Argelia Fellove es una dura

Por Abraham Jiménez Enoa

Alberto está a medio vestir. Tiene aún los labios pintados con un creyón carmesí, el cinto desabrochado, la camisa por fuera, el rostro sin maquillar. Olvidó en casa el espejo de mano y eso lo ha retrasado. No le queda de otra que ir del baño de los hombres al de las mujeres para terminar de alistarse. Porque en el baño de los hombres hay un solo espejo y ya está América maquillándose. Y porque en el Club Tikoa no hay camerinos, los artistas se acicalan en los lavabos.

Mientras espera que el baño de mujeres esté desocupado, Alberto va adelantando, a ciegas, lo que puede. Parado en el pasillo, que separa los dos lavabos, saca una carterita pequeña donde guarda su kit de maquillaje. Primero se echa base en el rostro, después se pone un reloj con manilla de cuero en la muñeca derecha y luego se cuelga una cadena de oro falso.

Al baño de mujeres han entrado dos señoras. Hasta que no salgan, Alberto no acabará de vestirse. Debajo de la camisa tiene puesto una faja. «Ayer la lavé tarde y hoy me la he tenido que poner húmeda», dice con molestia. Gotas de sudor le empiezan a correr por la piel. No hay ventanas. Sacude una toalla pequeña para echarse aire y refrescar.

Cuando las señoras salen, Alberto entra de inmediato, cierra la puerta. El baño está en penumbras. El fuerte olor a orine repugna. El espejo, colgado en una de las paredes, es ancho, con un marco de madera recién pintado. Alberto observa su cuerpo del abdomen hacia arriba. En silencio, mientras se maquilla, mientras delinea y pinta sus cejas, mientras riega en su cara las tortas de base que antes se había untado sin mirar, mientras se estira el pelo y se hace un moño corto, Alberto entierra una vida anterior para emprender un nuevo viaje.

Cada trazo de maquillaje cura un poco y cicatriza las heridas del pasado, son un grito de desahogo. Con el polvo, la mascarilla, las cremas, no solo se transfigura, sino que encuentra la puerta de salida hacia la libertad. Finalmente sale de la oscuridad y camina bajo el sol.

Alberto tiene rapada la cabeza de la mitad hacia abajo. Esos pelos no han ido a parar al cesto de basura, los guarda en un recipiente plástico, y luego, poco a poco, los va colocando en la barbilla con una especie de pegamento. Más tarde toma una cuchilla y define los contornos de su barba postiza. «Un día tuve que hacerme los cortes con el carnet de identidad porque la cuchilla se me cayó en la taza del baño», cuenta.

El público entra mientras Alberto y América terminan de prepararse para salir al escenario. Se supone que a las tres de la tarde comience la peña «Sabadazo» en el Tikoa, uno de los clubes subterráneos de la céntrica calle 23 del barrio del Vedado en La Habana.

El Tikoa es un antro. Oscuro, casi tremebundo, un refugio de la ciudad. Detrás de la barra está de pie la única muchacha joven de la tarde. Viste de negro, es negra. La joven tiene los pómulos muertos, parece una mujer marchita, como mismo la nevera del lugar es un cadáver en descomposición: no congela del todo, guarda apenas un par de refrescos enlatados de sabor naranja y solo se puede cerrar con un candado oxidado. De más está decir que no hay cerveza ni hielo, ron es lo que hay.

La entrada cuesta diez pesos cubanos –cincuenta centavos dólar– y la velada dura hasta las siete de la noche. A las tres de la tarde el sol de agosto en La Habana es inclemente, la temperatura puede sobrepasar los 35 grados Celsius, pero dentro del Tikoa hace frío. Un enorme aire acondicionado, que gotea y ronronea, hace que la mayoría de las personas tirite sentados en sus mesas y sillas. Luces fluorescentes, figuritas indescifrables. Todos, sin excepción, pasan los cincuenta años.

El director artístico de la peña entra al baño para ver qué falta. Alberto ya está listo y toma un trago de vino tinto. Luce como un señor de la década del cuarenta: camisa y sombrero blanco, saco beige de rayas finas, cinto y zapatos puntiagudos de color carmelita. América, un señor de más de sesenta años, aún está en blúmer y medias pantis. Estirándose las cejas, frente al espejo del baño de los hombres, hace un chiste: «El mundo está al revés, las mujeres andan de hombre y los hombres de mujeres. ¿Verdad Argelia?», le pregunta a Alberto.

***

Argelia en su casa / Foto: Abraham Jiménez Enoa

A sus 52 años, Argelia Fellove Hernández no sabe de dónde ni cómo sacó fuerzas para no quebrarse en el camino. Piensa que pudo haberse quitado la vida. Si no lo hizo fue porque, sin darse cuenta, los acontecimientos en contra la volvieron una coraza a prueba de balas, y ahora no hace más que a avanzar.

Para 2005, no la estaba pasando bien, vivía en un estado de represión interna, deprimida, sin ganas de nada, ni siquiera quería hablar. Sin esperarlo, de pronto, la vida le dio un vuelco. Hacía unos pocos años que se había declarado lesbiana, pero aún no encontraba la manera de asumirse como tal en una sociedad ampliamente homofóbica.

La Cuba de 2005 era todavía el país de Fidel Castro, una isla sin internet, sin que sus ciudadanos pudieran viajar al extranjero o se pudieran comprar una casa o un carro o pudieran pasar unas vacaciones en hoteles. La propiedad privada apenas existía, y era aún más demonizada que hoy.

Con el traspaso de poderes ocurrido entre 2006 y 2008, y ya con Raúl Castro como presidente, la sexóloga Mariela Castro, una de sus hijas, logró impulsar la agenda del Centro Nacional de Educación Sexual(CENESEX), una institución que aún dirige en la actualidad y que desde su fundación, en 1989, aboga por defender los derechos de las minorías sexuales.

En ese entonces, una amiga le recomendó a Argelia Fellove acudir al CENESEX. Le comentó que había un grupo de mujeres lesbianas y bisexuales, casi todas intelectuales, que se reunían para intercambiar experiencias personales y ayudarse unas a otras. El espacio no solo comprendía el trabajo en grupo, sino que también, allí, recibían talleres, cursos y conferencias magistrales que las ayudaban a afrontar, con dignidad y mayores herramientas, el juicio de la sociedad en la que vivían. El grupo se nombra Oremi, que significa «amiga de confianza» en una lengua religiosa nigeriana.

«Luego de mi primer día, de escuchar a aquellas mujeres hablar de sus vidas y de ver que estaban pasando por lo mismo que yo, me fortalecí y comencé a desprejuiciarme», cuenta catorce años después. Cuando salió de ese encuentro, caminó por primera vez al lado de una mujer masculinizada en apariencia sin sentirse apenada por ello.

Argelia se hizo fija en Oremi, los talleres y charlas que recibió le fortalecieron el alma. Comenzó a crecer dentro de ella una necesidad de vomitar en seco y expulsar el pasado que tenía atorado en la garganta. «Me ayudaron a empoderarme y a romper mi silencio», asevera. Se volvió una líder, hizo de su propia vida un espejo público, donde cualquier mujer pudiera venir a mirarse, a tomar fuerza con su imagen.

Argelia / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Negra, de un metro y ochenta centímetros de estatura, sin haber cursado estudios universitarios, Argelia Fellove se volvió la coordinadora en La Habana de la Red de mujeres lesbianas y bisexuales.

«El objetivo de la red es visibilizarnos, promover la salud sexual integral y la prevención de las enfermedades de transmisión sexual y el VIH Sida, darles a las muchachas las herramientas y recursos para conocer nuestros derechos sexuales dentro de la Carta de los Derechos Humanos. Reconocernos como mujeres íntegras en la sociedad e insertarnos en ella. Nosotras luchamos contra la violencia hacia las mujeres y niñas», declara como un mantra.

La red tiene una sede en cada provincia de Cuba, y Argelia es la coordinadora en La Habana desde hace catorce años. Una vez al mes se reúnen para charlar y auparse. Al encuentro, Argelia lo llamó «la caldosa diversa», una especie de ajiaco donde lo mezclan todo y le sacan provecho, dice. Cada quien un poco de sazón.

Oremi fue un alumbramiento para Argelia Fellove. Una revelación que, quizás, sea la más importante en sus 52 años. Todo lo que es Argelia hoy se lo debe al hallazgo de Oremi. Pero se trata, a la vez, de un proyecto institucional que se rige por políticas estatales, de ahí que en 2016 Argelia sintiera la necesidad de tener algo propio, algo con su desenfado, sus intenciones, sus maneras de proyectarse.

Desde 2007, sin percatarse, dio los primeros pasos hacia ese terreno suyo, cuando comenzó a amenizar los encuentros de Oremi con presentaciones mínimas. Le añadió a las charlas, las tertulias, las conferencias y las mesas redondas, una dosis de relajación para liberar las tensiones que se generaban al interior de los encuentros. Argelia comenzó a declamar y a leer poemas disfrazada de hombre.

«Antes yo era más cómica, ya no me sale esa veta, debe ser que tengo muchas cosas en la cabeza ahora», recuerda. Por aquellos años, Argelia Fellove imitaba a Luis Carbonell, a Alden Knight, todo era un hobbypara ella. «Me aprendía más rápido una canción que un poema, entonces empecé a montarlas».

Argelia cantando en Rompiendo la rutina
Argelia cantando en Rompiendo la rutina / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Memorizó las letras de cinco baladas románticas pop del momento: Es por amor de Alexander Pires, Amiga mía de Alejandro Sanz, Me dediqué a perderte de Alejandro Fernández, y A puro dolor de DLG en versión balada y en versión salsa. Le pidió prestada una muda de ropa a uno de sus cuñados. El hombre pertenecía a la Sociedad Secreta Abakuá, una secta religiosa exclusivamente de hombres que se fraguó en Cuba en el siglo XIX. Primero, como es de suponer, se negó, pero luego Argelia lo convenció con plegarias. Con ese juego de camisa y pantalón se presentó las primeras veces en Oremi y en las peñas culturales del CENESEX.

Argelia llevaba las canciones en un CD y las doblaba mientras se desplegaba en el escenario. Era tan contagiosa y potente la imagen que Argelia ofrecía, que la gente, en cada presentación, se olvidaba que detrás de aquel personaje había una mujer. Sin su consentimiento, le empezaron a llamar Alberto. Se le quedó acuñado.

«En esa época había tanta discriminación y había tan pocos transformistas en el país, que por falta de espacios donde presentarme y por exclusión, decidí abandonar aquella idea de empezar una carrera artística en serio en el transformismo», rememora Argelia.

Casi diez años después volvió al ruedo. El contexto cívico cubano había cambiado un tanto y las personas de la comunidad LGBTI, autorización gubernamental mediante, comenzaron a tener espacios de legitimación. La coyuntura favorable posibilitó que, a través del proyecto Oremi, el CENESEX diera luz verde a una idea de Argelia Fellove: una peña educativa cultural desde el transformismo masculino.

Una vez al mes, en el cine Acapulco de La Habana, Argelia abrió un espacio que aún hoy sigue vivo. Con la peña en sus hombros, el retorno de Alberto no se hizo esperar. «El cuerpo me lo pedía, regresé hasta con un repertorio nuevo de canciones», dice. En poco tiempo, la peña sirvió para incentivar el transformismo masculino en la capital de la isla. En un abrir y cerrar de ojos, a Alberto lo acompañaron también siete transformistas. Así surgió el movimiento de transformismo masculino en Cuba.

La nueva versión de Alberto estaba pensada para hacer bailar. Sin desechar las baladas románticas de antaño, su nuevo repertorio intentaba generar empatía e interacción, que todos se pararan de sus sillas. La rumba y la salsa cubana se convirtieron su carta de presentación. El público no tardó en apodarlo «El Salsero».

Argelia Fellove modificó esta vez el apodo: «El Salcero». Sin cambiarlo del todo, le añadió un mensaje: cero discriminación, cero violencia, cero todas las segregaciones.

***

Para el pasado 11 de mayo de 2019 se había programado la acostumbrada Conga contra la homofobia, el evento cumbre dentro de la jornada nacional que realiza el CENESEX para celebrar el día internacional del orgullo gay. Pero, a diferencia de los doce años anteriores, esta vez la conga fue suspendida por el gobierno. Los miembros de la comunidad LGBTI, que decidieron salir a la calle a reclamar sus derechos, terminaron sometidos a una brutal represión policial.

Marcha comunidad LGTBIQ en La Habana, Cuba / Foto: Alba Graciela

El CENESEX, en un comunicado de prensa cargado de ambigüedad, dijo que la cancelación se debía a «la actual coyuntura que está viviendo el país» y «determinadas circunstancias que no ayudan a su desarrollo exitoso». De esta manera, la comunidad LGBTI se quedaba sin su día de fiesta. Pero esta vez decidieron no acatar la orden central y celebrar a cualquier precio.

Rostros ensangrentados, policías vestidos de civiles estrangulando a manifestantes, personas cargadas en peso entre tres o cuatros represores, gente encarcelada. Esas fueron algunas de las postales que dejó la pacífica marcha de reclamo.

«Es un evento que sucede una sola vez al año, por eso todas las coordinadoras provinciales de la red nos habíamos puesto de acuerdo para aglutinar a los miembros y participar. Era una marcha pacífica. Si pasó lo que pasó es porque estaba premeditado», opina Fellove, a quien, un día antes de la manifestación, una miembro de Oremi le notificó que habían llamado del CENESEX para advertirles que no acudieran.

***

«Ahora no hay UMAP, pero la sociedad cubana es homofóbica, patriarcal, machista, heterosexista, misógina y racista». Argelia se refiere a las llamadas Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP), especies de campo de trabajo forzado que entre 1965 y 1968 Fidel Castro instauró en la provincia de Camagüey para supuestamente reeducar a homosexuales, prostitutas, religiosos, proxenetas, delincuentes y desafectos del régimen.

No hay consenso alrededor de las cifras de cubanos que padecieron esa experiencia, aunque la mayoría de los datos refieren a 25 000 personas en tres años. Raúl Castro, en ese entonces ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), declaró en un discurso de abril de 1966: «Se incluyeron a algunos jóvenes que no habían tenido la mejor conducta ante la vida, jóvenes que por la mala formación e influencia del medio habían tomado una senda equivocada ante la sociedad y han sido incorporados con el fin de ayudarlos para que puedan encontrar un camino acertado que les permita incorporarse a la sociedad plenamente».

***

Argelia y su proyecto Afrodiverso / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Argelia quiso desarrollar también un proyecto independiente a Oremi y al CENESEX, flexible e itinerante, más inclusivo. Así nació Afrodiverso, «dirigido a mujeres lesbianas, negras y afrodescendientes. Un proyecto para empoderarlas desde su propia historia y su origen. Reidentificando sus esencias como mujer desde el arte inclusivo del transformismo masculino», afirma.

El último censo de población y viviendas se realizó en Cuba en 2012. La composición racial de los 11.2 millones de habitantes fue identificada de la siguiente manera: 64,1% blancos, 26,6% mestizos, 9,3% negros. Incluso los expertos de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONEI) apuntan que estos resultados son poco fiables, pues provienen de valoraciones de los propios ciudadanos, quienes, en su mayoría, no se reconocen como afrodescendientes.

En cambio, en 2018, el Centro Nacional de Genética Médica desarrolló un estudio que determinó que todos los cubanos son mestizos, independientemente del color de la piel. El estudio declaró los orígenes de la población cubana y los identificó de esta forma: 2% chinos, 8% aborígenes de las poblaciones mesoamericanas y sudamericanas, 20% africanos (principalmente de Benín, Nigeria, Camerún, Gabón y Angola) y 70% europeos (predominantemente España y algunas zonas de Italia).

El politólogo Esteban Morales dice: «La masa poblacional cubana es tratada de manera homogénea. Lo cual es un error de magnitud incalculable. Dado que blancos, mestizos y negros, no han tenido, históricamente, un punto de partida común: los blancos llegaron como colonizadores, los negros como esclavos y los mestizos son el resultado de la paulatina mezcla, principalmente, de ambos grupos».

Argelia Fellove pensó Afrodiverso no solamente como una punta de lanza para combatir la discriminación racial de las mujeres lesbianas y bisexuales en Cuba. El proyecto va más allá, es un saco donde ella va echando todo lo que, desde al arte del transformismo masculino, le parezca que puede mejorar la vida de las personas en comunidades más vulnerables.

Por eso se fue hasta Barrio Azul en Santa Amalia, un suburbio intrincado en la periferia de La Habana, y fundó un grupo de baile para niñas que nombró Las oremisas del futuro. Y por eso, también, el día de la infancia viajó hasta el municipio Melena del Sur de la provincia de Mayabeque y realizó un concurso infantil de cuentos que terminó en una gran fiesta con regalos para todos los participantes.

Argelia saluda a niños en la calle / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Argelia no cobra un solo peso por todo lo que hace. «Mi ganancia es sencillamente espiritual», dice. Con sus propios medios mantiene Afrodiverso en pie, gracias sobre todo al apoyo de amigos que donan materiales con bastante frecuencia. Las donaciones van desde lápices de colores, crayolas, juguetes, pedazos de tela, galleticas, hasta ropa y zapatos usados que Argelia vende y, con el dinero recaudado, adquiere lo que necesita.

Sandra Álvarez es la autora de Negra cubana tenía que ser, el primer blog cubano sobre racismo, racialidad y feminismo negro. Sobre la labor de Argelia Fellove opina: «Es una luchadora, Argelia significa resistencia, aprendizaje, paz, flexibilidad y también convicciones».

***

Durante las primeras décadas del siglo XX, la abuela materna de Argelia Fellove, Matilde Hernández, fue por años una de las criadas de José Arrechea, patrón de una de las familias más acaudaladas de la ciudad de Trinidad, Sancti Spíritus. Arrechea mantenía en secreto una relación con aquella criolla hermosa, la tenía como su complaciente.

Matilde quedó embarazada una de esas tardes en que Arrechea se escapaba de su familia y se metía a algún cañaveral o a algún cuartucho dentro de su propia finca y la obligaba a tener sexo con él. Ahí nació Trinidad Margarita Hernández, madre de Argelia.

Trinidad creció en los cuartos de criados, la cocina y los patios de la finca de los Arrechea. Su padre, José, nunca la reconoció y lo único que hizo por su hija, de vez en cuando, fue dejarla entrar a la sala de la casa para que jugase con sus desconocidas hermanas blancas. Trinidad aún está viva, padece de alzhéimer a sus 86 años y tiene una paraplejia en la parte izquierda de su cuerpo. Matilde falleció en 1974.

El apellido Fellove le viene a Argelia de su padre, un habanero descendiente de una familia del Congo que había emigrado a Francia y desde allí a Cuba. El padre de Argelia conoció a Trinidad Margarita y vinieron juntos a La Habana. Tuvieron ocho hijos, tres hembras y cinco varones. Argelia nació en 1967, pero no la inscribieron en el registro civil hasta 1970, año en que su padre murió de un infarto.

El padre de Argelia era un obrero soldador y solo pudo dejar como herencia una pensión de 180 pesos cubanos. Trinidad Margarita, que no podía trabajar por su discapacidad, tuvo que criar a sus ocho hijos con ese dinero. La familia vivía en el reparto La construcción en el municipio de Boyeros. Lo que le llaman un barrio “caliente”: broncas, robos, ron y mesa de dominó en las esquinas, música y ruido hasta altas horas de la noche. En esa cotidianeidad crecieron los niños.

«Mi mamá en casa nos daba mucho golpe, mucho golpe, mucho golpe», dice Argelia hasta la saciedad. Reconstruir su pasado es un viaje tenebroso a lo peor de su vida. El rostro se le contrae, la voz sale como un látigo.

La crianza de ocho hijos con tan poco dinero, con tanta carestía y viviendo casi en la miseria, una casucha hecha añicos, sobrepasó a Trinidad Margarita, que perdió los estribos y no encontró otro método de crianza que no fuera la brutalidad desmedida como escarmiento.

Si los niños la molestaban con algún ruido, por hambre o con alguna pregunta cualquiera, Trinidad buscaba un cable de electricidad, les decía que se pusieran todos, los ocho, con las manos y las rodillas en el suelo, en cuatro, con las nalgas para ella, y los azotaba hasta verlos llorar. A las tres hembras, a veces, les pellizcaba los senos.

Crecer entre golpes generó que los muchachos se volvieran unas pequeñas bestias agresivas. Toda la infancia transcurrió en casa de los Fellove como si estuvieran en una batalla campal. A diario, unos a otros se lanzaban cazuelas de cocina, piedras, se perseguían con palos o bates. Todo ocurría delante de los ojos de la madre, a quien aquello le parecía un comportamiento normal y observaba tranquila semejantes escenas. Trinidad Margarita, mientras uno de sus hijos le rompía la cabeza a otro de un mazazo, bien podía quedarse sentada en un butacón arreglándose las uñas o salir a la calle a caminar sin más.

Argelia en su cuarto / Foto: Abraham Jiménez Enoa

«Uno de mis hermanos tenía una esquizofrenia adictiva al golpe. Cuando estaba aburrido, bajaba y le escupía la cara a un policía para fajarse. Después que la policía lo molía a golpes, regresaba al otro día tranquilito a casa», recuerda Argelia.

Todos los días Argelia Fellove iba a la escuela primaria con el uniforme escolar sucio y estrujado. Alternaba con uno de sus hermanos unas botas de hombre, un día él, un día ella. Cuando no le tocaba el turno de las botas, llegaba a clases con unas chancletas rotas amarradas con una cuerda de saltar. Como en casa no podía estudiar, sus notas académicas eran malas.

Según ella, ser negra, pobre y con bajo rendimiento escolar la condenó. «Los niños de la escuela y del barrio me hacían mucho bullying, no paraban de darme golpes», dice y repasa un pasaje que le viene a la cabeza: «Una vez cuatro o cinco niños me llevaron para la parte de atrás de la escuela y me manosearon a la fuerza, por detrás y por delante, con ropa».

Los profesores de las escuelas del reparto La construcción también estaban marcados por la violencia. Probablemente habían nacido en esa zona y padecieron las mismas complicaciones intrafamiliares de Argelia, o similares. De lo contrario, uno no se explica cómo, para imponer la disciplina en clases, le pegaban con reglas metálicas a los estudiantes o los mandaban a una esquina del aula y los ponían de rodillas por portarse mal. Antes de poner las rodillas en el piso, les colocaban debajo chícharos o tapitas de botellas de los refrescos de la merienda.

Los ocho niños estaban anémicos. La pensión del padre fallecido no alcanzaba para ponerle todos los días a cada uno un plato en la mesa. Una bondadosa vecina intentaba ayudar a la familia, en algunas ocasiones, ofreciéndoles un poco de comida. Argelia iba con una cantina metálica, pero muchas veces regresaba con la cantina vacía. «El hijo de ella me esperaba en la escalera de su casa para masturbarse y yo no subía», confiesa.

Pero lo más traumático de la infancia de Argelia Fellove no fue eso. En las noches, los hermanos dormían en un colchón relleno con paja del que salían pulgas y otros insectos. Para que cupiesen la mayor cantidad de niños, la madre les ordenaba acostarse de forma transversal. De todas maneras, el espacio era demasiado pequeño para que cupiesen los ocho. Siempre alguno quedaba fuera. Ese era el más perjudicado.

«Mi hermano mayor lo sacaba y se lo llevaba al baño para hacer sus fechorías», cuenta Argelia. Dámaso Fellove, el mayor de todos, ya con 14 años medía cerca de dos metros de estatura. En las madrugadas, despertaba no solo al hermano que quedaba esa noche fuera del colchón, sino a otro más, hembra o varón, no importaba el género. Iba con ambos al baño y llevaba también una silla y una soga. Allí preparaba su diabólica violación.

Al hermano que escogía primero, lo subía en la silla y luego le ponía la soga al cuello como para ahorcarlo. Al otro, le daba una punta de la soga y le indicaba que, cuando penetrara al hermano escogido, si este gritaba, inmediatamente tirara de la soga para estrangularlo hasta que dejase de chirriar. Así no se despertaban los demás. Después los cambiaba uno por otro y repetía las mismas macabras indicaciones.

«Nos obligaba a tener sexo oral, nos teníamos que tragar su semen y su orine», asevera Argelia Fellove con los ojos aguados y la voz entrecortada. Regresar a esas imágenes la laceran, la hacen temblar.

Argelia y su madre / Foto: Cortesía de la entrevistada

Mientras, Trinidad Margarita dormía a pierna suelta en el cuarto contiguo. No era que no supiera del abuso y la violación que su hijo mayor cometía en las noches, era que se hacía la desentendida por miedo. Dámaso la tenía amenazada, era capaz de demolerla a golpes si tomaba partido en el asunto. Las noches de infancia de los Fellove eran el infierno.

«Estuve ingresada gravísima en el hospital con gastroenteritis, por poco me muero», dice de tajo Argelia, después de tomar aire. Su cuerpo de niña pequeña –tenía entre cuatro y siete años cuando esto ocurrió– no pudo soportar tanto abuso y estuvo a punto de quebrarse.

La situación de abuso y violación era tan extrema que un día Argelia y los hermanos más pequeños jugaban a los escondites cuando, por puro azar, la niña entró corriendo al cuarto de su abuela para esconderse allí y la imagen que encontró la marcó para siempre: la abuela Matilde estaba boca abajo, desnuda, casi desmayada, sobre unas sábanas embarradas de heces, y encima Dámaso abusaba de ella.

Gertrudis, la mayor de las hermanas hembras, era la única que se le enfrentaba a Dámaso y denunciaba ante su madre los atropellos de su hermano. «Mi madre le daba golpes cuando le reclamaba algo. Estábamos indefensos», sentencia Argelia. A Gertrudis le llegó el preuniversitario, que era un internado, y se fue de la casa. «Nos jodimos. Mi otra hermana, Griselda, tuvo que hacerse novia de Dámaso para quitárnoslo de encima por un tiempo».

Con el noviazgo de los hermanos, los abusos de Dámaso menguaron, aunque, a cada rato, hacía de las suyas. «Un día pasé por delante de él en la sala de la casa y quiso forzarme, salí corriendo, pero fue tras de mí y me tiró un poco de alcohol y fósforo en las piernas, logré escapar», cuenta Argelia, que volvió a ingresar en el hospital por las quemaduras que le provocó aquel incidente.

***

Carolina de la Torre, profesora titular de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, es autora del libro Benjamín: cuando morir es más sensato que esperar, testimonio de un joven que se suicidó después de haber sido encerrado en la UMAP.

Sobre los traumas que puede haber generado Dámaso Fellove en su familia, de la Torre opina: «Es un daño enorme, sobre todo por los sentimientos encontrados, por la represión que mete el inconsciente, algo que, como el vapor de una olla de presión tupida, un día puede explotar. El tipo de persona que hace eso es un psicótico. Un retrasado mental por primitivo. O un psicópata disimulado, pero sí culpable, porque sabe la diferencia entre el bien y el mal».

Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), «la mayoría de los niños y las familias no denuncian los casos de abuso y explotación a causa del estigma, el miedo y la falta de confianza en las autoridades. La tolerancia social y la falta de conciencia también contribuyen a que no se denuncien muchos de los casos. Las pruebas indican que la violencia sexual puede tener consecuencias físicas, psicológicas y sociales graves a corto y largo plazo».

Desde 2013, en el país los casos de abuso sexual contra menores de edad quedan registrados en el Informe de Cuba sobre la prevención y enfrentamiento a la trata de personas y la protección a las víctimas, documento que se publica cada año.

Los últimos números son de 2017 y recogen 2019 víctimas. De ellas, 985 sufrieron abusos lascivos; 455, corrupción de menores; 293, violación; 206, ultraje sexual; 52 pederastia; 18 estupro y nueve incesto.

El Código Penal de Cuba, vigente desde 1987, condena estos delitos con agravantes como el grado de parentesco o responsabilidad del victimario con el menor. Las penas van desde multas hasta 30 años de privación de libertad o incluso la pena de muerte, aunque en el país no se ejecuta a nadie desde 2003.

***

Al entrar a la secundaria básica, Argelia Fellove escapó de casa. Vio la posibilidad de internarse en una escuela y lo hizo. Eso le garantizaba independencia, alejarse del caos familiar y, muy importante, un plato de comida diario.

Su intención, una vez pasado el preuniversitario, era estudiar Cultura Física, ya que no había podido convertirse en atleta. La habían captado para una escuela de deportes por sus condiciones físicas y su madre nunca aprobó el permiso de matrícula, no se presentó a firmar.

Cuando se graduó de bachiller, sus notas no le alcanzaron para entrar a la universidad. Tuvo que conformarse con un curso de técnico-medio de Estadísticas de Salud. Aprendió a llevar los índices y los indicadores que inciden en las tasas de mortalidad infantil, nacidos-vivos y enfermedades. Trabajó en varios policlínicos del barrio Lawton.

En 1988, un hombre de apellido Santos la detuvo en la calle. Le dijo que estaba captando muchachas jóvenes para que pasaran un curso de arbitraje de atletismo, que, si ella estaba interesada, podía inscribirse. Suerte divina la de encontrarse a aquel señor. Pudo cumplir su sueño y vincularse al deporte.

Argelia Fellove se convirtió en árbitro. Comenzó a participar en eventos nacionales. Sus resultados fueron tan buenos que quedó entre los jueces seleccionados para fungir en los Juegos Panamericanos de 1991 y en la Copa del Mundo de Atletismo de 1992, ambos eventos celebrados en La Habana. Hoy guarda en casa con celo un recorte añejo y amarillo de la revista Bohemia donde se le ve como jueza de meta en una de las carreras por la medalla de oro de los Panamericanos.

Argelia en la revista Bohemia / Foto: Cortesía de la entrevistada

Por su buen desempeño, para estimularla, los directivos políticos del deporte en La Habana le hicieron un regalo: podía matricular en la carrera de Cultura Física. Argelia no lo pensó dos veces. Pero a la altura del cuarto año tuvo que abandonar los estudios. Los problemas familiares continuaban.

Varios de sus hermanos estaban presos, unos por robos con violencia y otros por disturbios públicos. En la casa, la convivencia empeoró aún más. Con el tiempo llegaron a vivir también las novias y novios de sus hermanos y hermanas, y nacieron sobrinos. Tres habitaciones no bastaban para ocho parejas con sus respectivas familias. Las peleas y agresiones físicas sobrepasaron todos los límites en casa de los Fellove.

«No podía concentrarme, tenía problemas de memoria, no me presenté a las pruebas de cuarto año y perdí la carrera», dice Argelia.

La única persona de la familia que iba cada mes a llevarles algo de comida a los hermanos presos era Argelia. Lo hacía porque Trinidad Margarita se lo imploraba. Gertrudis estaba en contra de la actitud de su hermana. Le recriminaba que fuera tan buena con su madre. El 10 de febrero del cumpleaños 33 de Argelia Fellove, Gertrudis, entre cervezas, le contó el porqué de su recriminación.

«Eras muy pequeña para acordarte, pero cuando Dámaso cayó preso la primera vez, mamá nos llevaba a la prisión para que abusara allí de nosotros», dijo la hermana. Argelia asegura que su hermana le contó cómo Trinidad Margarita vigilaba a los instructores de la prisión, en las visitas, para que su hijo violentara a sus hermanos.

Después de la confesión, Gertrudis le pidió un abrazo a su hermana. «Fue la primera vez que la abracé. Nosotros no tenemos educación afectiva, lo de nosotros es caernos a piñazos».

Argelia Fellove dejó de hablarle a su madre durante cinco meses. Luego, una noticia intempestiva hizo que volviera a buscarla: Dámaso había fallecido.

El hermano mayor fue uno de los 125 000 cubanos que se largaron de la isla en 1980. Ante una inminente crisis migratoria, luego de que un autobús cargado de personas rompiera previamente el cerco de la embajada del Perú en La Habana, Fidel Castro decretó ese año la apertura del puerto del Mariel para los ciudadanos que quisieran emigrar por mar hacia Estados Unidos, permitiendo la entrada de las embarcaciones norteamericanas que venían a recoger a sus familiares. Pero Castro añadió a las embarcaciones un peso extra obligatorio: homosexuales, pacientes psiquiátricos y parte de la población carcelaria de la isla.

Dámaso Fellove viajó por esa vía junto a un novio de la prisión. Estuvo libre solo cinco años. En 1985 fue condenado a 48 años de cárcel por delitos de drogas. Allí, pese a su pasado, se hizo pastor de una iglesia cristiana y rompió con su pareja que estaba en libertad para casarse con la pastora que predicaba en su prisión.

«Ese súper abusador, ese hombre podrido, nos mandó las fotos de su boda con la biblia en la mano», rememora una Argelia enfadada.

Unas semanas antes de su muerte, Dámaso Fellove llamó por teléfono a casa. Un cáncer de pulmón lo estaba consumiendo y quería dejarle una herencia a su madre, más allá de todo lo que ya había dejado: había ahorrado 5000 dólares que pensaba mandar a Cuba. El dinero lo enviaría con su antigua pareja gay, pues se había divorciado de la pastora.

Dámaso falleció a los 63 años. Antes de morir, decidió que lo enterraran en Cuba. Incinerar su cuerpo costaba 5000 dólares. «Tocaron a la puerta, era su pareja, me entregó 100 dólares y sus cenizas», cuenta Argelia.

La ex pareja de Dámaso entregó el encargo y se largó. Antes de despedirse dijo: «Denle una cristiana sepultura».

***

Argelia Fellove le agarró odio a los hombres. El drama familiar la traumatizó y, sin percatarse, comenzó a exteriorizar toda aquella catástrofe vivida.

Si iba en bicicleta y un hombre al volante de un auto le pitaba, Argelia le gritaba hijo de puta. Si sentía el llanto de un niño a lo lejos, no podía quedarse tranquila, tenía que saber de dónde venía. Se asomaba en las ventanas de las casas ajenas, en los portales. Si un hombre caminaba solo con un niño de manos, ella lo seguía, escondida, la distancia que fuese, hasta cerciorarse de que la criatura no corría peligro. No comprendía cómo una madre podía dejar a un hijo solo en casa con un padrastro, ni a los padres que sentaban a los niños en sus piernas, ni a los que los besaban en la boca o les daban nalgaditas. Todo eso le provocaba un salto en el pecho, la estrujaba.

«Me quedó un trauma que ya se me ha ido quitando, aunque me incomoda saber que hay un montón de depredadores sueltos y que las condenas son muy pasivas», dice Argelia, para después reflexionar: «Te portas bien y te sueltan, te portas bien porque quieres salir a hacer lo mismo, en Cuba no hay un seguimiento psiquiátrico ni psicológico para esa gente, el padre que violó, regresa a la misma casa después de su sanción».

***

Hace unos años atrás, por fin, Argelia Fellove logró independizarse de su familia. Se fue a vivir a Párraga, un barrio del municipio Arroyo Naranjo, a nueve kilómetros al sur de La Habana. La zona es un asentamiento rural que se caracteriza por la práctica de las religiones afrocubanas: Santería, Palo Monte, Sociedad Secreta Abakuá.

Allí, levantó un cuartucho en ruinas. Ella misma fundió la meseta de la cocina, le puso azulejos al baño y cableó la electricidad de la que hoy es su casa. Colocó banderas del orgullo gay por todas partes, pegó en la puerta montones de CD usados, encima del refrigerador puso una botella embarrada en cera como si fuera nieve, colgó en la pared una linterna y en el marco de la ventana, que da a la calle, ubicó una plancha que pintó de rojo.

«Cuando llegué, vi mucha violencia, sonaban tiros en las noches, la gente vivía tomando ron en los contenes», afirma. Argelia cambió de hogar, pero no de contexto. No hay diferencias entre La construccióny Párraga, para nada la nueva comunidad le resultó extraña. El jolgorio a toda hora, las peleas callejeras y los rostros descompuestos se repetían. Solo notó un detalle distinto: había demasiados niños con las caras largas, deambulando por las calles desbordadas de basura, sin nada que hacer. Niños a la deriva el día entero, en el abismo de la marginalidad.

No fue una apreciación errada la de Argelia Fellove. Según el Atlas de la Infancia y la Adolescencia en Cuba, a cargo de UNICEF, en Arroyo Naranjo hay 12 651 niños y adolescentes. Es el cuarto municipio del país con un índice (30.53%) más bajo de niños y adolescentes que viven con sus padres y el tercer municipio con índice más alto (19.98%) de los que viven sin ellos.

Ahí regresaron los recuerdos traumáticos de su infancia. Era como si se contemplara a sí misma caminando por el polvo de las calles sin asfaltar, sucia, desgreñada, huyendo de los gritos y los golpes de casa. No pudo más.

A media cuadra de su cuartucho, había un parquecillo abandonado. Tomó un machete y comenzó a chapear la mala hierba que lo inundaba. Recopiló latas de refrescos botadas en la calle, las picó por la mitad, las abrió para hacerles unos cortes a la boquilla y las entrelazó con cintas de casetes de video o de audio. Luego colgó esas latas al flamboyán que se levanta en el medio del parque, quería que simularan unas pequeñas arecas. Pintó y levantó de nuevo la cerca que estaba oxidada en el suelo. Puso un farol. En la entrada afincó una piedra enorme y le escribió a relieve: Afrodiverso. Pintó con cal parte del tronco del flamboyán, y entre sus ramas colgó una tapa metálica de un tanque de agua. Con letras a colores, grabó una versión de la estrofa de una de las canciones para niños de Teresita Fernández: «Vamos Amiguitxs a cantar / Porque tenemos el corazón Feliz».

Argelia Fellove se propuso cambiarles el rostro a los niños del barrio. Su proyecto Afrodiverso lo llevó también a Párraga. Comenzó a impartir talleres donde los niños aprenden a trabajar el papel maché, la cerámica, el dibujo, el corte y costura, el canto. Además, los fines de semana pone música en las tardes con una bocina portátil para que bailen y luego, en las noches, llega el turno de Alberto, quien, desde el transformismo, ofrece un espectáculo cultural con invitados.

«Todo esto tiene que ver con la niñez, la adolescencia y la juventud, que no tuve, con mi silenciada y limitada infancia. Estos niños están necesitados de amor, Afrodiverso es lo único que tienen, no hay más opción en sus vidas. Sin eso, no les queda de otra que correr de aquí para allá y de allá para acá, tirar piedras, recoger cosas de la basura, jugar bolas al dinero, ir a las fincas cercanas a trabajar como hombres para ganarse unos quilos», dice Argelia.

La iniciativa tuvo tanto impacto en la comunidad que el núcleo zonal número 107 del Partido Comunista de Arroyo Naranjo fue a ver a Argelia. Le agradecieron por su labor y le brindaron apoyo. Así, aportaron dos cestos de basura, tres bancos, un columpio, una escalerilla, un tiovivo y una militante retirada para que fungiese de guardaparque.

Nancy Fuentes es la militante enviada. Tiene 58 años, el pelo veteado de canas, la piel quemada. Cuando Argelia decidió reformar el parque, ella fue la única que ofreció ayuda junto a otros dos vecinos. El resto del barrio siguió en lo suyo: tomando ron bajo la sombra, vendiendo aguacates en los portales, escuchando reguetón a todo volumen. Absolutamente nadie les tendió una mano.

Nancy, la guardaparque / Foto: Abraham Jiménez Enoa

«Cuando estábamos trabajando, la gente nos pasaba por al lado y ni nos miraba», cuenta Nancy. La indiferencia no era casual. En un barrio como Párraga, la gente se tomó como un atrevimiento que una lesbiana decidiera interactuar de esa forma no ya con la comunidad, sino con los niños.

Nancy intenta explicarlo: «Aquí la gente es muy inculta, eso yo lo he oído toda la vida por el televisor, por la radio, cada cual es como quiera ser. Ninguno de nosotros está facultado para criticar a nadie, cada cual que elija la vida que quiera. Yo me llevo con todas las personas, aunque tengan las desviaciones que tengan. Hay padres que rechazan a los hijos por esas cosas, esos padres no son padres, porque los hijos se aceptan como quieran que sean».

Ella nació y creció en Párraga: «No tengo problemas con que la gente me vea saludando y dándole un beso a Argelia, aunque me vean trabajando al lado de ella, en su casa y ella en la mía».

Echar adelante un proyecto de este tipo ha sido en extremo difícil para Argelia. Al inicio, los políticos de la zona le decían: «¡Mire a ver usted y ese transformismo y los niños! » Ella respondía: «¿Cuál es el problema con el transformismo, si en las escuelas disfrazan a los niños de soldaditos y de Fidel y el Che?»

***

Un rayo de sol pega con potencia en el filo de la tijera y le rebota directo a los ojos. Argelia Fellove mueve la cabeza, molesta. Siempre llega media hora antes de la acordada para que, cuando arriben los niños, todo esté preparado. Hoy toca clase de costura. Está sentada en un banco de madera. A sus pies, sobre cartones, los utensilios para el taller: tijeras, trozos de tela, rollos de hilo, papel y lápices. Luce cómoda: zapatillas deportivas, short, una camiseta que lleva un letrero, «escuelas sin homofobia y transfobia», una gorra con la bandera del orgullo gay, un chalequito y un canguro abrochado a la cintura. En una bocina portátil suena un reguetón suave.

En una esquina del parque, Argelia puso sobre la tierra unos cartones que recogió en las bodegas del barrio. Luego, a una altura prudencial, ubicó unos sacos de nailon zurcidos con hilo de coser para que sirvieran de techo. En ese pequeño campamento improvisado imparte sus talleres.

Las primeras clases fueron una locura. Mientras Argelia daba instrucciones, los niños hacían cualquier cosa menos atender: cazaban lagartijas y se las tiraban unos a los otros, no paraban de conversar, jugaban a darse golpes y a lanzarse tierra.

«Lo primero que tuve que hacer fue inculcarles modales, que dijeran buenos días, gracias, que se respetaran, enseñarles lo que es el colectivismo porque eran muy individualistas. Si alguien traía un pan o un pomo de agua, no le brindaba a los demás», recuerda.

Argelia y los niños en el taller de corte y costura / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Argelia Fellove perdió su nombre. Ahora todos los niños le llaman «profe», estén en el taller o en la calle. Lazarito, diez años, llega y dice «buenos días, profe». Flavia, ocho años, «¿cómo durmió, profe?». Alejandrito, cinco años, «¿hoy qué toca, profe?». Y así, también asisten Eddiel, de tres años, y Luisito, Barbarito y Yankiel, todos de 10.

–¿Te gusta lo que haces? –le pregunto a Luisito.

– No –me responde con sequedad.

–¿Y por qué estás aquí?

–Porque estoy aburrido.

–¿Qué te gusta hacer entonces?

–Nada.

Lazarito (pulóver gris), Luisito (pulóver azul) y Eddiel al centro / Foto: Abraham Jiménez Enoa

A media mañana ya Luisito está cansado. A su corta edad, y de vacaciones, el niño ha madrugado. Dice Argelia que, de vez en cuando, su tío se lo lleva consigo a una finca cercana para que lo ayude a recoger hojas de maíz. En esa finca hacen tamales para vender. Le pregunto a Luisito si eso es cierto, me confiesa que sí, pero que no le gusta que su tío le pague, que él va siempre porque le gusta el campo y, a veces, hay caballos sueltos y lo dejan montar.

Lazarito, que está escuchando la conversación, dice: «A mí sí me gusta coser, aunque lo que más me gusta es dibujar». Le pregunto si es bueno dibujando. «Pregúntale a la profe para que veas, mis dibujos son los mejores: el de la mujer barriendo la calle llena de basura y el del basurero de la esquina de mi casa», responde con emoción.

«¿Profe, para qué sirve esto?», pregunta Barbarito, que tiene puesto un arete en cada oreja, lleva una gorra de camuflaje, una manilla y una cadena de oro falso. Las instrucciones son las siguientes: sobre un pedazo de tela hay que hacer una cruz a lápiz, luego, con puntadas, colocar tiras de otras telas por encima de lo marcado. «Eso es un tapiz, lo pueden poner delante del refrigerador o del baño o de la cama para que apoyen los pies», le contesta Argelia.

Flavia es la primera en terminar. Se pone de gorro su tapiz y me dice: «A mí lo que me gusta es el reguetón, mi abuela oye La guantanamera en el radio y yo le digo que quite eso, que eso no se usa porque es viejo».

A media cuadra del parque hay un mulato sentado en el portón de su casa. No lleva camisa, el torso lleno de tatuajes, y dos de sus colmillos son de oro. El hombre dice: «Mira este barrio, esto es el submundo, aquí los padres tienen que darles las gracias a Argelia por alegrarles a los niños».

Un día que Argelia Fellove no está en Párraga es un día de imágenes tristes. La mayoría de los niños varones del barrio se amontonan a jugar a las bolas a pocos metros de un basurero. Las canicas ruedan por encima de alimentos descompuestos, culeros con estiércol, escombros de obras, ratas muertas. Las moscas no dejan de revolotear.

«Aquí se juega a la verdad, no a las mentiritas», me dice Luisito. Tiene un billete de cinco pesos cubanos que acaba de ganar vendiendo bolas. «La verdad» significa que el que pierda tiene que entregar su canica. Cinco de ellas valen un peso.

El juego les dura poco. Después de media hora ya se han aburrido. Se despiden de mí. Dicen que se van «a robar aguacates para vender en la esquina». Les digo que mañana le voy a contar a Argelia. «No, no, no, ya, vamos a jugar fútbol al frente de la escuela, no le digas nada a la profe, porque si se entera nos regaña», dice Lazarito, que habla por todos.

A unas cuadras del basurero está la escuela. Se llama República Socialista de Vietnam.

***

Argelia Fellove arrastra con una mano una mochila de ruedas por toda la acera. En la otra mano lleva un porrón con cinco litros de té frío. En la espalda carga una bolsa con paquetes de palomitas y chicharrones de viento. Está sudada, caminó cinco cuadras bajo un sol abrasador. Es su primer día en el espacio Rompiendo la rutina de la Casa Comunitaria de Párraga.

Pasa la puerta, hay seis mujeres, la convocatoria falló. «Las tropas están diezmadas, pero no importa, así mismo vamos a empezar», dice en alta voz.

Rompiendo la rutina era un sueño de Argelia. Cuando se mudó a Párraga no solo la perturbó la situación de los niños, el machismo que oprimía a las mujeres del barrio también le movió el piso. Verlas solo en roles de ama de casa, de sirvientas, «le encendió la sangre». Por eso se presentó con sus ideas a la dirección de la Casa Comunitaria, una institución que pocos conocen en Párraga y que se dedica a la promoción de la cultura barrial. En conjunto lanzaron la convocatoria.

«Este espacio va a ser para que dejen de planchar, de lavar, de cocinar, para que salgan de la esclavitud de la casa y sus familias aprendan a compartir las responsabilidades», es la primera frase que les expresa Argelia, con una dosis de solemnidad, a las señoras que se inscribieron. La convocatoria del taller es para mujeres mayores de cincuenta años, aunque eso no impide que interesadas menores puedan participar. El espacio es una rama más de Afrodiverso.

Mujeres de Rompiendo la Rutina / Foto: Abraham Jiménez Enoa

«Con poco se puede hacer mucho. La celebración y la alegría ayuda a la calidad de vida. Este espacio es para eso, para sonreír, podemos hablar de cualquier cosa, cantar, bailar, chismear», les declara Argelia a las señoras.

Su idea es sacar a estas mujeres de sus casas a la hora en que supuestamente «tienen que hacer las cosas», de ahí que la hora de comienzo sea a media mañana. «Vístanse y díganle a sus maridos e hijos que ustedes tienen cosas que hacer igualmente que ellos, que se las arreglen mientras ustedes no están», les aconseja. De vuelta recibe rostros de asombro.

Luego, se pone de ejemplo. Argelia les cuenta que ella es su propio sostén, que esas maripositas y esos chicharrones de viento y ese té frío que les ha traído gratis para amenizar el encuentro es su verdadero trabajo, con lo que vive. Que todos los días se levanta a las seis de la mañana y sale a venderlos a la calle. Son su única entrada, pero que ella misma se la lucha. No tiene que esperar que alguien la mantenga.

El testimonio genera el debate. Es lo que buscaba Argelia. Las seis señoras están sentadas y comienzan a hablar.

«A mí edad necesito sentirme motivada, ya no puedo más, por eso vine», comenta Beatriz, de 53 años. Miriam, absorta con lo que acaba de escuchar, pide la palabra y plantea: «Me siento muy impactada, no salgo del asombro, es una maravilla que esto ocurra en esta etapa de la vida en la que estamos, porque mientras haya vida, hay esperanzas». Por su parte, Lázara, 58 años, dice: «Llevo años enclaustrada en una burbuja, cuando las mujeres nos jubilamos quedamos para servir y no puede ser, la familia es muy egoísta, no podemos dejarnos aislar».

Argelia vuelve a tomar la palabra. Les advierte que «el espacio tiene el fin último de empoderarlas, de desarrollar un discurso en contra de la violencia de la mujer porque hay muchas cosas que no se canalizan, ya están asumidas, pero que todo el taller se hará desde el transformismo masculino». La respuesta ahora es el silencio. Las señoras se miran entre ellas, algunas ríen de nerviosismo.

Argelia cantando en Rompiendo la rutina
Argelia cantando en Rompiendo la rutina / Foto: Abraham Jiménez Enoa

«Alberto empodera más a Argelia, le da más valía. Demuestra que un hombre puede pasar por la vida de una mujer sin lacerarla, sin bajarle la autoestima. Hay que cultivar a estas mujeres porque, cuando Alberto me conoció a mí, ya yo sabía carpintería, plomería y electricidad», dirá en otro momento Argelia Fellove.

«Permítanme un segundo para ir al baño», les dice Argelia a las señoras y sale del salón. Unos minutos después, sin avisar, llega un señor. Viste un blue jeans ajustado, zapatillas altas, camisa en colores, gorra y cadena al cuello. Dice llamarse Alberto. Anuncia que va a cantar el tema preferido de Argelia: Tengo ganas de ti, de Alejandro Fernández. En un momento la letra reza: «No hay nada más triste que el silencio y el dolor».

Tomado de El Estornudo

Yolanda Arroyo Pizarro: «No soy yo la que se viene. Es su boca…»

Por Yolanda Arroyo Pizarro

«No soy yo la que se viene. Es su boca. La boca de Alexia se me viene en la entrepierna. Poco antes, tan sólo unos segundos apenas, han eyaculado sus dedos dentro de mí. La corriente eléctrica ha recorrido mis pieles. Tengo varias pieles. Todas las ha descubierto ella y me las ha colocado encima. Nunca es mi piel la misma piel una vez Alexia me ha acariciado. A veces convergen todas, en un remolino, como si se cocinara una mezcla de sabores agrios dulces. Y a veces se derraman todas, pieles de lozanía y longevidad, o una combinación de algunas tantas por el cabello, entre los muslos;  se me depositan sobre hombros, espalda y pechos.»

Fragmento de Caparazones de Yolanda Arroyo Pizarro.

 

El closet es para la ropa

Así repiten varios muros en Facebook cuando la gente se harta de que orientaciones sexuales diferente de la heterosexual no puedan expresarse como tal. Y yo me hago eco.

Les cuento más, personalmente no tuve closet. Llegué a la homosexualidad cuando quise y con quien quise, y nunca antes de ese momento me había sentido atraída por una mujer. Hasta ese día.

Cuando así lo sentí, me dispuse a vivirlo, por supuesto que llegaron preguntas, sentimientos, miedos, pero ninguno de ellos me hizo posponer el momento. Me entregué y recibí tal como lo deseaba. Por eso siempre digo que yo jamás tuve closet. Mi historia en este sentido es simple y bien diferente a la de mucha gente.

Entiendo por ello las razones por las que muchas personas con identidades de género y orientaciones sexuales diferentes a la heterosexual escogen “esconderse” tras el silencio, o el secreto a cuatro voces.

La homofobia, en sus más diversas expresiones, es la causa fundamental de que las personas sexodiversas se protejan. Homosexuales, bisexuales, transexuales reciben de manera generalizada el rechazo en muchos ámbitos de relaciones, desde la familia, la escuela, el círculo de amigos y amigas, colegas, de manera que enclaustrarse en su verdad es una de las conductas más socorridas.

No obstante, tal silencio no los exime de vivir episodios cotidianos y muy sofisticados de rechazo, como cuando a un adolescente se le pregunta, con insistencia, cuándo va a traer la novia a la casa. Es además extremadamente violento. A veces son burlas, en otras es ignorancia. Sin embargo, en las mayoría de los casos se parte de la suposición de que el sujeto del deseo tiene que ser una persona del otro sexo.

Además, quienes tenemos hijos o hijas, y en especial las mujeres, pensamos en cómo nuestros descendientes van a ser rechazados por sus amistades, en la escuela, etc. Y esa preocupación yo sí la tuve.

Mi miedo no se lo dije a mi hija. Ni siquiera sé si ha vivido algún episodio de homofobia relacionado con mi lesbianismo. No obstante, conozco las respuestas que ella puede ofrecer ante la homofobia, como cuando le dijo a su novio que en mi casa estaban prohibidas las burlas hacia las personas homosexuales. Recordar aquella conducta tajante, muy anterior a mi vida homosexual, me ha dejado por años tranquila. Sé que ella sabe, valga la redundancia.

Yo también tuve suerte en la familia, el trabajo y en mi círculo de amistades, Que yo me haya percatado ninguna de las personas importantes de mi vida me han rechazado por lesbiana, lo cual significa tener cierto apoyo.

¿Qué decir sobre la familia? En el seno de ella tienen lugar las primeras evidencias de homofobia contra sus miembros, tal vez las más desgarradoras por inexplicables. Y lo lamento. Ahí mismo, dentro de la institución social que debe proteger, no queda más remedio entonces que guardarse, preservarse, esconderse.

Tal vez si con la observación de los genitales no se construyera un futuro para ese ser, donde la orientación sexual es definitoria, la gente viviría más plenamente su sexualidad, donde incluyo por supuesto la mayor variedad posible. Me gustaría entonces que la genitalidad no definiera por se nuestro closet, porque este es, repito, para la ropa.

Foto de portada: Hernán Piñera

Publicado en eltoque.com

¿Deportes rudos, mujeres lesbianas?

Marina es una joven cubana levantadora pesas que intentó primero ser velocista y, según sus propias palabras, no tenía buenos resultados en dicha especialidad. Escogió entonces la halterofilia y ahí le ha ido y va muy bien.

Elena, que por varios años se ha dedicado al judo y luego al boxeo, recuerda cómo al inicio, cuando su padre la puso en un tatami, salió con una muñeca rota. “el judo no es un deporte para mujeres”, le decían, pero ella probó lo contrario.

Lo mismo sucede con otras disciplinas como, pesas, fútbol o alpinismo. No obstante, infinidad de mujeres se aventuran cada día a la prácticas de estas y otras especialidades consideradas “masculinas“.

El resultado, ciertamente, es que vemos cada vez más mujeres con músculos detallados o bien marcados. La práctica de la actividad física constante propicia el desarrollo de la musculatura, no importa cuál sea la especialidad, desde las gimnastas hasta las peloteras, todas tienen una fisonomía que revela el ejercicio físico continuado.

En una sociedad machista, de ahí que no falten expresiones como: “esos deportes son perjudiciales para las mujeres” o “si ella practica ese deporte entonces es lesbiana”. Está demás decir que esos comentarios, felizmente, ya se están haciendo obsoletos. Si no pregúntenle a Marina y a Elena.

“Mi cuerpo será grande y musculoso y mi aptitud ruda y fuerte”, dice Elena. Sin embargo, ella está orgullosa de que su cuerpo sea hermoso de una manera diferente. Sobre su orientación sexual ¿Acaso importa? La respuesta creo que es evidente.

“El judo convirtió mi cuerpo en una coraza muy fuerte, me permitió sentirme segura de mí misma, me dio una base física que reforzó grandemente mi tiempo dedicado a otra actividad física que me gusta, la danza contemporánea”, asevera la joven.

Vale la pena aquí recoger uno de los hallazgos de una investigación mexicana que señala que los deportes que aparecen catalogados como «masculinos» por un gran número de deportistas son el Fútbol Americano (9 de cada 10), el Boxeo (8 de cada 10) y las Luchas (3 de cada 4), mientras entre los deportes considerados femeninos sólo se destaca la Gimnasia y en un porcentaje mucho menor al de los deportes “masculinos”.

Llegado a este punto y teniendo en cuenta los testimonios de Elena y Marina, les pregunto entonces : ¿El hecho de que una practique deportes fuera de lo común, justifica que la cataloguen de muy masculina o lesbiana?

Foto tomada de Soy mujer y soy boxeadora.

Publicado en Hablemos de sexo y amor.

Matrimonio

Nunca quise salir de Cuba. Esa fue por mucho tiempo mi verdad. Cada vez que ponía un pie fuera del archipiélago mi cuerpo se enfermaba, de manera que el regreso, tan solo pensarlo, era parte de la cura.

En febrero de 2013 salí con un billete sin regreso, para casarme por segunda vez en mi vida y, por primera ocasión con una mujer. Dicen que el amor intenta ser la causa de muchos cambios rotundos en nuestra existencia.

En algún momento que mi memoria no recuerda, me percaté que estaríamos quizás entre las primeras mujeres cubanas en unirnos legalmente. Entonces mi viaje dejó de ser un tema privado para convertirse, por mi parte, en un acto político. En él estaban puestas mis ganas de unirme a la persona que amaba, gracias a la  posibilidad aún muy remota en Cuba; y que Alemania, una tierra que por entonces solo me evocaba extrañeza, facilitaba. Significaba abrir un nuevo capítulo en la historia  de la  lucha por el reconocimiento de las relaciones homosexuales en Cuba.

El amor no conoce fronteras ni límites impuestos por la sociedad

Sin embargo, ante mi país yo me sentía fuera de la ley. Mis derechos se resumían a hacer colas desde la madrugada, comprar sellos timbres, cambiar errores en la inscripción de nacimiento, pedir copias de todos los documentos, y pagar lo suficiente para que estuvieran lo más pronto posible. Yo me casaría con una mujer, me lo decía a mí y a nadie más. Presumí los gritos en el cielo, las preguntas incisivas y las miradas ignorantes. A las indagaciones no les temí nunca, sin embargo el hecho de que yo, mujer feminista, no pudiera disfrutar de ese derecho en Cuba me hacía sentir profundamente derrotada.

Por otro lado estaba la Embajada de Alemania, que yo sentía como tierra de justicia. Allí, se me entregaba en cuños la certeza de poder hacer uso de la unión civil que permite que dos personas de un mismo género puedan convivir, pagar impuestos juntas, tener vidas comunes, ser socialmente reconocidas. Casi todo, menos adoptar. De esta manera, ese lugar que me era completamente ajeno y desconocido me consideraba más que mi propia casa.

Me sabía humana y con la libertad de escoger con quién y dónde quería pasar mis días. Me casé alevosamente un 8 de marzo y las banderas cubanas y del arcoiris fueron los únicos trofeos que exhibió la mesa de ceremonias. Cubanas, porque Esme y yo somos dos mujeres negras orgullosas de la naturaleza de nuestro cordón umbilical.No obstante, la sensación de que estoy delinquiendo me vuelve una y otra vez cuando relleno el cuestionario del consulado cubano, para el cual mi matrimonio y mi núcleo familiar en Alemania no existe. Por eso me saben, ahora, muy mal los regresos a Cuba.

Publicado en estoque.com

El orgasmo revolucionario

Por Victor Fowler Calzada

 Hace pocos días, casi cuando mismo en la capital del país se celebraba una nueva edición de la Jornada contra la Homofobia y la Transfobia, a unos 100 kilómetros de distancia, en la ciudad de Cárdenas, un grupo de homosexuales fue detenido por la policía bajo la acusación de prostitución. La noticia aparece en una breve comunicación titulada “Detienen a gays, lesbianas y travestis en Cárdenas a pocos días de la IX Jornada contra la homofobia y la transfobia en Matanzas”, aparecida el pasado 13 de mayo dentro del blog “Afromodernidades” y con la firma del intelectual cardenense Alberto Abreu Arcia. Acompañando la noticia aparece la borrosa fotografía nocturna de una esquina en la cual se encuentran parados dos jóvenes vestidos y maquillados como mujeres.

Si es cierto o no que han cometido el delito del que se les acusa es algo que debe de ir precedido por una discusión profesional acerca de los límites para la definición de esa práctica que la autoridad tipifica como violación de legalidad establecida; dicho de otro modo, en el contexto de lo sucedido, resolver la contradicción entre la actuación policial y lo que en la nota expresa quien se identifica como Lulú: «…yo estoy en mi mundo. Ellos saben a lo que yo me dedico y lo que yo realizo. No sé por qué ellos caen en lo mismo”. O sea, las particularidades de esos dos “mundos” que funcionan según reglas diferentes, encontradas, opuestas.

Al mismo tiempo, la discusión acerca de los términos y contenidos del supuesto delito interesa menos que la repetición, en los testimonios, de lo que quien se identifica como Yanira describe del siguiente modo: “…cuando llegamos a la unidad, [ocurrió] lo mismo que ellos hacen siempre: reírse de uno, tenernos hasta tarde y querer levantarnos una Carta de Advertencia por prostitución masculina. Las áreas donde nosotros nos paramos las están alumbrando. Nos están como cerrando los pasos, sinceramente”. Es lo mismo a lo que se refieren Lúlú y Yadira quienes, según escribe el articulista: “no entienden esta situación y mucho menos por qué la policía cada vez que l@s detiene, l@s toman como objeto de burlas.” Algo que nuevamente aparece en el siguiente fragmento: “Cuándo le pregunté si tenían el nombre del policía o el número de la patrulla, Lulú respondió: “Ellos no dan ningún nombre”. (…) “fíjate si nos tratan como un cero a la izquierda”, y señala que le preguntó el nombre al oficial, y éste le respondió que no le tenía que dar ningún nombre, “que eso no era problema mío”.

II

Las preguntas de investigación a derivar de lo anterior, de no ser dolorosas, serían fascinantes como ejemplo de aquellos límites en los que el poder devela sus componentes más oscuros, donde comienza a poner en práctica una espeluznante autofagia. Lo primero de ello, la obscenidad de esa risa (completamente despreciable) gracias a la cual el contenido de la ciudadanía queda vaciado durante la situación de conflicto; dicho de otro modo, cuando la autoridad utiliza el poder en ella delegado para reirse de aquel a quien debiera de proteger. Aquí es necesario que quede absolutamente claro que esa autoridad no posee poder divino alguno, sino que en ella está depositado el poder de esa entidad colectiva denominada “pueblo”, dentro de la cual están estos propios sujetos burlados.

Este cambio de función, de la protección a la humillación, es explicable sólo si esos a quienes se considera delictuosos son apreciados como diferentes, “otros”; pero no según lo que “hacen”, sino partiendo de un medidor externo (para ello se suele apelar, como si todos compartiéramos su contenido, a algo a lo que llamamos “lo moral”) que los ridiculiza y priva de derecho ciudadano, que transforma a personas en juguetes o involuntarios payasos. La clave aquí es que esta policía que ríe no lo hace contra todo tipo de detenido, sino contra un particular tipo de detenido y no lo hace una vez, sino que lo hace siempre: «lo mismo que ellos hacen siempre: reírse de uno”. Puesto que es bastante poco imaginable que la policía se burle de los asesinos, ante quienes lo humano es experimentar horror, ladrones, violadores, secuestradores de niños o enemigos políticos, imaginar a quién o quiénes queda reservada, destinada, esa alegría perversa.

La risa es sólo la mitad obscena del abuso porque en su reverso el poder enseña su lado más desnudo y áspero como violencia simple; esto explica que el policía no sólo sea ríe, sino que (violando las propias normas de transparencia que supuestamente presiden el trabajo de la institución en sus relaciones con la población) se niegan a decir sus nombres, números, cualquier cosa que pueda identificarlos (para una futura queja) y tal vez hasta adopten una entonación de rufianes, pues es más que dudoso -hjaciendo otro ejercicio de imaginación- que lo siguiente haya sido dicho con delicadeza y respeto: “le preguntó el nombre al oficial, y éste le respondió que no le tenía que dar ningún nombre, “que eso no era problema mío”.

III

La violencia de lo sucedido ese día es un pequeño punto dentro de la larga historia de obsesión homofóbica por parte de las autoridades cubanas a lo largo de más de medio siglo; una obsesión que fluctúa en sus intensidades, pero que practicamente no ha dejado de existir nunca. En un chiste de mis años de secundaria (nací en 1960), la policía rodea la zona de Coppelia una noche, llena con homosexuales todo un camión con rejas y, antes de abandonar el lugar, comienza el chequeo de identidad de los detenidos. El policía encargado pregunta los nombres y todos van respondiendo con voz afeminada, pero llegan a uno que -de modo áspero y en forma crudamente viril- contesta que su nombre es Ramón Pérez. “¿Y este que está al lado suyo quién es?”, pregunta el policía. “¿Este?, responde el detenido, “¡este es mi marido!”. Lo que intensifica el chiste es que la última parte debe ser pronunciada con voz y gestualidad exageradamente femeninas.

O lo que es lo mismo a decir que nada desaparece, sino que deja residuos -de todo tipo y en todas partes- pues el chiste no flota sobre el aire, sino que corresponde a las penosamente célebres “recogidas” de los años 70 del pasado siglo en esa zona de la capital habanera. La violencia homofóbica quizás necesite de un mapa (que abarque los espacios, pero también las temporalidades) que nos posibilite ver, leer, el paisaje global de la violencia en una larga cadena de actos pequeños que lo mismo abarca iluminar una esquina particular que “higienizar” un sitio de reunión homosexual, reirse de un detenido que hacer chistes homofóbicos en un espectáculo público sin que ello merezca consecuencias.

IV

Esta disposición permanente, esta manía de controlar los cuerpos, en el escalón superior se manifiesta en dimensiones bio-políticas: movilizaciones militares o hacia la agricultura, espacios de supuesta purificación (como fueron las también célebres UMAP), desfiles que duran horas y se extienden a lo largo de kilómetros, jornadas de trabajo voluntario, tablas gimnásticas. La explosividad de cuerpos sanos (o a los que se intenta sanar), pasando de uno a otro sitio, activando, transformando; si pudieran ser calculados bajo la forma de energía generarían tantos millones de joules como el Sol, Cuerpos comunicando el espectáculo y la sensación de su cantidad de fuerza y de su limpieza esencializada.

El pasado 14 de marzo de 2016 apareció en el blog “El Estornudo” un artículo de Carla Gloria Colomé que -dedicado a explorar el mundo de los vendedores de “objetos de placer»- lleva como título “Vibradores vendo yo”. Se trata de un negocio que subsiste por debajo del radar, ya que la importación de dichos objetos” está prohibida en el país pues se le considera material pornográfico. Además de entrevistas a varios personas del negocio la autora busca establecer contraste con la opinión de trabajadores del aeropuerto que ofrecen detalles acerca de las prácticas de Aduana al respecto.

En este punto, si algo llama la atención es la mezcla de tolerancia y obscenidad. Lo primero porque, a pesar de todas las disposiciones (y obsesiones) legales, según informa el texto: «Nunca, al menos Yanara y los aduaneros que con ella trabajan, han decomisado ningún juguete sexual.” Lo segundo porque, según la misma testimoniante, «El trabajo en un aeropuerto es largo, extenso, agotador, (…) Algo hay que hacer para que el tiempo corra.” y es entonces que:

“A veces damos chucho entre nosotros, para variar un poco el día, el pasajero se muere de la vergüenza y me dice no lo saques y yo le digo por qué, a ver, por qué. Y llegan otros aduaneros con caras serias, el pasajero impaciente, hasta que sacamos el instrumento, y todo el mundo alrededor comienza a reír.”

En este fragmento la bondad (la disposición a entender el deseo del otro y aceptarlo como legítimo) pasa por el riesgo (de perder el trabajo si se es descubierto en un transparente ejemplo de “mano blanda”) e incluye la obscenidad (al exponer la más recóndita intimidad de ese mismo otro al que se ofrece una cómplice ayuda). O sea, en un mismo movimiento se hace burla del poder y se le reverencia.

V

En cualquiera de ambas historias, la de policías que se ríen de sus detenidos o aduaneros que ser burlan de la intimidad sexual de viajeros, son elementos comunes el que la posibilidad de actuar de tales modos se fundamenta en la autoridad y el hecho de que un grupo de sujetos ha sido colocado, señalado, ubicado, distinguido, identificado como seres de un límite donde las protecciones terminan.

No pocas de las contracciones futuras de la vida cubana van a pasar por esos límites y, en general, por el concepto mismo de límite y todo lo que implica; por el análisis de los involucrados en esta prácticas des-ciudadanizadoras y sus diversas conductas; por la calidad pública de hechos y personas o la voluntad de acumular silencio sobre ellos. Dicho de otro modo, van a ser debates propios de la tensión entre demandas de carácter civil y Estado, entre condición ciudadana y Estado de Derecho, entre democratización y autoritarismo. Puesto que nunca, bajo ninguna circunstancia, puede la policía burlarse del detenido, por des-ciudadanizar (palabra inventada) debe entenderse cualquier práctica cuyo diseño y efectos conduzca al aligeramiento del contenido de la noción “ciudadano” mediante la sustracción de derechos y la invención, enteramente impune, de atribuciones que no tienen ni el Estado ni sus órganos represivos, de control, administrativos o de reproducción de ideas.

Para terminar, confieso que, contrario a las normativas, me agrada la idea de un socialismo con consoladores: lo mismo importados que fabricados en el país y vendidos. Lo que suceda en el interior de una práctica erótico-sexual -individual, de pareja o múltiple- sólo debe de interesar a los implicados y el Estado sólo debería intervenir cuando haya afectación a terceros, violación del mutuo consenso y hasta ahí. El resto de lo que el Estado hace es vigilar las fronteras; cuidar que la democracia sea efectiva; que haya equidad y justicia social; que el entramado económico funcione y esté orientado al desarrollo; que los ciudadanos experimenten felicidad, pero absolutamente nada que tenga que ver con las vidas privadas de los ciudadanos porque la privacidad es un derecho ciudadano en sí mismo.

Es aquí donde el orgasmo revolucionario (lo cual es casi una construcción poética, lo sé) tiene que proponer(se) un goce sin exclusiones, una especie de utopía del ascenso universal en el cual todos los sujetos son dignificados en su deseo (repito que mientras no haya destrucción o daño de un otro) porque lo que resulta aquí comprendido y aprehendido es la infinita variedad de la experiencia humana. En la fantasía de este escenario, cualquier entrada de la risa que, desde que brota, busca degradar, es manifestación de un componente malsano, que quisiera contaminarnos a todos, que necesita de nuestro silencio o aplauso para conseguir extenderse por la totalidad del cuerpo social.

VI

La extensión del Derecho no trata exactamente del tiempo presente, sino del espacio de posibilidad para que algo tenga lugar; dicho de otro modo, no de la voluntad infantil de romper una norma, sino de batallar y arribar a las normas más justas para que sea mayor la oportunidad de realización en quienes nos suceden. Esto explica que, por encima de las restricciones del presente (que, en ocasiones hacen que terminemos aceptando cosas que internamente rechazamos, en las que tal vez no creemos siquiera o hasta nos disgustan) el Derecho habla de los espacios de libertad y felicidad, amargura, plenitud o miedo que van a tener nuestros hijos y nietos. No van, simplemente a recibirlos, sino que se los vamos a entregar, porque ese futuro es nuestra construcción.

Y ellos merecen mundos mejores.

Tomado de Oppianos.
Foto tomada del perfil de Yasmin Silvia Portales Machado en Twitter.

Un boletín para la mujer lesbiana afrocubana

11169553_10154078847467281_7770286223505403409_o
Acaba de salir en La Habana una nueva publicación gestionada enteramente por activistas cubanas. Se trata del boletín TUTUTUTU, que pretende llenar el vacío que alrededor de la doble condición de ser una mujer negra y lesbiana en Cuba.

Gestionado por Logbona Olukone (historiadora) y Afibola Sinufola (poeta), ambas ligadas al movimiento cubano de hip hop, TUTUTUTU fue presentado el pasado viernes en La Habana y la tirada fue de 200 ejemplares. Los gastos de impresión y distribución han sido asumidos por sus creadoras.

Además de ofertas culturales el boletín incluye interesantes y novedosas secciones para una publicación de este tipo, como «El Ofertón» donde se promueven pequeños negocios que están en manos de mujeres negras y lesbianas de La Habana y «El sitio del mañungo” donde se incluyen  desde recetas vegetarianas hasta sugerencias y recomendaciones específicas relacionadas con la maternidad.

Descargar No. 1 de TUTUTUTU

Imagen: Annie Gonzaga Lorde (artista brasilera)

 

Mitos, estereotipos y estigmas acerca del sexo anal

Quizá de todas las prácticas sexuales, el sexo anal es uno de los que despierta mayor incertidumbre, lo cual se podría deber, en buena medida, a que en determinadas sociedades este sea un tema tabú.

Primero quisiera decir que el sexo anal para mi comprende tanto la penetración como otras prácticas -el anilingus, también conocido como el beso negro o colibrí- que tienen al ano como la zona principal que participa en la búsqueda del placer. Parecería un punto básico, pero lo cierto es que frecuentemente se asocia sexo anal solo a la penetración.

Por lo general, se piensa que el sexo anal, y en especial la penetración, es una práctica que se identifica solo con los hombres homosexuales y con la mujer heterosexual como receptora.

¿Es el sexo anal una práctica para hombres heteros?
Lo que sí es no es muy socializado es que existen hombres que siendo heterosexuales les gustan dichas prácticas que involucran el ano y disfrutan cuando sus parejas mujeres les penetran, lamen, entre otros.

Biológicamente por supuesto que es posible y esta relacionado con el orgamos prostático ya que por el recto se tiene acceso a lo que algunas personas describen como el “Punto G masculino”. Como quiera que sea, sabemos que sexo es sobre todo “mente” y para algunos el hecho de ser receptivos y tener una mujer penetrante es altamente erótico.

Sin embargo, el rechazo a dichas prácticas es común, y presumimos que en ello juega un papel muy importante la sospecha de homosexualidad que sobre ellos se cierne; lo cual se sustenta erróneamente en la idea de que son los hombres gays quienes únicamente desean tener sexo anal.

Lo anterior también contiene la falaz creencia de suponer que los homosexuales varones SIEMPRE practican el sexo anal.

¡Qué eres gay y no te gusta el sexo anal! ¡Mentira!
Pensar que el coito anal es una práctica masculina homosexual per se es desconocer como mínimo que la zona de anal tiene una buena cantidad de terminales nerviosas de manera que puede ser muy disfrutable. Esto ha sido ampliamente referenciado pero pocos se deciden a experimentarlo. Una vez más los prejuicios y estereotipos juegan un rol represivo contra el ejercicio pleno del erotismo, digo yo.

Ahora bien, suponer que cada uno de los gays gustan del sexo anal es un creencia muy compartida e instalada sin crítica alguna en el imaginario popular. De hecho, parte de las agresiones homofóbicas se concentran en esta idea. Pero no es cierto, existen hombres gays que lo prefieren y otros que no, lo mismo pasa con las mujeres, lesbianas o no, y con los hombres heteros.

En este sentido, el cubano Luis García, nos ofrece su testimonios y también algunas reflexiones:

A pesar de que es bastante frecuente tener sexo anal entre los gays, si he tenido relaciones en las que no lo hacemos anal. La verdad es que a mi no me va muy cómodo lo anal. Entre los gays está la cultura de lo activo y lo pasivo que reproduce los esquemas del mundo hetero porque ciertamente nosotros también hemos sido socializado en esa norma. También depende de las personas con las que te relacionas; o sea no solo es tu concepto del sexo, la sexualidad y los roles sino también el propio de las personas con quienes tienes relaciones sexo-eróticas. A mi casi siempre me toca ser “activo” porque soy un macho caribeño en los Andes, donde a la masculinidad se le exige menos. En Cuba a lo mejor parece que soy gay pero acá soy un macho atractivo en todo sentido; entonces me toca penetrar al otro.

También he tenido sexo sin que exista penetración alguna, y lo que hemos hecho es jugar con nuestros cuerpos, lo cual ha sido más placentero, al menos para mí. Personalmente, creo que no tengo que estar dentro de nadie, ni nadie dentro de mi para tener sexo placentero o sea eso es un mito más, vuelvo a decirte que la cultura, la norma, el régimen heterosexual juega su papel. A los gays nos educaron para que fuéramos heterosexuales y esos rezagos están en nuestras vidas. A mí me jode que me pregunten si soy activo o pasivo. El otro término que usamos “versatil” tampoco describe la realidad del sexo entre hombres. Yo me involucro con personas, sentimientos, caracteres, no me preocupan los roles. Tal vez es porque en mi también ha calado otra falacia del mundo hetero que es el amor romántico.

¿Sexo anal entre mujeres?
Como mismo sucede con las relaciones homosexuales entre hombres, para el caso de las lesbianas también se construyen y legitiman ciertas creencias más o menos compartidas de manera generalizada. Una de ellas es que en dichas relaciones sexo-eróticas no debe haber penetración y quizás en este caso hayan sido un segmento de las propias lesbianas quienes más hayan alimentado ese estereotipo.

Otra es que las lesbianas lo son por falta de “un macho”, lo cual se sustenta en la idea patriarcal de la necesidad absoluta e irreprimible de la existencia del falo y los propios hombres juegan mucho con la idea de corregir a las lesbianas a “pene limpio”.

Ambas ideas son solo eso, maniqueísmo de las relaciones sexoeróticas entre mujeres. Como siempre sucede, hay de todo en la viña del señor, lesbianas que prefieren la penetración y otras que prefieren el frotamiento, y otras que las dos cosas y otras que ninguna de las dos.

Pero cuando se habla del sexo anal entre mujeres, este se ha restringido más bien a los productos pornográficos construidos para la mirada masculina heterosexual, de manera que una breve búsqueda en Google arrojará una cantidad considerable de videos pero excepcionalmente un abordaje serio sobre este asunto.

“´De las pocas veces que he tenido penetración anal en mi vida, una fue con una mujer y tengo que reconocer que ha sido la más placentera de todas. No fue nada planificado, fue algo que más bien espontáneo. Que recuerde ha sido la única vez que he alcanzado el orgasmo solo con penetración anal. En el resto de las oportunidades solo fueron con hombres, y la verdad, el hecho de que la petición no fuera negociada ni espontánea, sino más bien una imposición de su parte, a la cual yo cedí, quizá determinó que lo recuerde quizás no como algo traumático, pero si algo doloroso.

Eso me había dejado con nulo interés por volver a tener penetración anal. Pero aquella otra vez fue muy diferente. Las dos disfrutamos mucho. Definitivamente creo el sexo tiene que ver mucho no con que lo hagas sino con quién”, precisa Jessica una joven cubana bisexual.

Publicado en Hablemos de sexo

Mi resumen 2014: textos que al escribirlos se me fue la vida

negra
El 2014 ha sido para mi un año arduo, de búsquedas y desencuentros incesantes. Y también de hallazgos y nuevas colaboraciones en un par de medios y sitios webs. Acá les comparto alguno de aquellos textos que al escribirlos se me fue la vida. Los otros, los mas leídos, ya están contenidos en las estadísticas. Estos que acá comparto no.

Feliz año nuevo para todxs! Einen guten Rutsch!

El texto que más me gustó escribir y me emociona al leerlo:

La entrevista que surgió de mi curiosidad:

El post que tuvo el debate más fuerte en Facebook y por el cual me llamaron «mujerista»:

Un testimonio revolucionario:

El texto que me hizo llorar al escribirlo:

El texto que escribí con el mayor enojo del mundo:

El revelador testimonio de Armienne, quien murió el pasado noviembre. Ibbae!

El post que me permitió saltar mis propias barreras:

El texto que me permitió reírme mucho mientras lo escribía:

Un post terapéutico:

Una denuncia que volvería hacer:

 

 

Literatura LGTBI: leer en silencio, entre líneas

Norge Espinosa
Norge Espinosa

Desde el mes de marzo, los intelectuales Víctor Fowler y Norge Espinosa están realizando en La Habana un curso sobre la literatura cubana LGBTI. Ambos especialistas, con reconocida trayectoria dentro de los estudios culturales, se han interesado en visibilizar aquellas obras que presentan personajes con diferentes identidades de género y orientación sexual. Sobre esta idea, convertida en realidad gracias a la entereza y voluntad de ellos, hablo con Norge Espinosa.

¿Por qué un curso sobre literatura LGBTI? ¿Conoces experiencias anteriores en Cuba con las mismas intenciones?

El curso nace a partir de la necesidad de cubrir un vacío, no del mero gusto de dos escritores que sientan alguna inclinación especial hacia ese segmento de nuestra cultura que, vale la pena decirlo, sigue siendo ignorado por nuestras casas de altos estudios, generalmente muy reacias a la apertura de los estudios queer o de sus desprendimientos, bajo recelos de muy distinta naturaleza.

No es que no existan en Cuba tesis, trabajos de diplomas e incluso defensa de doctorados a partir de libros y autores y autoras que hayan entrado a este canon cubano LGBTI, sino que la articulación orgánica entre esas presencias y el concepto que se imparte en dichos espacios no funciona más allá de la voluntad particular de uno que otro interesado. Nos falta mucho por aprender y aprehender de esos tipos de análisis.

En Cuba, nombres esenciales como David William Foster, Eve Kosovsky o Judith Butler siguen siendo mera nota al pie de alguna bibliografía muy reducida, y es ridículo negar los postulados de ese autores, discutirlos, sin siquiera haberlos leído. Hay también un elemento puntual, y es que la tan temida teoría queer se ha ido convirtiendo en un cuerpo de estudios muy amplio, cada vez más multidisciplinario, y que en América Latina ha encontrado un eco poderoso desde ese margen, desde esa periferia, que la discute al tiempo que se sirve de ella para abordar a figuras tan diversas como Lemebel, Puig, Sarduy, Arenas, Perlongher, Lydia Cabrera, Pizarnik, Novo y tantas más. La teoría es un instrumento, no una sentencia a la que seguir mecánica ni mansamente. Pero eso no parece encontrar el impacto suficiente en la comodidad con la cual, desde la enseñanza o la crítica, nos dirigimos hacia la posibilidad de mejores y mayores lecturas.

El curso nace para organizar una cronología, un mapa marginal si se quiere, que dé nociones de una tradición, de una serie de presencias conectadas a pesar del fragmento, del silencio y el tiempo, a fin de hacernos entender que este asunto, en las letras y la cultura nacional, ha ido aportando nociones que merecen ser tenidas en cuenta, como clave e influencia en otros asuntos generalmente mal interpretados. Saber que se tiene una tradición puede hacernos más fuertes, menos solitarios. Una manera más de luchar contra ese estereotipo del homosexual, la lesbiana, el trans, como perfiles desamparados.

No, lamentablemente no recuerdo otras iniciativas de este carácter. Se habla del tema en eventos, en foros, hay libros mejores y peores sobre el tema, pero un curso concretamente dedicado al tema, no. Y es una pena. Recuerdo que en 2001 llegaron a Cuba dos de las figuras más notables de estos estudios: Daniel Balderston y José Quiroga, y a solicitud de una profesora de la Facultad de Artes y Letras dieron una charla básica sobre la teoría queer y sus ramificaciones hacia los estudios literarios del continente, tras la cual sufrieron la andanada del entonces decano de dicha facultad, quien afirmaba que esa era una teoría que segregaba a heterosexuales de homosexuales, que solo ofrecía estancos separados. Y así es que estamos ahora, a casi 15 años de aquello, haciendo este curso contra esa y otras formas del silencio.

El programa, accesible en la página de Facebook del curso, adelantó todos los temas, entre los que se encontraban, por ejemplo, algo tan interesante como “Colonia. Discurso nacional y normatividades sexo-eróticas en la formación de la nación”. También se propuso hablar del “Modernismo, decadentismo y sexualidad: Casal y Martí”. Te pregunto: ¿encontraron muchas o pocas referencias para el abordaje de esos períodos tan lejanos en el tiempo. ¿Podrías decir quiénes han sido los investigadores que se han dedicado a estudiar estas épocas?

Hay una serie importante de búsquedas en ese momento histórico que vienen a ser la arqueología o la prehistoria de esto que abordamos. Un ámbito poco visitado, y en el que se encuentran los puntos de partida de recelos, prejuicios y estereotipos que seguimos repitiendo, incluso de manera inconsciente.

Los años iniciales de la Colonia carecen de estudios suficientemente completos, no pocos de los archivos que tienen que ver con sus pasajes están fuera del país y llegar a ellos, para los historiadores interesados, puede ser muy complejo. Así que es un período en el que aún andamos a ciegas. Pero hay piezas ya a la vista, como la carta contra el “hombre-mujer” que aparece en el Papel Periódico de La Habana en 1791, firmada por José Agustín Caballero. Hay que leer entre líneas a veces para encontrar referencia a la condena que la Inquisición desató en Cuba contra los amujerados de Cayo Puto, que está en un libro de Fernando Ortiz, un argumento que luego, por ejemplo, reaparece en Contrabando de sombras, la novela de Antonio José Ponte.

Hilvanar esos fragmentos es un proyecto aún en camino, donde sobresalen figuras míticas como Enriqueta Faber, también protagonista de novelas muy diversas. Adentrarse en ese ámbito tiene el reto de los laberintos. Y sí, hay estudiosos que nos ayudan ya en ese propósito. Emilio Bejel ha emprendido esa senda, y con él están las aportaciones esenciales de Oscar Montero y Francisco Morán Lull acerca de Julián del Casal y sus desvíos, amén de lo que Víctor Fowler y Abel Sierra Madero van iluminando. Hay que ser capaz de leer, como te digo, en el silencio, entre líneas. Y hacer lecturas interesadas o “entendidas” para comprender que, por ejemplo, la mirada de José Martí hacia Oscar Wilde es más de lo que dice su célebre crónica. También en esa línea está la intención del curso, en ayudar a los alumnos a sobrepasar lo evidente.

Revisando esa misma lista de temas me salta a la vista que los nombres mencionados allí, y que de alguna manera pueden ser considerados hitos, son mayoritariamente masculinos. ¿Se pudiera trazar o no una historia de la literatura LGTB solo mencionando las contribuciones de las escritoras? ¿Quiénes serían esas a citar?

Es difícil. El rol de la mujer es uno de los más invisibilizados a lo largo de este proceso. Imaginar que un hombre abordara estos casos patológicos, engendros de la naturaleza, desvíos innecesarios del deseo, podía pasar como ficha curiosa. Que una mujer se expresara en tal sentido era una transgresión demasiado peligrosa. Te confieso que no me gusta la idea de ir desarbolando el proyecto en esa dirección, tal vez sea mi error, pero por ahora no me interesa ir desarticulando el cuerpo de estudios hasta llegar a esos límites que nos impiden apreciar la riqueza de intercambios, influencias, contradicciones y conflictos. No me interesa el análisis, al menos por ahora, que se limite a una literatura únicamente escrita por mujeres, o por autores travestis, o por enfermos de VIH Sida: esos compartimentos aún no tienen sentido, si es que los tienen, en las letras cubanas.

Hay que sobrepasar primero esta línea de sombra en la que aún nos movemos, aprender a leer esos autores como una tradición, antes de empezar a quebrantarla desde una perspectiva que los aísle de otros elementos que, desde mi manera de ver, también se interconectan con ellos, los movilizan, los hacen reaccionar. Amén de que para ello tendríamos que tener ante nuestros ojos obras ya desarrolladas y maduras, no solo fragmentos o asomos casuales a un tema, que es por desgracia lo que abunda. Ofelia Rodríguez Acosta, Graziela Garbalosa, algunas autoras relacionadas con la lucha feminista de inicios del siglo XX, son nombres que se repiten una y otra vez. Pero se olvida la manera en que Lydia Cabrera, por ejemplo, deja pistas sobre el homosexualismo en varios de sus textos sobre los cultos negros en Cuba (El monte y La sociedad secreta abakuá, para mencionar dos ejemplos) o se deslíe en el secreto dimediado y aún poco penetrable de su relación con Teresa de la Parra. O las anécdotas de la Loynaz sobre Gabriela Mistral cuando la hospedó en su casa de 19 y E.

Si esta historia está hecha de silencios, la que pueden contar las mujeres que aparecen en ella mediante cartas, diarios, documentos poco accesibles, todavía demorará mucho en dejarse ver como quisiéramos. Y eso pasa, incluso, con nombres muy recientes.

Leyendo los resúmenes me he percatado de que no solo se ha tocado la literatura cubana sino que también el curso ha estado marcado por un análisis exhaustivo del contexto y por la exhibición de ejemplos de otras manifestaciones artísticas, entre ellas el cine y el teatro. ¿Por qué la necesidad de hablar de otras manifestaciones? 

Una de las grandes carencias de nuestro mundo cultural es su inhabilidad para leer desde perspectivas muy variadas lo que sus principales acontecimientos provocan en otros espacios. Es como si Emilio Ballagas o Lezama Lima nunca hubieran influido en otras nociones de lo cultural entre nosotros. Crear una comunidad, hablar a nombre de ella, tiene que ser un reto mayor que se construye a partir de una lectura sediciosa y gozosa de muchos otros elementos. El teatro, el cine, las artes visuales, la presencia de artistas LGTBI en hechos sociales de cierta naturaleza a lo largo de todo este devenir, activa resortes que pueden desatar un cambio en la percepción de esas voluntades que tienen un punto de partida en lo erótico y sus posibilidades diversas, incluso como actos disidentes que tendríamos que leer en secuencia.

Ya está bastante fragmentada la percepción que tenemos sobre este asunto en la literatura. Imagínate si en lugar de llenar esos vacíos nos dedicáramos a solazarnos en ello. Ya hay bastante ignorancia disfrazada de pereza entre nosotros como para que no intentemos luchar contra ella desde esa línea, si se quiere, de combate. Integrar los nombres fundamentales que desde la sexología europea o norteamericana se fueron incorporando como conceptos básicos de discusión y reivindicación alrededor del homosexual a nuestros contextos, tiene que servir para saltar desde esas comodidades y desconocimientos, a fin de impulsar a los interesados en el curso a hacer preguntas mayores y más complejas.

¿Con qué tres libros o autores tendría que contarse necesariamente la historia de la “temática gay” dentro de la literatura cubana?

Es una pregunta de doble y triple filo. Podría decir: Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro; Paradiso, de Lezama Lima, y El color del verano, de Reinaldo Arenas. Y me ganaré tu responso porque ya ves, no hay ninguna mujer en esa relación. Obras como las de Ena Lucía Portela o Ana Lydia Vega Serova, que tanto me interesan, son aún blancos en movimiento. De ellas espero que, también en el futuro, esas tres piezas que menciono puedan ser o no desplazadas. Hay que ser paciente, aún en plena batalla.

¿Podría concluirse que la literatura escrita desde la diáspora ha contribuido igualmente al tratamiento del tema?

Por supuesto. La salida de Cuba hacia los Estados Unidos, España y otros destinos de autores que desde los 60 han ido incorporando a sus imaginarios la vivencia de la homosexualidad tiene un campo de análisis más amplio del que imaginamos desde aquí. La lista es larga y muy variada en tonos, retos y calidades. Una antología sobre el tema tendría que incorporar varias de esas presencias si se quisiera tener por seria. Las oleadas sucesivas del exilio han llevado a puntos muy diversos del planeta a esos autores. Desde esa distancia, como hicieron en su día los miembros de Mariel, plantaron discusiones abiertas sobre el tratamiento del homosexualismo en Cuba que no deben seguir siendo ignoradas. Es una historia llena de dolor, nostalgia, resentimiento a veces, traumas y voluntades de cercanía a la Isla madre y a su historia, lo cual implica una voluntad crítica que sepa reconocer la calidad literaria más allá del golpe de la memoria y el olvido en esos textos. Pero la comunidad cubana LGBTI, a la hora de hacer su historia letrada, no puede prescindir de ellos.

Sobre lo logístico, que a veces nos puede poner al punto de abortar un proyecto. En el texto de convocatoria al curso declaras que el mismo se realizará todos los miércoles de cada mes, en el Centro Dulce María Loynaz, pero he sabido que eventualmente han existido obstáculos. ¿Mala suerte u homofobia?

Un poco de todo. El Centro Loynaz acogió la idea desde que la comunicamos a su director, Jesús David Curbelo. Luego, sobrevino una serie de infortunios que terminó haciendo evidente la escasa promoción que de tal curso se dio en la prensa y en los medios a los que el propio Centro tiene acceso. En la televisión hay spots sobre sus tertulias habituales, y no he dejado de recibir, a lo largo de estos meses, mensajes electrónicos que provienen de sus promotores difundiendo esos otros encuentros. Ninguno sobre el Curso Literatura Cubana LGBTI. Para colmo, luego, durante varias semanas, coincidían nuestras citas con apagones provocados por el cambio de postes eléctricos en esa área del Vedado. Pero no es solo lo que pasa allí. Me desesperé enviando mensajes sobre la convocatoria del Curso a universidades, personalidades, especialistas literarios, revistas, medios de prensa e instituciones como el Cenesex o el Centro Nacional de Prevención. La respuesta fue casi nula, y en verdad es decepcionante corroborar el rechazo hacia el conocimiento y el trabajo intelectual que implica ir más allá de la superficie que hemos recibido como respuesta. Se trata de un curso en el que hay que leer, discutir, no solo acudir a oír una charla. Y donde, al mencionarse la teoría queer, ya hay gente que reacciona desde ese rechazo institucionalizado al tema que he visto expresarse en otros espacios.

Es lamentable vivir en una nación donde la presunta comunidad LGBTI prefiera desgastarse en la única fiesta oficial del año, o en las noches de supuesta glamorous gaylife accesible solo a quienes dispongan de moneda dura. Un homosexual sin argumentos acerca de quién es y quiénes lo respaldan como ejemplo, modelo, tradición y conflictos, es una persona aún más desarmada de la que sus enemigos se imaginan. Y nos falta por aprender mucho, por saber mucho más allá de la lentejuela de una noche en el Karl Marx viendo a las divas del transformismo, o marcando la presencia oficial en un acto de lucha contra el VIH Sida. Creo que falta organización y conocimiento que no dependa solo de lo institucional, y eso sirve para todo el concepto de una Cuba que tiene que despertar de ese sueño paternal y congelado en el que se ha convertido en víctima de sí misma. Hay ideas y luchas que no son exclusivas de nadie, mucho menos de una institución, y si no encarnan de veras en quienes son parte de ella, si nos limitamos a creer que hay que esperar al permiso de quienes aparentemente controlan esos discursos y anhelos entre nosotros, poco avanzaremos. Poco seremos. Al final, estamos cerrando el curso, con un puñado de alumnos fieles, en la Librería Alma Mater. Ya se ve que no basta con las buenas intenciones. Romperse la cabeza contra el muro es un gesto que muchos evitan, y que en la comunidad LGBTI cubana parece no abundar. Porque, entre otras cosas, se trata de una lucha que no puede terminar en la Rampa o en las arenas tórridas de Mi Cayito, sino que tiene que incluir el cruce de diálogos y conocimientos. Mientras eso falte, el curso mismo, nuestra tarea, no está sino empezando una y otra vez.

¿Has pensado en hacer una multimedia con todo el material que se ha usado para el curso, donde se incluyan los resúmenes de cada encuentro, los fragmentos o las obras literarias en sí mismas, los audiovisuales? Me parece que quedaría un producto de excepcional valía.

Todo eso es posible. La página de Facebook no se cerrará cuando el curso termine: seguirá siendo un almacén de datos, libros, fotos, fragmentos, que espera acumular referencias que están muy dispersas. Es el mismo gesto que activé entre 1998 y el 2000 cuando hice las tres jornadas de arte homoerótico: conectar nombres, actos, testimonios y debates sobre algo que es cultura y mucho más. Se van acumulando títulos, experiencias y la idea es no clausurar esos espacios, de los cuales estamos tan necesitados. Siempre pienso en que podemos llegar más allá, no solo al gay, el travesti, la lesbiana, el paciente de VIH Sida, que está a unos pasos del Vedado. Pienso en el que vive en un ámbito no urbano, en el que no se siente tan aparentemente protegido por una red de gestos, transacciones, conductas, propias o impropias, que pueden escudarlo.

Creo en el saber, ya te digo, como un instrumento esencial. En principio, ya hablamos de este curso durante las acciones por el Día Mundial de lucha contra la Homofobia. Y preparamos un dossier para el segundo número del año de la revista Extramuros que abrirá otras coordenadas a partir de esta primera experiencia. Una multimedia implicaría, según los métodos de tal cosa en Cuba, el respaldo de instituciones que, como he dicho aquí, no se han mostrado particularmente interesadas en apoyarnos, aunque tal cosa dijera algo mucho más positivo sobre sus empeños y alcances.

Hurgar en temas complejos como las UMAP, la parametración, las políticas y verdades sobre el primer momento del VIH entre nosotros, es algo que no pocos prefieren evitar. Hay mucha gente interesada en el Curso fuera de Cuba. No soy ingenuo y sé que muchos de los más de 300 nombres que se acercan a nuestra página en Facebook radican fuera de la Isla. Ojalá pudieran ser más, y estar en diálogo vivo con nosotros, no solo porque salte alguna coyuntura y se “imponga” hablar del asunto, sino como una actitud orgánica, vital y necesaria, mucho más interactiva como idea de lo que discutimos, tenemos y aún nos falta por organizar y mejorar en el Curso. Esa es la expectativa. Para ello, en efecto, hay que sobrepasar muchas actitudes de simple cortesía, de tolerancia que disimula otros disgustos, de gestos que no van más allá del fashion y de lo moderno que parece ser estar al lado de gays, lesbianas, etc. Como dijo Víctor en la UNEAC, se trata de militancia y compromiso. Y eso abarca muchas maneras de pensar y leer la vida. Para eso, en realidad, hacemos el Curso. Como un gesto visible entre lo que se ha alcanzado en pos de una dignidad para esa comunidad LGBTI cubana. Pero también para despertarla, para ayudarla a hacerse ver en un espejo mucho más infinito.

Una versión de esta entrevista fue publicada en Cuba contemporánea