Qué es el Co-Wash y cómo puedes utilizarlo

Por Yordanka Betancourt

Uno de los mejores regalos que le podemos dar a nuestro cabello es el uso del Co-Wash, que no es más que un acondicionador con características especiales que le proporciona a nuestro cabello extra hidratación.

Como ya bien sabemos nuestro cabello es muy seco y el tratamiento que le debemos de dar es completamente diferente a las rutinas que llevábamos cuando teníamos el cabello desrizado.

Una de las ventajas que tiene el Co-Wash es que lo puedes hacer con la frecuencia que desees, así evitas el uso prolongado del champú con sulfatos (que no le da a la larga buenos resultados a nuestro cabello). Otras de las ventajas es que ayuda a desenredar con mayor facilidad, no retira los aceites que produce nuestro cuero cabelludo y además aporta suavidad.

El Co-Wash debe contener entre sus primeros ingredientes  quellos que aporten hidratación (agua, miel, Aloe Vera, glicerina) y también algunos otros que ayuden a prolongar la humedad del cabello, como los aceites y mantecas naturales: aceite de aguacate, oliva, uva, girasol, jojoba, higuereta (castor oil o aceite de ricino) o manteca de karité (Shea Butter), de mango, coco, etc…

La parte más interesante es que podemos crear nuestro propio Co-Wash en casa y aquí te dejo la receta que es muy sencilla de hacer:

  • 1 parte de Champú (Pprocura que sea sin sulfatos o lo más natural posible)
  • 3 partes de acondicionador

El secreto para tener un cabello hidratado y definido es la constancia y dedicación, este es una de las vías para lograrlo.

Consejos:

  • Te recomiendo que si lavas tu cabello cada semana al menos dos veces al mes uses el Co-Wash y después cuéntame de los resultados.
  • Intenta buscar los acondicionadores con formatos grandes y a su vez económicos , ej: TresEmme, Pantene, Suave, Herbal Essences, Alberto V5, Provost, etc.
Foto: Dalila Dalprat tomada de Pexels

Soy la Negra cubana que tenía que ser

Llevaba cierto tiempo sin escribir en este, mi espacio. Desde que creé Negra cubana tenía que ser, en el año 2006, nunca había tenido un periodo tan largo, durante cual no publicase algún texto propio. Es más, en algún momento de lo que va de 2020, pensé que, quizás, debería darle prioridad a otros proyectos por encima de continuar con este blog. Idea festinada la mía. Hoy estoy plenamente convencida de espacios como este han de mantenerse.

Abrí entonces la compu y le escribo estas letras al gobierno de Cuba, específicamente a la Seguridad del Estado, al pueblo cubano, a mis amistades y también a la gente que no me conoce. A Karlito Marx no le escribo porque él no existe. Es un perfil falso. Eso lo saben hasta los cientos de personas y cuentas falsas que le siguen. Sin embargo, quienes están detrás de ese perfil sí existen, podrían ser funcionarios, agentes de la seguridad del estado, personas corrientes, nadie sabe. Tampoco importa mucho. El texto posteado ayer desde aquel usuario de Facebook se inscribe en la ola de descrédito donde “ciberclarias” y “garrapatillas” llevan la voz cantante. Yo no pertenezco a ninguno de esos dos bandos.

Quien(es) quiera que sea(n), se aprovecha (n) de que mucha gente “scrollea” a la velocidad de la luz, saltándose toda confirmación posible. El resultado es toda una sarta de comentarios risibles, desproporcionados, llenos de odio, que parecen emitidos durante los años 80 del siglo pasado, cuando una parte de les cubanes se prestaron para tirarle güevos a los “gusanos”. Se aprovechan también de los huecos legales que existen en Cuba, de manera que no es posible denunciar este tipo de acciones con consecuencias para el delincuente —porque eso son: delincuentes—, la injuria, la difamación son, en cualquier parte del mundo, delitos.

Aquí va lo que tengo que decir sobre este incidente, uno de los tantos que he vivido en las redes sociales desde que las tomé para llevar adelante mi activismo:

A la gente que no me conoce: Googlee antes de opinar. Entre a la Wikipedia. Lea. Cultívese. Jamás he dado una entrevista a Radio Martí, ni dicha emisora se ha interesado por tener mi voz. La entrevista que se cita en el post de marras data del año 2013 y la ofrecí a la corresponsalía en Cuba de la agencia Rusia Today. A partir de ella, Radio Martí escribió una nota. Aquí les dejo los dos enlaces para que se documenten: Entrevista ofrecida a Rusia Today y Nota de Radio Martí. Por cierto, lamentablemente, lo que expresé en aquel año sigue conservando su validez y me apena que así sea. Ya no estoy tan segura que mis nietes vivirán en una Cuba más justa. Tampoco gano dinero por mi activismo. En más, en varias oportunidades me han comentado que es posible tener ingresos con un blog, a través de la publicidad —como hacen muchos medios para poder sustentarse—, y si revisan con detenimiento, notarán que en mi bitácora no existe anuncio alguno, tampoco en el Directorio de Afrocubanas, pues pago para ello. Me interesa que mis mensajes sean leídos sin distracciones. He ejercido el periodismo, desde mis principios y no desde agendas impuestas. Lo ejercí por diez años en Cuba y durante los siete que llevo residiendo fuera. También he dejado de colaborar con medios y rechazado publicaciones en libros y revistas —por razones obvias me reservo los nombres—, cuando he considerado que hacerlo atentará contra mi integridad, mis valores y, sobre todo, contra las causas que defiendo. En mis 20 años de activismo he recibido tres becas o financiamientos para participar en dos eventos: la Cumbre Mundial de Juventud Afrodescendiente, celebrada en Costa Rica en 2011, y el Congreso de LASA que me ha dado, en dos oportunidades, fondos para asistir al mismo, en 2013 y 2019. En la primera oportunidad, no me dieron la visa para entrar a Estados Unidos de América, así que no pude disfrutar de la beca que cubriría mis gastos. Acerca del bloqueo, hace poco hablaba con un amigo sobre ello. No considerar las consecuencias que esto tiene, tanto para el desarrollo del país como para el pueblo, es querer obviar una parte importante del cotidiano de la gente de a pie que tiene que luchar cada día para sobrevivir. Sí, porque en Cuba, en muchos barrios, en muchas familias, se sobrevive. Yo sentí en mi propia piel lo que era el bloqueo la primera vez que salí de Cuba, en el año 2009, cuando no pude usar mi pasaporte cubano —que por entonces no se encontraba en el programa informático usado por Western Union para hacer las transferencias—, para recibir un dinero que mi compañera me había enviado desde Europa. Y así tengo innumerables ejemplos de cómo la vida se nos hace más difícil en todos los ámbitos posibles, desde el económico hasta el más privado, el acceso a medicamentos, terapias, etc. De esta manera, convencida de que el bloqueo existe, he participado de acciones concretas en contra del mismo y cada vez que ofrezco una conferencia, taller o formación me refiero a este. Suena patético que yo tenga que reiterar que estoy en contra del bloqueo y que no conozco una Cuba que no sea la bloqueada. No obstante, esta vez lo creo necesario, dado que por momentos pareciera que les cubanes nos dividimos (únicamente) en quienes están a favor y quienes están en contra de las sanciones contra Cuba.

A la Seguridad del Estado: todo lo que hago está en este en blog, en mis redes sociales, en mis artículos, en mis textos, en mis columnas, en mi activismo, en mi propia vida. Soy una activistamujerfeministanegralesbianaantirracistaantiespecistaveganasocialista. Soy la Negra cubana que tenía que ser. Una de las primeras cosas que hice cuando llegué a Alemania, fue ir a registrarme en el consulado de Cuba en Bonn, precisamente porque quería que se supiera que yo estaba aquí, que esa negra que escribía en ese blog “conflictivo” era yo; aún cuando en ese entonces, dada mi residencia temporal, no tenía que inscribirme. Si en algún otro momento de mi vida —recuerden que ya me han entrevistado en tres oportunidades mientras vivía únicamente en Cuba—, se toman el derecho que les asiste de interrogarme, solo les pido que me busquen para dialogar a una oficial que tenga, como mínimo, un máster en estudios de género, como yo lo tengo, y que haya investigado sobre racialidad y racismo tanto como yo lo he hecho. Suena altisonante pero no es mi intención. Solo quiero prevenirles de lo que pasará: hablaré de feminismo, de violencia machista, de antirracismo, de veganismo… hasta por los codos, hasta el cansancio; me tendrán que dar merienda porque soy diabética… y además vegana, así que nada de pan con jamón. Algo más sobre aquel texto injurioso firmado por aquel perfil falso, pero que (ustedes y todes) sabemos que es de vuestra autoría. Lisandra, mi hija, tiene 27 años, es médica, trabaja en el Policlínico Mantilla y ahora se encuentra en su casa, en cuarentena, luego de haber trabajado por casi tres semanas en el centro de aislamiento de La Lenin. Ella se alistó porque quiso. Es asmática. Tener un hijo pequeño le hubiese permitido no considerar a ir a trabajar allí, por el riesgo que supone para ella y para el niño. Sin embargo, fue, dejó a su peque con otra familia y cumplió con su país. Para mí, ella es mi heroína. También lo es para les pacientes de un barrio marginalizado de La Habana. Mi nieto, Adrián, tiene 6 años e iba a la escuela Manuel Saíz de la barriada de Lawton cuando llegó la COVID 19 a Cuba. Ustedes saben cuál es la dirección de mi (nuestra) casa. Yo les encargo a Lisandra y Adrián, les pido públicamente que la cuiden, que lo protejan. Qué nada les pase, que nadie la llame de madrugada para molestarla, que su trabajo  y sus estudios continúen tan bien como iban, que nadie le ponga un traspié a ese negrito cubano, que no se raspe la rodilla montando bicicleta, que nadie me le grite “negro mono”… Les dejo a mis dos seres queridos en vuestras manos con la petición de que velen por su seguridad.

Al pueblo de Cuba: Tenemos una larga tradición revolucionaria que no nació precisamente en 1959, sino mucho antes. Hemos de agradecer a nuestres ancestres por la fortaleza que hemos heredado, la misma que nos permite, a pesar de las UMAPs, de la Zafra de los 10 Millones, del Cordón de La Habana, de la Central Electronuclear de Cienfuegos, de la Zona del Mariel, del bloqueo arranca vidas, permanecer dignamente sobre la Tierra y continuar soñando una Cuba mejor: inclusiva, progresista, revolucionaria, donde quienes tomen las decisiones tengan en cuenta los criterios todes y no solo las ideas enquistadas, obsoletas y discriminatorias de unes cuantes. Yo soy una ciudadana cubana porque mi madre me parió en ese archipiélago, porque mis ancestres fueron arrancades de sus tierras y fueron esclavizades en Cuba. Yo no escogí nacer en aquel pedazo de Caribe, como sí escogí irme. Por amor. Soy activista porque en el año 2000, luego de la muerte de mi madre y cansada del racismo y del clasismo del Polo Científico. Me fui a luchar por la vida, la mía propia y la de personas infectadas con VIH. Ese fue el inicio de mi trayectoria activista, cuando tan solo se le llamaba “voluntariado” o “promoción de salud”. Así, progresivamente, se le han ido adicionando causas a mi labor social, porque es también mi labor individual, como ya he dicho, es mi propia vida: activistamujerfeministanegralesbianaantirracistaantiespecistaveganasocialista. Nadie me ha regalado nada, ni la Revolución cubana, ni Alemania —el país donde resido y del cual también soy ciudadana—, ni el Universo. Todo lo que pueda tener —virtudes, actitudes, bienes materiales, espiritualidad, conocimientos, defectos, etc.—, se gestó en la máquina de coser de mi madre. El cuerpo que tengo me lo dieron esa Singer e Hildelisa Ramirez Oviedo. En Alemania trabajo con refugiados menores de edad que están solos en el país. Mi niños, son todos varones, me llaman “Mama Sandra”. He visto crecer a cerca de 60 adolescentes de varias naciones: Eritrea, Ghana, Iran, Nigeria, Iraq, Siria, Guinea, Etiopía, Afganistán, entre otras. Así me gano la vida, cuidando a los hijos de otras mujeres. Desde donde les escribo, una ciudad del norte alemán, también hago activismo, milito y, sobre todo, he expandido mis horizontes, tanto emocionales como cognitivos. Todo a costa de mi propia piel, de mi nostalgia, de no tener al Malecón a 30 minutos de mi casa, de haber aprendido otra lengua, de haber sentido que La Habana puede estar en todas partes, de haber conocido otros cielos tan azules como aquel.

A mis profesores, colegas, amistades, amigues, amantes, amadas: Gracias por las enseñanzas, por tantos mensajes de amor, por la lealtad, por el camino recorrido. Gracias por el codo a codo, por las preguntas, por los debates. Si para algo sirvió este lamentable episodio ha sido para poder agradecerles públicamente por vuestra compañía. Como han visto nos queda mucho por recorrer; el racismo, la misoginia, el clasismo, —también presentes en post del tal Karl Marx que no es Karl Marx—, cada día toman nuevas formas.

Alemania, 18 de Julio del 2020.

Negro corriendo… ¿ladrón?

Por Alina Herrera

“Blanco corriendo es atleta, negro corriendo es ladrón” . Reza un “chiste” que escuchamos desde la infancia. Debe causar risa y simpatía, y lo hace. Se reproduce en el tiempo y naturaliza algo tan sórdido como la criminalización de la negritud y, también, la racialización de la pobreza.

El eje delincuencial del “chiste” construye esa imagen del sujeto negro como el más proclive a delinquir, es más, lo sentencia. Y esto se conecta con algo más preocupante, el sistema de justicia, el encargado de capturar a los delincuentes, de procesarlos y condenarlos. Si de antemano este imaginario ha sido producido, ya se sabe qué cuerpos van a señalizar amenaza a los ojos del sistema de justicia.

Pero la génesis de ese “bocadillo humorístico” no se explica desde la concepción de un “rezago cultural”. Simplificando el abordaje del problema, se trivializan también las soluciones frente a algo tan robusto y complejo como el racismo.

La revolución haitiana de 1804 inquietó a toda la élite colonialista blanca, tanto de la metrópoli, como de la isla de Cuba. Los negros del país vecino se habían rebelado contra la dominación esclavizante y conquistaron su libertad e independencia. Sin embargo, el sistema colonialista se seguía alimentando de las personas esclavizadas por lo que tendrían que seguir importándolas. Así es que la necesidad de exacerbar el miedo al negro y de reforzar la esclavitud se hizo inminente para su escarmiento y exclusión.

No fue suficiente con la divulgación de imágenes degradantes de las personas negras, no bastó con la repetición de las escenas más crueles de la revolución haitiana para infundir mensajes de terror y muerte. El temor de las élites blancas a la subversión del orden y al ennegrecimiento de la isla provocaron, durante todo el siglo XIX, la puesta en práctica de políticas de blanqueamiento.

Sin embargo, para la articulación de esas estrategias y para el mantenimiento del orden esclavista, se requería fortalecer y legitimar el diseño de privilegios y opresiones socioeconómicos en base a la raza. Para este propósito se requería de un sustento científico, certificador de los instintos natos homicidas y criminales de los negros como raza inferior y degradada.

Así la antropología, la criminología y la llamada jurisprudencia vendrían a acuñar la naturaleza delincuencial de los negros.

Fue Cesare Lombroso, hacia finales del siglo XIX, quien determinó el ascenso de la antropología criminal. El basamento de sus estudios sobre el hombre criminal estuvo nutrido, precisamente, de las imágenes que recababa de los sistemas penitenciarios y de justicia. La interdependencia entre la antropología criminal y el derecho encuentra su momento álgido en esta etapa.

Y en Cuba, quienes replicaron las teorías racistas lombrosianas y las sedimentaron con total trascendencia fueron, principalmente, Fernando Ortiz (en su primera etapa) e Israel Castellanos, los fundadores de la “antropología afrocubana”.

Para ambos criminólogos también fue imprescindible nutrirse de las imágenes de criminales que les proporcionaba el aparato judicial-penitenciario.

En Los negros brujos Ortiz convierte el “criminal nato” de Lombroso por su propio “delincuente afrocubano” a partir de la caracterización estereotipada que argumenta la criminalización de los negros brujos clasificándolos en “corregibles” e “incorregibles” y, además, proponiendo la tipificación del delito de brujería.

El abogado Ortiz despliega, en ese mismo libro, un ejemplo icónico para la historia antinegra de la recién creada República, me refiero al caso de la niña Zoila y del brujo Bocú. El negro Bocú, junto a otro afrocubano, Víctor Molina, fueron sentenciados a pena de muerte con garrote por el secuestro y asesinato de la niña blanca Zoila con el propósito de hacer brujería para la curación de dos niñas negras.

Era el año 1904. El caso ganó una mediatización sin precedentes. Justo en el momento político y social en el que las personas negras luchaban por la reivindicación de sus derechos y justo cuando se discutía su participación en los debates políticos de la nación. A este hecho le sucedieron otros secuestros y asesinatos de niños blancos, más divulgación en la prensa sobre los horrores de los negros brujos y, claro está, más negrofobia. Por tanto, estamos aquí en presencia de una estrategia política de criminalización de las vidas negras que tiene como fin, impedir el ascenso social de las personas negras y su acceso a la condición de ciudadanos.

La venganza no se hizo esperar. La persecución policial, el despojo de objetos rituales, el enjuiciamiento de negros y el saqueo de templos, fueron procedimientos que llegaron a ser comunes. El Museo de Antropología de la Universidad Nacional se colmó de los altares, ajuares, ngangas y artículos religiosos afrocubanos decomisados. También allí fue a parar el cráneo del negro Bocú.

Mientras se fortalecía la relación simbiótica entre la policía, quien daba cumplimiento a los deseos científicos de Fernando Ortiz por decomisar objetos rituales y apresar negros para el desarrollo de las investigaciones, y los antropólogos, quienes diseñaban la tipología criminal asentada en la raza y reforzaban el ideario del negro criminal, se fundaba en 1908 el Partido de los Independientes de Color y se masacraban a sus miembros y a miles de personas negras en 1912. El cadáver de Evaristo Estenoz, su líder, fue exhibido en la prensa como mismo hicieron con los cuerpos yertos de Bocú y Víctor Molina.

Dos años después la figura de Israel Castellanos cobra ascenso dentro de la antropología física y criminal, por lo tanto, también en el aparato judicial. Con sus estudios se profundizó aún más en la percepción del negro como criminal y en la inferioridad racial de los africanos y afrodescendientes. Los labios mórbidos, las grandes mandíbulas, la forma del cráneo y de la frente eran índices de criminalidad. También lo eran las conductas asociadas a los bailes, a los carnavales, las jergas, la brujería, llevar tatuajes, barba o determinados pañuelos. Castellanos llegó a pedir la pena de muerte a los afrocubanos “salvajes” en su ensayo “La mandíbula criminal” de 1914. Nótese como el racismo apela a la animalización para sustentarse. En este ejercicio, personas negras quedan relegadas a la condición de “menos humanos”.

De esta manera el vínculo entre negritud y delito se solidificó en función de las fuerzas policiales y de los juzgados. Bajo el imperativo de fundar una nueva nación civilizada, se criminalizó una raza que, además, era marginada económica y socialmente. Así los marginales y los delincuentes terminaron siendo los negros. Y al nacimiento de una república nueva le tenía que acompañar un sistema jurídico que construyera “la delincuencia” y que respaldara la dominación política, económica y cultural que también se erigía.

De hecho, Ortiz y Castellanos fueron los encargados de elaborar el Código Penal. En particular Castellanos dirigió el Gabinete Nacional de Identificación a partir de 1921, la Junta Nacional Penitenciaria en 1928 y el laboratorio central de antropología. Allí trabajaron, y allí sembraron sus nociones acerca del hombre (negro) criminal.

Aunque a partir de 1920 un grupo de antropólogos, entre ellos Fernando Ortiz, comenzaron a considerar la cultura afrocubana como un valor adicional a la cultura de la nación de manera general, la percepción de los cuerpos negros como delincuentes frente al sistema policial, jurídico y penal ya se encontraba en franca trascendencia hasta nuestros días.

Ciertamente la revolución cubana desterró sólidas instituciones racistas en el país, no obstante, las narrativas sobre el mestizaje o el “ajiaco cubano” que pretenden homogeneizar los cuerpos y ocluir algo tan profundo como el racismo ponen en peligro el camino transitado. El afán por la integridad nacional sobre este discurso de igualdad triunfante invisibiliza las dinámicas que reproducen la criminalización de la negritud y de la pobreza en la actualidad y, en la misma medida, desplaza la posibilidad de articular programas políticos que la amedrenten hasta su total eliminación.

En situaciones de crisis o de amenaza nacional, mantener el orden y el disciplinamiento de los cuerpos se vuelve el objetivo primero de un país. Paralelamente, se exacerban fenómenos como el racismo y, en consecuencia, la negrofobia. Las viejas marcas de la historia vuelven a tomar el protagonismo en el espacio público, ese que no se ocupó con sólidas e incesantes políticas antirracistas.

Si desde antes de la emergencia sanitaria por el COVID se ha venido cuestionando acerca de la racialidad de la población carcelaria en Cuba, del control policial de las personas negras en el espacio público mediante el requerimiento de la documentación identitaria, de la matrícula preponderantemente racializada en las escuelas conductas y de las condiciones de marginalidad de los afrocubanos ¿cuál es el comportamiento actual? De todas las capturas delincuenciales mediatizadas, ¿cuántas personas negras hemos visto? Del total de sancionados por la pandemia ¿cuántos son negros y mestizos? ¿Sobre quiénes está repercutiendo el exceso policial? ¿Cómo podemos interpretar la muerte dada por un policía con su arma de fuego al joven negro cubano Hansel Ernesto Hernández Galiano en una barriada de Guanabacoa? ¿Alguien se imagina estos tópicos sobre cuerpos blancos?

El racismo institucional no está superado, en todo caso, está disimulado como la nueva era de racismo agazapado en la que estamos viviendo. Y si me equivoco ¿dónde están las estadísticas y los hechos que muestren lo contrario? ¿cuáles son los programas políticos antirracistas consistentes, multidimensionales e integrales que se están aplicando tanto para la sociedad en general, como para el propio estado y sus instituciones?  

Sin estas premisas ¿cómo podemos asegurar que una problemática tan compleja como el racismo, sedimentada durante cinco siglos, no solo en la sociedad sino en el aparato jurídico-policial, ya está resuelta?

Quiero confiar y convencerme de que la muerte de este joven negro cubano el pasado 24 de junio no tiene un trasfondo racial.

El comunicado oficial, que explica la muerte de Hansel Ernesto, reproduce cierta noción del “criminal incorregible” de Ortiz mediante el señalamiento de los antecedentes penales de la víctima, como si su vida valiera menos, como si la muerte estuviera más justificada. También refiere a un “enfrentamiento” de piedras que provocaron lesiones en el policía contra disparos que provocaron la muerte del joven. Todavía se espera que comuniquen el debido proceso judicial que tendrá que enfrentar el policía, hasta el día de hoy, anónimo.

Ese pudiera ser un gesto coherente con la confirmación de que en las instituciones cubanas no caben la impunidad ni el racismo. Sobre todo cuando, según la nota oficial, a un joven negro ladrón se le dio un disparo por la espalda mientras corría.

Tomado de Lo personal es político.

 

 

Roberto Zurbano: Desde mi balcón. Doce párrafos de memoria contra la pandemia del olvido (Quinto round)

Por Roberto Zurbano

El confinamiento hogareño nos incomunica un poco, pero no anula la memoria en tiempos donde los contenidos son tratados con tal velocidad y simpleza que olvidamos de donde llegaron y adónde irán a parar. Cuando se habla de discriminación racial suele ocultarse la afro-religiosidad, tan cercana que obviamos su significado social; que va mas allá del universo ritual y configura maneras de pensar y vivir muy caras a la sobrevivencia y a la experiencia negras en la Historia y en la vida diaria de la nación.

En pleno siglo XXI sobra explicar que las religiones de matrices africanas sintetizan avatares históricos, diálogos y transgresiones sin los cuales no se puede explicar la resistencia y espiritualidad de nuestro pueblo. Pero antes, fue difícil y solitaria tarea. Si hablar de racismo era someterse a burlas de amigos o familiares, exclusiones institucionales y castigos políticos; practicar estas religiones también fue mal visto por organizaciones políticas, instituciones, medios de difusión y la mentalidad social.

Durante décadas, las iniciaciones religiosas se realizaban secretamente en casa-templos, patios y otras plazas ocultas, donde nacían orgullosos de su fé y adquirían conciencia racial, no solo para los de piel negra, pues también la blanca es una “raza” que busca y encuentra su ancestralidad y tareas en este mundo.

En ese proceso África no era sólo noticia de desastres, sino la base del mundo espiritual que trajeron abuelos ancestros, cuyos nombres aún se moyubban.

África en Cuba somos quienes la llevamos en la piel, en la cultura y en sus religiosidades; sus variantes y renovaciones verifican una identidad afrocubana, o sea, afrodiaspórica en su versión local. Lo controversial del término afrocubano tiene larga data y no se agota en las fuerzas que se le resisten. África es el mundo de crianza y educación comunitaria que no distingue entre hijos, primos, sobrinos y ahijados, es familia interracial junto a la extendida familia religiosa, sus códigos solidarios, sus bailes, comidas, músicas y una amplia tradición ética y filosófica que se resumen en un patakín, una firma palera o abakuá o un canto conocido desde andilanga. Vive en medio de celebraciones que mezclan lo ritual y lo pagano, lo útil con lo bello, lo privado y lo colectivo, el consejo con el regaño, lo de aquí con lo de allá, lo íntimo y lo político, el patio, la patria y el universo.

Recién llegada la Revolución, en el momento en que las Sociedades de Color se esfuman de la vida cubana, estas religiones profundizaron su rol en medio de las transformaciones y afianzan complicidad y ayuda mutua allí donde las leyes revolucionarias nunca llegaron.

Es cierto que en 1960 se crea el Departamento de Folklore del Teatro Nacional de Cuba, con el brillante etnógrafo y musicólogo Argeliers León a la cabeza y más tarde, en 1962, el Conjunto Folklórico Nacional, integrado por mujeres y hombres en su mayoría religiosos practicantes que, a partir de ese momento, suben al escenario para ofrecer sus cantos y bailes como Arte, ganando aplausos dentro y fuera de Cuba. Muchos de ellos alcanzan el estrellato como Nieves Fresneda, Jesús Pérez (Obbá Illú), Lázaro Ross, Zenaida Armenteros o El Goyo Hernández.

Fue un gran paso, pero si contemplamos sólo las ganancias escénicas, quedan fuera de foco conflictos y contradicciones que, en la vida cotidiana, sufrían tales prácticas religiosas, tornándose en impedimentas para el acceso a universidades y militancias políticas.

Más allá de los éxitos internacionales de bailes y cantos afros, al correspondiente universo religioso real se le cierran libertades, devaluándole como expresión de atraso e ignorancia.

En la novela más popular del momento, Cuando la sangre se parece al fuego, su autor, Manuel Cofiño, uno de los pocos escritores cubanos identificados con el realismo socialista, refleja el proceso de disolución de las religiones negras arrastrada por las aguas claras del futuro socialista. Estas afroreligiones sufrieron el mismo dogma y represión que aquellas que guardaron armas y conspiraban contra la revolución, aun así, sus practicantes, inmersos en el cambio revolucionario, por no abandonar su religiosidad fueron marginados de importantes responsabilidades políticas y administrativas. Gracias a su horizontalidad, espiritualidad acreditada por siglos y estrategia cimarrona, conservaron los saberes transmitidos oralmente, rituales secretos y viejas prácticas de solidaridad y resistencia. Las afroreligiones fueron espacio creciente para un conflicto ideológico sustancial que aún marca la subjetividad de un amplio sector social dentro de Cuba: conciencia religiosa versus conciencia política, expresado en libros y discursos como una pelea dicotómica que suele resolverse a favor de lo político, ocultando la complejidad del universo religioso.

Aunque este no fuera el debate esencial entre quienes practican afroreligiones, donde hay sujetos de todas las “razas” , dicho conflicto no ha dejado de estar latente en el campo religioso cubano de las últimas seis décadas.

Las religiones negras en Cuba siempre han vivido el peligro de fragmentación y cooptación. Su jerarquía, autoridad, popularidad, exitosas practicas rituales y comerciales, cohesión grupal, diversidad de su membresía, más el alcance de sus valores intra y extraordinarios, constituyen un modelo social, cuya relativa autonomía debe ser objeto de políticas más comprensivas. Por eso me resultó curioso que en el libro de entrevistas que en 1985 hizo el dominico brasileño Frei Beto a Fidel Castro, no aparecen las afroreligiones, siendo ambos interlocutores de países marcados por la esclavitud, el colonialismo y el cimarronaje. Esta curiosidad la comenté a Frei Beto hace unos años y su evasiva me dejó más curioso aun.

Lo cierto es que ese mismo año, aunque no con el cuidado que son tratadas las religiones antes colonizadoras, las afroreligiones también comienzan a ser reconocidas políticamente al crearse la Oficina de Asuntos Religiosos del PCC en 1985.

Escuché a Filiberto O’Farrill, en su casita de Poey, hablar de una soñada Asociación de Babalawos, a cuyos organizadores, que ofrecieron palomas y un tambor en los jardines del Movimiento Cubano por la Paz, no se las aprobaron. Supe de la preparación del I Encuentro de Estudios Afrocubanos, preparado por la Sociedad homónima que intentaron restaurar Fernández Robaina, Tato Quiñones y Lázaro Buría, con apoyo de Natalia de Bolívar y grandes figuras religiosas, abortado por la UNEAC. Conversé con nigerianos residentes en Nueva York que durante años soñaron abrir una Academia de Lengua Yoruba en Cuba que también fuera negada.

Estos y otros empeños son parte de una historia no escrita ¿Cuántos fuimos testigos o cómplices de sucesos subterráneos que fueron el magma de la explosión de los temas raciales en la próxima década? ¿Cómo fue que los temas de la religiosidad fueron dando mayor margen a la problemática socio-racial? Y por qué ambos temas tomaron tanta distancia el uno del otro, al punto que las religiones afro apenas se involucran en el debate racial y, por otro lado, la mayoría de los analistas y análisis sobre las problemáticas raciales en la nación, suelen desentenderse de los temas religiosos, de los creyentes y de las viejas estrategias de solidaridad y resiliencia de estas afroreligiones?

Ambas miradas adolecen de la necesaria articulación e intercambios sistemáticos, donde enriquezcan y renueven prácticas propias. Aunque vale mencionar el valor que alcanzan las obras y espacios donde ambas visiones convergen como lo han hecho Tato Quiñones, Jesús Fuentes, Lázara Menéndez, Víctor Betancourt, Jesús Hernández El Goyo, Gloria Rolando, Tomas Fernández Robaina, Manuel Mendive y otros pocos que intentan sostener tan difícil diálogo en Cuba.

Luego, los noventa irrumpen con varios sucesos editoriales. Justo en 1990 aparece la primera reedición de El Monte de Lidia Cabrera después de 1959, cinco mil ejemplares agotados durante la primera semana en la Feria del Libro, celebrada en PABEXPO, Los orishas en Cuba de Natalia de Bolívar, se convierte velozmente en un best-seller, El negro en Cuba, de Tomas Fernández Robaina, aparece tras un forzado sueño editorial de diez años y los tres tomos de Estudios afrocubanos, de Lázara Menéndez, extraordinario libro de texto para la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de la Habana, removió los anaqueles del elitismo eurocéntrico de tan rancioso –para no decir racista y blanqueado- lugar. Así comienza el boom de temas afroreligiosos en Cuba, a las puertas del Periodo Especial.

El Congreso del Partido se pospone para 1991 y entre los temas centrales está la promoción de negros, jóvenes y mujeres, junto a la noticia de que los religiosos podrán ser miembros de Partido Comunista. Es fácil pensarlo hoy; pero entonces fue una noticia escandalosa que generó grandes discusiones, resistencias e incomprensiones dentro y fuera del partido; tanto pesaban los dogmas y prejuicios.

El discurso de los estudiosos es una cosa y el discurso de autoridades religiosas, reconocidas por su jerarquía y sabiduría es otro. Estos últimos no tienen presencia en la esfera pública, no poseen revistas o boletines que sean órganos difusores de doctrinas, reflexiones y modos de conocer su alcance social. Nunca he podido leer aquella queja porque no fueron invitados a saludar al primer Papa de visita en Cuba, ni la poca presencia de los jerarcas de otras religiones durante la recepción ofrecida al Oní de Ifé de visita en Cuba. No hay entrevistas sobre figuras ni artículos sobre eventos importantes o sobre el trabajo que hacen en comunidades y cárceles, ni convocatorias a cursos y conferencias. Ni siquiera promueven los encuentros entre médicos, científicos y Babalawos, muy provechosos para las tres partes según estas confiesan a los pocos curiosos que llega la noticia. Difícil saber cómo estas religiones establecen alianzas con musulmanes o iglesias cristianas donde la presencia negra crece. Ni sabemos cómo se dirimen sus debates epistemológicos, de género, de asimilación de nuevas prácticas o de sus propias ortodoxias. Ergo, difícil es saber su opinión en el debate antirracista cubano y las causas del repliegue de su potencial fuerza emancipatoria en esta lucha.

También hay batallas exitosas y logros sociales a lo largo de seis décadas, que no por menos publicadas han dejado de celebrarse.

Es un resultado de esas batallas que un babalawo de 34 años en Ifá como Lázaro F. Cuesta (Iwori Bofun) haya sido el Gran Soberano del Supremo Consejo del grado 33 para la República de Cuba, Gran Maestro de la Gran logia de Cuba y Presidente del Patronato del Asilo Nacional Masónico Llanso entre 2011 y 2018, que Ramón (Mongui) Torres Zayas, haya alcanzado su doctorado con una tesis sobre los Abakuá, sociedad a la cual pertenece y estudia su renovado campo; que los libros de Lázara Menéndez, Jesús Fuentes y Natalia de Bolívar sean cada vez más aclamados y leídos por masas lectoras, que lideresas de varias casa-templos hayan logrado reivindicar sus prácticas de género dentro de la religión, que se legitimen en laboratorios farmacéuticos y repertorios clínicos las formulas de brebajes, emplastos y cocimientos con que nuestras ancestros hicieron de la naturaleza la mejor medicina a los males del cuerpo y el alma, que una pastora cristiana como Isset Samá haya hecho tan hermosa declaración antirracista ante su iglesia en días recientes…

Aunque sean lamentables las recientes declaraciones sexistas de la Sociedad Cultural Yoruba sobre las Iyanifá, un conflicto que parecía resuelto a finales de siglo pasado y ahora resucita en un contexto poco saludable para el feminismo en la región. Insulta saber que grandes marcas de la moda internacional se apropian del diseño de las sayas multicolores de nuestras santeras, en una otra forma de extorsión de nuestras identidades. Y que siguen las acusaciones reales e infundadas sobre el comercialismo dentro de estas religiones: no debe resultar raro que en este rincón de la sociedad también proliferen conductas mercantilistas, corruptas y criminales; otra cosa es la acusación de comercialistas a las religiones negras de la región (santería, candomblé, vudú), lo cual parece una trampa nacida de la competencia con otras religiones, justo en un proceso de internacionalización de estas religiones negras, que les permite instaurar legalmente sus instituciones, profesionalizar sus figuras jerárquicas y aumentar el reconocimiento de sus valores de solidaridad, resistencia cultural y saberes, no solo para afrodescendientes. No olvidemos que todo ello era, hasta hace poco, marginalizado, a pesar de ser practicadas por todas las clases sociales.

Dichas acusaciones, curiosamente, no suelen compararlas con otras religiones financieramente poderosas, de jerarquía mundial, dueñas de diversas propiedades e instituciones bancarias, mediáticas, educativas, etc.

¿Cómo, entre las miles de fotografías de Fidel Castro, se olvida aquella, en medio de una larga gira que hizo por varios países africanos en los años setenta, donde aparece vestido de blanco, con ciertos atributos rituales? Jamás la he vuelto a ver, ni siquiera en asociaciones afroreligiosas que constantemente renuevan su compromiso revolucionario.

Se han promovido poco excelentes biografías y testimonios de personalidades como Nisia Agüero, Freddy Ilanga (traductor de swahili del Che en el Congo) y Natalia de Bolívar por solo mencionar tres, que incluyen reveladores pasajes del universo religioso negro en sus vidas o las conversiones religiosas y en la conciencia racial de altos oficiales y diplomáticos cubanos en África como Omar Izquierdo, Heriberto Feraudy o Juan F. Benemelis, entre otros, cuya capacidad más o menos crítica articula puentes entre las visiones africanas y cubanas de conciencia racial, religiosa o afrodiaspórica, revelando políticas africanistas, diásporicas y raciales apenas abordadas con profundidad por estudiosos cubanos de la religiosidad, la afrodiáspora y la geopolítica.

Lamento mi poquita fe, mi modo intermitente y, a veces irrespetuoso de acercarme a estas religiones, pues tendría algunas respuestas, desde sus códigos, a preguntas que no necesitaría escribir.

Lo cierto es que apenas se conocen sus figuras jerárquicas, algunas legendarias, otras de más reconocimiento fuera que dentro de la isla, otros dejando su impronta en el mundo de la internet, otros recuperando sus contactos con tierras y autoridades religiosas de África, otras más vinculadas a la farándula, otras al boyante mercado afroreligioso, algunos veteranos reconocidos por su sabiduría ancestral, otros por su memoria descarnada de cuando hacían religión en el underground socialista. Apenas se conoce el espacio de ritualidad, pedagogía, goce y hermandad comunitaria que signa los encuentros del Cabildo Ifá Iranlówo, liderados por Víctor Betancourt Omolóafaoró Estrada, uno de los sacerdotes y autores más osados y controversiales del campo afroreligioso cubano. Tampoco son públicos los debates epistemológicos, de género, de asimilación de nuevas prácticas o de sus propias ortodoxias que están teniendo lugar y que la transmisión oral a veces distorsiona o confunde. Así, parece ser un mundo que no se mira al espejo, ni a la televisión ni al futuro, sino que se repliega o calla sus propuestas ante los seguidores que, dentro y fuera de Cuba, siguen apostando por el camino de los orishas.

Viernes 19 de Junio del 2020, en Cayo Hueso, Centro Habana.

Roberto Zurbano

Roberto Zurbano: Desde mi balcón. Siete párrafos de memoria contra la pandemia del olvido (Segundo round)

Por Roberto Zurbano

Un blackface cubano celebrando el día de África en redes sociales, el incendio provocado en un terreiro de San Salvador de Bahía, el asesinato poco difundido de un joven líder comunitario garífuna en Honduras y otro asesinato racial en Estados Unidos, en la misma semana, confirman que el racismo opera en un amplio espectro de negaciones y violencias presentes indistintamente en cada país. Las gradaciones del racismo comenzaron con la esclavización y crecen en visiones culturales excluyentes, ausencia de historias negras en aulas, difícil acceso a estudios universitarios y puestos laborales y se regodean recortando presupuestos escolares en barrios negros y en la brutalidad policiaca, con sus altas cuotas de impunidad, hasta ofrecer una saga interminable de asesinatos, segregación racial y económica, cárceles y nuevos apartheid. Son muchas las expresiones visibles e invisibles del racismo: culturales, institucionales, públicas, privadas, en países pobres y ricos, en gobiernos demócratas o autoritarios, capitalistas o socialistas…El racismo, como el dinosaurio de Monterroso, siempre ha estado ahí. Pero casi nunca lo vemos hasta que un hecho mediático dispara las alarmas en busca, más que de justicia, de compasión. Así falseamos las agendas antirracistas, corriendo detrás de la crónica roja del mundo negro y no enfrentando las causas del fenómeno, ni a las razones que evaden el compromiso cotidiano en una lucha tan agotadora, como sofisticada y brutal. De estas visiones mediáticas erradas se alimenta el racismo, tranquilizando a quienes se creen afortunados, pues el último crimen ocurrió a mil kilómetros de casa y creen imposible que este dolor les alcance. El racismo es un hecho local que es también global y nos exige asumir la responsabilidad que toca ante lo pequeños racismos que toleramos a diario.

Hace diez años durante el congreso Cultura y Desarrollo, celebrado en La Habana, varios participantes nos trasladábamos en un microbús y algunos académicos e intelectuales blancos, comentando un panel del día anterior dedicado al racismo en Cuba; afirmaban que era un exceso de los panelistas y argumentaron que era resultado de las visitas que estos hacían a Estados Unidos. Una cineasta afrocubana sentada a mi lado me impidió responder y escuchamos en silencio todos los argumentos.

Llegamos al Palacio de Convenciones y todavía discurrían sobre el asunto. Sé que muchos investigadores de la cuestión racial fuimos a Estados Unidos años después de publicar tales textos y otros, aun no han visitado ese país. Recordé el primer viaje de raperos cubanos a Estados Unidos, en 2001; se presentaron en el mítico teatro Apolo, en Harlem y allí confirmaron lo que tan bien hacían antes en el Anfiteatro de Alamar, no fue al revés. Mi compañera de congreso y yo, esa mañana tuvimos una larga conversa para sacarnos tanta idea tóxica, injusta e ignorante. Sin embargo, aquellos argumentos aun me sirven de termómetro para medir la labor antirracista en Cuba, pues comparto una de sus alarmas: No aplicar métodos y soluciones fuera de contexto. Todo lo demás es clásico del proceso de negación del racismo cubano y, curiosamente, quienes hacían una lectura norteamericana de nuestra situación racial eran ellos, esperando encontrar aquí sucesos que no corresponden a esta realidad e invisibilizando eventos discriminatorios que tienen lugar ante sus propias narices, esos que, a veces, ellos mismos protagonizan consciente o inconscientemente, da igual. No dijeron Brasil o Alemania, porque cuando se trata de Estados Unidos el análisis tiende al desborde comparativo, no a la historicidad ni al campo de relaciones que ocultan políticas raciales, muchas veces también ocultas en leyes, estructuras socio-económicas, pactos religiosos, mass media y programas políticos.

Comparar problemáticas raciales entre Cuba y Estados Unidos, no es asumir sólo historia reciente, obviando el tejido de sucesos, figuras e ideas que marcan siglos de interacción, aun subalternizados por una escritura donde nunca aparecen negros de aquí ni de allá. Son los sesenta, cuando suceden hechos claves para los afrodescendientes de ambos países: Los afrocubanos tuvimos la Revolución de 1959 y los negros de Estados Unidos el Civil Right Movement. Ambos sucesos marcan puntos de partida diferentes en nuestras respectivas historias sociales y políticas. ¿Cómo ambas poblaciones llegan a este momento? Los afroamericanos venían de una sociedad legalmente segregada, donde trataron construir un espacio propio, lejos del mundo blanco, para vivir con dignidad. Sus luchas raciales tenían lugar en una sociedad multirracial y multicultural donde distintas razas, etnias y culturas no se mezclaron como en Cuba y configuran un gran mosaico fragmentado por historias e identidades particulares. El Civil Right Movement fue resultado de la lucha de los negros en específico, sus liderazgos, grupos, ideologías y demandas. Con ayuda de algunos aliados, pero fue resultado de una lucha política altamente racializada que, finalmente, les convierte en verdaderos ciudadanos.

El significado político que tuvieron las iglesias negras en Estados Unidos, es similar al de los sindicatos en Cuba. Curiosamente las religiones afrocubanas han sido subestimadas en el trabajo político, a pesar de su nivel de convocatoria, cohesión, horizontalidad y solidaridad, activas desde la colonia hasta nuestros días. Las iglesias negras en USA y los sindicatos en Cuba fueron espacio de aprendizaje más allá de los clubes y sociedades de color, cuyo ejercicio político fue más cercano a la negociación de intereses económicos, aunque desarrollan valiosos proyectos cívicos en la educación, la salud y las artes, apoyados por las fuerzas dominantes de ambos países. Dichos clubes asumieron vías políticamente correctas en busca de una armonía racial, aunque sin mucho éxito en sus respectivos empeños. Para los negros cubanos la Revolución es un innegable acto emancipatorio, resultado de luchas sociales, no raciales. Un hecho que les abre el acceso a todos los derechos ciudadanos. Crea las condiciones objetivas para la dignificación de una población negra inferiorizada y explotada durante siglos que, junto a otros preteridos, disfrutan derechos antes negados. (Aunque no sucedió en igualdad de condiciones, detalle entonces pasado por alto, que convierte igualdad de oportunidades en un ejercicio desigual). No se olvide que la población negra venía de una sociedad que no legalizó la segregación, pero la sufría en algunas ciudades y que la Constitución de 1940 coloca, por primera vez, el racismo como un delito.

Por su parte, el Civil Right Movement emancipó a los afroamericanos, tras manifestaciones y asesinatos. Lograron grandes victorias políticas y fuerte movilidad social apoyada en la Affirmative Action. Ganan el derecho al voto, mejoran las condiciones de trabajo de la clase obrera negra; aumentan las escuelas públicas y cede la resistencia a las escuelas racialmente integradas. Nacen programas educativos que favorecen a millones de niños y adolescentes. Se fortalece el modelo universitario negro, fundado en el siglo XIX, más allá de los Black Historical Colleges. Hay un crecimiento inusitado de clase media, empresariado y elite negras que comienzan a ocupar altos puestos en el stablishment. Fue el resultado más visible de aquel triunfo de los derechos civiles, pero no los únicos. Al mismo tiempo, surgen nuevas organizaciones como el Partido Panteras Negras y su filosofía Black Power, entre otras que estimularon movimientos de artistas, estudiantes, sindicatos y mujeres, a quienes le resulta insuficiente lo logrado y proponen, desde otras visiones críticas, continuar la lucha, intuyendo que las ganancias del Civil Right Movement no llegaron para quedarse, en los años ochenta, tras la ola conservadora que inicia Reagan y continua Bush padre, sobreviven pocas de sus ganancias jurídicas, afirmativas y laborales.

La conciencia racial en la historia afroamericana es un importante factor de cohesión para la lucha y movilidad socio-política. El ejercicio crítico y público de dicha conciencia guió comunidades, instituciones y clases sociales; generó la creación de organizativas propias (religiosas, sociales, políticas, económicas, etc.), desde aspiraciones comunitarias hasta las que incorporan otros intereses (clase, género, ideología, profesión).En Cuba, es baja la estima y conciencia racial entre la población negra, heredera de cimarrones, pero lenta en denunciar y desmontar agresiones racistas. Demasiada resignación en las personas negras que defienden sus derechos y valores en un contexto discriminatorio creciente. Acudir a las leyes, los medios y autoridades ha de ser común; amén de ese activismo antirracista cuyo esfuerzo retórico es mayor que su diálogo en las comunidades y la urgencia crítica de su misión social.

Sí, las respectivas historias de nuestros pueblos negros difieren en cuanto a integración social y racial: en Estados Unidos ha sido una imposibilidad histórica frente a la supremacía blanca, por eso también pensaron en la emigración (África) y en negociar con la hegemonía blanca, a través de las leyes y la democracia, otras sociedad y ciudadanía. Dicha estrategia aun no ha triunfado. En Cuba la integración de negros y blancos es una aspiración martiana que llena páginas enteras del ideario de Antonio Maceo y Juan Gualberto Gómez, aunque también hubo familias negras que regresaron a África. La idea de integración racial alcanza un fuerte consenso social, que se renueva con la Revolución. La aspiración social de cubanos negros no está separada de las demandas de cubanos blancos ni de los presupuestos libertarios del grupo vencedor; (aunque el Movimiento 26 de Julio era un espacio con poca conciencia crítica sobre la cuestión racial, ver la ausencia del tema en La historia me absolverá).

Las demandas de instituciones y líderes cubanos negros siempre desbordaron las exigencias raciales en busca de una ciudadanía plena y ellos aportan esa visión integradora a la lucha sindical, partidista y cultural donde nunca faltó el tema racial, como uno más entre las necesidades de la nación. Así, las luchas antirracistas cubanas no tuvieron una visión tan radical ni solitaria como en Estados Unidos. En la historia del antirracismo cubano concurren personas blancas con una visión antidiscriminatoria más allá del paternalismo y politiquería al uso; y se suman otras implicaciones clasistas y religiosas de peso en la integración de los grupos étnicos y raciales que arman la nación cubana. Eso explica una dinámica diferente a la norteña en nuestra experiencia social y tradición antirracista.

Es difícil constatar el conocimiento de la tradición antirracista cubana entre ciertos académicos y activistas entusiastas, pero desnudos de herramientas histórico-conceptuales para su trabajo de denuncia y propuestas que podrían verificar en el registro de una tradición que les sirva, sobre todo, para no repetir errores ni retrasar su necesaria labor. En esta tradición lo mismo cuenta un ensayo, un patakin o un poema. Cuando la televisión mostraba cómo asesinaron a George Floyd, recordé muchas otras víctimas, en especial a Emmett Till, de catorce años, mutilado y tirado al rio por sus asesinos blancos en 1955. Al recuperar el cuerpo, su madre dispuso que durante el funeral el ataúd quedara abierto, exponiendo el tamaño del ultraje. La imagen impactó al mundo y la tradición antirracista cubana lo fijó en Elegia a Emmett Till de Nicolás Guillen, donde el poeta llora “este mínimo muerto sin venganza”.

¿Eso también será el menos joven George Floyd? ¿Tenemos una conciencia mínima para la solidaridad racial? ¿Miramos atentamente nuestro entorno, donde no vemos crímenes así, pero sufrimos chistes, discriminación y pequeños maltratos que alguien calla, se traga y no sabe qué hacer con tanta humillación? No respondas hoy. ¡Sólo intenta hacer la tarea!”

En Centro Habana, a viernes 29 demayo.

Racismo en Cuba: La culpa es de las totí

Aracely Rodríguez Malagón

¡¡¡Las colas están llenas de NEGRAS!!!. Así contestó mi vecino a grito y a viva voz a ante la pregunta de otro de cómo estaba el ambiente. Creo que no hace falta describir a mis vecinos pero lo haré: uno es blanco, de clase media, profesional, cuenta propista. El otro blanco también, profesional, militante y militar. Quedé estupefacta no a lo que escuche eso lo sé y lo veo a diario, sino el tono despectivo y lacerante con el cual acentuó y vociferó “NEGRAS”, encerrando en sus palabras todo el desprecio visceral acumulado resultado de un colonialismo transformado y un racismo latente vivo, trasmutado, nunca acabado. Mientras el otro contestó con una sonrisa de satisfacción afirmativa.

Y es que desde sus puntos de vista las negras somos las culpables de la escasez que hay en el país y, por la entonación, yo diría que hasta del Corona-Virus. Lo peor es, que aquel grito en plena calle y a la luz del día sonó como un eco a pesar del nasobuco. Nadie salió (excepto yo) a rebatirlo o al menos a decirle “fulano no es de esa manera”. Fue como si toda mi cuadra estuviese reafirmando su ofensivo insulto ante el silencio otorgado. Me levanté como un resorte y antes que pasara por el frente de mi casa me vino una ráfaga retrospectiva en mi memoria de opresiones, esclavización, resistencia, cimarronajes y luchas…… y hubiese querido vociferar de la misma manera (lo cual no me cuesta mucho trabajo), pero esperé que se acercara y muy calmadamente en un tono casi silente, le expliqué las múltiples razones por las cuales las colas también tienen raza, sexo, territorio y clase; y que además son una medida de las desigualdades. En ellas es donde nos mezclamos y concentramos toda/os, sólo que las negras somos el último eslabón de la cadena alimenticia y el eslabón más gordo de esa cadena y por tanto las más visibles, es cierto que la escasez es general, pero no a todas/os nos llega con la misma intensidad. Adquirir alimentos es una necesidad existencial y va más allá del ¨QUEDATE EN CASA¨ que es atravesado por el privilegio y como resultado tiene dos bandos: los favorecido/as, que pagan por que les traigan los productos y los necesitado/as, que hacen colas para poder adquirirlos e incluso como un modo de sustento llegando a convertirse en un trabajo informal.

Las colas integran la vida cotidiana de las cubanas/os como resultado del bloqueo al cual ha estado sometido la isla por décadas, y que trae como consecuencia la escasez sobre todo en los productos de primera necesidad. Así hacer colas o las ¨colera/os¨ (como trabajo informal) es una práctica ejercida fundamentalmente por mujeres, generalmente negras o mestizas, de barrios marginalizados y/o de la zona oriental de país.

Estos actos son de conocimiento público, han estado presente en todo momento, pero en épocas de crisis se agudizan y se acentúa el color de las mismas coincidiendo con la visión de mi vecino, pero también con las estadísticas de los informes de desarrollo humano. Aunque para el caso de Cuba se hace complicado la veracidad de los índices de desigualdad, no obstante, se plantea que las mujeres en Cuba más pobres son precisamente las de este grupo distinguiéndose en época de Pandemia

Discriminar a las personas verbalmente es un acto que ocurre a diario como ejercicio permanente de la “colonialidad”. El lenguaje es una herramienta de poder que en este caso mi vecino la utilizó como expresión despectiva “LAS NEGRAS”, que enfatiza e indica de manera punitiva quienes son las responsables de las colas.

Es imposible deconstruir un racismo visceral, genético sino vamos al fondo del asunto y sólo lo dejamos en el plano cultural cuando en realidad es una problemática que pasa por lo histórico, económico, político, social, etcétera. Mientras se hace uso del derecho de gritar improperios como este, sin ningún tipo de impunidad.

Y no me puedo ofender según mi vecino: “no soy ese tipo de negras” (o sea tengo que sentirme halagada), peor, “no lo dice por mí “, (no sé a qué clase yo pertenezco), evidentemente tiene daltonismo racial. Su incapacidad no le da para comprender que mi condición de mujer y NEGRA no me separa de aquellas a las cuales él desprecia, lo que me reafirma una vez más el desconocimiento en nuestra sociedad del significado de ser NEGRA. No entienden que entre esas NEGRAS de las colas y yo existe una conexión histórica que no lo borra un espacio físico, ni las condiciones de vida, nos une un pasado, que a la vez es un presente y que tenemos que luchar para que en un futuro, no se nos siga discriminando.

Lo mejor de esta conversa sosegada es que la cosmovisión socio-racial de las colas de mis vecinos, no procede desde sus experiencias ya que ninguno de los dos hace cola, ni de la bodega. Es sólo una visión subjetiva de LAS NEGRAS y de las colas en tiempos de Coronavirus desde los carros con aires acondicionados…

Náutico 2020

Totí o Zanate: especie de ave de color negro endémica de la isla de Cuba. Conocida por un refrán para indicar cuando se le echa las culpas de una acción sólo a las personas negras ¨Todos los pájaros comen del nido y el totí carga las culpas¨

Soliloquios: Ayer me mandaron de regreso a África

Por primera vez en mi vida de activista, que ya suman 20, me han mandado para África. Una mujer cubana, feminista cubana, feminista cubana blanca cree que el lugar desde el cual tengo que luchar contra el racismo y la discriminación racial es África. Europa, donde vivo, es solo para la gente blanca. Así piensa alguien que se autotitula militante, que participó de la construcción de la revolución cubana, no un nazi alemán de los que vilipendia con quién le pase por delante y no tenga ni ojos ni pestañas rubias. Repito: ayer me han devuelto a África. Me montaron en un barco y me dejaron en una de sus costas. He de sobrevivir a toda costa. Me han hecho un favor, me han trasladado sin tener que pagar. Bueno, ha sido el premio por ser tan bocona, por incendiar los puentes rotos que tira el feminismo blanco. Para esa mujer solo es legítimo hablar de racismo si he pisado África. Ella, que ha producido parte de su obra cinematográfica en aquellas tierras, se ve como una heroína: una blanca que ha filmado historias de gente negra. Por demás, esa mujer me silenció, me taponó la boca. Gente blanca que no puede lidiar con una negra que hable, que cuestione, que construya, que sueñe. Nos quieren complacientes, sumisos, solícitas. Ese es el deseo blanco. Te devuelven al barracón y al barco negrero.  Eso lo hizo ayer una feminista blanca.

Mel Herrera: “Tienes el negro cerca”

Por Mel Herrera

❌ “Tú saliste adelantada. Menos mal”
❌ “Tus facciones son bastante finas”
❌ “Tú no tienes el pelo tan malo, pero tu mamá acabó” (haciendo referencia al hecho de haberme concebido con un hombre negro)
❌ “¡Bastante clarita saliste pa como es tu familia paterna!”
❌ “Tienes el negro cerca”

Antes no me cuestionaba lo racista de estas frases que me decían; incluso algunas me parecían halagos. Ser afrodescendiente o nacer con piel oscura no te exime de asumir y repetir actitudes racistas e incluso no ver nada malo en esas frases. Me costó darme cuenta, porque me crié con mi abuela blanca que no le perdonó a mi mamá haber estado con un hombre negro.

Mi abuela blanca fue y será siempre una mujer santa para mí, con todo y sus defectos, con todo y su racismo; ella, analfabeta, católica, pobre, no hizo más que repetir los patrones de opresión y de racismo con los que fue educada. Desde pequeña me decía que yo no tenía nada que ver con mi “otra familia”, que sus costumbres y prácticas no eran las nuestras. Aquello era atraso.

Mi abuela blanca me decía incluso que cuando mi papá me llevara a casa de mi abuela negra no probara nada que me dieran de comer o beber y que cuando fueran a hacer alguna ceremonia cerrara los ojos, que no mirara.

Mi abuela blanca, la persona que más me ha dolido perder hasta hoy, era una mujer con actitudes racista. Y no me avergüenza decirlo, porque según fui creciendo y criticándole estas actitudes siempre se mostró muy receptiva y fui testigo de cómo en los últimos años de su vida luchó por erradicar todo el racismo que le fue heredado.

A escondidas de mis padres, cuando estábamos a solas ella y yo, mi abuela blanca me hacía una especie de masajes en la nariz para que se me afinara más, porque mi nariz no podía ser como la de mi abuela negra, ni podía llamarme la atención las costumbres de aquella otra familia.

Crecí con mil prejuicios y actitudes racistas también, pero supe hacer lo que mi abuela blanca no pudo, debido a sus propias limitaciones y las de su tiempo; supe cortar con la reproducción de estas actitudes inculcadas.

Vine a amar y a interesarme en mi cabello hará alrededor de dos años, porque antes me parecía una desgracia, sólo por poner un ejemplo. Durante mucho tiempo no fui consciente de mi racismo, ni de que también reproduje patrones con los cuales sólo me oprimía a mí misma. Quería otro pelo, otra nariz, otro pasado.

Pero hice mi tarea, y la sigo haciendo. Y he dicho suficiente por estos días, he brindado información, propiciado debate, reflexión. No puedo hacer más nada. No puedo ni tengo cómo meterme en la piel de otra persona que no comprende el racismo ni se cuestiona algunas prácticas que parecen tan sanas pero que terminan siendo racistas y perpetúan estereotipos. Educar es tarea comunitaria, pero tiene que haber un sincero interés individual por desear educarse. Es todo.

Me preguntaron de manera maliciosa si yo, que tanto andaba involucrada en “estos temas antirracistas”, No me iba a poner un turbante hoy, día de África. África reducida a una prenda, pero en eso ni me detuve. Sólo respondí que no lo haría. No critico a nadie que lo esté haciendo con respeto. Sólo que por respeto a la propia África no voy a usar una prenda que nunca uso a lo largo del año.

Tomado del muro de Fb de Mel Herrera.

COVID -19, la telenovela cubana y la lucha antirracista que no para…

Por Yarlenis M. Malfrán

En este contexto de pandemia posiblemente la programación de la televisión cubana gane más audiencia (o tal vez no), de cualquier manera, sabemos que el espacio de la telenovela es una de las marcas distintas de la identidad nacional, si se quiere. Sabemos, por lo que nos han legado los estudios de comunicación, que las tecnologías de comunicación no son neutras, muy por el contrario, su uso está asociado a determinados valores e ideologías que se promueven, diseminan, como también pueden ser soportes problematizadores del orden social, en función de principios como la igualdad entre otros.

De la mano de Teresa de Lauretis (1987) y partir de sus estudios sobre el cine, también aprendimos que tales tecnologías son, sobre todo, tecnologías de género, o sea, modelan y refuerzan ciertos ideales de ser mujer, hombre, etc. Ampliando la perspectiva de Teresa de Lauretis y a partir de lo que vienen discutiendo muchas feministas antirracistas, tampoco podemos sustentar una neutralidad en materia de cuestiones raciales. O sea, estas tecnologías, proponiéndoselo o no, tienen siempre, una agenda de género y raza (entre otras, obviamente). El problema radica en que, cuando no hay una intención antirracista y antisexista, tales tecnologías se vuelven aliadas de sistemas hegemónicos y de las discriminaciones que a partir de ellos se promueven.

Vayamos al grano. En tiempos de COVID y confinamiento le he dado más atención a la novela que se trasmite actualmente en Cuba: “El Rostro de los días”. La acompaño en el Canal de Youtube Raul Martin Alocubano .

En el capítulo 24 que se transmitió por este canal (no sé si equivalente al orden de los capítulos transmitidos por Cubavisión) una secuencia de escenas me resultó particularmente incómoda, por el modo en que ella reproduce estereotipos racistas y pone en escena lo que varias feministas antirracistas han designado como “la soledad de la mujer negra”, una problemática que obviamente no se da como una condición inherente a los cuerpos negros, sino que es resultante del racismo que estructura nuestras sociedades. El racismo que, a mi modo de ver reproduce esta secuencia de escenas y, por ende, este guión, es estructural y explico por qué.

¿Qué significa que una cosa es estructural? Implica que ella molda, organiza, da forma, base y sustento a un determinado orden social. Cuando decimos que el racismo es estructural eso supone que esta discriminación está en la base (como los cimientos y las columnas de una casa), determinando que las cosas sean del modo en que son. Una de las formas de interpelar las estructuras racistas puede ser preguntándonos: ¿dónde están negras y negros en la estructura social? De estar, ¿de qué modo están, ¿cómo aparecen? ¿en qué posiciones? Son estas preguntas las que quiero llevar para el contexto de esa secuencia de escenas para argumentar cómo en ellas se reproduce el racismo, o por lo menos se peca de reproducir un lugar estructural en el que, mujeres negras, son inferiorizadas.

La escena en cuestión se encuentra a partir del minuto 13, entonces, me pregunto: ¿Dónde y cómo está la adolescente negra en medio de una historia de amor blanca, protagonizadas por dos cuerpos blancos? La secuencia habla por sí, pero coloco aquí algunas respuestas posibles. La adolescente negra está sí, pero como un elemento decorativo, un lugar de no protagonista de la historia de amor. Un lugar de espectadora de una historia de amor blanca, con la que ella probablemente ni se atreva a soñar. Ese “no lugar” es el lugar que el racismo atribuye a mujeres y personas negras. ¿Cuántas protagonistas de historias de amor en las telenovelas cubanas SON PERSONAS NEGRAS? ¿Es que ese lugar no puede ser corporificado, protagonizado por cuerpos negros? Si el amor es una experiencia humana, ¿no ha de esperarse que todxs lxs humanxs puedan ocupar ese lugar? ¿Cómo los medios se compromenten con la lucha antirracista?

Mujeres negras, en la adolescencia son las que escuchan las historias de amor de las amiguitas blancas (doy fé de ello) y no tienen ninguna historia para contar, hasta porque hombres blancos y negros, ambos, son educados para pensar que conquistar a una mujer blanca es lo mismo que alcanzar un trofeo, por consiguiente, lo que resta para las mujeres negras es ese lugar estructural de soledad.
¿Dónde están las mujeres negras dentro de una estructura afectivo-sexual que es racista? Están en un lugar que las produce (sí es producido, no es natural) como feas para que mujeres blancas se sientan bonitas y objeto de deseo. Están en el lugar de la fetichización y objetificación sexual (buenas de cama, culos grandes) que las retira del lugar de merecedoras de afecto (negra pa casarse qué va, negros ni los zapatos!)

¿Dónde están las mujeres negras dentro de una estructura afectivo-sexual racista? Están allí, esperando ser vistas como humanas, consideradas como humanas. O forzándose a caber en un patrón que de por sí nos oprime, que no nos contempla, que no nos incluye. Estamos muchas veces intentando enblanquecer porque el referente de humanidad, de amor es blanco y ¿quién no quiere ser amado y aceptado? Entonces una de las maneras de lidiar con el sufrimiento que el racismo genera es vestir máscaras blancas en pieles negras como dicen Franz Fanon en su emblemática obra titulada así mismo.
Precisan producirse otras narrativas en las que personas negras ocupen espacios como humanas. La lucha antirracista es de todxs, también de personas blancas. Para escribir este texto me inspiré en la cólera que me produjo esa secuencia de escenas y en un post de Instagram de la artista brasileña Luedji Luna (@luedjiluna) que lleva por nombre “Eu planta”.

 

Referencias:
FANON, Frantz. Piel Negra, más caras blancas. Madrid: Ediciones Akal, 2009 .

LAURETIS, Teresa. A tecnologia do gênero. In: LAURETIS, Teresa. Technologies of
gender. Indiana: University Press, 1987

Nancy Cepero: Sobre racismo estructural y la gente negra que le hace coro a la opresión

Constituye una reacción común responder a críticas sobre comportamientos y comentarios racistas aludiendo el “racismo inverso”. De esta manera, no se quiere entender la realidad porque no conviene.
El racismo es estructural, vertical y apuñaleante para la gente que va quedando más abajo en la lista: lxs más oscurxs, lxs más oscurxs y mujerxs, lxs más oscurxs y gordxs, lxs más oscurxs y disidentes sexuales, lxs más oscurxs con diferentes capacidades.

Estas personas no tiene el poder estructural, la economía, poder de decisión, ni el interés para ejercer racismo y aplastar a otros grupos sociales. Por eso no existe racismo inverso, es una falacia, una balsa pal desespero; aunque a una persona negra no le guste la gente blanca y lo exprese, no tiene poder para invisibilizar, desacreditar, negar empleo, despedir o limitar el acceso por su aspecto.

Obviamente, tampoco nos interesa apropiarnos de su cultura, ya que nosotrxs y lxs nuestrxs hemos creado cultura con talento y alegría ilimitada a pesar del cepo al sol, la castración del lenguaje, de la religión, a pesar de la privación de libertad, se creó y se crea.

Por otra parte, la sociedad está establecido, estructurado de manera que en todos los contextos, negrxs tengan menos oportunidades y, además, miles de dificultades para acceder a esa mínima oportunidad, no hablo de individuos sino de grupo social.

“Todos somos iguales” es un planteamiento sin fundamento, facilista y racista que pasa por encima de la vivencia de un montón de cuerpas que llegaron al punto de partida con desventajas tangibles, reales. La apropiación cultural es racismo. No hay más vueltas. A estas alturas, con todo mezclado en el mundo, muchas cosas se pasan por alto, muchas menos la desfachatez del no reconocimiento, de la invisibilización y la burla.

Las negras somos humilladas y limitadas profesionalmente por nuestra complexión física, por nuestro color de piel. Luego las blancas y blanco-mestizas se doran al sol con artificios, se ponen culos, labios gruesos y son cool. A nosotras nos hacen problemas en las escuelas por llevar el pelo natural o dread locks, incluso las trenzas son mal vistas y automáticamente te ubican en contextos marginalizados en el imaginario social. Sin embargo, cuando la gente blanca utiliza estos “estilos”, es leída como artistas, transgresores, creativxs, innovadores. Hay que ir a YouTube a ver tutoriales de chicas blancas enseñándole al mundo a ponerse turbantes.

Es necesario que se entienda cómo cada apropiación, sin al menos reconocimiento a la fuente matriz, invisibiliza la vida, los cuerpos y la historia de mucha gente que ya de por sí está bien jodida solo por ser, por existir. Esta negación contribuye al racismo, a fomentarlo, a naturalizarlo, a normalizarlo a tal punto que incluso gente negra reproduce estas conductas, le hacen coro a la opresión y son incapaces de ver la tierra que se echan ellxs encima y a toda la comunidad consigo.