Violencia machista en Cuba: Sobre una Solicitud a la Asamblea Nacional

He dicho muy poco, aunque he trabajado mucho para eso) sobre la Solicitud de una Ley Integral de Género contra la Violencia de Género en Cuba que tuve a bien firmar, que firmaría nuevamente a pesar de mis MIEDOS (el mayor es que no nos respondan o no tengan en cuenta nuestra solicitud); y que rubriqué, además, porque soy ciudadana cubana, con residencia permanente en Cuba, con carnet de identidad y si fuera un carro tuviera chapa cubana.

Después de haber leído algunos comentarios, reportes, noticias, etc., donde he encontrado pifias, tergiversaciones, críticas, sugerencias y algunas buenas intenciones de esas que nos llevan al infierno, me decido a precisar algunos aspectos.

Lo que se entregó a la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP) es una SOLICITUD que contiene tres puntos muy claros:

1) Incluir en el cronograma legislativo previsto la elaboración de una Ley Integral contra la Violencia de Género;

2) Constituir un grupo asesor cuya composición sea de conocimiento público, integrado por personas con trabajo en el tema, que acompañe el proceso de redacción del proyecto de Ley. Solicitamos que en el grupo haya representación de distintas regiones del país y sectores sociales;

3)Recibir y procesar propuestas de la ciudadanía en el proceso de elaboración de la Ley Integral contra la Violencia de Género.

Repito, es una SOLICITUD no es un proyecto de ley ni es una agenda. Por lo tanto, hacerle peticiones a ese documento es completamente desatinado. Para ello está el momento de redacción de la Ley, proceso ante el cual tenemos que ser proactives: proponer, sugerir, criticar, etc. Además se nos tiene que conceder esa posibilidad, la cual es uno de los objetivos antes mencionados: QUE NOS DEJEN PARTICIPAR.

Las 40 personas firmantes de la Solicitud son todas ciudadanas cubanas con residencia permanente en Cuba, aun cuando algunas se encuentren (por una u otra razón) también viviendo fuera de territorio nacional. Nosotres tenemos los mismos derechos y obligaciones que quien vive en Cuba los 12 meses del año, entre ellos la posibilidad de presentar una solicitud a la ANPP. Quien considere lo contrario está arbitrariamente violando la ley de migración de Cuba que se actualizó en el 2013. A quién le incomode, al menos ha de reconocer que su cabecita funciona con el binomio “cubanos de adentro-cubanos de afuera”, a pesar de que existimos otres que residimos tanto afuera como adentro.

Tanto esas 40 personas firmantes como las 800 que apoyan la Solicitud, como también entre quienes no han firmado el documento (su derecho y su izquierdo) hay gente muy valiosa con un recorrido en el tema, ya sea desde el activismo, la academia, las investigaciones, las ciencias jurídicas, las artes, etc. Ojalá se nos permita poder acompañar ese proceso que sabemos ya fue iniciado, porque es un secreto a voces que se está escribiendo “algo”. Lo que sucede es que, como falta transparencia, no sabemos qué, cómo ni por quién .

Por otra parte, esa Solicitud no tiene que describir todas las formas de violencia de género que existen. Son muchas; algunas más visibles como el acoso callejero, otras menos como la violencia simbólica y otras tan aparatosas como el actuar de la policía no solo con las mujeres disidentes sino también por ejemplo, cuando hombres policías vestidos de uniforme piropean a una mujer, lo cual es mucho más que acoso callejero.

Entonces, afilen sus plumas, para escribir, proponer, participar. Si algo bueno tiene esta Solicitud es que sienta las bases para que personas naturales cubanas decidan pedir públicamente, y por los canales correspondientes, la inclusión de una norma para un asunto en específico. Sin duda alguna, es un paso de avance. Si tiene preguntas al respecto vaya al artículo de El Toque, allá se explica muy bien este punto.

Del mismo modo, la Solicitud presentada a la ANPP está reconociendo que NECESITAMOS UNA LEY INTEGRAL, no únicamente la transversalización de las normas ya existentes (o por crear) con una perspectiva de género. Las razones son muchas, en mi opinión, la posibilidad que brindaría de poder trabajar de manera integral y al mismo tiempo individualizada e incisiva en la educación, prevención, apoyo a las víctimas, mujeres policías en las estaciones que reciban a las víctimas, rehabilitación de los victimarios, el establecimiento de refugios, etc. Lo anterior solo lo podría facilitar la existencia de una LEY INTEGRAL.

Como quiera que sea la existencia de la una LEY INTEGRAL también implica transversalizar las ya existentes, para que estas respondan de manera coherente a aquella otra y no existan ni contradicciones ni vacío legales.

El 13 de febrero próximo se vence el plazo, fijado en 60 días hábiles, para recibir una respuesta de la Asamblea Nacional de Poder Popular. Queda tiempo aún para seguir divulgando esta iniciativa y sobre todo para continuar movilizando a todos en contra de la violencia machistas.

Si quieres apoyar la Solicitud de Ley Integral contra la Violencia de Género en Cuba, envía un mensaje a cubaleyviolenciadegenero@gmail.com con tu nombre y apellidos.

¡Será Ley!

#YoSíteCreo
#YoSíteCreoenCuba
#MeToo
#NoalaViolenciadeGénero
#NiUnaMenos
#LeyIntegralContralaViolenciadeGénero
#SeráLeyenCuba

Solicitud de Ley Integral contra la Violencia de Género en Cuba

El día de hoy ha sido entregada una Solicitud de Ley Integral contra la Violencia de Género a la Asamblea Nacional del Poder Popular en Cuba.

Las 40 firmantes, ciudadanas cubanas con residencia legal en Cuba, pretendemos que se incluya en el cronograma legislativo (previsto para entregar hasta abril de 2020) un proyecto de Ley Integral Contra la Violencia de Género. La solicitud está suscrita por diversas ciudadanas cubanas, quienes actuamos de acuerdo a nuestro compromiso y sensibilidad con el tema, pero sin nuclearnos en torno a un grupo o proyecto. En concreto, presentamos las siguientes solicitudes:

  1. Incluir en el cronograma legislativo previsto en la disposición décimo tercera de la vigente Constitución de la República, la elaboración de una Ley Integral contra la Violencia de Género.

  2. Constituir un grupo asesor cuya composición sea de conocimiento público, integrado por personas con trabajo en el tema, que acompañe el proceso de redacción del proyecto de Ley. Solicitamos que en el grupo haya representación de distintas regiones del país y sectores sociales.

  3. Recibir y procesar propuestas de la ciudadanía en el proceso de elaboración de la Ley Integral contra la Violencia de Género.

De acuerdo al artículo 43 de la recién aprobada Constitución Cubana, el Estado debe proteger a las mujeres de “la violencia de género en cualquiera de sus manifestaciones y espacios”, y crear “los mecanismos institucionales y legales para ello”. Una Ley Integral contra la Violencia de Género no solo daría cumplimiento a lo pactado en ese artículo, sino que también respondería a los artículos 41, 44 y 86 de la Carta Magna.

El documento enviado a la ANPP explica ampliamente los antecedentes que reconocen la preocupación pública sobre el tema, tanto desde instituciones estatales como desde organizaciones no gubernamentales y de la ciudadanía. Además, incluye referencias internacionales que contextualizan nuestras peticiones en el contexto latinoamericano.

Nuestra solicitud ha sido compartida públicamente a través de varias plataformas personales y grupales en redes sociales.

Todas las personas que deseen podrán suscribirlo simbólicamente enviando su nombre completo al correo electrónico cubaleyviolenciadegenero@gmail.com.

La lista de firmantes será regularmente actualizada desde la plataforma YoSíTeCreo En Cuba: https://www.facebook.com/yositecreoCuba/

Además de adjuntarse a este mensaje, la solicitud puede ser consultada y descargada mediante los siguientes enlaces:

Solicitud en filessharing (pdf)
Solicitud en Google Drive (pdf)
Solicitud en Negracubana (pdf)
Solicitud en Negracubana (docx)

Nueve aclaraciones que te ayudaran a entender las denuncias por violencia machista

  1. No existen mujeres de segunda: No es posible pensar que una esposa tiene más derecho a denunciar, y por tanto mayor credibilidad, que una mujer que tuvo una relación “irregular” con un hombre. Sepa Ud. que todas las mujeres, independientemente del rol que ocupen, son susceptibles de vivir maltrato, acoso, abuso, violencia de género en cualquiera de sus modalidades, pues la misoginia es inherente al patriarcado. La violencia machista no discrimina entre “santas” y “putas”. TODAS ellas, sin excepción alguna, tienen derecho a una vida digna, sin abusos, maltratos, sin violencia, independientemente de qué o quiénes sean. Si consideras que una mujer abusada tiene que tener ciertos comportamientos para que su testimonio  sea creíble, estás anteponiendo tu juicio moral a lo que realmente está en juego aquí: la dignidad humana. Y eso no es justo, ni ético.
  2. Existen países en los cuáles no es la víctima quien tiene que demostrar que ha sido agredida, sino que el victimario tiene que probar que no ha cometido delito alguno. De esa manera, se protege a la mujer del escarnio, de la revictimización, de tener que presentar ella las pruebas. Es un sistema mucho más justo, teniendo en cuenta que los cuerpos policiales, los tribunales y otras instancias están plenas de hombres, lo cual pone en desventaja a las mujeres.
  3. Las mujeres abusadas pueden permanecer la vida entera sin denunciar, sin contar lo vivido ni siquiera a las personas más allegadas. Que lo hagan en algún momento no debería ser leído como una señal de oportunismo, sino como liberación, además de que puede constituir una muestra de apoyo a otras posibles víctimas. Además, es usual que las mujeres nos sintamos, cuando menos, responsables de lo que otras personas van a sentir a partir de nuestro testimonio, como si tuviéramos que cuidar más al resto que a nosotras mismas. Esto también constituye un impedimento a la hora de denunciar.
  4. Aún después de haber denunciado (ya sea en los medios o en una comisaría), la sensación de miedo persiste. Cuando se han vivido años bajo amenaza, se sabe que hablar del tema puede implicar más violencia. Muchas mujeres han sido fuertemente golpeadas o han sido incluso asesinadas luego de que han denunciado y no han recibido la debida atención y protección por parte de las autoridades. Muchas niñas y adolescentes han encontrado nulo apoyo en su familia, cuando han dicho que su papá, su padrastro, su tío o un conocido las violaba. En muchas ocasiones se les ha reprochado por no ha haber guardado silencio. Por otra parte, muchos abusadores preguntan constantemente a las víctimas si han hablado con alguna persona sobre la situación y les obligan a permanecer en silencio. Por tanto, no subestimes el proceso que lleva a una mujer a abrir, finalmente, su boca. Ha sido y será doloroso, aún después de decirle al mundo su verdad.
  5. El abusador, acosador, maltratador, golpeador, victimario puede ser una persona de conducta social intachable, reconocido, famoso, simpático, etc. Hay estudios que muestran que ni la clase social ni la pertenencia racial son variables a tener en cuenta a la hora de establecer un perfil del abusador. Es más, se puede ser poeta como Pablo Neruda o un célebre académico como Jorge Domínguez, y se puede también ser un violador, como el Nobel de Literatura chileno, o un depredador sexual, como el exprofesor de Harvard. Le sugiero, entonces, que deje de romperse las vestiduras defendiendo a un hombre acusado de agresor, mucho más, si Ud. es mujer. Primero piénselo dos veces. Y si no le es suficiente, intente ponerse en el lugar de la víctima. Si tampoco eso le basta, recuerde a aquel novio que, a pesar de Ud. haber dicho que no quería, la forzó a tener relaciones sexuales. Quizás logre, desde su propia herida, llegar a ser empática.
  6. Ninguna mujer aguanta porque “le gusta que le den” o que la maltraten. Las mujeres abusadas no  son “masoquistas” . El masoquismo tiene que ver con el erotismo, como una forma consensuada de obtener placer. Aclarado esto, vale la pena decir que muchas mujeres permanecen en una relación abusiva por múltiples razones: temiendo no encontrar apoyo al denunciar, preocupadas por los juicios de valor que vendrán en su contra, o para proteger a otros familiares y personas allegadas, entre muchas otras. He conocido a madres que por el bienestar de sus hijes han mantenido una relación de años con su maltratador. Y a otras que, para continuar en su puesto de trabajo, han tenido que soportar al jefe que las acosa sexualmente. Cada quién sabe lo suyo y Ud. no es la medida de todas las cosas, por lo tanto, deje de dar consejos, de hacer valoraciones, o de decir a los cuatro vientos lo qué Ud. habría hecho si estuviese en el lugar de la víctima. Es deshonesto e irrespetuoso. 
  7. Vivir en situaciones de violencia machista, ya sea física o simbólica, psicológica, económica, etc, implica la existencia de daños y traumas. Las mujeres intentan seguir sobreviviendo como pueden, con los recursos psicológicos que poseen. A muchas de ellas les cuesta establecer luego relaciones de confianza y entrega. Es difícil construir nuevas relaciones amorosas cuando se ha sido víctima de violencia de género y se ha vivenciado que quien dice amarte también te puede abusar y hasta matar.
  8. Decir “Yo sí te creo“, no viola la presunción de inocencia de ningún posible agresor, porque no es él quien está, en esta ocasión, en el centro de la situación, sino la víctima. En la mayoría de las sociedades, a ella se le presiona para que demuestre que no está mintiendo, cuando podría ofrecérsele, desde el inicio, el beneficio de la duda, como se hace con la persona acusada. Como vivimos en una sociedad misógina, son las mujeres las vilipendiadas, revictimizadas, aleccionadas, nuevamente violentadas.  Recordemos que las leyes y los sistemas jurídicos reproducen el sexismo y la misoginia, dado que han sido construidos respondiendo a una lógica machista y de subordinación de las mujeres, pues han sido los hombres quienes han participado, mayoritariamente, en la creación y establecimiento de estos sistemas. Cuando a la mujer víctima de violencia se le acompaña en el proceso de denuncia, se crean redes de apoyo seguras que velan por su integridad física y emocional, se está ayudando a que muera una mujer menos a consecuencia de la violencia machista. 
  9. La existencia en Cuba de una ley contra la violencia machista permitiría establecer un programa de atención integral a las víctimas, donde desde el portero de la estación de policía hasta los profesionales de diversas ramas sepan cómo conducirse ante un caso puntual, qué apoyo brindar, cómo recoger la denuncia, por qué es importante que sean mujeres quienes atiendan estos casos, etc. Además se establecerían redes formales de apoyo a las víctimas. La misoginia es estructural por tanto, la violencia de género lleva un abordaje a todo nivel, desde las bases de la sociedad, entiéndase desde y en instituciones como la familia, la escuela, etc, hasta los gobiernos, estados, etc. 

Foto: Kat Jayne de Pexels

Diosa, #YoSíteCreo

Desde hace unos días circula en redes sociales una denuncia pública de la cantante Danielis Alfonso Cartaya, la “Diosa de Cuba,” quien asegura haber sido víctima de golpes, maltratos y violencia psicológica a manos de José Luis Cortés “El Tosco”, Premio Nacional de Música 2017. Desde entonces, el tema ha tomado relevancia entre asiduos a las redes sociales de algunos canales sobre Cuba producidos en Miami y en las cuentas personales de Facebook de “La Diosa,” así como de otras personas que dicen haber conocido de cerca la relación de pareja. Activistas feministas en Cuba y fuera de la Isla también se han sumado a la denuncia del caso, señalando sobre todo la legitimidad que tiene toda mujer para revelar públicamente su historia, en los términos que ella decida y en el momento que estime conveniente.

Los hechos salieron a la luz durante una entrevista el pasado 14 de junio. Sorprendida por la pregunta de su entrevistador sobre si había sido agredida físicamente por su expareja y antiguo jefe en la orquesta NG-La Banda, La Diosa queda inmóvil, llora y asiente. El testimonio desvela episodios desgarradores de lo que habría sido una relación de violencia prolongada en el tiempo, desde que la cantante era muy joven (“una niña” según afirma) y habría comenzado una relación sentimental con “El Tosco”. En un video en vivo transmitido por Facebook el 15 de junio, “La Diosa” ofrece nuevos elementos y nombra presuntos testigos. Son 45 minutos de charla emotiva y desesperada, en los que Dianelis responde a quienes deslegitiman la veracidad de su relato. Más allá del conflicto desencadenado entre ambas mujeres a través de las redes sociales y el seudo-espectáculo que se ha generado a raíz del suceso, los argumentos de “La Diosa” ilustran las secuelas psicológicas de la violencia.  Recuerda, por ejemplo, que su denuncia pone en riesgo su carrera y su seguridad física, pues involucra a uno de los artistas de mayor prestigio y poder económico de la isla. Confirma, además, el efecto liberador del testimonio para aquellas mujeres que han sufrido de violencia: “A todas las personas que han pasado por esto, no que tengan un jefe que los maltrate, también que sea una pareja que los maltrate, no tengan miedo, no pasen por el miedo que pasé yo, salgan a la luz, griten, busquen ayuda… No aguanten eso, no lo aguanten, porque eso no se olvida… El daño psicológico que me ha hecho ese hombre a mí no tiene precio,” dice. Al final de la transmisión, La Diosa demuestra cuán importante resultan las redes de apoyo para las víctimas del maltrato. Una amiga que sustenta su versión en un comentario en Facebook le hace quebrarse y proclamar su victoria. “Ya no estoy sola,” solloza.

Las condiciones en que se publicó el caso, su utilización por cierta industria del entretenimiento, las agresiones entre mujeres que ha generado, la vulgaridad de algunos comentarios, así como el papel de las redes sociales en la difusión de la polémica valdrían un análisis aparte sobre las nuevas estrategias de comunicación pública a la que apelan ciertos sectores de la sociedad y la cultura cubanas. Sin embargo, el incidente saca a relucir asuntos mucho más complejos y raigales sobre la situación de las víctimas de la violencia de género en Cuba y, más ampliamente, en el mundo.

En la era #MeToo, la denuncia pública de la agresividad machista a través de las redes sociales e internet ya no es excepcional. Las mujeres han encontrado en los nuevos medios una estrategia para contar su historia, para denunciar, para solicitar apoyo u ofrecerlo. No olvidemos que el origen de la etiqueta es justamente un acto de solidaridad de una mujer, y luego de miles, para sostener la historia de otra(s) exponiendo la suya propia. El llamado “movimiento” surgió para gritar que la violencia machista no es exclusiva, sino que está dolorosamente generalizada, silenciada e invisible, y afecta tanto a las desconocidas como a las estrellas de Hollywood o las ídolas de la música popular. La violencia machista se naturaliza en los actos cotidianos, en los ritos sociales, en la estructura política y pública, en las industrias culturales. Como ya han aclarado tantas investigadoras feministas, sobre ella se cimienta una cultura global y una forma específica de poder: el patriarcado.

Por eso no extraña que “La Diosa” tenga que repetir una y otra vez su historia a fuerza de ganar credibilidad, que aparezcan mensajes para deslegitimarla recordando su relación romántica con el presunto maltratador, que la acusen de manipular el tema para su beneficio profesional y que, sobre todo, muchos cuestionen su comportamiento aduciendo que, a fin de cuentas, “ella lo aguantó” en su momento y pasados los años debería callar. La supuesta víctima vuelve a ser el objeto del escrutinio, y su harakiri público, su desnudez emocional, parece el único recurso para probar la verdad que aún duele y le martiriza, pero que también libera.

Como tantas otras mujeres que han declarado ser víctimas de violencia, los niveles de influencia y poder de la cantante y su presunto maltratador son abismalmente desiguales. El prestigio artístico de “El Tosco” y su lugar entre la nombradas “glorias de la cultura cubana” parecieran blindarlo frente a los comentarios de una joven reguetonera, abriéndose paso en una industria visiblemente masculinizada. Justamente, la diferencia de influencias y poder es lo que pudiera haber puesto en una condición vulnerable la muchacha hace más de 15 años, cuando era vocalista de la afamada orquesta.

El caso merecería, al menos, una investigación jurídica al supuesto maltratador y la revisión de las políticas institucionales del Ministerio de Cultura para los proyectos artísticos que involucran a menores de edad. No importa de quién se trate, si un artista famoso, un coronel del ejército o un disidente político; no importa el tiempo que haya pasado desde el episodio de maltrato; no importa la relación sentimental-afectiva entra la víctima y el maltratador: la violencia de género debe ser visibilizada, denunciada, castigada y reparada. Las víctimas de la violencia machista necesitan ser escuchadas, apoyadas y protegidas. Es su derecho. Contarlo cuesta mucho, pues por lo general implica cuestionamientos, amenazas, descrédito y revictimización.

“La Diosa” fue precisada a contar su historia en una entrevista en vivo, aparentemente sin haber sido advertida de lo que se le preguntaría. Su intimidad y derecho a decidir si hacer público o no un pasado de maltrato fueron, de este modo, vulnerados. Sin embargo, ella decidió confirmarlo y, desde entonces, emprender su propia batalla, desde los canales comunicativos que conoce y en los que confía. Su actitud merece respeto y protección para mitigar las posibles secuelas de lo que ha expuesto. Debe ser tomada en cuenta porque lo que confía es serio y sobrecogedor.

El caso recuerda la inexistencia de una Ley que tipifique los delitos de Violencia de Género en Cuba, de protocolos efectivos para ayudar a las mujeres víctimas en todos los sectores de la sociedad. Existen espacios de apoyo que gracias al esfuerzo de algunas instituciones, organizaciones y proyectos se han ido creando en la isla. Pero deberían multiplicarse, diversificarse y orientar a las víctimas sobre sus alternativas legales. Como reconoce el artículo 43 de la nueva Constitución de la República de Cuba, se trata de una responsabilidad estatal: “El Estado propicia el desarrollo integral de las mujeres y su plena participación social. Asegura el ejercicio de sus derechos sexuales y reproductivos, las protege de la violencia de género en cualquiera de sus manifestaciones y espacios, y crea los mecanismos institucionales y legales para ello”, versa el nombrado artículo.

Todas las mujeres merecen vivir sin miedo, sin violencia, y con derecho a la justicia. Lo más importante será siempre sanar su dolor y ayudarle a superar una experiencia traumática, garantizarle seguridad y sobrevivencia. Nadie sangra más que aquella persona cuya cicatriz está siendo reabierta y martirizada. El apoyo, la ayuda, debe partir de reconocer la autenticidad del grito o el sollozo, porque cada mujer sobreviviente a la violencia ha tenido que generar sus propias estrategias de superación en el camino.

#YoSíTeCreo es el hashtag que propuso en sus redes sociales la feminista Aylin Torres Santana para visibilizar la solidaridad con la cantante. A ella nos unimos al hacer público nuestro apoyo a esta mujer cuya veracidad está siendo cuestionada y cuyas revelaciones, de ser desestimadas, podrían acarrear represalias y afectar su carrera. Defendemos su entereza al denunciar lo que sostiene haber vivido, asumiendo los riesgos que le puede acarrear. Debe terminar de una vez la inmunidad de hombres que sacan partido de sus posiciones de poder para violentar y agredir a mujeres que les están subordinadas. Debe existir una Ley de Violencia de Género que incluya las agresiones de género en todas sus manifestaciones, penalice por su ejercicio y ofrezca las condiciones para una denuncia segura. Deben existir mecanismos y protocolos para atender a las víctimas y juzgar a los agresores. Las instituciones públicas no pueden seguir haciendo la vista gorda al maltrato machista, mientras los medios de prensa soslayan su rol activo al exponer las causas y consecuencia de la violencia, o la utilizan desde enfoques banales, como motivo de chisme, entretenimiento y espectáculo. Vale recordar que decir #MeToo #YoTambién es una decisión de las mujeres y debería ocurrir bajo sus términos. Y que este reclamo amerita seriedad, rigor y justicia.

Tomado de Asamblea Feminista.

Acerca de una expo no feminista que muestra mujeres colgadas

“Acerca de una expo no feminista que muestra mujeres colgadas”, así es como alguien resume el debate que ha tenido lugar en las redes sociales, acerca de la exposición colectiva que lidera Enrique Rottenberg y que se ha exhibido en Fábrica de Arte Cubano, en La Habana, Cuba.

Que lo que una persona se lleve de aquella exposición fotográfica sea la grotesca imagen de mujeres colgadas, es una evidencia de que “de buenas intenciones están plagados los caminos al infierno”.

Un poco de orden para entender lo que ha pasado:

  1.  ¿Qué quiere una? Anarcofeminista, es una exposición colectiva que que se exhibe Fábrica de Arte Cubano, en La Habana desde el 9 de junio y presuntamente hasta el 
  2. Varias personas, nacionales y extranjeras, entre ellas la activista y artista cubana, Damarys Benavides, denuncian en su muro en Facebook, al menos, su desagrado con la exposición.
  3. Se inicia un debate en las redes sociales, luego de que la protesta de Benavides es ampliamente compartida. Enrique Rottenberg aparece en el debate.
  4. Tremenda Nota, publica un artículo “¿Por qué una exposición feminista genera polémica en La Habana?

Resumiendo, los principales cuestionamientos e interrogantes que se le hicieron a Rottenberg y a la exposición fueron:

  1. Por qué ese título. La expo no es feminista aunque un título que lo pudiese sugerir.
  2. La recreación de la violencia contra las mujeres las revictimiza.
  3. En esta expo, ¿dónde está la denuncia?
  4. Su condición de hombre blanco deslegitima la posible denuncia de una expo como esta.
  5. Enrique Rottenberg no tiene idea de qué es el feminismo(s).

Dos de las participaciones de Enrique Rottenberg en el debate fueron claves para conocer quién es la persona real, el hombre, que está detrás de sus obras. La primera de ellas fue:

La segunda y más contunde fue:


Parafraseando a una de las participantes en el debate, si propone quemar a las mujeres que aprueban su arte, imagínense que nos haría a nosotras que se lo criticamos.

Quedó confirmado entonces que Rottenberg se mueve a gusto en los códigos de la violencia. Mujeres critican su obra por violencia, porque se sienten expuestas, revictimizadas, humilladas, y su discurso se torna cada vez más violento y misógino. Además nunca pudo responder el porqué el título de la obra.

Entrevistada por Tremenda Nota, cuya nota -valga la redundancia- se quedó también en las buenas intenciones, en las respuestas que le hice llegar al periodista le expresé:

… la exposición de la violencia sin crítica o denuncia se convierte entonces en un acto morboso, por llamarle de algún modo. Por demás, la violencia expuesta de esa manera, revictimiza a quienes la han vivido en su propia piel, en este caso sería a las mujeres. El asunto se vuelve más complicado cuando quien crea la obra artística es un hombre blanco heterosexual, y a medida que vamos adicionándole adjetivos de la supremacía blanca es peor.

Existe un estrecho hilo entre el arte que propone pensar sobre una realidad, partiendo de que arte no es la realidad y no tienen porqué tener siempre como propósito “hacer pensar”, y lo que en nombre del arte tiene una intención efectista, o pretende, por decirlo de algún modo, montarse en la actualidad social.

Desgraciadamente ciertos temas se vuelven moda porque tratarlos es cool, da prestigio, y hasta dinero en algunos casos. Quizás lo anterior hace que cuando una temática como la violencia cuando no se trata bien -se descontextualiza, no se investiga lo suficiente, etc-, se obtengan resultados contraproducentes.

Por demás, el artículo de Tremenda Nota, “¿Por qué una exposición feminista genera polémica en La Habana?” vuelve a calificar la expo como feminista, ante lo cual me sigo preguntando, ¿por qué se asume que esta exposición es feminista? Que sea sobre mujeres, que el sujeto que se presenta seamos nosotras no la convierte en reivindicativa de nuestros derechos. En muchas ocasiones es todo lo contrario. Tal creo que es el caso.

Se dice que ya no se puede acceder a la exposición colectiva en el “patio de Rottenberg”, en la FAC; ha sido cerrada, me dicen. Si fuera cierto, ojalá que no por orden de “arriba”. Prefiero jugar con la idea de que haya sido por decisión del propio Rottenberg. Si así fuera, siendo muy optimista, valió la pena tantas horas comentando y debatiendo sobre el asunto, aunque el autor hubiese asumido la posición de “no le tires peras a los cerdos”. Ojalá le haya llegado la validez del reclamo FEMINISTA que le hicimos.

Nota: por razones obvias no voy a reproducir aquí ni el cartel ni las imágenes de la exposición.

Foto de portada: gaelx. Reproducida bajo licencia Attribution-ShareAlike 2.0 Generic (CC BY-SA 2.0)

Te creo hermana. Cuenta conmigo

Por Sandra Milena Arizabaleta

Creo que pocas mujeres han tenido una relación de amistad con un hombre, tan bella como la que viví hace años.

Tenía un amigo, que era como un hermano. Estaba a mi lado, me apoyaba, protegía y me recordaba siempre lo inteligente, valiosa, importante y bella que era.

Cuando salíamos de fiesta, me divertía aconsejándome no recibir licor a cualquiera, le advertía a los que se me acercaban que yo era especial y que él estaba cuidándome.

Recuerdo que una ocasión vio que estaba un poco alicorada y que un tipo estaba muy canson, entonces; llegó como mi héroe y mi salvo del patán. Dijo que los hombres que no saben respetar son unos animales.

Cuando le conté que me sentía atraída por mujeres, me apoyó. O sea, fue la primera persona que me dijo: eres lo mejor del mundo y la mujer que ames, será privilegiada. Literalmente no caminaba gracias a él. Yo sólo levitaba.

Por eso, cuando la novia dé años que él “tenía” me dijo: Gustavo me maltrata. No creí. Era imposible. Ella estaría herida, celosa o loca! Nada tenía sentido. YO NO LE CREÍ!!!

Apoyé a mi amigo, al hombre maravilloso que varías noches me cuido la borrachera, el que se agarró a golpes para defender “mi honra” el que me aceptaba y quería. El que proclamaba que las mujeres de su vida eran increíbles.

Y es que ¿cómo podría alguien tan maravilloso hacer algo tan horrible, cómo quien defendió a sus amigas de parejas maltratadoras, podría ser un maltratador?

Aún recuerdo con dolor él momento en que lo vi golpearla. Mi cuerpo se congeló, mi cerebro no lograba aceptarlo. Y no fue un acto de “locura” ese ser era Gustavo.

Gustavo, mi Gustavo maravilloso estaba ahí; golpeando a una mujer, a una hermana, a una persona a quien yo no le creí.

Su “explicación”, ella era bruta, fea, loca … él la padecía. Si tan solo no fuera tan básica, si fuera un poquitín más como sus amigas, más como yo me dijo.

Días después, cuando ella aceptó verme, yo no sabía que decir, estaba aterrada viendo los moretones y recordando la horrible escena. Ella sí hablo, me dijo que los golpes dolían, pero dolía aún más el silencio cómplice de otras mujeres, dolía que su palabra no se creyera, dolía ser mujer víctima también de otras mujeres.

Entonces, llorando pedí perdón, no cambiaría su dolor, pero asumia mi culpa y egoístamente liberaba un poco mi conciencia.

Gustavo… me explicó, me lloró, me pidió ayuda y esta vez supe a quien DEBÍA apoyar!

No volvimos ha hablar, fui actriz principal en la visibilización de sus faltas y exigí públicamente las sanciones legales y morales que él merecía.

De vez en cuando lo veo, sigue repitiendo por ahí que soy maravillosa y hasta me perdona por ser dura con él.

Ella, continúa rehaciéndose, empoderandose y creo que ya no reprocha mi triste actuación en todo esto. Una vez me dijo medio embroma medioserio; “la próxima vez que una mujer te pida ayuda, no té hagas la marica. Escúchala con el corazón y el cerebro”.

Hoy, cada vez que escucho del maltrato a una mujer, sufro. Recuerdo ese instante horrible cuando mi maravilloso Gustavo, mostró su verdadera cara.

Que el pacto tácito de silencio termine también entre nosotras. Ese hombre “maravilloso” que conocemos como familiar, amigo, compañero de trabajo y luchas, puede ser la pesadilla de otras mujeres, y nuestro DEBER no puedo ser pospuesto mientras seguimos soñando que a nuestro lado está un hombre diferente.

Ahora no me empiecen con el “no son todos” y que generalizar está fuera de lugar. Aquí escribo sobre una verdad que no pertenece de manera exclusiva, retrato una realidad de muchas…

#TeCreoHermana
#CuentaConmigo

Foto: Dani Vázquez

Sobrevivientes, 16 testimonios de cubanas que han salido del ciclo de la violencia machista

He vivido la violencia de género tan cerca que aún no puedo ni contarlo. Compartirles Sobrevivientes, con prólogo de la (mi) querida profesora Clotilde Proveyer, más que una buena oportunidad, es hacerle justicia a todas las mujeres abusadas, violentadas, injuriadas y decirle a las otras que siempre hay una salida posible, una puerta que se abre.

Sobrevivientes, 16 testimonios de cubanas que han salido del ciclo de la violencia machista, es un volumen también que nos habla de la posibilidad de vencer a la violencia machista, aquella que ejercen los hombres contra las mujeres y para la cual no existe razón alguna.

Dice Proveyer en el prólogo: “Este libro estremece, obliga a la reflexión y al compromiso, nos empuja a actuar contra ese flagelo, al demostrar cuán dañino es el silencio que desde el desconocimiento, la indiferencia o el temor nos convierte en cómplices de una de las lacras más antiguas de la humanidad.
Es un libro imprescindible, que debemos tener a mano para no dar tregua al desaliento.”

Además, me ha gustado mucho ver nombres de amigas, colegas, compañeras de lucha en el índice de Sobrevivientes: Lirians Gordillo, Sara Más, Lizette Vila y Dixie Edith. Me siento como en casa.

Descargar 16 testimonios de cubanas que han salido del ciclo de la violencia machista. Aproveche y regálelo.

Testimonio: Esta es la historia de cualquiera de ustedes

 

Por Lucía

Estoy sola en un aeropuerto. El viaje es largo; hay tiempo para reflexionar. Entro a las redes y quedo sorprendida. Un grupo incontable de amigas y conocidas de distintas etapas de la vida, se unen de manera más o menos espontánea, a la campaña: “Yo también”. Curiosamente, todas ellas son cubanas. Le consulto a la Negra linda, si tiene a bien publicar el relato de mis vivencias sobre este tema. Como siempre, su respuesta me da la fuerza que necesito para contar.

Hago memoria. Voy reconstruyendo sucesos a flashazos. Estos son temas sobre los que muchas veces, intentamos olvidar. Borrar parece un buen recurso para no sufrir, o al menos, para que esa pena sea menos consciente. Me lleno de valor y lo intento. Ya no me siento sola cavilando, entretejiendo pensamientos, experiencias, causas… Cientos de mujeres como yo, hoy se han atrevido a poner en Facebook, públicamente, que han sufrido en algún momento de sus vidas, acoso o violencia sexual. Las admiro por su osadía y su dignidad. Y pienso, que tal vez, si aún yo viviera en Cuba, no sería capaz de semejante confesión pública. No digo mi nombre, porque hacerlo, significaría la imposibilidad de volver a pisar mi país. En consecuencia, me veo obligada también, a matizar algunos hechos.

Decidir vivir lejos de mi tierra ha traído a mi vida múltiples revelaciones. Algunas de añoranza, tristeza y soledad. Otras de desaprendizaje positivo, de experimentación, de tolerancia. Entre ellas, las que con más orgullo siento, son las que se asocian a cierta liberación sexual, respeto a la diversidad, amor a los seres humanos sin detenerme en la naturaleza de sus genitales, equidad de género… Ahora puedo disfrutar del autoerotismo, sin remordimientos. Me siento en ese aspecto, liberada. ¡Es una sensación que no tiene precio!

Vengo de una familia cubana como otra cualquiera. Con conflictos y afectos, pero en la balanza sería injusto no reconocer, que han pesado más los bienestares. Mi madre es una mujer emancipada, según los cánones de la Cuba de hoy (no exactamente, del mundo de hoy). Mientras más pasan los años, más me advierten el inevitable parecido con ella, en todas las esferas de la vida. Mi padre es un ser humano extraordinario, cuyo único defecto, a mis ojos, es la homofobia consustancial a su generación. Tengo muchas abuelas de sangre y adopción. Casi todas vivas. Muy diferentes entre sí, pero hijas de los tiempos en que les tocó nacer y vivir.

Debo agradecer que en Cuba tuve una educación de élite, gracias a la cual, soy quien soy. Sin embargo, nadie nunca me habló de género en la escuela, ni de equidad, ni de emancipación auténtica, ni de derechos y diversidad sexuales, ni de placer, ni de la posibilidad de revelarse contra el machismo. A duras penas, me mencionaron aquel asunto inevitable de la menarquía y la reproducción. Fui una niña del período especial. La primera vez que me acerqué a estos temas, ya estaba en la universidad.

Y ha tenido que llegar el día de hoy, a las puertas de los temidos ´TA, a miles de kilómetros de mi tierra, en la distancia de mis seres más queridos, para que yo misma provoque una reflexión interior, sobre lo que soy y lo que siento como mujer, pero sobre todo, respecto a lo que me quiero plantear como proyecto de vida.

No tengo la menor idea de cómo será el futuro. No me veo atada a una relación de pareja para toda la vida, donde una de las partes, o ambas, puedan representar una cortapisa para la liberación personal de la otra. Quizás sea, porque en mi entorno inmediato, no me constan demasiados ejemplos de matrimonios felices.  Francamente, la institución del matrimonio ahora mismo no me impone ningún respeto, aunque me encantaría que mis amigos y amigas gays que así lo deseen, se pudieran casar en mi país. Ni siquiera sospecho en qué sitio del mundo estaré en los próximos cinco años, ni si tendré un trabajo, o un sitio donde vivir.

La idea de la maternidad no me atrapa lo suficiente. Hoy es tan egoísta decidir tener un hijo, como decidir no hacerlo. Quizás prefiera adoptar a uno ya nacido, a quien pueda ayudar a proporcionar, un mejor porvenir. Si tuviera una niña, tal vez le pondría como una hermosa canción de Serrat. Quizás me anime a parir hijos, pero solo lo quiero hacer cuando crea que no le trasmitiré, los mismos modelos patriarcales de los que no he podido siquiera yo librarme.

Pero algo sí tengo muy claro: quiero dedicar mi vida a ayudar a la gente, a involucrarme en proyectos concretos, que puedan impulsar pequeños cambios. Quiero tomar la  palabra por las vías posibles, para que el mundo, sea menos injusto, menos machista, menos homofóbico, menos falocéntrico, menos discriminatorio, menos infeliz, menos capitalista… Quiero aportar, fundamentalmente, a la causa de las mujeres, y de todas las comunidades menos favorecidas, minorías y diversidades.

Desde los 13 años, por las formas físicas de mujer, que aparentaba más edad, soporté sin quejarme las miradas que te desnudan y piropos groseros de muchos hombres, de todas las edades, de todas las religiones, formaciones, estatus sociales, cargos públicos y militancias políticas. Recuerdo evitar las aceras donde estaban hombres reunidos. No haré mención de los masturbadores públicos que gozan de total impunidad, porque ello merecería un artículo aparte. Si en 26 años en Cuba tuve 7 desafortunadas coincidencias de ese tipo, es porque la probabilidad de que le suceda a cualquier mujer en la calle, es altísima. Todo no se cura con piercings y tatuajes, como creí en la adolescencia. Hay heridas profundas del alma que es preciso exorcizar como demonios.

Tuve mi primera relación sexual a los 15 años, con alguien que me doblaba la edad. Aquella primera escaramuza de amor frustrado, generó una batalla campal entre familiares y aquel muchacho, al que hoy me une, cierta amistad. Nunca primó el diálogo ni la negociación. Como consecuencia, a los 14 años, intenté atentar contra mi vida, para advertir a mis seres queridos. Sobre la pérdida de mi virginidad, no me vi capaz de decírselo a mi madre, hasta dos años después, y me respondió que me perdonaba por no habérselo contado antes. Mi madre. La mujer que más amo en el mundo, y la que más me quiere a mí. Afortunadamente, con mi hermana menor, todo ha sido bastante diferente.

Llevo años intentando ordenar las cosas en mi mente. Tratando de comprender por qué soy intelectualmente tan capaz de identificar una agresión contra una mujer, y tan incoherente para hacer valer esos principios en mi propia vida privada. Esa es una lucha conmigo misma, de cada día, para reeducarme, para asumir el desafío personal de identificar esas prácticas y desterrarlas de una vez. Es curioso mi descubrimiento reciente, de ¡cuán machista he sido tantas veces! Eso no es algo que venga en el ADN, o al menos, eso espero profundamente. Pero sí, tiene mucho que ver con la educación que hemos recibido desde niñas, por nuestras madres, nuestras abuelas, que son tan cariñosas y protectoras, como reproductoras del patrón machista hegemónico, que parece eternizarse a través de la educación.

Hace mucho quiero entender, cuál es la causa raigal de mi inseguridad en la pareja, de mis miedos, mis frustraciones, mis actos de sumisión, la pérdida de mi autoestima, la repetición de patrones erróneos, mi sentimiento de inferioridad emocional… No desestimo el trasfondo biológico-funcional de todas estas percepciones y actitudes. Sin embargo, siento, que en mi caso, y el de muchas mujeres que me rodean, la mayor barrera está en el aspecto psico-social. Cada día tengo más evidencias científicas y experienciales, de la profunda huella que dejan, para toda la vida, en la psiquis de un niño o niña, las vivencias en el plano emocional y físico, y significativamente, en el terreno de la intimidad sexual.

Me es imposible ofrecer mayores detalles, y reconozco, que hay heridas de la batalla de la vida que el tiempo va sanando y la madurez es capaz de compensar. También soy consciente de que soy responsable de muchas de las consecuencias que he sufrido, a veces por cobardía, otras por exceso de audacia. No me siento especialmente orgullosa del sufrimiento causado a otras mujeres por entablar con sus parejas, un vínculo de infidelidad. Tampoco creo que los seres humanos, hombres y mujeres, podamos ser inmunes totalmente a prácticas como esta. Me arrepiento de no haber contado a una amiga, la forma asquerosa en que se me encimaba su pareja.

Recuerdo que a los 13 años escribí un texto que debía leer en público en un evento importante, y la profesora designada, líder del grupo, decidió censurármelo, por una ligera mención a la educación sexual de los niños y niñas en Cuba. A la noche siguiente, el esposo de esa maestra, tocó la puerta de mi cuarto de madrugada. Por fortuna sentí miedo y no abrí.

No voy a olvidar nunca que tengo una prima lesbiana, que es la ovejita negra de la familia, y a la que muchos discriminan por santera, pero sobre todo por “tortillera”, sin importar la persona tan bella que es. En broma siempre digo que soy lesbiana de alma, aunque no de cuerpo. Siempre recordaré a mi amiga de Pinar del  Río, a quien nunca más vimos  vestida de corto, acribillada a puñaladas frente a su hija por su exmarido, quien no cumplió sanción, porque tenía un “padrino” en las altas esferas, que le buscó un certificado de trastornos mentales.

Tampoco paso por alto, mis charlas con mujeres, altas dirigentes de la FMC, excelentes seres humanos, pero de las que tomé distancia, porque no quería parecerme a ellas, por su evidente ignorancia y prejuicios en múltiples temas asociados con el rol de la mujer en la Cuba de hoy. No las juzgo. Son resultado de lo que han vivido. Todavía me cuesta entender que el verbo “ayudar” en la casa, a la mujer, debía estar prohibido, porque no es más que cumplir con el deber y la responsabilidad que a cada quien corresponde en la convivencia. He debido cruzar el océano para sentirme realmente, en condición de iguales, en un vínculo de cualquier tipo con un hombre. Hoy vivo con uno, compartiendo apartamento, tranquilamente, sin ningún otro tipo de lazo, algo impensable antes por mí.

Pero hay cosas que recuerdo como si fueran hoy. Una es el intenso acoso vivido a los 17 años por un oficial de alto rango. Pensé muchas veces en denunciarlo. Pero eso hubiera costado a mí y mi familia, demasiado. El sentido común me hizo defenderme como pude, sobrevivir a aquella experiencia intentando naturalizarla. Y eso es lo peor, permitir que el contexto social nos haga naturalizar lo inadmisible. En aquella etapa, justo, estaba en consulta en CENESEX para investigar un severo dolor en las relaciones sexuales (dispareunia) del que nunca se supo las causas. Pero: ¿a dónde una muchacha como yo, podía ir a denunciar el acoso que estaba viviendo? ¿Quién tenía más posibilidades de salir peor parado de aquella situación? Callé. Seguidamente vinieron otros actos similares, en el mismo entorno o similares, con personas diferentes. Pero ya había generado mis propios mecanismos, como muchas otras mujeres, para evadir esa situación, o afrontarla como pudiera, sin hablar a nadie. Es curioso. Es la primera vez en mi vida que hablo de estas cosas con alguien que no sea yo misma.

¿A cuántas cubanas como a mí, se le presentaron ofrecimientos de escalar posiciones en sus centros de estudio, sus trabajos, las organizaciones a las que pertenecían, etc., no precisamente gracias al sudor de su esfuerzo en el plano profesional y social? ¿Cuántas hemos caído, sin ver alternativas más allá, o envueltas en el idilio de la pasión y el romance? ¿Cuántas, hemos, al menos, a veces, resistido lo más posible? ¿Tiene Hollywood que destapar un escándalo como el de estos días, para llamarnos a capítulo sobre un tema tan vital para nuestra dignidad y autorrealización?

Algo sí tengo claro. Cuando las mujeres estamos mal, no hay mejor refugio que el alma de otras mujeres. Mirarnos en su espejo. Desatorar juntas esas cosas sobre las que nunca hablamos, y que están en la esencia de nuestra felicidad. Sentirnos libres. Querernos. Ser un poco egoístas. No pensar tanto en los demás y hacerlo más en nosotras mismas. Pero sobre todo, COMUNICARNOS y saber que no estamos solas. ¡Siento tanta felicidad por mi pareja de amigas que pronto serán madres!

Hace años, cada vez que tengo una pareja (de las unas cuantas que he tenido), y la relación se termina, pienso: el próximo será mejor. También, me digo: “Ahora seré una mujer más grande todavía, una mujeranga, para que fulano vea lo que se perdió”. A veces, también pienso egocéntricamente, que es bastante improbable que las mujeres hallemos un compañero en la vida, que esté a nuestra altura espiritual. Creo que, en especial, a las mujeres con ansias de emancipación, nos es más difícil conseguir estabilidad en la pareja, en un mundo diseñado por y para los hombres. Tengo una amiga que dice que en el caso de los hombres cubanos, son genéticamente infieles. Quiero tener esperanzas de que no.

Tampoco se me olvida que podía haber obtenido con mucha más facilidad, mi licencia de conducción, de haber aceptado ciertas proposiciones de los oficiales que examinan. A los 23 años me interrumpí un embarazo no deseado. En mi familia, casi nadie lo supo. Fue uno de los episodios más traumáticos de mi vida. Todavía me indigna recordar aquel día en que dos oficiales jovencitos de la PNR me tiraron por la planta para verificarme, por bajarme de un almendrón a las 11pm en la esquina de mi casa, con un camisero de mezclilla un poco corto y ajustado.

Últimamente, ha llegado a mi vida, sin querer, una de las experiencias más duras que me ha tocado, sobre todo, por ocurrir en un momento, donde no dispongo del abrigo protector de mi familia y amigos más próximos. Quizás por ello estoy siendo capaz ahora de escribir este texto. Conocí a un hombre cubano, emigrado como yo, con el que viví un auténtico capítulo de maltrato psicológico. Ya más recuperada, me doy cuenta que fue un proceso descrito en la literatura científica. Vamos a decir: de manual. Yo, que creía, que a las mujeres de mi nivel intelectual, era imposible que algo así les sucediera. Sé que ni siquiera él es consciente de la naturaleza de sus actos y su personalidad. Durante meses, soporté todo tipo de vejaciones, chantajes emocionales, adjudicación de culpabilidad, amenazas, maltrato sexual, persecución… Hace cinco meses perdí a mi mejor amiga de cáncer de ovarios, el mismo maldito cáncer que amenazó con llevarse a mi madre. Mi amiga murió por darse por vencida, porque fue negligente, porque se sentía sin motivos para vivir.

Como consecuencia de todo junto, vinieron las crisis de pánico, ansiedad y depresión, el estrés postraumático, y la necesidad de ser tratada clínicamente. Hoy he recuperado las ganas de vivir, la conciencia de mí misma; trabajo por elevar mi autovaloración y me empeño en conseguir un autoconocimiento más profundo. Lograr librarse del autocompadecimiento, es sumamente complicado.

Las cosas que cuento podrían haberle pasado a cualquiera de las miles de mujeres que hoy se han atrevido a decir: “¡Yo también!”. Muchas de ellas son cubanas, el país de la educación gratuita, los derechos de la mujer, igual sueldo para ambos sexos, etc. Pero también un país donde apenas existen recursos legales para proteger a la mujer de la violencia de género en cualquiera de sus manifestaciones. Un país donde un hombre le pega a una mujer en la calle y nadie interviene, porque según reza el proverbio popular: “entre marido y mujer nadie se debe meter”. Un sitio donde hay policías corruptos, cómplices de la prostitución, y aunque en discreta medida, también hay prostitución infantil. Un lugar donde los homosexuales y transexuales son frecuentemente discriminados. En particular, las lesbianas, doblemente invisibilizadas, por su preferencia sexual discordante con los cánones dominantes, y por ser mujeres. Un país donde si cambias de novio, a la mitad del ritmo con que los hombres cambian de novia, eres, sencillamente, una puta. Un país donde hay mucha gente que se ha visto obligada por sus circunstancias, a vivir con varias morales de forma simultánea, y a aprender a manejarlas a conveniencia. Un país donde ser negro, puede ser un problema serio. Una sociedad que ha diluido demasiado las libertades individuales en un amasijo de colectividades nulas. Una sociedad donde muchos líderes y dirigentes, hombres y mujeres, no tienen una mínima conciencia de equidad de género y respeto a la diversidad. Una nación donde las mujeres somos trabajadoras, cabeza de familia, cuidadoras, domésticas, y además, hemos de ser presumidas, sensuales y seductoras.

Viví más de un año con una pareja que me resultaba sexualmente vomitiva, solo por temor de regresar a mi casa, producto de la falta de libertades que eso implicaba. No deseo a nadie en el mundo que se permita pasar por una situación como esa, donde el asco y las náuseas dominan tu cuerpo, y la simulación y la culpa, gobiernan tu mente. Donde ya no te quedan pretextos que inventar y una y otra vez, te sientes violada, en silencio.

Existen muchas causas históricas y sociológicas. La dominación de siglos, el subdesarrollo, y los atavismos del modelo cultural latinoamericano, no son fenómenos que se consigan resolver de un día a otro. Como todo cambio cultural exige décadas, pero ya es momento de rectificar muchos errores que han marcado la vida de generaciones, la única vida que tenían. Un país donde se cumple muy bien ese principio que le escuché a una amiga de mi madre: “No hay nada más afrodisíaco que el poder”. Si en algo estoy de acuerdo 100% con Raúl Castro, es que un país donde más mujeres gobiernen, sería un país infinitamente mejor. Y me siento con el derecho de hablar así, porque Cuba es, y será siempre, mi más sublime obsesión.

Me abrió los ojos una vez, una amiga de Chile, que al ver la forma en que se dirigía a mí un conocido de trabajo, me dijo: “Eres muy tolerante. Por mucho menos que eso en mi país yo le habría denunciado por acoso laboral”.

Una vez hice una lista de todas las razones por las que podía sentirme, ocasionalmente, discriminada: por joven, por mis creencias religiosas, por mis libertades sexuales (reconozco a veces, que me gusta demasiado la adrenalina), por mi particular modo “libertino” de ver la vida, por mi filiación política, por gorda, por abelardita, pero sobre todo, y significativamente, por mujer. Somos humanos, tenemos derecho a los contrastes.

Por eso, animo a todas las mujeres que lean esto a que aprendan a ser asertivas, a entrenarse para saber decir que no, con la boca bien abierta, y a que compartan sus historias, revelando una red invisible que nos hará a todas más unidas y más fuertes. Duele mucho ver a amigas maltratadas, volver a caer en ese círculo vicioso del infierno, sin encontrar escapatoria, permitiendo que mantengan su vida secuestrada. No me considero feminista, pero creo que a las mujeres ante todo nos toca velar por nuestros derechos, al menos, en la misma dimensión, en que, casi siempre, vivimos preocupadas por cumplir con nuestros deberes.

Se va acabando mi viaje y ahora mismo, me duele hasta la última célula del alma y del cuerpo. ¡Es tan duro rascar las cicatrices! Pero por otro lado me siento liberada, creo que mis palabras pueden ser útiles a otras mujeres, pienso que es justo ofrecer mi testimonio… Tengo las herramientas para hacerlo, en un contexto, en que muchas mujeres, por las más diversas razones, están silenciadas y pisoteadas. A los hombres siempre los he amado, y espero continuar haciéndolo. Eso sí: prometo querer más a los que hacen suya nuestra causa. Sobre ellos, también pesan, incontables estereotipos de masculinidad, que les colocan el mundo a sus espaldas. Nosotras también debíamos apuntarnos a esa causa.

No sé si consiga dormir esta noche, pero ya habré mandado este mail a mi Negra linda, y para sanar bien, a veces, hay que limpiar toda la costra podrida que está en el fondo. Perdón por lo distendido. Ojalá no suene demasiado autosuficiente, o victimista. En todo caso, vale la pena asumir el riesgo. No hay elucubración cerebral. Está escrito de una única sentada, tal como se podían hilvanar malamente las ideas. Si algún día me animo a escribir un libro, este texto será, sin dudas, la primera minuta. Directo de mi corazón. Espero llegue al de ustedes.

Yo, pero podría ser cualquiera de ustedes.

Foto de portada: Angela Schlafmütze

Cuba, el país donde los feminicidios no existen porque no se nombran

Por Mónica Baró Sánchez

A comienzos de 2017, hubo en Cárdenas una serie de hallazgos que sobrecogió a sus habitantes. En distintos lugares del pueblo, en un estadio, en un monte, aparecieron partes del cuerpo de una mujer. Una mujer joven y de piel negra. Primero, los brazos y las manos. Luego, las piernas, los pies, el torso. Excepto la cabeza. La cabeza no sería encontrada hasta semanas después, en unas ruinas, cuando ya la imaginación de la gente, estimulada por el misterio, había echado a rodar varias hipótesis siniestras acerca de la naturaleza del crimen.

La historia no fue reportada por los medio de prensa, ni estatales, ni independientes, ni opositores. En Cuba,por influencia de las políticas informativas del Estado, suele considerarse sensacionalismo la cobertura de crímenes y, por tanto, se restringe el acceso a las fuentes oficiales con información al respecto. Se reprueba tanto, o más, que la cobertura de farándula.

Solo en casos muy extremos, los medios estatales, que son los más accesibles a la población, pasan por alto sus pudores y publican una o dos notas oficiales, bien escuetas, que informan acerca de detenciones y sentencias. La mayoría queda sin registro periodístico. Nadie que no se encuentre implicado en la historia consigue acceder a la verdad de los hechos. Todo lo que se alcanza a saber se fundamenta en la espontaneidad de los rumores.

En Cárdenas, municipio de la provincia Matanzas, donde residen cerca de 147,000 personas, en pocos días, la historia del descuartizamiento se volvió de dominio público. En ese momento las conversaciones giraban en torno a la decisión del entonces presidente estadounidense Barack Obama de eliminar, en la recta final de su segundo mandato, la política “pies secos-pies mojados”. Pero el horror que provocó el crimen pudo más que la incertidumbre por los emigrantes que se lanzaron al mar antes de conocer la noticia.

Marielys Pérez, camarera en un restaurante privado, ubicado frente al Parque José Antonio Echeverría, cuenta que en esos días la gente sentía miedo a salir de casa “porque no se sabía lo que estaba pasando ni por qué” y, ante la falta de respuestas, las especulaciones proliferaron. Yadián Rodríguez, colega de Marielys, precisa que el miedo era tan fuerte que “había noches en que casi todo el mundo aquí se acostaba temprano y no veías a nadie en la calle”. Hasta que no se supo, otra vez por vías informales, que la policía había capturado al presunto culpable, los residentes en Cárdenas, sobre todo las mujeres, no recuperaron la sensación de seguridad.

Muy extraoficialmente, el relato continuó armándose. Cualquiera podía hacer sus aportes: agregar, suprimir, exagerar o dar conjeturas por hechos. Lo inadmisible no parecía ser la fabulación sino el vacío de explicaciones que ayudaran a comprender lo que había ocurrido. Se construyeron varias versiones en torno a diferentes aspectos, pero todas coincidían en que el detenido por la policía había resultado ser el esposo de la víctima, también padre de su hijo menor. Respecto a los motivos del crimen y las circunstancias sí no hubo muchas coincidencias.

Se dijo que él la mató porque ella le fue infiel con un vecino, porque lo dejó para empezar una relación con ese vecino, porque él no pudo soportar verla junto al vecino. Se dijo que él la ponía a prostituirse y se quedaba con el dinero, que cuando ella no ganaba suficiente la golpeaba, que acabó matándola en una golpiza. Se dijo que él la mató a puñaladas, que la mató a piñazos, que la mató a modo de sacrificio religioso. Se dijo que él ofrendó la cabeza a su santo. Se dijo, como si fuera cierto, todo lo que el ingenio popular fue capaz de generar.

El nombre de la mujer era Taimara Gómez Macías. Taimara era madre de dos niños: Christopher y Christian; hija de Tamara, nieta de Mercedes, hermana de Dagmara. Antes de volverse esa noticia que horrorizó al pueblo donde ella nació y vivió sus 29 años, al igual que tantas otras mujeres, fue víctima de violencia de género por tiempo suficiente y ante suficientes testigos para que se evitara su muerte.

Este asesinato encaja en la definición de feminicidio en los términos en que lo concibe la investigadora mexicana Marcela Lagarde, no solo como el acto de asesinar a una mujer por su condición socio-histórica de mujer sino, especialmente, por la existencia de un contexto de tolerancia a la violencia contra la mujer, pero este delito no está tipificado en Cuba.

La periodista y feminista cubana Sandra Abd’Allah-Alvarez Ramírez, autora del blog Negra cubana tenía que ser, considera que en Cuba es acertado hablar de feminicidio en esos términos, pues las estructuras sociales, políticas, culturales, legales y económicas del país reproducen la violencia contra las mujeres.

La hija de Tamara había sido víctima de malos tratos durante mucho tiemp...
La hija de Tamara había sido víctima de malos tratos durante mucho tiempo antes de ser asesinada por su marido. Mónica Baró

Y señala como evidencias que el hecho de que el Código Penal no tipifique como delito la violencia contra la mujer (constituye apenas un agravante del crimen el ser cónyuge y el parentesco entre agresor y víctima), al igual que la inexistencia de centros de acogida para mujeres violentadas.

En Cárdenas, a casi dos meses del suceso, todavía no existen certezas acerca del crimen de Taimara. Reinier Demarco, maestro de preuniversitario, opina que “ese tipo de noticias debería salir en el televisor. ¿Tú sabes lo que es que descuarticen a una mujer? Esas cosas deben aclararse bien”. No obstante, lo que más preocupa ahora es la sentencia que le impondrán al esposo de la víctima, de ser encontrado culpable en el juicio.

Pese a lo brutal del caso, Alicia Rodríguez, licenciada en Economía, quien trabajó gran parte de su vida como profesora en la Universidad de Matanzas, advierte que esta no es la primera vez que en Cárdenas ocurre algo similar. A sus 57 años, vividos todos en este municipio, guarda en la memoria no pocos episodios de violencia y asesinatos contra mujeres.

Recuerda a la muchacha que trabajaba en la heladería próxima a su casa, hija de una doctora, que casi muere a puñaladas a manos del exnovio, que sobrevivió porque la madre se interpuso y dio su vida para protegerla. Recuerda a la prima hermana de un estudiante suyo, que murió con apenas 18 años porque el marido le reventó el hígado a patadas. Recuerda a un hombre que ella conoció personalmente, que era “de buena conducta”, que incluso había alcanzado cargos intermedios de dirección en algunas empresas, pero un día su compañera le pidió que se apartara un tiempo, porque sus hijos vendrían de Estados Unidos a visitarla y ella no quería que supieran que andaba con un hombre negro, y él no soportó el rechazo y la mató a puñaladas.

Si bien cada crimen cometido contra una mujer generalmente provoca repudio y conmoción en distintas generaciones y grupos sociales, lo cierto es que las manifestaciones cotidianas de violencia contra las mujeres son bastante toleradas por quienes las atestiguan. No es usual que una persona intervenga en situaciones de violencia, ni siquiera de violencia física. En Cuba, hay una ley no escrita con que se justifica el inmovilismo: “Entre marido y mujer, nadie se debe meter”.

La misma Alicia reconoce que ella ha estado en lugares públicos donde de pronto un hombre ha comenzado a golpear a la mujer que le acompaña y nadie ha intervenido. Ha habido gritos de clemencia, que piden al hombre que se detenga, y ha habido avisos a la policía. Cuenta que una vez ella avisó a la policía por teléfono, porque afuera de su casa había un muchacho pegando a una muchacha, pero que quienes le atendieron le dijeron que no tenían combustible para mandar una patrulla.

La gente teme que la víctima, que es algo que ha pasado, salga en defensa del victimario. Parte de la sociedad asume que una mujer que sostiene una relación con un hombre que la golpea, de cierta manera, merece los golpes que recibe, o “se los busca”, porque es su elección permanecer al lado de quien la agrede.

Casi nadie comprende por qué aguanta las golpizas, por qué no consigue romper con su pareja, por qué lo perdona una y otra vez. Ante los ojos de la sociedad, la víctima acaba convertida casi siempre en la principal responsable, culpable, de su situación; por tanto, se espera que sea ella quien actúe y le ponga fin.

La prensa cubana rara vez saca información de crímenes.
La prensa cubana rara vez saca información de crímenes. Yamil Lage / AFP / Getty Images

A pesar de que a partir de 1997 se intensificaron los esfuerzos del gobierno de Cuba para disminuir la violencia de género contra mujeres y niñas, la realidad demuestra que el sistema institucional creado es aún insuficiente para superar la cultura patriarcal predominante.

Hace una década se confirmó un Grupo de Trabajo para la Prevención y Atención de la Violencia Intrafamiliar, que integran distintos ministerios, autoridades y centros investigativos. Actualmente, de acuerdo con el Informe de Cuba sobre el enfrentamiento jurídico-penal a la trata de personas y otros delitos relacionados con la explotación o con el abuso sexual (2015), en el país funcionan 173 Casas de Orientación a la Mujer y la Familia (COMF), que es adonde acude gran parte de las personas violentadas; además de otra serie de espacios comunitarios, entidades educativas y servicios de salud, que contribuyen a afrontar esta problemática.

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Pero, debido a que las regulaciones parten de considerar a todos los ciudadanos cubanos iguales ante la ley, los homicidios son juzgados por igual, independientemente de la relación que exista entre el género y el motivo de quien los cometa.

En ese sentido, la feminista Sandra Abd’Allah-Alvarez Ramírez sostiene que “no basta con ser iguales ante la ley, si la ley no considera que hay situaciones en las cuales las mujeres están en desventaja, como por ejemplo, en situaciones de violencia”. Desde su perspectiva, en el imaginario social cubano abundan creencias e ideas que hacen a las mujeres vulnerables. Por eso, aboga por la tipificación del feminicidio como delito en el Código Penal.

Es la existencia de una cultura de tolerancia a la violencia contra la mujer lo que provoca, en gran medida, cada feminicidio. La hija de la doctora fue acosada sistemáticamente, al punto de tener que abandonar el trabajo, antes de ser agredida. La prima hermana del estudiante de Alicia mostró en varias ocasiones signos de maltrato en su cuerpo, antes de que le reventaran el hígado. Porque la muerte, en la mayoría de los casos, es el desenlace de una larga historia de violencia, en la que el victimario, alentado por la impunidad de sus actos, cada vez transgrede más límites.

Tomado de Univisión Noticias
Foto de portada: Mónica Baró.

36 escritoras cubanas contra la violencia hacia la mujer

Por: Zaida Capote Cruz

Presentación de la antología Sombras nada más. 

Hace un año justo un grupo de colegas llevamos a cabo una acción en el espacio virtual. Lanzamos una convocatoria pública para que en Cuba se aprobara una Ley contra la violencia. El detonador fue la carta que un escritor cubano enviara a otro, acusado de violentar a una mujer, en que hacía afirmaciones dolosas del tipo, “ya se reconciliarán y todo quedará en el olvido”.
Aunque nuestra declaración, Tod@scontralaviolencia, estuvo circulando algún tiempo, y consiguió firmas solidarias de muchas personas, y mujeres del grupo se reunieron con representantes de varias instituciones y organizaciones cubanas que podrían haberse implicado en la discusión pública que proponíamos, nada de eso tuvo lugar.[1]

En nuestro país el tema de la violencia contra la mujer es aún tabú, y pensarlo como un tema de discusión pública todavía parece una utopía demasiado irreal. Lo que ocurre, en cambio, cuando la prensa se refiere al tema, es que se ciñe, por un lado, al asunto del comportamiento personal (la causa es el machismo inoculado por la práctica cultural histórica) y, por el otro, a las vías de denuncia y enfrentamiento ya existentes (que han demostrado no ser idóneas en todos los casos). Nuestra propuesta de una ley específica sobre el tema propugnaba gestionar la violencia contra la mujer del mismo modo para cada víctima del mismo delito; tal como está organizado en este momento, sin embargo, el sistema de prevención y atención depende mucho de la gestión de la víctima o sus familiares, y muchas veces a aquella le es imposible pensar con claridad, buscar ayuda o salirse del ciclo de la violencia, tantas veces descrito. Por otro lado, permite que el lugar del agresor en la sociedad sea decisivo en que este pueda librarse o no de la condena. Pasa con este tema lo mismo que con otros pendientes de discusión y transformación: para las autoridades establecidas, aunque queda mucho por hacer, ya hemos hecho mucho más que otros en otros lados. Con semejante ritornello, sigue siendo imposible movilizar opiniones y cuerpos; cambiar las reglas del juego.

Reducir las causas de la violencia contra la mujer al machismo individual o colectivo en nuestra sociedad conlleva el reconocimiento implícito de que la solución es individual, subjetiva; lo mismo ocurre con las tareas de sensibilización, que suelen concebirse destinadas a la mentalidad individual, algo muy coherente con los nuevos tiempos en que el individualismo pareciera haber desplazado los proyectos colectivos. Emprender una discusión para la transformación social profunda desestabilizaría no solo la concepción de cada individuo, sino incluso conllevaría la evaluación de cómo está organizada nuestra sociedad, desde el espacio mínimo de la vida familiar o doméstica, hasta la escuela, el trabajo y las estructuras sociales. Una vez más, la ocasión que ofrecíamos se desestimó. Las estructuras existentes nos escucharon (seguramente incluso aprovecharon alguna de las ideas que compartimos) pero no ocurrió nada más.

Este año se celebró en La Habana otro congreso de la Federación de Mujeres Cubanas y en el discurso de clausura, a cargo de uno de los vicepresidentes del gobierno, José Ramón Machado Ventura, afloró continuamente el paternalismo que el estado reserva para su trato con las mujeres en Cuba.

La violencia es real, y a menudo mata; y antes de matar, ocasiona mucho dolor y genera tristeza, infelicidad y desazón continuas. Pero hay muchos modos de ejercer la violencia, y pocas personas verían, en la insistencia con que se demanda a la mujer cubana el aumento de su fertilidad, por ejemplo, un rasgo de discriminación o de violencia. Al traspasar a la mujer la responsabilidad de la reproducción poblacional se está ejerciendo contra ella una violencia sutil pero real. Cuando evitamos hablar de las causas del envejecimiento poblacional que van más allá del evidente desarrollo social de la sociedad cubana o de los logros en la atención a la salud pública, como podrían ser las deplorables condiciones de vida de parte de la población, o la migración casi forzosa de personal calificado que no encuentra espacio de desarrollo en nuestra sociedad por errores en la relación entre el Estado y el ciudadano, y hacemos énfasis, como se hizo en el congreso mencionado, en el compromiso de la mujer con la patria para seguir pariendo sin garantía de felicidad, entonces estamos ejerciendo violencia, aunque muchas veces no seamos capaces de verlo. Cuando en los medios nos presentan a una deportista, campesina o académica y al hacerlo se habla con insistencia de su feminidad (tradicional, claro, un comentario apoyado, por ejemplo, con un primer plano de sus uñas pintadas), estamos haciendo una exigencia mayor: no solo hay que ser competente en la profesión elegida, también hay que lucir bonita… cuidarse las manos, maquillarse, ser delicada, etc. Tal tipo de exigencia adicional —pensémoslo un poquito— jamás se le hace a un hombre en situación semejante. Y lo mismo ocurre, con algo más de elegancia, aunque no tanta, en el mundo literario.

Con frecuencia, un libro de mujer, sobre todo aquel susceptible de ser tildado de feminista porque bordea la denuncia, o expresa una afirmación de una sexualidad distinta, o se ríe de la feminidad tradicional y de la figura de la mujer como ser-para-los-otros, que dirían las filósofas, exhibe algún indicador de su condición ajena al feminismo. Editoriales y autoras coinciden en la advertencia purificadora, para evitar conjeturas y sospechas, un dilema que ha comentado sabiamente Mirta Yáñez[2] y que sigue vivo, a pesar de todo. La pervivencia de los prejuicios antifeministas que tiñeron las reacciones contra ese movimiento social en sus inicios, la incomprensión del feminismo en tanto ideología y filosofía de vida, mantienen esa herencia, tan útil para las mujeres cubanas de hoy, a medias silenciada. La preocupación por el lugar de las mujeres en la sociedad, por su plenitud como seres humanos y como ciudadanas, merecería otro destino. Pero los prejuicios son fuertes y se metamorfosean continuamente, como un virus negado a sucumbir. Y no por eso debemos ceder ni darnos por vencidas. Y no por eso debemos aceptar que la agresión de cualquier tipo es una práctica individual, basada en la subjetividad de las personas, sin entender que la violencia contra la mujer es una práctica social diseminada en todos los espacios de nuestras vidas, con profundas raíces estructurales, y perceptible en muchos espacios, además del privado.

Este libro pretende dar cuenta de esa multiplicidad de la violencia contra la mujer tal como la han percibido varias narradoras cubanas. Proyectos semejantes han visto la luz en otros países.[3] Esta es una antología amplia, inclusiva, que busca llamar la atención sobre un tema de imprescindible actualidad en nuestras vidas. Laidi Fernández de Juan trabajó arduamente para conseguir este mosaico de situaciones y de voces, y a más de su valor como denuncia o llamada de atención sobre un tema específico, este libro reúne narradoras de poéticas y generaciones distintas, pone a convivir relatos o fragmentos de novela cuyo eje de contacto es la violencia contra la mujer, y, en última instancia, si no bastara aquel gesto nuestro para declarar el compromiso de las intelectuales cubanas, aquí queda declarado cómo la violencia contra la mujer ha motivado la intervención simbólica de cada una de estas autoras en el espacio público. Cada relato, cada fragmento de novela, justifica su inclusión aquí con la denuncia de la violencia contra la mujer; su realización, coherente con la capacidad de cada una de sus autoras, ofrece enfoques diversos, lenguajes distantes, pericias disímiles. Cada quien elegirá sus favoritos, encontrará los ecos de experiencias propias o ajenas, podrá imaginar cómo cambiar a sí o al mundo para evitar la terrible convivencia con el dolor cotidiano. Nuestras autoras han hecho lo suyo.

Notas

[1] Salvo una declaración pública del CENESEX que apoyó nuestra propuesta desde el principio.

[2] Mirta Yáñez, “Feminismo y compromiso: Ambigüedades y desafíos en las narradoras cubanas”, en Cubanas a capítulo. Segunda temporada. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2012, pp. 61-87.

[3] Pía Barros, ha antologado y editado en Chile ¡Basta!/Enough! (Asterión, 2012), colección bilingüe de cien relatos breves sobre el tema.

Tomado de Asamblea Feminista.