Roberto Zurbano: Desde mi balcón. Doce párrafos de memoria contra la pandemia del olvido (Quinto round)

Por Roberto Zurbano

El confinamiento hogareño nos incomunica un poco, pero no anula la memoria en tiempos donde los contenidos son tratados con tal velocidad y simpleza que olvidamos de donde llegaron y adónde irán a parar. Cuando se habla de discriminación racial suele ocultarse la afro-religiosidad, tan cercana que obviamos su significado social; que va mas allá del universo ritual y configura maneras de pensar y vivir muy caras a la sobrevivencia y a la experiencia negras en la Historia y en la vida diaria de la nación.

En pleno siglo XXI sobra explicar que las religiones de matrices africanas sintetizan avatares históricos, diálogos y transgresiones sin los cuales no se puede explicar la resistencia y espiritualidad de nuestro pueblo. Pero antes, fue difícil y solitaria tarea. Si hablar de racismo era someterse a burlas de amigos o familiares, exclusiones institucionales y castigos políticos; practicar estas religiones también fue mal visto por organizaciones políticas, instituciones, medios de difusión y la mentalidad social.

Durante décadas, las iniciaciones religiosas se realizaban secretamente en casa-templos, patios y otras plazas ocultas, donde nacían orgullosos de su fé y adquirían conciencia racial, no solo para los de piel negra, pues también la blanca es una “raza” que busca y encuentra su ancestralidad y tareas en este mundo.

En ese proceso África no era sólo noticia de desastres, sino la base del mundo espiritual que trajeron abuelos ancestros, cuyos nombres aún se moyubban.

África en Cuba somos quienes la llevamos en la piel, en la cultura y en sus religiosidades; sus variantes y renovaciones verifican una identidad afrocubana, o sea, afrodiaspórica en su versión local. Lo controversial del término afrocubano tiene larga data y no se agota en las fuerzas que se le resisten. África es el mundo de crianza y educación comunitaria que no distingue entre hijos, primos, sobrinos y ahijados, es familia interracial junto a la extendida familia religiosa, sus códigos solidarios, sus bailes, comidas, músicas y una amplia tradición ética y filosófica que se resumen en un patakín, una firma palera o abakuá o un canto conocido desde andilanga. Vive en medio de celebraciones que mezclan lo ritual y lo pagano, lo útil con lo bello, lo privado y lo colectivo, el consejo con el regaño, lo de aquí con lo de allá, lo íntimo y lo político, el patio, la patria y el universo.

Recién llegada la Revolución, en el momento en que las Sociedades de Color se esfuman de la vida cubana, estas religiones profundizaron su rol en medio de las transformaciones y afianzan complicidad y ayuda mutua allí donde las leyes revolucionarias nunca llegaron.

Es cierto que en 1960 se crea el Departamento de Folklore del Teatro Nacional de Cuba, con el brillante etnógrafo y musicólogo Argeliers León a la cabeza y más tarde, en 1962, el Conjunto Folklórico Nacional, integrado por mujeres y hombres en su mayoría religiosos practicantes que, a partir de ese momento, suben al escenario para ofrecer sus cantos y bailes como Arte, ganando aplausos dentro y fuera de Cuba. Muchos de ellos alcanzan el estrellato como Nieves Fresneda, Jesús Pérez (Obbá Illú), Lázaro Ross, Zenaida Armenteros o El Goyo Hernández.

Fue un gran paso, pero si contemplamos sólo las ganancias escénicas, quedan fuera de foco conflictos y contradicciones que, en la vida cotidiana, sufrían tales prácticas religiosas, tornándose en impedimentas para el acceso a universidades y militancias políticas.

Más allá de los éxitos internacionales de bailes y cantos afros, al correspondiente universo religioso real se le cierran libertades, devaluándole como expresión de atraso e ignorancia.

En la novela más popular del momento, Cuando la sangre se parece al fuego, su autor, Manuel Cofiño, uno de los pocos escritores cubanos identificados con el realismo socialista, refleja el proceso de disolución de las religiones negras arrastrada por las aguas claras del futuro socialista. Estas afroreligiones sufrieron el mismo dogma y represión que aquellas que guardaron armas y conspiraban contra la revolución, aun así, sus practicantes, inmersos en el cambio revolucionario, por no abandonar su religiosidad fueron marginados de importantes responsabilidades políticas y administrativas. Gracias a su horizontalidad, espiritualidad acreditada por siglos y estrategia cimarrona, conservaron los saberes transmitidos oralmente, rituales secretos y viejas prácticas de solidaridad y resistencia. Las afroreligiones fueron espacio creciente para un conflicto ideológico sustancial que aún marca la subjetividad de un amplio sector social dentro de Cuba: conciencia religiosa versus conciencia política, expresado en libros y discursos como una pelea dicotómica que suele resolverse a favor de lo político, ocultando la complejidad del universo religioso.

Aunque este no fuera el debate esencial entre quienes practican afroreligiones, donde hay sujetos de todas las “razas” , dicho conflicto no ha dejado de estar latente en el campo religioso cubano de las últimas seis décadas.

Las religiones negras en Cuba siempre han vivido el peligro de fragmentación y cooptación. Su jerarquía, autoridad, popularidad, exitosas practicas rituales y comerciales, cohesión grupal, diversidad de su membresía, más el alcance de sus valores intra y extraordinarios, constituyen un modelo social, cuya relativa autonomía debe ser objeto de políticas más comprensivas. Por eso me resultó curioso que en el libro de entrevistas que en 1985 hizo el dominico brasileño Frei Beto a Fidel Castro, no aparecen las afroreligiones, siendo ambos interlocutores de países marcados por la esclavitud, el colonialismo y el cimarronaje. Esta curiosidad la comenté a Frei Beto hace unos años y su evasiva me dejó más curioso aun.

Lo cierto es que ese mismo año, aunque no con el cuidado que son tratadas las religiones antes colonizadoras, las afroreligiones también comienzan a ser reconocidas políticamente al crearse la Oficina de Asuntos Religiosos del PCC en 1985.

Escuché a Filiberto O’Farrill, en su casita de Poey, hablar de una soñada Asociación de Babalawos, a cuyos organizadores, que ofrecieron palomas y un tambor en los jardines del Movimiento Cubano por la Paz, no se las aprobaron. Supe de la preparación del I Encuentro de Estudios Afrocubanos, preparado por la Sociedad homónima que intentaron restaurar Fernández Robaina, Tato Quiñones y Lázaro Buría, con apoyo de Natalia de Bolívar y grandes figuras religiosas, abortado por la UNEAC. Conversé con nigerianos residentes en Nueva York que durante años soñaron abrir una Academia de Lengua Yoruba en Cuba que también fuera negada.

Estos y otros empeños son parte de una historia no escrita ¿Cuántos fuimos testigos o cómplices de sucesos subterráneos que fueron el magma de la explosión de los temas raciales en la próxima década? ¿Cómo fue que los temas de la religiosidad fueron dando mayor margen a la problemática socio-racial? Y por qué ambos temas tomaron tanta distancia el uno del otro, al punto que las religiones afro apenas se involucran en el debate racial y, por otro lado, la mayoría de los analistas y análisis sobre las problemáticas raciales en la nación, suelen desentenderse de los temas religiosos, de los creyentes y de las viejas estrategias de solidaridad y resiliencia de estas afroreligiones?

Ambas miradas adolecen de la necesaria articulación e intercambios sistemáticos, donde enriquezcan y renueven prácticas propias. Aunque vale mencionar el valor que alcanzan las obras y espacios donde ambas visiones convergen como lo han hecho Tato Quiñones, Jesús Fuentes, Lázara Menéndez, Víctor Betancourt, Jesús Hernández El Goyo, Gloria Rolando, Tomas Fernández Robaina, Manuel Mendive y otros pocos que intentan sostener tan difícil diálogo en Cuba.

Luego, los noventa irrumpen con varios sucesos editoriales. Justo en 1990 aparece la primera reedición de El Monte de Lidia Cabrera después de 1959, cinco mil ejemplares agotados durante la primera semana en la Feria del Libro, celebrada en PABEXPO, Los orishas en Cuba de Natalia de Bolívar, se convierte velozmente en un best-seller, El negro en Cuba, de Tomas Fernández Robaina, aparece tras un forzado sueño editorial de diez años y los tres tomos de Estudios afrocubanos, de Lázara Menéndez, extraordinario libro de texto para la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de la Habana, removió los anaqueles del elitismo eurocéntrico de tan rancioso –para no decir racista y blanqueado- lugar. Así comienza el boom de temas afroreligiosos en Cuba, a las puertas del Periodo Especial.

El Congreso del Partido se pospone para 1991 y entre los temas centrales está la promoción de negros, jóvenes y mujeres, junto a la noticia de que los religiosos podrán ser miembros de Partido Comunista. Es fácil pensarlo hoy; pero entonces fue una noticia escandalosa que generó grandes discusiones, resistencias e incomprensiones dentro y fuera del partido; tanto pesaban los dogmas y prejuicios.

El discurso de los estudiosos es una cosa y el discurso de autoridades religiosas, reconocidas por su jerarquía y sabiduría es otro. Estos últimos no tienen presencia en la esfera pública, no poseen revistas o boletines que sean órganos difusores de doctrinas, reflexiones y modos de conocer su alcance social. Nunca he podido leer aquella queja porque no fueron invitados a saludar al primer Papa de visita en Cuba, ni la poca presencia de los jerarcas de otras religiones durante la recepción ofrecida al Oní de Ifé de visita en Cuba. No hay entrevistas sobre figuras ni artículos sobre eventos importantes o sobre el trabajo que hacen en comunidades y cárceles, ni convocatorias a cursos y conferencias. Ni siquiera promueven los encuentros entre médicos, científicos y Babalawos, muy provechosos para las tres partes según estas confiesan a los pocos curiosos que llega la noticia. Difícil saber cómo estas religiones establecen alianzas con musulmanes o iglesias cristianas donde la presencia negra crece. Ni sabemos cómo se dirimen sus debates epistemológicos, de género, de asimilación de nuevas prácticas o de sus propias ortodoxias. Ergo, difícil es saber su opinión en el debate antirracista cubano y las causas del repliegue de su potencial fuerza emancipatoria en esta lucha.

También hay batallas exitosas y logros sociales a lo largo de seis décadas, que no por menos publicadas han dejado de celebrarse.

Es un resultado de esas batallas que un babalawo de 34 años en Ifá como Lázaro F. Cuesta (Iwori Bofun) haya sido el Gran Soberano del Supremo Consejo del grado 33 para la República de Cuba, Gran Maestro de la Gran logia de Cuba y Presidente del Patronato del Asilo Nacional Masónico Llanso entre 2011 y 2018, que Ramón (Mongui) Torres Zayas, haya alcanzado su doctorado con una tesis sobre los Abakuá, sociedad a la cual pertenece y estudia su renovado campo; que los libros de Lázara Menéndez, Jesús Fuentes y Natalia de Bolívar sean cada vez más aclamados y leídos por masas lectoras, que lideresas de varias casa-templos hayan logrado reivindicar sus prácticas de género dentro de la religión, que se legitimen en laboratorios farmacéuticos y repertorios clínicos las formulas de brebajes, emplastos y cocimientos con que nuestras ancestros hicieron de la naturaleza la mejor medicina a los males del cuerpo y el alma, que una pastora cristiana como Isset Samá haya hecho tan hermosa declaración antirracista ante su iglesia en días recientes…

Aunque sean lamentables las recientes declaraciones sexistas de la Sociedad Cultural Yoruba sobre las Iyanifá, un conflicto que parecía resuelto a finales de siglo pasado y ahora resucita en un contexto poco saludable para el feminismo en la región. Insulta saber que grandes marcas de la moda internacional se apropian del diseño de las sayas multicolores de nuestras santeras, en una otra forma de extorsión de nuestras identidades. Y que siguen las acusaciones reales e infundadas sobre el comercialismo dentro de estas religiones: no debe resultar raro que en este rincón de la sociedad también proliferen conductas mercantilistas, corruptas y criminales; otra cosa es la acusación de comercialistas a las religiones negras de la región (santería, candomblé, vudú), lo cual parece una trampa nacida de la competencia con otras religiones, justo en un proceso de internacionalización de estas religiones negras, que les permite instaurar legalmente sus instituciones, profesionalizar sus figuras jerárquicas y aumentar el reconocimiento de sus valores de solidaridad, resistencia cultural y saberes, no solo para afrodescendientes. No olvidemos que todo ello era, hasta hace poco, marginalizado, a pesar de ser practicadas por todas las clases sociales.

Dichas acusaciones, curiosamente, no suelen compararlas con otras religiones financieramente poderosas, de jerarquía mundial, dueñas de diversas propiedades e instituciones bancarias, mediáticas, educativas, etc.

¿Cómo, entre las miles de fotografías de Fidel Castro, se olvida aquella, en medio de una larga gira que hizo por varios países africanos en los años setenta, donde aparece vestido de blanco, con ciertos atributos rituales? Jamás la he vuelto a ver, ni siquiera en asociaciones afroreligiosas que constantemente renuevan su compromiso revolucionario.

Se han promovido poco excelentes biografías y testimonios de personalidades como Nisia Agüero, Freddy Ilanga (traductor de swahili del Che en el Congo) y Natalia de Bolívar por solo mencionar tres, que incluyen reveladores pasajes del universo religioso negro en sus vidas o las conversiones religiosas y en la conciencia racial de altos oficiales y diplomáticos cubanos en África como Omar Izquierdo, Heriberto Feraudy o Juan F. Benemelis, entre otros, cuya capacidad más o menos crítica articula puentes entre las visiones africanas y cubanas de conciencia racial, religiosa o afrodiaspórica, revelando políticas africanistas, diásporicas y raciales apenas abordadas con profundidad por estudiosos cubanos de la religiosidad, la afrodiáspora y la geopolítica.

Lamento mi poquita fe, mi modo intermitente y, a veces irrespetuoso de acercarme a estas religiones, pues tendría algunas respuestas, desde sus códigos, a preguntas que no necesitaría escribir.

Lo cierto es que apenas se conocen sus figuras jerárquicas, algunas legendarias, otras de más reconocimiento fuera que dentro de la isla, otros dejando su impronta en el mundo de la internet, otros recuperando sus contactos con tierras y autoridades religiosas de África, otras más vinculadas a la farándula, otras al boyante mercado afroreligioso, algunos veteranos reconocidos por su sabiduría ancestral, otros por su memoria descarnada de cuando hacían religión en el underground socialista. Apenas se conoce el espacio de ritualidad, pedagogía, goce y hermandad comunitaria que signa los encuentros del Cabildo Ifá Iranlówo, liderados por Víctor Betancourt Omolóafaoró Estrada, uno de los sacerdotes y autores más osados y controversiales del campo afroreligioso cubano. Tampoco son públicos los debates epistemológicos, de género, de asimilación de nuevas prácticas o de sus propias ortodoxias que están teniendo lugar y que la transmisión oral a veces distorsiona o confunde. Así, parece ser un mundo que no se mira al espejo, ni a la televisión ni al futuro, sino que se repliega o calla sus propuestas ante los seguidores que, dentro y fuera de Cuba, siguen apostando por el camino de los orishas.

Viernes 19 de Junio del 2020, en Cayo Hueso, Centro Habana.

Roberto Zurbano

Roberto Zurbano: Desde mi balcón. Siete párrafos de memoria contra la pandemia del olvido (Segundo round)

Por Roberto Zurbano

Un blackface cubano celebrando el día de África en redes sociales, el incendio provocado en un terreiro de San Salvador de Bahía, el asesinato poco difundido de un joven líder comunitario garífuna en Honduras y otro asesinato racial en Estados Unidos, en la misma semana, confirman que el racismo opera en un amplio espectro de negaciones y violencias presentes indistintamente en cada país. Las gradaciones del racismo comenzaron con la esclavización y crecen en visiones culturales excluyentes, ausencia de historias negras en aulas, difícil acceso a estudios universitarios y puestos laborales y se regodean recortando presupuestos escolares en barrios negros y en la brutalidad policiaca, con sus altas cuotas de impunidad, hasta ofrecer una saga interminable de asesinatos, segregación racial y económica, cárceles y nuevos apartheid. Son muchas las expresiones visibles e invisibles del racismo: culturales, institucionales, públicas, privadas, en países pobres y ricos, en gobiernos demócratas o autoritarios, capitalistas o socialistas…El racismo, como el dinosaurio de Monterroso, siempre ha estado ahí. Pero casi nunca lo vemos hasta que un hecho mediático dispara las alarmas en busca, más que de justicia, de compasión. Así falseamos las agendas antirracistas, corriendo detrás de la crónica roja del mundo negro y no enfrentando las causas del fenómeno, ni a las razones que evaden el compromiso cotidiano en una lucha tan agotadora, como sofisticada y brutal. De estas visiones mediáticas erradas se alimenta el racismo, tranquilizando a quienes se creen afortunados, pues el último crimen ocurrió a mil kilómetros de casa y creen imposible que este dolor les alcance. El racismo es un hecho local que es también global y nos exige asumir la responsabilidad que toca ante lo pequeños racismos que toleramos a diario.

Hace diez años durante el congreso Cultura y Desarrollo, celebrado en La Habana, varios participantes nos trasladábamos en un microbús y algunos académicos e intelectuales blancos, comentando un panel del día anterior dedicado al racismo en Cuba; afirmaban que era un exceso de los panelistas y argumentaron que era resultado de las visitas que estos hacían a Estados Unidos. Una cineasta afrocubana sentada a mi lado me impidió responder y escuchamos en silencio todos los argumentos.

Llegamos al Palacio de Convenciones y todavía discurrían sobre el asunto. Sé que muchos investigadores de la cuestión racial fuimos a Estados Unidos años después de publicar tales textos y otros, aun no han visitado ese país. Recordé el primer viaje de raperos cubanos a Estados Unidos, en 2001; se presentaron en el mítico teatro Apolo, en Harlem y allí confirmaron lo que tan bien hacían antes en el Anfiteatro de Alamar, no fue al revés. Mi compañera de congreso y yo, esa mañana tuvimos una larga conversa para sacarnos tanta idea tóxica, injusta e ignorante. Sin embargo, aquellos argumentos aun me sirven de termómetro para medir la labor antirracista en Cuba, pues comparto una de sus alarmas: No aplicar métodos y soluciones fuera de contexto. Todo lo demás es clásico del proceso de negación del racismo cubano y, curiosamente, quienes hacían una lectura norteamericana de nuestra situación racial eran ellos, esperando encontrar aquí sucesos que no corresponden a esta realidad e invisibilizando eventos discriminatorios que tienen lugar ante sus propias narices, esos que, a veces, ellos mismos protagonizan consciente o inconscientemente, da igual. No dijeron Brasil o Alemania, porque cuando se trata de Estados Unidos el análisis tiende al desborde comparativo, no a la historicidad ni al campo de relaciones que ocultan políticas raciales, muchas veces también ocultas en leyes, estructuras socio-económicas, pactos religiosos, mass media y programas políticos.

Comparar problemáticas raciales entre Cuba y Estados Unidos, no es asumir sólo historia reciente, obviando el tejido de sucesos, figuras e ideas que marcan siglos de interacción, aun subalternizados por una escritura donde nunca aparecen negros de aquí ni de allá. Son los sesenta, cuando suceden hechos claves para los afrodescendientes de ambos países: Los afrocubanos tuvimos la Revolución de 1959 y los negros de Estados Unidos el Civil Right Movement. Ambos sucesos marcan puntos de partida diferentes en nuestras respectivas historias sociales y políticas. ¿Cómo ambas poblaciones llegan a este momento? Los afroamericanos venían de una sociedad legalmente segregada, donde trataron construir un espacio propio, lejos del mundo blanco, para vivir con dignidad. Sus luchas raciales tenían lugar en una sociedad multirracial y multicultural donde distintas razas, etnias y culturas no se mezclaron como en Cuba y configuran un gran mosaico fragmentado por historias e identidades particulares. El Civil Right Movement fue resultado de la lucha de los negros en específico, sus liderazgos, grupos, ideologías y demandas. Con ayuda de algunos aliados, pero fue resultado de una lucha política altamente racializada que, finalmente, les convierte en verdaderos ciudadanos.

El significado político que tuvieron las iglesias negras en Estados Unidos, es similar al de los sindicatos en Cuba. Curiosamente las religiones afrocubanas han sido subestimadas en el trabajo político, a pesar de su nivel de convocatoria, cohesión, horizontalidad y solidaridad, activas desde la colonia hasta nuestros días. Las iglesias negras en USA y los sindicatos en Cuba fueron espacio de aprendizaje más allá de los clubes y sociedades de color, cuyo ejercicio político fue más cercano a la negociación de intereses económicos, aunque desarrollan valiosos proyectos cívicos en la educación, la salud y las artes, apoyados por las fuerzas dominantes de ambos países. Dichos clubes asumieron vías políticamente correctas en busca de una armonía racial, aunque sin mucho éxito en sus respectivos empeños. Para los negros cubanos la Revolución es un innegable acto emancipatorio, resultado de luchas sociales, no raciales. Un hecho que les abre el acceso a todos los derechos ciudadanos. Crea las condiciones objetivas para la dignificación de una población negra inferiorizada y explotada durante siglos que, junto a otros preteridos, disfrutan derechos antes negados. (Aunque no sucedió en igualdad de condiciones, detalle entonces pasado por alto, que convierte igualdad de oportunidades en un ejercicio desigual). No se olvide que la población negra venía de una sociedad que no legalizó la segregación, pero la sufría en algunas ciudades y que la Constitución de 1940 coloca, por primera vez, el racismo como un delito.

Por su parte, el Civil Right Movement emancipó a los afroamericanos, tras manifestaciones y asesinatos. Lograron grandes victorias políticas y fuerte movilidad social apoyada en la Affirmative Action. Ganan el derecho al voto, mejoran las condiciones de trabajo de la clase obrera negra; aumentan las escuelas públicas y cede la resistencia a las escuelas racialmente integradas. Nacen programas educativos que favorecen a millones de niños y adolescentes. Se fortalece el modelo universitario negro, fundado en el siglo XIX, más allá de los Black Historical Colleges. Hay un crecimiento inusitado de clase media, empresariado y elite negras que comienzan a ocupar altos puestos en el stablishment. Fue el resultado más visible de aquel triunfo de los derechos civiles, pero no los únicos. Al mismo tiempo, surgen nuevas organizaciones como el Partido Panteras Negras y su filosofía Black Power, entre otras que estimularon movimientos de artistas, estudiantes, sindicatos y mujeres, a quienes le resulta insuficiente lo logrado y proponen, desde otras visiones críticas, continuar la lucha, intuyendo que las ganancias del Civil Right Movement no llegaron para quedarse, en los años ochenta, tras la ola conservadora que inicia Reagan y continua Bush padre, sobreviven pocas de sus ganancias jurídicas, afirmativas y laborales.

La conciencia racial en la historia afroamericana es un importante factor de cohesión para la lucha y movilidad socio-política. El ejercicio crítico y público de dicha conciencia guió comunidades, instituciones y clases sociales; generó la creación de organizativas propias (religiosas, sociales, políticas, económicas, etc.), desde aspiraciones comunitarias hasta las que incorporan otros intereses (clase, género, ideología, profesión).En Cuba, es baja la estima y conciencia racial entre la población negra, heredera de cimarrones, pero lenta en denunciar y desmontar agresiones racistas. Demasiada resignación en las personas negras que defienden sus derechos y valores en un contexto discriminatorio creciente. Acudir a las leyes, los medios y autoridades ha de ser común; amén de ese activismo antirracista cuyo esfuerzo retórico es mayor que su diálogo en las comunidades y la urgencia crítica de su misión social.

Sí, las respectivas historias de nuestros pueblos negros difieren en cuanto a integración social y racial: en Estados Unidos ha sido una imposibilidad histórica frente a la supremacía blanca, por eso también pensaron en la emigración (África) y en negociar con la hegemonía blanca, a través de las leyes y la democracia, otras sociedad y ciudadanía. Dicha estrategia aun no ha triunfado. En Cuba la integración de negros y blancos es una aspiración martiana que llena páginas enteras del ideario de Antonio Maceo y Juan Gualberto Gómez, aunque también hubo familias negras que regresaron a África. La idea de integración racial alcanza un fuerte consenso social, que se renueva con la Revolución. La aspiración social de cubanos negros no está separada de las demandas de cubanos blancos ni de los presupuestos libertarios del grupo vencedor; (aunque el Movimiento 26 de Julio era un espacio con poca conciencia crítica sobre la cuestión racial, ver la ausencia del tema en La historia me absolverá).

Las demandas de instituciones y líderes cubanos negros siempre desbordaron las exigencias raciales en busca de una ciudadanía plena y ellos aportan esa visión integradora a la lucha sindical, partidista y cultural donde nunca faltó el tema racial, como uno más entre las necesidades de la nación. Así, las luchas antirracistas cubanas no tuvieron una visión tan radical ni solitaria como en Estados Unidos. En la historia del antirracismo cubano concurren personas blancas con una visión antidiscriminatoria más allá del paternalismo y politiquería al uso; y se suman otras implicaciones clasistas y religiosas de peso en la integración de los grupos étnicos y raciales que arman la nación cubana. Eso explica una dinámica diferente a la norteña en nuestra experiencia social y tradición antirracista.

Es difícil constatar el conocimiento de la tradición antirracista cubana entre ciertos académicos y activistas entusiastas, pero desnudos de herramientas histórico-conceptuales para su trabajo de denuncia y propuestas que podrían verificar en el registro de una tradición que les sirva, sobre todo, para no repetir errores ni retrasar su necesaria labor. En esta tradición lo mismo cuenta un ensayo, un patakin o un poema. Cuando la televisión mostraba cómo asesinaron a George Floyd, recordé muchas otras víctimas, en especial a Emmett Till, de catorce años, mutilado y tirado al rio por sus asesinos blancos en 1955. Al recuperar el cuerpo, su madre dispuso que durante el funeral el ataúd quedara abierto, exponiendo el tamaño del ultraje. La imagen impactó al mundo y la tradición antirracista cubana lo fijó en Elegia a Emmett Till de Nicolás Guillen, donde el poeta llora “este mínimo muerto sin venganza”.

¿Eso también será el menos joven George Floyd? ¿Tenemos una conciencia mínima para la solidaridad racial? ¿Miramos atentamente nuestro entorno, donde no vemos crímenes así, pero sufrimos chistes, discriminación y pequeños maltratos que alguien calla, se traga y no sabe qué hacer con tanta humillación? No respondas hoy. ¡Sólo intenta hacer la tarea!”

En Centro Habana, a viernes 29 demayo.

Roberto Zurbano: ¡No vamos a parar!

Las organizaciones antirracistas, en contextos de pandemia, limitan su alcance público, pero siguen generando conciencia, activando saberes antirracistas y aguzando, en un contexto más hostil, la capacidad de identificar y denunciar cualquier discrimen. Si normalmente trabajamos en contextos y con recursos precarios, ahora no queda otra opción que reducir la movilidad, sin desmovilizar la agenda crítica, olvidar la base social ni a quienes despliegan las acciones concretas que definen nuestra misión social. Es paradójico que un núcleo de activismo evite incidir en espacios comunitarios; allí donde esa labor no tiene un impacto mediático, pero sí una incidencia en la vida de tres o diez personas o familias necesitadas.

Si alguna de esta gente se enferma en Cuba, serán tratados sin menoscabo de su condición racial, quizás por hábiles profesionales de su mismo color de piel, merecedores de aplausos y honores. Antes y después del hospital está la vida difícil en solares, barrios insalubres y albergues temporales donde se hacina la esperanza, quinquenio tras quinquenio. Y allí se debe ofrecer alivio, respuestas y políticas públicas que completen la ingente labor de la medicina preventiva o el empeño intensivista. En Brasil, Estados Unidos y Colombia habrían muerto y llenado estadísticas menos descuidadas, pero inmerecidas. Es aquí y ahora donde el activismo antirracista debe sumarse: la post-pandemia no augura mejoras materiales y hay que trabajar por una equidad social más puntual que la igualdad conocida y conquistada. Algunas organizaciones nuestras tienen ese camino adelantado, solo bastaría unir esfuerzos y conocimientos, asumir nuevas y buenas prácticas en labores comunitarias donde es insuficiente el trabajo de una sola institución. Las pocas excepciones que lo hacen, indican su factibilidad y éxito comunitario.

Activismo es también responsabilidad asumida a tiempo, solidaridad compartida y ejercicio de preocupación consciente por gente que conocemos o debemos conocer mejor. Es momento de mirar hacia adentro y hacia otros colectivos antidiscriminatorios que quizás, comparten la misma preocupación dentro de la isla. Es romper los límites impuestos a nuestra labor e insertar nuestro trabajo donde más se necesite. Ahora solo pensamos en aquello que depende de nosotros y en lo poco que podemos ayudar, evitando desgastarnos inútilmente, siendo discretos en un contexto de emergencia, identificando cualquier ruido que lleve a confrontarnos, confundir o desmovilizar por algún tiempo nuestra agenda social.

Sobre otros colegas activistas, preguntarnos: ¿Dónde están, cuáles son sus condiciones, cómo ayudarles, cuáles son nuestros recursos, y estos, cuánto pueden durar? Preocuparnos por las condiciones de salud de nuestros colaboradores y su familia: niños, ancianos y discapacitados ¿Cuán distantes vivimos unos de otros? ¿Por cuáles razones nos moveríamos ahora, sin transporte público? ¿Somos capaces de cuidarnos entre nosotros mismos? ¿Quiénes son los más frágiles, temerarios o descuidados que debemos proteger? ¿Cómo nos comunicamos, qué tipo de mensajes y acciones priorizamos? ¿Cuales iniciativas de autocuidado diseñamos ante la pandemia? Ignorar estas preguntas es un modo de abandonar nuestros sueños y a nuestra gente.

Hoy es clave saber adónde pertenecemos y con quien podemos contar. Las organizaciones antirracistas surgen de una urgencia, crecen en la insurgencia y reivindican necesidades legítimas. Su cohesión nace del ejercicio colectivo, de propuestas transformadoras que se prueban en el camino, de prácticas exitosas o sonados fracasos, y del respeto común entre compañeros de viaje. No somos, ni pensamos como institución caritativa, empresa o partido político, sino desde un potencial justiciero que nos junta y empina sin cuotas obligatorias de fe, moneda o consigna. Sin idealizar nuestro itinerario y asumiendo la necesaria autocrítica, este activismo genera reflexiones profundas y produce un conocimiento que luego compartimos y convertimos en acciones puntuales. Nuestra libre pertenencia es orgánica en la medida que movemos un ideal emancipatorio, desde la historia de opresión común que, una vez reconocida, decidimos deconstruir juntos. Así convertimos experiencia e historias de vida en herramientas de trabajo, superación y sanación, para alcanzar una condición humana consciente y digna, gestionada por nosotros mismos.

La gestión más urgente del activismo hoy es la equidad en todas sus emergencias posibles, ante la creciente desigualdad social. Ya sabemos por qué el “Quédate en tu casa” no sirve a tanta gente impactada, otra vez, en su difícil cotidianidad y vemos cómo pierden paciencia, modales y esperanzas en la cola para comprar alimentos. Ese proceso de devaluación es anterior a la pandemia y la trascenderá, si perdemos la perspectiva crítica y ponemos nuestra misión en cuarentena. El mejor activismo nace en el diálogo cotidiano y responsable con la gente de a pie y enseña que no se deben aplazar las necesidades ni se puede bajar la guardia nunca, ni siquiera ante la pandemia. Y que las formas de lucha cambian según el contexto, pero no desaparecen porque las opresiones funcionan en permanente lógica de reproducción y no se detienen. Los sexistas, neo-racistas, elitistas, censores, depredadores y otros discriminadores son peores que los virus, mutan y reciclan viejas tácticas. Urge replantear la batalla, unir fuerzas, crear espacios, alianzas y estrategias sin perder el horizonte; sin parar nuestras luchas. No vamos a parar. Mañana será tarde.

Roberto Zurbano Torres, el Primero de mayo y 2020, en Cayo Hueso, Centro Habana, Cuba

Georgina Herrera, miembro de honor del Club del Espendrú

Por Roberto Zurbano

Sin la poética de Georgina Herrera la literatura cubana del siglo XX no tendría una estética de la maternidad tan sensible, sufrida y generosa como las letras y la vida que ha tenido y sufrido, y de la cual ella anda orgullosa por cada rincón de la vida. Esa razón es suficiente para que su pequeña luz nos ilumine por dentro y por fuera, del pasado hacia el futuro, y también desde el silencio hasta los días más ruidosos.

Nuestra Yoya, Georgina, es la modestia misma, es la esperanza que nace todos los días de los peores momentos de la vida. Ella es una poeta cuyo discurso lleno de sencillez y autenticidad atraviesa sesenta años de escritura, consecuente con su vida, de la manera en que la ha vivido y desde la paciencia que ha tenido para ver pasar el mundo ante sus ojos, colocarse ante sus pies, sin que los malos pensamientos alcancen su cabeza de reina coronada por su conciencia de mujer negra que perdona, pero no olvida las humillaciones de la historia y del presente a su gente y a su familia grande.

Su primer libro fue publicado por Ediciones El Puente, el primer grupo literario alternativo de la Revolución, donde su cuaderno G.H., la colocó para siempre en las letras cubanas de la Revolución sin grande exaltaciones, ni militancias, ni escándalos literarios, solo con sus versos debajo del brazo, hablando de sí misma, apenas en un tono menor, casi en un susurro que ninguna algarabía ha logrado callar. Hay una fuerza descomunal en sus versos que podrían sorprendernos, por lo cual nadie debe acercarse con paternalismo a esta poetisa, sino con el mayor respeto y veneración. Entonces su poética se vuelve surtidor, escudo, espada…. Ella provoca lecturas varias, rotundas, que van creciendo con el lector, con el tiempo y con el conocimiento de un mundo silenciado que ella nos abre con toda fuerza y generosidad, reivindicando los saberes afrodescendientes en la vida cotidiana y en la historia, sembrando para el futuro una semilla que se multiplica en cada uno de sus poemas.

Magia López, Georgina Herrera, Araceli Rodríguez, Roberto Zurbano y Alexei Rodríguez. Foto: Onel Torres Roche

Georgina Herrera es una mujer grande que salió de Jovellanos, su pueblo natal, casi adolescente para colocarse de empleada doméstica en una casona de la capital. Allí en su tiempo libre estudiaba, leía y ejercía sus primeros versos. Le sorprendió la Revolución en esos menesteres y sus versos florecieron entre gente joven como ella, llenas de sueños y esperanzas. El Puente fue su espacio fundacional, pero su obra no se detuvo, anda y desanda dentro y fuera de Cuba, ha sido querida, premiada, traducida y elogiada en todas partes. Su obra se explaya en nuevos caminos, muchos estudiosos y estudiosas le aclaman, su obra comienza a hacerse universal desde su sencilla condición de mujer negra, madre cubana y orgullosa de su lugar.

Ese lugar de la Yoya también nos corresponde y enorgullece. Es la razón por la cual EL CLUB DEL ESPENDRÚ otorga a Georgina Herrera la Condición de Miembro de Honor. Es la poeta cubana más sencilla del último siglo. La más paciente y emotiva, quizás la más consciente de la simultaneidad del sufrimiento y la alegría, de la fugacidad de lo terrible y la permanencia de lo amable. Su mirada limpia y tristísima extiende su maternidad hacia la gente y las cosas sensibles. Sus versos nacieron iluminando la pobreza real, atravesando discriminaciones y otros pesares hasta revelarnos el envés de lo domestico y convertirse en reina cimarrona, mensajera de nuevas sublevaciones del corazón y la esperanza.

Foto de portada: Onel Torres Roche

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El Movimiento Afrocubano: Activismo e Investigación, logros y desafíos

Por primera vez desde su surgimiento en la década de los noventa, los activistas del movimiento afrocubano se reúnen para hacer un balance de la evolución del movimiento antirracista cubano, sus logros, limitaciones y desafíos de cara al futuro.

Nuestra concepción sobre el movimiento afrocubano es amplia e incluye activistas que desarrollan su trabajo en diversas esferas, incluyendo iniciativas comunitarias, proyectos culturales, redes de colaboración con la participación de intelectuales y académicos, así como representantes de organizaciones oficiales. La reunión acoge, además, a un grupo de empresarios afrocubanos que han logrado promover empresas en el sector privado emergente.

El evento tendrá lugar del 14 al 15 de abril en el Afro-Latin American Research Institute, Harvard University.

PROGRAMA

Viernes, 14 de abril

9:00-9:30am
Inauguración. Profesor Henry Louis Gates y profesor Alejandro De la Fuente

9:30-11:00am PANEL 1
El movimiento afrocubano: historia, evolución, logros

Tomas Fernández Robaina, Articulación Regional Afrodescendiente (ARAC)
Norberto Mesa, Cofradía de la Negritud
Daysi RubieraGrupo Afrocubanas
Gisela Arandia, Color Cubano y Articulación Regional Afrodescendiente (ARAC)

Modera: Odette Cisneros Casamayor, University of Connecticut
11:00- 12:30 pm
PANEL 2
El movimiento afrocubano: Iniciativas recientes
Deyni Terry Abreu, Alianza Unidad Racial
Maritza López McBean, Red Barrial Afrodescendiente
Gisela MoralesARAC
Raúl Domínguez Valdés (“Kimbo”), Proyecto Identidad y Barrio La Marina, Matanzas

Modera: Rosa Campoalegre, Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas
12:30-3:15 pm
Visita al Hip Hop Archive & Cooper Gallery (Exposición Diago: Los pasados de este presente afrocubano)
3:30-5:30 pm
PANEL 3
Activismo y producción cultural: El movimiento Hip-Hop

Soandres del Rio, Hermanos de Causa
Magia López y Alexey Rodríguez, Dúo Obsesión
Roberto Zurbano, Exdirector, Revista Movimiento
Alejandro Zamora, Biblioteca Nacional, Historiador del Hip Hop
Gloria Rolando, Imágenes del Caribe
Mirna Dickson, Proyecto mirArte diaDía

Modera: Sandra Abd´Allah Álvarez-Ramírez

 

 

Sábado, 15 de abril

 

9:30-11:00am
PANEL 4
Producción de información: diseminación, redes y plataformas virtuales
Negra cubana tenía que ser : Sandra Abd´Allah Álvarez-Ramírez
AfrocubawebAndy Petit
Desde la CeibaTato Quiñones
AfromodernidadesAlberto Abreu

Modera: Gisela Arandia, Color Cubano y Articulación Regional Afrodescendiente (ARAC)

11:00-12:30pm
PANEL 5
Desde la academia: agendas, estado actual de la investigación y retos:

Rosa Campoalegre, Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas
Katrin Hansing, CUNY
Maya Berry, Yale University
Odette Casamayor, University of Connecticut

Modera: Daysi Rubiera, Grupo Afrocubanas
1:30-3:00 
Desde la economía emergente: empresarios afrodescendientes:

Carlos Cristóbal Márquez Valdés, Paladar San Cristobal
Alberto Gonzalez Ceballos, Panadería Salchipizza
Maria de los Angeles Ferrer Alvarez, Modista
Mady Letamendi Zulueta, Zulu-Bolsos de Piel
Alberto Jones, Caribbean American Children’s Foundation, ex-propietario, Ortho Medical Waste Inc. Fl.

Modera: Magia LópezDúo Obsesión

3:00-5:00 pm
Hacia el futuro: una agenda consensuada

Discusión abierta: participación colectiva

Moderan: Alejandro de la FuenteRoberto Zurbano y Katrin Hansing
6:00-7:45pm
Concierto: Tradiciones Culturales Afrocubanas: Concierto Lukumí Bata

Maestros Roman DiazSandy Perez, Mauricio Herrera (tambores bàtá); Michele Rosewoman (piano);
Vanessa Lindberg (voz); Yunior Terry (bajo); Yosvany Terry, Director de la Banda de Jazz de Harvard.

Coauspician: Cuba Studies Program, David Rockefeller Center for Latin American
Studies; Center for African Studies; Observatorio Cervantes; Instituto Cervantes.
Coorganizado por Ivor Miller, Visiting Fellow, Afro-Latin American Research Institute.

Tomado de Afrocubaweb.com

Foto de portada: Abelo

La primavera cubana: próxima estación del tren Obama

Por Roberto Zurbano

Cada 21 de marzo comienza la primavera; esa semana el sol es más generoso y los vientos suelen acariciar la ciudad e , incluso, también ha traído la Semana Santa, pero en Cuba no es una primavera común, pues un presidente de Estados Unidos desanda la ciudad con su elegante familia negra . Y aunque para muchos resulte excesivo, comparto mi opinión con la misma responsabilidad de siempre. Consiste en concederle a Barack Hussein Obama un sitio en los anales de la historia cubana, no por el simple hecho de hacer una visita a la isla, sino por su pragmática comprensión del liderazgo regional de la Revolución Cubana, por aceptar un diálogo en términos de respeto y por colocar oportun(ist)amente una propuesta de restauración capitalista en medio del actual contexto cubano, bastante celebratorio del capitalismo.

El pensamiento institucional y político de la Revolución están siendo impactados por la velocidad, el peso y el alcance histórico de tales propuestas, pero no reconoce ni incorpora los análisis y propuestas del pensamiento crítico social más reciente, que ha elaborado visiones defensivas y proyectivas de la futura sociedad cubana, cierto es que desafiantes y críticas con el pensamiento político más público y formalizado en Cuba, pero buena parte de ellas resultan complementarias y renovadoras de las bases originales de este propio pensamiento oficial, por su afán participativo, emancipatorio y anticapitalista. Las propuestas de Obama demandan muchas, urgentes y novedosas respuestas cubanas, no solo gubernamentales, combinándose a corto, mediano y largo plazo, dentro y fuera de la isla y del propio Estados Unidos.

Desde su primer mandato, por encima de tradicionales gestos de propaganda imperial, el presidente Obama envió a Cuba señales diferentes a las de sus doce antecesores, pagando el costo simbólico de tal gesto, pero colocándose (y colocándonos) en una nueva dimensión geopolítica y generacional donde ha combinado con destreza el mediano y el largo plazo de su proyecto, pues es un político joven aun. Sus decisiones desatan rabias encontradas entre izquierda y derecha, republicanos y demócratas, negros y blancos, e incluso exageradas exigencias a un presidente de Estados Unidos que nunca antes se habían generado dentro y fuera de la Unión desde amargos emplazamientos racistas, políticos y económicos que han producido la presidencia más solitaria y desafiada en la historia norteamericana.

Este hombre sagaz, quien no proviene de la tradicional clase política americana, conoció el mundo antes de llegar a senador y asume orgulloso su herencia africana- americana, ya definió en sus libros de los años noventa un proyecto de democracia y capitalismo fuera de los modelos al uso, (muy cercano a la socialdemocracia) que consiste en restaurar el sueño americano con fórmulas y alcances diferentes. Desde que se propuso y logró ser el primer presidente negro de Estados Unidos, sabe que ocho años (dos mandatos de presidencia) serían insuficientes para concretar su proyecto y seguir intentándolo más allá de la Casa Blanca. Aun así, los analistas se detendrán en el análisis factual y racial o insistirán en la razón económica u otra coyuntura.

Lo cierto es que Barack Obama abre una época primaveral en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos no para salvar a Cuba, sino para marcar una visión crítica de las trampas estructurales del sistema capitalista que él mismo enfrentó y ahora pretende desafiar, rebasando la dicotomía liberal-conservadora y planteándose la necesidad de reformar el modelo imperial en términos domésticos y globales. Sabe que va a ganar un nuevo protagonismo en la medida que aumente su capacidad de diálogo internacional, establezca nuevas prioridades estratégicas y los necesarios consensos sobre temas difíciles; todo ello aumentará su capital político fuera de los Estados Unidos y le granjeará nuevas cuotas de respeto, confiabilidad y poder.

Por esta razón, evadiendo el contaminado espacio del actual proceso electoral de Estados Unidos, ha escogido el mejor escenario político y mediático para lanzar su candidatura de líder global, presentándose personalmente en el último escenario de la Guerra Fría y el socialismo mundial antes del anunciado retiro oficial del liderazgo histórico de la Revolución cubana. No fue a la frontera con México, ni ha rectificado su acusación a Venezuela, no quiere salvar las finanzas de Grecia ni desafiar a Vladimir Putin, ni siquiera forzar al propio congreso estadunidense. El itinerario, las formas de convocatoria y los métodos que lo llevaron dos veces a la presidencia sigue siendo atractivos para otros empeños, aunque el itinerario que espera al Premio Nobel de la Paz, luego que termine la presidencia se está labrando esta semana. Obama decidió marcar sus nuevos territorios políticos y sus formas de diálogo, operando en un terreno históricamente difícil de conquistar. Su nuevo estilo internacional cristalizará durante su visita a Cuba y sacará de este encuentro mejor provecho que nosotros como país, gobierno, sociedad civil, instituciones y personas.

Foto de portada tomada de Martí Noticias

 

¿Un fantasma en El Caribe?: Muerte y resurrección de Frantz Fanón en cuarenta años de lecturas cubanas

Por Roberto Zurbano

Mi última oración: ¡Oh, cuerpo mío, haz de mí, siempre, un hombre que interrogue!
(Fanon en Piel negra, máscara blanca)

Fue un pensador radical y un pensamiento crítico tan vertical no suele nombrarse en tiempos de consenso y conservadurismo. Sin embargo, es imposible silenciarlo, pues es muy difícil aplacar la rabia consciente, la confirmación histórica del odio personal y colectivo contra una comunidad que sentimos discriminada y el descubrimiento de una humillación estructurada, modernizada y siempre excluyente con los mismos capitales con que engordan las ideas racistas, coloniales, capitalistas y de las nuevas clases aun inclasificables que prosperan con el sufrimiento y la explotación ajenas, convirtiendo la vida de la mayoría de los seres humanos en materia prima de su felicidad y sus sofisticadas maquinarias de exclusión. Es decir, condenándonos, a la pobreza, la discriminación, la sumisión y otros horrores modernos.

Las ideas de Frantz Fanon todavía se consideran, desde la percepción de un pensamiento único, eurocéntrico e imperial, ideas despiadadas, irracionales y violentas ante esa ideología colonial que, históricamente, ha sabido justificar violaciones, maltrato, esclavización, sexismo, racismo y explotación de millones de mujeres y hombres a través de una orgánica cultura del poder; es decir, mediante la religión, las leyes, la tecnología, la política, la economía y todo imaginario posible, dispuesto a reducir cada subjetividad opuesta a dicho poder.

Frantz Fanon pertenece a esa casta de pensadores negros anticoloniales y antirracistas que integran Toussaint Louverture, José Antonio Aponte, Antonin Firmin, Antonio Maceo, Marcus Garvey, Sylvestre Williams, W.E.B Du Bois, C. L. R. James, Walter Rodney, Eric Williams, Pedro Deschamps Chapeaux, Jeddy Chagan, Walterio Carbonel, Stokely Carmichael, Alfie Roberts, Maurice Bishop, Michel-Rolph Trouillot y otros muchos, quienes desde el Caribe supieron convertir sus biografías personales y familiares en actos de concientización y emancipación colectiva de los pueblos negros donde nacieron, desde esa posición marcada por la deshumanización aprendieron a denunciar el entramado racista de sus épocas y países respectivos, desde emplazamientos críticos, epistemologías insurgentes y propuestas políticas emancipatorias que configuran un amplio proyecto antirracista que atraviesa la sociedad caribeña desde la Revolución haitiana hasta hoy.

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Foto de portada Bruno Cordioli

Soy un negro más: Zurbano par lui même (Segunda Parte)

Las personas negras arrastramos estos silencios durante una buena parte de nuestras vidas, de nuestras relaciones personales en centros de estudio y trabajo, entre colegas, amistades, familiares, etc. De eso no se habla mucho, pero es una tensión sorda que se produce al interior de nuestras vidas por la presión social que significa ser negro en contextos donde somos objeto de inferiorización, chistes cotidianos, estereotipos y, sobre todo, exclusiones solapadas. Esa tensión es la manera invisible en que los prejuicios se instalan y dan paso a la discriminación racial. Es un proceso que muchos amigos blancos expresan mejor que yo, pues lo han visto con sus propios ojos y han sido testigos de varios actos públicos de discriminación. Y los han combatido. Lo digo para negar el mito extremista de que toda persona blanca es racista o que todo negro tiene conciencia racial. Es peligroso pensar desde los extremos.

Es muy cierto que sólo la conciencia racial nos coloca ante lo duro y lo bello que es ser negro. Esa conciencia nace en la familia, en el grupo de amigos, en la forma de crianza que nos dan padres y abuelos, quienes son los primeros que nos colocan ante el espejo de nuestra historia y nos enseñan en forma de advertencias, premios y castigos a ser nosotros mismos, a no rechazar nuestra imagen, a respetar, defender y disfrutarla más allá del espejo, en un mundo hostil que trata de marginarnos a cada paso. No todas las familias negras alcanzan una plena conciencia racial, pero en mi familia ha sobrado la alegría, la autoestima, la dignidad y otros valores ancestrales de gran riqueza espiritual muy útiles en los peores momentos….

Adoro en mi familia esas grandes cocineras que sostienen el deseo de reunirnos con frecuencia. Muchas de ellas fueron empleadas domésticas antes de la Revolución y las he visto, como a mi madre, ante una sensible contradicción: primero, agradecen la llegada de la Revolución y luego, agradecen a las familias donde estuvieron contratadas como sirvientas casi desde la niñez. En una ocasión visité con mi madre la casa de Mariana, señora blanca para quien trabajó en su adolescencia, y esta nos invitó a almorzar. Era un niño, pero recuerdo a mi madre reaccionando como si aún fuera la sirvienta de la casa, mientras ponía los platos, servía la mesa y, finalmente, fregaba. Las relaciones de dominación llegan a naturalizarse y a ocultarse tan bien entre los pliegues de la conciencia que se necesita un fuerte mecanismo social para que la idea racista sea reconocida, rechazada y definitivamente expulsada de nuestra mentalidad. Me refiero a la mentalidad de la señora Mariana y a la de mi madre. La revolución no significó lo mismo para ambas, pero sí fue una ruptura en la cadena de dominación donde clase, raza y género tenían una estructura jerárquica bien establecida. Ese era el momento ideal para lanzar, contra la discriminación racial, las acciones afirmativas que completarían otras propuestas emancipatorias de los años sesenta.

Se dice con frecuencia que fueron suficientes las medidas universalistas de la Revolución: Salud, trabajo, vivienda y educación para todos. Y es cierto, fue un gran cambio en las estructuras fundamentales de la sociedad, pero también debe recordarse que no todos los que hicieron la revolución estuvieron dispuestos o conscientes de impulsar la más antigua necesidad de la población negra: emanciparse desde la Revolución misma, descolonizando una mentalidad social que cuatro siglos de opresión habían marcado. Esto difícilmente se lograría sin lucha, sin discutir, denunciar, vindicar y reivindicar a través de un particular programa social que no fue pensado en el programa del Moncada ni después del triunfo de 1959.

El propio Fidel Castro en marzo de 1959 llamó cuarta batalla a la lucha contra la discriminación racial y advirtió su complejidad, pero ante la resistencia cultural heredada, sus palabras no tuvieron el impacto social de otros temas y no se priorizan estos asuntos. Luego, durante la segunda mitad de los sesenta se abordó el tema solo desde la discriminación laboral y la segregación en ciertos clubes, playas, hoteles, etc., y el debate racial no se desplazó hacia la discriminación en la vida cotidiana y el cuestionamiento de prácticas ideológicas y culturales. Sin embargo, ese fue el momento ideal para haber instalado los mecanismos legales e institucionales antirracistas que habrían acompañado el impulso emancipatorio de los primeros años de Revolución. Resulta curioso que, ante dichas tareas, estuvieron ausentes –y silentes- organizaciones negras como las Sociedades de Color, el Comité Universitario de Lucha contra la Discriminación Racial, del cual el propio Fidel fuera miembro, o los sindicatos que jugaron un gran papel en la lucha antirracista durante la República.Lagrimas Negras

Las demandas de los intelectuales y políticos negros Juan René Betancourt, Walterio Carbonell, Sixto Gastón Agüero y Carlos Moore en los tempranos sesenta, desde visiones distintas, cuestionaron la herencia colonial y racista de la Revolución y propusieron algunas metas antirracistas al naciente gobierno revolucionario. El único marxista de ellos, Walterio, quien murió hace apenas un lustro en La Habana, deseoso de reencontrarse con su amigo Fidel, nunca abandonó su principal demanda: el debate sobre las políticas raciales y su implementación. El neo-racismo de hoy es el producto de una acumulación histórica, pero también de una ausencia estratégica y de aquel deseo de evitar una discusión incomoda entre quienes hicieron la revolución y no supieron profundizar en la herencia racista que, consciente e inconscientemente, asumían.

Walterio Carbonell advirtió tempranamente este vacío y, aunque no fue el único, su perspectiva marxista del asunto fue aplastada por un nacionalismo triunfalista que prefirió la antigua versión paternalista y hegemónica de la nación cubana donde los no blancos siempre ocuparon un papel subalterno. Una buena parte de la jerarquía del naciente gobierno no repararon en esa vieja trampa colonialista, quizás porque era un problema que no les tocaba entrañablemente a ellos ni a sus familias, pues muchos de estos eran blancos de clase media y clase obrera, con una visión no siempre cercana al tema racial, lo que explica su incomprensión política de la humillación racista y de la fuerza emancipatoria del antirracismo cubano en aquellos años fundacionales.

Esa incomprensión fue perdonada entonces por la población negra cubana porque la dimensión utópica, por una parte, y las ganancias universalistas, por la otra, suponían garantías suficientes que ofrecía la Revolución para conquistar un futuro inimaginable, pues se abrieron ante sí grandes puertas, antes cerradas a los sueños más simples de familias como las de mi padre. Sin embargo, desde fuera de Cuba, esa misma incomprensión provocó una ruptura con parte de la izquierda negra de Estados Unidos y buena parte del pensamiento panafricanista africano y caribeño. Por ejemplo, los miembros del Black Power y las Panteras negras que lograron llegar a Cuba en los sesenta vivieron alejados de los cubanos defensores de una identidad negra, terminaron encontrando limitaciones en sus estancias cubanas y solo dejaron algunas modas como peinados, músicas y muy poca literatura. Sus ideas eran vistas como demasiado radicales o peligrosas para el contexto revolucionario cubano . Ciertos testimonios de Sara Gómez, Tomas Gonzales, Walterio Carbonell, Sergio Giral, Eloy Machado (El Ambia), Pedro Perez Sarduy, Ulises Estrada e Inés María Martiatu apuntan discretamente a esa conclusión. El panafricanismo fue apagándose poco a poco y aunque se publicaron algunos textos de Kwame Nkruma y Sekou Toure, apenas hay referencias sobre el impacto de este importante momento del pensamiento descolonizador africano contemporáneo.

Otra curiosa desconexión, esta vez con el Caribe, advertí en el invierno del 2009, cuando fui invitado por la Universidad de Montreal a ofrecer un curso sobre “Literatura cubana, raza y revolución”. Durante aquellos días me reunía con algunos colegas caribeños formados en esa ciudad, donde C.L.R James o Michael Manley fueron mentores de importantes líderes e intelectuales de la región. Una tarde, en casa de la gran caribeñista Kari Levitt, el amigo jamaicano David Austin, recién premiado en Casa de las Américas, lanzó un par de preguntas difíciles para ambos: “¿Por qué Cuba nunca apoyó, como en Centroamérica, con armas y asesorías, a los movimientos independentistas caribeños? ¿Por qué los cubanos no han leído, salvo excepciones como Walter Rodney o Eric Williams, a los grandes marxistas del Caribe?”. No justifiqué ni respondí, pero traté de explicarme a mí mismo la falta de un sentimiento más comprometido con el Caribe. Finalmente, ahogamos las preguntas en Appleton, un ron jamaicano que me enseñó a paladear Keith Ellis, otro de mis queridos mentores.

Lo que trato de explicar es que hay una historia oculta en los sesenta, que elude la manera en que, tempranamente, formamos parte importante de la diáspora negra; una historia que oculta un puente roto entre aquellas ganancias de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, el panafricanismo, las independencias africanas y caribeñas y la propia Revolución que, en esos años, intentaba sobrevivir pactando estratégicamente con el socialismo eslavo, lo cual no podría desconocerse, pero no es suficiente para justificar la falta de diálogo regional. Sin embargo, aquellos caribeños eran y son nuestros aliados naturales en muchos sentidos; son los condenados de la tierra, cuya historia política ha sido difícil articular con la nuestra. Cuando menos, hay un vacío o un silencio que cuesta desentrañar.

Quienes conocimos a Walterio a finales de los años ochenta aprendimos mucho del viejo tigre comunista. Sobre todo a hacer una lectura de nuestra historia desde otras perspectivas clasistas, raciales e ideológicas. El modo en que la historiografía y la literatura caribeña en lenguas no españolas explican este fenómeno era ofrecido por Walterio para ayudarnos a comparar y profundizar los defectos y virtudes de nuestra sociedad. También aprendimos el precio que había que pagar si sosteníamos esas tesis en público. Los años silenciados de Walterio Carbonell constituyen un hueco negro en la ideología de la Revolución Cubana; existe una gran deuda con su obra y su magisterio. Su palabra aguda y risueña sembró verdades que hoy me fortalecen. La realidad sobre la cual escribió sigue ahí, testaruda y creciente, llena de contradicciones, silencios, traiciones y lealtades. Yo he tratado de serle fiel…

La primera vez que hablé en público sobre el racismo fue, justamente, en la Casa de las Américas un cuatro de agosto de 1995. Todavía guardo una copia de aquel periódico donde Seth Oberman, estudiante norteamericana, pregunta si percibíamos el peligro del resurgimiento del racismo en Cuba. Fue en la Sala Che Guevara, durante el Festival Internacional Juvenil CUBAVIVE. Mi arsenal de respuestas provenía de las lecciones de Walterio Carbonell durante la etapa en que María Elena Hernández y yo fuimos sus asistentes de investigación por cuenta propia y luego sus amigos y casi sus hijos. Ella en esa etapa escribió sus únicos poemas negros y en mi creció la obsesión por conocer el árbol genealógico caribeño de mi familia. Walterio lo mismo nos deslumbraba que se burlaba de nosotros, pero entre libros y anécdotas nos convirtió al mundo negro, a esa Orden prohibida por la hegemonía blanca que, si percibe nuestro marcado interés de reivindicación negra, podría castigarnos con el mismo destierro ideológico al que fuera condenado el propio Walterio Carbonell en su propia isla, primero en una vaquería de Camagüey, luego, en la propia Biblioteca Nacional y definitivamente…en la historiografía nacional.

Aquel verano de 1995 fue mi iniciación. Respondí a la joven afroamericana comparando el negro antes y después de la Revolución, seguí haciendo una crítica a Sabadazo, show humorístico de la televisión en cuyo reparto había un negrito del bufo que se autoinferiorizaba, quizás muy conscientemente. Expliqué otros detalles y fijé la Revolución como una gran puerta por donde podríamos reivindicarnos todos los negros del mundo americano, pero cuando avanzaba en el análisis del naciente racismo me interrumpió un periodista santiaguero alegando la consabida solución del mestizaje y cerró el debate con un poema de Nicolás Guillén. A veces he sentido que esa puerta puede cerrarse otra vez y he luchado para que esto no suceda. Es una lucha casi en solitario, medio clandestina y medio romántica, que nos condena a la incertidumbre de comenzar, cual Sísifo caribeño, cada mañana.

Por aquellos años la policía me pedía la identificación por lo menos dos veces al día, aun no había cumplido mis treinta, no llevaba mis actuales drelocs ni siquiera el afro o el pelo tejido de mi primera juventud, pero me pedían el carnet con frecuencia. Yo preguntaba y cuestionaba, muy molesto, y muchas veces fui a parar a la estación de policía, donde no era el único negro que estaba allí por cualquier absurda sinrazón. Intercambiaba con mis compañeros de infortunio, hasta salir a las pocas horas o a la mañana siguiente, cómplices de una noche de cárcel, un par de cigarros y de la culpa de ser negros; es decir, diferentes, pues ser cubanos no era la razón, sino ser negros.

Mi record de esas experiencias policiales fue bastante alto hasta los cuarenta años. Ya después aprendí a negociar, regañar y educar a los policías jóvenes, generalmente mestizos, que me pedían identificación en la calle. En un texto sobre hip hop en Cuba, he tratado de explicar lo que pasa por la cabeza de estos policías: lo que aprenden y lo que aplican, quienes son y porque tratan así a quienes consideran diferentes y peligrosos, entre ellos, a los negros, los peludos, los religiosos, los roqueros, etc. Soy un experto educando policías, tengo charlas de tres, de cinco y hasta de diez minutos donde les pregunto, les exijo y les pongo a pensar en las razones por las cuales no deben acosar a otros jóvenes como ellos. Y puedo decir que he tenido éxito, pues también he recibido lecciones, escuchado confesiones increíbles y ganado amigos y admiradores entre ellos.

Durante mi vicepresidencia de las Asociación de Artistas y Escritores Jóvenes Hermanos Saiz (1996-2000), descubrí en el movimiento cubano de hip hop una crítica en voz alta al racismo en Cuba y les acompañé en la preparación de festivales, conferencias de prensa, coloquios y en la edición de Movimiento, la revista cubana de hip hop. Hasta hoy, ya sin responsabilidades, sigo acompañándoles en su discurso crítico como parte del movimiento antirracista cubano, pues considero a los raperos la vanguardia de este movimiento. Ellos dijeron en voz alta todo lo que generaciones anteriores pensábamos sobre la raza y no nos atrevíamos a decir ni a publicar entonces.

Decidí unirme a ellos, como un compañero de viaje, apoyándoles logísticamente desde la Asociación “Hermanos Saiz”, en busca de espacios, producción, giras, etc. En otro lugar conté esa historia con más detalles. Lo cierto es que con ellos enfrenté una realidad descarnada, tuve grandes discusiones y medié en varios intercambios difíciles entre ellos mismos. Así aprendí las cuestiones más significativas de estos irreverentes protagonistas de un cambio cultural. Ellos, hijos de la crisis económica de los noventa, provenientes de los barrios habaneros más “calientes”, emergieron como una mayoría de negros y mestizos deseosos de hablar de sus conflictos y transformar sus comunidades. Hablar sobre estos temas tan difíciles les dio una identidad propia, sus testimonios llegaron al arte en forma de gritos y catarsis, pero también como poesía y reflexión. Muchos de ellos, me consta, se salvaron de la delincuencia y la cárcel gracias al hip hop que -por encima de las marcas que deja la marginalia en sus víctimas- les dio conciencia de grupo, identidad barrial, racial y política.

Aquellos primeros años del movimiento cubano de hip hop pusieron en tensión a quienes negaban el racismo frente a quienes lo combatían desde los frágiles espacios de la sociedad civil cubana, pero sobre todo, desde el valioso campo de discusiones ideológicas que abrió entonces la cultura hip hop. Durante esos años fundacionales, cuando aun no existían ni empresas, ni agencia ni revistas de rap, las discusiones sobre el racismo comenzaron a hacerse públicas en Cuba. Floreció un orgullo racial y una conciencia cultural y global sobre el tema como nunca antes se había alcanzado. Incluso, los grupos más sobresalientes del momento eran invitados a las recepciones de embajadas y hasta las del Palacio de la Revolución. Recuerdo una en este lugar donde coincidí con muchos raperos y músicos populares, todos estábamos por primera vez allí y disfrutábamos de los tragos, las presentaciones y los chistes.

El chiste de aquella noche ocurrió al presentarnos como presidentes de las provincias Santiago de Cuba y La Habana. El primero era Salvador Palomino, blanco, alto, gordo y rubio hasta por los ojos, el otro era yo. Nos presentan a un altísimo dirigente del Partido y este, muy cortésmente me saluda con una pregunta: “Y, ¿cómo está Santiago de Cuba?”, yo quedé estupefacto y tratando de reponerme sólo le indiqué con un dedo a quien debió hacerle la pregunta. Él pensó en Santiago como una provincia de mayoría negra, y su mirada estereotipada vió en mí al santiaguero que no soy…aunque adoro Santiago, no nací allí. Ese equívoco racial fue el peor chiste de la noche que solo empecé a disfrutarlo cuando los raperos le hicieron una parodia cruel que terminó entre las carcajadas de la madrugada.

Los raperos cubanos hicieron una verdadera revolución con sus grandes convocatorias en toda la ciudad, su alcance transnacional y su mirada descarnada sobre el racismo. Lanzaron un valioso discurso público en contra de los prejuicios y la discriminación racial dentro y fuera de Cuba que llamó la atención internacional, aunque también ganaron la indiferencia de la prensa nacional. Lograron celebrar anualmente durante una década el festival de rap de mayor convocatoria internacional en América Latina. Recuerdo que preparábamos una conferencia de prensa antes de cada festival y solo acudía la prensa extranjera. Nunca aceptamos la idea de que era un movimiento contra la Revolución, sino a favor de la igualdad racial, contra los prejuicios y las desigualdades, temas que el discurso oficial del momento no manejaba, más bien evadía, pero contradictoriamente, estos jóvenes llegaban de decenas de barrio donde estas realidades eran lo común; luego, su propuesta era hacer una revolución menos ciega y sorda a sus realidades.

Harry Belafonte se convirtió en el padrino del movimiento hip hop cubano y nos apoyaba mucho con su presencia, incluso explicándole al propio Fidel la importancia del rap y de sus presupuestos críticos; pero también con sus visitas, consejos, convocatorias e invitaciones a conciertos, conversatorios y giras internacionales. Su intensa preocupación porque el rap cubano descubriera y enriqueciera su carácter crítico y revolucionario fue un gran estímulo y un gran respaldo para la supervivencia del rap en Cuba. Le debemos una solidaridad crítica y un cariño infinito, libre de cualquier interés de ambas partes. La última vez que estuvo en Cuba volvió a reunirse con algunos raperos y activistas, pero creo que no quedó satisfecho con la recepción de una interesante propuesta que nos hizo: establecer alianzas con el movimiento liderado por Mariela Castro. A lo mejor no lo hemos pensado mejor, pero es una idea que no entusiasmó mucho. Harry Belafonte y Danny Glover han sido muy preocupados por la problemática racial en Cuba. El año pasado Danny quiso intercambiar algunas horas sobre el tema con Zuleika Romay, Esteban Morales y conmigo. Siempre nos sorprende la franca solidaridad y actualización de esa estrella de cine con nuestra causa. Y creo que hemos desaprovechado sus contactos para dimensionar un poco más nuestra lucha teniendo en cuenta el impacto público que tienen estas dos figuras dentro y fuera de Cuba y de Estados Unidos.

Creo en los medios de difusión a pesar de las limitaciones que tienen en Cuba y he tenido la suerte de haber trabajado en varios espacios. Entre el 2002 y el 2006, hice una revista cultural de dos horas diarias en Radio Metropolitana, yo mismo hacia locución, crítica cultural, entrevistas, cierta producción musical e invitaciones al debate sobre los temas más diversos. Tuve una audiencia de lujo en toda la ciudad, de los más diversos sectores y hasta en el periódico Granma se publicó una reseña sobre el programa en un país donde la radio no es muy considerada por la crítica. Me enamoré de la radio y de aquel equipo dirigido por Eduardo Diata Delí, que no evadía ningún tema. Tuve otro espacio en la radio nacional, en el programa Estaciones de Radio Rebelde, donde durante ocho años cada noche de martes compartía un tema con oyentes que llamaban, discutían y me seguían, incluso, fuera del programa. Una noche llegué a trabajar y me enteré que mi contrato había sido suspendido: “Ustedes se lo pierden”, respondí.

Otro buen día llegue a la televisión cubana e hice durante diez años una columna de crítica literaria en la revista cultural El sitio del arte, multipremiado espacio que dirige Julia Mirabal, donde se respeta y celebra la diversidad de nuestra cultura y sociedad, con rigor artístico y gracia tecnológica. Durante esos años en la televisión solo tengo un pequeño mal sabor: el que me dejaron algunas maquillistas y el propio maquillaje en cuestión, pues no existen cosméticos para negros ni en la televisión ni en las cadenas de tiendas en Cuba. Pero esa es historia para otro día….En la prensa plana tuve una mala experiencia con un texto que me encargaron para El Tintero en Juventud Rebelde; lo escribí inmediatamente, se lo envié a la editora y todavía hoy, tres años después, sigo esperando una respuesta, un comentario o una disculpa. Era un texto corto, noble aunque crítico, pero nada agresivo que, un año después, logré poner en otra publicación cubana. En los últimos meses he estado enfrascado en un documental con un joven realizador que nos tiene bajo el fuerte estrés de una producción independiente cubana, es decir, avanza lentamente, cambiando cada semana y obligándonos a que las ideas crezcan sin envejecer. Pero el cine aunque bien caro, es un medio muy seductor.

Tomado de: Afro-Hispanic Review, Volume 33, Number 1 (Spring 2014), pp. 20-27. Las imágenes pertenecen a la serie del pintor Erik Olivera titulada “Rostros Ancestrales”.

Soy un negro más: Zurbano par lui même (Primera Parte)

 

El Caso Zurbano en Afro-Hispanic Review

Roberto Zurbano
Roberto Zurbano

Un año y medio después de “El Caso Zurbano” aparece un número de la revista Afro-Hispanic Review (Volume 33, Number 1, Spring 2014) que recoge todos los textos publicados como respuesta (en contra o de apoyo) a aquel artículo que signara el intelectual cubano, cuyo tema principal era el racismo y la discriminación racial en la Cuba contemporánea y cuya publicación, como sabemos, le costó el puesto como director del Fondo Editorial de la Casa de las Américas.

Aquel texto, que en mi opinión marcó un antes y un después en el activismo cubano por la equidad racial, apareció en el New York Times, el 23 de marzo del 2013, y además del desagradable incidente con la traducción del título, ha sido reconocido como uno de los que se aparta del discurso histórico sobre dicha problemática en Cuba.

La mencionada publicación adiciona además dos textos de la autoría del propio Roberto Zurbano “Soy un negro más: Zurbano par lui-méme” y  “Cinco minutos de reflexión contra el racismo”. Por otra parte, la nota de William Luis, como editor de la revista, ya resulta ser en si misma un análisis de aquellos acontecimientos.

Pichón Haitian: Proyecto sociocultural comunitario

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Foto: Kaloian

Por Roberto Zurbano

Les presento un nuevo proyecto de trabajo con el que quiero atravesar el decenio internacional de los Afrodescendientes. ver como se tranforma una comunidad mientras crecen los niños y los mas viejos comienzan a recordar su infancia, mientras tanto a los otros nos toca avanzar, transformar la realidad y vivir a plenitud la dignidad de ser negros. es una comunidad de descendientes haitianos, casas de maderas viejas, cartones y lata, pisos de tierra, excusados, sin agua y con orgullo, con deseos de ser otra cosa eso es Pichon Haitien, un nuevo espacio de trabajo lejos de los discursos retéricos y las falsas promesas. aquello de los pobres de la tierra lo asumo y lo transformo aquí: Con mis negros de la tierra quiero yo mi suerte echar por estos diez aós, quien se apunte, bienvenido, quien no, albricias, no es personal, la salvación es colectiva o es muy pequeña. aquí les va el proyecto, con un par de fotos.

PICHÓN HAITIAN: PROYECTO SOCIOCULTURAL COMUNITARIO
Los cubanos haitiano-descendientes forman una comunidad muy singular en el complejo entramado identitario de la mayor isla del Caribe, adonde llegaron sus padres en la primera mitad del siglo XX empujados por la pobreza en sus países de origen, fueron decenas de miles de antillanos pobres dispuestos a ganarse la vida, generalmente en la zafra azucarera, con el sueño de regresar a sus países. Ese sueño muchas veces no se cumplió y muchos de ellos murieron fuera de su tierra, sin embargo, construyeron parte de sus vidas y familias en Cuba, donde sembraron culturas, idiomas, religiones y sueños.
Es fácil identificar el Oriente de Cuba con el Caribe y con esta trascendente cultura antillana que nos llegó de muchas islas vecinas, y son parte importante de la identidad cubana, aunque no reciban la misma atención de otras etnias y naciones que nos configuran. La presencia de los haitianos fue numerosa y sistemática, quizás por la cercanía y porque Cuba ofrecía mayores posibilidades económicas que República Dominicana, donde viejos conflictos históricos impiden la solidaridad con los haitianos. También en Cuba se repiten ciertos mitos y prejuicios históricos sobre Haití, a pesar del esfuerzo de varios intelectuales y artistas de uno y otro lado. Aun hoy, en las puertas del siglo XXI, cuesta reconocer e incorporar la presencia de los haitianos, sus descendientes y contribuciones más importantes como parte significativa de la historia cubana.
El desconocimiento histórico, los prejuicios raciales, el eurocentrismo y la manipulación o deformación de la realidad haitianas son los principales enemigos del modo en que son reconocidos hoy las contribuciones identitarias y las características particulares que sobreviven y siguen desarrollándose por la comunidad haitiano descendiente en Cuba. Esta comunidad no es invisible ni anda dispersa en camino a desaparecer, sino todo lo contrario, se aferra a su doble identidad y se renueva entre los nuevos contextos sociales, con las nuevas generaciones haitiano-descendientes y a través de recientes puentes de solidaridad entre ambos países.
Hoy esta comunidad que antes era muy rural, se localiza en espacios urbanos a través de todo el país, no solo del oriente y centro de Cuba, sino también en varias zonas periféricas de la capital del país. En uno de estos asentamientos capitalinos surge el proyecto Pichón Haitian, nacido el 6 de Enero del presente año 2015, en un esfuerzo por reconocer una comunidad haitiano descendiente en Cuba que mezcla tradición y contemporaneidad en su doble discurso nacional: cubano y haitiano, significando un verdadero desafío para las investigaciones socioculturales en la isla por la cantidad de interrogantes que provoca al a veces cerrado concepto identitario nacionalista con que trabajan en Cuba muchos investigadores e instituciones de la sociedad cubana cuando se habla de nuestra identidad caribeña.
El proyecto Pichón Haitian intenta ser un puente hacia la historia de los haitianos en Cuba, sus descendientes, de un lado y otro del mar y la manera en que sobreviven las más diversas prácticas culturales –cantos, bailes, comidas, lengua y religión- que se arraigaron en Cuba durante el valioso intercambio cultural entre las dos naciones. Pichones llamaban en Cuba a los hijos de antillanos que nacían en la isla. Ellos crecían entre dos mundos, entre dos culturas, entre dos lenguas, entre dos religiones y entre dos identidades que, finalmente, son una sola: la identidad caribeña.
El proyecto Pichón Haitian es un espacio para reconstruir memorias de nuestros sujetos, grupos y naciones allí donde el olvido y el prejuicio han intentado sepultarlas, tender puentes entre el pasado y el futuro de estas comunidades, conservar tradiciones y costumbres que caracterizan esta comunidad y renovar lazos familiares y culturales a través de una historia compartida. Pichón Haitian es un proyecto de continuidad, dignificación y transformación material, social y cultural de una comunidad integrada por una familia extendida por la sangre, la religiosidad y la cultura haitiana en Cuba. Dicho proyecto nace un 6 de enero pensando en el presente y el futuro de los niños y adolescentes descendientes de haitianos en Cuba, actuales pichones que se preparan para alzar el vuelo identitario que enriquezca cada vez más nuestras identidades cubana y caribeña.
Pichón Haitian comienza el mismo año en que se inicia el Decenio Internacional de los Afrodescendientes y será un proyecto a realizarse, justamente en diez años, periodo de tiempo en que se puede medir el impacto de las acciones trazadas y ejecutadas para la transformación de esta comunidad, su espacio y sus integrantes. Entre los objetivos y acciones a realizar por Pichón Haitian estarán las siguientes:
Primera Tarea: Registros de Identidad: Consiste en la caracterización de la comunidad, se describirán sus núcleos familiares, la cantidad de personas mayores, jóvenes y niños. El espacio físico con que cuentan, las condiciones materiales en que viven y los valores culturales que integran su capital cultural como el conocimiento de la lengua creol, sus formas de religiosidad, la memoria familiar, sus aficiones musicales y culinarias de origen haitiano, etc. Será un examen acucioso de la comunidad, sus significados históricos y sus actuales desafíos, fortalezas y necesidades. Ofrecerá un diagnóstico de trabajo, un censo de la comunidad y una serie de demandas materiales y culturales para desarrollar y transformar la comunidad.
2-Tarea Archivo Ayití Cheri: Desarrollar una conciencia histórica a partir de la historia de vida de los sujetos más ancianos y otros muy ligados a la memoria haitiana en Cuba. Consistirá en una serie de entrevistas, conversaciones, actividades festivas y homenajes para reconstruir la cultura haitiano descendiente en Cuba a través de sus costumbres, comidas, religión, músicas e idioma.
3-Tarea Agricultura sostenible: En el espacio físico de la comunidad se encuentran definidas algunas áreas para la siembre de frutas y vegetales para el autoconsumo de la comunidad. Esta agricultura se enfoca desde una visión de sostenibilidad de las tierras y de un uso discriminado de tales tierras para la producción de alimentos y cría de animales sin que se afecte la tierra, el medio ambiente o los miembros de la comunidad.
4-Tarea Repostería y culinaria haitiana: Con el objetivo de mostrar, sistematizar y dar visibilidad a una variedad de dulces y comidas haitianas que podrían producirse y comercializarse en la capital, donde tales productos son desconocidos.
5-Tarea Hablar y Pensar Haití: Consistirá en clases de creol para la comunidad, en especial a los más jóvenes, así como el conocimiento de las figuras y sucesos más importantes de Haití.
6-Tarea Celebración Vodú: Para el reconocimiento y estudio del vodú como forma y cultura religiosa fundamental entre los descendientes haitianos en Cuba. Esta se divide en dos partes: la del conocimiento más especializado de la religión reservado a practicantes y estudiosos y la otra parte corresponde a las fiestas y celebraciones religiosas de participación masiva donde se celebran con cantos y músicas que pueden organizarse como agrupaciones musicales danzarias que sistemáticamente puedan presentarse dentro y fuera de la Comunidad.
7-Tarea Reencuentro: Para que los estudiantes haitianos en Cuba visiten el proyecto, también para que los médicos y personal cubano que han estado en Haití nos ofrezcan charlas y encuentros de actualización sobre Haití. Para que algunos miembros de la comunidad visiten a Haití y, en el caso de los más viejos, conozcan o reencuentren a sus familiares.
8-Tareas de Divulgación, transmisión de la memoria y del trabajo de la comunidad: Consiste en la divulgación del proyecto a través de páginas webs, entrevistas a sus miembros, exposiciones, trabajo, participación en congresos, presentaciones de sus resultados de trabajo, más una serie documental (tres documentales) a realizarse por realizadores cubanos y haitianos.
El Proyecto Pichón Haitian y sus acciones principales serán ejecutadas, discutidas y aprobadas por una Junta Directiva integrada por miembros, socios, amigos y otras personas e instituciones que colaboren con esta comunidad, contribuyendo con sus ideas, proyectos, donaciones e intercambios para la transformación de una realidad, la dignificación de una cultura y la conservación de una memoria histórica viva que forma parte significativa de las culturas cubana, haitiana y del Caribe. La Junta Directiva estará formada por un Presidente, un Gestor de Relaciones Públicas, un Tesorero, un Memorialista y un Administrador. La Junta convocará a todos los miembros para presentar, discutir y aprobar proyectos cada dos años. Cada tres años la Junta puede renovarse o ratificarse, tras un informe público de su trabajo.