Lucía Asué Mbomío Rubio: Las luchas visibles y ocultas del racismo y la identidad afro en España

Lucía Asué Mbomío Rubio es una periodista española, madrileña para ser más exacta, hija de madre segoviana y de padre de Niefang, Guinea Ecuatorial.

Esta multifacética comunicadora tiene a su haber, entre otras cosas, la publicación de la novela Las que se atrevieron, multiples colaboraciones, entre la que destaca el medio colectivo y aliado de Global Voices, Afroféminas y además, su propio canal de Youtube.Sobre su quehacer relacionado a la lucha antirracista en el contexto del estado español, sus consideraciones acerca de la negritud, así como su labor como activista, hablamos en esta entrevista.

¿Cuáles son los riesgos o retos de asumirse como “afro” o “negra” en una sociedad como la española?

En España da miedo hablar de la raza (asumiendo que las razas, desde un punto de vista biológico, no existen y se trata de una construcción socioeconómica), digamos que tratar determinados temas, incomoda o, como diría el fotógrafo Rubén H.Bermúdez “resulta violento”, entre otras cosas, porque se da por hecho que es algo malo.

De ahí que no resulte raro escuchar frases como “yo no soy racista, pero”, como si ese preámbulo invalidara la “racistada” que tiende a ir a continuación.

Así, Lucía explica cómo una parte importante de la lucha contra las injusticias por causa de racismos depende de la visibilización de las discriminaciones. Y esto, en gran parte, depende de los espacios en los que quienes son afectados puedan ser escuchados:

Hace poco, Luis Castellvi, profesor en Cambridge, escribía en un artículo: “para la mayoría blanca en España el racismo es invisible, como lo es el machismo para ciertos hombres, la homofobia para muchos heterosexuales y un largo etcétera. Pero obviamente eso no significa que estas formas de discriminación no existan. Para saber cuánto racismo hay en España, debe darse voz a las minorías afectadas y a quienes conviven con ellas.” Pues bien, eso es lo que, a menudo, sucede en esta sociedad, que se habla de algunos –ismos desde el privilegio de quien no los padece y que cuando opinamos como afectados/as se nos tilda de victimistas de manera automática sin entender que escucharnos es una oportunidad para modificar conductas y, por tanto, de contribuir a la mejora de un Estado del que también formamos parte.

Y continúa:

Mi toma de conciencia ha ido de la mano de un activismo antirracista que se ha traducido en mi colaboración durante casi cuatro años ya con Afroféminas, para visibilizar a través de entrevistas a mujeres negras que podrían ser referentes para cualquiera, si algún medio tuviera a bien el poner el foco sobre ellas. También me he enfocado en armar talleres en diversos foros con el fin de analizar con perspectiva crítica el modo en el que los periodistas contribuimos a difundir una imagen de las personas negras que trata a la parte como el todo y que se niega a dejar de lado los estereotipos consuetudinarios que nos asocian (sí, hablo como emisora y como receptora puesto que como informadora yo también he cometido errores).

“La racista eres tú por marcar las diferencias”

Si bien es de conocimiento general que las conversaciones sobre racismo son difíciles, muchas personas ignoran lo comunes que son los contra ataques. En la experiencia de Lucía Mbomío las respuestas son variadas y complejas, pero la mayoría comparte un denominador común que complica aún más la cuestión: las diferencias de la vida diaria que muchos no viven y que rehusan a ver.

Asumirse como negra o como afro, puede implicar escuchar más de una vez frases del tipo “si todos somos iguales” o “la racista eres tú por marcar esas diferencias”. Ese “todos somos iguales” deja patente la enajenación existente hacia determinadas realidades cotidianas, como puede ser ir por la calle y que te pidan la documentación más veces que a alguien blanco debido a que dan por hecho que no eres “de aquí” (y a lo que conlleva no serlo) o que no aparezcas casi nunca en medios de comunicación salvo de manera estereotipada, por poner un par de ejemplos.

A veces, asumirme como afro, desde un punto de vista, quizá, más mundano pero no menos importante, supone tener conversaciones desagradables con gente a la que quieres y que te quiere. El amor más infinito no tiene por qué estar exento de los prejuicios inoculados por un sistema racista.

¿Qué opinión tienes sobre las ideas que buscan ir más allá de la división racial y unirse a la lucha antirracista desde una idea de identidad y de la experiencia personal?

Que los y las aliadas son necesarias pero que de ninguna manera pueden encabezar la lucha antirracista. Ni siquiera mi madre, que ha tenido un par de hijxs leídxs y auto considerados como negrxs, podría. Ella puede aportar su visión como progenitora, sus experiencias y opiniones son importantes, pero no puede saber (aunque padezca algunas de sus consecuencias) lo que vivimos mi hermano o yo. Yo tampoco sé lo que es ser blanca y tener hijxs que no lo son: niños que lleguen llorando del colegio por haber recibido insultos o llenos de rabia o de miedo tras alguna agresión.

“El poder del dónde”: divisiones y contextos

Quiero sumergirme en una discusión que se aviva cada vez que tratamos de autodefinirnos: el uso de la palabra “negra”. Es un término que estuvo y está en el centro del racismo como teoría y cuyo uso nació vinculado a la colonización. ¿En qué lugar del debate te sitúas?

Creo que es algo muy contextual. Cuando yo era pequeña, aquí, si no eras blanca, eras negra. Todas las nomenclaturas creadas para marcar una gradación que te acercara más a unx o a otrx tan propia de algunos países de Latinoamérica (y herencia del sistema de castas español) no se usaban demasiado. Como a muchas personas en España, me han dicho que me vaya a África cuando me he quejado de algo que no estuviera bien o por tener opiniones que a algunas personas no les han cuadrado. Por eso, aún siendo consciente de mi parte blanca española, y últimamente, también del privilegio que se deriva de ella por el colorismo que existe y por el DNI con el que nací debajo del brazo, yo siempre me he autodenominado negra. Lo de “afrodescendiente” es algo muy reciente para mí, aunque reconozco que cuando estoy en algunos sitios, a sabiendas del poder del “dónde”, uso esa palabra.
También hay que tener en cuenta que hay mucha gente que está en contra del término “mulato” porque es una denominación exógena e impuesta cuya etimología proviene de mula, nos animaliza.

Y sobre la fuerza de los contextos geográficos y sociales:

Me consta que de haber crecido en otras partes del mundo seguramente lo vería diferente. En Guinea Ecuatorial, por ejemplo, que es mi otro país, me llamaban “blanca”. Pero yo he pasado casi toda mi vida (con excepciones que no han superado el año) en Madrid y mi posicionamiento responde a mis experiencias aquí en España.

Me gusta citar aquí a Amin Malouf que, en su libro “Identidades asesinas”, explicaba que, normalmente, pese a que somos poliédricos, nos asimos a la cara de nuestra identidad que consideramos que es más atacada.

Foto de portada: Maité Escarria. Cortesía de la entrevistada y publicada con permiso.

Cuba: El periodismo tradicional se tambalea

Imagen tomada de La Legal
Imagen tomada de La Legal

Si, se mueve como en la tela de una araña que no soporta el peso, no ya del elefante ni siquiera de su habitual hospedera.

Y los periodistas de la vieja escuela lo saben. Solo eso explica que arremetan contra publicaciones jóvenes, creativas y sagaces, y también contra algunas bitácoras y sus “escribidores”, con off topics y argumentos baladíes, Que si la constitución, que si la legalidad, que si el salario… Pedestres razones que solo podrían poner en crisis la existencia de dichos espacios cuando una sola persona es quien decide entre el sí y el no.

Ante la falta de argumentos y el desconocimiento de cómo transcurre el periodismo ciudadano, de lo que implica el 2.0, que no es sólo un numerito, y rol de la persona que lee en establecimiento de los posibles contenidos de la publicación así como el valor de la retroalimentación y el contacto con los internautas, se levantan críticas que yo llamaría que no son “el pollo del arroz con pollo”.

Y es que hace mucho que la información no es el ámbito de trabajo exclusivo de los periodistas. La realidad es mucho más compleja y variopinta, y las tecnologías vinieron a sazonarlo todo, aún en Cuba donde por lo general tenemos como mínimo 10 años de “retraso mental”.

Digo por lo general, porque tanto la blogosfera cubana como esas publicaciones nos están mostrando que ya no estamos pidiendo el último en la cola. No todos. Hay un grupo de gente conectada (en contenido y forma) con lo más atrevido y ocurrente y apostando también por lo bello y la recreación. Gente que ya no cree que todo tiene que ser pensado por una persona sino que se organizan en la horizontalidad y reconocen el valor de darle la voz a las personas.

No son productos perfectos. Es cierto. Nuestras publicaciones, las más ortodoxas y tradicionales tampoco lo son. Sin embargo, hace años aprendí que lo perfecto es enemigo de lo bueno. Si la batalla es a pensamiento pues ganémosla a pensamiento, digo.

No hay porqué alarmarse, cuando la televisión se tambaleó llegó el paquete, cuando el cine del ICAIC casi desapareció, llegaron el cine y las productoras independientes… Entonces tenemos lo que nos merecemos, gracias a los Orishas, internet y la creatividad cubana.

Al mismo tiempo noto que hay muchas bajas pasiones o para decirlo de otro modo, “demasiada lucha por el poder”. La “búsqueda incesante de la yuca” nos enfrenta con insistencia al otro; de manera que desvalorizamos antes de reflexionar, cuestionamos antes de preguntar y sancionamos antes de educar.

Muy pocas personas quieren echarse pa un lado y dejar que otros tomen el puesto. Hay quienes a todas luces prefieren ser parte del problema. Continúan los “tiradores de guevos”, ahora virtuales, pero ahí están. Tan solo cambian los escenarios.

Y eso sí me preocupa, porque la ignorancia se llena con conocimientos, pero las actitudes…., eso ya es otro asunto.

Imagen tomada de La Legal

Helen Hernández Hormilla: “La literatura no tiene sexo, no es hembra o macho”

Helen Hernández Hormilla
Helen Hernández Hormilla

Especial para Cuba Contemporánea

Palabras sin velo es el segundo libro de la periodista Helen Hernández Hormilla, quien hace aproximadamente cinco años viene insistiendo en el análisis de la obra de escritoras cubanas.

La siguiente entrevista, realizada en el contexto de la salida de este volumen y conociendo la labor de Hernández Hormilla dentro del activismo y el pensamiento feminista cubano, revela las tensiones que supone hablar en términos de “literatura de mujeres”, “literatura femenina” o “feminista”, al tiempo que esclarece las particularidad de las escritura de mujeres en Cuba.

¿Por qué un libro dedicado solo a hembras? ¿Es el sexo una condición suficiente como motivo de narración?

No creo que sean solo hembras: son mujeres, y esa condición construida desde la interpretación que la sociedad patriarcal ha estructurado sobre las hembras de la especie humana, nos define. Se convierte en una experiencia común, pese a las peculiaridades de cada una, porque todas pertenecemos a un grupo simbólicamente excluido y sujeto a relaciones desiguales de poder.

Una no nace mujer, como nos enseñó Simone de Beauvoir, llega a serlo mezclando la influencia social, familiar, personal y subjetiva que recibe en el tránsito de la vida. Y también por decisión propia, porque una es, ha sido y puede ser muchas mujeres a la vez. Puesto que el género es performance, tenemos la capacidad de transformarnos, crecer, acatar y/o transgredir.

Ser mujer implica una identidad de género, y eso, como cualquier otra marca definitoria, se devela en el discurso. Construimos nuestra subjetividad desde el lugar donde nacemos, nuestro espacio económico, nuestra herencia familiar, nuestra clase, color de piel, condición física, deseo erótico. La literatura porta esas historias, aunque quisiera aclarar que no como esencia, sino como relato de un contexto en el cual habita su autor o autora. La crítica feminista ha entendido la obra de arte también como un resultado de esos significados compartidos sobre lo femenino, masculino, trans…, según la época y el contexto en que se ubique.

La literatura no tiene sexo, no es hembra o macho. Pero sí tienen género quienes la cultivan. Y ese género implica, al menos, un punto de partida, una historia diferente. Bien es conocido que a las mujeres nos ha costado más alcanzar posiciones de poder, y el de la enunciación literaria ha sido uno de ellos. Esa es la realidad que me interesa develar cuando distingo la escritura femenina: ¿Sobre qué escriben las mujeres? ¿Por qué? ¿Cómo lo hacen? ¿Qué juicios las valoran? ¿Pudieron acceder en igualdad a la edición y promoción de sus obras?

Es desde ese posicionamiento que se pensó este libro, para distinguir dentro del corpus narrativo al que pertenecen como cubanas de un determinado tiempo, a mujeres que escriben historias sobre las realidades de otras desde la Cuba más reciente, la que nos duele y también, a su modo, nos define. Escriben sobre muchos otros temas, pero mi interés aquí fue decir, desde sus voces, lo que pasó a las cubanas con la llegada de la crisis de los 90.

Cuando se construye el canon de la literatura nacional, se dejan detrás mujeres que han marcado pautas, que aportaron verdaderas riquezas temáticas, estéticas y discursivas. También se obvian otras que ni siquiera pudieron llegar a publicar y cuyas páginas o ideas quedaron en el olvido insondable, del que no las podremos rescatar porque una sociedad machista les impidió escalar a terreno “de hombres”, o acaso contar con papel y tinta para expresar públicamente lo que el cerebro no dejaba de imaginar.

Por ellas pensé un libro de mujeres narradoras. Porque siento que no están suficientemente integradas al canon contemporáneo donde, sin embargo, la cantidad de autoras y su calidad constituye una marca de cambio imprescindible.

Me reconocí en estas obras como no sucedió con otras de la época, porque las anécdotas que ellas narraban eran también las de mi madre y sus amigas, mi abuela, mi tía, mi hermana, mi vecina. Ellas escribieron, obviamente sin premeditarlo, sobre un universo de género en transición. Para hacerlo, no creo que las motivara su sexo, sino una visión del mundo, un deseo de dejar constancia de sus preocupaciones. Escriben por inspiración y necesidad.

¿Cómo escogiste a estas autoras?

-Las entrevistas del libro fueron realizadas en su mayoría para mi tesis de licenciatura en periodismo en 2008, sobre la representación social de las mujeres en la narrativa femenina de los 90. Estas se acompañaron de un ensayo publicado como libro en 2011 (Mujeres en crisis. Aproximaciones a lo femenino en las narradoras cubanas de los noventa. Ediciones Acuario, La Habana) para el cual revisé todos los libros de cuento y novela escritos por mujeres cubanas con temática realista y publicados por editoriales nacionales entre 1990 y 2005. De ahí quedaron 48 textos para el análisis y la selección de diez autoras que a mi juicio destacan entre lo más representativo de la narrativa de mujeres en esta etapa, por la calidad de sus obras y por el tratamiento novedoso de temáticas antes poco exploradas por la prosa de ficción femenina en la Isla. De ellas solo no pude llegar a Ena Lucía Portela, con quien intenté varias veces comunicarme a través de amistades comunes. Ausencia triste, pues se trata de una de las grandes escritoras cubanas de todos los tiempos.

Cuando la editorial Caminos aceptó mi proyecto, decidí incluir además a Esther Díaz Llanillo, quien por desarrollarse sobre todo en el género fantástico no formó parte de la investigación anterior, pero la considero entre las más talentosas y además es víctima de la intolerancia hacia lo diferente que tanto ha primado en distintos momentos de la historia literaria nacional. Además, ella volvió a escribir justamente en la década de los 90, luego de que Mirta Yáñez y Marilyn Bobes la rescatasen como autora en la antología Estatuas de Sal (1996).

Los cuentos compilados son bien conocidos, porque mi interés era distinguir la coherencia en el abordaje de la realidad femenina en la narrativa escrita por mujeres durante esta etapa. Todos tienen en común la existencia de una mujer como protagonista y el tratamiento de asuntos que denuncian, cuestionan o transgreden el orden jerárquico tradicional del género.

portada del libroSon solo diez autoras en 250 páginas, en las que hubiéramos querido seguir incluyendo otras. Hay excelentes escritoras que no pudieron publicar en sellos nacionales; excelentes narradoras de literatura fantástica, testimonial e infantil, nombres descollantes desde la diáspora. Como toda selección, se basa en elegir, desde la subjetividad de quien asume ese rol. En mi caso, decidí acercarme a autoras de trayectoria probada en las letras cubanas, publicadas entre los años 90 y 2000, cuyas representaciones de lo femenino anunciaran resquebrajamientos de paradigmas machistas y, por qué no, que me conmovieran.

¿Este es un libro de temática femenina o feminista? ¿Hablar de temática femenina no sería reduccionista? ¿Hablar de temática feminista no sería emancipador?

Puede que algo ya lo respondiese, pero enfatizo.

Es un libro feminista porque yo lo soy, y se me nota en todo lo que hago porque creo firmemente que esta ideología supone un orden social más justo y libre para todos los seres humanos. Y lucho, desde mi pequeño pedacito, por hacerlo posible. Creo que es feminista la mirada que distingue la producción de las mujeres no como esencia o mero grito, sino como expresión de un orden desigual sobre el que ellas se crecen y pugnan por un derecho.

Las entrevistas indagan en la realidad de estas autoras intentando denunciar esas zonas de posible discriminación, las contradicciones que implica asumirse mujer en esta isla; preguntan sobre violencia y costos emocionales de elegir un camino fuera de los marcos del género. Mi intención al realizarlas fue ir más allá de mis entrevistadas y sus vidas para reflexionar sobre realidades comunes a muchas de nosotras, condiciones de esencia opresiva. Quise polemizar con el supuesto posicionamiento desde la mujer al escribir, e indagar sobre la posible conciencia de género al realizar este oficio. Algunas de mis entrevistadas se dicen feministas, otras lo niegan de manera rotunda aunque sus afirmaciones anteriores se avengan a este pensamiento. Para algunas este no es ni siquiera un problema de base. A todas las respeto y admiro por eso.

Por otra parte, la elección de los cuentos, que tuvo en primer término el deseo de que fuesen narraciones de calidad, partió de una intencionalidad feminista. Esos cuentos hablan de la soledad y los estereotipos, de la ética, de los conflictos de la vida cotidiana y la doble jornada, de la violencia machista, los costos de la intolerancia y la lesbofobia, la discriminación y el estigma hacia mujeres transgresoras, la competencia entre mujeres… En fin, creo que los temas que abordan y la manera en que lo hacen dicen mucho de la agenda feminista cubana, y pueden comunicar a personas no tan conectadas con el activismo, la esencia y las razones de estas demandas.

Para mí lo femenino no es una temática sino una condición. No me parece que uno u otro tema sea femenino, o de mujer, porque hable de lo íntimo, de lo cotidiano, de la discriminación, el dolor o la subjetividad individual. Creo que las mujeres frecuentan estos temas por la realidad histórica en la que se ha construido su género. Pero los temas femeninos son todos.

El feminismo, en este caso, vendría a ser un enfoque, porque implica la necesidad de una acción política. Este es un libro que parte de la condición femenina para hablar de realidades de las mujeres cubanas en la época más reciente desde una perspectiva o intención feminista. Así me lo pienso, pero la diversidad impone que otras personas puedan interpretarlo distinto.

¿Qué crees del concepto de literatura de mujeres?

La literatura de mujeres existe (le robo la frase a mi maestra y amiga Zaida Capote) porque existen las mujeres. Creo que ser mujer es una identidad que se muestra en la literatura tanto como la nacionalidad, la orientación sexual, el color de la piel… Desde el feminismo nos hemos preocupado en visibilizar la literatura de mujeres o literatura femenina porque tradicionalmente ha sido soslayada de los espacios de poder editorial y la legitimación crítica. Hoy nadie se cuestiona por qué hablamos de literatura sueca, literatura gay, literatura negra. Son elementos que sirven a la crítica para visualizar el sentir literario de determinados grupos. Por eso estudiar la literatura de las mujeres no excluye, sino que distingue, enaltece, defiende.

Otra cuestión es hablar de una literatura feminista, porque esto implica una toma de partido, y no todas las autoras tienen por qué estar precisadas a asumirlo. A algunas no les interesa, otras aún son presas de estereotipos y temen a la discriminación. Ahora bien, quienes se asumen como feministas comparten mi causa, y las admiro. Según lo veo, adquieren una herramienta más completa para dilucidar las complejidades humanas.

¿Cómo explicas que haya autoras que aun cuando escriben sobre temáticas desde posturas que podrían ser consideradas feministas no se reconozcan dentro de esa escuela de pensamiento?

En Cuba el feminismo ha sido sumamente demonizado, como en otros contextos, asociado a posturas radicales y excluyentes. Es una estrategia del patriarcado para deslegitimar un pensamiento de esencia política profunda, que aspira a desmontar un sistema de poder estructurado sobre la supremacía de un grupo sobre otro. El feminismo habla de horizontalidad, de pluralidad, de respeto, de diversidad. Busca romper el binarismo y las normas morales opresivas, defiende condiciones de equidad para mujeres y hombres y el derecho de cada ser humano a elegir su identidad, apariencia, deseos eróticos…

Pero no se entiende así la mayor parte de las veces porque ha sido asociado con ideologías burguesas y divisionistas, considerado innecesario para una nación donde supuestamente existen garantías legales plenas para las mujeres y vinculado a estereotipos lesbofóbicos o de intransigencia ciega.

Muchas escritoras desconocen sobre feminismo, porque es un tema velado consecuentemente y que se ha empezado a rescatar hace muy poco. ¿Apostarían por este pensamiento de tener todos los elementos? No lo sé. Lo cierto es que, aunque no se reconozcan feministas, varias escritoras cubanas defienden modelos de mujer no tradicionales, y cuestionan en sus obras y sus propias vidas las bases ideológicas del género, tal vez porque este tipo de sufrimiento les es cercano.

Otras escritoras, simplemente, son machistas, porque este es un comportamiento hegemónico y se reproduce también gracias a la anuencia y asimilación de las mujeres.

Repito que no es obligación de toda intelectual ser feminista. Solo pienso que debieran existir las condiciones para que ellas pudieran conocer de qué se habla cuando mencionamos esta palabra, que la historia de la escritura femenina cubana ha estado ligada a este movimiento y reivindicar la posibilidad de asumir una lucha que beneficia a la sociedad toda. Eso tal vez nos toque a las feministas de hoy: articularnos, amplificar nuestros discursos, construir una agenda y dejar de camuflagear la acción política feminista bajo la perspectiva de género.

¿Cuáles temas de la vida cotidiana están incluidos en los cuentos de Palabras sin velo, cuáles no? Deudas.

La soledad, la doble moral, la violencia de género, la sobre-exigencia femenina, la intolerancia, la lesbofobia, la maternidad sacrificada, la competencia entre las mujeres, las diferencias generacionales, la necesidad de expresión femenina, la incidencia de la crisis económica en la realidad familiar, la desigualdad, las discriminaciones, la emigración, son, entre otros, los temas que se advierten en estos cuentos. Faltan muchos más, porque la realidad cubana es rica en conflictos, y porque estas narradoras hablan de ellos en otros cuentos o novelas. La idea era mostrar un trozo de la representación de las mujeres en esta literatura, no abarcarlo todo. Las deudas, como siempre, son infinitas. Creo que la mayor es el racismo acentuado hacia las mujeres, que no se hace explícito en ninguno de los cuentos.

Tu libro podría arrojar luces acerca de la literatura escrita por mujeres en Cuba. Pero todas estas mujeres son citadinas, blancas, clase media… ¿Por qué no hay esas otras mujeres (negras, rurales, etc.) incluidas en el volumen? ¿Valoraste su inclusión?

Tiene que ver con el criterio de selección que seguí en el libro, que se concentra en autoras publicadas en editoriales nacionales y con cierto reconocimiento de la crítica, premios, etc. Porque el objetivo no era “descubrir” sino mostrarlas como un grupo de fuerza dentro de la literatura cubana contemporánea, que según pienso ya no es solo contada desde miradas androcéntricas. Algunas son mestizas, otras viven en la periferia de sus ciudades o fuera de la capital, una de ellas es emigrada y la condición económica no resulta feliz para todas.

No obstante, entiendo lo que planteas y es cierto que se reproducen exclusiones, sobre todo en el caso de las narradoras negras de ficción. Es el resultado de un sistema editorial que en el momento en que se concentra esta selección ofrecía más acceso a personas de la capital o conectadas al mundo literario. Muchas de esas escritoras que no son citadinas y escribían narrativa de ficción en el período que trabajé para este libro, no llegaron a publicar con editoriales nacionales o lo han hecho en fecha muy reciente.

En cuanto a las escritoras negras, sinceramente, sí las busqué, y recuerdo que fuiste tú misma la primera que notaste esta ausencia en mi investigación y me hiciste llegar a Lalita (Inés María Martiatu) y a un plaquete suyo publicado en 1993, luego de recibir un premio en el encuentro entre escritoras cubanas y mexicanas celebrado en Casa de las Américas en 1990. Pero estos cuentos se enmarcan en otra época histórica y yo buscaba aquellas narraciones vinculadas directamente al contexto de los años 90 y que representaran la realidad de las mujeres. Existen excelentes narradoras negras como Daisy Rubiera, desde el testimonio, o Teresa Cárdenas, dedicada a la literatura infantil, cuya obra no responde a los criterios temáticos que me tracé con el libro.

La propia Lalita ilustró las causas de la invisibilidad de narradoras negras por el canon cubano en un artículo publicado por La Jiribilla y en un encuentro sobre narradoras negras en Cuba que organizamos en 2012 en el espacio de debate Mirar desde la sospecha, coordinado por la UNEAC*. La raíz de todo es la discriminación múltiple que deben enfrentar estas autoras: por género, raza, condición económica y/o orientación sexual.

Existen, pero no están integradas al campo cultural. Según la periodización de Lalita, quien antes de morir preparaba una antología de narradoras negras, muchas de ellas intentan recuperar la memoria histórica de sus antepasadas. En la primera década de los 2000 es que comienzan a aparecer narradoras de ficción para adultos que trabajan asuntos vinculados al racismo, entre las que Lalita cita a Yohamna Despestre con D-14, Isnalbys Crespo con Paisajes en el borde y Elvira Mora con Agua de lavanda.

Muchas de las narradoras rastreadas por ella para su antología están vinculadas con la cultura Hip Hop, cuya fuerza en la representación de un discurso alternativo desde la raza y el género es significativa. Desde el feminismo negro, se preocupan por visibilizar cuestiones relativas a las implicaciones de ser mujer y negra en Cuba, especialmente desde la crítica a prácticas culturales racistas que inciden en la autoestima, la apreciación de la belleza, el tema de la transformación del pelo como ejercicio de poder así como la denuncia de otras condiciones de la sociedad patriarcal como la violencia, la prostitución y el mercantilismo.

Cito a Lalita en el artículo que te mencioné cuando afirmaba: “los puntos de partida de cada una y el entorno ideotemático en que se mueven, es variado aunque existen algunas confluencias entre ellas. La mayoría parte de experiencias personales muy sensibles, heridas recibidas en la infancia y en la adolescencia, una mirada valiente e incisiva a la problemática social contemporánea y la conciencia de la posición subalterna en que se encuentra la mujer negra, herencia colonial que se expresa en todos los ámbitos de la vida social, escuela, familia, relaciones sexuales, medios de comunicación”.

Sé que entrevistaste a Inés María Martiatu, ¿por qué no la incluiste en ese volumen?

Era mi intención, pero el resultado de la entrevista presencial no nos dejó satisfechas y decidimos trabajarla más por correo electrónico. Ella presentaba problemas de salud en la visión, por lo que la revisión se extendió más allá del plazo de la editorial para entregar el texto a imprenta y estábamos presionadas. Por otra parte, tampoco llegaba la autorización del editor que publicó su libro con condiciones exclusivas en Estados Unidos y no sabíamos si se podría utilizar el cuento que habíamos seleccionado y tuvimos que cerrar el libro para trabajar diseño, etc. Infelizmente un mes después Lalita falleció. Yo publiqué fragmentos de la entrevista en SEMlac una semana después.

Creo que Lalita es una de las más importantes feministas cubanas contemporáneas, que es una ensayista fabulosa y una mujer admirable por su voluntad para superar cualquier barrera que la vida impusiera. Aspiro a que alguna vez alguien recopile sus textos sobre feminismo negro y edite el ensayo sobre el tema que ganó mención en el Premio Casa de las Américas. Ojalá se concrete también esa antología que dejó inconclusa, y se publique en Cuba su libro de cuentos, que aunque no figure entre lo mejor de su producción literaria, según pienso, expresa la energía de esa mujer inmensa que fue Lalita por conquistar todo posible terreno intelectual y creativo.

Según una nota publicada en IPS: “ninguna de ellas se considera discriminada en su rol de escritora”. ¿Por qué crees que ellas piensan eso? ¿Será que la discriminación dentro de la literatura se siente diferente si además de ser mujer eres negra, procedes de un hogar humilde…?

De memoria recuerdo que al menos Mirta Yáñez, Laidi Fernández y Marilyn Bobes describen anécdotas concretas de discriminación por motivos de género en el ambiente literario. A eso se suma la otra discriminación que excluye no porque señale con el dedo: “eres mujer”, sino porque subvalore los temas, conflictos y estéticas elegidos por las mujeres creadoras o asume que ellas no llegan a superar a sus colegas varones. Otras abiertamente, como Aida Bahr, dicen que nunca se han sentido discriminadas, y Anna Lidia Vega ni siquiera ha pensado en ello.

Se trata de una percepción personal, de la experiencia determinada de cada persona, de oportunidades tenidas por unas y no por otras. Uno no debe señalar a nadie porque manifieste que se ha sentido plenamente aceptado en un contexto de manifiesta discriminación, ¿no?

Ahora bien, estoy convencida de que la construcción del canon literario cubano se ha comportado de manera machista y ha dejado de mencionar a muchas escritoras a quienes se les publica y reedita menos, se les reseña menos, se les invita menos a festivales y ferias del libro internacionales, se les reconoce en menor medida, ganan menos premios y son casi ausentes de jurados en certámenes nacionales, entre otros procesos sintomáticos. Dirán los jueces machistas que es cuestión de calidades, y para darles respuesta, entre otras cosas, publiqué Palabras sin velo.

Cuando además de ser mujer eres negra, provienes de un hogar humilde o reúnes ambas condiciones y otras como amar a alguien de tu mismo sexo, la discriminación se acrecienta. Las difíciles condiciones económicas en Cuba complejizan el acceso a los medios necesarios para educarse con tranquilidad, para escribir, para imprimir lo que escribes, para conseguir libros que debes leer, para llegar hasta un mundo editorial bastante institucionalizado. Sí, es más complejo para aquellas mujeres cuyo punto de partida se sostiene en condiciones de vulnerabilidad.

Cuando se hace una antología de cuentos de manera general se incluyen mayoritariamente hombres, y las mujeres que son tenidas en cuenta son precisamente estas que tú has escogido; y si se hace un libro específicamente entre mujeres, aunque el tuyo no es una antología, entonces tampoco están las “otras”. ¿Qué crees que haga falta para que estas otras mujeres aparezcan en el centro de la cuentística nacional?

No sé específicamente cuáles son las otras, ni creo que estas mujeres estén en todas las antologías donde hay hombres o en el centro de la cuentística nacional. Sistemáticamente, asistimos a actos donde se les excluye.

Sin embargo, creo que se deberían democratizar las vías de acceso a la publicación y promoción literaria para que comiencen a aparecer voces más plurales. Debería existir una crítica feminista preocupada por captar los discursos femeninos desde el margen, deberían divulgarse más entre estos grupos las posibilidades de certámenes nacionales e internacionales y diversificar las estéticas premiadas por los jurados, debería comprenderse la lucha contra las discriminaciones como una sola, y abogar lo mismo por los derechos plenos de las mujeres como por la equidad por color de la piel y la libre orientación sexual e identidad de género. También podrían buscarse acciones afirmativas como la propia antología de narradoras negras que preparaba Lalita, lecturas y encuentros de esas autoras, investigarles con mayor asiduidad. Sobre todo, debe seguirse luchando desde todos los frentes por superar la ideología discriminatoria del patriarcado, médula de todas las exclusiones.

*El encuentro tuvo como tema el género y la raza en la narrativa femenina contemporánea, y contó con la participación de las escritoras Inés María Martiatu, Carmen González y Yohamna Depestre.

Mi cuerpo me pertenece. Reflexiones en torno al tratamiento mediático de la baja natalidad en Cuba

Mi cuerpo es mio

Por Helen Hernández Hormilla
Estoy harta de escuchar por los medios cubanos, en boca de periodistas, especialistas y hasta de altos dirigentes de la nación, que las mujeres somos responsables por la baja fecundidad del país. Durante años demógrafos y estadistas estuvieron advirtiendo sobre la tendencia poblacional cubana hacia el envejecimiento, que cada vez eran menos los alumbramientos y la de una emigración mayoritariamente joven, en edad fértil y femenina. Cuando el asunto fue inminente, se precisó, por lógica, un llamado de atención hacia la sociedad toda, como parece estar sucediendo hace un par de años. Sin embargo, más que juicios alarmistas “para crear conciencia del problema”, empezamos a requerir políticas públicas coherentes con el escenario real y un enfoque mediático menos reduccionista.

No pretendo aquí explicar el fenómeno de marras. Junto a las excelentes investigaciones desarrolladas por el Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana y la Oficina Nacional de Estadísticas e Información, existen colegas que desde las revistas Bohemia y Mujeres, entre otros medios, han descrito a profundidad el asunto desde hace más de una década. Especialmente, mi colega y amiga Dixie Edith reúne decenas de reportajes y comentarios al respecto, además de una investigación sobre el tratamiento de este tema en la prensa cubana, con la que recibió su título de Máster en Demografía y cuyos resultados ha mostrado en eventos y pueden rastrearse en internet.

Sin embargo, el conocimiento acumulado en temas de población en Cuba parece invisible para la prensa cubana, en especial la televisiva. Aunque no me agrada cuestionar el trabajo de colegas a quienes estoy segura les resulta complejo el acceso a las fuentes, la lucha por derribar los límites de las políticas editoriales y unas rutinas productivas asfixiantes, lo sucedido con la sección “Cuba dice” del noticiero estelar televisivo el 29 de abril, dedicada al tema de la baja fecundidad, me parece agraviante y ofensivo del desarrollo de las cubanas en el último medio siglo.

Como en otros materiales de este tipo, se enfatiza en el tema de la natalidad como un asunto de mujeres, desde la entrada de las primeras reflexiones de las periodistas. Junto a más de 5 gestantes o madres entrevistadas como público, solo opina un padre joven (sobre asuntos meramente económicos), y un doctor del Programa Materno Infantil interviene como especialista. Ante cuestiones como la crisis económica, la situación de la vivienda, las múltiples generaciones precisadas a convivir, la emigración externa, entre otros factores que condicionan el que cada vez nazcan menos bebés en Cuba, se decide enfatizar en el lugar social alcanzado por las mujeres como causa del conflicto. Todo el tiempo se refieren a la mujer que decide tener hijos, la mujer embarazada, la madre que atiende a sus bebés y compra la canastilla, la bailarina que no temió tener un hijo aunque pospusiera su trabajo. En fin, si un marciano hubiese llegado a visitar el planeta en ese preciso instante y sintonizara Cubavisión, probablemente considerase que las humanas nos fecundamos por nosotras mismas.

Pero lo más desconcertante fue escuchar a aquella madre primeriza aconsejar a las otras mujeres que no aborten, porque ya verán lo bonito que es tener un hijo, y muy tiernamente evoca al suyo, pequeño y seguramente encantador. “Todo niño viene con un pan debajo del brazo”, declara, como si criar se tratara únicamente de alimentar una criatura, y no de educar, de brindar afecto, de compartir su vida y formar valores. Para todo ello la madurez y la seguridad son elementos determinantes.

El derecho al aborto es una de las primeras conquistas de las mujeres cubanas en el período revolucionario. Algo por lo que luchan muchas de nuestras hermanas feministas en todas partes del mundo, porque, lamentablemente, son varios los gobiernos negados a conceder el derecho de seres humanos autónomos a decidir sobre su cuerpo. Prohibir el aborto ha sido la causa de múltiples muertes debido a prácticas abortivas caseras o en condiciones de inseguridad. Me parece ofensivo que, con marcada intencionalidad, el material periodístico se detenga en este comentario de una ciudadana incuestionablemente feliz por su elección, pero ignorante de lo que la imposibilidad de esta puede costar a otras cuando son juzgadas o se les impide decidir lo contrario. En Cuba disfrutamos del derecho a abortar desde hace 5 décadas. DEFENDÁMOSLO.

Ese ideal de maternidad sublimada, absoluta, responsabilizante, puede ser una de las razones que motiva a muchas jóvenes cubanas a posponer la decisión de procrear, e incluso a negarla. Mientras tener hijos se convierta en un límite, no importa si se tiene dinero, o casa propia, o una sociedad segura, algunas seguiremos esperando. Así lo demuestran estadísticas de naciones desarrolladas con dinámicas poblaciones similares a la cubana.

Si el asunto de la fecundidad hace tornar la vista hacia las mujeres: ¿Por qué no preguntar sobre la participación de los hombres cubanos en la manutención y la crianza de sus hijos e hijas? ¿Por qué no insistir en la irrisible cantidad de hombres que optaron por la licencia de paternidad en casi una década de ley? ¿Por qué no mencionar las débiles garantías legales para las madres divorciadas, que muchas veces ven partir al esposo “para siempre”? ¿Por qué no hablar de la baja calidad de la educación y el déficit de círculos infantiles? ¿Por qué no mencionar la sobrecarga del cuidado familiar que pesa sobre las mujeres, sobre todo en la edad mediana? ¿Por qué no cuestionar aquellos directivos o dueños de negocio que no emplean a mujeres gestantes o con hijos pequeños? ¿Por qué no exigir a las instituciones sus propias estrategias para garantizar el cuidado de las familias de sus trabajadoras y trabajadores, por ejemplo: guarderías dentro de las empresas? ¿Por qué no se menciona que las mujeres con hijos tienen más dificultades para estudiar, acceder a postgrados, ocupar cargos de dirección, superarse?

Hay muchas otras preguntas que hacer cuando se trata un asunto tan complejo, con tantas aristas. Tal vez debamos pensar, como notaba una sabia amiga, en cómo hacer más productiva a la población económicamente activa y motivar a la juventud para fundar sus proyectos de vida en esta isla.

¿Hasta cuándo seguirán repitiéndose en la televisión cubana tantos clichés, sin profundizar, sin acudir a fuentes profundas y resultados de investigaciones sociales que nos gritan nuevas verdades desde cátedras universitarias y centros de investigación? Lo peor es que aunque desde la prensa digital, las revistas de corte investigativo, la academia, la blogosfera o los correos personales, se difundan otras versiones y el desconcierto que estas producen, ninguna tendrá tanto impacto como la del Noticiero Nacional de Televisión y otros programas informativos de la pequeña pantalla en los que se ha abordado este tema.

Creo que no basta ya con quejarse, debemos hacer algo que eleve la protesta por este tipo de abordaje sexista al tema de la baja natalidad y los dilemas demográficos cubanos. Si la televisión cubana atiende regularmente el pedido de personas escandalizadas con las relaciones afectivas entre el mismo sexo, espero que sea igual de receptiva para este tipo de llamados.

LA CULPABILIZACIÓN DE LAS MUJERES POR LOS ÍNDICES NEGATIVOS DEL CRECIMIENTO POBLACIONAL EN CUBA DESDE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN ES INACEPTABLE.

29 de abril de 2014

Imagen tomada de THF