Soy un negro más: Zurbano par lui même (Segunda Parte)


Las personas negras arrastramos estos silencios durante una buena parte de nuestras vidas, de nuestras relaciones personales en centros de estudio y trabajo, entre colegas, amistades, familiares, etc. De eso no se habla mucho, pero es una tensión sorda que se produce al interior de nuestras vidas por la presión social que significa ser negro en contextos donde somos objeto de inferiorización, chistes cotidianos, estereotipos y, sobre todo, exclusiones solapadas. Esa tensión es la manera invisible en que los prejuicios se instalan y dan paso a la discriminación racial. Es un proceso que muchos amigos blancos expresan mejor que yo, pues lo han visto con sus propios ojos y han sido testigos de varios actos públicos de discriminación. Y los han combatido. Lo digo para negar el mito extremista de que toda persona blanca es racista o que todo negro tiene conciencia racial. Es peligroso pensar desde los extremos.

Es muy cierto que sólo la conciencia racial nos coloca ante lo duro y lo bello que es ser negro. Esa conciencia nace en la familia, en el grupo de amigos, en la forma de crianza que nos dan padres y abuelos, quienes son los primeros que nos colocan ante el espejo de nuestra historia y nos enseñan en forma de advertencias, premios y castigos a ser nosotros mismos, a no rechazar nuestra imagen, a respetar, defender y disfrutarla más allá del espejo, en un mundo hostil que trata de marginarnos a cada paso. No todas las familias negras alcanzan una plena conciencia racial, pero en mi familia ha sobrado la alegría, la autoestima, la dignidad y otros valores ancestrales de gran riqueza espiritual muy útiles en los peores momentos….

Adoro en mi familia esas grandes cocineras que sostienen el deseo de reunirnos con frecuencia. Muchas de ellas fueron empleadas domésticas antes de la Revolución y las he visto, como a mi madre, ante una sensible contradicción: primero, agradecen la llegada de la Revolución y luego, agradecen a las familias donde estuvieron contratadas como sirvientas casi desde la niñez. En una ocasión visité con mi madre la casa de Mariana, señora blanca para quien trabajó en su adolescencia, y esta nos invitó a almorzar. Era un niño, pero recuerdo a mi madre reaccionando como si aún fuera la sirvienta de la casa, mientras ponía los platos, servía la mesa y, finalmente, fregaba. Las relaciones de dominación llegan a naturalizarse y a ocultarse tan bien entre los pliegues de la conciencia que se necesita un fuerte mecanismo social para que la idea racista sea reconocida, rechazada y definitivamente expulsada de nuestra mentalidad. Me refiero a la mentalidad de la señora Mariana y a la de mi madre. La revolución no significó lo mismo para ambas, pero sí fue una ruptura en la cadena de dominación donde clase, raza y género tenían una estructura jerárquica bien establecida. Ese era el momento ideal para lanzar, contra la discriminación racial, las acciones afirmativas que completarían otras propuestas emancipatorias de los años sesenta.

Se dice con frecuencia que fueron suficientes las medidas universalistas de la Revolución: Salud, trabajo, vivienda y educación para todos. Y es cierto, fue un gran cambio en las estructuras fundamentales de la sociedad, pero también debe recordarse que no todos los que hicieron la revolución estuvieron dispuestos o conscientes de impulsar la más antigua necesidad de la población negra: emanciparse desde la Revolución misma, descolonizando una mentalidad social que cuatro siglos de opresión habían marcado. Esto difícilmente se lograría sin lucha, sin discutir, denunciar, vindicar y reivindicar a través de un particular programa social que no fue pensado en el programa del Moncada ni después del triunfo de 1959.

El propio Fidel Castro en marzo de 1959 llamó cuarta batalla a la lucha contra la discriminación racial y advirtió su complejidad, pero ante la resistencia cultural heredada, sus palabras no tuvieron el impacto social de otros temas y no se priorizan estos asuntos. Luego, durante la segunda mitad de los sesenta se abordó el tema solo desde la discriminación laboral y la segregación en ciertos clubes, playas, hoteles, etc., y el debate racial no se desplazó hacia la discriminación en la vida cotidiana y el cuestionamiento de prácticas ideológicas y culturales. Sin embargo, ese fue el momento ideal para haber instalado los mecanismos legales e institucionales antirracistas que habrían acompañado el impulso emancipatorio de los primeros años de Revolución. Resulta curioso que, ante dichas tareas, estuvieron ausentes –y silentes- organizaciones negras como las Sociedades de Color, el Comité Universitario de Lucha contra la Discriminación Racial, del cual el propio Fidel fuera miembro, o los sindicatos que jugaron un gran papel en la lucha antirracista durante la República.Lagrimas Negras

Las demandas de los intelectuales y políticos negros Juan René Betancourt, Walterio Carbonell, Sixto Gastón Agüero y Carlos Moore en los tempranos sesenta, desde visiones distintas, cuestionaron la herencia colonial y racista de la Revolución y propusieron algunas metas antirracistas al naciente gobierno revolucionario. El único marxista de ellos, Walterio, quien murió hace apenas un lustro en La Habana, deseoso de reencontrarse con su amigo Fidel, nunca abandonó su principal demanda: el debate sobre las políticas raciales y su implementación. El neo-racismo de hoy es el producto de una acumulación histórica, pero también de una ausencia estratégica y de aquel deseo de evitar una discusión incomoda entre quienes hicieron la revolución y no supieron profundizar en la herencia racista que, consciente e inconscientemente, asumían.

Walterio Carbonell advirtió tempranamente este vacío y, aunque no fue el único, su perspectiva marxista del asunto fue aplastada por un nacionalismo triunfalista que prefirió la antigua versión paternalista y hegemónica de la nación cubana donde los no blancos siempre ocuparon un papel subalterno. Una buena parte de la jerarquía del naciente gobierno no repararon en esa vieja trampa colonialista, quizás porque era un problema que no les tocaba entrañablemente a ellos ni a sus familias, pues muchos de estos eran blancos de clase media y clase obrera, con una visión no siempre cercana al tema racial, lo que explica su incomprensión política de la humillación racista y de la fuerza emancipatoria del antirracismo cubano en aquellos años fundacionales.

Esa incomprensión fue perdonada entonces por la población negra cubana porque la dimensión utópica, por una parte, y las ganancias universalistas, por la otra, suponían garantías suficientes que ofrecía la Revolución para conquistar un futuro inimaginable, pues se abrieron ante sí grandes puertas, antes cerradas a los sueños más simples de familias como las de mi padre. Sin embargo, desde fuera de Cuba, esa misma incomprensión provocó una ruptura con parte de la izquierda negra de Estados Unidos y buena parte del pensamiento panafricanista africano y caribeño. Por ejemplo, los miembros del Black Power y las Panteras negras que lograron llegar a Cuba en los sesenta vivieron alejados de los cubanos defensores de una identidad negra, terminaron encontrando limitaciones en sus estancias cubanas y solo dejaron algunas modas como peinados, músicas y muy poca literatura. Sus ideas eran vistas como demasiado radicales o peligrosas para el contexto revolucionario cubano . Ciertos testimonios de Sara Gómez, Tomas Gonzales, Walterio Carbonell, Sergio Giral, Eloy Machado (El Ambia), Pedro Perez Sarduy, Ulises Estrada e Inés María Martiatu apuntan discretamente a esa conclusión. El panafricanismo fue apagándose poco a poco y aunque se publicaron algunos textos de Kwame Nkruma y Sekou Toure, apenas hay referencias sobre el impacto de este importante momento del pensamiento descolonizador africano contemporáneo.

Otra curiosa desconexión, esta vez con el Caribe, advertí en el invierno del 2009, cuando fui invitado por la Universidad de Montreal a ofrecer un curso sobre “Literatura cubana, raza y revolución”. Durante aquellos días me reunía con algunos colegas caribeños formados en esa ciudad, donde C.L.R James o Michael Manley fueron mentores de importantes líderes e intelectuales de la región. Una tarde, en casa de la gran caribeñista Kari Levitt, el amigo jamaicano David Austin, recién premiado en Casa de las Américas, lanzó un par de preguntas difíciles para ambos: “¿Por qué Cuba nunca apoyó, como en Centroamérica, con armas y asesorías, a los movimientos independentistas caribeños? ¿Por qué los cubanos no han leído, salvo excepciones como Walter Rodney o Eric Williams, a los grandes marxistas del Caribe?”. No justifiqué ni respondí, pero traté de explicarme a mí mismo la falta de un sentimiento más comprometido con el Caribe. Finalmente, ahogamos las preguntas en Appleton, un ron jamaicano que me enseñó a paladear Keith Ellis, otro de mis queridos mentores.

Lo que trato de explicar es que hay una historia oculta en los sesenta, que elude la manera en que, tempranamente, formamos parte importante de la diáspora negra; una historia que oculta un puente roto entre aquellas ganancias de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, el panafricanismo, las independencias africanas y caribeñas y la propia Revolución que, en esos años, intentaba sobrevivir pactando estratégicamente con el socialismo eslavo, lo cual no podría desconocerse, pero no es suficiente para justificar la falta de diálogo regional. Sin embargo, aquellos caribeños eran y son nuestros aliados naturales en muchos sentidos; son los condenados de la tierra, cuya historia política ha sido difícil articular con la nuestra. Cuando menos, hay un vacío o un silencio que cuesta desentrañar.

Quienes conocimos a Walterio a finales de los años ochenta aprendimos mucho del viejo tigre comunista. Sobre todo a hacer una lectura de nuestra historia desde otras perspectivas clasistas, raciales e ideológicas. El modo en que la historiografía y la literatura caribeña en lenguas no españolas explican este fenómeno era ofrecido por Walterio para ayudarnos a comparar y profundizar los defectos y virtudes de nuestra sociedad. También aprendimos el precio que había que pagar si sosteníamos esas tesis en público. Los años silenciados de Walterio Carbonell constituyen un hueco negro en la ideología de la Revolución Cubana; existe una gran deuda con su obra y su magisterio. Su palabra aguda y risueña sembró verdades que hoy me fortalecen. La realidad sobre la cual escribió sigue ahí, testaruda y creciente, llena de contradicciones, silencios, traiciones y lealtades. Yo he tratado de serle fiel…

La primera vez que hablé en público sobre el racismo fue, justamente, en la Casa de las Américas un cuatro de agosto de 1995. Todavía guardo una copia de aquel periódico donde Seth Oberman, estudiante norteamericana, pregunta si percibíamos el peligro del resurgimiento del racismo en Cuba. Fue en la Sala Che Guevara, durante el Festival Internacional Juvenil CUBAVIVE. Mi arsenal de respuestas provenía de las lecciones de Walterio Carbonell durante la etapa en que María Elena Hernández y yo fuimos sus asistentes de investigación por cuenta propia y luego sus amigos y casi sus hijos. Ella en esa etapa escribió sus únicos poemas negros y en mi creció la obsesión por conocer el árbol genealógico caribeño de mi familia. Walterio lo mismo nos deslumbraba que se burlaba de nosotros, pero entre libros y anécdotas nos convirtió al mundo negro, a esa Orden prohibida por la hegemonía blanca que, si percibe nuestro marcado interés de reivindicación negra, podría castigarnos con el mismo destierro ideológico al que fuera condenado el propio Walterio Carbonell en su propia isla, primero en una vaquería de Camagüey, luego, en la propia Biblioteca Nacional y definitivamente…en la historiografía nacional.

Aquel verano de 1995 fue mi iniciación. Respondí a la joven afroamericana comparando el negro antes y después de la Revolución, seguí haciendo una crítica a Sabadazo, show humorístico de la televisión en cuyo reparto había un negrito del bufo que se autoinferiorizaba, quizás muy conscientemente. Expliqué otros detalles y fijé la Revolución como una gran puerta por donde podríamos reivindicarnos todos los negros del mundo americano, pero cuando avanzaba en el análisis del naciente racismo me interrumpió un periodista santiaguero alegando la consabida solución del mestizaje y cerró el debate con un poema de Nicolás Guillén. A veces he sentido que esa puerta puede cerrarse otra vez y he luchado para que esto no suceda. Es una lucha casi en solitario, medio clandestina y medio romántica, que nos condena a la incertidumbre de comenzar, cual Sísifo caribeño, cada mañana.

Por aquellos años la policía me pedía la identificación por lo menos dos veces al día, aun no había cumplido mis treinta, no llevaba mis actuales drelocs ni siquiera el afro o el pelo tejido de mi primera juventud, pero me pedían el carnet con frecuencia. Yo preguntaba y cuestionaba, muy molesto, y muchas veces fui a parar a la estación de policía, donde no era el único negro que estaba allí por cualquier absurda sinrazón. Intercambiaba con mis compañeros de infortunio, hasta salir a las pocas horas o a la mañana siguiente, cómplices de una noche de cárcel, un par de cigarros y de la culpa de ser negros; es decir, diferentes, pues ser cubanos no era la razón, sino ser negros.

Mi record de esas experiencias policiales fue bastante alto hasta los cuarenta años. Ya después aprendí a negociar, regañar y educar a los policías jóvenes, generalmente mestizos, que me pedían identificación en la calle. En un texto sobre hip hop en Cuba, he tratado de explicar lo que pasa por la cabeza de estos policías: lo que aprenden y lo que aplican, quienes son y porque tratan así a quienes consideran diferentes y peligrosos, entre ellos, a los negros, los peludos, los religiosos, los roqueros, etc. Soy un experto educando policías, tengo charlas de tres, de cinco y hasta de diez minutos donde les pregunto, les exijo y les pongo a pensar en las razones por las cuales no deben acosar a otros jóvenes como ellos. Y puedo decir que he tenido éxito, pues también he recibido lecciones, escuchado confesiones increíbles y ganado amigos y admiradores entre ellos.

Durante mi vicepresidencia de las Asociación de Artistas y Escritores Jóvenes Hermanos Saiz (1996-2000), descubrí en el movimiento cubano de hip hop una crítica en voz alta al racismo en Cuba y les acompañé en la preparación de festivales, conferencias de prensa, coloquios y en la edición de Movimiento, la revista cubana de hip hop. Hasta hoy, ya sin responsabilidades, sigo acompañándoles en su discurso crítico como parte del movimiento antirracista cubano, pues considero a los raperos la vanguardia de este movimiento. Ellos dijeron en voz alta todo lo que generaciones anteriores pensábamos sobre la raza y no nos atrevíamos a decir ni a publicar entonces.

Decidí unirme a ellos, como un compañero de viaje, apoyándoles logísticamente desde la Asociación “Hermanos Saiz”, en busca de espacios, producción, giras, etc. En otro lugar conté esa historia con más detalles. Lo cierto es que con ellos enfrenté una realidad descarnada, tuve grandes discusiones y medié en varios intercambios difíciles entre ellos mismos. Así aprendí las cuestiones más significativas de estos irreverentes protagonistas de un cambio cultural. Ellos, hijos de la crisis económica de los noventa, provenientes de los barrios habaneros más “calientes”, emergieron como una mayoría de negros y mestizos deseosos de hablar de sus conflictos y transformar sus comunidades. Hablar sobre estos temas tan difíciles les dio una identidad propia, sus testimonios llegaron al arte en forma de gritos y catarsis, pero también como poesía y reflexión. Muchos de ellos, me consta, se salvaron de la delincuencia y la cárcel gracias al hip hop que -por encima de las marcas que deja la marginalia en sus víctimas- les dio conciencia de grupo, identidad barrial, racial y política.

Aquellos primeros años del movimiento cubano de hip hop pusieron en tensión a quienes negaban el racismo frente a quienes lo combatían desde los frágiles espacios de la sociedad civil cubana, pero sobre todo, desde el valioso campo de discusiones ideológicas que abrió entonces la cultura hip hop. Durante esos años fundacionales, cuando aun no existían ni empresas, ni agencia ni revistas de rap, las discusiones sobre el racismo comenzaron a hacerse públicas en Cuba. Floreció un orgullo racial y una conciencia cultural y global sobre el tema como nunca antes se había alcanzado. Incluso, los grupos más sobresalientes del momento eran invitados a las recepciones de embajadas y hasta las del Palacio de la Revolución. Recuerdo una en este lugar donde coincidí con muchos raperos y músicos populares, todos estábamos por primera vez allí y disfrutábamos de los tragos, las presentaciones y los chistes.

El chiste de aquella noche ocurrió al presentarnos como presidentes de las provincias Santiago de Cuba y La Habana. El primero era Salvador Palomino, blanco, alto, gordo y rubio hasta por los ojos, el otro era yo. Nos presentan a un altísimo dirigente del Partido y este, muy cortésmente me saluda con una pregunta: “Y, ¿cómo está Santiago de Cuba?”, yo quedé estupefacto y tratando de reponerme sólo le indiqué con un dedo a quien debió hacerle la pregunta. Él pensó en Santiago como una provincia de mayoría negra, y su mirada estereotipada vió en mí al santiaguero que no soy…aunque adoro Santiago, no nací allí. Ese equívoco racial fue el peor chiste de la noche que solo empecé a disfrutarlo cuando los raperos le hicieron una parodia cruel que terminó entre las carcajadas de la madrugada.

Los raperos cubanos hicieron una verdadera revolución con sus grandes convocatorias en toda la ciudad, su alcance transnacional y su mirada descarnada sobre el racismo. Lanzaron un valioso discurso público en contra de los prejuicios y la discriminación racial dentro y fuera de Cuba que llamó la atención internacional, aunque también ganaron la indiferencia de la prensa nacional. Lograron celebrar anualmente durante una década el festival de rap de mayor convocatoria internacional en América Latina. Recuerdo que preparábamos una conferencia de prensa antes de cada festival y solo acudía la prensa extranjera. Nunca aceptamos la idea de que era un movimiento contra la Revolución, sino a favor de la igualdad racial, contra los prejuicios y las desigualdades, temas que el discurso oficial del momento no manejaba, más bien evadía, pero contradictoriamente, estos jóvenes llegaban de decenas de barrio donde estas realidades eran lo común; luego, su propuesta era hacer una revolución menos ciega y sorda a sus realidades.

Harry Belafonte se convirtió en el padrino del movimiento hip hop cubano y nos apoyaba mucho con su presencia, incluso explicándole al propio Fidel la importancia del rap y de sus presupuestos críticos; pero también con sus visitas, consejos, convocatorias e invitaciones a conciertos, conversatorios y giras internacionales. Su intensa preocupación porque el rap cubano descubriera y enriqueciera su carácter crítico y revolucionario fue un gran estímulo y un gran respaldo para la supervivencia del rap en Cuba. Le debemos una solidaridad crítica y un cariño infinito, libre de cualquier interés de ambas partes. La última vez que estuvo en Cuba volvió a reunirse con algunos raperos y activistas, pero creo que no quedó satisfecho con la recepción de una interesante propuesta que nos hizo: establecer alianzas con el movimiento liderado por Mariela Castro. A lo mejor no lo hemos pensado mejor, pero es una idea que no entusiasmó mucho. Harry Belafonte y Danny Glover han sido muy preocupados por la problemática racial en Cuba. El año pasado Danny quiso intercambiar algunas horas sobre el tema con Zuleika Romay, Esteban Morales y conmigo. Siempre nos sorprende la franca solidaridad y actualización de esa estrella de cine con nuestra causa. Y creo que hemos desaprovechado sus contactos para dimensionar un poco más nuestra lucha teniendo en cuenta el impacto público que tienen estas dos figuras dentro y fuera de Cuba y de Estados Unidos.

Creo en los medios de difusión a pesar de las limitaciones que tienen en Cuba y he tenido la suerte de haber trabajado en varios espacios. Entre el 2002 y el 2006, hice una revista cultural de dos horas diarias en Radio Metropolitana, yo mismo hacia locución, crítica cultural, entrevistas, cierta producción musical e invitaciones al debate sobre los temas más diversos. Tuve una audiencia de lujo en toda la ciudad, de los más diversos sectores y hasta en el periódico Granma se publicó una reseña sobre el programa en un país donde la radio no es muy considerada por la crítica. Me enamoré de la radio y de aquel equipo dirigido por Eduardo Diata Delí, que no evadía ningún tema. Tuve otro espacio en la radio nacional, en el programa Estaciones de Radio Rebelde, donde durante ocho años cada noche de martes compartía un tema con oyentes que llamaban, discutían y me seguían, incluso, fuera del programa. Una noche llegué a trabajar y me enteré que mi contrato había sido suspendido: “Ustedes se lo pierden”, respondí.

Otro buen día llegue a la televisión cubana e hice durante diez años una columna de crítica literaria en la revista cultural El sitio del arte, multipremiado espacio que dirige Julia Mirabal, donde se respeta y celebra la diversidad de nuestra cultura y sociedad, con rigor artístico y gracia tecnológica. Durante esos años en la televisión solo tengo un pequeño mal sabor: el que me dejaron algunas maquillistas y el propio maquillaje en cuestión, pues no existen cosméticos para negros ni en la televisión ni en las cadenas de tiendas en Cuba. Pero esa es historia para otro día….En la prensa plana tuve una mala experiencia con un texto que me encargaron para El Tintero en Juventud Rebelde; lo escribí inmediatamente, se lo envié a la editora y todavía hoy, tres años después, sigo esperando una respuesta, un comentario o una disculpa. Era un texto corto, noble aunque crítico, pero nada agresivo que, un año después, logré poner en otra publicación cubana. En los últimos meses he estado enfrascado en un documental con un joven realizador que nos tiene bajo el fuerte estrés de una producción independiente cubana, es decir, avanza lentamente, cambiando cada semana y obligándonos a que las ideas crezcan sin envejecer. Pero el cine aunque bien caro, es un medio muy seductor.

Tomado de: Afro-Hispanic Review, Volume 33, Number 1 (Spring 2014), pp. 20-27. Las imagines pertenecen a la serie del pintor Erik Olivera titulada “Rostros Ancestrales”.

 

5 comentarios en “Soy un negro más: Zurbano par lui même (Segunda Parte)

  1. Es siempre reconfortante que alguien tenga el valor en Cuba de mencionar siquiera el racismo y su supervivencia mas alla de la cacareada propaganda del regimen imperante en la isla. Me deja perplejo empero la existencia de fenomenos que Zurbano da por normales y logicas:
    1- Walterio Carbonel aislado en su propia patria, ademas no menciona los presuntos electrocshocks que sufrio.
    2- La revolucion debia haber hecho mas por eliminar el racismo, cosa con lo que coneptualmente concuerdo pero que en terminos practicos no refleja mas que el condicionamiento de Zurbano a trillar por un camino sopena de perderlo todo: la revolucion no existe y nunca existio: ese experimento social que tantas vidas e ilusiones costo no es mas que una arreglo entre primos burgueses y el incompetenete cuarto piso del Departamento de Estado en Washington ppara sacar a patadas al negro y colocar al hijo del espanol al timon de esa nacion que iniciaba a escaparsele de las manos con su pujanza economica y a pesar de su falta de civismo. Fidel Castro y su camarilla apuntaron unica y exclusivamente a hacerse con el poder de por vida y todo los demas fue secundario; de ese tipo de sistema poco puede esperar ninguna minoria ni ningun pueblo en general. La llamada revolucion lo unico que logro fue rebajar a los blancos al nivel de vid de los negros mas pobres y el de estos al de los animales mas en peligro de extincion.
    3- Belafonte discute con Castro sobre el rap; es decir: debe venir un forastero a proteger una experion interna de arte e interceder por ella ante el dueno de la finca.

    Mientras se considere que el racismo actul en Cuba es resultado de una incompleta labor de la presunta revolucion en lugar del unico posible efecto de la total anulacion de los mas elementales derechos de un pueblo (blancos negros y mestizos incluidos) continuaremos masurbandonos intelectualmente y derrochando energia tras la razon equivocada

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    1. Gracias por su comentario. Se lo paso al actuar. Solo quisiera aclararle que sobre Walterio, Zurbano sabe del pi al pa, pues se conocieron, solo que no creo que tenga que este no era el texto para hablar de ello. Slds

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