Nueve aclaraciones que te ayudaran a entender las denuncias por violencia machista

  1. No existen mujeres de segunda: No es posible pensar que una esposa tiene más derecho a denunciar, y por tanto mayor credibilidad, que una mujer que tuvo una relación “irregular” con un hombre. Sepa Ud. que todas las mujeres, independientemente del rol que ocupen, son susceptibles de vivir maltrato, acoso, abuso, violencia de género en cualquiera de sus modalidades, pues la misoginia es inherente al patriarcado. La violencia machista no discrimina entre “santas” y “putas”. TODAS ellas, sin excepción alguna, tienen derecho a una vida digna, sin abusos, maltratos, sin violencia, independientemente de qué o quiénes sean. Si consideras que una mujer abusada tiene que tener ciertos comportamientos para que su testimonio  sea creíble, estás anteponiendo tu juicio moral a lo que realmente está en juego aquí: la dignidad humana. Y eso no es justo, ni ético.
  2. Existen países en los cuáles no es la víctima quien tiene que demostrar que ha sido agredida, sino que el victimario tiene que probar que no ha cometido delito alguno. De esa manera, se protege a la mujer del escarnio, de la revictimización, de tener que presentar ella las pruebas. Es un sistema mucho más justo, teniendo en cuenta que los cuerpos policiales, los tribunales y otras instancias están plenas de hombres, lo cual pone en desventaja a las mujeres.
  3. Las mujeres abusadas pueden permanecer la vida entera sin denunciar, sin contar lo vivido ni siquiera a las personas más allegadas. Que lo hagan en algún momento no debería ser leído como una señal de oportunismo, sino como liberación, además de que puede constituir una muestra de apoyo a otras posibles víctimas. Además, es usual que las mujeres nos sintamos, cuando menos, responsables de lo que otras personas van a sentir a partir de nuestro testimonio, como si tuviéramos que cuidar más al resto que a nosotras mismas. Esto también constituye un impedimento a la hora de denunciar.
  4. Aún después de haber denunciado (ya sea en los medios o en una comisaría), la sensación de miedo persiste. Cuando se han vivido años bajo amenaza, se sabe que hablar del tema puede implicar más violencia. Muchas mujeres han sido fuertemente golpeadas o han sido incluso asesinadas luego de que han denunciado y no han recibido la debida atención y protección por parte de las autoridades. Muchas niñas y adolescentes han encontrado nulo apoyo en su familia, cuando han dicho que su papá, su padrastro, su tío o un conocido las violaba. En muchas ocasiones se les ha reprochado por no ha haber guardado silencio. Por otra parte, muchos abusadores preguntan constantemente a las víctimas si han hablado con alguna persona sobre la situación y les obligan a permanecer en silencio. Por tanto, no subestimes el proceso que lleva a una mujer a abrir, finalmente, su boca. Ha sido y será doloroso, aún después de decirle al mundo su verdad.
  5. El abusador, acosador, maltratador, golpeador, victimario puede ser una persona de conducta social intachable, reconocido, famoso, simpático, etc. Hay estudios que muestran que ni la clase social ni la pertenencia racial son variables a tener en cuenta a la hora de establecer un perfil del abusador. Es más, se puede ser poeta como Pablo Neruda o un célebre académico como Jorge Domínguez, y se puede también ser un violador, como el Nobel de Literatura chileno, o un depredador sexual, como el exprofesor de Harvard. Le sugiero, entonces, que deje de romperse las vestiduras defendiendo a un hombre acusado de agresor, mucho más, si Ud. es mujer. Primero piénselo dos veces. Y si no le es suficiente, intente ponerse en el lugar de la víctima. Si tampoco eso le basta, recuerde a aquel novio que, a pesar de Ud. haber dicho que no quería, la forzó a tener relaciones sexuales. Quizás logre, desde su propia herida, llegar a ser empática.
  6. Ninguna mujer aguanta porque “le gusta que le den” o que la maltraten. Las mujeres abusadas no  son “masoquistas” . El masoquismo tiene que ver con el erotismo, como una forma consensuada de obtener placer. Aclarado esto, vale la pena decir que muchas mujeres permanecen en una relación abusiva por múltiples razones: temiendo no encontrar apoyo al denunciar, preocupadas por los juicios de valor que vendrán en su contra, o para proteger a otros familiares y personas allegadas, entre muchas otras. He conocido a madres que por el bienestar de sus hijes han mantenido una relación de años con su maltratador. Y a otras que, para continuar en su puesto de trabajo, han tenido que soportar al jefe que las acosa sexualmente. Cada quién sabe lo suyo y Ud. no es la medida de todas las cosas, por lo tanto, deje de dar consejos, de hacer valoraciones, o de decir a los cuatro vientos lo qué Ud. habría hecho si estuviese en el lugar de la víctima. Es deshonesto e irrespetuoso. 
  7. Vivir en situaciones de violencia machista, ya sea física o simbólica, psicológica, económica, etc, implica la existencia de daños y traumas. Las mujeres intentan seguir sobreviviendo como pueden, con los recursos psicológicos que poseen. A muchas de ellas les cuesta establecer luego relaciones de confianza y entrega. Es difícil construir nuevas relaciones amorosas cuando se ha sido víctima de violencia de género y se ha vivenciado que quien dice amarte también te puede abusar y hasta matar.
  8. Decir “Yo sí te creo“, no viola la presunción de inocencia de ningún posible agresor, porque no es él quien está, en esta ocasión, en el centro de la situación, sino la víctima. En la mayoría de las sociedades, a ella se le presiona para que demuestre que no está mintiendo, cuando podría ofrecérsele, desde el inicio, el beneficio de la duda, como se hace con la persona acusada. Como vivimos en una sociedad misógina, son las mujeres las vilipendiadas, revictimizadas, aleccionadas, nuevamente violentadas.  Recordemos que las leyes y los sistemas jurídicos reproducen el sexismo y la misoginia, dado que han sido construidos respondiendo a una lógica machista y de subordinación de las mujeres, pues han sido los hombres quienes han participado, mayoritariamente, en la creación y establecimiento de estos sistemas. Cuando a la mujer víctima de violencia se le acompaña en el proceso de denuncia, se crean redes de apoyo seguras que velan por su integridad física y emocional, se está ayudando a que muera una mujer menos a consecuencia de la violencia machista. 
  9. La existencia en Cuba de una ley contra la violencia machista permitiría establecer un programa de atención integral a las víctimas, donde desde el portero de la estación de policía hasta los profesionales de diversas ramas sepan cómo conducirse ante un caso puntual, qué apoyo brindar, cómo recoger la denuncia, por qué es importante que sean mujeres quienes atiendan estos casos, etc. Además se establecerían redes formales de apoyo a las víctimas. La misoginia es estructural por tanto, la violencia de género lleva un abordaje a todo nivel, desde las bases de la sociedad, entiéndase desde y en instituciones como la familia, la escuela, etc, hasta los gobiernos, estados, etc. 

Foto: Kat Jayne de Pexels

Michel Mirabal, tus respuestas NO proceden

Por Thais Gaes

El artista visual Michel Mirabal ha llamado “talibanes extremistas escondidos detrás de la fachada de defensores de estos fenómenos y no son más que hipócritas esperando un desliz para regar su veneno y pedir sanciones”, a quienes criticamos el fragmento de un video sin terminar que publicó y posteriormente retiró de Facebook. En esta primera versión del material aparecía el artista tocando las nalgas de varias mujeres como si fueran instrumentos de percusión. Luego subió una versión terminada a la que llamó Las dos orillas de una verdad. En esta última hace el ademán de tocar los glúteos de las mujeres como si fueran tambores, y al final del video esas mismas mujeres llaman a no dejarse utilizar pues “la violencia puede venir disfrazada de arte”. Nunca mejor dicho.

Lo primero que me vino a la mente fue: ¿de qué película o serie de televisión habrá sacado el calificativo de “talibanes extremistas”? Luego encontré un texto publicado en elperiodico.com, donde entrevistan a Jorge Pérez, músico español que realizó los videos Bottom percussion, en el que se inspiró el cubano para hacer este videoclip, donde Pérez utiliza glúteos de hombres y mujeres cual instrumentos de percusión. El español “lamentaba haber sido incomprendido por las feministas menos rigurosas y más talibanes”, cito textualmente. Entonces caí en la cuenta de dónde provino el calificativo.

¿Sabe acaso Michel Mirabal que es un talibán? ¿Será consciente de qué es un extremista? Matar a una mujer, abusar de ella o maltratarla solo por el hecho de ser mujer, eso sí es extremismo, más que extremismo es barbarie. ¿Conoce Mirabal a alguna mujer que haya vivido o esté viviendo un ciclo de violencia? ¿Tendrá idea de cuán difícil es salir de ahí? Lo convido a que le pida a alguna víctima de violencia de género que le dé su testimonio, y luego de escucharla se responda a sí mismo qué es extremismo.

En un cuestionario acerca de este performance publicado en el sitio web de su estudio, Mirabal responde a una de las interrogantes:

“Si tenemos en cuenta que ese tipo de situaciones proliferan en los medios de difusión, en internet y en nuestra vida cotidiana, y transcurren de manera “natural” sin que se desaten las alarmas que debería detonar, la reacción tan virulenta a las imágenes que yo publiqué pareciera desmedida”.

Reacciones virulentas llama él a las réplicas contra un material soez, misógino y humillante. Incluso va más lejos, llega a decir que “detrás de esos grupos extremistas hay oportunistas”. Curiosamente, eso mismo podríamos pensar de él y su video, que detrás de su intención de denunciar la violencia hay otras pretensiones menos nobles.

Justificarse con la frase “usted no sabe nada de arte”, me parece una excusa pueril y soberbia. ¿Desde cuándo el arte es exclusivo para los entendidos en esa materia? ¿En qué momento las personas que no saben de arte perdieron el derecho a opinar, a emitir sus criterios? ¿El arte es solo para los artistas, para los críticos, para los curadores, galeristas, patrocinadores, coleccionistas, compradores, clientes?

Si usted hace música, teatro, danza, cine, instalaciones, performance, películas, videoarte… para que lo entiendan, consuman o adquieran sus obras el resto de sus colegas cineastas, bailarines, músicos, pintores, performers o especialistas, entonces dedíquese a hacer su arte en la sala de su casa, y no se presente al público, ni exponga, ni ofrezca recitales, ni funciones en un teatro ni en una sala de conciertos.

Su arte sin público, qué sentido tiene, para quién usted crea, compone, toca, monta, baila, dibuja o realiza performance; ¿para vender(se) únicamente a un grupo élite que puede comprar su creación, que puede pagar por verla, tenerla o patrocinarla? Ningún artista que se respete, por ética y profesionalidad, ofrece ese argumento como réplica. Esa respuesta no procede.

Aclaro que esto no es una batalla contra Michel Mirabal ni su trabajo. Sus defensores han salido al paso afirmando que es una buena persona, y no lo pongo en duda porque ni siquiera lo conozco. No confundamos las cosas: no estamos juzgando al ser humano que es Michel Mirabal, pongamos que efectivamente lo es, sin embargo, está portando un mensaje discriminatorio: violencia simbólica, algo que la Dra. Isabel Moya pasó años estudiando y he aquí un lamentable ejemplo como los que ella citaba en sus clases.

Aunque la labor social y comunitaria de Mirabal hablen por él, esto no lo hace invulnerable. Sobrados ejemplos tenemos de personas con una labor altruista encomiable y han resultado ser a la postre agresivas y agresoras. Pongamos, repito, que no es el caso, que Michel Mirabal es un gran ser humano, pero cada día en todo el planeta son asesinadas y violentadas de muchas maneras, desde lo simbólico hasta lo físico, miles de mujeres por los mismos mecanismos y pensamiento sexistas que reproduce su video. Oponer la imagen de buen padre, buen esposo y buen amigo como contra réplica, no es más que recurrir a un cliché para tapar otro.

Estoy segura que muchas de las personas que protestaron contra ese video, me incluyo, aunque no puedo hablar por todxs por supuesto, no tenemos absolutamente nada personal contra él, ni pedimos -como dice Michel- “sangre, paredón, empleo de decretos”. Yo, que pregunté en un comentario en Facebook al post que publicó la campaña Evoluciona con el fotograma del video sin editar, si para este caso el Ministerio de Cultura aplicaría el Decreto 349, no lo hice porque quiera que se le aplique a Michel el citado decreto, sino para interpelar al MINCULT sobre la manera de proceder con este; para nada deseo que se le castigue, ni a él ni a ningún artista. Esto no es una cacería de brujas. Aquí la guerra es contra el sistema que sustenta, legitima y reproduce este tipo de materiales: el patriarcado. Esa es nuestra lucha.

Empero me pregunto hasta qué punto estaría Michel Mirabal dispuesto a escuchar, a conversar, a entender, a reflexionar, a rectificar, como él mismo pide cuando dice: “… en vez de tratar de educar, acudir al diálogo, en fin, hacer lo que se espera de ellos”.

No me queda claro “que se espera de ellos” para Michel. A partir de la pregunta que se le formula, doy por sentado que se refiere a las personas e instituciones vinculadas a los temas de género. Por si Michel no lo sabe, esas personas e instituciones dedican, y hasta consagran su existencia, horas, días, semanas, meses, años a dialogar, sensibilizar, educar, aprender y también a desaprender.

Y ya que estamos con las preguntas. La última interrogante de ese cuestionario me dejó perpleja: ¿qué cree del feminismo, de forma general, y del feminismo aterrizado en Cuba? El entrevistador o la entrevistadora -no ponen crédito- se refiere al feminismo como si fuera “una cosa” que cayó en paracaídas en la Isla. “Feminismo aterrizado en Cuba”, esto amerita una discusión aparte.

Afirmar que “todo este abuso también es posible porque algunas mujeres han cedido terreno- aquí tengo que respirar profundo- y se han plegado a determinados patrones sexistas”, es sumamente irresponsable e irrespetuoso. Resulta que ahora nos matan, nos violan, nos maltratan, nos hostigan, nos acosan porque queremos, nos gusta y hemos cedido terreno.

Que le pregunte a los familiares y amigxs de las mujeres asesinadas aquí en Cuba -no hay que ir muy lejos- que todavía lloran sus muertes, a las abusadas, a las que están recibiendo tratamiento médico y ayuda especializada, si tuvieron oportunidad de defenderse, y si la tuvieron, ¿cuál fue el desenlace?

Aunque este material está terminado, le recomiendo a Michel Mirabal y a los artistas que quieran “movilizar la opinión pública”, ”buscar un sacudión a todos esos estereotipos” y provocar; además de buscar asesoría en especialistas en arte, pueden consultar a otros que han dedicado su vida y sus carreras profesionales a los estudios de género, de violencia de género y al activismo. En ese grupo también hay investigadores, profesores titulares, másteres, doctores y gente con vasta y valiosa experiencia. Les sugiero que toquen las puertas de lxs que están vinculadas al artivismo, más cercanos a su perfil.

Me resisto a creer que esta “estrategia artística” como le han llamado al video de marras, nace de una intención malévola. Quiero pensar que la “táctica empleada para provocar” subestimó -por ingenuidad, por desconocimiento, y no me refiero al arte,- al orden patriarcal y terminó haciéndole el juego involuntaria y tristemente, si su intención era denunciar la violencia contra las mujeres.

Ojalá Michel Mirabal, su equipo y los artistas que quieren denunciar la violencia no hagan oídos sordos a todo lo que ha desencadenado su infausto video, por respeto a los propios artistas, por respeto al arte y a las mujeres, si como él afirma, “siente un profundo respeto no solo por las mujeres sino por todo lo humano en sentido general”.

Texto recibido por correo electrónico

Diosa, #YoSíteCreo

Desde hace unos días circula en redes sociales una denuncia pública de la cantante Danielis Alfonso Cartaya, la “Diosa de Cuba,” quien asegura haber sido víctima de golpes, maltratos y violencia psicológica a manos de José Luis Cortés “El Tosco”, Premio Nacional de Música 2017. Desde entonces, el tema ha tomado relevancia entre asiduos a las redes sociales de algunos canales sobre Cuba producidos en Miami y en las cuentas personales de Facebook de “La Diosa,” así como de otras personas que dicen haber conocido de cerca la relación de pareja. Activistas feministas en Cuba y fuera de la Isla también se han sumado a la denuncia del caso, señalando sobre todo la legitimidad que tiene toda mujer para revelar públicamente su historia, en los términos que ella decida y en el momento que estime conveniente.

Los hechos salieron a la luz durante una entrevista el pasado 14 de junio. Sorprendida por la pregunta de su entrevistador sobre si había sido agredida físicamente por su expareja y antiguo jefe en la orquesta NG-La Banda, La Diosa queda inmóvil, llora y asiente. El testimonio desvela episodios desgarradores de lo que habría sido una relación de violencia prolongada en el tiempo, desde que la cantante era muy joven (“una niña” según afirma) y habría comenzado una relación sentimental con “El Tosco”. En un video en vivo transmitido por Facebook el 15 de junio, “La Diosa” ofrece nuevos elementos y nombra presuntos testigos. Son 45 minutos de charla emotiva y desesperada, en los que Dianelis responde a quienes deslegitiman la veracidad de su relato. Más allá del conflicto desencadenado entre ambas mujeres a través de las redes sociales y el seudo-espectáculo que se ha generado a raíz del suceso, los argumentos de “La Diosa” ilustran las secuelas psicológicas de la violencia.  Recuerda, por ejemplo, que su denuncia pone en riesgo su carrera y su seguridad física, pues involucra a uno de los artistas de mayor prestigio y poder económico de la isla. Confirma, además, el efecto liberador del testimonio para aquellas mujeres que han sufrido de violencia: “A todas las personas que han pasado por esto, no que tengan un jefe que los maltrate, también que sea una pareja que los maltrate, no tengan miedo, no pasen por el miedo que pasé yo, salgan a la luz, griten, busquen ayuda… No aguanten eso, no lo aguanten, porque eso no se olvida… El daño psicológico que me ha hecho ese hombre a mí no tiene precio,” dice. Al final de la transmisión, La Diosa demuestra cuán importante resultan las redes de apoyo para las víctimas del maltrato. Una amiga que sustenta su versión en un comentario en Facebook le hace quebrarse y proclamar su victoria. “Ya no estoy sola,” solloza.

Las condiciones en que se publicó el caso, su utilización por cierta industria del entretenimiento, las agresiones entre mujeres que ha generado, la vulgaridad de algunos comentarios, así como el papel de las redes sociales en la difusión de la polémica valdrían un análisis aparte sobre las nuevas estrategias de comunicación pública a la que apelan ciertos sectores de la sociedad y la cultura cubanas. Sin embargo, el incidente saca a relucir asuntos mucho más complejos y raigales sobre la situación de las víctimas de la violencia de género en Cuba y, más ampliamente, en el mundo.

En la era #MeToo, la denuncia pública de la agresividad machista a través de las redes sociales e internet ya no es excepcional. Las mujeres han encontrado en los nuevos medios una estrategia para contar su historia, para denunciar, para solicitar apoyo u ofrecerlo. No olvidemos que el origen de la etiqueta es justamente un acto de solidaridad de una mujer, y luego de miles, para sostener la historia de otra(s) exponiendo la suya propia. El llamado “movimiento” surgió para gritar que la violencia machista no es exclusiva, sino que está dolorosamente generalizada, silenciada e invisible, y afecta tanto a las desconocidas como a las estrellas de Hollywood o las ídolas de la música popular. La violencia machista se naturaliza en los actos cotidianos, en los ritos sociales, en la estructura política y pública, en las industrias culturales. Como ya han aclarado tantas investigadoras feministas, sobre ella se cimienta una cultura global y una forma específica de poder: el patriarcado.

Por eso no extraña que “La Diosa” tenga que repetir una y otra vez su historia a fuerza de ganar credibilidad, que aparezcan mensajes para deslegitimarla recordando su relación romántica con el presunto maltratador, que la acusen de manipular el tema para su beneficio profesional y que, sobre todo, muchos cuestionen su comportamiento aduciendo que, a fin de cuentas, “ella lo aguantó” en su momento y pasados los años debería callar. La supuesta víctima vuelve a ser el objeto del escrutinio, y su harakiri público, su desnudez emocional, parece el único recurso para probar la verdad que aún duele y le martiriza, pero que también libera.

Como tantas otras mujeres que han declarado ser víctimas de violencia, los niveles de influencia y poder de la cantante y su presunto maltratador son abismalmente desiguales. El prestigio artístico de “El Tosco” y su lugar entre la nombradas “glorias de la cultura cubana” parecieran blindarlo frente a los comentarios de una joven reguetonera, abriéndose paso en una industria visiblemente masculinizada. Justamente, la diferencia de influencias y poder es lo que pudiera haber puesto en una condición vulnerable la muchacha hace más de 15 años, cuando era vocalista de la afamada orquesta.

El caso merecería, al menos, una investigación jurídica al supuesto maltratador y la revisión de las políticas institucionales del Ministerio de Cultura para los proyectos artísticos que involucran a menores de edad. No importa de quién se trate, si un artista famoso, un coronel del ejército o un disidente político; no importa el tiempo que haya pasado desde el episodio de maltrato; no importa la relación sentimental-afectiva entra la víctima y el maltratador: la violencia de género debe ser visibilizada, denunciada, castigada y reparada. Las víctimas de la violencia machista necesitan ser escuchadas, apoyadas y protegidas. Es su derecho. Contarlo cuesta mucho, pues por lo general implica cuestionamientos, amenazas, descrédito y revictimización.

“La Diosa” fue precisada a contar su historia en una entrevista en vivo, aparentemente sin haber sido advertida de lo que se le preguntaría. Su intimidad y derecho a decidir si hacer público o no un pasado de maltrato fueron, de este modo, vulnerados. Sin embargo, ella decidió confirmarlo y, desde entonces, emprender su propia batalla, desde los canales comunicativos que conoce y en los que confía. Su actitud merece respeto y protección para mitigar las posibles secuelas de lo que ha expuesto. Debe ser tomada en cuenta porque lo que confía es serio y sobrecogedor.

El caso recuerda la inexistencia de una Ley que tipifique los delitos de Violencia de Género en Cuba, de protocolos efectivos para ayudar a las mujeres víctimas en todos los sectores de la sociedad. Existen espacios de apoyo que gracias al esfuerzo de algunas instituciones, organizaciones y proyectos se han ido creando en la isla. Pero deberían multiplicarse, diversificarse y orientar a las víctimas sobre sus alternativas legales. Como reconoce el artículo 43 de la nueva Constitución de la República de Cuba, se trata de una responsabilidad estatal: “El Estado propicia el desarrollo integral de las mujeres y su plena participación social. Asegura el ejercicio de sus derechos sexuales y reproductivos, las protege de la violencia de género en cualquiera de sus manifestaciones y espacios, y crea los mecanismos institucionales y legales para ello”, versa el nombrado artículo.

Todas las mujeres merecen vivir sin miedo, sin violencia, y con derecho a la justicia. Lo más importante será siempre sanar su dolor y ayudarle a superar una experiencia traumática, garantizarle seguridad y sobrevivencia. Nadie sangra más que aquella persona cuya cicatriz está siendo reabierta y martirizada. El apoyo, la ayuda, debe partir de reconocer la autenticidad del grito o el sollozo, porque cada mujer sobreviviente a la violencia ha tenido que generar sus propias estrategias de superación en el camino.

#YoSíTeCreo es el hashtag que propuso en sus redes sociales la feminista Aylin Torres Santana para visibilizar la solidaridad con la cantante. A ella nos unimos al hacer público nuestro apoyo a esta mujer cuya veracidad está siendo cuestionada y cuyas revelaciones, de ser desestimadas, podrían acarrear represalias y afectar su carrera. Defendemos su entereza al denunciar lo que sostiene haber vivido, asumiendo los riesgos que le puede acarrear. Debe terminar de una vez la inmunidad de hombres que sacan partido de sus posiciones de poder para violentar y agredir a mujeres que les están subordinadas. Debe existir una Ley de Violencia de Género que incluya las agresiones de género en todas sus manifestaciones, penalice por su ejercicio y ofrezca las condiciones para una denuncia segura. Deben existir mecanismos y protocolos para atender a las víctimas y juzgar a los agresores. Las instituciones públicas no pueden seguir haciendo la vista gorda al maltrato machista, mientras los medios de prensa soslayan su rol activo al exponer las causas y consecuencia de la violencia, o la utilizan desde enfoques banales, como motivo de chisme, entretenimiento y espectáculo. Vale recordar que decir #MeToo #YoTambién es una decisión de las mujeres y debería ocurrir bajo sus términos. Y que este reclamo amerita seriedad, rigor y justicia.

Tomado de Asamblea Feminista.

Sobrevivientes, 16 testimonios de cubanas que han salido del ciclo de la violencia machista

He vivido la violencia de género tan cerca que aún no puedo ni contarlo. Compartirles Sobrevivientes, con prólogo de la (mi) querida profesora Clotilde Proveyer, más que una buena oportunidad, es hacerle justicia a todas las mujeres abusadas, violentadas, injuriadas y decirle a las otras que siempre hay una salida posible, una puerta que se abre.

Sobrevivientes, 16 testimonios de cubanas que han salido del ciclo de la violencia machista, es un volumen también que nos habla de la posibilidad de vencer a la violencia machista, aquella que ejercen los hombres contra las mujeres y para la cual no existe razón alguna.

Dice Proveyer en el prólogo: “Este libro estremece, obliga a la reflexión y al compromiso, nos empuja a actuar contra ese flagelo, al demostrar cuán dañino es el silencio que desde el desconocimiento, la indiferencia o el temor nos convierte en cómplices de una de las lacras más antiguas de la humanidad.
Es un libro imprescindible, que debemos tener a mano para no dar tregua al desaliento.”

Además, me ha gustado mucho ver nombres de amigas, colegas, compañeras de lucha en el índice de Sobrevivientes: Lirians Gordillo, Sara Más, Lizette Vila y Dixie Edith. Me siento como en casa.

Descargar 16 testimonios de cubanas que han salido del ciclo de la violencia machista. Aproveche y regálelo.

Testimonio: Esta es la historia de cualquiera de ustedes

 

Por Lucía

Estoy sola en un aeropuerto. El viaje es largo; hay tiempo para reflexionar. Entro a las redes y quedo sorprendida. Un grupo incontable de amigas y conocidas de distintas etapas de la vida, se unen de manera más o menos espontánea, a la campaña: “Yo también”. Curiosamente, todas ellas son cubanas. Le consulto a la Negra linda, si tiene a bien publicar el relato de mis vivencias sobre este tema. Como siempre, su respuesta me da la fuerza que necesito para contar.

Hago memoria. Voy reconstruyendo sucesos a flashazos. Estos son temas sobre los que muchas veces, intentamos olvidar. Borrar parece un buen recurso para no sufrir, o al menos, para que esa pena sea menos consciente. Me lleno de valor y lo intento. Ya no me siento sola cavilando, entretejiendo pensamientos, experiencias, causas… Cientos de mujeres como yo, hoy se han atrevido a poner en Facebook, públicamente, que han sufrido en algún momento de sus vidas, acoso o violencia sexual. Las admiro por su osadía y su dignidad. Y pienso, que tal vez, si aún yo viviera en Cuba, no sería capaz de semejante confesión pública. No digo mi nombre, porque hacerlo, significaría la imposibilidad de volver a pisar mi país. En consecuencia, me veo obligada también, a matizar algunos hechos.

Decidir vivir lejos de mi tierra ha traído a mi vida múltiples revelaciones. Algunas de añoranza, tristeza y soledad. Otras de desaprendizaje positivo, de experimentación, de tolerancia. Entre ellas, las que con más orgullo siento, son las que se asocian a cierta liberación sexual, respeto a la diversidad, amor a los seres humanos sin detenerme en la naturaleza de sus genitales, equidad de género… Ahora puedo disfrutar del autoerotismo, sin remordimientos. Me siento en ese aspecto, liberada. ¡Es una sensación que no tiene precio!

Vengo de una familia cubana como otra cualquiera. Con conflictos y afectos, pero en la balanza sería injusto no reconocer, que han pesado más los bienestares. Mi madre es una mujer emancipada, según los cánones de la Cuba de hoy (no exactamente, del mundo de hoy). Mientras más pasan los años, más me advierten el inevitable parecido con ella, en todas las esferas de la vida. Mi padre es un ser humano extraordinario, cuyo único defecto, a mis ojos, es la homofobia consustancial a su generación. Tengo muchas abuelas de sangre y adopción. Casi todas vivas. Muy diferentes entre sí, pero hijas de los tiempos en que les tocó nacer y vivir.

Debo agradecer que en Cuba tuve una educación de élite, gracias a la cual, soy quien soy. Sin embargo, nadie nunca me habló de género en la escuela, ni de equidad, ni de emancipación auténtica, ni de derechos y diversidad sexuales, ni de placer, ni de la posibilidad de revelarse contra el machismo. A duras penas, me mencionaron aquel asunto inevitable de la menarquía y la reproducción. Fui una niña del período especial. La primera vez que me acerqué a estos temas, ya estaba en la universidad.

Y ha tenido que llegar el día de hoy, a las puertas de los temidos ´TA, a miles de kilómetros de mi tierra, en la distancia de mis seres más queridos, para que yo misma provoque una reflexión interior, sobre lo que soy y lo que siento como mujer, pero sobre todo, respecto a lo que me quiero plantear como proyecto de vida.

No tengo la menor idea de cómo será el futuro. No me veo atada a una relación de pareja para toda la vida, donde una de las partes, o ambas, puedan representar una cortapisa para la liberación personal de la otra. Quizás sea, porque en mi entorno inmediato, no me constan demasiados ejemplos de matrimonios felices.  Francamente, la institución del matrimonio ahora mismo no me impone ningún respeto, aunque me encantaría que mis amigos y amigas gays que así lo deseen, se pudieran casar en mi país. Ni siquiera sospecho en qué sitio del mundo estaré en los próximos cinco años, ni si tendré un trabajo, o un sitio donde vivir.

La idea de la maternidad no me atrapa lo suficiente. Hoy es tan egoísta decidir tener un hijo, como decidir no hacerlo. Quizás prefiera adoptar a uno ya nacido, a quien pueda ayudar a proporcionar, un mejor porvenir. Si tuviera una niña, tal vez le pondría como una hermosa canción de Serrat. Quizás me anime a parir hijos, pero solo lo quiero hacer cuando crea que no le trasmitiré, los mismos modelos patriarcales de los que no he podido siquiera yo librarme.

Pero algo sí tengo muy claro: quiero dedicar mi vida a ayudar a la gente, a involucrarme en proyectos concretos, que puedan impulsar pequeños cambios. Quiero tomar la  palabra por las vías posibles, para que el mundo, sea menos injusto, menos machista, menos homofóbico, menos falocéntrico, menos discriminatorio, menos infeliz, menos capitalista… Quiero aportar, fundamentalmente, a la causa de las mujeres, y de todas las comunidades menos favorecidas, minorías y diversidades.

Desde los 13 años, por las formas físicas de mujer, que aparentaba más edad, soporté sin quejarme las miradas que te desnudan y piropos groseros de muchos hombres, de todas las edades, de todas las religiones, formaciones, estatus sociales, cargos públicos y militancias políticas. Recuerdo evitar las aceras donde estaban hombres reunidos. No haré mención de los masturbadores públicos que gozan de total impunidad, porque ello merecería un artículo aparte. Si en 26 años en Cuba tuve 7 desafortunadas coincidencias de ese tipo, es porque la probabilidad de que le suceda a cualquier mujer en la calle, es altísima. Todo no se cura con piercings y tatuajes, como creí en la adolescencia. Hay heridas profundas del alma que es preciso exorcizar como demonios.

Tuve mi primera relación sexual a los 15 años, con alguien que me doblaba la edad. Aquella primera escaramuza de amor frustrado, generó una batalla campal entre familiares y aquel muchacho, al que hoy me une, cierta amistad. Nunca primó el diálogo ni la negociación. Como consecuencia, a los 14 años, intenté atentar contra mi vida, para advertir a mis seres queridos. Sobre la pérdida de mi virginidad, no me vi capaz de decírselo a mi madre, hasta dos años después, y me respondió que me perdonaba por no habérselo contado antes. Mi madre. La mujer que más amo en el mundo, y la que más me quiere a mí. Afortunadamente, con mi hermana menor, todo ha sido bastante diferente.

Llevo años intentando ordenar las cosas en mi mente. Tratando de comprender por qué soy intelectualmente tan capaz de identificar una agresión contra una mujer, y tan incoherente para hacer valer esos principios en mi propia vida privada. Esa es una lucha conmigo misma, de cada día, para reeducarme, para asumir el desafío personal de identificar esas prácticas y desterrarlas de una vez. Es curioso mi descubrimiento reciente, de ¡cuán machista he sido tantas veces! Eso no es algo que venga en el ADN, o al menos, eso espero profundamente. Pero sí, tiene mucho que ver con la educación que hemos recibido desde niñas, por nuestras madres, nuestras abuelas, que son tan cariñosas y protectoras, como reproductoras del patrón machista hegemónico, que parece eternizarse a través de la educación.

Hace mucho quiero entender, cuál es la causa raigal de mi inseguridad en la pareja, de mis miedos, mis frustraciones, mis actos de sumisión, la pérdida de mi autoestima, la repetición de patrones erróneos, mi sentimiento de inferioridad emocional… No desestimo el trasfondo biológico-funcional de todas estas percepciones y actitudes. Sin embargo, siento, que en mi caso, y el de muchas mujeres que me rodean, la mayor barrera está en el aspecto psico-social. Cada día tengo más evidencias científicas y experienciales, de la profunda huella que dejan, para toda la vida, en la psiquis de un niño o niña, las vivencias en el plano emocional y físico, y significativamente, en el terreno de la intimidad sexual.

Me es imposible ofrecer mayores detalles, y reconozco, que hay heridas de la batalla de la vida que el tiempo va sanando y la madurez es capaz de compensar. También soy consciente de que soy responsable de muchas de las consecuencias que he sufrido, a veces por cobardía, otras por exceso de audacia. No me siento especialmente orgullosa del sufrimiento causado a otras mujeres por entablar con sus parejas, un vínculo de infidelidad. Tampoco creo que los seres humanos, hombres y mujeres, podamos ser inmunes totalmente a prácticas como esta. Me arrepiento de no haber contado a una amiga, la forma asquerosa en que se me encimaba su pareja.

Recuerdo que a los 13 años escribí un texto que debía leer en público en un evento importante, y la profesora designada, líder del grupo, decidió censurármelo, por una ligera mención a la educación sexual de los niños y niñas en Cuba. A la noche siguiente, el esposo de esa maestra, tocó la puerta de mi cuarto de madrugada. Por fortuna sentí miedo y no abrí.

No voy a olvidar nunca que tengo una prima lesbiana, que es la ovejita negra de la familia, y a la que muchos discriminan por santera, pero sobre todo por “tortillera”, sin importar la persona tan bella que es. En broma siempre digo que soy lesbiana de alma, aunque no de cuerpo. Siempre recordaré a mi amiga de Pinar del  Río, a quien nunca más vimos  vestida de corto, acribillada a puñaladas frente a su hija por su exmarido, quien no cumplió sanción, porque tenía un “padrino” en las altas esferas, que le buscó un certificado de trastornos mentales.

Tampoco paso por alto, mis charlas con mujeres, altas dirigentes de la FMC, excelentes seres humanos, pero de las que tomé distancia, porque no quería parecerme a ellas, por su evidente ignorancia y prejuicios en múltiples temas asociados con el rol de la mujer en la Cuba de hoy. No las juzgo. Son resultado de lo que han vivido. Todavía me cuesta entender que el verbo “ayudar” en la casa, a la mujer, debía estar prohibido, porque no es más que cumplir con el deber y la responsabilidad que a cada quien corresponde en la convivencia. He debido cruzar el océano para sentirme realmente, en condición de iguales, en un vínculo de cualquier tipo con un hombre. Hoy vivo con uno, compartiendo apartamento, tranquilamente, sin ningún otro tipo de lazo, algo impensable antes por mí.

Pero hay cosas que recuerdo como si fueran hoy. Una es el intenso acoso vivido a los 17 años por un oficial de alto rango. Pensé muchas veces en denunciarlo. Pero eso hubiera costado a mí y mi familia, demasiado. El sentido común me hizo defenderme como pude, sobrevivir a aquella experiencia intentando naturalizarla. Y eso es lo peor, permitir que el contexto social nos haga naturalizar lo inadmisible. En aquella etapa, justo, estaba en consulta en CENESEX para investigar un severo dolor en las relaciones sexuales (dispareunia) del que nunca se supo las causas. Pero: ¿a dónde una muchacha como yo, podía ir a denunciar el acoso que estaba viviendo? ¿Quién tenía más posibilidades de salir peor parado de aquella situación? Callé. Seguidamente vinieron otros actos similares, en el mismo entorno o similares, con personas diferentes. Pero ya había generado mis propios mecanismos, como muchas otras mujeres, para evadir esa situación, o afrontarla como pudiera, sin hablar a nadie. Es curioso. Es la primera vez en mi vida que hablo de estas cosas con alguien que no sea yo misma.

¿A cuántas cubanas como a mí, se le presentaron ofrecimientos de escalar posiciones en sus centros de estudio, sus trabajos, las organizaciones a las que pertenecían, etc., no precisamente gracias al sudor de su esfuerzo en el plano profesional y social? ¿Cuántas hemos caído, sin ver alternativas más allá, o envueltas en el idilio de la pasión y el romance? ¿Cuántas, hemos, al menos, a veces, resistido lo más posible? ¿Tiene Hollywood que destapar un escándalo como el de estos días, para llamarnos a capítulo sobre un tema tan vital para nuestra dignidad y autorrealización?

Algo sí tengo claro. Cuando las mujeres estamos mal, no hay mejor refugio que el alma de otras mujeres. Mirarnos en su espejo. Desatorar juntas esas cosas sobre las que nunca hablamos, y que están en la esencia de nuestra felicidad. Sentirnos libres. Querernos. Ser un poco egoístas. No pensar tanto en los demás y hacerlo más en nosotras mismas. Pero sobre todo, COMUNICARNOS y saber que no estamos solas. ¡Siento tanta felicidad por mi pareja de amigas que pronto serán madres!

Hace años, cada vez que tengo una pareja (de las unas cuantas que he tenido), y la relación se termina, pienso: el próximo será mejor. También, me digo: “Ahora seré una mujer más grande todavía, una mujeranga, para que fulano vea lo que se perdió”. A veces, también pienso egocéntricamente, que es bastante improbable que las mujeres hallemos un compañero en la vida, que esté a nuestra altura espiritual. Creo que, en especial, a las mujeres con ansias de emancipación, nos es más difícil conseguir estabilidad en la pareja, en un mundo diseñado por y para los hombres. Tengo una amiga que dice que en el caso de los hombres cubanos, son genéticamente infieles. Quiero tener esperanzas de que no.

Tampoco se me olvida que podía haber obtenido con mucha más facilidad, mi licencia de conducción, de haber aceptado ciertas proposiciones de los oficiales que examinan. A los 23 años me interrumpí un embarazo no deseado. En mi familia, casi nadie lo supo. Fue uno de los episodios más traumáticos de mi vida. Todavía me indigna recordar aquel día en que dos oficiales jovencitos de la PNR me tiraron por la planta para verificarme, por bajarme de un almendrón a las 11pm en la esquina de mi casa, con un camisero de mezclilla un poco corto y ajustado.

Últimamente, ha llegado a mi vida, sin querer, una de las experiencias más duras que me ha tocado, sobre todo, por ocurrir en un momento, donde no dispongo del abrigo protector de mi familia y amigos más próximos. Quizás por ello estoy siendo capaz ahora de escribir este texto. Conocí a un hombre cubano, emigrado como yo, con el que viví un auténtico capítulo de maltrato psicológico. Ya más recuperada, me doy cuenta que fue un proceso descrito en la literatura científica. Vamos a decir: de manual. Yo, que creía, que a las mujeres de mi nivel intelectual, era imposible que algo así les sucediera. Sé que ni siquiera él es consciente de la naturaleza de sus actos y su personalidad. Durante meses, soporté todo tipo de vejaciones, chantajes emocionales, adjudicación de culpabilidad, amenazas, maltrato sexual, persecución… Hace cinco meses perdí a mi mejor amiga de cáncer de ovarios, el mismo maldito cáncer que amenazó con llevarse a mi madre. Mi amiga murió por darse por vencida, porque fue negligente, porque se sentía sin motivos para vivir.

Como consecuencia de todo junto, vinieron las crisis de pánico, ansiedad y depresión, el estrés postraumático, y la necesidad de ser tratada clínicamente. Hoy he recuperado las ganas de vivir, la conciencia de mí misma; trabajo por elevar mi autovaloración y me empeño en conseguir un autoconocimiento más profundo. Lograr librarse del autocompadecimiento, es sumamente complicado.

Las cosas que cuento podrían haberle pasado a cualquiera de las miles de mujeres que hoy se han atrevido a decir: “¡Yo también!”. Muchas de ellas son cubanas, el país de la educación gratuita, los derechos de la mujer, igual sueldo para ambos sexos, etc. Pero también un país donde apenas existen recursos legales para proteger a la mujer de la violencia de género en cualquiera de sus manifestaciones. Un país donde un hombre le pega a una mujer en la calle y nadie interviene, porque según reza el proverbio popular: “entre marido y mujer nadie se debe meter”. Un sitio donde hay policías corruptos, cómplices de la prostitución, y aunque en discreta medida, también hay prostitución infantil. Un lugar donde los homosexuales y transexuales son frecuentemente discriminados. En particular, las lesbianas, doblemente invisibilizadas, por su preferencia sexual discordante con los cánones dominantes, y por ser mujeres. Un país donde si cambias de novio, a la mitad del ritmo con que los hombres cambian de novia, eres, sencillamente, una puta. Un país donde hay mucha gente que se ha visto obligada por sus circunstancias, a vivir con varias morales de forma simultánea, y a aprender a manejarlas a conveniencia. Un país donde ser negro, puede ser un problema serio. Una sociedad que ha diluido demasiado las libertades individuales en un amasijo de colectividades nulas. Una sociedad donde muchos líderes y dirigentes, hombres y mujeres, no tienen una mínima conciencia de equidad de género y respeto a la diversidad. Una nación donde las mujeres somos trabajadoras, cabeza de familia, cuidadoras, domésticas, y además, hemos de ser presumidas, sensuales y seductoras.

Viví más de un año con una pareja que me resultaba sexualmente vomitiva, solo por temor de regresar a mi casa, producto de la falta de libertades que eso implicaba. No deseo a nadie en el mundo que se permita pasar por una situación como esa, donde el asco y las náuseas dominan tu cuerpo, y la simulación y la culpa, gobiernan tu mente. Donde ya no te quedan pretextos que inventar y una y otra vez, te sientes violada, en silencio.

Existen muchas causas históricas y sociológicas. La dominación de siglos, el subdesarrollo, y los atavismos del modelo cultural latinoamericano, no son fenómenos que se consigan resolver de un día a otro. Como todo cambio cultural exige décadas, pero ya es momento de rectificar muchos errores que han marcado la vida de generaciones, la única vida que tenían. Un país donde se cumple muy bien ese principio que le escuché a una amiga de mi madre: “No hay nada más afrodisíaco que el poder”. Si en algo estoy de acuerdo 100% con Raúl Castro, es que un país donde más mujeres gobiernen, sería un país infinitamente mejor. Y me siento con el derecho de hablar así, porque Cuba es, y será siempre, mi más sublime obsesión.

Me abrió los ojos una vez, una amiga de Chile, que al ver la forma en que se dirigía a mí un conocido de trabajo, me dijo: “Eres muy tolerante. Por mucho menos que eso en mi país yo le habría denunciado por acoso laboral”.

Una vez hice una lista de todas las razones por las que podía sentirme, ocasionalmente, discriminada: por joven, por mis creencias religiosas, por mis libertades sexuales (reconozco a veces, que me gusta demasiado la adrenalina), por mi particular modo “libertino” de ver la vida, por mi filiación política, por gorda, por abelardita, pero sobre todo, y significativamente, por mujer. Somos humanos, tenemos derecho a los contrastes.

Por eso, animo a todas las mujeres que lean esto a que aprendan a ser asertivas, a entrenarse para saber decir que no, con la boca bien abierta, y a que compartan sus historias, revelando una red invisible que nos hará a todas más unidas y más fuertes. Duele mucho ver a amigas maltratadas, volver a caer en ese círculo vicioso del infierno, sin encontrar escapatoria, permitiendo que mantengan su vida secuestrada. No me considero feminista, pero creo que a las mujeres ante todo nos toca velar por nuestros derechos, al menos, en la misma dimensión, en que, casi siempre, vivimos preocupadas por cumplir con nuestros deberes.

Se va acabando mi viaje y ahora mismo, me duele hasta la última célula del alma y del cuerpo. ¡Es tan duro rascar las cicatrices! Pero por otro lado me siento liberada, creo que mis palabras pueden ser útiles a otras mujeres, pienso que es justo ofrecer mi testimonio… Tengo las herramientas para hacerlo, en un contexto, en que muchas mujeres, por las más diversas razones, están silenciadas y pisoteadas. A los hombres siempre los he amado, y espero continuar haciéndolo. Eso sí: prometo querer más a los que hacen suya nuestra causa. Sobre ellos, también pesan, incontables estereotipos de masculinidad, que les colocan el mundo a sus espaldas. Nosotras también debíamos apuntarnos a esa causa.

No sé si consiga dormir esta noche, pero ya habré mandado este mail a mi Negra linda, y para sanar bien, a veces, hay que limpiar toda la costra podrida que está en el fondo. Perdón por lo distendido. Ojalá no suene demasiado autosuficiente, o victimista. En todo caso, vale la pena asumir el riesgo. No hay elucubración cerebral. Está escrito de una única sentada, tal como se podían hilvanar malamente las ideas. Si algún día me animo a escribir un libro, este texto será, sin dudas, la primera minuta. Directo de mi corazón. Espero llegue al de ustedes.

Yo, pero podría ser cualquiera de ustedes.

Foto de portada: Angela Schlafmütze

36 escritoras cubanas contra la violencia hacia la mujer

Por: Zaida Capote Cruz

Presentación de la antología Sombras nada más. 

Hace un año justo un grupo de colegas llevamos a cabo una acción en el espacio virtual. Lanzamos una convocatoria pública para que en Cuba se aprobara una Ley contra la violencia. El detonador fue la carta que un escritor cubano enviara a otro, acusado de violentar a una mujer, en que hacía afirmaciones dolosas del tipo, “ya se reconciliarán y todo quedará en el olvido”.
Aunque nuestra declaración, Tod@scontralaviolencia, estuvo circulando algún tiempo, y consiguió firmas solidarias de muchas personas, y mujeres del grupo se reunieron con representantes de varias instituciones y organizaciones cubanas que podrían haberse implicado en la discusión pública que proponíamos, nada de eso tuvo lugar.[1]

En nuestro país el tema de la violencia contra la mujer es aún tabú, y pensarlo como un tema de discusión pública todavía parece una utopía demasiado irreal. Lo que ocurre, en cambio, cuando la prensa se refiere al tema, es que se ciñe, por un lado, al asunto del comportamiento personal (la causa es el machismo inoculado por la práctica cultural histórica) y, por el otro, a las vías de denuncia y enfrentamiento ya existentes (que han demostrado no ser idóneas en todos los casos). Nuestra propuesta de una ley específica sobre el tema propugnaba gestionar la violencia contra la mujer del mismo modo para cada víctima del mismo delito; tal como está organizado en este momento, sin embargo, el sistema de prevención y atención depende mucho de la gestión de la víctima o sus familiares, y muchas veces a aquella le es imposible pensar con claridad, buscar ayuda o salirse del ciclo de la violencia, tantas veces descrito. Por otro lado, permite que el lugar del agresor en la sociedad sea decisivo en que este pueda librarse o no de la condena. Pasa con este tema lo mismo que con otros pendientes de discusión y transformación: para las autoridades establecidas, aunque queda mucho por hacer, ya hemos hecho mucho más que otros en otros lados. Con semejante ritornello, sigue siendo imposible movilizar opiniones y cuerpos; cambiar las reglas del juego.

Reducir las causas de la violencia contra la mujer al machismo individual o colectivo en nuestra sociedad conlleva el reconocimiento implícito de que la solución es individual, subjetiva; lo mismo ocurre con las tareas de sensibilización, que suelen concebirse destinadas a la mentalidad individual, algo muy coherente con los nuevos tiempos en que el individualismo pareciera haber desplazado los proyectos colectivos. Emprender una discusión para la transformación social profunda desestabilizaría no solo la concepción de cada individuo, sino incluso conllevaría la evaluación de cómo está organizada nuestra sociedad, desde el espacio mínimo de la vida familiar o doméstica, hasta la escuela, el trabajo y las estructuras sociales. Una vez más, la ocasión que ofrecíamos se desestimó. Las estructuras existentes nos escucharon (seguramente incluso aprovecharon alguna de las ideas que compartimos) pero no ocurrió nada más.

Este año se celebró en La Habana otro congreso de la Federación de Mujeres Cubanas y en el discurso de clausura, a cargo de uno de los vicepresidentes del gobierno, José Ramón Machado Ventura, afloró continuamente el paternalismo que el estado reserva para su trato con las mujeres en Cuba.

La violencia es real, y a menudo mata; y antes de matar, ocasiona mucho dolor y genera tristeza, infelicidad y desazón continuas. Pero hay muchos modos de ejercer la violencia, y pocas personas verían, en la insistencia con que se demanda a la mujer cubana el aumento de su fertilidad, por ejemplo, un rasgo de discriminación o de violencia. Al traspasar a la mujer la responsabilidad de la reproducción poblacional se está ejerciendo contra ella una violencia sutil pero real. Cuando evitamos hablar de las causas del envejecimiento poblacional que van más allá del evidente desarrollo social de la sociedad cubana o de los logros en la atención a la salud pública, como podrían ser las deplorables condiciones de vida de parte de la población, o la migración casi forzosa de personal calificado que no encuentra espacio de desarrollo en nuestra sociedad por errores en la relación entre el Estado y el ciudadano, y hacemos énfasis, como se hizo en el congreso mencionado, en el compromiso de la mujer con la patria para seguir pariendo sin garantía de felicidad, entonces estamos ejerciendo violencia, aunque muchas veces no seamos capaces de verlo. Cuando en los medios nos presentan a una deportista, campesina o académica y al hacerlo se habla con insistencia de su feminidad (tradicional, claro, un comentario apoyado, por ejemplo, con un primer plano de sus uñas pintadas), estamos haciendo una exigencia mayor: no solo hay que ser competente en la profesión elegida, también hay que lucir bonita… cuidarse las manos, maquillarse, ser delicada, etc. Tal tipo de exigencia adicional —pensémoslo un poquito— jamás se le hace a un hombre en situación semejante. Y lo mismo ocurre, con algo más de elegancia, aunque no tanta, en el mundo literario.

Con frecuencia, un libro de mujer, sobre todo aquel susceptible de ser tildado de feminista porque bordea la denuncia, o expresa una afirmación de una sexualidad distinta, o se ríe de la feminidad tradicional y de la figura de la mujer como ser-para-los-otros, que dirían las filósofas, exhibe algún indicador de su condición ajena al feminismo. Editoriales y autoras coinciden en la advertencia purificadora, para evitar conjeturas y sospechas, un dilema que ha comentado sabiamente Mirta Yáñez[2] y que sigue vivo, a pesar de todo. La pervivencia de los prejuicios antifeministas que tiñeron las reacciones contra ese movimiento social en sus inicios, la incomprensión del feminismo en tanto ideología y filosofía de vida, mantienen esa herencia, tan útil para las mujeres cubanas de hoy, a medias silenciada. La preocupación por el lugar de las mujeres en la sociedad, por su plenitud como seres humanos y como ciudadanas, merecería otro destino. Pero los prejuicios son fuertes y se metamorfosean continuamente, como un virus negado a sucumbir. Y no por eso debemos ceder ni darnos por vencidas. Y no por eso debemos aceptar que la agresión de cualquier tipo es una práctica individual, basada en la subjetividad de las personas, sin entender que la violencia contra la mujer es una práctica social diseminada en todos los espacios de nuestras vidas, con profundas raíces estructurales, y perceptible en muchos espacios, además del privado.

Este libro pretende dar cuenta de esa multiplicidad de la violencia contra la mujer tal como la han percibido varias narradoras cubanas. Proyectos semejantes han visto la luz en otros países.[3] Esta es una antología amplia, inclusiva, que busca llamar la atención sobre un tema de imprescindible actualidad en nuestras vidas. Laidi Fernández de Juan trabajó arduamente para conseguir este mosaico de situaciones y de voces, y a más de su valor como denuncia o llamada de atención sobre un tema específico, este libro reúne narradoras de poéticas y generaciones distintas, pone a convivir relatos o fragmentos de novela cuyo eje de contacto es la violencia contra la mujer, y, en última instancia, si no bastara aquel gesto nuestro para declarar el compromiso de las intelectuales cubanas, aquí queda declarado cómo la violencia contra la mujer ha motivado la intervención simbólica de cada una de estas autoras en el espacio público. Cada relato, cada fragmento de novela, justifica su inclusión aquí con la denuncia de la violencia contra la mujer; su realización, coherente con la capacidad de cada una de sus autoras, ofrece enfoques diversos, lenguajes distantes, pericias disímiles. Cada quien elegirá sus favoritos, encontrará los ecos de experiencias propias o ajenas, podrá imaginar cómo cambiar a sí o al mundo para evitar la terrible convivencia con el dolor cotidiano. Nuestras autoras han hecho lo suyo.

Notas

[1] Salvo una declaración pública del CENESEX que apoyó nuestra propuesta desde el principio.

[2] Mirta Yáñez, “Feminismo y compromiso: Ambigüedades y desafíos en las narradoras cubanas”, en Cubanas a capítulo. Segunda temporada. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2012, pp. 61-87.

[3] Pía Barros, ha antologado y editado en Chile ¡Basta!/Enough! (Asterión, 2012), colección bilingüe de cien relatos breves sobre el tema.

Tomado de Asamblea Feminista.

Violadores

Juro que hubiera preferido que la violación no haya tenido lugar. Ninguna, ninguna mujer se merece que un mal nacido toque su cuerpo sin su consentimiento.

Cuando voy a La Habana, yo todavía paso por delante de la puerta de quien me acosó y por eso sé lo que se siente.

La cárcel es poco para lo que se merecen los cinco cubanos que abusaron de ella. Gente rebajada al subsuelo.

Lea la noticia según la DW.

Imagen tomada de Alianza por la Solidaridad

 

La mirada oportuna de Elena Martínez

La mirada atravesada de Elena Martínez es capaz de captar instantes eternos. He tenido la suerte de verla crecer como artista, de acompañarla por un rato hasta que la vida deshizo los lazos. Lo que más me conmueve de su obra es que apena lleva filtros y retoques, en tiempos en los cuales un click intentar definir quien es quien. Ella es sincera y obvia como los mejores artistas del lente. Aquí está la historia que viene contando desde hace unos pocos días. Disfrútenla.

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Violencia de género en Cuba, un libro de Clotilde Proveyer

La super profesora Clotilde Proveyer, a quien debemos el posicionamiento del tema de la violencia de género en Cuba en las aulas universitarias, es la autora del libro que le comparto, el cual es uno de los pocos que sobre la temática en la isla se ha escrito y que procede además de una de las voces más autorizadas en la materia.

Clotilde es además una persona que le ha dado al tema por los cuatro costados, lo que implica que también reconoce el papel del activismo contra la violencia machista.

El papel de la comunidad y de sus actores sociales en la atención a la violencia de género 
La experiencia de los Talleres de Transformación Integral del Barrio TTIB en Cuba

Clotilde Proveyer Cervantes. [Autora]  

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Colección Becas de Investigación.  
ISBN 978-987-722-038-4
CLACSO.
Buenos Aires.
Noviembre de 2014

Hoy día la violencia contra la mujer se ha reconocido como problema a escala mundial y como un grave obstáculo para el desarrollo y la paz. La puesta en marcha como tema de debate universal ha permitido, apenas, visualizar la punta del iceberg de la victimización femenina que en el hogar que permanece oculta, invisibilizada tras la cortina de la vida privada, de la intimidad familiar, bajo el supuesto de no admitir la intromisión de ajenos. Por supuesto, el acceso científico y político a esta problemática aunque es todavía incipiente, ha sido resultado de la batalla sistemática de los movimientos de mujeres en todo el mundo, como parte inalienable de la defensa de sus derechos humanos, pero sólo hasta el decenio de los años setenta no se lanzaron campañas en gran escala para luchar contra esa situación. Dichas campañas deben su fuerza al renacer del movimiento feminista en la década de los sesenta, fundamentalmente en Europa y en América del Norte, que se extendieron rápidamente a otras zonas del mundo. Una contribución decisiva en ese empeño lo constituye la teoría feminista pues apunta al análisis de las relaciones de género como un elemento esencial para comprender los mecanismos que articulan las relaciones de poder basadas en la “superioridad masculina” a escala social.

Descargar el libro

Foto de portada: Antonio Ramirez

Una menos

Por Rebeca Pajón

La amiga que sueña un marido que la mantenga,
el pibe que escribe el reggaetton de moda,
la madre que educa machitos y princesas,
el jefe que escupe: “es que está en día femenino”,
la compañera que te dice: “así no vas a conseguir novio”,
la boluda que aclara:” soy femenina, no feminista”,
la mamá que la viste sólo de rosa, porque es nena,
el papá que compra muñecas y cocinitas
y lavarropas a la nena
y pelotas y aviones y juegos de química al varón,
el novio que te revisa el teléfono y el facebook,
la mina que dice de otra mina que parece una puta con esa ropa,
la mamá que sueña un príncipe azul para yerno,
el papá que paga por sexo con nenas de la edad de su hija,
el novio que no coge con la novia por respeto
y sale de putas después de acompañarla a casa,
los compañeros profesionales que en vez de escucharte
lo que tenés para decir en la reunión
te piden que sirvas el café o hagas el mate,
la marca de detergente que sólo te habla a vos, mujer;
el médico que te hace cesárea sin necesidad
o el que te hace la episiotomía de rutina,
la enfermera que te grita: “bancátela, bien que te gustó hacerlo”
o la que te ata a la camilla para parir,
el marido que te prohíbe trabajar
o el que te esconde los documentos y la plata
o el que te controla los ingresos y egresos,
la caricatura política diaria,
el chiste de mierda, las propagandas,
Tinelli, la novela turca, los concursos de belleza,
el que te obliga a hacer algo en la cama
que no deseas, el que se fija sólo en su placer,
el que te dice: “ahora no me podés dejar así”,
el que te humilla, el que te adjetiva, el que te menosprecia
el que te caga a trompadas,
el que te aísla, te controla, te cela, te sigue,
el que me dijo el primer piropo grosero
a los doce años, el que me tocó contra mi voluntad
en el boliche de moda, en todos los boliches de moda
el compañero que te manda a barrer el piso del local del partido
el compañero que no cuestiona sus privilegios,
el que recibe un cheque más gordo sólo por tener pene
y se calla y se lo guarda en el bolsillo,
el pelotudo que pregunta ¿y el día del varón, eh?
la mamá que obliga a la nena a levantar
los platos sucios de sus hermanos varones,
la pelotuda que rápido vuelve a aclarar
pero “mira que yo soy femenina, no feminista”,
la que se burla de que no me pinto,
la que se burla de que vos no te depilas,
la que se burla de que no calzas tacones,
la que se ríe de que compro libros y no carteras,
el compañero que me mira las tetas,
Todos unidos frente al televisor
preguntándose ¿cómo puede ser
que asesinaron a otra mina?.

Ita, 25 de noviembre 2015

Foto de portada: GOBVA