Historia de un paria

Por Jorge Carrasco

Como a Farah le gustan los tipos malos, a nadie sorprenderá saber que sus dos maridos salieron de la prisión del Combinado del Este el mismo día.

Bajo el indulto que el gobierno cubano concedió a más de tres mil quinientos presos por la visita del Papa Francisco a Cuba, en septiembre de 2015, quedaron absueltos Amed Negro Trujillo y  Andrés Bravo Cardenal.

Unas horas después de que sus maridos –como la mayoría de las travestis cubanas suele llamar a sus parejas en un gesto emancipador– fueran absueltos, Andrés se apareció en la ciudadela de San Leopoldo donde Farah vive.

Farah la incontinente, Farah la adicta sexual. Farah, que es cualquier cosa menos una mujer de romanticismos y tiernas fidelidades, yacía embelesada en los brazos de Minguito, uno de sus amantes de paso.

Andrés echó la puerta abajo. Le cayó a golpes a ella y le cayó a golpes a Minguito.

–Los dos se enredaron por mí, y yo corrí para la unidad de policía gritando “Auxilio” y “Socorro”. La gente del barrio me gritaba “¡Farah! ¡Dura!, ¡Quédate con los dos: un ratico uno y un ratico el otro!”.

***

Mucho antes de tener sesenta pelucas, de convertirse en carne de presidio, de que le hundieran un cuchillo en la ingle al hombre que más feliz la hizo, mucho antes de ser llamada Lulú y de ser llamada Farah María, Raúl Pulido Peñalver nació en San Antonio de los Baños –un municipio de la actual provincia Mayabeque– el 24 de agosto de 1965.

A su madre, una hermosa mulata llamada Ana Julia Peñalver, la leucemia le dio el tirón final cuando Raúl tenía seis años. Él y su hermano Efrén, de nueve, quedaron entonces bajo la custodia de Rubén Pulido, el padre de ambos. Un hombre demasiado recto pero de moral demasiado flexible que, esposa en lecho de muerte, ya llevaba el matrimonio en paralelo con una aventura amorosa en La Habana.

Al morir la madre de Raúl ya no había impedimentos para que Rubén Pulido se mudara a la capital con su amante Haydee. Se llevó a Raúl consigo. A Efrén lo terminarían de criar los abuelos maternos en San Antonio.

En la nueva casa –apartamento ubicado en el quinto piso de un edificio en la Calle San Nicolás, Habana Vieja- Raúl fue criado como un outsider. Haydee, su madrastra, tuvo tres hijos con Rubén Pulido: Isabel, Iván y Alexis, todos contemporáneos con Raúl, cuya existencia le recordaba constantemente a Haydee el amargo tiempo en que fue la segunda del hombre que le gustaba.

–A veces yo sacaba fotos de mi mamá para recordarla y esa mujer entraba en crisis.

En segundo grado, a Raúl Pulido lo becan en una escuela primaria de educación diferenciada para menores con trastornos del comportamiento, donde abundaban los casos sociales, en su mayoría niños huérfanos de padre y madre. La escuela quedaba en las afueras de la ciudad, cerca del Parque Lenin, lo suficientemente remota como para que Haydee y su familia se mantuvieran impermeables a los problemas del inquieto niño.

El pase era los fines de semana. Su padre no iba a recogerlo la mayoría de las veces, y con frecuencia alguna maestra se apiadaba del caso y cargaba con Raúl para su casa. Las otras veces se escapaba a las arboledas con los muchachos a los que tampoco iban a recoger, y pasaba el fin de semana mataperreando en los campos de la periferia.

Aunque sus calificaciones eran estupendas, los maestros hacían hincapié en ciertos gestos, ciertas inflexiones de la voz, ciertas marcas preocupantes en un niño varón. En una escuela donde cada alumno era especial, Raúl Pulido era ya el centro de gravitación de su pequeño mundo. La escuela, se podría decir, orbitaba a su alrededor, y en el medio estaba él, siete, ocho, nueve, diez, once años, un niño que bailaba femenilmente, que convocaba, que gesticulaba todo lo que no se supone que debía gesticular un hombrecito.

–Las maestras me regañaban y yo les decía: “No me digan más que no gesticule. Yo tengo nueve años, pero ya soy homosexual. Y voy a ser homosexual hasta el último día de mi vida”.

Los fines de semana en que traían a Raúl de pase, Haydee, especie de encargada del edificio, recibía quejas constantes de los vecinos, que ponían a tender sus sábanas y sus toallas en la azotea. Sábanas y toallas blancas. Sábanas y toallas limpias que el travieso Raúl Pulido descolgaba de las tendederas para ponerse de vestidos, para inventarse pelucas y desfilar provocativamente en la misma azotea, asomándose a la calle para soplar besos y saludar a su público imaginario, un grupo de vecinos que abajo, escandalizados y rojos de furia, veían ondear al aire fresco sus pertenencias.

Raúl Pulido terminó la primaria entre las manchas del expediente –donde sabias maestras escribían párrafos altruistas y admonitorios que habrían de leer futuras maestras sobre la torcida conducta del niño descarriado– y las palizas del padre que cada vez resistía menos la rebeldía del hijo que comenzaba a manchar la imagen de su familia.

–Mi papá me daba tantos golpes por esas travesuras que un día me subí a la azotea del edificio y por poco me tiro. Vino la policía y vino todo el mundo, y yo gritando que me iba a tirar. Mi hermano Iván fue el que logró bajarme de ahí.

A los doce años, cuando Raúl Pulido comienza la secundaria en una Escuela Taller de la calle Manrique, en la Habana Vieja, su situación en la casa se había hecho intolerable para Rubén y Haydee. Además de sus travesuras en el edificio, Raúl comenzó a bailar en la calle al ritmo de las canciones de moda, a hacerles mandados a los vecinos y a limpiar casas para ganar su propio dinero. Dormía fuera con regularidad, comenzó a  juntarse con otros homosexuales y –lo más grave– cierto día apareció en la secundaria con uniforme de hembra. Una amiga del aula le prestó una saya y una blusa. Raúl se dividió el pelo en dos atrevidas motonetas y así se presentó en pleno matutino.

–Imagínate, yo en la fila de las niñas y todo. Se formó tremendo chisme y tremendo escándalo. Me llevaron para la dirección y mandaron a buscar a mi papá.

No solo la niñez, sino también la adolescencia, transcurren fuera del hogar, de una escuela de conducta en otra. Como la insubordinación nunca ha sido premiada con aplausos, a partir de los doce años Raúl no durmió nunca más dentro de la casa.

El cuartico de desahogo fue el castigo más drástico. Más drástico que los azotes con la chancleta y con el cinturón, porque esos golpes dolían, pero duraban poco. El cuartico de desahogo, en cambio, era un escarmiento en estado permanente. En el pasillo, al lado del apartamento donde seguía viviendo la familia, a Raúl Pulido, cachorro descarriado, lo encerraban en las noches bajo llave. Adentro había un canapé, un lavamanos, una taza y una ducha que usaba para bañarse. Comenzó a tener crisis de asma por la humedad del lugar y algún que otro vecino preocupado le aconsejaba a Rubén y Haydee que sacaran al niño de ahí.

Isabel Pulido, única hermana hembra de Raúl, tiene 52 años. En la casa de San Nicolás, donde actualmente cuida al padre de ambos, sale y cierra silenciosamente la puerta. Adentro no se puede mencionar el nombre de Raúl. En el balcón, Isabel recuerda la época así:

–Él empezó a dormir en el bañito por todos los problemas. Ahora la homosexualidad es una moda, pero antiguamente tú no sabías si traía sífilis o cualquier otra enfermedad. Allí él dormía de lo más bien, porque eso estaba limpiecito.

Raúl entraba a la casa apenas para ver la televisión. El padre llegó a prohibir que se le diera comida si no cambiaba su conducta. A escondidas, Haydee o Isabel le alcanzaban a veces un plato al cuartico.

Poco tiempo después, la rectitud del padre terminó por hastiar a los hermanos varones de Raúl, que se fueron de la casa en cuanto pudieron. Isabel iba y venía, según el novio que tuviera en el momento.

A los doce años estaba Raúl Pulido en un portal llorando. Había tenido una pelea con el padre. Una pelea que terminó en juicio.

–Un día, en medio de una golpiza de mi papá, me reviré. En la casa había uno de esos botellones grandes de cristal. Cogí aquel botellón y se lo metí por la cabeza. Y de ahí fuimos para la policía.

Con una frialdad que da miedo, Isabel Pulido recuerda:

–Una difunta vecina del edificio se metió en la bronca y acusó a mi papá. Pero mi papá ganó, porque entre padre e hijo nadie se puede meter, y el padre le puede hacer al hijo lo que le de la gana.

En aquel portal, antes de la policía, antes del juicio, Raúl Pulido, hermoso niño según quienes lo conocieron y según él mismo, lloraba sin consuelo. Ese día conoció a Jorge González Mesa, alias “La Reglana”, y desahogó con él sus penas.

***

Jorge “La Reglana” era un señor negro y gordo con un ojo de vidrio y una espantosa reputación. Homosexual. Santero. Hijo de Yemayá. Adicto a drogarse con medicamentos como el dexactedron y el parkisonil, Jorge “La Reglana” se le cruzó en el camino a Raúl Pulido en un momento drástico. Le secó las lágrimas y lo demás sucedió rápido: Jorge, que no tenía hijos y vivía solo en la calle Lagunas, apenas a seis cuadras de los Pulido, accedió a tomar la custodia de Raúl si su padre lo permitía. Su padre dijo que sí, que por supuesto. Le dio de baja en la libreta de abastecimientos y se sintió aliviado. Haydee moriría un par de años después.

Jorge fue agua en el desierto. Le dio a Raúl un techo. Le quiso cambiar, aunque sin éxito, los apellidos. Lo llamaba hijo así como Raúl lo llamaba padre. Pero Jorge no trabajaba, vivía del negocio, de la venta de pastillas alucinógenas a las almas desesperadas de Centro Habana, y Raúl tuvo que comenzar a bailar en las calles, a limpiar casas nuevamente, a hacer los recados a los vecinos del nuevo barrio.

–¿Jorge era bueno contigo?

–Regular.

–¿Por qué?

–Porque era un homosexual muy fuerte.

–¿Te golpeaba?

–Una sola vez me dio un manotazo, porque le falté el respeto. Yo era muy bocón. No me daba golpes, pero era un señor muy fuerte, y no le gustaba que yo hiciera cosas malas. Fue bueno y fue malo. A veces me botaba de la casa y yo tenía que irme por ahí. Después me recogía de nuevo.

Teresa, una vecina que vive hace más de diez años en los altos de la casa de “La Reglana”, el nuevo hogar de Raúl, recuerda:

–Jorge no se movía de la silla y, sin embargo, no le faltaban ni la comida ni los cigarros. Cuando el muchacho no traía el dinero o las cosas para la casa, lo maltrataba bastante Lo usó, como lo usan muchos todavía. Pero fue quien lo crió, quien lo acogió cuando en su casa lo despreciaron.

Por ese tiempo, finales de los setenta, Raúl Pulido salió de la casa por primera vez completamente vestido de mujer.

–Salí a tomar las calles en un vestido de quinceañera que me habían prestado. La gente escandalizada. Tú sabes cómo era la gente en esos años.

Después de tal paso no había ya razón para que Raúl siguiera llamándose como tal. Pensó que era mejor olvidarse de su propio nombre, tapiar también esa parte de la oscura fosa que era su corto pasado, y empezar de nuevo.

Cuando las calles de Centro Habana comenzaron a quedarle chicas, la gente empezó a llamarlo Farah María, a la sazón una intérprete cubana que se hizo popular por su zalamera estrofa “Yo no me baño en el malecón, porque en el agua hay un tiburón”.

La interpretación de esa cancioncilla hizo a Raúl ganar algunos pesos en las calles de la Habana, y cierto día pensó que de Raúl había que deshacerse. Que Farah, en cambio, era un nombre divino.

***

Farah, en un pérfido soplo. En un voluptuoso roce de los dientes de arriba con el labio de abajo.

F-A-R-A-H –con su sofisticada H al final– era el nombre mismo del éxito.

Nada malo podría pasarle a alguien llamado Farah.

***

 

Foto: Almudena Toral

Los años pasaron. Y Farah (ya Farah) comenzó a pagar sus primeras multas por maquillarse y vestirse de mujer. Alguna que otra vez compareció en juicios populares junto a sus amigas travestis. Los juicios populares, en el caso de la conducta homosexual, eran ceremonias que pretendían la redención del gay a través de la terapia de choque de la vergüenza pública. En otras ocasiones la trasladaban a la unidad de policía más cercana, la ponían a limpiar el local en una rara medida de escarmiento. Unas horas después la dejaban en libertad.

Negra, homosexual y pobre, Farah reunía todas las condiciones para ser un paria social en la nueva Cuba que se construía. Una Cuba edificada bajo el espejismo de las inclusivas promesas que juraron los hombres fuertes, los hombres de campo que hicieron la Revolución, y bajo cuya anuencia se institucionalizó paulatinamente la homobobia en la Isla.

A la vuelta de los años ochenta, el gobierno revolucionario había “saneado” el país de cientos de homosexuales que escaparon de Cuba durante el éxodo del Mariel. El Código Penal cubano establecía la penalización de cualquier actitud que pudiera ser considerada demasiado extravagante bajo el delito de ostentación pública, por el que se podía cumplir de tres a nueve meses de prisión.

Farah comenzó en 1982 una saga dantesca por las cárceles cubanas. Las fechas precisas no las recuerda ni ella misma. Su cronología personal es tan atolondrada, tan llena de hitos, de escuelas de conducta, de maridos, de puñaladas, de juicios, que cualquier fecha puede estar sujeta a un cambio. En 1982, eso sí, está segura de haber pisado una cárcel por primera vez. Tenía dieciséis años.

–Estaba en la playa de Guanabo con un grupo de homosexuales. Dejamos la casa sola y al regresar nos habían robado, entonces fuimos a la estación de policía a hacer la denuncia. En vez de buscar a los ladrones, nos llevaron presas a nosotras.

En el Combinado del Este, la mayor prisión del país, Farah y sus amigas cumplirían nueve meses de cárcel.

–¿Cómo te fue allí?

–Fabuloso. Yo era la reina de la prisión. Estuve en un pabellón donde había alrededor de trescientos homosexuales. Aquello me encantó. Hacía lo que me daba la gana. Me vestía de mujer con vestidos hechos de sábanas, pelucas de tiras de saco. Con pasta de dientes me maquillaba los párpados y los labios me los pintaba con pintura roja.

Su nombre de pila en la prisión era Lulú, en honor a un dibujo animado donde la muñeca homónima se la pasaba chupando paletas. Farah era una aficionada a chuparse el dedo.

Durante los nueve meses que estuvo presa, solo Jorge y su hermano Efrén la visitaron. Con los demás miembros de la familia –sobre todo con el padre- había ocurrido una irreparable fractura. En la propia casa de San Nicolás, su nombre se pronunciaba en sordina.

Isabel Pulido dice:

–Comenzó a ir preso porque en cuanto empezó a desarrollar, se reunía con “elementos”, con gente de la que no tenía que rodearse. Y mi papá lo enterró. Él sabía muy bien que el padre de nosotros trabajaba en la Seguridad del Estado y era muy recto, que cuando decía una cosa había que hacerla.

A la semana de haber quedado en libertad, Farah va presa de nuevo. Esta vez adrede. Ella y Katia, otra travesti que también había pasado unos meses divinos en el Combinado del Este, comenzaron a hacer fechorías para que las capturaran nuevamente. Habían dejado sendos maridos en la prisión, y a la prisión había que volver. Entre rejas (extraña paradoja) algunos tenían más libertad que en la calle.

Lo primero que se les ocurrió fue ir a comer hasta el hartazo en Las Bulerías, un lujoso restaurante del Vedado, a sabiendas de que no tenían un centavo para pagar la cuenta. Por desgracia para ellas, lo único que se buscaron fue una paliza y cincuenta pesos de multa.

Días después, Farah y Katia agarraron un pedazo de hierro e hicieron añicos una de las vitrinas de la tienda La Sortija. Mientras los empleados llamaban a la policía y los transeúntes disfrutaban del espectáculo, Farah y Katia se colaron en las estanterías, despojaron a los maniquíes de sus vestidos y sus pelucas, y se las encasquetaron, para posar inmóviles como gráciles figurillas dentro de las vitrinas destrozadas.

–En el juicio nos pidieron un año en el Combinado del Este. Fuimos a parar al mismo pabellón donde habíamos estado anteriormente.

Cumplió la condena. Salió. Calentó los motores en la calle y, casi dos años después, la encarcelaron nuevamente por robarse, con otras tres consortes de causa, las prendas de mujer que colgaban en una tendedera en el municipio Guanabacoa.

–Nos descubrieron porque, en medio de la noche, un niño empezó a llorar y despertó a la gente en el edificio. El robo se valoró en unos ochenta y ocho pesos. No se me olvida. Esa vez nos pidieron once años de cárcel.

Once años de los que apenas cumpliría cuatro. Junto con una revisión de causa por la que quedaba absuelta en 1988, uno de los tantos presos a los que Farah había jurado amor eterno, la sorprendió con otro de los tantos presos a los que Farah había jurado eterno amor. En algunos sitios la infidelidad se paga con muerte. Y este hombre resentido, del que Farah ya no recuerda su nombre, la alzó en peso, y la arrojó del cuarto piso para abajo.

–Lo único que recuerdo es que me desperté en el hospital de emergencias de Carlos III.

Fractura de cráneo, parálisis temporal, pérdida casi total de la dentadura. Farah estaba viva de puro milagro.

En 1992 inaugura la prisión de Valle Grande, ubicada en el municipio La Lisa, en las afueras de La Habana. A partir de ahí la cárcel se convierte en algo eventual, casi siempre bajo los delitos de escándalo público o peligrosidad predelictiva. La peligrosidad predelictiva, que consta en la Ley 62 de 1987 en el Código Penal cubano, considera como estado peligroso y punible la proclividad de ciertos individuos a cometer delitos.

La conducta antisocial de Farah, que no tenía un trabajo estable, que se había pasado los últimos años de su vida en la cárcel, la convertían en una ciudadana potencialmente perniciosa para la sociedad.

***

A mediados de los 2000 su record delictivo estaba limpio. Hasta donde era posible, Farah era feliz. Llevaba casi diez años sin caer presa. La policía ya no se preocupaba por ella como antes.

Eusebio Leal, historiador de La Habana y especie de indulgente guardián del centro histórico de la ciudad, emite alrededor de 2005 un documento por el que se prohíbe a las autoridades la detención de Farah por bailar públicamente y ostentar su homosexualidad en el centro turístico de la ciudad. Eusebio Leal la convierte en intocable. En el documento la llama “personaje costumbrista”.

Farah había transitado, a base de constante gravamen, de paria social a personaje pintoresco con salvoconducto legal.

Foto: Almudena Toral

En las calles se le comenzaba a reconocer como la madre de las travestis cubanas. La precursora. En lugares turísticos del centro histórico como la cervecera de la Plaza Vieja, comenzaron a permitirle bailar con la orquesta musical de paso, y coquetear con el público, que puede llegar a dejarle hasta quince dólares de propina en los días de más suerte.

La mega popular orquesta cubana Van Van la había inmortalizado en su tema “El travesti” (Arrasando, 2000), donde después de mencionar a varios transformistas famosos de La Habana entonan: “(…) ¡Y qué decir de Farah María, Ave María por Dios!”.

Farah había conocido a Santiago Sánchez López, un joven de apenas veinte años con quien Jorge la dejaba convivir en la casa. Santiago había llegado para llenar un gran hambre de afecto.

–De todos mis maridos, fue el que más me quiso y el que más yo quise.

Con Santiago, Farah consiguió algunos de los pocos empleos estatales que le permitía su título de noveno grado. En el asilo de la calle Reina, por ejemplo, trabajaron juntos asistiendo a los ancianos. Como es de suponer, Farah le puso el alma a un sitio tétrico que olía a orina rancia.

–Los ancianos son personas muy susceptibles y me querían cantidad. Yo les hacía cuentos, les cantaba canciones infantiles, les celebraba los cumpleaños.

Con Santiago se fue a limpiar los pisos del Hospital Calixto García en 2008 para ganar un poco más de lo que ganaba en el asilo. Fiel guardián, Santiago no la perdía de vista. Teresa, la vecina, recuerda:

–Santiago tenía obsesión con ella. Si ella salía, él salía. Si ella entraba, él entraba. Y como ella es muy alta y él era muy bajito, parecía la cartera de Farah. El padre del muchacho quería conseguirles otro apartamento para que salieran de la casa de Jorge, que siempre estaba llena de homosexuales fajándose entre sí. Pero  Farah no quiso. Para ese tipo de gente, ese cuarto tiene azúcar.

***

El 29 de diciembre de 2008, mientras oscurecía y Farah buscaba los pesos en las calles de La Habana, Santiago cocinaba una olla de frijoles negros. Sandro, la pareja que Jorge tenía en aquel momento, metió un cucharón en la olla y a Santiago no le gustó. Santiago y Sandro se fueron a las manos y en fracciones de segundos Sandro le había clavado un cuchillo en la ingle a su contendiente.

Teresa sintió la gritería de Jorge: “!Lo mataste, lo mataste!”. El barrio se puso en función de la reyerta. A los minutos llegaba Farah de la calle, maquillada, contenta del buen día que había tenido.

***

Cinco años de relación cortados por un solo tajo. Fin de Santiago Sánchez López. Fin de la historia.

***

Dos años más tarde, en 2010, Jorge murió a causa de una cirrosis hepática por el abuso de los medicamentos que consumía.

–Lo cuidé hasta el final. Después de bailar en la calle y de buscar dinero, compraba comida, la cocinaba y se la llevaba al hospital. El día que murió yo estaba en la casa descansando. Acababa de dejarlo bañado en el hospital. Tres días antes de morirse conversamos y le perdoné todo lo duro que fue conmigo.

Sola de nuevo. Al padre se lo encontraba poco, y cuando coincidían en el barrio, cada uno hacía como que el otro no estaba ahí. Con sus hermanos apenas se cruzaba. Iván estaba preso hacía un tiempo en Orlando, Estados Unidos, por tráfico de drogas. En una ocasión le mandó doscientos dólares.

La casa había quedado reducida a un pequeño cuarto de usufructo, luego de que paulatinamente Jorge la desglosara en otros pequeños cuartos que vendió a inmigrantes y gente más o menos marginal.

–Me deprimí mucho por la muerte de Santiago y Jorge, y comencé a hacerle rechazo al cuarto. Empecé a pasar más tiempo en la calle buscando pareja.

Elio Medina es un homosexual santero que vive en otra ciudadela a un par de cuadras de Farah. La conoció cuando Jorge aún vivía, se encariñó con ella y se convirtió en una especie de amigo y guía espiritual. Elio cuenta:

–Ella es muy buena y confiada. Pasa por cualquier esquina, se encuentra a cualquier muchacho, y se lo llevaba a vivir a su casa. Una vez llegué a sacar de ahí a diecisiete personas. Fui a verla y la gente estaba durmiendo en el piso. Ella llevaba varios días sin comer.

Después de Santiago ha desfilado por la casa de Farah un pueblo. Holgazanes muchachos ninguno de los cuales ha sobrepasado los treinta años, ninguno de los cuales ha sido negro, porque a ella los negros no le gustan. Nadie cercano a Farah ha conocido una pareja suya que no abusara de su confianza o no le diera una paliza cuando le ha sido imposible costear los lujos a los que aspiran esos tipos.

***

Desde Santiago Sánchez López hasta la fecha varios chulos se han disputado la custodia de Farah, especie de gallina de los huevos de oro. Consumida por su hambre de afecto y su flaca autoestima, Farah es capaz de aguantar casi cualquier cosa –desde humillaciones hasta golpes– por no pasar la noche sola.

Como es de suponer, el que quiere obtener algo de ella –un techo donde pasar la noche o pasar una temporada, un plato de comida– solo tiene que ser medianamente astuto para decirle lo que quiere escuchar. Farah se hace la vista gorda, se engaña a sí misma y trata de engañar a los pocos que se preocupan por ella, cuando asegura que a sus cincuenta años tiene a los jovenzuelos comiendo de su mano, hasta que las mentiras salen a flote y las relaciones –si ese nombre podemos darles– se hacen insostenibles.

A saber, las más importantes de los últimos diez años comienzan con Vladimir, alias “La Muerte”, fumigador de oficio.

–Por qué le decían ¿La Muerte?

–Niño, porque era un blanquito precioso, de ojos azules. Lo máximo. Pero de tan lindo, por dentro era un veneno. Era como Chucky, el muñeco diabólico.

Farah se fue a vivir con Vladimir “La Muerte” a un llega-y-pon que alquilaron en las afueras de San Miguel del Padrón. Se adaptó al aislamiento de la periferia. Rápidamente se convirtió en la criada del lugar. Fregaba, limpiaba, ordenaba, bailaba en la zona para conseguir dinero y comprar comida.

–Todo era color de rosa hasta que comenzó a robarme el dinero. Cuando quería dejarlo me caía a golpes y me amenazaba.

Para salir de Vladimir “La Muerte” Farah se buscó otro chulo. Con Amed Negro Trujillo duraría cinco años.

Se conocieron una noche en el Parque de la Fraternidad. Amed le preguntó si ella era Farah, la famosa. Ella respondió que sí. Ese día, después de hacerse de rogar –asegura–, se fueron juntos al cuarto de San Leopoldo.

–Le hice una “comidita de puta”: platanitos, tomates, arroz y huevo frito. Hicimos el sexo. Nos compenetramos, etcétera, etcétera.

Amed era epiléptico y pastillero. Cuando se juntaban las dos cosas Farah tenía que huir lejos, porque la tunda era segura. Fue preso varias veces por golpear a su abuela de crianza, por desorden público y por amenaza con arma blanca. La misma Farah lo denunciaba a veces por robo o por agresión física, para retirar la denuncia unas horas más tarde.

Cada vez que Amed caía, allá iba Farah, –tacones de brillo, vestido atrincado, motonetas– cargada de jabas con comida, a ver a su marido a la prisión. Cuando Amed salía de pase, se quedaba en la casa de ella.

Y ella proveía.

En una de las visitas a Amed, otro preso comienza a ficharla. Andrés Bravo Cardenal alias “El Diente”, que estaba en la cárcel por robo con fuerza, sale de pase un día y se tropieza con Farah en un kiosco de fritangas.

–Había frío. Yo me estaba comiendo un pan con minuta y él me pidió que le comprara uno. Se lo compré. Empezamos a conversar y le dije que estaba cansada de Amed, que me daba muchos golpes. Él quiso acompañarme hasta el barrio, me iba a dejar en la esquina, porque Amed estaba en mi casa, de pase también. El final de la historia es que Andrés terminó entrando a la casa. Yo dije que él era un primo mío. Y Amed dijo: “¡Qué primo de qué, si él está en la prisión conmigo!”. Entonces planté: “Pues mira, a partir de ahora él es mi marido”. Niño, cinco de la madrugada y ellos se fueron a los golpes por mí. Tuvo que venir la policía.

Farah se enamoró rápido, como se enamora ella cuando le muestran un mínimo de simpatía. Se hizo tatuar en la espalda las iniciales de Andrés Bravo Cardenal: “ABC”, con tinta azulada, escrito rústicamente. Él, por su parte, se tatuó “Farah” en el antebrazo. En alguna ocasión le escribió un par de cartas desde la cárcel. En un cuadernillo donde Farah anota números de teléfono y cosas importantes, conserva este pedazo quién sabe por qué razón:

“(…) es bueno que de vez en cuando salgas para la discoteca para que puedas divertirte un rato, porque tú eres merecedora de muchas cosas, pero también recuerda que la calle está mala cantidad, y no puedes llegar tarde a tu casa. Te amo mucho, Farah. De tu amor, Andrés”.

Las visitas a la prisión y las jabas de comida eran ahora para Andrés “El Diente”, un muchacho que en la calle parecía hermético, de carácter frío, duro e impenetrable. Pero que entre las cuatro angostas paredes del cuarto de San Leopoldo lo que precisamente le  pedía a Farah era que lo penetrase. Así copulaban la mayoría de las veces.

–Me enganché con él, porque me trabajó la línea de fuego. Cuando nos enredábamos éramos Shakira con Beyonce. ¡Ayyyyy! ¡Perra! ¡Dura! Andrés era una “salá” en la cama.

Cuando quedó en libertad y estuvo a tiempo completo en el cuarto de Farah, las golpizas comenzaron de nuevo.

–Era muy materialista. Al principio yo le puse los colmillos de oro, que me salieron en sesenta dólares cada uno. A plazos le terminé de pagar una cadena y después un reloj. Pero cuando no tenía dinero se ponía mal.

En una de las golpizas más fuertes que Andrés le atizó, Teresa tuvo que asomarse al balcón con un palo en la mano:

–Lo amenacé con caerle a palos si seguía maltratándola. A Farah aquí la quiere todo el mundo. Él me dijo que ella lo sacaba de paso. Yo le respondí que si lo sacaba de paso, que recogiera sus cosas y se fuera. Que si se quería comprar unos zapatos o lo que fuese, que trabajara. Farah es muy indefensa. Es poquita cosa. Anda siempre arreglada, sale para la calle y regresa con sus cuatro pesos, es la reina de la Habana Vieja. Pero no oye consejos.

Elio Medina, su padrino, fue una vez testigo de una escena similar en su casa.

–Vino un día a visitarme con Andrés, y él la ofendió delante de mí, la humilló. Lo agarré por el cuello y lo boté de mi casa. Farah no es muy inteligente que digamos, y cuando la ofenden y tiene lucidez, se demora mucho en dar una respuesta.

A principios de 2016, después de casi tres años aguantando golpes, bailando en la calle para mantenerlo, le cambia la cerradura a la puerta y se deshace de Andrés.

***

–Yo soy el tipo de homosexual al que le gusta llamar la atención. Mientras más extravagante me visto, más segura estoy de mí. Cuando me gritan en la calle “!Farah, perra, dura, diva, tú sí!”, me siento realizada. En una revista dijeron yo que sí tenía cojones y timbales, por haberme lanzado a las calles vestida de mujer sin importarme nada. Yo cuando joven fui un homosexual precioso. Fíjate que tengo cincuenta años y todavía me veo despampanante.

Foto: Almudena Toral

He llegado a tener sesenta pelucas, y cuando se ponen feas las regalo o las boto. Cuando bailo en la cervecera, el que me quiere regalar dinero me lo tiene que poner adentro de la blusa. Le digo a todo el mundo que ese dinero es para ponerme las tetas de silicona. Eso sí quisiera. Cambiarme de sexo no. Yo he tomado anticonceptivos y hormonas, y me han salido mis teticas, pero las he dejado de tomar porque me dan nauseas y mareos.

Soy virgo. Los virgos somos alegres, tenemos suerte para el dinero. Somos muy queridos. Gente sencilla y natural.

Yo soy tan famosa que cuando Beyonce vino a La Habana, fue a la cervecera a conocerme. Del nerviosismo me mandé a correr y me escondí en el baño. Al final me pidió que bailara algo. Mandé a la orquesta a tocar “El cuarto de Tula”. Beyonce me regaló quinientos dólares y un vestido. Eso lo sabe todo el mundo. Con el dinero me fui para Varadero y me llevé seis “pepillos” y dos amigas mías travestis. Yo era la poderosa. Los “pepillos” me llovían y yo tenía para escoger.

***

En marzo de 2016 la casa de Farah es el mismo cajón de cuatro por cuatro que heredó de Jorge “La Reglana” en el barrio de San Leopoldo. El olor, en cuanto cruzas el umbral, te conecta con la miseria y la marginalidad en que transcurre su vida. El vaho nauseabundo de un sitio poco ventilado y que se limpia con escasa frecuencia y con escaso rigor.

Foto: Almudena Toral

 

Foto: Almudena Toral

 

Foto: Almudena Toral

Como los típicos cuartos de usufructo en la superpoblada y ruinosa Centro Habana, el de Farah también queda fraccionado en planta baja y planta alta, con una división de madera llamada barbacoa. Arriba, el cuarto, con una camita personal de sábanas calamitosas y un escaparate viejo. Magullados zapatos de mujer en el suelo de tablas. Ropa vieja de colores chillones que le van regalando. Algunas figurillas de barro y un arcaico ventilador de pie. Dos posters en las paredes: uno de Shakira (frente a la cama) y uno de mujeres y hombres en cueros (a la cabecera de la cama).

Abajo, una sala-comedor-baño-cocina. La entrada del bañito no tiene puerta. Hay en el apretado espacio, con vista al inodoro blanco, dos muebles de una felpa cochambrosa color rojo vino. Las pertenencias de Farah son escasas. Si ha tenido algo de valor en algún momento de su vida, el marido de paso se lo ha robado. Nunca ha tenido, por ejemplo, un refrigerador. Los pocos alimentos que compra los cocina en el día. Cuando no tiene ganas de encender el fogón (la mayoría de las veces), lleva un pozuelo plástico al comedor de ancianos y casos sociales de la calle Perseverancia, y allí le dan algo.

Anclada a la pared de la salita, hay una complicada repisa de madera con varios compartimentos atiborrados de fotos y baratijas como pequeños muñecos de cerámica y flores artificiales. Un comprobante de pago de Aguas de La Habana, colillas, una caja vacía de cigarros Criollo.

En el resto de las paredes, un collage de desnudos masculinos que fueron arrancados de alguna revista erótica, y un afiche grande con la propaganda del perfume Le Male, de Jean Paul Gaultier, donde un imponente rubio muestra sus abdominales.

En otro destartalado estante de madera, hay un viejo equipo de música y una larga colección de discos llenos de polvo. De Rocío Durcal y Rocío Jurado, Un mano a mano de lujo; de Madonna, You can dance. El show Nuestra Belleza Latina, Donna Summer en concierto, la novela mexicana Amor por siempre. Una colección de documentales de Discovery Channel con los programas Armas de alta tecnologíaAliados de la II Guerra MundialDevoradores de HombresTrenes de alta velocidad y otros. Varios cassettes para VHS con filmes como Hércules y La máscara negra. Completa la colección un video pornográfico que tiene en la carátula fotos pequeñas que adelantan a dos tipos calvos teniendo sexo al lado de una piscina.

–Yo soy una enferma sexual. Me gusta mucho hacer el sexo.

En 2012 a Farah la invitaron unos turistas griegos al hotel Habana Libre para filmar una película pornográfica que luego se distribuiría en Internet. Durante tres días de filmación, Farah visitaba el hotel en las madrugadas para penetrar a seis hombres y seis mujeres, todos juntos en una misma habitación.

Farah no es muy buena con los detalles, y hay que preguntarle treinta veces para que termine de hacer un cuento. Su coherencia existe solo dentro de su propia fantasía. Es difícil sacarle datos precisos, fechas exactas. Anécdotas estrictamente confiables. Como si su vida fuera una loca fábula, y no interesara realmente cuándo sucedió esto o aquello, o como si fuera demasiado excesivo para haber ocurrido en la vida real.

–Me pidieron hacerles sexo oral a todos, y uno de los días de filmación hicimos una pirámide, unos subidos arriba de los otros. No lo hice por prostitución. Yo no me prostituyo como el resto de las travestis.

Los extravagantes griegos le pagaron, sin embargo, alrededor de doscientos dólares.

En otra ocasión la llevaron a la Sierra Maestra –el escenario de la lucha armada contra Batista antes de 1959– para rodar otro filme pornográfico con tres chicas y dos hombres.

–Yo entraba a la orgía vestida de cabaretera.

Por lo demás (y como cada vez que cuenta algo) hay pocos detalles.

En resumen: no conserva ni llegó a ver ninguna de esas películas. Pueden haber sucedido o no. En teoría, todas están colgadas en Internet, y hay que pagar por verlas.

Las pertenencias más preciadas de Farah son sus pelucas, sus vestidos viejos y sus propias fotos: la huella documental de su carrera, que han ido dejando fotógrafos y periodistas extranjeros a través de los años.

Farah parando el transporte público, en una rara especie de glamour.

Farah encaramada en una cerca.

Farah dándole declaraciones a un micrófono de Telesur.

Farah saludando a su fanaticada en los carnavales de La Habana, que no son carnavales hasta que ella llega.

Farah agarrada de la mano de Mariela Castro, directora del CENESEX e hija del presidente, durante la primera Jornada contra la Homofobia en Cuba, en mayo de 2008.

–Mariela Castro esperó a que yo llegara para comenzar la marcha del orgullo gay. Me dijo: “Dale para que desfiles al lado mío”. Muy divina y fabulosa ella. Cuando se acabó la marcha, me dio un paquetico con cien dólares y me dijo: “Aquí tienes tu regalo”.

***

Elio Medina tiene una teoría interesante. Y según esta teoría, a Farah la protege algo sobrenatural.

–No es normal que siga viva con todas las cosas que le han pasado, dice.

En cuestiones de fe, Farah sigue el patrón de la conveniencia. Si los testigos de Jehová están haciendo donaciones, ella se convierte en seguidora de los Testigos de Jehová. Si los Adventistas del Séptimo Día le regalan un folleto que explica las evidencias históricas de que Jesús existió, puede que se haga seguidora suya. Si tiene la soga al cuello, le pide a Elio que interceda por ella ante Oggún o Elegguá, y se encomienda entonces a las deidades de la religión yoruba.

En un mismo año le dieron dos puñaladas (fue en los 2000, pero no recuerda con exactitud la fecha y nadie cercano a ella la recuerda tampoco). La primera en una reyerta en un bar de la calle Águila, de donde salió con un punzón clavado en la barriga. Los cirujanos tuvieron que abrirla como un cerdo para comprobar que el arma no le había dañado ningún órgano.

La segunda puñalada tiene varias versiones. Según Farah, fue un tajo accidental, en otra reyerta de jóvenes homófobos que la habían emprendido a cuchilladas contra los homosexuales reunidos en el Parque de la Fraternidad.  Según Elio Medina, estaba ella en el Barrio Chino, y la cortaron por interceder en una pelea. Según Isabel Pulido, el tajo se lo largó un hombre con el que ella se había propasado.

Cualquiera que sea la real, todas las versiones terminan en la misma escena:

Farah, con el filo de un machete hundido en el cuello. Farah engavetada en la morgue del hospital de emergencias de Carlos III.

***

La dieron por muerta. En la funeraria de la calle Zanja, sus vecinos y amigos (nunca sus familiares), esperaban el cadáver con el local lleno de coronas hechas de empalagosos gladiolos, envueltas en bandas de papel que decían cosas como “Descansa en paz, Farah”.

Al llegar al hospital con el cuello abierto, Farah sufre catalepsia (un padecimiento que la acompañará toda su vida) y que consiste en la pérdida temporal de los signos vitales, a un punto tal que los médicos asumen el fallecimiento del paciente.

Investigaciones científicas como la publicada en el British Journal of Medicine en 1876 definen a la catalepsia como un “episodio neurológico asociado a pacientes que sufren de esquizofrenia, histeria y hasta melancolía”. El relato de Edgar Allan Poe El entierro prematuro (The Premature Burial), reseña aparentes casos de catalepsia de personas que fueron enterradas vivas.

Engavetada en la morgue, Farah yacía con una etiqueta amarrada al dedo gordo del pie. La etiqueta decía Raúl Pulido Peñalver. Como la cordura de Farah existe fundamentalmente dentro de su propia imaginación, historias como esta hay que corroborarlas.

Elio Medina no deja mentir a su amiga:

–La funeraria estaba repleta de gente. Ella apareció con un vendaje en el cuello, con el suero en la mano y vestida con una bata de hospital. Cuando llegó, la gente empezó a gritar, a desmayarse.

Ella lo cuenta mucho mejor:

–La frialdad de las neveras me despertó. Armé una bulla tan grande que vinieron a sacarme. Se formó tremendo corre-corre. Me dijeron que en la funeraria de Zanja estaban esperando mi cadáver. Me tiré un trapo por arriba y me escapé. Salí a la calle y un muchacho me llevó en bici taxi hasta la funeraria. Llegué y empecé a gritar: “Yo no estoy muerta. ¿Qué cosa es esto?!”. Arranqué las coronas de las paredes y las tiré para el piso. Después me volvieron a llevar para el hospital.

Algunos aseguran que el médico que la sacó de la morgue estuvo varios años bajo tratamiento siquiátrico.

***

Alguien que no haya vivido en La Habana podría pensar que el barrio ha asumido a Farah con naturalidad, que los vecinos son amables, que todo el mundo la quiere, y ciertamente Farah no hace más que salir del solar y todo el que se cruza con ella le grita frases que ella valora mucho como: “¡Eres la única!”, “¡Estás espléndida hoy!”, etcétera, etcétera.

Foto: Almudena Toral

En cambio, alguien que conozca medianamente cómo funcionan las cosas en estos barrios sabe que a Farah se le quiere, pero a cierta distancia, desde el otro lado de la acera, desde allá arriba en el balcón. Como se quiere a los leprosos, con ese indulgente cariño. Esa repugnante hipocresía.

Los vecinos más cercanos, eso sí, perdonan sus excesos y la ayudan en la medida de lo posible para personas que ya tienen suficiente con el peso de sus propias miserias.

***

La última vez que Farah se cruzó con su padre, había ido al edificio de la calle San Nicolás a visitar algunos vecinos.

–Me dijo: “¿Tú qué haces aquí?” Yo le respondí que él no era el dueño del edificio. Fue muy malo. Ahora está enfermo con problemas de la presión o del corazón. No sé. Paso por delante de él y es como si no existiera. Legalmente yo tengo derecho a esa casa, pero no quiero saber nada de ella.

–¿Qué harías si tu padre necesitara de ti en algún momento?

Farah mueve la cabeza para decir que NO, sin tener que abrir la boca.

–Cuando a mí me dieron las puñaladas y por poco me muero, él nunca fue a verme. Con él no tengo sentimientos.

***

El martes primero de marzo, al mediodía, suena el teléfono de Teresa en la calle Lagunas del barrio San Leopoldo. Alguien descuelga.

–Hola Teresa, Farah me dio este número en caso de que necesitara localizarla. ¿Sería posible hablar con ella?

–Farah está ingresada desde el doce de enero en el Sanatorio del SIDA, en Santiago de las Vegas.

***

Martes, primero de marzo de 2016. Primera visita.

Farah quiere atentar contra su vida. Promete que esta noche la encontrarán muerta, con un cóctel de pastillas en el estómago.

–Escucha lo que te estoy diciendo. De hoy no pasa.

Una enfermera (con ese condescendiente trato que aprenden a desarrollar en un sitio donde los pacientes están cruzados por la irreversible fatalidad), le dice a Farah en una indulgente broma que no se suicide hoy, que hoy es su guardia y no quiere complicaciones.

Desde que en 2009 la diagnosticaron como positiva al VIH, nunca había necesitado más que un par de dosis diarias de Nevirapina, Lamivudina y Tenofovir, para seguir bailando en la calle y luchando los pesos.

El epidemiólogo que la atiende desde hace ocho años, el doctor Rolando Valdez Cruz, se impresiona de las pocas recaídas que ha tenido su paciente respecto a la vida que lleva, y a la que debería llevar quien sufre de una retrovirosis crónica.

–Se ha mantenido compensada por años y, sin embargo, sus rutinas tanto de vida como de alimentación no son las adecuadas. Ella sale a la calle y se salta los turnos de desayuno, almuerzo o comida. Los pacientes con esta condición deberían tener al menos seis comidas al día y no andar trasnochando, porque todo esto puede inmunodeprimirlos.

Teresa, que lleva más de diez años asomándose al balcón para saber si Farah tiene qué comer, cuenta:

–A veces se pone a llorar. Dice que está enferma, que se siente decaída. Pero resulta que se ha pasado el día sin desayunar ni almorzar ni merendar. El dinero que hace no lo gasta en alimentarse. Lo gasta en ropa, en una peluca. En boberías.

Elio Medina expresa:

–Con el VIH ella no se cuida. No toma los medicamentos en hora, no se alimenta bien. Con una cajita de comida de una cafetería ya se conforma.

Farah evita hablar del asunto. Para ella, mientras menos piense en eso, tanto mejor. En 2009 se sometió a los exámenes después de una larga temporada sin subir de peso, padeciendo de frecuentes vómitos, fiebres y cuadros diarreicos. Desde el diagnóstico, muchos le achacan una presunta indiferencia ante la enfermedad.

Solo el que está enfermo sabe cuánto le duele su padecimiento.

La primera vez de Farah en el Sanatorio de Los Cocos es precisamente en una etapa de escasez. Cuando las cuotas de comida son demasiado magras para pacientes que necesitan una alimentación reforzada. Cuando la gestión interna y la administración fallan en sus tareas esenciales.

–Llegué aquí con doce CUC de mi lucha, pero ya no tengo un kilo. La comida es un sancocho y he tenido que gastarlo todo comiendo pan y refresco en una cafetería particular que hay allá afuera. No me puedo quedar mucho tiempo aquí, porque mi vida es otra cosa. Esto no tiene nada que ver conmigo y yo necesito salir a luchar mi dinero.

La prolongada estancia de Farah en el Sanatorio, sin embargo, se debe más a su mala cabeza que a su condición de salud. Ingresó voluntariamente para hacerse un chequeo más o menos rutinario. La ubicaron en una habitación compartida con un paciente de veintiséis años cundido de sarna noruega y casi cuarenta diluciones (dil) de sífilis. Farah se enamoró del paciente, se enredó con él, se contagió de sífilis. Y lo que pudo haber sido una visita de rutina al médico se convirtió en una estancia de casi tres meses bajo observación e inyecciones de penicilina.

–Empecé a tener una fiebre muy alta y a convulsionar. Sabía que algo no estaba bien. Menos mal que empezaron a ponerme el tratamiento rápido. Él no me habló claro. Pero a un gustazo, un trancazo. ¿No es verdad?

–¿Y lo dejaste?

–No. Seguimos juntos. Ayer se lo llevaron a un pabellón de aislamiento, y como no me dejaban verlo planté con los médicos. Fui a visitarlo y, ¿sabes lo que me dijo?: “Tú me gustas mucho, pero yo todavía no estoy enamorado de ti”.

Farah luce más descuidada que nunca. No usa maquillaje. Excepto en los momentos en los que habla del muchacho, se ve mustia y acorralada, con el rostro constantemente cruzado por expresiones de escepticismo. En el cuarto en que la ubicaron pasa el día observando sus propias fotos, que trajo de su casa y colgó en las paredes. El resto del tiempo se le va conversando con otros pacientes o mirando en un televisor pequeño la novela mexicana Barreras de Amor.

Actualmente en Cuba hay más de veinte mil pacientes vivos diagnosticados con el virus del SIDA, y más de tres mil fallecidos. En el Sanatorio de Santiago de las Vegas, el más grande de los tres que quedan en la Isla (los dos restantes se localizan en las provincias de Sancti Spíritus y Holguín), casi todos los internos están bajo tratamientos que no pueden recibir en hospitales comunes, o se quedaron a vegetar ahí por falta de una casa a donde regresar o de familiares que quieran responder por ellos.

Farah no tiene una familia que cuide de ella. Lleva más de dos meses ingresada y ninguno de sus hermanos ha hecho una sola llamada telefónica. Pero Farah sí tiene una casa. Más que una casa, tiene una carrera. Ella no llegó hasta aquí en la vida para tener un vulgar fin en semejante olvidado hospital.

Ella es una artista y tiene un público, y ese público está en la calle. Ese público debe extrañarla.

***

Viernes, once de marzo de 2016. Segunda visita.

Farah recibió una llamada de Teresa y tuvo que salir de pase el fin de semana anterior, de sábado a martes. Amed, uno de sus ex, conservaba la llave de la casa y, al enterarse de que ella estaba ingresada en el Sanatorio, se tomó la libertad de alquilarla a un grupo de homosexuales que tuvieron por unos días el barrio revuelto.

–Cuando llegué a la casa aquello era un prostíbulo. Amed tenía metidos allí a una pila de homosexuales, que hacían el sexo el día entero y gritaban. Un vecino fue a llamarles la atención, y lo amenazaron con tirarle agua hirviendo. Al final llamamos a la policía y los pudimos sacar.

Farah evacuó sus pocos efectos personales y los guardó con los vecinos porque Amed, a falta de algo valioso que robarse, le había vendido dos maniquíes que ella tenía de adorno en la sala.

Después de ponerle un candado a la puerta y clausurarla con un par de listones de madera, ingresó nuevamente en el Sanatorio el martes ocho.

De vuelta al encierro y a la depresión. Mientras estuvo de pase, conoció a otro muchacho en la Habana Vieja.

–Yo tengo mucha suerte con los hombres. El fin de semana barrí. Me encontré con tremendo mulato y él me pidió mi dirección. Le dije que estaba presa, y había salido de pase. “Estoy presa porque agredí a un tipo y le metí un cuchillo”, le dije. Tú sabes que yo soy ocurrente.

En un pequeño paseo por el Sanatorio, les informa a varios pacientes con los que ha hecho empatía que vinieron a verla de la calle.

–La que es dura, es dura–les dice.

***

Martes, quince de marzo de 2016. Tercera visita.

Hastiada de nuevo. Asegura que su vida es en la calle, bailando. Que está harta, que ya terminaron de ponerle la penicilina y la sífilis cedió.

–Llené dos maletines con todas mis cosas y me voy hoy mismo por la noche. A mi pareja me lo llevo para mi casa. Nos vamos juntos de este lugar horrible.

***

Una semana después de tenerlo viviendo en la casa, el veinteañero que la contagió de sífilis en el Sanatorio comienza a rechazar las caricias de Farah. En este punto de su vida, tan cansada de mendigar cariño, no insiste.

Se harta de él, le recogió los bártulos y lo echó a la calle.

–A fin de cuentas me puedo dar el lujo de escoger, porque la artista soy yo.

En marzo de 2016 las principales fobias de Farah siguen siendo las alturas y la soledad. Tuvo un perro llamado Miseria, un perro fiel que murió bajo las ruedas de algún camión. Miseria fue sustituido por Canelo, igual de famélico, porque Farah quiere tenerlos de compañía pero raramente les da un plato de comida.

–Tienen que aprender a luchar en la calle. Si yo lo hago, cómo no lo van a hacer ellos.

En marzo de 2016 Farah pesa cincuenta kilos repartidos en un cuerpo que sobrepasa el metro ochenta.

Flaca y larga como un palo de escoba.

Arácnida.

Un lunar falso tatuado entre las cejas.

En la boca, solo dos dientes son suyos: dos cascos medio prietos aferrados a la mandíbula de abajo. En la de arriba, las piezas alineadas y falsas de una prótesis.

En su fantasía de glamour y estrellato, una diva con solo dos dientes no deja de ser una diva.

 

Fotos: Almudena Toral

Tomado de El estornudo

Vibradores vendo yo

Por: Carla Gloria Colomé

Existe, en La Habana de 2016, un joven con un negocio.

Existen, además, clientes tímidos, clientes voraces, clientes desesperados, clientes juguetones, retozones, vivarachos.

Existe, ilegal, la mercancía.

Y existe, repito, un joven con un negocio.

***

Más de una vez ha sonado el teléfono y Sergio ha salido corriendo de su clase de Álgebra II, o de su clase de Lógica, o de su clase de Análisis Matemático I. Comprueba si el número en la pantalla del móvil es desconocido, y en esos casos –que son las más de las veces– ya sabe qué va a ocurrir. Sabe que la otra voz, su cliente, va a tartamudear, se pondrá nervioso, confundirá palabras. Al teléfono, los clientes de Sergio parecen ser personitas pacatas, timoratas, penosas personitas todos. Jamás son capaces de terminar una frase, de decirle por qué realmente lo localizan. Hola Sergio, yo llamo porque, yo llamo por, yo llamo. Y Sergio, que ha aprendido en cuatro años de negocio, jamás los hace sentir mal. Al contrario, le pone normalidad al asunto, los lleva al estado necesario de rapport donde el cliente se cree seguro, y hasta valiente y divertido, y les dice sí, tengo vibradores, cuántos quiere y a dónde se los llevo.

***

A dónde se los llevo, anticipa Sergio siempre que lo contactan desde 2012, año en que comenzó con el negocio de los vibradores, y año también en que la Aduana General de la República de Cuba emitía la Resolución 439 donde, entre otras indicaciones, alertaba que bajo ninguna circunstancia el pasajero podrá importar o exportar “Hemoderivados, literatura o artículos y objetos obscenos o pornográficos que atenten contra los intereses de la nación”.

Nadie, ni Sergio, ni su hermana, ni la amiga de su hermana que viaja a México y compra la mercancía, han hecho caso a lo anterior. Desde que Sergio comenzó a estudiar Cibernética en la Universidad de La Habana, tiene encargos cada vez mayores.

La mercancía le llega de segunda mano. A su hermana le entregan los vibradores en 15 CUC, ella los pasa a Sergio en 20, y Sergio los vende a 25, escalera de tres piezas donde él, la tercera, desde hace cuatro años costea su universidad gracias al negocio. Al negocito, dice. Sabe que en cualquier lugar del mundo, una vez graduado, ganará como cibernético al menos 70 mil dólares anuales, pero ahora mismo la cuenta que saca es que está en cuarto año de su carrera, fresco y joven por La Habana, repartiendo encargos, encargos que aumentan, se multiplican, se elevan al doble, triple, cuádruple. Crecen por días, exponencialmente.

No es menos cierto que Sergio teme que el negocio se termine, sería bueno alargarlo un año más. Teme, por ejemplo, que un día en el aeropuerto le prohíban pasar la mercancía a la amiga de su hermana, que viaja a México, y ahí termine todo. Sin embargo,  para que esto ocurra esa amiga tendría que exportar cantidades un poco atrevidas, que traspasen de manera evidente los límites aduaneros. Si no es así, si la amiga se mantiene trayendo en cada viaje entre cinco, seis, y hasta diez vibradores, dildos o conejitos rampantes, como ha hecho hasta el momento, el negocio marchará a la perfección.

***

El negocio marchará a la perfección porque lo que más hacen con este tipo de objetos los aduaneros es divertirse un poco. Sí, divertirse. El trabajo en un aeropuerto es largo, extenso, agotador, pasajeros chovinistas, pasajeros esnobs, pasajeros compramundos, pasajeros ovejas descarriadas, pasajeros malcriados. Algo hay que hacer para que el tiempo corra.

Los aduaneros tienen entre ellos sus normas y códigos. Si el pasajero lleva consigo algún tipo de literatura, algún libro, revista o documento, su maleta es marcada con la letra L para una siguiente revisión, previendo que puedan ser revistas pornográficas, por ejemplo. Si hay muchos artículos repetidos en el equipaje de otro pasajero, distinguen dicho equipaje con las letras CC, o sea, carácter comercial. Y si hay un artículo de dudosa procedencia en las pertenencias de alguien, lo marcan con letra Z.

–Pero si es el caso de los consoladores, o vibradores, o cualquier otro objeto sexual, entonces les ponemos Z Tubo, y mandamos al pasajero a abrir su maleta –dice Yanara Cuevas, que trabaja en el Aeropuerto Internacional José Martí, en La Habana, o bien pesando equipajes o bien en el banco de revisión–. En ocasiones, lo que traen son esposas y eso sí hay que revisarlo bien, porque no se sabe para qué las quieren y se le hace una entrevista al pasajero. No tenemos forma de saber cuándo entran videos, pero las revistas pornográficas sí las decomisamos.

Nunca, al menos Yanara y los aduaneros que con ella trabajan, han decomisado ningún juguete sexual. Dice que ha visto consoladores negros, transparentes, color piel. Dice que muchos cubanos traen cinco o más, y saben que es para vender, pero esa cantidad, añade, no es decomisable, jamás han visto que traigan un cargamento.

La mayoría de las veces el pasajero que lleva los juguetes se muestra inquieto, no abra ese paquete, le han dicho a Yanara Cuevas, no lo abra, no es necesario, y el paquete envuelto en tela, envuelto en nylon, envueltísimo.

–A veces damos chucho entre nosotros, para variar un poco el día, el pasajero se muere de la vergüenza y me dice no lo saques y yo le digo por qué, a ver, por qué. Y llegan otros aduaneros con caras serias, el pasajero impaciente, hasta que sacamos el instrumento, y todo el mundo alrededor comienza a reír.

El paquete envueltísimo, finalmente, contiene un majestuoso, solemne, pomposo vibrador.

***

Ilustración: Coco

Un majestuoso, solemne, pomposo vibrador es lo que exige el cliente. Y así los traen. Bien lindos, dice Sergio, de colores, con bolitas brillantes. Chulos.

Sergio carga su mochila negra Adidas con vibradores, repleta la mochila negra, vibradores de veinte centímetros de largo y entre tres y cuatro centímetros de grosor. Recuerda el primer día en que vendió un vibrador. Puso el anuncio en Revolico.com –el sitio digital de anuncios clasificados que funciona de manera ilegal entre los cubanos– y en menos de dos horas le llegó la primera llamada. Una secretaria, cabello oscuro y acartonado, seriamente vestida, pidió que por favor le llevara uno a su trabajo. La secretaria lo aguardó a la entrada, le parecieron perfectas las medidas, largo y ancho justo como ella lo necesitaba, pagó el dinero y se marchó.

–Pero la gente casi siempre se pone misteriosa –dice Sergio.

–¿Cómo?

–Misteriosa. Pasan trabajo para decirte lo que quieren, y nunca, casi nunca dicen que son para ellos.

–¿Para quién entonces?

–La gente se justifica antes de comprarlos. Me llaman y me dicen no son para mí, es un regalo para mi suegra, es un regalo para una amiga que hace rato no hace nada. Ellos no saben que a mí lo que me interesa es vender. Y también se ponen bravos a veces. Si estoy ocupado y no se los puedo llevar, o si es muy tarde y estoy durmiendo, se enfurecen, me hablan alto, me dicen que van a buscarlos a donde yo les diga. Y se ponen intensos también.

–¿Cómo?

–Una pareja de Guanabacoa me llamó y fui a llevarles un vibrador. Él era mucho mayor que ella. Luego querían otro para regalarle a la mamá de la mujer y también se los llevé. Me dijeron que guardara su número por si entraba otro tipo de juguetes. La mujer empezó a escribirme cada tres días, hasta que envió un mensaje diciéndome que hacía rato querían preguntarme algo, que los disculpara a ella y a su esposo, que si yo era gay, y que ellos estaban teniendo fantasías sexuales conmigo hacía un tiempo. Les respondí que era gay, pero no estaba interesado.

Hace poco le entró a Sergio otra de esas llamadas.

–Yo soy cineasta –le dijeron–, trabajo en el ICAIC. ¿Sabes qué es el ICAIC? Bueno, estoy en plena filmación para una película y necesito un vibrador. Había pedido uno prestado y se rompió. Necesito reponerlo. Voy a buscarlo ya.

–Se ponen imaginativos, viste. La gente se complica y se enreda porque quiere.

La respuesta que puede dar la psicóloga Mariela Rodríguez a esto, o sea, a que la gente se escabulla, se regodee, invente otras historias de otras gentes que jamás son ellos, resulta bastante sencilla: son cuestiones de la intimidad.

–No creo que sea un tema tan cubierto de prejuicios sino que las personas con su intimidad tienen cierto pudor, cierto recato. Además, no están expandidos en el país los juguetes como industria. La gente los usa, pero cuando no los tiene, utiliza lo que tenga a su alcance. No suelen hablarlo públicamente como no dicen públicamente que se masturban.

Al preguntarle a Sergio si los vende siempre sin problemas, si nunca al cliente le disgustan, o si les parece muy alto el precio, dice no. Nunca les disgustan, jamás les han parecido caros.

–Lo que hacen es pedir otros tipos. Que les traiga anillos vibradores, bolas chinas, muchas lesbianas me llaman para comprar cinturones, a la gente le gusta mucho los conejitos, esos sí los doy en 35 CUC, llevan cuatro pilas, tienen leds, se les regula la vibración, son de silicona, la gente se queda loca y se venden al momento. A la universidad fue una vez un hombre a comprarme uno, y llevó a su mujer para ver si le gustaba, y la mujer callada, miraba el vibrador, el hombre hablaba con ella y ella ida, estábamos dentro de su carro para que nadie en la universidad se diera cuenta. A la gente le encanta, es que los que vendo son muy lindos, los prefieren morados, pero si no hay morados compran de cualquier color. Yo les explico todo, porque algunos preguntan cómo funcionan, les enseño cómo se sube y se baja la velocidad, y les digo siempre, para que les duren, que no les dejen las pilas puestas si no los van a usar, porque se calcinan.

La única vez que lo contactaron para devolverle fue una pareja de lesbianas porque el vibrador era demasiado grande e incómodo para ellas. De ahí en fuera, Sergio recibe cinco, seis, siete llamadas por día. Aunque la gente apenas tiene acceso a Internet, dice. Aunque los ponga al precio que sea, dice. Aunque Revolico.com le retire el anuncio.

–Varias veces lo han retirado ya, pero yo busco la forma, la manera, y ellos ni cuenta se dan.

***

Ellos ni cuenta se dan, y Sergio busca la manera. Como en el sitio no hay apartado para objetos sexuales, Sergio coloca su anuncio donde dice Electrodomésticos, Mascotas, Implementos Deportivos. Sin conocimiento alguno de cuestiones de compra o venta, se ha lanzado a desafiar asuntos de marketing.

–Trato de que a la gente le dé ganas de comprar y sea creíble.

El anuncio actual dice:

“Si lo que está buscando es la mejor calidad, entonces no dude en ponerse en contacto. Tenemos los mejores vi–bradores, y de la mejor calidad. Puede pasar infinidades de noches de placer con su pareja, o simplemente contigo, si lo prefieres mejor. El encargo se le lleva hasta donde usted desee siempre y cuando no sea muy lejos, se garantiza la mayor discreción. No dude en llamar, no se arrepentirá. Recuerde que usar vi*bradores no es un pecado. Siempre q llame desde un fijo se le devolverá la llamada al momento”.

Sergio ha tenido que diseñar, violentar, maltratar las palabras un poco. Ahí donde se supone que la palabra empieza a fluir, Sergio ha fijado un dique. Ya le han escrito del sitio explicándole que pretenden eliminar cualquier contenido vulgar y ofensivo, le han dinamitado el anuncio, se lo han desaparecido. Si lo que les parece mal son las palabras claves –la palabra vibrador, para ser más precisos– Sergio coloca un guion entre una letra y otra. Podría ser también un asterisco, un punto. Como si destruyéndola, estuviera entonces rescatando la palabra.

Otras veces, ha dicho, no rastrean su anuncio por la palabra sino por el número de teléfono. En este caso airea el número, le deja espacio, dos, tres espacios. Salvando el número, salva la palabra y a él mismo, que no puede parar la venta.

Si le prohibieran el anuncio para siempre, Sergio tendría clientes por unos meses más. La gente ha quedado tan satisfecha que ha compartido su contacto, y ya lo localizan amigos, parientes y conocidos de clientes anteriores que incluso lo llaman para agradecerle: “Me ha venido súper bien esto”, le han dicho.

Y así le dirán mientras en La Habana haya tan pocos, casi ocultos vendedores de juguetes sexuales. Ha escuchado los rumores de algunos intentos de sexshops, o personas que por la avenida 23 te proponen fugazmente al oído: “revistas pornográficas, revistas pornográficas”. No duda que el negocio se expanda, es más, convendría que suceda por el bien de la gente. A él apenas le alcanza su mercancía y de algo está convencido: la ciudad, Cuba, es una mujer de matrimonio cincuentero que debería, por bien propio, abrir las piernas a un objeto clandestino y dejarse arrastrar a lujuriosos sitios de placer.

***

Ilustración: Coco

Dejarse arrastrar a lujuriosos sitios de placer. Iván y Ulises pensaron en esto. Ambos ingenieros eléctricos, ambos jóvenes rozando los 34 de edad, ambos profesores de la CUJAE, universidad de ciencias técnicas de La Habana. Pensaron en esto, y en que un buen negocio empieza donde más disfrutable sea el gasto del dinero.

La industria del juguete sexual en el mundo reporta anualmente ingresos aproximados de 15 mil millones de dólares. La gente los busca, los rastrea, no titubea a la hora de comprarlos. El 52 por ciento de las mujeres seleccionadas para cierto estudio del Centro de Promoción de Salud Sexual en la Universidad de Indiana, en Estados Unidos, reconoció haber usado un vibrador; el 83 por ciento dijo usarlo para estimular el clítoris y el 64 por ciento lo lleva al interior de su vagina. Un 45 por ciento de los hombres asegura haberlos utilizado con su pareja y un 16 por ciento de manera individual.

Las personas encuestadas –y en eso sí coinciden casi todas– se han sentido satisfechas al ver que ayudan altruistamente a su pareja a alcanzar el orgasmo; otras dicen haber salvado su relación gracias al uso de un juguete sexual; unas pocas experimentaron entumecimiento en genitales al menos por un día, y algunas aceptan haberles dicho a su pareja que, por favor, disminuyeran la velocidad del artefacto.

Otro grupo, por su parte, declara haber seleccionado este o aquel juguete sexual – ya sea vibrador, anillos vibradores, dildo, bolas chinas, estimulador prostático– según el mood del momento. Si se sienten románticos, si prefieren algo fuerte, o si quieren relajar los músculos. Algunas veces han usado, también, aceites y plumas, variadas marcas de lubricantes, esposas, látigos, algún tipo de lencería y demás accesorios.

Muchos son los que prefieren el vibrador de tipo Conejito Rampante, de diferentes tamaños, colores y nombres. Tienen para escoger: el Mini Conejito Rampante Lila, o el Vibrador Ultra Eclipse Omega, el Funky Rabbit Vibrador Rampante Rosa, el Ultra Eclipse Penguintronic, el Conejito Rampante Edición Blanca o el Cincuenta Sombras de Grey Vibrador Conejito G–Spot.

Se retuerce la gente, se quiebra la gente, un impulso eléctrico les arquea la espina dorsal.

Iván se acercó a Ulises un día cualquiera y, después de conversar, algo entendieron: fabricar objetos sexuales resultaba un negocio redondo, inexplorado en Cuba, y pensaron en la posibilidad de hacerlos ellos mismos. Iván tenía la tecnología para confeccionar el cuerpo, y Ulises podía encargarse de la parte electrónica, que el aparato vibrara y se recargara.

–Pero me chocó un poco–dice–. Eso de hacer vibradores estaba extraño. Me quedé pensando en cómo los íbamos a vender. Realmente no me parecía algo a lo que me quería dedicar, aunque empecé a leer.

Supo que a finales del siglo XVII los objetos sexuales se usaban para curar, según los médicos de entonces, la histeria femenina, y que los egipcios, los griegos y los romanos se divertían con dildos de madera.

–No es algo que se haya inventado hace poco. Lo más importante para el funcionamiento del vibrador es que dentro tenga una masa pegada al instrumento, oscilando a alta velocidad, normalmente un motor.

–¿Y dónde buscaban los motores?

–Eso fue lo que pasó, la idea se fue al traste porque no había manera de conseguir los componentes electrónicos. Pensamos sacar los vibradores de los celulares rotos, pero no tenían la potencia suficiente. Se necesitan motores de corriente directa de alta velocidad, capaces de proporcionar muchos giros. Normalmente se les pone un volante que los hace vibrar. La otra opción son motores capacitivos, con un capacitor que se carga y se descarga y eso hace vibrar el aparato.

Los otros componentes sí los tenían. El látex, el vaciado, el plástico. Llegaron a fabricar, incluso, la armazón interna: un cilindro plástico que simulaba un pene erecto.

–Trabajamos en un torno en la misma CUJAE, pero no logramos conseguir los vibradores y al final lo dejamos. Lo más caro es la batería, el cargador y el motor. Lo demás cuesta muy poco.

–Si los hubiesen terminado, ¿en cuánto los habrían vendido?

–La idea era que costaran menos de 20, entre 15 y 17 CUC. Y te digo, de verdad era un buen negocio.

–Pero no legal.

–Bueno, eh, legal, legal no, seguro que no.

La Ley número 21 del Código Penal de Cuba lo aclara en el artículo 359: “Se sanciona con privación de libertad de tres a nueve meses o multa hasta doscientas setenta cuotas o ambas al que (…) produzca o ponga en circulación publicaciones, grabados, cintas cinematográficas o magnetofónicas, grabaciones, fotografías, u otros objetos obscenos, tendentes a pervertir y degradar las costumbres”.

***

Como Sergio tampoco conoce –y prefiere no conocer– la Ley 21 del Código Penal, mantiene el negocio. Hoy acumula varios encargos: una mujer que alquila habitaciones y pretende ofrecer el servicio de renta de vibradores; un hombre de provincia que quiere le envíe un vibrador con unos amigos de visita en La Habana, y que lo envuelva mucho, lo envuelva una, dos veces, que necesita privacidad; una estudiante de Filología, y varios encargos más.

–Siempre me dicen que soy la primera persona que encuentran que vende juguetes sexuales.

Pero en Cuba, país donde no hay sexshops como estanterías de libros o como quioscos de venta, la gente juega con otras cosas. Dice la psicóloga Mariela Rodríguez:

–Se echan cremitas o chocolates, usan las sábanas o almohadas para frotarse o masturbarse, usan desodorantes, peloticas, perlitas. Las personas exploran y los utilizan como parte del juego erótico según lo que cada cual disfrute, según lo sientan estimulante o excitante. La gente cada vez tiene menos prejuicios con cosas que eran objetos de prejuicio hace tiempo, la gente legitima cada vez más el sexo en grupo, los encuentros casuales, el uso de la pornografía. Cuando vengan las sexshops a Cuba, que van a venir más tarde o más temprano, la gente claro que va a ir y los va a comprar y los va a usar.

Mientras, existe, en La Habana de 2016, un joven, un negocio, los clientes, ilegal la mercancía, La Habana, un negocio, los clientes, el joven.

Vi–bradores. Ya lo saben. Se garantiza la mayor discreción.

*Sergio, Yanara Cuevas, Ulises –o sea, el vendedor de juguetes, la aduanera, el profe de electrónica en la CUJAE–, han pedido que se le respete la identidad, para precaver problemas en sus centros de trabajo y estudio. Por esta razón sus nombres fueron cambiados.

Tomado de El Estornudo.

 

PorSi: El Porno que le hace frente a estereotipos

El Porno, como el producto cultural, no deja de proponer ciertos valores. Y alguien se preguntará: ¿qué valores puede tener tener un producto como el porno?

Parto de que el Porno, legitimado por la industria del entretenimiento, es misógino y sexista y tiene como destino final, solo y exclusivamente, la mirada masculina. Ahí están los valores que él propone: una mujer sumisa, que queda relegada a la satisfacción del hombre y que para colmo está inoportunamente vestida. Es aburrido, ficticio, falso…en mi opinión.

Sin embargo, mucha gente lo consume —hay cientos de estudios que revelan la popularidad de los sitios web pornos—, muy a pesar de que nuestras sociedades están matizadas con valores cristianos, donde porno es por definición condenable. Doble moral, digo.

Pulula entonces esta variante: una película de ficción muy alejada de lo que realmente sucede en un encuentro erótico. Y es de esperar que responda únicamente a las fantasías masculinas.

Por otro lado, en muchas ocasiones todo lo que tenga como calificativo la palabra feminista es entendido como algo soso, sin sustancia y lejos del disfrute. Es por ello que la respuesta a la pregunta que encabeza este texto puede ser contundentemente un NO. En realidad nada más alejado de la verdad. Voy por partes.

No se trata del llamado Porna, que tiene como grupo meta a las mujeres; sino de una otra variante dirigida tanto a los hombres como a las mujeres y donde las relaciones sexuales son muchos más naturales.

Del mismo modo, el carácter de objeto frecuentemente destinado a la mujer es sustituido por un rol bien activo en la búsqueda del placer. De manera similar no hay poses tan incómodas que una se cuestiona la veracidad de lo que se está viendo.

Y ES QUE EL SEXO ES PARA DISFRUTARLO, CREO YO, SIN LA INCOMODIDAD DE UNOS TACONES Y UNOS LIGUEROS.

Lo anterior ha sido el punto de partida para que aparezcan y se consoliden otras variantes del porno, entre ellas el feminista, el que ha sido denominado también PorSi, y su origen se sitúa en los años sesenta. El mismo ha sido concebido por activistas, artistas y creadores feministas hartos de la mirada voyerista masculina, por una parte y, por otra, de los artificios que siempre están presentes en el porno tradicional, y en su lugar han propuesto a las mujeres como protagonistas de sus propios deseos.

Importante saber que Porsi o porno feminista no se concentra, como esperarían algunas personas, solo en las relaciones lésbicas —ese es otros de los prejuicios, considerar que cuando se habla de feminismo se habla necesariamente de lesbianismo—. Las peliculas Porsi incluyen toda la gama posible de erotismo y sexo.

Para culminar, quisiera decir que entre los aportes colaterales del Porsi están la deconstrucción de los cánones de belleza contemporánea, los que legitiman y estimulan prácticas como la depilación del pubis, el autoconocimiento del propio cuerpo de las mujeres, y la desarticulación del lenguaje que las ciencias, y en especial la medicina, han otorgado a los órganos que participan del placer.

Entonces: Es posible hablar de la existencia del Porno feminista, ¡por suerte!

Publicado en Hablemos de sexo y amor.

Foto de portada: Sahily Borrero

Me dicen Cuba: Temas y sus Últimos Jueves. Aprendiendo a debatir

Temas y sus Últimos Jueves: aprendiendo a debatir. Entrevista con Rafael Hernández
Por Norge C. Rodríguez Almiñan y Sandra Abd’Allah-Alvarez RamírezCuando Rafael Hernández, director de la revista Temas, se preparaba hace un par de semanas para visitar la ciudad de Santiago de Cuba, se comunicó conmigo para que le asistiera en un proyecto de encuestas, en dicha urbe, sobre el consumo de la publicación que él dirige.Sin dudarlo, acepté acompañar en esta empresa al intelectual que lidera una de las revistas que consumo habitualmente, casi con obsesión. Mi emoción era tanta que la compartí con Negracubana o Sandra, mi amiga de “andazas feisbuqueanas”.

En una conversa cómplice elaboramos el cuestionario de preguntas que le presentaríamos a Rafael. En esas circunstancias nació esta entrevista que tuvo como lugar el patio de la sede provincial de la UNEAC, luego de unas de las conferencias que ofreció en la ciudad.

Para comenzar: ¿cómo se genera la lista de los temas de debates de la revista?

Dos veces al año se reúne el Consejo asesor y el Consejo editorial, alrededor de 35 personas. En una de esas dos reuniones se proponen los temas que al equipo le parecen apropiados para los panales de Último Jueves o para los números de la revista.

Para los números de la revista se requieren temas sobre los que podamos reunir resultados de investigaciones, para los paneles no necesariamente, pero sí deben tener un perfil contemporáneo o, eventualmente, puede ser un tema histórico de interés en el presente. El objetivo es lograr una agenda lo más equilibrada posible, es decir, que no todos los análisis sean sobre “la economía” o sobre lo “que va pasar con la economía”, por ejemplo. Después de que se hace ese listado, se circula a los miembros de los Consejos y ellos votan. Los 10 temas más votados son los que integran la agenda delÚltimo Jueves.

 

Se discute bastante sobre el impacto de los debates, ya sean presenciales o virtuales, en la sociedad civil. ¿Le parece suficiente un espacio, como el propiciado por Temas, para lograr ciertos cambios en la sociedad cubana?

No, no creo que ningún espacio de debate por sí mismo puede ser suficiente para lograr cambios en la sociedad cubana; creo que puede contribuir a tomar conciencia, a entender algunos problemas.

El propósito del Último Jueves no es lograr tener impacto en la política; si los políticos están al tanto de la discusión, si se interesan en los temas (y en muchos casos se interesan en ellos), el debate puede contribuir, porque se presentan visiones diferentes, se producen intercambios y entre todas esas visiones hay razonamientos, interpretaciones, caracterizaciones de problemas.

El propósito no es intercambiar impresiones, sino tratar de entender un problema. Si se logra poner encima de la mesa un grupo de interpretaciones y de reflexiones sobre un tema, que aborden aspectos diversos sobre él, hemos alcanzado el propósito. Se trata de aprender colectivamente, enseñarnos entre todos a entender un problema y a pensar en posibles fórmulas para enfrentarlo y rebasarlo.

El hecho de que eso se pueda convertir después en política es algo que escapa completamente al alcance del espacio. El espacio pretende servir como bien público. Los debates se encuentran después en la revista, en los libros de Último Jueves o en los vídeos que estamos difundiendo, los cuales tienen como propósito multiplicar el efecto de Último Jueves en otros escenarios interesados, para otras instituciones o grupos de personas que quieran discutirlo.

Sobre el enseñar a debatir, creemos que Temas tiene un papel importante en este sentido, aunque no sé si ha sido un objetivo explícito. En nuestra opinión, salvo contadas excepciones, los debates transcurren como verdadera exposición de argumentos que enriquece a los presentes. ¿Cuál ha sido la clave de Temas en este sentido?

La clave es la perseverancia, el entrenamiento; la clave es persistir en mantener y desarrollar ese espacio de debate que nunca se ha cancelado, que nunca se ha interrumpido y que nunca ha dejado de mantener su carácter plural.

Hemos tenido críticas y cuestionamientos, en determinado momento ha habido personas que no se han comportado de acuerdo a las normas, pero eso ha sido muy episódico, muy excepcional; la catarsis, el chancleteo, la tribuna se han ido reduciendo y le han dado más espacio a la argumentación, a la presentación de visiones analíticas, etc.

Ha costado trabajo pero creo que lo más importante ha sido poder mantenerlo, porque en mantenerlo está la virtud, en que las personas puedan decidir que van a continuar viniendo, en que tengamos usuarios, una población fija, permanente, que viene siempre a los Últimos Jueves. También que esa población se haya hecho más diversa, más joven por ejemplo, definitivamente con distinta visiones, interpretaciones, e incluso con distintas opiniones políticas es un logro. Eso solamente es el resultado de haber podido permanecer, de haber podido capear las ventoleras que han soplado de un lado y otro.

Decididamente la revista es puntera en el tratamiento de ciertos temas. ¿En un futuro cree posible la inclusión  de temáticas como la pornografía o la prostitución? ¿Qué temática no ha sido abordada en Temas y por qué?

Hay muchas temáticas que quisiéramos tocar, la única razón por la que no se han tocado es porque el consejo asesor no ha votado por ellas. Por ejemplo, hace un rato me hablaban del tema de las relaciones médico-paciente y el patrón cultural que las marca, el elemento de la tradición que está presente de forma vertical en ellas y en la salud pública, sector del cual nos enorgullecemos, pero donde hay una estructura muy jerárquica, a veces muy autoritaria hacia el paciente. Ese tema, por ejemplo, lo hemos propuesto varias veces, pero no ha sido votado por la mayoría, igual que muchos otros que pueden aparecer.

También hicimos un panel sobre el erotismo en la cultura que tocó el tema de la pornografía. Obviamente es un problema que está asociado con una visión del erotismo y volveríamos sobre él abordando otros aspectos de la problemática de la sexualidad. Y sobre el tema de la prostitución pasó que quisimos conseguir artículos, ensayos, investigaciones sobre la prostitución para publicarlos en la revista y no los conseguimos. Nos dimos cuenta de que no había trabajos serios de investigación acerca del tema y eso nos hizo posponerlo, pero creo, ahora que lo mencionas, que podría ser un buen tema para Último Jueves.

Muchos intelectuales cubanos, y la sociedad en general, debaten hoy sobre nuestra televisión, sobre los problemas que tiene y los cambios que necesita. ¿Se ha realizado alguna coordinación para trasmitir los debates de Temas en la televisión? ¿Cree que algún día los trasmitirán en vivo?

Nosotros en determinados momentos hemos logrado que un programa de radio vaya a la revista, reporte y trasmita desde ella. Hace mucho tiempo logramos hacer eso un par de veces.

La televisión está pidiendo supuestamente programas de debate, aquí están esos programas de debate, podrían utilizarlos. Ahí hay una tensión entre lo que se dice que se quiere, lo que es la política enunciada, y lo que es la práctica. A la hora de enfrentar el tema del debate en la televisión pasa lo mismo que en los espacios institucionales: la política enunciada es que se deben multiplicar los espacios de debates institucionales que faciliten, que regularicen, que le den realidad a la idea de que existe un debate sistemático y un espacio para expresar puntos de vista discrepantes de manera regular.

Sin embargo, una cosa es enunciarlo y otra cosa es ponerlo en la práctica. Es la historia del pescao que se compra y después se le coge miedo a los ojos; a la hora de ponerlo en práctica se le coge miedo a que haya intervenciones estridentes, y es lógico que las haya y que las va a haber siempre, que haya personas que participen y no resulten las mejores para contribuir a crear un ambiente de diálogo. Pero eso no nos puede llevar a nosotros a abandonar el propósito, ni a dejar que nadie secuestre ese espacio, a través de ninguna acción, de ninguna intervención flamígera. Eso no lo podemos permitir, tenemos que mantenerlo a toda costa y con la colaboración del auditorio. Lo hemos podido hacer hasta ahora, y con relativo éxito, porque hemos contado con un público que ha participado activamente en el propósito de evitar situaciones que desequilibren el espacio o que creen situaciones estridentes.

La televisión le tiene mucho miedo a hacer un programa en vivo. Incluso editado en vídeo no lo quieren poner o se resisten a ponerlo, o le encuentran defectos al programa por esto del “síndrome del pescao y de los ojos”. Eso indica que va a ser muy difícil que acepten hacer un programa en vivo. Yo no aspiraría a que hicieran un programa en vivo; aspiraría, aspiro todavía, y no voy a dejar de hacerlo, a que pongan los vídeos de Último Jueves por la televisión.

¿Qué ocurre?, que nosotros no podemos esperar para difundir esos vídeos, para que cumplan una función social; no podemos esperar a que lo pongan por la televisión, tenemos que difundirlos. De hecho, lo estamos haciendo con la intención de ofrecerlos a quien quiera utilizarlos para aprender o para reproducir esa discusión en una escuela, en una universidad, en una iglesia, en un sindicato, en una casa de cultura, en un espacio comunitario, o en donde sea. El material en vídeo tiene una manera o estilo, una forma de presentar el problema que puede ser interesante, amena, atractiva y puede, al mismo tiempo, tener las ideas centrales que se discutieron. Eso, al igual que la publicación de la revista, es parte de la misión de Temas, expandir el espacio del debate, de la reflexión y contribuir desde el conocimiento a hacernos más ilustrados.

La revista Temas aborda tópicos que generalmente son polémicos e incómodos para algunas personas. ¿Qué experiencias han tenido con la censura?

Nosotros nunca hemos dejado de publicar un trabajo que hayamos querido publicar. A veces hemos recibido opiniones críticas, pero son cada vez menos.

En los primeros tiempos de la revista había personas en posiciones jerárquicas importantes que no la querían, no les gustaba, pero había otros que sí y la revista pudo continuar sin abandonar su objetivo, sin apartarse de la línea para la que fue creada.

Es una revista del Ministerio de Cultura, no es una revista creada por un grupo que se reúne en un parque y decide crear una revista. Temas proviene del propósito de la política cultural de propiciar espacios de reflexión. Pero una vez creada es un medio con un alto grado de autonomía y nunca, absolutamente nunca, el Ministerio de Cultura nos ha dicho que tratemos un tema ni que le dediquemos un número a nada. Eso lo decide, como dije antes, el Consejo Asesor, el Consejo Editorial de la revista.

Sí nos ha ocurrido que algunos de los textos que hemos publicado han sido considerados polémicos o problemáticos, a veces por el autor, en otras ocasiones por el tipo de argumento o el tema de que se trata. Pero eso es natural y forma parte del tipo de resistencia que es necesario vencer, y no con “el filo del machete”, sino con el diálogo, la negociación y con la persuasión.

¿Qué puede hacer Últimos Jueves de Temas para disminuir el habanocentrismo y propiciar el debate en otras provincias?

Hemos ofrecido una y otra vez a varias provincias que organicen el espacio de Último Jueves, que mantengan el formato del espacio con participantes de la provincia o de la ciudad, que se pueda debatir. Lo hemos hecho aquí, en Santiago de Cuba, y también en Cienfuegos, Matanzas y Santa Clara.

Siempre repito que Cuba es un país excepcional, entre otras cosas, porque tiene la inteligencia muy repartida, no concentrada en la capital de la república, y nosotros queremos reflejar esa inteligencia y esos grados de desarrollo importantes que existen en muchos lugares de la Isla.

Nosotros hemos invitado a participar en paneles de la revista a personas que viven fuera de La Habana, pero naturalmente se tienen que desplazar. Seguimos invitando a personas que quieran participar como panelistas o asistentes, que asistan a los Últimos Jueves. Nos encantaría que cada vez más hubiera participantes de otros lugares del país. De manera que la puerta está abierta.

Pero además estamos listos para escuchar las propuestas de las provincias, de las universidades, de la Unión de Escritores, de las instituciones culturales para hacer estos paneles de debate, poder contar con su apoyo e incorporarlos al flujo de producción y difusión que la revista tiene por delante. Ojalá podamos hacerlo. Ha sido la política deTemas y estoy seguro de que muy probablemente para el próximo año vamos a poder hacer más de uno de esos paneles. Eso nos llena de satisfacción.

Igual, muchas veces los premios de ensayo de la revista, un premio muy competitivo, los han ganado intelectuales que no viven en La Habana. Asimismo, en incontables ocasiones hemos publicado muchos artículos escritos por intelectuales que no viven en La Habana. Las puertas de Temas han estado siempre abiertas y lo siguen estando para la colaboración.

Publicado en Progreso Semanal

Fotos tomadas de Progreso Semanal

Desde el clítoris hasta el PorSI

«Lo personal es político», dijo hace varias décadas el feminismo. Es por ello que encuentro relevancia en cómo aquello que pasa en nuestra vida privada también tiene que ser parte de agendas políticas, y en este sentido las construcción heteropatriarcal del cuerpo, el erotismo y el placer son tópicos a tratar en cualquier debate que pretenda desconstruir el patriarcado.

Y es que llevo 3 días reflexionando sobre el asunto luego de que el pasado jueves asistí a una conferencia, impartida por la doctora Laura Méritt,  que proponía un recorrido desde el clítoris hasta el Poryes (Porno si), una corriente que desde el feminismo defiende como derecho humano la posibilidad de que las mujeres se empoderen de sus cuerpos y construyan nuevas sensaciones deseos y también nuevas experiencias.

A ver si lo explico más claramente. Todos, espero, conocemos que existe el Porno, aquellos productos (audiovisuales, libros de historias, revistas, etc.) donde se presentan las supuestas prácticas sexuales de los seres humanos. Sin embargo, ese Porno, legitimado por la industria del entretenimiento, es misógino y sexista y tiene como destino final, solo y exclusivamente, la mirada masculina. Eso es un hecho.

Pues desde los años sesenta, mujeres feministas, a quienes por supuesto no les interesa discutir desde la moral (y a mi tampoco), han propuesto el PorSi entiéndase, una corriente que legitima el derecho al disfrute pero donde las mujeres no son objeto del deseo masculino sino protagonistas de sus propios deseos. Y por supuesto no se trata de prácticas lésbicas, también de y en relaciones heterosexuales.

En la conferencia de Méritt pudimos por ejemplo, visionar un vídeo-clip hilarante que defendía el vello púbico, porque se conoce que detrás de depilación del pubis, este parece como infantil. También vimos fragmentos de cine porno, primera vez para mi en público, donde ciertamente las imágenes son mucho mas reales y conectadas con lo que sucede entre personas reales y que nada tienen que ver con la espectacularidad que nos presenta el Porno tradicional.

Podría decir además que hay un elemento instructivo pues se hacen performance donde por ejemplo una mujer luego de examinarse a ella misma con un espejo, permite que el publico se acerque para que vean su vagina, cuello del útero, etc. Esto me parece genial pues entre nosotras no es muy común tocarnos y examinar personalmente nuestros genitales si no hay una razón de peso. Mucho menos dejar que los otros lo vean.

Imágenes como esta son las que se desconstruyen dentro dentro de esta novedosa manera de nombrar el cuerpo femenino.
Imágenes como esta son las que se desconstruyen dentro  de esta novedosa y empoderada manera de nombrar el cuerpo femenino y su participación en el erotismo.

Se hablo también durante toda la conferencia,  de las trampas del lenguaje que la medicina, y la anatomía en especial, nos ha lanzado, al nombrar los órganos que participan del placer, vagina por ejemplo y al categorizar los orgasmos como clitoriales o vaginales, cuando es posible experimentarlos con con cualquier parte de nuestro cuerpo y hasta sin la intervención de los genitales. El tema de la eyaculación femenina, que Méritt prefiere llamar «fluido del placer» para alejarse de la nominación patriarcal, fue abordado en la sesión.

Hasta acá el comentario. Sugiero esperar con atención un artículo que escribiré sobre este tema y que estaba deseosa por sacar, pues creo que en Cuba, de manera general y también dentro del pensamiento feminista, nos debemos un debate acerca del Porno.

Las fantasías sexuales del racismo

Por Gabriel Andrade

Motumbo. Imagen racializada y racista
Motumbo. Imagen racializada y racista

Motumbo es un personaje de tiras cómicas más o menos popular en internet. No se especifica de cuál país procede, pero es presumible que viene de África. Tiene el cabello en forma de afro, y es bastante musculoso. Pero, su rasgo principal es su enorme pene: a veces se compara con una serpiente anaconda, otras veces con un mazo. Las mujeres blancas que Motumbo encuentra a su paso sienten una extraña combinación de miedo y fascinación con el personaje. Muchas quieren estar con él, pero el gigantesco tamaño de su miembro les genera angustia.

Admito que, al contemplar estas historietas, me ha causado risa, y por qué no, envidia (si acaso existe aquello que Freud llamó ‘envidia del pene’, no sería de las niñas hacia los niños, ¡sino de gente común, como yo, hacia estos personajes sexuales caricaturescos!). Y, de hecho, los propios comediantes negros en EE.UU., Canadá, América Latina, Sudáfrica e Inglaterra, explotan esta imagen jocosa. Ellos mismos se ufanan de tener penes inmensos. Y, a medio camino entre la jocosidad y la seriedad, plantean sus supuestas dotes genitales como una forma de reivindicación social frente a la opresión. Bajo esta idea, los negros estarán en lo más bajo de la jerarquía social, pero en el tope de la jerarquía de atractivo sexual: las mujeres blancas se aburren con sus maridos insípidos de penes pequeños, y se vuelven ninfómanas al ver a los negros.

La pornografía explota aún más estas imágenes. Escenas de rubias tímidas con negros musculosos y con penes grandes son de las más populares. Incluso, en algún género de pornografía, los negros musculosos tienen relaciones con las mujeres blancas mientras sus maridos observan en frustración. Y, no sólo se trata del tamaño del pene, sino también de la intensidad de la actividad sexual. El negro es un potro insaciable, mientras que el blanco no tiene el rendimiento suficiente para satisfacer a su esposa. En todo este imaginario, por su parte, los asiáticos tienen el pene más pequeño, al punto de que es casi irreconocible como genital masculino, y por supuesto, su actividad sexual es muy reducida.

Un poco de comedia no viene mal, alegarán muchos. Pero, en realidad, todo esto tiene efectos muy serios. En varios países asiáticos, por ejemplo, se ha diagnosticado el extraño síndrome mental llamado koro: el paciente tiene la idea delirante de que su pene se reduce, hasta desaparecer. Si bien es un síndrome que se ha documentado desde tiempos antiguos, es presumible que sobre este síndrome inciden las imágenes mediáticas de hombres asiáticos con penes pequeños.

Más aún, una breve revisión de la historia de tensiones raciales en África, Europa y sobre todo, América, revela que la imagen del negro con pene grande no es tan cómica. El nacimiento de una nación, un clásico filme racista norteamericano de inicios del siglo XX, glorifica al Ku Kux Klan. Anticipándose a estas comedias  y a la pornografía, El nacimiento de una nación presenta la imagen del negro hípersexualizado que asecha a mujeres blancas. Pero, a diferencia de la pornografía y la comedia, la mujer blanca no ofrece su consenso, y es violada. Como consecuencia, los hombres blancos se organizan en grupos paramilitares, y linchan a los negros (supuestamente violadores) colgándolos de los árboles.

Los linchamientos de negros no fueron mera cuestión de ficción cinematográfica. En EE.UU., hubo una terrible ola durante la primera mitad del siglo XX. Hordas de gente blanca acosaba a sus víctimas negras, e infligían castigos bestiales, siempre con la acusación de que los linchados eran violadores. Así, se fue fortaleciendo en toda América la imagen del hombre negro que, con su insaciable sexualidad, amenaza al orden social. Y, entre los blancos se formó la obsesión de que la integridad y el honor de las mujeres blancas debían ser resguardados, pues si bien los negros tienen algún aspecto bestial, son peligrosamente seductores.

La mujer negra no fue objeto de estas fantasías sexuales en la misma medida que el hombre negro, pero tampoco estuvo exenta de ello. En la historia de la esclavitud y el colonialismo, hubo dos formas de representarla. La primera era la imagen de una mujer bonachona y casta, nodriza de las crías blancas, encargada de las labores del hogar, demasiado fea como para ser sexualmente atractiva. La segunda era la imagen de una mujer exótica con algún atractivo, pero con sexualidad peligrosa, más propia de las bestias, un prototipo de la femme fatale.

Sara Baartman,  ‘Venus hotenote’
Sara Baartman, ‘Venus hotenote’

A medida que se fue desarrollando el racismo científico en el siglo XIX, se le fue añadiendo un barniz científico a todas estas imágenes estereotipadas. Había una curiosidad científica por la conducta sexual de las distintas razas, pero en el fondo, todo esto estaba más cerca de la pornografía que de la ciencia.

Quizás el ejemplo más bochornoso de esto fue la historia de Sara Baartman, la llamada ‘Venus hotenote’. Originaria de la tribu de los khoikhoi, en la actual Sudáfrica, Baartman fue vendida como esclava a los británicos, y llevada a Londres en 1810. Baartman tenía nalgas preponderantes, y trató de convencérsela de que formara parte de un espectáculo en el cual mostraba sus nalgas al público, y permitía que los miembros de la audiencia las tocaran. Hubo denuncias de que esto era una forma de esclavitud (pues esta institución había sido abolida en Inglaterra en 1807), pero según parece, Baartman dio su consentimiento a participar en estos espectáculos. Baartman fue publicitada como la ‘Venus hotenote’ (los holandeses llamaban ‘hotenote’ a los nativos de Sudáfrica), haciendo énfasis en el enorme tamaño de sus órganos sexuales y sus nalgas. Baartman tenía el rasgo que hoy llamamos ‘esteatopigia’ (acumulación de grasa en las nalgas), y los labios vaginales alargados (rasgos más o menos frecuentes en las mujeres de grupos joisanes en Sudáfrica), y esto despertaba una enorme curiosidad.

Baartman fue luego trasladada a París y exhibida en un zoológico humano, junto a varios animales. Ahí despertó el interés del científico Georges Cuvier, quien tenía firmes intenciones de examinar sus labios vaginales. Baartman murió en una condición miserable, y Cuvier realizó un estudio anatómico de su cuerpo. Presentó los resultados a academias de científicos, en términos muy deshumanizantes: comparó los genitales de Baartman con los de los simios, mutiló su cadáver, y vendió piezas a distintas academias. Desde ese momento, Baartman se convirtió en símbolo de la humillación de Sudáfrica por parte de los poderes coloniales. En 2002, casi dos siglos después, el gobierno de Francia tuvo la dignidad de devolver a Sudáfrica los restos mortales de esta pobre mujer.

Tomado de Opiniones de Gabriel Andrade