Homofobia institucional: Notas sobre la agenda de una “especialista” de la Radio Cubana

Por: Yarlenis M. Malfrán

La pasada semana ha circulado por las redes un audio con la intervención de una funcionaria del Instituto Cubana de Radio y Televisión —la Directora de Comunicación de la Radio y la Televisión Cubana, quien es además diputada del Parlamento cubano—, que ha venido a replantear el asunto de la homofobia institucionalizada en Cuba. El audio data del 2017, sin embargo explica muy bien las lógicas de la heteronormas que funcionan en el país. Según palabras de Yusimi González Herrera:

“Nosotros monitoreamos el año pasado alrededor de 438 programas con varias emisiones […] hay un uso en las voces masculinas platinadas de locutor […] las voces platinadas son voces blandas, voces suaves, voces amaneradas.”

Para calificar un registro vocal como amanerado es preciso estar operando con la heteronorma como criterio de clasificación de esas voces. Presumo que NINGUNA LITERATURA CIENTÍFICA del campo de la locución establezca este tipo de clasificación. Por ende, esta “especialista” es homofóbica. Y noten cómo este dispositivo de vigilancia funciona: ella admite haber monitoreado una x cantidad de programas y, desde su perspectiva homofóbica, consigue detectar este “fallo o desvío” de la heteronorma. Esto de por sí descalifica su “trabajo de monitoreo” como una labor estrictamente profesional. Peor que eso, tal patrullaje es explícitamente homofóbico. Una homofobia institucionalizada que en mucho recuerda el caso de la transfobia que fuera denunciada en el Hotel de Holguín en fecha no muy lejana. Yo me pregunto: ¿qué respaldo institucional ampara este patrullaje homofóbico?

Continúa la “especialista” vomitando su homofobia cuando dice:

“y no es solamente de locutores, son periodistas y son colaboradores. Hay colaboradores señor mío y usted tiene que seleccionarlos, porque mire no hace un mensaje creíble, cuando usted empieza a dibujar florecitas y colores en las voces […] el programa se distorsionó, no es creíble ”.

No bastándole el policiamiento compulsivamente hetero, esta “especialista” se atreve a proponer una selección de personal con base en su homofobia, lo que equivale a una expulsión institucionalizada de todas las voces de personas que, a su juicio posean “voces con florecitas” (nótese el absurdo de esta metáfora).

La credibilidad del mensaje se sustenta, de acuerdo con ella en que “no se dibujan florecitas en las voces”. Las “florecitas en las voces” son tan ficticias como la existencia misma de “voces masculinas versus voces femeninas”. Calificar una voz como femenina o masculina indica que se está operando con una construcción simbólica de género binario, una construcción que es cultural e histórica y que por ende no tiene existencia en ninguna instancia de orden biológico como pudiera ser el registro vocal de alguien. Sin esa construcción simbólica esos calificativos – “voces femeninas/masculina” ni tendrían razón de ser. Los registros vocales son tan diversos como la humanidad misma, encasillarlos en femeninos o masculino es una expresión de un orden de género binario y biologizante que forzosamente quiere apelar a una supuesta “naturaleza” para sustentar la ficción de dos géneros.

“Y eso todavía hoy no es un problema, pero si nosotros no lo atendemos ahora sí va a ser un problema” O sea, hay una intención de hacer de la homofobia una agenda institucional.

Enfatiza la “especialista”:

“…y no estoy hablando… reitero, lo hago con todo respeto y responsabilidad. A mí lo que me interesa es la profesionalidad, no la orientación sexual de nadie, eso a mí no me interesa, ni a la Radio Cubana le interesa. Nosotros tenemos que ser profesionales”

Aquí vuelve a reiterarse la agenda homofóbica disfrazada de “respeto a las diferencias”. ¿No le interesa y monitoreó 438 programas y el resultado de ello fue la detección de “voces blandas”? ¿No le interesa la orientación sexual de nadie y cree que, si las voces de locutores identificados como hombres tienen alguna similitud como lo que se considera femenino, el programa se distorsiona y no es creíble?

Obviamente sí hay un interés marcado en esta funcionaria, y ese interés tiene que ver con preservar la heteronorma y todas las exclusiones e inferiorizaciones que desde ella se establecen. Imposible defender que se respeta y que se hace un trabajo profesional con semejantes argumentos homofóbicos.

Es cuando menos peligroso que esta especialista represente a la Radio Cubana, por lo que ello puede suponer en términos de expulsión, persecución, asedio y violencia contra personas homosexuales o que simplemente ella juzgue como portadores de “voces blandas”. Porque además la orientación sexual de nadie está en el dominio de la atribución externa, mucho menos de un ejercicio de monitoreo auditivo. Se trata de una violencia homofóbica brutal que convoca a varias instancias de la Radio cubana a sumarse a ella: directores, consejo artístico. A todos los responsabiliza con la preservación del legado heteronormativo como emblema de la Radio Cubana y propone “detectar” (palabras textuales de la especialista) como una tarea prioritaria. ¡¡¡Es absurdo que esa sea la misión y el encargo social de una institución del Estado cubano!!!
“…porque nosotros somos como herramienta la palabra, la interpretación, su ritmo, sus tonos, sus timbres, y eso lleva también un diseño, porque todo en esta vida se diseña” Obviamente que sí, en esto tenemos que darle la razón a la Yusimi González Herrera. Pero si el medidor para el diseño es la heteronormatividad, el diseño es casi una réplica del “diseño original” que proponen los fundamentalistas religiosos. Un diseño originalmente homofóbico.

El ICRT como institución de un Estado socialista que se precia de respetar la igualdad de toda su ciudadanía está en el deber de posicionarse frente a estas actitudes homofóbicas que laceran el principio de no discriminación por orientación sexual refrendado en la Constitución de la República del propio país en el que esta “especialista” despliega su homofobia institucional.

Reflexiones a partir del post de Danay Suárez: Aspectos jurídicos, religiosidad y homosexualidad

Por Yarlenis Mestre Malfrán* y Deyni Terry Abreu**

El 13 de Junio de 2020, Danay Suárez, compartía en su muro de Facebook un texto de Dayis Arizmendi, suscribiendo así  las ideas defendidas en el mismo. En el post, titulado “A mi generación”, se arguye:

“Pero Dayanna, estás loca, ¿cómo te atreves a comparar estas dos cosas? La homosexualidad no hace daño a nadie, la pedofilia sí”. ¡Suena muy bonito tu argumento! Pero te pregunto, ¿entonces, —por poner un ejemplo— deberíamos permitirle a un pedófilo tocar a un menor mientras éste no esté consciente, y por tanto, no perciba ningún daño físico o emocional? ¡Creo que coincidiremos en que esta acción resultaría aberrante! Es absurdo afirmar que algo debería considerarse “bueno” y “aceptable” sólo porque “no daña a nadie”. Necesitamos una clara base moral objetiva.

Es indispensable considerar que no se trata apenas de “un argumento bonito” o una defensa deliberada de la homosexualidad. El respeto a las sexualidades divergentes de la hetero-cis-norma, no se sustenta en que “son buenas, no hacen daño”. Se sustenta en la necesidad de impugnar las normas de género que constriñen la vida de muchas personas.

Son las normas de género, impuestas por la cultura occidental como referente de lo bueno y superior, las que hacen daño, son estas normas las que constituyen una marca de opresión para muchas existencias. No es apelando a una base moral y sí a una base ética que todas las expresiones de género y sexualidad deben ser igualmente respetadas, porque se inscriben en el espacio de la autodeterminación.

Las categorías de “bueno” y/o “malo” son propias de las lógicas maniqueístas occidentales que, en base a una supuesta moral (una moral que en verdad es hetero-cis-normativa y por ende contempla sólo a un segmento de la humanidad) demoniza otras existencias. No necesitamos una “moral objetiva”. La lógica maniqueísta a la que se apela en este post, en mucho recuerda a otras jerarquías dicotómicas propias de la matriz de pensamiento colonial, eurocéntrica y cristiana: “lo sagrado (Dios) y lo profano (El humano, o más bien, algunos humanos); cuerpo y alma, la razón y la emoción”. El post recurre a todas estas dicotomías para tornar equiparables cosas que no lo son. Necesitamos una base ética que garantice que la pluralidad de expresiones de género y sexualidades que son propias de la condición humana, sean respetadas.

El término personalísimo se abre a partir de una declaración acerca de la dignidad Y decimos una base ética, porque la legislativa existe hace varios años y se ignora por desconocimiento.

Este tipo de pronunciamientos, como el mostrado en el post que lo originara, no solo coquetea con elementos inherentes a la sexualidad de las personas, sino transgrede los derechos personalísimos de una parte importante de la población; derechos estos que, aunque subjetivos son esenciales para los seres humanos, por la sola condición de que cada uno sea una persona.

Cuando la artista replicó semejante despropósito, desconocía que hay una relación íntima, casi orgánica e integral de las personas, denominada “derechos subjetivos privados”, que se viola ipso facto; derechos vitalicios de cada quien. Por ello, la mera manifestación agrede los derechos humanos. La cuestión en este caso es que estos derechos a los que nos referimos, se reconocen desde el momento en que se adquiere la vida, están referidos a la propia libertad, al honor y cuestionarlos o ponerlos en tela de juicio, ante terceros es ilegítimo.

Estos derechos personalísimos o de la personalidad, se concentran en normas internacionales como la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y el Pacto de San José de Costa Rica (1969) que se traducen en pactos y tratados que no permiten estigmas, ni discriminaciones que afecten a las personas.

Al mismo tiempo, se transita por un terreno movedizo, incitando a relaciones incestuosas, al estupro, abusos lascivos y otros actos contrarios al normal desarrollo de los menores. O sea, este post no es neutro y se reconoce directamente cuando desde respecto a determinadas transgresiones de marcos jurídicos que desde la violación de derechos civiles, pudiera implicarse una responsabilidad penal.

Es cuando menos, extremadamente peligrosa la postura que se defiende en este post, pues el mismo busca patologizar y demonizar una pluralidad de existencias humanas. Sabemos que la construcción ficcional de un enemigo es el punto de partida para autorizar los discursos de odio y otras formas de violencia. Siendo vistos como enemigos y amenazas a la “buena moral”, se incita al exterminio simbólico y material de estas existencias. Con ello se equiparan las existencias género divergentes a la pedofilia, se patologiza a estas existencias, cuestión que ya viene siendo denunciada por los activismos LGBTQIA+. La despatologización de la homosexualidad y de la transexualidad ya ha encontrado respaldo científico en varios de los instrumentos internacionales como el DSM de la APA y el CID de la OMS, pero el discurso homo/transfóbico de este post insiste en situar estas existencias en categorías nosográficas, luego las reinscribe en el terreno de lo enfermo.

Otras partes del post aluden: “A ti, que te escandalizas por el nuevo género “MAP” (personas que se sienten atraídas sexualmente por niños), pero apoyas la ideología LGTBI, el feminismo y el aborto, ¿ya te diste cuenta de la incongruencia de tus ideas?”

Es urgente decir que es totalmente insustentable que este fenómeno “MAP” pueda ser considerado una identidad de género. El género, en resumida síntesis, tiene que ver con reconocimiento y performance, es decir, género alude a la manera en que nos presentamos ante el mundo (y de ahí la alusión a performance) y queremos ser reconocidos a través de diferentes marcas de género: un nombre, determinados códigos estéticos que la sociedad entiende como masculinos, femeninos (ropas, maquillaje, etc). Para tal reconocimiento (re)producimos un conjunto de rituales que nos sitúan en diferentes lugares dentro de ese universo. Es insustentable que la atracción sexual por menores de edad pueda ser considerada una identidad de género. Esta es una tentativa más a la que recurre este escrito para patologizar las expresiones de género que escapan a la hetero-cis-normatividad.

De igual manera se plantea: “Tú criticas a tus padres y abuelos, y a quienes estamos en contra de todo lo que se opone al diseño perfecto de Dios para la familia, la única base firme que es capaz de dar soporte sólido a la sociedad”

Al respecto de esto último cabe decir que “el diseño perfecto de Dios para la familia” es una invención colonial, burguesa y eurocéntrica. Estudios antropológicos documentan que otras formas de familia, parentesco y relaciones humanas existían antes de que Occidente impusiera a la familia conyugal, heterosexual, monogámica y reproductora como “el diseño perfecto”. Vale añadir que este “diseño de familia perfecto” responde a una determinada clase (burguesa) y a una determinada raza (blanca). Tal modelo fue diseminado para servir a intereses capitalistas.

Como feministas e investigadoras comprometidas política y éticamente con la lucha contra cualquier tentativa de patologización, demonización y discursos de odio contra las expresiones e identidades de género que divergen de la norma cis y hetero, hacemos público nuestro repudio al posicionamiento de este post de Facebook.

Dadas a las condicionantes legislativas referidas a la territorialidad, a la artista no le son aplicables las disposiciones vigentes en Cuba, tales como el Decreto Ley 370 sobre la Informatización de la Sociedad en Cuba, suscrita por el Consejo de Estado y Ministros de La República; sin embargo, no niega la gravedad de su posicionamiento al replicar un post en el que tergiversa temas tan sensibles como resultan ser la orientación sexual y la niñez.

 

* Yarlenis Mestre Malfrán, feminista, psicóloga e investigadora de temas de género y sexualidad. Actualmente estudiante del Doctorado Interdisciplinar en Ciencias Humanas, Universidad Federal de Santa Catarina, Florianópolis, Brasil

** MsC. Deyni Terry Abreu, Abogada, Criminóloga, Feminista, Presidenta de Alianza Unidad Racial, miembro de la Red Defensora de los asuntos de la Mujer, antropóloga, activista social e investigadora.

Addodis y Alakuatas en la Santería: aproximación a la homosexualidad desde la Regla de Osha-Ifá

Por Tato Quiñones

Charla ofrecida el 19 de septiembre de 2019 en el Centro Cultural CubaPoesía, en el municipio de Centro Habana, organizada por el proyecto Club del Espendrú.

Queridos hermanos y hermanas,

La inclusión en el texto de la Ley Fundamental que aprobamos los cubanos hace unos meses, de un artículo que dejaba entrever la posibilidad de que dos personas de un mismo sexo pudieran contraer matrimonio legalmente, dio lugar a una peliaguda polémica –que no a un debate— por todos conocida, en la que tomaron parte, de un lado, organizaciones defensoras de los derechos civiles de las personas LGBTI, y de otro, algunas denominaciones cristianas protestantes. La alta jerarquía de la Iglesia Católica también se pronunció al respecto. Ignoro si otras confesiones religiosas como cristianos ortodoxos, judíos o musulmanes emitieron públicamente sus puntos de vista sobre el asunto.

A raíz de aquel Tíyatíya –palabra esta de origen lucumí que define la disputa malhumorada y turbulenta— algunas personas me preguntaron, dada mi condición de babalawo, no cuál es mi opinión personal sobre este asunto, sino cómo lo aprecia la religión Ifá-Oricha. Confieso que, de primera y pata, no supe a derechas qué responder. Hasta donde yo sé, son varias las historias, refranes y sentencias incluidos en el Cuerpo Literario y Filosófico del Ifá que profesamos en Cuba que se refieren, de una u otra manera, a la homosexualidad, aunque ninguna alude explícitamente a la unión matrimonial entre personas de un mismo sexo, como no sea el Itàn o patatakí “Donde nace no hacerle Ifá a los adodi”, contenido en el odù Odítrùpon, al que habré de referirme más adelante.

Me pareció, entonces, que bien podría resultar útil emprender un estudio, lo más serio y riguroso a mi alcance sobre esta cuestión, y que acaso resultaría provechoso comenzar la pesquisa revisitando las pocas historias y poemas del Cuerpo Literario y Filosófico del Ifá Yorùbà que obran en mi archivo (y digo pocas porque suman solo unos cientos de las decenas de miles que la componen) y no encontré al menos una, no ya referida a la unión matrimonial entre persona de un mismo sexo, ni siquiera a la homosexualidad. (He leído –aunque advierto que el dato puede resultar apócrifo– que el idioma yorùbà, llamémosle “culto”, no tiene una palabra para definir esta figura de la condición humana).

¿Significa esto que en Nigeria no exista la homosexualidad? En modo alguno. Existe, pero es ilegal, y su práctica está severísimamente penada por las leyes hasta con 14 años de privación de libertad, incluso con la pena de muerte en algunas regiones del país.

Descargar la charla íntegra.

Carlota y Fermina

Carlota y Fermina, ¿una historia de amor en tiempos de esclavitud?

Una tradición oral atribuye a una historia de amor entre mujeres la famosa sublevación del ingenio Triunvirato.

El 5 de noviembre de 1843 comenzó una de rebelión de africanos esclavizados que figura entre las más grandes de la historia de Cuba.

La yoruba Carlota estuvo a la cabeza de la sublevación.

Poco se sabe de la biografía de esta mujer, originaria al parecer de África Occidental y obligada a trabajar en la plantación azucarera del ingenio Triunvirato, una localidad del actual municipio de Limonar, en la provincia de Matanzas.

Félix Bonne Carcassés, profesor universitario y nieto de un general mambí de las tres guerras por la independencia, reveló hace pocos años una tradición oral que atribuye la sublevación a un amor entre mujeres.

Bonne recuerda en su relato a Evarista, una anciana que hace varias décadas citaba las narraciones de su abuelo, un peón de la dotación del ingenio Triunvirato, el cual estaba locamente enamorado de Carlota. Sin embargo, ella solo tenía ojos para Fermina, otra africana esclavizada en el vecino ingenio Ácana.

Asegura la tradición transmitida por Evarista que Carlota conoció a Fermina en una visita a Ácana y entre ambas se estableció una relación que motivaría a una de las mayores sublevaciones de esclavos en la historia cubana.

El levantamiento empezó con toques de tambor que llevaban un mensaje cifrado.

Al parecer, Fermina llevaba semanas sometida a tortura y por eso Carlota, acompañada por decenas de personas, la liberó el 3 de noviembre en una expedición organizada desde Triunvirato.

Dos días después, comenzó el levantamiento en mbas plantaciones. Es tradición que las acciones fueron dirigidas personalmente por Carlota.

Las primeras victorias permitieron que la rebelión se extendiese hacia los ingenios vecinos de Concepción, San Lorenzo y San Miguel, y a numerosos cafetales y fincas ganaderas.

Sin embargo, a los pocos meses del levantamiento y por la persecución desatada por las tropas españolas, Carlota y Fermina fueron apresadas y ejecutadas. Carlota, descuartizada por caballos. Fermina, fusilada. De esta manera cruenta terminó una de las historias de amor más olvidadas de Cuba, según la tradición oral recogida por Bonne.

El historiador cubano Abel Sierra Madero ha dejado claro que «las fuentes documentales cubanas de la primera mitad de siglo, muestran las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo como casos de sodomía o pederastia, pero no de individuos con identidad homosexual o que exclusivamente practican actividad sexual con otro individuo del mismo sexo».

El vínculo afectivo de ambas mujeres es imposible de verificar en fuentes documentales. No obstante, es significativo que se haya salvado en la tradición oral.

Actualmente Triunvirato es Monumento Nacional y el nombre de Carlota fue usado, como homenaje a ella, para denominar a una gran operación del ejército cubano en África hace varias décadas.

Tomado de Tremenda Nota.

Argelia Fellove es una dura

Por Abraham Jiménez Enoa

Alberto está a medio vestir. Tiene aún los labios pintados con un creyón carmesí, el cinto desabrochado, la camisa por fuera, el rostro sin maquillar. Olvidó en casa el espejo de mano y eso lo ha retrasado. No le queda de otra que ir del baño de los hombres al de las mujeres para terminar de alistarse. Porque en el baño de los hombres hay un solo espejo y ya está América maquillándose. Y porque en el Club Tikoa no hay camerinos, los artistas se acicalan en los lavabos.

Mientras espera que el baño de mujeres esté desocupado, Alberto va adelantando, a ciegas, lo que puede. Parado en el pasillo, que separa los dos lavabos, saca una carterita pequeña donde guarda su kit de maquillaje. Primero se echa base en el rostro, después se pone un reloj con manilla de cuero en la muñeca derecha y luego se cuelga una cadena de oro falso.

Al baño de mujeres han entrado dos señoras. Hasta que no salgan, Alberto no acabará de vestirse. Debajo de la camisa tiene puesto una faja. «Ayer la lavé tarde y hoy me la he tenido que poner húmeda», dice con molestia. Gotas de sudor le empiezan a correr por la piel. No hay ventanas. Sacude una toalla pequeña para echarse aire y refrescar.

Cuando las señoras salen, Alberto entra de inmediato, cierra la puerta. El baño está en penumbras. El fuerte olor a orine repugna. El espejo, colgado en una de las paredes, es ancho, con un marco de madera recién pintado. Alberto observa su cuerpo del abdomen hacia arriba. En silencio, mientras se maquilla, mientras delinea y pinta sus cejas, mientras riega en su cara las tortas de base que antes se había untado sin mirar, mientras se estira el pelo y se hace un moño corto, Alberto entierra una vida anterior para emprender un nuevo viaje.

Cada trazo de maquillaje cura un poco y cicatriza las heridas del pasado, son un grito de desahogo. Con el polvo, la mascarilla, las cremas, no solo se transfigura, sino que encuentra la puerta de salida hacia la libertad. Finalmente sale de la oscuridad y camina bajo el sol.

Alberto tiene rapada la cabeza de la mitad hacia abajo. Esos pelos no han ido a parar al cesto de basura, los guarda en un recipiente plástico, y luego, poco a poco, los va colocando en la barbilla con una especie de pegamento. Más tarde toma una cuchilla y define los contornos de su barba postiza. «Un día tuve que hacerme los cortes con el carnet de identidad porque la cuchilla se me cayó en la taza del baño», cuenta.

El público entra mientras Alberto y América terminan de prepararse para salir al escenario. Se supone que a las tres de la tarde comience la peña «Sabadazo» en el Tikoa, uno de los clubes subterráneos de la céntrica calle 23 del barrio del Vedado en La Habana.

El Tikoa es un antro. Oscuro, casi tremebundo, un refugio de la ciudad. Detrás de la barra está de pie la única muchacha joven de la tarde. Viste de negro, es negra. La joven tiene los pómulos muertos, parece una mujer marchita, como mismo la nevera del lugar es un cadáver en descomposición: no congela del todo, guarda apenas un par de refrescos enlatados de sabor naranja y solo se puede cerrar con un candado oxidado. De más está decir que no hay cerveza ni hielo, ron es lo que hay.

La entrada cuesta diez pesos cubanos –cincuenta centavos dólar– y la velada dura hasta las siete de la noche. A las tres de la tarde el sol de agosto en La Habana es inclemente, la temperatura puede sobrepasar los 35 grados Celsius, pero dentro del Tikoa hace frío. Un enorme aire acondicionado, que gotea y ronronea, hace que la mayoría de las personas tirite sentados en sus mesas y sillas. Luces fluorescentes, figuritas indescifrables. Todos, sin excepción, pasan los cincuenta años.

El director artístico de la peña entra al baño para ver qué falta. Alberto ya está listo y toma un trago de vino tinto. Luce como un señor de la década del cuarenta: camisa y sombrero blanco, saco beige de rayas finas, cinto y zapatos puntiagudos de color carmelita. América, un señor de más de sesenta años, aún está en blúmer y medias pantis. Estirándose las cejas, frente al espejo del baño de los hombres, hace un chiste: «El mundo está al revés, las mujeres andan de hombre y los hombres de mujeres. ¿Verdad Argelia?», le pregunta a Alberto.

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Argelia en su casa / Foto: Abraham Jiménez Enoa

A sus 52 años, Argelia Fellove Hernández no sabe de dónde ni cómo sacó fuerzas para no quebrarse en el camino. Piensa que pudo haberse quitado la vida. Si no lo hizo fue porque, sin darse cuenta, los acontecimientos en contra la volvieron una coraza a prueba de balas, y ahora no hace más que a avanzar.

Para 2005, no la estaba pasando bien, vivía en un estado de represión interna, deprimida, sin ganas de nada, ni siquiera quería hablar. Sin esperarlo, de pronto, la vida le dio un vuelco. Hacía unos pocos años que se había declarado lesbiana, pero aún no encontraba la manera de asumirse como tal en una sociedad ampliamente homofóbica.

La Cuba de 2005 era todavía el país de Fidel Castro, una isla sin internet, sin que sus ciudadanos pudieran viajar al extranjero o se pudieran comprar una casa o un carro o pudieran pasar unas vacaciones en hoteles. La propiedad privada apenas existía, y era aún más demonizada que hoy.

Con el traspaso de poderes ocurrido entre 2006 y 2008, y ya con Raúl Castro como presidente, la sexóloga Mariela Castro, una de sus hijas, logró impulsar la agenda del Centro Nacional de Educación Sexual(CENESEX), una institución que aún dirige en la actualidad y que desde su fundación, en 1989, aboga por defender los derechos de las minorías sexuales.

En ese entonces, una amiga le recomendó a Argelia Fellove acudir al CENESEX. Le comentó que había un grupo de mujeres lesbianas y bisexuales, casi todas intelectuales, que se reunían para intercambiar experiencias personales y ayudarse unas a otras. El espacio no solo comprendía el trabajo en grupo, sino que también, allí, recibían talleres, cursos y conferencias magistrales que las ayudaban a afrontar, con dignidad y mayores herramientas, el juicio de la sociedad en la que vivían. El grupo se nombra Oremi, que significa «amiga de confianza» en una lengua religiosa nigeriana.

«Luego de mi primer día, de escuchar a aquellas mujeres hablar de sus vidas y de ver que estaban pasando por lo mismo que yo, me fortalecí y comencé a desprejuiciarme», cuenta catorce años después. Cuando salió de ese encuentro, caminó por primera vez al lado de una mujer masculinizada en apariencia sin sentirse apenada por ello.

Argelia se hizo fija en Oremi, los talleres y charlas que recibió le fortalecieron el alma. Comenzó a crecer dentro de ella una necesidad de vomitar en seco y expulsar el pasado que tenía atorado en la garganta. «Me ayudaron a empoderarme y a romper mi silencio», asevera. Se volvió una líder, hizo de su propia vida un espejo público, donde cualquier mujer pudiera venir a mirarse, a tomar fuerza con su imagen.

Argelia / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Negra, de un metro y ochenta centímetros de estatura, sin haber cursado estudios universitarios, Argelia Fellove se volvió la coordinadora en La Habana de la Red de mujeres lesbianas y bisexuales.

«El objetivo de la red es visibilizarnos, promover la salud sexual integral y la prevención de las enfermedades de transmisión sexual y el VIH Sida, darles a las muchachas las herramientas y recursos para conocer nuestros derechos sexuales dentro de la Carta de los Derechos Humanos. Reconocernos como mujeres íntegras en la sociedad e insertarnos en ella. Nosotras luchamos contra la violencia hacia las mujeres y niñas», declara como un mantra.

La red tiene una sede en cada provincia de Cuba, y Argelia es la coordinadora en La Habana desde hace catorce años. Una vez al mes se reúnen para charlar y auparse. Al encuentro, Argelia lo llamó «la caldosa diversa», una especie de ajiaco donde lo mezclan todo y le sacan provecho, dice. Cada quien un poco de sazón.

Oremi fue un alumbramiento para Argelia Fellove. Una revelación que, quizás, sea la más importante en sus 52 años. Todo lo que es Argelia hoy se lo debe al hallazgo de Oremi. Pero se trata, a la vez, de un proyecto institucional que se rige por políticas estatales, de ahí que en 2016 Argelia sintiera la necesidad de tener algo propio, algo con su desenfado, sus intenciones, sus maneras de proyectarse.

Desde 2007, sin percatarse, dio los primeros pasos hacia ese terreno suyo, cuando comenzó a amenizar los encuentros de Oremi con presentaciones mínimas. Le añadió a las charlas, las tertulias, las conferencias y las mesas redondas, una dosis de relajación para liberar las tensiones que se generaban al interior de los encuentros. Argelia comenzó a declamar y a leer poemas disfrazada de hombre.

«Antes yo era más cómica, ya no me sale esa veta, debe ser que tengo muchas cosas en la cabeza ahora», recuerda. Por aquellos años, Argelia Fellove imitaba a Luis Carbonell, a Alden Knight, todo era un hobbypara ella. «Me aprendía más rápido una canción que un poema, entonces empecé a montarlas».

Argelia cantando en Rompiendo la rutina
Argelia cantando en Rompiendo la rutina / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Memorizó las letras de cinco baladas románticas pop del momento: Es por amor de Alexander Pires, Amiga mía de Alejandro Sanz, Me dediqué a perderte de Alejandro Fernández, y A puro dolor de DLG en versión balada y en versión salsa. Le pidió prestada una muda de ropa a uno de sus cuñados. El hombre pertenecía a la Sociedad Secreta Abakuá, una secta religiosa exclusivamente de hombres que se fraguó en Cuba en el siglo XIX. Primero, como es de suponer, se negó, pero luego Argelia lo convenció con plegarias. Con ese juego de camisa y pantalón se presentó las primeras veces en Oremi y en las peñas culturales del CENESEX.

Argelia llevaba las canciones en un CD y las doblaba mientras se desplegaba en el escenario. Era tan contagiosa y potente la imagen que Argelia ofrecía, que la gente, en cada presentación, se olvidaba que detrás de aquel personaje había una mujer. Sin su consentimiento, le empezaron a llamar Alberto. Se le quedó acuñado.

«En esa época había tanta discriminación y había tan pocos transformistas en el país, que por falta de espacios donde presentarme y por exclusión, decidí abandonar aquella idea de empezar una carrera artística en serio en el transformismo», rememora Argelia.

Casi diez años después volvió al ruedo. El contexto cívico cubano había cambiado un tanto y las personas de la comunidad LGBTI, autorización gubernamental mediante, comenzaron a tener espacios de legitimación. La coyuntura favorable posibilitó que, a través del proyecto Oremi, el CENESEX diera luz verde a una idea de Argelia Fellove: una peña educativa cultural desde el transformismo masculino.

Una vez al mes, en el cine Acapulco de La Habana, Argelia abrió un espacio que aún hoy sigue vivo. Con la peña en sus hombros, el retorno de Alberto no se hizo esperar. «El cuerpo me lo pedía, regresé hasta con un repertorio nuevo de canciones», dice. En poco tiempo, la peña sirvió para incentivar el transformismo masculino en la capital de la isla. En un abrir y cerrar de ojos, a Alberto lo acompañaron también siete transformistas. Así surgió el movimiento de transformismo masculino en Cuba.

La nueva versión de Alberto estaba pensada para hacer bailar. Sin desechar las baladas románticas de antaño, su nuevo repertorio intentaba generar empatía e interacción, que todos se pararan de sus sillas. La rumba y la salsa cubana se convirtieron su carta de presentación. El público no tardó en apodarlo «El Salsero».

Argelia Fellove modificó esta vez el apodo: «El Salcero». Sin cambiarlo del todo, le añadió un mensaje: cero discriminación, cero violencia, cero todas las segregaciones.

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Para el pasado 11 de mayo de 2019 se había programado la acostumbrada Conga contra la homofobia, el evento cumbre dentro de la jornada nacional que realiza el CENESEX para celebrar el día internacional del orgullo gay. Pero, a diferencia de los doce años anteriores, esta vez la conga fue suspendida por el gobierno. Los miembros de la comunidad LGBTI, que decidieron salir a la calle a reclamar sus derechos, terminaron sometidos a una brutal represión policial.

Marcha comunidad LGTBIQ en La Habana, Cuba / Foto: Alba Graciela

El CENESEX, en un comunicado de prensa cargado de ambigüedad, dijo que la cancelación se debía a «la actual coyuntura que está viviendo el país» y «determinadas circunstancias que no ayudan a su desarrollo exitoso». De esta manera, la comunidad LGBTI se quedaba sin su día de fiesta. Pero esta vez decidieron no acatar la orden central y celebrar a cualquier precio.

Rostros ensangrentados, policías vestidos de civiles estrangulando a manifestantes, personas cargadas en peso entre tres o cuatros represores, gente encarcelada. Esas fueron algunas de las postales que dejó la pacífica marcha de reclamo.

«Es un evento que sucede una sola vez al año, por eso todas las coordinadoras provinciales de la red nos habíamos puesto de acuerdo para aglutinar a los miembros y participar. Era una marcha pacífica. Si pasó lo que pasó es porque estaba premeditado», opina Fellove, a quien, un día antes de la manifestación, una miembro de Oremi le notificó que habían llamado del CENESEX para advertirles que no acudieran.

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«Ahora no hay UMAP, pero la sociedad cubana es homofóbica, patriarcal, machista, heterosexista, misógina y racista». Argelia se refiere a las llamadas Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP), especies de campo de trabajo forzado que entre 1965 y 1968 Fidel Castro instauró en la provincia de Camagüey para supuestamente reeducar a homosexuales, prostitutas, religiosos, proxenetas, delincuentes y desafectos del régimen.

No hay consenso alrededor de las cifras de cubanos que padecieron esa experiencia, aunque la mayoría de los datos refieren a 25 000 personas en tres años. Raúl Castro, en ese entonces ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), declaró en un discurso de abril de 1966: «Se incluyeron a algunos jóvenes que no habían tenido la mejor conducta ante la vida, jóvenes que por la mala formación e influencia del medio habían tomado una senda equivocada ante la sociedad y han sido incorporados con el fin de ayudarlos para que puedan encontrar un camino acertado que les permita incorporarse a la sociedad plenamente».

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Argelia y su proyecto Afrodiverso / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Argelia quiso desarrollar también un proyecto independiente a Oremi y al CENESEX, flexible e itinerante, más inclusivo. Así nació Afrodiverso, «dirigido a mujeres lesbianas, negras y afrodescendientes. Un proyecto para empoderarlas desde su propia historia y su origen. Reidentificando sus esencias como mujer desde el arte inclusivo del transformismo masculino», afirma.

El último censo de población y viviendas se realizó en Cuba en 2012. La composición racial de los 11.2 millones de habitantes fue identificada de la siguiente manera: 64,1% blancos, 26,6% mestizos, 9,3% negros. Incluso los expertos de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONEI) apuntan que estos resultados son poco fiables, pues provienen de valoraciones de los propios ciudadanos, quienes, en su mayoría, no se reconocen como afrodescendientes.

En cambio, en 2018, el Centro Nacional de Genética Médica desarrolló un estudio que determinó que todos los cubanos son mestizos, independientemente del color de la piel. El estudio declaró los orígenes de la población cubana y los identificó de esta forma: 2% chinos, 8% aborígenes de las poblaciones mesoamericanas y sudamericanas, 20% africanos (principalmente de Benín, Nigeria, Camerún, Gabón y Angola) y 70% europeos (predominantemente España y algunas zonas de Italia).

El politólogo Esteban Morales dice: «La masa poblacional cubana es tratada de manera homogénea. Lo cual es un error de magnitud incalculable. Dado que blancos, mestizos y negros, no han tenido, históricamente, un punto de partida común: los blancos llegaron como colonizadores, los negros como esclavos y los mestizos son el resultado de la paulatina mezcla, principalmente, de ambos grupos».

Argelia Fellove pensó Afrodiverso no solamente como una punta de lanza para combatir la discriminación racial de las mujeres lesbianas y bisexuales en Cuba. El proyecto va más allá, es un saco donde ella va echando todo lo que, desde al arte del transformismo masculino, le parezca que puede mejorar la vida de las personas en comunidades más vulnerables.

Por eso se fue hasta Barrio Azul en Santa Amalia, un suburbio intrincado en la periferia de La Habana, y fundó un grupo de baile para niñas que nombró Las oremisas del futuro. Y por eso, también, el día de la infancia viajó hasta el municipio Melena del Sur de la provincia de Mayabeque y realizó un concurso infantil de cuentos que terminó en una gran fiesta con regalos para todos los participantes.

Argelia saluda a niños en la calle / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Argelia no cobra un solo peso por todo lo que hace. «Mi ganancia es sencillamente espiritual», dice. Con sus propios medios mantiene Afrodiverso en pie, gracias sobre todo al apoyo de amigos que donan materiales con bastante frecuencia. Las donaciones van desde lápices de colores, crayolas, juguetes, pedazos de tela, galleticas, hasta ropa y zapatos usados que Argelia vende y, con el dinero recaudado, adquiere lo que necesita.

Sandra Álvarez es la autora de Negra cubana tenía que ser, el primer blog cubano sobre racismo, racialidad y feminismo negro. Sobre la labor de Argelia Fellove opina: «Es una luchadora, Argelia significa resistencia, aprendizaje, paz, flexibilidad y también convicciones».

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Durante las primeras décadas del siglo XX, la abuela materna de Argelia Fellove, Matilde Hernández, fue por años una de las criadas de José Arrechea, patrón de una de las familias más acaudaladas de la ciudad de Trinidad, Sancti Spíritus. Arrechea mantenía en secreto una relación con aquella criolla hermosa, la tenía como su complaciente.

Matilde quedó embarazada una de esas tardes en que Arrechea se escapaba de su familia y se metía a algún cañaveral o a algún cuartucho dentro de su propia finca y la obligaba a tener sexo con él. Ahí nació Trinidad Margarita Hernández, madre de Argelia.

Trinidad creció en los cuartos de criados, la cocina y los patios de la finca de los Arrechea. Su padre, José, nunca la reconoció y lo único que hizo por su hija, de vez en cuando, fue dejarla entrar a la sala de la casa para que jugase con sus desconocidas hermanas blancas. Trinidad aún está viva, padece de alzhéimer a sus 86 años y tiene una paraplejia en la parte izquierda de su cuerpo. Matilde falleció en 1974.

El apellido Fellove le viene a Argelia de su padre, un habanero descendiente de una familia del Congo que había emigrado a Francia y desde allí a Cuba. El padre de Argelia conoció a Trinidad Margarita y vinieron juntos a La Habana. Tuvieron ocho hijos, tres hembras y cinco varones. Argelia nació en 1967, pero no la inscribieron en el registro civil hasta 1970, año en que su padre murió de un infarto.

El padre de Argelia era un obrero soldador y solo pudo dejar como herencia una pensión de 180 pesos cubanos. Trinidad Margarita, que no podía trabajar por su discapacidad, tuvo que criar a sus ocho hijos con ese dinero. La familia vivía en el reparto La construcción en el municipio de Boyeros. Lo que le llaman un barrio “caliente”: broncas, robos, ron y mesa de dominó en las esquinas, música y ruido hasta altas horas de la noche. En esa cotidianeidad crecieron los niños.

«Mi mamá en casa nos daba mucho golpe, mucho golpe, mucho golpe», dice Argelia hasta la saciedad. Reconstruir su pasado es un viaje tenebroso a lo peor de su vida. El rostro se le contrae, la voz sale como un látigo.

La crianza de ocho hijos con tan poco dinero, con tanta carestía y viviendo casi en la miseria, una casucha hecha añicos, sobrepasó a Trinidad Margarita, que perdió los estribos y no encontró otro método de crianza que no fuera la brutalidad desmedida como escarmiento.

Si los niños la molestaban con algún ruido, por hambre o con alguna pregunta cualquiera, Trinidad buscaba un cable de electricidad, les decía que se pusieran todos, los ocho, con las manos y las rodillas en el suelo, en cuatro, con las nalgas para ella, y los azotaba hasta verlos llorar. A las tres hembras, a veces, les pellizcaba los senos.

Crecer entre golpes generó que los muchachos se volvieran unas pequeñas bestias agresivas. Toda la infancia transcurrió en casa de los Fellove como si estuvieran en una batalla campal. A diario, unos a otros se lanzaban cazuelas de cocina, piedras, se perseguían con palos o bates. Todo ocurría delante de los ojos de la madre, a quien aquello le parecía un comportamiento normal y observaba tranquila semejantes escenas. Trinidad Margarita, mientras uno de sus hijos le rompía la cabeza a otro de un mazazo, bien podía quedarse sentada en un butacón arreglándose las uñas o salir a la calle a caminar sin más.

Argelia en su cuarto / Foto: Abraham Jiménez Enoa

«Uno de mis hermanos tenía una esquizofrenia adictiva al golpe. Cuando estaba aburrido, bajaba y le escupía la cara a un policía para fajarse. Después que la policía lo molía a golpes, regresaba al otro día tranquilito a casa», recuerda Argelia.

Todos los días Argelia Fellove iba a la escuela primaria con el uniforme escolar sucio y estrujado. Alternaba con uno de sus hermanos unas botas de hombre, un día él, un día ella. Cuando no le tocaba el turno de las botas, llegaba a clases con unas chancletas rotas amarradas con una cuerda de saltar. Como en casa no podía estudiar, sus notas académicas eran malas.

Según ella, ser negra, pobre y con bajo rendimiento escolar la condenó. «Los niños de la escuela y del barrio me hacían mucho bullying, no paraban de darme golpes», dice y repasa un pasaje que le viene a la cabeza: «Una vez cuatro o cinco niños me llevaron para la parte de atrás de la escuela y me manosearon a la fuerza, por detrás y por delante, con ropa».

Los profesores de las escuelas del reparto La construcción también estaban marcados por la violencia. Probablemente habían nacido en esa zona y padecieron las mismas complicaciones intrafamiliares de Argelia, o similares. De lo contrario, uno no se explica cómo, para imponer la disciplina en clases, le pegaban con reglas metálicas a los estudiantes o los mandaban a una esquina del aula y los ponían de rodillas por portarse mal. Antes de poner las rodillas en el piso, les colocaban debajo chícharos o tapitas de botellas de los refrescos de la merienda.

Los ocho niños estaban anémicos. La pensión del padre fallecido no alcanzaba para ponerle todos los días a cada uno un plato en la mesa. Una bondadosa vecina intentaba ayudar a la familia, en algunas ocasiones, ofreciéndoles un poco de comida. Argelia iba con una cantina metálica, pero muchas veces regresaba con la cantina vacía. «El hijo de ella me esperaba en la escalera de su casa para masturbarse y yo no subía», confiesa.

Pero lo más traumático de la infancia de Argelia Fellove no fue eso. En las noches, los hermanos dormían en un colchón relleno con paja del que salían pulgas y otros insectos. Para que cupiesen la mayor cantidad de niños, la madre les ordenaba acostarse de forma transversal. De todas maneras, el espacio era demasiado pequeño para que cupiesen los ocho. Siempre alguno quedaba fuera. Ese era el más perjudicado.

«Mi hermano mayor lo sacaba y se lo llevaba al baño para hacer sus fechorías», cuenta Argelia. Dámaso Fellove, el mayor de todos, ya con 14 años medía cerca de dos metros de estatura. En las madrugadas, despertaba no solo al hermano que quedaba esa noche fuera del colchón, sino a otro más, hembra o varón, no importaba el género. Iba con ambos al baño y llevaba también una silla y una soga. Allí preparaba su diabólica violación.

Al hermano que escogía primero, lo subía en la silla y luego le ponía la soga al cuello como para ahorcarlo. Al otro, le daba una punta de la soga y le indicaba que, cuando penetrara al hermano escogido, si este gritaba, inmediatamente tirara de la soga para estrangularlo hasta que dejase de chirriar. Así no se despertaban los demás. Después los cambiaba uno por otro y repetía las mismas macabras indicaciones.

«Nos obligaba a tener sexo oral, nos teníamos que tragar su semen y su orine», asevera Argelia Fellove con los ojos aguados y la voz entrecortada. Regresar a esas imágenes la laceran, la hacen temblar.

Argelia y su madre / Foto: Cortesía de la entrevistada

Mientras, Trinidad Margarita dormía a pierna suelta en el cuarto contiguo. No era que no supiera del abuso y la violación que su hijo mayor cometía en las noches, era que se hacía la desentendida por miedo. Dámaso la tenía amenazada, era capaz de demolerla a golpes si tomaba partido en el asunto. Las noches de infancia de los Fellove eran el infierno.

«Estuve ingresada gravísima en el hospital con gastroenteritis, por poco me muero», dice de tajo Argelia, después de tomar aire. Su cuerpo de niña pequeña –tenía entre cuatro y siete años cuando esto ocurrió– no pudo soportar tanto abuso y estuvo a punto de quebrarse.

La situación de abuso y violación era tan extrema que un día Argelia y los hermanos más pequeños jugaban a los escondites cuando, por puro azar, la niña entró corriendo al cuarto de su abuela para esconderse allí y la imagen que encontró la marcó para siempre: la abuela Matilde estaba boca abajo, desnuda, casi desmayada, sobre unas sábanas embarradas de heces, y encima Dámaso abusaba de ella.

Gertrudis, la mayor de las hermanas hembras, era la única que se le enfrentaba a Dámaso y denunciaba ante su madre los atropellos de su hermano. «Mi madre le daba golpes cuando le reclamaba algo. Estábamos indefensos», sentencia Argelia. A Gertrudis le llegó el preuniversitario, que era un internado, y se fue de la casa. «Nos jodimos. Mi otra hermana, Griselda, tuvo que hacerse novia de Dámaso para quitárnoslo de encima por un tiempo».

Con el noviazgo de los hermanos, los abusos de Dámaso menguaron, aunque, a cada rato, hacía de las suyas. «Un día pasé por delante de él en la sala de la casa y quiso forzarme, salí corriendo, pero fue tras de mí y me tiró un poco de alcohol y fósforo en las piernas, logré escapar», cuenta Argelia, que volvió a ingresar en el hospital por las quemaduras que le provocó aquel incidente.

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Carolina de la Torre, profesora titular de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, es autora del libro Benjamín: cuando morir es más sensato que esperar, testimonio de un joven que se suicidó después de haber sido encerrado en la UMAP.

Sobre los traumas que puede haber generado Dámaso Fellove en su familia, de la Torre opina: «Es un daño enorme, sobre todo por los sentimientos encontrados, por la represión que mete el inconsciente, algo que, como el vapor de una olla de presión tupida, un día puede explotar. El tipo de persona que hace eso es un psicótico. Un retrasado mental por primitivo. O un psicópata disimulado, pero sí culpable, porque sabe la diferencia entre el bien y el mal».

Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), «la mayoría de los niños y las familias no denuncian los casos de abuso y explotación a causa del estigma, el miedo y la falta de confianza en las autoridades. La tolerancia social y la falta de conciencia también contribuyen a que no se denuncien muchos de los casos. Las pruebas indican que la violencia sexual puede tener consecuencias físicas, psicológicas y sociales graves a corto y largo plazo».

Desde 2013, en el país los casos de abuso sexual contra menores de edad quedan registrados en el Informe de Cuba sobre la prevención y enfrentamiento a la trata de personas y la protección a las víctimas, documento que se publica cada año.

Los últimos números son de 2017 y recogen 2019 víctimas. De ellas, 985 sufrieron abusos lascivos; 455, corrupción de menores; 293, violación; 206, ultraje sexual; 52 pederastia; 18 estupro y nueve incesto.

El Código Penal de Cuba, vigente desde 1987, condena estos delitos con agravantes como el grado de parentesco o responsabilidad del victimario con el menor. Las penas van desde multas hasta 30 años de privación de libertad o incluso la pena de muerte, aunque en el país no se ejecuta a nadie desde 2003.

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Al entrar a la secundaria básica, Argelia Fellove escapó de casa. Vio la posibilidad de internarse en una escuela y lo hizo. Eso le garantizaba independencia, alejarse del caos familiar y, muy importante, un plato de comida diario.

Su intención, una vez pasado el preuniversitario, era estudiar Cultura Física, ya que no había podido convertirse en atleta. La habían captado para una escuela de deportes por sus condiciones físicas y su madre nunca aprobó el permiso de matrícula, no se presentó a firmar.

Cuando se graduó de bachiller, sus notas no le alcanzaron para entrar a la universidad. Tuvo que conformarse con un curso de técnico-medio de Estadísticas de Salud. Aprendió a llevar los índices y los indicadores que inciden en las tasas de mortalidad infantil, nacidos-vivos y enfermedades. Trabajó en varios policlínicos del barrio Lawton.

En 1988, un hombre de apellido Santos la detuvo en la calle. Le dijo que estaba captando muchachas jóvenes para que pasaran un curso de arbitraje de atletismo, que, si ella estaba interesada, podía inscribirse. Suerte divina la de encontrarse a aquel señor. Pudo cumplir su sueño y vincularse al deporte.

Argelia Fellove se convirtió en árbitro. Comenzó a participar en eventos nacionales. Sus resultados fueron tan buenos que quedó entre los jueces seleccionados para fungir en los Juegos Panamericanos de 1991 y en la Copa del Mundo de Atletismo de 1992, ambos eventos celebrados en La Habana. Hoy guarda en casa con celo un recorte añejo y amarillo de la revista Bohemia donde se le ve como jueza de meta en una de las carreras por la medalla de oro de los Panamericanos.

Argelia en la revista Bohemia / Foto: Cortesía de la entrevistada

Por su buen desempeño, para estimularla, los directivos políticos del deporte en La Habana le hicieron un regalo: podía matricular en la carrera de Cultura Física. Argelia no lo pensó dos veces. Pero a la altura del cuarto año tuvo que abandonar los estudios. Los problemas familiares continuaban.

Varios de sus hermanos estaban presos, unos por robos con violencia y otros por disturbios públicos. En la casa, la convivencia empeoró aún más. Con el tiempo llegaron a vivir también las novias y novios de sus hermanos y hermanas, y nacieron sobrinos. Tres habitaciones no bastaban para ocho parejas con sus respectivas familias. Las peleas y agresiones físicas sobrepasaron todos los límites en casa de los Fellove.

«No podía concentrarme, tenía problemas de memoria, no me presenté a las pruebas de cuarto año y perdí la carrera», dice Argelia.

La única persona de la familia que iba cada mes a llevarles algo de comida a los hermanos presos era Argelia. Lo hacía porque Trinidad Margarita se lo imploraba. Gertrudis estaba en contra de la actitud de su hermana. Le recriminaba que fuera tan buena con su madre. El 10 de febrero del cumpleaños 33 de Argelia Fellove, Gertrudis, entre cervezas, le contó el porqué de su recriminación.

«Eras muy pequeña para acordarte, pero cuando Dámaso cayó preso la primera vez, mamá nos llevaba a la prisión para que abusara allí de nosotros», dijo la hermana. Argelia asegura que su hermana le contó cómo Trinidad Margarita vigilaba a los instructores de la prisión, en las visitas, para que su hijo violentara a sus hermanos.

Después de la confesión, Gertrudis le pidió un abrazo a su hermana. «Fue la primera vez que la abracé. Nosotros no tenemos educación afectiva, lo de nosotros es caernos a piñazos».

Argelia Fellove dejó de hablarle a su madre durante cinco meses. Luego, una noticia intempestiva hizo que volviera a buscarla: Dámaso había fallecido.

El hermano mayor fue uno de los 125 000 cubanos que se largaron de la isla en 1980. Ante una inminente crisis migratoria, luego de que un autobús cargado de personas rompiera previamente el cerco de la embajada del Perú en La Habana, Fidel Castro decretó ese año la apertura del puerto del Mariel para los ciudadanos que quisieran emigrar por mar hacia Estados Unidos, permitiendo la entrada de las embarcaciones norteamericanas que venían a recoger a sus familiares. Pero Castro añadió a las embarcaciones un peso extra obligatorio: homosexuales, pacientes psiquiátricos y parte de la población carcelaria de la isla.

Dámaso Fellove viajó por esa vía junto a un novio de la prisión. Estuvo libre solo cinco años. En 1985 fue condenado a 48 años de cárcel por delitos de drogas. Allí, pese a su pasado, se hizo pastor de una iglesia cristiana y rompió con su pareja que estaba en libertad para casarse con la pastora que predicaba en su prisión.

«Ese súper abusador, ese hombre podrido, nos mandó las fotos de su boda con la biblia en la mano», rememora una Argelia enfadada.

Unas semanas antes de su muerte, Dámaso Fellove llamó por teléfono a casa. Un cáncer de pulmón lo estaba consumiendo y quería dejarle una herencia a su madre, más allá de todo lo que ya había dejado: había ahorrado 5000 dólares que pensaba mandar a Cuba. El dinero lo enviaría con su antigua pareja gay, pues se había divorciado de la pastora.

Dámaso falleció a los 63 años. Antes de morir, decidió que lo enterraran en Cuba. Incinerar su cuerpo costaba 5000 dólares. «Tocaron a la puerta, era su pareja, me entregó 100 dólares y sus cenizas», cuenta Argelia.

La ex pareja de Dámaso entregó el encargo y se largó. Antes de despedirse dijo: «Denle una cristiana sepultura».

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Argelia Fellove le agarró odio a los hombres. El drama familiar la traumatizó y, sin percatarse, comenzó a exteriorizar toda aquella catástrofe vivida.

Si iba en bicicleta y un hombre al volante de un auto le pitaba, Argelia le gritaba hijo de puta. Si sentía el llanto de un niño a lo lejos, no podía quedarse tranquila, tenía que saber de dónde venía. Se asomaba en las ventanas de las casas ajenas, en los portales. Si un hombre caminaba solo con un niño de manos, ella lo seguía, escondida, la distancia que fuese, hasta cerciorarse de que la criatura no corría peligro. No comprendía cómo una madre podía dejar a un hijo solo en casa con un padrastro, ni a los padres que sentaban a los niños en sus piernas, ni a los que los besaban en la boca o les daban nalgaditas. Todo eso le provocaba un salto en el pecho, la estrujaba.

«Me quedó un trauma que ya se me ha ido quitando, aunque me incomoda saber que hay un montón de depredadores sueltos y que las condenas son muy pasivas», dice Argelia, para después reflexionar: «Te portas bien y te sueltan, te portas bien porque quieres salir a hacer lo mismo, en Cuba no hay un seguimiento psiquiátrico ni psicológico para esa gente, el padre que violó, regresa a la misma casa después de su sanción».

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Hace unos años atrás, por fin, Argelia Fellove logró independizarse de su familia. Se fue a vivir a Párraga, un barrio del municipio Arroyo Naranjo, a nueve kilómetros al sur de La Habana. La zona es un asentamiento rural que se caracteriza por la práctica de las religiones afrocubanas: Santería, Palo Monte, Sociedad Secreta Abakuá.

Allí, levantó un cuartucho en ruinas. Ella misma fundió la meseta de la cocina, le puso azulejos al baño y cableó la electricidad de la que hoy es su casa. Colocó banderas del orgullo gay por todas partes, pegó en la puerta montones de CD usados, encima del refrigerador puso una botella embarrada en cera como si fuera nieve, colgó en la pared una linterna y en el marco de la ventana, que da a la calle, ubicó una plancha que pintó de rojo.

«Cuando llegué, vi mucha violencia, sonaban tiros en las noches, la gente vivía tomando ron en los contenes», afirma. Argelia cambió de hogar, pero no de contexto. No hay diferencias entre La construccióny Párraga, para nada la nueva comunidad le resultó extraña. El jolgorio a toda hora, las peleas callejeras y los rostros descompuestos se repetían. Solo notó un detalle distinto: había demasiados niños con las caras largas, deambulando por las calles desbordadas de basura, sin nada que hacer. Niños a la deriva el día entero, en el abismo de la marginalidad.

No fue una apreciación errada la de Argelia Fellove. Según el Atlas de la Infancia y la Adolescencia en Cuba, a cargo de UNICEF, en Arroyo Naranjo hay 12 651 niños y adolescentes. Es el cuarto municipio del país con un índice (30.53%) más bajo de niños y adolescentes que viven con sus padres y el tercer municipio con índice más alto (19.98%) de los que viven sin ellos.

Ahí regresaron los recuerdos traumáticos de su infancia. Era como si se contemplara a sí misma caminando por el polvo de las calles sin asfaltar, sucia, desgreñada, huyendo de los gritos y los golpes de casa. No pudo más.

A media cuadra de su cuartucho, había un parquecillo abandonado. Tomó un machete y comenzó a chapear la mala hierba que lo inundaba. Recopiló latas de refrescos botadas en la calle, las picó por la mitad, las abrió para hacerles unos cortes a la boquilla y las entrelazó con cintas de casetes de video o de audio. Luego colgó esas latas al flamboyán que se levanta en el medio del parque, quería que simularan unas pequeñas arecas. Pintó y levantó de nuevo la cerca que estaba oxidada en el suelo. Puso un farol. En la entrada afincó una piedra enorme y le escribió a relieve: Afrodiverso. Pintó con cal parte del tronco del flamboyán, y entre sus ramas colgó una tapa metálica de un tanque de agua. Con letras a colores, grabó una versión de la estrofa de una de las canciones para niños de Teresita Fernández: «Vamos Amiguitxs a cantar / Porque tenemos el corazón Feliz».

Argelia Fellove se propuso cambiarles el rostro a los niños del barrio. Su proyecto Afrodiverso lo llevó también a Párraga. Comenzó a impartir talleres donde los niños aprenden a trabajar el papel maché, la cerámica, el dibujo, el corte y costura, el canto. Además, los fines de semana pone música en las tardes con una bocina portátil para que bailen y luego, en las noches, llega el turno de Alberto, quien, desde el transformismo, ofrece un espectáculo cultural con invitados.

«Todo esto tiene que ver con la niñez, la adolescencia y la juventud, que no tuve, con mi silenciada y limitada infancia. Estos niños están necesitados de amor, Afrodiverso es lo único que tienen, no hay más opción en sus vidas. Sin eso, no les queda de otra que correr de aquí para allá y de allá para acá, tirar piedras, recoger cosas de la basura, jugar bolas al dinero, ir a las fincas cercanas a trabajar como hombres para ganarse unos quilos», dice Argelia.

La iniciativa tuvo tanto impacto en la comunidad que el núcleo zonal número 107 del Partido Comunista de Arroyo Naranjo fue a ver a Argelia. Le agradecieron por su labor y le brindaron apoyo. Así, aportaron dos cestos de basura, tres bancos, un columpio, una escalerilla, un tiovivo y una militante retirada para que fungiese de guardaparque.

Nancy Fuentes es la militante enviada. Tiene 58 años, el pelo veteado de canas, la piel quemada. Cuando Argelia decidió reformar el parque, ella fue la única que ofreció ayuda junto a otros dos vecinos. El resto del barrio siguió en lo suyo: tomando ron bajo la sombra, vendiendo aguacates en los portales, escuchando reguetón a todo volumen. Absolutamente nadie les tendió una mano.

Nancy, la guardaparque / Foto: Abraham Jiménez Enoa

«Cuando estábamos trabajando, la gente nos pasaba por al lado y ni nos miraba», cuenta Nancy. La indiferencia no era casual. En un barrio como Párraga, la gente se tomó como un atrevimiento que una lesbiana decidiera interactuar de esa forma no ya con la comunidad, sino con los niños.

Nancy intenta explicarlo: «Aquí la gente es muy inculta, eso yo lo he oído toda la vida por el televisor, por la radio, cada cual es como quiera ser. Ninguno de nosotros está facultado para criticar a nadie, cada cual que elija la vida que quiera. Yo me llevo con todas las personas, aunque tengan las desviaciones que tengan. Hay padres que rechazan a los hijos por esas cosas, esos padres no son padres, porque los hijos se aceptan como quieran que sean».

Ella nació y creció en Párraga: «No tengo problemas con que la gente me vea saludando y dándole un beso a Argelia, aunque me vean trabajando al lado de ella, en su casa y ella en la mía».

Echar adelante un proyecto de este tipo ha sido en extremo difícil para Argelia. Al inicio, los políticos de la zona le decían: «¡Mire a ver usted y ese transformismo y los niños! » Ella respondía: «¿Cuál es el problema con el transformismo, si en las escuelas disfrazan a los niños de soldaditos y de Fidel y el Che?»

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Un rayo de sol pega con potencia en el filo de la tijera y le rebota directo a los ojos. Argelia Fellove mueve la cabeza, molesta. Siempre llega media hora antes de la acordada para que, cuando arriben los niños, todo esté preparado. Hoy toca clase de costura. Está sentada en un banco de madera. A sus pies, sobre cartones, los utensilios para el taller: tijeras, trozos de tela, rollos de hilo, papel y lápices. Luce cómoda: zapatillas deportivas, short, una camiseta que lleva un letrero, «escuelas sin homofobia y transfobia», una gorra con la bandera del orgullo gay, un chalequito y un canguro abrochado a la cintura. En una bocina portátil suena un reguetón suave.

En una esquina del parque, Argelia puso sobre la tierra unos cartones que recogió en las bodegas del barrio. Luego, a una altura prudencial, ubicó unos sacos de nailon zurcidos con hilo de coser para que sirvieran de techo. En ese pequeño campamento improvisado imparte sus talleres.

Las primeras clases fueron una locura. Mientras Argelia daba instrucciones, los niños hacían cualquier cosa menos atender: cazaban lagartijas y se las tiraban unos a los otros, no paraban de conversar, jugaban a darse golpes y a lanzarse tierra.

«Lo primero que tuve que hacer fue inculcarles modales, que dijeran buenos días, gracias, que se respetaran, enseñarles lo que es el colectivismo porque eran muy individualistas. Si alguien traía un pan o un pomo de agua, no le brindaba a los demás», recuerda.

Argelia y los niños en el taller de corte y costura / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Argelia Fellove perdió su nombre. Ahora todos los niños le llaman «profe», estén en el taller o en la calle. Lazarito, diez años, llega y dice «buenos días, profe». Flavia, ocho años, «¿cómo durmió, profe?». Alejandrito, cinco años, «¿hoy qué toca, profe?». Y así, también asisten Eddiel, de tres años, y Luisito, Barbarito y Yankiel, todos de 10.

–¿Te gusta lo que haces? –le pregunto a Luisito.

– No –me responde con sequedad.

–¿Y por qué estás aquí?

–Porque estoy aburrido.

–¿Qué te gusta hacer entonces?

–Nada.

Lazarito (pulóver gris), Luisito (pulóver azul) y Eddiel al centro / Foto: Abraham Jiménez Enoa

A media mañana ya Luisito está cansado. A su corta edad, y de vacaciones, el niño ha madrugado. Dice Argelia que, de vez en cuando, su tío se lo lleva consigo a una finca cercana para que lo ayude a recoger hojas de maíz. En esa finca hacen tamales para vender. Le pregunto a Luisito si eso es cierto, me confiesa que sí, pero que no le gusta que su tío le pague, que él va siempre porque le gusta el campo y, a veces, hay caballos sueltos y lo dejan montar.

Lazarito, que está escuchando la conversación, dice: «A mí sí me gusta coser, aunque lo que más me gusta es dibujar». Le pregunto si es bueno dibujando. «Pregúntale a la profe para que veas, mis dibujos son los mejores: el de la mujer barriendo la calle llena de basura y el del basurero de la esquina de mi casa», responde con emoción.

«¿Profe, para qué sirve esto?», pregunta Barbarito, que tiene puesto un arete en cada oreja, lleva una gorra de camuflaje, una manilla y una cadena de oro falso. Las instrucciones son las siguientes: sobre un pedazo de tela hay que hacer una cruz a lápiz, luego, con puntadas, colocar tiras de otras telas por encima de lo marcado. «Eso es un tapiz, lo pueden poner delante del refrigerador o del baño o de la cama para que apoyen los pies», le contesta Argelia.

Flavia es la primera en terminar. Se pone de gorro su tapiz y me dice: «A mí lo que me gusta es el reguetón, mi abuela oye La guantanamera en el radio y yo le digo que quite eso, que eso no se usa porque es viejo».

A media cuadra del parque hay un mulato sentado en el portón de su casa. No lleva camisa, el torso lleno de tatuajes, y dos de sus colmillos son de oro. El hombre dice: «Mira este barrio, esto es el submundo, aquí los padres tienen que darles las gracias a Argelia por alegrarles a los niños».

Un día que Argelia Fellove no está en Párraga es un día de imágenes tristes. La mayoría de los niños varones del barrio se amontonan a jugar a las bolas a pocos metros de un basurero. Las canicas ruedan por encima de alimentos descompuestos, culeros con estiércol, escombros de obras, ratas muertas. Las moscas no dejan de revolotear.

«Aquí se juega a la verdad, no a las mentiritas», me dice Luisito. Tiene un billete de cinco pesos cubanos que acaba de ganar vendiendo bolas. «La verdad» significa que el que pierda tiene que entregar su canica. Cinco de ellas valen un peso.

El juego les dura poco. Después de media hora ya se han aburrido. Se despiden de mí. Dicen que se van «a robar aguacates para vender en la esquina». Les digo que mañana le voy a contar a Argelia. «No, no, no, ya, vamos a jugar fútbol al frente de la escuela, no le digas nada a la profe, porque si se entera nos regaña», dice Lazarito, que habla por todos.

A unas cuadras del basurero está la escuela. Se llama República Socialista de Vietnam.

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Argelia Fellove arrastra con una mano una mochila de ruedas por toda la acera. En la otra mano lleva un porrón con cinco litros de té frío. En la espalda carga una bolsa con paquetes de palomitas y chicharrones de viento. Está sudada, caminó cinco cuadras bajo un sol abrasador. Es su primer día en el espacio Rompiendo la rutina de la Casa Comunitaria de Párraga.

Pasa la puerta, hay seis mujeres, la convocatoria falló. «Las tropas están diezmadas, pero no importa, así mismo vamos a empezar», dice en alta voz.

Rompiendo la rutina era un sueño de Argelia. Cuando se mudó a Párraga no solo la perturbó la situación de los niños, el machismo que oprimía a las mujeres del barrio también le movió el piso. Verlas solo en roles de ama de casa, de sirvientas, «le encendió la sangre». Por eso se presentó con sus ideas a la dirección de la Casa Comunitaria, una institución que pocos conocen en Párraga y que se dedica a la promoción de la cultura barrial. En conjunto lanzaron la convocatoria.

«Este espacio va a ser para que dejen de planchar, de lavar, de cocinar, para que salgan de la esclavitud de la casa y sus familias aprendan a compartir las responsabilidades», es la primera frase que les expresa Argelia, con una dosis de solemnidad, a las señoras que se inscribieron. La convocatoria del taller es para mujeres mayores de cincuenta años, aunque eso no impide que interesadas menores puedan participar. El espacio es una rama más de Afrodiverso.

Mujeres de Rompiendo la Rutina / Foto: Abraham Jiménez Enoa

«Con poco se puede hacer mucho. La celebración y la alegría ayuda a la calidad de vida. Este espacio es para eso, para sonreír, podemos hablar de cualquier cosa, cantar, bailar, chismear», les declara Argelia a las señoras.

Su idea es sacar a estas mujeres de sus casas a la hora en que supuestamente «tienen que hacer las cosas», de ahí que la hora de comienzo sea a media mañana. «Vístanse y díganle a sus maridos e hijos que ustedes tienen cosas que hacer igualmente que ellos, que se las arreglen mientras ustedes no están», les aconseja. De vuelta recibe rostros de asombro.

Luego, se pone de ejemplo. Argelia les cuenta que ella es su propio sostén, que esas maripositas y esos chicharrones de viento y ese té frío que les ha traído gratis para amenizar el encuentro es su verdadero trabajo, con lo que vive. Que todos los días se levanta a las seis de la mañana y sale a venderlos a la calle. Son su única entrada, pero que ella misma se la lucha. No tiene que esperar que alguien la mantenga.

El testimonio genera el debate. Es lo que buscaba Argelia. Las seis señoras están sentadas y comienzan a hablar.

«A mí edad necesito sentirme motivada, ya no puedo más, por eso vine», comenta Beatriz, de 53 años. Miriam, absorta con lo que acaba de escuchar, pide la palabra y plantea: «Me siento muy impactada, no salgo del asombro, es una maravilla que esto ocurra en esta etapa de la vida en la que estamos, porque mientras haya vida, hay esperanzas». Por su parte, Lázara, 58 años, dice: «Llevo años enclaustrada en una burbuja, cuando las mujeres nos jubilamos quedamos para servir y no puede ser, la familia es muy egoísta, no podemos dejarnos aislar».

Argelia vuelve a tomar la palabra. Les advierte que «el espacio tiene el fin último de empoderarlas, de desarrollar un discurso en contra de la violencia de la mujer porque hay muchas cosas que no se canalizan, ya están asumidas, pero que todo el taller se hará desde el transformismo masculino». La respuesta ahora es el silencio. Las señoras se miran entre ellas, algunas ríen de nerviosismo.

Argelia cantando en Rompiendo la rutina
Argelia cantando en Rompiendo la rutina / Foto: Abraham Jiménez Enoa

«Alberto empodera más a Argelia, le da más valía. Demuestra que un hombre puede pasar por la vida de una mujer sin lacerarla, sin bajarle la autoestima. Hay que cultivar a estas mujeres porque, cuando Alberto me conoció a mí, ya yo sabía carpintería, plomería y electricidad», dirá en otro momento Argelia Fellove.

«Permítanme un segundo para ir al baño», les dice Argelia a las señoras y sale del salón. Unos minutos después, sin avisar, llega un señor. Viste un blue jeans ajustado, zapatillas altas, camisa en colores, gorra y cadena al cuello. Dice llamarse Alberto. Anuncia que va a cantar el tema preferido de Argelia: Tengo ganas de ti, de Alejandro Fernández. En un momento la letra reza: «No hay nada más triste que el silencio y el dolor».

Tomado de El Estornudo

Asamblea Feminista: Nos solidarizamos con los colectivos de activistas LGBTIQ

Por Asamblea Feminista 

 

Como parte de la campaña contra la legalización del derecho al matrimonio para parejas del mismo sexo, circula en las redes una fotografía de Mariela Castro Espín —promotora más visible de ese derecho en la Asamblea Nacional del Poder Popular—intervenida por un letrero superpuesto que reza: “Condenada por los cubanos por traer ideologías ajenas a nuestra tradición. Tus pensamientos no son mis pensamientos ni tus caminos mis caminos”.

Es una vergüenza que esa torpe campaña de acoso ocupe las redes sociales y el espacio público cubano. Esto no es otra cosa que la continuidad de una cruzada–liderada por ciertas iglesias– contra el matrimonio igualitario, y también contra el feminismo y los derechos de las mujeres en Cuba. Es preocupante que estas y otras acciones cuenten con el beneplácito, o al menos la indiferencia, de un sector de nuestras autoridades.

Creemos que el acuerdo de la Asamblea Nacional del Poder Popular de remitir la discusión de ese derecho el debate del Código de Familia y su aprobación por referéndum popular, es una decisión errónea que resta impulso a la justicia a la cual el proyecto constitucional estaba obligado. Reclamamos la declaración legal de todos los derechos que demanda la comunidad LGTBIQ en Cuba, entre ellos el matrimonio igualitario.

Nos solidarizamos con Mariela Castro y con los colectivos de activistas LGBTIQ. Estos ataques que hoy se dirigen a una persona y una comunidad serán extendidos a quienes apostamos por la justicia de género en el país. Aprendamos, asimismo, que las exigencias deben ser colectivas y públicas, no ceñirse a la voz de un representante específico ni al espacio cerrado de una asamblea, así sea la Asamblea Nacional.

No hay que desfallecer. Seguimos en la lucha.

Zaida Capote Cruz, Lirians Gordillo Piña, Helen Hernández Hormilla

 

Tomado de Asamblea Feminista.

Foto: Maykel González Vivero

Rita María García: “Mis respuestas a Dios se las daré yo en su momento”

Por Alberto Abreu
Conversación con Rita María García, directora ejecutiva del Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo (CCRD) y Presbítero Gobernante de la Primera Iglesia Presbiteriana de Cárdenas sobre el artículo 68 del actual Proyecto de Reforma Constitucional.

Las posturas de las iglesias católicas y evangélicas frente a los estudios de géneros (que maliciosa y tergiversadamente llaman “ideología”) y el matrimonio igualitario ha capitalizado el debate sobre el artículo 68 de Proyecto de Reforma Constitucional hasta el punto que muchos, injustamente y por desconocimiento, tienden a generalizar estas reacciones atribuyéndose a las iglesias protestantes. Como si evangélicos y protestantes fueran una misma cosa.

Por estas razones, entre otras, realicé esta entrevista a Rita María García directora ejecutiva del Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo (CCRD) y Presbítero Gobernante de la Primera Iglesia Presbiteriana de Cárdenas.

Las posturas de las iglesias católicas y evangélicas frente a los estudios de géneros (que maliciosa y tergiversadamente llaman “ideología”) y el matrimonio igualitario ha capitalizado el debate sobre el artículo 68 de Proyecto de Reforma Constitucional hasta el punto que muchos, injustamente y por desconocimiento, tienden a generalizar estas reacciones atribuyéndose a las iglesias protestantes. Como si evangélicos y protestantes fueran una misma cosa.

Por estas razones, entre otras, realicé esta entrevista a Rita María García directora ejecutiva del Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo(CCRD) y Presbítero Gobernante de la Primera Iglesia Presbiteriana de Cárdenas.

Alberto Abreu Arcia: ¿Qué piensas sobre este proceso de discusiones en torno al Proyecto de Reforma Constitucional?

Rita María García: El ejercicio de discutir, conversar, hablar sobre una nueva constitución para mí es una novedad. Yo tengo cincuenta y un años. En el setenta y seis era una niñita, apenas tenía nueve años. Nací en el sesenta y siete y me ha costado mucho trabajo quedarme callada y con ciertas inquietudes puesto que vi que no solamente a nivel de C.D.R., sino también de instituciones como salud, educación, turismo y otras se discutió o se ha estado discutiendo dentro del colectivo el tema de lo que dice o dirá la nueva constitución cubana. Aún con reclamos y reclamos no se ha querido, por parte de las autoridades, llevar esta discusión sobre el Proyecto de Reforma Constitucional hacia dentro de instituciones cristianas y religiosas.

En el Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo (CCRD) lo hicimos. Tuvimos una discusión seria donde invitamos al profesor Julio Antonio Fernández Estrada, tú lo conoces, y fue una mañana muy fructífera. No solamente fue discutir, sino  desmenuzar, un poquito cada artículo, cada momento estratégico de la misma. Por supuesto que comenzamos desde el principio.

El CCRD pide reconocer no solamente reconocer la constitución desde el 59, el concepto de Revolución de Fidel, sino también pensar que la historia de la nación cubana es más que eso. Y viene desde las luchas por la independencia. ¿Por qué eso se aísla? ¿Por qué no está la lucha insurreccional? O sea Cuba es más que un momento. Cuba es todo.

También añadiría en el Capítulo I un artículo que reconozca que la sociedad civil cubana está representada por organizaciones sociales, de masas, centros, fundaciones, colegios, iglesias, instituciones culturales, movimientos sociales, federaciones deportivas y sociales, congregaciones e instituciones religiosas, gremios, familias, que sin ser parte del estado se relacionan con este de acuerdo a las normas de orden público imperantes.

Hay artículos que pueden resultar muy candentes o inquietantes para algunos. Para mí no.

Alberto Abreu Arcia: ¿Te refieres al artículo 68?

Rita María García: Sí. Realmente no entiendo por qué hay que discutirlo hasta el punto de dividirnos entre nosotros como cubanos. Yo, no solo como directora del CCRD, sino también como cristiana, como familia, como madre, como esposa, no veo en ese artículo el gran problema que otros, desde su punto de vista, ven. Lo importante es que las personas se amen y se respeten.

La opción de vivir juntos no es de ahora. Yo miro a mi familia. Recuerdo tíos que su opción fue no el celibato, sino vivir solos. Y verlos sufrir, y verlos pensar, y verlos estar en solitarios por no poder disfrutar o de alguna manera llevar a cabo su proyecto de vida con otra persona de su mismo sexo y que no fueran de alguna manera discriminados o mal mirados por la familia y por la sociedad. No me veo en esa posición. Tengo amigos y amigas que son casi hijos e hijas y pienso mucho en mí y también como cristiana porque no veo cómo es posible discriminar, cómo es posible humillar. Esconderse detrás de ese dicho y ese lenguaje de nosotros no discriminamos, nosotros no separamos, nosotros ayudamos, nosotros comprendemos y hacerlo de esa manera tan ruda que no le veo sentido. Cada cual tiene el derecho de hacer la familia que desee. Hay familias de una sola persona, de hombre y mujer, de hombre con hombre, de mujer con mujer. Lo que tiene que verse es la profundidad y la dimensión del ser humano más allá de la palabra matrimonio. Hoy por hoy, en Cuba, tú sabes que hay muchas personas heterosexuales que no se casan. Y Cuba reconoce el matrimonio heterosexual aun cuando no es un matrimonio plasmado por la ley ante un papel. Eso lo estamos mirando. Hemos visto cuantos matrimonios siguen juntos. También a matrimonios entre hombres y mujeres en una situación difícil, donde no hay amor, donde sufre la familia entera, donde sufren los hijos, donde sufren los padres, donde sufren los hermanos. Tengo por ahí un escrito que habla sobre el bien que puede hacer una separación a un matrimonio que no está bien.

Pero la opción de los hombres y mujeres de vivir juntos, de casarse, de hacer familia es propia de cada persona. Yo siempre pienso -como cristiana- que mis respuestas a Dios se las daré yo en su momento. Que ningún cristiano, ninguna iglesia, ninguna institución religiosa tiene el derecho ni le asiste a creerse que hay que responder ante ellos. Porque la respuesta ante Dios para los creyentes es personal.

He visto también en muchas iglesias, sobre todo en las más conservadoras, como involucionan los derechos de la mujer y los niños. He visto como volvemos a los tiempos antes de la Revolución donde el machismo fuerte impera tanto dentro como fuera de la Iglesia. Me preocupa mucho ver a esas mujeres que no tienen voz, ver a esos hijos que no tienen voz. Me preocupa mucho que bajo el velo de la familia tradicional solo los hombres, los jefes de familia decidan qué hacer. Y eso no está bien. Me preocupa mucho el porvenir de los hijos. Porque no se es homosexual porque tus padres son homosexuales. Es una opción y creo  que realmente tiene que haber libertad para el ser humano, para que pueda tomar sus propias decisiones. No me veo realmente al frente de ese tipo de campañas. Creo que la iglesia no se ve bien cuando hace ese tipo de cosas. Creo que están utilizando realmente a la Iglesia, al país y a las instituciones para defender algo que nunca habían hecho. Y es por darse la oportunidad de ser reconocidos de alguna manera porque realmente no crean que hayan creyente que sientan así dentro de algunas denominaciones.

Para mí es importante que se reconozca el derecho de cada ciudadano cubano a elegir sobre lo que quiera hacer con su vida, lo que quiera hacer como matrimonio, como familia. No estoy ni siquiera en desacuerdo con la adopción. Creo que esas familias tienen que tener el derecho también a la adopción, y no ni siquiera a la adopción. Hay muchas formas y variables para tener hijos, criar niños. Y que en las leyes futuras, dentro de ellas vendrá el nuevo Código de Familia, tiene que estar bien plasmado y bien respaldados por las instituciones. Si me piden mi opinión, en otro sentido, creo que tenemos que volver realmente a unirnos. No creo que esta lucha por el articulo 68 sea solo la demanda de algunas personas que se ven afectada por este tipo de problemáticas, sino que debe ser un trabajo sostenido de las instituciones cristianas o no, los grupos LGBTI o no. Y no de un día, ni por una Reforma Constitucional, ni por una fecha sino todo el tiempo trabajar por el derechos del ser humano y de los ciudadanos en Cuba.

Tomado de Afromodernidades, blog de Alberto Abreu.

Foto tomada del perfil de Rita María García en FB.