Vidas amputadas. Sobre Vestido de Novia, la película

vestidoPor Danae C. Diéguez

Cuando aparecen las primeras escenas del largometraje Vestido de Novia, de la realizadora Marilyn Solaya, se recrean momentos de la cotidianidad de una pareja, son escenas que convierten ese día a día en una de las claves más importantes del filme.

Rosa Elena (Laura de la Uz) y Ernesto (Luis Alberto García) conforman una pareja que se ama, sobrellevan las carencias de lo cotidiano con la belleza del amor que se profesan, son unos recién casados felices, aunque el padre de ella, (Pancho García) se encuentre aparentemente inválido y ello exija atenciones y mucho trabajo. Son esos momentos, en los que la directora se posiciona para construir una de las tesis que atraviesa toda la película: el espacio doméstico como ejercicio de violencia invisible que somete “naturalmente” a las mujeres a roles y “deberes ser” que las aniquilan en otras libertades esenciales.

Inicio este comentario desde la importancia que se le da a estos tópicos en la historia: lo privado, lo íntimo en tanto se “es” quien quieres ser y lo público en tanto se “aparenta” una existencia. Esa relación, por momentos tormentosa en algunos personajes, es desde donde se sostiene la doble moral como elección en la mayoría de los personajes, pues el contexto, los espacios de socialización, en los que se pone a prueba el “deber ser”, están como protagonistas de la historia, para advertirnos que además de una elección, las presiones sociales te cercenan. La doble moral se convierte en eje temático y le permite a la directora hablar de ella desde los aprendizajes binarios de género.

Vestido de Novia es una película que convierte una historia de amor en un discurso sobre la nación, va de lo mínimo a lo macro. La historia de Rosa Elena, persona reasignada con otro sexo biológico y que se construye como mujer a través de los aprendizajes más tradicionales de la feminidad, es la línea argumental que desata las ideas latentes en la propuesta fílmica, sin embargo, me permito reivindicar lo anecdótico en tanto símbolo de un conflicto que trasciende esas historias personales y hace una de las apuestas que convierten a la cinta en una obra intensa, que nos trasciende como seres humanos para encarar a las políticas públicas, a las sociedades que sostienen aún la hipocresía y hablan en nombre de una verdad inconsulta.

Las mujeres y los hombres de esta historia han aprendido a vivir desde la cárcel de esos aprendizajes de género encorsetados y por supuesto, son víctimas  de ello. Vestido de Novia marca la diferencia cuando el punto de vista se verifica en la denuncia de su directora —en este caso guionista también— sobre cómo nos socializamos mujeres y hombres para beneficiar a un sistema de dominación patriarcal, quelegitima y sostiene las inequidades, esahí para mí la diferencia o el punto de giro más importante que le veo a la película dentro del cine cubano que se ha ocupado del tema: Marilyn no admite discursos de tolerancia,sabe que quien tolera y el tolerado marcan una relación de poder, no pasa la mano, no es complaciente; va a la causa de esas mentiras, sus personajes apenas se salvan del descalabro porque con su película reclama el respeto, la diversidad, el amor por encima de absurdas presiones sociales que solo generan dobles vidas o quizás, vidas amputadas.

Una de las ganancias del filme radica en la construcción de los personajes, defendidos todos con una maestría actoral que eleva la película a primeros planos de interpretación. Los personajes son símbolos también de ese espacio social que los ubica y atomiza. En todos parece rondar un arquetipo que, enriquecido, marca claves para entenderlos también como metáforas de cada uno de los temas que a la directora le interesa poner en discusión— la doble moral, los binarismos absurdos de los aprendizajes de género, el patriarcado como causa evidente de las discriminaciones, entre otros— y que sirven, a su vez, de microrelatos como historias que se conectan para complejizar el espacio—tiempo como personaje que sostiene el argumento del filme.

La historia de Vestidode Novia está inspirada en hechos reales, solo que no siempre esa acotación garantiza efectividad ni verosimilitud, sin embargo esta entrega fílmica es sobrecogedora, no solo por el referente de vida que la sostiene, sino además por la complejidad que sus personajes muestran en una sucesión de acciones que a partir del primer punto de giro, pareciera no dejarnos respirar, todo ello junto a la verdad y la autenticidad de los actores y actrices.

Rosa Elena está defendida por Laura de la Uz desde esa organicidad que la actriz siempre nos regala, su personaje, aunque uno de los más hermosos de la historia, tiene que mentir por miedo, llega a vivir con su pareja y sabemos que la mentira es el inicio de esa relación, sin embargo el punto de vista de la historia no la juzga, la entiende y la convierte en víctima de varios desmanes, solo que la directora le da la posibilidad de crecer y la eleva a partir de defender su verdad y lo que desea ser en la vida. Rosa Elena es una mujer que no solo simboliza a las transgéneros, es muchas mujeres y por ello la complejidad del personaje y la excelente actuación de Laura de la Uz: la actriz logra evitar esa línea sinuosa entre ser transgénero, su estereotipo y una mujer cotidiana.

El caso de Sissy, interpretada desde el magisterio de Isabel Santos resulta sin dudas uno de los personajes más auténticos del filme. Generosa, justa, es vejada y humillada en su condición de travesti que vive desde la mujer que desea ser. En los parlamentos de este personaje está la autenticidad de una amiga, se sostiene la idea de que “no se nace mujer, se llega a serlo” y está el repudio a quienes persiguieron, maltrataron y ningunearon a personas que son y viven diferente— si es que esa palabra se pueda admitir—. Sissy es la dignidad y por ello su final es tan duro, emigrar como Panchito, ser Panchito—su identidad de nacimiento. Nuevamente la directora no cede, nos muestra el dolor y la vergüenza que significa que la nación pierda hijas e hijos en nombre de consignas viriles y discriminatorias. Isabel Santos ha convertido a Sissy en un personaje inolvidable, que ama y sufre y a quien le cuesta ser. La escena del calabozo marca la ambigüedad, no de Sissy, convencida de la mujer que es, aunque biológicamente sea varón, sino de la sociedad; cuando se arranca el último vestigio de su imagen femenina y guarda en unos tenis viejos y visualmente masculinizados, los pies con uñas pintadas al estilo más tradicional femenino. Solo así podría salir del encierro, el de la cárcel, pues la película recurre a esa prisión física para hablar de las muchas prisiones que rodean a sus personajes: la del cuerpo, la cultura y las sociedades con sus prejuicios.

Los personajes varones de la historia son interesantes por los matices que aportan: Ernesto, nuestro querido actor Luis Alberto García, ícono del cine cubano, ahora ante un personaje que está entrampado entre el amor que siente y su cultura machista enraizada, Ernesto da el aliento, es la posibilidad de ser un hombre diferente, entendido como un hombre que desmonta su masculinidad hegemónica para ser un hombre sensible. Ernesto se debate entre lo que siente y sus atavismos culturales; una de las escenas más intensas  es aquella que, con cuchillo afilado dentro de la mochila llega a casa de Rosa Elena para enfrentarla, lleva puesto el pullover del Che, símbolo del hombre nuevo, sucede entonces, después de un largo plano de miradas fijas, el abrazo y la reconciliación amorosa de la pareja. Reconciliación esbozada que solo se expresa entre ellos, porque de nuevo el espacio público—los otros— juzgan.

El padre de Rosa Elena, interpretado por el actor Pancho García, es el símbolo del poder machista, el “pater familias”, el poder que silenciosamente se hace presente, está oculto y aparentemente afectado, pero rodea todo, su poder radica en su silencio y más adelante en su mentira e hipocresía. Pancho García exhibe lo difícil de hablar sin palabras y ser desde el mutis total una ausencia que se hace presencia.

Los actores Jorge Perugorría y Mario Guerra representan personajes anquilosados: son la corrupción, la doble moral y están ahí para recalcarnos la mentira y como ellos mismos son el resultado de sociedades construidas desde la misoginia y la discriminación, en nombre de una falsa virilidad, en cuerpos falsamente construidos. Son personajes apenas sin matices, excepto que Perugorría ama a sus hijos, lo demás es el juego de las apariencias. Sus personajes, aunque no protagónicos tienen en sus manos los hilos que desatan las tragedias de la historia y alcanzan notoriedad, entre otras razones, por la coherencia con que son defendidos.

El filme exhibe referentes importantes y la directora los evidencia. El mayor de todos es cómo se inserta dentro de una zona de la tradición del cine cubano, en tanto se incorpora a la línea de maestros como Titón, Solás y Fernando Pérez para agudizar su mirada a la realidad cubana y comprometerse desde el ejercicio crítico…

El filme exhibe referentes importantes y la directora los evidencia. El mayor de todos es cómo se inserta dentro de una zona de la tradición del cine cubano, en tanto se incorpora a la línea de maestros como Titón, Solás y Fernando Pérez para agudizar su mirada a la realidad cubana y comprometerse desde el ejercicio crítico: pensar Cuba, desde el dolor que generan sus amputaciones y desde la verdad que nos asiste para cuestionarnos qué país hemos vivido y cuál deseamos ser. El homenaje rotundo a Fresa y Chocolate está presente, la película se enmarca en el año 94, el maleconazo como contexto y Titón,con su película, dándole un punto de giro al cine cubano, sin embargo, si en su momento Fresa y Chocolate apostaba a la tolerancia, Vestido de Novia apuesta al respeto y a la diversidad como única verdad, la directora trasciende la tesis de su maestro, en tanto su película, aún instalada en el 94, piensa a Cuba desde hoy, porque aún somos un país que hace del androcentrismo un ejercicio continuo y simbólico.

A finales de los ochenta, esa década tan importante para la cultura cubana, Norge Espinosa escribió su poema homónimo Vestido deNovia, poema medular para hablar de la homosexualidad en la literatura cubana, sobre todo desde la voz en primera persona de quienes viven con otras identidades sexuales. Toda una generación vivió y admiró el poema, crecimos con el respeto a quienes desde las letras hablaban de la verdad de ser diferentes. Hoy, su poema se convirtió en génesis de una historia que transforma la síntesis de lo poético en historias de carne y hueso, historias atravesadas por la realidad y que cargan con esas vidas que aún hoy, pleno siglo XXI, viven cercenadas y preteridas, pero no por sus  diversidades sexuales —esa es solo la punta del iceberg—sino porque son vidas que andan ancladas a moldes, en corsets que ahogan, en imágenes que amputan.

Tomado de La Jiribilla

Norge Espinosa: El bibliotecario de Sodoma

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Norge Espinosa y Victor Fowler

Por Norge Espinosa

1. El poema.

La imagen brotó de la línea de Federico García Lorca y entró a mi página. En una noche de Santa Clara, en 1987, solo tenía conmigo la visión que Lorca me ofrecía, en uno de los pasajes de ese poema tan intenso y controvertido que es su Oda a Walth Whitman. Por años, el libro había estado al alcance de la mano, y solo mediante el impulso que la lectura de otros poetas cubanos y extranjeros empezaba yo a sentir en mi ciudad natal, alcancé la revelación que ese texto me ofrecía. Quedaban a un lado los lugares comunes que persiguen a Lorca hasta el día de hoy con tanto ensañamiento como el que le reservaban sus asesinos: gitanos, lunas, panderos, cuchillos, lunas de plata amenazante, etc. Tal vez el Lorca que me sigue acompañando hasta hoy es el de ese poema que nos lo describe en pleno conflicto: como un homosexual que quiere un espejo puro en el que hallar su rostro, y no en el gesto flébil de las mariquitas y los jotos y los pájaros a quienes condena. Pero también esas mariquitas, esos desbordes de la sociedad, esos excesos que a ratos algún credo y algún gobierno ha preferido sacar de la vista, tienen a Lorca como mártir, lo reconocen entre los libros del estante que tal vez no miran con igual interés. Lorca, Wilde, Genet, Proust, Cernuda, Salvador Novo, Miguel Ramos Otero, Virginia Woolf, Djuna Barnes, Isherwood, Auden, Gingsberg. Lentamente se va creado una genealogía, una tradición, una arqueología en la que poco a poco el discurso se convierte en fuerza que mueve a la batalla, y que va dejando atrás las máscaras del amor que no puede decir su nombre, o mejor, que no se atrevería a decir su nombre. En Cuba, donde Lorca juró perderse, leerlo tiene una connotación que invita al desborde, a la indisciplina de sus aventuras habaneras y en otras provincias. La Universidad de Miami acaba de digitalizar los fondos de su enorme archivo cubano que se ocupan de la presencia de Lorca entre nosotros, y ha reaparecido el rostro del granadino, en la playa de Marianao, junto a muchachos de sonrisa fácil, a los que ha de haber seducido con la gracia que es el reverso de esos terribles versos de la Oda a Walth Withman. Dejó entre nosotros una vibración que también es erótica, polémica, sexual, política. En una noche de Santa Clara, ciudad que no visitó, ese fantasma se manifiesta e impulsa la mano de un joven poeta. Quiere un espejo, insiste, donde encontrar su rostro de modo más puro. Pero cómo mirarlo. Con qué espejos. Con qué ojos.

VESTIDO DE NOVIA

Por eso no levanto mi voz, viejo Walth Whitman,
Contra el niño que escribe
Nombre de niña en su almohada,
Ni contra el muchacho que se viste de novia
En la oscuridad del ropero.

Federico García Lorca.

Con qué espejos
con qué ojos
va a mirarse este muchacho de manos azules
con qué sombrilla va a atreverse a cruzar el aguacero
y la senda del barco hacia la luna
Cómo va a poder
cómo va a poder así vestido de novia
si vacío de senos está su corazón
si no tiene las uñas pintadas si tiene sólo un abanico de libélulas
cómo va a poder abrir la puerta sin afectación
para saludar a la amiga que le esperó bajo el almendro
sin saber que el almendro raptó a su amiga le dejó solo
ay adónde podrá ir así tan rubio y azul tan pálido
a contar los pájaros a pedir citas en teléfonos descompuestos

si tiene sólo una mitad de sí la otra mitad pertenece a la madre
de quién a quién habrá robado ese gesto esa veleidad
esos párpados amarillos esa voz que alguna vez fue de las sirenas
Quién
le va a apagar la luz bajo la cama y le pintará los senos con que sueña
quién le compondrá las alas a este mal ángel hecho para las burlas
si a sus alas las condenó el viento y gimen
quiénquién le va a desvestir sobre qué hierba o pañuelo
para abofetearle el vientre para escupirle las piernas
a este muchacho de cabello crecido así vestido de novia

Con qué espejos
con qué ojos
va a retocarse las pupilas este muchacho que alguna vez quiso llamarse Alicia
que se justifica y echa la culpa a las estrellas
con qué estrellas con qué astros podrá mañana adornarse los muslos
con qué alfileres se los va a sostener
con qué pluma va a escribir su confesión ay este muchacho
vestido de novia en la oscuridad es amargo y no quiere salir no se atreve
no sabe a cuál de sus musgos escapó la confianza
no sabe quién le acariciará desde algún otro parque
quién le va a dar un nombre
con el que pueda venir y acallar a las palomas
matarlas así que paguen sus insultos
con qué espejos ay con qué ojos
va a poder asustarse de sí mismo este muchacho
que no ha querido aprender ni un solo silbido para las estudiantes
las estudiantes que ríen él no puede matarlas
así vestido de novia amordazado por los grillos
siempre del otro lado del puente siempre del otro lado del aguacero
Siempre en un teléfono equivocado no sabe el número
tampoco él se sabe
Está perdido en un encaje y no tiene tijeras
así vestido de novia como en un pacto hacia el amanecer

Con qué espejos
Con qué ojos.
2. Un bibliotecario de Sodoma.

Repentinamente dueño de un poema que, para decirlo con Sigfredo Ariel, desató algo parecido a un escándalo en la literatura cubana de ese momento tan intenso que fueron los años de cierre de la década del 80, comprendí que un texto de esa naturaleza exigía cierta noción de compromiso. En la literatura nacional, hacía mucho que lo homoerótico no se expresaba abiertamente, y el silencio impuesto sobre los autores que en alguna ocasión se interesaron en ello pesaba como una doble lápida de ignorancia y tabú. Habría que esperar a la década del 90 para que investigadores como Víctor Fowler desenterraran El ángel de Sodoma, la novela que en 1928 editó en España Alfonso Hernández Catá para que se abriera un curso nuevo en nuestra tradición letrada. Lo mismo sucedería con otra novela aparecida un año después, La vida manda, que publicó en México Ofelia Rodríguez Acosta. La lectura, en los años 30, de Lorca y Cernuda, despertó en Emilio Ballagas la necesidad de una confesión que, en su caso, terminaría siendo un drama. Pero de esa angustia nació un poemario como Sabor eterno, de 1939, en el que los homosexuales cubanos encontraron algunos de sus primeros cantos. Bajo ese influjo empieza a escribir Virgilio Piñera, quien firma su Oda a la vida viril, inédita hasta mucho después de su muerte, también en 1939. Ya para ese entonces, en México también, había aparecido Hombres sin mujer, la novela moderna que, para Cuba, en realidad, hace cambiarlo casi todo.

El impacto del gallego Carlos Montenegro, radicado en Cuba y conocedor aquí de los horrores de la cárcel que luego expondría en ese libro capital, llega hasta hoy como una sacudida que la crítica cubana no ha sabido aprehender del todo. Hemos tenido que esperar a este mismo 2014 para que al fin una nueva edición, precedida de un excelente estudio de Jorge Domingo, nos invite a releerla más allá de la rareza. Con la novela de Carlos Montenegro se entrecruzan, desde el concepto más hiriente de la violencia, autores tan diversos como Reinaldo Arenas, Norberto Fuentes, Guillermo Vidal, Angel Santiesteban y muchos otros que ahora escriben sus textos. Traspasar la piel y la urgencia que enlaza el cuerpo de dos seres de sexo semejante es una actitud que requiere el coraje de un escritor bien entrenado, de ahí la altura del reto, y la estatura no superada de Hombres sin mujer.

En la poesía del mundo de Orígenes, que presidía esa gran loca patricia que es José Lezama Lima, lo homoerótico también tenía su conflicto. La máscara y el músculo de lo católico imponían una capa verbal que necesitaba ser arañada, para que nos revelara sus neurosis más interesantes. Mientras se acumulaba un número tras otro, Lezama, agazapado, “preparaba su sorpresa”. Ningún origenista, ni siquiera los que combatían a Lezama, como Piñera o Lorenzo García Vega, estaban preparados para lo que significó Paradiso. Los ángeles de Lezama tenían sexo, un sexo dispuesto a gozar priápicamente, y no como se les entreveía en las castas viñetas de Mariano o Portocarrero. Ciclón, la revista que Piñera inventó como petardo ante la puerta de Trocadero 162 junto a Rodríguez Feo, gastó sus salvas en juegos de escándalo, que la novela de Lezama iba luego a disolver. Pero algunos de esos juegos son también insólitos y extremadamente útiles, como el ensayo “Ballagas en persona”, que Virgilio concibió como una batalla que aún perdura entre nosotros.

Como un bibliotecario de Sodoma, a lo largo de los años que corren desde aquella noche de 1987, he ido acumulando textos, rostros y nombres. Documentos que pudieran perderse, y sobre todos anécdotas que me permiten reconocer una tradición para mí, y para los lectores de Vestido de novia. Con humildad e irreverencia, organizo el archivo donde esos maestros encaminan la lectura hacia mi página, y de ahí hacia otras, que siguen haciendo crecer la biblioteca nocturna que puede ser también La Habana. Severo Sarduy, Calvert Casey, Antón Arrufat, Delfín Prats, Magali Alabau, José Mario, Reinaldo Arenas, José Milián, Abelardo Estorino, Ana María Simo, María Irene Fornés. En las paredes de esa biblioteca están otros rostros, artistas que desde otros ámbitos también hacen una tradición interesada y entendida: Ernesto Lecuona, Juan Bruno Tarraza, Bola de Nieve, Humberto Solás, Miguel de Gonzalo, María Teresa Vera, Amelia Peláez, Servando Cabrera Moreno, Raúl Martínez, Pepe Carril y Pepe Camejo, Vicente Revuelta, Francisco Morín, Adolfo de Luis. Tantos otros. Pasan sobre ellos los éxitos y los fracasos, errores políticos como la UMAP o la parametración. También el silencio es una tradición que puede resultar tan atroz como útil. Hurgar en ese agujero negro, hoy nos obliga a extender la biblioteca de una Sodoma tropical.

La explosión desencadena en Cuba y acerca de Cuba durante la década de los 90 hizo crecer este edificio hacia latitudes casi imposibles. El exilio de los 80 generó fenómenos como la revista Mariel, y la irrupción del sida convirtió en cuerpos martirizados a Sarduy y a Reinaldo Arenas, canonizados ahora según la voluntad de sus propios manifiestos. Y en Cuba, durante esa década, empiezan a dejarse ver textos de Pedro de Jesús López, Ena Lucía Portela, Nelson Simón, Jorge Angel Pérez, Ana Lydia Vega Serova, Arlén Regueiro, Alberto Acosta Pérez, Rubén Rodríguez, René Coyra, Mae Roque, Mabel Cuesta, José Rolando Rivero, Luis Yussef, Abel González Melo y tantos más. Los latin queer studies imponen la ruptura de algunas fronteras, y para ser consecuente con ello, y como un bibliotecario riguroso, hay que hacer espacio a libros también escritos en inglés. Achy Obejas, Rafael Campo, Elías Miguel Muñoz, José Esteban Muñoz, José Quiroga, Jorge Ignacio Cortiñas, Nilo Cruz, Alina Troyano, se unen a lo que siguen diciendo en español nuevos nombres que llegan al exilio, dígase en España, México, Estados Unidos, Suecia: Miguel Angel Fraga, Alberto Lauro, Odette Alonso, Félix Lizárraga, José Félix León, Juan Carlos Valls, Roberto Urías, Abilio Estévez, Raúl Alfonso, Chely Lima, Antonio Orlando Rodríguez… La onda expansiva de El lobo, el bosque, el hombre nuevo, con el que Senel Paz gana el Premio Juan Rulfo en 1990, tiene ecos en el mismo concurso que poco después obtienen Joel Cano, con Fallen Angels, Ena Lucía Portela con El viejo, el asesino y yo; y Miguel Barnet con Fátima o el Parque de la Fraternidad. Numerosos son los autores que se acercan de distinto modo a lo homoerótico. No todos desde un eje de compromiso que les deje ir más allá del carnaval y el estereotipo, esos dos grandes peligros cubanos. Dónde poner, en esa biblioteca de una Sodoma caribeña, tantos ejemplares. Cómo evitar que se confundan los unos y los otros. En la noche de la biblioteca, llegan títulos, revistas, otras páginas. En los anaqueles antes casi vacíos, se agolpan esos volúmenes. Falta haría el concurso de otros bibliotecarios que organicen y cataloguen tantas cosas. Para eso también se hace un Curso en La Habana. Para que si se produce un incendio o una catástrofe mayor, ellos, desde la memoria de lo que han leído, puedan volver a escribir todo lo que se perdió. Esos textos y otros. Los que escriben ahora mismo otros autores. Yunier Riquenes, Rogelio Orizondo, Fabián Suárez, Legna Rodríguez, Larry Javier González. Una biblioteca frente al mar.

3. Queer Nation: otro mapa de Cuba.

En Queer Nation, su excelente ensayo, el estudioso y profesor puertorriqueño Rubén Ríos Avila desmonta otro sueño posible acerca del mito de su país. Describir la patria como una nación maricona, como una noción pájara de la Historia que se vive a puertas cerradas o en consonancia con un secreto que, pese a la visibilidad más o menos reciente sigue activando claves de lectura erótica, moral, política y subversiva; es gesto que nos falta. Acostumbrados a pedir permiso, a esperar que alguna entidad se imponga como defensora de una causa que tal vez deba estar en manos de un compromiso más orgánico y natural sobre ese asunto, hemos confiado en que alguien, desde esas cúpulas, volverá a leer la Historia para nosotros, y nos hará en ella, como quien dispensa un favor, un sitio en sus márgenes. La literatura cubana, las artes de este país, tienen una tradición homoerótica de fuerza no calibrada. Nos falta leerla desde los cardinales que han propuesto al mundo Judith Butler, Eve Kosovsky, José Esteban Muñoz, Alberto Mira, José Quiroga o Daniel Balderston, y discutirlos desde un mapa propio. A los artistas ya mencionados, habría que añadir otros desde el audiovisual, el teatro, la música y por supuesto, las artes plásticas, amén del respeto necesario hacia las obras que, en ese ámbito, nos ofrecen Rocío García, Eduardo Hernández Santos, o René Peña y Alejandro González, entre muchos otros. O, que en el campo del audiovisual, tienen sus ejemplos, desde que en 1988 se produjera en la Escuela Internacional de Cine el documental No porque lo diga Fidel Castro, hasta los materiales que en la Muestra de Cine Joven dan fe de ciertas persistencias: Camionero, de Sebastián Miló, Ella trabaja, de Jesús Miguel Hernández, y que se combinan con otras piezas: Seres extravagantes, de Manuel Zayas, o los documentales de Lizette Vila y Belkys Vega. Mientras, en el teatro, Carlos Díaz y Nelda Castillo, se hacen imprescindibles. Las políticas del desacato, entre nosotros, las políticas del desborde y el desenfreno, aún no están articuladas desde su mayor fuerza eruptiva. La celebración en Cuba del Día Mundial de Lucha contra La Homofobia, o una campaña contra el VIH Sida, pueden y deben ser una fecha en el mapa, no el mapa único y formal desde el cual lanzamos otras consideraciones acerca de derechos y deberes que siguen siendo postergados. El diálogo, para saberse en verdad diverso, tiene que asimilar esas y otras demandas mayores, que provienen de cardinales distintos, de modos de discursar y vivir que tienen que ser distintos. Fuera de ese marco aparentemente político, la Isla se rompe en otras connotaciones. En sus playas y en sus noches, en la insolencia con la cual, un cuerpo, ansioso de otras posibilidades, se ofrece sin piedad tan cerca de las costas.

Organizando el Curso Literatura Cubana LGBT junto a Víctor Fowler, encarando al puñado de alumnos a los que, durante más de doce semanas hemos ido ofreciendo datos, títulos, nombres, referencias, todo eso se estrella contra esa noción posible-imposible de una verdadera nación queer. “¿Tú has visto país más maricón que este?”, me preguntó alguna vez un célebre dramaturgo y narrador, radicado hoy en Barcelona, poco antes de haber afirmado que La Habana, el verdadero tesoro y gozo de La Habana, son sus cuerpos. En el paisaje de esta capital hierven sus fantasmas, como el de Reinaldo Arenas entre los muros del Hotel Monserrate. La tradición exige rigor, compromiso y militancia. Escribir tan bien como ellos lo hicieron, ser respetuosos con la vibración que en Cuba pudo dejar Lorca o Cernuda, que llegó a creer que el cielo de la Isla sería tan puro como el de Italia, a la que no visitó. Frente a esta bahía se conocieron Teresa de la Parra y Lydia Cabrera, y aún no sabemos del todo qué secretos cruzaron esas dos grandes mujeres. Esos alumnos del curso serán los próximos bibliotecarios. Lo son ya, acaso sin que ellos lo sepan. Como tal vez tampoco lo sepan los autores que, imponiéndose contra la noche, ante la página de un escritor al que ven con otros ojos en plena madrugada, tienen que levantarse para ir al papel. Y escribir, sobre las palabras de esos autores muertos, la letra viva de una Nación que tienen más cuerpos, deseos, y urgencias de las que caben en una bandera o entre los símbolos de cualquier escudo.

Texto leído durante la tertulia del 10 de julio pasado, que se le dedicó al taller Literatura Cubana LGBT, en la Embajada de España.

Literatura LGTBI: leer en silencio, entre líneas

Norge Espinosa
Norge Espinosa

Desde el mes de marzo, los intelectuales Víctor Fowler y Norge Espinosa están realizando en La Habana un curso sobre la literatura cubana LGBTI. Ambos especialistas, con reconocida trayectoria dentro de los estudios culturales, se han interesado en visibilizar aquellas obras que presentan personajes con diferentes identidades de género y orientación sexual. Sobre esta idea, convertida en realidad gracias a la entereza y voluntad de ellos, hablo con Norge Espinosa.

¿Por qué un curso sobre literatura LGBTI? ¿Conoces experiencias anteriores en Cuba con las mismas intenciones?

El curso nace a partir de la necesidad de cubrir un vacío, no del mero gusto de dos escritores que sientan alguna inclinación especial hacia ese segmento de nuestra cultura que, vale la pena decirlo, sigue siendo ignorado por nuestras casas de altos estudios, generalmente muy reacias a la apertura de los estudios queer o de sus desprendimientos, bajo recelos de muy distinta naturaleza.

No es que no existan en Cuba tesis, trabajos de diplomas e incluso defensa de doctorados a partir de libros y autores y autoras que hayan entrado a este canon cubano LGBTI, sino que la articulación orgánica entre esas presencias y el concepto que se imparte en dichos espacios no funciona más allá de la voluntad particular de uno que otro interesado. Nos falta mucho por aprender y aprehender de esos tipos de análisis.

En Cuba, nombres esenciales como David William Foster, Eve Kosovsky o Judith Butler siguen siendo mera nota al pie de alguna bibliografía muy reducida, y es ridículo negar los postulados de ese autores, discutirlos, sin siquiera haberlos leído. Hay también un elemento puntual, y es que la tan temida teoría queer se ha ido convirtiendo en un cuerpo de estudios muy amplio, cada vez más multidisciplinario, y que en América Latina ha encontrado un eco poderoso desde ese margen, desde esa periferia, que la discute al tiempo que se sirve de ella para abordar a figuras tan diversas como Lemebel, Puig, Sarduy, Arenas, Perlongher, Lydia Cabrera, Pizarnik, Novo y tantas más. La teoría es un instrumento, no una sentencia a la que seguir mecánica ni mansamente. Pero eso no parece encontrar el impacto suficiente en la comodidad con la cual, desde la enseñanza o la crítica, nos dirigimos hacia la posibilidad de mejores y mayores lecturas.

El curso nace para organizar una cronología, un mapa marginal si se quiere, que dé nociones de una tradición, de una serie de presencias conectadas a pesar del fragmento, del silencio y el tiempo, a fin de hacernos entender que este asunto, en las letras y la cultura nacional, ha ido aportando nociones que merecen ser tenidas en cuenta, como clave e influencia en otros asuntos generalmente mal interpretados. Saber que se tiene una tradición puede hacernos más fuertes, menos solitarios. Una manera más de luchar contra ese estereotipo del homosexual, la lesbiana, el trans, como perfiles desamparados.

No, lamentablemente no recuerdo otras iniciativas de este carácter. Se habla del tema en eventos, en foros, hay libros mejores y peores sobre el tema, pero un curso concretamente dedicado al tema, no. Y es una pena. Recuerdo que en 2001 llegaron a Cuba dos de las figuras más notables de estos estudios: Daniel Balderston y José Quiroga, y a solicitud de una profesora de la Facultad de Artes y Letras dieron una charla básica sobre la teoría queer y sus ramificaciones hacia los estudios literarios del continente, tras la cual sufrieron la andanada del entonces decano de dicha facultad, quien afirmaba que esa era una teoría que segregaba a heterosexuales de homosexuales, que solo ofrecía estancos separados. Y así es que estamos ahora, a casi 15 años de aquello, haciendo este curso contra esa y otras formas del silencio.

El programa, accesible en la página de Facebook del curso, adelantó todos los temas, entre los que se encontraban, por ejemplo, algo tan interesante como “Colonia. Discurso nacional y normatividades sexo-eróticas en la formación de la nación”. También se propuso hablar del “Modernismo, decadentismo y sexualidad: Casal y Martí”. Te pregunto: ¿encontraron muchas o pocas referencias para el abordaje de esos períodos tan lejanos en el tiempo. ¿Podrías decir quiénes han sido los investigadores que se han dedicado a estudiar estas épocas?

Hay una serie importante de búsquedas en ese momento histórico que vienen a ser la arqueología o la prehistoria de esto que abordamos. Un ámbito poco visitado, y en el que se encuentran los puntos de partida de recelos, prejuicios y estereotipos que seguimos repitiendo, incluso de manera inconsciente.

Los años iniciales de la Colonia carecen de estudios suficientemente completos, no pocos de los archivos que tienen que ver con sus pasajes están fuera del país y llegar a ellos, para los historiadores interesados, puede ser muy complejo. Así que es un período en el que aún andamos a ciegas. Pero hay piezas ya a la vista, como la carta contra el “hombre-mujer” que aparece en el Papel Periódico de La Habana en 1791, firmada por José Agustín Caballero. Hay que leer entre líneas a veces para encontrar referencia a la condena que la Inquisición desató en Cuba contra los amujerados de Cayo Puto, que está en un libro de Fernando Ortiz, un argumento que luego, por ejemplo, reaparece en Contrabando de sombras, la novela de Antonio José Ponte.

Hilvanar esos fragmentos es un proyecto aún en camino, donde sobresalen figuras míticas como Enriqueta Faber, también protagonista de novelas muy diversas. Adentrarse en ese ámbito tiene el reto de los laberintos. Y sí, hay estudiosos que nos ayudan ya en ese propósito. Emilio Bejel ha emprendido esa senda, y con él están las aportaciones esenciales de Oscar Montero y Francisco Morán Lull acerca de Julián del Casal y sus desvíos, amén de lo que Víctor Fowler y Abel Sierra Madero van iluminando. Hay que ser capaz de leer, como te digo, en el silencio, entre líneas. Y hacer lecturas interesadas o “entendidas” para comprender que, por ejemplo, la mirada de José Martí hacia Oscar Wilde es más de lo que dice su célebre crónica. También en esa línea está la intención del curso, en ayudar a los alumnos a sobrepasar lo evidente.

Revisando esa misma lista de temas me salta a la vista que los nombres mencionados allí, y que de alguna manera pueden ser considerados hitos, son mayoritariamente masculinos. ¿Se pudiera trazar o no una historia de la literatura LGTB solo mencionando las contribuciones de las escritoras? ¿Quiénes serían esas a citar?

Es difícil. El rol de la mujer es uno de los más invisibilizados a lo largo de este proceso. Imaginar que un hombre abordara estos casos patológicos, engendros de la naturaleza, desvíos innecesarios del deseo, podía pasar como ficha curiosa. Que una mujer se expresara en tal sentido era una transgresión demasiado peligrosa. Te confieso que no me gusta la idea de ir desarbolando el proyecto en esa dirección, tal vez sea mi error, pero por ahora no me interesa ir desarticulando el cuerpo de estudios hasta llegar a esos límites que nos impiden apreciar la riqueza de intercambios, influencias, contradicciones y conflictos. No me interesa el análisis, al menos por ahora, que se limite a una literatura únicamente escrita por mujeres, o por autores travestis, o por enfermos de VIH Sida: esos compartimentos aún no tienen sentido, si es que los tienen, en las letras cubanas.

Hay que sobrepasar primero esta línea de sombra en la que aún nos movemos, aprender a leer esos autores como una tradición, antes de empezar a quebrantarla desde una perspectiva que los aísle de otros elementos que, desde mi manera de ver, también se interconectan con ellos, los movilizan, los hacen reaccionar. Amén de que para ello tendríamos que tener ante nuestros ojos obras ya desarrolladas y maduras, no solo fragmentos o asomos casuales a un tema, que es por desgracia lo que abunda. Ofelia Rodríguez Acosta, Graziela Garbalosa, algunas autoras relacionadas con la lucha feminista de inicios del siglo XX, son nombres que se repiten una y otra vez. Pero se olvida la manera en que Lydia Cabrera, por ejemplo, deja pistas sobre el homosexualismo en varios de sus textos sobre los cultos negros en Cuba (El monte y La sociedad secreta abakuá, para mencionar dos ejemplos) o se deslíe en el secreto dimediado y aún poco penetrable de su relación con Teresa de la Parra. O las anécdotas de la Loynaz sobre Gabriela Mistral cuando la hospedó en su casa de 19 y E.

Si esta historia está hecha de silencios, la que pueden contar las mujeres que aparecen en ella mediante cartas, diarios, documentos poco accesibles, todavía demorará mucho en dejarse ver como quisiéramos. Y eso pasa, incluso, con nombres muy recientes.

Leyendo los resúmenes me he percatado de que no solo se ha tocado la literatura cubana sino que también el curso ha estado marcado por un análisis exhaustivo del contexto y por la exhibición de ejemplos de otras manifestaciones artísticas, entre ellas el cine y el teatro. ¿Por qué la necesidad de hablar de otras manifestaciones? 

Una de las grandes carencias de nuestro mundo cultural es su inhabilidad para leer desde perspectivas muy variadas lo que sus principales acontecimientos provocan en otros espacios. Es como si Emilio Ballagas o Lezama Lima nunca hubieran influido en otras nociones de lo cultural entre nosotros. Crear una comunidad, hablar a nombre de ella, tiene que ser un reto mayor que se construye a partir de una lectura sediciosa y gozosa de muchos otros elementos. El teatro, el cine, las artes visuales, la presencia de artistas LGTBI en hechos sociales de cierta naturaleza a lo largo de todo este devenir, activa resortes que pueden desatar un cambio en la percepción de esas voluntades que tienen un punto de partida en lo erótico y sus posibilidades diversas, incluso como actos disidentes que tendríamos que leer en secuencia.

Ya está bastante fragmentada la percepción que tenemos sobre este asunto en la literatura. Imagínate si en lugar de llenar esos vacíos nos dedicáramos a solazarnos en ello. Ya hay bastante ignorancia disfrazada de pereza entre nosotros como para que no intentemos luchar contra ella desde esa línea, si se quiere, de combate. Integrar los nombres fundamentales que desde la sexología europea o norteamericana se fueron incorporando como conceptos básicos de discusión y reivindicación alrededor del homosexual a nuestros contextos, tiene que servir para saltar desde esas comodidades y desconocimientos, a fin de impulsar a los interesados en el curso a hacer preguntas mayores y más complejas.

¿Con qué tres libros o autores tendría que contarse necesariamente la historia de la “temática gay” dentro de la literatura cubana?

Es una pregunta de doble y triple filo. Podría decir: Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro; Paradiso, de Lezama Lima, y El color del verano, de Reinaldo Arenas. Y me ganaré tu responso porque ya ves, no hay ninguna mujer en esa relación. Obras como las de Ena Lucía Portela o Ana Lydia Vega Serova, que tanto me interesan, son aún blancos en movimiento. De ellas espero que, también en el futuro, esas tres piezas que menciono puedan ser o no desplazadas. Hay que ser paciente, aún en plena batalla.

¿Podría concluirse que la literatura escrita desde la diáspora ha contribuido igualmente al tratamiento del tema?

Por supuesto. La salida de Cuba hacia los Estados Unidos, España y otros destinos de autores que desde los 60 han ido incorporando a sus imaginarios la vivencia de la homosexualidad tiene un campo de análisis más amplio del que imaginamos desde aquí. La lista es larga y muy variada en tonos, retos y calidades. Una antología sobre el tema tendría que incorporar varias de esas presencias si se quisiera tener por seria. Las oleadas sucesivas del exilio han llevado a puntos muy diversos del planeta a esos autores. Desde esa distancia, como hicieron en su día los miembros de Mariel, plantaron discusiones abiertas sobre el tratamiento del homosexualismo en Cuba que no deben seguir siendo ignoradas. Es una historia llena de dolor, nostalgia, resentimiento a veces, traumas y voluntades de cercanía a la Isla madre y a su historia, lo cual implica una voluntad crítica que sepa reconocer la calidad literaria más allá del golpe de la memoria y el olvido en esos textos. Pero la comunidad cubana LGBTI, a la hora de hacer su historia letrada, no puede prescindir de ellos.

Sobre lo logístico, que a veces nos puede poner al punto de abortar un proyecto. En el texto de convocatoria al curso declaras que el mismo se realizará todos los miércoles de cada mes, en el Centro Dulce María Loynaz, pero he sabido que eventualmente han existido obstáculos. ¿Mala suerte u homofobia?

Un poco de todo. El Centro Loynaz acogió la idea desde que la comunicamos a su director, Jesús David Curbelo. Luego, sobrevino una serie de infortunios que terminó haciendo evidente la escasa promoción que de tal curso se dio en la prensa y en los medios a los que el propio Centro tiene acceso. En la televisión hay spots sobre sus tertulias habituales, y no he dejado de recibir, a lo largo de estos meses, mensajes electrónicos que provienen de sus promotores difundiendo esos otros encuentros. Ninguno sobre el Curso Literatura Cubana LGBTI. Para colmo, luego, durante varias semanas, coincidían nuestras citas con apagones provocados por el cambio de postes eléctricos en esa área del Vedado. Pero no es solo lo que pasa allí. Me desesperé enviando mensajes sobre la convocatoria del Curso a universidades, personalidades, especialistas literarios, revistas, medios de prensa e instituciones como el Cenesex o el Centro Nacional de Prevención. La respuesta fue casi nula, y en verdad es decepcionante corroborar el rechazo hacia el conocimiento y el trabajo intelectual que implica ir más allá de la superficie que hemos recibido como respuesta. Se trata de un curso en el que hay que leer, discutir, no solo acudir a oír una charla. Y donde, al mencionarse la teoría queer, ya hay gente que reacciona desde ese rechazo institucionalizado al tema que he visto expresarse en otros espacios.

Es lamentable vivir en una nación donde la presunta comunidad LGBTI prefiera desgastarse en la única fiesta oficial del año, o en las noches de supuesta glamorous gaylife accesible solo a quienes dispongan de moneda dura. Un homosexual sin argumentos acerca de quién es y quiénes lo respaldan como ejemplo, modelo, tradición y conflictos, es una persona aún más desarmada de la que sus enemigos se imaginan. Y nos falta por aprender mucho, por saber mucho más allá de la lentejuela de una noche en el Karl Marx viendo a las divas del transformismo, o marcando la presencia oficial en un acto de lucha contra el VIH Sida. Creo que falta organización y conocimiento que no dependa solo de lo institucional, y eso sirve para todo el concepto de una Cuba que tiene que despertar de ese sueño paternal y congelado en el que se ha convertido en víctima de sí misma. Hay ideas y luchas que no son exclusivas de nadie, mucho menos de una institución, y si no encarnan de veras en quienes son parte de ella, si nos limitamos a creer que hay que esperar al permiso de quienes aparentemente controlan esos discursos y anhelos entre nosotros, poco avanzaremos. Poco seremos. Al final, estamos cerrando el curso, con un puñado de alumnos fieles, en la Librería Alma Mater. Ya se ve que no basta con las buenas intenciones. Romperse la cabeza contra el muro es un gesto que muchos evitan, y que en la comunidad LGBTI cubana parece no abundar. Porque, entre otras cosas, se trata de una lucha que no puede terminar en la Rampa o en las arenas tórridas de Mi Cayito, sino que tiene que incluir el cruce de diálogos y conocimientos. Mientras eso falte, el curso mismo, nuestra tarea, no está sino empezando una y otra vez.

¿Has pensado en hacer una multimedia con todo el material que se ha usado para el curso, donde se incluyan los resúmenes de cada encuentro, los fragmentos o las obras literarias en sí mismas, los audiovisuales? Me parece que quedaría un producto de excepcional valía.

Todo eso es posible. La página de Facebook no se cerrará cuando el curso termine: seguirá siendo un almacén de datos, libros, fotos, fragmentos, que espera acumular referencias que están muy dispersas. Es el mismo gesto que activé entre 1998 y el 2000 cuando hice las tres jornadas de arte homoerótico: conectar nombres, actos, testimonios y debates sobre algo que es cultura y mucho más. Se van acumulando títulos, experiencias y la idea es no clausurar esos espacios, de los cuales estamos tan necesitados. Siempre pienso en que podemos llegar más allá, no solo al gay, el travesti, la lesbiana, el paciente de VIH Sida, que está a unos pasos del Vedado. Pienso en el que vive en un ámbito no urbano, en el que no se siente tan aparentemente protegido por una red de gestos, transacciones, conductas, propias o impropias, que pueden escudarlo.

Creo en el saber, ya te digo, como un instrumento esencial. En principio, ya hablamos de este curso durante las acciones por el Día Mundial de lucha contra la Homofobia. Y preparamos un dossier para el segundo número del año de la revista Extramuros que abrirá otras coordenadas a partir de esta primera experiencia. Una multimedia implicaría, según los métodos de tal cosa en Cuba, el respaldo de instituciones que, como he dicho aquí, no se han mostrado particularmente interesadas en apoyarnos, aunque tal cosa dijera algo mucho más positivo sobre sus empeños y alcances.

Hurgar en temas complejos como las UMAP, la parametración, las políticas y verdades sobre el primer momento del VIH entre nosotros, es algo que no pocos prefieren evitar. Hay mucha gente interesada en el Curso fuera de Cuba. No soy ingenuo y sé que muchos de los más de 300 nombres que se acercan a nuestra página en Facebook radican fuera de la Isla. Ojalá pudieran ser más, y estar en diálogo vivo con nosotros, no solo porque salte alguna coyuntura y se “imponga” hablar del asunto, sino como una actitud orgánica, vital y necesaria, mucho más interactiva como idea de lo que discutimos, tenemos y aún nos falta por organizar y mejorar en el Curso. Esa es la expectativa. Para ello, en efecto, hay que sobrepasar muchas actitudes de simple cortesía, de tolerancia que disimula otros disgustos, de gestos que no van más allá del fashion y de lo moderno que parece ser estar al lado de gays, lesbianas, etc. Como dijo Víctor en la UNEAC, se trata de militancia y compromiso. Y eso abarca muchas maneras de pensar y leer la vida. Para eso, en realidad, hacemos el Curso. Como un gesto visible entre lo que se ha alcanzado en pos de una dignidad para esa comunidad LGBTI cubana. Pero también para despertarla, para ayudarla a hacerse ver en un espejo mucho más infinito.

Una versión de esta entrevista fue publicada en Cuba contemporánea

 

Jornada contra la homofobia en la UNEAC: El transformismo estará de fiesta

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Foto: Negracubana

Especial para OnCuba Magazine

La sede nacional de la UNEAC presenta como es habitual un interesante programa para la celebración en Cuba de la Jornada contra la Homofobia.

Este año las actividades se realizarán el viernes 9 de mayo, estarán dedicadas al arte del transformismo y a los 20 años del estreno en Cuba de El público, de Federico García Lorca, a Carlos Díaz Alfonso y Teatro El Público.

En la sala Villena de la UNEAC, se podrá presenciar el acercamiento al tema de diversidad sexual y de género desde varias manifestaciones: las artes escénicas, la literatura y el audiovisual.

El primer panel de la mañana, titulado “Travestismo, identidad y espectáculo”, estará a cargo la periodista Marta María Ramírez y Lázaro J. González, director del documental “Máscaras al borde del proscenio”, aun en producción. Además participarán transformistas entrevistados para el filme.

La literatura es una de las manifestaciones convocadas en este día, con la presentación de la novela La noria, del escritor cubano Ahmel Echevarría, Premio Italo Calvino en el 2012 y Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro. Rafael de Águila y Caridad Tamayo, respectivamente, presentaran dichos libros.

Durante el mediodía se visionarán audiovisuales y materiales promocionales de instituciones que trabajan la diversidad sexual, así como vídeos de transformistas cubanos y extranjeros.

Una clase interactiva, extensión del Curso Literatura Cubana LGBT, que imparten Víctor Fowler y Norge Espinosa en el Centro Dulce María Loynaz, iniciará las actividades vespertinas.

“A 20 años de una catarsis manierista”, es la mesa que, organizada con los miembros de Teatro El Público, homenajeará los 20 años del estreno en Cuba de la obra El público, de Federico García Lorca. Dicho espacio propone dialogar con parte del elenco del montaje original y critica especializada.

Es habitual durante la jornada contra la homofobia de la UNEAC se propicie el encuentro del público con el equipo de creación obras fílmicas. Este 9 de mayo fueron convocados quienes concibieron y trabajaron en Fátima o el parque de la Fraternidad (2013), filme basado en una historia de Miguel Barnet y que dirige Jorge Perugorría.

Además participarán activistas cubanos y extranjeros quienes en estos momentos se encuentran en la VI Conferencia regional de ILGALAC, entre quienes se encuentra el chileno Víctor Hugo Robles conocido como “El Che de los gays”.
Para culminar el día de sesiones se prevee la actuación de varias artistas del transformismo. Roxy Rojo conducirá el espectáculo.

El programa de acciones de la UNEAC para la Jornada contra la Homofobia 2014 ha sido concebido y coordinado por el intelectual Norge Espinosa Mendoza.

Convocatoria: Taller Literatura Cubana LGTB

cubadiversidad-1El Centro Cultural Dulce María Loynaz, y los escritores Víctor Fowler y Norge Espinosa convocan a los interesados en participar en el Taller Literatura Cubana LGTB, el cual, con una programación de diez encuentros, comenzará sus lecciones en el propio Centro a partir del venidero 12 de marzo.

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