Once supersticiones que sobreviven en el imaginario cubano

Un sillón no puede balancearse solo…
¡Para el sillón por favor! Cuentan los que saben que si un sillón se mece sin que ninguna persona esté sentada en él, la personas más joven de la casa morirá…

Chiflar dentro de la casa
No vaya a ser que espantes a los Eleguas y te caiga la mala suerte…

Jamás señalarse el cuerpo propio cuando se habla de enfermedades
¡O vas a contagiarte seguro esa enfermedad!

Si cometiste el error de señalar tu cuerpo… ¡sopla la parte en cuestión inmediatamente!
Y varias veces, de ser necesario, para que así se vaya la energía negativa.

No nombrar ciertos animales que se arrastran
A mi madre, una cubana rellolla, jamás le escuché nombrar al 21.

No pasar por debajo de una valla o señal de tráfico
Esto hay que evitarlo a toda costa. ¿Por qué? Ni idea, Pero todos los cubanos salteamos el obstáculo.

Tocar madera cuando se habla de algo negativo
Esta es la forma más efectiva de quitarse la sal de encima. Aunque en momentos de demasiada popularidad del plástico tengamos que buscar durante diez minutos para encontrar algo de madera donde tocar con los nudillos luego de mencionar algo malo… ¡No vaya a ser que lo estemos atrayendo!

Y si cayó sal en el piso…
Coge un poquito de ella misma y tírala hacia atrás. Si no lo haces… ¡No te quejes luego de tu mala suerte!

No decir jamás las fechas de los viajes
En Cuba todo el mundo quiere viajar, esa es una verdad como un templo, pero siempre hay que hacerlo en silencio “porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas”. De pronto preguntas por Raquel y alguien te dice: ¡Se fue pal’ yuma! Y tú más atrás que los cordales…

Meter un cuchillo en la candela
“¡Niña, saca el cuchillo de ahí!”, me gritaba mi madre cuando, mientras cocinaba, usaba un cuchillo para revolver en la cazuela. En ese entonces yo le decía que no fuera supersticiosa, pero ahora, muchos años después, jamás meto un cuchillo en la candela ni permito que nadie lo haga delante mío. Por si las moscas…

No abrir un paraguas dentro de la casa
Jamás. ¡O va a caer sobre ti una lluvia de mala suerte!

Imagen de portada: 0000007

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Ocho señales de que fuiste criado por una madre cubana

Imagen de Cubahora tomada de Flickr
Imagen de Cubahora tomada de Flickr

Si eres mujer, aprendiste a cerrar bien las piernas.
Cuando una mujer va sentada junto a un hombre en un bus, él ocupa su asiento y un 15 por ciento del de ella. ¿La razón? “Debes cerrar las piernas porque eres hembra”, como nos decía mamá. Sin embargo, a los hombres se les enseña a explayarse hasta molestar. Así que pasamos la vida contenidas, como si estuviéramos dentro de una botella, sólo porque “así se sientan las niñas”, mientras los varones se sientan como se les da la gana.

Si eres hombre, tenías una retahíla de novias (sin que ellas se enteraran).
“Tonito, dile a ella cuántas novias tú tienes”. Esa es una demanda usual de las madres cubanas hacia sus niños varones. Luego sucede que las chicas se convierten en novias o amiguitas sin ni siquiera saberlo. “Noviazgo de dedo”, lo llamo yo. Lo peor (o lo mejor) es que luego las mujeres nos quejamos de que los hombres cubanos sean, ejem, “poliamorosos”, por llamarlo de algún modo…

Lograste llegar al final de todos los cumpleaños con la ropa impecable.
En Cuba, a diferencia de Alemania -donde vivo ahora-, se viste a los niños para que regresen a su casa más limpios que cuando salieron. Eso significa que te enseñaron a mantenerte limpito aunque fueras a un cumple y te restregaras por el piso tratando de coger caramelos de la piñata. Es realmente estresante y la marca dura para la toda vida. Nunca más podrás disfrutar de una fiesta sin preocuparte porque la ropa no se te ensucie.

Te da muchísima culpa botar comida.
“¿Tú no sabes que hay muchos niños en África que no tienen nada que llevarse a la boca?”, es la frase preferida de muchas madres cubanas. Lo cierto es que todos los nenes en Cuba crecemos con esa responsabilidad de comernos la comida que con taaaanto trabajo nos ponen en la mesa. Hablando en serio, desde chiquitos aprendimos a valorar lo que tenemos y a compartirlo con otros. De adultos seguimos con la práctica, aún cuando sepamos que el hambre puede estar en cualquier rincón del planeta.

Te la pasaste esperando a que la gallina cacareara…
Muchacho, ¿¡qué es eso de hablar mientras los mayores conversan, interrumpir, pedir algo, dar una opinión?! Eso en mi época estaba vedado para los peques. Casi te cogían los 18 años para poder pronunciar palabra alguna delante de los adultos. Es más, todos aprendimos a distinguir cuando sobrábamos en una conversa, aún cuando estuvieran hablando sobre nosotros. “Los niños hablan cuando la gallina cacarea”. O sea NUNCA, porque en la mayoría de los hogares cubanos no hay gallinas.

Conoces con exactitud los diferentes tipos de chancletas.
Existen chancletas (chanclas) de varios tipos. Esa es una verdad irrefutable. Pero un niño inquieto llega a saber con exactitud cuál de ellas pica más cuando entra en contacto con la piel, al ser usada como correctivo. Aunque estoy en contra de la violencia, tengo que reconocer que en Cuba se hace un uso cotidiano de la misma a la hora de educar. Ya saben, “una nalgada nunca está de más” o ” es mejor que llore el ahora y no yo por el resto de la vida”. La verdad es que mi mamá no me pegó mucho, “me cogiste cansada”, decía, pero pregúntenle a mi hermana a ver cuántas chancletas puede diferenciar…

Conoces el poder aterrador de “El Coco” y (aún así) lo usas con tus propios hijos.
¡Uhhh ahí viene “El Coco”! Y viene a “asustar-nenes-que-se-portan-mal”. Este personaje, que presumo hombre, logra que el más intrépido de los niños se “recoja al buen vivir”. Sin embargo, cuando ya somos grandecitos, hacemos las paces con “El Coco” y lo convertimos en nuestro gran aliado a la hora de atemorizar a los más peques…

Entiendes a la perfección lo que quiere decir “has lo que yo digo pero no lo que yo hago”.
Las madres siempre tienen la razón —y las cubanas ni hablar—. Eso explica que nos hayan enseñado que aún cuando ellas fumen delante de nosotros, nosotros eso no lo podemos hacer (o lo tenemos que hacer a escondidas). A pesar de que ellas tomen cerveza con cara de felicidad rotunda, a ti no te toca. No se deben dicen malas palabras, pero a ellas se les olvida…Gritar es de mala educación, excepto que sea tu madre la que quiera saber “¡¿Dónde te metiste?!”.

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Foto de portada: Kaloian

Diez señales de que creciste en “Labana”

Foto Kaloian
Foto Kaloian

1. El Malecón guarda tus mejores recuerdos.
Una pelea, un cumpleaños, una buena calificación, el primer amor, matar el aburrimiento… Todo, absolutamente todo puede resolverse o acontecer en el Malecón. Diría que no eres habanero si no te has enamorado al menos una vez en el malecón. Pero lo más sabroso, sin dudas, es irse con un grupo de amistades a descargar, guitarra en mano. Allá te puede tomar el amanecer, entre risas, anécdotas y ron peleón. Si el Malecón hablara…

2. No te has tomado jamás una foto en el Capitolio.
Ni muerta. Siendo habanera, habiendo nacido en la capital de Cuba, ¿cómo se te puede ocurrir tomarte una foto en el Capitolio? Eso es para la gente que vienen de otras provincias. Y funciona como un aviso de haber pisado por primera vez la tierra capitalina. Pero tú, Pipe, que vives ahí, que pasas por ahí al menos una mes al vez, tienes vedado tomarte esa imagen blanca y negra que reta la existencia de las cámaras digitales.

3. Si eres mujer, pasas corriendo por las inmediaciones del Príncipe.
Esa loma bella, llenita de vegetación y rocas, es el lugar de mayor concentración de exhibicionistas en La Habana. Así que pasas corriendo, como un caballo sin mirar para los costados, para no encontrarte con lo que no quieres ver: un pene indeseado. O simplemente te haces acompañar por un hombre, porque los exhibicionistas saben escoger muy bien las víctimas de sus espectáculos y allí otros hombres no tienen cabida.

4. Para ti Coppelia no es un ballet clásico.
Desde que naciste sabes que Coppelia es el lugar de interminables colas donde, como regalo y luego de un par de horas, te dan finalmente unas bolas de helado. Además, habrás celebrado en Coppelia diferentes acontecimientos harto importantes, especialmente si eres estudiante universitario y has aprobado el examen mas difícil de tu carrera. ¿Qué quieres, fresa o chocolate?

5. Te entusiasmas cuando pasas por la calle 26 y ves los venados de la entrada del Zoológico.
Cuando avistamos esa familia de venados inmortalizada por Rita Longa nos brinca algo en el estómago y vienen a la memoria las imnumerables visitas que durante nuestra infancia realizamos al lugar. Aprovecho para preguntar: ¿aún hay venados en ese Zoo? Porque con la crisis económica…

6. Te conoces al menos tres canciones dedicadas a La Habana.
Sábanas blancas, Locos por mi Habana o…Bueno, te dejo escoger la de tu preferencia. Pero sin duda te debes saber como mínimo tres temas que hayan sido dedicados a la capital de Cuba, los cuales se convierten en una gran fuente de nostalgia cuando vives lejos de la ciudad. Y es que “Labana” se lleva siempre en la piel.

7. Conoces el Bidé de Paulina, la Pajarera y la Playa el Chivo.
Quizás nunca hayas ido pero sabes que existen y dónde están…En La Habana -y en la isla, en general-, escasean los lugares para tener relaciones sexuales, hostales, pensiones o lugares donde una pueda darse un revolcón. Pues los tres mencionados arriba funcionan como zonas de tolerancia donde la gente, fundamentalmente los homosexuales varones, van a “socializar”. ¡Aunque tengo amigos heteros a los que les encantaría que existieran zonas así para ellos!

8. Si no tienes religión alguna, dirás que tienes hecho la Virgen del Camino.
Tú, habanero agnóstico o ateo, ante la pregunta cada día mas frecuente de “¿qué santo tienes hecho?”, responderás: la Virgen del Camino. Y luego vendrán las risas y el choteo. Es que esa santa, inmortalizada por Rita Longa con aquella escultura que se encuentra en el periférico municipio San Miguel del Padrón, se ha convertido en la madre espiritual de una parte de la gente de La Habana. La verdad es que tú no tienes filiación religiosa alguna y dicha Virgen no tiene representación en la Regla de Osha o Santería.

9. Transitar por la calle 23 te ha convertido en cinéfilo.
Del Riviera para el Yara. Del Yara para el 23 y 12. De ahí pal Chaplin, y luego más tarde para El Acapulco, que queda un tin lejos. Espérate, vamos a ver que están poniendo en La Rampa. ¡Ah! Finalmente viste todas las pelis que tenías pensadas. Sí, efectivamente se trata del anual recorrido que hace una parte importante de los habaneros durante el Festival Internacional de Cine de La Habana.

10. Votaste para convertir a La Habana en una Ciudad Maravilla.
¡Por supuesto que votaste por La Habana! Y si te preguntan la razón dirás que es la ciudad más bella que haya pisado jamás un ser humano. No importa que la sufras al usar su pésimo transporte, o que tengas que hacer zigzag para eludir cuanto desperdicio se encuentre en sus calles. A pesar de los edificios que se caen, de las calles intransitables y de las fachadas restauradas que esconden solares, La Habana es una Cuidad Maravilla (y maravillosa) sólo por la belleza de su gente.

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