Alto Riesgo

No levantaba una cuarta del piso cuando ya pensaba en parir. No recuerdo con exactitud la edad que tenía por ese entonces, pero jugar con muñecas para mí era ensayar a ser madre. Siempre. Muchos años después me daría cuenta que esa fue mi estrategia inconsciente de sentirme menos sola. Estaba rodeada de gente en casa y aún así la soledad no me era ajena: todo empezaba porque mi madre me tuvo a los cuarenta y yo era la menor de sus cinco hijes.

***

A mis quince años, una de mis mejores amigas me hizo prometerle que mi primer hijo (porque yo quería un macho) sería su ahijado: Alejandro. Nuestra relación, fraguada en un internado, nos comprometía a querer un futuro donde algo más que nuestras propias vidas de estudiante nos uniese.

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Mi único embarazo real -tuve un par de sospechas que no pasaron a más- llegó cuando tenía escasos 18 años, mientras planeaba seguir estudiando y disfrutar de la vida universitaria. Quien mejor puede contarlo es mi amiga Celita, que me apoyó cercanamente en aquella fase, dada nuestra estrecha amistad en esos instantes.

Nosotras estábamos en un grupo de dos para dos: nuestros novios, también muy amigos, eran compañeros en la preselección nacional de Fútbol. Ambos pertenecían al equipo sub 23 que competiría en los entonces venideros juegos Panamericanos del 91.

Un día en casa de Bernardo, el novio de Celita, me encontré a Wilfredo. Disfrutando de la mejor timba cubana conocí a uno de los mejores bailadores que ha tenido y tendrá Cuba (risas).

Comenzamos al tiempo una relación e hicimos la vida de jóvenes que pudimos, sin responsabilidades ni grandes tropiezos. Nos íbamos de guerrilla, o sea, acampábamos en cualquier sitio, las costas con playa era casi siempre el destino final. Los cubos de espaguetis, preparados en la pizzería de Regla, acompañaban aquellas jornadas. ¡Qué rica es la vida sin grandes responsabilidades!

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Recuerdo aquel agosto de 1992 por los cambios de mi cuerpo, que hasta ese momento no había dado muestra alguna de gravidez. En dos oportunidades Lary me llevó con su mamá, quien trabajaba en la sala de gineco-obstetricia de un hospital habanero. Allí fui examinada y ningún especialista pudo ver que Lisandra se estaba bien formando dentro de mí. El personal médico justificó la amenorrea con la adolescencia por la que transitaba.

La sensación de estar embarazada se redujo a una sola parte de mi cuerpo: tetas turgentes que crecían por segundos. Para minimizar el calor que me producían, ponía pañitos medianamente húmedos debajo de cada una. Cuando ya mi cuerpo, acompañado por mis preocupaciones, no pudo más, busqué a Celita.

Ella y su mamá, Minerva, me acompañaron a la consulta donde una médico confirmó mis sospechas.

Minerva me dió todo el amor que una joven desesperada puede necesitar. Los embarazos de jovencitas a veces se dirimen con las amigas y las madres de estas, más que con nuestras propias madres.

Yo le tenía un cariño especial pues representaba la madre que yo quería llegar a ser y que mi mamá por la diferencia de edad no pudo ser. Minerva era joven, desprejuiciada, apoyaba en todo a sus dos hijas, Celia y Gerda, no se perdía nada de lo acontecía en la beca. Cada 5 de abril, iba cake en mano y nos tocaba la puerta del aula, en el pasillo H de la unidad 4, para celebrar el cumpleaños de Celita. Aún recuerdo los pedazos de tarta aventados en nuestros rostros. ¡Qué manera de celebrar teníamos en aquella época!

Ella fue entonces mi confidente aunque no preguntó mucho. Solo se dispuso a apoyarme y me acompañó a aquella consulta. En esos días, Minerva fue para mí un poquito madre.

El miedo a perder mi carrera universitaria me llevó a buscar a mi amiga Idelys, cuya mamá era la ginecóloga que tenía más cerca. Con ella pensé que podría solucionar mi “problema”.

Me atormentaba la idea de no poder continuar la universidad. Provengo de una familia encabezada por una costurera, que nos preparó lo mejor que pudo para que nosotres estudiaramos en la uni. “Serás menos negra m’ija cuando te gradúes en la universidad”. Mi madre era una “discriminadora positiva”, mi compromiso con bajar la Escalinata era estrictamente con ella.

Con ese embarazo la defraudaba. Yo, Sandra, la niña que tuvo a sus cuarenta, la única que estudió en La Lenin, el preuniversitario con mayor prestigio de La Habana, podría retardarse o no culminar sus estudios. Esa posibilidad me retorcía la vida. Una canción de Pablo Milanés me torturaba, el estigma y el rechazo me oprimían:

Lo que sentí, fue como un rayo en mi interior
Que me sorprende el corazón
Todo se rompe, todo estalla
Y algo acaba de morir
Para sentir otra manera de ser feliz
Otra de manera de sufrir
Otra manera de vivir
Lo que hasta ayer era reír
Qué pasara, adónde irán mis juegos a parar
Y mi inocencia a terminar
Qué nuevo amor será
Qué tal si me querrá
Qué voy a hacer si dice no
Ya yo no mando al corazón
Qué confusión, qué dicha, qué dolor

Llegué a la consulta de la madre de Idelys, la Dra. Crespo. La galena me confirmó que efectivamente mi embarazo era tan real como la nula posibilidad de que no diera a luz. Esas 16 semanas -y su negativa de practicar un procedimiento reservado para casos extremos, no para una interrupción voluntaria- me pusieron delante de mi madre, mi principal preocupación.

Hildelisa, que se observaba tranquila, escuchó la historia que le conté. No pronunció palabra alguna. Nunca llegué a saber cómo se tomó mi embarazo. Jamás lo compartió.

***

Regresé a mi casa, a mi barrio, al consultorio que me correspondía. A partir de ese momento comencé a ser la “captación tardía”. Así se referían a mí los médicos, para indicar que habían descubierto y registrado mi embarazo tardíamente. También fuí “la madre adolescente”.

Captación-tardía-madre-adolescente-embarazo-no-deseado= Embarazo-de-riesgo. Esa era la etiqueta que “resumía” mi vida.

En Cuba suele suceder, como es de esperar en la cultura patriarcal, que una mujer es tal hasta que se embaraza. A partir de ahí comienza a ser el recipiente, el envoltorio. En referencia a mí, todo el universo médico, de ahí en adelante y hasta que salió la criatura, olvidó mi nombre. Me convertí en “La Gestante”.

***

En septiembre, días antes de cumplir los 19, ingresé nuevamente a la universidad. Entraba en mi segundo año, con la noticia de mi embarazo y las correspondientes miradas de sorpresa. Mi gestación creo que además constituyó un récord: mi criatura inauguró, como tal, la llegada de las crías a aquella promoción de profesionales de la psicología.

***

Pasaban los días y yo seguía campante con mi creciente pipa esférica como luna llena. Mi doctora extendió todo lo que pudo mi estancia en la casa, “para no tener que ingresarte en el hospital innecesariamente”, me dijo. Cada día que pasaba sin ponerme de parto contaba para mí como si fueran meses. Estaba ansiosa.

Llegada la semana 42, no quedó otro remedio que internarme en el hospital. Consultas, exámenes, anamnesis. Seis días después llegó la hora.

Era como media mañana cuando me empecé a sentir rara. Una pesadez exagerada en la panza, más unas contracciones que se iban agudizando, me quitaban el aire. Los días anteriores me habían llevado cada vez a ponerme el monitor, un aparato indeseable -por incómodo- con el cual se amplifican los latidos del corazón del feto, a partir de lo cual se puede conocer cómo está reaccionando el bebé al estrés que produce el parto. Recordemos que, aunque parezca lo contrario, el feto es el verdadero protagonista del nacimiento.

Luego de la visita breve que me había hecho Wilfredo ese día, el malestar se incrementó. Horas pasé viendo entrar y salir embarazadas de la sala donde me encontraba, en la cual se atendía a quienes aún con síntomas de parto demorarían unas horas en el proceso.

Con un “dieci” encabezando mi edad, era y me sentía una beba, inexperiente del mundo, de la vida. De mi propia existencia sabía muy poco. No sé qué me producía más pánico, si el parto en sí o lo que vendría después, a partir de la responsabilidad que implica la parentalidad.

Entre todas aquellas batas blancas y gorros verdes a mi alrededor, recuerdo solo a dos personas: la doctora que me aplicó el “torniquete” y la enfermera que me preparó para la cesárea.

“Torniquete” es el nombre popular de una maniobra que, insertando y abriendo el índice y el del medio dentro de la cérvix y girándolos frenéticamente hacia la izquierda, se realiza para dilatar el cuello del útero. Ese dolor, al rememorarlo, me eriza aún la piel cinco lustros después. Me imagino que tenga otro nombre, sin embargo éste le queda perfecto; efectivamente se te retuerce la vida, no solo el cérvix, cuando el médico o la doctora de turno intenta apresurar el parto con su utilización.

Luego de eso vinieron dolores y contracciones un poco más fuertes pero tampoco nada del otro mundo. Seguí viendo mujeres que entraban y salían, a quienes ya en ese momento envidié profundamente. Quería meterles la cabeza en sus entrepiernas para saber qué tanta dilatación tenía que alcanzar luego de aquellos ejercicios de respiración, la caminata por el salón de parto, las cuclillas y no sé qué más. Simplemente la noche más larga de mi vida.

Con el arribo del sol, también llegó el personal médico de relevo. Se decidió que había pasado ya muchas horas en “eso”. Decidieron, sin prepararme, sin consultarme, sin informarme adecuadamente que me abrirían la panza. ¿Me van a hacer cesárea?

Recuerdo a aquella enfermera negra de cabello canoso que me afeitó la vulva, me puso las sondas, el suero y me explicó paso a paso lo que ella me estaba haciendo, mientras me pasaba la mano compasivamente por el pelo.

Lo que no me pudo explicar fue por qué que no podía continuar con el trabajo de parto. Una razón contundente no parecía existir: no había tenido ningún contratiempo durante el embarazo; no era ni diabética ni hipertensa; el feto estaba bien; no tenía sufrimiento fetal; no hubo meconio.

“Los médicos son los médicos. Ellos deciden. Y hay que confiar”, me dijo.

Cuando desperté de la anestesia, no reconocí dónde estaba, ni el resultado de la operación. Tampoco recordaba quien era. Mucho menos pude reconocer el rostro que tenía frente a mí, y que me miraba con unos ojos bien abiertos y brillosos de la emoción. Segundos después supe que era Karina, aquella amiga que seguía con la intención, 4 años después, de ser la madrina de mi criatura, que no se llamaría Alejandro. Su ahijada Lisandra había nacido a las 11:05, el 30 de enero de 1993.

Foto de portada: Julia Ardón

Cuba: Queremos tener un bebé

Por Lirians Gordillo Piña

Mónica Collazo Cano y Elizabeth Cabrera Espinosa recorrieron varias consultas en La Habana, exploraron y analizaron todas las posibilidades para cumplir un sueño y uno de sus proyectos como pareja: tener un bebé.

“Hemos ido a hospitales, consultorios, policlínicos y hemos hablado con amistades. Hemos averiguado todo. Como no se puede acceder al servicio si no es como pareja heterosexual, hasta llegamos a inventar un supuesto marido para saber cuál es el procedimiento”, reconoce Mónica.

Desde 2011, estas mujeres, conocidas por ser las primeras lesbianas en celebrar una boda simbólica con el amparo del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), planean tener descendencia.

“Yo tengo 38 años y como una pareja que somos, buscamos el momento ideal y las condiciones. Habíamos comenzado nuestro negocio y queríamos sentar las bases para tener nuestra familia. Hasta que dijimos es ahora o ahora”, afirma Elizabeth.

Mónica y Elizabeth han creado juntas una cafetería dulcería en la capital cubana, al amparo de las medidas que promovieron en el país el fomento del sector privado en la economía, desde 2010.

Con el mismo propósito de ellas, han llegado algunas parejas al gabinete de planificación familiar que atiende la doctora Aissa Naranjo Dojer, en el policlínico Rampa, en La Habana.

“Quienes más vienen son las parejas heterosexuales, pero me han tocado a la puerta tres parejas de mujeres lesbianas porque el mundo está cambiando y ellas también se preguntan: ¿por qué no?”, declara Naranjo Dojer a SEMlac.

Ningún padecimiento físico o limitación reproductiva aquejaba a las mujeres lesbianas que visitaron a la especialista.

“No son pacientes portadoras de una enfermedad crónica trasmisible, tampoco tienen orgánicamente una infertilidad, pero la única vía posible para que tengan descendencia es mediante la reproducción asistida, porque biológicamente no puede suceder”, afirma Naranjo Dojer.

Pero los protocolos de actuación del Programa Nacional de Atención a la Pareja Infértil (PNAPI), que se ofrece de forma gratuita, no incluyen a parejas homosexuales ni mujeres solteras en los servicios, cuyas únicas beneficiarias son las parejas heterosexuales infértiles.

Desde 2006 se desarrolla este programa, que hoy cuenta con 168 servicios municipales, 15 centros provinciales y cuatro centros territoriales de alta tecnología (RAAT) para la reproducción asistida.
Autoridades públicas han presentado esta política gubernamental como parte de las iniciativas que buscan hacer frente al envejecimiento poblacional y la baja fecundidad en la nación caribeña.

En 2016 los Centro Provinciales de reproducción asistida en Cuba reportaron 1.462 embarazos, ninguno de ellos fue de una pareja de mujeres lesbianas. Ellas, al igual que las mujeres solteras y hombres gays, ven limitados sus derechos y deseos de tener descendencia.

La voluntad, sensibilidad y reconocimiento de este derecho en especialistas de la salud no es suficiente para encaminar a parejas homosexuales en el programa, que es selectivo y complejo.

Para la doctora Naranjo Dojer, es difícil dar respuesta a las parejas homosexuales al no poder “encaminarlas” en el sistema.

“Es difícil el manejo porque no está protocolizado. En la bibliografía aparece el concepto epidemiológico y clínico de una infertilidad, pero para las parejas heterosexuales. Las parejas homosexuales que no tienen nada que ver con ese concepto no están contempladas”, explica la especialista.

El primer paso sería incluirlas como usuarias de estos servicios pues, a criterio de la doctora Naranjo Dojer, estas parejas y realidades “si no están comprendidas, si no están protocolizadas, de ninguna manera van a poder acceder”.

Otra de las dificultadles que reconocieron las entrevistadas por SEMlac son las exigencias tecnológicas de la reproducción asistida y la necesidad de recursos y tecnología de punta. De acuerdo con declaraciones oficiales, el país invierte más de cuatro millones de dólares solo en programas de atención a la pareja infértil.

Desde 2014 en el país se aplica la ovodonación como técnica, pero aún no se cuenta con un banco de semen que incluya donantes anónimos, aunque se ha declarado como un paso necesario para el desarrollo de la reproducción asistida en la isla.

Para Mónica y Elizabeth, acceder a un donante de semen anónimo sería una condición fundamental que las protegería legalmente a ellas y al futuro bebé.

“Mediante un banco de esperma tendríamos un respaldo, porque esos donantes no tendrían ningún vínculo legal o potestad sobre el niño y eso sería una garantía para el bebé y para nosotras”, afirma Elizabeth.

Tic, tac, …cuestión de derechos

El reconocimiento de las familias no heteronormativas, el derecho a la reproducción asistida y la adopción son algunas de las demandas de activistas LGBT (lesbianas, gays, bisexuales, trans), organizaciones e instituciones que luchan contra la homofobia en la isla.

La ausencia de respaldo legal complejiza aún más el acceso a la reproducción. Pero el tiempo pasa y ante la realidad actual, mujeres lesbianas -solteras o en pareja- han buscado mecanismos alternativos para ejercer su derecho a la maternidad.

Mónica y Elizabeth, el día de su boda simbólica, la cual se realizo en el CENESEX (dic. 2007)

“Conocemos una muchacha que se hizo una inseminación artificial gracias a la participación de un amigo; ella y su pareja hoy tienen un niño precioso”, comenta Mónica.

Las protagonistas de esta historia apuestan por un donante anónimo. Ante la imposibilidad de acceder a los servicios nacionales han cruzado la frontera en busca de oportunidades.

“Fuimos a Chile gracias a la ayuda de nuestra familia. Mi suegro vive allá y como en ese país está aprobado el matrimonio igualitario dijimos en la solicitud de visa que queríamos, como pareja, acceder a la reproducción asistida”, dice Elizabeth.

La pareja utilizó todos sus ahorros en dos intentos de inseminación artificial que no dieron resultado.
“Queremos hacer todo de manera responsable, no quiero mentirle nunca a mi hijo o hija. No quiero esconderle cómo vino al mundo, por eso queremos hacerlo bien”, afirma Mónica.

El reloj biológico de ambas no espera y manifiestan que, a pesar de todas las dificultades, quieren vivir la maternidad. Construir juntas una familia, ver en su bebé rasgos y comportamientos de ambas, es una aspiración que las impulsa.

Con más de 20 años en la salud pública en Cuba, la doctora Naranjo Dojer reconoce que el país está cambiando y la lucha contra la homofobia ha tenido un impacto social importante.

“Es muy complejo, pero hay que visibilizarlo y actuar. Esto pasa por la salud mental de esas mujeres, de esas personas y parejas, por su integridad como ser humano”, reflexiona la experta.

Tomado de SEMlac.

Foto de portada: María Escolá

maternidad

Cuba anuncia nuevas medidas para estimular la tasa de natalidad

Con asombro y perspicacia leo el grupo de medidas publicadas en la Gaceta Oficial de la República de Cuba, que se proponen lograr que las trabajadoras cubanas tengas un mayor número de descendientes.

Preliminarmente podrían valorarse como positivas para el objetivo que las originó. Sin embargo, no creo que ninguna de ellas estimule directamente la decisión de tener hijxs. Los problemas más grandes a los cuáles se enfrenta la familia cubana no están necesariamente en la fase de la maternidad o el primer año de vida del bebé, sino en las complejidades de una sociedad, donde no hay manera de financiar la crianza de un niñx, no importa la edad que tenga, a partir de un salario ordinario y donde muchas personas jóvenes, en manos de quien se supone está el futuro del país, quieren emigrar, entre muchas otras cuestiones.

Con relación a las cubanas que se desempeñan en el sector cuentapropista, sigo insistiendo en que sería necesario hacer una investigación que revele las presiones a las que son sometidas por parte de sus jefes para que no se embaracen. Tal es el caso de Sole.

Pues bien aquí está el paquete de medidas.

Foto de portada: japs11f63

 

 

Tengo dos mamás y qué

A pesar de sus 12 años, Roly se siente cómodo hablando del tema de la homosexualidad de su mamá. Para él es tan simple como que cada quien tiene el derecho a hacer lo que quiera.

Entre sonrisas describe la primera vez que se percató de que no siempre una familia está formada por mamá, papá y nene como la suya. Tenía entonces entre 9 o 10 años y su mamá había alquilado una casa para estar los 4 juntos: ella, él, la novia de ella y el bebé que está última acababa de tener. Confiesa que en ese momento fue que se dio cuenta de que ellas dos tenían una relación y de que los cuatro conformaban una familia.

Un tiempo antes Roly se había enterado de que su mamá tenía relaciones amorosas con otra mujer, de la manera más tranquila posible. Un día al despertarse se dio cuenta de que le escondían algo aunque no podía decir con certeza qué. Eso sí, le daba curiosidad notar que Reyna, se quedaba a dormir frecuentemente en el apartamento y para él esa era la primera vez que XIomara, su mamá, pasaba tanto tiempo con una mujer en la casa. Lo usual era que amigas los visitaran y luego se marchaban o se quedaban a dormir pero no tan asiduamente como lo hacía Reyna.

No hizo falta una explicación muy extensa para que Roly confirmara lo que estaba pasando en su casa. Él sabía que le escondían algo, y entre risas se lo hizo saber a su madre. Ella le preguntó si entendía lo que estaba pasando, que si me molestaba.

SU RESPUESTA FUE: “ELLA TAMBIÉN PUEDE QUE HACER LO QUE QUIERA”. A PARTIR DE ESE MOMENTO COMENZÓ A LLAMAR “MA” A REYNA.

No obstante, cuando su papá le preguntó sobre este asunto, en un inicio él no le quiso decir, porque creía que iba a pensar algo malo, aunque siempre consideró que también tenía que saber. Al final se lo dijo y para su sorpresa su papá tiene la misma opinión que él.

Actualmente, 3 años después, Roly no tiene preguntas especiales que hacerle a su madre. Él entiende la situación y considera que también puede estar con un hombre. “Estoy con mujeres porque a mi me gustan las mujeres”.

A Roly tampoco le preocupa presentar su mamá y a la pareja de ella en público. Me dice entonces que diría sus nombre y luego que son pareja, “Lo que hay que decir”.

Por último, este adolescente de 12 años confiesa no saber si la homosexualidad de su mamá puede influir en que él tenga relaciones con hombres. “No porque mi mamá esté con mujeres yo voy a estar con hombres”, me aclara.

“Puede que también esté con mujeres. En realidad no sé efectivamente por qué a mi mamá le gustan las mujeres, pero probablemente sea por las situaciones que ha pasado con los hombres. No sé. Puede ser que me pase lo mismo a mí también o puede que me gusten los hombres y ya”.

 

Publicado en Hablemos de sexo y amor

Foto de portada: Mirelys Águila

De la no maternidad a la familia numerosa

Se dice que la inserción de las mujeres en la vida pública ha derivado en que disminuya la tasa de natalidad. Así se intenta explicar por qué las sociedades llamadas desarrolladas exhiben hoy cifras de hijos por mujer menores que cuando estas se dedicaban meramente a estar en casa, incluida Cuba que, más allá del PIB, en dichas cuestiones muestra comportamientos similares.

Sin embargo, quizás sea lo anterior no solo un resultado de la incorporación de las mujeres al trabajo remunerado, sino también una cuestión de elección propia. Si miro alrededor, mis amigas cubanas que no gozan de un empleo remunerado –poquísimas, por cierto- no han tenido tampoco un mayor número de hijos.

Lo cierto es que hay tantas razones, privadas, económicas, de salud, políticas, etc., para tener descendientes como para no tenerlos, y me quiero referir específicamente, a partir de una discusión que sostuve hace poco en las redes sociales, a la valoración de no-maternidad, conscientemente elegida, como un acto per se progresista, subversivo o al menos liberador.

De manera general existen dos tendencias: quienes creen que el ejercicio de la maternidad reproduce el patriarcado en todas sus dimensiones, pues crea mano de obra para reproducir el capital, y quienes opinan que puede ser muy subversivo.

Personalmente, como mujer afrodescendiente, me sitúo -de ser necesario- en la segunda de las perspectivas. En las sociedades altamente industrializadas, que no por gusto coinciden con el norte del planeta, un bebé afrodescendiente como el que yo podría tener es todo un acto transgresor. Y si son cinco, pues aún más.

En Cuba, país donde la medicina -en mi opinión- se entromete demasiado en la vida de las personas y tenemos una tendencia a sacar cuentas rápidamente, no faltarán médicos, vecinas y amigos que consideren una soberana locura tener más de dos hijas, aun cuando nuestra tasa de natalidad esté chillando desde hace muchos años. Pero tampoco considero correcto lo contrario, forzar a las mujeres a parir porque la tasa de natalidad y la de reemplazo (cantidad de hijas por mujer) decrezcan.

En opinión de muchas personas, la baja de natalidad en Cuba está muy vinculada con las cuestiones económicas, las que hacen palidecer la decisión de parir. Lo entiendo y apoyo, y siempre he defendido el derecho de cada mujer a decidir cuándo y en qué condiciones quiere tener descendientes, como también he criticado en reiteradas ocasiones que se les culpabilice a ellas de dicho fenómeno cuando hay muchos otros procesos económicos, demográficos y sociales que inciden en este asunto.

Pero, retornando al ejercicio de la no-maternidad como acto liberador, en mi caso de mujer negra, con antepasados que fueron esclavizados, podría considerarse muy transgresora la decisión de tener una familia, cuando se sabe que mis bisabuelas no tuvieron la oportunidad de amamantar a sus bebés, pues la leche de sus tetas estaba destinada a alimentar a los hijos e hijas de sus amas, y que en muchas ocasiones sus descendientes les fueron arrebatados y vendidos como puras mercancías.

Considero, entonces, que traer seis hijos negros al mundo puede ser más progresista que no tener ninguno cuando el imaginario social aprueba -si acaso- tener uno solo. El paradigma de éxito consiste en una familia nuclear -mamá-papá-nené-, y para muchas personas una familia numerosa es símbolo de atraso.

Importante además tomar como referencia cultural que en muchas familias de origen africano los niños y niñas son muy bien recibidos, no hay que planificarlos y, por tanto, todos son deseados. Por otra parte, esos bebés crecen en compañía no solo de la madre y el padre, sino también de abuelas, abuelos, tías, primos, etc. En ese sentido, me parece muy liberador el ejercicio de la maternidad. Todo esto lo tenemos en nuestras raíces cubanas y así se expresa en el establecimiento de redes sociales fuertes para el cuidado y educación colectiva de los niños y niñas.

Por otro lado están las lesbianas, para quienes, a pesar de que el derecho a la salud es universal en la isla, las técnicas de reproducción asistida no están disponibles, pues la homofobia estructural prescribe que este constituye un servicio para parejas heterosexuales. Esa maternidad lésbica es también disidente y progresista por el solo hecho de ser dos personas del mismo género criando un ser. Como también lo sería si existiera en Cuba la maternidad subrogada, que permitiría a parejas de hombres tener a sus bebés.

Sin embargo, en el contexto actual de la isla no hay sistema de apoyo alguno que le permita a una joven decidir con facilidad el acto de parir, a pesar de que varios estudios han revelado que las cubanas paren menos de lo que desean, así como las causas por las cuales deciden no tener descendientes o tener muy pocos.

Tampoco existe el apoyo material, ya que no se han desarrollado políticas públicas orientadas en ese sentido, más allá de lo progresista que es nuestra ley de maternidad.

Como cualquier otro tema social, la no-maternidad también tiene sus matices, todo depende desde dónde se mire el asunto y, sobre todo, por quién.

Foto de portada: Montecruz Foto

embarazo

¿Cómo ser te ocurre ser lesbiana y madre a la vez?

Cristina siempre supo que era lesbiana. Desde muy pequeña las niñas llamaron su atención. También las muñecas, pues su juego predilecto era jugar a ser mamá o papá, en dependencia de lo que pareciera en ese momento. Actualmente, para ella la vida no es un juego, sino que cada día.

Este podría ser uno de los tantos casos que parejas homosexuales que se enfrentan a la realidad de no poder satisfacer la necesidad de convertirse en padres y madres; lo cual constituye una evidencia rotunda de la homofobia estructural en la Cuba actual.

El ejercicio de la maternidad y la paternidad van más allá de la fertilidad en sí y la posibilidad o no de procrear; por tanto cualquier persona podría, si así lo decide, tener descendientes. Sin embargo la sociedad prescribe o legitima ciertas vías para convertirse en padre o madre.

En Cuba, una sociedad muy avanzada en algunos temas relacionados con la salud sexual y reproductiva, la familia nuclear, formada por papá, mamá y nene, sigue siendo el ideal, de manera que otras constelaciones, como podría ser las familias homoparentales o las producciones independientes, no son favorecidas por el imaginario social y tampoco por las leyes.

La Constitución de la República de Cuba reconoce la igualdad de todos los cubanos y cubanas. Nuestro sistema de salud es gratuito y universal, por tanto todos los ciudadanos deberíamos ser beneficiarios de sus bondades en la misma medida, pero la realidad es otra: para las parejas no heterosexuales está prescribe la aplicación de técnicas de reproducción asistida.

Si Cristina y su pareja acudieran a un centro de alta tecnología para la salud reproductiva es prácticamente imposible que ningún médico autorice la inseminación artificial de alguna de las dos. En mi opinión, se trata de una manifestación inequívoca de homofobia estructural que legitima directamente la creencia de que las personas homosexuales no quieren, no necesitan o no están aptos tener hijos o hijas.

La idea de que los gay y las lesbianas no quieren tener descendencia está frecuentemente conectada con la creencia de que la homosexualidad va en contra de la reproducción de la especie y que al tiempo que “escogiste” ser homosexual también te decidiste por la no-maternidad/paternidad.

En el imaginario social persiste la idea de que los homosexuales son, de serlo, padres o madres “defectuosos”, incapacitados educar a sus hijos e hijas en la heterosexualidad que tanto necesitamos para la estabilidad de la familia, y además que sus descendientes no van a tener los dos referentes, femenino y masculino, tan necesarios para el funcionamiento de una familia.

Toda esa carga de prejuicios al final lo que establece es un círculo vicioso entre las creencias del imaginario social y los servicios y programas del sistema de salud, en el cual queda atrapado un por ciento (aún sin determinar) de cubanas y cubanos, a quienes no les importaría contribuir a la tasa de natalidad del país.

Para Cristina, Yamira y para mí, sería ideal que el proyecto de Código de Familia, que permanece todavía sin presentarse a la Asamblea, incluyera el derecho a la parternidad/maternidad de las personas homosexuales cubanas. Es un acto de la más elemental justicia.

Publicado en El Toque bajo en título Ser gay no impide ser madre o padre.

Foto de portada: Raúl Hernández González

¿Qué feminismo es ese que desprecia el cuidado de la vida?

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Por Yuderkys Espinosa Miñoso

Para toda la mierda que anda circulando respecto del amamantamiento, la maternidad, y el desprecio por toda forma de cuidado de la vida, observándolo como atraso o algo de las gentes (cuasi humanas) de las culturas atrasadas y poco desarrolladas.

Para quienes al tiempo que hacen una crítica a la “apropiación del cuerpo de las mujeres” (sic) por parte del estado y sus instituciones y al mismo tiempo proponen, aspiran a una desvinculación de toda forma de “animalidad” (suponiendo así una historia lineal y progresiva que va desde es estado de naturaleza al estado social) reproduciendo en toda su extensión la Razón moderna colonial capitalista y toda la construcción sobre el devenir humano sin ataduras, producida por la modernidad occidental (sobre la que se sostiene justamente aquello que critican) les pregunto:

¿Qué feminismo es ese que desprecia toda forma de cuidado y disfrute de nuestras capacidades como especie?

¿Qué feminismo es ese que sostiene el desprendimiento de estas capacidades dadas en pro de una ciencia que, dominando la “naturaleza” y la técnica, suplantaría esa facultades de reproducción, amamantamiento, cuidado y autopoiesis?

¿Qué mundo es ese (¿y para quiénes?) que aspira poner en manos de la ciencia, las farmacéuticas y la biotecnología, la reproducción y el cuidado colectivo?

¿Qué feminismo ciego y que adscribe a estos postulados es este?

¿Acaso el problema son los cuerpos capaces de reproducir y parir (me abstengo de nombrarlos como “mujeres” ya que me parece restrictiva a nuestra mirada patriarcalista, binaria y heteronormativa occidental) o estas capacidades de algunos cuerpos? O el problema es justamente el desprecio absoluto que ha producido la Razón moderna respecto de estas cualidades propias de la especie, en este intento prepotente de producción de una superioridad sobre el resto de la vida. Acaso no es el problema una Razón imperial que sustituye y ve como pasado toda mirada no separada del mundo y de la vida por una que coloca lo “humano” como ente supremo y dominante del resto de la “naturaleza”.

¿Cómo puede el feminismo, como puede HOY un feminismo que se reclama antirracista y revisionista de esta tradición occidental imperialista y colonial, seguir adscribiendo a estos postulados de un progreso y proyecto emancipatorio que se sostiene en la promesa de la ciencia y de la técnica?

¿”Las mujeres” se liberarán por desprenderse de la producción de la vida y del cuidado? ¿Se liberarán porque la ciencia, la medicina, la biotecnología y la industria farmacéutica produzcan formas más efectivas de sustitución de las cualidades que tenemos como especie? ¿Seguiremos recreando la utopía de un mundo de dominio absoluto de la “naturaleza”? ¿Ese que han ayudado a idear algunas feministas radicales de los 60 y 70 donde la capacidad de reproducción humana es sustituida por la reproducción probeta; y la capacidad de producción de fluidos y la capacidad de afecto y cuidado es sustituido por una industria masiva separada de la vida individual y comunitaria?

¿A costa de quienes sería esta liberación? ¿Cuáles serán los cuerpos cuya fuerza de trabajo estará al servicio de tal utopía?

¿Se reproducirán las clínicas-cárceles que alojarán masivamente a racializadas pobres del tercer mundo cuyos vientres subrogados están al servicio de este proyecto delirante e imperial?

¿Se expandirán los bancos de leche materna, producida y vendida por racializadas pobres, y Monsanto y la gran industria biotecnológica lograrán patentar la leche materna modificada? Será todo un logro que las mujeres blancas burguesas puedan elegir el tipo de leche que quieren dar a sus “hijxs” ensamblados:  “Sra. tenemos una amplia variedad. Puede elegir usted entre leche materna modificada de origen xinca, mixteca, guaraní, mapuche, maya, wayuu… también tenemos exportada distintos tipos de leches africanas. Y por supuesto, dependiendo de su presupuesto le ofrecemos la linea completa de leche de origen europeo”.

¿O para el gran público,  ese que no llega a poder pagar tal “diversidad”, ese de las gente mestiza eurocentrada y blanqueada, se seguirá esclavizando vacas o plantando soya transgénica de cultivo extensivo en tierras arrebatadas a comunidades de países del tercer mundo?

¿Qué feminismo es ese que condena la institución médica y la industria farmacéutica a su servicio y al mismo tiempo espera que estas nos liberen?

¿Qué feminismo es ese que puede decirse antirracista y descolonial y no puede ver cómo su programa solo sirve a un orden del mundo que se sostendrá gracias a la explotación, marginación y desprecio de la gran mayoría de “las mujeres” y sus culturas, epistemologías y relación con el mundo de la vida?

¿Qué feminismo es este que se acoge al programa más tenebroso de la modernidad: mundo dominado por la técnica y la racionalidas, donde la tarea de cuidado es inferiorizada, donde la mirada integrada e interrelacionada de la vida es signo de atraso o de etapa a superar?

Mientras hago estas preguntas encuentro las causas de la resistencia de las racializadas al llamado feminista. Mientras no comprendamos que el racismo y la colonialidad se combaten más que por nombrarlos o denunciar sus efectos, por enfrentar las causas que lo producen; mientras no comprendamos que la colonialidad y el racismo se expresan y se actualizan en nuestra idea de futuro y de bienestar; mientras que no comprendamos la manera en que nuestras vidas están profundamente interconectadas… el feminismo seguirá siendo mayoritariamente un proyecto al servicio del bienestar de las mujeres -o sea, de la mujeres blancas- esas producidas por el sistema moderno colonial de género.

Observatorio de medios: Harta del sexismo en la televisión cubana

TV-cubanaEspecial para Pikara Magazine

Estoy hasta los ovarios de cómo se tejen los discursos misóginos y sexistas en los medios en Cuba.

Una saca la yerba mala, con roña y de raíz, y más adelante va saliendo otro retoño. Y así se reproducen esos discursos, no importa quién sea la persona, si un principiante en el periodismo o una un excelsa personalidad de la comunicación, unas y otras replican hasta el cansancio supuestos puntos de vista que han sido dejados atrás hace ya mucho tiempo y desde disímiles saberes.

Y es que me harta que un artículo que intenta celebrar la trascendental obra artística de una actriz cubana comience diciendo “su belleza no es despampanante, pero su talento sí”. Ésta es primera oración de una entrevista publicada por en el diario Granma, el más importante del país, y que es el órgano del Partido Comunista. Porque si no lo sabe todos los medios de prensa en Cuba pertenecen al Partido, el único que es legal además.

Comenté dos veces en ese artículo de marras, la primera vez pasó, pero la segunda, lo supuse, no logró derribar la censura. Claro, es que me quejaba tan fuerte con algo como: “Estoy loca por que hablen de la barriga de Marino Murillo”. (Este señor es uno de los políticos cubanos más populares, pues es quien lleva la cabeza en las modificaciones al modelo económico cubano, pero siempre me ha llamado la atención su figura tan redonda como la mía).

Y es que me enerva que para referirse a la profesión de las mujeres antes se hagan celebraciones de tipo físico y sexista. ¿Es que el autor no sabe que para ser actriz basta con en el buen desempeño en la escena? ¿Y por qué no usa frases así para referirse a los tabaqueros, a los políticos o simplemente a un deportista? Me encantaría verlo hablando de los traseros de los peloteros, que no deciden nada en el terreno de juego, pero que pueden ser tan prominentes como los de una mujer.

Junto con la anterior me retuerce el hígado también que las deportistas cubanas más célebres que haya tenido la isla, las del equipo de voleibol, quienes fueron en varias ocasiones campeonas, se les reduzca a “la morenas del Caribe”. Eso lo inventó un comentarista deportivo. Siguiendo esta línea, cualquiera podría llamarle entonces al mejor ajedrecista cubano contemporáneo, Lenier Domínguez  ̶ahora mismo entre los diez primeros del mundo ̶, el “blanquito de Güines”.

Además, dicho epíteto ‘racializado’ es innecesario y vacuo, pues en el Caribe la mayoría somos personas negras y mestizas; ellas perfectamente podrían ser haitianas o jamaiquinas.

Y es que me preocupa que en un pueblo remoto de Cuba, de nombre esperanzador, se haga un concurso de belleza que rescate una tradición que por 41 años no se celebró. Por gusto no habrá sido. Allá un músico, de muy buenas ganas supongo, se le ocurrió que ya era hora de devolver el reinado femenino al poblado Esperanza entonces un periodista compartía en su blog: “Con la corona recién colocada en las sienes Eileen Beatriz, trabajadora del departamento de Recursos Humanos de la empresa de Tabaco Torcido, declaró a Vanguardia que al principio veía bien remotas sus posibilidades de ganar porque las otras candidatas eran muy bonitas, con mucho carisma y sobre todo más jóvenes que ella”.

Algo no marcha bien en la Cuba revolucionaria. No me explico cómo una trabajadora, una proletaria, puede ser reina de belleza. Y cómo la instancia de Gobierno del municipio pudo apoyar tal evento. Sin embargo, mi verdadera preocupación es cómo a un periodista revolucionario, que trabaja en el órgano del Partido en la provincia de Villas Clara, le puede interesar reportar sobre un evento como éste sin al menos cuestionárselo.

No obstante, lo que le puso la tapa al pomo a este tema de la reproducción del sexismo en los medios de prensa, en días recientes, fue el reportaje sobre natalidad en la sección ‘Cuba Dice’, del Noticiero Nacional de Televisión, que pertenece…. aaaaaaaaa ¿a quién? ¡También al Partido Comunista!

Pues como decimos en Cuba, “nos dieron pollo por pescado”. Con tantos años de investigaciones acumuladas en gavetas y tantos manuales de periodismo con enfoque de género escritos y compartidos y aun nos siguen echando la culpa de la baja natalidad, del envejecimiento poblacional y no dudo que ahorita nos culpen del cambio climático.

“Tener un hijo ha de ser la mayor aspiración de cada pareja” es la primera frase que pone en su boca la periodista encargada de abrir la sección. Sin comentarios. Bueno sí, un comentario: mi pareja es una mujer, tengo entonces, según esta periodista, la aspiración de tener un hijo (en realidad prefiero hija). ¡Súper! Cuba, donde aún las lesbianas no tienen acceso a la reproducción asistida, parece que está cambiando…

Y es que me llama la atención que, de inicio, sólo se entrevistan mujeres y madres cuando estamos hablando de una cuestión que implica a la sociedad por entero. La baja de natalidad no es culpa de las personas individuales. La demografía, la sociología, la economía, entre otras ciencias sociales, llevan años explicando este fenómeno inherente a la sociedad en desarrollo, pero las periodistas no se enteraron.

Pero, por supuesto, más adelante aparece un médico (macho, varón, masculino) hablando de por qué las mujeres cubanas no quieren parir. Me pregunto si no hay especialistas mujeres de igual rango y nivel de conocimientos. (Ya hemos visto en Cuba por programas televisivos abordando el tema del dolor en el parto y la persona entrevistada ha sido también un medico hombre). Pareciera que las mujeres no estamos legitimadas para hablar de nuestros propios cuerpos.

El otro másculo que aparece en el reportaje se queja de en las tiendas cubanas no hay ropa para bebitos varones. Bien repartidos están los roles de género en este reportaje.

Sin embargo, lo realmente explosivo es cuando tocan el tema del aborto, como práctica que conduce a la baja de la natalidad. Por favor,  ya lo dije en una ocasión: ¡dejemos el aborto en paz! Si usted no quiere abortar no lo haga, pero no es justo que una mujer le diga a otra en horario estelar (durante el noticiario más importante del país, por no decir el programa más visto, aun por la gente que no ve la televisión en Cuba): “Yo les digo que si ya decidieron arriesgarse y no protegerse y ya lo tienen ahí, que ya lo tengan”.

Y es que no queda otra, tenemos que tener una ley de medios ya. Definitivamente lo pro-activo no funciona. Pasemos entonces a lo coercitivo.

 Ver el vídeo de “Cuba dice”

Soy hija de una máquina de coser

mamasday

Hildelisa Ramírez Oviedo, fue la madre que las circunstancias le permitieron ser.

Entre la máquina de coser y la deslealtad de mi padre solo le quedo tiempo para enseñarnos que de la condición de pobreza se salía con mucho esfuerzo y aprendizaje.

Todo lo que hoy tengo y soy se lo debo a la salud que se le fue en aquella Singer, donde surgieron nuestras ropas y también nuestros principios. Todo lo que hago, y lo que no, es en su nombre.

Imagen tomada de Mamasday.com