Homofobia institucional: Notas sobre la agenda de una “especialista” de la Radio Cubana

Por: Yarlenis M. Malfrán

La pasada semana ha circulado por las redes un audio con la intervención de una funcionaria del Instituto Cubana de Radio y Televisión —la Directora de Comunicación de la Radio y la Televisión Cubana, quien es además diputada del Parlamento cubano—, que ha venido a replantear el asunto de la homofobia institucionalizada en Cuba. El audio data del 2017, sin embargo explica muy bien las lógicas de la heteronormas que funcionan en el país. Según palabras de Yusimi González Herrera:

“Nosotros monitoreamos el año pasado alrededor de 438 programas con varias emisiones […] hay un uso en las voces masculinas platinadas de locutor […] las voces platinadas son voces blandas, voces suaves, voces amaneradas.”

Para calificar un registro vocal como amanerado es preciso estar operando con la heteronorma como criterio de clasificación de esas voces. Presumo que NINGUNA LITERATURA CIENTÍFICA del campo de la locución establezca este tipo de clasificación. Por ende, esta “especialista” es homofóbica. Y noten cómo este dispositivo de vigilancia funciona: ella admite haber monitoreado una x cantidad de programas y, desde su perspectiva homofóbica, consigue detectar este “fallo o desvío” de la heteronorma. Esto de por sí descalifica su “trabajo de monitoreo” como una labor estrictamente profesional. Peor que eso, tal patrullaje es explícitamente homofóbico. Una homofobia institucionalizada que en mucho recuerda el caso de la transfobia que fuera denunciada en el Hotel de Holguín en fecha no muy lejana. Yo me pregunto: ¿qué respaldo institucional ampara este patrullaje homofóbico?

Continúa la “especialista” vomitando su homofobia cuando dice:

“y no es solamente de locutores, son periodistas y son colaboradores. Hay colaboradores señor mío y usted tiene que seleccionarlos, porque mire no hace un mensaje creíble, cuando usted empieza a dibujar florecitas y colores en las voces […] el programa se distorsionó, no es creíble ”.

No bastándole el policiamiento compulsivamente hetero, esta “especialista” se atreve a proponer una selección de personal con base en su homofobia, lo que equivale a una expulsión institucionalizada de todas las voces de personas que, a su juicio posean “voces con florecitas” (nótese el absurdo de esta metáfora).

La credibilidad del mensaje se sustenta, de acuerdo con ella en que “no se dibujan florecitas en las voces”. Las “florecitas en las voces” son tan ficticias como la existencia misma de “voces masculinas versus voces femeninas”. Calificar una voz como femenina o masculina indica que se está operando con una construcción simbólica de género binario, una construcción que es cultural e histórica y que por ende no tiene existencia en ninguna instancia de orden biológico como pudiera ser el registro vocal de alguien. Sin esa construcción simbólica esos calificativos – “voces femeninas/masculina” ni tendrían razón de ser. Los registros vocales son tan diversos como la humanidad misma, encasillarlos en femeninos o masculino es una expresión de un orden de género binario y biologizante que forzosamente quiere apelar a una supuesta “naturaleza” para sustentar la ficción de dos géneros.

“Y eso todavía hoy no es un problema, pero si nosotros no lo atendemos ahora sí va a ser un problema” O sea, hay una intención de hacer de la homofobia una agenda institucional.

Enfatiza la “especialista”:

“…y no estoy hablando… reitero, lo hago con todo respeto y responsabilidad. A mí lo que me interesa es la profesionalidad, no la orientación sexual de nadie, eso a mí no me interesa, ni a la Radio Cubana le interesa. Nosotros tenemos que ser profesionales”

Aquí vuelve a reiterarse la agenda homofóbica disfrazada de “respeto a las diferencias”. ¿No le interesa y monitoreó 438 programas y el resultado de ello fue la detección de “voces blandas”? ¿No le interesa la orientación sexual de nadie y cree que, si las voces de locutores identificados como hombres tienen alguna similitud como lo que se considera femenino, el programa se distorsiona y no es creíble?

Obviamente sí hay un interés marcado en esta funcionaria, y ese interés tiene que ver con preservar la heteronorma y todas las exclusiones e inferiorizaciones que desde ella se establecen. Imposible defender que se respeta y que se hace un trabajo profesional con semejantes argumentos homofóbicos.

Es cuando menos peligroso que esta especialista represente a la Radio Cubana, por lo que ello puede suponer en términos de expulsión, persecución, asedio y violencia contra personas homosexuales o que simplemente ella juzgue como portadores de “voces blandas”. Porque además la orientación sexual de nadie está en el dominio de la atribución externa, mucho menos de un ejercicio de monitoreo auditivo. Se trata de una violencia homofóbica brutal que convoca a varias instancias de la Radio cubana a sumarse a ella: directores, consejo artístico. A todos los responsabiliza con la preservación del legado heteronormativo como emblema de la Radio Cubana y propone “detectar” (palabras textuales de la especialista) como una tarea prioritaria. ¡¡¡Es absurdo que esa sea la misión y el encargo social de una institución del Estado cubano!!!
“…porque nosotros somos como herramienta la palabra, la interpretación, su ritmo, sus tonos, sus timbres, y eso lleva también un diseño, porque todo en esta vida se diseña” Obviamente que sí, en esto tenemos que darle la razón a la Yusimi González Herrera. Pero si el medidor para el diseño es la heteronormatividad, el diseño es casi una réplica del “diseño original” que proponen los fundamentalistas religiosos. Un diseño originalmente homofóbico.

El ICRT como institución de un Estado socialista que se precia de respetar la igualdad de toda su ciudadanía está en el deber de posicionarse frente a estas actitudes homofóbicas que laceran el principio de no discriminación por orientación sexual refrendado en la Constitución de la República del propio país en el que esta “especialista” despliega su homofobia institucional.

Negro corriendo… ¿ladrón?

Por Alina Herrera

“Blanco corriendo es atleta, negro corriendo es ladrón” . Reza un “chiste” que escuchamos desde la infancia. Debe causar risa y simpatía, y lo hace. Se reproduce en el tiempo y naturaliza algo tan sórdido como la criminalización de la negritud y, también, la racialización de la pobreza.

El eje delincuencial del “chiste” construye esa imagen del sujeto negro como el más proclive a delinquir, es más, lo sentencia. Y esto se conecta con algo más preocupante, el sistema de justicia, el encargado de capturar a los delincuentes, de procesarlos y condenarlos. Si de antemano este imaginario ha sido producido, ya se sabe qué cuerpos van a señalizar amenaza a los ojos del sistema de justicia.

Pero la génesis de ese “bocadillo humorístico” no se explica desde la concepción de un “rezago cultural”. Simplificando el abordaje del problema, se trivializan también las soluciones frente a algo tan robusto y complejo como el racismo.

La revolución haitiana de 1804 inquietó a toda la élite colonialista blanca, tanto de la metrópoli, como de la isla de Cuba. Los negros del país vecino se habían rebelado contra la dominación esclavizante y conquistaron su libertad e independencia. Sin embargo, el sistema colonialista se seguía alimentando de las personas esclavizadas por lo que tendrían que seguir importándolas. Así es que la necesidad de exacerbar el miedo al negro y de reforzar la esclavitud se hizo inminente para su escarmiento y exclusión.

No fue suficiente con la divulgación de imágenes degradantes de las personas negras, no bastó con la repetición de las escenas más crueles de la revolución haitiana para infundir mensajes de terror y muerte. El temor de las élites blancas a la subversión del orden y al ennegrecimiento de la isla provocaron, durante todo el siglo XIX, la puesta en práctica de políticas de blanqueamiento.

Sin embargo, para la articulación de esas estrategias y para el mantenimiento del orden esclavista, se requería fortalecer y legitimar el diseño de privilegios y opresiones socioeconómicos en base a la raza. Para este propósito se requería de un sustento científico, certificador de los instintos natos homicidas y criminales de los negros como raza inferior y degradada.

Así la antropología, la criminología y la llamada jurisprudencia vendrían a acuñar la naturaleza delincuencial de los negros.

Fue Cesare Lombroso, hacia finales del siglo XIX, quien determinó el ascenso de la antropología criminal. El basamento de sus estudios sobre el hombre criminal estuvo nutrido, precisamente, de las imágenes que recababa de los sistemas penitenciarios y de justicia. La interdependencia entre la antropología criminal y el derecho encuentra su momento álgido en esta etapa.

Y en Cuba, quienes replicaron las teorías racistas lombrosianas y las sedimentaron con total trascendencia fueron, principalmente, Fernando Ortiz (en su primera etapa) e Israel Castellanos, los fundadores de la “antropología afrocubana”.

Para ambos criminólogos también fue imprescindible nutrirse de las imágenes de criminales que les proporcionaba el aparato judicial-penitenciario.

En Los negros brujos Ortiz convierte el “criminal nato” de Lombroso por su propio “delincuente afrocubano” a partir de la caracterización estereotipada que argumenta la criminalización de los negros brujos clasificándolos en “corregibles” e “incorregibles” y, además, proponiendo la tipificación del delito de brujería.

El abogado Ortiz despliega, en ese mismo libro, un ejemplo icónico para la historia antinegra de la recién creada República, me refiero al caso de la niña Zoila y del brujo Bocú. El negro Bocú, junto a otro afrocubano, Víctor Molina, fueron sentenciados a pena de muerte con garrote por el secuestro y asesinato de la niña blanca Zoila con el propósito de hacer brujería para la curación de dos niñas negras.

Era el año 1904. El caso ganó una mediatización sin precedentes. Justo en el momento político y social en el que las personas negras luchaban por la reivindicación de sus derechos y justo cuando se discutía su participación en los debates políticos de la nación. A este hecho le sucedieron otros secuestros y asesinatos de niños blancos, más divulgación en la prensa sobre los horrores de los negros brujos y, claro está, más negrofobia. Por tanto, estamos aquí en presencia de una estrategia política de criminalización de las vidas negras que tiene como fin, impedir el ascenso social de las personas negras y su acceso a la condición de ciudadanos.

La venganza no se hizo esperar. La persecución policial, el despojo de objetos rituales, el enjuiciamiento de negros y el saqueo de templos, fueron procedimientos que llegaron a ser comunes. El Museo de Antropología de la Universidad Nacional se colmó de los altares, ajuares, ngangas y artículos religiosos afrocubanos decomisados. También allí fue a parar el cráneo del negro Bocú.

Mientras se fortalecía la relación simbiótica entre la policía, quien daba cumplimiento a los deseos científicos de Fernando Ortiz por decomisar objetos rituales y apresar negros para el desarrollo de las investigaciones, y los antropólogos, quienes diseñaban la tipología criminal asentada en la raza y reforzaban el ideario del negro criminal, se fundaba en 1908 el Partido de los Independientes de Color y se masacraban a sus miembros y a miles de personas negras en 1912. El cadáver de Evaristo Estenoz, su líder, fue exhibido en la prensa como mismo hicieron con los cuerpos yertos de Bocú y Víctor Molina.

Dos años después la figura de Israel Castellanos cobra ascenso dentro de la antropología física y criminal, por lo tanto, también en el aparato judicial. Con sus estudios se profundizó aún más en la percepción del negro como criminal y en la inferioridad racial de los africanos y afrodescendientes. Los labios mórbidos, las grandes mandíbulas, la forma del cráneo y de la frente eran índices de criminalidad. También lo eran las conductas asociadas a los bailes, a los carnavales, las jergas, la brujería, llevar tatuajes, barba o determinados pañuelos. Castellanos llegó a pedir la pena de muerte a los afrocubanos “salvajes” en su ensayo “La mandíbula criminal” de 1914. Nótese como el racismo apela a la animalización para sustentarse. En este ejercicio, personas negras quedan relegadas a la condición de “menos humanos”.

De esta manera el vínculo entre negritud y delito se solidificó en función de las fuerzas policiales y de los juzgados. Bajo el imperativo de fundar una nueva nación civilizada, se criminalizó una raza que, además, era marginada económica y socialmente. Así los marginales y los delincuentes terminaron siendo los negros. Y al nacimiento de una república nueva le tenía que acompañar un sistema jurídico que construyera “la delincuencia” y que respaldara la dominación política, económica y cultural que también se erigía.

De hecho, Ortiz y Castellanos fueron los encargados de elaborar el Código Penal. En particular Castellanos dirigió el Gabinete Nacional de Identificación a partir de 1921, la Junta Nacional Penitenciaria en 1928 y el laboratorio central de antropología. Allí trabajaron, y allí sembraron sus nociones acerca del hombre (negro) criminal.

Aunque a partir de 1920 un grupo de antropólogos, entre ellos Fernando Ortiz, comenzaron a considerar la cultura afrocubana como un valor adicional a la cultura de la nación de manera general, la percepción de los cuerpos negros como delincuentes frente al sistema policial, jurídico y penal ya se encontraba en franca trascendencia hasta nuestros días.

Ciertamente la revolución cubana desterró sólidas instituciones racistas en el país, no obstante, las narrativas sobre el mestizaje o el “ajiaco cubano” que pretenden homogeneizar los cuerpos y ocluir algo tan profundo como el racismo ponen en peligro el camino transitado. El afán por la integridad nacional sobre este discurso de igualdad triunfante invisibiliza las dinámicas que reproducen la criminalización de la negritud y de la pobreza en la actualidad y, en la misma medida, desplaza la posibilidad de articular programas políticos que la amedrenten hasta su total eliminación.

En situaciones de crisis o de amenaza nacional, mantener el orden y el disciplinamiento de los cuerpos se vuelve el objetivo primero de un país. Paralelamente, se exacerban fenómenos como el racismo y, en consecuencia, la negrofobia. Las viejas marcas de la historia vuelven a tomar el protagonismo en el espacio público, ese que no se ocupó con sólidas e incesantes políticas antirracistas.

Si desde antes de la emergencia sanitaria por el COVID se ha venido cuestionando acerca de la racialidad de la población carcelaria en Cuba, del control policial de las personas negras en el espacio público mediante el requerimiento de la documentación identitaria, de la matrícula preponderantemente racializada en las escuelas conductas y de las condiciones de marginalidad de los afrocubanos ¿cuál es el comportamiento actual? De todas las capturas delincuenciales mediatizadas, ¿cuántas personas negras hemos visto? Del total de sancionados por la pandemia ¿cuántos son negros y mestizos? ¿Sobre quiénes está repercutiendo el exceso policial? ¿Cómo podemos interpretar la muerte dada por un policía con su arma de fuego al joven negro cubano Hansel Ernesto Hernández Galiano en una barriada de Guanabacoa? ¿Alguien se imagina estos tópicos sobre cuerpos blancos?

El racismo institucional no está superado, en todo caso, está disimulado como la nueva era de racismo agazapado en la que estamos viviendo. Y si me equivoco ¿dónde están las estadísticas y los hechos que muestren lo contrario? ¿cuáles son los programas políticos antirracistas consistentes, multidimensionales e integrales que se están aplicando tanto para la sociedad en general, como para el propio estado y sus instituciones?  

Sin estas premisas ¿cómo podemos asegurar que una problemática tan compleja como el racismo, sedimentada durante cinco siglos, no solo en la sociedad sino en el aparato jurídico-policial, ya está resuelta?

Quiero confiar y convencerme de que la muerte de este joven negro cubano el pasado 24 de junio no tiene un trasfondo racial.

El comunicado oficial, que explica la muerte de Hansel Ernesto, reproduce cierta noción del “criminal incorregible” de Ortiz mediante el señalamiento de los antecedentes penales de la víctima, como si su vida valiera menos, como si la muerte estuviera más justificada. También refiere a un “enfrentamiento” de piedras que provocaron lesiones en el policía contra disparos que provocaron la muerte del joven. Todavía se espera que comuniquen el debido proceso judicial que tendrá que enfrentar el policía, hasta el día de hoy, anónimo.

Ese pudiera ser un gesto coherente con la confirmación de que en las instituciones cubanas no caben la impunidad ni el racismo. Sobre todo cuando, según la nota oficial, a un joven negro ladrón se le dio un disparo por la espalda mientras corría.

Tomado de Lo personal es político.

 

 

Racismo en Cuba: La culpa es de las totí

Aracely Rodríguez Malagón

¡¡¡Las colas están llenas de NEGRAS!!!. Así contestó mi vecino a grito y a viva voz a ante la pregunta de otro de cómo estaba el ambiente. Creo que no hace falta describir a mis vecinos pero lo haré: uno es blanco, de clase media, profesional, cuenta propista. El otro blanco también, profesional, militante y militar. Quedé estupefacta no a lo que escuche eso lo sé y lo veo a diario, sino el tono despectivo y lacerante con el cual acentuó y vociferó “NEGRAS”, encerrando en sus palabras todo el desprecio visceral acumulado resultado de un colonialismo transformado y un racismo latente vivo, trasmutado, nunca acabado. Mientras el otro contestó con una sonrisa de satisfacción afirmativa.

Y es que desde sus puntos de vista las negras somos las culpables de la escasez que hay en el país y, por la entonación, yo diría que hasta del Corona-Virus. Lo peor es, que aquel grito en plena calle y a la luz del día sonó como un eco a pesar del nasobuco. Nadie salió (excepto yo) a rebatirlo o al menos a decirle “fulano no es de esa manera”. Fue como si toda mi cuadra estuviese reafirmando su ofensivo insulto ante el silencio otorgado. Me levanté como un resorte y antes que pasara por el frente de mi casa me vino una ráfaga retrospectiva en mi memoria de opresiones, esclavización, resistencia, cimarronajes y luchas…… y hubiese querido vociferar de la misma manera (lo cual no me cuesta mucho trabajo), pero esperé que se acercara y muy calmadamente en un tono casi silente, le expliqué las múltiples razones por las cuales las colas también tienen raza, sexo, territorio y clase; y que además son una medida de las desigualdades. En ellas es donde nos mezclamos y concentramos toda/os, sólo que las negras somos el último eslabón de la cadena alimenticia y el eslabón más gordo de esa cadena y por tanto las más visibles, es cierto que la escasez es general, pero no a todas/os nos llega con la misma intensidad. Adquirir alimentos es una necesidad existencial y va más allá del ¨QUEDATE EN CASA¨ que es atravesado por el privilegio y como resultado tiene dos bandos: los favorecido/as, que pagan por que les traigan los productos y los necesitado/as, que hacen colas para poder adquirirlos e incluso como un modo de sustento llegando a convertirse en un trabajo informal.

Las colas integran la vida cotidiana de las cubanas/os como resultado del bloqueo al cual ha estado sometido la isla por décadas, y que trae como consecuencia la escasez sobre todo en los productos de primera necesidad. Así hacer colas o las ¨colera/os¨ (como trabajo informal) es una práctica ejercida fundamentalmente por mujeres, generalmente negras o mestizas, de barrios marginalizados y/o de la zona oriental de país.

Estos actos son de conocimiento público, han estado presente en todo momento, pero en épocas de crisis se agudizan y se acentúa el color de las mismas coincidiendo con la visión de mi vecino, pero también con las estadísticas de los informes de desarrollo humano. Aunque para el caso de Cuba se hace complicado la veracidad de los índices de desigualdad, no obstante, se plantea que las mujeres en Cuba más pobres son precisamente las de este grupo distinguiéndose en época de Pandemia

Discriminar a las personas verbalmente es un acto que ocurre a diario como ejercicio permanente de la “colonialidad”. El lenguaje es una herramienta de poder que en este caso mi vecino la utilizó como expresión despectiva “LAS NEGRAS”, que enfatiza e indica de manera punitiva quienes son las responsables de las colas.

Es imposible deconstruir un racismo visceral, genético sino vamos al fondo del asunto y sólo lo dejamos en el plano cultural cuando en realidad es una problemática que pasa por lo histórico, económico, político, social, etcétera. Mientras se hace uso del derecho de gritar improperios como este, sin ningún tipo de impunidad.

Y no me puedo ofender según mi vecino: “no soy ese tipo de negras” (o sea tengo que sentirme halagada), peor, “no lo dice por mí “, (no sé a qué clase yo pertenezco), evidentemente tiene daltonismo racial. Su incapacidad no le da para comprender que mi condición de mujer y NEGRA no me separa de aquellas a las cuales él desprecia, lo que me reafirma una vez más el desconocimiento en nuestra sociedad del significado de ser NEGRA. No entienden que entre esas NEGRAS de las colas y yo existe una conexión histórica que no lo borra un espacio físico, ni las condiciones de vida, nos une un pasado, que a la vez es un presente y que tenemos que luchar para que en un futuro, no se nos siga discriminando.

Lo mejor de esta conversa sosegada es que la cosmovisión socio-racial de las colas de mis vecinos, no procede desde sus experiencias ya que ninguno de los dos hace cola, ni de la bodega. Es sólo una visión subjetiva de LAS NEGRAS y de las colas en tiempos de Coronavirus desde los carros con aires acondicionados…

Náutico 2020

Totí o Zanate: especie de ave de color negro endémica de la isla de Cuba. Conocida por un refrán para indicar cuando se le echa las culpas de una acción sólo a las personas negras ¨Todos los pájaros comen del nido y el totí carga las culpas¨

Mel Herrera: “Tienes el negro cerca”

Por Mel Herrera

❌ “Tú saliste adelantada. Menos mal”
❌ “Tus facciones son bastante finas”
❌ “Tú no tienes el pelo tan malo, pero tu mamá acabó” (haciendo referencia al hecho de haberme concebido con un hombre negro)
❌ “¡Bastante clarita saliste pa como es tu familia paterna!”
❌ “Tienes el negro cerca”

Antes no me cuestionaba lo racista de estas frases que me decían; incluso algunas me parecían halagos. Ser afrodescendiente o nacer con piel oscura no te exime de asumir y repetir actitudes racistas e incluso no ver nada malo en esas frases. Me costó darme cuenta, porque me crié con mi abuela blanca que no le perdonó a mi mamá haber estado con un hombre negro.

Mi abuela blanca fue y será siempre una mujer santa para mí, con todo y sus defectos, con todo y su racismo; ella, analfabeta, católica, pobre, no hizo más que repetir los patrones de opresión y de racismo con los que fue educada. Desde pequeña me decía que yo no tenía nada que ver con mi “otra familia”, que sus costumbres y prácticas no eran las nuestras. Aquello era atraso.

Mi abuela blanca me decía incluso que cuando mi papá me llevara a casa de mi abuela negra no probara nada que me dieran de comer o beber y que cuando fueran a hacer alguna ceremonia cerrara los ojos, que no mirara.

Mi abuela blanca, la persona que más me ha dolido perder hasta hoy, era una mujer con actitudes racista. Y no me avergüenza decirlo, porque según fui creciendo y criticándole estas actitudes siempre se mostró muy receptiva y fui testigo de cómo en los últimos años de su vida luchó por erradicar todo el racismo que le fue heredado.

A escondidas de mis padres, cuando estábamos a solas ella y yo, mi abuela blanca me hacía una especie de masajes en la nariz para que se me afinara más, porque mi nariz no podía ser como la de mi abuela negra, ni podía llamarme la atención las costumbres de aquella otra familia.

Crecí con mil prejuicios y actitudes racistas también, pero supe hacer lo que mi abuela blanca no pudo, debido a sus propias limitaciones y las de su tiempo; supe cortar con la reproducción de estas actitudes inculcadas.

Vine a amar y a interesarme en mi cabello hará alrededor de dos años, porque antes me parecía una desgracia, sólo por poner un ejemplo. Durante mucho tiempo no fui consciente de mi racismo, ni de que también reproduje patrones con los cuales sólo me oprimía a mí misma. Quería otro pelo, otra nariz, otro pasado.

Pero hice mi tarea, y la sigo haciendo. Y he dicho suficiente por estos días, he brindado información, propiciado debate, reflexión. No puedo hacer más nada. No puedo ni tengo cómo meterme en la piel de otra persona que no comprende el racismo ni se cuestiona algunas prácticas que parecen tan sanas pero que terminan siendo racistas y perpetúan estereotipos. Educar es tarea comunitaria, pero tiene que haber un sincero interés individual por desear educarse. Es todo.

Me preguntaron de manera maliciosa si yo, que tanto andaba involucrada en “estos temas antirracistas”, No me iba a poner un turbante hoy, día de África. África reducida a una prenda, pero en eso ni me detuve. Sólo respondí que no lo haría. No critico a nadie que lo esté haciendo con respeto. Sólo que por respeto a la propia África no voy a usar una prenda que nunca uso a lo largo del año.

Tomado del muro de Fb de Mel Herrera.

¿Qué ha pasado con el Challenge Africano en Cuba?

Por Alina Herrera Fuentes

Todo comenzó en el mes de abril, cuando la embajadora cubana en Senegal inició un reto en las redes sociales de camino al 25 de mayo “Día de África”. La iniciativa consistía en demostrar, mediante fotos, la unidad de los cubanos y de las cubanas a partir de la herencia africana, “continente lindo, pero poco conocido y lamentablemente estereotipado, que tiene muchísimas cosas que mostrar”.

La primera foto fue la de la propia diplomática, quien llevaba puesto un turbante, y se acompañaba del hashtag #ChallengeAfricano. A pesar de su intención y sus declaraciones, fue inevitable que el reto se convirtiera en un reforzamiento de los estereotipos, en una banalización de la identidad e historia africanas.

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Si a esta iniciativa no le antecede un conocimiento acerca de prácticas racistas, de apropiación cultural y un respeto por la cultura de todo un continente y la diáspora, termina en lo que resultó, una pasarela maniqueísta de la africanidad, un irrespeto por las personas negras, no solamente por las fotos en sí, sino también por las alianzas que se crearon en menoscabo de la población racializada.

Por ejemplo, una presentadora de televisión, además de lucir una exageración ridícula de “atributos” africanos en sus atuendos, se hizo un grotesco black face a propósito del #ChallengeAfricano. Las personas activistas denunciaron sus fotos— sobre todo por la historia de dolor y menosprecio que representa el black face— pero, en lugar de despertar la reflexión acerca del racismo que se estaba denunciando, funcionarias de alto rango y otras personalidades de la cultura le tendieron una alianza encubridora, mostrándose más solidarias con la burla y el mal actuar de la presentadora de televisión que con la población negra cubana que había sido humillada.

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Si África es un continente que históricamente ha sido vaciado, oprimido y explotado, entonces es evidente que sus poblaciones siguen siendo vulnerables y, si es así ¿por qué exponerlas? Una fotografía en nombre de la unidad para contrarrestar los estereotipos es un objetivo fallido desde el inicio. Una foto que busque mostrar las raíces africanas es una provocación directa a una caricatura en este mundo estructuralmente colonial, racista y eurocéntrico.

El racismo simbólico es un subproducto del racismo estructural, institucional y cultural, y es de los que pasan más desapercibidos. Tiene su fundamento principalmente en los prejuicios estereotipados y culturales que históricamente les han sido atribuidos a determinados grupos étnicos. Los valores y las tradiciones de estos exogrupos no son asimilados con respeto, ni tomados en cuenta como iguales a la cultura dominante. Más bien a estas costumbres culturales se les deshumaniza y se les exotiza, por lo que pueden llegar a ser cosificadas con facilidad, convirtiéndolas en un juego, en un divertimento, en una ridiculización y en un irrespeto total. Pero estos fenómenos no suceden si no preexiste una noción de inferioridad, de desvalor o de utilitarismo.

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En el caso de este tipo moderno de racismo, la experiencia de quien lo comete no pasa por la discriminación explícita atravesada por discursos de odio. De ahí que la expresión del prejuicio y del desvalor sea subyacente y difícil de reconocer. De hecho, son personas que abiertamente se manifiestan a favor de la igualdad, sin embargo, perciben un símbolo en la persona negra, y ese símbolo está, en mayor o menor medida, cargado de prejuicios negativos. 

Este nuevo racismo se refiere a aquellas actitudes, comportamientos y creencias encubiertas que colocan al exogrupo en una categoría menor. O viceversa, y de esto se habla menos, cuando el grupo dominante culturalmente se coloca en una posición superior de manera tal que se permite a sí mismo tomar los elementos culturales de las poblaciones racializadas, con fines utilitarios y en su beneficio, sin importar la dignidad y el criterio de los exogrupos.

Otro ejemplo, la negación rotunda de tales comportamientos racistas con la justificación de que tienen personas negras que aman a su alrededor, y esto es, a partir de lo explicado anteriormente y de manera indiscutible, una derivación del racismo simbólico. 

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Con la tolerancia a este tipo de racismo y con las alianzas entre quienes se sienten más ofendidos por las denuncias de los activistas que los propios grupos humillados, solo contribuimos a su perduración. Con la argumentación facilista de que era solo un chiste, antes que revisar todo lo racista que hay en ese “chiste”, solo naturalizamos ese racismo simbólico.

Las imágenes editadas de las personas negras en internet están cargadas de bullying, de estereotipos, deforman las identidades negras, distorsionan las culturas africanas y de la diáspora para causar risa a propósito de nuestros cuerpos negros. Todavía la prensa escrita y digital tienen el enorme reto de no incluir imágenes y narraciones racistas en sus artículos. Todavía los medios masivos de difusión transitan el largo camino de desestereotipar a las personas afrodescendientes en sus contenidos. Las novelas, los teleteatros, los programas de humor, las películas, etc. lastran, al día de hoy, la folclorización y la vulgarización de los personajes negros.

En eso se convirtió el #ChallengeAfricano, en un espacio para el reforzamiento del racismo simbólico.

Usar un atuendo tradicional (cuando nunca se emplea) y tomarse una foto para celebrar el Día de África es utilitario. Si queremos homenajear al continente saqueado y demostrar que tenemos en común una herencia negra, investiguemos sobre ese legado, respetemos las culturas y aprendamos más. Mejor aún, hablemos de racismo, de sus nuevas formas disimuladas en que se manifiesta. Busquemos lecturas que hablen de la historia que hicieron también las personas negras. Tengamos en cuenta las investigaciones sobre estos temas y a la comunidad de activistas antirracistas que incansablemente nos enseñan cómo podemos hacerle tributo al continente madre.

Lo digo, porque así lo hice. Además de esta reivindicación.

Tomado de Afroféminas.

COVID -19, la telenovela cubana y la lucha antirracista que no para…

Por Yarlenis M. Malfrán

En este contexto de pandemia posiblemente la programación de la televisión cubana gane más audiencia (o tal vez no), de cualquier manera, sabemos que el espacio de la telenovela es una de las marcas distintas de la identidad nacional, si se quiere. Sabemos, por lo que nos han legado los estudios de comunicación, que las tecnologías de comunicación no son neutras, muy por el contrario, su uso está asociado a determinados valores e ideologías que se promueven, diseminan, como también pueden ser soportes problematizadores del orden social, en función de principios como la igualdad entre otros.

De la mano de Teresa de Lauretis (1987) y partir de sus estudios sobre el cine, también aprendimos que tales tecnologías son, sobre todo, tecnologías de género, o sea, modelan y refuerzan ciertos ideales de ser mujer, hombre, etc. Ampliando la perspectiva de Teresa de Lauretis y a partir de lo que vienen discutiendo muchas feministas antirracistas, tampoco podemos sustentar una neutralidad en materia de cuestiones raciales. O sea, estas tecnologías, proponiéndoselo o no, tienen siempre, una agenda de género y raza (entre otras, obviamente). El problema radica en que, cuando no hay una intención antirracista y antisexista, tales tecnologías se vuelven aliadas de sistemas hegemónicos y de las discriminaciones que a partir de ellos se promueven.

Vayamos al grano. En tiempos de COVID y confinamiento le he dado más atención a la novela que se trasmite actualmente en Cuba: “El Rostro de los días”. La acompaño en el Canal de Youtube Raul Martin Alocubano .

En el capítulo 24 que se transmitió por este canal (no sé si equivalente al orden de los capítulos transmitidos por Cubavisión) una secuencia de escenas me resultó particularmente incómoda, por el modo en que ella reproduce estereotipos racistas y pone en escena lo que varias feministas antirracistas han designado como “la soledad de la mujer negra”, una problemática que obviamente no se da como una condición inherente a los cuerpos negros, sino que es resultante del racismo que estructura nuestras sociedades. El racismo que, a mi modo de ver reproduce esta secuencia de escenas y, por ende, este guión, es estructural y explico por qué.

¿Qué significa que una cosa es estructural? Implica que ella molda, organiza, da forma, base y sustento a un determinado orden social. Cuando decimos que el racismo es estructural eso supone que esta discriminación está en la base (como los cimientos y las columnas de una casa), determinando que las cosas sean del modo en que son. Una de las formas de interpelar las estructuras racistas puede ser preguntándonos: ¿dónde están negras y negros en la estructura social? De estar, ¿de qué modo están, ¿cómo aparecen? ¿en qué posiciones? Son estas preguntas las que quiero llevar para el contexto de esa secuencia de escenas para argumentar cómo en ellas se reproduce el racismo, o por lo menos se peca de reproducir un lugar estructural en el que, mujeres negras, son inferiorizadas.

La escena en cuestión se encuentra a partir del minuto 13, entonces, me pregunto: ¿Dónde y cómo está la adolescente negra en medio de una historia de amor blanca, protagonizadas por dos cuerpos blancos? La secuencia habla por sí, pero coloco aquí algunas respuestas posibles. La adolescente negra está sí, pero como un elemento decorativo, un lugar de no protagonista de la historia de amor. Un lugar de espectadora de una historia de amor blanca, con la que ella probablemente ni se atreva a soñar. Ese “no lugar” es el lugar que el racismo atribuye a mujeres y personas negras. ¿Cuántas protagonistas de historias de amor en las telenovelas cubanas SON PERSONAS NEGRAS? ¿Es que ese lugar no puede ser corporificado, protagonizado por cuerpos negros? Si el amor es una experiencia humana, ¿no ha de esperarse que todxs lxs humanxs puedan ocupar ese lugar? ¿Cómo los medios se compromenten con la lucha antirracista?

Mujeres negras, en la adolescencia son las que escuchan las historias de amor de las amiguitas blancas (doy fé de ello) y no tienen ninguna historia para contar, hasta porque hombres blancos y negros, ambos, son educados para pensar que conquistar a una mujer blanca es lo mismo que alcanzar un trofeo, por consiguiente, lo que resta para las mujeres negras es ese lugar estructural de soledad.
¿Dónde están las mujeres negras dentro de una estructura afectivo-sexual que es racista? Están en un lugar que las produce (sí es producido, no es natural) como feas para que mujeres blancas se sientan bonitas y objeto de deseo. Están en el lugar de la fetichización y objetificación sexual (buenas de cama, culos grandes) que las retira del lugar de merecedoras de afecto (negra pa casarse qué va, negros ni los zapatos!)

¿Dónde están las mujeres negras dentro de una estructura afectivo-sexual racista? Están allí, esperando ser vistas como humanas, consideradas como humanas. O forzándose a caber en un patrón que de por sí nos oprime, que no nos contempla, que no nos incluye. Estamos muchas veces intentando enblanquecer porque el referente de humanidad, de amor es blanco y ¿quién no quiere ser amado y aceptado? Entonces una de las maneras de lidiar con el sufrimiento que el racismo genera es vestir máscaras blancas en pieles negras como dicen Franz Fanon en su emblemática obra titulada así mismo.
Precisan producirse otras narrativas en las que personas negras ocupen espacios como humanas. La lucha antirracista es de todxs, también de personas blancas. Para escribir este texto me inspiré en la cólera que me produjo esa secuencia de escenas y en un post de Instagram de la artista brasileña Luedji Luna (@luedjiluna) que lleva por nombre “Eu planta”.

 

Referencias:
FANON, Frantz. Piel Negra, más caras blancas. Madrid: Ediciones Akal, 2009 .

LAURETIS, Teresa. A tecnologia do gênero. In: LAURETIS, Teresa. Technologies of
gender. Indiana: University Press, 1987

Georgina Herrera: La voz de una negra cimarrona

¡¡¡Qué bueno llegar a esta edad que cumplo 84 años!!! Hoy día 23 de abril, día del idioma castellano, con la felicidad de una Negra Vieja de Antes, atendida y cuidada por las más jóvenes.

Más de una persona, que sabe de mi vocación de cimarrona, ha sonreído con burlona ironía diciéndome que debí haber nacido el día de un idioma africano y, sin ironías, he respondido que es el día del idioma de los racistas, para decirles en el idioma de sus ancestros, lo que pienso que deben oir, sin traducciones, para que se entienda bien lo que tarde o temprano les va a caer encima, más tarde o más temprano. En fin de cuentas, lo que tenía que saber, amar y perpetuar de África lo aprendí ya, bebiendo de lo que contaban mis Negras Viejas de Antes, esas, a las que entiendo y admiro más cada día por la edad que cumplo y a la que llegarán ustedes en tradición irrompible.

Y, mira tu qué casualidad, precisamente en estos días, la muerte anda rabiosa, disfrazada con el nombre de una novedosa enfermedad. Y lo confieso, tengo miedo, miedo a que se tome un descanso en mi puerta, que está llena de cuantiosas señales que la harán sentirse como llegando a su propia casa: asma, poliomeuritis, cardiopatía, hipertensión.

Creo que el miedo es la mejor manera de no sentirme vencida.

Entonces, en medio de este torbellino, dejo un espacio lleno de claridades para un posible futuro, por si es cierta la reencarnación. Quiero ser lo que soy ahora, volver las veces que sean necesarias como la primera vez: fuerte, guerrera, amorosa, cimarrona, palenquera, volver como si no me hubiera ido, siendo lo que soy: negra, pobre y mujer y retomar mi puesto en nuestra lucha, porque esta lucha, la nuestra, no va a acabarse en largo tiempo.

Yoya

abril/2020.

Foto tomada de Universidad de Texas y Austin.

Cuba: el racismo que no se quiere ver

Por Alina Herrera

Hace poco leí sobre el Programa Nacional contra el racismo y la discriminación racial en Cuba, enfocado en admitir el racismo cultural, dado por vestigios, prejuicios y “raíces psicológicas” de las y los cubanos (cuestión tremendamente importante de reconocer y en la que trabajar, y que al fin llega a nuestras pantallas y diarios), pero con un discurso triunfalista acerca de la eliminación del racismo estructural. Aplaudo grandemente que el programa trabaje sobre el racismo cultural, como le llamaron, pero me queda la amarga insatisfacción de que no hayan taladrado más profundo en el problema racial crítico y autocrítico (como voceros de lo institucional) que al día de hoy vive la isla.

Hace poco también vi un video de dos niños, en algún barrio de La Habana, desafiándose entre ellos para ver si el más pequeño en estatura tenía la valentía de “pinchar” al otro (no se ve con claridad si era un punzón, una cuchilla, un trozo de vidrio). Se me estrujaba el alma mientras leía sus caras, sus gestos, la postura de sus cuerpos, la inocencia rota. Fue una especie de deja vu. Ya los había visto, en las caras y en los miedos de otros niños, hace años, cuando trabajaba en escuelas de conducta y en hogares de niñes sin amparo filial.

Sin embargo, no he dicho algo relevante: los niños del video que me trajeron a colación tantas memorias tristes, son negros, marginados, quizás también con seguimiento de las mal llamadas escuelas de conducta. Y aquellos niños de mis memorias, con los cuales viví varios episodios similares y peores, también eran, con marcada asimetría, mayoritariamente negros.

Atendí por años dos escuelas de conducta y dos hogares de niñes sin amparo. De las escuelas, una era de grado 1, quiere decir que eran menores de hasta 7 u 8 años de edad, que habían sido extraídos del sistema regular de enseñanza, más que por el comportamiento “problemático”, por “retraso” en el aprendizaje (oficialmente denominadas escuelas especiales de retraso mental); la otra era de grado 2, con régimen de internado, su matrícula la componían menores desde los 7 a los 12 años que presentaran “conductas disociales o manifestaciones antisociales que no lleguen a constituir índices significativos de desviación y peligrosidad social, o que incurren en hechos antisociales que no muestren gran peligrosidad social en la conducta, tales como determinados daños intencionales o por imprudencia, algunas apropiaciones de objetos, maltratos de obras o lesiones que no tengan mayor entidad y escándalo público”[1], y este actuar debía manifestarse en las tres áreas sociales de un menor: la escuela, la zona de residencia y el hogar. En ambas instituciones la mayor parte de la matrícula era negra.

La primera vez que fui a la escuela de grado 2, mientras la directora me mostraba las instalaciones, al llegar al comedor, me recibió un cubazo de agua sucia. Esa fue la bienvenida, una empapada de los desperdicios de la escuela. El día que fui por última vez, uno de los niños pequeños estaba ingresado en un hospital con peligro para la vida, debido a un altercado anterior donde él salió “triunfante”, y no se lo perdonaron ni los grandes, ni los padres de los grandes, quienes dieron dinero para aleccionar al victorioso con una venganza final. Esa fue mi despedida, dejar en peor estatus legal y humano a “mis” niños. Y así, era la dinámica de la escuela.

Visité sus casas, conocí a sus familias, vi los barrios, las condiciones, la negritud de la pobreza de La Habana. Pero ninguna historia se cuenta por sí sola, tiene siglos de racismo, explotación y discriminación que la condicionan. Cierta vez que le conté algunas anécdotas a una amiga, e hice hincapié en la racialización de los niños, me preguntó asombrada que si entonces lxs negrxs eran ciertamente más violentos, más predispuestos a delinquir.

Desde los privilegios y los prejuicios que nos estereotipan pocas veces se entiende el racismo. La respuesta absoluta a mi amiga es NO. Sucede que en Cuba también persiste el racismo estructural, entendido como la naturalización y la normalización de prácticas sociales e institucionales que contribuyen a la consolidación de estereotipos raciales en detrimento de la dignidad de un grupo social dado por su raza, en este caso, de las personas negras. El comportamiento discriminatorio por motivo de la raza en las instituciones del estado tiene lugar a partir de un racismo también estructural y social de quienes elaboran y aplican las leyes, las políticas públicas, por quienes velan por su cumplimiento, o simplemente por quienes niegan la ocurrencia de ese racismo estructural y por lo tanto omiten la articulación de políticas públicas que lo contrarresten. Y este racismo estructural se consolida mediante un largo proceso acumulativo de estas prácticas racistas, de estas nociones racistas, terminando por afectar a un grupo social en favor de otro de manera naturalizada. El segregacionismo racial podrá estar prohibido legalmente, pero en la práxis jurídica e institucional son las personas negras las relegadas, las segregacionadas hacia las postrimerías de la ley y la sociedad, eso es racismo estructural.

Y así como lo pensó mi amiga, lo puede pensar ese sector privilegiado creador de las fuentes de derecho en Cuba.

La revolución no ha podido equidistar los puntos de partida que históricamente han sido asimétricos. La mayoría de las personas negras se quedaron instaladas en sus lugares de origen, reproduciendo las mismas dinámicas donde resultan siendo los marginados, los desechados, los nadie. Los menores llegan a las escuelas de conducta después de ser evaluados por el Centro de Diagnóstico y Orientación (que no siempre funcionaba de manera tan multidisciplinaria ni objetiva) en las tres áreas que mencioné: escuela, barrio y casa. Las personas negras, en desventajas históricas, tenían las de perder. Las personas blancas o blanqueadas, tenían el beneficio de la duda, la segunda oportunidad, porque en alguna de las tres variables saltaba un privilegio.

De los dos hogares, uno era para menores desde cero años de vida hasta los 5, totalmente mixto, en todo, sexo/género, edades, causas de desamparo. Pero el otro hogar era muy particular, abrigaba a menores que tenían a sus padres y madres presas, fundamentalmente por atentar contra la vida y la integridad de ellos mismos. También su aprendizaje era diferente, sus vidas enteras eran diferentes. Solo vivían 8 niños allí, todos varones, todos negros, uno con la identidad oculta.

Es totalmente cierto que a partir de 1959 la derogación legal del segregacionismo fue un duro golpe al racismo estructural, pero no fue suficiente. Faltaron políticas públicas que contundentemente nos acercaran las oportunidades a todes convirtiéndolas en realidades nuevas e imperecederas. No tuvimos una constancia en la elaboración de políticas públicas de vivienda, de empleo, de cuotas (no solo para la dirección política y administrativa del país), de cuidados, de salubridad, de tierra, entre tantas otras. La materialización de leyes que favorezcan políticas antirracistas hará que las escuelas de conducta, las prisiones, los hogares para niños sin amparo filial pero de condiciones especiales, los barrios marginados, insalubres, no tengan un color predominante, el color negro de nuestras pieles.

La participación de las personas negras en la toma de decisiones sobre estos temas, los debates raciales en las comunidades, el acercamiento de las autoridades a los barrios pobres de Cuba y el diálogo con las organizaciones y activistas antirracistas para la elaboración de esas futuras normativas y regulaciones, como una Ley contra la Discriminación, que puedan contribuir a la erradicación del racismo estructural al menos, es imprescindible.


 

[1] http://files.sld.cu/prevemi/files/2013/03/atencion_menores_trastornos_conducta.pdf

 

Tomado Lo personal es político.

La precarización emocional y laboral como métodos de genocidio prieto cotidianos. Microrracismos en el sureste mexicano

Por Tito Mitjans Alayón

Estoy escribiendo este ensayo con muchas emociones que no saben como salir de mi cuerpo. Reprimir mis emociones ha sido una de las experiencias más sistemáticas que he aprendido en Chiapas, a donde migré en el 2015; esconder mis sentires, mis alegrias, mis tristezas y principalmente mi rabia. Los espacios públicos están dominados por las formas de socialización blancas y heteropatriarcales por tanto, las emociones de las personas racializadas frente a los ejercicios cotidiano de racismo, clasismo, misoginía y transfobia deben ser abordados solamente a través de la amabilidad blanca, una estructura de diálogo que no reconoce los dolores del racismo.

La ira, el llanto, la compasión, la empatia, están reservadas para los cuerpos blancos y cis. Las emociones que la cultura de la blanquitud catalogó como desviadas, violentas, moralmente perversas, —como el chisme, lo intenso, la rabía, los gritos y las posturas corporales desafiantes de la autoridad blanca—, no son bienvenidas en los espacios coletos y aquellos que aspiran a serlo en San Cristóbal de las Casas, al menos no para la gente prieta y muchas veces cuando expresamos nuestros sentires fuera de la plataforma esperada, somos criminalizados y leídos socialmente como salvajes, enfermos mentales, monstruos, etc.

Por eso escribo este texto, para que salga la rabia de mi cuerpo, que la escritura sea una herramienta de sanar el racismo transfóbico cotidiano. Además Audre Lorde ya lo dijo en los ochenta: “tu silencio no te protege”, entonces es mejor no quedarme callado, otra sugerencia política de Audre Lorde.

Lo que narro es resultado de la última experiencia de racismo transfóbico que viví. Este episodio me hizo preguntarme qué herramientas emocionales tenemos las personas trans, cuirs prietas contra los actos de odio ¿Qué hacemos con todo ese odio que la gente blanca cis suelta sobre nosotrxs?

Con esta experiencia pude ver de manera explicita que la fragilidad blanca se sostiene a partir de la precarización emocional y laboral de las personas racializadas. Para mantener el orgullo blanco hay que humillar sistemáticamente a la gente negra e indígenas. Para que las voces de las personas blancas obtengan el status de incuestionables en espacios sociales y privados, hay que silenciar y mutilar las voces de la gente prieta. Para que la razon eurocéntrica se naturalice hay que patologizar las mentes, las emociones y las espiritualidades de las personas racializadas. Para que la supremacía blanca sancristóbalence se mantenga tan sana y fortalecida es necesario precarizar nuestras vidas en todos los aspectos socio-económicos y culturales.

Hace una semana di una clase en una institución de educación superior alternativa. La mayor parte de los estudiantes provenían de comunidades originarias de Chiapas, entre veinte y cuarenta años. De ellos solo era una mujer blanco-mestiza mexicana.

La clase transcurrió dinámica. La MUJER-BLANCA varias veces interrumpió mis palabras y la de sus compañeros. Además, iempre fue la primera en responder, siempre estaba lista. Rapidamente percibí que su seguridad, evidente en su gestualidad corporal, estaba conectada con la manera en que ocupaba el lugar en el aula. Este comportamiento permitido por cuatro años intuyo que también ha condicionado mucho la dinámica del resto de aula, principalmente para las personas de comunidades indígenas. Me pregunto cómo han permitido tal conducta por tanto tiempo, sin embargo quiero enfocarme en otros aspectos de esta historia.

Varios días después de que la clase tuvo lugar, se acercaron los coordinadores del programa para exponerme que la LA MUJER BLANCA del grupo me acusó de haberlo llamado “capitalista”. Se gestionó un espacio para generar un diálogo y conversar sobre lo sucedido. Cuando llegué al lugar LA MUJER-BLANCA decidió en vez de dialogar, decidió echarme en cara acusaciones provenientes de su ego blanco roto. Esta MUJER BLANCA, este DEMONIO BLANCO MESTIZO CIS, exigía de mí una reparación por supuestamente llamarle capitalista.

Sin ninguna propuesta de diálogo, de generar un espacio de cuidados para ningune de los dos, sin tomar en cuenta todo el poder que encarna su cuerpo blanco cis y sus ojos verdes en un lugar como San Cristóbal de las Casas, LA MUJER BLANCA me atacó con sus palabras, con la gestualidad prepotente de su cuerpo y su fragilidad blanca.

Tranquilamente, esforzándome para que mi gestualidad no mostrase ningún estrés, le intenté exponer que no había dicho las palabras con las cuales ella me acusaba. Intenté explicarle que era posible que se sintiera intimidada por mí, ya que intenté limitar un poco su participación y así dar más espacios a las voces del alumnado proveniente de comunidades indígenas y la importancia de esto, ya que ocupar tanto espacio como lo hacía ella en su clase es racista. Apuntándome con el dedo me respondió: “ese es tu problema”

Soltó toda su frustración sobre mí, no me dio posibilidades de diálogo ninguno y como buena mujer blanca se fue en el momento que le estaba explicando su comportamiento racista.

La presencia de una mujer blanca en un espacio educativo donde es el único cuerpo blanco, mientras sus compañerxs son indígenas es un acto de control colonial, refuerza el racismo, el capitalismo y el silenciamiento de las voces no blancas.

A esta LA MUJER BLANCA CIS, de clase media, se le ha explicado en otras ocasiones sobre sus privilegios: lo que implica ser un sujeto blanco en un espacio prieto, donde las voces prietas son encarcelas, matadas, a veces solo por alzar su voz, mientras los cuerpos blancos tienen todo el respaldo del sistema para hablar, incluso en ocasiones que solo repiten un discurso que refuerza la colonialidad.

Aunque el problema no es mío, terminaron echándome en mi primer día de trabajo. Además de quedarme desempleado, me quedé con todo su enojo y mi rabia reprimida. En la noche fui a casa de una amiga, con quien me desahogué, me brindó apoyo emocional, afecto y lloré mucho. Al otro día escribí un post en Fb. Hoy continuo reflexionando sobre los efectos de los actos racistas.

Mi conciencia está tranquila, no le dije capitalista en ese momento. Ahora considero que es una persona extremadamente frágil y racista.

El activismo antirracista ha evidenciado y aboga porque las voces blancas se escuchen cada vez menos, que las personas blancas del Norte y del Sur brinden ese espacio histórico del poder del habla para que las voces racializadas tengamos una preponderancia en los espacios sociales, para que de este modo nuestras voces y nuestras emociones llenen la habitación para comenzar a descolonizar las luchas sociales comunes. Esto es un acto mínimo de reparación a la historia de la colonización euroblanca. Lo racista es capitalista, lo colonial es capitalista, de hecho la esclavitud, el racismo insititucional son las estructuras coloniales que sostienen el capitalismo. Por consiguiente, la manera en que su presencia actúa en un espacio educativo como el expuesto es, sin dudas, capitalista.

Lo peor de todo fue ver cómo los ojos de todxs estaban puestos en mí, no en LA MUJER BLANCA. La expectativa es que yo pueda controlarme y no reaccionar. Se espera que seamos las personas racializadas quienes sostengamos emocionalmente a las personas blancas. ¿Por que hay que continuar manteniendo la expectativa de que cuando vivimos RACISMO nuestra respuesta tiene que continuar siendo pasiva? Sí, nuestra presentación social ante los ojos de la gente blanca tiene que ser extremadamente sumisa y pasiva, de lo contrario es visto como violencia. Sin embargo, la rabia y el odio antinegro es tomado como una simple ignorancia. ¿Qué hago con estas emociones de rabia e impotencia frente a este episodio de odio antinegro? ¿Quién me cuida a mí de la ignorancia blanca, el orgullo blanco cuando hago trabajo antirracista? ¿Por qué la respuesta ante la exposición de un acto racista tiene que ser expulsarme y aumentar mi precariedad económica?

Así funciona la supremacía blanca en San Cristóbal de las Casas Chiapas, México. Estas son herramientas de silenciamiento y corrección antinegras y antindígenas, herramientas coloniales de terror, para callarnos, asimilarnos y someternos a las tecnologías del terror colonial en la FRONTERA SUR DE MÉXICO.

Esta gente nos está matando con armas y con toda su estructura de tortura psicológica, con nuestra precarización laboral y emocional, naturalizando el racismo en Instituciones que supuestamente son educativas, espacios seguros para las comunidades indígenas, pero ante el primer llamado de atención sobre el comportamiento racista, transfóbico que alguien del alumnado realiza y permitido por ellos, nos disciplinan a nosotrxs, a la gente prieta. Esto es otra faceta de la esclavitud, no se acabó, sólo le pusieron un nuevo nombre.

Por ello las formas en que se manifiesta la supremacía blanca en San Cristóbal me hacen sentir constantemente en la esclavitud: la Migra, el apartheid racial en la frontera Sur, el empobrecimiento, el envenamiento del agua, la COCA COLA, el silencio cómplice de la violencia blanca contra los cuerpos prietos, la amabilidad blanco-mestiza, el genocidio cotidiano de las feminidades racializadas, son algunas de sus expresiones cotidianas.

Y yo sigo desempleado.

Foto: Cortesía de Tito Mitjans Alayón

Poema de Georgina Herrera a Tato Quiñones

TATO
Autora: Georgina Herrera

(Tantas cosas hicimos
hablamos y pensamos).

Hasta La Ceiba
(tuya y de nadie más ya para siempre)
te va a llegar,
con rabia y desconsuelo
el llanto que no oculto,
mientras, quiero saber:
¿Qué rumbo tomará lo que pensamos?
Hasta ahora, damos
bandazos y nos dan planazos.
Así es la guerra.
Tal vez, de ti dependa, desde ahora
que se inviertan los hechos.
Tú puedes.
Desde tu Ceiba, sopla
como un viento mayor.
Ven desde el mar,
revuelto, azul como sus aguas.
Ven
como un viento astuto y sopla
por donde no te esperan.
Tú sabes. Desconfía,
hazt el ausente,
no te dejes morir.
Por otro asunto me dijiste un día:
“Con nosotros”.
Por este, el de tu ida, regresando
quién sabe de qué modo y preguntando:
“¿Hacia dónde, con quién?”
Te respondiera:
“¡Con nosotros!”

Enero 13/20