Roberto Zurbano: Desde mi balcón. Doce párrafos de memoria contra la pandemia del olvido (Quinto round)

Por Roberto Zurbano

El confinamiento hogareño nos incomunica un poco, pero no anula la memoria en tiempos donde los contenidos son tratados con tal velocidad y simpleza que olvidamos de donde llegaron y adónde irán a parar. Cuando se habla de discriminación racial suele ocultarse la afro-religiosidad, tan cercana que obviamos su significado social; que va mas allá del universo ritual y configura maneras de pensar y vivir muy caras a la sobrevivencia y a la experiencia negras en la Historia y en la vida diaria de la nación.

En pleno siglo XXI sobra explicar que las religiones de matrices africanas sintetizan avatares históricos, diálogos y transgresiones sin los cuales no se puede explicar la resistencia y espiritualidad de nuestro pueblo. Pero antes, fue difícil y solitaria tarea. Si hablar de racismo era someterse a burlas de amigos o familiares, exclusiones institucionales y castigos políticos; practicar estas religiones también fue mal visto por organizaciones políticas, instituciones, medios de difusión y la mentalidad social.

Durante décadas, las iniciaciones religiosas se realizaban secretamente en casa-templos, patios y otras plazas ocultas, donde nacían orgullosos de su fé y adquirían conciencia racial, no solo para los de piel negra, pues también la blanca es una “raza” que busca y encuentra su ancestralidad y tareas en este mundo.

En ese proceso África no era sólo noticia de desastres, sino la base del mundo espiritual que trajeron abuelos ancestros, cuyos nombres aún se moyubban.

África en Cuba somos quienes la llevamos en la piel, en la cultura y en sus religiosidades; sus variantes y renovaciones verifican una identidad afrocubana, o sea, afrodiaspórica en su versión local. Lo controversial del término afrocubano tiene larga data y no se agota en las fuerzas que se le resisten. África es el mundo de crianza y educación comunitaria que no distingue entre hijos, primos, sobrinos y ahijados, es familia interracial junto a la extendida familia religiosa, sus códigos solidarios, sus bailes, comidas, músicas y una amplia tradición ética y filosófica que se resumen en un patakín, una firma palera o abakuá o un canto conocido desde andilanga. Vive en medio de celebraciones que mezclan lo ritual y lo pagano, lo útil con lo bello, lo privado y lo colectivo, el consejo con el regaño, lo de aquí con lo de allá, lo íntimo y lo político, el patio, la patria y el universo.

Recién llegada la Revolución, en el momento en que las Sociedades de Color se esfuman de la vida cubana, estas religiones profundizaron su rol en medio de las transformaciones y afianzan complicidad y ayuda mutua allí donde las leyes revolucionarias nunca llegaron.

Es cierto que en 1960 se crea el Departamento de Folklore del Teatro Nacional de Cuba, con el brillante etnógrafo y musicólogo Argeliers León a la cabeza y más tarde, en 1962, el Conjunto Folklórico Nacional, integrado por mujeres y hombres en su mayoría religiosos practicantes que, a partir de ese momento, suben al escenario para ofrecer sus cantos y bailes como Arte, ganando aplausos dentro y fuera de Cuba. Muchos de ellos alcanzan el estrellato como Nieves Fresneda, Jesús Pérez (Obbá Illú), Lázaro Ross, Zenaida Armenteros o El Goyo Hernández.

Fue un gran paso, pero si contemplamos sólo las ganancias escénicas, quedan fuera de foco conflictos y contradicciones que, en la vida cotidiana, sufrían tales prácticas religiosas, tornándose en impedimentas para el acceso a universidades y militancias políticas.

Más allá de los éxitos internacionales de bailes y cantos afros, al correspondiente universo religioso real se le cierran libertades, devaluándole como expresión de atraso e ignorancia.

En la novela más popular del momento, Cuando la sangre se parece al fuego, su autor, Manuel Cofiño, uno de los pocos escritores cubanos identificados con el realismo socialista, refleja el proceso de disolución de las religiones negras arrastrada por las aguas claras del futuro socialista. Estas afroreligiones sufrieron el mismo dogma y represión que aquellas que guardaron armas y conspiraban contra la revolución, aun así, sus practicantes, inmersos en el cambio revolucionario, por no abandonar su religiosidad fueron marginados de importantes responsabilidades políticas y administrativas. Gracias a su horizontalidad, espiritualidad acreditada por siglos y estrategia cimarrona, conservaron los saberes transmitidos oralmente, rituales secretos y viejas prácticas de solidaridad y resistencia. Las afroreligiones fueron espacio creciente para un conflicto ideológico sustancial que aún marca la subjetividad de un amplio sector social dentro de Cuba: conciencia religiosa versus conciencia política, expresado en libros y discursos como una pelea dicotómica que suele resolverse a favor de lo político, ocultando la complejidad del universo religioso.

Aunque este no fuera el debate esencial entre quienes practican afroreligiones, donde hay sujetos de todas las “razas” , dicho conflicto no ha dejado de estar latente en el campo religioso cubano de las últimas seis décadas.

Las religiones negras en Cuba siempre han vivido el peligro de fragmentación y cooptación. Su jerarquía, autoridad, popularidad, exitosas practicas rituales y comerciales, cohesión grupal, diversidad de su membresía, más el alcance de sus valores intra y extraordinarios, constituyen un modelo social, cuya relativa autonomía debe ser objeto de políticas más comprensivas. Por eso me resultó curioso que en el libro de entrevistas que en 1985 hizo el dominico brasileño Frei Beto a Fidel Castro, no aparecen las afroreligiones, siendo ambos interlocutores de países marcados por la esclavitud, el colonialismo y el cimarronaje. Esta curiosidad la comenté a Frei Beto hace unos años y su evasiva me dejó más curioso aun.

Lo cierto es que ese mismo año, aunque no con el cuidado que son tratadas las religiones antes colonizadoras, las afroreligiones también comienzan a ser reconocidas políticamente al crearse la Oficina de Asuntos Religiosos del PCC en 1985.

Escuché a Filiberto O’Farrill, en su casita de Poey, hablar de una soñada Asociación de Babalawos, a cuyos organizadores, que ofrecieron palomas y un tambor en los jardines del Movimiento Cubano por la Paz, no se las aprobaron. Supe de la preparación del I Encuentro de Estudios Afrocubanos, preparado por la Sociedad homónima que intentaron restaurar Fernández Robaina, Tato Quiñones y Lázaro Buría, con apoyo de Natalia de Bolívar y grandes figuras religiosas, abortado por la UNEAC. Conversé con nigerianos residentes en Nueva York que durante años soñaron abrir una Academia de Lengua Yoruba en Cuba que también fuera negada.

Estos y otros empeños son parte de una historia no escrita ¿Cuántos fuimos testigos o cómplices de sucesos subterráneos que fueron el magma de la explosión de los temas raciales en la próxima década? ¿Cómo fue que los temas de la religiosidad fueron dando mayor margen a la problemática socio-racial? Y por qué ambos temas tomaron tanta distancia el uno del otro, al punto que las religiones afro apenas se involucran en el debate racial y, por otro lado, la mayoría de los analistas y análisis sobre las problemáticas raciales en la nación, suelen desentenderse de los temas religiosos, de los creyentes y de las viejas estrategias de solidaridad y resiliencia de estas afroreligiones?

Ambas miradas adolecen de la necesaria articulación e intercambios sistemáticos, donde enriquezcan y renueven prácticas propias. Aunque vale mencionar el valor que alcanzan las obras y espacios donde ambas visiones convergen como lo han hecho Tato Quiñones, Jesús Fuentes, Lázara Menéndez, Víctor Betancourt, Jesús Hernández El Goyo, Gloria Rolando, Tomas Fernández Robaina, Manuel Mendive y otros pocos que intentan sostener tan difícil diálogo en Cuba.

Luego, los noventa irrumpen con varios sucesos editoriales. Justo en 1990 aparece la primera reedición de El Monte de Lidia Cabrera después de 1959, cinco mil ejemplares agotados durante la primera semana en la Feria del Libro, celebrada en PABEXPO, Los orishas en Cuba de Natalia de Bolívar, se convierte velozmente en un best-seller, El negro en Cuba, de Tomas Fernández Robaina, aparece tras un forzado sueño editorial de diez años y los tres tomos de Estudios afrocubanos, de Lázara Menéndez, extraordinario libro de texto para la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de la Habana, removió los anaqueles del elitismo eurocéntrico de tan rancioso –para no decir racista y blanqueado- lugar. Así comienza el boom de temas afroreligiosos en Cuba, a las puertas del Periodo Especial.

El Congreso del Partido se pospone para 1991 y entre los temas centrales está la promoción de negros, jóvenes y mujeres, junto a la noticia de que los religiosos podrán ser miembros de Partido Comunista. Es fácil pensarlo hoy; pero entonces fue una noticia escandalosa que generó grandes discusiones, resistencias e incomprensiones dentro y fuera del partido; tanto pesaban los dogmas y prejuicios.

El discurso de los estudiosos es una cosa y el discurso de autoridades religiosas, reconocidas por su jerarquía y sabiduría es otro. Estos últimos no tienen presencia en la esfera pública, no poseen revistas o boletines que sean órganos difusores de doctrinas, reflexiones y modos de conocer su alcance social. Nunca he podido leer aquella queja porque no fueron invitados a saludar al primer Papa de visita en Cuba, ni la poca presencia de los jerarcas de otras religiones durante la recepción ofrecida al Oní de Ifé de visita en Cuba. No hay entrevistas sobre figuras ni artículos sobre eventos importantes o sobre el trabajo que hacen en comunidades y cárceles, ni convocatorias a cursos y conferencias. Ni siquiera promueven los encuentros entre médicos, científicos y Babalawos, muy provechosos para las tres partes según estas confiesan a los pocos curiosos que llega la noticia. Difícil saber cómo estas religiones establecen alianzas con musulmanes o iglesias cristianas donde la presencia negra crece. Ni sabemos cómo se dirimen sus debates epistemológicos, de género, de asimilación de nuevas prácticas o de sus propias ortodoxias. Ergo, difícil es saber su opinión en el debate antirracista cubano y las causas del repliegue de su potencial fuerza emancipatoria en esta lucha.

También hay batallas exitosas y logros sociales a lo largo de seis décadas, que no por menos publicadas han dejado de celebrarse.

Es un resultado de esas batallas que un babalawo de 34 años en Ifá como Lázaro F. Cuesta (Iwori Bofun) haya sido el Gran Soberano del Supremo Consejo del grado 33 para la República de Cuba, Gran Maestro de la Gran logia de Cuba y Presidente del Patronato del Asilo Nacional Masónico Llanso entre 2011 y 2018, que Ramón (Mongui) Torres Zayas, haya alcanzado su doctorado con una tesis sobre los Abakuá, sociedad a la cual pertenece y estudia su renovado campo; que los libros de Lázara Menéndez, Jesús Fuentes y Natalia de Bolívar sean cada vez más aclamados y leídos por masas lectoras, que lideresas de varias casa-templos hayan logrado reivindicar sus prácticas de género dentro de la religión, que se legitimen en laboratorios farmacéuticos y repertorios clínicos las formulas de brebajes, emplastos y cocimientos con que nuestras ancestros hicieron de la naturaleza la mejor medicina a los males del cuerpo y el alma, que una pastora cristiana como Isset Samá haya hecho tan hermosa declaración antirracista ante su iglesia en días recientes…

Aunque sean lamentables las recientes declaraciones sexistas de la Sociedad Cultural Yoruba sobre las Iyanifá, un conflicto que parecía resuelto a finales de siglo pasado y ahora resucita en un contexto poco saludable para el feminismo en la región. Insulta saber que grandes marcas de la moda internacional se apropian del diseño de las sayas multicolores de nuestras santeras, en una otra forma de extorsión de nuestras identidades. Y que siguen las acusaciones reales e infundadas sobre el comercialismo dentro de estas religiones: no debe resultar raro que en este rincón de la sociedad también proliferen conductas mercantilistas, corruptas y criminales; otra cosa es la acusación de comercialistas a las religiones negras de la región (santería, candomblé, vudú), lo cual parece una trampa nacida de la competencia con otras religiones, justo en un proceso de internacionalización de estas religiones negras, que les permite instaurar legalmente sus instituciones, profesionalizar sus figuras jerárquicas y aumentar el reconocimiento de sus valores de solidaridad, resistencia cultural y saberes, no solo para afrodescendientes. No olvidemos que todo ello era, hasta hace poco, marginalizado, a pesar de ser practicadas por todas las clases sociales.

Dichas acusaciones, curiosamente, no suelen compararlas con otras religiones financieramente poderosas, de jerarquía mundial, dueñas de diversas propiedades e instituciones bancarias, mediáticas, educativas, etc.

¿Cómo, entre las miles de fotografías de Fidel Castro, se olvida aquella, en medio de una larga gira que hizo por varios países africanos en los años setenta, donde aparece vestido de blanco, con ciertos atributos rituales? Jamás la he vuelto a ver, ni siquiera en asociaciones afroreligiosas que constantemente renuevan su compromiso revolucionario.

Se han promovido poco excelentes biografías y testimonios de personalidades como Nisia Agüero, Freddy Ilanga (traductor de swahili del Che en el Congo) y Natalia de Bolívar por solo mencionar tres, que incluyen reveladores pasajes del universo religioso negro en sus vidas o las conversiones religiosas y en la conciencia racial de altos oficiales y diplomáticos cubanos en África como Omar Izquierdo, Heriberto Feraudy o Juan F. Benemelis, entre otros, cuya capacidad más o menos crítica articula puentes entre las visiones africanas y cubanas de conciencia racial, religiosa o afrodiaspórica, revelando políticas africanistas, diásporicas y raciales apenas abordadas con profundidad por estudiosos cubanos de la religiosidad, la afrodiáspora y la geopolítica.

Lamento mi poquita fe, mi modo intermitente y, a veces irrespetuoso de acercarme a estas religiones, pues tendría algunas respuestas, desde sus códigos, a preguntas que no necesitaría escribir.

Lo cierto es que apenas se conocen sus figuras jerárquicas, algunas legendarias, otras de más reconocimiento fuera que dentro de la isla, otros dejando su impronta en el mundo de la internet, otros recuperando sus contactos con tierras y autoridades religiosas de África, otras más vinculadas a la farándula, otras al boyante mercado afroreligioso, algunos veteranos reconocidos por su sabiduría ancestral, otros por su memoria descarnada de cuando hacían religión en el underground socialista. Apenas se conoce el espacio de ritualidad, pedagogía, goce y hermandad comunitaria que signa los encuentros del Cabildo Ifá Iranlówo, liderados por Víctor Betancourt Omolóafaoró Estrada, uno de los sacerdotes y autores más osados y controversiales del campo afroreligioso cubano. Tampoco son públicos los debates epistemológicos, de género, de asimilación de nuevas prácticas o de sus propias ortodoxias que están teniendo lugar y que la transmisión oral a veces distorsiona o confunde. Así, parece ser un mundo que no se mira al espejo, ni a la televisión ni al futuro, sino que se repliega o calla sus propuestas ante los seguidores que, dentro y fuera de Cuba, siguen apostando por el camino de los orishas.

Viernes 19 de Junio del 2020, en Cayo Hueso, Centro Habana.

¿Qué le pasa al activismo antirracista cubano que no se moviliza contra la violencia machista?

A los 14 años, mi vecino, 20 años mayor que yo, tocó mis genitales mientras yo lo que esperaba de él era que me ayudara con mi tarea de inglés. Salí corriendo y hasta hace unos pocos años me sentí culpable.

A mis 20, luego de haber parido a mi hija, el padre de esta me obligaba cada noche a tener sexo. En ese entonces no sabía que me violaba.
Una tarde habanera, ya en los 2000 y tanto, mi amiga S. y yo íbamos en un bus. Nos trasladábamos de Barrio obrero al Vedado. Ibamos sentadas una al lado de la otra conversando, cuando un tipo metió la mano por la ventanilla y le tocó una teta. Nos quedamos atónitas. No pude articular palabra  alguna. Me he preguntado desde entonces si pude haber reaccionado de otra manera.
Un día del 2011 me desperté  “cruzá”:  le puse los bultos en la calle al marido de mi hermana C. Nos fajamos a los palos. Me quedé sin trapeador luego de habérselo partido en la cabeza. El tipo la machacaba cada día, ella no atinaba a hacer otra cosa que gritar. Ese día no pude aguantar más.
A otra de mis hermanas, el marido le pegaba cigarrillos encendidos en sus piernas. Cuando fue a la policía le dijeron que tenía que llegar allí con las lesiones sangrantes y al rojo vivo. La situación se extendió por un tiempo hasta que logró que alguien en la estación de Aguilera le prestará atención. El tipo cumplió solo 6 meses de prisión. Ella luego desarrolló un trastorno psiquiátrico grave que descalabró mi familia una vez más. Gracias al Universo ya ha mejorado mucho.
En la editorial donde trabajé por muchos años, uno de mis jefes me envío mensajes que nunca desee haber recibido. Ser abiertamente una mujer lesbiana no me salvó de recibir comunicaciones “subidas de tono”. Al poco tiempo después de haberle pedido parar con el acoso fui sancionada por una situación irrelevante. Gracias al Universo, una vez más, una mujer me ayudó a salir de esa situación. No me atreví a contarle jamás que ese hombre me acosaba. A ella le debo la vida.
En enero de este año el padre de mi nieto violentó físicamente a mi hija. Me sentí impotente. Me pregunté: cómo me podía estar pasando esto a mí. Gracias otra vez al universo, algunas amistades me ayudaron en este episodio, uno de los más difíciles de mi vida, por razones obvias.
El año próximo quiero traer a mi hija y a mi nieto de visita a Alemania. Es muy probable que el niño no pueda viajar porque necesita el permiso de su padre, quien ya ha le ha comunicado a mi hija que “lo va a pensar”, lo cual es una de las evidencias del control o el castigo que quieren ejercer nuestras ex-parejas hombres o padres de nuestres hijes sobre nuestras vidas.
Todo lo anterior se los cuento para confirmarles que ser negra, lesbiana, profesional, etc, no nos exime de vivir violencia machista.
Me pregunto entonces:
¿Qué le pasa al activismo antirracista cubano que no se moviliza contra la violencia contra la mujer?
¿Qué le pasa a las afrocubanas (sean feministas o no) que no creen necesario tener en su agenda la violencia de género? 
¿Por qué los hombres negros (activistas antirracistas o no) no nos respaldan con su firma apoyando la Solicitud de una Ley Integral contra la Violencia de Género.
Sé que cada quien tiene sus razones, no estoy hablando a nivel individual sino como “movimiento” interseccional que reconoce las múltiples discriminaciones. En Cuba llevamos muchos años diciendo que a las mujeres negras se les hace todo más difícil por la doble discriminación. ¿Entonces? ¿Qué hacemos con toda esa retórica que ahora se me hace superflua y paternalista?
Yo no quiero conmiseración ni lástima, quiero que luchemos codo a codo por todo lo que nos duele, inferioriza, violenta, hace nuestras vidas más difíciles como personas negras, como mujeres negras, como personas trans y queer negras.
Tampoco quiero que me uses en tu discursito antirracista e inclusivo, creyendo que así tienes en cuenta a las mujeres negras y así pretendes pagar tu deuda con la equidad de género.
La Revolución tendrá que ser antirracista, feminista, antimisógina, antimisoginoir, antisexista, antitransfóbica, inclusiva, estar contra la violencia de género, o no será.  ¡Recuérdenlo!

Figuras ocultas del feminismo en Cuba

Por Maikel Colón Pichardo

En cuanto a nuestras mujeres, ellas convierten el erial del mundo en vergel,
ellas se ve que luchan por sostener nuestra revista, porque saben que,
premian el esfuerzo, el mérito y por eso tratan de colocar alto nuestro pendón
para que se sepa, que en ningún tiempo ni circunstancia,
dejó de ser la primera en acudir a todas las manifestaciones altas del pensamiento”.

Úrsula Coimbra de Valverde
(Revista Minerva, Sección “Páginas Feministas”, Octubre de 1911)

 

Traer a debate las historias del ayer siempre conlleva un cuestionamiento tácito a muchos aspectos que desde la perspectiva contemporánea son reconocidos y valorados con mayor coherencia y sensatez; o al menos eso esperamos. Algunas de esas historias, confinadas en algunos de nuestros libros de historia de manera recurrente, no siempre han sido reveladas en consecuencia con la relevancia y el aporte de sus protagonistas, desmarcando en ese sentido, una suerte de interpretaciones que desafortunadamente han dejado fuera de escena a personas que, de un modo u otro, han jugado un papel crucial en los episodios y acontecimientos que marcaron el devenir histórico de la sociedad cubana.

Entre estos acontecimientos queremos hacer referencia al movimiento feminista cubano, un fenómeno que comenzó a fraguarse a partir de la segunda mitad del siglo XIX, pero que de manera ostensible su grado de concreción y madurez se consolidó en las cuatro primeras décadas del siglo XX. Dentro de la efervescencia de este movimiento, hubo un número considerable de actores –mayoritariamente mujeres–, que pensaron y diseñaron activamente las plataformas que dieron coherencia a cada uno de los frentes abiertos por este movimiento ideológico. Y aunque por diversas razones el reconocimiento a la labor e impronta de algunas de las mujeres involucradas en esta magna contienda, ha tenido diferentes niveles de visualización –dos importantes aportaciones historiográficas como: De la casa a la calle: el movimiento cubano de la mujer a favor de la reforma legal (1898-1940), de la autora K. Lynn Stoner, y En busca de un espacio. Historia de mujeres en Cuba, de Julio César González Pagés, dan cuenta de ello–, entendemos que aun quedan figuras por revisitar, que no gozan del reconocimiento que merecen.

A partir de entonces, queremos en estas notas, destacar el papel y la relevancia de una figura muy particular, que desde los orígenes del feminismo en Cuba, abordó y dignificó el papel de las mujeres negras y mulatas dentro de este movimiento, como parte de un activismo consecuente y de una actividad periodística representativa.

Nuestra protagonista en cuestión es Úrsula Coimbra de Valverde, una mujer excepcional, una de las representantes de este movimiento, que desde su propia génesis ejemplificó el protagonismo de las mujeres negras y mulatas dentro del mismo, reflexionando a fondo a partir de nociones de participación e igualdad respecto al “progreso racial”, apoyándose fundamentalmente en el papel y la relevancia que jugó la “raza” en cada uno de los procesos que acontecieron en la redefinición de la historia de Cuba.

Nació en Cienfuegos, aunque la mayor parte de su vida como profesional y activista tuvo lugar en Santiago de Cuba. Fue una excelente compositora e intérprete, con una carrera musical destacada. Además, tuvo una distinción meritoria como escritora, apareciendo sus primeros escritos en la década del 80 del siglo XIX. A partir de esta impronta fue una de las asiduas colaboradoras de la revista Minerva (1888-1889), una publicación sui generis de carácter quincenal dedicada a la mujer de color. Existió durante un año y se estructuraba en tres grandes apartados: la poesía, la defensa de la educación y la instrucción, y las notas referidas a la moralidad.

Dentro de esta estela Valverde interaccionó con sus dos profesiones. Desarrolló su carrera musical con bastante regularidad, ocupando un espacio importante su función docente en la enseñanza del piano y fue miembro activa de algunas de las instituciones y círculos sociales más prominentes en la época en la que desplegó su labor. En estas últimas se anunciaban sus conciertos y su participación en otros eventos sociales.

En su otra faceta, publicó un número considerable de artículos que abordaron diferentes tópicos (política, sociedad, feminismo). Y en otro orden de sensibilidad, el tema de la discriminación racial ocupó un espacio importante en su retórica. Desde esa impronta desarrolló un activismo importante en los primeros compases del siglo XX. Fue así como en una publicación como El Nuevo Criollo (1906-1908), un semanario publicado y editado por Rafael Serra, destacado ideólogo del pensamiento antirracista cubano, publicó un conjunto de ensayos acerca de “La Mujer en la Poesía Cubana”.

En esta serie donde escribió con el seudónimo de “Cecilia”, dinamizó un debate transgresor en toda regla que abrió un diapasón considerable a los temas que desde el feminismo comenzaban a tomar cuerpo y forma. Consecuentemente, Coimbra de Valverde interpeló la estructura patriarcal de la superioridad intelectual de los hombres dentro de la sociedad cubana, haciendo hincapié en  las aptitudes y la relevancia de las mujeres dentro del mundo de las artes, salvaguardando el legado de las mujeres poetas del período decimonónico, una iniciativa que reconocía el protagonismo en el amplio espectro cultural y artístico en la tradición académica e intelectual de un amplio sector de mujeres en la historia de Cuba.

Es cierto que la mayoría de las valoraciones en las que enfatizó mantuvieron una perspectiva generalizada, en cuanto a la contribución de las mujeres a nuestro acerbo cultural y artístico. Sin embargo, en su comprensión de la sociedad cubana, era consciente de su papel como representante de un sector social marginado y vilipendiado, con lo cual, los acontecimientos que le otorgaron cierto protagonismo a las mujeres negras y mulatas fueron un punto de referencia que tenía que velar celosamente por el cuestionamiento social y cultural al que podía ser sometido este sector de mujeres, que tenía que lidiar constantemente con su condición racial y de género. De ahí la importancia de hacer hincapié en la infinidad de sus capacidades intelectuales, un derecho que les era negado sistemáticamente.

En ese orden, en la segunda etapa de la revista Minerva (1910-1915) –revista universal ilustrada en la que fungió como una de sus redactoras y más asiduas colaboradoras– elogiaba con bastante constancia los logros y distinciones de mujeres negras y mulatas prominentes, que cambiaron de un modo significativo las nociones estereotipadas que circulaban con bastante constancia en todos los espacios de la sociedad. Cada uno de los alegatos abordados por Coimbra de Valverde en ese sentido sentaron las bases fundamentales para la redefinición del movimiento feminista cubano, dándole una mayor dimensión a las valoraciones sobre el sujeto mujer. Tengamos presente que las reflexiones que propuso acapararon dos frentes de confrontación, atendiendo a las implicaciones de la condición racial y de género, propiciando un mayor entendimiento a las desigualdades sociales que padecía este sector de mujeres.

A partir de entonces, podemos apuntalar un paradigma en el estudio del feminismo cubano que se estableció como punto de referencia a la hora de destacar el papel de los diferentes sectores de mujeres dentro de esta batalla ideológica. Por eso la relevancia de su labor periodística a la hora de destacar el talento de las mujeres negras y mulatas en el conjunto de la actividad intelectual, académica y artística, resaltando de manera muy especial el valor de la educación como vehículo de superación, abriendo oportunidades que permitirían romper el estrecho cerco que se establecía en torno a la participación de las mujeres en el espacio público y privado. De ese modo, nuestra homenajeada perfiló un paradigma de mujer moderna que tenía que hacer valer sus responsabilidades cívicas, desafiando en cualquier caso la normativa patriarcal imperante que declaraba abiertamente algunos supuestos que convertían a las mujeres en seres intelectualmente inferiores.

Úrsula Coimbra Valverde ejemplificó, sin lugar a dudas, una mujer transgresora en toda regla. Representó, además, un modelo de mujer intelectual que abordó en profundidad algunos de los problemas más complejos de su tiempo, proyectando desde una perspectiva feminista nuevos matices a la visión de la mujer moderna. Reconoció también el desarrollo intelectual de las mujeres negras y mulatas, invocando con constancia su papel relevante en los anales de nuestra historia, desafiando desde su postura el modelo patriarcal hegemónico y la supremacía racial imperante; incentivando un nuevo discurso político a favor de un sector de mujeres que tenían que lidiar cotidianamente con las implicaciones sociales y culturales de su condición racial y de género.

Se conoce que, en 1946, varias mujeres afiliadas a la sociedad elitista “Casino Cubano”, en Santiago de Cuba, le rindieron homenaje para realzar y destacar sus contribuciones en el campo de las artes y las letras. Hoy, además de reivindicar esa faceta de su vida, también queremos rendir homenaje a la feminista, un ejemplo representativo de este movimiento ideológico en nuestro país. Aunque aparentemente ha quedado oculta en las sombras del debate historiográfico, su legado y su obra contribuyeron significativamente a redimensionar la visión de la mujer moderna cubana desde una perspectiva racial.

Publicado en Cuba Posible.

Moda y afrodescencia: Una iniciativa de emprendimiento en Cuba

Ya mucha gente en la isla no se cree el cuento del ajiaco, porque de sobra se sabe que ya servido el delicioso plato no todas las viandas han alcanzado el mismo grado de cocción. Es por eso que celebro las iniciativas donde se intenta destacar intencionalmente la cultura afrocubana, entendiendo por ello, en mi opinión, aquella que resalta nuestro vínculo con el continente madre.

En virtud de lo anterior les propongo visionar el siguiente reportaje, que un colega y amigo, Luis Rondón, publicase en Havana Times, y en el cual las protagonistas son mujeres emprendedoras negras interesadas por la moda, entre las cuales se encuentra la abogada Deyni Terry Abreu, quien es además la directora del proyecto Alianza Unidad Racial.

Foto de portada: Daniele Vsilva

 

“Ave Fénix”: apoyar el emprendimiento en Cuba

Maikel Izquierdo, joven cuentapropista
Maikel Izquierdo, joven cuentapropista

La situación actual de una parte importante de las personas negras y mestizas en Cuba, precisa concebir e implementar medidas económicas capaces de empoderar a las familias, como vía para la satisfacción de sus necesidades básicas. El apoyo a la creación de fuentes de empleo podría ser una medida efectiva para estimular tales procesos.

En el contexto de la consolidación del trabajo por cuenta propia en Cuba, y teniendo en cuenta la reciente aprobación de la nueva Ley de Inversión Extranjera, la creación de proyectos de financiación figura como una vía concreta de ayuda al emprendimiento.

Alberto N. Jones es un cubano que ha residido por muchos años en los Estados Unidos, desde donde ha brindado ayuda humanitaria permanente a su pueblo durante décadas, y ahora intenta impulsar el proyecto Ave Fénix como parte de la Fundación Caribeña-Americana de los Niños, la cual preside.

¿Cuál es el objetivo de este proyecto?

Nos interesa estimular el emprendimiento en las personas negras y mestizas en Cuba, para promover la creación de pequeñas empresas y la realización de trabajo por cuenta propia, dentro del marco legal existente en el país, teniendo en cuenta la nueva Ley de Inversión Extranjera. Intentaremos gestionar recursos motivando a personas y entidades afines, interesados en efectuar préstamos a bajos intereses para estas actividades económicas y/o en forma de donaciones.

¿En Cuba que organización podría actuar como contraparte de este proyecto?

Nos interesa que el capítulo cubano de Articulación Regional Afrodescendiente de América Latina y el Caribe (ARAAC) sea la contraparte en Cuba, pues esta organización agrupa a activistas e intelectuales que están en el centro del tema racial. Además, en su seno se encuentran líderes de proyectos comunitarios importantes, lo cual nos permitiría aprovechar sus experiencias y llegar a la base, a la gente de a pie.

Le hemos enviado este proyecto a ARAAC y estamos esperando su valoración. No obstante, estamos abiertos a otras organizaciones o grupos de personas de probada reputación con similares motivaciones, que estén dispuestos a trabajar en favor del prójimo.

¿Cuáles serían las funciones específicas de ARAAC o cualquier otra organización que desee ser parte del equipo de trabajo en Cuba?

El equipo en la isla se ocuparía de seleccionar y proponer aquellas actividades que sean de interés para la sociedad. Es ahí donde se pondrán los recursos que se gestionen fuera del país. A la estructura interna que se diseñe le correspondería recibir, distribuir, controlar, regular e informar públicamente de la aplicación de los recursos económicos, resultados y otros medios materiales recibidos desde el exterior de entidades perfectamente reconocidos, que respeten las normas establecidas y no sean hostiles al país.

¿Cómo se seleccionarán los proyectos o las personas que recibirán los préstamos o las donaciones?

Todas las personas naturales son susceptibles de recibir apoyo financiero para la consecución de su proyecto o negocio privado, siempre y cuando se realicen por grupos poblacionales de especial interés como son mujeres, negros, jóvenes, ancianos, madres solteras y otros sin amparo social.

Especial atención tendrán aquellos servicios deficitarios o que no se presten en Cuba, convirtiéndolos en fuentes de trabajo e ingreso familiar, que incluya a profesionales en activo o jubilados, a fin de incrementar su productividad, oportunidades para resaltar su contribución intelectual y mejorar sus condiciones de vida.

Todos los proyectos escogidos y aprobados deberán desarrollarse en un marco de absoluta legalidad y respetando los principios anti-discriminatorios, de anti-militarismo, de equidad racial y de género, y de protección al medio ambiente.

¿Qué actividades concretas son de interés de Ave Fénix?

En primer lugar estarán aquellas actividades vinculadas con el resguardo de valores y tradiciones de la población cubana afrodescendiente. Especial interés tendrá el ámbito educativo en el rescate del nivel académico mediante repasos y reforzamiento de conocimientos para el acceso al preuniversitario o a la universidad.

Priorizaremos las actividades que empoderen a las personas discapacitadas, ancianos o con movilidad disminuida, mediante la prestación de servicios de cuidados personales, mensajería etc.

Por otro lado, nos interesa apoyar proyectos agrícolas de permacultura y agricultura urbana, y otros en los ámbitos de la construcción, las mini-industrias, el comercio y el transporte.

La finalidad es que estos proyectos sean éticos, sustentables, sostenibles y formadores de valores.

Especial para OnCuba Magazine