Las cubanas somos herederas de siglos de lucha feminista

La presente entrevista fue ofrecida a la corresponsalía en La Habana de la agencia IPS. Aquí se incluyen las respuestas originales a las preguntas.

¿Se puede hablar de la existencia de un feminismo en Cuba? ¿Cuáles han sido algunos de sus principales hitos y tropiezos? 

En mi opinión, se puede hablar de muchos feminismos en Cuba, desde los más radicales hasta los más light; desde los más inclusivos hasta los hegemónicos; desde los más naifs hasta los más estudiados. Hay de todo, gracias al Universo. Yo estoy construyendo en estos momentos una especie de sistematización o hitos del feminismo y de la lucha de las mujeres por sus derechos en Cuba. 

Las cubanas somos herederas de siglos de lucha feminista y, si bien el feminismo como corriente de pensamiento fue vilipendiado en algún momento posterior a 1959, pues se le identificaba con corrientes burguesas, lo cierto es que cada vez hay más personas interesadas por el mismo, especialmente gente muy joven, no conforme con el mundo que hemos construído para elles. Al mismo tiempo, es probable que desde fuera de Cuba se note que en el archipiélago prevalecen algunos acercamientos al feminismo que siguen disponiendo de las mujeres para lo que el patriarcado decida ​—​recordaremos que hasta hace relativamente poco el logotipo de la Federación de Mujeres Cubanas contenía un bebé en brazos de una mujer sin rostro que en el hombro llevaba (y aún porta) un fusil​—, guardándolas para algunos espacios de “empoderamiento” pero no para todos, manteniéndolas además en relaciones amorosas monogámicas, tóxicas, pensándolas heterosexuales, prescribiéndoles la maternidad. 

Tomado de Granma

En otras palabras, noto muy pocos debates acerca de temas que hoy constituyen prioridades en las agendas de cualquier tendencia feminista, como son la interseccionalidad, la decolonialidad, el antirracismo, el capacitismo, el antiespecismo, el cambio climático, la economía solidaria, el veganismo, etc. Es como que en el archipiélago andamos aún, como para otros tantos temas, treinta años atrás. Un ejemplo sencillo: ya muy poca gente se cuestiona la radicalidad del feminismo, dado que ciertamente querer subvertir las relaciones entre los géneros, entre niñes y adultes, entre las identidades raciales, entre las especies animales, etc, es algo que solo haciéndose de raíz es que podría lograrse. En Cuba, ahora, “feminista radical” ha pasado a ser insulto, cuando hace ya muchos años que las propias activistas de otros países han revindicado el término. 

Otro ejemplo: el ciberfeminismo existe desde finales del siglo pasado. La publicación de Cyborg Manifesto (1985), de la docente universitaria Donna Haraway (Denver, Colorado, 1944), ha sido considerada trascendental en su origen. Personalmente me reconocí ciberfeminista desde el primer día de salida de mi blog ​Negra cubana tenía que ser, en el ya lejano junio de 2006. En ese entonces, ya participaba en colectivos ciberfeministas internacionales, fundamentalmente europeos. En las redes sociales cubanas se ha intentado criminalizar esta vertiente del feminismo, lo cual evidencia el desconocimiento de los movimientos de mujeres/feministas y los usos que ellas han hecho de las tecnologías, que ya dejaron de ser nuevas, para la consecución de su derechos, para su bienestar, para su desarrollo profesional, etc. 

Existe un viejo debate sobre la presencia en Cuba de un movimiento feminista, ¿cuál es su criterio? 

No estoy muy clara acerca de lo que se necesita para que una tendencia, preocupación o modo de sentipensar y actuar se convierta en un movimiento. Claro que se precisa de un grupo de personas más o menos numeroso. Sin embargo, quizás lo trascendental no está en el número sino en los intereses, metas, propósitos comunes, los vasos comunicantes entre unas y otras tendencias o ramas que permiten trabajar con una misma finalidad o al menos establecer puntos de encuentro y trabajo. A partir de ahí, no creo que en Cuba exista, en la actualidad, un movimiento feminista pues, entre otras cuestiones, el activismo, tal cual se le conoce en el siglo XXI, es relativamente nuevo en el país. Razones para ello son, por solo citar algunas: cómo se organiza nuestra sociedad y la centralidad del poder en ella, la estructura vertical que prevalece, una frágil sociedad civil, así como el paternalismo con el que somos vistas las mujeres y el rol salvador que aún se le adjudica a los hombres. Por demás, un “movimiento” no es ni un grupo, ni varios proyectos, ni una comunidad, sino que constituye un “algo” mucho más no solo términos cuantitativos, sino sobre todo en los contenidos, las estructuras, las sinergias entre sus diferentes componentes, las alianzas, las metas, etc. Personalmente, lo que noto, luego de tantos años de activismo y ejercicio intelectual son feministas (no todas son activistas) que trabajan de manera individual, que eventualmente se reúnen para llevar a cabo una iniciativa, un proyecto, un “algo” y entrecomillo porque no se pueden fundar organizaciones de ningún tipo en el país; eso ya lo sabemos. 

Otro asunto es que parte de las inquietudes feministas en Cuba han sido “implantadas” por la cooperación internacional y ya sabemos que donde llega la cooperación llegan las agendas que se entrometen en procesos que deberían ser espontáneos y deciden a cuál de ellos apoyar, qué duración han de tener, etc. Como también conocemos que los circuitos en los que se mueven la información y los recursos económicos constituyen también círculos de poder. Me pregunto entonces: ¿de qué movimiento podríamos hablar en un país donde les activistas no pueden crear asociaciones, tener personalidad jurídica, autogestionarse, unirse a redes internacionales, realizar demostraciones, etc., sin ser vistas como contrarias a lo que el gobierno hace o prefiere? Es un contexto muy complejo donde no se propicia el debate, la argumentación y mucho menos el establecimiento de alianzas. El descrédito y la sospecha imperan. Lamentablemente, en Cuba unas feministas legitiman el patriarcado, como en todos los países, y otras lo quieren deconstruir, derribar. Las primeras son llamadas “revolucionarias”, “verde olivo”, las otras son vendepatrias, mercenarias, radicales, etc. Al final, el debate entre nosotras no tiene lugar porque el patriarcado (que aquí estaría representado por el gobierno) determina cuál feminismo le sirve y cuál no. Es más, se atreve a decir qué es feminismo y qué no lo es, dado que las mujeres en Cuba le servimos, en primer lugar, a la Revolución, no a nosotras mismas ni a nuestra especie, sino a un proyecto masculino y hegemónico. 

Si me permitieran construir una pequeña (reduccionista) clasificación del feminismo cubano, esta sería: “feministas verde olivo” (las que hablan de Fidel como el fundador del feminismo cubano y a Vilma como su seguidora); “feministas de a pulmón” (las negras, las trans, las pobres, las artivistas, que están en los barrios haciendo lo que se puede, sobreviviendo a todo tipo de problemática); “feministas onegistas y académicas” (cuyos proyectos existen porque existen oenegés, las universidades y los fondos de la cooperación), “feministas garrapatillas” (las que se sitúan desde la oposición frontal al gobierno) y las “jíbaras o cimarronas” (quienes trabajan de manera independiente, crean, gestionan sus propios emprendimientos, etc). 

Otra cuestión es que no todo el feminismo cubano se hace en el archipiélago. Por razones harto conocidas, la migración ha supuesto también la residencia fuera del país de activistas, pensadoras y artivistas feministas, lo cual no es una novedad; por ejemplo, Inocencia Valdés, líder de las despalilladoras y quien participara en el Segundo Congreso de Mujeres (La Habana, 1929), realizó una buena parte de su activismo desde Cayo Hueso, Florida, Estados Unidos, en el marco de los clubs de mujeres que se fundaron en el exilio. La artista de la plástica Ana Mendietta (​La Habana​, ​18 de noviembre de ​1948 – ​Nueva York​, ​8 de septiembre de ​1985​), una de las voces más irreverentes de las artes cubano-estadounidenses, vivió la mayor parte de su corta vida en Estados Unidos. Por otra parte, Cuba también se ha enriquecido con mujeres extranjeras, como la dominicana Camila Henriquez Ureña (Santo Domingo, 9 de abril de 1894-La Habana, 12 de septiembre de 1973). 

Cuba vive momentos de cambios económicos y sociales que repercuten de diversas formas sobre la ciudadanía, ¿cuáles serían los impactos que el contexto actual dejaría para el feminismo? 

Ya no estamos en la Cuba (casi) uniforme de los 70 y 80. Ahora existe un país más segmentado que enfrenta problemáticas como la gentrificación, la extrema pobreza, la violencia machista, las clases sociales, la feminización del empleo precario, el establecimiento de una élite del emprendimiento y el negocio privado. En ese contexto, a los feminismos les toca ajustarse a lo que se vive, al menos a aquel que se hace en los barrios o con su gente, y también para quienes toman decisiones. 

El feminismo es una filosofía que reivindica los derechos de las mujeres para insertarse y participar en la vida política, social, económica y laboral. En el caso cubano, ¿considera que esos derechos ya obtenidos se han visto lesionados en los últimos años? ¿Por qué? 

Para mí el feminismo no es una filosofía aunque sí existe filosofía feminista. El feminismo en el cual milito no quiere más derechos: quieren que no nos maten, porque aún teniendo derechos nos matan, y quiere que el patriarcado racista binario misógino capacitista y homotransfóbico no exista. O más bien, quiere el derecho a una vida digna, a la educación, al bienestar. Efectivamente, en el feminismo la reivindicación de los derechos de las mujeres constituyó la principal de las preocupaciones. Con los años se ha complicado, de manera que ya hay muchas otras problemáticas en dependencia del lugar donde se viva, en algunos sitios todavía se pelea el derecho a recibir instrucción, en otros por abortar y en algunos por un parto humanizado. Es conocido que la crisis económica de los 90 hizo retornar a muchas cubanas al hogar, mujeres que luego se reincorporaron o que jamás volvieron al trabajo remunerado. A mí me preocupa el tema del acceso al aborto, porque he sabido de primera mano casos de pacientes a las cuales se les ha intentado convencer de no abortar. Eso es muy peligroso en un país donde no existe una norma jurídica que legalice el aborto, sino que solo describe cómo es que tiene que acontecer. 

Tanto para mujeres como para hombres y personas con otras identidades, declararse feminista ha sido un conflicto. ¿A su juicio, cuáles siguen siendo los estigmas que sufren esas personas y cómo podrían ser cambiados? 

El “objeto de estudio” de los feminismos son las relaciones que establecemos entre nosotres los seres humanos, sin distinción de ningún tipo y también con los otros seres, la naturaleza, las cosas, etc. Si partimos de que declararse vegana o antiespecista también es un conflicto, podremos entender por qué asumir el feminismo como posición política y actitud ante la vida despierta por lo general suspicacias y críticas. Además, el feminismo es tan variado, tan diverso que en muchas ocasiones en su interior se generan contradicciones. Tanto las abolicionistas como las reformistas, como quienes creen que los hombres pueden ser feministas, como quienes creen que pueden ser profeministas, incluso quienes consideran que ellos deben renunciar primero a ser hombres para poder, como quienes creen en la igualdad y quienes no. Todes encuentran su espacio en el feminismo. Poner el “feministómetro”, algo que todes hemos hecho alguna vez, no sirve para nada. No existe una manera de ser feminista. Esa es una realidad. 

Ser feminista en mi opinión es estar en contra de la opresión de todos los seres que han estado subordinados al homo sapiens (fijate que ya homo es masculino), por eso ser feminista también incluye no participar en circuitos de opresión de los animales, por ejemplo, o de les niñes. Rechazar el capacitismo también podría ser un ejemplo de lo anterior. 

Sobre los estigmas, las mujeres feministas son “frígidas”, “están mal folladas”, no han encontrado un tipo que le “dé bien”, son lesbianas. Si un hombre se declara “feminista” es cool, ​progresista, buena gente, en fin, un amor. O sea, hasta en eso las mujeres llevamos las de perder. Por otra parte, los hombres que he conocido en mi vida cerca del activismo, que ya están comprometidos con el feminismo hasta la médula, quienes no luchan al lado de las mujeres, sino detrás, a veces desde el anonimato, ninguno ha declarado ser “feminista”. Precisamente de ellos aprendí aquello de ser “profeminista”, en absoluto respeto con lo que las mujeres hacen cada día, especialmente cómo son tratadas por ello y también porque saben que su rol en la lucha por los derechos y el bienestar de las mujeres no puede ser el tradicional. Una manera fácil de entenderlo es considerarse “pronaturaleza” (como es mi caso) sin ser ecologista. 

Foto: Kristen Reynolds

Artículo tomado de afrocubanas.com

Amor en los tiempos de Coronavirus: Mi 2020 resumido en diez puntos

Desde que en el 2013 me instalé a vivir en una ciudad del norte alemán, jamás había tenido la rotunda sensación de mi aterrizaje en esta tierra. Pues sí aquí decidí vivir hace aproximadamente 3 años y en este 2020 logré sentir en esa decisión.

También para mí este año ha sido singularrrrr (así con varias erres); y eso lo distingue entre los últimos siete de mi vida. En el presente texto les voy a enumerar diez hechos, reflexiones y sentipensares de mi vida que decididamente han convertido el año más importante de los vividos en Alemania:

  1. Me fui a vivir con mi mejor amiga, Mimi. Ella es una joven colombiana muy talentosa con dos carreras: abogada y criminalista, y como mucha gente “recién llegada” Mimi se encuentra en esa fase de aplatanarse a una cultura bien diferente a la nuestra. Cuando hablo de cultura incluyo mentalidad, reglas, sistema de salud, educación, trabajo, etc. El choque puede ser relativamente violento si no tienes una red de apoyo que te sostenga. Nosotras hemos podido construir una convivencia simpática, amorosa y leal. Mimi me tiene y yo la tengo a ella. ¡Qué privilegio!
  2. Cuando ya pensaba que las relaciones amorosas no eran para mí, conocí a mi actual pareja, y aunque los memes dicen que tener mariposas en el estómago es hambre y no amor, llevo ya 9 meses de una relación, en todos los sentidos, de crecimiento. “Amor en tiempos de Coronavirus” le he llamado porque no nos hemos detenido a pesar de la pandemia. Nos conocimos cuando esta comenzaba y hemos estado dos veces en el extranjero (Polonia y Dinamarca) y visitado 14 ciudades, de ellas 12 de la antigua República Democrática Alemana. El viaje fue el regalo de cumple que me dio mi pareja. Rotundamente hermoso.
  3. Me he convertido en una viajera habitual: entre la gran urbe donde trabajo y el pueblito en la ladera de la montaña donde vivo con mi novia; entre los semáforos y los caminos asfaltados con vegetación a ambos lados; entre hacer una cita para visitar a una amiga o tocarle la puerta espontáneamente a la vecina. Se trata de un viaje entre dos Alemanias muy diferentes, de las cuales solo conocía una. Esta otra, más intima, flexible y natural (de Naturaleza) se me parece mucho más a lo que quiero en mi vida.
  4. Aprender a vivir lejos de las redes sociales es lo que ha quedado de episodios donde haters han sido los protagonistas. Claro que una puede despertar y que la primera acción de la mañana sea meditar o tomar una taza de café y no necesariamente revisar las redes. Me he dado el gusto de escoger mis interacciones y otorgarles diferentes niveles de prioridad. Además me he dado placer de bloquear… ¡y el gustico que da!
  5. Me autocuido como me merezco. No me interesa batear todas las bolas. Tampoco quiero estar al tanto de todo, mucho menos si son noticias negativas. Vivo en mi preciosa y preciada burbuja. Mis recursos físicos, espirituales, emocionales son finitos y escojo cuando ponerlos encima de la mesa. Cuando no, paso. A otra cosa, mariposa.
  6. Decidí aprender a conducir lo cual significa independencia y mayor movilidad. Ya voy por la novena clase y según me dicen no lo hago para nada mal. La meta es obtener la licencia en noviembre de 2021.
  7. Escribir, escribir, escribir, no solo porque es terapéutico sino porque en los últimos tres años me había concentrado más en estudiar, crear proyectos, militar, etc. Mi libro todavía está pendiente aunque cada vez está más próxima su salida. Les adelanto que es un libro visualmente insuperable.
  8. Retome la realización de presentaciones en universidades, lo cual ha sido una de las mejores decisiones. Me gustan los debates que tienen lugar en el ámbito académico, especialmente con les estudiantes. Ahora, corona mediante, ni siquiera hay que moverse de la casa sino que se realizan en cualquiera de las plataformas en línea. Ya tengo algunas intervenciones planificadas para el 2021. Les iré contando.
  9. Finalmente salió Afrocubanas, la revista que llevé soñando por varios años. Mis amigas y yo nos estamos divirtiendo haciéndola, al tiempo que aprendemos también muchísimo.
  10. Los valores de azúcar en mi sangre se mantienen en niveles ideales para quien vive con diabetes. Estoy contenta por ello, pues continuo sin tomar medicamento alguno a pesar de que ya no voy al gimnasio como antes, por lo cual he aumentado unas libras (quedará para el año próximo retornar a mi peso).

Como han visto, los acontecimientos más importantes de mi 2020 han tenido como protagonista fundamental al AMOR, en alguna de sus más tradicionales variantes y también en relación con el crecimiento personal, la dependencia, la autonomía, etc.

¿Y a ti cómo te ha ido el 2020?

De cualquier manera, te deseo lo mejor que el Universo pueda tener reservado para ti. Cuídate mucho y nos vemos en el 2021.

Ni frustada ni extremista. !Feminista y bien!

Por: Claudia Lazcano

En los últimos días, algunos hechos de los que he sido partícipe, relativos a la denuncia de las formas en que opera la cultura patriarcal, me han convocado a reflexionar sobre varios puntos que expongo a continuación:

1. Algunos de los mecanismos a través de los que opera, en la práctica cotidiana, la violencia machista y la misoginia. Creo que llamarlos por su nombre, listarlos y explicarlos, podría ser didáctico en aras de su comprensión, para el autoanálisis y su no reproducción. Gustaría que se leyera en este intento un recurso más para su eliminación.

2. La relevancia del debate, en Cuba, sobre la creación de un marco legal y no solo moral, que ampare la denuncia de actos de este tipo y los sancione, de modo que quien los denuncie no acabe envueltx en un círculo vicioso y siendo revictimizadx por el patriarcado y la negligencia estructural a que él conduce; para que las personas que tienen el valor de la denuncia, no acaben a merced de los “oídos género sensibles”, “las buenas intenciones” y el “favor” de las personas/instancias a las que es posible y necesario acudir.

3. Sobre la inminente necesidad de incluir en la formación de pre y post grado de nuestros profesionales, el debate de género y feminismos, con una mirada interseccional, donde lecturas de género, raza, clase, orientación sexual y muchos otros organizadores sociales sean posibles, creando así condiciones para un ejercicio profesional comprometido, sensible y respetuoso del ser humano, que les habilite para el reconocimiento y la lucha contra la discriminación en cualquiera de sus formas.

Imagen misógina y sexista que fue publicada por el periodista santiaguino Cuscó Tarradell en su perfil de FB. La misma suscitó un interesante debate en las redes sociales, más allá de su propio perfil, ya que este bloqueó y borró aquellos comentaristas y comentarios que criticaron la imagen.

Declaradas estas intenciones y porque “la que calla otorga”… vamos allá…

¿Ya intentó usted alguna vez mostrarle a alguna persona que algo que decía o hacía era misógino/racista/homotransfóbico y/o muchos otros etcéteras? ¿Ya intentó usted alguna vez debatir sobre género y feminismos con alguien con poca o ninguna incursión en el tema? (ojo, que no veo en ese desconocimiento algo malo o un problema, y sí en algunas de las formas de respuesta adoptadas a partir de ese desconocimiento).

Pues bien, yo, ya lo hice, muuuuuchas veces. Al estar ya hace algunos años vinculada a esta área de estudios y prácticas, he acabado por participar, directa o indirectamente de situaciones de este tipo… ¿y saben qué?, que asisto a la repetición increíble e incluso literal, de argumentos, modos de acción y reacción, los que he decidido leer como estrategias o mecanismos del patriarcado, los que son reproducidos consciente e inconscientemente y dan un portazo en la cara al debate, al aprendizaje género-sensible y a la legitimidad del feminismo, obstaculizando la apertura e incorporación del tema a los más disímiles espacios y dificultando su remoción del lugar de tema-problema.

Insisto, recurrir a uno de estos mecanismos/estrategias ante un debate de género y feminista, es reproducir el machismo, la misoginia, el racismo, incluso el poder colonial y hacerle el juego, queriéndolo o no, consciente o inconscientemente, a la violencia y la discriminación. El orden de aparición puede variar, algunas etapas saltarse, pero el producto continúa siendo el mismo.

  • Tomar la crítica hecha a lo que sería un acto de reproducción del machismo/misoginia (bien pudiera ser racismo o cualquier otra forma de discriminación), como algo personal, aparecen los pensamientos del tipo: “esto es contra mí… un ataque a mi persona… están intentando desacreditarme”.

  • Ofender. Lo que implica responder con ataques personales a quien colocó la lectura de género en el debate. Obviamente al entender y ubicar las críticas en la dimensión íntimo personal y asumirlas como un “ataque”, las respuestas son localizadas también en ese nivel, aquí se sobrevienen los calificativos de: “frustrada”, “extremista”, “absolutista”, “loca”, si eres negra con seguridad también va a aparecer el significante de “resentida”, “acomplejada” … y por ahí muchos más… en casos extremos de desconocimiento, pueden estas personas usar el término “feminista” como ofensa.

  • Desacreditar. Después de acusar a la persona de todo lo anterior, muchas veces se recurre a los argumentos que implican además su descrédito: “usted no tiene argumentos… no sabe de lo que habla… hay muchas cosas serias en que ocupar el tiempo como perderlo con usted, como para dejarse llevar por esto… ¿adónde quiere llegar?” claro, a partir de las fases anteriores, aquí intentan hacerte parecer una “una loca delirando” (estereotipos aparte sobre la locura, que se vienen en olas de varios metros).

  • Si a esa altura la situación se ha propagado y hay más personas participando, aparece entonces el significante del “brete”, “esto ya es brete”, y claro, hasta llega a serlo, porque como no hay un marco legal que sancione estas cuestiones, pues fácilmente cae en ese nivel… y en el del “dime que te diré”…

  • Darle una connotación macro y colocar la feminista en una posición ideológicamente cuestionable. Muchas veces es un recurso para la búsqueda de alianzas y porque los intentos anteriores han sido fallidos. En este punto pueden acusarte de asumir una postura que “no es de revolucionarixs…”, otrxs dirán “esto es un ataque al periodismo cubano” (bien pudiera ser a cualquier otra profesión, dependiendo del caso) o a la institución/organización/sector a la cual pertenece la persona a la que se le ha “cuestionado”.

  • El silenciamiento y el autoritarismo. Esta es la fase en que te mandan a callar y te dicen lo que tienes que hacer: “vete a tu muro/espacio a debatir… acabé con usted… yo sí trabajo, no tengo tiempo para esto…” (“esto” es usted y el feminismo).

Obviamente, reconozco la legitimidad que cada persona tiene de creer en lo que le parezca, de publicar en su muro lo que considere y de bloquear a quien le moleste, lo que sí cuestiono es la incapacidad, vía estos mecanismos, de incorporar nuevos saberes, de violentar, de ridiculizar/deslegitimar personas y saberes.

Ninguna ciencia, mucho menos las sociales y humanas, podría llamárseles neutrales. Todas son instrumentos al servicio de las ideologías, lo que creo que nos coloca ante una responsabilidad de dimensiones incalculables. La omisión o trivialización de un debate sobre bases científicas feministas, es un acto de violencia epistémica, no hay que olvidar que la racionalidad científica “moderna y occidental” promueve la omisión y deslegitimación del conocimiento científico como un saber producido por mujeres, como también las ha sustraído como objeto de la reflexión sobre bases científicas. Estos argumentos me impiden mostrarme “ingenua” ante el poder de un “chiste” en manos de un profesional de las Ciencias Sociales y Humanas.

Para quienes se interesen en el tema, no creo que estaría de más volver también a las reflexiones sobre “el chiste y su relación con el inconsciente” que ya mostrara Freud hace mucho.

Y bueno, en medio de todo este debate, llegas al punto de reconocer que infelizmente no existe un marco legal que ampare tu demanda, tu denuncia, en el mejor de los casos, sólo oídos receptivos, género-sensibles, que casi “de favor” hacen algo. En fin, que la negligencia estructural te ata de pies y manos.

Es por eso que coloco en este punto una alarma, ojalá este escrito, casi una catarsis, encuentre el camino del debate y la acción desde la teoría de género y feminista, penetrando la sociedad cubana en general y nuestras universidades vía curricular.

Finalmente, y aunque parezca obvio, me tomo la licencia de agregar algo más: no se es feminista porque se gusta de las mujeres, porque se les regala flores, se les hace un homenaje el 8 de marzo, se les habla con cariño, se cree que hay que “protegerlas”, o se escribe “con lenguaje no sexista” sobre “yeguas y caballos”.

En fin… ahí vamos…

Foto de portada: gaelx

PorSi: El Porno que le hace frente a estereotipos

El Porno, como el producto cultural, no deja de proponer ciertos valores. Y alguien se preguntará: ¿qué valores puede tener tener un producto como el porno?

Parto de que el Porno, legitimado por la industria del entretenimiento, es misógino y sexista y tiene como destino final, solo y exclusivamente, la mirada masculina. Ahí están los valores que él propone: una mujer sumisa, que queda relegada a la satisfacción del hombre y que para colmo está inoportunamente vestida. Es aburrido, ficticio, falso…en mi opinión.

Sin embargo, mucha gente lo consume —hay cientos de estudios que revelan la popularidad de los sitios web pornos—, muy a pesar de que nuestras sociedades están matizadas con valores cristianos, donde porno es por definición condenable. Doble moral, digo.

Pulula entonces esta variante: una película de ficción muy alejada de lo que realmente sucede en un encuentro erótico. Y es de esperar que responda únicamente a las fantasías masculinas.

Por otro lado, en muchas ocasiones todo lo que tenga como calificativo la palabra feminista es entendido como algo soso, sin sustancia y lejos del disfrute. Es por ello que la respuesta a la pregunta que encabeza este texto puede ser contundentemente un NO. En realidad nada más alejado de la verdad. Voy por partes.

No se trata del llamado Porna, que tiene como grupo meta a las mujeres; sino de una otra variante dirigida tanto a los hombres como a las mujeres y donde las relaciones sexuales son muchos más naturales.

Del mismo modo, el carácter de objeto frecuentemente destinado a la mujer es sustituido por un rol bien activo en la búsqueda del placer. De manera similar no hay poses tan incómodas que una se cuestiona la veracidad de lo que se está viendo.

Y ES QUE EL SEXO ES PARA DISFRUTARLO, CREO YO, SIN LA INCOMODIDAD DE UNOS TACONES Y UNOS LIGUEROS.

Lo anterior ha sido el punto de partida para que aparezcan y se consoliden otras variantes del porno, entre ellas el feminista, el que ha sido denominado también PorSi, y su origen se sitúa en los años sesenta. El mismo ha sido concebido por activistas, artistas y creadores feministas hartos de la mirada voyerista masculina, por una parte y, por otra, de los artificios que siempre están presentes en el porno tradicional, y en su lugar han propuesto a las mujeres como protagonistas de sus propios deseos.

Importante saber que Porsi o porno feminista no se concentra, como esperarían algunas personas, solo en las relaciones lésbicas —ese es otros de los prejuicios, considerar que cuando se habla de feminismo se habla necesariamente de lesbianismo—. Las peliculas Porsi incluyen toda la gama posible de erotismo y sexo.

Para culminar, quisiera decir que entre los aportes colaterales del Porsi están la deconstrucción de los cánones de belleza contemporánea, los que legitiman y estimulan prácticas como la depilación del pubis, el autoconocimiento del propio cuerpo de las mujeres, y la desarticulación del lenguaje que las ciencias, y en especial la medicina, han otorgado a los órganos que participan del placer.

Entonces: Es posible hablar de la existencia del Porno feminista, ¡por suerte!

Publicado en Hablemos de sexo y amor.

Foto de portada: Sahily Borrero

Tengo orgasmos, soy feminista y vivo happy (+ vídeo)

Clitoris
Muchas de las ideas que recorren el mundo, intentando describir qué es feminismo, están basadas en la ignorancia y el “dejarse llevar por cantos de sirenas”. Pero la ignorancia se reproduce, juega su papel al punto que convertir a las víctimas en verdugos. Sin embargo, si malo es lo anterior peor es remitirlas a la condición crónica de personas sufridas e infelices, porque eso no es cierto.

Muchas mujeres feministas, no importa cual sea la condición de su activismo, somos divinas, felices, y estamos agradecidas con esta vida que alguien nos ha dado. Pero esa felicidad molesta y duele a quienes nos conciben agrias y frustadas. Aun más, perturba que tengamos nuestras ideas, estudios, opiniones, comentarios, títulos universitarios, maestría, doctorados, etc., y que no necesitemos ni de un Dios ni un macho que nos indique qué es la espiritualidad o cómo alcanzar nuestros orgasmos, esos que solo nosotras sabemos de qué van. (Yo especialmente no soporto cuando un hombre me trata como una descerebrada, una niña, intenta hablar de experiencias privativas de quienes tenemos clítoris o me dan consejos que no les he pedido).

Yo Negracubana me reconozco una gozadora universal, divinamente acompañada en esta vida por otros seres. Mis amadxs, mis amigxs, mi hija, mi nieto, mis…, mi…, mis…..

Así que soy parte de la banda de Chimamanda Adichie.

Si pudiste llegar al final de este corto post sin decir “pero”, entonces eres “uno de los míos” y estoy a tu disposición para acompañarte en el proceso de aprender que el feminismo es mucho más que “no necesito que me cargues la caja de cerveza que acabo de comprar (con mi plata)” . Si no, “dale pa la escuelita” y cuando hayas leído lo que yo, hablamos.

Importante recomendación, empezar por acá (tienes permiso para mirarle el culo, pero cuídate de no desconcentrarte):

 

 

 

Mujeres Negras: Dar forma a la teoría feminista

bellhook
bell hooks. Foto tomada de https://twitter.com/

Por bell hooks

En Estados Unidos, el feminismo nunca ha surgido de las mujeres que de forma más directa son víctimas de la opresión sexista; mujeres a las que se golpea a diario, mental, física y espiritualmente; mujeres sin la fuerza necesaria para cambiar sus condiciones de vida. Son una mayoría silenciosa. Una señal de su victimización es que aceptan su suerte en la vida sin cuestionarla de forma visible, sin protestar organizadamente, sin mostrar ira o rabia colectiva. La Mística de la feminidad, de Betty Friedan, que sigue siendo apreciado por haber abierto el camino al movimiento feminista contemporáneo, fue escrito como si esas mujeres no existieran. La famosa frase de Friedan, «el problema que no tiene nombre», citada a menudo para describir la condición de las mujeres en esta sociedad, se refería de hecho a la situación de un grupo selecto de mujeres blancas, casadas, de clase media o alta y con educación universitaria: amas de casa aburridas, hartas del tiempo libre, del hogar, de los hijos, del consumismo, que quieren sacarle más a la vida. Friedan concluye su primer capítulo afirmando: «No podemos seguir ignorando esa voz que, desde el interior de las mujeres, dice: “Quiero algo más que un marido, unos hijos y una casa”». A ese «más» ella lo definió como una carrera. En su libro no decía quién tendría entonces que encargarse del cuidado de los hijos y del mantenimiento del hogar si cada vez más mujeres, como ella, eran liberadas de sus trabajos domésticos y obtenían un acceso a las profesiones similar al de los varones blancos. No hablaba de las necesidades de las mujeres sin hombre, ni hijos, ni hogar. Ignoraba la existencia de mujeres que no fueran blancas, así como de las mujeres blancas pobres. No decía a sus lectoras si, para su realización, era mejor ser sirvienta, niñera, obrera, dependienta o prostituta que una ociosa ama de casa.

Hizo de su situación, y de la situación de las mujeres blancas como ella, un sinónimo de la condición de todas las mujeres estadounidenses. Al hacerlo, apartó la atención del clasismo, el racismo y el sexismo que evidenciaba su actitud hacia la mayoría de las mujeres estadounidenses. En el contexto de su libro, Friedan deja claro que las mujeres a las que consideraba víctimas del sexismo eran universitarias, mujeres blancas obligadas por condicionamientos sexistas a permanecer en casa. En su libro, argumenta:

Urge comprender cómo la misma condición de ser ama de casa puede crear en las mujeres una sensación de vacío, de no existencia, de nada. Hay aspectos de la función de ama de casa que hacen casi imposible para una mujer de inteligencia adulta mantener un sentido de la identidad humana, el núcleo firme del «yo» sin el cual un ser humano, ya sea hombre o mujer, no está verdaderamente vivo. Estoy convencida de que, hoy en día en Estados Unidos, hay algo de peligroso en el estado de ama de casa para las mujeres valiosas.

Los problemas y dilemas específicos de la clase de las ociosas amas de casa blancas eran problemas reales que merecían atención y transformación, pero no eran los problemas políticos acuciantes de una gran cantidad de mujeres. Muchas de ellas vivían preocupadas por la supervivencia económica, la discriminación racial y étnica, etcétera. Cuando Friedan escribió La Mística de la Feminidad, más de un tercio de las mujeres formaban parte de la fuerza de trabajo. Aunque muchas mujeres deseaban ser amas de casa, sólo quienes tenían tiempo libre y dinero podían formar sus identidades a partir del modelo de la mística femenina. Se trataba de mujeres a las que, en palabras de Friedan, «se les decía que dieran marcha atrás y vivieran su vida como si fueran Noras, limitadas a la casa de muñecas de los prejuicios victorianos».

Desde sus primeros escritos, queda claro que Friedan nunca se preguntó si la situación de las amas de casa blancas de formación universitaria era un punto de referencia adecuado para combatir el impacto del sexismo o de la opresión sexista en las vidas de las mujeres de la sociedad estadounidense. Tampoco se preocupó de ir más allá de su propia experiencia vital para adquirir una perspectiva ampliada acerca de las vidas de esas mujeres. No digo esto para desacreditar su obra. Sigue siendo la muestra de una discusión útil acerca del impacto de la discriminación sexista en un grupo selecto de mujeres. Desde una perspectiva distinta, puede verse también como un caso típico de narcisismo, falta de sensibilidad, sentimentalismo y auto-indulgencia que alcanza su punto máximo cuando Friedan, en un capítulo titulado «La deshumanización progresiva», hace una comparación entre los efectos psicológicos del aislamiento de las amas de casa blancas y el impacto del confinamiento en la imagen de sí de los prisioneros de los campos de concentración nazis.

Friedan fue una figura esencial en la formación del pensamiento feminista contemporáneo. De manera significativa, la perspectiva unidimensional de la realidad de las mujeres que su libro presenta se ha convertido en un hito señalado en el movimiento feminista contemporáneo. Como había hecho Friedan antes, las mujeres blancas que dominan el discurso feminista hoy en día rara vez se cuestionan si su perspectiva de la realidad de las mujeres se adecua o no a las experiencias vitales de las mujeres como colectivo. Tampoco son conscientes de hasta qué grado sus puntos de vista reflejan prejuicios de raza y de clase, aunque ha existido una mayor conciencia de estos prejuicios en los últimos años. El racismo abunda en la literatura de las feministas blancas, reforzando la supremacía blanca y negando la posibilidad de que las mujeres se vinculen políticamente atravesando las fronteras étnicas y raciales. El rechazo histórico de las feministas a prestar atención y a atacar las jerarquías raciales ha roto el vínculo entre raza y clase. Sin embargo, la estructura de clase en la sociedad estadounidense se ha formado a partir de la política racial de la supremacía blanca; sólo a través del análisis del racismo y de su función en la sociedad capitalista se puede obtener una comprensión completa de las relaciones de clase. La lucha de clases está unida de forma inseparable a la lucha para terminar con el racismo. En un intento de urgir a las mujeres para que exploraran todas las implicaciones de clase, Rita Mae Brown explicaba en «lo que faltaba», un ensayo anterior:

La clase es mucho más que la definición de Marx sobre las relaciones respecto de los medios de producción. La clase incluye tu comportamiento, tus presupuestos básicos acerca de la vida. Tu experiencia —determinada por tu clase— valida esos presupuestos, cómo te han enseñado a comportarte, qué se espera de ti y de los demás, tu concepción del futuro, cómo comprendes tus problemas y cómo los resuelves, cómo te sientes, piensas, actúas. Son estos patrones de comportamiento los que las mujeres de clase media se resisten a reconocer aunque quieran perfectamente aceptar la idea de clase en términos marxistas, un truco que les impide enfrentarse de verdad con el comportamiento de clase y cambiar en ellas mismas ese comportamiento. Son estos patrones los que deben ser reconocidos, comprendidos y cambiados.

Las mujeres blancas que dominan el discurso feminista, que en su mayoría crean y articulan la teoría feminista, muestran poca o ninguna comprensión de la supremacía blanca como política racial, del impacto psicológico de la clase y del estatus político en un estado racista, sexista y capitalista.

Es esta falta de conciencia la que, por ejemplo, lleva a Leah Fritz a escribir en Dreamers and Dealers, libro donde se discute la situación del movimiento de las mujeres en 1979:

El sufrimiento de las mujeres bajo la tiranía sexista es un vínculo común entre todas las mujeres que trasciende las particularidades que las diferentes formas de tiranía adoptan. El sufrimiento no puede ser medido ni com parado cuantitativamente. ¿Son la indolencia y la vacuidad forzada de una mujer «rica», que le llevan a la locura y/o al suicidio, mayores o menores que el sufrimiento de una mujer pobre que apenas sobrevive gracias a la asistencia pública pero que, de algún modo, mantiene su espíritu intacto? No hay manera de medir esa diferencia. Cada una de esas mujeres debería mirar a la otra sin el esquema de clases patriarcal, pueden encontrar un vínculo en el hecho de que ambas son oprimidas, de que ambas viven miserablemente.

La afirmación de Fritz es un nuevo ejemplo de brindis al sol, así como de la mistificación consciente de las divisiones sociales entre mujeres, que ha caracterizado buena parte del discurso feminista. Si bien resulta evidente que muchas mujeres sufren la tiranía sexista, hay pocos indicios de que este hecho forje <«un vínculo común entre todas las mujeres». Hay muchas pruebas que demuestran que las identidades de raza y clase crean diferencias en la calidad, en el estilo de vida y en el estatus social que están por encima de las experiencias comunes que las mujeres comparten; y se trata de diferencias que rara vez se trascienden. Deben ponerse en cuestión los motivos por los que mujeres blancas, cultas y materialmente privilegiadas, con una variedad de opciones a la hora de elegir carrera y estilo de vida, insisten en que «el sufrimiento no puede ser medido». Fritz no es, de ningún modo, la primera feminista blanca que realiza una afirmación semejante; afirmación que jamás he oído a una mujer pobre de cualquier raza. Aunque hay mucho de discutible en la crítica que Benjamin Barber realiza del movimiento feminista en Liberating Feminism, estoy de acuerdo con él en la siguiente afirmación:

El sufrimiento no es necesariamente una experiencia universal que pueda medirse con una vara común: está vinculado a las situaciones, necesidades y aspiraciones. Pero deben existir algunos parámetros históricos y políticos para el uso del término de modo que puedan establecerse prioridades políticas y distintas formas y grados de sufrimiento a los que prestar mayor atención.

Un principio central del pensamiento feminista moderno es el de que «todas las mujeres están oprimidas». Esta afirmación implica que las mujeres comparten una suerte común, que factores como los de clase, raza, religión, preferencia sexual, etc., no crean una diversidad de experiencias que determina el alcance en el que el sexismo será una fuerza opresiva en la vida de las mujeres individuales. El sexismo como sistema de dominación está institucionalizado, pero nunca ha determinado de forma absoluta el destino de todas las mujeres de esta sociedad. Estar oprimida quiere decir ausencia de elecciones. Ése es el primer punto de contacto entre el oprimido y el opresor. Muchas mujeres de esta sociedad tienen la posibilidad de elegir —por muy imperfectas que sean las elecciones—, por lo que explotación y discriminación son palabras que definen de forma más acertada la suerte de las mujeres como colectivo en Estados Unidos. Muchas mujeres no se unen a las organizaciones que luchan contra el sexismo precisamente porque el sexismo no ha significado una falta absoluta de elecciones. Pueden saber que sufren discriminación por su sexo, pero no califican su experiencia de opresión. Bajo el capitalismo, el patriarcado está estructurado de modo que el sexismo restringe el comportamiento de las mujeres en algunos campos, mientras en otras esferas se permite una liberación de estas limitaciones. La ausencia de restricciones extremas lleva a muchas mujeres a ignorar las esferas en las que son explotadas o sufren discriminación; puede incluso llevar a imaginar que las mujeres no están siendo oprimidas.

Hay mujeres oprimidas en Estados Unidos, y es justo y necesario que hablemos contra esta opresión. La feminista francesa Christine Delphy señala en su ensayo Por un feminismo materialista que la utilización del término opresión es importante porque sitúa la lucha feminista en un marco político radical:

El renacimiento del feminismo coincide con el uso del término «opresión». La ideología dominante, i. e. el sentido común, el discurso ordinario, no habla de opresión sino de «condición femenina». Pretende remitirse a una explicación naturalista; una restricción de la naturaleza, una realidad exterior fuera de nuestro alcance y no modificable mediante la acción humana. El término «opresión», por el contrario, remite a una elección, una explicación, una situación que es política. «Opresión» y «opresión social» son por lo tanto sinónimos o, mejor dicho, opresión social es una redundancia: la idea de un origen político, i. e. social, es parte integral del concepto de opresión.

De todos modos, el énfasis feminista en la «opresión común» en Estados Unidos era menos una estrategia de politización que una apropiación por parte de las mujeres conservadoras y liberales de un vocabulario político radical que enmascaraba hasta qué punto habían dado forma al movimiento de manera que se adecuara y defendiera sus intereses de clase.

Aunque el impulso hacia la unidad y la empatía que supone la noción de opresión común estaba dirigido a la construcción de la solidaridad, consignas como la de «organízate en torno a tu opresión» proporcionaban la excusa que muchas mujeres privilegiadas necesitaban para ignorar las diferencias entre su estatus social y el de una gran cantidad de mujeres. Era una señal del privilegio de raza y clase, así como la expresión de cierta libertad respecto de muchas restricciones que el sexismo pone a las mujeres de la clase obrera. De este modo, las mujeres de clase media fueron capaces de convertir sus intereses en el foco principal del movimiento feminista y de utilizar la retórica de lo común que convertía su situación concreta en sinónimo de «opresión». ¿Quién podía entonces exigir un cambio en el vocabulario? ¿Qué otro grupo de mujeres tenía, en Estados Unidos, el mismo acceso a las universidades, las editoriales, los medios de comunicación y el dinero? Si las mujeres negras de clase media hubieran iniciado un movimiento en el que se hubieran calificado a sí mismas de «oprimidas», nadie las hubiera tomado en serio. Si hubieran creado foros públicos y hubieran dado discursos sobre su «opresión», habrían recibido ataques de todas partes. No fue este el caso de las feministas burguesas blancas que resultaban atractivas para un grupo amplio de mujeres, como ellas mismas, que ansiaban cambiar su suerte en la vida. Su aislamiento respecto de grupos de mujeres de otra clase y raza les impidió tener una base comparativa inmediata con la que poner a prueba sus presupuestos básicos sobre la opresión común.

En un inicio, las participantes radicales en el movimiento de las mujeres exigían que las mujeres rompiesen ese espacio de aislamiento y creasen un espacio de contacto. Antologías comoLiberation Now, Women’s Liberation: Blueprint for the Future, Class and Feminism, Radical Feminism y Sisterhood Is Powerful, todas publicadas a principios de la década de 1970, contienen artículos que tratan de alcanzar a una audiencia amplia de mujeres, una audiencia que no fuera exclusivamente blanca, de clase media, universitaria y adulta —en muchos casos, había artículos sobre las adolescentes. Sookie Stambler articuló este espíritu radical en su introducción a Women’s Liberation: Blueprint for the Future:

Las mujeres del movimiento siempre se han sentido desalentadas por la necesidad de los medios de comunicación de crear celebridades y superestrellas. Esto va contra nuestra filosofía básica. No podemos relacionarnos con las mujeres de acuerdo a criterios de prestigio y fama. No estamos luchando en beneficio de una mujer o de un grupo de mujeres. Tratamos temas que afectan a todas las mujeres.

Estos sentimientos, compartidos por muchas mujeres en los inicios del movimiento, no se impusieron. Y cada vez más mujeres adquirieron prestigio, fama o dinero con escritos feministas y gracias a las victorias del movimiento feminista en la lucha por la igualdad en el trabajo; el oportunismo individual socavó las llamadas a la lucha colectiva. Mujeres que no se oponían al patriarcado, al capitalismo, al clasismo o al racismo se llamaban a sí mismas «feministas». Sus expectativas variaban. Las mujeres privilegiadas querían igualdad social con los hombres de su clase, algunas mujeres querían un salario igual por el mismo trabajo, otras querían un estilo de vida alternativo. Muchas de estas preocupaciones legítimas eran fácilmente cooptadas por el patriarcado capitalista. La feminista francesa Atoinette Fouque señala:

Las acciones propuestas por los grupos feministas son espectaculares, provocadoras. Pero la provocación sólo saca a la luz un determinado número de contradicciones sociales. No revela las contradicciones radicales de la sociedad. Las feministas mantienen que no pretenden la igualdad con los hombres, pero sus prácticas revelan lo contrario. Las feministas son una vanguardia burguesa que mantiene, de forma invertida, los valores dominantes. La inversión no facilita el paso a otra clase de estructura. ¡El reformismo le viene bien a todo el mundo! El orden burgués, el capitalismo, el falocentrismo son capaces de integrar tantas feministas como sea necesario. En la medida en que esas mujeres se convierten en hombres, a fin de cuentas sólo significan unos cuantos hombres más. La diferencia entre sexos no reside en si se tiene o no pene, sino en si se forma parte o no de la economía fálica masculina.

Las feministas en Estados Unidos son conscientes de las contradicciones. Carol Ehrlich señala en su ensayo «El desgraciado matrimonio entre marxismo y feminismo: ¿puede salvarse?» que «el feminismo parece cada vez más tener una perspectiva ciega, segura y no revolucionaria» a medida que «el radicalismo feminista cede terreno ante el feminismo burgués», y señala que «no podemos permitir que esto siga sucediendo»:

Las mujeres necesitan saber —y cada vez temen más descubrir— que el feminismo no tiene que ver con la idea de vestirse para el éxito o con convertirse en una ejecutiva de una gran empresa o con ganar un puesto electoral; no se trata de hacer posible un matrimonio con dos carreras y unas vacaciones de ski y pasar una gran cantidad de tiempo con tu marido y tus dos maravillosos hijos porque tienes una trabajadora doméstica que hace que todo eso te sea posible, pero que no tiene ni el tiempo ni el dinero para hacerlo ella misma; no tiene que ver con abrir un Banco de las Mujeres o con pasar un fin de semana en un taller carísimo que garantice que aprenderás a ser asertiva —pero no agresiva—; sobre todo, no tiene que ver con convertirse en policía o agente de la CIA o, en general, del cuerpo de marines.

Pero si estas imágenes distorsionadas del feminismo tienen más realidad que la nuestra, es en parte nuestra culpa. No hemos hecho todo el esfuerzo que podíamos en proponer análisis alternativos claros y significativos que remitan a las vidas de la gente y que permitan la creación de grupos activos y accesibles en los que trabajar.

No es accidental que la lucha feminista haya sido cooptada tan fácilmente para servir a los intereses de las feministas conservadoras y liberales en la medida en que en Estados Unidos el feminismo ha sido una ideología burguesa. Zillah Eisenstein discute las raíces liberales del feminismo norteamericano en The Radical Future of Liberal Feminism, y explica en su introducción:

Una de las contribuciones más importantes que encontraremos en este estudio es el papel que la ideología del individualismo liberal ha tenido en la construcción de la teoría feminista. Las feministas de hoy en día no discuten una teoría de la individualidad o adoptan de forma inconsciente la ideología competitiva, atomista del individualismo liberal. Hay mucha confusión al respecto en la teoría feminista que vamos a discutir aquí. Mientras no se haga una diferenciación consciente entre una teoría de la individualidad que reconozca la importancia del individuo en la colectividad social y la ideología del individualismo que acepta una visión competitiva del individuo, no tendremos una imagen clara del aspecto que debe tener una teoría feminista de la liberación en nuestra sociedad occidental.

La ideología del «individualismo liberal competitiva y atomista» ha permeado el pensamiento feminista hasta tal punto que socava el radicalismo potencial de la lucha feminista. La usurpación del feminismo por parte de mujeres burguesas que defienden sus intereses de clase ha sido justificada en gran medida por la teoría feminista a medida que ésta se ha ido construyendo —por ejemplo, con la ideología de la «opresión común». Cualquier movimiento que pretenda resistirse a la cooptación de la lucha feminista debe comenzar por presentar una perspectiva feminista diferente —una nueva teoría— que no esté atravesada por la ideología del individualismo liberal.

Las prácticas excluyentes de las mujeres que han dominado el discurso feminista han hecho prácticamente imposible que emerjan nuevas teorías. El feminismo tiene su agenda de partido y las mujeres que sienten la necesidad de una estrategia diferente, una fundamentación diferente, a menu- do se ven silenciadas y condenadas al ostracismo. Las críticas o las alternativas a las ideas feministas establecidas no son incentivadas, por ejemplo, las recientes controversias sobre la expansión del discurso feminista a la sexualidad. Sin embargo, grupos de mujeres que se sienten excluidas del discurso y la práctica feminista pueden hacerse un lugar sólo si primero crean, a través de la crítica, una conciencia de los factores que las alienan. Muchas mujeres blancas han encontrado en el movimiento feminista una solución liberadora a sus dilemas personales. Tras haberse beneficiado del movimiento de forma directa, se sienten menos inclinadas a criticarlo o a comprometerse con un examen riguroso de su estructura que aquellas que sienten que no ha tenido un impacto revolucionario en sus vidas o en las vidas de gran cantidad de mujeres de nuestra sociedad. Las mujeres no blancas que se sienten parte de la estructura actual del movimiento feminista —incluso aunque formen parte de grupos autónomos — parecen sentir que su definición de la agenda de partido, en el tema del feminismo negro o en cualquier otro, es el único discurso legítimo. Más que alentar la diversidad de voces, el diálogo crítico y la controversia, tratan, al igual que otras mujeres blancas, de silenciar el disenso. Como activistas y escritoras cuyo trabajo es ampliamente reconocido, actúan como si estuvieran más capacitadas para juzgar si debemos escuchar las voces de otras mujeres. Susan Griffin se opone a esta tendencia hacia el dogmatismo en su ensayo «El camino de toda ideología»:

… cuando una teoría se transforma en ideología, comienza a destruir la individualidad y la autoconciencia. Nacida en un principio de sentimientos, pretende situarse por encima de los sentimientos. Por encima de las sensaciones. Organiza la experiencia de acuerdo con ella misma, sin llegar a ella. Por el mero hecho de ser lo que es, pretende tener razón. Invocar el nombre de esa ideología es convocar a la verdad. Nadie puede decir nada nuevo. La experiencia deja de sorprenderla, de atravesarla, de transformarla. Se molesta por cualquier detalle que no encaja en su visión del mundo. Comenzó como un grito contra la negación de la verdad y ahora niega cualquier verdad que no encaje en su esquema. Comenzó como una forma de restaurar el sentido de la realidad y ahora trata de disciplinar a la gente real, rehacer a los seres naturales a su imagen. Todo lo que no consigue explicar se transforma en su enemigo. Comenzó como una teoría de liberación y ahora es amenazada por nuevas teorías de liberación; construye una prisión para la mente.

Resistimos a la dominación hegemónica del pensamiento feminista insistiendo en que es una teoría en proceso de elaboración, que debemos necesariamente criticar, cuestionar, reexaminar y explorar nuevas posibilidades. Mi crítica persistente está atravesada por mi situación como miembro de un grupo oprimido, una experiencia de explotación y discriminación sexista, y por el sentido de que el análisis feminista dominante no ha sido la fuerza que ha dado forma a mi conciencia feminista. Esto es cierto para muchas mujeres. Hay mujeres blancas que nunca se habían planteado resistir a la dominación masculina hasta que el movimiento feminista creó la conciencia de que podían y debían. Mi conciencia de la lucha feminista se vio estimulada por circunstancias sociales. Crecí en un hogar negro y de clase obrera del sur, dominado por mi padre. Experimenté —como mi madre, mis hermanas y mi hermano — diferentes grados de tiranía patriarcal y eso me enfadó; nos enfadó a todas. La rabia me llevó a cuestionarme la política de dominación masculina y me permitió resistir a la socialización sexista. A menudo las feministas blancas actúan como si las mujeres negras no supiesen que existía la opresión sexista hasta que ellas dieron voz al sentimiento feminista. Creen que han proporcionado a las mujeres negras «el» análisis y «el» programa de liberación. No entienden, ni siquiera pueden imaginar, que las mujeres negras, así como otros grupos de mujeres que viven cada día en situaciones opresivas, a menudo adquieren conciencia de la política patriarcal a partir de su experiencia vivida, a medida que desarrollan estrategias de resistencia —incluso aunque ésta no se dé de forma mantenida u organizada.

Estas mujeres negras veían el discurso de las feministas blancas sobre la tiranía masculina y la opresión de las mujeres como si hubiera una «nueva» revelación y ésta tuviera muy poco impacto en sus vidas. Para ellas no era más que otra indicación de las condiciones de vida privilegiadas de las mujeres blancas de clase media y alta que necesitaban una teoría que les dijera que estaban «oprimidas». El hecho es que la gente que está de verdad oprimida lo sabe incluso si no se compromete con una resistencia organizada o es incapaz de articular de forma escrita la naturaleza de su opresión. Esas mujeres negras no veían nada de liberador en los análisis oficiales de la opresión de las mujeres. Ni el hecho de que las mujeres negras no se hayan organizado de forma colectiva en gran número alrededor de los temas del «feminismo» —muchas de nosotras ni conocemos ni usamos el término— ni el hecho de que no tengamos acceso a la maquinaria del poder que nos permitiría compartir nuestros análisis o nuestras teorías sobre el género con el público estadounidense, niegan su presencia en nuestras vidas ni nos sitúan en una posición de dependencia en relación con las feministas, blancas o no, que alcanzan a una mayor audiencia.

La comprensión que a los trece años tenía del patriarcado, creó en mí expectativas hacia el movimiento feminista que eran muy diferentes de las jóvenes blancas de clase media. Cuando entré en mi primera clase de estudios de las mujeres en la Universidad de Stanford a principios de la década de 1970, las mujeres blancas estaban descubriendo la alegría de estar juntas: para ellas era un momento importante y único. Yo no había vivido nunca una vida en la que las mujeres no estuvieran juntas, en la que las mujeres no se hubieran ayudado, protegido y amado las unas a las otras profundamente. No había conocido a mujeres blancas que ignoraran el impacto de la raza y la clase en su conciencia y situación social —las mujeres blancas del sur a menudo tenían una perspectiva más realista sobre el racismo y el clasismo que las mujeres de otras zonas de Estados Unidos. No sentí ninguna simpatía hacia mis compañeras blancas que sostenían que yo no podía esperar que ellas tuvieran el conocimiento o la comprensión de la vida de las mujeres negras. A pesar de mi pasado —mi vida en comunidades segregadas racialmente—, yo sabía cosas de la vida de las mujeres blancas y desde luego ninguna de ellas vivía en mi barrio ni trabajaba en mi escuela o mi casa.

Cuando participé en grupos feministas, descubrí que las mujeres blancas adoptaban una actitud condescendiente hacia mí y hacia otras participantes no blancas. La condescendencia que dirigían a las mujeres negras era una forma de recordarnos que el movimiento era «suyo», que podíamos participar porque ellas lo permitían, incluso nos alentaban a hacerlo. Después de todo, teníamos que legitimar el proceso. No nos veían como iguales. No nos trataban como a iguales. Y aunque esperaban que les proporcionáramos relatos de primera mano sobre la experiencia negra, sentían que a ellas les tocaba decidir si esas experiencias eran auténticas. A menudo, las mujeres negras de formación universitaria —incluso aquellas que procedían de familias pobres y de clase obrera — eran despreciadas como meras imitadoras. Nuestra presencia en las actividades del movimiento no contaba, ya que las mujeres blancas estaban convencidas de que la «verdadera» negritud consistía en hablar la jerga de los negros pobres, ser poco cultivadas, tener la sabiduría de la calle y toda una serie de estereotipos. Si nos atrevíamos a criticar el movimiento o asumíamos la responsabilidad de dar nueva forma a ideas feministas e introducir ideas nuevas, nuestras voces eran despreciadas y silenciadas. Sólo se nos podía oír si nuestras afirmaciones eran un eco de los sentimientos del discurso dominante.

Se ha escrito poco sobre los intentos por parte de las feministas blancas de silenciar a las mujeres negras. Demasiado a menudo estos intentos han tenido lugar en las salas de conferencias, las aulas o la privacidad de los cálidos cuartos de estar donde la única mujer negra se enfrenta a la hostilidad de un grupo de mujeres blancas. Desde los inicios del movimiento de liberación de las mujeres, ha habido mujeres negras que se unían a los grupos. Muchas de ellas nunca regresaron después de la primera reunión. Anita Cornwall tiene razón al afirmar en «Tres por el precio de uno. Notas de una feminista negra lesbiana» que «desgraciadamente, a
menudo el miedo a encontrar actitudes racistas parece ser una de las razones principales por las que muchas mujeres negras se niegan a unirse al movimiento de las mujeres». La reciente tendencia a tratar el tema del racismo ha generado discusiones, pero apenas ha tenido impacto en el comportamiento de las feministas blancas hacia las mujeres negras.

A menudo, las mujeres blancas que se dedican a publicar ensayos y libros sobre cómo «desaprender el racismo» continúan teniendo una actitud paternalista y condescendiente cuando se relacionan con mujeres negras. Esto no es sorprendente, dada la frecuencia con la que su discurso se dirige solamente a una audiencia blanca y se centra tan solo en cambiar actitudes, antes que en situar el racismo en un contexto histórico y político. Nos convierten en el «objeto» de su discurso privilegiado sobre la raza. Como «objetos», continuamos
siendo diferentes, inferiores. Incluso aunque estén preocupadas de forma sincera por el racismo, su metodología sugiere que no se han liberado del paternalismo endémico de la ideología de la supremacía blanca. Algunas de esas mujeres se sitúan a sí mismas en el lugar de las «autoridades» que deben mediar entre las mujeres blancas racistas —ellas, naturalmente, se ven a sí mismas libres de racismo— y las mujeres negras furiosas a las que consideran incapaces de mantener un discurso racional. Por supuesto, el sistema del racismo, clasismo y elitismo en la educación debe permanecer intacto si pretenden mantener su posición de autoridad.

En 1981, me matriculé en una clase de postgrado sobre teoría feminista en la que recibimos una bibliografía con obras de mujeres y hombres, uno de ellos negro, pero ningún material de o sobre mujeres negras, indias americanas nativas, hispanas o asiáticas. Cuando critiqué esta falta de atención, las mujeres blancas me dirigieron una mirada de ira y hostilidad tan intensa que me pareció difícil atender a la clase. Cuando sugerí que el objeto de esa rabia colectiva era crear una atmósfera en la que me resultara psicológicamente insoportable intervenir en las discusiones de la clase o incluso atender, me dijeron que no estaban enfadadas. Era yo la que estaba enfadada. Semanas después de que el curso terminara, recibí una carta abierta de una estudiante blanca reconociendo su rabia y expresando arrepentimiento por sus ataques. Escribía:

No te conocía. Eras negra. Al poco tiempo de estar en clase me di cuenta de que iba a ser yo quien contestara a todo lo que dijeras. Y habitualmente para contradecirte. No es que la discusión tratara siempre del racismo, pero pensé que la lógica oculta era que si podía demostrar que estabas equivocada en una cosa, entonces era posible que no tuvieras razón en nada de lo que decías.

Y en otro párrafo:

Un día dije en clase que había gente que estaba menos atrapada que otra por la imagen platónica del mundo. Dije que nosotras, tras quince años de educación, cortesía de la clase dominante, podíamos estar más atrapadas que otras que no habían iniciado su vida tan cerca del corazón del monstruo. Una compañera de clase, tiempo atrás amiga íntima, hermana, colega, no me ha vuelto a hablar desde entonces. Creo que la posibilidad de que no fuéramos las mejores portavoces para todas las mujeres le hizo temer por su propia valía y por su doctorado.

A menudo en situaciones en las que las feministas blancas atacaban agresivamente a una mujer negra, se veían a sí mismas como las que estaban siendo atacadas, las víctimas. Durante una discusión tensa con otra estudiante blanca en un grupo de mujeres racialmente mixto que yo había organizado, ella me dijo que le habían contado que yo había «destrozado» a varias personas en el curso de teoría feminista y que temía ser «destrozada» también. Le recordé que yo había sido una persona sola hablándole a un grupo grande de gente furiosa y agresiva; apenas podía dominar la situación. Fui yo quien salí llorando del aula, y no alguna de las personas a las que supuestamente había «destrozado».

Los estereotipos racistas de la mujer negra fuerte, sobrehumana, son mitos operativos en la mente de muchas mujeres blancas, mitos que les permiten ignorar hasta qué punto las mujeres negras son víctimas en esta sociedad y el papel que las mujeres blancas juegan en el mantenimiento y la perpetuación de esa victimización. En la obra autobiográfica de Lillian Hellman, Pentimento, escribe: «Toda mi vida, desde mi nacimiento, he recibido órdenes de mujeres negras, queriéndolas y temiéndolas, sintiéndome supersticiosa cada vez que las desobedecía». Las mujeres negras que Hellman describe trabajaban en su casa como servicio doméstico y su estatus nunca fue el de una igual. Incluso de niña, ella ocupaba siempre la posición dominante cuando ellas la cuestionaban, aconsejaban o guiaban; podían ejercer esos derechos porque ella u otra figura blanca de autoridad se lo permitía. Hellman sitúa el poder en las manos de esas mujeres negras en lugar de reconocer su propio poder sobre ellas; de este modo ella mixtifica la verdadera naturaleza de su relación. Al proyectar en mujeres negras un poder y una fuerza míticos, las mujeres blancas promocionan una imagen falsa de sí mismas como carentes de poder, víctimas pasivas, y distraen la atención de su agresividad, su poder —por muy limitado que éste sea en un Estado dominado por hombres que defiende la supremacía blanca —, su voluntad de dominar y controlar a las demás. Estos aspectos no reconocidos del estatus social de muchas mujeres blancas les impiden trascender el racismo y limitan el alcance de su comprensión del estatus social global de las mujeres en Estados Unidos.

Las feministas privilegiadas han sido incapaces de hablar a, con y para diversos grupos de mujeres porque no comprendían la interdependencia de las opresiones de sexo, raza y clase o se negaban a tomarse en serio esta interdependencia. El análisis feminista de la situación de las mujeres tiende a centrarse exclusivamente en el género y no proporciona una fundamentación sólida sobre la que construir una teoría feminista. Reflejan la tendencia dominante, propia de las mentes patriarcales occidentales, a mixtificar la realidad de la mujer insistiendo en que el género es el único determinante del destino de las mujeres. Sin duda ha sido más fácil para las mujeres que no han experimentado la opresión de raza o clase centrarse exclusivamente en el género. Aunque las feministas socialistas se centran en la relación de clase y género, tienden a menospreciar la raza o a afirmar que la raza es un factor importante para después ofrecer un análisis en el que la raza no es tenida en cuenta.

Como grupo, las mujeres negras están en una posición inusual en esta sociedad, pues no sólo estamos como colectivo en el fondo de la pirámide ocupacional, sino que nuestro estatus social es más bajo que el de cualquier otro grupo. Al ocupar esa posición, aguantamos lo más duro de la opresión sexista, racista y clasista. Al mismo tiempo, somos un grupo que no ha sido socializado para asumir el papel de explotador/opresor puesto que se nos ha negado un «otro» al que podamos explotar u oprimir —los niños no representan un otro institucionalizado aunque puedan ser oprimidos por sus padres. Las mujeres blancas y los hombres negros están en ambas posiciones. Pueden actuar como opresores o ser oprimidos y oprimidas. Los hombres negros pueden ser víctimas del racismo, pero el sexismo les permite actuar como explotadores y opresores de las mujeres. Las mujeres blancas pueden ser víctimas del sexismo, pero el racismo les permite actuar como explotadoras y opresoras de la gente negra. Ambos grupos han sido sujetos de movimientos de liberación que favorecen sus intereses y apoyan la continuación de la opresión de otros grupos. El sexismo de los hombres negros ha socavado las luchas para erradicar el racismo del mismo modo que el racismo de las mujeres blancas ha socavado las luchas feministas. En la medida en que ambos grupos, o cualquier otro grupo, definen la liberación como la posibilidad de adquirir la igualdad con los hombres blancos de la clase dominante, tienen intereses creados en la continuidad de la explotación y opresión de los otros.

Las mujeres negras sin «otro» institucionalizado al que puedan discriminar, explotar u oprimir tienen una experiencia vivida que reta directamente la estructura social de la clase dominante racista, clasista y sexista, y su ideología concomitante. Esta experiencia vivida puede dar forma a nuestra conciencia de manera que nuestra visión del mundo difiera de la de aquellos que tienen cierto grado de privilegio —por muy relativo que éste pueda ser en el sistema existente. Es esencial para el futuro de las luchas feministas que las mujeres negras reconozcamos el punto especial de ventaja que nuestra marginalidad nos otorga y hagamos uso de esa perspectiva para criticar la hegemonía racista, clasista y sexista así como para imaginar y crear una contra-hegemonía. Estoy sugiriendo que tenemos un papel central que jugar en la formación de la teoría feminista y una contribución que ofrecer que es única y valiosa. La formación de una teoría y una práctica feministas liberadoras es una responsabilidad colectiva que debe ser compartida. Aunque critico aspectos del movimiento feminista tal y como lo conocemos, una crítica que a menudo puede ser dura e implacable, no lo hago en un intento de menguar las luchas feministas, sino de enriquecerlas, de compartir la tarea de construir una ideología y un movimiento liberadores.


Primera edicion: bell hooks, “Black Women: Shaping Feminist Theory”, Feminist Theory from Margin to Centre, South End Press, 1984.
Esta Edición: Marxists Internet Archive, 1 de marzo de 2010.
Fuente de la edicion: bell hooks, “Mujeres Negras: Dar forma a la teoría feminista”, en Otras inapropiables, Editorial Traficantes de Sueños, Madrid, 2004. ISBN: 84-932982-5-5.
Derechos sobre el texto: Copyleft 2004 por Traficantes de Sueños. Está permitida la reproducción del texto siempre y cuando se adecúe a los términos de la Licencia Creative Commons Autoría-No Derivadas-No Comercial 1.0.


 

 

¿Quién le teme a las feministas?

6773_0_pancarta_patriarcadoPor Lisa S.

Hace un par de meses mientras buscaba bibliografía para mi tesis me encontré con un artículo de Valerie Amos y Patribha Parmar títulado “Challenging Imperial Feminism”, un trabajo de los años ochenta con una fuerte crítica al feminismo blanco  occidental.  Revisándolo, en una de sus páginas me encontré con la descripción de una escena que me puso a pensar en la pregunta ¿Quién le debe temer a las feministas? Lo que relatan estas autoras de color británicas es una situación en la que un grupo de mujeres blancas de clase media, activistas pacifistas, en medio de una acción contra la guerra hace una demostración de fuerza y “empoderamiento” gritando y persiguiendo a un soldado afronorteamericano. El soldado estaba solo en la calle y las mujeres que lo seguían le decían “Yankee go home”, la pregunta que dejan en el ambiente las autoras es por qué el elegido fue un varón negro.

En una escena más actual y local un grupo de activistas feministas queer, blancas, de clase media durante el desarrollo de unas jornadas lésbicas confronta en grupo y de manera violenta a un vendedor de cerveza (con quien no se pusieron de acuerdo en términos comerciales) a quien le pretenden dar una lección de la potencia feminista. Pero no es un caso aislado, en un espacio más formal un grupo de feministas institucionales confronta en grupo y con mucho ímpetu, en un panel sobre feminicidios, al panelista/varón con menos peso jerárquico en la mesa, pero no lo hicieron con su jefe también presente, que expresaba ideas semejantes.

Estas tres escenas tienen algo en común, feministas que se ensañan contra el eslabón más débil del patriarcado, varones pobres o racializadas, que parecieran ser, dado los ataques iracundos, los mejores representantes del poder o de la supremacía patriarcal. En serio ¿Se puede considerar a estos varones verdaderos patriarcas? ¿No será que como dice María Lugones, la idea del patriarca está atravesada por el poder simbólico y material de raza y  clase?

Cuando estos grupos de mujeres feministas se enfrentan a los “patriarcas” negros o de clases populares más que hacer valer su “empoderamiento” feminista ¿lo que están enrostrando no serán más bien sus privilegios económicos, sociales y raciales?  ¿Fue un ejercicio de emancipación o de opresión el que hicieron las activistas pacifistas británicas o las lesbianas queer con el varón negro y el varón pobre? Aquí quiero aclarar que no se trata de no actuar frente a sus agresiones porque soy de las que cree en la autodefensa y en la respuesta inmediata. Lo que me preocupa es que al feminismo solo le teman los varones pobres y racializadas, aquellos con menor poder en la escala de privilegios, esos fácilmente estigmatizables.

Como nos recuerdan las teóricas feminista negras y de color, el feminismo (o sea el feminismo blanco occidental hegemónico) a lo largo del tiempo y a través de sus posturas y estrategias ha sostenido y reforzado la idea de los varones blancos de clase media como progresistas, educados y menos violentos, al mismo tiempo que refuerza el estereotipo del varón agresivo, peligroso y machista de los grupos racializados y empobrecidos.

Un feminismo que usa los privilegios de clase y raza para apabullar a varones pobres y racializados a nombre de una supuesta deuda universal de “todos” los varones para con “todas” las mujeres no solo es ignorante y falto de comprensión de cómo opera el entrecruzamiento de sistemas de opresión, sino que no creo que pueda transformar el mundo, simplemente refuerza el racismo, el clasismo y por supuesto la opresión de la mayor parte de las mujeres…

Tomado de Desacato feminista

¿Qué feminismo es ese que desprecia el cuidado de la vida?

mama-africa

Por Yuderkys Espinosa Miñoso

Para toda la mierda que anda circulando respecto del amamantamiento, la maternidad, y el desprecio por toda forma de cuidado de la vida, observándolo como atraso o algo de las gentes (cuasi humanas) de las culturas atrasadas y poco desarrolladas.

Para quienes al tiempo que hacen una crítica a la “apropiación del cuerpo de las mujeres” (sic) por parte del estado y sus instituciones y al mismo tiempo proponen, aspiran a una desvinculación de toda forma de “animalidad” (suponiendo así una historia lineal y progresiva que va desde es estado de naturaleza al estado social) reproduciendo en toda su extensión la Razón moderna colonial capitalista y toda la construcción sobre el devenir humano sin ataduras, producida por la modernidad occidental (sobre la que se sostiene justamente aquello que critican) les pregunto:

¿Qué feminismo es ese que desprecia toda forma de cuidado y disfrute de nuestras capacidades como especie?

¿Qué feminismo es ese que sostiene el desprendimiento de estas capacidades dadas en pro de una ciencia que, dominando la “naturaleza” y la técnica, suplantaría esa facultades de reproducción, amamantamiento, cuidado y autopoiesis?

¿Qué mundo es ese (¿y para quiénes?) que aspira poner en manos de la ciencia, las farmacéuticas y la biotecnología, la reproducción y el cuidado colectivo?

¿Qué feminismo ciego y que adscribe a estos postulados es este?

¿Acaso el problema son los cuerpos capaces de reproducir y parir (me abstengo de nombrarlos como “mujeres” ya que me parece restrictiva a nuestra mirada patriarcalista, binaria y heteronormativa occidental) o estas capacidades de algunos cuerpos? O el problema es justamente el desprecio absoluto que ha producido la Razón moderna respecto de estas cualidades propias de la especie, en este intento prepotente de producción de una superioridad sobre el resto de la vida. Acaso no es el problema una Razón imperial que sustituye y ve como pasado toda mirada no separada del mundo y de la vida por una que coloca lo “humano” como ente supremo y dominante del resto de la “naturaleza”.

¿Cómo puede el feminismo, como puede HOY un feminismo que se reclama antirracista y revisionista de esta tradición occidental imperialista y colonial, seguir adscribiendo a estos postulados de un progreso y proyecto emancipatorio que se sostiene en la promesa de la ciencia y de la técnica?

¿”Las mujeres” se liberarán por desprenderse de la producción de la vida y del cuidado? ¿Se liberarán porque la ciencia, la medicina, la biotecnología y la industria farmacéutica produzcan formas más efectivas de sustitución de las cualidades que tenemos como especie? ¿Seguiremos recreando la utopía de un mundo de dominio absoluto de la “naturaleza”? ¿Ese que han ayudado a idear algunas feministas radicales de los 60 y 70 donde la capacidad de reproducción humana es sustituida por la reproducción probeta; y la capacidad de producción de fluidos y la capacidad de afecto y cuidado es sustituido por una industria masiva separada de la vida individual y comunitaria?

¿A costa de quienes sería esta liberación? ¿Cuáles serán los cuerpos cuya fuerza de trabajo estará al servicio de tal utopía?

¿Se reproducirán las clínicas-cárceles que alojarán masivamente a racializadas pobres del tercer mundo cuyos vientres subrogados están al servicio de este proyecto delirante e imperial?

¿Se expandirán los bancos de leche materna, producida y vendida por racializadas pobres, y Monsanto y la gran industria biotecnológica lograrán patentar la leche materna modificada? Será todo un logro que las mujeres blancas burguesas puedan elegir el tipo de leche que quieren dar a sus “hijxs” ensamblados:  “Sra. tenemos una amplia variedad. Puede elegir usted entre leche materna modificada de origen xinca, mixteca, guaraní, mapuche, maya, wayuu… también tenemos exportada distintos tipos de leches africanas. Y por supuesto, dependiendo de su presupuesto le ofrecemos la linea completa de leche de origen europeo”.

¿O para el gran público,  ese que no llega a poder pagar tal “diversidad”, ese de las gente mestiza eurocentrada y blanqueada, se seguirá esclavizando vacas o plantando soya transgénica de cultivo extensivo en tierras arrebatadas a comunidades de países del tercer mundo?

¿Qué feminismo es ese que condena la institución médica y la industria farmacéutica a su servicio y al mismo tiempo espera que estas nos liberen?

¿Qué feminismo es ese que puede decirse antirracista y descolonial y no puede ver cómo su programa solo sirve a un orden del mundo que se sostendrá gracias a la explotación, marginación y desprecio de la gran mayoría de “las mujeres” y sus culturas, epistemologías y relación con el mundo de la vida?

¿Qué feminismo es este que se acoge al programa más tenebroso de la modernidad: mundo dominado por la técnica y la racionalidas, donde la tarea de cuidado es inferiorizada, donde la mirada integrada e interrelacionada de la vida es signo de atraso o de etapa a superar?

Mientras hago estas preguntas encuentro las causas de la resistencia de las racializadas al llamado feminista. Mientras no comprendamos que el racismo y la colonialidad se combaten más que por nombrarlos o denunciar sus efectos, por enfrentar las causas que lo producen; mientras no comprendamos que la colonialidad y el racismo se expresan y se actualizan en nuestra idea de futuro y de bienestar; mientras que no comprendamos la manera en que nuestras vidas están profundamente interconectadas… el feminismo seguirá siendo mayoritariamente un proyecto al servicio del bienestar de las mujeres -o sea, de la mujeres blancas- esas producidas por el sistema moderno colonial de género.

Krudas Cubensi

A mí que me digan gorda (+vídeo)

Mis hermanas Las Krudas tienen un tema supercontestario acerca de los patrones de belleza que erigen la delgadez como la meta a alcanzar. Es un tema superrico que pone hasta a los flacos a bailar!

Como yo también soy una “gorda sin domesticar” comparto el vídeo que estas mujeres cubanas le hicieron a un problemática que cada día sume a niñas en un trastorno tan complejo como la bulimia-anorexia. Pensando en esas chicas y también en aquellas gordas, fundamentalmente  de espíritu, quienes como nosotras van con su belleza por la vida.

 

“El tren de la libertad”: Por los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en España

Especial para Global Voices

Tren de la Libertad

Alberto Ruiz-Gallardón, Ministro de Justicia en el gobierno de Mariano Rajoy, lidera un anteproyecto de ley que pretende derogar la norma vigente en el Estado español —Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) y Salud Sexual y Reproductiva (SSR) de 2010—, al promover una reforma que conllevará un retroceso, de más de 30 años, en el ejercicio pleno de los derechos sexuales y reproductivos en ese país.

Una movilización se ha organizado contra dicho proyecto, que no ha sido aprobado, desde el movimiento de mujeres feministas de Asturias, específicamente la Tertulia Feminista les Comadres, que lidera la florista Begoña Piñero Hevia. Titulada por sus creadoras como “El tren de la libertad“, la iniciativa fue lanzado por las redes el 2 de enero pasado:

Sigue leyendo ““El tren de la libertad”: Por los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en España”