Rosita


La historia de la blogosfera cubana no se puede contar sin pasar necesariamente por una de sus figuras más visibles: Rosa, Rosita, La Polillosa, La Polilla,  albergó muchos más nombres que el de la flor.

Rosita es un ejemplo de que la división que nos quieren imponer entre “mundo virtual” y “mundo presencial”, no es más que una falacia. Nosotras desarrollamos una amistad fecunda por muchos años y nos vinimos a abrazar mucho tiempo de iniciada esa relación, justo cuando el universo lo quiso.

Mientras tanto, yo le mandaba palomas mensajeras en plena angustia pidiéndole que llamara a mi hija. Cualquier motivo me bastaba. De manera que en mi casa su voz era muy conocida. Amó a mi nieto a partir de las fotos que puse de él en mi muro y nunca le pudo morder el cachete pues el tiempo pasó y ella ya no está.

Me preguntó entonces: ¿Me vas a llorar?

En algunas cosas Rosita tenía un tino especial. Como dice mi amigo Enzo, probablemente ella haya sido la única persona que jamás desacreditó sus ideas por el hecho de ser italiano. Ella era un ser muy justo.

En otros momentos podía levantar las polémicas más absurdas y era donde discutíamos. Nos decíamos la misa completa hasta que se nos quedaba la adrenalina en cero. Porque todo pasa y de eso ya teníamos constancia; varios periodos de silencio entre nosotras nos acercaron cada vez más. Pregúntenle a Mildred, quien se propuso interceder en nuestra última riña. No hizo falta. Yo le di un toque cuando me enteré que me había retirado la amistad. “Dale mija que nuestro amor es verdadero”, le dije. Entonces me confesó que se había arrepentido de sacarme de su muro. “Cojones no me hagas más nunca eso, que no sé vivir sintigaaaaaaaaa”. La última palabra es sin dudas un neologismo.

Lo que nunca hice fue leer uno de sus post. Y Rosita lo sabía. También creo que no leía mi bitácora. Había temas y posturas mías que la hacían rabiar.

Eso sí, nadie puede dudar que Rosita ponía amor en todo lo que hacía, lo mismo para verter un criterio, como para juzgar a alguien. Daba lo mismo que fuera uno de sus tuitazos que yo presumía inútiles, para lo cual ponía en disposición su banda-estrecha-conexión.

Con un “me quedan tres o cuatro afeitadas” me dijo que estaba preparada para irse de este mundo. Se rió y luego afirmó: “estoy como la hiena, no sé de qué me río”. Planifiqué infructuosamente llevarle un andador, pregúntenle a Leticia. Para ese entonces, ya René, “el de los 5”, como ella lo denominaba, se me había adelantado.

Me preguntó entonces: “¿Me vas a llorar?” El día de su muerte no fue uno cualquiera: SE MURIÓ NUESTRA ROSITA. No me dio tiempo a llegar a La Habana.

Lloré.

Tuve entonces que conformarme con leer los obituarios de sus amistades, alguna de ellas participaron de sus sueños más bellos, como el de la tropa cósmica.

Es 26 de julio. En el momento, en que casi termino este texto, vuelvo a entrar a su muro. Noto que la gente sigue publicando por allá y etiquetándola a los eventos que consideran importantes. Prefiero pensar que son personas que la sienten aún presente, aunque también podría suponerse que no se han enterado de su muerte. Tal vez no les haga falta saberlo.

Un comentario en “Rosita

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