Turbantes, capoeira, afroreligiosidad y apropiación cultural


 

Por Pai Rodney

Hacer que la cultura negra sea agradable al paladar es una estrategia del racismo. El debate sobre la apropiación indebida es sumamente serio y necesario. 

“Allí vienen esos negros intransigentes decir que los blancos no pueden usar turbantes”.

Si puedes. Por lo demás, lo que no puedes es vaciarlo de significado. En el candomblé, estamos acostumbrados a ver blancos con turbantes, comiendo acarajé y bailando con sus orixás. Ser parte de una religión negra denota, sin embargo, asumir valores culturales o aceptar una identidad que difiere en muchos aspectos de lo que predican la fe cristiana y el conjunto de principios occidentales.

En una sociedad de consumo, todo es producto y, al parecer, hace mucho tiempo se usa una estrategia para hacer la cultura afro-brasileña algo simplemente agradable al paladar: borrar los rasgos negros, el origen o cualquier otro elemento susceptible de rechazo, sobre todo aquellos que de alguna forma remiten a la herencia religiosa. ¿El nombre de eso? Racismo. “Pero para esos negros acomplejados todo es racismo”. Bueno, entonces usted expliqueme, ¿por qué el acarajé llegó a ser vendido en las esquinas de Salvador como “galleta de Jesús”? ¿Por qué se inventó un capoeira gospel? ¿Por qué orixá no puede tener color?

Para quien no sabe, el acarajé, una de las más famosas delicias de la culinaria baiana, es la comida votiva de Iansã, orixá guerrera, señora de los vientos y de las tempestades. Tomado como patrimonio nacional, está entre las tantas otras recetas que salieron de los terreiros, tomaron las mesas de todos los brasileños y hasta se extendieron por el mundo. Además del acarajé, caruru, vatapá, mugunzá, feijoada y tantos otros platos son, en verdad, comidas de santo, o sea, forman parte de las ofrendas de los devotos del candomblé a los orixás.

La conversión de baianas del acarajé a las iglesias neopentecostales intentó apartar de la famosa galleta de frijol fradito los rasgos afro-religiosos, eliminando los rituales que antecedían a su venta, retirando los símbolos que adornaban el tablero y las propias bahianas, cambiando el nombre africano. Para contener ese movimiento fue necesaria la intervención de una ley, pero el estrago es profundo, pues no se trata sólo de refutar los elementos específicos de una cultura. Estamos hablando de dominación, de una posesión indebida que busca explotación y lucro.

En el caso del pueblo negro, la peor apropiación fue la esclavitud. Primero se apropiaron de los cuerpos, después de las técnicas de trabajo en la labranza y en las minas, y siguieron apoderándose de las “obras” sin dar crédito a los autores, pues todo lo que era negro pertenecía a los señores. El negro no tenía alma, el negro no era gente y así el racismo justificó la mayor atrocidad de la historia.

“Si es bueno no puede ser negro”. ¿Pero es bueno? Entonces que deje de ser negro. Esta es la “lógica” de la apropiación. Cambiar sentidos, depurar, vaciar. Se produce esta lógica sólo cuando se aplica a la cultura negra o indigena y forma parte de una estructura que tiene como base el consumismo, ese mismo que crea significados simbólicos y necesidades, pero teniendo el racismo como un componente fundamental.

Texto tomado de Contranarrativas.

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