Homofobia institucional: Notas sobre la agenda de una “especialista” de la Radio Cubana

Por: Yarlenis M. Malfrán

La pasada semana ha circulado por las redes un audio con la intervención de una funcionaria del Instituto Cubana de Radio y Televisión —la Directora de Comunicación de la Radio y la Televisión Cubana, quien es además diputada del Parlamento cubano—, que ha venido a replantear el asunto de la homofobia institucionalizada en Cuba. El audio data del 2017, sin embargo explica muy bien las lógicas de la heteronormas que funcionan en el país. Según palabras de Yusimi González Herrera:

“Nosotros monitoreamos el año pasado alrededor de 438 programas con varias emisiones […] hay un uso en las voces masculinas platinadas de locutor […] las voces platinadas son voces blandas, voces suaves, voces amaneradas.”

Para calificar un registro vocal como amanerado es preciso estar operando con la heteronorma como criterio de clasificación de esas voces. Presumo que NINGUNA LITERATURA CIENTÍFICA del campo de la locución establezca este tipo de clasificación. Por ende, esta “especialista” es homofóbica. Y noten cómo este dispositivo de vigilancia funciona: ella admite haber monitoreado una x cantidad de programas y, desde su perspectiva homofóbica, consigue detectar este “fallo o desvío” de la heteronorma. Esto de por sí descalifica su “trabajo de monitoreo” como una labor estrictamente profesional. Peor que eso, tal patrullaje es explícitamente homofóbico. Una homofobia institucionalizada que en mucho recuerda el caso de la transfobia que fuera denunciada en el Hotel de Holguín en fecha no muy lejana. Yo me pregunto: ¿qué respaldo institucional ampara este patrullaje homofóbico?

Continúa la “especialista” vomitando su homofobia cuando dice:

“y no es solamente de locutores, son periodistas y son colaboradores. Hay colaboradores señor mío y usted tiene que seleccionarlos, porque mire no hace un mensaje creíble, cuando usted empieza a dibujar florecitas y colores en las voces […] el programa se distorsionó, no es creíble ”.

No bastándole el policiamiento compulsivamente hetero, esta “especialista” se atreve a proponer una selección de personal con base en su homofobia, lo que equivale a una expulsión institucionalizada de todas las voces de personas que, a su juicio posean “voces con florecitas” (nótese el absurdo de esta metáfora).

La credibilidad del mensaje se sustenta, de acuerdo con ella en que “no se dibujan florecitas en las voces”. Las “florecitas en las voces” son tan ficticias como la existencia misma de “voces masculinas versus voces femeninas”. Calificar una voz como femenina o masculina indica que se está operando con una construcción simbólica de género binario, una construcción que es cultural e histórica y que por ende no tiene existencia en ninguna instancia de orden biológico como pudiera ser el registro vocal de alguien. Sin esa construcción simbólica esos calificativos – “voces femeninas/masculina” ni tendrían razón de ser. Los registros vocales son tan diversos como la humanidad misma, encasillarlos en femeninos o masculino es una expresión de un orden de género binario y biologizante que forzosamente quiere apelar a una supuesta “naturaleza” para sustentar la ficción de dos géneros.

“Y eso todavía hoy no es un problema, pero si nosotros no lo atendemos ahora sí va a ser un problema” O sea, hay una intención de hacer de la homofobia una agenda institucional.

Enfatiza la “especialista”:

“…y no estoy hablando… reitero, lo hago con todo respeto y responsabilidad. A mí lo que me interesa es la profesionalidad, no la orientación sexual de nadie, eso a mí no me interesa, ni a la Radio Cubana le interesa. Nosotros tenemos que ser profesionales”

Aquí vuelve a reiterarse la agenda homofóbica disfrazada de “respeto a las diferencias”. ¿No le interesa y monitoreó 438 programas y el resultado de ello fue la detección de “voces blandas”? ¿No le interesa la orientación sexual de nadie y cree que, si las voces de locutores identificados como hombres tienen alguna similitud como lo que se considera femenino, el programa se distorsiona y no es creíble?

Obviamente sí hay un interés marcado en esta funcionaria, y ese interés tiene que ver con preservar la heteronorma y todas las exclusiones e inferiorizaciones que desde ella se establecen. Imposible defender que se respeta y que se hace un trabajo profesional con semejantes argumentos homofóbicos.

Es cuando menos peligroso que esta especialista represente a la Radio Cubana, por lo que ello puede suponer en términos de expulsión, persecución, asedio y violencia contra personas homosexuales o que simplemente ella juzgue como portadores de “voces blandas”. Porque además la orientación sexual de nadie está en el dominio de la atribución externa, mucho menos de un ejercicio de monitoreo auditivo. Se trata de una violencia homofóbica brutal que convoca a varias instancias de la Radio cubana a sumarse a ella: directores, consejo artístico. A todos los responsabiliza con la preservación del legado heteronormativo como emblema de la Radio Cubana y propone “detectar” (palabras textuales de la especialista) como una tarea prioritaria. ¡¡¡Es absurdo que esa sea la misión y el encargo social de una institución del Estado cubano!!!
“…porque nosotros somos como herramienta la palabra, la interpretación, su ritmo, sus tonos, sus timbres, y eso lleva también un diseño, porque todo en esta vida se diseña” Obviamente que sí, en esto tenemos que darle la razón a la Yusimi González Herrera. Pero si el medidor para el diseño es la heteronormatividad, el diseño es casi una réplica del “diseño original” que proponen los fundamentalistas religiosos. Un diseño originalmente homofóbico.

El ICRT como institución de un Estado socialista que se precia de respetar la igualdad de toda su ciudadanía está en el deber de posicionarse frente a estas actitudes homofóbicas que laceran el principio de no discriminación por orientación sexual refrendado en la Constitución de la República del propio país en el que esta “especialista” despliega su homofobia institucional.

No es tu opinión, ¡es discriminación!

La libertad de expresión es de los mejores derechos que tiene un ser humano… hasta que no entre en conflicto o impacte la libertad de expresión de otras personas.

Una de las retóricas asociadas a la posibilidad de expresarse es realizar acotaciones que impliquen o signifiquen “es mi opinión”. De manera general, esta es una frase que ayuda asegura que lo que se expresa pasa por  la propia experiencia de vida. Hasta ahí todo paz y amor.

Sin embargo, me preocupa un abuso de la opinión, en especial para determinados temas que implican la dignidad humana; o sea, gente que detrás de “su parecer” se parapeta para proferir comentarios discriminatorios de todo tipo. Es como si diciendo “esto es lo que pienso” se incrementase la inocuidad de lo que plantean o levantaran un muro ante las posibles críticas.

Los “opiniólogos” y las “opiniólogas”, por lo regular, antes de comenzar a debatir ya saben que no les interesa reflexionar, aprender o buscar más información, su intención OPINAR sin asumir cierta responsabilidad por ello. De manera similar, cuando se les comparte información actualizada suelen hacer caso omiso de ella. Es como si la finalidad del debate fuera ganar y no aprender y construir.

En muchas ocasiones comienzan con: “yo respeto pero…”, “yo no soy (homofóbico, racista…) pero”, “todo el mundo está de acuerdo en que…”. Como comentaba hace poco en mi puro de FB, todo lo que viene detrás del pero invalida lo anterior. Si esta persona tiene la necesidad de aclarar eso, es precisamente porque hay “ratas en su tejado”.

Por demás, estas personas casi siempre terminan juzgando a quienes participan en la discusión. Aparecen entonces frases ya icónicas, como por ejemplo, cuando racismo se trata: “los negros son tan racistas como los blancos”, “tu tienes complejos”, “los negros no se esfuerzan lo suficiente”, etc.

Llegado a este punto, es importante recalcar que cualquiera de las creencias, juicios, criterios, valorizaciones que nos lleven a dotar a unos individuos de cierta superioridad, y ubicarlos por encima de otro grupo humano, es discriminatorio.

Por lo tanto, no es tú opinión si dices que los negros son tan racistas como los blancos, eso es RACISMO.

Tampoco es tu opinión, si crees que la si una mujer invita a un hombre a su habitación tiene que consentir en tener sexo, eso es una evidencia de VIOLENCIA MACHISTA.

Mucho menos es tu opinión si niegas la posibilidad de que dos personas del mismo género se puedan unir legalmente, eso es HOMOFOBIA.

Debajo de esas “opiniones”, que ya sabemos que no son tales, existen ignorancias que, por lo general, a las personas les cuesta reconocer, entre otras cosas, porque hacerlo supone asumir cierta fragilidad. Aquí es donde me gusta decir que cada vez que aprendo algo me doy cuenta de lo que no sé.

Personalmente, a veces me da un poco de pereza cuando debato con “opiniólogos” y “opiniólogas”; sin embargo, como activista sé que entre mis funciones esta además de formarme, aprender, cuestionar, reflexionar y construir, ser el puente para que otrxs también participen de esos procesos y hagan sus propias tareas. Yo hice las mías, cada quien tiene el deber y derecho de hacer las suyas propias.

No obstante, creo que cada día aprendo más a escoger mis debates, a no desgastarme en ellos, a hacer propositiva y, sobre todo, a reservarme para la gente “en transición”, y para mi propia comunidad, quienes son, en primera instancia, a quienes les dedico la vida.

Foto: PT – Partido dos Trabalhadores, reproducida bajo licencia Attribution 2.0 Generic (CC BY 2.0).

Yadiel Cepero: En defensa de los amores legítimos en Cuba

“Si de algo estoy plenamente convencido, es de que el amor que nos profesamos las personas del mismo sexo es tan legítimo como el que se profesan las personas heterosexuales.” Yadiel Cepero. Fotografía cortesía del entrevistado y usada con permiso.

Yadiel Cepero es un joven activista, ingeniero en Ciencias Informáticas y fundador de una plataforma de discusión en Facebook titulada Construyendo una agenda de la diversidad sexual en Cuba en la cual participan casi 150 personas.

Cepero llegó al activismo luego de haberse formado como promotor de salud y derechos sexuales en la Red de Jóvenes del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX). Durante dos años coordinó en la Universidad de las Ciencias Informáticas, el proyecto Amor a Segunda Vista. En 2014 fue delegado a la VI Conferencia Regional de la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex para América Latina y el Caribe. Actualmente es miembro de la Articulación Juvenil del Centro Oscar Arnulfo Romero.

El marco de esta entrevista tiene lugar dentro de los debates sobre el matrimonio igualitario en Cuba, cuya legalidad no se contemplan aún en la constitución de la Isla. La conversación nos llevó a distintos aspectos de interés en el debate, desde el lugar que ocupa el matrimonio igualitario dentro de las prioridades de las distintas comunidades LGBTQI a los escollos de los textos legales que regulan la vida privada de los ciudadanos de un país.

¿Cuáles son las razones, según tu opinión, para que que exista una manera de que las personas del mismo sexo puedan legalizar su relación en Cuba?

Considero que debe existir una figura legal concebida para tales fines. En particular porque muchos trámites legales, incluidos los que involucran a los bienes adquiridos en común, dependen de que la relación esté formalizada y reconocida ante la Ley. Que esta figura sea el matrimonio igualitario, la unión consensual u otra, dependerá de cuán revolucionarios nos propongamos ser y de lo hábiles que seamos para sortear los obstáculos que ya están en el camino. A nivel internacional son varios los países que han incluido algunas de estas figuras en el ordenamiento jurídico. En Cuba, apenas estamos dando los primeros pasos.

Personalmente, no considero que un contrato legal garantice la estabilidad emocional de una relación, pero puede contribuir a preservar el patrimonio, viabilizar trámites y evitar lamentables injusticias. Dependiendo del alcance de la figura legal [se verá si esto incluirá o no] el derecho de las personas del mismo sexo a adoptar, tema del que poco o nada se habla en Cuba. Es complejo y no está exento de cuestionamientos éticos.

¿Crees que habría que hacer una consulta nacional para decidir si en Cuba exista o no la unión legal entre personas del mismo sexo/género?

En lo personal, considero que los derechos, en tanto constituyen derechos, no deben ser sometidos al juicio inquisitorio de nadie, ni siquiera de las mayorías. Sin embargo, hay mecanismos legales que no pueden obviarse. Por ejemplo, el matrimonio está definido en el artículo 36 de la Constitución de la República de Cuba como “la unión voluntariamente concertada de un hombre y una mujer con aptitud legal para ello, a fin de hacer vida en común…”

En el Código de Familia se habla del matrimonio no formalizado. Ahí pudieran introducirse modificaciones importantes respecto al reconocimiento de las uniones legales que no alcancen estatus de matrimonio sin que se requiera para ello una consulta nacional.

Esta segunda opción parece ser la más viable, pero su alcance es limitado. De aprobarse, el matrimonio continuaría siendo un derecho/privilegio reservado constitucionalmente para las parejas de sexo diferente mientras que las parejas del mismo sexo tendrían que conformarse con el matrimonio no formalizado o la unión consensual, algo que acentuaría más aún la discriminación.

Debo aclarar, no obstante, que la unión legal entre personas del mismo sexo es tan solo un elemento dentro de la agenda de la diversidad sexual. Por tanto, considero que el punto de partida de cualquier iniciativa legal debe ser discutir y consensuar la agenda a partir de las propuestas provenientes de los colectivos y activistas.

Y con respecto al matrimonio igualitario…

Me parece que está sobrevalorado. Históricamente, el matrimonio ha sido un instrumento que ha servido para preservar el patriarcado, la monogamia y la doble moral judío cristiana. Respecto a quienes apuestan por él, pero creo que el debate no ha alcanzado toda la profundidad que amerita. Es por ello que me gustaría lanzar algunas interrogantes para un debate futuro.

¿Por qué acapara tantos titulares el matrimonio igualitario? ¿Qué lugar debiera ocupar en la agenda de la diversidad sexual?

¿Tiene sentido reclamar el derecho al matrimonio solo porque los heterosexuales lo tienen? ¿Cuál es el alcance real de esta figura legal?

¿Cuando hablamos de reconocer las relaciones entre personas del mismo sexo, hablamos solo de relaciones entre dos personas? ¿Qué pasa con los colectivos que actualmente defienden el poliamor? ¿Deben quedar fuera sus propuestas?

¿Estar unidas en matrimonio hace alguna diferencia para las personas trans que consideran como prioridad el acceso a medicamentos y cirugías de adecuación genital?

¿Estar unidas en matrimonio hace alguna diferencia para las mujeres lesbianas que desean acceder a la fertilización asistida en Cuba? Dado que el protocolo del Ministerio de Salud Pública está concebido para las parejas infértiles, no bastaría con estar unidas en matrimonio, pues se requiere que una de las dos sea infértil.

¿Conoces algún caso en Cuba o anécdota donde se hayan cometido injusticias contra personas no unidas legalmente?

Conozco varios casos. Entre ellos un amigo, que luego de que su pareja falleciera, se vio imposibilitado de adjudicarse los bienes que habían adquirido en común. Una historia lamentable, años antes el padre del fallecido lo había obligado a irse de la casa y luego de su muerte adquirió la propiedad de casi todos los bienes del hijo. Al no estar reconocida la unión legalmente, muy poco se pudo hacer por la vía judicial.

Además, no son pocos los centros estatales (restaurantes, hostales y otros) que tienen ofertas para parejas, pero les niegan el acceso a las parejas del mismo sexo.

El comentarista Ernesto Martínez Hernández expresó en un artículo publicado en Granma, uno de los diarios estatales de más circulación en Cuba: “Permitir los matrimonios gays es [un] irrespeto a la sociedad, como permitir contratos jurídicos entre personas y animales. [No] es normal, no se debe legalizar porque no es natural. Hay parejas que viven toda la vida sin matrimonio, [por qué] luchar por legalizar lo que no es normal por naturaleza?”. ¿Qué le responderías a este comentarista?

En primer lugar, me gustaría dejar claro que el comentario al que te refieres fue motivado por un artículo publicado en la edición digital del diario Granma, el 6 de mayo del 2014. Artículo en el que la periodista Lisandra Fariñas, entrevistó a Gloria Careaga, por entonces Cosecretaria de la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex, (ILGA por sus siglas en inglés). El comentario de Ernesto refleja la opinión personal de alguien que se opone abiertamente al matrimonio entre personas del mismo sexo. Es su opinión y la respeto, pero está claro que refleja un alto grado de ignorancia respecto al tema. La condición de “normalidad” o “naturalidad” es tan relativa como la humanidad misma. Lo que es normal o natural para una persona puede no serlo para otra y viceversa. Históricamente ha sido así. En la esclavitud se consideraba “normal” o “natural” la compra y venta de seres humanos, algo repudiable y castigado en la actualidad. Si de algo estoy plenamente convencido, es de que el amor que nos profesamos las personas del mismo sexo es tan legítimo como el que se profesan las personas heterosexuales.

Publicado en Global Voice.

Diez años después, Cuba en su batalla rosa

Por Norge Espinosa Mendoza.

El 17 de mayo de 2008 parte de la calle más céntrica de La Habana se llenó de personas que celebraban algo inédito en ese entorno. Por vez primera salían a ese espacio tan público gays, lesbianas, transexuales, para proclamar en Cuba los festejos por el Día Mundial de Lucha contra la Homofobia. Vale la pena repasar lo que algunos medios de prensa difundieron acerca de ese improntu, para calibrar lo que, a diez años de tal acontecimiento, se ha conseguido o no. Y sobre todo, repensar lo que las fuerzas que salieron del closet en aquella fecha han promovido como avances auténticos y aquello en lo que han retrocedido o se han estancado. O sea, no activar una memoria que se quede en el bullicio tropical, en el colorido de segunda mano, en la ruidosa manera en la cual convertimos en comparsa un gesto que contiene interrogantes mayores y que, en no pocas ocasiones, parecieran adormecerse una vez que termina el día de fiesta, a la espera de otra vuelta del calendario. Promovida por el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), entidad del Ministerio de Salud Pública, esa jornada cubre ya un programa de encuentros con especialistas, una gala de transformismo en un teatro importante, y la réplica de algunas de esas proyecciones en una ciudad de provincias. En los tiempos de la colonia, se celebraba el Día de Reyes. De algún modo, esta fecha ha devenido una suerte de Día de Reinas, un cubano Queen´sDay, en el que los miembros de esa hipotética comunidad LGTBIQ de la Isla aprovechan las horas de ese día para mostrar sin recato aquello que son. Pero es una batalla que dura más que eso, que se muestra en cierta forma como una lidia fragmentada, demasiado intermitente, y en la que algunas de las demandas esenciales que se movilizan en ese día continúan a la espera en ciertas agendas que se resisten a responderlas.

Estos diez años de batalla han sido el escenario de varios golpes de efecto. Desde la posibilidad misma de tomar por asalto el Pabellón Cuba, con el pretexto de una fecha que tiene ese valor en el calendario internacional, y su choque inmediato con el registro de celebraciones oficiales que el gobierno aprobó hace mucho tiempo, según el cual el 17 de mayo es el Día del Campesino, una coincidencia que hizo poca gracia a personas y funcionarios, y que opera como pretexto sutil para que este suceso, en nuestro país, se haya ido desplazando a días posteriores o previos al 17. De hecho, creo que solo en una ocasión, la primera, el acto central ocurrió en esa fecha. Ello es un síntoma de la verdadera batalla que sucede más allá de la conga (versión criolla del Gay PrideParade que cubre aquí unas pocas cuadras), y que tiene que ver con algo mucho más profundo: abrir en la historia del país, y de su Revolución, un espacio para el homosexual, la lesbiana, el transx, el paciente de sida, etc., que no “moleste” ni obligue a ese aparato que ha generado su propia visión de la Historia a rehacer su propia noción de tiempo ni de representaciones. Los miembros de esa comunidad fueron durante años anulados, invisibilizados, estigmatizados como lacra y aun peligros políticos, según declaran los editoriales de la prensa en 1965. Pretender ocultar con la lentejuela y la bandera del arcoíris los ecos de esos traumas y algunos peores, todavía verdaderos tabúes, como la UMAP o la parametración, no ayuda en ese supuesto progreso, porque la falta de memoria, la conciencia activa de una memoria que genere una tradición precisa de lucha, de nombres, de otras guerras anteriores, es cosa sin la cual no existe comunidad alguna. Liderados por esa primera fila en la que salen a la conga los líderes del Cenesex y las personas transx en las que esa institución ha encontrado a sus representantes privilegiadas, los demás integrantes de ese ejército saben poco de tal cosa, y desconocen tal vez lo que ocurre a sus hermanos de lucha en sitios como Chechenia, aunque griten aquí consignas políticas que reclamen el fin del bloqueo, como si formaran parte de una manifestación, cualquier otra, una más, de las que suelen verse en Cuba, sin hacer hincapié desde ahí en las demandas que podrían caracterizarlos. Para ganar ese espacio en el calendario, se ha producido esa rara mezcla en la que plumas y trajes de satín cubren cuerpos que claman por lo mismo que guerrilleros y soldados enfundados en severos uniformes. Controlar el desborde, hacer creer que el desborde no se sobrepasa a sí mismo en esa delgada línea donde la libertad deviene libertinaje, ha sido ungesto común en estas celebraciones, a lo largo de diez años en los que la Constitución sigue dejando de lado el reconocer sus derechos, o se les anula como pareja, a quienes viven en ese estado, en las encuestas del más reciente Censo de Población.

Como eje de todo, es al Cenesex a quien podría exigírsele por todo esto. No reconocer que ha abierto en el espacio de representación social de Cuba un sitio para las personas de esa comunidad LGTBIQ que sigo pensando que aún no es tal, sería un error. No reconocer que sus representantes han alzado la voz aquí y en la escena internacional para nombrar algunos problemas, y resolver otros, como el de los que aspiran a una cirugía de reasignación de sexo, también sería fallido. Pero justo por eso, siguen vigentes otras demandas y preguntas. Cuba es un país que ha optado por crear instituciones que atiendan ciertas problemáticas, y a ratos hemos creado problemáticas para, asimismo, crear alguna institución. Si el propio Cenesex indica que los homosexuales ya no son enfermos, según el registro de patologías de la Organización Mundial de la Salud, resulta una inconsistencia que sea una entidad de este tipo la que los represente, amén del hecho de que su directora no conforme, en tanto biografía, parte de la comunidad por la cual habla en tantos cardinales. El matiz político de su linaje, ligado en varios momentos a la mirada homofóbica que descalificó a gays y lesbianas como ciudadanos en nuestra nación, no puede ser desestimado, y hace que muchos crean que detrás de todo esto hay en verdad una maniobra de postulación, de lavado discreto de ciertas culpas, que se reargumenta en el vaciado de memoria y de conflicto que esa institución sigue proclamando. Aunque para los extranjeros que llegan a Cuba, de la mano del Cenesex y sus amigos, a ver cuán armónica es esa vida rosa que proclaman sus embajadores, nada de eso sea preocupante ni demasiado visible. No son muy distintos, en muchos casos, de los turistas que llegan al archipiélago a creerse el cuento de la burbuja promisoria que encuentran en playas y cubanos de sonrisa complaciente.

A diez años de ese primer gesto, el Cenesex ha acuñado, en la sede de la Uneac, una estampilla que celebra esa década de supuesta lucha. Cuando supe de la noticia, creí ingenuamente que el sello representaría a algunas de las personas que se suman a la conga Rampa arriba. O que la directora del Centro ocuparía el centro de esa imagen, como lo hace en el hagiográfico documental que le dedicara HBO. Error mío: se trata de un sello que data de 2008, y quien aparece en la estampa no es ella, sino su madre, quien fuera presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas. Entre una de las maniobras más persistentes del Cenesex se encuentra la idea más o menos delirante de convertirla en una activista de la lucha por los derechos de gays, lesbianas, transx, etcétera. Hasta donde recuerdo, son escasas sus declaraciones al respecto. En su libro de 1994 Sexual Politics in Cuba, Marvin Leiner recuerda que alguna vez ella interpeló a un joven sicólogo que se expresó con frases homofóbicas en un Congreso de la UJC. Pero esa misma anécdota viene rememorada como una nota al pie, y tal vez las referencias que puedan encontrarse aquí y allá para argumentar esa ficción no pasen de lo mismo. Lo cierto es que no deja de ser elocuente que el Cenesex proponga dos cosas más o menos graves: celebrar el presente desde un hecho pasado que no tiene ligazón directa con lo que pretende ahora festejar, y desplazar en ese acontecimiento de la imagen central a quienes dice que representa. La directora del Cenesex ha dicho que probablemente en poco tiempo el apellido de su familia no ocupe más el centro de poder que hasta ahora ha poseído. Tal vez sea cierto, pero es evidente que sí se está operando, de esta manera y de otras, para que esa genealogía no desaparezca de la Historia, incluso manipulando símbolos y nombres para cubrir causas y demandas que poco tienen que ver con lo que en vida hicieron algunos de sus más visibles representantes. Ya en las galas del Karl Marx, antes de ver el desfile de transformistas, el Cenesex proyectaba en sus minutos iniciales un video con imágenes de la presidenta de la FMC que celebraban su vida en tonos épicos, mientras el público se desesperaba por ver a las divas de la noche. Esos espectadores pueden saber poco de Emilio Ballagas o Virgilio Piñera, de los que fueron obligados a irse por el Mariel al ser denunciados como maricones, o sobre el travesti que murió apedreado en Pinar del Río. No verán esos rostros en esa estampilla, a la que se le impone un gomígrafo en su hoja de primer día que hace referencia a la Jornada Cubana de Lucha contra la Homofobia y la Transfobia. Los aplausos de la gala, los gritos de “perra” y “dura” serán más fuertes que los de los activistas, del Cenesex o no, que reclamen el matrimonio igualitario, el reconocimiento de otras legalidades, por no hablar de la posibilidad de adopción entre parejas del mismo sexo.

Me consta que se trata de una batalla difícil, que no puede contarse únicamente en una gama de rosa y colores pastel. Me consta que la propia directora del Cenesex ha tenido reveses en sus diálogos con algunos de los máximos funcionarios del aparato político. Pero todo ello tiene que ser parte de una lucha en la que aspiro a que un día sea un homosexual o una lesbiana quien se levante ante el micrófono para hablar por su propia voluntad y su hoja de vida por aquello que reclama. Y me gustaría que a la vuelta de estos años nos ahorrásemos ciertas inconsecuencias, como la de oír a la figura central del Cenesex descalificar las marchas del orgullo gay y considerarlas inadecuadas, por frívolas y carnavalescas, en nuestro contexto, cuando ella misma ha aceptado aparecer en algunas, como parte de sus coloridos desfiles. O cuando un especialista de cine gasta tinta en un periódico de circulación nacional describiendo a sus lectores la trama de una serie como Queer as folk, no solo apelando a la peor traducción hispana de su título, sino a la narración de su argumento, único modo en el que muchos espectadores cubanos sabrán de esa serie que nuestra pacata televisión nacional no se atrevería a exhibir, aunque date de la década del 90. Todo ello ayuda a la proliferación de los estereotipos y de los prejuicios. Una entrevista publicada en Granma en estos días mostraba en la página web de dicho diario los comentarios retrógrados que numerosos lectores no dudaban en regalar a las palabras de la directora del Cenesex. Esa es la señal de alerta, la que nos dice que la batalla es aún cosa que sucede, y que no debe adormecerse en los spots didácticos, en la comparsa que dura unas horas, ni en puntos privilegiados de nuestro país, o en un evento en las arenas caras de Varadero. No solo estamos discutiendo cómo cambia el país, sino que deberíamos discutir para quién cambia el país y a quiénes deberían favorecer en realidad esos cambios. Y eso incluye al sexo de la Nación misma, a las variables de lo que ofrece como operación de cambio, a la manera real, y no solo en las fórmulas de campaña, en que abrimos espacios para una diversidad que ya suena a reclamo formal o vacío, apoyado por figuras públicas que a pesar de ciertos secretos a voces, se niegan a asumir su bisexualidad u homosexualidad ante las cámaras. Hay mucho de performance aún en todo esto, de fiesta que, en su vibración, oculta y enmascara algo que debería quedar más al descubierto. Y es en ese empeño que, por ejemplo, parecen encaminadas las entrevistas que Yaima Pardo ha subido recientemente a YouTube, bajo el título de Causas y Azares, dialogando con activistas del in and out, del Cenesex y otros que, en un afán civil mayor, no tienen que constreñirse al amparo y la sobreprotección oficial para aclarar sus exigencias y desasosiegos, no solo en La Habana. Me he ahorrado hasta aquí anécdotas personales: cuento ahora una que me sirvió para distanciarme de gran parte de esto, y a la que debo una visión más exigente de lo que hay y de lo mucho que nos falta. En una reunión preparatoria de una de estas jornadas, una persona transx se negó a compartir el mismo espacio con pacientes de sida. Y lo declaró de un modo brutal. Ello me dejó sentir cuán hondo es aún el desprecio que la propia comunidad LGTBIQ puede manifestar hacia algunos de sus propios integrantes. Y si ello ocurre en el seno de ese núcleo, qué dejar para quienes nos miran como fenómenos.

A mi manera he sido parte de esta lucha, mucho antes de que el Pabellón Cuba se abriera a la multitud que lo abarrotó aquel 17 de mayo de una década atrás. Tengo mis imágenes de esos acontecimientos. Hombres jóvenes y maduros, muchachas y mujeres cogidas de las manos. Familias y personas que, a su manera, con sus recursos humildes, quieren anunciar desde sus ropajes que respiran una diferencia a golpe de color y desafío. Yo creo en el desafío. Y son muchos los que aún están por pronunciarse. No solo a favor de una Cuba rosa, en la que también puedo desconfiar. Todo esto también tiene el nombre de Cuba. Su nombre, su rostro y su sexo. Tanto como su historia. Y ello viene desde mucho tiempo atrás, no solo de una década y todo lo que sus riesgos y tropiezos nos recuerdan. Es también lo que está por llegar. En esa página en blanco, los que vendrán a escribir sus nombres heredarán muchas de estas preguntas.

Foto de portada: Tomada del muro de FB de Norge Espinosa.

Test para detectar “el racismo que llevamos dentro”

Existe una línea muy delgada, pero prudente, entre acusar a una persona de racista y decir que “algo”, cualquiera que sea su formato, es racista.

Cómo psicóloga que soy, puedo diferenciar entre creencias, opiniones, estereotipos, actitudes, prejuicios y conductas racistas. Fueron cinco años aprendiendo, más que de memoria, cada uno de esos conceptos, los que yo, sin haberlo previsto en mi época de estudiante, hoy orientan mi análisis y mi activismo.

Sin embargo, como estamos en tiempos en que funcionan más las listas de plecas que el racionamiento y el ponerse en el lugar del otro, dejo en este post aquellas señales que me advierten que se reproduce, legitima o refleja, racismo, sexismo, misoginia, homofobia, islamofobia, o cualquier otra manera de discriminación de unos seres humanos sobre los otros; con la intención de que tú mismx puedas valorarte e identificar tus puntos flacos en este sentido.

Todo masticaíto para que no te quejes:

  1. Lo primero es tener el valor de decirse: “esto que estoy pensando no está bien”. No puede ser que sea así tan simple que todos los musulmanes sean terroristas”. En mi opinión, por ahí comienza el camino hacia la libertad, entendiendo por ello, la que reside en vivir con la menor cantidad de miedos, prejuicios y limitaciones posibles. Como dice la medicina: el primer paso hacia la cura es aceptar que se está “enfermo”.
  2. Tratamiento y representación estereotipada del tema; lo que mi abuela Niña llamaría “irse por lo más fácil”, porque estereotipo al fin, este es un especie de condensación o reducción de un asunto mucho más complejo. Para la gente perezosa es más efectivo pensar que la cantidad de melanina en la piel tiene que ver con el desempeño sexual. Es fácil: si con una oración puedes explicar lo que querías, ahí está el maldito estereotipo que hay que matar. Siéntete retadx. Ve más allá del punto final.
  3. Puedes notar a simple vista que hay una parte de la historia que falta; no importa si por ligereza, ignorancia o alevosía; pero sin duda alguna, hay un sesgo que quizás parta de la posición de quien la cuenta. Por ejemplo, muchas de las personas que declaran que “algo” no es racista están en una posición de privilegio o sencillamente no han vivido la discriminación en su piel.  
  4. Tienes que usar siempre un pero para destacar algo positivo en la persona en cuestion. Algo así como: “él es negro PERO más buena persona”. Y por qué no decir sencillamente “él es buena persona”. ¿Por qué PERO? En el subtexto está el error en considerar que las personas negras son, en su mayoría, MALAS personas.
  5. Pensar que una condición predestina a las personas a algo. Y aquí tengo que traer el “blancos empíricos” que le soltó una persona a una amiga muy querida y a su pareja. Ahhhh, por qué además hay una manera de ser “blanca” y otras… ¡Dime tú!
  6. Aquello que piensas o haces es burdo, soez, grosero, inhumano, como esas representaciones de las rubias donde se les intenta poner como tontas o de las feministas cuando se les cree “faltas de sexo”. Y también a las personas negras cuando se les representa como primates, seres primitivos, no “civilizados”, etc.
  7. La más importante de todas: daña la dignidad de un ser humano. Esto sería harto suficiente para reevaluar lo que piensas y haces. Para saberlo, no necesitas preguntarle a tu amiguito negro (ese mismo que usas para convencersete de que no eres racista), en su lugar ponte en su piel a partir de una condición de tu propia existencia: quizás sea tú seas homosexual, neurodivergente, migrante, campesino, mujer, negra…
  8. Si aún no puedes saber con certeza cómo evaluar que se estan incurriendo en una discriminación pues te convido a que hagas el siguiente ejercicio de repetición para ver si te suena:

Tengo varios amigos blancos que no son malos, es más nunca han estado presos. Para mí son negros por dentro.

Se están fajando en los bajos de la casa: un niño y un blanquito…

Mi mejor amiga también es blanca pero de lo más bonita, educada y limpiecita… Vaya, que es una blanquita de salir.

Dorita, mi mejor amiga blanca es tan buena e inteligente. ¡Lo único que le falta para ser perfecta es ser negras!

Mi nuera es blanca, pero la verdad es limpia como una negra.

Foto de portada: mbeo

El orgasmo revolucionario

Por Victor Fowler Calzada

 Hace pocos días, casi cuando mismo en la capital del país se celebraba una nueva edición de la Jornada contra la Homofobia y la Transfobia, a unos 100 kilómetros de distancia, en la ciudad de Cárdenas, un grupo de homosexuales fue detenido por la policía bajo la acusación de prostitución. La noticia aparece en una breve comunicación titulada “Detienen a gays, lesbianas y travestis en Cárdenas a pocos días de la IX Jornada contra la homofobia y la transfobia en Matanzas”, aparecida el pasado 13 de mayo dentro del blog “Afromodernidades” y con la firma del intelectual cardenense Alberto Abreu Arcia. Acompañando la noticia aparece la borrosa fotografía nocturna de una esquina en la cual se encuentran parados dos jóvenes vestidos y maquillados como mujeres.

Si es cierto o no que han cometido el delito del que se les acusa es algo que debe de ir precedido por una discusión profesional acerca de los límites para la definición de esa práctica que la autoridad tipifica como violación de legalidad establecida; dicho de otro modo, en el contexto de lo sucedido, resolver la contradicción entre la actuación policial y lo que en la nota expresa quien se identifica como Lulú: “…yo estoy en mi mundo. Ellos saben a lo que yo me dedico y lo que yo realizo. No sé por qué ellos caen en lo mismo”. O sea, las particularidades de esos dos “mundos” que funcionan según reglas diferentes, encontradas, opuestas.

Al mismo tiempo, la discusión acerca de los términos y contenidos del supuesto delito interesa menos que la repetición, en los testimonios, de lo que quien se identifica como Yanira describe del siguiente modo: “…cuando llegamos a la unidad, [ocurrió] lo mismo que ellos hacen siempre: reírse de uno, tenernos hasta tarde y querer levantarnos una Carta de Advertencia por prostitución masculina. Las áreas donde nosotros nos paramos las están alumbrando. Nos están como cerrando los pasos, sinceramente”. Es lo mismo a lo que se refieren Lúlú y Yadira quienes, según escribe el articulista: “no entienden esta situación y mucho menos por qué la policía cada vez que l@s detiene, l@s toman como objeto de burlas.” Algo que nuevamente aparece en el siguiente fragmento: “Cuándo le pregunté si tenían el nombre del policía o el número de la patrulla, Lulú respondió: “Ellos no dan ningún nombre”. (…) “fíjate si nos tratan como un cero a la izquierda”, y señala que le preguntó el nombre al oficial, y éste le respondió que no le tenía que dar ningún nombre, “que eso no era problema mío”.

II

Las preguntas de investigación a derivar de lo anterior, de no ser dolorosas, serían fascinantes como ejemplo de aquellos límites en los que el poder devela sus componentes más oscuros, donde comienza a poner en práctica una espeluznante autofagia. Lo primero de ello, la obscenidad de esa risa (completamente despreciable) gracias a la cual el contenido de la ciudadanía queda vaciado durante la situación de conflicto; dicho de otro modo, cuando la autoridad utiliza el poder en ella delegado para reirse de aquel a quien debiera de proteger. Aquí es necesario que quede absolutamente claro que esa autoridad no posee poder divino alguno, sino que en ella está depositado el poder de esa entidad colectiva denominada “pueblo”, dentro de la cual están estos propios sujetos burlados.

Este cambio de función, de la protección a la humillación, es explicable sólo si esos a quienes se considera delictuosos son apreciados como diferentes, “otros”; pero no según lo que “hacen”, sino partiendo de un medidor externo (para ello se suele apelar, como si todos compartiéramos su contenido, a algo a lo que llamamos “lo moral”) que los ridiculiza y priva de derecho ciudadano, que transforma a personas en juguetes o involuntarios payasos. La clave aquí es que esta policía que ríe no lo hace contra todo tipo de detenido, sino contra un particular tipo de detenido y no lo hace una vez, sino que lo hace siempre: “lo mismo que ellos hacen siempre: reírse de uno”. Puesto que es bastante poco imaginable que la policía se burle de los asesinos, ante quienes lo humano es experimentar horror, ladrones, violadores, secuestradores de niños o enemigos políticos, imaginar a quién o quiénes queda reservada, destinada, esa alegría perversa.

La risa es sólo la mitad obscena del abuso porque en su reverso el poder enseña su lado más desnudo y áspero como violencia simple; esto explica que el policía no sólo sea ríe, sino que (violando las propias normas de transparencia que supuestamente presiden el trabajo de la institución en sus relaciones con la población) se niegan a decir sus nombres, números, cualquier cosa que pueda identificarlos (para una futura queja) y tal vez hasta adopten una entonación de rufianes, pues es más que dudoso -hjaciendo otro ejercicio de imaginación- que lo siguiente haya sido dicho con delicadeza y respeto: “le preguntó el nombre al oficial, y éste le respondió que no le tenía que dar ningún nombre, “que eso no era problema mío”.

III

La violencia de lo sucedido ese día es un pequeño punto dentro de la larga historia de obsesión homofóbica por parte de las autoridades cubanas a lo largo de más de medio siglo; una obsesión que fluctúa en sus intensidades, pero que practicamente no ha dejado de existir nunca. En un chiste de mis años de secundaria (nací en 1960), la policía rodea la zona de Coppelia una noche, llena con homosexuales todo un camión con rejas y, antes de abandonar el lugar, comienza el chequeo de identidad de los detenidos. El policía encargado pregunta los nombres y todos van respondiendo con voz afeminada, pero llegan a uno que -de modo áspero y en forma crudamente viril- contesta que su nombre es Ramón Pérez. “¿Y este que está al lado suyo quién es?”, pregunta el policía. “¿Este?, responde el detenido, “¡este es mi marido!”. Lo que intensifica el chiste es que la última parte debe ser pronunciada con voz y gestualidad exageradamente femeninas.

O lo que es lo mismo a decir que nada desaparece, sino que deja residuos -de todo tipo y en todas partes- pues el chiste no flota sobre el aire, sino que corresponde a las penosamente célebres “recogidas” de los años 70 del pasado siglo en esa zona de la capital habanera. La violencia homofóbica quizás necesite de un mapa (que abarque los espacios, pero también las temporalidades) que nos posibilite ver, leer, el paisaje global de la violencia en una larga cadena de actos pequeños que lo mismo abarca iluminar una esquina particular que “higienizar” un sitio de reunión homosexual, reirse de un detenido que hacer chistes homofóbicos en un espectáculo público sin que ello merezca consecuencias.

IV

Esta disposición permanente, esta manía de controlar los cuerpos, en el escalón superior se manifiesta en dimensiones bio-políticas: movilizaciones militares o hacia la agricultura, espacios de supuesta purificación (como fueron las también célebres UMAP), desfiles que duran horas y se extienden a lo largo de kilómetros, jornadas de trabajo voluntario, tablas gimnásticas. La explosividad de cuerpos sanos (o a los que se intenta sanar), pasando de uno a otro sitio, activando, transformando; si pudieran ser calculados bajo la forma de energía generarían tantos millones de joules como el Sol, Cuerpos comunicando el espectáculo y la sensación de su cantidad de fuerza y de su limpieza esencializada.

El pasado 14 de marzo de 2016 apareció en el blog “El Estornudo” un artículo de Carla Gloria Colomé que -dedicado a explorar el mundo de los vendedores de “objetos de placer”- lleva como título “Vibradores vendo yo”. Se trata de un negocio que subsiste por debajo del radar, ya que la importación de dichos objetos” está prohibida en el país pues se le considera material pornográfico. Además de entrevistas a varios personas del negocio la autora busca establecer contraste con la opinión de trabajadores del aeropuerto que ofrecen detalles acerca de las prácticas de Aduana al respecto.

En este punto, si algo llama la atención es la mezcla de tolerancia y obscenidad. Lo primero porque, a pesar de todas las disposiciones (y obsesiones) legales, según informa el texto: “Nunca, al menos Yanara y los aduaneros que con ella trabajan, han decomisado ningún juguete sexual.” Lo segundo porque, según la misma testimoniante, “El trabajo en un aeropuerto es largo, extenso, agotador, (…) Algo hay que hacer para que el tiempo corra.” y es entonces que:

“A veces damos chucho entre nosotros, para variar un poco el día, el pasajero se muere de la vergüenza y me dice no lo saques y yo le digo por qué, a ver, por qué. Y llegan otros aduaneros con caras serias, el pasajero impaciente, hasta que sacamos el instrumento, y todo el mundo alrededor comienza a reír.”

En este fragmento la bondad (la disposición a entender el deseo del otro y aceptarlo como legítimo) pasa por el riesgo (de perder el trabajo si se es descubierto en un transparente ejemplo de “mano blanda”) e incluye la obscenidad (al exponer la más recóndita intimidad de ese mismo otro al que se ofrece una cómplice ayuda). O sea, en un mismo movimiento se hace burla del poder y se le reverencia.

V

En cualquiera de ambas historias, la de policías que se ríen de sus detenidos o aduaneros que ser burlan de la intimidad sexual de viajeros, son elementos comunes el que la posibilidad de actuar de tales modos se fundamenta en la autoridad y el hecho de que un grupo de sujetos ha sido colocado, señalado, ubicado, distinguido, identificado como seres de un límite donde las protecciones terminan.

No pocas de las contracciones futuras de la vida cubana van a pasar por esos límites y, en general, por el concepto mismo de límite y todo lo que implica; por el análisis de los involucrados en esta prácticas des-ciudadanizadoras y sus diversas conductas; por la calidad pública de hechos y personas o la voluntad de acumular silencio sobre ellos. Dicho de otro modo, van a ser debates propios de la tensión entre demandas de carácter civil y Estado, entre condición ciudadana y Estado de Derecho, entre democratización y autoritarismo. Puesto que nunca, bajo ninguna circunstancia, puede la policía burlarse del detenido, por des-ciudadanizar (palabra inventada) debe entenderse cualquier práctica cuyo diseño y efectos conduzca al aligeramiento del contenido de la noción “ciudadano” mediante la sustracción de derechos y la invención, enteramente impune, de atribuciones que no tienen ni el Estado ni sus órganos represivos, de control, administrativos o de reproducción de ideas.

Para terminar, confieso que, contrario a las normativas, me agrada la idea de un socialismo con consoladores: lo mismo importados que fabricados en el país y vendidos. Lo que suceda en el interior de una práctica erótico-sexual -individual, de pareja o múltiple- sólo debe de interesar a los implicados y el Estado sólo debería intervenir cuando haya afectación a terceros, violación del mutuo consenso y hasta ahí. El resto de lo que el Estado hace es vigilar las fronteras; cuidar que la democracia sea efectiva; que haya equidad y justicia social; que el entramado económico funcione y esté orientado al desarrollo; que los ciudadanos experimenten felicidad, pero absolutamente nada que tenga que ver con las vidas privadas de los ciudadanos porque la privacidad es un derecho ciudadano en sí mismo.

Es aquí donde el orgasmo revolucionario (lo cual es casi una construcción poética, lo sé) tiene que proponer(se) un goce sin exclusiones, una especie de utopía del ascenso universal en el cual todos los sujetos son dignificados en su deseo (repito que mientras no haya destrucción o daño de un otro) porque lo que resulta aquí comprendido y aprehendido es la infinita variedad de la experiencia humana. En la fantasía de este escenario, cualquier entrada de la risa que, desde que brota, busca degradar, es manifestación de un componente malsano, que quisiera contaminarnos a todos, que necesita de nuestro silencio o aplauso para conseguir extenderse por la totalidad del cuerpo social.

VI

La extensión del Derecho no trata exactamente del tiempo presente, sino del espacio de posibilidad para que algo tenga lugar; dicho de otro modo, no de la voluntad infantil de romper una norma, sino de batallar y arribar a las normas más justas para que sea mayor la oportunidad de realización en quienes nos suceden. Esto explica que, por encima de las restricciones del presente (que, en ocasiones hacen que terminemos aceptando cosas que internamente rechazamos, en las que tal vez no creemos siquiera o hasta nos disgustan) el Derecho habla de los espacios de libertad y felicidad, amargura, plenitud o miedo que van a tener nuestros hijos y nietos. No van, simplemente a recibirlos, sino que se los vamos a entregar, porque ese futuro es nuestra construcción.

Y ellos merecen mundos mejores.

Tomado de Oppianos.
Foto tomada del perfil de Yasmin Silvia Portales Machado en Twitter.

Paso al cliente: solo si es rey, solo si es King

Por Norge Espinosa

A propósito del publirreportaje sobre el King Bar que salió publicado en Oncuba, el pasado 14 de septiembre.

La nota con la cual OnCuba, una de las publicaciones virtuales más leídas del país, celebra la existencia del KingBar, es uno de los ejemplos más flagrantes de ese periodismo interesado que nos acosará cada vez con mayor fuerza. Dictada evidentemente desde una tendenciosidad que disimula sus verdaderas intenciones en el elogio desmesurado al restaurante bar que hace unos meses desató polémicas por la homofobia que sus dueños ejercen ante la clientela que se acerca al sitio, planea ocultar parte de ese resquemor, y en ese afán, los párrafos de Cecilia Crespo se empeñan en lavar la imagen sombría que en aquella noche del 27 de junio recibieron, en la entrada misma, los activistas del Proyecto Arcoiris que intentaron esperar en ese recinto el Día del Orgullo Gay. La discusión allí sostenida sacó a flote lo que se sospechaba: sus dueños, haciendo uso de un “derecho de admisión” que en realidad es un acto discriminatorio del modo en que lo ejercen, prohibieron la entrada a los activistas, apelaron a voz en cuello al Cenesex como punto de apoyo de tal actitud, y se convirtieron en barrera infranqueable que solo dejaba pasar a quienes, por su aspecto personal o posibilidades económicas, puedan acceder según sus criterios a tal monárquico negocio.

Un texto que escribí sobre el tema se divulgó en las redes, y pasó de teléfono a teléfono, despertando criterios y anécdotas que confirmaban nuestros reclamos ante los que regentean el KingBar, que se reconocen homosexuales pero niegan a su clientela gay gestos y conductas que les permitan expresar libremente sus afectos. Lo que redacté fue la punta del iceberg, y el repaso a todo lo que afloró tras ese acontecimiento apunta a cuestiones mayores que el KingBar, en sí mismo, deja ver como síntomas de esa otra Cuba donde el dinero y el conservadurismo que tal elemento impone se irán sintiendo como un impulso nada benefactor. Esa Cuba ya está aquí, y hay quienes, desde ese horizonte, ya dictan morales, normas, parámetros, con los cuales juzgan a las personas, valorizándolas apenas en función de lo que les interesa obtener de ellas. El KingBar (cuyo logo nada original, pese a los elogios de la despistada redactora de OnCuba, y que no “acaba de nacer”, pues ya lleva un tiempo considerable abierto) se proclama gay friendly, cuando en realidad es parte de esa maniobra de lavado, de pinkwashing, que aspira a un homosexual que valga lo que pague, y no lo que diga abiertamente en un país donde la memoria de la historia sexuada no puede perder relación con batallas y conflictos que, pese a los avances tímidos en ciertos aspectos, sigue en pie. El turismo gay ya anuncia a Cuba como nuevo escenario. El artículo de OnCuba aspira a que el KingBar ya esté en ese paisaje, sin mencionar otros sitios donde homosexuales, lesbianas, y gente de cualquier condición y gusto, pueda sentirse a gusto sin tener que soportar la mirada reprobatoria del portero.

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Apena que OnCuba, atrevida en otras zonas de análisis crítico sobre la realidad cubana, se haya prestado para tal disimulo. No falta quien sospecha que se trata de un artículo pagado: allá OnCuba y su conciencia al respecto, cosa que no me interesa. No pienso recomendar el sitio, mucho menos ahora, a quienes quieran probar esos platos deliciosos que ella anuncia, aunque no me parece que ninguno sea tan exclusivo de ese menú como quieren vendernos, ni mucho menos celebrar mi cumpleaños a golpe de conga, como en tantos otros sitios de escasa originalidad, de acuerdo a lo que aquí se anuncia. Ni allí, ni en ningún sitio donde lo que vale sea el simple precio del cliente, el dinero con el cual valoramos a quien venga a la puerta, la mercancía que somos bajo esta clase de mascaradas. Da vergüenza. Los homosexuales y lesbianas de la Isla, los transexuales, los queers, blancos, negros, que nos reconocemos como parte del mapa de esta nueva Cuba, deberíamos ser más consecuentes con nuestra tradición, y la verdad de nuestros deseos y nuestros cuerpos, y combatir todo esto. Cecilia Crespo habla del KingBar como quien refiere una visita al Paraíso, y va de un lugar común a otro con la prosapia de quien quiere vendernos una nueva clase de detergente. Porque eso intenta: lavar esa imagen lamentable que el KingBar intenta escamotearnos, en una ciudad donde ya la competencia existe y donde uno puede, a Dios gracias, elegir dónde gastar el dinero que se ha ahorrado para sentirse mejor. Y sobre todo, no discriminado.

El KingBar es un sitio donde el cliente es rey, dice la redactora de este texto, acaso abrumada tras haber comido y bebido tantas maravillas como las que nos enumera en su elogio a tan poca cosa. Le concedo eso: solo el rey es cliente. El príncipe y no el mendigo. La realeza y no las personas. Nos vende un paseo por un Versalles de cartón, con esculturas monumentales y logotipo de escasa sutileza sexual, flamenco y congas cumpleañeras: una carroza del carnaval detenida en una esquina del Vedado. Yo, que elijo la calle y la cacería, ya tenía esa esquina marcada como un punto de La Habana que no necesito. Como no necesito esta página de OnCuba. Tal vez, ni siquiera a OnCuba. Porque en espejos como este, puedo encontrar cualquier cosa menos mi rostro.

Homosexual, campesino e hipertenso

Por Norge Espinosa

Mañana será 17 de mayo, Día Mundial de Lucha contra la Homofobia y la Transfobia. La celebración específica de esa fecha, sin embargo, ha ocurrido ya para los cubanos miembros de una comunidad LGBTQI que todavía no acierta a entenderse del todo como tal, más allá de las 24 horas en que se nos dice que podríamos airear ciertas cosas al respecto, y marcamos en el calendario unas de las pocas ocasiones en que el tabú, el prejuicio y las normas preestablecidas rebajan el tono para hacer creer algunos que el aire se hace más respirable. Otra vez ha vuelto a correrse la oportunidad de ratificar entre nosotros el 17 de mayo en tanto jornada de reafirmación de lucha, y la campaña que anima el Cenesex dispuso que las actividades centrales en la capital por este motivo sucedieran la semana pasada. Los cubanos, ya se ha dicho, o nos pasamos o no llegamos.
La fecha coincide con el Día del Campesino, entronizado en el calendario de la Revolución, y ello ha sido motivo de pugnas y disgustos en esa esfera que, a pesar de lo que nos dicen las campañas y los anhelos, sigue entendiendo como trago amargo el momento en que gays, lesbianas, transexuales, pacientes de VIH Sida y otros miembros de esa comunidad salen a la calle a celebrarse como tales. Ya en los años 60 un renombrado escritor demostraba su ignorancia o su ceguera firmando un artículo en el que denunciaba a los homosexuales como un fenómeno citadino, imposible de ser localizado en los campos de Cuba. Porque seguramente, para ese escritor, Reinaldo Arenas debía ser marciano. O tantos otros, artistas o no, que viniendo desde lo más profundo de Cuba, han luchado y establecido sus voces como homosexuales, reconocidos dentro o fuera de la Isla.

Lo que me angustia es que esos prejuicios son capaces de armar subterfugios, circunloquios, que nos invitan a estar y aparecer, pero sin dañar la hipersensibilidad de otros. Al ver cómo se repite sin demasiado crecimiento la misma maniobra, el mismo concepto de visibilización, no deja de parecerme que se van estancando algunos acápites de lo ganado.

Por lo que me toca, soy homosexual y vengo del campo. No de los surcos ni las granjas de Quemado de Güines ni Manacas, pero sí de Santa Clara, y desde ese punto organizo mi marcha personal el 17 de mayo. Día que también, entre otras celebraciones que no son exclusivas de Cuba ni de entidades, sino de las personas que creen en ellas, es el de la Lucha contra la Hipertensión Arterial. Alguno habrá que casi sufra un infarto al ver en las calles a tanto gay y a tanta lesbiana, como también habrá quien, luchando contra la cerrazón de muchos, vivió décadas y días no muy lejanos en los que identificarse como tal pudo costar carreras, amistades, posicionamientos y destinos.

En la Cuba que viene, esa Cuba de nuevas tensiones económicas, algunos imaginan ya una postal en la que ser gay o lesbiana parece nota de color local. Y donde la historia, la memoria, el dolor, la pugna por alzar una verdad de vida, parece diluirse en el tono de fiesta que hace olvidar conflictos y pérdidas. La realidad se arma de todo ello, y a las celebraciones de hoy no puede enfrentarse banalmente el olvido de lo que nos precede. Si esa comunidad cubana LGBTQI existe, más allá de lo que parecen anunciar algunos turoperadores y la apertura de sitios “gay friendly” en La Habana (que no siempre son tal), no debería olvidar eso, y estar alerta. Para empezar a recuperar su tradición y afianzarse sobre ella. Para tener mejores palabras, más nuestras, con las que reescribir lo que somos, ver lo que hay, y exigir lo que nos falta.

En ese espacio de libertad, mañana tengo mi día de marcha. Como homosexual y como campesino. Lo de hipertenso, se lo dejo a los otros mientras imagino y salgo a mi propio desfile.

No lo mató el VIH

¿De verdad que nos quedan ganas de celebrar? ¿celebrar quuuuuéééééé´?

No solo de consignas y congas se vive. También de derechos y del ejercicio pleno de estos. Y sobre todo se vive con la VIDA, esa que le ha sido quitada a un joven cubano que era gay o travesti o lo que fuera. Sencillamente estaba vivo, a pesar del VIH, y ya no lo está.

De que nos sirve un 17 de mayo, unas bodas simbólicas, una jornada si un cubano pierde la vida por ser diferente, por vestirse como le place, por acostarse con quien desea.

No, no es posible. No hay justificación. Me avergüenzo una y otra vez del bullying en las escuelas, del maltrato del tema en los medios, de la vida cercenada, de la naturalización de la discriminación.

No lo mató el VIH. De ese salió con vida, pudo sortearlo. Nadie nunca le dijo, estoy segura, que moriría a mano de otros cubanos.

Me avergüenzo mi Cuba. Lo siento.

Imagen de portada: ElFabrO

 

Alvaro tiene dos mamás

mamasLiliana es una cubana madre de dos varones. El primero de ellos, Mauricio, tiene 11 años y es de su primer matrimonio. Álvaro, el más pequeño, lo parió Lucía y es el hijo de las dos.

Acerca de lo que ha significado para Liliana ser madre, en especial al asumir la maternidad de su segundo hijo junto a Lucía, versa este testimonio:

“Cuando Álvaro llego a mi vida, su mamá, Lucía, tenía tres meses de embarazo. Seis meses antes nos habíamos separado aunque nos amábamos. Yo volví porque supe que estaba embarazada y sola y desde dos años atrás yo deseaba tener un hijo con ella. Mi interés era apoyar, yo tenía experiencia con el tema; me sentía capaz y podía también asumir la responsabilidad de criar el niño juntas”.

Asumir juntas el embarazo
De esta manera llegó la nueva etapa para mí, madre por segunda vez. Fue difícil. Lucía no sabía muy bien cómo aceptar que estuviéramos nuevamente juntas y esperando un hijo. En ocasiones me preguntaba si había hecho lo correcto. Yo estaba feliz con nuestra relación pero a veces ella no me presentaba como su pareja.

Durante su embarazo, Lucía no siempre estaba alegre, se volvió muy exigente e inconforme y yo intenté de justificarlo con la gravidez. Siempre sentí que me quería, pero el amor que yo deseaba no se expresó inmediatamente sino que llegó con los meses. Su aceptación de que éramos dos y no una, arribó tiempo después. Confieso que para mí también fue un poco “raro”; pero la idea de volver a ser madre, de ir al ultrasonido, de acompañarla, de satisfacer sus antojos, y a veces dormir juntas y sentir esa gran panza en movimiento, me llenaba de amor.

El deseo baja pero el cariño sube
En ese tiempo casi no tuvimos relaciones sexuales, no por algún problema en su embarazo, sino porque Lucía sentía deseos solo esporádicamente. No obstante, éramos cariñosas entre nosotras, salíamos juntas, etc; yo me sentía como su guardaespaldas, aunque nunca se lo he dicho, pero ahora que lo recuerdo era así.

La llegada de Álvaro fue acontecimiento importante para Mauricio. El conocía a Lucía desde que éramos amigas. Al principio yo no le conté lo que pasaba, solo le dije que ella necesitaba nuestro apoyo y que por esa razón yo hacía todo lo que podía. Cuando Álvaro llegó, él se sintió celoso, totalmente. Al principio era discreto, pero tenía gran curiosidad por conocer al bebé y una vez que lo hizo, quiso cargarlo, tenerlo en sus brazos. No tuvo miedo, con el tiempo lo reconoció como su hermanito, y así le decía a todos.

La única mujer en la sala de espera
El momento del parto será inolvidable para mí. El bebé llegó antes de lo previsto; recuerdo que yo estaba en mi casa preparando a Mauricio para ir a la escuela y recibí la llamada a las 7:00 am. Me puse tan nerviosa que hice preguntas tontas. Me fui al hospital. En el hospital no vi a otra mujer en mi situación.

Cuando llegué a la sala de espera solo habían hombres los que me saludaron, pero ninguno imaginó que yo también esperaba a mi hijo. Después de muchas horas en silencio, bajando y subiendo escaleras, mi compañero de espera me preguntó: “¿es tu hermana?” Él no podía imaginar que esa mujer era mi pareja. Yo internamente me enfurecí, pero tranquilamente dije: “no es mi hermana, es mi mujer y es mi hijo”. Él no dijo nada más. Pasamos 16 horas juntos. Más tarde me di cuenta que hablaba con otro hombre sobre mí, sus miradas las sentía como martillos. Al final de la noche, todos esperábamos ansiosos a nuestros nuevos integrantes. Cuando mi hijo llegó, aquel hombre me miró sorprendido, y pude ver en su cara tanto asombro como felicidad.

Familia es Familia
Siempre van a existir personas que no podrán aceptar que existan familias con padres o madres del mismo sexo, pero puedo sentir que en el camino que vamos, con tantas personas poniendo sus pensamientos a la vista de otros, campañas, publicidad, filmes, etc., todo creará el cambio. No hay tal diferencia, familia es familia, y no hay nada anormal, la diferencia la inventan aquellos que desconocen esa felicidad de estar libres de prejuicios”.

Publicado en Hablemos de Sexo.com