Soy la Negra cubana que tenía que ser

Llevaba cierto tiempo sin escribir en este, mi espacio. Desde que creé Negra cubana tenía que ser, en el año 2006, nunca había tenido un periodo tan largo, durante cual no publicase algún texto propio. Es más, en algún momento de lo que va de 2020, pensé que, quizás, debería darle prioridad a otros proyectos por encima de continuar con este blog. Idea festinada la mía. Hoy estoy plenamente convencida de espacios como este han de mantenerse.

Abrí entonces la compu y le escribo estas letras al gobierno de Cuba, específicamente a la Seguridad del Estado, al pueblo cubano, a mis amistades y también a la gente que no me conoce. A Karlito Marx no le escribo porque él no existe. Es un perfil falso. Eso lo saben hasta los cientos de personas y cuentas falsas que le siguen. Sin embargo, quienes están detrás de ese perfil sí existen, podrían ser funcionarios, agentes de la seguridad del estado, personas corrientes, nadie sabe. Tampoco importa mucho. El texto posteado ayer desde aquel usuario de Facebook se inscribe en la ola de descrédito donde “ciberclarias” y “garrapatillas” llevan la voz cantante. Yo no pertenezco a ninguno de esos dos bandos.

Quien(es) quiera que sea(n), se aprovecha (n) de que mucha gente “scrollea” a la velocidad de la luz, saltándose toda confirmación posible. El resultado es toda una sarta de comentarios risibles, desproporcionados, llenos de odio, que parecen emitidos durante los años 80 del siglo pasado, cuando una parte de les cubanes se prestaron para tirarle güevos a los “gusanos”. Se aprovechan también de los huecos legales que existen en Cuba, de manera que no es posible denunciar este tipo de acciones con consecuencias para el delincuente —porque eso son: delincuentes—, la injuria, la difamación son, en cualquier parte del mundo, delitos.

Aquí va lo que tengo que decir sobre este incidente, uno de los tantos que he vivido en las redes sociales desde que las tomé para llevar adelante mi activismo:

A la gente que no me conoce: Googlee antes de opinar. Entre a la Wikipedia. Lea. Cultívese. Jamás he dado una entrevista a Radio Martí, ni dicha emisora se ha interesado por tener mi voz. La entrevista que se cita en el post de marras data del año 2013 y la ofrecí a la corresponsalía en Cuba de la agencia Rusia Today. A partir de ella, Radio Martí escribió una nota. Aquí les dejo los dos enlaces para que se documenten: Entrevista ofrecida a Rusia Today y Nota de Radio Martí. Por cierto, lamentablemente, lo que expresé en aquel año sigue conservando su validez y me apena que así sea. Ya no estoy tan segura que mis nietes vivirán en una Cuba más justa. Tampoco gano dinero por mi activismo. En más, en varias oportunidades me han comentado que es posible tener ingresos con un blog, a través de la publicidad —como hacen muchos medios para poder sustentarse—, y si revisan con detenimiento, notarán que en mi bitácora no existe anuncio alguno, tampoco en el Directorio de Afrocubanas, pues pago para ello. Me interesa que mis mensajes sean leídos sin distracciones. He ejercido el periodismo, desde mis principios y no desde agendas impuestas. Lo ejercí por diez años en Cuba y durante los siete que llevo residiendo fuera. También he dejado de colaborar con medios y rechazado publicaciones en libros y revistas —por razones obvias me reservo los nombres—, cuando he considerado que hacerlo atentará contra mi integridad, mis valores y, sobre todo, contra las causas que defiendo. En mis 20 años de activismo he recibido tres becas o financiamientos para participar en dos eventos: la Cumbre Mundial de Juventud Afrodescendiente, celebrada en Costa Rica en 2011, y el Congreso de LASA que me ha dado, en dos oportunidades, fondos para asistir al mismo, en 2013 y 2019. En la primera oportunidad, no me dieron la visa para entrar a Estados Unidos de América, así que no pude disfrutar de la beca que cubriría mis gastos. Acerca del bloqueo, hace poco hablaba con un amigo sobre ello. No considerar las consecuencias que esto tiene, tanto para el desarrollo del país como para el pueblo, es querer obviar una parte importante del cotidiano de la gente de a pie que tiene que luchar cada día para sobrevivir. Sí, porque en Cuba, en muchos barrios, en muchas familias, se sobrevive. Yo sentí en mi propia piel lo que era el bloqueo la primera vez que salí de Cuba, en el año 2009, cuando no pude usar mi pasaporte cubano —que por entonces no se encontraba en el programa informático usado por Western Union para hacer las transferencias—, para recibir un dinero que mi compañera me había enviado desde Europa. Y así tengo innumerables ejemplos de cómo la vida se nos hace más difícil en todos los ámbitos posibles, desde el económico hasta el más privado, el acceso a medicamentos, terapias, etc. De esta manera, convencida de que el bloqueo existe, he participado de acciones concretas en contra del mismo y cada vez que ofrezco una conferencia, taller o formación me refiero a este. Suena patético que yo tenga que reiterar que estoy en contra del bloqueo y que no conozco una Cuba que no sea la bloqueada. No obstante, esta vez lo creo necesario, dado que por momentos pareciera que les cubanes nos dividimos (únicamente) en quienes están a favor y quienes están en contra de las sanciones contra Cuba.

A la Seguridad del Estado: todo lo que hago está en este en blog, en mis redes sociales, en mis artículos, en mis textos, en mis columnas, en mi activismo, en mi propia vida. Soy una activistamujerfeministanegralesbianaantirracistaantiespecistaveganasocialista. Soy la Negra cubana que tenía que ser. Una de las primeras cosas que hice cuando llegué a Alemania, fue ir a registrarme en el consulado de Cuba en Bonn, precisamente porque quería que se supiera que yo estaba aquí, que esa negra que escribía en ese blog “conflictivo” era yo; aún cuando en ese entonces, dada mi residencia temporal, no tenía que inscribirme. Si en algún otro momento de mi vida —recuerden que ya me han entrevistado en tres oportunidades mientras vivía únicamente en Cuba—, se toman el derecho que les asiste de interrogarme, solo les pido que me busquen para dialogar a una oficial que tenga, como mínimo, un máster en estudios de género, como yo lo tengo, y que haya investigado sobre racialidad y racismo tanto como yo lo he hecho. Suena altisonante pero no es mi intención. Solo quiero prevenirles de lo que pasará: hablaré de feminismo, de violencia machista, de antirracismo, de veganismo… hasta por los codos, hasta el cansancio; me tendrán que dar merienda porque soy diabética… y además vegana, así que nada de pan con jamón. Algo más sobre aquel texto injurioso firmado por aquel perfil falso, pero que (ustedes y todes) sabemos que es de vuestra autoría. Lisandra, mi hija, tiene 27 años, es médica, trabaja en el Policlínico Mantilla y ahora se encuentra en su casa, en cuarentena, luego de haber trabajado por casi tres semanas en el centro de aislamiento de La Lenin. Ella se alistó porque quiso. Es asmática. Tener un hijo pequeño le hubiese permitido no considerar a ir a trabajar allí, por el riesgo que supone para ella y para el niño. Sin embargo, fue, dejó a su peque con otra familia y cumplió con su país. Para mí, ella es mi heroína. También lo es para les pacientes de un barrio marginalizado de La Habana. Mi nieto, Adrián, tiene 6 años e iba a la escuela Manuel Saíz de la barriada de Lawton cuando llegó la COVID 19 a Cuba. Ustedes saben cuál es la dirección de mi (nuestra) casa. Yo les encargo a Lisandra y Adrián, les pido públicamente que la cuiden, que lo protejan. Qué nada les pase, que nadie la llame de madrugada para molestarla, que su trabajo  y sus estudios continúen tan bien como iban, que nadie le ponga un traspié a ese negrito cubano, que no se raspe la rodilla montando bicicleta, que nadie me le grite “negro mono”… Les dejo a mis dos seres queridos en vuestras manos con la petición de que velen por su seguridad.

Al pueblo de Cuba: Tenemos una larga tradición revolucionaria que no nació precisamente en 1959, sino mucho antes. Hemos de agradecer a nuestres ancestres por la fortaleza que hemos heredado, la misma que nos permite, a pesar de las UMAPs, de la Zafra de los 10 Millones, del Cordón de La Habana, de la Central Electronuclear de Cienfuegos, de la Zona del Mariel, del bloqueo arranca vidas, permanecer dignamente sobre la Tierra y continuar soñando una Cuba mejor: inclusiva, progresista, revolucionaria, donde quienes tomen las decisiones tengan en cuenta los criterios todes y no solo las ideas enquistadas, obsoletas y discriminatorias de unes cuantes. Yo soy una ciudadana cubana porque mi madre me parió en ese archipiélago, porque mis ancestres fueron arrancades de sus tierras y fueron esclavizades en Cuba. Yo no escogí nacer en aquel pedazo de Caribe, como sí escogí irme. Por amor. Soy activista porque en el año 2000, luego de la muerte de mi madre y cansada del racismo y del clasismo del Polo Científico. Me fui a luchar por la vida, la mía propia y la de personas infectadas con VIH. Ese fue el inicio de mi trayectoria activista, cuando tan solo se le llamaba “voluntariado” o “promoción de salud”. Así, progresivamente, se le han ido adicionando causas a mi labor social, porque es también mi labor individual, como ya he dicho, es mi propia vida: activistamujerfeministanegralesbianaantirracistaantiespecistaveganasocialista. Nadie me ha regalado nada, ni la Revolución cubana, ni Alemania —el país donde resido y del cual también soy ciudadana—, ni el Universo. Todo lo que pueda tener —virtudes, actitudes, bienes materiales, espiritualidad, conocimientos, defectos, etc.—, se gestó en la máquina de coser de mi madre. El cuerpo que tengo me lo dieron esa Singer e Hildelisa Ramirez Oviedo. En Alemania trabajo con refugiados menores de edad que están solos en el país. Mi niños, son todos varones, me llaman “Mama Sandra”. He visto crecer a cerca de 60 adolescentes de varias naciones: Eritrea, Ghana, Iran, Nigeria, Iraq, Siria, Guinea, Etiopía, Afganistán, entre otras. Así me gano la vida, cuidando a los hijos de otras mujeres. Desde donde les escribo, una ciudad del norte alemán, también hago activismo, milito y, sobre todo, he expandido mis horizontes, tanto emocionales como cognitivos. Todo a costa de mi propia piel, de mi nostalgia, de no tener al Malecón a 30 minutos de mi casa, de haber aprendido otra lengua, de haber sentido que La Habana puede estar en todas partes, de haber conocido otros cielos tan azules como aquel.

A mis profesores, colegas, amistades, amigues, amantes, amadas: Gracias por las enseñanzas, por tantos mensajes de amor, por la lealtad, por el camino recorrido. Gracias por el codo a codo, por las preguntas, por los debates. Si para algo sirvió este lamentable episodio ha sido para poder agradecerles públicamente por vuestra compañía. Como han visto nos queda mucho por recorrer; el racismo, la misoginia, el clasismo, —también presentes en post del tal Karl Marx que no es Karl Marx—, cada día toman nuevas formas.

Alemania, 18 de Julio del 2020.

Descréditos, falsos elogios, revictimización y punición son alimento para la estructura racista

Por Yarlenis Mestre Malfran

Años´90, Escuela Vocacional de Santiago de Cuba (más conocida por IPVCE “Antonio Maceo”). En plena adolescencia me veo en la zona de la escuela donde la gente “apretaba” (lo que consigo recordar porque mi sabio inconsciente no me permite recuperar estas memorias en su totalidad). No sé cómo llegué allí, la cosa es que llegué. Era de noche. El muchacho blanco de la escuela que más se reía de todos, y de mí, estaba allí. Curiosamente en ese momento no me llamó de fea como acostumbraba a hacerlo a la luz pública en los pasillos de la escuela. Allí, me convidó sin ninguna amabilidad a estar con él. Claro, hoy, después de muchas lecturas feministas antirracistas y decoloniales, solo hoy puedo entender que en su cabeza de hombre y blanco yo, un cuerpo desvalorizado, debía sentirme “elogiada” con su invitación. Miren lo perverso que es el racismo, que se reviste de elogio en la cabeza del racista. Una fetichización supuestamente positiva que es en verdad una expresión de la persistencia de lógicas coloniales. En la cabeza de los colonizadores “civilizar a los pueblos salvajes” era algo que lxs colonizadxs debían agradecer, una ofrenda que ellos “seres superiores” estarían dando. En la cabeza de los racistas, la apropiación de nuestros cuerpos sería un favor que tendríamos que agradecer. Las lógicas coloniales tienen como sello distintivo el posicionarse y pensarse como autorreferencia del mundo mundial. Inmunda colonización. Este cuerpo negro que era/soy yo, podía hasta ser deseado en la oscuridad de aquel lugar recóndito de la escuela, pero ese deseo no podía ser admitido a la luz pública. El tipo me dio una cañona. Años después, en sesión de psicoanálisis conseguí llamar las cosas por su nombre. No fue cañona, fue violación. Peor que eso (si es que puede haber algo peor que semejante vejación). Recuerdo que tuve el coraje de contarle a la psicopedagoga de la escuela lo que había sucedido. La psicopedagoga convocó a mi mejor amiga a una sesión, y entre otras cosas le preguntó: ¿cómo era yo? No basta no ser racista, es preciso ser antirracista, antisexista, practicar la sororidad y no sé cuántas cosas más. O sea, al parecer, desde su entendimiento, habría alguna “característica de mi personalidad” que precisaba ser verificada a través de terceras personas, para darle legitimidad o no, a mi relato. Hasta hoy estoy aguardando un retorno de la psicopedagoga. Al parecer concluyó, por alguna razón que (des)conozco, que lo que me pasó estaba justificado o yo lo merecía. No me llamó más a consulta. El racismo se alimenta del descrédito. Y el descrédito desgasta. Todas las veces que intenté apuntar a otrxs actitudes racistas, se instauró la duda, el descrédito, la revictimización (¡¡¡¡tú también discriminas!!!! una tentativa de simetría de opresiones que es ilógica y perversa) y hasta la punición. Y no es que yo haya lidiado siempre tranquilamente con el racismo. No es que yo no haya querido imponer “mi verdad”, de tan obvia que es para mí. Si la trato de imponer es porque ella es continuamente sometida a descrédito, sospecha y a la contra-argumentación de “voces autorizadas”: ya sabemos, voces blancas y hasta feministas. Y no es que yo misma no haya desvalorizado ciertos cuerpos, pero de ahí a tener poder estructural para revertir posiciones de privilegio hay un abismo. Tampoco me sustraigo del ejercicio crítico y honesto de repensarme, pedir disculpas cuando sea necesario y avanzar. Ninguna de mis agresiones y discriminaciones (sí, yo también he discriminado, a veces para sentirme menos mal con quien me dejó en la mierda, a veces no) cambia situaciones estructurales de privilegios blancos y de clase, por citar apenas algunos de ellos. Piensen si por yo decirle a alguien que tiene menos culo que yo, (si esa alguien es blanca) eso la coloca en una situación estructural desventajosa. Qué hombre me va a preferir a mi antes que, a ella, inclusive ella sin culo y/o con celulitis. Eso tampoco hace menos peores a mis discriminaciones, así que me toca reverlas. Al final, la maldita comparación es un vicio colonial también. Comparar para imponer a unos sobre un montón de otres.

No dejen de leer, si pueden, un texto de Djamila Ribeiro, filósofa y feminista brasileña, en el que ella aborda el asunto. El título del texto es: Hablar de racismo reverso es como creer en unicornios y aparece en su libro Quem tem medo do Feminismo Negro? Eso me lo enseñan a diario las feministas negras, tan lúcidas ellas. Hoy admito que el camino del debate en las redes o a nivel individual es muchas veces desgastante psíquicamente. Lo que menos hay es debate. Nadie gana absolutamente nada. No pretendo una tentativa hipócrita de justificación, pues como dijo Fanon en Piel negra, máscaras blancas, la descolonización es un proceso violento. No tiene como ocurrir en el confort. ¿No es confortable para lxs que son apuntadxs como racistas? Entonces imagine por un solo instante para quienes tenemos que lidiar con el racismo que nos estructuró, que se actualiza en forma de fetichización “positiva” y con los egos lastimados de quien no se quiere ver en ese lugar. El colonizador que habita en muchxs no quiere (re)conocerse. Reconocer su racismo es demasiado pedir para sus egos coloniales, para sus múltiples posiciones de privilegio. Es mejor, mucho mejor proyectar la culpa en (nos)otras y punir, siempre punir. Construir a la feminista negra como conflictiva es fácil, muy fácil. Esta es una manera óptima de seguir alimentando esa estructura racista, sexista, machista. Y todavía hay quien duda de la necesidad de una Ley contra la Violencia de Género en Cuba. Yo no deposito todas mis esperanzas en una Ley, porque creo que, junto con ella, cada unx de nosotres tiene que tener el coraje suficiente de hacer el ejercicio de (re)conocerse: yo misma, el tipo que me violó, la psicopedagoga, las mujeres blancas que se colocan como voces autorizadas de lo que ellas mismas no han vivido y no consiguen ni de lejos imaginar, los machos punitivistas, las feministas que antes de practicar la sororidad, optan por los pactos narcisistas con los machos y otras privilegiadas. Nada de eso lo va a cubrir una Ley. Cada unx tiene que hacer su trabajo.

Foto: Daria Shevtsova

 

Violencia machista en Cuba: Sobre una Solicitud a la Asamblea Nacional

He dicho muy poco, aunque he trabajado mucho para eso) sobre la Solicitud de una Ley Integral de Género contra la Violencia de Género en Cuba que tuve a bien firmar, que firmaría nuevamente a pesar de mis MIEDOS (el mayor es que no nos respondan o no tengan en cuenta nuestra solicitud); y que rubriqué, además, porque soy ciudadana cubana, con residencia permanente en Cuba, con carnet de identidad y si fuera un carro tuviera chapa cubana.

Después de haber leído algunos comentarios, reportes, noticias, etc., donde he encontrado pifias, tergiversaciones, críticas, sugerencias y algunas buenas intenciones de esas que nos llevan al infierno, me decido a precisar algunos aspectos.

Lo que se entregó a la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP) es una SOLICITUD que contiene tres puntos muy claros:

1) Incluir en el cronograma legislativo previsto la elaboración de una Ley Integral contra la Violencia de Género;

2) Constituir un grupo asesor cuya composición sea de conocimiento público, integrado por personas con trabajo en el tema, que acompañe el proceso de redacción del proyecto de Ley. Solicitamos que en el grupo haya representación de distintas regiones del país y sectores sociales;

3)Recibir y procesar propuestas de la ciudadanía en el proceso de elaboración de la Ley Integral contra la Violencia de Género.

Repito, es una SOLICITUD no es un proyecto de ley ni es una agenda. Por lo tanto, hacerle peticiones a ese documento es completamente desatinado. Para ello está el momento de redacción de la Ley, proceso ante el cual tenemos que ser proactives: proponer, sugerir, criticar, etc. Además se nos tiene que conceder esa posibilidad, la cual es uno de los objetivos antes mencionados: QUE NOS DEJEN PARTICIPAR.

Las 40 personas firmantes de la Solicitud son todas ciudadanas cubanas con residencia permanente en Cuba, aun cuando algunas se encuentren (por una u otra razón) también viviendo fuera de territorio nacional. Nosotres tenemos los mismos derechos y obligaciones que quien vive en Cuba los 12 meses del año, entre ellos la posibilidad de presentar una solicitud a la ANPP. Quien considere lo contrario está arbitrariamente violando la ley de migración de Cuba que se actualizó en el 2013. A quién le incomode, al menos ha de reconocer que su cabecita funciona con el binomio “cubanos de adentro-cubanos de afuera”, a pesar de que existimos otres que residimos tanto afuera como adentro.

Tanto esas 40 personas firmantes como las 800 que apoyan la Solicitud, como también entre quienes no han firmado el documento (su derecho y su izquierdo) hay gente muy valiosa con un recorrido en el tema, ya sea desde el activismo, la academia, las investigaciones, las ciencias jurídicas, las artes, etc. Ojalá se nos permita poder acompañar ese proceso que sabemos ya fue iniciado, porque es un secreto a voces que se está escribiendo “algo”. Lo que sucede es que, como falta transparencia, no sabemos qué, cómo ni por quién .

Por otra parte, esa Solicitud no tiene que describir todas las formas de violencia de género que existen. Son muchas; algunas más visibles como el acoso callejero, otras menos como la violencia simbólica y otras tan aparatosas como el actuar de la policía no solo con las mujeres disidentes sino también por ejemplo, cuando hombres policías vestidos de uniforme piropean a una mujer, lo cual es mucho más que acoso callejero.

Entonces, afilen sus plumas, para escribir, proponer, participar. Si algo bueno tiene esta Solicitud es que sienta las bases para que personas naturales cubanas decidan pedir públicamente, y por los canales correspondientes, la inclusión de una norma para un asunto en específico. Sin duda alguna, es un paso de avance. Si tiene preguntas al respecto vaya al artículo de El Toque, allá se explica muy bien este punto.

Del mismo modo, la Solicitud presentada a la ANPP está reconociendo que NECESITAMOS UNA LEY INTEGRAL, no únicamente la transversalización de las normas ya existentes (o por crear) con una perspectiva de género. Las razones son muchas, en mi opinión, la posibilidad que brindaría de poder trabajar de manera integral y al mismo tiempo individualizada e incisiva en la educación, prevención, apoyo a las víctimas, mujeres policías en las estaciones que reciban a las víctimas, rehabilitación de los victimarios, el establecimiento de refugios, etc. Lo anterior solo lo podría facilitar la existencia de una LEY INTEGRAL.

Como quiera que sea la existencia de la una LEY INTEGRAL también implica transversalizar las ya existentes, para que estas respondan de manera coherente a aquella otra y no existan ni contradicciones ni vacío legales.

El 13 de febrero próximo se vence el plazo, fijado en 60 días hábiles, para recibir una respuesta de la Asamblea Nacional de Poder Popular. Queda tiempo aún para seguir divulgando esta iniciativa y sobre todo para continuar movilizando a todos en contra de la violencia machistas.

Si quieres apoyar la Solicitud de Ley Integral contra la Violencia de Género en Cuba, envía un mensaje a cubaleyviolenciadegenero@gmail.com con tu nombre y apellidos.

¡Será Ley!

#YoSíteCreo
#YoSíteCreoenCuba
#MeToo
#NoalaViolenciadeGénero
#NiUnaMenos
#LeyIntegralContralaViolenciadeGénero
#SeráLeyenCuba

Argelia Fellove es una dura

Por Abraham Jiménez Enoa

Alberto está a medio vestir. Tiene aún los labios pintados con un creyón carmesí, el cinto desabrochado, la camisa por fuera, el rostro sin maquillar. Olvidó en casa el espejo de mano y eso lo ha retrasado. No le queda de otra que ir del baño de los hombres al de las mujeres para terminar de alistarse. Porque en el baño de los hombres hay un solo espejo y ya está América maquillándose. Y porque en el Club Tikoa no hay camerinos, los artistas se acicalan en los lavabos.

Mientras espera que el baño de mujeres esté desocupado, Alberto va adelantando, a ciegas, lo que puede. Parado en el pasillo, que separa los dos lavabos, saca una carterita pequeña donde guarda su kit de maquillaje. Primero se echa base en el rostro, después se pone un reloj con manilla de cuero en la muñeca derecha y luego se cuelga una cadena de oro falso.

Al baño de mujeres han entrado dos señoras. Hasta que no salgan, Alberto no acabará de vestirse. Debajo de la camisa tiene puesto una faja. «Ayer la lavé tarde y hoy me la he tenido que poner húmeda», dice con molestia. Gotas de sudor le empiezan a correr por la piel. No hay ventanas. Sacude una toalla pequeña para echarse aire y refrescar.

Cuando las señoras salen, Alberto entra de inmediato, cierra la puerta. El baño está en penumbras. El fuerte olor a orine repugna. El espejo, colgado en una de las paredes, es ancho, con un marco de madera recién pintado. Alberto observa su cuerpo del abdomen hacia arriba. En silencio, mientras se maquilla, mientras delinea y pinta sus cejas, mientras riega en su cara las tortas de base que antes se había untado sin mirar, mientras se estira el pelo y se hace un moño corto, Alberto entierra una vida anterior para emprender un nuevo viaje.

Cada trazo de maquillaje cura un poco y cicatriza las heridas del pasado, son un grito de desahogo. Con el polvo, la mascarilla, las cremas, no solo se transfigura, sino que encuentra la puerta de salida hacia la libertad. Finalmente sale de la oscuridad y camina bajo el sol.

Alberto tiene rapada la cabeza de la mitad hacia abajo. Esos pelos no han ido a parar al cesto de basura, los guarda en un recipiente plástico, y luego, poco a poco, los va colocando en la barbilla con una especie de pegamento. Más tarde toma una cuchilla y define los contornos de su barba postiza. «Un día tuve que hacerme los cortes con el carnet de identidad porque la cuchilla se me cayó en la taza del baño», cuenta.

El público entra mientras Alberto y América terminan de prepararse para salir al escenario. Se supone que a las tres de la tarde comience la peña «Sabadazo» en el Tikoa, uno de los clubes subterráneos de la céntrica calle 23 del barrio del Vedado en La Habana.

El Tikoa es un antro. Oscuro, casi tremebundo, un refugio de la ciudad. Detrás de la barra está de pie la única muchacha joven de la tarde. Viste de negro, es negra. La joven tiene los pómulos muertos, parece una mujer marchita, como mismo la nevera del lugar es un cadáver en descomposición: no congela del todo, guarda apenas un par de refrescos enlatados de sabor naranja y solo se puede cerrar con un candado oxidado. De más está decir que no hay cerveza ni hielo, ron es lo que hay.

La entrada cuesta diez pesos cubanos –cincuenta centavos dólar– y la velada dura hasta las siete de la noche. A las tres de la tarde el sol de agosto en La Habana es inclemente, la temperatura puede sobrepasar los 35 grados Celsius, pero dentro del Tikoa hace frío. Un enorme aire acondicionado, que gotea y ronronea, hace que la mayoría de las personas tirite sentados en sus mesas y sillas. Luces fluorescentes, figuritas indescifrables. Todos, sin excepción, pasan los cincuenta años.

El director artístico de la peña entra al baño para ver qué falta. Alberto ya está listo y toma un trago de vino tinto. Luce como un señor de la década del cuarenta: camisa y sombrero blanco, saco beige de rayas finas, cinto y zapatos puntiagudos de color carmelita. América, un señor de más de sesenta años, aún está en blúmer y medias pantis. Estirándose las cejas, frente al espejo del baño de los hombres, hace un chiste: «El mundo está al revés, las mujeres andan de hombre y los hombres de mujeres. ¿Verdad Argelia?», le pregunta a Alberto.

***

Argelia en su casa / Foto: Abraham Jiménez Enoa

A sus 52 años, Argelia Fellove Hernández no sabe de dónde ni cómo sacó fuerzas para no quebrarse en el camino. Piensa que pudo haberse quitado la vida. Si no lo hizo fue porque, sin darse cuenta, los acontecimientos en contra la volvieron una coraza a prueba de balas, y ahora no hace más que a avanzar.

Para 2005, no la estaba pasando bien, vivía en un estado de represión interna, deprimida, sin ganas de nada, ni siquiera quería hablar. Sin esperarlo, de pronto, la vida le dio un vuelco. Hacía unos pocos años que se había declarado lesbiana, pero aún no encontraba la manera de asumirse como tal en una sociedad ampliamente homofóbica.

La Cuba de 2005 era todavía el país de Fidel Castro, una isla sin internet, sin que sus ciudadanos pudieran viajar al extranjero o se pudieran comprar una casa o un carro o pudieran pasar unas vacaciones en hoteles. La propiedad privada apenas existía, y era aún más demonizada que hoy.

Con el traspaso de poderes ocurrido entre 2006 y 2008, y ya con Raúl Castro como presidente, la sexóloga Mariela Castro, una de sus hijas, logró impulsar la agenda del Centro Nacional de Educación Sexual(CENESEX), una institución que aún dirige en la actualidad y que desde su fundación, en 1989, aboga por defender los derechos de las minorías sexuales.

En ese entonces, una amiga le recomendó a Argelia Fellove acudir al CENESEX. Le comentó que había un grupo de mujeres lesbianas y bisexuales, casi todas intelectuales, que se reunían para intercambiar experiencias personales y ayudarse unas a otras. El espacio no solo comprendía el trabajo en grupo, sino que también, allí, recibían talleres, cursos y conferencias magistrales que las ayudaban a afrontar, con dignidad y mayores herramientas, el juicio de la sociedad en la que vivían. El grupo se nombra Oremi, que significa «amiga de confianza» en una lengua religiosa nigeriana.

«Luego de mi primer día, de escuchar a aquellas mujeres hablar de sus vidas y de ver que estaban pasando por lo mismo que yo, me fortalecí y comencé a desprejuiciarme», cuenta catorce años después. Cuando salió de ese encuentro, caminó por primera vez al lado de una mujer masculinizada en apariencia sin sentirse apenada por ello.

Argelia se hizo fija en Oremi, los talleres y charlas que recibió le fortalecieron el alma. Comenzó a crecer dentro de ella una necesidad de vomitar en seco y expulsar el pasado que tenía atorado en la garganta. «Me ayudaron a empoderarme y a romper mi silencio», asevera. Se volvió una líder, hizo de su propia vida un espejo público, donde cualquier mujer pudiera venir a mirarse, a tomar fuerza con su imagen.

Argelia / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Negra, de un metro y ochenta centímetros de estatura, sin haber cursado estudios universitarios, Argelia Fellove se volvió la coordinadora en La Habana de la Red de mujeres lesbianas y bisexuales.

«El objetivo de la red es visibilizarnos, promover la salud sexual integral y la prevención de las enfermedades de transmisión sexual y el VIH Sida, darles a las muchachas las herramientas y recursos para conocer nuestros derechos sexuales dentro de la Carta de los Derechos Humanos. Reconocernos como mujeres íntegras en la sociedad e insertarnos en ella. Nosotras luchamos contra la violencia hacia las mujeres y niñas», declara como un mantra.

La red tiene una sede en cada provincia de Cuba, y Argelia es la coordinadora en La Habana desde hace catorce años. Una vez al mes se reúnen para charlar y auparse. Al encuentro, Argelia lo llamó «la caldosa diversa», una especie de ajiaco donde lo mezclan todo y le sacan provecho, dice. Cada quien un poco de sazón.

Oremi fue un alumbramiento para Argelia Fellove. Una revelación que, quizás, sea la más importante en sus 52 años. Todo lo que es Argelia hoy se lo debe al hallazgo de Oremi. Pero se trata, a la vez, de un proyecto institucional que se rige por políticas estatales, de ahí que en 2016 Argelia sintiera la necesidad de tener algo propio, algo con su desenfado, sus intenciones, sus maneras de proyectarse.

Desde 2007, sin percatarse, dio los primeros pasos hacia ese terreno suyo, cuando comenzó a amenizar los encuentros de Oremi con presentaciones mínimas. Le añadió a las charlas, las tertulias, las conferencias y las mesas redondas, una dosis de relajación para liberar las tensiones que se generaban al interior de los encuentros. Argelia comenzó a declamar y a leer poemas disfrazada de hombre.

«Antes yo era más cómica, ya no me sale esa veta, debe ser que tengo muchas cosas en la cabeza ahora», recuerda. Por aquellos años, Argelia Fellove imitaba a Luis Carbonell, a Alden Knight, todo era un hobbypara ella. «Me aprendía más rápido una canción que un poema, entonces empecé a montarlas».

Argelia cantando en Rompiendo la rutina
Argelia cantando en Rompiendo la rutina / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Memorizó las letras de cinco baladas románticas pop del momento: Es por amor de Alexander Pires, Amiga mía de Alejandro Sanz, Me dediqué a perderte de Alejandro Fernández, y A puro dolor de DLG en versión balada y en versión salsa. Le pidió prestada una muda de ropa a uno de sus cuñados. El hombre pertenecía a la Sociedad Secreta Abakuá, una secta religiosa exclusivamente de hombres que se fraguó en Cuba en el siglo XIX. Primero, como es de suponer, se negó, pero luego Argelia lo convenció con plegarias. Con ese juego de camisa y pantalón se presentó las primeras veces en Oremi y en las peñas culturales del CENESEX.

Argelia llevaba las canciones en un CD y las doblaba mientras se desplegaba en el escenario. Era tan contagiosa y potente la imagen que Argelia ofrecía, que la gente, en cada presentación, se olvidaba que detrás de aquel personaje había una mujer. Sin su consentimiento, le empezaron a llamar Alberto. Se le quedó acuñado.

«En esa época había tanta discriminación y había tan pocos transformistas en el país, que por falta de espacios donde presentarme y por exclusión, decidí abandonar aquella idea de empezar una carrera artística en serio en el transformismo», rememora Argelia.

Casi diez años después volvió al ruedo. El contexto cívico cubano había cambiado un tanto y las personas de la comunidad LGBTI, autorización gubernamental mediante, comenzaron a tener espacios de legitimación. La coyuntura favorable posibilitó que, a través del proyecto Oremi, el CENESEX diera luz verde a una idea de Argelia Fellove: una peña educativa cultural desde el transformismo masculino.

Una vez al mes, en el cine Acapulco de La Habana, Argelia abrió un espacio que aún hoy sigue vivo. Con la peña en sus hombros, el retorno de Alberto no se hizo esperar. «El cuerpo me lo pedía, regresé hasta con un repertorio nuevo de canciones», dice. En poco tiempo, la peña sirvió para incentivar el transformismo masculino en la capital de la isla. En un abrir y cerrar de ojos, a Alberto lo acompañaron también siete transformistas. Así surgió el movimiento de transformismo masculino en Cuba.

La nueva versión de Alberto estaba pensada para hacer bailar. Sin desechar las baladas románticas de antaño, su nuevo repertorio intentaba generar empatía e interacción, que todos se pararan de sus sillas. La rumba y la salsa cubana se convirtieron su carta de presentación. El público no tardó en apodarlo «El Salsero».

Argelia Fellove modificó esta vez el apodo: «El Salcero». Sin cambiarlo del todo, le añadió un mensaje: cero discriminación, cero violencia, cero todas las segregaciones.

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Para el pasado 11 de mayo de 2019 se había programado la acostumbrada Conga contra la homofobia, el evento cumbre dentro de la jornada nacional que realiza el CENESEX para celebrar el día internacional del orgullo gay. Pero, a diferencia de los doce años anteriores, esta vez la conga fue suspendida por el gobierno. Los miembros de la comunidad LGBTI, que decidieron salir a la calle a reclamar sus derechos, terminaron sometidos a una brutal represión policial.

Marcha comunidad LGTBIQ en La Habana, Cuba / Foto: Alba Graciela

El CENESEX, en un comunicado de prensa cargado de ambigüedad, dijo que la cancelación se debía a «la actual coyuntura que está viviendo el país» y «determinadas circunstancias que no ayudan a su desarrollo exitoso». De esta manera, la comunidad LGBTI se quedaba sin su día de fiesta. Pero esta vez decidieron no acatar la orden central y celebrar a cualquier precio.

Rostros ensangrentados, policías vestidos de civiles estrangulando a manifestantes, personas cargadas en peso entre tres o cuatros represores, gente encarcelada. Esas fueron algunas de las postales que dejó la pacífica marcha de reclamo.

«Es un evento que sucede una sola vez al año, por eso todas las coordinadoras provinciales de la red nos habíamos puesto de acuerdo para aglutinar a los miembros y participar. Era una marcha pacífica. Si pasó lo que pasó es porque estaba premeditado», opina Fellove, a quien, un día antes de la manifestación, una miembro de Oremi le notificó que habían llamado del CENESEX para advertirles que no acudieran.

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«Ahora no hay UMAP, pero la sociedad cubana es homofóbica, patriarcal, machista, heterosexista, misógina y racista». Argelia se refiere a las llamadas Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP), especies de campo de trabajo forzado que entre 1965 y 1968 Fidel Castro instauró en la provincia de Camagüey para supuestamente reeducar a homosexuales, prostitutas, religiosos, proxenetas, delincuentes y desafectos del régimen.

No hay consenso alrededor de las cifras de cubanos que padecieron esa experiencia, aunque la mayoría de los datos refieren a 25 000 personas en tres años. Raúl Castro, en ese entonces ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), declaró en un discurso de abril de 1966: «Se incluyeron a algunos jóvenes que no habían tenido la mejor conducta ante la vida, jóvenes que por la mala formación e influencia del medio habían tomado una senda equivocada ante la sociedad y han sido incorporados con el fin de ayudarlos para que puedan encontrar un camino acertado que les permita incorporarse a la sociedad plenamente».

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Argelia y su proyecto Afrodiverso / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Argelia quiso desarrollar también un proyecto independiente a Oremi y al CENESEX, flexible e itinerante, más inclusivo. Así nació Afrodiverso, «dirigido a mujeres lesbianas, negras y afrodescendientes. Un proyecto para empoderarlas desde su propia historia y su origen. Reidentificando sus esencias como mujer desde el arte inclusivo del transformismo masculino», afirma.

El último censo de población y viviendas se realizó en Cuba en 2012. La composición racial de los 11.2 millones de habitantes fue identificada de la siguiente manera: 64,1% blancos, 26,6% mestizos, 9,3% negros. Incluso los expertos de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONEI) apuntan que estos resultados son poco fiables, pues provienen de valoraciones de los propios ciudadanos, quienes, en su mayoría, no se reconocen como afrodescendientes.

En cambio, en 2018, el Centro Nacional de Genética Médica desarrolló un estudio que determinó que todos los cubanos son mestizos, independientemente del color de la piel. El estudio declaró los orígenes de la población cubana y los identificó de esta forma: 2% chinos, 8% aborígenes de las poblaciones mesoamericanas y sudamericanas, 20% africanos (principalmente de Benín, Nigeria, Camerún, Gabón y Angola) y 70% europeos (predominantemente España y algunas zonas de Italia).

El politólogo Esteban Morales dice: «La masa poblacional cubana es tratada de manera homogénea. Lo cual es un error de magnitud incalculable. Dado que blancos, mestizos y negros, no han tenido, históricamente, un punto de partida común: los blancos llegaron como colonizadores, los negros como esclavos y los mestizos son el resultado de la paulatina mezcla, principalmente, de ambos grupos».

Argelia Fellove pensó Afrodiverso no solamente como una punta de lanza para combatir la discriminación racial de las mujeres lesbianas y bisexuales en Cuba. El proyecto va más allá, es un saco donde ella va echando todo lo que, desde al arte del transformismo masculino, le parezca que puede mejorar la vida de las personas en comunidades más vulnerables.

Por eso se fue hasta Barrio Azul en Santa Amalia, un suburbio intrincado en la periferia de La Habana, y fundó un grupo de baile para niñas que nombró Las oremisas del futuro. Y por eso, también, el día de la infancia viajó hasta el municipio Melena del Sur de la provincia de Mayabeque y realizó un concurso infantil de cuentos que terminó en una gran fiesta con regalos para todos los participantes.

Argelia saluda a niños en la calle / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Argelia no cobra un solo peso por todo lo que hace. «Mi ganancia es sencillamente espiritual», dice. Con sus propios medios mantiene Afrodiverso en pie, gracias sobre todo al apoyo de amigos que donan materiales con bastante frecuencia. Las donaciones van desde lápices de colores, crayolas, juguetes, pedazos de tela, galleticas, hasta ropa y zapatos usados que Argelia vende y, con el dinero recaudado, adquiere lo que necesita.

Sandra Álvarez es la autora de Negra cubana tenía que ser, el primer blog cubano sobre racismo, racialidad y feminismo negro. Sobre la labor de Argelia Fellove opina: «Es una luchadora, Argelia significa resistencia, aprendizaje, paz, flexibilidad y también convicciones».

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Durante las primeras décadas del siglo XX, la abuela materna de Argelia Fellove, Matilde Hernández, fue por años una de las criadas de José Arrechea, patrón de una de las familias más acaudaladas de la ciudad de Trinidad, Sancti Spíritus. Arrechea mantenía en secreto una relación con aquella criolla hermosa, la tenía como su complaciente.

Matilde quedó embarazada una de esas tardes en que Arrechea se escapaba de su familia y se metía a algún cañaveral o a algún cuartucho dentro de su propia finca y la obligaba a tener sexo con él. Ahí nació Trinidad Margarita Hernández, madre de Argelia.

Trinidad creció en los cuartos de criados, la cocina y los patios de la finca de los Arrechea. Su padre, José, nunca la reconoció y lo único que hizo por su hija, de vez en cuando, fue dejarla entrar a la sala de la casa para que jugase con sus desconocidas hermanas blancas. Trinidad aún está viva, padece de alzhéimer a sus 86 años y tiene una paraplejia en la parte izquierda de su cuerpo. Matilde falleció en 1974.

El apellido Fellove le viene a Argelia de su padre, un habanero descendiente de una familia del Congo que había emigrado a Francia y desde allí a Cuba. El padre de Argelia conoció a Trinidad Margarita y vinieron juntos a La Habana. Tuvieron ocho hijos, tres hembras y cinco varones. Argelia nació en 1967, pero no la inscribieron en el registro civil hasta 1970, año en que su padre murió de un infarto.

El padre de Argelia era un obrero soldador y solo pudo dejar como herencia una pensión de 180 pesos cubanos. Trinidad Margarita, que no podía trabajar por su discapacidad, tuvo que criar a sus ocho hijos con ese dinero. La familia vivía en el reparto La construcción en el municipio de Boyeros. Lo que le llaman un barrio “caliente”: broncas, robos, ron y mesa de dominó en las esquinas, música y ruido hasta altas horas de la noche. En esa cotidianeidad crecieron los niños.

«Mi mamá en casa nos daba mucho golpe, mucho golpe, mucho golpe», dice Argelia hasta la saciedad. Reconstruir su pasado es un viaje tenebroso a lo peor de su vida. El rostro se le contrae, la voz sale como un látigo.

La crianza de ocho hijos con tan poco dinero, con tanta carestía y viviendo casi en la miseria, una casucha hecha añicos, sobrepasó a Trinidad Margarita, que perdió los estribos y no encontró otro método de crianza que no fuera la brutalidad desmedida como escarmiento.

Si los niños la molestaban con algún ruido, por hambre o con alguna pregunta cualquiera, Trinidad buscaba un cable de electricidad, les decía que se pusieran todos, los ocho, con las manos y las rodillas en el suelo, en cuatro, con las nalgas para ella, y los azotaba hasta verlos llorar. A las tres hembras, a veces, les pellizcaba los senos.

Crecer entre golpes generó que los muchachos se volvieran unas pequeñas bestias agresivas. Toda la infancia transcurrió en casa de los Fellove como si estuvieran en una batalla campal. A diario, unos a otros se lanzaban cazuelas de cocina, piedras, se perseguían con palos o bates. Todo ocurría delante de los ojos de la madre, a quien aquello le parecía un comportamiento normal y observaba tranquila semejantes escenas. Trinidad Margarita, mientras uno de sus hijos le rompía la cabeza a otro de un mazazo, bien podía quedarse sentada en un butacón arreglándose las uñas o salir a la calle a caminar sin más.

Argelia en su cuarto / Foto: Abraham Jiménez Enoa

«Uno de mis hermanos tenía una esquizofrenia adictiva al golpe. Cuando estaba aburrido, bajaba y le escupía la cara a un policía para fajarse. Después que la policía lo molía a golpes, regresaba al otro día tranquilito a casa», recuerda Argelia.

Todos los días Argelia Fellove iba a la escuela primaria con el uniforme escolar sucio y estrujado. Alternaba con uno de sus hermanos unas botas de hombre, un día él, un día ella. Cuando no le tocaba el turno de las botas, llegaba a clases con unas chancletas rotas amarradas con una cuerda de saltar. Como en casa no podía estudiar, sus notas académicas eran malas.

Según ella, ser negra, pobre y con bajo rendimiento escolar la condenó. «Los niños de la escuela y del barrio me hacían mucho bullying, no paraban de darme golpes», dice y repasa un pasaje que le viene a la cabeza: «Una vez cuatro o cinco niños me llevaron para la parte de atrás de la escuela y me manosearon a la fuerza, por detrás y por delante, con ropa».

Los profesores de las escuelas del reparto La construcción también estaban marcados por la violencia. Probablemente habían nacido en esa zona y padecieron las mismas complicaciones intrafamiliares de Argelia, o similares. De lo contrario, uno no se explica cómo, para imponer la disciplina en clases, le pegaban con reglas metálicas a los estudiantes o los mandaban a una esquina del aula y los ponían de rodillas por portarse mal. Antes de poner las rodillas en el piso, les colocaban debajo chícharos o tapitas de botellas de los refrescos de la merienda.

Los ocho niños estaban anémicos. La pensión del padre fallecido no alcanzaba para ponerle todos los días a cada uno un plato en la mesa. Una bondadosa vecina intentaba ayudar a la familia, en algunas ocasiones, ofreciéndoles un poco de comida. Argelia iba con una cantina metálica, pero muchas veces regresaba con la cantina vacía. «El hijo de ella me esperaba en la escalera de su casa para masturbarse y yo no subía», confiesa.

Pero lo más traumático de la infancia de Argelia Fellove no fue eso. En las noches, los hermanos dormían en un colchón relleno con paja del que salían pulgas y otros insectos. Para que cupiesen la mayor cantidad de niños, la madre les ordenaba acostarse de forma transversal. De todas maneras, el espacio era demasiado pequeño para que cupiesen los ocho. Siempre alguno quedaba fuera. Ese era el más perjudicado.

«Mi hermano mayor lo sacaba y se lo llevaba al baño para hacer sus fechorías», cuenta Argelia. Dámaso Fellove, el mayor de todos, ya con 14 años medía cerca de dos metros de estatura. En las madrugadas, despertaba no solo al hermano que quedaba esa noche fuera del colchón, sino a otro más, hembra o varón, no importaba el género. Iba con ambos al baño y llevaba también una silla y una soga. Allí preparaba su diabólica violación.

Al hermano que escogía primero, lo subía en la silla y luego le ponía la soga al cuello como para ahorcarlo. Al otro, le daba una punta de la soga y le indicaba que, cuando penetrara al hermano escogido, si este gritaba, inmediatamente tirara de la soga para estrangularlo hasta que dejase de chirriar. Así no se despertaban los demás. Después los cambiaba uno por otro y repetía las mismas macabras indicaciones.

«Nos obligaba a tener sexo oral, nos teníamos que tragar su semen y su orine», asevera Argelia Fellove con los ojos aguados y la voz entrecortada. Regresar a esas imágenes la laceran, la hacen temblar.

Argelia y su madre / Foto: Cortesía de la entrevistada

Mientras, Trinidad Margarita dormía a pierna suelta en el cuarto contiguo. No era que no supiera del abuso y la violación que su hijo mayor cometía en las noches, era que se hacía la desentendida por miedo. Dámaso la tenía amenazada, era capaz de demolerla a golpes si tomaba partido en el asunto. Las noches de infancia de los Fellove eran el infierno.

«Estuve ingresada gravísima en el hospital con gastroenteritis, por poco me muero», dice de tajo Argelia, después de tomar aire. Su cuerpo de niña pequeña –tenía entre cuatro y siete años cuando esto ocurrió– no pudo soportar tanto abuso y estuvo a punto de quebrarse.

La situación de abuso y violación era tan extrema que un día Argelia y los hermanos más pequeños jugaban a los escondites cuando, por puro azar, la niña entró corriendo al cuarto de su abuela para esconderse allí y la imagen que encontró la marcó para siempre: la abuela Matilde estaba boca abajo, desnuda, casi desmayada, sobre unas sábanas embarradas de heces, y encima Dámaso abusaba de ella.

Gertrudis, la mayor de las hermanas hembras, era la única que se le enfrentaba a Dámaso y denunciaba ante su madre los atropellos de su hermano. «Mi madre le daba golpes cuando le reclamaba algo. Estábamos indefensos», sentencia Argelia. A Gertrudis le llegó el preuniversitario, que era un internado, y se fue de la casa. «Nos jodimos. Mi otra hermana, Griselda, tuvo que hacerse novia de Dámaso para quitárnoslo de encima por un tiempo».

Con el noviazgo de los hermanos, los abusos de Dámaso menguaron, aunque, a cada rato, hacía de las suyas. «Un día pasé por delante de él en la sala de la casa y quiso forzarme, salí corriendo, pero fue tras de mí y me tiró un poco de alcohol y fósforo en las piernas, logré escapar», cuenta Argelia, que volvió a ingresar en el hospital por las quemaduras que le provocó aquel incidente.

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Carolina de la Torre, profesora titular de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, es autora del libro Benjamín: cuando morir es más sensato que esperar, testimonio de un joven que se suicidó después de haber sido encerrado en la UMAP.

Sobre los traumas que puede haber generado Dámaso Fellove en su familia, de la Torre opina: «Es un daño enorme, sobre todo por los sentimientos encontrados, por la represión que mete el inconsciente, algo que, como el vapor de una olla de presión tupida, un día puede explotar. El tipo de persona que hace eso es un psicótico. Un retrasado mental por primitivo. O un psicópata disimulado, pero sí culpable, porque sabe la diferencia entre el bien y el mal».

Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), «la mayoría de los niños y las familias no denuncian los casos de abuso y explotación a causa del estigma, el miedo y la falta de confianza en las autoridades. La tolerancia social y la falta de conciencia también contribuyen a que no se denuncien muchos de los casos. Las pruebas indican que la violencia sexual puede tener consecuencias físicas, psicológicas y sociales graves a corto y largo plazo».

Desde 2013, en el país los casos de abuso sexual contra menores de edad quedan registrados en el Informe de Cuba sobre la prevención y enfrentamiento a la trata de personas y la protección a las víctimas, documento que se publica cada año.

Los últimos números son de 2017 y recogen 2019 víctimas. De ellas, 985 sufrieron abusos lascivos; 455, corrupción de menores; 293, violación; 206, ultraje sexual; 52 pederastia; 18 estupro y nueve incesto.

El Código Penal de Cuba, vigente desde 1987, condena estos delitos con agravantes como el grado de parentesco o responsabilidad del victimario con el menor. Las penas van desde multas hasta 30 años de privación de libertad o incluso la pena de muerte, aunque en el país no se ejecuta a nadie desde 2003.

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Al entrar a la secundaria básica, Argelia Fellove escapó de casa. Vio la posibilidad de internarse en una escuela y lo hizo. Eso le garantizaba independencia, alejarse del caos familiar y, muy importante, un plato de comida diario.

Su intención, una vez pasado el preuniversitario, era estudiar Cultura Física, ya que no había podido convertirse en atleta. La habían captado para una escuela de deportes por sus condiciones físicas y su madre nunca aprobó el permiso de matrícula, no se presentó a firmar.

Cuando se graduó de bachiller, sus notas no le alcanzaron para entrar a la universidad. Tuvo que conformarse con un curso de técnico-medio de Estadísticas de Salud. Aprendió a llevar los índices y los indicadores que inciden en las tasas de mortalidad infantil, nacidos-vivos y enfermedades. Trabajó en varios policlínicos del barrio Lawton.

En 1988, un hombre de apellido Santos la detuvo en la calle. Le dijo que estaba captando muchachas jóvenes para que pasaran un curso de arbitraje de atletismo, que, si ella estaba interesada, podía inscribirse. Suerte divina la de encontrarse a aquel señor. Pudo cumplir su sueño y vincularse al deporte.

Argelia Fellove se convirtió en árbitro. Comenzó a participar en eventos nacionales. Sus resultados fueron tan buenos que quedó entre los jueces seleccionados para fungir en los Juegos Panamericanos de 1991 y en la Copa del Mundo de Atletismo de 1992, ambos eventos celebrados en La Habana. Hoy guarda en casa con celo un recorte añejo y amarillo de la revista Bohemia donde se le ve como jueza de meta en una de las carreras por la medalla de oro de los Panamericanos.

Argelia en la revista Bohemia / Foto: Cortesía de la entrevistada

Por su buen desempeño, para estimularla, los directivos políticos del deporte en La Habana le hicieron un regalo: podía matricular en la carrera de Cultura Física. Argelia no lo pensó dos veces. Pero a la altura del cuarto año tuvo que abandonar los estudios. Los problemas familiares continuaban.

Varios de sus hermanos estaban presos, unos por robos con violencia y otros por disturbios públicos. En la casa, la convivencia empeoró aún más. Con el tiempo llegaron a vivir también las novias y novios de sus hermanos y hermanas, y nacieron sobrinos. Tres habitaciones no bastaban para ocho parejas con sus respectivas familias. Las peleas y agresiones físicas sobrepasaron todos los límites en casa de los Fellove.

«No podía concentrarme, tenía problemas de memoria, no me presenté a las pruebas de cuarto año y perdí la carrera», dice Argelia.

La única persona de la familia que iba cada mes a llevarles algo de comida a los hermanos presos era Argelia. Lo hacía porque Trinidad Margarita se lo imploraba. Gertrudis estaba en contra de la actitud de su hermana. Le recriminaba que fuera tan buena con su madre. El 10 de febrero del cumpleaños 33 de Argelia Fellove, Gertrudis, entre cervezas, le contó el porqué de su recriminación.

«Eras muy pequeña para acordarte, pero cuando Dámaso cayó preso la primera vez, mamá nos llevaba a la prisión para que abusara allí de nosotros», dijo la hermana. Argelia asegura que su hermana le contó cómo Trinidad Margarita vigilaba a los instructores de la prisión, en las visitas, para que su hijo violentara a sus hermanos.

Después de la confesión, Gertrudis le pidió un abrazo a su hermana. «Fue la primera vez que la abracé. Nosotros no tenemos educación afectiva, lo de nosotros es caernos a piñazos».

Argelia Fellove dejó de hablarle a su madre durante cinco meses. Luego, una noticia intempestiva hizo que volviera a buscarla: Dámaso había fallecido.

El hermano mayor fue uno de los 125 000 cubanos que se largaron de la isla en 1980. Ante una inminente crisis migratoria, luego de que un autobús cargado de personas rompiera previamente el cerco de la embajada del Perú en La Habana, Fidel Castro decretó ese año la apertura del puerto del Mariel para los ciudadanos que quisieran emigrar por mar hacia Estados Unidos, permitiendo la entrada de las embarcaciones norteamericanas que venían a recoger a sus familiares. Pero Castro añadió a las embarcaciones un peso extra obligatorio: homosexuales, pacientes psiquiátricos y parte de la población carcelaria de la isla.

Dámaso Fellove viajó por esa vía junto a un novio de la prisión. Estuvo libre solo cinco años. En 1985 fue condenado a 48 años de cárcel por delitos de drogas. Allí, pese a su pasado, se hizo pastor de una iglesia cristiana y rompió con su pareja que estaba en libertad para casarse con la pastora que predicaba en su prisión.

«Ese súper abusador, ese hombre podrido, nos mandó las fotos de su boda con la biblia en la mano», rememora una Argelia enfadada.

Unas semanas antes de su muerte, Dámaso Fellove llamó por teléfono a casa. Un cáncer de pulmón lo estaba consumiendo y quería dejarle una herencia a su madre, más allá de todo lo que ya había dejado: había ahorrado 5000 dólares que pensaba mandar a Cuba. El dinero lo enviaría con su antigua pareja gay, pues se había divorciado de la pastora.

Dámaso falleció a los 63 años. Antes de morir, decidió que lo enterraran en Cuba. Incinerar su cuerpo costaba 5000 dólares. «Tocaron a la puerta, era su pareja, me entregó 100 dólares y sus cenizas», cuenta Argelia.

La ex pareja de Dámaso entregó el encargo y se largó. Antes de despedirse dijo: «Denle una cristiana sepultura».

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Argelia Fellove le agarró odio a los hombres. El drama familiar la traumatizó y, sin percatarse, comenzó a exteriorizar toda aquella catástrofe vivida.

Si iba en bicicleta y un hombre al volante de un auto le pitaba, Argelia le gritaba hijo de puta. Si sentía el llanto de un niño a lo lejos, no podía quedarse tranquila, tenía que saber de dónde venía. Se asomaba en las ventanas de las casas ajenas, en los portales. Si un hombre caminaba solo con un niño de manos, ella lo seguía, escondida, la distancia que fuese, hasta cerciorarse de que la criatura no corría peligro. No comprendía cómo una madre podía dejar a un hijo solo en casa con un padrastro, ni a los padres que sentaban a los niños en sus piernas, ni a los que los besaban en la boca o les daban nalgaditas. Todo eso le provocaba un salto en el pecho, la estrujaba.

«Me quedó un trauma que ya se me ha ido quitando, aunque me incomoda saber que hay un montón de depredadores sueltos y que las condenas son muy pasivas», dice Argelia, para después reflexionar: «Te portas bien y te sueltan, te portas bien porque quieres salir a hacer lo mismo, en Cuba no hay un seguimiento psiquiátrico ni psicológico para esa gente, el padre que violó, regresa a la misma casa después de su sanción».

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Hace unos años atrás, por fin, Argelia Fellove logró independizarse de su familia. Se fue a vivir a Párraga, un barrio del municipio Arroyo Naranjo, a nueve kilómetros al sur de La Habana. La zona es un asentamiento rural que se caracteriza por la práctica de las religiones afrocubanas: Santería, Palo Monte, Sociedad Secreta Abakuá.

Allí, levantó un cuartucho en ruinas. Ella misma fundió la meseta de la cocina, le puso azulejos al baño y cableó la electricidad de la que hoy es su casa. Colocó banderas del orgullo gay por todas partes, pegó en la puerta montones de CD usados, encima del refrigerador puso una botella embarrada en cera como si fuera nieve, colgó en la pared una linterna y en el marco de la ventana, que da a la calle, ubicó una plancha que pintó de rojo.

«Cuando llegué, vi mucha violencia, sonaban tiros en las noches, la gente vivía tomando ron en los contenes», afirma. Argelia cambió de hogar, pero no de contexto. No hay diferencias entre La construccióny Párraga, para nada la nueva comunidad le resultó extraña. El jolgorio a toda hora, las peleas callejeras y los rostros descompuestos se repetían. Solo notó un detalle distinto: había demasiados niños con las caras largas, deambulando por las calles desbordadas de basura, sin nada que hacer. Niños a la deriva el día entero, en el abismo de la marginalidad.

No fue una apreciación errada la de Argelia Fellove. Según el Atlas de la Infancia y la Adolescencia en Cuba, a cargo de UNICEF, en Arroyo Naranjo hay 12 651 niños y adolescentes. Es el cuarto municipio del país con un índice (30.53%) más bajo de niños y adolescentes que viven con sus padres y el tercer municipio con índice más alto (19.98%) de los que viven sin ellos.

Ahí regresaron los recuerdos traumáticos de su infancia. Era como si se contemplara a sí misma caminando por el polvo de las calles sin asfaltar, sucia, desgreñada, huyendo de los gritos y los golpes de casa. No pudo más.

A media cuadra de su cuartucho, había un parquecillo abandonado. Tomó un machete y comenzó a chapear la mala hierba que lo inundaba. Recopiló latas de refrescos botadas en la calle, las picó por la mitad, las abrió para hacerles unos cortes a la boquilla y las entrelazó con cintas de casetes de video o de audio. Luego colgó esas latas al flamboyán que se levanta en el medio del parque, quería que simularan unas pequeñas arecas. Pintó y levantó de nuevo la cerca que estaba oxidada en el suelo. Puso un farol. En la entrada afincó una piedra enorme y le escribió a relieve: Afrodiverso. Pintó con cal parte del tronco del flamboyán, y entre sus ramas colgó una tapa metálica de un tanque de agua. Con letras a colores, grabó una versión de la estrofa de una de las canciones para niños de Teresita Fernández: «Vamos Amiguitxs a cantar / Porque tenemos el corazón Feliz».

Argelia Fellove se propuso cambiarles el rostro a los niños del barrio. Su proyecto Afrodiverso lo llevó también a Párraga. Comenzó a impartir talleres donde los niños aprenden a trabajar el papel maché, la cerámica, el dibujo, el corte y costura, el canto. Además, los fines de semana pone música en las tardes con una bocina portátil para que bailen y luego, en las noches, llega el turno de Alberto, quien, desde el transformismo, ofrece un espectáculo cultural con invitados.

«Todo esto tiene que ver con la niñez, la adolescencia y la juventud, que no tuve, con mi silenciada y limitada infancia. Estos niños están necesitados de amor, Afrodiverso es lo único que tienen, no hay más opción en sus vidas. Sin eso, no les queda de otra que correr de aquí para allá y de allá para acá, tirar piedras, recoger cosas de la basura, jugar bolas al dinero, ir a las fincas cercanas a trabajar como hombres para ganarse unos quilos», dice Argelia.

La iniciativa tuvo tanto impacto en la comunidad que el núcleo zonal número 107 del Partido Comunista de Arroyo Naranjo fue a ver a Argelia. Le agradecieron por su labor y le brindaron apoyo. Así, aportaron dos cestos de basura, tres bancos, un columpio, una escalerilla, un tiovivo y una militante retirada para que fungiese de guardaparque.

Nancy Fuentes es la militante enviada. Tiene 58 años, el pelo veteado de canas, la piel quemada. Cuando Argelia decidió reformar el parque, ella fue la única que ofreció ayuda junto a otros dos vecinos. El resto del barrio siguió en lo suyo: tomando ron bajo la sombra, vendiendo aguacates en los portales, escuchando reguetón a todo volumen. Absolutamente nadie les tendió una mano.

Nancy, la guardaparque / Foto: Abraham Jiménez Enoa

«Cuando estábamos trabajando, la gente nos pasaba por al lado y ni nos miraba», cuenta Nancy. La indiferencia no era casual. En un barrio como Párraga, la gente se tomó como un atrevimiento que una lesbiana decidiera interactuar de esa forma no ya con la comunidad, sino con los niños.

Nancy intenta explicarlo: «Aquí la gente es muy inculta, eso yo lo he oído toda la vida por el televisor, por la radio, cada cual es como quiera ser. Ninguno de nosotros está facultado para criticar a nadie, cada cual que elija la vida que quiera. Yo me llevo con todas las personas, aunque tengan las desviaciones que tengan. Hay padres que rechazan a los hijos por esas cosas, esos padres no son padres, porque los hijos se aceptan como quieran que sean».

Ella nació y creció en Párraga: «No tengo problemas con que la gente me vea saludando y dándole un beso a Argelia, aunque me vean trabajando al lado de ella, en su casa y ella en la mía».

Echar adelante un proyecto de este tipo ha sido en extremo difícil para Argelia. Al inicio, los políticos de la zona le decían: «¡Mire a ver usted y ese transformismo y los niños! » Ella respondía: «¿Cuál es el problema con el transformismo, si en las escuelas disfrazan a los niños de soldaditos y de Fidel y el Che?»

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Un rayo de sol pega con potencia en el filo de la tijera y le rebota directo a los ojos. Argelia Fellove mueve la cabeza, molesta. Siempre llega media hora antes de la acordada para que, cuando arriben los niños, todo esté preparado. Hoy toca clase de costura. Está sentada en un banco de madera. A sus pies, sobre cartones, los utensilios para el taller: tijeras, trozos de tela, rollos de hilo, papel y lápices. Luce cómoda: zapatillas deportivas, short, una camiseta que lleva un letrero, «escuelas sin homofobia y transfobia», una gorra con la bandera del orgullo gay, un chalequito y un canguro abrochado a la cintura. En una bocina portátil suena un reguetón suave.

En una esquina del parque, Argelia puso sobre la tierra unos cartones que recogió en las bodegas del barrio. Luego, a una altura prudencial, ubicó unos sacos de nailon zurcidos con hilo de coser para que sirvieran de techo. En ese pequeño campamento improvisado imparte sus talleres.

Las primeras clases fueron una locura. Mientras Argelia daba instrucciones, los niños hacían cualquier cosa menos atender: cazaban lagartijas y se las tiraban unos a los otros, no paraban de conversar, jugaban a darse golpes y a lanzarse tierra.

«Lo primero que tuve que hacer fue inculcarles modales, que dijeran buenos días, gracias, que se respetaran, enseñarles lo que es el colectivismo porque eran muy individualistas. Si alguien traía un pan o un pomo de agua, no le brindaba a los demás», recuerda.

Argelia y los niños en el taller de corte y costura / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Argelia Fellove perdió su nombre. Ahora todos los niños le llaman «profe», estén en el taller o en la calle. Lazarito, diez años, llega y dice «buenos días, profe». Flavia, ocho años, «¿cómo durmió, profe?». Alejandrito, cinco años, «¿hoy qué toca, profe?». Y así, también asisten Eddiel, de tres años, y Luisito, Barbarito y Yankiel, todos de 10.

–¿Te gusta lo que haces? –le pregunto a Luisito.

– No –me responde con sequedad.

–¿Y por qué estás aquí?

–Porque estoy aburrido.

–¿Qué te gusta hacer entonces?

–Nada.

Lazarito (pulóver gris), Luisito (pulóver azul) y Eddiel al centro / Foto: Abraham Jiménez Enoa

A media mañana ya Luisito está cansado. A su corta edad, y de vacaciones, el niño ha madrugado. Dice Argelia que, de vez en cuando, su tío se lo lleva consigo a una finca cercana para que lo ayude a recoger hojas de maíz. En esa finca hacen tamales para vender. Le pregunto a Luisito si eso es cierto, me confiesa que sí, pero que no le gusta que su tío le pague, que él va siempre porque le gusta el campo y, a veces, hay caballos sueltos y lo dejan montar.

Lazarito, que está escuchando la conversación, dice: «A mí sí me gusta coser, aunque lo que más me gusta es dibujar». Le pregunto si es bueno dibujando. «Pregúntale a la profe para que veas, mis dibujos son los mejores: el de la mujer barriendo la calle llena de basura y el del basurero de la esquina de mi casa», responde con emoción.

«¿Profe, para qué sirve esto?», pregunta Barbarito, que tiene puesto un arete en cada oreja, lleva una gorra de camuflaje, una manilla y una cadena de oro falso. Las instrucciones son las siguientes: sobre un pedazo de tela hay que hacer una cruz a lápiz, luego, con puntadas, colocar tiras de otras telas por encima de lo marcado. «Eso es un tapiz, lo pueden poner delante del refrigerador o del baño o de la cama para que apoyen los pies», le contesta Argelia.

Flavia es la primera en terminar. Se pone de gorro su tapiz y me dice: «A mí lo que me gusta es el reguetón, mi abuela oye La guantanamera en el radio y yo le digo que quite eso, que eso no se usa porque es viejo».

A media cuadra del parque hay un mulato sentado en el portón de su casa. No lleva camisa, el torso lleno de tatuajes, y dos de sus colmillos son de oro. El hombre dice: «Mira este barrio, esto es el submundo, aquí los padres tienen que darles las gracias a Argelia por alegrarles a los niños».

Un día que Argelia Fellove no está en Párraga es un día de imágenes tristes. La mayoría de los niños varones del barrio se amontonan a jugar a las bolas a pocos metros de un basurero. Las canicas ruedan por encima de alimentos descompuestos, culeros con estiércol, escombros de obras, ratas muertas. Las moscas no dejan de revolotear.

«Aquí se juega a la verdad, no a las mentiritas», me dice Luisito. Tiene un billete de cinco pesos cubanos que acaba de ganar vendiendo bolas. «La verdad» significa que el que pierda tiene que entregar su canica. Cinco de ellas valen un peso.

El juego les dura poco. Después de media hora ya se han aburrido. Se despiden de mí. Dicen que se van «a robar aguacates para vender en la esquina». Les digo que mañana le voy a contar a Argelia. «No, no, no, ya, vamos a jugar fútbol al frente de la escuela, no le digas nada a la profe, porque si se entera nos regaña», dice Lazarito, que habla por todos.

A unas cuadras del basurero está la escuela. Se llama República Socialista de Vietnam.

***

Argelia Fellove arrastra con una mano una mochila de ruedas por toda la acera. En la otra mano lleva un porrón con cinco litros de té frío. En la espalda carga una bolsa con paquetes de palomitas y chicharrones de viento. Está sudada, caminó cinco cuadras bajo un sol abrasador. Es su primer día en el espacio Rompiendo la rutina de la Casa Comunitaria de Párraga.

Pasa la puerta, hay seis mujeres, la convocatoria falló. «Las tropas están diezmadas, pero no importa, así mismo vamos a empezar», dice en alta voz.

Rompiendo la rutina era un sueño de Argelia. Cuando se mudó a Párraga no solo la perturbó la situación de los niños, el machismo que oprimía a las mujeres del barrio también le movió el piso. Verlas solo en roles de ama de casa, de sirvientas, «le encendió la sangre». Por eso se presentó con sus ideas a la dirección de la Casa Comunitaria, una institución que pocos conocen en Párraga y que se dedica a la promoción de la cultura barrial. En conjunto lanzaron la convocatoria.

«Este espacio va a ser para que dejen de planchar, de lavar, de cocinar, para que salgan de la esclavitud de la casa y sus familias aprendan a compartir las responsabilidades», es la primera frase que les expresa Argelia, con una dosis de solemnidad, a las señoras que se inscribieron. La convocatoria del taller es para mujeres mayores de cincuenta años, aunque eso no impide que interesadas menores puedan participar. El espacio es una rama más de Afrodiverso.

Mujeres de Rompiendo la Rutina / Foto: Abraham Jiménez Enoa

«Con poco se puede hacer mucho. La celebración y la alegría ayuda a la calidad de vida. Este espacio es para eso, para sonreír, podemos hablar de cualquier cosa, cantar, bailar, chismear», les declara Argelia a las señoras.

Su idea es sacar a estas mujeres de sus casas a la hora en que supuestamente «tienen que hacer las cosas», de ahí que la hora de comienzo sea a media mañana. «Vístanse y díganle a sus maridos e hijos que ustedes tienen cosas que hacer igualmente que ellos, que se las arreglen mientras ustedes no están», les aconseja. De vuelta recibe rostros de asombro.

Luego, se pone de ejemplo. Argelia les cuenta que ella es su propio sostén, que esas maripositas y esos chicharrones de viento y ese té frío que les ha traído gratis para amenizar el encuentro es su verdadero trabajo, con lo que vive. Que todos los días se levanta a las seis de la mañana y sale a venderlos a la calle. Son su única entrada, pero que ella misma se la lucha. No tiene que esperar que alguien la mantenga.

El testimonio genera el debate. Es lo que buscaba Argelia. Las seis señoras están sentadas y comienzan a hablar.

«A mí edad necesito sentirme motivada, ya no puedo más, por eso vine», comenta Beatriz, de 53 años. Miriam, absorta con lo que acaba de escuchar, pide la palabra y plantea: «Me siento muy impactada, no salgo del asombro, es una maravilla que esto ocurra en esta etapa de la vida en la que estamos, porque mientras haya vida, hay esperanzas». Por su parte, Lázara, 58 años, dice: «Llevo años enclaustrada en una burbuja, cuando las mujeres nos jubilamos quedamos para servir y no puede ser, la familia es muy egoísta, no podemos dejarnos aislar».

Argelia vuelve a tomar la palabra. Les advierte que «el espacio tiene el fin último de empoderarlas, de desarrollar un discurso en contra de la violencia de la mujer porque hay muchas cosas que no se canalizan, ya están asumidas, pero que todo el taller se hará desde el transformismo masculino». La respuesta ahora es el silencio. Las señoras se miran entre ellas, algunas ríen de nerviosismo.

Argelia cantando en Rompiendo la rutina
Argelia cantando en Rompiendo la rutina / Foto: Abraham Jiménez Enoa

«Alberto empodera más a Argelia, le da más valía. Demuestra que un hombre puede pasar por la vida de una mujer sin lacerarla, sin bajarle la autoestima. Hay que cultivar a estas mujeres porque, cuando Alberto me conoció a mí, ya yo sabía carpintería, plomería y electricidad», dirá en otro momento Argelia Fellove.

«Permítanme un segundo para ir al baño», les dice Argelia a las señoras y sale del salón. Unos minutos después, sin avisar, llega un señor. Viste un blue jeans ajustado, zapatillas altas, camisa en colores, gorra y cadena al cuello. Dice llamarse Alberto. Anuncia que va a cantar el tema preferido de Argelia: Tengo ganas de ti, de Alejandro Fernández. En un momento la letra reza: «No hay nada más triste que el silencio y el dolor».

Tomado de El Estornudo

Nueve aclaraciones que te ayudaran a entender las denuncias por violencia machista

  1. No existen mujeres de segunda: No es posible pensar que una esposa tiene más derecho a denunciar, y por tanto mayor credibilidad, que una mujer que tuvo una relación “irregular” con un hombre. Sepa Ud. que todas las mujeres, independientemente del rol que ocupen, son susceptibles de vivir maltrato, acoso, abuso, violencia de género en cualquiera de sus modalidades, pues la misoginia es inherente al patriarcado. La violencia machista no discrimina entre “santas” y “putas”. TODAS ellas, sin excepción alguna, tienen derecho a una vida digna, sin abusos, maltratos, sin violencia, independientemente de qué o quiénes sean. Si consideras que una mujer abusada tiene que tener ciertos comportamientos para que su testimonio  sea creíble, estás anteponiendo tu juicio moral a lo que realmente está en juego aquí: la dignidad humana. Y eso no es justo, ni ético.
  2. Existen países en los cuáles no es la víctima quien tiene que demostrar que ha sido agredida, sino que el victimario tiene que probar que no ha cometido delito alguno. De esa manera, se protege a la mujer del escarnio, de la revictimización, de tener que presentar ella las pruebas. Es un sistema mucho más justo, teniendo en cuenta que los cuerpos policiales, los tribunales y otras instancias están plenas de hombres, lo cual pone en desventaja a las mujeres.
  3. Las mujeres abusadas pueden permanecer la vida entera sin denunciar, sin contar lo vivido ni siquiera a las personas más allegadas. Que lo hagan en algún momento no debería ser leído como una señal de oportunismo, sino como liberación, además de que puede constituir una muestra de apoyo a otras posibles víctimas. Además, es usual que las mujeres nos sintamos, cuando menos, responsables de lo que otras personas van a sentir a partir de nuestro testimonio, como si tuviéramos que cuidar más al resto que a nosotras mismas. Esto también constituye un impedimento a la hora de denunciar.
  4. Aún después de haber denunciado (ya sea en los medios o en una comisaría), la sensación de miedo persiste. Cuando se han vivido años bajo amenaza, se sabe que hablar del tema puede implicar más violencia. Muchas mujeres han sido fuertemente golpeadas o han sido incluso asesinadas luego de que han denunciado y no han recibido la debida atención y protección por parte de las autoridades. Muchas niñas y adolescentes han encontrado nulo apoyo en su familia, cuando han dicho que su papá, su padrastro, su tío o un conocido las violaba. En muchas ocasiones se les ha reprochado por no ha haber guardado silencio. Por otra parte, muchos abusadores preguntan constantemente a las víctimas si han hablado con alguna persona sobre la situación y les obligan a permanecer en silencio. Por tanto, no subestimes el proceso que lleva a una mujer a abrir, finalmente, su boca. Ha sido y será doloroso, aún después de decirle al mundo su verdad.
  5. El abusador, acosador, maltratador, golpeador, victimario puede ser una persona de conducta social intachable, reconocido, famoso, simpático, etc. Hay estudios que muestran que ni la clase social ni la pertenencia racial son variables a tener en cuenta a la hora de establecer un perfil del abusador. Es más, se puede ser poeta como Pablo Neruda o un célebre académico como Jorge Domínguez, y se puede también ser un violador, como el Nobel de Literatura chileno, o un depredador sexual, como el exprofesor de Harvard. Le sugiero, entonces, que deje de romperse las vestiduras defendiendo a un hombre acusado de agresor, mucho más, si Ud. es mujer. Primero piénselo dos veces. Y si no le es suficiente, intente ponerse en el lugar de la víctima. Si tampoco eso le basta, recuerde a aquel novio que, a pesar de Ud. haber dicho que no quería, la forzó a tener relaciones sexuales. Quizás logre, desde su propia herida, llegar a ser empática.
  6. Ninguna mujer aguanta porque “le gusta que le den” o que la maltraten. Las mujeres abusadas no  son “masoquistas” . El masoquismo tiene que ver con el erotismo, como una forma consensuada de obtener placer. Aclarado esto, vale la pena decir que muchas mujeres permanecen en una relación abusiva por múltiples razones: temiendo no encontrar apoyo al denunciar, preocupadas por los juicios de valor que vendrán en su contra, o para proteger a otros familiares y personas allegadas, entre muchas otras. He conocido a madres que por el bienestar de sus hijes han mantenido una relación de años con su maltratador. Y a otras que, para continuar en su puesto de trabajo, han tenido que soportar al jefe que las acosa sexualmente. Cada quién sabe lo suyo y Ud. no es la medida de todas las cosas, por lo tanto, deje de dar consejos, de hacer valoraciones, o de decir a los cuatro vientos lo qué Ud. habría hecho si estuviese en el lugar de la víctima. Es deshonesto e irrespetuoso. 
  7. Vivir en situaciones de violencia machista, ya sea física o simbólica, psicológica, económica, etc, implica la existencia de daños y traumas. Las mujeres intentan seguir sobreviviendo como pueden, con los recursos psicológicos que poseen. A muchas de ellas les cuesta establecer luego relaciones de confianza y entrega. Es difícil construir nuevas relaciones amorosas cuando se ha sido víctima de violencia de género y se ha vivenciado que quien dice amarte también te puede abusar y hasta matar.
  8. Decir “Yo sí te creo“, no viola la presunción de inocencia de ningún posible agresor, porque no es él quien está, en esta ocasión, en el centro de la situación, sino la víctima. En la mayoría de las sociedades, a ella se le presiona para que demuestre que no está mintiendo, cuando podría ofrecérsele, desde el inicio, el beneficio de la duda, como se hace con la persona acusada. Como vivimos en una sociedad misógina, son las mujeres las vilipendiadas, revictimizadas, aleccionadas, nuevamente violentadas.  Recordemos que las leyes y los sistemas jurídicos reproducen el sexismo y la misoginia, dado que han sido construidos respondiendo a una lógica machista y de subordinación de las mujeres, pues han sido los hombres quienes han participado, mayoritariamente, en la creación y establecimiento de estos sistemas. Cuando a la mujer víctima de violencia se le acompaña en el proceso de denuncia, se crean redes de apoyo seguras que velan por su integridad física y emocional, se está ayudando a que muera una mujer menos a consecuencia de la violencia machista. 
  9. La existencia en Cuba de una ley contra la violencia machista permitiría establecer un programa de atención integral a las víctimas, donde desde el portero de la estación de policía hasta los profesionales de diversas ramas sepan cómo conducirse ante un caso puntual, qué apoyo brindar, cómo recoger la denuncia, por qué es importante que sean mujeres quienes atiendan estos casos, etc. Además se establecerían redes formales de apoyo a las víctimas. La misoginia es estructural por tanto, la violencia de género lleva un abordaje a todo nivel, desde las bases de la sociedad, entiéndase desde y en instituciones como la familia, la escuela, etc, hasta los gobiernos, estados, etc. 

Foto: Kat Jayne de Pexels

Diosa, #YoSíteCreo

Desde hace unos días circula en redes sociales una denuncia pública de la cantante Danielis Alfonso Cartaya, la “Diosa de Cuba,” quien asegura haber sido víctima de golpes, maltratos y violencia psicológica a manos de José Luis Cortés “El Tosco”, Premio Nacional de Música 2017. Desde entonces, el tema ha tomado relevancia entre asiduos a las redes sociales de algunos canales sobre Cuba producidos en Miami y en las cuentas personales de Facebook de “La Diosa,” así como de otras personas que dicen haber conocido de cerca la relación de pareja. Activistas feministas en Cuba y fuera de la Isla también se han sumado a la denuncia del caso, señalando sobre todo la legitimidad que tiene toda mujer para revelar públicamente su historia, en los términos que ella decida y en el momento que estime conveniente.

Los hechos salieron a la luz durante una entrevista el pasado 14 de junio. Sorprendida por la pregunta de su entrevistador sobre si había sido agredida físicamente por su expareja y antiguo jefe en la orquesta NG-La Banda, La Diosa queda inmóvil, llora y asiente. El testimonio desvela episodios desgarradores de lo que habría sido una relación de violencia prolongada en el tiempo, desde que la cantante era muy joven (“una niña” según afirma) y habría comenzado una relación sentimental con “El Tosco”. En un video en vivo transmitido por Facebook el 15 de junio, “La Diosa” ofrece nuevos elementos y nombra presuntos testigos. Son 45 minutos de charla emotiva y desesperada, en los que Dianelis responde a quienes deslegitiman la veracidad de su relato. Más allá del conflicto desencadenado entre ambas mujeres a través de las redes sociales y el seudo-espectáculo que se ha generado a raíz del suceso, los argumentos de “La Diosa” ilustran las secuelas psicológicas de la violencia.  Recuerda, por ejemplo, que su denuncia pone en riesgo su carrera y su seguridad física, pues involucra a uno de los artistas de mayor prestigio y poder económico de la isla. Confirma, además, el efecto liberador del testimonio para aquellas mujeres que han sufrido de violencia: “A todas las personas que han pasado por esto, no que tengan un jefe que los maltrate, también que sea una pareja que los maltrate, no tengan miedo, no pasen por el miedo que pasé yo, salgan a la luz, griten, busquen ayuda… No aguanten eso, no lo aguanten, porque eso no se olvida… El daño psicológico que me ha hecho ese hombre a mí no tiene precio,” dice. Al final de la transmisión, La Diosa demuestra cuán importante resultan las redes de apoyo para las víctimas del maltrato. Una amiga que sustenta su versión en un comentario en Facebook le hace quebrarse y proclamar su victoria. “Ya no estoy sola,” solloza.

Las condiciones en que se publicó el caso, su utilización por cierta industria del entretenimiento, las agresiones entre mujeres que ha generado, la vulgaridad de algunos comentarios, así como el papel de las redes sociales en la difusión de la polémica valdrían un análisis aparte sobre las nuevas estrategias de comunicación pública a la que apelan ciertos sectores de la sociedad y la cultura cubanas. Sin embargo, el incidente saca a relucir asuntos mucho más complejos y raigales sobre la situación de las víctimas de la violencia de género en Cuba y, más ampliamente, en el mundo.

En la era #MeToo, la denuncia pública de la agresividad machista a través de las redes sociales e internet ya no es excepcional. Las mujeres han encontrado en los nuevos medios una estrategia para contar su historia, para denunciar, para solicitar apoyo u ofrecerlo. No olvidemos que el origen de la etiqueta es justamente un acto de solidaridad de una mujer, y luego de miles, para sostener la historia de otra(s) exponiendo la suya propia. El llamado “movimiento” surgió para gritar que la violencia machista no es exclusiva, sino que está dolorosamente generalizada, silenciada e invisible, y afecta tanto a las desconocidas como a las estrellas de Hollywood o las ídolas de la música popular. La violencia machista se naturaliza en los actos cotidianos, en los ritos sociales, en la estructura política y pública, en las industrias culturales. Como ya han aclarado tantas investigadoras feministas, sobre ella se cimienta una cultura global y una forma específica de poder: el patriarcado.

Por eso no extraña que “La Diosa” tenga que repetir una y otra vez su historia a fuerza de ganar credibilidad, que aparezcan mensajes para deslegitimarla recordando su relación romántica con el presunto maltratador, que la acusen de manipular el tema para su beneficio profesional y que, sobre todo, muchos cuestionen su comportamiento aduciendo que, a fin de cuentas, “ella lo aguantó” en su momento y pasados los años debería callar. La supuesta víctima vuelve a ser el objeto del escrutinio, y su harakiri público, su desnudez emocional, parece el único recurso para probar la verdad que aún duele y le martiriza, pero que también libera.

Como tantas otras mujeres que han declarado ser víctimas de violencia, los niveles de influencia y poder de la cantante y su presunto maltratador son abismalmente desiguales. El prestigio artístico de “El Tosco” y su lugar entre la nombradas “glorias de la cultura cubana” parecieran blindarlo frente a los comentarios de una joven reguetonera, abriéndose paso en una industria visiblemente masculinizada. Justamente, la diferencia de influencias y poder es lo que pudiera haber puesto en una condición vulnerable la muchacha hace más de 15 años, cuando era vocalista de la afamada orquesta.

El caso merecería, al menos, una investigación jurídica al supuesto maltratador y la revisión de las políticas institucionales del Ministerio de Cultura para los proyectos artísticos que involucran a menores de edad. No importa de quién se trate, si un artista famoso, un coronel del ejército o un disidente político; no importa el tiempo que haya pasado desde el episodio de maltrato; no importa la relación sentimental-afectiva entra la víctima y el maltratador: la violencia de género debe ser visibilizada, denunciada, castigada y reparada. Las víctimas de la violencia machista necesitan ser escuchadas, apoyadas y protegidas. Es su derecho. Contarlo cuesta mucho, pues por lo general implica cuestionamientos, amenazas, descrédito y revictimización.

“La Diosa” fue precisada a contar su historia en una entrevista en vivo, aparentemente sin haber sido advertida de lo que se le preguntaría. Su intimidad y derecho a decidir si hacer público o no un pasado de maltrato fueron, de este modo, vulnerados. Sin embargo, ella decidió confirmarlo y, desde entonces, emprender su propia batalla, desde los canales comunicativos que conoce y en los que confía. Su actitud merece respeto y protección para mitigar las posibles secuelas de lo que ha expuesto. Debe ser tomada en cuenta porque lo que confía es serio y sobrecogedor.

El caso recuerda la inexistencia de una Ley que tipifique los delitos de Violencia de Género en Cuba, de protocolos efectivos para ayudar a las mujeres víctimas en todos los sectores de la sociedad. Existen espacios de apoyo que gracias al esfuerzo de algunas instituciones, organizaciones y proyectos se han ido creando en la isla. Pero deberían multiplicarse, diversificarse y orientar a las víctimas sobre sus alternativas legales. Como reconoce el artículo 43 de la nueva Constitución de la República de Cuba, se trata de una responsabilidad estatal: “El Estado propicia el desarrollo integral de las mujeres y su plena participación social. Asegura el ejercicio de sus derechos sexuales y reproductivos, las protege de la violencia de género en cualquiera de sus manifestaciones y espacios, y crea los mecanismos institucionales y legales para ello”, versa el nombrado artículo.

Todas las mujeres merecen vivir sin miedo, sin violencia, y con derecho a la justicia. Lo más importante será siempre sanar su dolor y ayudarle a superar una experiencia traumática, garantizarle seguridad y sobrevivencia. Nadie sangra más que aquella persona cuya cicatriz está siendo reabierta y martirizada. El apoyo, la ayuda, debe partir de reconocer la autenticidad del grito o el sollozo, porque cada mujer sobreviviente a la violencia ha tenido que generar sus propias estrategias de superación en el camino.

#YoSíTeCreo es el hashtag que propuso en sus redes sociales la feminista Aylin Torres Santana para visibilizar la solidaridad con la cantante. A ella nos unimos al hacer público nuestro apoyo a esta mujer cuya veracidad está siendo cuestionada y cuyas revelaciones, de ser desestimadas, podrían acarrear represalias y afectar su carrera. Defendemos su entereza al denunciar lo que sostiene haber vivido, asumiendo los riesgos que le puede acarrear. Debe terminar de una vez la inmunidad de hombres que sacan partido de sus posiciones de poder para violentar y agredir a mujeres que les están subordinadas. Debe existir una Ley de Violencia de Género que incluya las agresiones de género en todas sus manifestaciones, penalice por su ejercicio y ofrezca las condiciones para una denuncia segura. Deben existir mecanismos y protocolos para atender a las víctimas y juzgar a los agresores. Las instituciones públicas no pueden seguir haciendo la vista gorda al maltrato machista, mientras los medios de prensa soslayan su rol activo al exponer las causas y consecuencia de la violencia, o la utilizan desde enfoques banales, como motivo de chisme, entretenimiento y espectáculo. Vale recordar que decir #MeToo #YoTambién es una decisión de las mujeres y debería ocurrir bajo sus términos. Y que este reclamo amerita seriedad, rigor y justicia.

Tomado de Asamblea Feminista.

Carta íntima a Michel Mirabal: El fin, los medios y un videoarte

Voy a comenzar por decir que creo saber de qué va el final de tu videoarte Michel Mirabal. Aún así me atrevo a escribir unas líneas sobre este incidente-performance.

Primero quiero decirte que aquí no está en juego ni la calidad de tu obra ni tú como persona. Sé, me consta, que eres un reconocido artista cubano, tus obras están ahí, nadie puede dudarlo. Has sido propositivo y para nada convencional. Como persona, tu trabajo social comunitario habla por tí. Repito: nada de lo anterior está en juego.

No obstante, quiero poder dialogar contigo, más allá del revuelo y los argumentos que soltamos de paso por las redes sociales mientras, en mi caso, me traslado de casa al trabajo, o del sabor amargo que me dejó tu performance.

Como me dijiste ayer, yo no sé nada de arte. En lo absoluto. Soy tan solo una observadora más, tengo mis preferencias claro, como cualquier otra persona que le gusta disfrutar de lo bello. Repito: no sé nada de arte; sin embargo, he estado en los últimos 10 años cerca de lo que se reconoce como “artivismo” político, feminista, antirracista, antiespecista, etc. Tu performance viene a calzar, en mi opinión, en esa conjunción provocadora entre arte y militancia, entre obra artística y mensaje social. En ese sentido mis parabienes.

Por otra parte, quiero decirte que en publicidad y propaganda existe una regla de oro: las creaciones que por alguna razón incluyen mensajes negativos no pueden hacer un uso extremo de ellos. En otras palabras, si el interés es reflexionar, por ejemplo, sobre fumar en el embarazo, el mensaje debe acercarse a la temática de manera propositiva, sin humillar, usar la violencia, graficar en exceso las consecuencias para el bebé —quizás sería más conveniente hablar de responsabilidad en la maternidad. De lo contrario, el material va a ser rechazado, al punto de poner en riesgo las buenas intenciones, en vez de conducir a la reflexión pausada y pertinente va a ser ignorado. Esto lo aprendí mientras cursaba la carrera de psicología en la Universidad de La Habana y luego lo corroboré con las numerosas campañas que se realizaron (y realizan) desde el Centro Nacional de Prevención de las ITS-VIH-sida, las cuales son rigurosamente concebidas.

Sé que eres un artista no un publicista y que el arte tiene sus propias reglas, que a veces consiste en no tenerlas; tú has roto con tu trayectoria artística muchas de ellas. Sin embargo, cuando se tratan temas tan sensibles como la violencia de género, no valen improvisaciones. En este caso entran en juego la vida y la dignidad de las personas. La ignorancia no puede ser entonces la excusa para la equivocación. Me consta que el arte también conlleva una labor investigativa. Por tanto no vale el argumento que expresaste en uno de sus post donde te reconoces como “no experto”. Cuando no se sabe se pregunta, se consulta, una se informa debidamente.

Te digo más, no es la primera vez que sucede algo así con el tema de la violencia de género y las creaciones artísticas. El año pasado la reconocida artivista cubana Damarys Benavides compartió, en su muro de FB, su preocupación acerca de la exposición ¿Qué quiere una? Anarcofeminista en Fábrica de Arte Cubano. El cuestionamiento fundamental que se realizó fue la recreación, una vez más, de la violencia de género; y el impacto que esto puede tener en las mujeres que han sido víctima de abusos, violaciones, golpizas, etc.

Por demás, el fin no justifica los medios. Entiendo tus ganas de provocar y en ese sentido el video cumplió su objetivo. Se formó un gran debate ¿Pero y después qué?

Lo anterior me lleva a confesarte algo: me pregunto hasta dónde olvidamos que el centro de acciones de este tipo son las mujeres de carne y hueso, o sea, nuestras colegas, hermanas, vecinas, jefas, alumnas, etc. No existe violencia de género sin mujeres reales. La mayoría de las víctimas están ahí. Nos faltan las miles que ya han muerto a manos de los hombres. A las que están intentando sobrevivir a la violencia les debemos respeto, no podemos revictimizarlas, no podemos exponerlas nuevamente a lo que vivieron. La dignidad humana es intocable.

Quizás muchas personas no sepan que el debate en tu muro no se inició con el video, sino con la convocatoria que pusiste, cito: “casting, necesito 3 mujeres con nalgas y no solo con ellas, deben estar bonitas, y es serio, será para un video arte”. Aunque me parece obvio, no sé si podrás notar el sexismo en tu petición. Ya me dirás.

Luego nos llegó la obra donde reproduces lo realizado por el músico español Jorge Pérez, tal como me confirmaste ayer.

Te tengo que decir que unas 20 personas me lo hicieron llegar, todas preocupadas por la violencia que implicaba: cuatro mujeres siendo golpeadas en sus traseros como si fueran tambores; mujeres en tanga;  mujeres jóvenes, mujeres presuntamente bonitas; agregando el detalle de que la mujer negra es quien más golpes recibe —esto me lo hizo notar un amigo músico.

Te juro que no fueron solo las activistas feministas quienes me escribieron: una grabadora, un fotógrafo, una historiadora del arte, dos periodistas, un director de un medio, una escritora… Así se llenó mi chat de mensajes hace unos días atrás.

Sinceridad mediante, te digo que no son los culos, ni las tangas lo que motiva mi reflexión-preocupación. La desnudez no es motivo de escándalo para mí. Este cuerpo gordo que tengo ha sido expuesto en cueros, por mí misma, en las redes sociales, como parte de una estrategia que pretende decir NO a la gordofobia. Ha sido además liberador, he ganado en autoreafirmación. Me siento cómoda con quien soy. Así que no es pacatería ni moralismo.

Nos pides esperar a que el videoarte esté finalizado para dar nuestra opinión, que confiemos. Solo la confianza en ti y en el mejoramiento humano me hace escribirte. No sé si la dignidad a las mujeres, y en especial a las víctimas, puedas devolvérsela cuando esté lista tu obra. Ojalá que sí.

Algo más, desde que vi una sección de tu video, una imagen no logra borrarse de mi mente: los bocabajos que recibieron nuestras ancestras, las tuyas y las mías. Dime extremista (como hiciste ayer) pero no logro deshacerme de eso. Se me eriza la piel y la vida.

Sin embargo, lo que me tiene prácticamente paralizada es un mensaje en mi buzón. Una cubana me escribe para decirme que el tipo que la violó la obligaba a estar en esa misma posición, en que las modelos de tu video fueron puestas, mientras ella lloraba y sus piernas temblaban. No he podido darle una respuesta más allá de intentar abrazarla lo cual virtualmente es imposible. Te pregunto: ¿Qué le respondo a ella? ¿Cómo tu petición de esperar hasta que tu video sea completado le va a servir a ella? ¿Qué hacemos con su angustia? ¿Le decimos que ella tampoco sabe de arte como me dijiste a mí? ¿Cómo el final de tu obra resarcirá su sufrimiento?

Hasta aquí mi carta para tí Michel. Créeme que tengo un nudo en mi garganta. Yo también, como muchas otras mujeres, he vivido una agresión sexual.

 

Foto de portada: Rosa Muñoz, Tomás Lay.

Por qué el texto de Raúl Torres es sexista y misógino

En días recientes, un post del cantautor y diputado cubano Raúl Torres sacudió las redes sociales cubanas. En este, el también diputado a la Asamblea Nacional de la República de Cuba, expresaba:

Aludiendo a su publicación muchas personas reaccionaron rápidamente, aludiendo el contenido misógino y sexista. En ese momento ya la historia del avestruz, que llevaba sumida a las redes cubanas en un debate-choteo por diez días al menos, pasó a un segundo plano, dando lugar a otra discusión mucho más álgida, la cual puede resumirse en varios puntos:

  1. Lo desagradable y soez del comentario.
  2. La violencia machista, el sexismo y la misogina presente en su post.
  3. ¿Puede un diputado al parlamento cubano expresarse de esa manera sobre grupo poblacional a la luz de la lucha contra la discriminación invocada por la recién aprobada, y ya puesta en vigor, Neoconstitución?
  4. La petición de que el parlamentario pidiese disculpa a las mujeres cubanas, para lo cual circularon un par de etiquetas: #QueSeDisculpeRaúlTorres #DiscúlpateRaúlTorres

El primer punto no entra en discusión. Para una mayoría aplastante se trata de una manera no muy elegante de referirse a las mujeres en su conjunto y en especial a las madres: ellas están tan necesitadas de tener orgasmos que hasta hacen fila para tener sexo.

Si bien el trovador logró transmitir a nivel de fotogramas lo que quería expresar, de ahí parte de la repulsa, en mi opinión la mención del acto sexual en sí mismo no es preocupante, sino el para qué y el por qué lo nombra.

Para comenzar, tendríamos que recordar que el trovador Raúl Torres no es cualquier ciudadano, él es diputado a la Asamblea Nacional; el pueblo lo “eligió” (de la manera que se elige en Cuba) para que nos representara en el máximo órgano de poder en el archipiélago; allí donde las mujeres constituyen el 53,22, o sea, son mayoría, tal vez sea el cubano uno de los parlamentos más feminizados del mundo.

El cantautor nos está también proponiendo el pene como el instrumento corrector; lo cual evidencia el carácter sexista de su publicación. En la cultura cisheteropatriarcal el pene puede resolver el estrés, el mal humor, la lesbiandad, etc.

En su comentario aparecen las mujeres una vez más —tenían que ser las madres por el valor sagrado que tienen en nuestra cultura—, como las personas a violentar para así causar daño a otros hombres, tal cual botín de guerra. No es que “mentar la madre” sea algo demasiado nuevo —en el imaginario popular cubano corresponde al archiconocido “me cago en tu madre”—, sino que al estar ligado además al sexo, se refuerza el carácter punitivo; sería algo como “me re-singo a/en tu madre”¹.

No obstante, lo más importante del post de Raúl Torres es que ofende a las madres con la intención de defender a un hombre. Este sí es un asunto a tomar en cuenta. Un número considerado de mujeres no alcanza para dignificar a un macho, restablecer su valía, mucho menos cuando este es un comandante con el pecho lleno de medallas, para él un “cojonúo”.

La disputa entre machos pretende ganarse, entonces, poniendo sobre la mesa los cuerpos de las mujeres. Es aquí donde reside el carácter misógino del texto del diputado: no solo es violento en la forma de plantearlo sino también en su significado.

Llegado a este punto, valdría la pena preguntarse si Raúl Torres estaría incurriendo, desde el punto de vista legal y teniendo en cuenta que es parlamentario, en algún tipo de delito o contravención, a la luz de la nueva Constitución:

ARTÍCULO 43. La mujer y el hombre tienen iguales derechos y responsabilidades en lo económico, político, cultural, laboral, social, familiar y en cualquier otro ámbito. El Estado garantiza que se ofrezcan a ambos las mismas oportunidades y posibilidades. El Estado propicia el desarrollo integral de las mujeres y su plena participación social. Asegura el ejercicio de sus derechos sexuales y reproductivos, las protege de la violencia de género en cualquiera de sus manifestaciones y espacios, y crea los mecanismos institucionales y legales para ello.²

Por otro lado, Raúl Torres olvida que es un hombre negro y que en el imaginario popular se vincula la negritud con el tamaño del pene y el desempeño sexual. De esta manera traiciona a los hombres de su identidad racial, exponiéndoles nuevamente al estereotipo de “negro pingú”. En fin, se traiciona a sí mismo.

Unas horas después del primer post, Raúl Torres publicaría el siguiente estado en su muro de Facebook:

En esta segunda publicación Torres no se disculpa sino que corrobora lo que dice en la primera. Quien tenía dudas ahora puede confirmarlo: el autor de Cándil de Nieve tiene un pensamiento profundamente sexista y misógino, para él una afrenta a las mujeres es “daño colateral”. Por demás, es sexista también creer que el cansancio, el agobio o el estrés pueden constituir razones para la violencia machista.

Con la posdata sella su misógina “disculpa”, la cual además muestra su ignorancia. Él podría jugar con cualquiera pero con nosotras no, mucho menos en una Cuba donde cada día es más frecuente el asesinato o violación de las mujeres. Aún nos conmueve la muerte de Lady Laura.

¡Raúl Torres, tú tienes que parar ya!


¹ Singar en cubano significa: coger, follar.
² Gaceta de la República de Cuba: Tomada de Cubadebate.

 

Foto: Suena Cubano. Tomada del periódico 5 de Septiembre.

Pasajeras negras: las mujeres discriminadas de La Habana

Por Darcy Borrero Batista

“¡Cállate, mona!”, así injurió a una pasajera el chofer de un ómnibus urbano en diciembre de 2018. No es la primera vez en La Habana que un conductor ofende o discrimina a una mujer negra.

A las seis de la tarde del miércoles 19 de diciembre de 2018, Gelaisy Cantero de los Santos esperaba el ómnibus P5 en una parada del municipio Playa. Cuando apareció la guagua, una señora subió junto a la muchacha y extendió un billete de 50 pesos al chofer. Gela intervino y ofreció pagar el pasaje de ambas con un peso.

Los cincuenta pesos con que pretendía pagar la mujer representan el 12 500 % del pasaje de un ómnibus urbano, fijado en 40 centavos.

El copiloto de la guagua obvió el gesto de Gela, tomó el billete de 50 pesos y lo pasó al chofer. Entonces la muchacha repitió que tenía un peso y que quería pagar el pasaje de la señora.

El chófer arqueó las cejas y, de sopetón, le gritó, una, dos veces: ¡Cállate, mona!

Gela siguió adelante, no desvió el orden de sus prioridades, hizo la visita que debía hacer y, al día siguiente, presentó la denuncia en la Fiscalía Provincial de La Habana, basada en la vulneración del principio de igualdad que refrenda la Constitución vigente.

El artículo 42 de la actual Carta Magna asegura que “la discriminación por motivo de raza, color de la piel, sexo, origen nacional, creencias religiosas y cualquiera otra lesiva a la dignidad humana está proscrita y es sancionada por la ley”.

Gela acudió al Paradero para denunciar al hombre que la llamó “mona” con la misma tranquilidad de quien dice “mujer” o “persona”.

“En este caso yo hice énfasis en la discriminación racial, pero realmente también hubo discriminación por género”, cuenta la joven a Tremenda Nota. Ella cree que una mujer “sola” o “indefensa” era más vulnerable a la discriminación racista.

“Siempre he visto estas escenas en la sociedad cubana, en la vía pública. Como carecemos de información, no las denunciamos. No sabemos de qué forma hacerlo”, dice.

Dardos racistas contra Gela

“¡Qué clase de rubia se perdió ahí!”, con esa frase han apuntado a Gela durante toda su vida. Ese “piropo” también llegó con el racismo silencioso, que muchas veces no se atreve a articular palabras, sino a entornar los ojos o gesticular.

En su natal Fomento, provincia de Sancti Spíritus, Gela estudió deportes, fue atleta de alto rendimiento, hizo parte en el equipo provincial juvenil de voleibol hasta que, finalmente, se licenció en Cultura Física. “Muchas personas negras nos refugiamos en el deporte, y en ese círculo nos apoyamos”, opina.

Sin embargo, el “problema” siguió creciendo a la par de Gela. Cuando tenía 19 años era novia de un joven alemán y, según las autoridades ―detalla la muchacha― su relación prácticamente se consideraba “asedio al turismo”, una figura predelictiva que la policía cubana asocia a la prostitución o el proxenetismo.

La activista Sandra Abd´Allah-Alvarez Ramírez llama “neorracismo cubano” a este argumento. En su blog cuenta la experiencia de un joven profesional negro, arrestado por estar acompañado de extranjeras, y llevado a una celda donde el 95% de las personas eran negras.

Gelaisy Cantero de los Santos trabaja como profesora de Educación Física en la escuela de oficios Antonio Maceo, en La Habana. (Foto: Tomada del perfil de Facebook de Gela)

Más tarde, Gela perdonó gestos racistas semejantes.

“A los 21 fui a un hotel en Varadero y no me dejaron entrar aunque teníamos reservaciones. La causa: una cubana no podía hospedarse allí con extranjeros”. Pero la joven cree que ser negra tuvo peso en la decisión. “Andaba con unos amigos españoles y eso provocó que ellos también se retiraran del hotel”.

En esa época ella aún no era consciente, de manera plena, de la vulneración de sus derechos. “No sabía que existiera ninguna organización que me amparara y, además, la reacción de mis compañeros hizo que me sintiera bien. Como vi que se retiraron conmigo, no le di importancia al caso”, explica.

En cambio, cuando el chofer gritó “¡Cállate, mona!” Gela ya pertenecía a Alianza Afro-Cubana, una organización independiente fundada hace un año en La Habana  para visibilizar los derechos de las personas afrodescendientes y LGBTI+.

“Fui muy ofendida a nivel público y las personas a mi alrededor guardaron silencio; nadie salió al paso ante la agresión, solo una persona me dijo: no te busques problemas que estamos en fin de año”, cuenta. “Entonces me dirigí a instancias superiores”.

En el paradero de San Agustín, Gela encontró al chofer que le lanzó el dardo racista. El hombre, en medio de un careo, se disculpó.

—¿Las disculpas alcanzan? —le preguntamos.

Ella solo dice que compartir su historia y reclamar justicia, al menos, “da la posibilidad de que se hagan respetar los derechos”.

Antes de bajarse del P5 Gela (derecha) fotografió al chofer que la injurió. (Imagen: Tomada de la página de Facebook Alianza Afro-Cubana)

Ante la amplificación del debate a través de las redes sociales, Raúl Soublett López, coordinador general de Alianza Afro-Cubana, valora que, si bien les “duele mucho” que sucedan estos casos, querían que se “visibilizara la situación y que las personas supieran a dónde dirigirse” en caso de ser discriminadas.

Para Raúl, maestro de primaria, 26 años, lo primero es reconocer que “hay racismo, no como en Estados Unidos, por ejemplo, donde matan por estas razones, pero sí existe un racismo solapado en la familia, en la escuela, en el trabajo”.

Ante casos de discriminación ―considera Raúl― el Estado debería brindarles confianza a las personas, “que tienen mucho miedo a la hora de denunciar violencia verbal o sicológica. La gente, por tal de no buscarse más problemas —suficiente tienen con que no haya comida, ropa…—, tratan de no sumar otro a su enorme lista; callan, prefieren mirar hacia otro lado”.

No es la primera vez en Cuba

En julio de 2017, La Habana conoció una escena similar. Esa vez, el conductor de un almendrón (taxi particular) fue detenido tras la denuncia de una pasajera.

Yanay Aguirre Calderín, una joven negra, estudiante de Derecho en la Universidad de La Habana, denunció la “forma descompuesta” y “muy violenta” del chofer del almendrón en la sección Buzón Abierto del semanario Trabajadores.

Captura de pantalla del periódico Trabajadores

El chofer le había dicho: “Cada vez que se monta un negro en mi carro es lo mismo y por eso no los soporto”.

Yanay contrapunteó que era una falta de respeto, una ofensa discriminatoria.

Pero el “botero” repitió su discurso racista, frenó el auto, le ordenó a la joven que bajara y dejó claro que no quería negros en su carro.

La denuncia obligó a pronunciarse a la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) y la Fiscalía General de la República. El jefe de la dirección de Atención a la Ciudadanía de la Fiscalía, Rafael Soler López, aseguró que se estaba investigando el caso mientras el acusado permanecía detenido.

Precisó que en Cuba tanto la Constitución como el Código Penal proscriben la discriminación por raza, sexo y género, y refrendan el derecho de todos los ciudadanos a la igualdad.

Por su parte, la Policía indicó que “a partir de los cargos que se le imputan (al chofer), se formuló la denuncia por el Delito contra el Derecho de Igualdad, establecido en el artículo 295 del Código Penal, en función de adoptar las medidas jurídico-penales correspondientes”.

Finalmente, las autoridades aplicaron una multa de 500 pesos al infractor, por vulnerar el derecho a la igualdad.

Una de las diferencias más obvias entre los dos casos de racismo (Yanay 2017, Gela 2018) estriba en la naturaleza del espacio donde ocurrió cada uno: el primero en un automóvil de propiedad privada; el segundo, en un ómnibus de propiedad “socialista de todo el pueblo”. Los hechos demuestran que el racismo no solo ataca en espacios del sector cuentapropista (privado), sino también en todos los espacios públicos.

Por su parte, la saeta de las semejanzas entre ambos casos apunta a la discriminación por razones de género. ¿Los hechos habrían tenido el mismo desenlace si Gela o Yanay hubieran sido hombres?

La jurista Deyni Terry Abreu considera que el racismo, la cultura patriarcal y la forma en que estos hombres están tratando a las mujeres en la sociedad cubana y, en particular en el transporte público, resultan preocupantes.

Si el caso de Gela llega a los tribunales, Deyni cree que sería tipificado como injuria. “Ahora, si el chofer no le hubiera brindado el servicio y la hubiera mandado a bajar de la guagua, ahí sí se tipificaría como discriminación”, determina la jurista.

Según el artículo 320 del Código Penal cubano, una persona que ofenda a otra “en su honor, incurre en sanción de libertad de tres meses a un año o multa de 100 a 300 cuotas”.

Mientras Gelaisy Cantero de los Santos espera que la PNR y la Fiscalía Provincial de La Habana se pronuncien sobre su caso, la pregunta pende encima de todos: ¿Será la última vez que injurien o discriminen a una mujer negra en Cuba? El racismo salió disparado contra Gela en diciembre de 2018, pero de algún modo los hechos ya habían sucedido, una vez, otra vez, desde que el miedo al negro llegó a Cuba.

Tomado de:

Tremenda-Nota-TN-2018

Una definición muy personal de violencia de género

Por Mónica Baró Sánchez

Una definición muy personal de violencia de género: ver a una persona corriendo hacia a ti en la noche, no saber si es hombre o mujer -porque no ves bien de lejos, menos de noche-, pensar que puede ser hombre, asustarte, paralizarte, empezar a pensar en qué dirección huir, cómo defenderte, todo eso en un instante, y ya cuando está a dos metros, darte cuenta de que es una mujer, mirarse, reírse, porque sin decir nada ambas entienden lo que pasó, ella entiende tu miedo y no se ofende, ella sigue corriendo, tú te sientes segura de nuevo, y te quedas pensando cuándo sentiste por primera vez miedo a los hombres, cuándo aprendiste a asociar caminar sola en la noche y encontrarse a un hombre o grupo de hombres con peligro o amenaza, no saber cuál es la respuesta, creer que ese miedo existe desde que tienes conciencia de que eres una mujer, cuando escuchabas de niña que las niñas se sientan con las piernas cerradas y se ponen shorts debajo de las sayas, que las hembras no juegan con los varones, que las niñas son flores, que los niños no deben pegar a las niñas -no que no deben pegar a nadie sino, sobre todo, que no deben pegar a las niñas-, creer que descubriste que eras una mujer el día en que empezaste a entender que tenías que protegerte de los hombres y, por tanto, tenerles miedo, descubrir, en la medida en que te conviertes en una mujer adulta, que las mujeres que intentaban enseñarte a protegerte, a prepararte para el peligro, desde que eras una niña, tenían razón, ahí molestarte contigo, con ellas, indignarte, aprender a quedarte callada y mirar al suelo y apurar el paso cuando un grupo de hombres empieza a “piropearte”, o cuando te pasa uno por al lado y de pronto se acerca a tu oído y te dice una atrocidad, que si otro hombre extraño se la dijera a él al oído en la calle le partiría la cara a trompones, tener que cambiar tu ruta porque de pronto te encuentras un hombre haciéndose una paja, lo mismo en un banco de Quinta Avenida, que en un banco de la Avenida de los Presidentes, que acostado en el césped como si estuviera en la playa, aprender también a rebelarte, a confrontar a los hombres que se hacen pajas en los espacios públicos por los que pasas, que se la sacan cuando tú pasas, porque tienes que defender que las calles también son tuyas, reclamarles, exigirles que se la guarden, que se vayan a otro sitio, que vas a llamar a la policía, salir corriendo cuando te amenazan con caerte atrás, no olvidar nunca que los hombres son físicamente más fuertes y que los policías nunca están cerca de calles oscuras donde hay hombres que se hacen pajas, ni siquiera si esa calle es una de las principales avenidas de la ciudad, sobreponerte a tu miedo cuando te levantan el vestido en medio de la calle de día y te tocan las nalgas, como si tu cuerpo no mereciera respeto solo por ser el cuerpo de una mujer, caerle atrás al cobarde durante una cuadra y gritarle como una loca eso, cobarde, y que él nació de una mujer, que las mujeres se respetan, quedar ronca de tanto gritar lo mismo, llorar de impotencia por haber tenido que contener las ganas de abofetearle, porque el cobarde no debía tener más de doce años y tú piensas que a pesar de todo es apenas un niño y no puedes atacarle, seguir tu camino a poner flores a tus muertos al cementerio como si nada hubiera pasado, porque eso es lo normal, que los hombres te agredan una y otra vez es lo normal, que no importa si estás triste, si vas a una fiesta o a un velorio o al cementerio, lo que tú sientas no importa porque eres mujer, y ser mujer significa que los hombres pueden hacer de ti lo que quieran, en el momento que quieran, que no eres dueña de tu cuerpo, ni de tu vida, ni de tu suerte, ni de tu ánimo, vivir defendiendo tu derecho a ser tratada con respeto por los hombres que te conocen y los que no te conocen, sin importar cómo luzcas, cómo te vistas, cómo camines, cómo hables, cómo comas, cómo bailes, cómo mires, cómo ames, saber lo que es sentir miedo solo por ser mujer, pero no dejar que ese miedo tan funcional a la violencia te impida ser genuinamente libre. Feliz 2019 a todas mis amigas mujeres, espero que cada vez nos sintamos más acompañadas entre nosotras.

Foto de portada: bruce mars