Poder y representatividad de los negros en Cuba. Notas tras una visita presidencial

Por Odette Casamayor

El discurso especialmente dedicado al pueblo cubano que pronunciara el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, durante su último día en la isla, fue sin duda el clímax de la visita histórica que realizó entre el 20 y el 22 de marzo al país  –adversario hasta el 17 de diciembre del 2014. “En EE.UU. –dijo entonces– todavía es posible que alguien como yo, un niño que fue criado por una madre soltera, un niño de raza mixta que no tenía mucho dinero, pueda conseguir el cargo más alto del país”. Ligeras viajaron estas palabras desde el Gran Teatro de La Habana hasta mi casa en Connecticut, provocando una inesperada pregunta en mí: ¿Podría alguna vez un negro convertirse en presidente de Cuba? 

Lo que la realidad presente y la historia de la isla arrojan como respuesta es la escasísima presencia de negros cubanos en los sectores más acomodados e influyentes de la sociedad, mientras son tradicionalmente mayoritarios en los estratos más pobres y desempoderados y, por supuesto, en la población carcelaria. Esta situación resulta evidente para todo visitante al descubrir que en los negocios más prósperos ni los propietarios ni los clientes suelen ser negros. La mayor parte de los negros cubanos no puede permitirse el lujo de mirar los precios anunciados en el menú de los modernos cafés y restaurantes privados recientemente abiertos en La Habana. En muchos casos, no poseen siquiera ropa adecuada para acercarse a estos locales donde uno bien puede preguntarse si su mesa está en Brickell o Miami Beach, o si permanece bien plantada en El Vedado o Miramar.

Pues es esta La Habana en la que aterrizaron el presidente Barack Obama junto con Michelle, sus hijas adolescentes Malia y Sacha, y hasta su suegra, seguidos de una dilatada delegación que incluía a otras personalidades afroamericanas, como la viuda y la hija del célebre beisbolista Jackie Robinson. Resulta comprensible entonces que esta visita –la primera efectuada a la isla por un presidente norteamericano en 88 años– provocara gran impacto, especialmente entre los cubanos negros. Para ellos, la oportunidad de celebrar ante una amplia audiencia no sólo a un hombre negro sino también a su familia, resulta inusual. En tal sentido, la presencia de los Obama en la isla volvió muy visible algo que, por supuesto, no es ajeno al contexto cubano pero ha sido tradicionalmente soslayado o tergiversado en la historia nacional: el poder de acción de los negros. El prestigio de numerosos negros cubanos como patriotas, intelectuales, artistas, científicos y políticos resulta innegable; pero su éxito ha sido rara vez reconocido como parte de un legado explícitamente afrocubano. Cuando los afrodescendientes reciben un homenaje público son solamente identificados como cubanos, sin distinción racial. En consecuencia, para los negros cubanos del presente se ha vuelto necesario luchar por rescatar su propia historia, reescribirla y encontrar referentes históricos propios con quienes, además de los valores universales y patrióticos, pueden identificarse a través de una experiencia compartida como afrodescendientes.

Como en el resto de las Américas, los negros en Cuba no son asociados comúnmente a la imagen del Poder, lo cual explica por qué la llegada de la Primera Familia norteamericana a La Habana intensificó un álgido contraste, particularmente en las imágenes mostrando los encuentros de Barack y Michelle Obama con sus anfitriones gubernamentales. Revisando aquellas imágenes, se vuelve evidente que el Poder cubano es fundamentalmente blanco; aunque debe reconocerse cierto esfuerzo para hacer visible en el primer plano de las fotografías a uno o dos de los pocos cubanos negros que forman parte de la élite revolucionaria. Tal es el caso de Esteban Lazo , presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, cuya insistente aparición, convenientemente cercana a Obama, hacía sospechar una maniobra cosmética ejercida tan sólo en algunos eventos de la visita presidencial, como la cena en el Palacio de la Revolución. Rodeado por una mayoría de cubanos blancos, en estas imágenes resultaba obvia la excepcionalidad de Lazo, quien (en un país cuyo censo más reciente –efectuado en el 2012– estima que el 33.86 % de la población es negra y mestiza) es uno de los únicos cinco negros que figuran dentro de la nomemclatura compuesta por unos 131 miembros.

Pero estos intentos de la élite política cubana por mostrarse más diversa no se extendieron siquiera más allá de las puertas del Palacio de la Revolución. Cuando, promoviendo su campaña Let Girls Learn (Dejemos que las niñas aprendan) , la Primera Dama se reunió con diez jóvenes estudiantes de nivel medio y superior, fue imposible reconocer el rostro de alguna negra cubana. Lo cual es sin duda lamentable porque, de haber estado presente alguna mujer representativa de los estratos empobrecidos de la sociedad, tal vez se hubiera demostrado la necesidad de implementar en Cuba iniciativas que mejoren el bienestar de las mujeres en situación de desventaja, entre quienes también son desproporcionalmente abundantes las negras y las mestizas. Curiosamente, escasos días antes de la visita presidencial, fueron publicadas algunas críticas al anuncio de Michelle Obama de promover Let Girls Learn en la isla, aduciendo que la campaña resultaba redundante en un país socialista, donde la educación es ofrecida gratuita y universalmente. Pero estos argumentos contrastan con los resultados obtenidos de una manera consistente por la socióloga cubana Mayra Espina, en investigaciones que revelan la urgencia de implementar medidas que atenúen los problemas provocados fundamentalmente en la población femenina y negra por la crisis socioeconómica cubana.

Asimismo, podría haberse inferido que las imágenes que documentan la visita de la señora Obama a la biblioteca Rubén Martínez Villena, donde junto con sus hijas sembró magnolias y donó un banco, fueron tomadas en un país europeo y no en la Habana Vieja.

Aunque los Obama no han sido los primeros afroamericanos famosos que han recorrido las calles de La Habana recientemente. Por ellas se pasearon en abril del 2013 Beyoncé y Jay-Z, festejando su quinto aniversario de bodas. Entonces, la exitosa pareja agitaría, aun levemente, el imaginario eurocéntrico cubano. La diva, que suele ir por el mundo sacudiendo una lacia cabellera dorada, aquella vez peinaba trenzas recogidas en moño majestuoso. Siempre impecablemente sexy, vestía ropa (Thakoon Addition Resort 2013) con motivos tropicalo-africanos y calzaba unos lindos zapaticos bautizados “Giraffe Walk Jaipur”. Más africana que nunca, Queen Bey marchaba así del brazo de su rey Z, recibiendo agasajos por las calles de La Habana Vieja. Sin embargo, todavía más espectacular fue el bain de foule en que se sumergiera gozosa Rihanna al aventurarse por las calles del Cerro –cuyo estado de deterioro es evidente–; e incluso lanzar algunos pasillos de baile entre la gente del barrio para, más tarde, ingresar sudorosa en la pista de La Casa de la Música. Inmediatamente después de posar en un bar decadente bajo el lente experto de Annie Leibovitz, toda ensatinada en rojo, Rihanna permitió que la rodeara una muchedumbre de cubanos de todas las razas –aunque la presencia de negros era significativa, reflejo fiel de la composición racial de los barrios populares cubanos.

Por supuesto, Obama no pudo mezclarse con la multitud ni tuvo la oportunidad de captar la vida real en los barrios pobres de La Habana, pero estaba consciente de la persistencia de la desigualdad racial en la isla. Así pareció evidente cuando en su discurso al pueblo expresó el deseo de que los nuevos compromisos de los Estados Unidos con Cuba ayudasen a los cubanos de ascendencia africana “que han demostrado que no hay nada que no puedan lograr cuando se les da la oportunidad”. Pronunciado en un espacio público durante un evento televisado y trasmitido a toda la nación, este inequívoco reconocimiento de la facultad de acción propia del negro cubano constituye una ocasión extraordinaria para los afrodescendientes, quienes son frecuentemente representados como sujetos desposeídos de agencia, tanto en la isla como en la diáspora. Las imágenes que hoy se ofrecen de Cuba tienden por lo general a ignorar la capacidad de acción de la gente negra; que no se limita a la excelencia como músicos, bailarines y atletas, sino como cubanos trabajando por cambiar su situación presente, llevando las riendas de sus vidas. En otras palabras, cubanos negros con el poder de construir su futuro. Lo cual fue también una idea repetida por Obama durante su estancia en La Habana: el presente y el futuro de la nación es responsabilidad de todos los cubanos. Reunido con nuevos empresarios, destacó la necesidad de ofrecerle a todos la oportunidad de prosperar, “incluyendo a las mujeres y los afrocubanos” –insistió entonces.

Hasta el colapso del sistema socialista en los años 90, al Estado cubano le había sido posible mantener cierto nivel de igualdad a través de políticas públicas entonces efectivas que garantizaban el acceso de todos los cubanos a servicios de salud, educativos y culturales de elevada calidad. Pero el presente está regido por dinámicas socioeconómicas muy diferentes a las que dominaron la isla hasta 1989. Las reformas económicas introducidas por Raúl Castro tras cederle su hermano Fidel la presidencia en el 2006, a un tiempo que han posibilitado el desarrollo de pequeñas empresas, ha provocado también la estridente ascensión de una boyante clase que resalta de manera disonante dentro de la carencia generalizada. El capital detrás de estos pequeños negocios proviene usualmente del extranjero, facilitado por familiares o amigos a través del sistema legal de remesas o del ilegal de las mulas. Los negros tienen menos posibilidades de recibir sumas sustanciales por estas vías puesto que la mayoría de los cubanos en el exilio, cuya próspera situación les permite enviar regularmente importantes cantidades de dinero a la isla, son blancos.

Es en este tipo de situaciones donde percibo los verdaderos obstáculos a las buenas intenciones manifestadas por el presidente Obama de contribuir al mejoramiento de la calidad de vida de los sectores más desfavorecidos de la población cubana. Añádase que los negros cubanos y cubano-americanos tienen una escasa representación en las negociaciones entre Cuba y los Estados Unidos –a juzgar por las imágenes de estos encuentros que han sido publicadas. Parece además que entre los empresarios invitados a la reunión con Obama figuraban muy pocos negros –no porque se les restringiese la asistencia al evento sino porque la existencia de empresarios negros es una verdadera rareza en la isla. 

Hacia los minutos finales de su brillante discurso en el Gran Teatro, el presidente Obama afirmó que, en lugar de pedirle demoliciones al pueblo de Cuba, prefería sugerirle a la juventud que construyera algo nuevo, justo antes de insistir que Castro no debía ver a Estados Unidos como una amenaza. Ahora, si Estados Unidos abandona su rol de enemigo contra el cual ha sido erigida la identidad cubana por más de medio siglo, entonces esa identidad –obstinadamente preservada– deberá ser replanteada. Bajo el imperativo de mantener la cohesión nacional ante los ataques contrarrevolucionarios en los años 60 y 70 y amparándose en la ideología nacionalista concebida por José Martí en el siglo XIX, la lucha contra la discriminación racial fue entonces considerada crucial por el gobierno. Aunque también ha sido escudándose detrás de la excusa de preservar la unidad del pueblo que la identificación racial ha sido obliterada en la historia de Cuba, aplastada bajo el peso de una mítica concepción nacional. Así, cuando la segregación racial fue oficialmente abolida en 1959, se suponía que toda diferencia se disolvería en las masas unificadas, enfrentando un enemigo común (Estados Unidos), compartiendo una única tradición e inmersos en la construcción del socialismo tropical. Mas, hoy, cuando la confrontación entre los dos países se debilita, ¿cómo impedir que los negros cubanos expresen preocupaciones propias, presenten agendas cuyos puntos no aparecen claramente reflejados en los discursos políticos del gobierno y de sus opositores en la isla y en la diáspora, o que reconsideren a la nación bajo sus propios términos?

Antes del arribo de Barack Obama los cubanos ya se debatían ante el desafío de reinventar nuevas estrategias de identificación. No se trata de un súbito brote. En años recientes, el sostenido trabajo de activistas e intelectuales como Sandra Abd´Allah-Álvarez Ramírez, Tomás Fernández Robaina, Alejandro de la Fuente, Inés María Martiatu, Norberto Mesa Carbonell, Esteban Morales, Zuleika Romay, Daysi Rubiera Castillo, Tato Quiñones y Roberto Zurbano, entre otros, ha permitido revitalizar las discusiones en torno a los problemas raciales. Sin embargo, tanto en la isla como en el exilio persiste el titubeo o la renuencia a adentrarse en el debate racial. Tras estas posiciones creo percibir la sombra del Miedo. Miedo consciente o inconsciente a perder privilegios conservados desde los tiempos coloniales hasta el presente en ciertos sectores de la población, mayoritariamente blancos. Miedo también a ser conminados a trabajar en un proceso de reinvención ontológica de lo cubano, una vez que la idea de la rígida y confrontacional cubanía deviene obsoleta. Finalmente, miedo a reconocernos a merced de las imprevisibles energías de un contexto global. Los cubanos no somos seres excepcionales, y tampoco son excepcionales las negras y los negros de Cuba. Somos parte de una afrodescendencia global. En este punto, presiento el avance de los indignados que saltan ante la mera idea de considerar que los negros cubanos pueden compartir experiencias similares con otras comunidades afrodescendientes, particularmente con los negros de los Estados Unidos. A través de la historia, la literatura y la política cubanas, la mínima intención de comparar a los negros cubanos y norteamericanos ha sido vista como una especie de sacrilegio. Cierto, en Cuba no se sufrió ni las leyes Jim Crow ni las atrocidades del Ku Klux Klan, pero en 1912 miles de afrodescendientes fueron masacrados cuando el gobierno de José Miguel Gómez ordenó la brutal represión de los adeptos del Partido Independiente de Color, quienes abogaban por los derechos civiles de los negros en Cuba. ¿Por qué estos actos no dejarían profundas cicatrices que se han mantenido vivas a través de generaciones? Todos los afrodescendientes en las Américas compartimos el mismo dolor, perdurable, proveniente de las mismas heridas. 

Pero hoy, en lugar de disolver las energías en catárticas erupciones, deberíamos más bien asumirnos sin miedos como agentes sociales, e imponer nuestra participación activa en la presente reinvención de Cuba. Es este el momento de reconocer explícitamente nuestra identidad racial tanto como reconocemos la pertenencia nacional y cultural –cualesquiera que estas sean. Como ciudadanos cubanos negros, toca incorporarnos a la arena política y cívica, elaborar y presentar nuestros propios programas. Es tiempo, por ejemplo, de demandar la implementación de políticas que protejan a las comunidades negras más vulnerables junto con la promulgación de leyes que penalicen la discriminación racial y la expresión pública de los prejuicios raciales. De haber existido ya este tipo de leyes, quizá habría sido imposible que en la prensa oficial un periodista negro titulara su diatriba contra la visita del presidente Obama con la frase racista: “Negro, ¿tú eres sueco?”Es el momento también de narrar nuestra historia íntima y expresarla públicamente, colocándola dentro de los programas de estudio diseñados por el sistema educacional cubano. Expresarnos directamente, amplificar nuestras voces. 

Nuestras cicatrices de afrodescendientes han de ser reveladas, si deseamos curarlas. Y a partir de ahí, conscientes ya de nosotros mismos, podríamos continuar algún camino juntos, como cubanos.

Tomado de Literal Magazine. (Versión de un texto previamente publicado en inglés, “The Obamas and the Blacks of Cuba”. Huffington Post, 28 de marzo 2016).

Foto de portada: Abelo

Obama en Cuba: La caída de los imaginarios

Por Yesenia Fernández Selier

Sin tiros, amenazas o invasiones militares, llegó y partió de Cuba el presidente número cuarenta y cuatro de los Estados Unidos, Barack Hussein Obama. Los cubanos en distintas latitudes hurgamos las pantallas y nos hicimos al inevitable debate sobre las motivaciones, las reacciones y ya más recientemente los efectos de la visita. Más allá de las imágenes y los discursos, el fin del antagonismo con “el norte revuelto y brutal” sacude como un terremoto invisible imaginarios que han definido nuestras narrativas nacionalistas, entre ellos las relaciones Cuba- Estados Unidos, el lugar del no-blanco en el ideario nacional y cuál es la coalición bajo la que es definida la nación.

Los patriotas cubanos, desde Saco hasta los Castros, han entendido nuestra cercanía a los Estados Unidos como eje de nuestro destino político y económico. El pánico de que la isla se convirtiera en un segundo Haití, junto a las aspiraciones de mayores libertades comerciales y políticas de la élite criolla, hizo atractiva a los capitalistas cubanos del SXIX la alianza con el norte. Estados Unidos, en fin, venía deslindándose como faro de modernidad en el mundo industrializado, mientras el imperio español se tambaleaba con la independencia de las naciones latinoamericanas y con un resentido despecho por las nuevas disidencias internas y externas.

Las guerras independentistas y la formación de la primera gran oleada de la diáspora cubana en los Estados Unidos, catalizaron el entendimiento de las posibilidades y amenazas concretas que representaba el creciente imperio. La amenaza se manifestó con la invasión americana de 1898, y la garantía intervencionista que representó la rúbrica de la Enmienda Platt en 1901. Las protesta de patriotas como Juan Gualberto Gómez, Enrique José Varona, Martínez Villena, Mella solidificaron la corriente antiimperialista claramente establecida por José Martí.

La invocación de esta tradición antiimperialista ha sido fundamental en la narrativa nacionalista de la revolución cubana e instrumental para galvanizar una coalición internacional, con el campo socialista, los movimientos de liberación en África y la izquierda internacional.

Pero ahora el norte aterriza en el aeropuerto José Martí. La ausencia de Raúl Castro al pie de la escalerilla recordó las tensiones bajo las que se ha hecho a la mar el barco de la reconciliación. Para espanto de mi antiguo profesor de “Preparación para la Defensa”, los insulares no corrieron al refugio. A pesar de las “seguridades” mancomunadas, el pueblo agolpó calles, ventanas y balcones, llenos de júbilo y emoción incontenida. La doctrina de Obama, para con Cuba, hasta el momento, parece suspender el intervencionismo de la Doctrina Monroe. Bajo un aura de carismática diplomacia el nuevo “soft power”, obedece a lógicas más sutiles y ágiles de la geopolítica y el capitalismo tardío. Para ellas nuestros discursos nacionalistas no han estado preparados. Barack Hussein Obama, avanza imperturbable a pesar nuestras demandas, nuestras crisis o nuestros insultos políticos.

Desde los inicios de su candidatura a la presidencia de los Estados Unidos, Obama ha lidiado con el escrutinio de sus detractores. No ha sido escaso el racismo que ha cuestionado su capacidad para gobernar, su supuesta adscripción al islam o la veracidad de su certificado de nacimiento. Inaugurado como presidente de la nación más poderosa de la tierra, su retórica sobre el asunto se ha contenido, no ha sido este el caso de la óptica. La primera familia ha proyectado una impecable una imagen de respetabilidad sin sacrificar su identificación con la cultura negra de los Estados Unidos y la Diáspora. Recién llegado a la Casa Blanca, y no sin controversias Obama sustituyó el busto de Winston Churchill por el de Martin Luther King. Los Obamas en sus numerosas galas sociales no solo han legitimado la excelencia de pintores, músicos y bailarines negros sino también los han hecho políticamente correctos.

La labor descolonizante de la familia Obama no podría completarse sin visitar Cuba donde la castración política del negro ha sido concomitante a la formación nacional. El cuerpo negro que creó las riquezas del criollo blanco y cargó al machete contra los españoles, fue también masacrado en números aún desconocidos en 1906 y en 1912, cerrando con sangre una centuria de lucha por derechos civiles en el marco de la nación. La supuesta invalidación del racismo bajo la doctrina revolucionaria, no ha impedido que la figura del negro siga siendo el símbolo de la barbarie, la incultura y el ridículo nacional.

Dentro y fuera los ofendidos “tradujeron” al racismo criollo el cuerpo negro de Obama y así le vimos desfilar en memes y caricaturas como el negro rumbero, el negro músico, el negro congo y el negro calesero. La caricatura racista sigue siendo un lugar común para la afrenta, como nos recorda el artículo de Tribuna de la Habana “Negro, tú eres sueco?.

Obama en Cuba
Imagen tomada de internet

Obama no necesita por suerte de un pasaporte sueco para comprar en una boutique con precios prohibitivos, pues simplemente encarna el poder del imperio. Sin embargo, muy su corona no eclipsó su sencillez. Su controversial e informal “que volá” dejó una estela de familiaridad en los barrios más dilapidados de la ciudad en los que se agolpa mayormente la población negra. Obama bailó el tango en Argentina, pero no bailó en Cuba, ni fumo tabacos. En cambio fue a una paladar de propietarios negros, escasamente representado en la nueva clase media, asi como exhortó a una mayor participación de los afrocubanos en las nuevas proyecciones económicas.

Según los silogismos del racismo criollo un mulato cubano no iría a Harvard para casarse con una mujer pobre y más oscura que él. Obama en esta lógica perversa, es cuando menos un mulato paradójico, que en inglés nos convoca una nueva coalición nacional. A través de Babalu, San Lázaro, Jesucristo y la divina intervención del Santo Padre, el presidente número cuarenta cuatro, apela a creencias más antiguas y entrañables quizás que las políticas. No en balde Marx las etiquetó como el “opio el pueblo”. En ese opio según la Doctrina Obama es posible establecer una nueva comunidad imaginada, una nueva hermandad con más afinidades que diferencias, con más afectos y menos rencores. Desde su primer twitazo o la elección de una paladar en un barrio periférico para cenar con su familia, quedó claro que le interesaba más el pueblo que el protocolo. Así se sentó a la mesa de Pánfilo, un personaje que gravita entorno a la libreta de abastecimiento, para jugar el domino y dejarlo ganar.

El jiujitsu político del Obamazo, a través de sus discursos habaneros, superpuso apelaciones disímiles en su llamado por una Nueva Cuba. Con su propia historia personal, legítimo la necesidad de la protesta y el disenso. “Cuando mis padres se conocieron no hubieran podido casarse en muchos estados de mi propio país, pero gracias a disidentes como Martin Luther King y otros he podido llegar a ser el presidente de los Estados Unidos”. Su inclusión sin miramientos del exilio histórico y la disidencia como segmentos necesarios e indispensables de la nación en el futuro supera, lamentablemente, a un régimen que ha sepultado su humanidad con lemas y uniformes.

Foto de portada: Ismael Francisco, tomada de Cubadebate.

Victor Fowler

Victor Fowler: “Lo menos que debiesen hacer los involucrados es pedir excusas”

A propósito del texto racista aparecido en Tribuna de La Habana

Por Victor Fowler Calzada

Por largo rato quedará, para vergüenza del periodismo contemporáneo en Cuba, el comentario titulado “Negro, ¿tú eres sueco?“, aparecido hoy en la edición electrónica del diario “Tribuna de la Habana” bajo la firma de Elias Argudín, en la Sección de Opinión.

Uno queda poco menos que paralizado al entender que alguien cree que hace un chiste al hablar de esta manera y despertamos en tierras de alucinación al descubrir que el “negro” así interpelado es nada menos que Barack Obama, el presidente de los Estados Unidos que acaba de visitarnos.

Para mi gusto y comprensión de cómo debe funcionar una sociedad contemporánea, es una de las peores muestras que ha sido posible encontrar para que el mundo vea la ausencia de racismo en Cuba; como parte del “control de daños” después de la visita, casi parece que hayan estado horas calculando la manera más denigrante de referirse a un lider político al que sea le considera enemigo y que, además, es negro.

El ejemplo de bajeza moral es digno de antología y el hablar en plural se justifica porque algo semejante no sale publicado -cuando menos- sin la revisión de quien ocupe la Jefatura de la Redacción así como la Dirección del periódico.

Ante esta formidable metedura de pata, y en este exacto momento, lo menos que debiesen hacer los involucrados es pedir excusas -para no decir un humilde perdón- al público que los sigue.

Lo otro que sería interesante, sin hipocresías o manipulaciones, es recibir solidaridad porque -por encima de la diferencia ideológica o política que sea- no debemos dejar ofensa racial alguna sin reparar o enfrentar.

 

La primavera cubana: próxima estación del tren Obama

Por Roberto Zurbano

Cada 21 de marzo comienza la primavera; esa semana el sol es más generoso y los vientos suelen acariciar la ciudad e , incluso, también ha traído la Semana Santa, pero en Cuba no es una primavera común, pues un presidente de Estados Unidos desanda la ciudad con su elegante familia negra . Y aunque para muchos resulte excesivo, comparto mi opinión con la misma responsabilidad de siempre. Consiste en concederle a Barack Hussein Obama un sitio en los anales de la historia cubana, no por el simple hecho de hacer una visita a la isla, sino por su pragmática comprensión del liderazgo regional de la Revolución Cubana, por aceptar un diálogo en términos de respeto y por colocar oportun(ist)amente una propuesta de restauración capitalista en medio del actual contexto cubano, bastante celebratorio del capitalismo.

El pensamiento institucional y político de la Revolución están siendo impactados por la velocidad, el peso y el alcance histórico de tales propuestas, pero no reconoce ni incorpora los análisis y propuestas del pensamiento crítico social más reciente, que ha elaborado visiones defensivas y proyectivas de la futura sociedad cubana, cierto es que desafiantes y críticas con el pensamiento político más público y formalizado en Cuba, pero buena parte de ellas resultan complementarias y renovadoras de las bases originales de este propio pensamiento oficial, por su afán participativo, emancipatorio y anticapitalista. Las propuestas de Obama demandan muchas, urgentes y novedosas respuestas cubanas, no solo gubernamentales, combinándose a corto, mediano y largo plazo, dentro y fuera de la isla y del propio Estados Unidos.

Desde su primer mandato, por encima de tradicionales gestos de propaganda imperial, el presidente Obama envió a Cuba señales diferentes a las de sus doce antecesores, pagando el costo simbólico de tal gesto, pero colocándose (y colocándonos) en una nueva dimensión geopolítica y generacional donde ha combinado con destreza el mediano y el largo plazo de su proyecto, pues es un político joven aun. Sus decisiones desatan rabias encontradas entre izquierda y derecha, republicanos y demócratas, negros y blancos, e incluso exageradas exigencias a un presidente de Estados Unidos que nunca antes se habían generado dentro y fuera de la Unión desde amargos emplazamientos racistas, políticos y económicos que han producido la presidencia más solitaria y desafiada en la historia norteamericana.

Este hombre sagaz, quien no proviene de la tradicional clase política americana, conoció el mundo antes de llegar a senador y asume orgulloso su herencia africana- americana, ya definió en sus libros de los años noventa un proyecto de democracia y capitalismo fuera de los modelos al uso, (muy cercano a la socialdemocracia) que consiste en restaurar el sueño americano con fórmulas y alcances diferentes. Desde que se propuso y logró ser el primer presidente negro de Estados Unidos, sabe que ocho años (dos mandatos de presidencia) serían insuficientes para concretar su proyecto y seguir intentándolo más allá de la Casa Blanca. Aun así, los analistas se detendrán en el análisis factual y racial o insistirán en la razón económica u otra coyuntura.

Lo cierto es que Barack Obama abre una época primaveral en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos no para salvar a Cuba, sino para marcar una visión crítica de las trampas estructurales del sistema capitalista que él mismo enfrentó y ahora pretende desafiar, rebasando la dicotomía liberal-conservadora y planteándose la necesidad de reformar el modelo imperial en términos domésticos y globales. Sabe que va a ganar un nuevo protagonismo en la medida que aumente su capacidad de diálogo internacional, establezca nuevas prioridades estratégicas y los necesarios consensos sobre temas difíciles; todo ello aumentará su capital político fuera de los Estados Unidos y le granjeará nuevas cuotas de respeto, confiabilidad y poder.

Por esta razón, evadiendo el contaminado espacio del actual proceso electoral de Estados Unidos, ha escogido el mejor escenario político y mediático para lanzar su candidatura de líder global, presentándose personalmente en el último escenario de la Guerra Fría y el socialismo mundial antes del anunciado retiro oficial del liderazgo histórico de la Revolución cubana. No fue a la frontera con México, ni ha rectificado su acusación a Venezuela, no quiere salvar las finanzas de Grecia ni desafiar a Vladimir Putin, ni siquiera forzar al propio congreso estadunidense. El itinerario, las formas de convocatoria y los métodos que lo llevaron dos veces a la presidencia sigue siendo atractivos para otros empeños, aunque el itinerario que espera al Premio Nobel de la Paz, luego que termine la presidencia se está labrando esta semana. Obama decidió marcar sus nuevos territorios políticos y sus formas de diálogo, operando en un terreno históricamente difícil de conquistar. Su nuevo estilo internacional cristalizará durante su visita a Cuba y sacará de este encuentro mejor provecho que nosotros como país, gobierno, sociedad civil, instituciones y personas.

Foto de portada tomada de Martí Noticias

 

Mirar a Obama desde la barrera

La periodista cubana Leslie Salgado actualizaba hoy su perfil en Cuba: “Había que estar en Cuba”. Vinieron entonces a mi estómago todas las revolturas de la ausencia, igual que cuando a Zurbano intentaron acribillarlo y yo tampoco estaba.
No estoy en La Habana, recontra, para ver las caras de la que gente recibe a EL Presidente, porque de que es EL y no el no hay duda alguna. Ya la gente venía eufórica desde el 17D cuando se rompió el corojo, cuando el malecón empezó a secarse o hacerse más corto…
Tampoco para ver la puesta en escena de un recibimiento a los señores imperialistas y gente que decide no saltar bajo ninguna circunstancia, no vaya a ser que cambie el concepto de disidente y ahora los vilipendiados sean los ante confesados antiimperialistas. Porque la política también tiene su teatralidad y sus marionetas.
Ahora sí llegaron los americanos, me dice Esme, y ya no es la frase que me hacía esconder debajo de la cama y repetir cientos de veces que mi refugio estaba en Manicaragua.
Y para colmo de bienes también llega la wifi a Santa Cruz del Norte y yo puedo hoy 18M16 ver a mi familia. Dice mi sobrino que ha sido la obra y gracias de Obama.
Pisará entonces ÉL la tierra de mis amores y yo no estaré para contarlo. Y no me pregunten por expectativas ni consecuencias. Yo solo quiero estar ahí.

Imagen de portada: Garrincha

De la “cubanía” y los negros ante un posible fin del embargo


Por Odette Casamayor-Cisneros

“Abraza tu fe, abraza tu fe, ahora que los mapas están cambiando de color”, repetía el trovador Carlos Varela en una de sus más conocidas canciones, a finales de los años ochenta. Para los cubanos que entonces rondábamos los veinte años, el ritmo urgido de aquel tema hacía audible nuestra incertidumbre ante el futuro que nos esperaba una vez derribado el Muro de Berlín y difuminadas, al menos en teoría, las fronteras entre socialismo y capitalismo. Pero el estribillo de Varela rezumaba también la esperanza de un cambio. En los países de Europa del Este derrumbaron un Muro y se desmoronó un sistema. En la isla, el entonces presidente Fidel Castro demonizó aquello que bautizara como “el desmerengamiento del campo socialista” y, desde entonces, selló cada discurso con su lapidario “¡Socialismo o Muerte!”.

Desmantelados fueron asimismo varios intentos de autonomía intelectual y creativa, en diverso grado cuestionadores de las estructuras y fundamentos ideológicos del poder cubano, que habían surgido durante la década de los ochenta. En las artes plásticas destacaban PURE y ARTECALLE. Como proyectos literarios conviene recordar a Diaspor(a)s, El Establo y PAIDEIA. La disipación de este último del panorama intelectual cubano de la época es lúcidamente resumida por uno de sus miembros, Jorge Ferrer, cuando escribe que ellos ofrecían buenas respuestas “a las preguntas que nos hacían los tiempos, si éstos nos las hubieran planteado de veras. Pero nadie preguntaba, y los afanes de aquel pelotón […] no pasaron de ser una escaramuza”.

El poder, en efecto, no solicitaba más que aquiescencia de los jóvenes ansiosos de agencia civil. La frustración de no poder facilitar transformaciones sociales en la isla acarreó para algunos la disidencia; en otros, la indiferencia política.

Hoy, se nos avisa que tal vez Cuba pueda cambiar. Desde el mediodía del 17 de diciembre del 2014, cuando los presidentes Barack Obama y Raúl Castro anunciaron simultáneamente desde Washington y La Habana que ambos gobiernos iniciarían un proceso de normalización de las relaciones diplomáticas, exaltadas emociones y predicciones más o menos certeras o infundadas se precipitan desde todas y hacia todas partes del mundo. Todos al parecer tenemos algo que opinar. Es posible que hasta el embargo sostenido por los Estados Unidos desde 1961 sea levantado, y es entonces que yo me pregunto ¿cómo será vivir sin embargo?

El embargo ha proyectado desde hace más de medio siglo una sombra constante sobre la vida de los cubanos, no importa el sitio en que estén. A él podrían asociarse múltiples actitudes: recelo muchas veces injustificado e innecesario, fe y desencanto, cierta inclinación hacia la irresponsabilidad colectiva, sentimiento de pérdida, rabia, autoconmiseración; e incluso para algunos ha sido fuente de beneficio económico y razón de ser política y moral. Definitivamente, de anularse el embargo, habría que aprender nuevas formas de existencia.

Aunque el anuncio oficial ha sido repentino, los cambios venían ya produciéndose desde mucho antes de este “milagroso” 17 de diciembre –como eufóricos han exclamado algunos–, día en que los cubanos celebran al Babalú Ayé de la Santería de origen yoruba (o San Lázaro en el catolicismo). La aceleración de las reformas económicas desde que Raúl Castro asumiera la presidencia en el 2008 ha sido exhaustivamente analizada fuera y dentro de la isla. Prefiero yo detenerme a imaginar qué inversiones –¿predominarán las norteamericanas, rusas o las chinas?– acogerá ahora la Zona Franca recién construida con financiamiento brasileño, 45 kilómetros al oeste de la Ciudad de La Habana. Este emplazamiento, además, no es anodino. Tengo curiosidad por saber cómo se recordará en el futuro El Mariel. ¿Perdurará en la memoria nacional como el megapuerto del Caribe en que va a convertirse o como la triste bahía por la que en 1980 partieran hacia los Estados Unidos 125,000 cubanos, bajo los insultos de sus compatriotas movilizados por el gobierno para rechazar violentamente a quienes abandonaban la isla, la revolución, y eso que llaman “la cubanía”…?

Abundan en estos días las interrogantes. Y a ellas siguen especulaciones de todo calibre que la realidad, en los próximos meses, se encargará de desmentir o confirmar. Un hecho cierto, en cambio, es que más allá de las transformaciones económicas implementadas durante los últimos años en Cuba, el discurso político de su gobierno se mantiene básicamente inmutable, como lo demuestra la censura del performance de la artista Tania Bruguera el pasado 30 de diciembre en la Plaza de la Revolución.

De igual forma, junto al anquilosamiento político, se ha mantenido intacto el álgido nacionalismo: la “cubanía”, cuya sacralidad parece no negociable desde finales del siglo XIX para la mayoría de los cubanos, independientemente de su lugar de residencia y posición ideológica.

Dentro de la isla, la configuración de la cubanía ha tenido desde hace 50 años, como principal factor definidor, la confrontación con los Estados Unidos. Si se difumina el “Enemigo” según los Estados Unidos se vuelvan visibles dentro de la isla –al devenir sus ciudadanos socios comerciales, inversionistas, turistas, gente real y no amenazas espectrales–, entonces habrá que reinventarse la cubanía. O, con mayor suerte, aprender a prescindir de ella.

Abrigo esperanzas de que esto ocurra, que Cuba y su persistente cubanidad se transformen. Regresa a mí la fe, los deseos de contribuir al cambio. Son sensaciones que cesé de experimentar en los tempranos noventa, cuando en Europa del Este caían los muros pero en mi calle continuaba gritándose “¡Socialismo o Muerte!” Ahora, al fin, con más de 20 años de retraso, puede que nuestro mapa también cambie de color.

Y el color de los cubanos. ¿Qué hacer con la desigualdad racial en Cuba? La realidad de que en las cárceles y entre los sectores más empobrecidos de la sociedad predominen los cubanos negros, el hecho de que los negros no hemos dejado de percibir que el color de nuestra piel nos posiciona muy frecuentemente en situación de otredad, y por lo general de desventaja en relación a nuestros compatriotas blancos, son ciertamente parte de un problema general de ahondamiento de la fractura social en la isla. Puede argüirse que pesa también sobre la sociedad cubana la discriminación basada en el género, la orientación sexual, el origen geográfico. Sin embargo, la pertenencia racial implica otros factores que, cuando son examinados a fondo, reclaman la revisión de la construcción de la idea de cubanidad.

Habiendo adoptado el diseño de nación pautado por José Martí –ideólogo independentista, Apóstol durante los años republicanos, luego Héroe nacional a partir de 1959– la revolución cubana ha asumido que en todo ciudadano prevalece la identificación nacional sobre cualquier otro tipo de identidad posible. Cierto misticismo moderno es subyacente a la concepción de la cubanidad inspirada del proyecto martiano, donde la nación es sagrada. Según Martí, el racismo se eliminaría en el fragor de la revolución nacionalista. A ella habrían de incorporarse los negros, si querían ser salvados (lo cual implica que los negros carecían de agencia autónoma para dirigir su destino). Tienen que estar “abrazados a la bandera”, escribe Martí en 1894, “como a una madre”.

Su conocida frase “Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro”, domina la ideología revolucionaria y estructura toda reflexión oficial sobre la problemática racial que emergiese desde 1959 hasta la actualidad. Dentro de este contexto, han de comprenderse las medidas contra la discriminación racial implementadas por el gobierno revolucionario en sus primeros años como un imperativo para mantener la unidad nacional frente a las agresiones contrarrevolucionarias. Así lo expresaría Fidel Castro en marzo de 1959: “¿Somos un pueblo pequeño que necesitamos unos de otros, necesitamos el esfuerzo de todos y vamos a dividirnos ahora en blancos y negros?… ¿Eso para qué serviría sino para debilitar a la nación, para debilitar a Cuba?”

Tal interpretación nacionalista de las desigualdades raciales frena deliberadamente su debate, pues proscribe a quien discute sobre raza como anticubano. Mas la discriminación no desapareció en todos estos años. Precisamente la crisis post-soviética abierta en los años noventa hizo evidente la persistencia de esta desigualdad y de la discriminación racial entre los cubanos de la isla y su diáspora.

En estos días, surge una oportunidad excelente para discutir los problemas actuales de los negros sin temer ser acusados de resquebrajar con ello una presunta unidad nacional –de la Cuba exiliada tanto como de la Cuba insular. Desvanecido el espectro del Enemigo, conminados los cubanos a producir nuevas estrategias de identificación, valdría la pena debatir abiertamente sobre la experiencia de los negros cubanos, las huellas reales que en su carne y su cotidiano existir han dejado esclavitud, segregación, la actual discriminación y esa constante supeditación de su experiencia racial a la pertenencia nacional, a una idea identitaria que, en esencia, no ha sido urdida por los negros y las negras de Cuba, sino por los blancos patricios criollos. Habría que regresar a aquel breve pero fundamental libro escrito en 1961 por el intelectual negro de larga trayectoria comunista, Walterio Carbonell, Cómo surgió la cultura nacional; el cual le valdría entonces la censura absoluta de las autoridades revolucionarias, aun cuando exponía el pensamiento racista de importantes ideólogos de la nacionalidad, como José A. Saco, Francisco Arango y Parreño o José de la Luz y Caballero. Desde su perspectiva, construir la nueva sociedad socialista, que abogaba por la igualdad racial, sobre el ideario de esos pensadores de la nación, constituía un alejamiento de la doctrina marxista.

Pero hoy, ¿qué se fragilizaría con una problematización radical de la identidad nacional? Sólo el temor a perder los privilegios que aporta el hecho de no ser negro en una sociedad estructurada a partir de la hegemonía eurocentrista es el verdadero obstáculo. Es el temor a reconocer que, por no ser negro, se está a salvo de la sospecha de un policía en las calles de Ferguson, en Miami, en La Habana; que tanto en Cuba como en los Estados Unidos, puede ser una razón por la que se consigue un empleo con menor dificultad que una persona negra.

En junio del 2014, el conocido escritor e investigador Miguel Barnet, presidente de la Unión de escritores y artistas, afirmaba para el Huffington Post que en Cuba no existía discriminación racial, sólo “residuos de prejuicios raciales que las medidas tomadas en 1959 no habían conseguido eliminar”.

Pocos meses después, erizaban las redes sociales algunas respuestas de cubanos residentes en los Estados Unidos contra el movimiento Black Lives Matter, surgido a raíz de la impunidad extendida a los policías que en Ferguson y otras ciudades norteamericanas injustificadamente han puesto término a vidas de negros inocentes. “Salvajes”, “bárbaros”, “delincuentes” eran para ciertos cubanos del exilio los negros protestando en las calles contra la injusticia. Ante sus improperios, me fue fácil recordar la racista cobertura mediática que acompañó la masacre de negros con la que en 1912, en el oriente de Cuba, el gobierno de José Miguel Gómez sofocara el levantamiento del Partido Independiente de Color, cuyos miembros abogaban por sus derechos civiles.

cuba

 

Posiblemente, en la próxima Cuba sin embargo, las desigualdades raciales se incrementen. Explotarán las lamentaciones, se extenderá la lástima. Mas creo que el mero llorar la fatalidad del negro cubano es sólo catarsis, drama analgésico. No resulta saludable que se instale durablemente en ningún grupo humano. Este puede –o no– ser un momento de cambio. Pero, antes de especular sobre lo que pudiera suceder, convendría aprovechar la coyuntura y trabajar en nuestra reinvención como cubanos. Para los cubanos negros, pudiera ser una oportunidad para reconocer explícitamente nuestra pertenencia racial sin hacer caso a la demanda que siempre se nos ha exigido –dentro y fuera de la isla– de esconderla bajo el manto de la cubanía. Será, por ejemplo, el momento de irrumpir como negros en la arena cívica y política, de hacer valer nuestra propia agenda, proponer nuestro propio respaldo constitucional y legal, hacer que nuestra historia más íntima, contada por nosotros mismos, vea la luz pública y penetre en los centros de enseñanza de la isla.

No tenemos que abrazar como a una madre la bandera porque nosotros, todos los cubanos, somos esa bandera. Hemos de abrazar lo que somos. Ahora que se anuncian “milagros” –sean estos positivos o negativos– y que estaremos conminados a lanzarnos a la vida sin embargo; precisamente ahora, los mapas –todos los mapas cubanos y no sólo los económicos y políticos– deberían ya cambiar de color.

Vuelvo a tener fe.

Connecticut, 10 de enero del 2014.

Notas:

1 “Menos mal que teníamos suficiente energía, suficiente sangre y suficiente carácter para quedarnos solos aquí, frente al imperio, y seguir luchando, seguir resistiendo y no rendirnos como gallinas ni desmerengarnos como la clara de huevo (APLAUSOS).” Fidel Castro, discurso del 5 diciembre 1992.http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1992/esp/f051292e.html

2 “Una escaramuza en las líneas de la Guerra Fría (ya finalizada ésta)”. “Dossier Proyecto Paideia”. Cubista Magazine, 2004. http://cubistamagazine.com/dossier.html

3 La artista cubana Tania Bruguera proyectaba realizar el 30 de diciembre del 2014 un performance en la Plaza de la Revolución, donde una tribuna acogería a cualquier ciudadano que quisiera expresar su opinión sobre la presente situación nacional. Prohibido por las autoridades, el performance no tuvo lugar y Bruguera, junto con varios opositores, fueron arrestados. Algunos días después serían liberados.

4 Martí, José. “El plato de lentejas”. Obras completas. Vol. 3. La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1963, p. 27.

5 — “Mi raza”. Obras completas. Vol. 2, p. 298.

6 Castro, Fidel. Conferencia de Prensa en el Canal 12 de la Televisión Cubana, el 25 de marzo de 1959.

http://www.huffingtonpost.com/salim-lamrani/a-conversation-with-migue_b_5532818.html

***

Odette Casamayor-Cisneros, PhD.
Associate Professor of Latin American and Caribbean Literatures and Cultures at the University of Connecticut-Storrs & 2014-15 Wilbur Marvin Visiting Scholar at the David Rockefeller Center for Latin American Studies at Harvard University. Recently published: Utopía, distopía e ingravidez.

Publicado en Literal Magazine

Carta al presidente Barack Obama

yorubaDecember 20th, 2013
President Barack Obama
The White House
1600 Pennsylvania Ave., N.W.
Washington, DC 20500

Estimado Sr. Presidente,

Es un honor para la Asociación Minnesota Yoruba Cuba unirse al grupo de las organizaciones religiosas en Estados Unidos, alentando todos los grupos, religiosos y no religiosos , a crear una conciencia espiritual para mejorar las relaciones entre Cuba y los Estados.

Es nuestra profunda conviccion de que si realmente seguimos el legado de Nelson Mandela, el gobierno de Estados Unidos debe excluir a Cuba de la lista de países patrocinadores de terrorismo .

El excluir a Cuba de la lista, enviaría una señal importante al mundo entero de un cambio real de la política de Estados Unidos hacia la nación caribeña. Una nación que ha ratificado cada una de las 12 convenciones de lucha contra el terrorismo internacional no puede ser considerado, en ningun sentido, como un país terrorista.

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