Un ejercicio de auto-etnografía

Por Victor Fowler Calzada

Toco a una puerta, pregunto por la persona cuyo nombre está en el papel que llevo en la mano, explico quien soy, mi relación o parentesco, y me piden que espere. Segundos más tarde escucho sonido de pasos mientras se aproxima aquella a quien busco, una mujer de edad madura (yo era joven entonces) que abre la puerta, me observa con algo de asombro y pronuncia: “¡Ay, pero tú no eres tan negro!”. La frase, como acostumbramos a decir los cubanos “salida del alma”, equivale, dentro del contexto, al otorgamiento de una suerte de pase o documento de visado, significa que lo conseguí o que vencí algo a lo que podríamos llamar “la prueba”. Perdón por la burla, pero es evidente que ha habido varios, o aunque sea uno, comentarios anteriores, así como que la opinión predominante, antes de yo aparecer, tiene que haber sido lo bastante negativa como para que la exclamación sea introducida por esa conjunción adversativa: “pero”.

Para hacer lo anterior aún más conflictivo, la historia tiene lugar en (o con) una familia donde los mestizajes raciales son inocultables, aunque, eso sí, con menor concentración de “negrura” que en mi caso; es decir, que hablamos de personas colocadas en un punto donde, como no-blancos, reciben opresión por su color de piel a la vez que oprimen a quienes, según la cantidad (o densidad) de “negrura” que exhiben, se encuentran en un escalón más “bajo”. Es tarea compleja imaginar o calcular la enorme variedad de elementos lingüísticos, culturales, conductuales, sicológicos, espirituales e ideológicos, entre otros, que se entremezclan para que la anterior escena sea posible; es decir, para que un oprimido proyecte en otro oprimido la cantidad y calidad de opresión que recibe (o incluso la multiplique).

Para quien ejerce la hegemonía, esto es un momento extraordinario que anuncia de qué modo un sector del Otro racializado se ha “apropiado” del racismo y lo ha asumido como una práctica personal; es decir, ha dejado de experimentarlo como algo externo, ajeno, y en lugar de ello lo ha “entendido”, lo ha hecho suyo y, al aceptar ejercerlo (en lugar de oponérsele) lo fortalece y prolonga. ¿Es esto lo que sucedió cuando, al nacer mi hija, hoy veinteañera, una vecina del antiguo barrio, por entonces una niña, tal vez de cinco o seis años, hija de padres negros, salió a la calle y a gritos preguntó a mi esposa si era cierto que habíamos tenido una niña blanca? Al llegar del hospital de maternidad, con la recién nacida en brazos, muchos vecinos se habían acercado a conocer a la criatura; por la tarde, aquella niña, que al llegar nosotros se encontraba en la escuela, conoció la noticia. ¿Quién, sino alguien de la familia, la inició en las preocupaciones por el color de la piel y en el “arte” de detectarlo? En esta apropiación del racismo, dicha práctica deja de ser un escándalo, que provoca asco o rechazo, y se transforma en algo que, simplemente, es, existe, está “ahí”; naturalizado o normalizado se presenta como poco más que un conjunto de pequeñas herramientas con las cuales identificar, diferenciar y separar personas y grupos.

II

Ahora estoy en un hospital y ha nacido mi primer hijo. Su cabello es muy suave, su piel de color muy claro. Una amiga de entonces llega, toma al niño en brazos, escudriña cada centímetro del pequeño cuerpo; entre temeroso y expectante imagino que busca indicios de alguna enfermedad o deformidad. Quita los pañales, alza los testículos y la escucho suspirar: tranquila, confiada. No fue hasta mucho después que se me hizo claro lo que había pasado: había encontrado en esa diminuta área la mancha, marca o zona oscura que delataba y adelantaba lo que, con el correr del tiempo, tenía que pasar: el color de la piel iba a oscurecer y el cabello a ensortijarse porque era negro. Tanto la intensidad como el carácter “experto” de esa mirada me sorprenden, y avergüenzan, todavía hoy, treinta años más tarde; la puesta en práctica de una tecnología de “detección” que permite localizar los signos externos que revelan, debajo o detrás de cualquier cobertura, todo lo “negro” que hay en el Otro.

Esas herramientas, incorporadas a la cotidianidad, útiles y diseñadas para cada “ocasión”, son “saberes” elaborados por generaciones precedentes, aglutinados que resumen sus prejuicios y que reproducen, hasta en las situaciones más ínfimas, el aparato íntegro de la opresión. Esa mirada que sabe “leer” el tamaño de los dientes, el ancho de los pómulos, la forma del cráneo, el ancho de la nariz, el grueso de los labios, los tonos de piel, el levísimo velo de oscuridad debajo de los ojos, las roscas del cabello en la nuca o las patillas, los sitios donde una “procedencia” no puede ser ocultada, es la mirada del mercado de esclavos, de la compra-venta y de la plantación, del amo que viola a la negra y luego, cuando el parto, elige según la piel sea más clara y a esos les da (les daba) casi siempre mejor vida.

La tragedia de semejante mirada es que carece de sentido sin las palabras, necesita expresar “lo que ve”, lo que ha descubierto, y aquí, al cumplir con ese mandato de compartir y exponer el “saber” que tiene acerca del Otro observado y analizado, no puede menos que producir ideología y teoría; dicho de un modo más simple, el que mira, detecta, identifica y clasifica está obligado a expresarlo, compartirlo, comunicarlo porque el “conocimiento racial” sería un placer autista si solo sirviera a uno mismo: es conocimiento “social”, para los demás, para que ocurra “algo”.

Es así que desde el nacimiento nos es entregado, enseñado, puesto a nuestra disposición, todo el tesauro de los signos que, supuestamente (y esto es algo en lo que hay que insistir) caracterizan al Otro racializado; en esta acumulación, continuamente reforzada, supuestamente se aprende cómo detectarlo, qué reacciones podemos esperar de él y en cuáles situaciones, cómo “manejarlo” para rebajar el peligro de su presencia, qué no hacer o decir, cómo mantenerlo “afuera” y cómo lograr que entienda que esa posición externa es su “lugar”.

¿Dónde, y gracias a quién, aprendimos a “detectar” la otredad racial? ¿A través de cuáles sesiones de micro-enseñanza se aprende a asociar las “marcas” con contenidos e incluso sensaciones negativas, a sospechar, a temer, a excluir? ¿Quién de nuestra familia, amigos, vecinos, compañeros de trabajo? ¿Cuáles chistes, cuentos de la vida barrial o del trabajo, historias familiares, álbumes de fotografías, canciones a la hora de dormir, juegos infantiles, salidas de fin de semana, comentarios a la hora de comida, en el desayuno? ¿En cuáles de esos espacios de vida “normal”, tan cotidianos y repetidos que tal parece que allí no sucediera nada trascendental?

III

Estamos en un edificio enorme, solos: ella y yo. “Quiero que sepas que tú eres mi primer negro”, dice. Los detalles en las historias importan menos que lo que se puede extraer de ellas, que el instante en el que aparece, por lo general de manera súbita, una grieta o ruptura; en este caso, descubrir que soy su instante trascendental, su demencia, la figura a través de la cual está quebrando las normas del grupo y reescribiendo la historia familiar. A la misma vez, dado que ella nunca pudo realmente salir del grupo, necesitó —antes de que la intimidad avanzara hacia el descontrol del goce— explicar(me) y explicar(se) lo que sucedía para que también yo experimentara lo casi sagrado de la ocasión. ¿Qué debí hacer con semejante revelación? ¿Orgullo, distinción, miedo? No fue un intercambio profundo y desgarrador acerca de nuestras familias, prejuicios y posibilidades de crear lazos duraderos. No hablamos sobre nuestros amigos y vecinos, cómo nos habíamos educado, con quiénes compartíamos y qué iban a pensar (o hacer, o cómo reaccionarían) a propósito de nuestra relación. No fue un diálogo que intentaba crecer hacia valoraciones sobre la cultura nacional, discriminaciones, exclusiones.

Si bien solo fue eso que cuento, unas palabras pronunciadas con algo de solemnidad a la vez que esbozaba una sonrisa fugaz y cómplice, un gesto pícaro, en una suerte de dimensión paralela —como si hubiera dos historias transcurriendo, simultáneas y con los mismos protagonistas— también hay mucho más; solo que no está en lo que decimos, sino exactamente en todo cuanto callamos y ocultamos. Donde alguien queda señalado como el “primer negro”, en ese particular contexto de la intimidad sexual (no en la biblioteca, una conferencia científica o colocando flores en el cementerio a una tumba familiar), la frase instaura un espacio de espera, una suerte de demanda de comportamiento, para que el interpelado (pues de una interpelación implícita se trata) se comporte o responda de determinada forma. La frase te roba la libertad y te obliga a ser un actor, a que muestres “eso” que hacen los que son como tú, “primer(os) negro(s)”; incluso en ese espacio de desprotección de la persona que es el erotismo, la tecnología de la detección te alcanza y tienes que mantenerte en guardia.

IV

El último cuadro de esta revisión auto-etnográfica tiene menos implicaciones emocionales, aunque desde el punto de vista conceptual es todavía más inquietante porque se trata de la conversación, más o menos reciente, con uno de nuestros intelectuales. Hay un punto en el cual me refiero a la incomodidad que provocan los chistes racistas en quienes les toca ser objetos de este tipo de humor y, aunque bien sé que la prohibición estricta de tales chistes despierta numerosos y agudos problemas de interpretación, estoy enteramente de acuerdo en que debe de haber normativas legales que protejan a quienes aquí son humillados. Entonces mi interlocutor dice lo siguiente: “Pero eso es como cuando tú estás sentado en el Malecón y vienen esos que tocan guitarra y a ti te molesta la música… te puedes correr a otro lado”. Escenas como esta, de decepción poco menos que absoluta con alguien que imaginé diferente, de-velan la totalidad de la persona a partir de un fragmento. Para mi interlocutor, lo principal es defender a ultranza el concepto según el cual el discriminador también tendría derecho a expresar su opinión en el espacio público; sin embargo, lo extraordinario es que para que semejante situación comunicativa ideal se mantenga, mi amigo (en este caso, cumpliendo una función de mediador o de intérprete intelectual, de productor de ideología) no tiene nada que decirle al racista, cuyo derecho se encarga de proteger, sino que se dirige a mí para indicarme que debo cambiar de lugar, alejarme, entregar el espacio. ¿Cambia algo señalar aquí que mi interlocutor en esta anécdota es “blanco”? ¿No significa su decisión que, siempre que se produzca cerca de mí, un acto racista debo desplazarme y encontrar así espacios nuevos y seguros? Ahora bien, si acepto que lo correcto es moverme, ¿de qué modo debo evaluar mi relación con los espacios anteriores sino partiendo del hecho de que allí siempre fui una suerte de figura sobrante, sitios a los que realmente nunca pertenecí?

¿Qué es pertenecer? ¿Qué es no-pertenecer? ¿Cómo se siente la persona en cualquiera de estas dos posiciones? ¿De qué manera aquello que experimenta “modela” u “organiza” todo su sistema de relaciones: con la familia próxima, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, conocidos, las leyes, la Historia, el Estado, la esperanza, el futuro? ¿No es todo esto lo que se pone en juego siempre que tiene lugar un acto racista; no importa si verbal, gestual, económico, cultural, laboral, habitacional, regional, erótico-sexual, lo que se nos ocurra?
V

Cualquiera de los ejemplos que he relatado en esta auto-etnografía se refieren, en lo esencial, a la manera en la que el racismo —consciente o no, agresivo o calmado— trata siempre de introducir en el subalterno esa sensación de no pertenencia, de estar siendo tratado, enjuiciado, valorado como “algo/alguien” ajeno, a medio camino entre persona y cosa, estorbo, escollo, sobra. No importa, repito, si esto es realizado mediante palabras, de manera verbal, que en miradas fijas y duras, a través de gestos, valiéndose de gritos o en esa peor forma de castigo que es el silencio. Identificación, detección, atribución, clasificación, prejuicios, contenciones, demandas de comportamiento, rasgos somáticos, saberes acerca del Otro racializado son todos derivados del mismo tronco o matriz, madre y padre simbólicos: la institución esclavista y su cultura, sus estructuras de poder y control, su sistema de relaciones humanas fracturadas.

Si no recuerdo mal, la mutación genética asociada a esto que hoy día conocemos como color de piel blanco tuvo lugar en el Oriente Medio hace unos 30 000 años. El enorme proceso de expansión de la especie humana, comenzada desde la actual Sudáfrica en busca del Norte, tuvo aquí un punto de giro a partir del cual la diferencia de pigmentación sirvió para definir y caracterizar grupos. ¿Podemos imaginar que sucediera al revés? Es decir, que Europa estuviese poblada por humanos de piel oscura y el centro de África lo contrario; que los esclavos transportados por millones hacia América hubiesen sido todos de piel “blanca” y que los amos en las plantaciones, los mayorales, los cazadores de esclavos fugados, los políticos, los dueños de las grandes fortunas hubiesen sido todos personas de piel “negra”. ¿Existiría este mismo tipo de racismo que existe hoy? ¿No será que todo este enorme aparato de opresión (aparato militar, político, económico, cultural, religioso y, en general, social) nunca tuvo, en lo más mínimo, nada que ver con “colores” de la piel? ¿No habrá que asociarlo a las dialécticas de posesión-desposesión, trabajo-acumulación, poder-privación, explotación-castigo, para que entonces sea revelado el verdadero sentido de lo que, en la superficie y apariencia, parece ser un asunto de “color”?

VI

La mejor forma de terminar que se me ocurre es haciendo una confesión personal y señalando algunas cosas que he recordado o aprendido mientras hago este ejercicio de auto-etnografía. La confesión es que, al menos en mi caso, los hechos racistas y, en general, discriminatorios, se refractan en tres carriles paralelos: a) el rechazo activo, inmediato, sea manifestando disgusto o discutiendo; b) lo que me atrevería a llamar el momento “analítico”, en el cual trato —con el mayor desapasionamiento que pueda— de examinar lo sucedido, sus raíces, sus partes, sus consecuencias; c) y un tercer momento al que califico como “discursivo”, el desencanto, el estupor, la sorpresa, la ira, o la alegría, la solidaridad, la valentía animan la escritura de textos. En cuanto a las cosas que aprendí o recordé, si tienen orden de preferencia, van debajo, y si sirven para algo es para pensar.

La única forma de ser anti-racista es serlo en todo momento o lugar.

No hay racismo pequeño. Todo racismo, por diminuto o fugaz que aparente ser, conecta con el largo entramado ideológico, cultural, económico, político y, en general, social del racismo elaborado dentro de (y gracias a) la cultura de la esclavitud.

Todo hecho racista alimenta y reactiva el mencionado sistema de opresión. Esto significa que cuando el racismo ocurre despertamos el pasado, discutimos el presente y comprometemos o estimulamos una determinada opción de futuro.

Además del desmontaje económico que da soporte al racismo, de la creación de un aparato de leyes que proteja al subalterno tradicional y de los discursos ideológicos, políticos y culturales, la construcción de sociedades nuevas necesita de una sensibilidad y una delicadeza especiales.

Si es cierto que, como explica Balibar, “no hay racismo sin teoría(s)”, entonces tampoco hay antirracismo sin estudio y sin producción de pensamiento; para desmontar el inmenso aparato ideológico-cultural del racismo es imprescindible hacerlo en el campo de las ideas.

Ser persona antirracista no es una meta a la cual se llega ni una distinción o calificativo que portar como una medalla ganada, sino un camino de desarrollo multidireccional por el que humildemente se avanza gracias a la fuerza de las convicciones y a la vigilancia sobre uno mismo, aquellos que nos rodean y las diversas instancias de la sociedad en la que habitamos.

La duración de cualquier lucha antirracista es tanta como la extensión de la injusticia y como la vida misma de la persona convertida en activista.

El racismo es solo una de las discriminaciones que los seres humanos conocemos, ponemos en práctica o contra las cuales luchamos; entre otras, las de género, sexualidad, identidad sexual, creencia religiosa, edad, discapacidad, de carácter regional, por normas de belleza, etc.

Al señalar al “Otro” por sus rasgos, el racismo le suele atribuir características y contenidos negativos, fantasiosos o hiperbolizados en lo que toca a conducta sexual, identidad sexual y norma de belleza; al mismo tiempo, de modo paranoide, invierte el listado de virtudes comúnmente aceptadas y las transforma en debilidades del “Otro”: vagancia, falta de inteligencia, incapacidad de sacrificio, tendencia a la violencia, etcétera.

Las herramientas de las luchas antirracistas son también útiles para la lucha contra otras discriminaciones; donde la lógica de la cultura del racismo es desunir, la lucha antirracista busca la solidaridad.

La única manera de construir una sociedad nueva es construyéndola.

Norge Espinosa: El bibliotecario de Sodoma

norges y vito
Norge Espinosa y Victor Fowler

Por Norge Espinosa

1. El poema.

La imagen brotó de la línea de Federico García Lorca y entró a mi página. En una noche de Santa Clara, en 1987, solo tenía conmigo la visión que Lorca me ofrecía, en uno de los pasajes de ese poema tan intenso y controvertido que es su Oda a Walth Whitman. Por años, el libro había estado al alcance de la mano, y solo mediante el impulso que la lectura de otros poetas cubanos y extranjeros empezaba yo a sentir en mi ciudad natal, alcancé la revelación que ese texto me ofrecía. Quedaban a un lado los lugares comunes que persiguen a Lorca hasta el día de hoy con tanto ensañamiento como el que le reservaban sus asesinos: gitanos, lunas, panderos, cuchillos, lunas de plata amenazante, etc. Tal vez el Lorca que me sigue acompañando hasta hoy es el de ese poema que nos lo describe en pleno conflicto: como un homosexual que quiere un espejo puro en el que hallar su rostro, y no en el gesto flébil de las mariquitas y los jotos y los pájaros a quienes condena. Pero también esas mariquitas, esos desbordes de la sociedad, esos excesos que a ratos algún credo y algún gobierno ha preferido sacar de la vista, tienen a Lorca como mártir, lo reconocen entre los libros del estante que tal vez no miran con igual interés. Lorca, Wilde, Genet, Proust, Cernuda, Salvador Novo, Miguel Ramos Otero, Virginia Woolf, Djuna Barnes, Isherwood, Auden, Gingsberg. Lentamente se va creado una genealogía, una tradición, una arqueología en la que poco a poco el discurso se convierte en fuerza que mueve a la batalla, y que va dejando atrás las máscaras del amor que no puede decir su nombre, o mejor, que no se atrevería a decir su nombre. En Cuba, donde Lorca juró perderse, leerlo tiene una connotación que invita al desborde, a la indisciplina de sus aventuras habaneras y en otras provincias. La Universidad de Miami acaba de digitalizar los fondos de su enorme archivo cubano que se ocupan de la presencia de Lorca entre nosotros, y ha reaparecido el rostro del granadino, en la playa de Marianao, junto a muchachos de sonrisa fácil, a los que ha de haber seducido con la gracia que es el reverso de esos terribles versos de la Oda a Walth Withman. Dejó entre nosotros una vibración que también es erótica, polémica, sexual, política. En una noche de Santa Clara, ciudad que no visitó, ese fantasma se manifiesta e impulsa la mano de un joven poeta. Quiere un espejo, insiste, donde encontrar su rostro de modo más puro. Pero cómo mirarlo. Con qué espejos. Con qué ojos.

VESTIDO DE NOVIA

Por eso no levanto mi voz, viejo Walth Whitman,
Contra el niño que escribe
Nombre de niña en su almohada,
Ni contra el muchacho que se viste de novia
En la oscuridad del ropero.

Federico García Lorca.

Con qué espejos
con qué ojos
va a mirarse este muchacho de manos azules
con qué sombrilla va a atreverse a cruzar el aguacero
y la senda del barco hacia la luna
Cómo va a poder
cómo va a poder así vestido de novia
si vacío de senos está su corazón
si no tiene las uñas pintadas si tiene sólo un abanico de libélulas
cómo va a poder abrir la puerta sin afectación
para saludar a la amiga que le esperó bajo el almendro
sin saber que el almendro raptó a su amiga le dejó solo
ay adónde podrá ir así tan rubio y azul tan pálido
a contar los pájaros a pedir citas en teléfonos descompuestos

si tiene sólo una mitad de sí la otra mitad pertenece a la madre
de quién a quién habrá robado ese gesto esa veleidad
esos párpados amarillos esa voz que alguna vez fue de las sirenas
Quién
le va a apagar la luz bajo la cama y le pintará los senos con que sueña
quién le compondrá las alas a este mal ángel hecho para las burlas
si a sus alas las condenó el viento y gimen
quiénquién le va a desvestir sobre qué hierba o pañuelo
para abofetearle el vientre para escupirle las piernas
a este muchacho de cabello crecido así vestido de novia

Con qué espejos
con qué ojos
va a retocarse las pupilas este muchacho que alguna vez quiso llamarse Alicia
que se justifica y echa la culpa a las estrellas
con qué estrellas con qué astros podrá mañana adornarse los muslos
con qué alfileres se los va a sostener
con qué pluma va a escribir su confesión ay este muchacho
vestido de novia en la oscuridad es amargo y no quiere salir no se atreve
no sabe a cuál de sus musgos escapó la confianza
no sabe quién le acariciará desde algún otro parque
quién le va a dar un nombre
con el que pueda venir y acallar a las palomas
matarlas así que paguen sus insultos
con qué espejos ay con qué ojos
va a poder asustarse de sí mismo este muchacho
que no ha querido aprender ni un solo silbido para las estudiantes
las estudiantes que ríen él no puede matarlas
así vestido de novia amordazado por los grillos
siempre del otro lado del puente siempre del otro lado del aguacero
Siempre en un teléfono equivocado no sabe el número
tampoco él se sabe
Está perdido en un encaje y no tiene tijeras
así vestido de novia como en un pacto hacia el amanecer

Con qué espejos
Con qué ojos.
2. Un bibliotecario de Sodoma.

Repentinamente dueño de un poema que, para decirlo con Sigfredo Ariel, desató algo parecido a un escándalo en la literatura cubana de ese momento tan intenso que fueron los años de cierre de la década del 80, comprendí que un texto de esa naturaleza exigía cierta noción de compromiso. En la literatura nacional, hacía mucho que lo homoerótico no se expresaba abiertamente, y el silencio impuesto sobre los autores que en alguna ocasión se interesaron en ello pesaba como una doble lápida de ignorancia y tabú. Habría que esperar a la década del 90 para que investigadores como Víctor Fowler desenterraran El ángel de Sodoma, la novela que en 1928 editó en España Alfonso Hernández Catá para que se abriera un curso nuevo en nuestra tradición letrada. Lo mismo sucedería con otra novela aparecida un año después, La vida manda, que publicó en México Ofelia Rodríguez Acosta. La lectura, en los años 30, de Lorca y Cernuda, despertó en Emilio Ballagas la necesidad de una confesión que, en su caso, terminaría siendo un drama. Pero de esa angustia nació un poemario como Sabor eterno, de 1939, en el que los homosexuales cubanos encontraron algunos de sus primeros cantos. Bajo ese influjo empieza a escribir Virgilio Piñera, quien firma su Oda a la vida viril, inédita hasta mucho después de su muerte, también en 1939. Ya para ese entonces, en México también, había aparecido Hombres sin mujer, la novela moderna que, para Cuba, en realidad, hace cambiarlo casi todo.

El impacto del gallego Carlos Montenegro, radicado en Cuba y conocedor aquí de los horrores de la cárcel que luego expondría en ese libro capital, llega hasta hoy como una sacudida que la crítica cubana no ha sabido aprehender del todo. Hemos tenido que esperar a este mismo 2014 para que al fin una nueva edición, precedida de un excelente estudio de Jorge Domingo, nos invite a releerla más allá de la rareza. Con la novela de Carlos Montenegro se entrecruzan, desde el concepto más hiriente de la violencia, autores tan diversos como Reinaldo Arenas, Norberto Fuentes, Guillermo Vidal, Angel Santiesteban y muchos otros que ahora escriben sus textos. Traspasar la piel y la urgencia que enlaza el cuerpo de dos seres de sexo semejante es una actitud que requiere el coraje de un escritor bien entrenado, de ahí la altura del reto, y la estatura no superada de Hombres sin mujer.

En la poesía del mundo de Orígenes, que presidía esa gran loca patricia que es José Lezama Lima, lo homoerótico también tenía su conflicto. La máscara y el músculo de lo católico imponían una capa verbal que necesitaba ser arañada, para que nos revelara sus neurosis más interesantes. Mientras se acumulaba un número tras otro, Lezama, agazapado, “preparaba su sorpresa”. Ningún origenista, ni siquiera los que combatían a Lezama, como Piñera o Lorenzo García Vega, estaban preparados para lo que significó Paradiso. Los ángeles de Lezama tenían sexo, un sexo dispuesto a gozar priápicamente, y no como se les entreveía en las castas viñetas de Mariano o Portocarrero. Ciclón, la revista que Piñera inventó como petardo ante la puerta de Trocadero 162 junto a Rodríguez Feo, gastó sus salvas en juegos de escándalo, que la novela de Lezama iba luego a disolver. Pero algunos de esos juegos son también insólitos y extremadamente útiles, como el ensayo “Ballagas en persona”, que Virgilio concibió como una batalla que aún perdura entre nosotros.

Como un bibliotecario de Sodoma, a lo largo de los años que corren desde aquella noche de 1987, he ido acumulando textos, rostros y nombres. Documentos que pudieran perderse, y sobre todos anécdotas que me permiten reconocer una tradición para mí, y para los lectores de Vestido de novia. Con humildad e irreverencia, organizo el archivo donde esos maestros encaminan la lectura hacia mi página, y de ahí hacia otras, que siguen haciendo crecer la biblioteca nocturna que puede ser también La Habana. Severo Sarduy, Calvert Casey, Antón Arrufat, Delfín Prats, Magali Alabau, José Mario, Reinaldo Arenas, José Milián, Abelardo Estorino, Ana María Simo, María Irene Fornés. En las paredes de esa biblioteca están otros rostros, artistas que desde otros ámbitos también hacen una tradición interesada y entendida: Ernesto Lecuona, Juan Bruno Tarraza, Bola de Nieve, Humberto Solás, Miguel de Gonzalo, María Teresa Vera, Amelia Peláez, Servando Cabrera Moreno, Raúl Martínez, Pepe Carril y Pepe Camejo, Vicente Revuelta, Francisco Morín, Adolfo de Luis. Tantos otros. Pasan sobre ellos los éxitos y los fracasos, errores políticos como la UMAP o la parametración. También el silencio es una tradición que puede resultar tan atroz como útil. Hurgar en ese agujero negro, hoy nos obliga a extender la biblioteca de una Sodoma tropical.

La explosión desencadena en Cuba y acerca de Cuba durante la década de los 90 hizo crecer este edificio hacia latitudes casi imposibles. El exilio de los 80 generó fenómenos como la revista Mariel, y la irrupción del sida convirtió en cuerpos martirizados a Sarduy y a Reinaldo Arenas, canonizados ahora según la voluntad de sus propios manifiestos. Y en Cuba, durante esa década, empiezan a dejarse ver textos de Pedro de Jesús López, Ena Lucía Portela, Nelson Simón, Jorge Angel Pérez, Ana Lydia Vega Serova, Arlén Regueiro, Alberto Acosta Pérez, Rubén Rodríguez, René Coyra, Mae Roque, Mabel Cuesta, José Rolando Rivero, Luis Yussef, Abel González Melo y tantos más. Los latin queer studies imponen la ruptura de algunas fronteras, y para ser consecuente con ello, y como un bibliotecario riguroso, hay que hacer espacio a libros también escritos en inglés. Achy Obejas, Rafael Campo, Elías Miguel Muñoz, José Esteban Muñoz, José Quiroga, Jorge Ignacio Cortiñas, Nilo Cruz, Alina Troyano, se unen a lo que siguen diciendo en español nuevos nombres que llegan al exilio, dígase en España, México, Estados Unidos, Suecia: Miguel Angel Fraga, Alberto Lauro, Odette Alonso, Félix Lizárraga, José Félix León, Juan Carlos Valls, Roberto Urías, Abilio Estévez, Raúl Alfonso, Chely Lima, Antonio Orlando Rodríguez… La onda expansiva de El lobo, el bosque, el hombre nuevo, con el que Senel Paz gana el Premio Juan Rulfo en 1990, tiene ecos en el mismo concurso que poco después obtienen Joel Cano, con Fallen Angels, Ena Lucía Portela con El viejo, el asesino y yo; y Miguel Barnet con Fátima o el Parque de la Fraternidad. Numerosos son los autores que se acercan de distinto modo a lo homoerótico. No todos desde un eje de compromiso que les deje ir más allá del carnaval y el estereotipo, esos dos grandes peligros cubanos. Dónde poner, en esa biblioteca de una Sodoma caribeña, tantos ejemplares. Cómo evitar que se confundan los unos y los otros. En la noche de la biblioteca, llegan títulos, revistas, otras páginas. En los anaqueles antes casi vacíos, se agolpan esos volúmenes. Falta haría el concurso de otros bibliotecarios que organicen y cataloguen tantas cosas. Para eso también se hace un Curso en La Habana. Para que si se produce un incendio o una catástrofe mayor, ellos, desde la memoria de lo que han leído, puedan volver a escribir todo lo que se perdió. Esos textos y otros. Los que escriben ahora mismo otros autores. Yunier Riquenes, Rogelio Orizondo, Fabián Suárez, Legna Rodríguez, Larry Javier González. Una biblioteca frente al mar.

3. Queer Nation: otro mapa de Cuba.

En Queer Nation, su excelente ensayo, el estudioso y profesor puertorriqueño Rubén Ríos Avila desmonta otro sueño posible acerca del mito de su país. Describir la patria como una nación maricona, como una noción pájara de la Historia que se vive a puertas cerradas o en consonancia con un secreto que, pese a la visibilidad más o menos reciente sigue activando claves de lectura erótica, moral, política y subversiva; es gesto que nos falta. Acostumbrados a pedir permiso, a esperar que alguna entidad se imponga como defensora de una causa que tal vez deba estar en manos de un compromiso más orgánico y natural sobre ese asunto, hemos confiado en que alguien, desde esas cúpulas, volverá a leer la Historia para nosotros, y nos hará en ella, como quien dispensa un favor, un sitio en sus márgenes. La literatura cubana, las artes de este país, tienen una tradición homoerótica de fuerza no calibrada. Nos falta leerla desde los cardinales que han propuesto al mundo Judith Butler, Eve Kosovsky, José Esteban Muñoz, Alberto Mira, José Quiroga o Daniel Balderston, y discutirlos desde un mapa propio. A los artistas ya mencionados, habría que añadir otros desde el audiovisual, el teatro, la música y por supuesto, las artes plásticas, amén del respeto necesario hacia las obras que, en ese ámbito, nos ofrecen Rocío García, Eduardo Hernández Santos, o René Peña y Alejandro González, entre muchos otros. O, que en el campo del audiovisual, tienen sus ejemplos, desde que en 1988 se produjera en la Escuela Internacional de Cine el documental No porque lo diga Fidel Castro, hasta los materiales que en la Muestra de Cine Joven dan fe de ciertas persistencias: Camionero, de Sebastián Miló, Ella trabaja, de Jesús Miguel Hernández, y que se combinan con otras piezas: Seres extravagantes, de Manuel Zayas, o los documentales de Lizette Vila y Belkys Vega. Mientras, en el teatro, Carlos Díaz y Nelda Castillo, se hacen imprescindibles. Las políticas del desacato, entre nosotros, las políticas del desborde y el desenfreno, aún no están articuladas desde su mayor fuerza eruptiva. La celebración en Cuba del Día Mundial de Lucha contra La Homofobia, o una campaña contra el VIH Sida, pueden y deben ser una fecha en el mapa, no el mapa único y formal desde el cual lanzamos otras consideraciones acerca de derechos y deberes que siguen siendo postergados. El diálogo, para saberse en verdad diverso, tiene que asimilar esas y otras demandas mayores, que provienen de cardinales distintos, de modos de discursar y vivir que tienen que ser distintos. Fuera de ese marco aparentemente político, la Isla se rompe en otras connotaciones. En sus playas y en sus noches, en la insolencia con la cual, un cuerpo, ansioso de otras posibilidades, se ofrece sin piedad tan cerca de las costas.

Organizando el Curso Literatura Cubana LGBT junto a Víctor Fowler, encarando al puñado de alumnos a los que, durante más de doce semanas hemos ido ofreciendo datos, títulos, nombres, referencias, todo eso se estrella contra esa noción posible-imposible de una verdadera nación queer. “¿Tú has visto país más maricón que este?”, me preguntó alguna vez un célebre dramaturgo y narrador, radicado hoy en Barcelona, poco antes de haber afirmado que La Habana, el verdadero tesoro y gozo de La Habana, son sus cuerpos. En el paisaje de esta capital hierven sus fantasmas, como el de Reinaldo Arenas entre los muros del Hotel Monserrate. La tradición exige rigor, compromiso y militancia. Escribir tan bien como ellos lo hicieron, ser respetuosos con la vibración que en Cuba pudo dejar Lorca o Cernuda, que llegó a creer que el cielo de la Isla sería tan puro como el de Italia, a la que no visitó. Frente a esta bahía se conocieron Teresa de la Parra y Lydia Cabrera, y aún no sabemos del todo qué secretos cruzaron esas dos grandes mujeres. Esos alumnos del curso serán los próximos bibliotecarios. Lo son ya, acaso sin que ellos lo sepan. Como tal vez tampoco lo sepan los autores que, imponiéndose contra la noche, ante la página de un escritor al que ven con otros ojos en plena madrugada, tienen que levantarse para ir al papel. Y escribir, sobre las palabras de esos autores muertos, la letra viva de una Nación que tienen más cuerpos, deseos, y urgencias de las que caben en una bandera o entre los símbolos de cualquier escudo.

Texto leído durante la tertulia del 10 de julio pasado, que se le dedicó al taller Literatura Cubana LGBT, en la Embajada de España.

Literatura LGTBI: leer en silencio, entre líneas

Norge Espinosa
Norge Espinosa

Desde el mes de marzo, los intelectuales Víctor Fowler y Norge Espinosa están realizando en La Habana un curso sobre la literatura cubana LGBTI. Ambos especialistas, con reconocida trayectoria dentro de los estudios culturales, se han interesado en visibilizar aquellas obras que presentan personajes con diferentes identidades de género y orientación sexual. Sobre esta idea, convertida en realidad gracias a la entereza y voluntad de ellos, hablo con Norge Espinosa.

¿Por qué un curso sobre literatura LGBTI? ¿Conoces experiencias anteriores en Cuba con las mismas intenciones?

El curso nace a partir de la necesidad de cubrir un vacío, no del mero gusto de dos escritores que sientan alguna inclinación especial hacia ese segmento de nuestra cultura que, vale la pena decirlo, sigue siendo ignorado por nuestras casas de altos estudios, generalmente muy reacias a la apertura de los estudios queer o de sus desprendimientos, bajo recelos de muy distinta naturaleza.

No es que no existan en Cuba tesis, trabajos de diplomas e incluso defensa de doctorados a partir de libros y autores y autoras que hayan entrado a este canon cubano LGBTI, sino que la articulación orgánica entre esas presencias y el concepto que se imparte en dichos espacios no funciona más allá de la voluntad particular de uno que otro interesado. Nos falta mucho por aprender y aprehender de esos tipos de análisis.

En Cuba, nombres esenciales como David William Foster, Eve Kosovsky o Judith Butler siguen siendo mera nota al pie de alguna bibliografía muy reducida, y es ridículo negar los postulados de ese autores, discutirlos, sin siquiera haberlos leído. Hay también un elemento puntual, y es que la tan temida teoría queer se ha ido convirtiendo en un cuerpo de estudios muy amplio, cada vez más multidisciplinario, y que en América Latina ha encontrado un eco poderoso desde ese margen, desde esa periferia, que la discute al tiempo que se sirve de ella para abordar a figuras tan diversas como Lemebel, Puig, Sarduy, Arenas, Perlongher, Lydia Cabrera, Pizarnik, Novo y tantas más. La teoría es un instrumento, no una sentencia a la que seguir mecánica ni mansamente. Pero eso no parece encontrar el impacto suficiente en la comodidad con la cual, desde la enseñanza o la crítica, nos dirigimos hacia la posibilidad de mejores y mayores lecturas.

El curso nace para organizar una cronología, un mapa marginal si se quiere, que dé nociones de una tradición, de una serie de presencias conectadas a pesar del fragmento, del silencio y el tiempo, a fin de hacernos entender que este asunto, en las letras y la cultura nacional, ha ido aportando nociones que merecen ser tenidas en cuenta, como clave e influencia en otros asuntos generalmente mal interpretados. Saber que se tiene una tradición puede hacernos más fuertes, menos solitarios. Una manera más de luchar contra ese estereotipo del homosexual, la lesbiana, el trans, como perfiles desamparados.

No, lamentablemente no recuerdo otras iniciativas de este carácter. Se habla del tema en eventos, en foros, hay libros mejores y peores sobre el tema, pero un curso concretamente dedicado al tema, no. Y es una pena. Recuerdo que en 2001 llegaron a Cuba dos de las figuras más notables de estos estudios: Daniel Balderston y José Quiroga, y a solicitud de una profesora de la Facultad de Artes y Letras dieron una charla básica sobre la teoría queer y sus ramificaciones hacia los estudios literarios del continente, tras la cual sufrieron la andanada del entonces decano de dicha facultad, quien afirmaba que esa era una teoría que segregaba a heterosexuales de homosexuales, que solo ofrecía estancos separados. Y así es que estamos ahora, a casi 15 años de aquello, haciendo este curso contra esa y otras formas del silencio.

El programa, accesible en la página de Facebook del curso, adelantó todos los temas, entre los que se encontraban, por ejemplo, algo tan interesante como “Colonia. Discurso nacional y normatividades sexo-eróticas en la formación de la nación”. También se propuso hablar del “Modernismo, decadentismo y sexualidad: Casal y Martí”. Te pregunto: ¿encontraron muchas o pocas referencias para el abordaje de esos períodos tan lejanos en el tiempo. ¿Podrías decir quiénes han sido los investigadores que se han dedicado a estudiar estas épocas?

Hay una serie importante de búsquedas en ese momento histórico que vienen a ser la arqueología o la prehistoria de esto que abordamos. Un ámbito poco visitado, y en el que se encuentran los puntos de partida de recelos, prejuicios y estereotipos que seguimos repitiendo, incluso de manera inconsciente.

Los años iniciales de la Colonia carecen de estudios suficientemente completos, no pocos de los archivos que tienen que ver con sus pasajes están fuera del país y llegar a ellos, para los historiadores interesados, puede ser muy complejo. Así que es un período en el que aún andamos a ciegas. Pero hay piezas ya a la vista, como la carta contra el “hombre-mujer” que aparece en el Papel Periódico de La Habana en 1791, firmada por José Agustín Caballero. Hay que leer entre líneas a veces para encontrar referencia a la condena que la Inquisición desató en Cuba contra los amujerados de Cayo Puto, que está en un libro de Fernando Ortiz, un argumento que luego, por ejemplo, reaparece en Contrabando de sombras, la novela de Antonio José Ponte.

Hilvanar esos fragmentos es un proyecto aún en camino, donde sobresalen figuras míticas como Enriqueta Faber, también protagonista de novelas muy diversas. Adentrarse en ese ámbito tiene el reto de los laberintos. Y sí, hay estudiosos que nos ayudan ya en ese propósito. Emilio Bejel ha emprendido esa senda, y con él están las aportaciones esenciales de Oscar Montero y Francisco Morán Lull acerca de Julián del Casal y sus desvíos, amén de lo que Víctor Fowler y Abel Sierra Madero van iluminando. Hay que ser capaz de leer, como te digo, en el silencio, entre líneas. Y hacer lecturas interesadas o “entendidas” para comprender que, por ejemplo, la mirada de José Martí hacia Oscar Wilde es más de lo que dice su célebre crónica. También en esa línea está la intención del curso, en ayudar a los alumnos a sobrepasar lo evidente.

Revisando esa misma lista de temas me salta a la vista que los nombres mencionados allí, y que de alguna manera pueden ser considerados hitos, son mayoritariamente masculinos. ¿Se pudiera trazar o no una historia de la literatura LGTB solo mencionando las contribuciones de las escritoras? ¿Quiénes serían esas a citar?

Es difícil. El rol de la mujer es uno de los más invisibilizados a lo largo de este proceso. Imaginar que un hombre abordara estos casos patológicos, engendros de la naturaleza, desvíos innecesarios del deseo, podía pasar como ficha curiosa. Que una mujer se expresara en tal sentido era una transgresión demasiado peligrosa. Te confieso que no me gusta la idea de ir desarbolando el proyecto en esa dirección, tal vez sea mi error, pero por ahora no me interesa ir desarticulando el cuerpo de estudios hasta llegar a esos límites que nos impiden apreciar la riqueza de intercambios, influencias, contradicciones y conflictos. No me interesa el análisis, al menos por ahora, que se limite a una literatura únicamente escrita por mujeres, o por autores travestis, o por enfermos de VIH Sida: esos compartimentos aún no tienen sentido, si es que los tienen, en las letras cubanas.

Hay que sobrepasar primero esta línea de sombra en la que aún nos movemos, aprender a leer esos autores como una tradición, antes de empezar a quebrantarla desde una perspectiva que los aísle de otros elementos que, desde mi manera de ver, también se interconectan con ellos, los movilizan, los hacen reaccionar. Amén de que para ello tendríamos que tener ante nuestros ojos obras ya desarrolladas y maduras, no solo fragmentos o asomos casuales a un tema, que es por desgracia lo que abunda. Ofelia Rodríguez Acosta, Graziela Garbalosa, algunas autoras relacionadas con la lucha feminista de inicios del siglo XX, son nombres que se repiten una y otra vez. Pero se olvida la manera en que Lydia Cabrera, por ejemplo, deja pistas sobre el homosexualismo en varios de sus textos sobre los cultos negros en Cuba (El monte y La sociedad secreta abakuá, para mencionar dos ejemplos) o se deslíe en el secreto dimediado y aún poco penetrable de su relación con Teresa de la Parra. O las anécdotas de la Loynaz sobre Gabriela Mistral cuando la hospedó en su casa de 19 y E.

Si esta historia está hecha de silencios, la que pueden contar las mujeres que aparecen en ella mediante cartas, diarios, documentos poco accesibles, todavía demorará mucho en dejarse ver como quisiéramos. Y eso pasa, incluso, con nombres muy recientes.

Leyendo los resúmenes me he percatado de que no solo se ha tocado la literatura cubana sino que también el curso ha estado marcado por un análisis exhaustivo del contexto y por la exhibición de ejemplos de otras manifestaciones artísticas, entre ellas el cine y el teatro. ¿Por qué la necesidad de hablar de otras manifestaciones? 

Una de las grandes carencias de nuestro mundo cultural es su inhabilidad para leer desde perspectivas muy variadas lo que sus principales acontecimientos provocan en otros espacios. Es como si Emilio Ballagas o Lezama Lima nunca hubieran influido en otras nociones de lo cultural entre nosotros. Crear una comunidad, hablar a nombre de ella, tiene que ser un reto mayor que se construye a partir de una lectura sediciosa y gozosa de muchos otros elementos. El teatro, el cine, las artes visuales, la presencia de artistas LGTBI en hechos sociales de cierta naturaleza a lo largo de todo este devenir, activa resortes que pueden desatar un cambio en la percepción de esas voluntades que tienen un punto de partida en lo erótico y sus posibilidades diversas, incluso como actos disidentes que tendríamos que leer en secuencia.

Ya está bastante fragmentada la percepción que tenemos sobre este asunto en la literatura. Imagínate si en lugar de llenar esos vacíos nos dedicáramos a solazarnos en ello. Ya hay bastante ignorancia disfrazada de pereza entre nosotros como para que no intentemos luchar contra ella desde esa línea, si se quiere, de combate. Integrar los nombres fundamentales que desde la sexología europea o norteamericana se fueron incorporando como conceptos básicos de discusión y reivindicación alrededor del homosexual a nuestros contextos, tiene que servir para saltar desde esas comodidades y desconocimientos, a fin de impulsar a los interesados en el curso a hacer preguntas mayores y más complejas.

¿Con qué tres libros o autores tendría que contarse necesariamente la historia de la “temática gay” dentro de la literatura cubana?

Es una pregunta de doble y triple filo. Podría decir: Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro; Paradiso, de Lezama Lima, y El color del verano, de Reinaldo Arenas. Y me ganaré tu responso porque ya ves, no hay ninguna mujer en esa relación. Obras como las de Ena Lucía Portela o Ana Lydia Vega Serova, que tanto me interesan, son aún blancos en movimiento. De ellas espero que, también en el futuro, esas tres piezas que menciono puedan ser o no desplazadas. Hay que ser paciente, aún en plena batalla.

¿Podría concluirse que la literatura escrita desde la diáspora ha contribuido igualmente al tratamiento del tema?

Por supuesto. La salida de Cuba hacia los Estados Unidos, España y otros destinos de autores que desde los 60 han ido incorporando a sus imaginarios la vivencia de la homosexualidad tiene un campo de análisis más amplio del que imaginamos desde aquí. La lista es larga y muy variada en tonos, retos y calidades. Una antología sobre el tema tendría que incorporar varias de esas presencias si se quisiera tener por seria. Las oleadas sucesivas del exilio han llevado a puntos muy diversos del planeta a esos autores. Desde esa distancia, como hicieron en su día los miembros de Mariel, plantaron discusiones abiertas sobre el tratamiento del homosexualismo en Cuba que no deben seguir siendo ignoradas. Es una historia llena de dolor, nostalgia, resentimiento a veces, traumas y voluntades de cercanía a la Isla madre y a su historia, lo cual implica una voluntad crítica que sepa reconocer la calidad literaria más allá del golpe de la memoria y el olvido en esos textos. Pero la comunidad cubana LGBTI, a la hora de hacer su historia letrada, no puede prescindir de ellos.

Sobre lo logístico, que a veces nos puede poner al punto de abortar un proyecto. En el texto de convocatoria al curso declaras que el mismo se realizará todos los miércoles de cada mes, en el Centro Dulce María Loynaz, pero he sabido que eventualmente han existido obstáculos. ¿Mala suerte u homofobia?

Un poco de todo. El Centro Loynaz acogió la idea desde que la comunicamos a su director, Jesús David Curbelo. Luego, sobrevino una serie de infortunios que terminó haciendo evidente la escasa promoción que de tal curso se dio en la prensa y en los medios a los que el propio Centro tiene acceso. En la televisión hay spots sobre sus tertulias habituales, y no he dejado de recibir, a lo largo de estos meses, mensajes electrónicos que provienen de sus promotores difundiendo esos otros encuentros. Ninguno sobre el Curso Literatura Cubana LGBTI. Para colmo, luego, durante varias semanas, coincidían nuestras citas con apagones provocados por el cambio de postes eléctricos en esa área del Vedado. Pero no es solo lo que pasa allí. Me desesperé enviando mensajes sobre la convocatoria del Curso a universidades, personalidades, especialistas literarios, revistas, medios de prensa e instituciones como el Cenesex o el Centro Nacional de Prevención. La respuesta fue casi nula, y en verdad es decepcionante corroborar el rechazo hacia el conocimiento y el trabajo intelectual que implica ir más allá de la superficie que hemos recibido como respuesta. Se trata de un curso en el que hay que leer, discutir, no solo acudir a oír una charla. Y donde, al mencionarse la teoría queer, ya hay gente que reacciona desde ese rechazo institucionalizado al tema que he visto expresarse en otros espacios.

Es lamentable vivir en una nación donde la presunta comunidad LGBTI prefiera desgastarse en la única fiesta oficial del año, o en las noches de supuesta glamorous gaylife accesible solo a quienes dispongan de moneda dura. Un homosexual sin argumentos acerca de quién es y quiénes lo respaldan como ejemplo, modelo, tradición y conflictos, es una persona aún más desarmada de la que sus enemigos se imaginan. Y nos falta por aprender mucho, por saber mucho más allá de la lentejuela de una noche en el Karl Marx viendo a las divas del transformismo, o marcando la presencia oficial en un acto de lucha contra el VIH Sida. Creo que falta organización y conocimiento que no dependa solo de lo institucional, y eso sirve para todo el concepto de una Cuba que tiene que despertar de ese sueño paternal y congelado en el que se ha convertido en víctima de sí misma. Hay ideas y luchas que no son exclusivas de nadie, mucho menos de una institución, y si no encarnan de veras en quienes son parte de ella, si nos limitamos a creer que hay que esperar al permiso de quienes aparentemente controlan esos discursos y anhelos entre nosotros, poco avanzaremos. Poco seremos. Al final, estamos cerrando el curso, con un puñado de alumnos fieles, en la Librería Alma Mater. Ya se ve que no basta con las buenas intenciones. Romperse la cabeza contra el muro es un gesto que muchos evitan, y que en la comunidad LGBTI cubana parece no abundar. Porque, entre otras cosas, se trata de una lucha que no puede terminar en la Rampa o en las arenas tórridas de Mi Cayito, sino que tiene que incluir el cruce de diálogos y conocimientos. Mientras eso falte, el curso mismo, nuestra tarea, no está sino empezando una y otra vez.

¿Has pensado en hacer una multimedia con todo el material que se ha usado para el curso, donde se incluyan los resúmenes de cada encuentro, los fragmentos o las obras literarias en sí mismas, los audiovisuales? Me parece que quedaría un producto de excepcional valía.

Todo eso es posible. La página de Facebook no se cerrará cuando el curso termine: seguirá siendo un almacén de datos, libros, fotos, fragmentos, que espera acumular referencias que están muy dispersas. Es el mismo gesto que activé entre 1998 y el 2000 cuando hice las tres jornadas de arte homoerótico: conectar nombres, actos, testimonios y debates sobre algo que es cultura y mucho más. Se van acumulando títulos, experiencias y la idea es no clausurar esos espacios, de los cuales estamos tan necesitados. Siempre pienso en que podemos llegar más allá, no solo al gay, el travesti, la lesbiana, el paciente de VIH Sida, que está a unos pasos del Vedado. Pienso en el que vive en un ámbito no urbano, en el que no se siente tan aparentemente protegido por una red de gestos, transacciones, conductas, propias o impropias, que pueden escudarlo.

Creo en el saber, ya te digo, como un instrumento esencial. En principio, ya hablamos de este curso durante las acciones por el Día Mundial de lucha contra la Homofobia. Y preparamos un dossier para el segundo número del año de la revista Extramuros que abrirá otras coordenadas a partir de esta primera experiencia. Una multimedia implicaría, según los métodos de tal cosa en Cuba, el respaldo de instituciones que, como he dicho aquí, no se han mostrado particularmente interesadas en apoyarnos, aunque tal cosa dijera algo mucho más positivo sobre sus empeños y alcances.

Hurgar en temas complejos como las UMAP, la parametración, las políticas y verdades sobre el primer momento del VIH entre nosotros, es algo que no pocos prefieren evitar. Hay mucha gente interesada en el Curso fuera de Cuba. No soy ingenuo y sé que muchos de los más de 300 nombres que se acercan a nuestra página en Facebook radican fuera de la Isla. Ojalá pudieran ser más, y estar en diálogo vivo con nosotros, no solo porque salte alguna coyuntura y se “imponga” hablar del asunto, sino como una actitud orgánica, vital y necesaria, mucho más interactiva como idea de lo que discutimos, tenemos y aún nos falta por organizar y mejorar en el Curso. Esa es la expectativa. Para ello, en efecto, hay que sobrepasar muchas actitudes de simple cortesía, de tolerancia que disimula otros disgustos, de gestos que no van más allá del fashion y de lo moderno que parece ser estar al lado de gays, lesbianas, etc. Como dijo Víctor en la UNEAC, se trata de militancia y compromiso. Y eso abarca muchas maneras de pensar y leer la vida. Para eso, en realidad, hacemos el Curso. Como un gesto visible entre lo que se ha alcanzado en pos de una dignidad para esa comunidad LGBTI cubana. Pero también para despertarla, para ayudarla a hacerse ver en un espejo mucho más infinito.

Una versión de esta entrevista fue publicada en Cuba contemporánea

 

Los hermosos peligros de la libertad

globosEn estos días se discute muchísimo en La Habana acerca de diversos temas. Desde el libre acceso a Internet, el filme Conducta, hasta la nueva Ley de inversión extranjera en Cuba suscitan diferentes opiniones y posiciones encontradas.

En mi opinión, esos son puros pretextos. El punto álgido es un proyecto de nación que incluya la libertad de pensamiento, expresión y de creación.

Hoy me levanté con un texto en mi buzón que mi amigo Victor Fowler me envió con el siguiente epígrafe:

 

Hace unos días publiqué en el suplemento digital de la revista Espacio Laical este artículo ensayístico que ahora comparto por correo electrónico. Comencé intentando hablar acerca de la necesidad de debate social, tema habitual en numerosas intervenciones de todo tipo y procedencia en el país, y terminé escribiendo exactamente sobre lo contrario; es decir, ¿cuáles son las condiciones necesarias para que, en un territorio cualquiera, no exista debate social? El texto contiene un párrafo más que en su edición digital, así un subtítulo que introduce mejor las paradojas de su contenido, pues –a la manera de una especie de borrador permanente- es tema acerca del cual he seguido pensando. Como mismo otras veces, lo mando a ustedes, colegas a los que respeto, cuyo trabajo sigo y a quienes pienso que tal vez les interese.

Es posible que entre las personas que leen esta bitácora surja una interesada. Por eso lo comparto:

Descargar Los hermosos peligrosos de la libertad por Victor Fowler

Imagen tomada de Registro Personal 

 

Convocatoria: Taller Literatura Cubana LGTB

cubadiversidad-1El Centro Cultural Dulce María Loynaz, y los escritores Víctor Fowler y Norge Espinosa convocan a los interesados en participar en el Taller Literatura Cubana LGTB, el cual, con una programación de diez encuentros, comenzará sus lecciones en el propio Centro a partir del venidero 12 de marzo.

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LIBROS: Espacio Laical sobre la cuestión racial

espacioLa revista Espacio Laical acaba de compilar varios trabajos que sobre la cuestión racial fueron publicadas en sus páginas. El libro, titulado Indagaciones sobre la cuestión racial en Cuba, será presentado por el escritor Víctor Fowler, el próximo martes 22 de octubre, a las 4.00 p.m., en el Centro Cultural Padre Félix Varela (sede del antiguo Seminario San Carlos y San Ambrosio).

Ver la invitación a la presentación
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MICROPOST: Decididamente,sirvio!!!!

Parece que la publicación en el NYT del articulo signado por Roberto Zurbano sirvió para algo más que para sacarlo de su puesto de trabajo, pues Bruno Rodríguez, ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, dijo hace dos días en Naciones Unidas:

Como complemento al esfuerzo gubernamental y a la completa protección que dan nuestras leyes, se ha decidido encargar a un Vicepresidente del Consejo de Estado del seguimiento y la supervisión de la lucha contra el racismo y la discriminación racial.

Evidentemente es el reconocimiento de que SI HAY RACISMO Y DISCRIMINACIÓN RACIAL EN CUBA y sobre todo que, para su solución, hace falta que el Gobierno (y el Estado) se meta en el asunto.

Comienzo a soñar con la posibilidad de constar con una Ley contra el racismo y la discriminación racial que convierta en delito lo que ahora se asume como un ejercicio de cubanía: burlarse de los negros, agredirlos verbalmente, etc.

Ps: No soy ingenua, se que las cosas pasan cuando tienen que pasar… donde se incluye hasta la acción de nuestros egguns, luz para esos espiritus!

The Country to Come: and My Black Cuba? By Roberto Zurbano. The original article as submitted to the New York Times

AN INTRODUCTORY NOTE

There is a Yoruba proverb which says “By losing you win.” Reflection, criticism, and greater commitments for change are what I have won in these recent days, first turbulent and then clarifying. Because of these discussions, today I better understand the people and the positions they have defined with regard to racism.

At the end of a month there have been dozens of texts published in and outside of Cuba. My questions are still the same and my convictions even stronger. The answers multiply, ramify and achieve new pathways in the debate. The original Spanish text has been requested more than once; in my March 26th note, I explained why I could not make it immediately available: it was not merely out of respect for my contractual arrangement, but also a moral response to the New York Times.

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El país que viene: ¿y mi Cuba negra?. Texto original entregado al NYT por Roberto Zurbano

Por Roberto Zurbano, 13/3/13: artículo original entregado a The New York Times

NOTA DE PRESENTACION

Un refrán yoruba dice que perdiendo se gana. Reflexión, crítica y compromiso mayores he ganado en estos días, primero turbios y luego, esclarecedores. Hoy entiendo mejor a los sujetos, sus ideas y las posiciones con que, en la discusión, se definen ante el racismo. Al cabo de un mes se cuentan decenas de textos dentro y fuera de Cuba. Mis preguntas siguen siendo las mismas y mis convicciones más fuertes. Las respuestas se multiplican, se ramifican y alcanzan nuevos caminos en el debate. El texto original, en español, fue
requerido más de una vez; en mi nota del 26 de marzo expliqué la causa que impedía publicarlo de inmediato: no fue un simple respeto al contrato sino también una respuesta moral al NYT.

Finalmente, traigo a la luz los textos prometidos: el original en español, tal y como lo envié, antes de ser traducido por el periódico y una traducción al inglés, más decente, profesional y respetuosa que la aparecida finalmente en el NYT; obra de la amistad y el compromiso con la causa antirracista. Estos son los textos y el itinerario que explican las distorsiones que he denunciado. Sobre las ideas originales sigo sosteniendo la responsabilidad y el ánimo de discutirlas dentro y fuera de Cuba.

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PROBLEMATICA RACIAL EN CUBA: Construcción de consensos

Por Gisela Arandia

¿Podrá la sociedad cubana construir un consenso para romper con el racismo actual e histórico y, al mismo tiempo, aprovechar las oportunidades revolucionarias?

“…Lo peor para los pueblos negros no es haber sido víctimas, durante siglos, de la mayor deportación de la historia de la humanidad, la trata de esclavos; lo peor es que ellos mismos hayan interiorizado, hasta cierto punto, el discurso racista inherente a esa práctica y hayan terminado por creerse inferiores; que hayan prestado oídos crédulos y a veces cómplices a las voces que pregonaban en todos los tonos su inferioridad congénita”.

Nicéphore Soglo

El debate surgido en los últimos días a propósito de un artículo de Roberto Zurbano, publicado en el diario estadounidense, The New York Times, nos ha tirado a la cara de modo virulento la pertinencia del racismo cubano. Un fenómeno que sigue insertado en los intríngulis más ocultos y sofisticados de nuestra consciencia social.El discurso racista con plena vigencia, es capaz de lanzar ráfagas de hostigamiento, con insólitas tesis para el mundo moderno, donde irrumpen ideas arcaicas desde las zonas remotas del pensamiento como parte de un imaginario social que todavía niega su existencia.

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