Declaración del Colectivo Cuba Liberación Negra

Somos personas Negras cuir cubanas que, desde una perspectiva abolicionista y antiimperialista, militamos dentro y fuera de Cuba, algunas afiliadas a grupos de liberación Negra y al movimiento Black Lives Matter en las ciudades y países donde residen. Con el presente comunicado pretendemos denunciar la invisibilización de las realidades de las personas Negras cubanas, especialmente en el contexto de crisis económica que se vive en Cuba, agravado por la pandemia de COVID-19, y tras las manifestaciones sociales que han tenido lugar desde el 11 de mayo del 2019 hasta las más recientes del 11 de julio de 2021.

Cualquier valoración que se realice sobre la situación de derechos humanos de la población afrocubana debe partir del reconocimiento del racismo estructural y la discriminación racial en todos los ámbitos de la sociedad cubana. Frases como “la revolución hizo a los Negros personas”, por ejemplo, refuerzan el mito de que el proceso revolucionario acabó con la desigualdad y la discriminación raciales y pretenden colocar a las personas Negras en un lugar de subordinación e indefensión y eterno y acrítico agradecimiento. Además, desconoce los logros y luchas de las poblaciones Negras en Cuba anteriores a 1959 y les deshumaniza. Antes de 1959 ya eran personas. Tanto las personas esclavizadas en Cuba como sus descendientes participaron de manera destacada de las gestas libertarias y en el desarrollo económico, cultural, político, científico y social de la nación. Fueron protagonistas de la historia y no simples espectadoras que esperaron a que los poderes blancos reivindicaran sus derechos. La revolución no fue solo ni fundamentalmente blanca.

El uso de expresiones peyorativas como “coleras”, “revolucionarios confundidos”, “vándalos”, “mercenarios”, “delincuentes”, “malandrines”, para intentar estigmatizar a quienes disienten del gobierno, protestan o intentan sobrevivir en un contexto adverso, revela una visión despectiva del propio pueblo cubano y, en particular, de su lado afrodescendiente. Encierran en sí mismas tanto el racismo como el clasismo que refuerzan el gobierno, las instituciones y los medios de comunicación oficiales, al tiempo que sirven para criminalizar a quienes sufren pobreza y desigualdad. No podemos pasar por alto que muchas de las personas en las que recaen esas etiquetas son afrodescendientes de comunidades cada vez más marginalizadas por las últimas reformas económicas y vulnerables a los abusos de poder.

Y esa marginalización tiene que ver con cómo la hegemonía blanca ha delimitado los espacios de relaciones (sociales, económicos, culturales) y los territorios. Fenómenos como la gentrificación en Cuba toman características particulares cuando el Estado desplaza a residentes de barrios neurálgicos -como La Habana Vieja- hacia viviendas en la periferia de la ciudad, con el fin de construir hoteles. Del mismo modo, decenas de miles de personas Negras viven hoy en asentamientos donde no se les satisfacen las necesidades básicas y en condiciones de “ilegalidad”.

Durante y después de los sucesos del 11 de julio hemos visto innumerables fotos y videos en los que personas Negras, especialmente jóvenes, son víctimas de la brutalidad policial, de las fuerzas militares y paramilitares. A pesar de que la policía cubana está formada en un número considerable por personas Negras, que en muchas ocasiones provienen de zonas orientales afectadas por pobreza extrema, en busca de salarios medianamente altos, la hegemonía blanca instrumentaliza las necesidades y aspiraciones de las personas Negras y enfrenta unas contra otras. Este es quizás el ejemplo más rotundo de cómo funciona el racismo estructural en Cuba.

Pero la brutalidad policial no implica únicamente la violencia física sino también otras formas de violencia mucho más solapadas, pero igual de condenables, que se ejercen a través de la vigilancia, el acoso, amenazas, citaciones extrajudiciales, interrogatorios, prohibiciones de salir del país, cercos policiales afuera de las viviendas o en calles aledañas, etcétera. Es importante mencionar que personas activistas antirracistas han sido reprimidas por su lucha contra la discriminación racial. Y sus parejas, familiares y amistades también han vivido situaciones de violencia.

Además, queremos recordar que la policía cubana suele operar con un perfil racial. Muchas veces los jóvenes negros son considerados y tratados como delincuentes en potencia solo por el color de su piel. Y esto nos lleva a preguntarnos sobre la composición racial que predomina en las cárceles cubanas. Una información que probablemente el gobierno posea, pero que hasta ahora no es de acceso público. De hecho, muchos de los datos recogidos en censos y encuestas no son procesados, presentados o publicados teniendo en cuenta el color de la piel.

La existencia de la figura legal conocida como “estado de peligrosidad”, que tiene el fin de contribuir al control social y ha llevado a prisiones a personas consideradas por las autoridades “proclives a cometer delitos” -entre ellas trabajadores sexuales y consumidores de drogas-, nos obliga también a preguntarnos si el color de la piel no estará siendo un elemento que se use, de manera más o menos consciente, para determinar quiénes son “proclives a cometer delitos” y deben sufrir sanción penal. Lamentablemente, nos faltan las estadísticas actualizadas para confirmar que la población negra es mayoría en el sistema judicial-carcelario cubano.

Sin embargo, sí sabemos, por testimonios de personas que han estado encarceladas y sus familiares, que en las prisiones cubanas hay graves problemas de hacinamiento, precariedad alimentaria, falta de condiciones higiénicas adecuadas, restricción de visitas familiares, entre otros. Si la situación de la generalidad de la población y en especial de quienes se encuentran en los centros de aislamiento como parte de los protocolos para enfrentar la COVID-19, es ya extremadamente difícil, podemos suponer que en las cárceles debe serlo aún más.

En el caso de las personas Negras cuirs, no binarias, agénero, trans, etcétera, la criminalización se relaciona con el control y el policiamiento de sus cuerpas, la forma de vestir, las expresiones de género y de la sexualidad. Estas personas son arrestadas y encarceladas con más frecuencia que otros grupos de la sociedad y sufren el binarismo y la violencia de género que el sistema penitenciario refuerza. El hecho de no respetar el nombre según la identidad de género, tan común en las detenciones por parte de la policía, representa una conducta represiva que responde al “cis-tema” sexo-género por el cual vela la hegemonía blanca.

El debate internacional sobre el punitivismo, la criminalidad, la función de las cárceles y la inoperancia del poder judicial aún no llega a Cuba con toda la fuerza que ha llegado a otros países; en gran medida, gracias a movimientos feministas y antirracistas. Dicho debate se centra en el cuestionamiento de la efectividad del castigo, la pertinencia del sistema judicial, la invisibilización de las personas Negras cuirs, no binarias, agénero, trans, etcétera, y la violencia en las prisiones.

Nuestra propuesta es pensar y desarrollar alternativas y estrategias contra los sistemas que nos oprimen y nos impiden tener una vida digna y emancipada. Esto implicaría garantizar los derechos humanos de las personas presas al tiempo que trabajamos para eliminar el uso de la prisión como método de control social.

Considerando todo lo anterior, exigimos a las autoridades cubanas:

  1. Reducir drásticamente la población carcelaria y poner fin al uso de la prisión como método predeterminado de abordar las problemáticas sociales.
  2. Disminuir la inversión en los cuerpos policiales, sectores represivos, armamento, patrullas, indumentaria antimotines, etcétera.
  3. Impulsar políticas y campañas educativas contra el racismo y la discriminación racial.
  4. Detener la criminalización del ejercicio de libertades civiles y políticas.
  5. Garantizar la participación de la ciudadanía en la vida política del país con autonomía del Estado y sus instituciones.
  6. Detener la criminalización de la población afrodescendiente y de las personas en condiciones de vulnerabilidad social o económica.
  7. Eliminar la figura del “estado de peligrosidad” del código penal cubano.
  8. Garantizar el acceso público a información actualizada y verificable sobre la realidad de las cárceles cubanas: número de cárceles, cantidad de personas que cumplen una sanción penal y su distribución por edad, género, lugar de origen, color de la piel, delito que se le imputa, etc. Publicación de dicha información en sitios y medios de prensa
    oficiales.
  9. Adoptar medidas urgentes que permitan responder de manera oportuna a las problemáticas de los sistemas penitenciarios que estarían siendo exacerbadas en el contexto de la pandemia.
  10. Velar por el cumplimiento de las garantías procesales en todos los juicios.
  11. Propiciar el debate sobre punitivismo y sistema carcelario en Cuba a través de los medios de comunicación y el sistema educativo, que incluya abordar la problemática del uso del castigo para resolver problemas sociales.
  12. Garantizar el acceso pleno y sin condiciones de las personas privadas de libertad a servicios de salud, higiene, visitas de sus familiares y amigues, alimentación adecuada, actividades recreativas, etcétera. Dichas medidas no deben tener como fin la creación de un sistema penal más fuerte, sino su abolición.
  13. Invertir en recursos sociales que contribuyan a una verdadera seguridad pública basada en la justicia social y la equidad.
  14. Liberar a las personas encarceladas por motivos políticos en Cuba.

Cuba Liberación Negra

Texto escrito por: Odaymar Cuesta, Sandra Alvarez y Marlihan Lopez

30 de julio del 2021

“El libro de mi vida”: Negra cubana tenía que ser

Por Alina Herrera Fuentes

Hace pocos días salió a la luz el tan esperado libro Negra cubana tenía que ser, de Sandra Abd´Allah-Álvarez Ramírez, la primera ciberfeminista negra de Cuba. Con trece años en el activismo feminista y antirracista en redes, pero una historia de vida que contar, la autora es también investigadora, periodista y ensayista. Sus textos han sido publicados en revistas académicas como Cuban Studies, medios de prensa como El Toque y OnCuba, y revistas digitales como Píkara Magazine y Afroféminas. Homónimo de su blog, el libro arranca desbordándonos lo más íntimo de Sandra: su madre, sus padres, Gema (a quien está dedicado el libro), sus abuelas. 

En “Yo, negra cubana”, trenza con su historia de vida las narrativas sociales de la Cuba de la década de los setenta y ochenta, momento de un socialismo lozano, aun con las precariedades y las no zanjadas brechas de género y raciales. En esta primera parte se nos presenta una Sandra, además de radical, cimarrona e irreverente, con una capacidad infinita de amar. Un amor que profesa hacia quienes conoce y quienes no: Celia Cruz, Isabel Moya, Georgina Herrera, Inés María Martiatu. Pocas veces se le señala esa imbricación de sensibilidad y determinación. Siempre moldeada por el impacto de sus letras contestatarias, incómodas y cuestionadoras, nos olvidamos de señalar que Sandra también desborda un amor rotundo hacia el mundo humano y no humano, ese compromiso que se instala por la búsqueda de la justicia social, y este libro así lo demuestra.

La lectura va desdoblando su creencia Yoruba, no solo como marca espiritual sino como predestinación de sus relaciones sexo-eróticas-afectivas desde el lesbianismo; su vínculo con otras mujeres afrocubanas desde el activismo entre La Habana y Hannover; y su condición de migrante, hondamente atravesada por la nostalgia y el descubrimiento. La migración se presenta como análisis de su propia existencia y la de todo un país, no solo por los que se van de Cuba, también por los que regresan. 

Sandra, además, nos describe el país que sueña, su “Otra Cuba posible” que sería la de todes, con todes, para todes. Con pluma afilada disecciona su pensamiento crítico en torno a las mujeres en Cuba, a los derroteros de la única organización política que las agrupa (la FMC) imbuida en feroces dinámicas patriarcales, al persistente racismo, al colonialismo que aún hoy edifica al socialismo cubano del siglo XXI.

Narrativas relacionadas con el hip-hop, el reguetón, la prostitución, el punitivismo carcelario, nos siguen develando una visión desde los oprimidos, esos que habitan las sombras y las esquinas, los ausentes en los discursos triunfalistas, los que viven en el límite, en los bordes de un país. Estas son páginas escritas con el doloroso desenfado de la inconformidad, con el aliento vehemente de no claudicar jamás en la lucha social.

En la tercera parte, titulada “Elles”, nos llena de fascinación mediante entrevistas que ha hecho a diferentes personas con relevancia mundial, nacional, afrodiaspórica y también personal. Así nos encontramos con la(s) visita(s) de Audre Lorde a La Habana y sus impresiones sobre Cuba, con la afrofeminista queer Logbona Olukonee (actualmente Tito Mitjans), con la feminista marxista Yasmín Silvia Portales, con el chef y promotor comunitario Fernando Calderón, con la profesora Carolina de la Torre y las profundas heridas sociales de la Revolución en sus primeras décadas (aún sin la debida reparación), con la reconocida periodista Lucía Mbomío y muchas más. Es un capítulo del libro que deja reflexiones irresolubles y determinaciones irreversibles. Además, es una vitrina del potente ejercicio del periodismo de Sandra, ese que busca el pedazo de la foto en la que el ojo blanco, macho, colonial y hegemónico no ha reparado ni la acción de una sociedad heteropatriarcal se ha molestado en reivindicar.

“Negritudes” cierra el viaje de la Negra cubana. En esta última sección el racismo y la discriminación racial ocupa el vértice rector. ¿Qué es ser hombre negro en Cuba? ¿Qué es ser mujer negra en Cuba? ¿Cuáles son los retos del movimiento antirracista cubano? ¿Existe el neorracismo? Son algunas de las preguntas que nos develan estos textos finales, imprescindibles.

Sin embargo, en uno de sus textos ella misma se hace una pregunta que resuena como faro de lucidez: “¿qué es lo que queremos quienes soñamos con la equidad racial, quienes trabajamos para que las poblaciones negras disfruten de sus derechos humanos?”. Y se responde en otra especie de pregunta retórica: “¿Acceder al pedazo que nos corresponde en esta gran torta que es el patriarcado sexista-misógino-racista-xenofóbico y neoliberal, o virar patas arriba este mundo comprendiendo que su mejoramiento es posible?”.

Apartándome de los “tecnicismos” de una reseña, confieso que me leí el libro en una tarde, de un tirón (a pesar de las pausas emocionales necesarias). Las tonalidades y musicalidad de su escritura ayudaron. Lloré más de una vez. Me arrancó suspiros, rumié enojos, me regaló asombros, me maravilló las pupilas y, sobre todo, me iluminó el corazón. 

Negra cubana tenía que ser no es solo la vida de Sandra. Es la vida de un país y su diáspora. Es la historia de la Cuba periférica, la de las fronteras. La historia de aquelles que, como ella, no vencidos, aún están por vencer.

Tomado de Afroféminas.

Las cubanas somos herederas de siglos de lucha feminista

La presente entrevista fue ofrecida a la corresponsalía en La Habana de la agencia IPS. Aquí se incluyen las respuestas originales a las preguntas.

¿Se puede hablar de la existencia de un feminismo en Cuba? ¿Cuáles han sido algunos de sus principales hitos y tropiezos? 

En mi opinión, se puede hablar de muchos feminismos en Cuba, desde los más radicales hasta los más light; desde los más inclusivos hasta los hegemónicos; desde los más naifs hasta los más estudiados. Hay de todo, gracias al Universo. Yo estoy construyendo en estos momentos una especie de sistematización o hitos del feminismo y de la lucha de las mujeres por sus derechos en Cuba. 

Las cubanas somos herederas de siglos de lucha feminista y, si bien el feminismo como corriente de pensamiento fue vilipendiado en algún momento posterior a 1959, pues se le identificaba con corrientes burguesas, lo cierto es que cada vez hay más personas interesadas por el mismo, especialmente gente muy joven, no conforme con el mundo que hemos construído para elles. Al mismo tiempo, es probable que desde fuera de Cuba se note que en el archipiélago prevalecen algunos acercamientos al feminismo que siguen disponiendo de las mujeres para lo que el patriarcado decida ​—​recordaremos que hasta hace relativamente poco el logotipo de la Federación de Mujeres Cubanas contenía un bebé en brazos de una mujer sin rostro que en el hombro llevaba (y aún porta) un fusil​—, guardándolas para algunos espacios de “empoderamiento” pero no para todos, manteniéndolas además en relaciones amorosas monogámicas, tóxicas, pensándolas heterosexuales, prescribiéndoles la maternidad. 

Tomado de Granma

En otras palabras, noto muy pocos debates acerca de temas que hoy constituyen prioridades en las agendas de cualquier tendencia feminista, como son la interseccionalidad, la decolonialidad, el antirracismo, el capacitismo, el antiespecismo, el cambio climático, la economía solidaria, el veganismo, etc. Es como que en el archipiélago andamos aún, como para otros tantos temas, treinta años atrás. Un ejemplo sencillo: ya muy poca gente se cuestiona la radicalidad del feminismo, dado que ciertamente querer subvertir las relaciones entre los géneros, entre niñes y adultes, entre las identidades raciales, entre las especies animales, etc, es algo que solo haciéndose de raíz es que podría lograrse. En Cuba, ahora, “feminista radical” ha pasado a ser insulto, cuando hace ya muchos años que las propias activistas de otros países han revindicado el término. 

Otro ejemplo: el ciberfeminismo existe desde finales del siglo pasado. La publicación de Cyborg Manifesto (1985), de la docente universitaria Donna Haraway (Denver, Colorado, 1944), ha sido considerada trascendental en su origen. Personalmente me reconocí ciberfeminista desde el primer día de salida de mi blog ​Negra cubana tenía que ser, en el ya lejano junio de 2006. En ese entonces, ya participaba en colectivos ciberfeministas internacionales, fundamentalmente europeos. En las redes sociales cubanas se ha intentado criminalizar esta vertiente del feminismo, lo cual evidencia el desconocimiento de los movimientos de mujeres/feministas y los usos que ellas han hecho de las tecnologías, que ya dejaron de ser nuevas, para la consecución de su derechos, para su bienestar, para su desarrollo profesional, etc. 

Existe un viejo debate sobre la presencia en Cuba de un movimiento feminista, ¿cuál es su criterio? 

No estoy muy clara acerca de lo que se necesita para que una tendencia, preocupación o modo de sentipensar y actuar se convierta en un movimiento. Claro que se precisa de un grupo de personas más o menos numeroso. Sin embargo, quizás lo trascendental no está en el número sino en los intereses, metas, propósitos comunes, los vasos comunicantes entre unas y otras tendencias o ramas que permiten trabajar con una misma finalidad o al menos establecer puntos de encuentro y trabajo. A partir de ahí, no creo que en Cuba exista, en la actualidad, un movimiento feminista pues, entre otras cuestiones, el activismo, tal cual se le conoce en el siglo XXI, es relativamente nuevo en el país. Razones para ello son, por solo citar algunas: cómo se organiza nuestra sociedad y la centralidad del poder en ella, la estructura vertical que prevalece, una frágil sociedad civil, así como el paternalismo con el que somos vistas las mujeres y el rol salvador que aún se le adjudica a los hombres. Por demás, un “movimiento” no es ni un grupo, ni varios proyectos, ni una comunidad, sino que constituye un “algo” mucho más no solo términos cuantitativos, sino sobre todo en los contenidos, las estructuras, las sinergias entre sus diferentes componentes, las alianzas, las metas, etc. Personalmente, lo que noto, luego de tantos años de activismo y ejercicio intelectual son feministas (no todas son activistas) que trabajan de manera individual, que eventualmente se reúnen para llevar a cabo una iniciativa, un proyecto, un “algo” y entrecomillo porque no se pueden fundar organizaciones de ningún tipo en el país; eso ya lo sabemos. 

Otro asunto es que parte de las inquietudes feministas en Cuba han sido “implantadas” por la cooperación internacional y ya sabemos que donde llega la cooperación llegan las agendas que se entrometen en procesos que deberían ser espontáneos y deciden a cuál de ellos apoyar, qué duración han de tener, etc. Como también conocemos que los circuitos en los que se mueven la información y los recursos económicos constituyen también círculos de poder. Me pregunto entonces: ¿de qué movimiento podríamos hablar en un país donde les activistas no pueden crear asociaciones, tener personalidad jurídica, autogestionarse, unirse a redes internacionales, realizar demostraciones, etc., sin ser vistas como contrarias a lo que el gobierno hace o prefiere? Es un contexto muy complejo donde no se propicia el debate, la argumentación y mucho menos el establecimiento de alianzas. El descrédito y la sospecha imperan. Lamentablemente, en Cuba unas feministas legitiman el patriarcado, como en todos los países, y otras lo quieren deconstruir, derribar. Las primeras son llamadas “revolucionarias”, “verde olivo”, las otras son vendepatrias, mercenarias, radicales, etc. Al final, el debate entre nosotras no tiene lugar porque el patriarcado (que aquí estaría representado por el gobierno) determina cuál feminismo le sirve y cuál no. Es más, se atreve a decir qué es feminismo y qué no lo es, dado que las mujeres en Cuba le servimos, en primer lugar, a la Revolución, no a nosotras mismas ni a nuestra especie, sino a un proyecto masculino y hegemónico. 

Si me permitieran construir una pequeña (reduccionista) clasificación del feminismo cubano, esta sería: “feministas verde olivo” (las que hablan de Fidel como el fundador del feminismo cubano y a Vilma como su seguidora); “feministas de a pulmón” (las negras, las trans, las pobres, las artivistas, que están en los barrios haciendo lo que se puede, sobreviviendo a todo tipo de problemática); “feministas onegistas y académicas” (cuyos proyectos existen porque existen oenegés, las universidades y los fondos de la cooperación), “feministas garrapatillas” (las que se sitúan desde la oposición frontal al gobierno) y las “jíbaras o cimarronas” (quienes trabajan de manera independiente, crean, gestionan sus propios emprendimientos, etc). 

Otra cuestión es que no todo el feminismo cubano se hace en el archipiélago. Por razones harto conocidas, la migración ha supuesto también la residencia fuera del país de activistas, pensadoras y artivistas feministas, lo cual no es una novedad; por ejemplo, Inocencia Valdés, líder de las despalilladoras y quien participara en el Segundo Congreso de Mujeres (La Habana, 1929), realizó una buena parte de su activismo desde Cayo Hueso, Florida, Estados Unidos, en el marco de los clubs de mujeres que se fundaron en el exilio. La artista de la plástica Ana Mendietta (​La Habana​, ​18 de noviembre de ​1948 – ​Nueva York​, ​8 de septiembre de ​1985​), una de las voces más irreverentes de las artes cubano-estadounidenses, vivió la mayor parte de su corta vida en Estados Unidos. Por otra parte, Cuba también se ha enriquecido con mujeres extranjeras, como la dominicana Camila Henriquez Ureña (Santo Domingo, 9 de abril de 1894-La Habana, 12 de septiembre de 1973). 

Cuba vive momentos de cambios económicos y sociales que repercuten de diversas formas sobre la ciudadanía, ¿cuáles serían los impactos que el contexto actual dejaría para el feminismo? 

Ya no estamos en la Cuba (casi) uniforme de los 70 y 80. Ahora existe un país más segmentado que enfrenta problemáticas como la gentrificación, la extrema pobreza, la violencia machista, las clases sociales, la feminización del empleo precario, el establecimiento de una élite del emprendimiento y el negocio privado. En ese contexto, a los feminismos les toca ajustarse a lo que se vive, al menos a aquel que se hace en los barrios o con su gente, y también para quienes toman decisiones. 

El feminismo es una filosofía que reivindica los derechos de las mujeres para insertarse y participar en la vida política, social, económica y laboral. En el caso cubano, ¿considera que esos derechos ya obtenidos se han visto lesionados en los últimos años? ¿Por qué? 

Para mí el feminismo no es una filosofía aunque sí existe filosofía feminista. El feminismo en el cual milito no quiere más derechos: quieren que no nos maten, porque aún teniendo derechos nos matan, y quiere que el patriarcado racista binario misógino capacitista y homotransfóbico no exista. O más bien, quiere el derecho a una vida digna, a la educación, al bienestar. Efectivamente, en el feminismo la reivindicación de los derechos de las mujeres constituyó la principal de las preocupaciones. Con los años se ha complicado, de manera que ya hay muchas otras problemáticas en dependencia del lugar donde se viva, en algunos sitios todavía se pelea el derecho a recibir instrucción, en otros por abortar y en algunos por un parto humanizado. Es conocido que la crisis económica de los 90 hizo retornar a muchas cubanas al hogar, mujeres que luego se reincorporaron o que jamás volvieron al trabajo remunerado. A mí me preocupa el tema del acceso al aborto, porque he sabido de primera mano casos de pacientes a las cuales se les ha intentado convencer de no abortar. Eso es muy peligroso en un país donde no existe una norma jurídica que legalice el aborto, sino que solo describe cómo es que tiene que acontecer. 

Tanto para mujeres como para hombres y personas con otras identidades, declararse feminista ha sido un conflicto. ¿A su juicio, cuáles siguen siendo los estigmas que sufren esas personas y cómo podrían ser cambiados? 

El “objeto de estudio” de los feminismos son las relaciones que establecemos entre nosotres los seres humanos, sin distinción de ningún tipo y también con los otros seres, la naturaleza, las cosas, etc. Si partimos de que declararse vegana o antiespecista también es un conflicto, podremos entender por qué asumir el feminismo como posición política y actitud ante la vida despierta por lo general suspicacias y críticas. Además, el feminismo es tan variado, tan diverso que en muchas ocasiones en su interior se generan contradicciones. Tanto las abolicionistas como las reformistas, como quienes creen que los hombres pueden ser feministas, como quienes creen que pueden ser profeministas, incluso quienes consideran que ellos deben renunciar primero a ser hombres para poder, como quienes creen en la igualdad y quienes no. Todes encuentran su espacio en el feminismo. Poner el “feministómetro”, algo que todes hemos hecho alguna vez, no sirve para nada. No existe una manera de ser feminista. Esa es una realidad. 

Ser feminista en mi opinión es estar en contra de la opresión de todos los seres que han estado subordinados al homo sapiens (fijate que ya homo es masculino), por eso ser feminista también incluye no participar en circuitos de opresión de los animales, por ejemplo, o de les niñes. Rechazar el capacitismo también podría ser un ejemplo de lo anterior. 

Sobre los estigmas, las mujeres feministas son “frígidas”, “están mal folladas”, no han encontrado un tipo que le “dé bien”, son lesbianas. Si un hombre se declara “feminista” es cool, ​progresista, buena gente, en fin, un amor. O sea, hasta en eso las mujeres llevamos las de perder. Por otra parte, los hombres que he conocido en mi vida cerca del activismo, que ya están comprometidos con el feminismo hasta la médula, quienes no luchan al lado de las mujeres, sino detrás, a veces desde el anonimato, ninguno ha declarado ser “feminista”. Precisamente de ellos aprendí aquello de ser “profeminista”, en absoluto respeto con lo que las mujeres hacen cada día, especialmente cómo son tratadas por ello y también porque saben que su rol en la lucha por los derechos y el bienestar de las mujeres no puede ser el tradicional. Una manera fácil de entenderlo es considerarse “pronaturaleza” (como es mi caso) sin ser ecologista. 

Foto: Kristen Reynolds

Artículo tomado de afrocubanas.com

Amor en los tiempos de Coronavirus: Mi 2020 resumido en diez puntos

Desde que en el 2013 me instalé a vivir en una ciudad del norte alemán, jamás había tenido la rotunda sensación de mi aterrizaje en esta tierra. Pues sí aquí decidí vivir hace aproximadamente 3 años y en este 2020 logré sentir en esa decisión.

También para mí este año ha sido singularrrrr (así con varias erres); y eso lo distingue entre los últimos siete de mi vida. En el presente texto les voy a enumerar diez hechos, reflexiones y sentipensares de mi vida que decididamente han convertido el año más importante de los vividos en Alemania:

  1. Me fui a vivir con mi mejor amiga, Mimi. Ella es una joven colombiana muy talentosa con dos carreras: abogada y criminalista, y como mucha gente «recién llegada» Mimi se encuentra en esa fase de aplatanarse a una cultura bien diferente a la nuestra. Cuando hablo de cultura incluyo mentalidad, reglas, sistema de salud, educación, trabajo, etc. El choque puede ser relativamente violento si no tienes una red de apoyo que te sostenga. Nosotras hemos podido construir una convivencia simpática, amorosa y leal. Mimi me tiene y yo la tengo a ella. ¡Qué privilegio!
  2. Cuando ya pensaba que las relaciones amorosas no eran para mí, conocí a mi actual pareja, y aunque los memes dicen que tener mariposas en el estómago es hambre y no amor, llevo ya 9 meses de una relación, en todos los sentidos, de crecimiento. «Amor en tiempos de Coronavirus» le he llamado porque no nos hemos detenido a pesar de la pandemia. Nos conocimos cuando esta comenzaba y hemos estado dos veces en el extranjero (Polonia y Dinamarca) y visitado 14 ciudades, de ellas 12 de la antigua República Democrática Alemana. El viaje fue el regalo de cumple que me dio mi pareja. Rotundamente hermoso.
  3. Me he convertido en una viajera habitual: entre la gran urbe donde trabajo y el pueblito en la ladera de la montaña donde vivo con mi novia; entre los semáforos y los caminos asfaltados con vegetación a ambos lados; entre hacer una cita para visitar a una amiga o tocarle la puerta espontáneamente a la vecina. Se trata de un viaje entre dos Alemanias muy diferentes, de las cuales solo conocía una. Esta otra, más intima, flexible y natural (de Naturaleza) se me parece mucho más a lo que quiero en mi vida.
  4. Aprender a vivir lejos de las redes sociales es lo que ha quedado de episodios donde haters han sido los protagonistas. Claro que una puede despertar y que la primera acción de la mañana sea meditar o tomar una taza de café y no necesariamente revisar las redes. Me he dado el gusto de escoger mis interacciones y otorgarles diferentes niveles de prioridad. Además me he dado placer de bloquear… ¡y el gustico que da!
  5. Me autocuido como me merezco. No me interesa batear todas las bolas. Tampoco quiero estar al tanto de todo, mucho menos si son noticias negativas. Vivo en mi preciosa y preciada burbuja. Mis recursos físicos, espirituales, emocionales son finitos y escojo cuando ponerlos encima de la mesa. Cuando no, paso. A otra cosa, mariposa.
  6. Decidí aprender a conducir lo cual significa independencia y mayor movilidad. Ya voy por la novena clase y según me dicen no lo hago para nada mal. La meta es obtener la licencia en noviembre de 2021.
  7. Escribir, escribir, escribir, no solo porque es terapéutico sino porque en los últimos tres años me había concentrado más en estudiar, crear proyectos, militar, etc. Mi libro todavía está pendiente aunque cada vez está más próxima su salida. Les adelanto que es un libro visualmente insuperable.
  8. Retome la realización de presentaciones en universidades, lo cual ha sido una de las mejores decisiones. Me gustan los debates que tienen lugar en el ámbito académico, especialmente con les estudiantes. Ahora, corona mediante, ni siquiera hay que moverse de la casa sino que se realizan en cualquiera de las plataformas en línea. Ya tengo algunas intervenciones planificadas para el 2021. Les iré contando.
  9. Finalmente salió Afrocubanas, la revista que llevé soñando por varios años. Mis amigas y yo nos estamos divirtiendo haciéndola, al tiempo que aprendemos también muchísimo.
  10. Los valores de azúcar en mi sangre se mantienen en niveles ideales para quien vive con diabetes. Estoy contenta por ello, pues continuo sin tomar medicamento alguno a pesar de que ya no voy al gimnasio como antes, por lo cual he aumentado unas libras (quedará para el año próximo retornar a mi peso).

Como han visto, los acontecimientos más importantes de mi 2020 han tenido como protagonista fundamental al AMOR, en alguna de sus más tradicionales variantes y también en relación con el crecimiento personal, la dependencia, la autonomía, etc.

¿Y a ti cómo te ha ido el 2020?

De cualquier manera, te deseo lo mejor que el Universo pueda tener reservado para ti. Cuídate mucho y nos vemos en el 2021.

Tito Mitjans Alayón: «La mulatocracia ha sido el instrumento histórico para seguir matando en todas las formas a las personas negras»

Por Tito Mitjans Alayón

Hace dos años escribí una pequeña reflexión sobre el privilegio mulato, lo que significaba para mi y brindé algunas ideas de como usarlo. Dos años después quiero especificar que, la mulatocracia es un orden que valida y apoya el genocidio de las personas negras más oscuras. Lo mulato en mi entender hoy tiene la misma función que el mestizaje en México, es una corporalidad, una identidad y una posición política que está diseñada para naturalizar y aprobar la supremacia blanca y sus efectos de muerte desde dentro de las comunidades negras.

El ser mulato si no se descoloniza radicalmente es un arma de muerte, porque tiende a referir a sus orígenes blancos y a esconder y aniquilar sus orígenes negros, a su madre negra, su abuela negra.

La fragilidad mulata existe, así como existe la fragilidad mestiza.
Interrumpir tajantemente los ejercicios de blanqueamientos social, es decir, el genocidio negro, debe ser parte de nuestras políticas de reparación.

Algunas ideas de como interrumpir la fragilidad mulata:

Es urgente reconocer que los cuerpos de piel más claros dentro de las comunidades negras poseen acceso a recursos, afectos, acceso económico, acceso a mejor trato en los sistemas de salud, de educación, menos bulling, más oportunidades de tener redes, ascensión socio-económica y por lo tanto menor posibilidades de muerte violenta que las personas más oscuras.

La mulatocracia ha sido el instrumento histórico para seguir matando en todas las formas a las personas negras, dinamitar las comunidades negras desde dentro. Nuestro deber es interrumpir ese uso genocida de nuestros cuerpos.

Las feministas negras de Combahee River lo dijeron “cuando las mujeres negras sean libres todxs seremos libres”. Eso para mi quiere decir que cuando los cuerpos de las mujeres negras cis y trans y las feminidades negras más oscuras sean libres todxs vamos a ser libres.

Entonces si eres claritx y una compañera negra te dice que estás siendo colorista y usando tu privilegio mulato trascendiendo la integridad, el trabajo y el reconocimiento de la vida de las mujeres negras, pues sencillamente escucha, lee mucho, averigua como restituir ese daño y trabájate tu fragilidad y privilegio mulato.

Redistribuye tus redes, recursos, accesos, afectos con las feminidades más oscuras.

Cree ciegamente en las palabras de las compañeras negras siempre.

Y recuerda el racismo antinegro existe, es un sistema genocida, de muerte del planeta. Y los cuerpos mulatos y morenos también hemos sido instrumento para ello. El racismo antinegro es la muerte sistemática de las personas negras y afrodescendientes, pero especialmente de las personas más oscuras.

En estos momentos nos están pidiendo apoyo para visibilizar que LAS VIDAS NEGRAS IMPORTAN, no desviemos esa atención y esa lucha. Porque las vidas afrodescendientes, prietas, morenas, afroindígenas, también son vidas negras. Si tu neblina mulata o mestiza no te permite ver como te ve el plantador, es tu miopía y tu racismo internalizado. Pero ahora no hay tiempo pa fragilidades.

Y sin la culpa blanca por favor. Que eso no nos ayuda en nada. Tomar responsibilidad no significa darme con un látigo, significa poner a mover los recursos que tenemos para nuestras comunidades en la medida de nuestras posibilidades.

Ponte Pa tu Talla.

Homofobia institucional: Notas sobre la agenda de una “especialista” de la Radio Cubana

Por: Yarlenis M. Malfrán

La pasada semana ha circulado por las redes un audio con la intervención de una funcionaria del Instituto Cubana de Radio y Televisión —la Directora de Comunicación de la Radio y la Televisión Cubana, quien es además diputada del Parlamento cubano—, que ha venido a replantear el asunto de la homofobia institucionalizada en Cuba. El audio data del 2017, sin embargo explica muy bien las lógicas de la heteronormas que funcionan en el país. Según palabras de Yusimi González Herrera:

“Nosotros monitoreamos el año pasado alrededor de 438 programas con varias emisiones […] hay un uso en las voces masculinas platinadas de locutor […] las voces platinadas son voces blandas, voces suaves, voces amaneradas.”

Para calificar un registro vocal como amanerado es preciso estar operando con la heteronorma como criterio de clasificación de esas voces. Presumo que NINGUNA LITERATURA CIENTÍFICA del campo de la locución establezca este tipo de clasificación. Por ende, esta “especialista” es homofóbica. Y noten cómo este dispositivo de vigilancia funciona: ella admite haber monitoreado una x cantidad de programas y, desde su perspectiva homofóbica, consigue detectar este “fallo o desvío” de la heteronorma. Esto de por sí descalifica su “trabajo de monitoreo” como una labor estrictamente profesional. Peor que eso, tal patrullaje es explícitamente homofóbico. Una homofobia institucionalizada que en mucho recuerda el caso de la transfobia que fuera denunciada en el Hotel de Holguín en fecha no muy lejana. Yo me pregunto: ¿qué respaldo institucional ampara este patrullaje homofóbico?

Continúa la «especialista» vomitando su homofobia cuando dice:

“y no es solamente de locutores, son periodistas y son colaboradores. Hay colaboradores señor mío y usted tiene que seleccionarlos, porque mire no hace un mensaje creíble, cuando usted empieza a dibujar florecitas y colores en las voces […] el programa se distorsionó, no es creíble ”.

No bastándole el policiamiento compulsivamente hetero, esta “especialista” se atreve a proponer una selección de personal con base en su homofobia, lo que equivale a una expulsión institucionalizada de todas las voces de personas que, a su juicio posean “voces con florecitas” (nótese el absurdo de esta metáfora).

La credibilidad del mensaje se sustenta, de acuerdo con ella en que “no se dibujan florecitas en las voces”. Las “florecitas en las voces” son tan ficticias como la existencia misma de “voces masculinas versus voces femeninas”. Calificar una voz como femenina o masculina indica que se está operando con una construcción simbólica de género binario, una construcción que es cultural e histórica y que por ende no tiene existencia en ninguna instancia de orden biológico como pudiera ser el registro vocal de alguien. Sin esa construcción simbólica esos calificativos – “voces femeninas/masculina” ni tendrían razón de ser. Los registros vocales son tan diversos como la humanidad misma, encasillarlos en femeninos o masculino es una expresión de un orden de género binario y biologizante que forzosamente quiere apelar a una supuesta “naturaleza” para sustentar la ficción de dos géneros.

“Y eso todavía hoy no es un problema, pero si nosotros no lo atendemos ahora sí va a ser un problema” O sea, hay una intención de hacer de la homofobia una agenda institucional.

Enfatiza la “especialista”:

“…y no estoy hablando… reitero, lo hago con todo respeto y responsabilidad. A mí lo que me interesa es la profesionalidad, no la orientación sexual de nadie, eso a mí no me interesa, ni a la Radio Cubana le interesa. Nosotros tenemos que ser profesionales”

Aquí vuelve a reiterarse la agenda homofóbica disfrazada de “respeto a las diferencias”. ¿No le interesa y monitoreó 438 programas y el resultado de ello fue la detección de “voces blandas”? ¿No le interesa la orientación sexual de nadie y cree que, si las voces de locutores identificados como hombres tienen alguna similitud como lo que se considera femenino, el programa se distorsiona y no es creíble?

Obviamente sí hay un interés marcado en esta funcionaria, y ese interés tiene que ver con preservar la heteronorma y todas las exclusiones e inferiorizaciones que desde ella se establecen. Imposible defender que se respeta y que se hace un trabajo profesional con semejantes argumentos homofóbicos.

Es cuando menos peligroso que esta especialista represente a la Radio Cubana, por lo que ello puede suponer en términos de expulsión, persecución, asedio y violencia contra personas homosexuales o que simplemente ella juzgue como portadores de “voces blandas”. Porque además la orientación sexual de nadie está en el dominio de la atribución externa, mucho menos de un ejercicio de monitoreo auditivo. Se trata de una violencia homofóbica brutal que convoca a varias instancias de la Radio cubana a sumarse a ella: directores, consejo artístico. A todos los responsabiliza con la preservación del legado heteronormativo como emblema de la Radio Cubana y propone “detectar” (palabras textuales de la especialista) como una tarea prioritaria. ¡¡¡Es absurdo que esa sea la misión y el encargo social de una institución del Estado cubano!!!
“…porque nosotros somos como herramienta la palabra, la interpretación, su ritmo, sus tonos, sus timbres, y eso lleva también un diseño, porque todo en esta vida se diseña” Obviamente que sí, en esto tenemos que darle la razón a la Yusimi González Herrera. Pero si el medidor para el diseño es la heteronormatividad, el diseño es casi una réplica del “diseño original” que proponen los fundamentalistas religiosos. Un diseño originalmente homofóbico.

El ICRT como institución de un Estado socialista que se precia de respetar la igualdad de toda su ciudadanía está en el deber de posicionarse frente a estas actitudes homofóbicas que laceran el principio de no discriminación por orientación sexual refrendado en la Constitución de la República del propio país en el que esta “especialista” despliega su homofobia institucional.

Soy la Negra cubana que tenía que ser

Llevaba cierto tiempo sin escribir en este, mi espacio. Desde que creé Negra cubana tenía que ser, en el año 2006, nunca había tenido un periodo tan largo, durante cual no publicase algún texto propio. Es más, en algún momento de lo que va de 2020, pensé que, quizás, debería darle prioridad a otros proyectos por encima de continuar con este blog. Idea festinada la mía. Hoy estoy plenamente convencida de espacios como este han de mantenerse.

Abrí entonces la compu y le escribo estas letras al gobierno de Cuba, específicamente a la Seguridad del Estado, al pueblo cubano, a mis amistades y también a la gente que no me conoce. A Karlito Marx no le escribo porque él no existe. Es un perfil falso. Eso lo saben hasta los cientos de personas y cuentas falsas que le siguen. Sin embargo, quienes están detrás de ese perfil sí existen, podrían ser funcionarios, agentes de la seguridad del estado, personas corrientes, nadie sabe. Tampoco importa mucho. El texto posteado ayer desde aquel usuario de Facebook se inscribe en la ola de descrédito donde «ciberclarias» y «garrapatillas» llevan la voz cantante. Yo no pertenezco a ninguno de esos dos bandos.

Quien(es) quiera que sea(n), se aprovecha (n) de que mucha gente «scrollea» a la velocidad de la luz, saltándose toda confirmación posible. El resultado es toda una sarta de comentarios risibles, desproporcionados, llenos de odio, que parecen emitidos durante los años 80 del siglo pasado, cuando una parte de les cubanes se prestaron para tirarle güevos a los «gusanos». Se aprovechan también de los huecos legales que existen en Cuba, de manera que no es posible denunciar este tipo de acciones con consecuencias para el delincuente —porque eso son: delincuentes—, la injuria, la difamación son, en cualquier parte del mundo, delitos.

Aquí va lo que tengo que decir sobre este incidente, uno de los tantos que he vivido en las redes sociales desde que las tomé para llevar adelante mi activismo:

A la gente que no me conoce: Googlee antes de opinar. Entre a la Wikipedia. Lea. Cultívese. Jamás he dado una entrevista a Radio Martí, ni dicha emisora se ha interesado por tener mi voz. La entrevista que se cita en el post de marras data del año 2013 y la ofrecí a la corresponsalía en Cuba de la agencia Rusia Today. A partir de ella, Radio Martí escribió una nota. Aquí les dejo los dos enlaces para que se documenten: Entrevista ofrecida a Rusia Today y Nota de Radio Martí. Por cierto, lamentablemente, lo que expresé en aquel año sigue conservando su validez y me apena que así sea. Ya no estoy tan segura que mis nietes vivirán en una Cuba más justa. Tampoco gano dinero por mi activismo. En más, en varias oportunidades me han comentado que es posible tener ingresos con un blog, a través de la publicidad —como hacen muchos medios para poder sustentarse—, y si revisan con detenimiento, notarán que en mi bitácora no existe anuncio alguno, tampoco en el Directorio de Afrocubanas, pues pago para ello. Me interesa que mis mensajes sean leídos sin distracciones. He ejercido el periodismo, desde mis principios y no desde agendas impuestas. Lo ejercí por diez años en Cuba y durante los siete que llevo residiendo fuera. También he dejado de colaborar con medios y rechazado publicaciones en libros y revistas —por razones obvias me reservo los nombres—, cuando he considerado que hacerlo atentará contra mi integridad, mis valores y, sobre todo, contra las causas que defiendo. En mis 20 años de activismo he recibido tres becas o financiamientos para participar en dos eventos: la Cumbre Mundial de Juventud Afrodescendiente, celebrada en Costa Rica en 2011, y el Congreso de LASA que me ha dado, en dos oportunidades, fondos para asistir al mismo, en 2013 y 2019. En la primera oportunidad, no me dieron la visa para entrar a Estados Unidos de América, así que no pude disfrutar de la beca que cubriría mis gastos. Acerca del bloqueo, hace poco hablaba con un amigo sobre ello. No considerar las consecuencias que esto tiene, tanto para el desarrollo del país como para el pueblo, es querer obviar una parte importante del cotidiano de la gente de a pie que tiene que luchar cada día para sobrevivir. Sí, porque en Cuba, en muchos barrios, en muchas familias, se sobrevive. Yo sentí en mi propia piel lo que era el bloqueo la primera vez que salí de Cuba, en el año 2009, cuando no pude usar mi pasaporte cubano —que por entonces no se encontraba en el programa informático usado por Western Union para hacer las transferencias—, para recibir un dinero que mi compañera me había enviado desde Europa. Y así tengo innumerables ejemplos de cómo la vida se nos hace más difícil en todos los ámbitos posibles, desde el económico hasta el más privado, el acceso a medicamentos, terapias, etc. De esta manera, convencida de que el bloqueo existe, he participado de acciones concretas en contra del mismo y cada vez que ofrezco una conferencia, taller o formación me refiero a este. Suena patético que yo tenga que reiterar que estoy en contra del bloqueo y que no conozco una Cuba que no sea la bloqueada. No obstante, esta vez lo creo necesario, dado que por momentos pareciera que les cubanes nos dividimos (únicamente) en quienes están a favor y quienes están en contra de las sanciones contra Cuba.

A la Seguridad del Estado: todo lo que hago está en este en blog, en mis redes sociales, en mis artículos, en mis textos, en mis columnas, en mi activismo, en mi propia vida. Soy una activistamujerfeministanegralesbianaantirracistaantiespecistaveganasocialista. Soy la Negra cubana que tenía que ser. Una de las primeras cosas que hice cuando llegué a Alemania, fue ir a registrarme en el consulado de Cuba en Bonn, precisamente porque quería que se supiera que yo estaba aquí, que esa negra que escribía en ese blog «conflictivo» era yo; aún cuando en ese entonces, dada mi residencia temporal, no tenía que inscribirme. Si en algún otro momento de mi vida —recuerden que ya me han entrevistado en tres oportunidades mientras vivía únicamente en Cuba—, se toman el derecho que les asiste de interrogarme, solo les pido que me busquen para dialogar a una oficial que tenga, como mínimo, un máster en estudios de género, como yo lo tengo, y que haya investigado sobre racialidad y racismo tanto como yo lo he hecho. Suena altisonante pero no es mi intención. Solo quiero prevenirles de lo que pasará: hablaré de feminismo, de violencia machista, de antirracismo, de veganismo… hasta por los codos, hasta el cansancio; me tendrán que dar merienda porque soy diabética… y además vegana, así que nada de pan con jamón. Algo más sobre aquel texto injurioso firmado por aquel perfil falso, pero que (ustedes y todes) sabemos que es de vuestra autoría. Lisandra, mi hija, tiene 27 años, es médica, trabaja en el Policlínico Mantilla y ahora se encuentra en su casa, en cuarentena, luego de haber trabajado por casi tres semanas en el centro de aislamiento de La Lenin. Ella se alistó porque quiso. Es asmática. Tener un hijo pequeño le hubiese permitido no considerar a ir a trabajar allí, por el riesgo que supone para ella y para el niño. Sin embargo, fue, dejó a su peque con otra familia y cumplió con su país. Para mí, ella es mi heroína. También lo es para les pacientes de un barrio marginalizado de La Habana. Mi nieto, Adrián, tiene 6 años e iba a la escuela Manuel Saíz de la barriada de Lawton cuando llegó la COVID 19 a Cuba. Ustedes saben cuál es la dirección de mi (nuestra) casa. Yo les encargo a Lisandra y Adrián, les pido públicamente que la cuiden, que lo protejan. Qué nada les pase, que nadie la llame de madrugada para molestarla, que su trabajo  y sus estudios continúen tan bien como iban, que nadie le ponga un traspié a ese negrito cubano, que no se raspe la rodilla montando bicicleta, que nadie me le grite «negro mono»… Les dejo a mis dos seres queridos en vuestras manos con la petición de que velen por su seguridad.

Al pueblo de Cuba: Tenemos una larga tradición revolucionaria que no nació precisamente en 1959, sino mucho antes. Hemos de agradecer a nuestres ancestres por la fortaleza que hemos heredado, la misma que nos permite, a pesar de las UMAPs, de la Zafra de los 10 Millones, del Cordón de La Habana, de la Central Electronuclear de Cienfuegos, de la Zona del Mariel, del bloqueo arranca vidas, permanecer dignamente sobre la Tierra y continuar soñando una Cuba mejor: inclusiva, progresista, revolucionaria, donde quienes tomen las decisiones tengan en cuenta los criterios todes y no solo las ideas enquistadas, obsoletas y discriminatorias de unes cuantes. Yo soy una ciudadana cubana porque mi madre me parió en ese archipiélago, porque mis ancestres fueron arrancades de sus tierras y fueron esclavizades en Cuba. Yo no escogí nacer en aquel pedazo de Caribe, como sí escogí irme. Por amor. Soy activista porque en el año 2000, luego de la muerte de mi madre y cansada del racismo y del clasismo del Polo Científico. Me fui a luchar por la vida, la mía propia y la de personas infectadas con VIH. Ese fue el inicio de mi trayectoria activista, cuando tan solo se le llamaba «voluntariado» o «promoción de salud». Así, progresivamente, se le han ido adicionando causas a mi labor social, porque es también mi labor individual, como ya he dicho, es mi propia vida: activistamujerfeministanegralesbianaantirracistaantiespecistaveganasocialista. Nadie me ha regalado nada, ni la Revolución cubana, ni Alemania —el país donde resido y del cual también soy ciudadana—, ni el Universo. Todo lo que pueda tener —virtudes, actitudes, bienes materiales, espiritualidad, conocimientos, defectos, etc.—, se gestó en la máquina de coser de mi madre. El cuerpo que tengo me lo dieron esa Singer e Hildelisa Ramirez Oviedo. En Alemania trabajo con refugiados menores de edad que están solos en el país. Mi niños, son todos varones, me llaman «Mama Sandra». He visto crecer a cerca de 60 adolescentes de varias naciones: Eritrea, Ghana, Iran, Nigeria, Iraq, Siria, Guinea, Etiopía, Afganistán, entre otras. Así me gano la vida, cuidando a los hijos de otras mujeres. Desde donde les escribo, una ciudad del norte alemán, también hago activismo, milito y, sobre todo, he expandido mis horizontes, tanto emocionales como cognitivos. Todo a costa de mi propia piel, de mi nostalgia, de no tener al Malecón a 30 minutos de mi casa, de haber aprendido otra lengua, de haber sentido que La Habana puede estar en todas partes, de haber conocido otros cielos tan azules como aquel.

A mis profesores, colegas, amistades, amigues, amantes, amadas: Gracias por las enseñanzas, por tantos mensajes de amor, por la lealtad, por el camino recorrido. Gracias por el codo a codo, por las preguntas, por los debates. Si para algo sirvió este lamentable episodio ha sido para poder agradecerles públicamente por vuestra compañía. Como han visto nos queda mucho por recorrer; el racismo, la misoginia, el clasismo, —también presentes en post del tal Karl Marx que no es Karl Marx—, cada día toman nuevas formas.

Alemania, 18 de Julio del 2020.

Negro corriendo… ¿ladrón?

Por Alina Herrera

«Blanco corriendo es atleta, negro corriendo es ladrón» . Reza un “chiste” que escuchamos desde la infancia. Debe causar risa y simpatía, y lo hace. Se reproduce en el tiempo y naturaliza algo tan sórdido como la criminalización de la negritud y, también, la racialización de la pobreza.

El eje delincuencial del “chiste” construye esa imagen del sujeto negro como el más proclive a delinquir, es más, lo sentencia. Y esto se conecta con algo más preocupante, el sistema de justicia, el encargado de capturar a los delincuentes, de procesarlos y condenarlos. Si de antemano este imaginario ha sido producido, ya se sabe qué cuerpos van a señalizar amenaza a los ojos del sistema de justicia.

Pero la génesis de ese “bocadillo humorístico” no se explica desde la concepción de un “rezago cultural”. Simplificando el abordaje del problema, se trivializan también las soluciones frente a algo tan robusto y complejo como el racismo.

La revolución haitiana de 1804 inquietó a toda la élite colonialista blanca, tanto de la metrópoli, como de la isla de Cuba. Los negros del país vecino se habían rebelado contra la dominación esclavizante y conquistaron su libertad e independencia. Sin embargo, el sistema colonialista se seguía alimentando de las personas esclavizadas por lo que tendrían que seguir importándolas. Así es que la necesidad de exacerbar el miedo al negro y de reforzar la esclavitud se hizo inminente para su escarmiento y exclusión.

No fue suficiente con la divulgación de imágenes degradantes de las personas negras, no bastó con la repetición de las escenas más crueles de la revolución haitiana para infundir mensajes de terror y muerte. El temor de las élites blancas a la subversión del orden y al ennegrecimiento de la isla provocaron, durante todo el siglo XIX, la puesta en práctica de políticas de blanqueamiento.

Sin embargo, para la articulación de esas estrategias y para el mantenimiento del orden esclavista, se requería fortalecer y legitimar el diseño de privilegios y opresiones socioeconómicos en base a la raza. Para este propósito se requería de un sustento científico, certificador de los instintos natos homicidas y criminales de los negros como raza inferior y degradada.

Así la antropología, la criminología y la llamada jurisprudencia vendrían a acuñar la naturaleza delincuencial de los negros.

Fue Cesare Lombroso, hacia finales del siglo XIX, quien determinó el ascenso de la antropología criminal. El basamento de sus estudios sobre el hombre criminal estuvo nutrido, precisamente, de las imágenes que recababa de los sistemas penitenciarios y de justicia. La interdependencia entre la antropología criminal y el derecho encuentra su momento álgido en esta etapa.

Y en Cuba, quienes replicaron las teorías racistas lombrosianas y las sedimentaron con total trascendencia fueron, principalmente, Fernando Ortiz (en su primera etapa) e Israel Castellanos, los fundadores de la “antropología afrocubana”.

Para ambos criminólogos también fue imprescindible nutrirse de las imágenes de criminales que les proporcionaba el aparato judicial-penitenciario.

En Los negros brujos Ortiz convierte el “criminal nato” de Lombroso por su propio “delincuente afrocubano” a partir de la caracterización estereotipada que argumenta la criminalización de los negros brujos clasificándolos en “corregibles” e “incorregibles” y, además, proponiendo la tipificación del delito de brujería.

El abogado Ortiz despliega, en ese mismo libro, un ejemplo icónico para la historia antinegra de la recién creada República, me refiero al caso de la niña Zoila y del brujo Bocú. El negro Bocú, junto a otro afrocubano, Víctor Molina, fueron sentenciados a pena de muerte con garrote por el secuestro y asesinato de la niña blanca Zoila con el propósito de hacer brujería para la curación de dos niñas negras.

Era el año 1904. El caso ganó una mediatización sin precedentes. Justo en el momento político y social en el que las personas negras luchaban por la reivindicación de sus derechos y justo cuando se discutía su participación en los debates políticos de la nación. A este hecho le sucedieron otros secuestros y asesinatos de niños blancos, más divulgación en la prensa sobre los horrores de los negros brujos y, claro está, más negrofobia. Por tanto, estamos aquí en presencia de una estrategia política de criminalización de las vidas negras que tiene como fin, impedir el ascenso social de las personas negras y su acceso a la condición de ciudadanos.

La venganza no se hizo esperar. La persecución policial, el despojo de objetos rituales, el enjuiciamiento de negros y el saqueo de templos, fueron procedimientos que llegaron a ser comunes. El Museo de Antropología de la Universidad Nacional se colmó de los altares, ajuares, ngangas y artículos religiosos afrocubanos decomisados. También allí fue a parar el cráneo del negro Bocú.

Mientras se fortalecía la relación simbiótica entre la policía, quien daba cumplimiento a los deseos científicos de Fernando Ortiz por decomisar objetos rituales y apresar negros para el desarrollo de las investigaciones, y los antropólogos, quienes diseñaban la tipología criminal asentada en la raza y reforzaban el ideario del negro criminal, se fundaba en 1908 el Partido de los Independientes de Color y se masacraban a sus miembros y a miles de personas negras en 1912. El cadáver de Evaristo Estenoz, su líder, fue exhibido en la prensa como mismo hicieron con los cuerpos yertos de Bocú y Víctor Molina.

Dos años después la figura de Israel Castellanos cobra ascenso dentro de la antropología física y criminal, por lo tanto, también en el aparato judicial. Con sus estudios se profundizó aún más en la percepción del negro como criminal y en la inferioridad racial de los africanos y afrodescendientes. Los labios mórbidos, las grandes mandíbulas, la forma del cráneo y de la frente eran índices de criminalidad. También lo eran las conductas asociadas a los bailes, a los carnavales, las jergas, la brujería, llevar tatuajes, barba o determinados pañuelos. Castellanos llegó a pedir la pena de muerte a los afrocubanos “salvajes” en su ensayo “La mandíbula criminal” de 1914. Nótese como el racismo apela a la animalización para sustentarse. En este ejercicio, personas negras quedan relegadas a la condición de “menos humanos”.

De esta manera el vínculo entre negritud y delito se solidificó en función de las fuerzas policiales y de los juzgados. Bajo el imperativo de fundar una nueva nación civilizada, se criminalizó una raza que, además, era marginada económica y socialmente. Así los marginales y los delincuentes terminaron siendo los negros. Y al nacimiento de una república nueva le tenía que acompañar un sistema jurídico que construyera “la delincuencia” y que respaldara la dominación política, económica y cultural que también se erigía.

De hecho, Ortiz y Castellanos fueron los encargados de elaborar el Código Penal. En particular Castellanos dirigió el Gabinete Nacional de Identificación a partir de 1921, la Junta Nacional Penitenciaria en 1928 y el laboratorio central de antropología. Allí trabajaron, y allí sembraron sus nociones acerca del hombre (negro) criminal.

Aunque a partir de 1920 un grupo de antropólogos, entre ellos Fernando Ortiz, comenzaron a considerar la cultura afrocubana como un valor adicional a la cultura de la nación de manera general, la percepción de los cuerpos negros como delincuentes frente al sistema policial, jurídico y penal ya se encontraba en franca trascendencia hasta nuestros días.

Ciertamente la revolución cubana desterró sólidas instituciones racistas en el país, no obstante, las narrativas sobre el mestizaje o el “ajiaco cubano” que pretenden homogeneizar los cuerpos y ocluir algo tan profundo como el racismo ponen en peligro el camino transitado. El afán por la integridad nacional sobre este discurso de igualdad triunfante invisibiliza las dinámicas que reproducen la criminalización de la negritud y de la pobreza en la actualidad y, en la misma medida, desplaza la posibilidad de articular programas políticos que la amedrenten hasta su total eliminación.

En situaciones de crisis o de amenaza nacional, mantener el orden y el disciplinamiento de los cuerpos se vuelve el objetivo primero de un país. Paralelamente, se exacerban fenómenos como el racismo y, en consecuencia, la negrofobia. Las viejas marcas de la historia vuelven a tomar el protagonismo en el espacio público, ese que no se ocupó con sólidas e incesantes políticas antirracistas.

Si desde antes de la emergencia sanitaria por el COVID se ha venido cuestionando acerca de la racialidad de la población carcelaria en Cuba, del control policial de las personas negras en el espacio público mediante el requerimiento de la documentación identitaria, de la matrícula preponderantemente racializada en las escuelas conductas y de las condiciones de marginalidad de los afrocubanos ¿cuál es el comportamiento actual? De todas las capturas delincuenciales mediatizadas, ¿cuántas personas negras hemos visto? Del total de sancionados por la pandemia ¿cuántos son negros y mestizos? ¿Sobre quiénes está repercutiendo el exceso policial? ¿Cómo podemos interpretar la muerte dada por un policía con su arma de fuego al joven negro cubano Hansel Ernesto Hernández Galiano en una barriada de Guanabacoa? ¿Alguien se imagina estos tópicos sobre cuerpos blancos?

El racismo institucional no está superado, en todo caso, está disimulado como la nueva era de racismo agazapado en la que estamos viviendo. Y si me equivoco ¿dónde están las estadísticas y los hechos que muestren lo contrario? ¿cuáles son los programas políticos antirracistas consistentes, multidimensionales e integrales que se están aplicando tanto para la sociedad en general, como para el propio estado y sus instituciones?  

Sin estas premisas ¿cómo podemos asegurar que una problemática tan compleja como el racismo, sedimentada durante cinco siglos, no solo en la sociedad sino en el aparato jurídico-policial, ya está resuelta?

Quiero confiar y convencerme de que la muerte de este joven negro cubano el pasado 24 de junio no tiene un trasfondo racial.

El comunicado oficial, que explica la muerte de Hansel Ernesto, reproduce cierta noción del “criminal incorregible” de Ortiz mediante el señalamiento de los antecedentes penales de la víctima, como si su vida valiera menos, como si la muerte estuviera más justificada. También refiere a un “enfrentamiento” de piedras que provocaron lesiones en el policía contra disparos que provocaron la muerte del joven. Todavía se espera que comuniquen el debido proceso judicial que tendrá que enfrentar el policía, hasta el día de hoy, anónimo.

Ese pudiera ser un gesto coherente con la confirmación de que en las instituciones cubanas no caben la impunidad ni el racismo. Sobre todo cuando, según la nota oficial, a un joven negro ladrón se le dio un disparo por la espalda mientras corría.

Tomado de Lo personal es político.

 

 

Roberto Zurbano: Desde mi balcón. Doce párrafos de memoria contra la pandemia del olvido (Quinto round)

Por Roberto Zurbano

El confinamiento hogareño nos incomunica un poco, pero no anula la memoria en tiempos donde los contenidos son tratados con tal velocidad y simpleza que olvidamos de donde llegaron y adónde irán a parar. Cuando se habla de discriminación racial suele ocultarse la afro-religiosidad, tan cercana que obviamos su significado social; que va mas allá del universo ritual y configura maneras de pensar y vivir muy caras a la sobrevivencia y a la experiencia negras en la Historia y en la vida diaria de la nación.

En pleno siglo XXI sobra explicar que las religiones de matrices africanas sintetizan avatares históricos, diálogos y transgresiones sin los cuales no se puede explicar la resistencia y espiritualidad de nuestro pueblo. Pero antes, fue difícil y solitaria tarea. Si hablar de racismo era someterse a burlas de amigos o familiares, exclusiones institucionales y castigos políticos; practicar estas religiones también fue mal visto por organizaciones políticas, instituciones, medios de difusión y la mentalidad social.

Durante décadas, las iniciaciones religiosas se realizaban secretamente en casa-templos, patios y otras plazas ocultas, donde nacían orgullosos de su fé y adquirían conciencia racial, no solo para los de piel negra, pues también la blanca es una «raza» que busca y encuentra su ancestralidad y tareas en este mundo.

En ese proceso África no era sólo noticia de desastres, sino la base del mundo espiritual que trajeron abuelos ancestros, cuyos nombres aún se moyubban.

África en Cuba somos quienes la llevamos en la piel, en la cultura y en sus religiosidades; sus variantes y renovaciones verifican una identidad afrocubana, o sea, afrodiaspórica en su versión local. Lo controversial del término afrocubano tiene larga data y no se agota en las fuerzas que se le resisten. África es el mundo de crianza y educación comunitaria que no distingue entre hijos, primos, sobrinos y ahijados, es familia interracial junto a la extendida familia religiosa, sus códigos solidarios, sus bailes, comidas, músicas y una amplia tradición ética y filosófica que se resumen en un patakín, una firma palera o abakuá o un canto conocido desde andilanga. Vive en medio de celebraciones que mezclan lo ritual y lo pagano, lo útil con lo bello, lo privado y lo colectivo, el consejo con el regaño, lo de aquí con lo de allá, lo íntimo y lo político, el patio, la patria y el universo.

Recién llegada la Revolución, en el momento en que las Sociedades de Color se esfuman de la vida cubana, estas religiones profundizaron su rol en medio de las transformaciones y afianzan complicidad y ayuda mutua allí donde las leyes revolucionarias nunca llegaron.

Es cierto que en 1960 se crea el Departamento de Folklore del Teatro Nacional de Cuba, con el brillante etnógrafo y musicólogo Argeliers León a la cabeza y más tarde, en 1962, el Conjunto Folklórico Nacional, integrado por mujeres y hombres en su mayoría religiosos practicantes que, a partir de ese momento, suben al escenario para ofrecer sus cantos y bailes como Arte, ganando aplausos dentro y fuera de Cuba. Muchos de ellos alcanzan el estrellato como Nieves Fresneda, Jesús Pérez (Obbá Illú), Lázaro Ross, Zenaida Armenteros o El Goyo Hernández.

Fue un gran paso, pero si contemplamos sólo las ganancias escénicas, quedan fuera de foco conflictos y contradicciones que, en la vida cotidiana, sufrían tales prácticas religiosas, tornándose en impedimentas para el acceso a universidades y militancias políticas.

Más allá de los éxitos internacionales de bailes y cantos afros, al correspondiente universo religioso real se le cierran libertades, devaluándole como expresión de atraso e ignorancia.

En la novela más popular del momento, Cuando la sangre se parece al fuego, su autor, Manuel Cofiño, uno de los pocos escritores cubanos identificados con el realismo socialista, refleja el proceso de disolución de las religiones negras arrastrada por las aguas claras del futuro socialista. Estas afroreligiones sufrieron el mismo dogma y represión que aquellas que guardaron armas y conspiraban contra la revolución, aun así, sus practicantes, inmersos en el cambio revolucionario, por no abandonar su religiosidad fueron marginados de importantes responsabilidades políticas y administrativas. Gracias a su horizontalidad, espiritualidad acreditada por siglos y estrategia cimarrona, conservaron los saberes transmitidos oralmente, rituales secretos y viejas prácticas de solidaridad y resistencia. Las afroreligiones fueron espacio creciente para un conflicto ideológico sustancial que aún marca la subjetividad de un amplio sector social dentro de Cuba: conciencia religiosa versus conciencia política, expresado en libros y discursos como una pelea dicotómica que suele resolverse a favor de lo político, ocultando la complejidad del universo religioso.

Aunque este no fuera el debate esencial entre quienes practican afroreligiones, donde hay sujetos de todas las «razas» , dicho conflicto no ha dejado de estar latente en el campo religioso cubano de las últimas seis décadas.

Las religiones negras en Cuba siempre han vivido el peligro de fragmentación y cooptación. Su jerarquía, autoridad, popularidad, exitosas practicas rituales y comerciales, cohesión grupal, diversidad de su membresía, más el alcance de sus valores intra y extraordinarios, constituyen un modelo social, cuya relativa autonomía debe ser objeto de políticas más comprensivas. Por eso me resultó curioso que en el libro de entrevistas que en 1985 hizo el dominico brasileño Frei Beto a Fidel Castro, no aparecen las afroreligiones, siendo ambos interlocutores de países marcados por la esclavitud, el colonialismo y el cimarronaje. Esta curiosidad la comenté a Frei Beto hace unos años y su evasiva me dejó más curioso aun.

Lo cierto es que ese mismo año, aunque no con el cuidado que son tratadas las religiones antes colonizadoras, las afroreligiones también comienzan a ser reconocidas políticamente al crearse la Oficina de Asuntos Religiosos del PCC en 1985.

Escuché a Filiberto O’Farrill, en su casita de Poey, hablar de una soñada Asociación de Babalawos, a cuyos organizadores, que ofrecieron palomas y un tambor en los jardines del Movimiento Cubano por la Paz, no se las aprobaron. Supe de la preparación del I Encuentro de Estudios Afrocubanos, preparado por la Sociedad homónima que intentaron restaurar Fernández Robaina, Tato Quiñones y Lázaro Buría, con apoyo de Natalia de Bolívar y grandes figuras religiosas, abortado por la UNEAC. Conversé con nigerianos residentes en Nueva York que durante años soñaron abrir una Academia de Lengua Yoruba en Cuba que también fuera negada.

Estos y otros empeños son parte de una historia no escrita ¿Cuántos fuimos testigos o cómplices de sucesos subterráneos que fueron el magma de la explosión de los temas raciales en la próxima década? ¿Cómo fue que los temas de la religiosidad fueron dando mayor margen a la problemática socio-racial? Y por qué ambos temas tomaron tanta distancia el uno del otro, al punto que las religiones afro apenas se involucran en el debate racial y, por otro lado, la mayoría de los analistas y análisis sobre las problemáticas raciales en la nación, suelen desentenderse de los temas religiosos, de los creyentes y de las viejas estrategias de solidaridad y resiliencia de estas afroreligiones?

Ambas miradas adolecen de la necesaria articulación e intercambios sistemáticos, donde enriquezcan y renueven prácticas propias. Aunque vale mencionar el valor que alcanzan las obras y espacios donde ambas visiones convergen como lo han hecho Tato Quiñones, Jesús Fuentes, Lázara Menéndez, Víctor Betancourt, Jesús Hernández El Goyo, Gloria Rolando, Tomas Fernández Robaina, Manuel Mendive y otros pocos que intentan sostener tan difícil diálogo en Cuba.

Luego, los noventa irrumpen con varios sucesos editoriales. Justo en 1990 aparece la primera reedición de El Monte de Lidia Cabrera después de 1959, cinco mil ejemplares agotados durante la primera semana en la Feria del Libro, celebrada en PABEXPO, Los orishas en Cuba de Natalia de Bolívar, se convierte velozmente en un best-seller, El negro en Cuba, de Tomas Fernández Robaina, aparece tras un forzado sueño editorial de diez años y los tres tomos de Estudios afrocubanos, de Lázara Menéndez, extraordinario libro de texto para la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de la Habana, removió los anaqueles del elitismo eurocéntrico de tan rancioso –para no decir racista y blanqueado- lugar. Así comienza el boom de temas afroreligiosos en Cuba, a las puertas del Periodo Especial.

El Congreso del Partido se pospone para 1991 y entre los temas centrales está la promoción de negros, jóvenes y mujeres, junto a la noticia de que los religiosos podrán ser miembros de Partido Comunista. Es fácil pensarlo hoy; pero entonces fue una noticia escandalosa que generó grandes discusiones, resistencias e incomprensiones dentro y fuera del partido; tanto pesaban los dogmas y prejuicios.

El discurso de los estudiosos es una cosa y el discurso de autoridades religiosas, reconocidas por su jerarquía y sabiduría es otro. Estos últimos no tienen presencia en la esfera pública, no poseen revistas o boletines que sean órganos difusores de doctrinas, reflexiones y modos de conocer su alcance social. Nunca he podido leer aquella queja porque no fueron invitados a saludar al primer Papa de visita en Cuba, ni la poca presencia de los jerarcas de otras religiones durante la recepción ofrecida al Oní de Ifé de visita en Cuba. No hay entrevistas sobre figuras ni artículos sobre eventos importantes o sobre el trabajo que hacen en comunidades y cárceles, ni convocatorias a cursos y conferencias. Ni siquiera promueven los encuentros entre médicos, científicos y Babalawos, muy provechosos para las tres partes según estas confiesan a los pocos curiosos que llega la noticia. Difícil saber cómo estas religiones establecen alianzas con musulmanes o iglesias cristianas donde la presencia negra crece. Ni sabemos cómo se dirimen sus debates epistemológicos, de género, de asimilación de nuevas prácticas o de sus propias ortodoxias. Ergo, difícil es saber su opinión en el debate antirracista cubano y las causas del repliegue de su potencial fuerza emancipatoria en esta lucha.

También hay batallas exitosas y logros sociales a lo largo de seis décadas, que no por menos publicadas han dejado de celebrarse.

Es un resultado de esas batallas que un babalawo de 34 años en Ifá como Lázaro F. Cuesta (Iwori Bofun) haya sido el Gran Soberano del Supremo Consejo del grado 33 para la República de Cuba, Gran Maestro de la Gran logia de Cuba y Presidente del Patronato del Asilo Nacional Masónico Llanso entre 2011 y 2018, que Ramón (Mongui) Torres Zayas, haya alcanzado su doctorado con una tesis sobre los Abakuá, sociedad a la cual pertenece y estudia su renovado campo; que los libros de Lázara Menéndez, Jesús Fuentes y Natalia de Bolívar sean cada vez más aclamados y leídos por masas lectoras, que lideresas de varias casa-templos hayan logrado reivindicar sus prácticas de género dentro de la religión, que se legitimen en laboratorios farmacéuticos y repertorios clínicos las formulas de brebajes, emplastos y cocimientos con que nuestras ancestros hicieron de la naturaleza la mejor medicina a los males del cuerpo y el alma, que una pastora cristiana como Isset Samá haya hecho tan hermosa declaración antirracista ante su iglesia en días recientes…

Aunque sean lamentables las recientes declaraciones sexistas de la Sociedad Cultural Yoruba sobre las Iyanifá, un conflicto que parecía resuelto a finales de siglo pasado y ahora resucita en un contexto poco saludable para el feminismo en la región. Insulta saber que grandes marcas de la moda internacional se apropian del diseño de las sayas multicolores de nuestras santeras, en una otra forma de extorsión de nuestras identidades. Y que siguen las acusaciones reales e infundadas sobre el comercialismo dentro de estas religiones: no debe resultar raro que en este rincón de la sociedad también proliferen conductas mercantilistas, corruptas y criminales; otra cosa es la acusación de comercialistas a las religiones negras de la región (santería, candomblé, vudú), lo cual parece una trampa nacida de la competencia con otras religiones, justo en un proceso de internacionalización de estas religiones negras, que les permite instaurar legalmente sus instituciones, profesionalizar sus figuras jerárquicas y aumentar el reconocimiento de sus valores de solidaridad, resistencia cultural y saberes, no solo para afrodescendientes. No olvidemos que todo ello era, hasta hace poco, marginalizado, a pesar de ser practicadas por todas las clases sociales.

Dichas acusaciones, curiosamente, no suelen compararlas con otras religiones financieramente poderosas, de jerarquía mundial, dueñas de diversas propiedades e instituciones bancarias, mediáticas, educativas, etc.

¿Cómo, entre las miles de fotografías de Fidel Castro, se olvida aquella, en medio de una larga gira que hizo por varios países africanos en los años setenta, donde aparece vestido de blanco, con ciertos atributos rituales? Jamás la he vuelto a ver, ni siquiera en asociaciones afroreligiosas que constantemente renuevan su compromiso revolucionario.

Se han promovido poco excelentes biografías y testimonios de personalidades como Nisia Agüero, Freddy Ilanga (traductor de swahili del Che en el Congo) y Natalia de Bolívar por solo mencionar tres, que incluyen reveladores pasajes del universo religioso negro en sus vidas o las conversiones religiosas y en la conciencia racial de altos oficiales y diplomáticos cubanos en África como Omar Izquierdo, Heriberto Feraudy o Juan F. Benemelis, entre otros, cuya capacidad más o menos crítica articula puentes entre las visiones africanas y cubanas de conciencia racial, religiosa o afrodiaspórica, revelando políticas africanistas, diásporicas y raciales apenas abordadas con profundidad por estudiosos cubanos de la religiosidad, la afrodiáspora y la geopolítica.

Lamento mi poquita fe, mi modo intermitente y, a veces irrespetuoso de acercarme a estas religiones, pues tendría algunas respuestas, desde sus códigos, a preguntas que no necesitaría escribir.

Lo cierto es que apenas se conocen sus figuras jerárquicas, algunas legendarias, otras de más reconocimiento fuera que dentro de la isla, otros dejando su impronta en el mundo de la internet, otros recuperando sus contactos con tierras y autoridades religiosas de África, otras más vinculadas a la farándula, otras al boyante mercado afroreligioso, algunos veteranos reconocidos por su sabiduría ancestral, otros por su memoria descarnada de cuando hacían religión en el underground socialista. Apenas se conoce el espacio de ritualidad, pedagogía, goce y hermandad comunitaria que signa los encuentros del Cabildo Ifá Iranlówo, liderados por Víctor Betancourt Omolóafaoró Estrada, uno de los sacerdotes y autores más osados y controversiales del campo afroreligioso cubano. Tampoco son públicos los debates epistemológicos, de género, de asimilación de nuevas prácticas o de sus propias ortodoxias que están teniendo lugar y que la transmisión oral a veces distorsiona o confunde. Así, parece ser un mundo que no se mira al espejo, ni a la televisión ni al futuro, sino que se repliega o calla sus propuestas ante los seguidores que, dentro y fuera de Cuba, siguen apostando por el camino de los orishas.

Viernes 19 de Junio del 2020, en Cayo Hueso, Centro Habana.

Reflexiones a partir del post de Danay Suárez: Aspectos jurídicos, religiosidad y homosexualidad

Por Yarlenis Mestre Malfrán* y Deyni Terry Abreu**

El 13 de Junio de 2020, Danay Suárez, compartía en su muro de Facebook un texto de Dayis Arizmendi, suscribiendo así  las ideas defendidas en el mismo. En el post, titulado “A mi generación”, se arguye:

«Pero Dayanna, estás loca, ¿cómo te atreves a comparar estas dos cosas? La homosexualidad no hace daño a nadie, la pedofilia sí». ¡Suena muy bonito tu argumento! Pero te pregunto, ¿entonces, —por poner un ejemplo— deberíamos permitirle a un pedófilo tocar a un menor mientras éste no esté consciente, y por tanto, no perciba ningún daño físico o emocional? ¡Creo que coincidiremos en que esta acción resultaría aberrante! Es absurdo afirmar que algo debería considerarse «bueno» y «aceptable» sólo porque «no daña a nadie». Necesitamos una clara base moral objetiva.

Es indispensable considerar que no se trata apenas de “un argumento bonito” o una defensa deliberada de la homosexualidad. El respeto a las sexualidades divergentes de la hetero-cis-norma, no se sustenta en que “son buenas, no hacen daño”. Se sustenta en la necesidad de impugnar las normas de género que constriñen la vida de muchas personas.

Son las normas de género, impuestas por la cultura occidental como referente de lo bueno y superior, las que hacen daño, son estas normas las que constituyen una marca de opresión para muchas existencias. No es apelando a una base moral y sí a una base ética que todas las expresiones de género y sexualidad deben ser igualmente respetadas, porque se inscriben en el espacio de la autodeterminación.

Las categorías de “bueno” y/o “malo” son propias de las lógicas maniqueístas occidentales que, en base a una supuesta moral (una moral que en verdad es hetero-cis-normativa y por ende contempla sólo a un segmento de la humanidad) demoniza otras existencias. No necesitamos una “moral objetiva”. La lógica maniqueísta a la que se apela en este post, en mucho recuerda a otras jerarquías dicotómicas propias de la matriz de pensamiento colonial, eurocéntrica y cristiana: “lo sagrado (Dios) y lo profano (El humano, o más bien, algunos humanos); cuerpo y alma, la razón y la emoción”. El post recurre a todas estas dicotomías para tornar equiparables cosas que no lo son. Necesitamos una base ética que garantice que la pluralidad de expresiones de género y sexualidades que son propias de la condición humana, sean respetadas.

El término personalísimo se abre a partir de una declaración acerca de la dignidad Y decimos una base ética, porque la legislativa existe hace varios años y se ignora por desconocimiento.

Este tipo de pronunciamientos, como el mostrado en el post que lo originara, no solo coquetea con elementos inherentes a la sexualidad de las personas, sino transgrede los derechos personalísimos de una parte importante de la población; derechos estos que, aunque subjetivos son esenciales para los seres humanos, por la sola condición de que cada uno sea una persona.

Cuando la artista replicó semejante despropósito, desconocía que hay una relación íntima, casi orgánica e integral de las personas, denominada “derechos subjetivos privados”, que se viola ipso facto; derechos vitalicios de cada quien. Por ello, la mera manifestación agrede los derechos humanos. La cuestión en este caso es que estos derechos a los que nos referimos, se reconocen desde el momento en que se adquiere la vida, están referidos a la propia libertad, al honor y cuestionarlos o ponerlos en tela de juicio, ante terceros es ilegítimo.

Estos derechos personalísimos o de la personalidad, se concentran en normas internacionales como la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y el Pacto de San José de Costa Rica (1969) que se traducen en pactos y tratados que no permiten estigmas, ni discriminaciones que afecten a las personas.

Al mismo tiempo, se transita por un terreno movedizo, incitando a relaciones incestuosas, al estupro, abusos lascivos y otros actos contrarios al normal desarrollo de los menores. O sea, este post no es neutro y se reconoce directamente cuando desde respecto a determinadas transgresiones de marcos jurídicos que desde la violación de derechos civiles, pudiera implicarse una responsabilidad penal.

Es cuando menos, extremadamente peligrosa la postura que se defiende en este post, pues el mismo busca patologizar y demonizar una pluralidad de existencias humanas. Sabemos que la construcción ficcional de un enemigo es el punto de partida para autorizar los discursos de odio y otras formas de violencia. Siendo vistos como enemigos y amenazas a la “buena moral”, se incita al exterminio simbólico y material de estas existencias. Con ello se equiparan las existencias género divergentes a la pedofilia, se patologiza a estas existencias, cuestión que ya viene siendo denunciada por los activismos LGBTQIA+. La despatologización de la homosexualidad y de la transexualidad ya ha encontrado respaldo científico en varios de los instrumentos internacionales como el DSM de la APA y el CID de la OMS, pero el discurso homo/transfóbico de este post insiste en situar estas existencias en categorías nosográficas, luego las reinscribe en el terreno de lo enfermo.

Otras partes del post aluden: “A ti, que te escandalizas por el nuevo género «MAP» (personas que se sienten atraídas sexualmente por niños), pero apoyas la ideología LGTBI, el feminismo y el aborto, ¿ya te diste cuenta de la incongruencia de tus ideas?”

Es urgente decir que es totalmente insustentable que este fenómeno “MAP” pueda ser considerado una identidad de género. El género, en resumida síntesis, tiene que ver con reconocimiento y performance, es decir, género alude a la manera en que nos presentamos ante el mundo (y de ahí la alusión a performance) y queremos ser reconocidos a través de diferentes marcas de género: un nombre, determinados códigos estéticos que la sociedad entiende como masculinos, femeninos (ropas, maquillaje, etc). Para tal reconocimiento (re)producimos un conjunto de rituales que nos sitúan en diferentes lugares dentro de ese universo. Es insustentable que la atracción sexual por menores de edad pueda ser considerada una identidad de género. Esta es una tentativa más a la que recurre este escrito para patologizar las expresiones de género que escapan a la hetero-cis-normatividad.

De igual manera se plantea: “Tú criticas a tus padres y abuelos, y a quienes estamos en contra de todo lo que se opone al diseño perfecto de Dios para la familia, la única base firme que es capaz de dar soporte sólido a la sociedad”

Al respecto de esto último cabe decir que “el diseño perfecto de Dios para la familia” es una invención colonial, burguesa y eurocéntrica. Estudios antropológicos documentan que otras formas de familia, parentesco y relaciones humanas existían antes de que Occidente impusiera a la familia conyugal, heterosexual, monogámica y reproductora como “el diseño perfecto”. Vale añadir que este “diseño de familia perfecto” responde a una determinada clase (burguesa) y a una determinada raza (blanca). Tal modelo fue diseminado para servir a intereses capitalistas.

Como feministas e investigadoras comprometidas política y éticamente con la lucha contra cualquier tentativa de patologización, demonización y discursos de odio contra las expresiones e identidades de género que divergen de la norma cis y hetero, hacemos público nuestro repudio al posicionamiento de este post de Facebook.

Dadas a las condicionantes legislativas referidas a la territorialidad, a la artista no le son aplicables las disposiciones vigentes en Cuba, tales como el Decreto Ley 370 sobre la Informatización de la Sociedad en Cuba, suscrita por el Consejo de Estado y Ministros de La República; sin embargo, no niega la gravedad de su posicionamiento al replicar un post en el que tergiversa temas tan sensibles como resultan ser la orientación sexual y la niñez.

 

* Yarlenis Mestre Malfrán, feminista, psicóloga e investigadora de temas de género y sexualidad. Actualmente estudiante del Doctorado Interdisciplinar en Ciencias Humanas, Universidad Federal de Santa Catarina, Florianópolis, Brasil

** MsC. Deyni Terry Abreu, Abogada, Criminóloga, Feminista, Presidenta de Alianza Unidad Racial, miembro de la Red Defensora de los asuntos de la Mujer, antropóloga, activista social e investigadora.