre, etc. Ampliando la perspectiva de Teresa de Lauretis y a partir de lo que vienen discutiendo muchas feministas antirracistas, tampoco podemos sustentar una neutralidad en materia de cuestiones raciales. O sea, estas tecnologías, proponiéndoselo o no, tienen siempre, una agenda de género y raza (entre otras, obviamente). El problema radica en que, cuando no hay una intención antirracista y antisexista, tales tecnologías se vuelven aliadas de sistemas hegemónicos y de las discriminaciones que a partir de ellos se promueven.

Vayamos al grano. En tiempos de COVID y confinamiento le he dado más atención a la novela que se trasmite actualmente en Cuba: “El Rostro de los días”. La acompaño en el Canal de Youtube Raul Martin Alocubano .

En el capítulo 24 que se transmitió por este canal (no sé si equivalente al orden de los capítulos transmitidos por Cubavisión) una secuencia de escenas me resultó particularmente incómoda, por el modo en que ella reproduce estereotipos racistas y pone en escena lo que varias feministas antirracistas han designado como “la soledad de la mujer negra”, una problemática que obviamente no se da como una condición inherente a los cuerpos negros, sino que es resultante del racismo que estructura nuestras sociedades. El racismo que, a mi modo de ver reproduce esta secuencia de escenas y, por ende, este guión, es estructural y explico por qué.

¿Qué significa que una cosa es estructural? Implica que ella molda, organiza, da forma, base y sustento a un determinado orden social. Cuando decimos que el racismo es estructural eso supone que esta discriminación está en la base (como los cimientos y las columnas de una casa), determinando que las cosas sean del modo en que son. Una de las formas de interpelar las estructuras racistas puede ser preguntándonos: ¿dónde están negras y negros en la estructura social? De estar, ¿de qué modo están, ¿cómo aparecen? ¿en qué posiciones? Son estas preguntas las que quiero llevar para el contexto de esa secuencia de escenas para argumentar cómo en ellas se reproduce el racismo, o por lo menos se peca de reproducir un lugar estructural en el que, mujeres negras, son inferiorizadas.

La escena en cuestión se encuentra a partir del minuto 13, entonces, me pregunto: ¿Dónde y cómo está la adolescente negra en medio de una historia de amor blanca, protagonizadas por dos cuerpos blancos? La secuencia habla por sí, pero coloco aquí algunas respuestas posibles. La adolescente negra está sí, pero como un elemento decorativo, un lugar de no protagonista de la historia de amor. Un lugar de espectadora de una historia de amor blanca, con la que ella probablemente ni se atreva a soñar. Ese “no lugar” es el lugar que el racismo atribuye a mujeres y personas negras. ¿Cuántas protagonistas de historias de amor en las telenovelas cubanas SON PERSONAS NEGRAS? ¿Es que ese lugar no puede ser corporificado, protagonizado por cuerpos negros? Si el amor es una experiencia humana, ¿no ha de esperarse que todxs lxs humanxs puedan ocupar ese lugar? ¿Cómo los medios se compromenten con la lucha antirracista?

Mujeres negras, en la adolescencia son las que escuchan las historias de amor de las amiguitas blancas (doy fé de ello) y no tienen ninguna historia para contar, hasta porque hombres blancos y negros, ambos, son educados para pensar que conquistar a una mujer blanca es lo mismo que alcanzar un trofeo, por consiguiente, lo que resta para las mujeres negras es ese lugar estructural de soledad.
¿Dónde están las mujeres negras dentro de una estructura afectivo-sexual que es racista? Están en un lugar que las produce (sí es producido, no es natural) como feas para que mujeres blancas se sientan bonitas y objeto de deseo. Están en el lugar de la fetichización y objetificación sexual (buenas de cama, culos grandes) que las retira del lugar de merecedoras de afecto (negra pa casarse qué va, negros ni los zapatos!)

¿Dónde están las mujeres negras dentro de una estructura afectivo-sexual racista? Están allí, esperando ser vistas como humanas, consideradas como humanas. O forzándose a caber en un patrón que de por sí nos oprime, que no nos contempla, que no nos incluye. Estamos muchas veces intentando enblanquecer porque el referente de humanidad, de amor es blanco y ¿quién no quiere ser amado y aceptado? Entonces una de las maneras de lidiar con el sufrimiento que el racismo genera es vestir máscaras blancas en pieles negras como dicen Franz Fanon en su emblemática obra titulada así mismo.
Precisan producirse otras narrativas en las que personas negras ocupen espacios como humanas. La lucha antirracista es de todxs, también de personas blancas. Para escribir este texto me inspiré en la cólera que me produjo esa secuencia de escenas y en un post de Instagram de la artista brasileña Luedji Luna (@luedjiluna) que lleva por nombre “Eu planta”.

 

Referencias:
FANON, Frantz. Piel Negra, más caras blancas. Madrid: Ediciones Akal, 2009 .

LAURETIS, Teresa. A tecnologia do gênero. In: LAURETIS, Teresa. Technologies of
gender. Indiana: University Press, 1987

Nancy Cepero: Sobre racismo estructural y la gente negra que le hace coro a la opresión

Constituye una reacción común responder a críticas sobre comportamientos y comentarios racistas aludiendo el “racismo inverso”. De esta manera, no se quiere entender la realidad porque no conviene.
El racismo es estructural, vertical y apuñaleante para la gente que va quedando más abajo en la lista: lxs más oscurxs, lxs más oscurxs y mujerxs, lxs más oscurxs y gordxs, lxs más oscurxs y disidentes sexuales, lxs más oscurxs con diferentes capacidades.

Estas personas no tiene el poder estructural, la economía, poder de decisión, ni el interés para ejercer racismo y aplastar a otros grupos sociales. Por eso no existe racismo inverso, es una falacia, una balsa pal desespero; aunque a una persona negra no le guste la gente blanca y lo exprese, no tiene poder para invisibilizar, desacreditar, negar empleo, despedir o limitar el acceso por su aspecto.

Obviamente, tampoco nos interesa apropiarnos de su cultura, ya que nosotrxs y lxs nuestrxs hemos creado cultura con talento y alegría ilimitada a pesar del cepo al sol, la castración del lenguaje, de la religión, a pesar de la privación de libertad, se creó y se crea.

Por otra parte, la sociedad está establecido, estructurado de manera que en todos los contextos, negrxs tengan menos oportunidades y, además, miles de dificultades para acceder a esa mínima oportunidad, no hablo de individuos sino de grupo social.

“Todos somos iguales” es un planteamiento sin fundamento, facilista y racista que pasa por encima de la vivencia de un montón de cuerpas que llegaron al punto de partida con desventajas tangibles, reales. La apropiación cultural es racismo. No hay más vueltas. A estas alturas, con todo mezclado en el mundo, muchas cosas se pasan por alto, muchas menos la desfachatez del no reconocimiento, de la invisibilización y la burla.

Las negras somos humilladas y limitadas profesionalmente por nuestra complexión física, por nuestro color de piel. Luego las blancas y blanco-mestizas se doran al sol con artificios, se ponen culos, labios gruesos y son cool. A nosotras nos hacen problemas en las escuelas por llevar el pelo natural o dread locks, incluso las trenzas son mal vistas y automáticamente te ubican en contextos marginalizados en el imaginario social. Sin embargo, cuando la gente blanca utiliza estos “estilos”, es leída como artistas, transgresores, creativxs, innovadores. Hay que ir a YouTube a ver tutoriales de chicas blancas enseñándole al mundo a ponerse turbantes.

Es necesario que se entienda cómo cada apropiación, sin al menos reconocimiento a la fuente matriz, invisibiliza la vida, los cuerpos y la historia de mucha gente que ya de por sí está bien jodida solo por ser, por existir. Esta negación contribuye al racismo, a fomentarlo, a naturalizarlo, a normalizarlo a tal punto que incluso gente negra reproduce estas conductas, le hacen coro a la opresión y son incapaces de ver la tierra que se echan ellxs encima y a toda la comunidad consigo.

Roberto Zurbano: ¡No vamos a parar!

Las organizaciones antirracistas, en contextos de pandemia, limitan su alcance público, pero siguen generando conciencia, activando saberes antirracistas y aguzando, en un contexto más hostil, la capacidad de identificar y denunciar cualquier discrimen. Si normalmente trabajamos en contextos y con recursos precarios, ahora no queda otra opción que reducir la movilidad, sin desmovilizar la agenda crítica, olvidar la base social ni a quienes despliegan las acciones concretas que definen nuestra misión social. Es paradójico que un núcleo de activismo evite incidir en espacios comunitarios; allí donde esa labor no tiene un impacto mediático, pero sí una incidencia en la vida de tres o diez personas o familias necesitadas.

Si alguna de esta gente se enferma en Cuba, serán tratados sin menoscabo de su condición racial, quizás por hábiles profesionales de su mismo color de piel, merecedores de aplausos y honores. Antes y después del hospital está la vida difícil en solares, barrios insalubres y albergues temporales donde se hacina la esperanza, quinquenio tras quinquenio. Y allí se debe ofrecer alivio, respuestas y políticas públicas que completen la ingente labor de la medicina preventiva o el empeño intensivista. En Brasil, Estados Unidos y Colombia habrían muerto y llenado estadísticas menos descuidadas, pero inmerecidas. Es aquí y ahora donde el activismo antirracista debe sumarse: la post-pandemia no augura mejoras materiales y hay que trabajar por una equidad social más puntual que la igualdad conocida y conquistada. Algunas organizaciones nuestras tienen ese camino adelantado, solo bastaría unir esfuerzos y conocimientos, asumir nuevas y buenas prácticas en labores comunitarias donde es insuficiente el trabajo de una sola institución. Las pocas excepciones que lo hacen, indican su factibilidad y éxito comunitario.

Activismo es también responsabilidad asumida a tiempo, solidaridad compartida y ejercicio de preocupación consciente por gente que conocemos o debemos conocer mejor. Es momento de mirar hacia adentro y hacia otros colectivos antidiscriminatorios que quizás, comparten la misma preocupación dentro de la isla. Es romper los límites impuestos a nuestra labor e insertar nuestro trabajo donde más se necesite. Ahora solo pensamos en aquello que depende de nosotros y en lo poco que podemos ayudar, evitando desgastarnos inútilmente, siendo discretos en un contexto de emergencia, identificando cualquier ruido que lleve a confrontarnos, confundir o desmovilizar por algún tiempo nuestra agenda social.

Sobre otros colegas activistas, preguntarnos: ¿Dónde están, cuáles son sus condiciones, cómo ayudarles, cuáles son nuestros recursos, y estos, cuánto pueden durar? Preocuparnos por las condiciones de salud de nuestros colaboradores y su familia: niños, ancianos y discapacitados ¿Cuán distantes vivimos unos de otros? ¿Por cuáles razones nos moveríamos ahora, sin transporte público? ¿Somos capaces de cuidarnos entre nosotros mismos? ¿Quiénes son los más frágiles, temerarios o descuidados que debemos proteger? ¿Cómo nos comunicamos, qué tipo de mensajes y acciones priorizamos? ¿Cuales iniciativas de autocuidado diseñamos ante la pandemia? Ignorar estas preguntas es un modo de abandonar nuestros sueños y a nuestra gente.

Hoy es clave saber adónde pertenecemos y con quien podemos contar. Las organizaciones antirracistas surgen de una urgencia, crecen en la insurgencia y reivindican necesidades legítimas. Su cohesión nace del ejercicio colectivo, de propuestas transformadoras que se prueban en el camino, de prácticas exitosas o sonados fracasos, y del respeto común entre compañeros de viaje. No somos, ni pensamos como institución caritativa, empresa o partido político, sino desde un potencial justiciero que nos junta y empina sin cuotas obligatorias de fe, moneda o consigna. Sin idealizar nuestro itinerario y asumiendo la necesaria autocrítica, este activismo genera reflexiones profundas y produce un conocimiento que luego compartimos y convertimos en acciones puntuales. Nuestra libre pertenencia es orgánica en la medida que movemos un ideal emancipatorio, desde la historia de opresión común que, una vez reconocida, decidimos deconstruir juntos. Así convertimos experiencia e historias de vida en herramientas de trabajo, superación y sanación, para alcanzar una condición humana consciente y digna, gestionada por nosotros mismos.

La gestión más urgente del activismo hoy es la equidad en todas sus emergencias posibles, ante la creciente desigualdad social. Ya sabemos por qué el “Quédate en tu casa” no sirve a tanta gente impactada, otra vez, en su difícil cotidianidad y vemos cómo pierden paciencia, modales y esperanzas en la cola para comprar alimentos. Ese proceso de devaluación es anterior a la pandemia y la trascenderá, si perdemos la perspectiva crítica y ponemos nuestra misión en cuarentena. El mejor activismo nace en el diálogo cotidiano y responsable con la gente de a pie y enseña que no se deben aplazar las necesidades ni se puede bajar la guardia nunca, ni siquiera ante la pandemia. Y que las formas de lucha cambian según el contexto, pero no desaparecen porque las opresiones funcionan en permanente lógica de reproducción y no se detienen. Los sexistas, neo-racistas, elitistas, censores, depredadores y otros discriminadores son peores que los virus, mutan y reciclan viejas tácticas. Urge replantear la batalla, unir fuerzas, crear espacios, alianzas y estrategias sin perder el horizonte; sin parar nuestras luchas. No vamos a parar. Mañana será tarde.

Roberto Zurbano Torres, el Primero de mayo y 2020, en Cayo Hueso, Centro Habana, Cuba

Cuba: el racismo que no se quiere ver

Por Alina Herrera

Hace poco leí sobre el Programa Nacional contra el racismo y la discriminación racial en Cuba, enfocado en admitir el racismo cultural, dado por vestigios, prejuicios y “raíces psicológicas” de las y los cubanos (cuestión tremendamente importante de reconocer y en la que trabajar, y que al fin llega a nuestras pantallas y diarios), pero con un discurso triunfalista acerca de la eliminación del racismo estructural. Aplaudo grandemente que el programa trabaje sobre el racismo cultural, como le llamaron, pero me queda la amarga insatisfacción de que no hayan taladrado más profundo en el problema racial crítico y autocrítico (como voceros de lo institucional) que al día de hoy vive la isla.

Hace poco también vi un video de dos niños, en algún barrio de La Habana, desafiándose entre ellos para ver si el más pequeño en estatura tenía la valentía de “pinchar” al otro (no se ve con claridad si era un punzón, una cuchilla, un trozo de vidrio). Se me estrujaba el alma mientras leía sus caras, sus gestos, la postura de sus cuerpos, la inocencia rota. Fue una especie de deja vu. Ya los había visto, en las caras y en los miedos de otros niños, hace años, cuando trabajaba en escuelas de conducta y en hogares de niñes sin amparo filial.

Sin embargo, no he dicho algo relevante: los niños del video que me trajeron a colación tantas memorias tristes, son negros, marginados, quizás también con seguimiento de las mal llamadas escuelas de conducta. Y aquellos niños de mis memorias, con los cuales viví varios episodios similares y peores, también eran, con marcada asimetría, mayoritariamente negros.

Atendí por años dos escuelas de conducta y dos hogares de niñes sin amparo. De las escuelas, una era de grado 1, quiere decir que eran menores de hasta 7 u 8 años de edad, que habían sido extraídos del sistema regular de enseñanza, más que por el comportamiento “problemático”, por “retraso” en el aprendizaje (oficialmente denominadas escuelas especiales de retraso mental); la otra era de grado 2, con régimen de internado, su matrícula la componían menores desde los 7 a los 12 años que presentaran “conductas disociales o manifestaciones antisociales que no lleguen a constituir índices significativos de desviación y peligrosidad social, o que incurren en hechos antisociales que no muestren gran peligrosidad social en la conducta, tales como determinados daños intencionales o por imprudencia, algunas apropiaciones de objetos, maltratos de obras o lesiones que no tengan mayor entidad y escándalo público”[1], y este actuar debía manifestarse en las tres áreas sociales de un menor: la escuela, la zona de residencia y el hogar. En ambas instituciones la mayor parte de la matrícula era negra.

La primera vez que fui a la escuela de grado 2, mientras la directora me mostraba las instalaciones, al llegar al comedor, me recibió un cubazo de agua sucia. Esa fue la bienvenida, una empapada de los desperdicios de la escuela. El día que fui por última vez, uno de los niños pequeños estaba ingresado en un hospital con peligro para la vida, debido a un altercado anterior donde él salió “triunfante”, y no se lo perdonaron ni los grandes, ni los padres de los grandes, quienes dieron dinero para aleccionar al victorioso con una venganza final. Esa fue mi despedida, dejar en peor estatus legal y humano a “mis” niños. Y así, era la dinámica de la escuela.

Visité sus casas, conocí a sus familias, vi los barrios, las condiciones, la negritud de la pobreza de La Habana. Pero ninguna historia se cuenta por sí sola, tiene siglos de racismo, explotación y discriminación que la condicionan. Cierta vez que le conté algunas anécdotas a una amiga, e hice hincapié en la racialización de los niños, me preguntó asombrada que si entonces lxs negrxs eran ciertamente más violentos, más predispuestos a delinquir.

Desde los privilegios y los prejuicios que nos estereotipan pocas veces se entiende el racismo. La respuesta absoluta a mi amiga es NO. Sucede que en Cuba también persiste el racismo estructural, entendido como la naturalización y la normalización de prácticas sociales e institucionales que contribuyen a la consolidación de estereotipos raciales en detrimento de la dignidad de un grupo social dado por su raza, en este caso, de las personas negras. El comportamiento discriminatorio por motivo de la raza en las instituciones del estado tiene lugar a partir de un racismo también estructural y social de quienes elaboran y aplican las leyes, las políticas públicas, por quienes velan por su cumplimiento, o simplemente por quienes niegan la ocurrencia de ese racismo estructural y por lo tanto omiten la articulación de políticas públicas que lo contrarresten. Y este racismo estructural se consolida mediante un largo proceso acumulativo de estas prácticas racistas, de estas nociones racistas, terminando por afectar a un grupo social en favor de otro de manera naturalizada. El segregacionismo racial podrá estar prohibido legalmente, pero en la práxis jurídica e institucional son las personas negras las relegadas, las segregacionadas hacia las postrimerías de la ley y la sociedad, eso es racismo estructural.

Y así como lo pensó mi amiga, lo puede pensar ese sector privilegiado creador de las fuentes de derecho en Cuba.

La revolución no ha podido equidistar los puntos de partida que históricamente han sido asimétricos. La mayoría de las personas negras se quedaron instaladas en sus lugares de origen, reproduciendo las mismas dinámicas donde resultan siendo los marginados, los desechados, los nadie. Los menores llegan a las escuelas de conducta después de ser evaluados por el Centro de Diagnóstico y Orientación (que no siempre funcionaba de manera tan multidisciplinaria ni objetiva) en las tres áreas que mencioné: escuela, barrio y casa. Las personas negras, en desventajas históricas, tenían las de perder. Las personas blancas o blanqueadas, tenían el beneficio de la duda, la segunda oportunidad, porque en alguna de las tres variables saltaba un privilegio.

De los dos hogares, uno era para menores desde cero años de vida hasta los 5, totalmente mixto, en todo, sexo/género, edades, causas de desamparo. Pero el otro hogar era muy particular, abrigaba a menores que tenían a sus padres y madres presas, fundamentalmente por atentar contra la vida y la integridad de ellos mismos. También su aprendizaje era diferente, sus vidas enteras eran diferentes. Solo vivían 8 niños allí, todos varones, todos negros, uno con la identidad oculta.

Es totalmente cierto que a partir de 1959 la derogación legal del segregacionismo fue un duro golpe al racismo estructural, pero no fue suficiente. Faltaron políticas públicas que contundentemente nos acercaran las oportunidades a todes convirtiéndolas en realidades nuevas e imperecederas. No tuvimos una constancia en la elaboración de políticas públicas de vivienda, de empleo, de cuotas (no solo para la dirección política y administrativa del país), de cuidados, de salubridad, de tierra, entre tantas otras. La materialización de leyes que favorezcan políticas antirracistas hará que las escuelas de conducta, las prisiones, los hogares para niños sin amparo filial pero de condiciones especiales, los barrios marginados, insalubres, no tengan un color predominante, el color negro de nuestras pieles.

La participación de las personas negras en la toma de decisiones sobre estos temas, los debates raciales en las comunidades, el acercamiento de las autoridades a los barrios pobres de Cuba y el diálogo con las organizaciones y activistas antirracistas para la elaboración de esas futuras normativas y regulaciones, como una Ley contra la Discriminación, que puedan contribuir a la erradicación del racismo estructural al menos, es imprescindible.


 

[1] http://files.sld.cu/prevemi/files/2013/03/atencion_menores_trastornos_conducta.pdf

 

Tomado Lo personal es político.

Poema de Georgina Herrera a Tato Quiñones

TATO
Autora: Georgina Herrera

(Tantas cosas hicimos
hablamos y pensamos).

Hasta La Ceiba
(tuya y de nadie más ya para siempre)
te va a llegar,
con rabia y desconsuelo
el llanto que no oculto,
mientras, quiero saber:
¿Qué rumbo tomará lo que pensamos?
Hasta ahora, damos
bandazos y nos dan planazos.
Así es la guerra.
Tal vez, de ti dependa, desde ahora
que se inviertan los hechos.
Tú puedes.
Desde tu Ceiba, sopla
como un viento mayor.
Ven desde el mar,
revuelto, azul como sus aguas.
Ven
como un viento astuto y sopla
por donde no te esperan.
Tú sabes. Desconfía,
hazt el ausente,
no te dejes morir.
Por otro asunto me dijiste un día:
“Con nosotros”.
Por este, el de tu ida, regresando
quién sabe de qué modo y preguntando:
“¿Hacia dónde, con quién?”
Te respondiera:
“¡Con nosotros!”

Enero 13/20

El libro “Negra cubana tenía que ser” se presentará en San Jordi 2020

El libro Negra cubana tenía que ser, de Ediciones Wanafrica, saldrá a la luz el 21 de abril de 2020 en Barcelona, España, en el marco de la Fiesta de San Jordi.

El volumen es una selección de artículos publicados en esta bitácora y en varios medios de prensa. Además el libro incluye textos inéditos.

Ediciones Wanafrica es una editorial especializada en literatura africana y sobre África, incluyendo su diáspora, en castellano y catalán y es tanto un proyecto cultural como una reivindicación social y política.

Para la presentación de Negra cubana tenía que ser  estaré participando de las diferentes actividades, firmando ejemplares y compartiendo con gente interesada en activismo feminista cubano, antirracismo, derechos de las personas LGTBIQ+, del 20 al 26 de abril del 2020.

¡Apunta la fecha y pasa la voz!